31 de octubre de 2011

Alberto Methol Ferré: un Hegel cabecita negra

Alberto René Methol Ferré fue el intelectual uruguayo que, desde la década del 50 del siglo pasado hasta su muerte, ocurrida el 15 de noviembre de 2009, dedicó todo su esfuerzo intelectual y volitivo a la integración de los países de la Cuenca del Plata, como punto de partida de la unidad latinoamericana.

Alberto Methol Ferré, Tucho como le llamaban todos los que conocieron su cautivante simpatía personal, nació en Montevideo el 31 de marzo de 1929, en un hogar de clase media. Aquejado desde niño por una pertinaz tartamudez, tuvo en su padre un amigo protector y comprensivo, lo que le permitió superar esa particular dificultad, hasta convertirse en un fascinante orador y conferencista.

Realizó sus primeros estudios en el Liceo Francés de la capital uruguaya e ingresó a la Universidad de la República para estudiar Derecho. Entre otros compañeros tuvo uno que se haría famoso: Jorge Batlle, presidente uruguayo entre 2000 y 2005, hijo del presidente de la República Luis Batlle, sobrino nieto de don José Batlle y Ordoñez, el creador de la “Suiza del Plata”, y bisnieto del también presidente Lorenzo Batlle.

No obstante, sus preferencias políticas estuvieron orientadas, desde el hogar, hacia el partido Nacional o Blanco, el centenario movimiento creado por el federal Manuel Oribe, en plena guerra civil en 1836.

Methol Ferré fue, a lo largo de su vida, periodista, escritor, profesor de historia y filosofía, filósofo de la historia y teólogo. Hacia la década del 50 se convierte al catolicismo, proviniendo de una familia sin grandes convicciones religiosas. Por esa época comienza su relación con don Luis Alberto de Herrera, el más importante dirigente histórico del Partido Blanco. Herrera, un hombre vinculado al patriciado oriental y de madre protestante - “un cajetilla entre los mersas” lo definió alguna vez Tucho-, había sido secretario de Aparicio Saravia en la revolución de 1904 y acompañó al último caudillo blanco hasta que éste muere como resultado de las heridas recibidas en el combate de Masoller.

Simultáneamente comenzó a desarrollar su admiración por el entonces presidente de la Argentina, el general Juan Domingo Perón. Él mismo ha contado el impacto que le produjo la publicación en Montevideo del célebre discurso de Perón ante los oficiales del alto mando del Ejército, el 11 de noviembre de 1953, en el que expone su concepción del Nuevo ABC. Por primera vez en la región, un presidente argentino, contra todas las teorías de los estados mayores, proponía una alianza estratégica con el Brasil y con Chile, como paso necesario para la integración del continente.

A partir de ello, el pensamiento político de Methol Ferré estuvo dedicado a consolidar, profundizar y extender en toda su arquitectura, la propuesta de Perón. Sus incursiones en la historia española y latinoamericana, sus análisis sobre el Uruguay y su historia, su abordaje a la Geopolítica, su frecuentación a Hegel y a Ratzel no tuvieron otra finalidad que abarcar en toda su extensión e implicancias la potencialidad que se encerraba en esta alianza estratégica.

En un país signado por un origen vinculado a las intrigas de Lord Ponsomby y a la irreductible estolidez rivadaviana, caracterizado por un laicismo raro en la región y en el que el imperio inglés permitió una suave democracia urbana y una fuerte miseria rural, Alberto Methol Ferré fue católico, federal, artiguista y blanco. Encontró en la prédica de Herrera contra el establecimiento de bases norteamericanas, en la década del 50, una vinculación entre las viejas banderas de Oribe de los tiempos del sitio de Montevideo y las nuevas tareas patrióticas exigidas por el reemplazo definitivo de aquel Lord Ponsomby por el nuevo Mr. Ponsomby, como, con gracia, definía la aparición del nuevo imperialismo norteamericano en las playas de Pocitos.

Junto al viejo caudillo blanco, participó Methol Ferré de la campaña electoral que permitió el triunfo de Herrera junto a quien fundara el movimiento ruralista, Benito Nardone, conocido por su seudónimo radial “Chicotazo”. De esos años es el libro que publicara en nuestro país don Arturo Peña Lillo en la memorable colección La Siringa, “La crisis del Uruguay y el imperio británico”, de lectura aún hoy reveladora del Uruguay profundo, más allá del Cerro de Montevideo.

Compartió con Washington Reyes Abadie y Roberto Ares Pons la creación de la revista Nexo, en 1958. Desde ella comenzó a desarrollar aquellas tesis aprendidas del general argentino derrocado en 1955 y a concebir la función de su pequeño país, alguna vez Banda Oriental y alguna otra Provincia Cisplatina, como el nexo y la clave capaz de articular la unidad de la Cuenca del Plata. Justamente con este concepto dará inicio a la más trascendente y luminosa reflexión que se haya escrito sobre el papel histórico y el destino del Uruguay, su admirable “Uruguay como problema”. Así comienza el libro: “El Uruguay es la llave de la Cuenca del Plata y el Atlántico Sur, y la incertidumbre de su destino afecta y contamina, de modo inexorable y radical, al sistema de relaciones establecido entre Argentina, Brasil, Paraguay y Bolivia”.

A partir de la instauración de la dictadura en su país, perdió su alto cargo en la administración del puerto de Montevideo y se convirtió en uno de los más importantes intelectuales laicos del Episcopado Latinoamericano. Esa tarea le permitió recorrer nuestro continente en toda su extensión, conocer de cerca las distintas realidades de nuestros pueblos e investigar en su historia política y económica.

Lentamente su pensamiento comenzó a abrirse paso en el Uruguay, en la otrora llamada “Suiza del Plata”. A medida que el bienestar de la semicolonia inglesa comenzaba a desaparecer y miles y miles de uruguayos emigraban a Europa y a Australia, cuando el país no podía ofrecerles un lugar bajo el sol, la prédica de Alberto Methol Ferré, su intransigente continentalismo, su desprecio a la “argentinidad”, a la “uruguayidad”, a la “chilenidad”, comenzaron a demostrar su valor y trascendencia. Fundador del Frente Amplio uruguayo, antes de la dictadura, la hegemonía que durante mucho tiempo ejercen el partido Comunista y los sectores liberales, lo alejan del mismo recluyéndose en su identidad blanca. La aparición de Pepe Mujica como caudillo del Frente y su candidatura presidencial lo acercaron nuevamente a aquellas filas y son muchos los comentarios acerca de sus reuniones con Pepe, hablando de lo que más sabía: la unidad continental, el Mercosur, la Unasur y el futuro de la Patria Grande.

Tuvo con la Argentina una relación más que fraternal. En el fondo Tucho Methol Ferré se consideraba un argentino oriental, como aquellos a los que estaba dirigido el llamamiento del general Lavalleja: “Argentinos Orientales: las Provincias hermanas sólo esperan vuestro pronunciamiento para protegeros en la heroica empresa de reconquistar vuestros derechos. La gran nación argentina, de que sois parte, tiene gran interés de que seáis libres, y el Congreso que rige sus destinos no trepidará en asegurar los vuestros”. Cultivó la amistad con grandes argentinos, como Arturo Jauretche, Jorge Abelardo Ramos o Fermín Chávez. Y hasta los últimos días mantuvo una enorme capacidad de trabajo y una incansable voluntad de transmitir sus conocimientos y sus reflexiones.

En nuestras de gratitud por su intensa amistad con nuestro país fue condecorado por el Estado argentino con la Orden de Mayo al Mérito en grado de Comendador, meses antes de su fallecimiento.

Buenos Aires, 31 de octubre de 2011.


30 de octubre de 2011


Vivian Trias: Un socialismo en la senda de Manuel Oribe y Aparicio Saravia

El 24 de noviembre de 1980, la República Oriental del Uruguay estaba gobernada por un anciano jurista puesto en el cargo de presidente por las Fuerzas Armadas, que siete años atrás habían terminado con la proverbial democracia uruguaya. Aparicio Méndez se llamaba el anciano presidente y el 30 de ese mismo mes y año se realizaría un plebiscito popular para aprobar la reforma constitucional pergeñada por la dictadura. Aquel día falleció en Montevideo uno de los más notables ensayistas y políticos uruguayos, el socialista Vivian Trías.

Era lo que los uruguayos llaman un “canario”, un hijo del departamento de Canelones que rodea a la ciudad de Montevideo. “Canario” es también sinónimo de “pajuerano”, de paisano, de hombre del campo. Y esto caracterizó la concepción política de Trías: una visión socialista impregnada del federalismo artiguista y blanco, que ponía en el centro de su crítica la creación del Uruguay por el Imperio Británico y su secular dependencia de la política y la economía inglesas.

En 1956 ingresó a la Cámara de Diputados, en representación del partido Socialista y fue reelecto dos años después. Su amistad y coincidencia políticas con Alberto Methol Ferré y con Jorge Abelardo Ramos lo llevaron a crear una tendencia interna en el partido a la que denominó, igual que en la Argentina, Izquierda Nacional. Desde esa concepción enfrentó a la conducción histórica del socialismo en manos de Emilio Frugoni, un perfecto émulo uruguayo del argentino Juan B. Justo. Si Frugoni se inscribía en la tradición montevideana del partido de la Defensa de Montevideo y de Batlle y Ordoñez, Vivian Trias lo hacía con la originada por el federal Manuel Oribe y el blanco Aparicio Saravia, el último caudillo de a caballo en el Río de la Plata.

En 1960 Vivian Trias fue elegido secretario general del Partido Socialista del Uruguay. Fue entonces que llevó al partido a acercarse a la Unión Popular, liderada por el herrerista (seguidor del líder blanco Luis Alberto de Herrera) Enrique Erro, acercamiento que constituyó uno de los antecedentes políticos del Frente Amplio. La lista 41 de la Unión Popular estaba también integrada por otros políticos independientes como Carlos Real de Azúa, José Claudio Williman, Alberto Methol Ferré y Roberto Ares Pons (todos ellos creadores de la famosa revista Nexo) y la Liga Federal de Acción Ruralista, creada por Benito Nardone, el popular comentarista radial “Chicotazo”.

El incumplimiento por parte de los herrerista de algunos acuerdos electorales -las bancas correspondientes a Canelones y Montevideo- terminó con la alianza y la pérdida de la diputación de Vivian Trías, lo que determinó, posteriormente, su alejamiento de la secretaría general del Partido Socialista, aunque continúo ejerciendo una profunda influencia intelectual.

Fue un promotor del Frente Amplio y un crítico abierto al pensamiento liberal de la izquierda uruguaya y a la influencia que el imperialismo británico ejerció tradicionalmente en el pensamiento político de su país. Fue elegido nuevamente diputado por el Frente Amplio en 1971 hasta el golpe cívico militar del presidente Bordaberry en 1973.

El gobierno militar lo destituyó de sus cátedras, aunque no fue detenido.

Todo esta intensa actividad política de Vivian Trias fue sostenida con una profusa actividad como historiador y ensayista. En 1960 sale “El imperialismo en el Río de la Plata”, publicado en Buenos Aires por la legendaria Editorial Coyoacán de Jorge Abelardo Ramos. Al año siguiente publica “Las montoneras y el Imperio Británico”, en 1962 “Reforma agraria en el Uruguay”.

“Por un socialismo nacional”, libro donde sintetiza y expone su visión coincidente con la de la Izquierda Nacional argentina, apareció en 1966.

En 1969 da a conocer su extraordinario “Juan Manuel de Rosas”, posiblemente una de los más acertados análisis sobre el Restaurador. Sin caer en la apología hispanizante del nacionalismo oligárquico ni en la condena ideologista del liberalismo, Vivian Trias desmenuza con prosa certera y precisión crítica el sistema de intereses sociales, políticos y regionales del rosismo y sus contradicciones con el federalismo del interior, incluido el de los orientales.

Durante la dictadura, en 1975 Trias publica la imponente “Historia del imperialismo norteamericano”, en tres tomos, editada en Buenos Aires por Peña Lillo.

Vivian Trias fue un entusiasta defensor de la integración suramericana, con particular énfasis en la integración de la cuenca del Plata. Su “Imperialismo y Geopolítica”, de 1973, condensa su rica visión continental.

Había nacido el 22 de mayo de 1922, un año después que Jorge Abelardo Ramos lo hiciera en el barrio porteño de Flores. Su temprano fallecimiento hizo que el retorno a la democracia en su país no lo tuviese entre sus protagonistas. Con su ausencia, la posibilidad de desarrollo de una izquierda federal, con raíces blancas y preocupada por la integración del continente, perdió una poderosa voz, cuyos ecos hoy escuchamos en la palabra y la acción del actual presidente uruguayo, don Pepe Mujica.

Buenos Aires, 30 de octubre de 2011