8 de junio de 2008


La muerte de un canalla

Desde principios de la década del sesenta hasta hace tan sólo unos años, Bernardo Neustadt fue el periodista que, desde la televisión, la radio y la prensa escrita defendió el interés económico y político de las empresas imperialistas radicadas en la Argentina, el de la oligarquía de la Sociedad Rural Argentina y el de la embajada norteamericana.

Cómplice con todos y cada uno de los gobiernos de facto que se sucedieron a partir de la contrarrevolución de 1955, Neustadt, Bernie para sus amigos y para sus enemigos, fue la cara que en su programa de televisión justificaba la entrega de los intereses nacionales, la represión de la voluntad popular mientras hacía sistemática apología del imperialismo yanqui. Su completa adhesión al llamado Proceso Militar iniciado en 1976 con la presidencia del chacal Videla, lo hizo el vocero y apólogo de la desaparición de personas, de apropiación de niños, de la tortura y el asesinato.

Hijo de puta, con cara de hijo de puta, su tono melifluo, resbaloso, escurridizo y obsecuente con el poder oligárquico, lo hizo blanco del odio popular más intenso y objeto de sistemática burla y desprecio.

Ocurre que el muy hijo de puta fue, según se dice, hijo de una prostituta de las que traía la maffia judía a la Argentina durante la década del veinte y del treinta del siglo pasado, desde los empobrecidos campos de Polonia y Rumania. Al llegar, entregó su hijo a un colegio de hermanos educadores de Buenos Aires, donde fue considerado como el despreciado e inteligente rusito de padres ignotos.

Posiblemente esto marcó su repugnante rastacuerismo, su obsecuencia hacia la clase social cuyos hijos, cuando niño, lo despreciaban y ridiculizaban su nariz azhkenazim o su miopía.

En su juventud, y a las postrimerías del segundo gobierno del general Perón, integró el grupo de colaboradores del vicepresidente de entonces, el Almirante Alberto Teissaire, expresión de los sectores más corrompidos y claudicantes del gobierno, a punto que éste último se convirtió en dócil instrumento del régimen usurpador instaurado en 1955.


Fue así como la Revolución Libertadora lo contó entre los soplones que traicionaban a quienes habían sido sus recientes amos y de ahí se proyectó al periodismo. Acuñador de vulgaridades convertidas en tópicos, hizo popular al personaje de Doña Rosa, la encarnación simbólica de la buena señora, anciana, algo gorda, de origen inmigratorio, que con la bolsa de red hace cola en la verdulería. Toda la ignominiosa defensa que realizó a la entrega de los teléfonos, el petróleo, la línea aérea, la minería y hasta las jubilaciones al imperialismo y al capital financiero, durante el gobierno de alguien antropológicamente parecido a esta basura, el ex presidente Menem, la hizo en nombre de Doña Rosa, quien con el neoliberalismo más hambreador y desnacionalizador podría tener teléfono, podría viajar en avión como resultado del desborde de riqueza que sobrevendría al enriquecimiento de los ya ricos. Tuvo razón. Doña Rosa obtuvo su teléfono, pero al poco tiempo se lo cortaron por falta de pago. Con el dólar uno a uno pudo viajar a Paraguay, pero los aviones comenzaron a caerse, a demorarse, los vuelo a suspenderse y la aerolínea de bandera se convirtió en la porquería que es hoy, tal como lo puede atestiguar cualquiera que viaje con cierta frecuencia entre Buenos Aires y Caracas.

Este rastrero trepador ganó mucho dinero con su infamia. Se convirtió en un hombre rico y llegó a casarse con una heredera -de blasones y apellido- de la vieja oligarquía argentina, lo que le dio entrada al hijo de la meretriz rumana en los salones del Jockey Club, sin por ello impedir la mirada de desprecio antisemita con que los viejos socios lo recibían y saludaban.

Fue la síntesis de la peor Argentina: la de los fusilamientos, el bombardeo a Plaza de Mayo, los secuestros, las desapariciones, el asesinato y el robo de niños. Fue el lenguaraz pago, complaciente y agachado, de quienes convirtieron el gran país de la década del cincuenta en el monoproductor de soja y millones de excluidos que es hoy.

Este Día del Periodista, esta jornada en homenaje y recuerdo al gran Mariano Moreno, ha traído a los periodistas honestos de la Argentina esta noticia que ha hecho mucho más respirable el aire de nuestra profesión.


Para quienes hemos vivido en la Argentina en los últimos sesenta años, la esta noticia nos obliga a destapar empolvadas botellas de Malbeck, aguas de vida escocesas durmientes durante 24 años en su lecho de roble, adobar las carnes, marinar las aves y volcar sobre la mesa toda la alegría que tantas veces nos arrebataron.

Ha muerto Bernardo Neustadt, permítaseme escribirlo una vez más, para prolongar el exquisito disfrute: ha muerto el grandísimo hijo de puta de Bernardo Neustadt.

Que la tierra pese sobre el miserable cadáver de Bernardo Neustadt.

Buenos Aires, 7 de junio de 2008.