25 de enero de 2006

El Uruguay y la crisis del Mercosur

Algodón entre dos cristales o jamón del sándwich

Buenos Aires, 24 de enero de 2006.

El Uruguay es la llave de la Cuenca del Plata y el Atlántico Sur, y la incertidumbre de su destino afecta y contamina, de modo inexorable y radical, al sistema de relaciones establecido entre Argentina, Brasil, Paraguay y Bolivia. Seguramente, sus repercusiones son aún más lejanas”. Con estas palabras inicia el uruguayo Alberto Methol Ferré su iluminador estudio sobre las características históricas y geopolíticas de su país, “El Uruguay como problema”[1]. El haber soslayado este principio fundamental por parte de la Argentina y, parcialmente, por Brasil generó, a lo largo de los meses de diciembre de 2005 y enero de 2006, una de las más graves crisis en el seno del Mercosur, crisis cuyos efectos directos e indirectos todavía no han terminado de desarrollarse.

Entendemos que el Mercosur es el núcleo más importante del proceso de unificación continental suramericana, en la medida en que ha logrado estructurar, como eje aglutinante, a los dos países de mayor peso específico en la región, Brasil y Argentina, en la perspectiva que planteara el histórico discurso del General Juan Domingo Perón en la Escuela Nacional de Guerra, el 11 de noviembre de 1953[2]. La idea fundacional de que sólo una alianza estratégica entre Argentina y Brasil podía establecer un núcleo geopolítico, económico y poblacional capaz de atraer como un inmenso planeta al conjunto de los estados del continente a un proceso de integración, comenzó a tomar forma histórica e institucional. La reciente incorporación plena de Venezuela, que pone en el Mercosur, además, la presencia de un gran productor petrolero, el pago simultáneo de su deuda a los organismos internacionales por parte de Brasil y Argentina y la asistencia financiera prometida y comenzada a ejecutar por parte del gobierno de Hugo Chávez han sido las manifestaciones más evidentes de la existencia real de este nuevo eje de reagrupamiento continental. El acuerdo para la construcción de un megagasoducto que una el lago de Maracaibo con la Bahía Lapataia, atravesando longitudinalmente nuestro continente, obra a la cual el presidente Evo Morales de Bolivia, en su discurso ante la Asamblea Legislativa de su país, ha pedido expresamente ser incluído, da una idea de la magnitud y la potencialidad sinérgica del bloque continental nacido en el Tratado de Asunción.

Pero desde sus inicios el Mercosur ha sufrido periódicas crisis determinadas por la distorsiva influencia que han jugado los núcleos empresariales y mercantiles de los dos países económicamente más importantes del bloque. En efecto, la poderosa burguesía paulista, por su lado, y el sector importador-exportador, en tiempos de Menem, y el manufacturero en la actualidad, han tratado de hacer jugar los acuerdos mercosurianos a sus inmediatos, muchas veces coyunturales y poco estratégicos intereses. Y en ese juego siempre se ha perdido de vista una política que incluya y estructure la participación y presencia de los dos países más pequeños del Mercosur: Uruguay y Paraguay.

Los destinos posibles del Uruguay

La diplomacia inglesa, el ministro Canning y su agente, Lord Ponsomby, lograron arrancar a la Banda Oriental –Provincia Cisplatina del Imperio de Brasil, en ese momento- de la comunidad platina. Como dice Methol Ferré: “Por tanto, la condición de existencia del país era no intervenir, no comprometerse jamás con sus vecinos. Diríamos que el Uruguay es fruto de una intervención para la no intervención. Fuimos intervenidos, para no intervenir. Es el otro rostro del destierro de Artigas. Más que exilio de Artigas, hubo exilio americano del Uruguay. Tal el sentido de la Paz de 1828, origen del país. De ahí el mote de todos conocido: Estado tapón, ‘algodón entre dos cristales’”[3]. Los cristales éramos los argentinos y los brasileños a quienes había que impedir que se hiciesen dueños de la Cuenca del Plata. En el medio estaba el pequeño país con su gran ciudad y su burguesía comercial que arrancaba al conjunto de su campaña de las históricas y naturales relaciones con Santa Fe, Entre Ríos y las Misiones. La muelle función del algodón estaría asegurada por una orgánica integración económica del nuevo estado al esquema agroexportador al Reino Unido en las condiciones de semicolonia privilegiada.

Como es bien sabido, ese sistema comenzó a entrar en una crisis irreversible ya en la década del 30 del siglo pasado. El eclipse del Imperio Británico y su reemplazo por el imperialismo yanqui no permitieron el restablecimiento de las ventajas que generaba en el país suramericano la complementariedad de su economía con la inglesa. El retorno del Uruguay a su ámbito suramericano y a su condición platina fue, a partir de entonces, tan sólo cuestión de tiempo. Y es, justamente, el papel que el Uruguay cumpliría en ese retorno al hogar, lo que ha sido materia de análisis y discusión, pero también objeto de la política en el Río de la Plata y de la estrategia norteamericana en la región. Y sobre esta perspectiva Methol Ferré exponía, ya en 1967, cuatro, y sólo cuatro, hipótesis:

· Un Uruguay recuperado puede reinsertarse fundamentalmente en la Cuenca del Plata o restablecer su relación con Europa, según el modelo tradicional.

· Un Uruguay sin capacidad de recuperación se convertiría en un protectorado de Argentina y Brasil, incluyendo la posibilidad de una división de su territorio entre ellos, o en un protectorado norteamericano, con un EE.UU. no interesado en la producción uruguaya al modo como lo fue el Reino Unido, sino como un Shylock que convierte sus acreencias en una cuña entre Brasil y Argentina, o sea impide la constitución del Mercosur[4].

La segunda hipótesis ha quedado descartada, ya que la política agraria proteccionista de Europa impide ese camino, aún cuando el Uruguay haya buscado exportaciones alternativas, como la de madera para la industria papelera, pero que no alcanzan para reemplazar los beneficios obtenidos durante décadas gracias a la renta diferencial. De la misma manera puede descartarse la tercera hipótesis, ya que no están en la política exterior ni de Brasil ni de Argentina tales objetivos, sin mencionar que semejantes propósitos serían inconcebibles e inaceptables para la potencia hegemónica, como lo dejó demostrado la primera Guerra del Golfo.

De modo que sólo quedan la hipótesis primera que implica la reintegración uruguaya al sistema suramericano o su transformación en una base de operaciones imperialista en la llave de nuestros grandes ríos.

El Tratado del Río de la Plata

Algo de esto tuvo en miras el general Perón, cuando en su tercer gobierno, logró, con la más completa aquiescencia y participación uruguaya, que ambos países resolvieran sus centenarios litigios fronterizos sobre el río Uruguay, el río de la Plata y sus respectivos mares territoriales. Como me ha confirmado en correo electrónico el doctor Ramiro Podetti, “lo hicieron de un modo ejemplar, creando antecedentes valiosos para el derecho internacional, al establecer un sistema modelo de administración conjunta de recursos compartidos”. Y agrega nuestro corresponsal argentino, residente en Montevideo: “Simplemente te recuerdo que hasta el Tratado del Río de la Plata, impulsado por Perón y firmado en 1973 (Perón vino a Uruguay para la firma, y se llevó su revancha histórica, porque fue aclamado por el pueblo uruguayo en las calles[5]) el Río de la Plata era considerado como aguas internacionales por la mayoría de los países del mundo, a partir del criterio inglés de que los estuarios son extralimitables y por tanto no pertenecen a los ribereños. El caso argentino-uruguayo y sus conflictos centenarios sobre el Río de la Plata eran una prueba más de tal doctrina. Si hoy el Río de la Plata es propiedad de Argentina y Uruguay, reconocida por todas las naciones del mundo, es por el Tratado de 1973”.

A raíz de este tratado surgieron las Comisiones Administradoras (del Río de la Plata, CARP, y del río Uruguay, CARU), y la Comisión Mixta que organizó la licitación, adjudicación, construcción y explotación de Salto Grande, la primera generadora de energía eléctrica binacional en América Latina, entre otros resultados favorables a aquella hipótesis de la reinserción platina del Uruguay. Pero sobre este tema queremos volver más adelante.

El Mercosur debe seducir, no imponer

Como se ve la integración plena y satisfactoria de la República Oriental del Uruguay al Mercosur es un tema que adquiere una enorme trascendencia, que supera, obviamente, la estrecha mirada mercantilista que se obstina en considerar nuestro acuerdo regional con el miserable cálculo del debe y el haber.

El Brasil, a través de su canciller Celso Amorim, ha reconocido enfáticamente el superficial tratamiento que han tenido los numerosos reclamos uruguayos relacionados con las diversas asimetrías que caracterizan las relaciones de los países integrantes del Mercosur. Pero para alcanzar este reconocimiento el Uruguay se vio obligado a tensar la soga hasta el borde mismo de la ruptura, haciendo público, a través de su ministro de Economía, su interés en firmar un TLC con los EE.UU., instancia expresamente vedada por los acuerdos que rigen al bloque. Lo que se oculta detrás de esta amenaza, así como de las expresiones del actual ministro de Agricultura y Ganadería, Pepe Mujica, -más allá de las maquinaciones de la embajada norteamericana- es el tratamiento desconsiderado y prepotente que muchas veces aplican tanto Brasil, como la Argentina, al Uruguay y a sus posibilidades de obtener inversiones productivas y de exportación a los dos países mayores.

En este marco adquirieron una importancia más allá de toda mesura las protestas de los vecinos de Gualeguaychú contra la construcción de dos plantas productoras de pasta celulósica en Fray Bentos, del otro lado de la ribera del río Uruguay, impulsadas por los parroquiales intereses electorales del gobernador Jorge Busti y por los designios británicos de la organización Green Peace. Pero esto no hubiera significado una amenaza de relevancia para el Uruguay, si detrás de las manifestaciones y cortes de puentes no hubiera estado la Cancillería y el Poder Ejecutivo Nacional con una muy escasa visión estratégica sobre el problema que está en juego. El gobierno uruguayo, a poco de comenzadas las protestas, vio con preocupación que su par argentino, lejos de ponerlas en su contexto y canalizarlas diplomáticamente, se hacía cargo de las mismas y hasta el canciller en ese momento, el doctor Rafael Bielza, en plena campaña electoral, visitó la localidad entrerriana, conversó con los vecinos y alentó las movilizaciones.

La construcción de las plantas de celulosa ha sido la consecuencia lógica de la política de grandes inversiones públicas en forestación hechas por los gobiernos uruguayos durante los últimos diez años, a las cuales han destinado, incluso, los fondos de pensión. El paso siguiente a la exportación de madera es, naturalmente, la de pasta de celulosa y, mejor aún, de bobinas de papel. Un país como Uruguay, con una enorme dependencia de su sector agrario y con imperiosa necesidad de nuevas fuentes de trabajo no puede sino recibir con beneplácito estas propuestas, que, por otra parte, también fueron ambicionadas hace unos diez años por el mismo gobernador Busti, para que se instalasen en su provincia.

Cierto es, también, que el gobierno de Jorge Batlle, que fue quien realizó el contrato con las empresas Botnia y ENCE, soslayó un trámite que hubiera ahorrado gran parte de toda esta escalada. La Comisión Administradora del Río Uruguay, establecida por el Tratado del Río de la Plata de 1973, tiene como tarea la supervisión de todo lo que los estados ribereños hagan sobre el lecho, la superficie y las costas del río y tanto la Argentina como el Uruguay tienen la obligación de informar sobre cualquier actividad que influya en el mismo. Al no hacerlo, el Uruguay violentó el principio de administración conjunta de los recursos compartidos, el cual constituye un importante antecedente de integración, principio que la negociación diplomática deberá restablecer.

La desmedida reacción argentina, la sensación, muchas veces justificada, del gobierno uruguayo de sentir que su vecino y socio le impone criterios, o como en el caso de las plantas de celulosa, actúa con una absoluta falta de respeto a su soberanía nacional, han generado este conflicto que llevó al Mercosur a una de sus más graves crisis. Al parecer, Itamaraty habría tenido una más rápida y precisa percepción acerca de la naturaleza del problema y las declaraciones tanto de Celso Amorim como del presidente Lula reflejan esta reacción.

Las últimas declaraciones del presidente Néstor Kirchner posteriores a su entrevista con Lula, en las que define las movilizaciones de Gualeguaychú como una cuestión “ambiental” y reconoce el derecho uruguayo a buscar los acuerdos que mejor satisfagan su interés nacional, indican un cambio en el tratamiento de esta delicada cuestión en la que están en juego la viabilidad del Mercosur y de la integración suramericana.

El impacto ambiental

Otro tema es el referido al impacto ambiental que tendrían las plantas de celulosa y que, por ahora, es el único que ha trascendido la barrera de los medios. Los vecinos de Gualeguaychú y algunos grupos ambientalistas, alentados por una onerosa y no ingenua prédica de organizaciones ecológicas estrechamente vinculadas a intereses imperialistas, como Green Peace, han reaccionado con furor de cruzados contra este posible efecto. Dotados de informaciones a medias, prejuicios antiindustrialistas, soberbia xenófoba y una visión de campanario han logrado el apoyo de los medios gráficos y electrónicos para sus cortes de puentes y sus retenes a transportes que se dirigen a las plantas en construcción, oscureciendo por completo el complejo problema.

Es obvio que toda actividad humana produce un cierto impacto ambiental. Y también es cierto que la experiencia de las empresas papeleras en las márgenes del Río Paraná ha significado un importante deterioro del medio ambiente. Pero también es rigurosamente cierto que la Comunidad Europea, EE.UU. y Canadá han logrado desarrollar, en los últimos años, procesos que minimizan a niveles de inocuidad este impacto. Se trataría, en suma, de adoptar para toda la región y desde una normativa del Mercosur –consensuada entre el conjunto de sus miembros-, los mismos criterios que rigen para la instalación de estas industrias en aquellos países y, en lugar, de condenar al atraso agrario y a la desocupación crónica al Uruguay, establecer los necesarios controles e inspecciones que reduzcan el impacto a niveles aceptables.


El proceso de integración que termine con casi doscientos años de balcanización es, sin duda, arduo. No sólo por los escollos y dificultades que el imperialismo norteamericano ha puesto y pondrá a su marcha, sino también porque debe vencer resistencias, prejuicios y cancillerías esclerosadas en el nacionalismo parroquial. La responsabilidad de Argentina y de su política exterior es facilitar y promover la integración de los miembros de menor extensión geográfica y de Producto Bruto Interno más reducido. Descartada la integración por la fuerza, el único camino para que del otro lado del Plata no haya un Gibraltar yanqui, la última y desoladora hipótesis de Methol Ferré, es la capacidad de Brasil y Argentina de compartir con sus vecinos ciertas ventajas que derivan más de su cantidad –población, extensión, desarrollo económico- que de su calidad.

En suma, es tarea impostergable del Palacio San Martín y de Itamaraty impedir que el antiguo “algodón entre dos cristales” sea, tan solo, el “jamón del sándwich” de dos mezquinas burguesías.


Notas
[1] Alberto Methol Ferré, El Uruguay como Problema, Editorial Diálogo, Montevideo, ROU, 1967, pág. 7.
[2] Ver Julio Fernández Baraibar, Un solo Impulso Americano, el Mercosur de Perón, Fondo Editorial Simón Rodríguez, Buenos Aires, Argentina, 2005. También, El Mercosur ha llegado al Caribe, publicado inicialmente en Patria y Pueblo, Año 3, N° 11, Diciembre 2005 y reproducido en diversos newsletters.
[3] Op. cit., pág. 36 y 37.
[4] Op. cit., pág. 90 y 91.
[5] El doctor Podetti se refiere a la manifiesta y fervorosa hostilidad que el gobierno uruguayo de entonces, presidido por Luis Batlle Berrez –padre de Jorge Batlle- tuvo hacia los primeros gobiernos del general Perón, a punto de convertir a Montevideo en un centro de la conspiración golpista antiperonista.

13 de enero de 2006

El No a la llamada Constitución europea,
¿nos deja más solos a los suramericanos?

15 de junio de 2005.

En la Grecia clásica y aún entre los germanos de la época romana existía un humanitario instituto que, si bien no daba solución a las causas de las guerras entre los pueblos, aminoraba notablemente sus efectos. En lugar de lanzarse los ejércitos contendientes a una feroz y generalizada degollina, el mejor guerrero de cada mesnada se enfrentaba en una lucha individual. Quien ganaba hacía vencedor a su pueblo, con un notorio ahorro de sangre humana.


La reunión del Consejo Europeo, inmediatamente posterior a los plebiscitos francés y holandés, estuvo a punto de ofrecernos un espectáculo similar al de aquellos primitivos habitantes de la península europea. El campeón del archiducado de Luxemburgo, Jean-Claude Juncker, presidente de turno de la UE, estuvo a punto de trabarse en una franca y limpia pelea a puño limpio, con el campeón de la corona británica y favorito de la federación transatlántica, Anthony Blair, próximo presidente de lo que en algún momento se llamó la Cristiandad. La causa fue la negativa del Reino Unido en aprobar el presupuesto para la UE, como una respuesta a la negativa continental de aprobar la llamada constitución europea.

Después de los rotundos resultados de la voluntad popular francesa y holandesa, y la cobarde negativa del primer ministro británico, Tony Blair, a consultar la opinión de su electorado –lo que nos recuerda a los argentinos la deserción electoral de Menem ante la evidencia de su derrota-, es evidente que la llamada constitución europea no cuenta con el aval ciudadano. La totalidad del sistema mediático y la clase política del viejo mundo se encargaron de amenazar con todo tipo de penurias sobrevinientes a un eventual voto por el “no” –del mismo modo que lo han hecho en nuestros países con respecto a la deuda externa o a la denuncia de la jurisdicción del CIADI-. Ejemplo de ello puede ser la declaración de la Confederación Europea de Sindicatos, donde se sostiene, entre otras consideraciones: “Un rechazo de la Constitución tendría como efecto paralizar la UE durante un periodo indefinido y hacerle así el juego a los numerosos oponentes de la UE, que querrían verla debilitarse y no tener proyecto. La mundialización, el poder del capital multinacional y la necesidad de combatir el neoliberalismo implican que los sindicatos y la sociedad civil necesitan una UE en desarrollo y que se apoye en valores sociales fuertes” (Resolución aprobada por el Comité ejecutivo de la CES el 13 de octubre de 2004 y por el Consejo Confederal de CC.OO. el 19 de octubre de 2004).

Por todo ello, nuestros observadores criollos, obedientes ecos de lo que en materia informativa para consumo masivo allá se produce, han estimado que el proceso de unificación europea ha sufrido un rudo traspié, motivado por una resistencia racista a la incorporación de Turquía, un rechinante chovinismo y una incomprensión provinciana sobre el proceso de integración continental.

Incluso algunos amigos y compañeros han manifestado un dejo de preocupación por estos resultados, en la idea de que, si se detiene o revierte la unidad europea, se dificultaría aún más nuestra propia integración suramericana, ya que perderíamos el efecto de contrapeso a la unipolaridad norteamericana que llegaría a representar una Europa unida políticamente.

Lo primero es una completa mentira pergeñada por la plutocracia imperialista globalizada y su dictadura mediática. Lo segundo es una confusión que intentaremos disolver.

Un estatuto no es una constitución

Creo que el único que ha puesto el acento crítico en este hecho es el argentino Luis María Bandieri en un artículo que ha circulado por Internet (¿Una Constitución para Europa? A propósito del “no” francés). Allí sostiene: “Ante todo, no es una “constitución” sino, a lo sumo, un tratado al que se le asigna un valor constitucional. No fue proyectada, discutida o aprobada por una convención constituyente en regla, elegida por los ciudadanos de la UE –ni siquiera se apeló al recurso de convertir al Parlamento europeo de Estraburgo en una asamblea constituyente- sino por un comité de expertos bajo presidencia francesa, que se apresuró a sepultar en el olvido el concepto de ‘poder constituyente’ que los propios franceses había redondeado más de doscientos años atrás”. Lo que se sometió a votación fue un farragoso y árido tratado de más de 400 artículos sobre oscuras reglamentaciones técnicas que, ni siquiera, proponen una forma política a la unidad de veinticinco países europeos. En realidad, el texto no es más que un estatuto de funcionamiento tecnocrático que intenta regir las relaciones entre los gobiernos de cada uno de los países y el centro burocrático de Bruselas, asiento de las autoridades de la Unión Europea, ninguna de las cuales ha sido ungida por el voto popular.

Ha aparecido en el vocabulario político europeo un nuevo concepto: “eurócratas”. Así son definidos estos funcionarios sin nombre ni rostro que, en connivencia con los grandes centros financieros, pretenden determinar los presupuestos de salud, educación y bienestar social en cada uno de los estados miembros, el precio de la fuerza de trabajo y los índices de desocupación.

Lo que fue rechazado de manera clara y, por ahora, definitiva, fue el engendro que estos eurócratas querían imponer a macha martillo y que lograron hacerlo en aquellos países donde la consulta quedó reducida al corrupto e irrepresentativo ámbito de los parlamentos. Ni siquiera en la europeizada España logró obtener una victoria considerable habida cuenta que “a pesar de los esfuerzos derrochados por el Gobierno y el PSOE, los resultados de este referéndum han sido un fracaso para su política. Un 58% de abstención es una respuesta ciudadana muy importante que el Gobierno y los partidos políticos que han apoyado el Sí deberían tener en cuenta. Sólo uno de cada tres españoles con derecho a voto ha dicho Sí en el referéndum” (Holanda dice, también, NO. Gracias, holandeses... Eugenio Pordomingo, Rebanadas de Realidad - Espacios Europeos, España, 03/06/05).

Las razones del No

Algunas encuestas en boca de urna han dado una clara evidencia de las razones que movieron a los franceses a votar mayoritariamente por el No. Según The Guardian (Dada la oportunidad, el pueblo rechazó la globalización, Diana Johnstone, 30/05/05) el 56 % de los consultados lo hicieron “por el estado de la economía”, lo cual significa por el desempleo ya que en términos de ganancias empresariales, la economía francesa está atravesando un buen período. Pero un 10% de desocupación oficial y el éxodo de importantes empresas a países con mano de obra más barata, constituye una seria amenaza.

Un 46% basó su negativa en la naturaleza “neoliberal” del tratado constitucional. Y un tercer motivo fue el deseo de renegociar la Constitución.

Como se ve, ninguno de los motivos indica un ánimo en contra de la integración. Como ha sostenido el columnista del Asian Times, Henry C.K. Liu, “el problema con la UE es que una buena y progresista idea se volvió neoimperialista y se extendió a algunos países demás”.

Son estos datos los que le han permitido decir a Enrique Lacolla, desde la Voz del Interior, en Córdoba: “Por encima de cualquier otra cosa, el voto francés por el truendoso rechazo a la economía neoliberal y a la parafernalia política que la sustenta”.

En el caso de Holanda, la cuestión es aún más clara. Holanda ha sido siempre uno de los países que más fervientemente sostuvieron a la Unión Europea. Es más, han sido uno de los principales abogados de la incorporación británica y de la ampliación de la Unión de seis a quince países (la llamada UE ampliada). Holanda se ha caracterizado, hasta no hace mucho, por combinar muy bajas cifras de desempleo, altas tasas de crecimiento y un sistema de bienestar social entre los más exquisitos del mundo. Curiosamente, a partir de la firma del Tratado de Maastricht esta situación comenzó a cambiar. La moneda única, la aplicación de reformas hacia un modelo americano de privatizaciones y disolución del Estado ha tenido como resultado una desaceleración del crecimiento y altas tasas de desempleo.
No hay en ninguno de los dos casos oscuras razones chovinistas ni que, como ha dicho un diario británico, “Francia todavía tiene nostalgia de su imperio” (Internacional Herald Tribune).

Lo que ha habido es un claro desafío popular a plantear la unidad europea bajo otras condiciones y al servicio de intereses más vinculados a los ciudadanos que a los centros financieros y burocráticos.

¿A Suramérica le favorece cualquier Unidad Europea?

Hemos sostenido en reiteradas oportunidades nuestra profunda convicción acerca del papel que en la política internacional han comenzado a jugar y jugarán los grandes bloques de poder. Es más, estamos convencidos que la política imperialista ha comenzado a manifestarse, no ya sólo a través de la atomización de estos espacios, sino de la creación dentro de ellos de bases de apoyo a su intención hegemónica.

Esta Unión Europea es muy distinta a la pensada en tiempos de Charles de Gaulle. Recordemos que el líder galo vetó la incorporación del Reino Unido a las negociaciones, en la década del sesenta, y no fue sino hasta después de su muerte, en 1973, que los británicos lograron incorporarse a la mesa de discusión, a la vez que se iba ampliando a nuevos miembros. El presidente de la V República Francesa concebía a la unidad europea como una política en la cual Francia tendía a neutralizar a Alemania y engrandecía su poder ejerciendo una suerte de control sobre todo el proceso.

Si la unidad de la Europa continental, tal como la habían entrevisto De Gaulle y Adenauer, se basaba en la capacidad tractiva de sus respectivas economías y en el prestigio internacional de independencia manifestado por Francia después de la guerra, la incorporación de Gran Bretaña significó la aparición de un polo económico y político que tenía un pie fuera del continente europeo, ligado orgánicamente a Wall Street y a Washington. Después de la caída del bloque soviético y la dramática incorporación de Europa Central y Oriental al mundo capitalista imperialista, este polo “anglo norteamericano” adquirió nueva fuerza y mayor volumen. Para Francia, su objetivo se había alcanzado con la Europa de “los seis” y cada nueva incorporación significaba una disminución de su poder. Como afirma el diplomático australiano James Cumes: “En este contexto, aunque la oposición francesa a ampliar la membresía declinó, no desapareció y la ampliación a 25 –y la decisión de, en principio, permitir la incorporación de Turquía, pudo ser vista como una dilución del concepto francés y del control y la autoridad francesas” (http://www.authorsden.com/jameswcumes , http://VictoryOverWant.org).

Y ha sido justamente este carácter “no europeo” del Reino Unido, origen y cabecera de puente del gran poder plutocrático de los Estados Unidos, lo que llevó las cosas al borde de una escena de pugilato. La sospecha del general De Gaulle sobre esa naturaleza ambigua de Albion reapareció con más fuerza que nunca.

A su vez, la moneda única le dio un extraordinario poder a Alemania, cuyo Banco Central domina el euro. La política monetaria está sujeta a la aprobación alemana para adecuarse a sus necesidades, lo que ha llevado a un analista a sostener que “así como lo que es bueno para EE.UU. no es necesariamente bueno para los otros países o para el mundo en general, lo que es bueno para la economía alemana no es necesariamente bueno para la Unión Europea”.

Esta conformación actual de la Unidad Europea, en la que el papel de Francia y Alemania se ve amenazado tanto por el Reino Unido, como por la miríada de pequeños estados surgidos de la desmembración soviética (Ucrania, Eslovenia, República Checa, Eslovaquia, Bielorrusia, etc.) los que, a través de una incontenible penetración ideológica y económica, juegan hoy la carta estadounidense en el continente europeo, no es, de ninguna manera, el bloque continental necesario para equilibrar el poder de EE.UU. Una Unión Europea administrada por tecnócratas y economicistas, alejada de las necesidades económicas, políticas y culturales de sus propios pueblos, usurpando de ellos la voluntad general, se acerca más al esquema unipolar de poder mundial.

Nuestra Unión Suramericana se ve, así, beneficiada por partida doble con el incontrastable “no” franco holandés. Por un lado, vuelve a poner en el tapete político a los pueblos por encima de los poderes económicos. Y por otro lado, nos da indicios de lo que no tenemos que hacer en la construcción de nuestra unidad continental.


Por Julio Fernández Baraibar
Como en 1930, en 1955 y en 1976

La oligarquía argentina
se
amotina contra un gobierno
que defiende la voluntad popular

El aumento del precio de la carne es la primera amenaza

Publicado en Patria y Pueblo Año 3, N° 11, Diciembre 2005

Sabido es que el verdadero artífice y estratega del sangriento golpe de estado de marzo de 1976 fue José Alfredo Martínez de Hoz, un oligarca relamido cuya prosapia delictiva se remonta al siglo XVIII. Curiosamente, mientras sus sicarios uniformados, ya valetudinarios, están encerrados en arrestos domiciliarios o en salas de terapia intensiva, este liquidador de la vida y los bienes de la comunidad argentina pasea su indigna humanidad por la calle Florida, todas estas soleadas mañanas de la primavera porteña. Ese “discreto encanto de la oligarquía”, ese dulce sentimiento de ser, en última instancia, los dueños del país y su gente, esa agradable sensación que da el pensar “a nosotros no nos pueden hacer nada” es lo que explica que este criminal se vuelva invisible a los ojos de compatriotas que se encolerizan con un comisario suburbano o se levantan de la mesa de un restaurante al aparecer el asesino Astiz, valiente frente a monjas y cobarde frente a los ingleses.

Y son esas espirituales razones, asentadas sobre el monopolio de las tierras más feraces del planeta, sobre la prodigiosa concentración de la propiedad agropecuaria experimentada en la Argentina durante los años 90 y sobre el control parasitario y rentístico que ejercen sobre toda la estructura económica nacional, las que han puesto a la oligarquía argentina nuevamente en pie de guerra contra un gobierno que intenta revertir los últimos treinta años de privilegio y saqueo.

El desatinado aumento del precio de la carne, las provocativas declaraciones de los dirigentes de la CRA, de CARBAP y de la Sociedad Rural, las amenazas de realizar un boicot dejando de enviar ganado para el consumo son los prolegómenos del alzamiento que esta clase miserable está organizando contra el gobierno del doctor Kirchner.

Inmutables a cualquier incentivo económico tendiente a aumentar la productividad agraria, la oligarquía ganadera –verdadero núcleo de los sectores enemigos del país y de su pueblo- pretende que los argentinos paguemos la carne al precio internacional, hoy en aumento por distintas razones coyunturales, como si el asado o la milanesa fuesen un producto de importación.

Mienten cuando rechazan las retenciones o cuando reclaman su inocencia como formadores de precio. Chantajean al gobierno y al resto de los argentinos cuando se niegan a acordar los precios y amenazan con el paro agrario.

La justicia de las retenciones

Las retenciones a las exportaciones cárneas son la consecuencia directa de una medida gubernamental, el establecimiento del precio del dólar en $2,95-3. El economista cordobés Salvador Treber dejó claramente establecido, en un oportuno artículo aparecido en la Voz del Interior, que si el gobierno permitiera una paridad en el “precio de equilibrio”, la cotización del dólar estaría alrededor de $ 2,15. Estos 80 centavos de más que el sector agropecuario recibe por sus exportaciones no es el resultado de un aumento de la productividad o una baja en sus costos, sino de una decisión política del Estado que mantiene un precio alto del dólar, comprando en dos años algo así como 11.500 millones de dólares. Pero la gavilla de parásitos improductivos considera que son de ellos y que esa retención (de un porcentaje variable que va del 23,5 en el caso de la soja al 15 en el caso de la carne) perjudica su rentabilidad y el “desaliento cunde en las sacrificadas filas de los productores agrarios”. Si el argumento del desaliento fuese cierto, los productores agrarios argentinos deberían figurar en el libro Guinness como récord en la materia: hace más de cincuenta años que viven desalentados, mientras invierten en lujosas propiedades en Punta del Este, Pinamar o Cariló, en suntuosas e importadas 4x4 o en la Bolsa de Nueva York. Ocultan, como trapaceros y ventajistas que son, que esa retención, en el caso de la soja, le sigue dejando un mayor ingreso de 13,8% que no es producto ni de su capacidad inversora, su pericia planificadora o su preocupación por el aumento constante de la productividad.

Los argentinos sabemos claramente lo las palabras “paro agrario” significan. Vivimos sus efectos en 1976, contra el gobierno de Isabel Perón, y fueron el inicio del golpe militar procesista.

La vieja y nunca enterrada oligarquía pampeana se ha amotinado contra el gobierno. Es un deber denunciarla y es una tarea pendiente hacerla desaparecer como clase social. Esas tierras y su producción pertenecen al conjunto del pueblo argentino y deben servir para el interés del conjunto de la nación.

Por Julio Fernández Baraibar


Rodolfo Galimberti

Por Julio Fernández Baraibar
13 de Febrero de 2002

"Un bel morire tutta una vita onora" dice un viejo refrán italiano. Esto quiere decir que un morir heroico, en paz, amado por los suyos, rodeado del afecto de amigos, discípulos, hijos o compañeros honra toda la vida de quien, para usar palabras de Getulio Vargas, “sale de la vida para entrar en la historia”.

Ahora bien, la muerte por sí misma no convierte en héroe a ningún hijo de puta.
Y el miserable aventurero Rodolfo Galimberti que acaba de morir fue toda su vida eso, un despreciable hijo de puta.

Nunca fue un joven soñador, como con benevolencia lo han querido pintar.

Fue, desde que apareció en la vida pública, gracias a un reportaje de tapa en la revista Panorama realizado por el también aventurero y renegado Jorge Raventos, un cínico trepador, un matasiete con pinta de cajetilla, un pequeño burgués de extramuros que, con una 45 en la pretina, quiere llegar a las luces del centro.
Toda su concepción política se basó en esporádicas lecturas juveniles de Primo de Rivera -otro cajetilla, aunque más heroico- y en un culto al héroe individual y a la metralleta. Los años posteriores a su salida de la Argentina no fueron sino la consecuencia necesaria y obvia de sus antecedentes. Rastacuero miserable, cuando se le acabó el yeite de la revolución, se convirtió en delincuente común, se alzó con un pedazo del botín y se dedicó a la gran vida. Terminar como guardaespaldas de su secuestrado no confirma otra cosa que la raíz neurótica del secuestro: la admiración del joven suburbano de bolsillos raídos por la riqueza lejana, ajena y envidiable de la oligarquía.

Que su retórica de matón y su aventurerismo criminal haya llevado a la muerte -heroica, al menos- a jóvenes compatriotas lo ponen a este muerto inglorioso en un innombrado panteón que compartirá, entre otros, con Rojas, Videla, Massera, Martínez de Hoz, Firmenich y Menem.

La tierra, este valle de lágrimas, es hoy más liviana.

Tiene un hijo de puta menos.

Este artículo motivó una respuesta en la lista de discusión Reconquista Popular, que a su vez dio lugar a lo siguiente:

A raíz de lo anterior ha escrito el compañero L.:

“Me parece que sería prudente no usar tantos adjetivos y hablar mas de política. ¿No le parece compañero?”

No, la verdad que no me parece prudente usar menos adjetivos. Son útiles, esclarecedores y elegantes. Y efectivamente es de política y no de melancólicos recuerdos acerca de qué buenos éramos cuando teníamos veinte años que he hablado en mi oración fúnebre al miserable muerto.

Y agrega el compañero L.:

“Porque decir que Galimberti siempre fue un hijo de puta no dice nada”.
“Galimberti es un símbolo trágico y payasesco en todo caso de la tragedia, desencuentros y equívocos de los setenta”.


Sí, dice exactamente eso, que fue un hijo de puta política y personalmente. O si el compañero prefiere, un canalla.

Galimberti no era ningún símbolo, pese a que la prensa comercial ha pretendido elevarlo a esa categoría. Galimberti era un tipo de carne y hueso, con una concepción reaccionaria y elitista de la política, que llevó a una muerte trágica -en el sentido griego del término, por lo que tenía de inevitable, dadas las circunstancias- a miles de jóvenes llenos de amor por la Patria y sus compatriotas.

Una concepción reaccionaria digo, porque la idea de reemplazar la acción de masas por el atentado individual y la violencia colectiva por la pistola en la nuca ha sido y es propia de la reacción de derecha. Y elitista digo, porque siempre desconfió de la capacidad de las masas -ese monstruo de miles de cabezas- para cambiar la historia y pretendió reemplazarlas por el grupo iluminado y audaz que con una metralleta y un abrigo de cuero negro acortara el largo y duro camino de la experiencia colectiva.

Todas las fanfarronerías que de él se recuerdan apelan permanentemente no a la violencia y a la justicia impuesta por los explotados en un momento de alza revolucionaria, sino al fetichismo del revólver, de la testosterona y la virilidad. Galimberti jamás fue un líder de masas. Jamás expresó a los explotados argentinos. Y los explotados argentinos jamás lo consideraron una expresión de sus intereses. Nunca. De modo tal que ningún símbolo, con este tipo.

Ni trágico, su muerte en un quirófano impide cualquier retórica épica, ni mucho menos payasesco, lo que significaría elevarlo a una especie de Olmedo de la década del 70. Fue lo que fue: un despreciable hijo de puta, como creo ya haber dicho.

Continúa el compañero L.:

“Lo mas repudiable de el me parece es su traición posterior y su pasaje a la CIA. Eso lo convierte en un traidor sin retorno, ya que su origen fascista era muy común a la juventud revolucionaria de los setenta y muchos jóvenes que se originaron en las organizaciones nacionalistas de derecha pasaron luego de las revoluciones argelina, cubana, china y vietnamita a las posiciones del socialismo y el antimperialismo militante y ofrendaron sus vidas por ello”.

Este es el error. Galimberti, en su tortuosa cabeza, nunca traicionó a nadie. Todo lo que él quería era salir de ese horrible anonimato de San Antonio de Padua. Cuando el camino era la revolución, se anotó en ella. Cuando dejó de serlo, se anotó en la CIA. Y si en lugar de haber caído el muro de Berlín hacia el Oeste, hubiera caído hacia el Este, Galimberti hubiera hablado ruso y, seguramente, hubiera muerto como presidente de una empresa exportadora al Comecon.

Estoy harto de la teoría del traidor. ¿Qué le pasó? ¿Lo torturaron? ¿Le pusieron los testículos en una morsa? Por qué no tratamos de discutir, no sobre bases puramente morales, sino objetivas, de clase, sociales y políticas. Lo que yo estoy diciendo ahora es exactamente lo mismo que decía sobre el personaje y sobre Montoneros en 1973. Ni entonces ni ahora he hablado contra los compañeros y compañeras anónimos y esforzados que creían de buena fe actuar en favor de la revolución y de los explotados argentinos sumándose a las columnas de la JP y Montoneros en las manifestaciones de la época. No. Estoy hablando de sus cuadros dirigentes. De los tipos que, por formación política o capacidad personal, eran quienes bajaban línea, decían lo que estaba bien y lo que estaba mal, escribían en El Descamisado y secuestraban y mataban, entre otros, a Vandor y a Rucci.

Recuerdo un artículo con mi firma, publicado en Izquierda Popular, el órgano del FIP, en el número de la segunda quincena de junio de 1974.

Creo que el mismo ilustra mi punto de vista sobre Montoneros y la JP Regionales y le puede sumar al compañero L. más argumentaciones a las ya enunciadas en mi primera nota.

Allí afirmaba:

“El día 14 de junio (1)
en una declaración pública firmada por Mario Firmenich, los Montoneros intentaron sanamente corregir en parte el tremendo error cometido el 1° de Mayo (2) (...) Algunos párrafos merecen un comentario especial. Como hecho fundamental ninguna de las organizaciones ligadas a Montoneros concurrió a la plaza de Mayo (3). La explicación organizativa y superestructural formulada por Firmenich es absolutamente estéril. La clase obrera concurrió en menos de tres horas, sin que ningún canal organizativo asegurase su presencia.
Concurrió porque el llamado de Perón estaba dentro de la lógica interna del movimiento de masas. Concurrió porque la clase obrera estaba esperando la convocatoria presidencial. Montoneros y JP no concurrieron porque su dirección ha infundido en sus bases un profundo antiperonismo.
¿Cómo iban a movilizarse espontáneamente a Plaza de Mayo ante una convocatoria de Perón si a este mismo Perón habían provocado y abandonado el 1° en la misma Plaza? En tres oportunidades, por lo menos, Izquierda Popular explicó largamente los errores tácticos y estratégicos cometidos por quienes aparecen como la dirección visible de las Regionales. En esas notas y en el apoyo popular logrado el 12 de junio, más que en ninguna otra parte, encontrarán las verdaderas razones de su dramática ausencia”.


Era la suma de una táctica elitista y un antiperonismo pequeño burgués la mezcla que llevó a Montoneros al enfrentamiento con Perón, primero, y con Isabel, después.
Que jóvenes católicos, con cierta formación fascistoide, nos hayamos convertido, en esos años maravillosos, en revolucionarios es algo que el compañero L. no me puede explicar. Estudié toda la escuela primaria y secundaria en un colegio de curas, el Colegio San José de Tandil. Me consideré a los 16 años integrante de Tacuara en su versión más clerical y mariana. Estudié abogacía en la Universidad Católica Argentina, la misma del comandante Perdía, Rodolfo Barra y el juez Salvi. Estuve a un tris de integrar una de las formaciones iniciales de Montoneros. Quiero decir, fui meloneado para ello cuando tenía 20 años. Una incipiente formación marxista y una desconfianza al martirio, cuyo origen aún no puedo precisar, pero que atribuyo a un maravilloso amor por la vida, me evitaron el patético destino de una muerte inútil. Siempre desconfié de los bonzos. Pertenezco entonces a esa generación de jóvenes de clase media que se nacionalizó al calor de las luchas obreras y populares y en la marea de las revoluciones del mundo semicolonial.
Y como todo proceso revolucionario éste también arrastró en su torbellino a toda clase de elementos: los abnegados y los miserables. El personaje del que hablamos pertenece, como creo haberlo dicho, a esta última clase.

Sigue el mensaje de L.:

“Galimberti era parte de eso, si después siguió un camino que lo llevo a la CIA es lo que en todo caso hay que discutir pero con los insultos no decimos nada. Tal vez haya que reflexionar por qué Perón lo quería tanto y lo uso para neutralizar otros posibles secretarios generales de la rama juvenil como Rearte, y porque soportaba que galimba llegara doce horas mas tarde y se cuadrara militarmente golpeando los tacos al grito de ‘recluta Galimberti reportándose, general’ provocando el afecto del anciano general”.

Perón uso a Montoneros y, por ende a Firmenich y a Galimberti, para asustar a Lanusse y a los militares herederos de la Revolución Libertadora. Que Perón lo quisiera tanto, como afirma L., no me consta. Sé si que después de las provocaciones sobre milicias populares y otras irresponsabilidades, le quitó el título. Con respecto al vodevilesco cuadro que menciona el compañero, supongo que a Perón, como a todo el mundo, algunas payasadas lo divertían, como divertía a Rosas el enano Biguá disfrazado de Obispo.

Y para terminar nos dice el compañero L.:

“O de su extraña desaparición en 1976, unos días después del golpe donde parece quedar claro que fue captado por la marina, pero claro de eso no se habla”.

Compañero L., aquí hablamos de todo. Y llamamos al pan, pan y al vino, vino. Y al miserable, miserable.


Notas:

(1) De 1974. Nota a la presente edición.
(2) Cuando abandonaron la Plaza de Mayo mientras hablaba Perón. Nota a la presente edición.
(3) El día 12 de junio se produce una movilización espontánea de miles de trabajadores, impulsados por sus sindicatos, de apoyo al general, ante la sensación colectiva de que había comenzado una conspiración oligárquica.




Un artículo de hace 28 años

Julio de 2002

El texto que sigue a continuación y del que he extractado los aspectos que en este día me parecían más importantes, fue escrito por mí hace 28 años –¡cuán presto se va el placer!- al día siguiente de la muerte del General. Apareció publicada en Izquierda Popular, el periódico del FIP de aquellos años, que yo codirigía.
Que pueda seguir mostrándolo orgulloso, después de todos estos años, es mi homenaje personal al último gigante.

18 años de lucha

Ha muerto Juan Domingo Perón. El hecho soñado diariamente durante 18 años por todos los comandantes en jefes de las Fuerzas Armadas posteriores a 1955, por todos los políticos de los partidos oligárquicos, burgueses y pequeños burgueses, por los cadavéricos y editorialistas de "La Nación" y "La Prensa", por los invernadores y cabañeros de la Sociedad Rural y por sus enjoyadas esposas, se ha producido. El hombre que sintetizaba y expresaba las más elevadas ambiciones del pueblo argentino, cuyo nombre fue bandera de lucha para los millones de postergados y humillados por la prepotencia oligárquica e imperialista, que alzó a los obreros rurales y urbanos de la Argentina semicolonial a la conciencia de su papel histórico, ha desaparecido.

Con el General Perón se van 30 años de historia reciente, jalonada por triunfos y derrotas que hoy constituyen la experiencia histórica de la clase obrera y el pueblo argentinos.

(...)

El pueblo argentino pudo ver, antes de su muerte, la nueva victoria de Perón. El primero de Mayo en el congreso expuso, por primera vez como presidente de la República, su programa nacional revolucionario y latinoamericano. Ese mismo día él y su esposa serían silbados en Plaza de Mayo por nuevos grupos de viejo cipayismo.

A partir de ese momento, a los 78 años de edad, haría temblar nuevamente a sus viejos enemigos, la oligarquía terrateniente y el gran capital especulador e imperialista, así como a sus nuevos y bisoños aliados.

Pudo comprender la hipocresía de los partidos gorilas, gustosos de “dialogar” con el enemigo en aras de una “unidad nacional” solamente aceptada a condición de que el movimiento nacional no pudiese desarrollar su programa. Pudo reconocer los embates del desabastecimiento y el mercado negro que acecharan contra su gobierno en los años 50. Pudo ver a los doce meses de su regreso definitivo a la Patria, que sus enemigos eran los mismos, que sus métodos no habían cambiado. Y el 12 de junio pudo comprobar emocionado que el pueblo argentino del 17 de octubre no lo había abandonado. Y este pueblo, que hoy lo llora viril y tiernamente, pudo redescubrir al Juan Domingo Perón de las grandes jornadas de lucha, llamando al combate, denunciado al enemigo. “Y pegue, Perón, pegue” reclamaron los trabajadores hace menos de un mes. Hoy comienzan a acostumbrarse a la idea de que ellos mismos deberán pegar a los enemigos de la Patria. Sólo ellos tienen derecho de rodear a Isabel de Perón. Sólo ellos serán los artífices de su propia liberación.

Por Julio Fernández Baraibar


El despertar del Oso

Publicado en la revista Sudestada
Buenos Aires, 18 de marzo de 2005

La desaparición de la Unión Soviética significó, para la política mundial, el establecimiento de una sola potencia hegemónica, de absoluta superioridad militar y con la capacidad de emitir la única moneda franca del sistema comercial mundial, el dólar. Estas dos herramientas convirtieron a los EE.UU. en el más fuerte poder mundial desde los tiempos del Imperio Romano, cuyo ámbito de expansión nunca trascendió al continente europeo y su prolongación en Asia Menor y el norte de África. La diferencia con el Imperio Romano anterior a su división es, no sólo el monopolio sobre la capacidad de destrucción militar en posesión de los norteamericanos, sino el papel que el interés de las grandes corporaciones privadas juega en el expansionismo yanqui.

Detrás del Imperio Romano estaba la fuerza política y militar del estado mejor estructurado de su época, con la más prodigiosa legislación, basada en el respeto a la propiedad privada individual del ciudadano romano. Detrás del Imperio Americano, es decir del imperialismo yanqui, están las sociedades anónimas, sus directorios, las oscuras empresas petroleras, las tenebrosas empresas de seguridad privada, los grandes fabricantes de armamento, los “entrepreneurs” a los que la prensa occidental ha hecho conocer por sus apariciones en Irak y por algunas de las sangrientas muertes que sus agentes han sufrido en manos de la resistencia nacional iraquí. Detrás del Imperio Americano no está la voluntad del César, sino la anónima voluntad del capital financiero, el ignoto Moloch del lucro privado que se esconde en el gigante de mil cabezas de la asamblea de accionistas.

Es ésta la agresividad que se expresa detrás de las aventuras y bravuconadas bélicas de Bush y su gabinete, elegido de entre la crema de funcionarios e ideólogos de las grandes sociedades anónimas, para dirigir un Estado cuya noción del bien común es solamente la preservación a rajatabla de la preeminencia de la plutocracia yanqui en el mundo capitalista, preeminencia que está lejos de ser una realidad según los fríos números de la economía.

Un gigante noqueado

Pero la desaparición de la Unión Soviética no significó tan sólo eso.

El primer efecto que tuvo fue sobre el conjunto del pueblo soviético. Los trabajadores y los pueblos que integraban la URSS habían sufrido durante 70 años el cerco, la invasión y, nuevamente, el cerco de las potencias imperialistas occidentales y, con un sacrificio colectivo cuya evocación deja atónito, pudieron construir una potencia industrial y militar capaz de aportar el mayor esfuerzo humano a la Segunda Guerra Mundial, neutralizar durante cuarenta años el intento de dominación planetaria del imperialismo yanqui y generar en su sociedad condiciones de vida austeras, pero dignas e igualitarias. El mundo se vino abajo para millones de jubilados rusos y de los pueblos que formaban la antigua Unión Soviética. El sistema de salud pública que garantizaba una expectativa de vida similar a la de Suecia u Holanda colapsó hasta casi desaparecer. Decenas de miles de jóvenes campesinas fueron lanzadas a los prostíbulos de Occidente y a su industria de la pornografía. Las grandes y poderosas empresas estatales, que habían constituido el núcleo central del desarrollo industrial, tecnológico y científico de la URSS fueron asaltadas y saqueadas por condotieros y aventureros surgidos del mercado negro y de los sectores más corruptos del antiguo funcionariado, mientras el gran bloque eslavo era balcanizado y aparecían señores de la guerra en los confines caucásicos sostenidos y alentados por la CIA. Las capitales y los gobiernos surgidos de la fragmentación fueron asediados por ávidos e inescrupulosos asesores, vendiendo su panacea universal: “privatización y desregulación”. Como ha escrito un testigo presencial de aquellos días: “La gente en Rusia está idiotizada por el temor a lo que está sucediendo y a lo que ha sucedido y si se cuelgan patéticamente de la opinión de Occidente es por las mismas razones que los judíos en los campos de concentración colaboraban con sus torturadores de la SS”. (Mark Jones, “Mark Jones on Soviet collapse, Russian trauma”,
http://lists.econ.utah.edu/pipermail/A-list/ )
Después de la pesadilla que significó el período signado por la presidencia del dipsómano Boris Yeltsin, incapaz de mantener una conversación sin su ingesta diaria de dos litros de vodka, el gigante apaleado inició su lenta recuperación.


Puttin y la recuperación rusa

El ascenso a la presidencia del ex agente de los servicios de inteligencia soviéticos, Vladimir Puttin, y las políticas por él generadas han dado un vuelco de 180 grados a la situación. Se ha reestablecido una autoridad gubernamental. Se han comenzado a reconstruir las estructuras estatales capaces de resistir y enfrentar el saqueo a que la nueva burguesía auspiciada por el imperialismo –llamada oligarquía o mafia por los rusos- ha infligido al enorme país continental, se han lograda tasas de crecimiento económico y, nuevamente Rusia se eleva a la categoría de poder estratégico.
Que esto haya sido obra de un ex agente de la KGB no puede extrañar. En los momentos de crisis profunda y quebrantamiento de las estructuras del Estado, cuyos funcionarios y políticos se convierten en los agentes mismos de su entropía, pareciera que lo último que queda como recurso humano, para una eventual línea de defensa, es el núcleo duro de los sistemas de espionaje, como una especie de extracto estatal capaz de su reconstrucción. Por lo menos es lo ocurrido en la Federación Rusa. La caída de la Unión Soviética con su proclamada –aunque vacía- representatividad proletaria, más el debilitamiento sufrido por los trabajadores en el proceso mismo de la implosión, convirtió a estos en una víctima maniatada de la reacción burguesa imperialista: habían perdido la fuerza social y las herramientas ideológicas que permitieron el triunfo de la Revolución de Octubre.
Pese al enorme deterioro sufrido durante el trágico decenio 1990-2000, la Federación Rusa logró preservar en gran parte la tecnología militar desarrollada durante la carrera armamentística de la Guerra Fría y mantuvo la disciplina del viejo Ejército Rojo, donde posiblemente perduren más vivos los recuerdos de la Segunda Guerra Mundial, de la defensa de Stalingrado y del asedio imperialista.
Al recuperar nuevamente la vertical, el oso ruso comenzó a pasar revista a lo que había quedado de su antiguo poderío. Europa Central es nuevamente parte del Occidente, tal como lo había sido antaño, hasta que las tropas soviéticas impusieron con su presencia gobiernos afines al Kremlin. Los rebeldes eslavos del sur, que custodiaban las costas del Adriático han sido destruidos por una sangrienta guerra civil, alentada por Francia y Alemania, y posteriormente sometidos al más feroz bombardeo de la historia posterior a la Segunda Guerra Mundial por parte de la OTAN. Georgia, la tierra natal de José Djugashvili, conocido como Stalin, el seminarista de Tiflis que llegó a ocupar el lugar de Iván el Terrible, de Pedro el Grande y de Lenin, ha caído en manos de una pandilla privatizadora a través de un golpe de estado financiado por el magnate húngaro de religión judía, George Soros. Los países caucásicos, en los que la influencia musulmana se mantuvo durante los 70 años de poder soviético, que rodean al Mar Negro y se extienden hasta el Caspio, han creado sus propios gobiernos y se someten a la seducción del Departamento de Estado norteamericano. En Chechenia, una guerrilla financiada, sostenida y alentada por la CIA enfrenta al ejército ruso y somete al terrorismo más indiscriminado a las regiones vecinas, llevándolo a la capital misma de la Federación Rusa.

Ucrania, la Pequeña Rusia

Pero, como ha escrito el cordobés Enrique Lacolla, la peor, más arbitraria e importante pérdida sufrida por Rusia ha sido la secesión de Ucrania “cuyas tierras fértiles habían sido ambicionadas por Adolfo Hitler para su Lebensraum y que disponía de una enorme estructura industrial, amén de un arsenal nuclear muy importante; que pertenecía al imperio ruso desde que comenzó su historia y que se encontraba íntimamente entrelazado con el desarrollo del inmenso país” (Dos en Uno, Enrique Lacolla, La Voz del Interior, noviembre de 2004, Córdoba).

La crisis política intensa, aunque de corta duración, vivida en Ucrania con motivo de las últimas elecciones presidenciales, manifestó las contradictorias tendencias existentes de antaño en la sociedad ucraniana, a la vez que hizo evidente las influencias y designios detrás de los dos candidatos presidenciales.

Detrás del derrotado Víctor Yanukovich se encolumnaba la Ucrania oriental, rusófila y ortodoxa, con sus praderas, minas y siderurgia, y la rediviva Rusia de Puttin. Detrás de Víctor Yuzhenko se expresaba la Ucrania occidental, proalemana, católica y el imperialismo yanqui y europeo con sus ONGs, sus dólares y euros. Ucrania permaneció unida en un sólo estado por la mesura y sangre fría con que la dirigencia rusa ha actuado en todo este dramático tema. Lejos de la publicidad vulgar y engañosa de la prensa occidental y de las maniobras intervencionistas de europeos y yanquis –cada uno de los cuales actúa con distintos intereses políticos, pues mientras Francia y Alemania buscan sumarlos a la UE, los americanos intentan arrastrar a los países del Este europeo a una alianza con EE.UU. que neutralice la fuerza del eje París-Berlín- la posición asumida por Moscú fue el de reconocer el resultado electoral y poner límites a la posibilidad de Ucrania de sumarse al bloque europeo. Posiblemente la fórmula establecida sea la aceptación de su incorporación a la UE, pero la negativa absoluta a aceptar una incorporación de Ucrania a la OTAN, el pacto militar europeo-norteamericano, que pondría a los ejércitos occidentales a las puertas de Moscú.

Mientras los apólogos de la llamada Revolución Naranja –slogan publicitario inventado por la ONG de George Soros, en el golpe georgiano- dirigen sus dardos contra el presidente de Bielorrusia, quien durante todos estos años ha resistido a los intentos privatizadores y liquidadores de EE.UU. y Europa y mantiene a su país en estrecha colaboración con la Federación Rusa, el Kremlin ha logrado desarrollar una formidable bomba táctica capaz de poner en caja cualquier intento de la Flota Norteamericana.

La industria militar rusa ha desarrollado un proyectil conocido en los círculos de la OTAN como el SS-N-22 “Sunburn”, descrito hace un tiempo por la representante Dana Rohrabacher como “el misil ruso anti navíos, más peligroso en la flota rusa y ahora en la flota china”. La versión original de este misil transportado por naves es lanzada desde un set de cuatro tubos montados en cubierta, pero posteriormente Rusia ha adaptado el “Sunburn” para lanzamiento sumergido desde submarinos, lanzamiento aéreo desde los Sukhoi 27 y lanzamiento individual desde la tierra montados en camiones adaptados para tal fin. Hoy día, los expertos occidentales de defensa clasifican todas las versiones de Sunburn como “los misiles más peligrosos en el mundo.”

El fin del unipolarismo

Todo hace suponer que la pérdida de conocimiento del gigante continental ha llegado a su fin y el árbitro no llegó a contar hasta diez. Lo sepa o no –y seguramente lo sabe- EE.UU. no tiene ante sí la misma situación internacional que enfrentó Bush padre y ni siquiera la del inicio de la invasión de Irak. La vieja geopolítica de fines del siglo XIX vuelve a imponer sus determinaciones y los grandes bloques continentales entrevistos por Friedrich Ratzel han vuelto por sus fueros.

De ahí la importancia estratégica que para nosotros tiene el desarrollo de la Comunidad Suramericana de Naciones lanzada en Cusco, en diciembre del año pasado, y los acuerdos extracontinentales con Rusia, China y la India que buscan tanto la Venezuela de Chávez como el Mercosur. Si la Argentina de Sáenz Peña pudo resistir el empuje de la doctrina Monroe merced a su situación de semicolonia privilegiada del Reino Unido, el nuevo monroísmo debe ser frenado con la construcción de una gran unidad política de nuestro subcontinente y las alianzas tácticas necesarias con las potencias emergentes. Latinoamérica ha comenzado a dejar de ser el patio trasero de los EE.UU.

Por Julio Fernández Baraibar
El cadáver del señor Valdemar

Buenos Aires, 21 de setiembre de 2005.

No faltan, en esta proliferación de novedosas teorías sociales y políticas que ha caracterizado los últimos veinte años, quienes han decretado la muerte histórica de la oligarquía, junto con la de los estados-nación, la independencia nacional, las clases sociales y, por supuesto, la lucha de las mismas por imponer su hegemonía sobre el conjunto de la sociedad.

Según sus corifeos, el proceso de planetarización de la economía imperialista ha disuelto las antiguas estructuras sociales que sostenían a las sociedades semicoloniales y, con ello, a sus viejas clases dominantes. En su reemplazo, afirman, una nueva casta de gerentes universales impone sus criterios, determinados por modernos paradigmas técnicos, disuelve los antiguos privilegios y moderniza las arcaicas y parasitarias formas productivas.
La oligarquía argentina, formada alrededor de los grandes invernadores, los terratenientes de la pampa húmeda y el sistema de consignatarios y exportadores, ha monopolizado el humus pampeano –uno de los principales recursos naturales de la Argentina, por su extensión y fertilidad- desde las Mercedes Reales en tiempos de la colonia y por medio de una apropiación forzada ya en épocas independientes, y ha determinado, desde 1810, el destino de los argentinos, lo que llevó a Sarmiento a afirmar que en nuestro país “las vacas dominan la política”.
Esa clase social, lamentamos informar a sus necrólogos, lejos de haber desaparecido, se mantiene viva, como el espantoso cadáver hipnotizado del señor Valdemar, y continúa exigiendo su libra de carne al resto de la sociedad del Plata. Sostenida a lo largo de casi doscientos años por su incorporación privilegiada al mercado mundial, el llamado proceso de globalización no ha hecho sino endurecer su situación monopólica, ampliar su participación en el PBI y dar alas a su soberbia y voracidad.

Las recientes manifestaciones de la Confederación de Asociaciones Rurales de Buenos Aires y La Pampa (CARBAP), que, junto con la Sociedad Rural, constituye el núcleo duro del sector más antinacional y rentístico de la tradicional oligarquía argentina, están haciendo evidente que, como en 1945 o en 1973 no están dispuestos a ceder ni uno sólo de sus despreciables privilegios y advierten amenazadores sobre lo que podrá ocurrir después de las elecciones del 23 de octubre.

Frente al acuerdo alcanzado por el gobierno con la industria frigorífica y los supermercados para mantener por tres meses el precio de la carne, estos personeros oligárquicos proclaman su total prescindencia acerca de las preocupaciones y desvelos de la inmensa mayoría de nuestros compatriotas y reivindican su saqueo sobre nuestros bolsillos en nombre de… ¡el libre juego de la oferta y demanda en el Mercado de Liniers! A la vez, definen el acuerdo como “una medida compulsiva de vieja usanza enmarcada en una fallida política, que en su aplicación ha demostrado el fracaso de la misma”. Y como si esto fuera poco afirman que “el alza inflacionaria (es) provocada principalmente por el incontenible aumento de gasto público, difícil de detener por parte del Ministro de Economía de la Nación”.

Queremos alertar que, como en 1955 y en 1976, estos parásitos repudian todo intento de poner al Estado Nacional al servicio del interés común de los trabajadores y el pueblo argentinos y que han comenzado a mostrar los colmillos de su odio y avaricia. En el momento en que el fracaso, sangriento y doloroso para el conjunto de la población, de la política que estos oligarcas sostuvieron, aplaudieron y defendieron durante los últimos treinta años, lleva al gobierno a asumir tímidas e insuficientes medidas para evitar el injustificado aumento de precios, amenazan como lo hicieran –repito, porque la memoria es frágil- en 1976 con un paro ganadero, con dejar de enviar animales al mercado interno, un típico e histórico prolegómeno de toda provocación golpista en la Argentina.

Queremos alertar, tanto a los trabajadores y al pueblo, como al propio gobierno, que en la distracción de la campaña electoral, la oligarquía ganadera, la enemiga histórica del progreso, el bienestar y la libertad de la Argentina, se prepara para dar una batalla por sus injustos e injustificados privilegios. Y como tenemos memoria y la hemos visto actuar a lo largo de cuarenta años sabemos de lo que son capaces cuando sienten que un gobierno no expresa su omnímoda voluntad: lo voltean e imponen una salvaje dictadura en nombre del libre juego de la oferta y la demanda y el ahorro público. Ya la tuvimos en 1955 y en 1976. Es más, todavía no hemos terminado de salir completamente de ellas.


El cadáver insepulto del señor Valdemar debe morir definitivamente para que el pueblo argentino pueda vivir.

Por Julio Fernández Baraibar