20 de diciembre de 2012


Acá sigue gobernando Cristina

La Corriente Causa Popular adhiere y celebra la recuperación del predio ferial del barrio de Palermo en la Ciudad de Buenos Aires.
En momentos en que pequeños grupos aislados asaltaban un par de supermercados en Bariloche y Campana -lo que era presentado por el monopolio mediático y algunos alquilones como una reedición del 2001- Cristina Fernández de Kirchner recuperaba, por decreto, el predio de Palermo, usurpado por la Sociedad Rural Argentina.
Como se sabe en la historia el drama solo se repite como comedia. La bufonada de ayer, 19 de diciembre, intentada por un pequeño grupo sindical cooptado por la oposición mediática, en compañía de los dirigentes radicales a los que la furia popular echó del gobierno en 2001, terminó en un patético fracaso. Los selectivos saqueos de hoy dejaron ver una extraña mano que, lejos de conmoverse por los bolsones de pobreza que aún existen en el país, busca quebrar la continuidad de un gobierno que, lejos de amilanarse, redobla la apuesta y apunta a lograr un triunfo sobre las fuerzas del privilegio y la postergación nacional.
El decreto presidencial restableciendo la propiedad del predio ferial de Palermo a manos del Estado Nacional no sólo restaura un legítimo derecho, sino que expresa, en un nivel simbólico, la decisión de Cristina de no ceder frente a los sectores del poder económico en retroceso y dispersión.
La Fragata Libertad navega rumbo a la Patria. La constitucionalidad de la Ley de SCA ha sido promulgada por un juez de la Nación. Han comenzado las sentencias contra los civiles que participaron del terrorismo de Estado. Un negocio fraudulento de la SRA y de su socio de Narvaez ha sido desbaratado.
Este también está siendo un fin de año victorioso.
Buenos Aires, 20 de diciembre de 2012

CORRIENTE CAUSA POPULAR – Mesa Nacional
Luis Gargiulo (Necochea), Eduardo González (Córdoba), Julio Fernández Baraibar (Cap. Fed.), Eduardo Fossati (Cap. Fed.), Laura Rubio (Cap. Fed.), Juan Osorio (GBA), Cacho Lezcano (GBA), Marta Gorsky (Gral. Roca), Ismael Daona (Tucumán), Alberto Silvestri (Esquina), Magdalena García Hernando (Cap. Fed.), Marcelo Faure (La Paz ER), Tuti Pereira (Santiago del Estero), Ricardo Franchini (Córdoba), Liliana Chourrout (GBA), Oscar Alvarado (Azul); Ricardo Vallejos (Cap. Fed.), Alfredo Cafferata (Mendoza), Juan Luis Gardes (Cipoletti), Omar Staltari (Bahía Blanca), Gabriel Claverí (Cnel. Dorrego), Rodolfo Pioli (Jujuy) y Horacio Cesarini (GBA).
Centro Arturo Jauretche de Jujuy

El largo adiós de Hugo Moyano

-Estoy enterado de todo, Terry. En muchos sentidos usted es un muchacho bueno. No lo estoy juzgando y nunca lo hice. Lo que pasa es que usted ya no está más aquí. Hace mucho tiempo que se fue. Ahora usa ropas finas y perfume y está tan elegante como una ramera de cincuenta dólares.
El largo adiós. Raymond Chandler

El 10 de mayo de 2008, desde Caracas, escribí el siguiente artículo. Un paniaguado de Clarín, que para peor había escrito en algún momento algo sobre el movimiento obrero, intentaba ridiculizar a Hugo Moyano por un acto en la Biblioteca Nacional, junto a las Abuelas de Plaza de Mayo.

Esa nota me valió un agradecimiento de uno de los hijos de Moyano y un permanente recuerdo de Claudio Díaz, el honorable periodista que renunció a su cargo en Clarín por la política editorial del diario, en contra del gobierno y del movimiento obrero.

No me arrepiento de una sola de las palabras de esa nota. Un abogado ruso, arquitecto de la única revolución proletaria triunfante por algunos años en la historia de la humanidad afirmó que la verdad es siempre concreta. No hay verdades abstractas y eternas. Toda afirmación de verdad está vinculada dialécticamente al momento, a la época, a la circunstancia y a las condiciones materiales en las que fue expresada.

Hoy no escribiría lo mismo sobre Hugo Moyano. Como el personaje de Chandler, Terry Lennox, se ha vuelto demasiado crápula, se ha metido hasta las verijas en el juego del monopolio mediático. Su patético acto de hoy, la pequeña multitud reunida en Plaza de Mayo -que con toda seguridad voto y volverá a votar por Cristina Fernández de Kirchner- dejó a las claras que el pueblo argentino, para usar las palabras de Philip Marlowe, el personaje creado por Chandler, no está dispuesto a seguir a quien "ahora usa ropas finas y perfume y está tan elegante como una ramera de cincuenta dólares".

También como Marlowe podemos decirle: "No le digo adiós. Se lo dije cuando tenía algún significado. Se lo dije cuando era triste, solitario y final".

Intentó usar una fecha cara al pueblo argentino, que entregó decenas de vidas jóvenes para terminar con el ciclo contrarrevolucionario iniciado en 1976. Convocó a los mismos que ese pueblo había echado del gobierno, le rogó a los caceroleros dolarizados que lo acompañaran. Todo el intento fracasó en un ínfimo acto corporativo, sin épica ni destino.

Se ha iniciado el largo adiós de un dirigente que no entendió ni estuvo a la altura de la responsabilidad que le puso la historia. El movimiento obrero argentino, el de más larga tradición y de mayor cultura sindical de América Latina, va a encontrar, si ya no lo ha hecho, los dirigentes que se pongan al servicio de sus intereses.

Buenos Aires, 20 de diciembre de 2012

 

18 de diciembre de 2012


Seminario de Historia Política Argentina. Clase del 7 de diciembre de 2012.

Tema: La Revolución Peruana. Goulart y el golpe militar en Brasil. El retorno de Perón. La doctrina de seguridad nacional y los golpes militares en América Latina. La Guerra Fría. Implicancias de la Guerra Fría en América Latina.

A medida que ha ido transcurriendo este seminario de Historia Política Argentina, los hechos que narramos se acercan cada vez más a nosotros y, en alguna medida, la historia empieza a mezclarse de una manera nítida, evidente, con la política. Cuanto más cerca de nosotros están los hechos históricos que analizamos y comentamos, más se empapan de política. Por eso es que se ha dicho que la historia es la política del pasado y la política es historia del presente, la historia que estamos viviendo.

Este período, que la inmensa mayoría de quienes estamos en esta sala de alguna manera vivimos, aunque más no sea periodísticamente, por la lectura de los diarios, ha sido particularmente interesante, rico y trágico, tanto para la Argentina como para América Latina y, en particular, Suramérica.

El golpe militar del Brasil de 1964

En primer lugar vamos a referirnos al golpe militar que tiene lugar en Brasil en el año 1964. Ustedes saben que el Brasil moderno que hoy conocemos es el resultado de la obra política de un gran dirigente, el gaúcho Getulio Vargas.

Getulio Vargas fue quien forjó el Brasil moderno que entra lenta y dificultosamente en la edad industrial, a partir de lo que se conoce en su historia como la República Vieja, a Republica Velha. Esta fue la continuación del Imperio que se caracterizó por un exacerbado federalismo, una presencia muy fuerte y decisiva de los estados agroexportadores que se alternaban de manera acordada en el ejercicio de la presidencia de la República. Esta República Velha fue llamada la República de los Coroneles, porque los viejos coroneles de las luchas civiles del siglo XIX, se habían ido convirtiendo, montados en un sistema clientelístico, en gobernadores de los estados brasileños y ejercían un poder omnímodo en cada uno de ellos. Todo ese andamiaje republicano reposaba en un sistema basado en la exportación de café, de cacao y algunos otros productos agropecuarios, a punto tal que también se la llamó República Café con Leche, debido a la preeminencia de San Pablo (productor de café) y de Minas Gerais (productor de ganado vacuno y, por ende, leche). Las oligarquías estaduales asociadas a las burguesías importadoras y exportadoras de los puertos, sobre todo del de Río de Janeiro, constituían las clases dominantes de aquella república que existió entre el 16 de noviembre de 1889 -cuando Pedro II se embarcó a Europa- y el 24 de octubre de 1930 – cuando asumió la junta militar que depuso al presidente Washington Luis-.

Esta Revolución del 30, que llevó a Getulio Vargas al poder, pese a la coincidencia de nombre y de fecha, tuvo características completamente distintas a las del golpe de Estado del 30 de septiembre de 1930, en nuestro país. En la República Argentina, al voltear al presidente popular Hipólito Yrigoyen, se pretendieron restaurar las condiciones políticas de hegemonía de la oligarquía agroexportadora -sobre todo pampeana- sobre el conjunto del país, arrancando de cuajo todos los rasgos democratizadores que imprimieron los gobiernos yrigoyenistas. Se reintronizaron los símbolos, las maneras y la iconografía de la vieja república oligárquica anterior a 1916. 

El golpe del 30 en Brasil tuvo un contenido político radicalmente distinto. Expresó, por el contrario, el surgimiento de nuevos sectores económicos que pretendían romper, justamente, el federalismo disgregante de la vieja república brasileña, crear un estado nacional más centralizado y en condiciones de imponer criterios económicos sobre cada uno de los estados y los distintos sectores productivos del país. Tan es así que la primera medida que tomó Getulio Vargas en el gobierno es la quema en acto público de los escudos y las banderas estaduales. Destruyó así toda la simbología de la República Vieja y, sobre la base del ejército y de una burocracia estatal muy fuerte, logró crear el estado brasileño moderno.

Todo esto viene a cuento para entender lo que ocurrió en 1964. Getulio Vargas, en sus gobiernos, tuvo la oposición muy tenaz de toda esa oligarquía agraria terrateniente y los sectores ligados a la economía agroexportadora. Tuvo un conato de revolución, en el Estado de San Pablo, conducido por los llamados “constitucionalistas”, que pretendían restablecer los viejos privilegios de los estados brasileños. Terminada la Segunda Guerra Mundial, fue obligado a renunciar en 1945 por un movimiento militar. No obstante logró mantener su influencia y nombrar presidente a un ex ministro de Guerra, el general Eurico Gaspar Dutra, que expresaba, de alguna manera, a un Getulio podado de sus arborescencias más transformadoras. Volvió a ganar las siguientes elecciones presidenciales.

El suicidio de Getulio

Esta segunda -en realidad, tercera si se cuenta el período del Estado Novo- presidencia termina con un intento de golpe de Estado liderado por los sectores exportadores, por el gran capital imperialista y el viejo Brasil latifundista, que culmina con el suicidio del propio Getulio Vargas, el 24 de agosto de 1954. El alma mater del golpe era el periodista Carlos Lacerda, quien desde Tribuna da Imprensa realizó una contumaz campaña de oposición, de injurias y ataques personales a Getulio. Ante la inevitabilidad del golpe de estado militar, Getulio Vargas escribió un testamento, se encerró en su dormitorio y se pegó un tiro en el corazón. Si viajan a Río les recomiendo una visita al Palacio do Catete, la vieja residencia presidencial, donde vivía y trabajaba el presidente Vargas. Allí está el dormitorio, en las mismas condiciones de aquella noche fatal, iluminado con una luz muy tenue, y, sobre la cama, el pijamas que usaba Getulio con el agujero ensangrentado a la altura del corazón. Algo sobrecogedor.

Fue con Getulio con quien Juan Domingo Perón trató de establecer aquel famoso Nuevo ABC, propuesta que no logró formalizarse por la oposición férrea de los sectores más concentrados de la economía brasileña y por la aparición, dentro del estado brasileño, de un organismo con un poder casi superior al de ese propio estado: el Palacio de Itamaraty, residencia del ministerio de Relaciones Exteriores. El Imperio -y lo heredó la República Vieja- había creado una gran estructura burocrática diplomática, con un pensamiento y una concepción propias, que llegó a convertirse en un poder dentro del Brasil.

Hay dos personas que en este momento, en la caída y suicidio de Getulio, tenían una participación muy especial: uno es Tancredo Neves. Es la última persona que lo vio a Getulio con vida. Estaba en el cuarto de al lado, conversando con el presidente Vargas, cuando éste se levantó, se fue a su cuarto, cerró y se oyó un disparo. Tancredo Neves fue, años después, en 1985, el primer presidente electo después de la dictadura militar y que murió antes de la asunción al cargo, lo que convirtió en presidente a su vice Jose Sarney.

Y la otra persona que tuvo un importantísimo papel en este período fue el hombre a quien Getulio había nombrado para negociar y conversar con Juan Domingo Perón, el también gaúcho João Goulart, conocido en la historia como “Jango”, su sobrenombre familiar.

Goulart, era el vicepresidente de Janio Quadros, en 1961. Es importante aclarar que el vicepresidente se elegía, en ese entonces en Brasil, por votación popular. Goulart se había presentado como vicepresidente por el partido cuyo candidato a presidente salió segundo. Pero él obtuvo más votos que el candidato del partido cuyo candidato presidencial fue electo. De manera que presidente y vicepresidente pertenecían a dos partidos distintos. Janio Quadros renunció, entonces, en un intento de que su renuncia le fuese rechazada y obtener así más poder, pero la misma le fue aceptada y debió retirarse. Asumió entonces João Goulart como representante del Partido Travalhista, creado por Getulio. Y dentro de ese amplio movimiento, expresaba al ala más radical de ese partido.

Los altos mandos militares, que ya en ese momento estaban fuertemente colonizados por la Doctrina de Seguridad Nacional, por la alineación con EE.UU. en la Guerra Fría, comenzaron una resistencia muy grande al nuevo presidente. Y con esos artilugios parlamentarios en que los políticos brasileños son muy hábiles, el Partido Travalhista, a efectos de sostenerse en el poder, negoció una reforma constitucional para crear la figura de un primer ministro. Y ese primer ministro que el parlamento le pone a Jango fue Tancredo Neves.

Los militares al poder

Este período se caracterizó por una serie de tires y aflojes entre el poder político y el militar. Goulart era cuñado de otro gran dirigente del travalhismo brasileño, que llegó casi hasta nuestros días, Lionel Brizola. Jango Goulart y Lionel Brizola se convirtieron en las figuras más populares de la política del Brasil, que trataban de sobrevivir bajo esa enorme presión que ponían el ejército y la embajada de los EE.UU., sobre las políticas de corte populista que el presidente llevaba adelante. Inevitablemente, y con la participación de la Iglesia Católica, en 1964 se produjo el golpe militar que derrocó a João Goulart y lo envió al exilio, junto con Lionel Brizola y la inmensa mayoría de dirigentes del Partido Travalhista.

Los militares prohibieron todos los partidos pero no disolvieron el parlamento. Contrariamente a lo que ha sido la mecánica y la forma de los regímenes dictatoriales en América Latina, el régimen dictatorial del Brasil trató de mantener una cierta estructura burocrático-administrativa no centrada en la figura de un dictador, por así decir. En su lugar, estructuró una serie de acuerdos con un parlamento que le era favorable. Creó dos partidos políticos, el oficialismo y la oposición. El primero bajo la sigla de ARENA y el segundo bajo la sigla de MDB. De alguna manera, el único espacio posible dentro del cual hacer política era el del MDB, donde se metió todo el mundo que quedaba fuera del oficialismo.

Esta dictadura, si bien, como he dicho, estaba fuertemente influida por la embajada norteamericana, participaba con tambores y redoblantes del espíritu anticomunista de la Guerra Fría -voltearon a Goulart con el argumento de que éste quería convertir al Brasil en una nueva China, en una campaña de corte brutalmente anticomunista-, tuvo, a su vez, un matiz diferenciador muy importante con respecto a los regímenes militares que aparecieron durante este período en América Latina. 
Pese al carácter reaccionario y proimperialista de este gobierno brasileño, tuvo una línea de pensamiento económico de naturaleza desarrollista industrialista. Contrariamente a lo que ocurrió con la llamada Revolución Libertadora en Argentina en 1955, con la Revolución Argentina de Onganía en 1966 o con el Proceso de 1976, cuyo pensamiento económico fue siempre retrotraer al país a las condiciones de 1930, condiciones ya agotadas para esa fecha, la dictadura brasileña tuvo una política económica de carácter desarrollista industrialista. Si por un lado se diferenciaba de Goulart y del travalhismo por no ceder a las presiones sindicales y por fortalecer el sistema de la gran propiedad latifundista en los estados más atrasados -el Nordeste-, tuvo a su vez una política de fomento y crecimiento industrial, sobre todo en el estado de San Pablo, con la participación muy activa del capital extranjero. Yo viví en Suecia durante siete años y, entonces, era muy popular un chiste que decía que la tercera ciudad industrial de Suecia era San Pablo, tal era la cantidad de capital industrial sueco invertido en esa ciudad.

Esto fue, entonces, una característica esencial del golpe militar de 1964 en el Brasil que lo diferenció de otros golpes militares, ideológicamente parecidos, en el resto de América Latina. Y esto tendrá consecuencias posteriores muy distintas a las que hubo en otros países de la región.

Ese golpe tuvo un cerebro político de alto refinamiento intelectual. El ejército brasileño era un ejército muy formado profesionalmente. Era y es un ejército con un pensamiento estratégico muy sólido y que generó oficiales que llegaron a ser grandes pensadores geopolíticos, grandes pensadores estratégicos. Y esto más allá del interés que defendieran. Se trata de individuos de una alta formación académica, de un gran conocimiento histórico, científico y tecnológico, que han pensado desde el Brasil el papel de su país y el modo en que Brasil debe jugar ese papel que ellos consideran tiene asignado.

El más importante ideólogo del golpe militar fue Gobery do Couto e Silva, también de Río Grande del Sur. Couto e Silva fue quien estableció, en primer lugar, esta ideología anticomunista, pronorteamericana, desarrollista e industrialista. Y en segundo lugar, fue el que concibió el sistema político que rigió durante todo el período. No se olviden ustedes que la dictadura militar brasileña duró desde 1964 hasta 1985. Veintiún años duró esta dictadura de carácter muy particular, ya que tenía un sistema parlamentario, donde había elecciones periódicas, se renovaba el congreso nacional, pero con un control de las FF.AA que impidiera cualquier desborde plebeyo. Gobery do Couto e Silva fue el arquitecto de esta estructura de ARENA y MDB.

No obstante seguían teniendo un gran enemigo: el Partido Travalhista, el legado de Getulio, con Lionel Brizola y João Goulart. ¿Qué hizo, entonces, este general? Tenían un partido oficialista y un partido opositor, pero había matices en la realidad política que escapaban a ese simplificado esquema. El populismo, los sectores nacionales y populares brasileños no estaban representados en ninguno de estos dos bloques. Creó, entonces, aunque les parezca mentira lo que les voy a decir, el Partido de los Trabajadores, el PT. Sobre la base del crecimiento industrial de San Pablo y la aparición de elementos obreros de nuevo cuño, de nuevo origen, sin experiencia anterior, influidos de manera importante por grupos trotskistas, Couto e Silva -que de tonto, como ven, no tenía un pelo- se propuso ayudar a que este nuevo movimiento sindical paulista, nuevo y distinto a lo anterior, con escasa relación con Getulio, con Goulart, con Brizola,  a los que ni siquiera conocen, y cuando los conocern están en contra ya que los califican de burgueses. Reconociendo al PT, pensó Gobery do Couto e Silva,vamos a lograr extirpar -y en cierta medida lo lograron- la herencia y continuidad del viejo Partido Travalhista.

Digo que en cierta medida lo lograron porque es evidente, para quien mire la política brasileña de hoy, el eclipse sufrido por el travalhismo, después de la muerte de Lionel Brizola. En realidad, el PT reemplazó al Partido Travalhista y logró ganar la presidencia de la república.

Ahora bien, al ganar la presidencia y hacerse cargo de esa gigantesca nave del estado que es Brasil, el Partido Travalhista se reencarnó, en lo que hace a las respuestas que tiene que dar a la sociedad, en ese PT que tenía originariamente una característica de partido de clase, de partido solamente de los trabajadores. El travalhismo, de alguna manera, se mete en el PT de Lula, sobre todo a partir de su triunfo electoral cuando tiene que dar respuestas a los problemas del Brasil. Tan es así, ya para terminar, que la actual presidenta Dilma Roussef no viene de esos viejos grupos trotskistas que habían fundado el PT, sino que viene de un grupo guerrillero influido por el travalhismo, que entran en el PT. O sea que el origen político último de Dilma es aquel movimiento fundado por Getulio Vargas, aún cuando el mismo esté oculto y tergisversado en la izquierdista historiografía petista.

Esta dictadura militar tuvo un punto de contacto con la política argentina que, como recordarán los más veteranos, adquirió una significación muy especial. Ese mismo año de 1964, en diciembre, el gobierno sedicentemente democrático de Arturo Umberto Illia le pidió a la dictadura militar brasileña que acababa de derrocar a un gobierno constitucional que impidiera la continuación del viaje de Juan Domingo Perón a la Argentina. El vuelo que lo traía de Madrid había hecho una escala en el aeropuerto del Galeão, en Río de Janeiro. El tan respetado anciano Illia le solicitó al presidente militar de facto del Brasil que no le permitiera continuar su vuelo a Buenos Aires y lo devolviera de inmediato al aeropuerto de origen. Pedido que la dictadura militar brasileña cumplió meticulosamente. Perón fue reembarcado después de pasar 24 horas en el Galeão en condiciones de detenido político.

La otra vinculación de esta dictadura con la Argentina fue que bajo su sombra y la de distintos gobiernos militares argentinos, se tensaron al máximo las relaciones políticas y, fundamentalmente, militares entre Argentina y Brasil. Se creó en ambas FF.AA. la guerra entre los dos países como principal hipótesis de conflicto. Esos años estuvieron impregnados de esa tensión. Nuestros militares más nacionalistas vivían desvelados por la idea de una invasión relámpago por parte del Brasil. Se decidió que la provincia de Formosa no tuviera ningún tipo de desarrollo o crecimiento económico, que quedara congelada en el tiempo, para crear una especie de desierto, una suerte de nueva zanja de Alsina, por así decir, de distancia y defensa ante el peligro inminente de una invasión.

La Revolución Peruana

En la misma época se produce un hecho de características totalmente distintas en otro país de gran peso en este continente que fue la Revolución Peruana de 1968.

El país había vivido una serie de intentos guerrilleros de distinta naturaleza. Uno como el de Luis de la Puente Uceda, influenciado por el pensamiento de Víctor Haya de la Torre, por el APRA. De la Puente Uceda había sido un discípulo personal de Haya y presidente de las juventudes del APRA y se levantó en armas y organiza un movimiento guerrillero. Por otro lado, se organizó otro intento guerrillero influido básicamente por el trotskismo argentino de Nahuel Moreno. Hugo Blanco, un joven peruano que había estudiado en la Universidad de La Plata y que entró en contacto con el grupo de Nahuel Moreno, volvió al Perú y se convirtió en un importante dirigente sindical campesino en su tierra de origen. Ese movimiento sindical intentó un levantamiento armado campesino guerrillero. Ambos movimientos fracasaron militar y políticamente. De todo ese proceso surgió un ejército que en 1968 derrocó al presidente Belaunde Terry e inició un proceso político y social absolutamente novedoso, progresista y socializante en el Perú. Ese proceso se caracterizó, básicamente, por algo que al decirlo hoy cuesta creerlo. La principal medida revolucionaria que tomó el presidente Velazco Alvarado fue la abolición del pongo, de la mita y el yanaconazgo que, en 1968, todavía estaban vigentes en el Perú. En ese país, después de que el hombre llegara a la luna, todavía estaba en vigencia la servidumbre personal: hombres y mujeres que nacían, vivían y morían en servidumbre, al servicio de los dueños de la tierra donde habían nacido. Ni más ni menos que esa inhumana rémora del pasado colonial logró cambiar el ejército de Velazco Alvarado, a partir de 1968.

Esa revolución tuvo una gran influencia en el espíritu colectivo de la época. Tuvo intelectuales muy destacados, como Carlos Delgado, creador y responsable del SINAMOS. Los militares peruanos tenían una enorme sospecha sobre la capacidad de los partidos políticos para movilizar al pueblo. Intentaron, entonces, crear mecanismos de participación en las decisiones políticas del estado y de movilización popular, evitando la creación de partidos políticos. Una de ellas fue el SINAMOS que tenía que ver con la reforma agraria que llevaba adelante la revolución. La revolución peruana tomó importantes medidas agrarias de redistribución de la tierra e influyó sobre muchos jóvenes militares de la época. Le he escuchado decir a Hugo Chávez que él, como joven cadete, estaba influido y leía materiales políticos que producía la revolución peruana.

Ese proceso tenía su base política esencialmente en el ejército. La única estructura que brindaba sostén y apoyo para dirigir el estado era el ejército. Cuando los EE.UU. y las clases propietarias del Perú lograron modificar la relación de fuerzas en el seno del ejército, la revolución peruana continuó con su carácter militar, pero modificó radicalmente el contenido de sus políticas con la asunción como presidente del general Bermúdez Morales que se convirtió en un dictador pronorteamericano.

La Guerra Fría

¿Que ocurrió? A mi modo de ver, una de las grandes desgracias que vivió nuestro continente durante este período -desde los '50 hasta casi el fin del siglo XX- fue la Guerra Fría.

La Guerra Fría ahogó, empapó, tiñó la mayoría de los esfuerzos nacionalistas, democráticos, liberadores que se generaron en el continente. Esa división ideológica del mundo, en realidad, más que confrontar dos modos de producción económicos, lo que confrontaba era dos poderes hegemónicos mundiales. El modo de producción, las características económicas de sus sociedades eran un justificativo ideológico de este enfrentamiento puramente hegemónico. Esto tiñó toda la política latinoamericana de esos años, no dejando resquicio para lo que Perón llamó “Tercera Posición”, un tercerismo que fuese equidistante, aunque simultáneamente usase las fuerzas de ambos, de la Unión Soviética y de los Estados Unidos. La expresión popular, a mi modo de ver mal acuñada, de “ni yanquis ni marxistas” opone dos cosas de distinto tipo. Una es el sobrenombre de una nacionalidad, mientras la otra es un sistema de pensamiento, un método de análisis, una manera de ver las cosas. Son dos entidades de distinta naturaleza, de distinto carácter. Pero, en fin, así se dieron las cosas.

La revolución cubana, como explicó Víctor Ramos, quedó aislada por el carácter justamente insular de Cuba y el cerco ideológico que le tiende la Guerra Fría que la obliga al mecanismo extremo al que debe apelar para no ser nuevamente invadida por los norteamericanos: asociarse sin beneficio de inventario a la URSS. Agreguemos la calificación de comunista a todo movimiento y a toda política que intentase caminos de liberación nacional, desarrollo autónomo de las fuerzas productivas. Todo esto tiñó por completo la época ahogando en sangre estos intentos liberadores.

La propia Revolución Peruana se impregna también de una fuerte influencia soviética. El mundo era así. Si uno no le podía comprar aviones a los EE.UU. no tenía más remedio que comprarle aviones a la URSS. Si uno no le compraba fusiles a los yanquis se los tenía que comprar a los rusos. El Perú de la revolución queda, de alguna manera, vinculado a la provisión de armas de parte de la URSS y, entonces, todos los esfuerzos terceristas en el continente son ahogados en la Guerra Fría, con el objetivo de la lucha contra el comunismo.

Eso es lo que EE.UU. llamó Doctrina de la Seguridad Nacional y convirtió en amenaza a ésta a todos aquellos gobiernos los que, aun intentando una política tercerista, de nacionalismo democrático popular autónomo, caían bajo la influencia o se veían obligados a solicitar ayuda de la Unión Soviética, porque sin ella quedbaa ahogada por los EE.UU. toda posibilidad de liberación nacional. Esta doctrina fue la que, en última instancia, llenó de ideología los golpes militares que sobrevinieron en el continente a partir de la década del '70.

Después del golpe brasileño comenzó una serie de golpes militares en toda América Latina que estuviern definidos por la lucha contra el comunismo. La única expresión ideológica que estos golpes ofrecían para explicar sus objetivos era evitar que el país cayese en manos del comunismo. Y comunismo era todo conato liberador nacionalista popular con pretensiones de autonomía política y económica.

Esto fue lo que dio carácter los movimientos guerrilleros que aparecieron en el continente y los condenó a una brutal y sangrienta derrota.

La Revolución Cubana y los movimientos guerrilleros en AL

La Revolución Cubana fue un hecho que cambió por completo la situación política de todo el continente, por muchas razones. En primer lugar, Cuba siempre tuvo un papel muy importante a lo largo de toda la historia colonial e independiente de América Latina. De Cuba salió la expedición de Hernán Cortés. Cuba era la retaguardia estratégica de la expedición de Cortés para conquistar México. Cuba era el centro de distribución de todo el comercio ultramarino de España con las colonias. Cuba fue la última colonia española en el continente. No se olviden que la bandera española flameó en Cuba hasta fines del siglo XIX, 85 años después del 25 de mayo de 1810. Por otro lado, tiene una localización estratégica en eso que, desde fines del siglo XIX y a lo largo del siglo XX, se convirtió en el Mediterráneo de los EE.UU. El Mar Caribe es a los EE.UU. lo que el Mediterráneo fue para Roma, el Mare Nostrum. Y Cuba es el centro, la llave del Mar Caribe. Y en la Guerra de Independencia de Cuba se jugó tanto la libertad de un pueblo hispanoamericano de un poder colonial, como una disputa interimperialista entre ese viejo poder colonial agónico y la nueva potencia imperial que despertaba al siglo XX y la influencia que los EE.UU. pudiesen tener sobre ese hinterland natural que son Centro y Suramérica. Cuba concentra todas estas particularidades. Un viejo chiste decía que Cuba y Argentina son importantes porque a cualquier parte que uno vaya tiene que pasar por Cuba y, en cambio, a cualquier parte que uno vaya no tiene que pasar por Argentina.

La Revolución Cubana fue singular. Allí había una especie de virrey norteamericano, Fulgencio Batista, que había convertido a la isla en una estrella más de la bandera yanqui, sin ninguno de los beneficios que tiene ser un estado norteamericano. Cuba era el territorio sobre el cual la mafia norteamericana, con sus garitos, sus casinos, sus prostíbulos. Toda la estructura cubana estaba basada en la monoproducción de azúcar y la explotación del turismo, con la ecuación de las 3 C: calor, casino y coño.

El movimiento guerrillero cubano era de origen pequeño burgués, de estudiantes universitarios de la clase media, liberales, democráticos, nacionalistas, herederos del pensamiento de la Reforma Universitaria de Córdoba de 1918. Concitó la adhesión de la clase media e, incluso, de sectores liberales oligárquicos, de toda América Latina, en la medida en que se enfrentaba a una dictadura apabullante, a un régimen que era tan conspicuamente dictatorial, que no necesitaba demostración. A punto tal que el gobierno de la Revolución Libertadora, concretamente la Marina del Almirante Rojas, envió al campamento de Sierra Maestra un equipo de radio. El almirante Isaac Rojas colaboró con la Revolución Cubana con un equipo de radio. Recuerdo como si fuera hoy, yo era un niño de once años, un verano que fue el único en que mis padres me llevaron a Necochea. Vivíamos en Tandil y ese verano viajamos a Necochea. Nunca antes habíamos ido y fue el único veraneo en ese blaneario. Era el mes de enero de 1959 y recuerdo los titulares de los diarios sobre la entrada de Fidel Castro en La Habana y las noticias que daban cuenta de que Fidel Castro estaba fusilando agentes del régimen de Batista. Y recuerdo a mi padre, que era un hombre típicamente de clase media, muy antiperonista, decir “esto es lo que no hicimos acá con los peronistas y lo deberíamos haber hecho”. Fusilar a los peronistas, decía mi papá. Se hacía una identificación entre la dictadura de Batista y la “dictadura” de Perón. Ese era el espíritu de la época en el cual se produjo la Revolución Cubana.

Obviamente, la Revolución Cubana contó con el apoyo de los Estados Unidos. El principal vocero internacional del grupo guerrillero insurgente en Sierra Maestra fue el Coronel Jules Dubois, presidente y fundador de la Sociedad Interamericana de Prensa, la SIP. Todavía se puede encontrar en las librerías de viejo o en Mercado Libre el libro de Jules Dubois sobre Fidel Castro y la Revolución Cubana, explicando el carácter democrático antidictatorial de este proceso político. De modo tal que en esas condiciones que estoy explicando la guerrilla logra el poder en Cuba.

Fidel y ese grupo de jóvenes, imaginen que Fidel tenía 34 años -hoy los muchachos de 34 años viven con la mamá-, empiezan a desarrollar su programa de reforma agraria, algo que no había ocultado y que había ido haciendo a medida que ganaba territorio. Esto es algo muy importante. Lo que producía el gran apoyo campesino a Fidel era que, por donde pasaba, lo que dejaban era tierra distribuida entre los campesinos. Cuando Fidel y sus amigos empiezan a desarrollar a nivel nacional este programa, cuando empieza a nacionalizar propiedad extranjera, cuando empieza a incautarse de las fortunas de los grandes terratenientes y de los dueños de los ingenios azucareros de Cuba, EE.UU. comienza a tomar distancia porque empieza a afectar sus propios intereses. 

Cuba, para que entendamos, es geopolíticamente más importante que Nicaragua. EE.UU vio que había una política en curso que colisionaba con sus intereses en la isla, empezó a oponerse y, en el mecanismo de la Guerra Fría, los cubanos no tuvieron más remedio que salir a buscar el apoyo soviético. Ahora bien, ese apoyo fue un abrazo de oso. Los ayudó a sostenerse frente a un enemigo que está a 200 millas marinas, a tiro de piedra, pero los condicionó de una manera brutal.

En ese momento tuvo lugar la reunión de la OEA de Punta del Este, con la presencia del Che Guevara. Una noche, el presidente Frondizi lo hizo traer en un helicóptero hasta la Casa Rosada, lo que produjo una gran reacción entre el alto mando militar, porque ya estaba planteado el esquema de la Guerra Fría. Y ese esquema condenó a Cuba a la alianza necesaria, pero asfixiante, con la URSS.

Cuba se enfrentó con varios problemas. Su economía se basaba exclusivamente en la producción de azúcar, producto que cada vez menos se hace con la caña. Por lo tanto, su producción considerada estratégica durante un largo período pasó a ser no estratégica. Se consume menos azúcar, la remolacha azucarera reemplaza a la caña, se produce azúcar casi con cualquier cosa. Por otra lado, su carácter insular que con un mínimo cerco le impidió establecer relaciones con el conjunto del continente al cual está integrado por historia, por lenguaje, por tradiciones, por cultura, etc. Y entonces la Revolución Cubana se encontró triplemente asfixiada: asfixiada por los EE.UU; asfixiada por el apoyo y la ayuda de la Unión Soviética; y asfixiada por su carácter insular.

La teoría del foco

Y en estas condiciones es que apareció, como una intento desesperado de ampliar el horizonte de la Revolución Cubana, el tema de la guerrilla y de la lucha armada. Fue un intento desesperado de los cubanos por expandir el proyecto nacional, democrático, socializante cubano al conjunto del continente para obtener un respaldo que, en ese momento, no logran sino de la URSS.

Mientras tanto el conjunto de América Latina, a través de la OEA, bajo la batuta de los EE.UU., la condenaba al bloqueo y al aislamiento.

Es esto lo que determinó centralmente el famoso discurso de Fidel, cuando afirmó: “he sido, soy y seré marxista-leninista”. Fue una afirmación más retórica que científica, que tenía más que ver con un desafío político a los EE.UU. que con una definición filosófica. Pero, por otra parte, era también la exigencia ideológica que le imponía la Unión Soviética para darle su apoyo. Es el reconocimiento de que Cuba quedaba satelizada a las decisiones de gran potencia de la Unión Soviética, para la cual el interés principal no era el desarrollo de la revolución mundial o el triunfo de la revolución en Cuba, sino el afianzamiento de su política de gran potencia. Este fue el tema central de la Guerra Fría.

Como resultado de ello apelaron a la lucha armada y a la guerrilla, convocaron a la Conferencia Tricontinental de La Habana, tratando de convertir a Cuba en un centro revolucionario mundial al viejo estilo de la Comintern, de centro de expansión de la revolución en los países del Tercer Mundo, de Asia, África y América Latina. No se olviden ustedes que estamos en medio de la Guerra de Vietnam. Dien Bien Phu, la derrota de los franceses en Vietnam, acababa de ocurrir hacía sólo unos años . Estamos ya en la Guerra de Vietnam con la participación de los EE.UU.

Apareció entonces la Teoría del Foco que fue, desde mi punto de vista, la idea dramáticamente errónea de pretender aplicar a cada uno de los países de América Latina una táctica que solo fue capaz de dar resultados en Cuba por razones muy específicas. Razones que no tienen que ver con la virtud de esa táctica, sino con las condiciones particulares en que ésta se desenvolvió. Es decir, con el apoyo de todos los sectores liberales progresistas de América Latina, más el apoyo de los Estados Unidos, en un país que no tenía ejército sino una especie de policía manejada por un tirano cuya base de sustentación no era la General Motors, la Ford, sino la mafia, sus casinos y prostíbulos.

Esa fue la Teoría del Foco, un dramático error que costó miles y miles de vidas jóvenes a América Latina que produjo esta ola de movimientos guerrilleros en toda América Latina.
Empezaron en Venezuela, que ha tenido tradicionalmente una gran relación con Cuba, por su proximidad geográfica, tradiciones comunes, un modo de hablar, un léxico común. Venezuela tenía, como Cuba, una economía de plantación. Producía azúcar y el ron es una bebida común a todos los países del área.

Era la idea abstracta y casi mesiánica de que solamente se necesitaba un grupo muy esforzado de cuadros políticos con alguna formación militar, impartida durante veinte días en un campamento de Piñar del Río, para generar el foco guerrillero capaz de expandirse y tomar el poder. Para esta teoría los cubanos encontraron un expositor que poseía una gran virtud: era un gran escritor -una virtud no infusa, sino producto del sistema educativo francés- que fue Regis Debray. Todo francés que termina su escuela secundaria escribe bien. Debray presentó esta teoría y cundió en las clases medias universitarias de América Latina que se enfrentaban a dos dificultades. Una, eran y son bastante incapaces en comprender los movimientos nacionales y populares concretos que se han desarrollado en cada uno de sus países. Dos, sufrían el peso de partidos comunistas que no habían servido absolutamente para nada más que para crear grandes estructuras financieras y experimentados vendedores de bonos contribución.

Se popularizó, así, la idea de que se había encontrado una especie de panacea universal al tema de la revolución y las transformaciones en América Latina: el grupo guerrillero honesto, sacrificado, probo, que se expande y logra la conquista del poder.

El principal y más estrepitoso fracaso de esa teoría fue la muerte del Che Guevara en Bolivia. ¿Por qué digo esto? En esta dificultad para comprender las condiciones reales, en Bolivia, los cubanos ignoraron que ya había habido una reforma agraria, que los campesinos a los que querían convocar no eran campesinos sin tierra, siervos de la gleba de un gran propietario, de un gran plantador de caña de azúcar, sino que se trataba de campesinos a los que la Revolución de 1952, del MNR, les había dado la escritura de propiedad del lote. De modo que cuando aparecieron estos barbudos hablando en un español extraño, los denunciaron a la policía: "ahí hay una gente rara que no sabemos que está haciendo". Y esa fue, lamentable y dramáticamente, la experiencia boliviana, que demostró, con el sacrificio del creador de esa teoría -y en ello encuentro un enorme valor moral- que no se trataba de diez o quince hombres probos, sacrificados y con una formación militar, sino que eran necesarias condiciones similares a las de la Revolución Cubana. Y entre otras, la de ir haciendo la reforma agraria a medida que conquistaba territorio del enemigo. Esto en Bolivia era imposible ab initio porque donde se instalaron ya había habido una reforma agraria y los campesinos ya eran propietarios de la tierra.

Todo eso terminó, lamentablemente, muy mal, pero signó toda la política latinoamericana y estuvo marcado por el problema central del período, que fue la Guerra Fría. Esta empapó toda la política en América Latina, confundió a sus mejores cabezas, a los espíritus más desinteresados y nobles, les hizo perder la perspectiva del combate que se estaba librando.

El fin de la Guerra Fría y la hegemonía del capital financiero

Creo, y fíjense lo que les voy a decir, que este momento que estamos viviendo a partir de la entrada en el siglo XXI, esta situación en la que sentimos que estamos obteniendo mayores libertades -no en el plano individual, donde seguramente también las estamos obteniendo- mayor autonomía como pueblo, como nación, el avance de nuestro proyecto unificado,r tiene que ver con la desaparición del planeta de la Guerra Fría.

Pese a que la implosión de la Unión Soviética tuvo, por supuesto, un costo dramático para el pueblo ruso y para los pueblos vinculados a ella, y generó en nuestra región una década y media de una absoluta hegemonía norteamericana, que caracterizó a los años '90, la desaparición de la amenaza comunista como justificativo a nivel global de la política defensiva de los EE.UU. permitió la aparición de Hugo Chávez, Correa, Morales, de Lula en Brasil lo que cambió completamente la fisonomía del continente. No propongo que celebremos entusiasmados la implosión de la Unión Soviética o la caída del Muro de Berlín, pero tampoco es algo que los latinoamericanos específicamente tengamos que llorar. Otros pueblos posiblemente hayan debido hacerlo y ellos serán los encargados de juzgarlo y hacer su propia historia. Pero para los latinoamericanos se inició con dolor y dificultad un camino que hoy nos ha permitido alcanzar la realidad que estamos viviendo.

La lucha contra el terrorismo es un problema de otro orden. La Unión Soviética era un estado con pretensiones hegemónicas que se enfrentaba a otra gran potencia con las mismas pretensiones. El terrorismo es una amenaza más metafísica, como luchar contra el consumo de drogas. No existe ningún centro mundial con armas atómicas que sostenga “yo estoy por el terrorismo”. Es sólo una excusa para actuar por parte de los EE.UU., pero que no genera zonas de influencia, no tiene embajadas, acuerdos comerciales, provisión de alimentos, etc.

No estamos en el área estratégica de Europa Occidental, como lo están los países de la costa africana del Mediterráneo. El conflicto mundial no está planteado, por ahora, en términos de dos o más potencias hegemónicas. China no tiene aún, por lo menos en esta área, una política de gran potencia, aunque Vietnam la considera una amenaza. No compite en zonas de influencia con los Estados Unidos, de manera tal que nuestro problema son, más bien, las fuerzas del mercado, las grandes concentraciones empresarias y el capital financiero, que es un fenómeno relativamente nuevo. 

La capacidad disolvente y destructiva de las economías nacionales del capital financiero es un fenómeno que se ha hecho evidente a partir de la caída de la Unión Soviética. La existencia de esta le exigía al mundo capitalista un estado de bienestar que le permitiera decir "acá se vive mejor que allá". Al desaparecer esa competencia se desataron las fuerzas que estaban sujetadas por la necesidad del estado de bienestar, se desataron las fuerzas delicuescentes del capital financiero y pasó a ocupar el lugar central que antes tenía el capital industrial. Es una financiarización de la globalización. Ya no es el estado norteamericano, sino la corporación financiera la amenaza de las economías nacionales, sin que ello convierta al estado norteamericano en amigable y pacífico. Hoy hay una crisis económica muy fuerte en el propio centro imperialista, como consecuencia de esta dictadura del capital financiero.


15 de diciembre de 2012


Un Fin de Año con nuevas victorias
La Corriente Causa Popular celebra junto con todos los argentinos bien nacidos las dos decisiones judiciales que le han puesto un broche de oro a un año de lucha y esperanza.

La sentencia del juez Alfonso que establece la constitucionalidad del artículo 161 de la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual pone fin a la chicana tribunalicia, propia de abogados alquilones, con que el monopólico grupo Clarín pretendió impedir la aplicación de una norma votada por una inmensa mayoría del Congreso Nacional. Acá se acaba la historia de tres años de recursos de amparo y medidas cautelares que expuso a la luz pública el profundo grado de corrupción y connivencia con los grupos económicos hegemónicos que afecta a una buena parte del Poder Judicial. La apelación con que el ya en retroceso grupo Clarín intente detener el tiempo será resuelta, vía per saltum, por la Suprema Corte de Justicia, donde su mefítica influencia no llega. La ley se ha impuesto sobre la impunidad y el privilegio.

A los pocos días, el 15 de diciembre, se hace público que el Tribunal Internacional del Mar declaró oficialmente nuestra Fragata Libertad como buque de guerra y, por lo tanto, inembargable. El fallo, que no hizo otra cosa que legitimar lo que era obvio, pone a nuestro buque escuela rumbo hacia el hogar, junto con la tripulación que durante todos estas semanas cuidó su soberanía e intangibilidad. En 1917, el gobierno popular de Hipólito Yrigoyen se enfrentó con una situación similar, con el hundimiento por un submarino alemán del velero Monte Protegido, durante la Primera Guerra Mundial. La firmeza argentina logró una reparación alemana y un acto de desagravio a su bandera, ratificando la neutralidad en la guerra europea. 

El 9 de enero estará en el puerto de Buenos Aires y deberá ser recibida por una gran fiesta popular. La bandera azul y blanca es respetada por el mundo entero, pese a las intrigas, deseos y miserias de una oposición política que ha perdido totalmente respeto, credibilidad y, sobre todo, representatividad.

Después de la gigantesca demostración popular del 9 de diciembre la Argentina cierra el año con dos triunfos políticos de un gobierno que expresa con dignidad y energía la potestad soberana de Argentina y su pueblo.

Buenos Aires, 15 de diciembre de 2012

Mesa Nacional de la Corriente Causa Popular
Luis Gargiulo (Necochea), Eduardo González (Córdoba), Julio Fernández Baraibar (Cap. Fed.), Eduardo Fossati (Cap. Fed.), Laura Rubio (Cap. Fed.), Juan Osorio (GBA), Cacho Lezcano (GBA), Marta Gorsky (Gral. Roca), Ismael Daona (Tucumán), Alberto Silvestri (Esquina), Magdalena García Hernando (Cap. Fed.), Marcelo Faure (La Paz ER), Tuti Pereira (Santiago del Estero), Ricardo Franchini (Córdoba), Liliana Chourrout (GBA), Oscar Alvarado (Azul); Ricardo Vallejos (Cap. Fed.), Alfredo Cafferata (Mendoza), Juan Luis Gardes (Cipoletti), Omar Staltari (Bahía Blanca), Gabriel Claverí (Cnel. Dorrego), Rodolfo Pioli (Jujuy) y Horacio Cesarini (GBA).
Centro Arturo Jauretche de Jujuy

10 de diciembre de 2012

La muerte de un canalla

Desde principios de la década del sesenta hasta hace tan sólo unos años, Bernardo Neustadt fue el periodista que, desde la televisión, la radio y la prensa escrita defendió el interés económico y político de las empresas imperialistas radicadas en la Argentina, el de la oligarquía de la Sociedad Rural Argentina y el de la embajada norteamericana.

Cómplice con todos y cada uno de los gobiernos de facto que se sucedieron a partir de la contrarrevolución de 1955, Neustadt, Bernie para sus amigos y para sus enemigos, fue la cara que en su programa de televisión justificaba la entrega de los intereses nacionales, la represión de la voluntad popular mientras hacía sistemática apología del imperialismo yanqui.

Su completa adhesión al llamado Proceso Militar iniciado en 1976 con la presidencia del chacal Videla, lo hizo el vocero y apólogo de la desaparición de personas, de apropiación de niños, de la tortura y el asesinato.

Hijo de puta, con cara de hijo de puta, su tono melifluo, resbaloso, escurridizo y obsecuente con el poder oligárquico, lo hizo blanco del odio popular más intenso y objeto de sistemática burla y desprecio.

Ocurre que el muy hijo de puta fue, según algunas biografías, hijo de una prostituta de las que traía la maffia judía a la Argentina durante la década del veinte y del treinta del siglo pasado, desde los empobrecidos campos de Polonia y Rumania. Al llegar, entregó su hijo a una congregación de religiosos, quienes lo educaron en algún colegio de curas de Buenos Aires, como el despreciado rusito de padres ignotos.

Posiblemente esto marcó su repugnante rastacuerismo, su obsecuencia hacia la clase social cuyos hijos, cuando niño, lo despreciaban y ridiculizaban su nariz azhkenazim o su miopía.

En su juventud, y a las postrimerías del segundo gobierno del general Perón, integró el grupo de colaboradores del vicepresidente de entonces, el Almirante Alberto Teissaire, expresión de los sectores más corrompidos y claudicantes del gobierno, a punto que éste último se convirtió en dócil instrumento del régimen usurpador instaurado en 1955.

Fue así como la Revolución Libertadora lo contó entre los soplones que traicionaban a quienes habían sido sus recientes amos y de ahí se proyectó al periodismo. Acuñador de vulgaridades convertidas en tópicos, hizo popular al personaje de Doña Rosa, la encarnación simbólica de la buena señora, anciana, algo gorda, de origen inmigratorio, que con la bolsa de red hace cola en la verdulería. Toda la ignominiosa defensa que realizó a la entrega de los teléfonos, el petróleo, la línea aérea, la minería y hasta las jubilaciones al imperialismo y al capital financiero, durante el gobierno de alguien antropológicamente parecido a esta basura, el ex presidente Menem, la hizo en nombre de Doña Rosa, quien con el neoliberalismo más hambreador y desnacionalizador podría tener teléfono, podría viajar en avión como resultado del desborde de riqueza que sobrevendría al enriquecimiento de los ya ricos. Tuvo razón. Doña Rosa obtuvo su teléfono, pero al poco tiempo se lo cortaron por falta de pago. Con el dólar uno a uno pudo viajar a Paraguay, pero los aviones comenzaron a caerse, a demorarse, los vuelo a suspenderse y la aerolínea de bandera se convirtió en la porquería que es hoy, tal como lo puede atestiguar cualquiera que viaje con cierta frecuencia entre Buenos Aires y Caracas.

Este rastrero trepador ganó mucho dinero con su infamia. Se convirtió en un hombre rico y llegó a casarse con una heredera -de blasones y apellido- de la vieja oligarquía argentina, lo que le dio entrada al hijo de la meretriz rumana en los salones del Jockey Club, sin por ello impedir la mirada de desprecio antisemita con que los viejos socios lo recibían y saludaban.

Fue la síntesis de la peor Argentina: la de los fusilamientos, el bombardeo a Plaza de Mayo, los secuestros, las desapariciones, el asesinato y el robo de niños. Fue el lenguaraz pago, complaciente y agachado, de quienes convirtieron el gran país de la década del cincuenta en el monoproductor de soja y millones de excluidos que es hoy.

Este Día del Periodista, esta jornada en homenaje y recuerdo al gran Mariano Moreno, ha traído a los periodistas honestos de la Argentina esta noticia que ha hecho mucho más respirable el aire de nuestra profesión.

Que la tierra pese sobre el miserable cadáver de Bernardo Neustadt.

Buenos Aires, 7 de junio de 2008

El guerrero herido


Hugo Chávez es el hombre que puso a Latinoamérica nuevamente de pie.

Como venezolano, llevó adelante una singular revolución de la física: convirtió en opacos a los millones de pobres de su país, que hasta ese momento habían sido transparentes para una “maiamizada” burguesía compradora. Y esos cuerpos, en los que ahora rebota la luz, ocuparon el centro de la política, el centro de la economía y comenzaron a decidir sobre su propio destino. Hombres y mujeres de tez oscura, hijos y nietos de aquel brutal y apasionado mestizaje que pobló nuestro continente y fue la tropa de las batallas de la Independencia, se reconocieron como ciudadanos de primera clase, como obstinados sujetos de derechos largamente postergados.
  
Como suramericano, hizo virar en 180 grados la visión estratégica de su país. Giró su mirada, puesta en el mar Caribe con su norte en Florida, hacia el extensísimo sur, hacia las riquezas del Orinoco, hacia la abundancia torrencial del Amazonas, hacia el Brasil potente, hacia la lejana Cuenca del Plata. Sus compatriotas descubrieron que formaban parte esencial de un inmenso continente y que ese balcón abierto al topacio del Mar de las Antillas era también la piedra angular capaz de revincular la patria de Petion, Morazán y Martí a la de Perón, Allende, Vargas y Haya de la Torre.

Este hijo de la Venezuela profunda, con un gran conocimiento de su pueblo, con la facundia de Cantaclaro y de los hombres del llano, se convirtió, por lealtad a su pueblo, en el caudillo popular suramericano más querido por su pueblo.

Y por gallardía y valor, el comandante llegó a ser el caudillo indiscutido de las fuerzas armadas venezolanas. La representatividad de su pueblo y la jefatura de las FF.AA han sido y son los dos grandes soportes de su liderazgo revolucionario.

Y por visión continental, Hugo Chávez es el nuevo estratega de nuestra Patria Grande. La gran batalla de Mar del Plata lo tuvo, junto con el gran hijo de la Patagonia que fue Néstor Kirchner, como protagonista central. En esas históricas sesiones de la Cumbre Americana, frente a las cámaras televisivas del mundo entero, Chávez y Kirchner pulverizaron el intento yanqui del ALCA que convertiría nuestros países en meros espectadores, sin voz ni voto, del dominio imperialista. Nunca como hasta ese momento el gigante, al que se enfrentaron Santa Anna y José Martí, Manuel Ugarte y Albizu Campos, había sufrido una derrota semejante. Los manes de diez generaciones de hispanoamericanos fueron reivindicados en las discusiones de Mar del Plata. Los Estados Unidos de América, que según Simón Bolívar parecen destinados por la Providencia para plagar de miserias la América en nombre de la libertad”, se retiraron del balneario del sur derrotados y casi sin aliados.

El comandante Hugo Chávez, este hombre, acaba de reconocer públicamente la posibilidad tan temida por millones de compatriotas de América Latina de no poder continuar con su mandato. Chávez es plenamente conciente del papel que juega en la consolidación de un futuro de justicia y dignidad para su pueblo y de unidad para la Patria Grande. Y con esa responsabilidad sobre sus hombros, Chávez ha enfrentado la emboscada de la enfermedad y de la muerte con la misma hidalguía y firmeza con que asumió la representación de los postergados de su tierra. El cáncer, al que seguramente le dio la ventaja de una incansable y triunfante campaña electoral, se ha tomado una revancha. Chávez les ha hecho saber a los suyos que la cosa es seria y ha mencionado al hombre que, de manera indiscutible, considera el único capaz de llevar adelante su legado venezolano y continental: el antiguo conductor de omnibus Nicolás Maduro.

La revolución bolivariana no quedará acéfala. Las ambiciones menores no prevalecerán porque el gran caudillo, con serenidad y sabiduría, ha aventado toda discusión.

Alguna compañera, conmovida por la inmensidad de la noticia, exclamó: “¡Qué mala suerte tenemos los latinoamericanos!”

Creo que la dolorida expresión no corresponde exactamente a nuestra realidad. Los suramericanos hemos tenido la suerte sin par de tener contemporáneamente una pléyade de extraordinarios dirigentes a la altura del destino histórico de nuestros pueblos, de enorme estatura moral, de singulares capacidades de conducción, de aguda visión e indoblegable voluntad. Pocos lugares en el mundo pueden exhibir un cuadro semejante. Esa contemporaneidad que nos había sido esquiva desde los tiempos de la Independencia, esa presencia simultánea de Chávez, Néstor, Lula, Cristina, Dilma, Correa, Evo, Santos, Mujica, Lugo, Humala ha sido una extraordinaria fortuna, una suerte sin parangón. Estos doce años del siglo XXI, gracias a estos hombres y mujeres, le han dado al continente el empujón definitivo para iniciar un camino de grandeza, soberanía y prosperidad sin posible retorno.

Hemos sido afortunados los latinoamericanos. El futuro ha vuelto a estar en nuestras manos. Mientras tanto, los pueblos al sur del Río Grande -“la América ingenua que tiene sangre indígena, / que aún reza a Jesucristo y aún habla en español”- están orando a su Dios y a sus dioses, por la salud del guerrero herido.

Buenos Aires, 10 de diciembre de 2012

4 de diciembre de 2012


Vigencia y sentido actual del Encuentro de Guayaquil


El 29 de noviembre pxmo. pdo. se realizó la mesa redonda “Bolívar y San Martín nos unen para siempre”, organizada por la Embajada de la República Bolivariana de Venezuela, en el marco del Foro Latinoamericano por la Identidad y la Integración, convocado por el Ministerio de Relaciones Exteriores de la República Argentina. La misma se llevó a cabo en el auditorio Manuel Belgrano de la Cancillería. Participaron también el embajador venezolano, General de Brigada Carlos Martínez Mendoza, y el primer secretario de la Embajada, Juan Eduardo Romero. Esta fue mi participación:

Señoras, señores, amigas y amigos:

Ha sido poco lo que el embajador historiador nos ha dejado para agregar, pero algunas reflexiones creo que se pueden hacer.

Lo primero que se me ocurre, y que se me viene ocurriendo desde hace ya un tiempo, -participé hace unos veinte días en una reunión similar aquí en la Cancillería con la presencia del embajador del Ecuador, doctor Wellington Sandoval Córdoba, quien también expuso de manera erudita y con gran fineza de análisis sobre el Encuentro de Guayaquil-, la reflexión, digo, sobre lo que ha ocurrido en nuestra patria y en nuestro continente en los últimos veinte o veinticinco años. Hemos empezado a juntarnos embajadores, políticos, historiadores, intelectuales y encontramos enormes coincidencias. Descubrimos que lo que cada uno de nosotros venía pensando, estudiando, analizando, discutiendo, peleando muchas veces, y creía que lo hacía de una forma aislada, individual, que era un fenómeno que pasaba aquí -en la Argentina con el revisionismo histórico- y que teníamos todo el sistema académico oficial en contra y resistiendo, era un fenómeno que venía pasando en toda América Latina, en cada uno de sus pueblos, en cada uno de sus países. Y de pronto, con esa dosis de sorpresa que tiene la historia, aparecemos en el escenario personas que, con distinto nivel, con distinta capacidad, con distinta elocuencia, están pensando, juntamente, los mismos problemas, las mismas cuestiones que habíamos pensado individualmente cada uno de nosotros durante todos estos años, y hoy lo hacemos colectivamente.

Las diferencias entre San Martín y Bolívar, que las había como hay diferencias entre Hugo Chávez y Pepe Mujica, entre Cristina Fernández de Kirchner y Dilma Roussef, como hay diferencias entre todos los seres humanos, fueron, en realidad, exacerbadas, caricaturizadas, en muchos casos, a partir del fracaso de eso que mencionaba el embajador Carlos Martínez Mendoza: el proyecto de la unidad.

Ha dicho Alberto Methol Ferré muchas veces -nos lo ha dicho personalmente, lo ha escrito- que las guerras de la Independencia tenían una doble finalidad. Por un lado, lograr la libertad, la independencia de la corona española y, por otro lado, la unidad política de este continente. Y lo que la fuerza de las armas patriotas lograron en Ayacucho fue la independencia. Y a partir de ese momento comenzó a fracasar el proyecto de la unidad. En la misma noche de Ayacucho las tendencias centrípetas de los puertos de América Latina, de sus oligarquías regionales, comenzaron ese lento pero efectivo proceso de división, de balcanización, como ha sido llamado en el siglo XX. Con ese proceso de balcanización aparecieron los así llamados “héroes nacionales”. Cada uno de ellos correspondía, de una manera platónica, a las virtudes y excelencias de cada uno de esos pueblos.

Así los argentinos teníamos un San Martín austero, enjuto, prudente, de costumbres espartanas. Desinterado -según la historiografía oficial- de la política y sus bajezas. Los venezolanos tenían a un Bolívar enamorado del baile y las mujeres, dicharachero. Los chilenos tenían un O'Higgins de gran patriotismo chileno. Cada uno de nosotros, cada uno de nuestros pueblos elaboró un héroe en el que, abstractamente, sus virtudes correspondían a las virtudes que cada uno de esos pueblos se adjudicaba y los defectos de los otros correspondían a los defectos que cada uno de los pueblos le adjudicaba a los otros pueblos de América Latina.
Ricardo Rojas, que fue un gran historiador y una descollante personalidad de nuestra cultura, escribió un gran libro que tiene, lamentablemente, un título un poco ñoño, que es El Santo de la Espada. Es un libro cuyo contenido es mucho mejor, mucho más rico que su título. Rojas imagina en esta historia de San Martín una especie de obsesión del Libertador, quien en sus reflexiones le dice a Simón Bolívar: “Hagámosnos simultáneos”. Actuemos de conjunto, imagina Ricardo Rojas que era el desvelo de don José de San Martín. Porque si actuamos de conjunto, en un gran movimiento de pinzas, vamos a derrotar al ejército español.
En una película que, hace ya muchos años hicimos Jorge Coscia y yo, imaginamos un encuentro onírico entre San Martín y Bolívar, en el cual lo primero que le dice nuestro Libertador al caraqueño es: “Dichoso usted, Simón, que conoció a su tierra. Usted nació allá, usted vivió allá y conoció sus playas doradas y sus montes de esmeralda. Yo no. Yo nací en estas tierras, pero no tengo más que un vago recuerdo de la infancia”.

Esto marca, desde la historia personal de cada uno de ellos, dos personalidades, dos figuras, de distinto carácter, de distinta formación. Bolívar, un político apasionado, raptado por la fuerza que emanaba de la Revolución Francesa, con ese juramente en el Monte Sacro para cumplir los ideales formulados por la Revolución Francesa, junto a su amigo y maestro Simón Rodríguez.
Y un San Martín que es un militar formado en los rigores de las academias españolas, que a los trece o catorce años sufre en el norte de África un sitio por hambre. Es decir que, desde los catorce años, vive una dura y sacrificada vida de militar sin fortuna, y cuya concepción del mundo no corresponde exactamente a la de Simón Bolívar. Si la personalidad política de Bolívar correspondía a la de un jacobino, la personalidad política de San Martín correspondía más bien a la de un girondino, a la de un hombre que le tenía cierta desconfianza a las multitudes y un gran temor, fundamentalmente, a la anarquía. La grave amenaza que San Martín veía sobrevolar sobre la independencia y la unidad era, justamente, la de la anarquía.

Pero no son estas razones -políticas, ideológicas, de formación intelectual- las que determinan el Encuentro de Guayaquil. Como tan bien lo ha explicado el embajador Martínez Mendoza, y me ahorra toda otra explicación, San Martín carecía en absoluto de un apoyo político estratégico que le permitiese sostener hasta las últimas consecuencias la tarea de la liberación. Buenos Aires no lo apoyaba, y no sólo eso sino que conspiraba contra él. Rivadavia era el gran enemigo de San Martín y el que impedía que pudiese desarrollar su proyecto suramericano. Esa burguesía comercial porteña se desinteraba del hinterland continental, preocupada solamente en la administración de sus almacenes y su puerto.
Pero estas diferencias son las que hicieron que, durante los siglos XIX y XX, los historiadores enfrentaran a esas dos personalidades decisivas de nuestra independencia. Ese enfrentamiento no era más que la expresión ideológica del proceso de balcanización, del proceso de creación de esos pequeños países que no pudieron constituir -como era el deseo y la voluntad de San Martín y Bolívar- una gran nación latinoamericana.

Aún hoy, en un país hermano y tan cercano a la Argentina como es el Perú, se siguen contraponiendo ambas figuras. Se sigue teniendo a San Martín como el gran libertador y a Bolívar como una amenaza tiránica sobre los peruanos. En realidad, ambas concepciones faltan a la verdad. Ni San Martín era un desinterado del poder político como lo quieren pintar los historiadores peruanos, ni Bolívar era el déspota que aparece en esos libros. Ambos tenían una distinta visión política, ambos tenían un distinto modo de manejar y expresar el poder político del estado. Pero estas diferencias, que hoy llamaríamos ideológicas, nunca constituyeron un elemento que disociara la acción libertadora y unificadora de ambos hombres.

No fueron diferencias ideológicas, no fueron diferencias personales. En Guayaquil, el Libertador José de San Martín entrega el mando del ejército patriota a Simón Bolívar, porque éste es, como decía el embajador, el que coyunturalmente estaba en mejores condiciones de llevar adelante la tarea. Y esto era lo que se imponía por encima de toda otra aspiración personal.

Creo yo que la reflexión sobre Guayaquil, sobre Bolívar y San Martín, en estos inicios del siglo XXI, no puede estar separada de lo que fue la epopeya y el intento unificador de ambos héroes y el intento unificador que en el siglo XXI están llevando adelante la inmensa mayoría, si no la totalidad, de los gobiernos y los pueblos de nuestro continente.

Mientras el continente americano estaba, entonces, dividido en dos grandes bloques, uno dependiente de España y el otro, no ya dependiente, sino cabeza de un imperio europeo, como era el Brasil, necesariamente toda la estrategia libertadora se hacía a lo largo de los Andes, sobre la costa del Pacífico. La gran costa del Atlántico no estaba al alcance de las fuerzas libertadoras, porque el enorme bloque brasileño-portugués impedía que este espacio integrase la estrategia patriota. Toda la estrategia de Bolívar y de San Martín converge sobre la costa del Pacífico y los Andes.
El siglo XXI, por el contrario -y esto, creo, es una de las grandes decisiones geopolíticas tomadas por el presidente Hugo Chávez en su oportunidad-, asume la herencia bolivariana, ya no desplegándola por la costa del Pacífico, sino incorporando al conjunto de la costa atlántica y, sobre todo, al Brasil, como eje estructurador de ese nuevo proyecto unificador suramericano del siglo XXI.

De ahí la importancia trascendental que para este proyecto tiene y ha tenido la incorporación de la República Bolivariana de Venezuela al Mercosur. En los años 50 el general Perón planteó en un famoso discurso el proyecto estratégico entre Argentina y Brasil. Si estos dos países que, en ese momento, constituían el peso específico político, económico, social y poblacional más importante del continente, establecían una alianza estratégica, el resto de los países del continente, a consecuencia de la enorme gravitación de este bloque, irían sumándose y adecuándose a esa situación geopolítica, sumándose así a un proceso unificador.
Ese proyecto planteado en 1950 por el general Perón fue prematuro para los tiempos que se vivían. Toda esa visión de Perón fue considerada por Brasil, por Chile y sus oligarquías locales, como un intento imperialista, expansionista de la Argentina. Pero la idea del Brasil y Argentina como núcleo orgánico capaz de generar y hacer renacer en las condiciones del siglo XXI el proyecto de San Martín y Bolívar reaparece con viva luz y con enorme fuerza ya a fines del siglo XX. El Mercosur se convierte en el motor esencial capaz de atraer al conjunto de los pueblos suramericanos.

Lo que Chávez, a mi modo de ver, tiene de lucidez y visión estratégica, desde el principio de su llegada al poder en Venezuela, son dos cosas. Una, bautizar a Venezuela como República Bolivariana, es decir, darle desde su misma denominación la función unificadora que tuvo Bolívar en el siglo XIX. En segundo lugar, girar la cabeza estratégica de Venezuela desde la costa del Pacífico y de los Andes hacia ese gran vecino que tiene en el Sur, que es Brasil. Para Venezuela, hasta el fin del siglo XX, Brasil era un enorme desconocido. Para la cancillería venezolana el Brasil carecía de significación estratégica. Es Chávez el que incorpora a Brasil a ese proyecto.

Y lo hace de una manera ingeniosa y creativa. Si algo es muy difícil de “vender” en Brasil de manera masiva es Bolívar. Porque Bolívar no formó parte de la historia brasileña. Los brasileños han podido hacer todos los niveles de su educación y no han oído hablar nunca de Bolívar, porque no integró el ciclo histórico del Brasil, como tampoco lo integró San Martín. La manera de meter a Bolívar y a estas ideas bolivarianas y sanmartinianas de integración suramericana por parte del gobierno venezolano fue poner una gigantesca estatua de papier maché de Bolívar en una scola do samba en el carnaval carioca. Fue la Scola do Samba Santa Isabel que, ese año, logra obtener con esa estatua de Bolívar y un tema de integración suramericana, el premio a la mejor scola do samba de ese Carnaval. Y, de paso, haciendo conocer a Bolívar al conjunto del pueblo brasileño.

Toda esta tarea cultural de la que estamos participando en este ciclo es, a mi modo de ver, la tarea más importante que tiene nuestra generación o lo que queda de nuestra generación. Aprender a conocernos cada uno de los latinoamericanos, a conocernos los unos a los otros, porque solamente se puede amar, se puede respetar, se puede querer ser amigo de aquello que se conoce.
Guayaquil significó, por así decir, la apoteosis de Bolívar, en cuanto a sus capacidades políticas y militares. Guayaquil significó también la apoteosis de San Martín en cuanto a su responsabilidad y visión estratégica sobre las grandes responsabilidades que pesaban sobre sus hombros. Hoy, San Martín y Bolívar, y esto es lo que tiene de importante hablar de historia, poder venir al presente, han incorporado a Abreu de Lima nuevamente a sus filas. Brasil no es ya aquel imperio esclavista y europeo implantado en el continente.

Venezuela, Brasil y el Río de la Plata están logrando forjar, en las condiciones del siglo XXI, ese afán, esa lucha por la unidad que expresaron los protagonistas del Encuentro en Guayaquil.