11 de septiembre de 2013

El Yrigoyenismo


Clase del 7 de mayo 2013 
Seminario de Historia de los Movimientos Populares de América Latina en el Siglo XX
Instituto Nacional del Revisionismo Histórico Argentino e Iberoamericano Manuel Dorrego

Buenos noches, bienvenidos.

Antes de hablar del yrigoyenismo creo que es necesario hacer una breve síntesis sobre cómo era la Argentina de la primera década del siglo XX. No solamente como era en su composición, su estructura social en el momento culminante del país agro-exportador, de su incorporación como productor de materias primas al imperio británico y de la oligarquía ganadera como clase dominante de la Argentina y del Rio de la Plata. También quiero describir a ustedes cómo era la composición de las fuerzas políticas en la Argentina de 1900-1910. Análisis que es menos conocido, menos considerado en los distintos relatos históricos.

Significación del roquismo
En 1910 el partido políticamente dominante y de alguna manera determinante de todas las idas y venidas de la política argentina, creado por Julio Argentino Roca, fue el denominado Partido Autonomista Nacional, el PAN. Se incorporó a su seno a todos los autonomistas, viejos autonomistas federales del interior del país, más los sectores antimitristas de la provincia de Buenos Aires. Es el partido roquista, cuya presencia determinará todas las elecciones que van desde 1880 a 1910.

El 80 es un año decisivo en la historia argentina. Se federaliza la Ciudad de Buenos Aires y se nacionaliza la renta del puerto de Buenos Aires para el conjunto de las provincias. Es una fecha que representa una bisagra en la historia argentina, que pone fin a las guerras civiles del siglo XIX, guerras que estaban basadas centralmente en la renta del puerto de Buenos Aires que era el único ingreso importante que tenía el país y que era monopolizado por la provincia de Buenos Aires.

La caída de la Confederación Argentina de Paraná, el deterioro de las economías del interior, el deterioro e incapacidad de las provincias argentinas para enfrentar y dominar a la provincia de Buenos Aires estaban determinados por la enorme riqueza que esta poseía a merced del resto del país. Se federaliza la ciudad de Buenos Aires, se federaliza el puerto de Buenos Aires y entonces el conjunto del país puede por fin disfrutar de parte de las rentas generadas por ese puerto.

A partir de Roca, en 1880, aparece un protagonista político en la historia argentina que ha sido producto de una génesis que se inicia en los años 1870-1875: el Ejercito Nacional.

Este Ejercito Nacional que viene con Roca, es un ejército muy distinto al de las viejas montoneras federales, es un ejército muy distinto al de la Guardia Nacional porteña, puesto que, en primer lugar y por primera vez en la Argentina, existe una institución que conoce y tiene presencia en el conjunto del territorio nacional. Hasta la aparición del ejercito cada provincia, era una situación particular, en donde generalmente no existía ninguna institución -debido a la debilidad del Estado Nacional- cuyos miembros conociesen tanto a Salta, como a Mendoza, como a Entre Ríos, como Corrientes, como a la provincia de Buenos Aires. Los hombres formados en ese ejército (como se mencionó anteriormente, entre los años 1870-1875) son hombres provenientes de todas las provincias, hombres que por su tarea militar, por su profesión militar, van trasladándose de provincia en provincia según las necesidades. Tienen un conocimiento, no solo geográfico, sino también social y político de las distintas provincias, de las distintas roscas provinciales, de los distintos dirigentes de cada una de esas provincias. El Ejército Nacional se convierte en un nuevo factor político de la Argentina que no existía hasta ese momento. Hasta ese entonces los actores políticos eran las viejas clases patricias provinciales, la oligarquía porteña y no había nada como el Ejército como factor político.

Al frente de ese ejército se pone Julio A. Roca. Compuesto por militares de las diversas provincias es definido por la oligarquía porteña –en 1880- como los “chinos” de Roca, que revela su naturaleza “cabecita negra”, para decirlo en un vocabulario más contemporáneo.

El país que se inicia en 1880 alcanza su culminación en 1910, una fecha que coincide con el Centenario de la Revolución de Mayo. Es un país absolutamente distinto al de 30 o 40 años atrás. Si se hubiera despertado cualquier argentino, provinciano o porteño, muerto en 1865 no se hubiera imaginado que este país en el que se despertaba era el mismo en el cual se había muerto. Toda la sociedad había cambiado. La integración de la Argentina al mercado mundial como productora de materias primas agudizaba ese cambio.

Leopoldo Lugones le dedica una de sus Odas seculares, la “Oda a los ganados y a las mieses”. Es un canto poético a esa especie de tierra de promisión en que se ha convertido aquel país hirsuto, con hombres para quienes el único abrigo era un poncho y en lugar de pantalones usaban chiripa, tal como había sido el país hasta los años 60-70 del siglo XIX.

Detrás de Roca -y esto es algo que en general también se olvida- se ponen las viejas fuerzas del federalismo. Ese federalismo provinciano, que había sido derrotado y aplastado junto con el Chacho Peñaloza, con Felipe Varela, con López Jordán, que ha sido perseguido, reprimido hasta con asesinatos ordenados por Bartolomé Mitre y cometidos por los generales colorados uruguayos, encuentra en Roca y en ese Ejercito la posibilidad de acceder nuevamente al centro de la política argentina. Ese federalismo expresa en cierta medida a los viejos sectores patricios de las provincias del interior, vinculados por su pasado a la historia patria, a las guerras de la independencia, a las viejas economías anteriores a 1860, vinculadas por su proximidad a la costa del Pacífico .

El viejo patriciado de apellidos hispánicos, con poca vinculación con el proceso inmigratorio -que se radicaba centralmente en la Ciudad de Buenos Aires- ve que tras el ejército de Roca y la federación de la Ciudad de Buenos Aires y su puerto comienzan a expresarse sus intereses. La provincia de alguna manera participa del despliegue económico que genera nuestra integración al mercado mundial y de algunas de las decisiones políticas más importantes. Lo que quiero decir con esto es que Roca, de algún modo, es, a partir de 1875-1880 hasta 1910, la expresión del conjunto del país frente a la sobrevivencia muy importante del mitrismo en la provincia de Buenos Aires, en la Ciudad de Buenos Aires, y en alguna que otra provincia.
Este régimen que nace en 1880 cambia las características del país. Aparecen, primero a través de inversiones estatales, luego a partir de inversiones extranjeras, el ferrocarril y telégrafo que conectan al conjunto del país. Hay que ubicarse en el medio y en la época para entender la precariedad de los medios de comunicación de entonces, para comprender que estaba sucediendo en el país.

La inmigración
Por otra parte, han comenzado a llegar miles y miles de inmigrantes de todas partes del mundo. No me voy a detener en este punto, en la característica de los inmigrantes, pero lo que sí creo que hay que tener presente para entender el fenómeno que buscamos explicar es que, de golpe, un país que tenía 5 millones de habitantes se encuentra que 2 millones son extranjeros. Estos nuevos habitantes ignoran el pasado inmediato, lo que paso ayer en la historia argentina. Es decir, como si hoy llegaran argentinos a los que le preguntamos qué paso en el 2001 y no saben, no tienen la menor idea, cosa que hoy, con los medios de comunicación, sería difícil que suceda: nuestra crisis del 2001 y sus imágenes televisivas recorrieron el mundo. Imagínense un sirio-libanés, un italiano, un español, campesinos profundos que saben a duras penas leer y escribir a quien le preguntasen en 1895 que había ocurrido en la Batalla de los Corrales, ahí donde está la cancha de Huracán, y el Autódromo. Habían muerto 3.500 argentinos para doblegar la voluntad de la oligarquía porteña que se negaba a entregar las rentas de la aduana al conjunto del país.

Por primera vez se encuentran los criollos, los argentinos de vieja data por así decirlo, con culturas que son verdaderamente extrañas, colores, sabores, olores, vestidos que eran absolutamente desconocidos. Imagínense el impacto que le podía causar a una señora católica de Barrio Norte la aparición de un judío, ruso de Odessa, con sus largas barbas y rulos y su sombrero de piel. El impacto era absoluto. Hoy en día tenemos algunos sectores con problemas para aceptar a los bolivianos, imagínense lo que era esta imagen en la sociedad de entonces, considerando, además, una inmigración creciente, que cada año era mayor que el anterior. Si embargo es necesario mencionar que por lo menos un tercio de la inmigración que vino se volvió a su país de origen en estado de fracaso, por así decirlo. Eran inmigrantes que venían como última posibilidad de su vida a encontrar un destino mejor en el Rio de la Plata y después de dos, tres, cuatro años de intentarlo deciden volver al lugar de donde salieron. Quiero decir, esto tenía una carga de desazón y derrota personal que la teoría o el mito del país promisorio, que generaba riquezas y bienestar a todos los pueblos del mundo que quisieran habitar el suelo Argentino era, en gran parte, eso, un mito.

En 1910 podemos establecer un país que tiene estas características. En lo político, hay tres grandes fuerzas: una es el mitrismo con asiento en la Ciudad de Buenos Aires. Una fuerza que mantiene la misma mezquindad que había caracterizado al mitrismo de toda la vida. Es el núcleo más duro de la oligarquía comercial y terrateniente. El roquismo, por otra parte, donde Roca era su cabeza indiscutible, y que ha determinado la política Argentina en los últimos veinte o veinticinco años en estado de decadencia. La estrella de Julio Argentino comienza a eclipsarse y han aparecido hombres que discuten su hegemonía y su autoridad. Esto era evidente en dos figuras de la clase dominante de la época, donde no existía una idea de integración popular a la política, dos figuras que son Carlos Pellegrini y Roque Saenz Peña. Saenz Peña, un hombre enfrentado inicialmente al roquismo, de vieja raíz federal, y que ademas había participado en el partido de Adolfo Alsina, que fue el primero agrupamiento federal popular (por decirlo de alguna manera), después del triunfo de Pavón. Había participado allí -en el alsinismo- junto con otro hombre de su misma edad -la historia los volverá a encontrar muchos años después- que fue Hipólito Yrigoyen. Su origen político es del alsinismo antimitrista de la provincia de Buenos Aires. Estas dos figuras comienzan a cuestionar la conducción, la hegemonía de Roca. En Saenz Peña hay una resistencia muy fuerte frente a cualquier posibilidad de alianza con el mitrismo para debilitar o perjudicar a Roca. Saenz Peña se niega a lo largo de su vida a armar coaliciones con el mitrismo que tendiera a debilitar a Roca.

Hipólito Yrigoyen
Hay una tercera fuerza que es como los fantasmas, que no existen pero que los hay, los hay. Esta tercera fuerza dirigida por Hipólito Yrigoyen, un hombre que en una época de grandes oradores y grandes discurseadores se niega a hablar en público, no se le conoce discursos públicos en plazas. Ha ido ganando sobre la base de la conversación personal, uno por uno, a todos los viejos sectores federales de la provincia de Buenos Aires, del interior del país, sobre todo de Córdoba, Entre Ríos, que ha creado lo que podríamos llamar el primer partido político moderno de cuadros militantes. Todo esto bajo una sola consigna que constituye todo su programa, y cuando le preguntan por lo que entonces se llamaba un programa dice: “yo no estoy con programitas, tengo un solo lema: el voto secreto, universal y obligatorio”. Además, para evitar la corrupción de este gran sistema militante clandestino, conspirativo que ha armado, se niega rotundamente a participar de ninguna elección que no esté regida por el voto secreto, universal y obligatorio.

Un hombre de la época creo que fue, Pellegrini o alguno de ellos, decía que el sistema electoral argentino había ido mejorando desde 1880 aproximadamente. Se había pasado del voto cantado al voto venal, diciendo que por lo menos al tipo que vota hay que negociarle un precio, hay que comprarlo. Ya no viene y vota y si no lo hacés lo muelen a palos o va preso, sino que ahora hay que comprarlo. Con ironía o con cierto sarcasmo se manifestaba un progreso democrático ya que el voto, al ser pagado, requería una negociación previa. Cuánto cuesta tu voto, de qué manera yo consigo tu voto. En cuanto al lado negativo el voto venal ponía en evidencia la fabulosa corrupción del sistema. Entonces la consiga de Yrigoyen era el voto secreto universal y obligatorio. Para ello ha armado este asombroso y novedoso movimiento político basado en hombres que están iluminados y convencidos de que “la reparación de la ignominia del régimen falaz y descreído” –así hablaba Yrigoyen, es decir, hablaba en términos abstractos – seria corregido por el voto secreto, universal y obligatorio. Hasta tanto esto no se diera este hombre (Yrigoyen) no iba a participar de ninguna elección.

En la presidencia de Quintana se produce la Revolución de 1905. Es una revolución que sorprende por la magnitud del despliegue cívico militar. De repente en cada pueblo del país, en cada provincia, en cada capital de provincia aparecen altos oficiales militares del ejército y civiles en general (abogados de las clases medias patricias no ricas del interior del país) y el nuevo fenómeno del que hablábamos, los inmigrantes la primera generación de argentinos de apellidos italianos. La literatura conservadora, de la élite conservadora de la época, hacia gran hincapié en cuanto a su desprecio y prejuicio sobre los italianos por encimo del prejuicio sobre los judíos. Uno tiende a poner a los judíos como motivo de prejuicio central de esa clase, pero no era lo que ocurría en la Argentina de esos años. Los apellidos italianos producían una sonoridad que hasta daba gracia, su manera de hablar y sus rasgos esenciales habían convertido a los italianos en una especie de amenaza a nuestra identidad hispano-criolla, una forma de conspiración napolitana. En esa conspiración de 1905 que levanta al conjunto del país y que le cuesta mucho al gobierno de Quintana sofocar, aparecen condensados estos sectores. Los viejos federales del interior, una clase media de abogados, farmacéuticos, pequeños estancieros de provincia enfrentados con el régimen oligárquico de Buenos Aires puesto que no podían participar de la integración de este sector al mercado internacional, viendo a sus productos desplazados del puerto de Buenos Aires. Esa clase media, de origen federal, en donde hay apellidos como Elpidio Gonzalez -primer Vicepresidente de Hipólito Yrigoyen, y nieto de un federal de la época de Rosas e hijo de un federal que peleo con Felipe Varela en los 60’ del siglo XIX – y a quine la oligarquía porteña, los conservadores porteños ninguneaban como si fuera la nada social, un recién llegado a la Argentina. Esos sectores se expresan junto a esa clase media inmigrante. Son inmigrantes llegados con anterioridad, cuyos hijos de alguna manera han progresado en el comercio, en algún taller, que poco a poco fue creciendo. Conforman así un nuevo sector social. Sector social al cual, grupos o individualidades de las clases tradicionales consideran que es muy necesario de alguna manera integrarlos políticamente al país. La mera entrega de la libreta de enrolamiento o del servicio militar obligatorio no lo logra si no hay algo que además los haga sentirse parte de la historia que está sucediendo y esto, dentro de los partidos tradicionales, es decir de sus propios partidos, no es posible.

Quintana reprime violentamente el levantamiento de 1905. Mete preso a oficiales que han llegado a detener a José Figueroa Alcorta, vicepresidente de Quintana y enemistado con el mismo. En fin, tal como suele ocurrir con los vicepresidentes en la Argentina. Los revolucionario habían logrado detener al vicepresidente de la República, un hombre de las clases dominantes porteñas, de la oligarquía porteña: Figueroa Alcorta. Es el único hombre en la historia argentina que fue presidente del senado, presidente de la República y presidente de la Corte Suprema de Justicia. No simultáneamente sino a lo largo de su vida. Figueroa Alcorta toma en sus manos la negociación con los insurrectos y logra, contra la voluntad de Manuel Quintana que quiere fusilarlos al mejor estilo mitrista -partido con el que simpatizaba como buen agente inglés- que no los fusilen, pero no logra que los dejen en libertad.

Quintana muere un tiempo después, asumiendo así Figueroa Alcorta. Una de sus primeras medidas es declarar la amnistía de los jefes militares del ejército que estuvieron en la revolución de 1905.

El Ejército se hace radical
Me permito hacer una pequeña reflexión en donde Jauretche ha expresado con una enorme claridad. Creo saber que es en el libro de “El medio pelo en la Sociedad Argentina”. La oligarquía, la tradicional oligarquía argentina, los grandes terratenientes de la provincia de Buenos Aires desde 1890 hasta 1930 se caracterizaban por dos cosas. Primero una absoluta indiferencia y desprecio de la actividad política, estos grandes terratenientes no hacían política. Ellos se dedicaban a tirar manteca al techo. También dice Jauretche que tampoco le interesaba que sus hijos o gente de su propia clase social estuviesen en el ejército. Contados con los dedos de una mano han sido los miembros del ejército provenientes de las clases oligárquicas. Esto generó que las filas del ejército se fuesen llenando de yrigoyenistas. El ejército en 1912 –antes de las elecciones del 16- ya es un ejército yrigoyenista, que no responde a las estructuras sociales y políticas de la oligarquía dominante, sino a esta especie de “religión” (acuérdense ustedes que entre ellos se llamaban correligionario, esa especie de religión en donde cada uno de sus miembros es un correligionario) Esta es la lucha que Yrigoyen llamó contra “el régimen falaz y descreído”. Este era el modo, la estética de don Hipólito, y un poco la estética de la época propia de sustantivos abstractos. Los conservadores, los hijos literatos de los conservadores, que editaban el diario la Fronda contra el yrigoyenismo se burlaban de estos datos estilísticos de la prosa o de la retórica yrigoyenista.

El ejército comienza ahora a ser radical, yrigoyenista para ser más precisos. La constitución de la UCR se da a través de una gran pelea que Hipólito Yrigoyen tiene con su tío y par que fue Leandro Alem. Leandro Alem -del cual se llenan la boca los radicales de hoy- fue desplazado brutalmente por Hipólito Yrigoyen en la presidencia de la UCR por sus relaciones con el mitrismo. Después viene la pelea con los hombres de la provincia de Santa Fe encabezados por Lisandro de la Torre. Don Hipólito se va desprendiendo de esos sectores impregnados del viejo liberalismo mitrista. Nunca se oyó decir, hasta 1916, de boca del propio Yrigoyen, lo que pensaba, no se lo oyó revindicar a Rosas, al partido federal, a las montoneras federales, o atacar a la constitución del 53. Lo único que una vez dijo, antes de la creación de la UCR, en 1880, cuando es diputado provincial de Buenos Aires, ante la propuesta de Alem para sumarse a las filas del mitrismo fue: “Hacerme mitrista sería como hacerme brasilero”. Es el único momento en el que él revela su enfrentamiento conceptual y político con Mitre. Siempre decía lo que su interlocutor quería escuchar para sumarlo a lo que el llamaba “la causa contra el régimen falaz y descreído”.

Alrededor de la década del 70, abandona la política por unos años, para dedicarse a las actividades agropecuarias y poder formar una pequeña fortuna que le diera base a su actividad política. Su pequeña riqueza se reduce a unas hectáreas en San Luis que usa para la política. Lo hace no solo financiando los levantamientos, armando la infraestructura, la logística, la construcción -todo lo que un viejo conspirador se puede imaginar- sino que después gastó su fortuna en reparar y sostener a los perseguidos y perjudicados por los levantamientos que él mismo causaba: ponerle la plata a la mujer y a los hijos de aquel correligionario que se había refugiado en Uruguay, la señora del militar que estaba preso, etc. Y esto generó alrededor de él una especie de leyenda y de mito del hombre magno y magnánimo (llamado así por uno de sus admiradores). Arma así este movimiento que en 1905 muestra las uñas. Ante la indiferencia del partido socialista, cuya territorialidad es casi exclusiva de la ciudad de Buenos Aires y desprecia todo esto en nombre de lo que Juan B. Justo llama despectivamente “la política criolla”.

Me gustaría mencionar por ultimo lo que decía J. B Justo:

En tanto que los partidos pertenecientes a la clase dominante califica de violentos nuestro derecho de huelga (propia represión del estado de sitio declarado por Quintana en 1905) reprimiéndolo ilegalmente y coartándolo con los procedimientos más arbitrarios, ellos practican -como los prueban los recientes sucesos- los más reprobables sistemas de violencia. En consecuencia invitamos a la clase trabajadora a mantenerse alejada de estas rencillas partidistas, provocada por la ambiciosa sed de mando y las mezquinas ambiciones que alegando a su contingencia moral y personal a la obra desmoralizadora que ellos realizan, fortificando y consolidando su organización gremial y política con el objeto de obtener su más próxima eliminación”.

La República Oligárquica llega a su fin
Llegamos al gobierno de Figueroa Alcorta. El Centenario es, por otra parte, la apoteosis del régimen oligárquico con la visita de la Infanta Isabel a las festividades de la Semana de Mayo. Consideren ustedes que este momento constituye, de alguna manera, el momento más alto, del proceso de atomización en pequeños países de lo que fuera la heredad iberoamericana. Es el momento en que cada uno de estos países considera que ha llegado a la construcción de su nacionalidad.

El centenario de 1910 el centenario es el momento culminante de la dispersión latinoamericana. La visita de la Infanta Isabel significaba para el esquema inaugurado a partir de 1860 la consolidación y el reconocimiento de la Madre Patria de la nación argentina por parte de España, representada por esta señora. Un momento culminante en donde la Argentina se considera una nación de la misma magnitud que, por ejemplo, Alemania, Suecia, Japón.

En cuanto al mito de la promoción y el mito de la riqueza generada por la integración de Argentina al mercado mundial es revelado, de manera extraordinaria, por el famoso informe de Bialet Massé. Es un documento verdaderamente extraordinario, de una modernidad en su método y conclusiones digna de cualquier escuela de sociólogía moderna, y pone en negro sobre blanco el verdadero estado en el interior del país que era verdaderamente vergonzoso. El informe explica el proceso de destrucción de las estructuras familiares y sociales en las familias del interior lo que género una especie de proletariado sin trabajo, que primero se instala en la periferia de las ciudades, y luego termina emigrando a los centros urbanos mayores. Bialet Massé hace esto por encargo del presidente Julio Argentino Roca, y de su ministro, el intelectual riojano, Joaquín V. González, unos años antes del Centenario.

En cuanto a la cuestión social, el gobierno reprime al movimiento obrero, y sucede el famoso Primero de Mayo cuando la policía reprime, en la ciudad de Buenos Aires, de una manera brutal el acto obrero y que, como consecuencia de ello, genera el posterior asesinato de Ramón Falcón por el anarquista Simón Radowitzky.

Además de esto, el gobierno de Figueroa Alcorta, en medio del régimen agroexportador, tiene algunas medidas de significación, como las que toma tras el posterior descubrimiento de petróleo en Comodoro Rivadavia. La inmediata decisión del gobierno es poner bajo jurisdicción del estado varios kilómetros alrededor de Comodoro Rivadavia y que sea así solo el Estado el que pueda estudiar y explotar los yacimientos petrolíferos. Al poco tiempo se comienza a reemplazar, como generador de energía, al carbón inglés que se importaba. El gobierno llega a su fin. Comienzan así las discusiones sobre su sucesión. Aparece como figura única la candidatura de Roque Saenz Peña, quien es elegido presidente de la República.

Toda su candidatura, establecida con el apoyo de Figuera Alcorta y de Carlos Pellegrini, tiene como finalidad exclusiva la sanción de la Ley Saenz Peña (1912) que establece el voto universal, secreto y obligatorio. El sector más lúcido de esa oligarquía, de la belle epoque argentina, el que ve con mayor profundidad los fenómenos sociales y políticos producidos en el país, percibe el peligro que significa una creciente población inmigrante europea extranjera sin ningún tipo de integración política, sumada a la presión del creciente pobrerío del interior del país. Encuentran así en la integración electoral el modo de darle una válvula de escape a esa presión que amenaza de raíz a la República oligárquica. Con la sanción de la ley – conversada con el propio Hipólito Yrigoyen, viejo amigo de Saez Peña desde los tiempos del alsinismo- las elecciones de 1916 son ganadas, con una amplia mayoría, por Hipólito Yrigoyen. La magnitud de lo que significó el triunfo de Yrigoyen en 1916 es para los ojos actuales lo más difícil de establecer. Fue lo más parecido a un giro copernicano de la situación social y política del país. Quizás si se imaginan ustedes lo que fue el 17 de octubre del 45, podrán entrever lo que fue la asunción de Yrigoyen en 1916. Apareció en escena un protagonista político, el demos, el pueblo común y silvestre que nunca había participado en la política de esta manera. El presidente de la Cámara de Senadores presidía las sesiones nocturnas del senado de smoking, tal como era la costumbre en la cámara de los lores inglesa y era la costumbre que esa clase social había aceptado para Argentina: una exageración de los buenos estilos típica del parvenu . La asunción de Yrigoyen puso en la calle a decena de miles de personas de pañuelo al cuello, que no conocían la corbata. Introdujo en la Casa Rosada todo el sistema de punteros de comité, de hombres que debían su prestigio y su voto a los favores por una cama de hospital, por una patente de carro, etc. Esto era desconocido para la vieja oligarquía, que si bien poseía un sistema clientelar, éste no aparecía en el centro del poder político. Era solo visto en los suburbios o en los barrios. Este sistema clientelístico en el radicalismo ocupa el centro de la política argentina y esto es visto por la vieja oligarquía como algo horroroso.

Don Hipólito se convierte en el hombre más amado de la Argentina en toda su historia. De pronto, en una república con más habitantes, con mayor complejidad social, donde hay, en Buenos Aires, una incipiente clase obrera, aparece una incipiente clase media profesional que se expresa a través del caudillo Yrigoyen. Este hombre adquiere una popularidad extraordinaria, casi religiosa. Pero a su vez, los epítetos con los que lo llamó la oligarquía a Yrigoyen son innumerables. El sistema oligárquico odió a Yrigoyen con un odio casi comparable con el que esta misma clase le tuvo a Perón y a Evita.

Lo que, de alguna manera, Yrigoyen intentaba era democratizar la renta agraria. Lo que intentaba era repartir un poco en el pobrerío esa extraordinaria renta agraria. Salvando la distancia -toda comparación es odiosa- es necesario observar lo que está pasando con Venezuela, ver las dificultades políticas que ofrece la reconversión de una economía petrolera. La principal tarea de Chávez cuando llega al gobierno fue la democratización de la renta petrolera. Busca que los ingresos producidos por el petróleo -cuyo precio internacional, además, se encarga de aumentar- no queden en manos de una burguesía compradora parásita e inútil, sino convertirlo en hospitales, médicos, escuelas. Lo que se llaman, en Venezuela, las misiones. y mejorando así las condiciones de vida de los venezolanos.

Yrigoyen tiene un impedimento de origen político e ideológico en avanzar sobre un programa que vaya más allá de esa distribución social de la renta agraria. Él es un productor rural de la pampa húmeda y no ve la posibilidad de invertir la renta agraria en un proceso de industrialización. Repartamos la renta agraria, propone, y lo hace mediante el cargo, el cargo público. Comienza a generar cargos que comienzan a solucionar problemas concretos individuales de miles y miles de pobres del interior, de la ciudad de Buenos Aires y de la Provincia. Lo hace mediante la generación de cargos públicos o del subsidio directo. Este proceso de democratización es visto con el mismo horror que hoy ven los sojeros que les entreguemos subsidios a las madres solteras.

Reaparecen en el radicalismo algunas tradiciones del viejo país federal. En primer lugar, y de manera evidente, reaparece en Yrigoyen el americanismo. Yrigoyen se expresa contra la doctrina Monroe. Esta resistencia a los intentos imperialistas en el continente fue recibida con enorme satisfacción por los sectores más patrióticos y latinoamericanistas de muchos países. La política de Yrigoyen fue esencial para la neutralidad de Argentina en la Primera Guerra Mundial. Las embajadas europeas, Inglaterra y Francia, y la oligarquía tradicional argentina ejercieron una presión muy fuerte para que Yrigoyen tomara postura frente a la guerra. Pero fue algo que Yrigoyen no cedió.

Conjuntamente con la distribución de la renta agraria esboza ciertas concesiones. Pese a la dura represión de la Semana Trágica de 1919, Yrigoyen no deja de encontrar políticas de integración a los sectores obreros en la política nacional. Las contradicciones del mundo industrial eran una especie de misterio para un país que no conocía exactamente cómo eran las sociedades industriales. Con la aparición de la industria, la actividad social empezó a observarse de otra manera. Las medidas tomadas por el gobierno de Yrigoyen, las propuestas de los diputados yrigoyenistas aportaron muchas mejoras para la clase trabajadora, votando conjuntamente con socialistas, pese a no compartir algunas de las propuestas por ellos sostenidas.

El yrigoyenismo fue el primer movimiento popular, el primer movimiento de masas que tuvo la Argentina en el siglo XX. Sin el yrigoyenismo es imposible comprender la Reforma Universitaria que pudo desarrollarse gracias a la presencia en el poder de don Hipólito.


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