21 de marzo de 2013

Un Papa nacido en el fin del mundo
(Primera parte)
La eleción del cardenal argentino Jorge Bergoglio como cabeza universal de la Iglesia Católica es un hecho de una fenomenal trascendencia histórica, por diversas razones que aquí trataremos de explicar desde la perspectiva de la política, desde el poder y la geopolítica.
Hace ya varios años, en un artículo dedicado a analizar la elección del Papa alemán Joseph Ratzinger1 intentamos explicar el sentido geopolítico que esa elección tenía.
Los últimos años de Juan Pablo II
El nuevo Papa desplazaba por su procedencia la hegemonía histórica que la curia vaticana, formada en gran parte por cardenales de origen italiano, tenía en Roma. Los últimos años del Papa Juan Pablo II se habían caracterizado por la decadencia física del mismo y su relativa incapacidad de hacerse cargo del timón de la nave de Pedro. Después de haber sido testigo de la implosión del socialismo real2, en Europa Oriental, y la creación de un nuevo mapa geopolítico europeo y mundial, el Papa Woytila estuvo al borde de la renuncia. La burocracia vaticana, la curia, que lo rodeaba lo convenció de “continuar llevando la cruz” de su cargo, cuyo peso era notoriamente mayor a sus fuerzas. Los oscuros sectores curialescos, con sus más oscuras y misteriosas relaciones con el gran capital financiero y el poder plutocrático de Europa cubrieron durante siete u ocho años la creciente dificultad de un Papa, cuya salud se deterioraba día tras día. A su fallecimiento es esta Curia Romana el verdadero poder en el Vaticano. El nuevo Papa, fuera quien fuese, debería enfrentarse frontalmente con este poder si pretendía ser algo más que un títere del sistema curialesco.
Era la época del despliegue hegemónico en el mundo entero del capital financiero, de la utopía neoliberal, del más crudo individualismo y el hundimiento de los países periféricos en el infierno de la desindustrialización y el desempleo crónico. Mientras Rusia -la antigua URSS- se recomponía a las nuevas condiciones de la implosión del petrificado sistema soviético, EE.UU. asumía una tenebrosa ideología del Fin de la Historia en la que toda inesperada intervención humana se presentaba como imposible y hasta perniciosa.
América Latina se debilitaba año tras año, sus países caían uno tras otro bajo la férula del capital financiero, en lo económico, y de EE.UU., en lo político, mientras sólo Cuba, la última colonia española, sobrevivía con dignidad y pobreza su absoluta independencia nacional.
El viaje de Juan Pablo II a Cuba significó un enorme espaldarazo al esfuerzo realizado por los cubanos a lo largo de los años posteriores a la década del 90. Bajo la retórica algo antagónica de los discursos de Fidel y del Papa, uno y otro sabían el papel que cada uno estaba jugando. Si bien el Papa romano había visto con entusiasmo la caída del decadente imperio soviético, no estaba dispuesto a que la única superpotencia se quedase sin más con un continente cuya población era predominantemente católica. Fidel Castro, el antiguo alumno de los jesuitas, sabía, por su parte, que ese hombre que había contribuido con su presencia en el Vaticano a la desaparición de la protección que la URSS imponía sobre la isla caribeña era también un puente que quebraba el peligroso y pesado aislamiento al que Cuba era sometida por el imperialismo norteamericano a causa de su altiva actitud de independencia.
La lenta decadencia física de Juan Pablo II insufló de poder a la curia romana que, al fallecer el Papa, gobernaba incontroladamente las finanzas, las relaciones plutocráticas y el poder disciplinario en el interior de la Iglesia.
El papa alemán
Como hemos explicado largamente en el artículo antecitado, la elección de Joseph Ratzinger en la silla petrina tuvo diversas implicancias. Por un lado hizo evidente que la principal preocupación del conjunto de cardenales del mundo entero era la situación del catolicismo en Europa. La elección del bávaro Ratzinger implicaba, además, un cierre de cuentas con el mundo germano, después del terrible enfrentamiento de la Guerra de los Treinta Años, que llenó de sangre campesina los campos alemanes, que convirtió su suelo en tierra de saqueo de príncipes suecos y cuyos resultados atrasaron en cuatrocientos años la unificación de ese gran país. Es muy interesante, en este sentido, la versión que de esa guerra ha dado el historiador marxista Franz Mehring, en un libro de principios de fines del siglo XIX que he traducido del sueco3. Lejos de la condena adocenada propia del laicismo de cuño juanbejustista de nuestro país, Mehring repudia el primitivismo luterano, el provincialismo de sus parásitos coronados, a la vez que reivindica la acción científica e intelectual de la compañía de Jesús, así como el papel jugado por el bohemio Alberto von Wallenstein como un protounificador, fracasado, de la nación alemana.
La elección de Ratzinger expresaba, entonces, la unificación que Europa venía formalizando bajo la hegemonía del gran desarrollo económico, industrial y financiero de Alemania. Las preocupaciones predominantes de Ratzinger, entonces, tenían que ver con la secularización progresiva de los europeos, su alejamiento de toda idea religiosa, por un lado, y la permanente y creciente influencia de la inmigración del norte de África, que convertía al musulmanismo en la segunda religión del continente y, en muchos sentidos, la más viva y pujante.
La otra misión que su pontificado implicaba era la de restaurar el poder del Papa en la burocracia vaticana, disolver las infinitas camarillas de poder que anidaban en sus interminables pasillos y recámaras, que muchas veces hacian sentir al jefe de la Iglesia Católica como un huésped de sus palacios. La iglesia católica enfrentaba ya entonces una brutal decadencia moral y carismática. Los escándalos por pederastia y pedofilia sumaban sentencias por millones y millones de dólares, a punto tal que la iglesia norteamericana, una de los principales pilares económicos de El Vaticano, se había visto obligada a disminuir drásticamente sus aportes por causa de las multimillonarias sentencias de indemnización por los abusos sexuales sobre jóvenes y niños de curas, educadores religiosos e, incluso, obispos.
A su vez, el tejido de intereses económicos financieros entre la curia administradora y la plutocracia europea constituía un escándalo moral de igual o mayor gravedad. Si bien, el papado había tenido una relación permanente con la democracia cristiana italiana, sus negociados, desfalcos y relaciones maffiosas, la globalización había entrelazado la economía vaticana con el pútrido sistema del capitalismo financiero, sus lavados de dinero, su estrangulamiento sobre las economías periféricas y sus vaciamientos de bancos, empresas y falsas bancarrotas.
Joseph Ratzinger había sido un importante intelectual de la renovación de la Iglesia, en tiempos del Concilio Vaticano II, y sus posturas, junto con algunos otros alemanes como Hans Küng o Karl Rahner, Urs von Balthazar o el francés Henri de Lubac, habían abierto nuevos rumbos a la filosofía y la teología católicas. Si bien su pensamiento afirmaba, como no podía ser de otra forma4, la tradicional moral sexual de la Iglesia, la visión paulista del matrimonio heredada del derecho romano, su visión política no correspondía a la que imperaba e impera en la corte vaticana.
La principal preocupación de Benedicto XVI, como lo hizo evidente la polémica que generó su famosa homilía de Ratisbona, era intentar impulsar una nueva ola religiosa en la Europa del neoliberalismo y un freno a la religión más militante y exitosa de los últimos cincuenta años, el musulmanismo.
Joseph Ratizinger es un típico intelectual europeo, de sólida formación teológica y filosófica. Sus preferencias por la música mozartiana y su disgusto por expresiones musicales más contemporáneas, como el rock, dejaban ver una personalidad conservadora, más racional que emotiva, más cómoda en la construcción dialéctica que en la acción social.
Este hombre conservador, como digo, a la cabeza de una institución altamente conservadora como es la Iglesia Católica, terminó su pontificado con un gesto de gran osadía política. Conciente de que sus años de papado no habían logrado minar el poder plutocrático en el seno del Vaticano, ni el arrepentimiento y el propósito de enmienda en la conducta de curas, obispos y cardenales que terminaban amparando a convictos delincuentes sexuales, y que su propio organismo comenzaba a sentir las limitaciones de la edad, renunció. Es decir, tomó la decisión más parecida en la Iglesia a patear el tablero, a denunciar, ante quien supiera entender su mensaje, la gravedad institucional por la que se atravesaba, así como su impotencia para resolverla. Desde hacía 600 años no se había vivido una situación semejante. El primer Papa elegido en el siglo XXI terminaba su mandato exponiendo la seriedad de una situación que él mismo no estaba en condiciones de enfrentar y solucionar.
Por otra parte, el alemán Ratzinger estaba pagando tributo también a la crisis brutal que sacude a Europa y al papel desliscuecente que su país natal juega en esta crisis. Si se acepta, como dijimos, que su elección buscaba expresar la nueva realidad de la integración europea que sucedió a la caída de la URSS y Europa Oriental, la renuncia tiene también que ver con esa realidad.
La hegemonía política y económica del neoliberalismo como ideología oficial y excluyente de la Europa comunitaria terminó por imponer en los países europeos la misma crisis económica, social y cultural que impuso en los países latinoamericanos. El estallido de la falsa prosperidad basada en la financierización del capitalismo productivo terminó con la sociedad de bienestar y el ajuste, como ya había ocurrido en nuestros países suramericanos, se descargó sobre los asalariados, los hombres y mujeres de trabajo, los más débiles e indefensos. Y, al contrario de lo ocurrido en América Latina, los pueblos europeos no encuentran salida a sus reclamos, demandas y sufrimientos. La crisis parece no tener fondo y el espectáculo de disolución social, de protesta espontánea e inorgánica, que habíamos vivido los argentinos entre 1990 y 2001, se instaló en la milenaria Europa. La integración bajo la hegemonía del gran capital financiero hizo evidente sus limitaciones y su inviabilidad.
Por otra parte, Alemanaia se transformó lentamente en un país que, con el Banco Central Europeo, lleva adelante el mismo objetivo que la Werhmacht fracasó en llevar a cabo en 1939: la expansión imperialista alemana sobre la periferia -e incluso el centro- de los países de Europa. Angela Merkel, convertida en fuhrer de un tercer reich bancario, es quien fija las normas económicas, los ajustes, la desprotección de los ancianos y los niños, el recorte de salarios y jubilaciones, al conjunto de los ciudadanos europeo.
Un Papa alemán en el trono de Pedro y una canciller alemana en el trono de Europa se asemejaba demasiado a las condiciones de un Imperio Romano Germánico con chips, pantallas táctiles y drones, manejado por los banqueros ingleses y flamencos.
Un cónclave en la Roma del ajuste económico
El colegio de cardenales tuvo para su reunión un escenario muy distinto al que había tenido durante los últimos cincuenta años. Terminada la guerra y pasado el marasmo de una Italia ocupada por el ejército norteamericano -momento del cual las primeras películas del neorrealismo italiano han dado cuenta de manera magistral (Roma Ciudad Abierta, Ladrón de Bicicletas, Milagro en Milán, entre otras), la Italia del norte fue incorporándose al desarrollo europeo. De la mano de una democracia cristiana que expresaba a la gran burguesía fascista a la que el propio Vaticano había ayudado a reciclar bajo formas democráticas, Italia se incorporó al welfare state del capitalismo continental europeo. El Partido Comunista italiano, el más poderoso de Europa Occidental, expresaba a su vez a los sectores obreros y populares de la ciudad y el campo. Discutiendo y peleando -como lo hacen Alfredo y Olmo, el anciano terrateniente y el anciano dirigente sindical agrario en el final del filme Novecento de Bernardo Bertolucci5- la DC y el PCI pusieron a Italia y su tardía unificación nacional a la altura de Francia y Alemania, los países que condujeron, a partir del final de la guerra, el proceso de integración europea. Los duros tiempos del mercado negro, de los soldados americanos haciendo una larga cola para ver y tocar la virginidad de una muchacha italiana, que describe de manera lacerante Curzio Malaparte en su novela La Piel, fueron quedando en el olvido. Juan XXIII, Pablo VI, Juan Pablo I y Juan Pablo II fueron elegidos en una Roma cada vez más próspera y, por ende, más distante de los pueblos semicoloniales, que conforman la mayoría de la humanidad.
Lejos de ese optimismo de entonces, este Cónclave se reunió en una Italia envuelta en una crisis económica sin precedentes, casi sin gobierno, en un proceso de ajuste de salarios y pensiones, de achicamiento del gasto público y de ayuda financiera a los bancos, impuestos por los burócratas del Banco Europeo con el sólo objeto de salvar la dictadura de las finanzas y el inevitable deterioro del euro. Berlusconi, el viejo aliado de la Curia Vaticana, con escándalos y desplantes propios de un príncipe del Renacimiento, dueño monopólico de los medios de comunicación de masas, ha perdido apoyo electoral y plutocrático. Sus pujos de rebeldía, contra la participación italiana en las guerras coloniales de África y Medio Oriente, le hicieron perder la simpatía que su histriónica personalidad había despertado en el centro imperialista, EE.UU., el Reino Unido y Alemania. España, Francia y, como hemos visto, Italia, los principales países católicos de Europa, están atravesados por una crisis que se descarga sobre los sectores más vulnerables de una sociedad que no encuentra fórmulas ni liderazgos que le permitan enfrentarla y darle respuesta.
Los problemas que la Iglesia evidenciaba ya en los fines del reinado de Juan Pablo II, lejos de disiparse, se habían agravado. Grupos religiosos, estrechamente vinculados al poder financiero, como el Opus Dei, disponían de una influencia casi ilimitada en la política y los negocios vaticanos, mientras sus miembros aparecían como responsables en sus países de la catastrófica situación económica.
Por otra parte, los cardenales del otro gran continente católico, América Latina, venían de países que, pese a sus graves problemas de miseria, pobreza e injusticia social, había sorteado en términos relativamente favorables la crisis mundial. Si bien, en muchos de ellos, algunos obispos mantenían duros enfrentamientos con sus gobiernos, como en el caso de Venezuela, o relaciones tensas y un tanto ríspidas, como en el caso argentino, esos países habían mejorado notablemente sus índices económicos, mantenían una sólida estabilidad y mejoraban el nivel y la calidad de vida de sus pueblos.
En esas condiciones, el Cónclave debía elegir quien gobernaría la Iglesia: un continuador de la misma Curia Romana, que había determinado la renuncia de Benedicto, o un renovador que, de alguna manera, no podía venir sino de la periferia.
El cónclave logró darle un gobierno a la Iglesia, antes y más rápido que la clase política italiana a su propio país, que al escribir estas líneas carece aún de una administración.
Buenos Aires, 21 de marzo de 2012
Continúa
1 La elección de Joseph Ratzinger, 25 de abril de 2005, fernandezbaraibar.blogspot.comhttp://fernandezbaraibar.blogspot.com.ar/2013/02/laeleccion-de-joseph-ratzinger-el-25de.html
2 La idea de que el Papa Juan Pablo II fue responsable del estallido de la Unión Soviética y el Pacto de Varsovia constituye una notoria exageración. La URSS y el llamado bloque soviético estaba en plena e irrefrenable entropía, tanto econonomia como política. Los principales agentes de esta disolución del “socialismo real” anidaban en el seno mismo de la burocracia despótica y corrupta que gobernaba esos países.
3Gustavo Adolfo II de Suecia, http://issuu.com/juliofernandezbaraibar/docs/gustavo_adolfo_ii__por_franz_mehring
4Pretender de la Iglesia Católica -o cualquier otra- una moral sexual adaptada a la vida secularizada de la modernidad es, antes que otra cosa, una tontería, porque justamente ésa es, por así decir, la especialidad de la casa. Con el atenuante, frente a ciertos rigores del puritanismo protestante, de que el recurso de la confesión alivia las culpas que esos mandatos pueden imponer en el alma de los fieles. En rigor de verdad, sus prohibiciones y tabúes alcanzan solamente a aquellos que deciden voluntariamente formar parte de ella en su edad adulta y son comunes a la mayoría, sino a todas, las religiones más importantes e influyentes del mundo contemporáneo.
5 El final de esa película es una maravillosa síntesis de todo un período histórico. Los dos ancianos, después de un enfrentamiento prolongado y cruento, durante todo el siglo XX, caminan discutiendo, empujándose, riñendo como niños, mientras un topo (¿el de la historia?) se mete en su agujero.

14 de marzo de 2013






La elección de Jorge Bergoglio

Gozo y esperanza para el pueblo latinoamericano

La Corriente Causa Popular con el conjunto del pueblo profundo de la Argentina y América Latina celebra la elección del hijo de esta tierra, Jorge Bergoglio, como Papa de la Iglesia Católica. No nos mueve a este júbilo otra cosa que compartir con millones de compatriotas del continente esta extraordinaria oportunidad que se presenta para que los graves problemas económicos y sociales de nuestra Patria Grande tengan expresión en uno de los sitiales más prestigiosos e influyentes del mundo. Más allá de toda cuestión religiosa, confesional o corporativa, es auspicioso que el primer Papa de la Iglesia Católica no europeo sea un latinoamericano, hijo de esta ciudad de Buenos Aires, conocedor de sus barrios humildes y comprometido con los intereses y expectativas de los más pobres de nuestra patria.
La Iglesia Católica, que no por nada se llama Romana, fue gobernada durante siglos por hombres nacidos en el continente europeo. El mundo periférico de América Latina, Asia y Africa estaba alejado de la silla de Pedro.
La elección del primer Papa no europeo, del primer Papa latinoamericano, del primer Papa jesuita y del primer Papa en elegir el nombre de Il Poveretto, Francisco de Asís, el enemigo declarado de la corrupción y el lujo de la curia romana, abre una enorme expectativa. La Iglesia, acosada por la corrupción y sumergida en una crisis carismática se enfrenta a cambios culturales y sociales que gran parte de la grey católica siente necesarios.
Esta parte del mundo impregnada de religiosidad popular, en donde hay un pueblo de millones de almas “que aún reza a Jesucristo y aún habla en español” como dijera para siempre el nicaragüense Rubén Darío recibe a este papa semicolonial con alegría y esperanza.
Así lo han manifestado nuestra presidenta Cristina Fernández de Kirchner, el presidente de Ecuador Rafael Correa y Nicolás Maduro, quien no vaciló en atribuirle al inolvidable comandante Chávez, en sus andanzas en el paraíso, el nombramiento del Papa Francisco.
Saludamos al compatriota Jorge Bergoglio por este honrosísimo nombramiento que lo convierte en jefe espiritual de 1.300 millones de almas y en el gozo y la esperanza de 500 millones de latinoamericanos de vida humilde y sufrida que hoy celebran esta victoria del continente.
La memoria de grandes patriotas latinoamericanos que han sido religiosos, desde el cura Hidalgo hasta el padre Carlos Mujica, desde el obispo Arnulfo Romero hasta nuestro obispo Enrique Angelelli, se expresan, de una u otra manera, en esta elección.
Cuando Europa se desbarranca en una crisis espiritual, social, económica, cultural y política el continente de los tucanes y las orquídeas, el continente de Bolívar y San Martín ha proyectado a uno de sus hijos a un sitial de honor y tremenda responsabilidad.
La Corriente Causa Popular, en la mejor tradición de la Izquierda Nacional latinoamericana, le desea al compatriota Jorge Bergoglio éxito en su difícil y trascendente misión.
Buenos Aires, 14 de marzo de 2013

CORRIENTE CAUSA POPULAR – Mesa Nacional
Luis Gargiulo (Necochea), Eduardo González (Córdoba), Julio Fernández Baraibar (Cap. Fed.), Eduardo Fossati (Cap. Fed.), Laura Rubio (Cap. Fed.), Juan Osorio (GBA), Cacho Lezcano (GBA), Marta Gorsky (Gral. Roca), Ismael Daona (Tucumán), Alberto Silvestri (Esquina), Magdalena García Hernando (Cap. Fed.), Marcelo Faure (La Paz ER), Tuti Pereira (Santiago del Estero), Ricardo Franchini (Córdoba), Liliana Chourrout (GBA), Oscar Alvarado (Azul); Ricardo Vallejos (Cap. Fed.), Alfredo Cafferata (Mendoza), Juan Luis Gardes (Cipoletti), Omar Staltari (Bahía Blanca), Gabriel Claveríe (Cnel. Dorrego), Rodolfo Pioli (Jujuy) y Horacio Cesarini (GBA).
Centro Arturo Jauretche de Jujuy

10 de marzo de 2013


Fuerzas Armadas y política nacional

Este artículo es el resultado de una recopilación de notas que salieron publicadas en el periódico Pregón de la Izquierda Nacional, entre agosto y octubre de 1989. El FREJUPO había ganado las elecciones de ese año, y la existencia de importantes sectores nacionalistas en el seno del Ejército, iluminados, por un lado, por la experiencia malvinera y, por el otro, por la perversa resolución de Alfonsín a la cuestión de la violación de los derechos humanos por parte de los militares procesistas. Esos sectores, ideológicamente confusos y políticamente débiles, aparecían, entonces, como una posibilidad capaz de entroncarse con el triunfo popular de aquellas elecciones.
La razón para sacarlo nuevamente a la luz es que el clima de apasionada y vibrante discusión democrática que hoy vive nuestro país, el renacimiento de un nuevo y actualizado patriotismo continental y la pasión latinoamericana que ha despertado en nuestros pueblos la partida del comandante Hugo Chávez Frías, hacen posible reabrir esta discusión, quizás una de las más decisivas y estratégicas. Las reflexiones llegan, obviamente, hasta 1989. La discusión sobre el papel de las FF.AA. en un proceso nacionalista, -democrático, transformador y latinoamericanista no puede quedar congelada en aquella fecha. Se hace necesaria su reapertura.

La cuestión de las FF.AA. ha adquirido un sentido trascendental puesto que, por primera vez en varias décadas, existe en su seno una fractura de carácter estratégico, a la vez que un conjunto de fuerzas antinacionales, de izquierda a derecha, pretende mantener el esquema impuesto por los “libertadores” de 1955.
Según informaciones y reportajes aparecidos en diversos medios de prensa, el gobierno del doctor Menem estaría listo a declarar un indulto para los miembros de las Fuerzas Armadas afectados por procesos judiciales. Se ignora, al momento de escribir estas líneas, cuál será la extensión y las características del mismo, aún cuando diversas declaraciones permiten interpretar que existirían tres grupos distintos de potenciales destinatarios de la medida presidencial: los ex altos oficiales condenados por delitos contra los derechos humanos durante la dictadura militar; los oficiales procesados, sin sentencia, por el mismo tipo de delitos, y los oficiales con proceso por insubordinación y actos de indisciplina militar a raíz de los hechos de Semana Santa, Monte Caseros y Villa Martelli1.
No cabe duda que esta situación es parte de la nefasta herencia que el gobierno electo de Menem recibió de Raúl Alfonsín. Pero no es menos cierto que la cuestión militar ha arrastrado sus trágicas consecuencias a lo largo de los casi cuarenta años que van desde el cuartelazo gorila de 1955. Presentar el indulto como “la solución al tema militar”, abstrayéndolo de las condiciones que gestaron la actual situación, es tan erróneo como enfrentar abstractamente a los militares acusándolos de la totalidad de las desgracias que han aquejado, durante estos cuarenta años, a este desafortunado país.

El Ejército en 1945

La aparición del peronismo en las jornadas de Octubre del 45 es inseparable de la existencia de un poderoso y joven sector del Ejército enfrentando a la vieja conducción liberal creada por Agustín P. Justo. Este sector logra, en 1943, asumir la jefatura del arma y la dirección política del país. A partir de ese momento, el Ejército se involucra directa y activamente en la vida económica nacional. Las tendencias nacionalistas industrialistas, soterradas durante toda la Década Infame, desarrollan su programa: un capitalismo nacional autónomo, de fuerte intervencionismo y con una importante participación del sector público a través de grandes empresas estatales.
A partir del 17 de Octubre, establecida la alianza de ese Ejército nacional a través de Perón –su único e indiscutido caudillo- con las grandes masas populares y, especialmente, con los trabajadores, las FF.AA. se convierten en un factor determinante en la actividad política y económica del Estado. Ante la ausencia de una real burguesía y, por lo tanto, de un partido que la expresase, los cuadros del ejército involucrado en la industria pesada cumplían su papel, y la institución militar reemplazaba al inexistente partido burgués. El Ejército encuentra una finalidad, una función vinculada al país como totalidad, a la vez que desarrolla su propia y específica función. La defensa de la soberanía territorial y de la independencia nacional era, a la vez, el desarrollo de la industria pesada, la nacionalización de los transportes, los recursos naturales y las comunicaciones, el fortalecimiento del mercado interno y el bienestar popular.
Durante casi diez años reina una total unidad en las Fuerzas Armadas. El conjunto de la oficialidad, con excepciones marcadamente minoritarias, coincidía con los objetivos y fines del movimiento popular.

El Ejército gorila en 1955

En las vísperas del golpe de 1955, el ejército se vuelve a dividir. La fracción oligárquica que, durante los diez años de gobierno peronista, había intentado levantarse, sin éxito, contra la legalidad constitucional, logra su objetivo. Un sector católico reaccionario se une a la minoría liberal y triunfa el 16 de septiembre de ese año. Meses después, los elementos nacionalistas reaccionarios son desplazados, a través de un incruento golpe de estado. El Ejército nacional es desmantelado en sus cuadros, los oficiales liberales que Perón había pasado a retiro por su actividad conspirativa son reincorporados, así como los funcionarios policiales enjuiciados por torturas y asesinato2. Se establece, después de los fusilamientos del 9 de junio de 1956, una nueva unidad, aún cuando los objetivos de esa unidad son diametralmente opuestos a los de la década anterior.
La industrialización es reemplazada por el catecismo liberal; el papel del Estado, por el credo de la privatización; el mercado interno, por la apertura de la economía y el bienestar popular, por la destrucción de las organizaciones gremiales. Se inicia un período nefasto caracterizado por lo que un autor nacionalista, Aníbal D’Angelo Rodríguez, describió de esta manera: “la suprema desvergüenza de los generales abrepuertas que saltan de las palmas sanmartinianas a los despachos de las sociedades anónimas”.
Durante todo ese nuevo período la unidad estratégica de las Fuerzas Armadas es total. Los enfrentamientos, aunque serios, de la década del 60 –azules y colorados- estaban determinados por diferencias tácticas. El antiperonismo cerril del 55 discutía con un antiperonismo de nuevo cuño, auspiciado por los EE.UU., que intentaba integrar a un sector del peronismo, limándole todos los elementos revolucionarios y nacionalistas El proyecto era la integración de la Argentina al sistema generado en Washington y las Fuerzas Armadas argentinas se convertían en un destacamento de un Ejército Mundial en lucha contra el comunismo, cuyo Estado Mayor era la OTAN.
Este Ejército –sostiene el mismo autor- que ha terminado por ser, como estructura, una inmensa burocracia uniformada que le cuesta carísimo al país y no le devuelve nada, ni siquiera el ejemplo de un retiro de digna pobreza o el de la vergüenza que antes llevaba a un oficial deshonrado a pegarse un tiro en la cabeza. A este Ejército, tarde o temprano, el país le pedirá rendición de cuentas y le exigirá una transformación total y a fondo. Porque la Nación necesita un Ejército. Pero no éste”.

Illia y el antiperonismo “democrático”

El Ejército de la Revolución Libertadora se hizo nuevamente cargo del poder en 1966. El doctor Illia había significado la posibilidad de impedir el triunfo peronista por medios constitucionales. Desde el gobierno impidió, en complicidad con la dictadura militar brasileña, el regreso del general Perón a la Argentina y trató de dividir al justicialismo, aprovechando la lejanía obligada de su jefe y la necesidad del sindicalismo de generar una conducción propia que diese más autonomía a las negociaciones gremiales, desvinculándolas de la política de conjunto que imprimía Perón. Cuando las elecciones de Mendoza –en las que se presentaron dos fórmulas peronistas, una impulsada por el general y la otra por parte de la dirigencia sindical- demostraron la inviabilidad de esa política, el papel de Illia, como mejor discípulo de la Libertadora, pierde sentido. Será el momento para que los militares impidan lo que el sistema constitucional no puede impedir: un triunfo electoral del peronismo. Onganía, el nuevo jefe del Ejército oligárquico, derroca a Illia y, después de un coqueteo intrascendente con algunos jefes sindicales y empresarios nacionales, nombra a Krieger Vassena ministro de Economía. Se iniciaba la llamada “Revolución Argentina”. La oligarquía, que había hecho el golpe “democrático” del 16 de septiembre de 1955, asumía, a través del ejército “azul”, la dictadura.

El Cordobazo y el regreso de Perón

El destino posterior de esa “Revolución Argentina”, con sus “tiempos”, sus ridículas pretensiones ideológicas y sus obtusos ministros generales, terminó, como es sabido, en el Cordobazo y la ola de insurrecciones populares del interior. El Ejército encontró en Lanusse a su nuevo jefe para dar la batalla contra un Perón que era, a los ojos del conjunto del país, el único capaz de dar salida a la grave crisis política generada por la proscripción del pueblo argentino.
Aún en esas duras jornadas, las FF.AA., formadas bajo la advocación de la Marcha de la Libertad y el odio gorila al “tirano prófugo”, lograron mantener su unidad política y, por lo tanto, institucional. Las insurrecciones populares y masivas del 69 y el 70 no permitieron, pese a su estratégica importancia, generar una nueva y definitiva relación de fuerzas en la sociedad argentina y parte de esa energía revolucionaria terminó en el callejón sin salida del terrorismo y la lucha armada.
Esto ùltimo –es importante remarcarlo- había estado ausente de las grandes movilizaciones del ’69 y el ’70. La tan promocionada existencia de francotiradores en el Cordobazo constituyó un fenómeno puramente individual y sin ninguna conexión organizativa. Se trataba, como muchos testimonios de la época lo demuestran, de afiliados radicales cordobeses que guardaban sus armas de la época de la Revolución Libertadora. Es más, se puede afirmar que el terrorismo y la lucha armada, en sus dos grandes organizaciones –ERP y Montoneros- nace al margen de las grandes movilizaciones y como fenómeno de clase media estudiantil que reniega de la lucha de masas.
Y estos grupos, si bien durante cierto período son usados por Perón como amenaza potencial a la dictadura oligárquica, lograron un objetivo sustancialmente distinto al que pretendían realizar: unificar al conjunto de las FF.AA. frente a la agresión que sufría como cuerpo. La teoría de la lucha contrarrevolucionaria, aprendida en los manuales franceses escritos por los torturadores de patriotas argelinos, se convierte en la nueva doctrina militar.
Cuando el general Perón retorna en 1973 a la primera magistratura ya no controla, como en 1945, a su Ejército. Este es profundamente hostil a la política que Perón formula para el conjunto del país y, encima, ve en el viejo general al jefe de las bandas terroristas. La amenaza que estos grupos significaban para el propio gobierno de Perón y el notorio carácter antiperonista que su accionar encerraba, es ignorado por los estrategas de la guerra contrarrevolucionaria. Al morir el general Perón, los herederos de la Revolución Libertadora sólo esperan el momento para dar un nuevo zarpazo.
El 23 de marzo de 1976 las dos organizaciones armadas estaban políticamente derrotadas. Aislados del conjunto del movimiento de masas, del pueblo que libraba en el seno del movimiento nacional enconados combates para reencontrar el cauce revolucionario, tanto el ERP como Montoneros sólo producen ataques suicidas que concitan el repudio popular. Ya en vida del general Perón, el odio cipayo del ERP se dirige contra el propio caudillo nacional. Los ataques y provocaciones a las Fuerzas Armadas exasperan a éstas contra los grupos terroristas y contra el gobierno popular. El Primero de Mayo de 1974, Perón expulsa a los Montoneros de Plaza de Mayo y termina con la ficción del peronismo de este grupo. Los escarceos de la guerrilla rural en Tucumán no logran jamás pasar del nivel propagandístico. No hubo en ningún momento ocupación territorial ni victorias estratégicas. Ante la orden de la Presidencia de la Nación de terminar con el accionar de este grupo armado, el Ejército –cuya cúpula liberal quiere usar el peligro subversivo como subterfugio del golpe- encierra al foco tucumano, lo hostiliza y lo mantiene como muestra de la “amenaza” que se cierne sobre la Argentina. El ataque al cuartel de Viejobueno alcanzó el punto culminante de la desesperación suicida de los grupos armados. El pueblo repudiaba el salvaje tiroteo que se desarrollaba ante sus ojos y veía diariamente acercarse el fin de la soberanía popular. Los altos jefes militares preparaban, con José Alfredo Martínez de Hoz, la conspiración que puso fin al tercer gobierno justicialista. Y aquí comienza la última etapa de los libertadores.
Dice el publicista Daniel Zolezzi: “Cuando los altos mandos decidieron responder al terrorismo empleando sus mismo métodos, obligaron a sus subordinados a un modo casi clandestino de actuar que menoscababa su vocación de soldados. Así comenzaron los jóvenes a resentirse; resentimiento que exacerbó el aval que los generales dieron en nombre de toda la fuerza a la ruinosa política económica del Proceso, generadora de la devastadora deuda externa”. Un digno exponente de ese Ejército, el general retirado Ramón G. Díaz Bessone, pretende responder a estas certeras acusaciones y, al hacerlo, revela su empecinada ignorancia y su poca visión: “La economía tuvo una sustancial mejora respecto del gobierno de la señora de Perón, y si bien evidenció fallas y errores de los que fueron protagonistas, hombres que ocuparon funciones públicas después del Proceso, y aún hoy, errores de los que nadie estuvo ni está exento, no admite ninguna comparación con la ruinosa política económica del gobierno de Alfonsín que es reconocida como la peor de que se tenga memoria”.
La ira y el orgullo herido le impiden ver al jubilado general lo que sus propias palabras evidencian: la continuidad de Martínez de Hoz en la economía de Alfonsín. Pero es mucho pedir a nuestro autor que afirma: “Recordemos que la inmensa mayoría de la población recibió con alivio al Proceso. Leamos los diarios de aquel tiempo, cuyas noticias no eran producto de la censura”. Pero como más adelante agrega que “en 1955 la Plaza de Mayo desbordó de pueblo para recibir al general Lonardi”, nos excusamos de comentar su idea sobre la popularidad. Más rico es, sí, lo de la prensa sin censura en tiempos del capitán Carpintero. Los grandes diarios apoyaban sin reservas la restauración oligárquica y los grupos de tareas se encargaban de los que no lo hicieran. Pero más allá de entrar en inútil polémica con el ex ministro de Prospectiva (sic), su testimonio ilustra con claridad la profunda miseria intelectual de aquellos generales.

Los guerreros del Atlántico Sur

La Guerra de Malvinas vino a poner fin a esta oprobiosa dictadura de burócratas uniformados al servicio del imperialismo. Quiero citar nuevamente a Zolezzi, puesto que su filiación impide toda crítica maccartista: “Los mandos altos, que eran a la vez poder político, encararon la guerra como si la misma no hubiera nunca de salirse de pautas más o menos normadas: invasión, mediación y acuerdo… no atinaron a dar al conflicto el carácter integral que la guerra moderna posee”. Y termina con esto: “Ni durante lo más cruento de los combates se pensó en confiscar la propiedad enemiga, algo que los ingleses hicieron con todo esmero en las dos guerras mundiales”.
Otros militares, que por su grado no participaban del manejo del gobierno, veían las cosas desde una óptica totalmente diferente. No hacían el gobierno, hacían la guerra… y sufrían las consecuencias de las improvisaciones en que habían incurrido los mandos… Las cúpulas de las fuerzas malgastaban sus esfuerzos en derrocar a la junta que conducía la guerra en lugar de encaminarlos en el mejor resultado del conflicto”.
El Ejército de la Libertadora mostraba así su abyección. Y el conjunto de las Fuerzas Armadas comenzaba a vivir su primera y profunda división desde aquel 16 de septiembre de 1955, de dolorosa memoria en los trabajadores y el pueblo: los que enfrentaron con las armas al enemigo colonial y los que habían entregado el país a esos mismos enemigos.
En julio de 1982, un grupo de generales derrotistas, encabezados por el ínclito Cristino Nicolaides, da un golpe de Estado y depone al general Leopoldo Galtieri, por haber enfrentado a Inglaterra y EE.UU. en la batalla de Malvinas. Es este mismo general Nicolaides –autor de la célebre frase “el Ejército ha decidido dar un giro de 360 grados”- el que entroniza a Bignone en la presidencia de la República y organiza la salida que desembocó en el triunfo electoral del doctor Raúl Alfonsín.
El radicalismo había tenido estrechas relaciones con el gobierno del Proceso. El general Suárez Mason era uno de esos contactos. Dice Rosendo Fraga, en su libro Ejército: del Escarnio al Poder (1973-1976): “…el dirigente radical (Ricardo Balbín) aprovechó la oportunidad para pedir por el general de Brigada Guillermo C. Suárez Mason, ‘amigo’ del radicalismo, a quien en el Ministerio de Defensa se pensaba pasar a retiro por su pasado antiperonista. El pedido de Balbín, coincidente con gestiones realizadas ante Vicente Solano Lima y el propio círculo de Perón, tuvo éxito, y Suárez Mason fue designado segundo comandante de Institutos Militares”. Para que no queden dudas, en una nota, Rosendo Fraga agrega: “Durante el exilio en el Uruguay de 1951 y 1955 Suárez Mason estuvo afiliado a la UCR y en esa época estableció sólidas vinculaciones con la cúpula de dicho partido”. El propio Raúl Alfonsín, aún en vida de Balbín, visitaba a su antiguo compañero de estudios y entonces ministro de Interior, el general Albano Harguindeguy. Más de treinta dirigentes radicales de Córdoba se convirtieron en intendentes procesistas durante la gestión de Menéndez en aquella provincia.

De la caída de Puerto Argentino a las elecciones

Durante la Guerra de Malvinas, Alfonsín se había presentado como el dirigente político más proclive al derrotismo. Sacó del olvido en que se encontraba sepultado al anciano ex presidente proscriptivo, Arturo Illia, y lo presentó como la alternativa al gobierno que guerreaba con el colonialismo inglés. Cuando los oficiales encabezados por Nicolaides deciden dar el golpe probritánico, ven en Alfonsín al hombre que les puede sacar las castañas del fuego. También lo ven La Nación y los grandes diarios oligárquicos. El Ejército se encuentra completamente desprestigiado a los ojos del pueblo. Han sido siete años de feroz dictadura que han transformado la economía del país. Una guerra perdida y una merecida fama de torturadores y criminales que recae sobre la cúpula militar responsable del Proceso, hace imposible la continuidad del gobierno de Bignone. Las fuerzas económicas que se beneficiaron con la política de Martínez de Hoz y Alemann, la oligarquía y el imperialismo, no los necesitan más. Desde los mismos lugares que habían silenciado toda crítica a Videla y sus secuaces aparecen ahora las terribles denuncias. Alfonsín, como me lo dijera un alto funcionario de la cancillería argentina de entonces, era la última posibilidad de crear un gran partido de derecha. Tenía la ventaja, además, de atraer para esa política a los sectores progresistas de las clases medias.
Mientras tanto los oficiales que habían combatido en Malvinas volvían silenciosamente al continente. Sin terminar de comprender veían cómo se les daba la espalda, cómo el sistema político los ignoraba, mientras que los que no habían sabido conducir la guerra, se sumaban a la desmalvinización. “Después de la derrota, los combatientes fueron sustraídos de la vista del pueblo, como si fuesen el símbolo de una lucha que debía olvidarse. Comenzaba desde los altos mandos la ‘desmalvinización’ que, con énfasis continuaría el alfonsinismo”, dice Daniel Zolezzi en su artículo que ya hemos citado. Y agrega: “El enfrentamiento entre los ‘combatientes’ y los sectores ‘oficiales’ de las fuerzas ya se planteaba de viva voz; y los más jóvenes sumaron al reproche de la mala conducción de la guerra, el de toda la conducción política impresa al país durante los años del gobierno militar, que por razones de obediencia profesional se habían visto forzados a consentir”. Insistimos en la importancia de estas consideraciones, puesto que provienen de un hombre de extracción nacionalista y con amplios contactos con la oficialidad del Ejército. “El sector ‘oficial’ de las Fuerzas Armadas, el que conducía el proceso, prefirió abrir las compuertas electorales –aún a costa de ciertos riesgos- a correr el peligro de ser relevado por el sector ‘combatiente’ que impugnaba tanto su escasa aptitud para conducirlo en la guerra, como su tolerante cohabitación con la ‘patria financiera’ que había llevado al país a la bancarrota”.
Alfonsín, por su parte, denuncia “un pacto sindical-militar”, lo que le permite asustar a la clase media, mientras arregla con la cúpula antimalvinera.

El Juicio a las Juntas3

Desde estas mismas páginas hemos criticado duramente la manera en que Alfonsín intentó dar solución al problema de los delitos contra los derechos humanos cometidos por el Proceso. Se negó a iniciar un juicio político contra ese período y sus responsables. Esto hubiera permitido establecer la relación causal entre esa política de terror y el plan económico aplicado por Martínez de Hoz, relación que fue y es sistemáticamente ignorada por los países imperialistas que se horrorizaron por la crueldad sin límite de aquel régimen. Su compromiso con la cúpula heredera y albacea del proceso le impidió descabezar a esas FF.AA., reincorporar a los oficiales nacionalistas expulsados por los procesistas y redemocratizar a los cuadros de oficiales.
Por el contrario, Alfonsín se dedicó, después de condenar a las Juntas y a algunos militares como a Camps –entregado por sus camaradas como mal menor-, a roscar con los generales más procesistas, persiguiendo y relegando a los oficiales que habían combatido en Malvinas. Estos sentían que toda la furia alfonsiniana recaía sobre sus cabezas, mientras que aquellos generales a los que veían como culpables de la derrota eran desprocesados y sus responsabilidades diluidas en el espeso mar de los zargasos de la burocracia judicial. Cada uno de los distintos Jefes de Estado Mayor del ejército que se sucedía en el cargo ratificaba la voluntad alfonsinista de sostener a la cúpula liberal antiperonista heredada de la Libertadora y el Proceso. El juicio a la Junta que condujo la guerra de Malvinas fue el símbolo de la entrega y claudicación de la política de Alfonsín.
En este marco se produjeron las rebeliones de Semana Santa y, a consecuencia del notorio incumplimiento de la palabra empeñada por el presidente, las de Monte Caseros y Villa Martelli. Los oficiales rebeldes apelaron a una especie de desobediencia armada para detener la persecución de la que, sistemáticamente, eran objeto. Alfonsín, convencido del poder transformador de la realidad que tienen las palabras, intentaba negar lo que era evidente, la necesidad de negociar con un sector del ejército que no respondía a los generales que él nombraba.
Por otra parte, y para atraerse a los generales liberales dictó las leyes de Obediencia Debida y Punto Final. Con ellas daba respuesta al pedido de poner fin a los interminables procesos que se prolongaban ya por cinco años y se aseguraba la lealtad de la cúpula liberal.
Mientras tanto, todo el sistema imperialista, de izquierda y de derecha, ponía el centro de la cuestión alrededor de los oficiales expresados por Seineldín y Rico. Tanto Julio Fernández Torres, como Ríos Ereñú y Caridi4 habían participado en el golpe del 55. El primero de los nombrados siendo teniente, tomó la Escuela de Tropas Aerotransportadas en Córdoba, el 16 de septiembre de aquel año. Como oficiales superiores tuvieron decisiva participación en el golpe del 23 de marzo de 1976. Fueron, en el ejercicio de sus cargos, la correa de transmisión de la política norteamericana en el área. Pero el peligro para la prensa progresista eran los carapintadas.
Así se llega a la sangrienta farsa de la toma del cuartel de La Tablada. Con él, entre otras cosas, la política militar de Alfonsín perdió absolutamente toda credibilidad.

El Indulto: el remedio y la enfermedad

Era vox populi que el sector conocido como carapintada simpatizaba con el doctor Carlos Menem, durante la campaña electoral. Se suponía que la asunción del actual presidente impediría la cristalización de una cúpula militar pronorteamericana y antimalvinera e incorporaría de pleno derecho a los militares cuyas carreras habían sido postergadas por el sectarismo liberal de Alfonsín y Caridi. Muchos observadores llegaron, incluso, a interpretar que el indulto era un recurso necesario para terminar con los enfrentamientos internos del arma. Es cierto, que el indulto a los actos de indisciplina de Semana Santa, Villa Martelli y Monte Caseros, parecía el resultado necesario de un cambio de orientación en la suprema conducción del Ejército y el final de las persecuciones generadas por el antimilitarismo liberal de los radicales. Algunos imaginaron que el indulto a los militares procesados por violaciones a los derechos humanos, aún cuando a disgusto, era un paso necesario para finalizar con un tironeo que no daba solución al problema y sólo servía para irritar a los elementos más recalcitrantes. Pero la finalización que todo este proceso ha tenido con la consolidación aparente del general Cáceres y la destitución definitiva del coronel Seineldín, dejan la impresión de que por una vía reglamentaria se ha violado el espíritu asignado a aquel indulto presidencial. Todo esto parece haber servido para reivindicar el ejército del 23 de marzo de 1976 y dar de baja al del 2 de abril de 1982. El viejo profesionalismo de cuño liberal, base de operaciones de la política imperialista en nuestras FF.AA. parece haber ganado espacio en las últimas semanas.
La historia del Ejército no está cerrada. Si en el seno del movimiento nacional se libran poderosos combates para definir el rumbo del gobierno popular elegido el 14 de mayo, en el seno de las organizaciones castrenses, deben aún librarse fuertes luchas para dotar a la Patria de un Ejército dispuesto a defenderla.

1 Se refiere a las insubordinaciones de los oficiales medios, denominados “carapintadas” por el periodismo comercial, y que reclamaban contra la arbitraria política de Raúl Alfonsìn, que enjuiciaba oficiales de menor graduación, mientras ratificaba la conducción liberal de las FF.AA.
2 Ver Alejandro C. Tarruella, Juan Ingalinella, el crimen sin paz, en Historias Secretas del Peronismo, Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 2007, pág. 177.
3 Estas líneas reproducen el parágrafo con el mismo titulo del artículo Fuerzas Armadas y política nacional”, aparecido en Pregón de la Izquierda Nacional, octubre de 1989.
4 Los tres fueron Jefes del Estado Mayor del Ejército durante la presidencia de Alfonsín.

5 de marzo de 2013



La Corriente Causa Popular adhiere al dolor que la muerte del presidente Hugo Chávez ha inundado el corazón de su pueblo venezolano y el de los latinoamericanos

La aparición del Comandante Hugo Chávez en marzo de 1992 en un levantamiento militar contra el gobierno neoliberal y entreguista de Carlos Andrés Pérez tuvo en la Izquierda Nacional de la Argentina un inmediato reconocimiento. Vimos, en aquellos lejanos años y con la fragmentaria información que proporcionaba la prensa comercial, tan manipuladora entonces como ahora, que ese militar de boina roja y verbo encendido era la parte visible de un gigantesco iceberg que comenzaba a erigirse en nuestro continente. Oímos en sus declaraciones y discursos los ecos de las voces de Juan Domingo Perón, de Velazco Alvarado, de Francisco Caamaño, de Omar Torrijos, la palabra y la acción de los militares patriotas que a lo largo de nuestra historia se pusieron al frente de las grandes masas populares para dar una batalla definitiva por la soberanía nacional y la dignidad popular.

Invitamos a Hugo Chávez, después de la prisión a donde lo llevó su rebeldía, a visitar la Argentina y lo recibimos en nuestros locales para escuchar sus sueños. Pudimos conocerlo personalmente y sentir la fuerza de sus convicciones y su voluntad de diamante.

Lo demás es historia sabida. El pueblo venezolano lo convirtió en presidente y lo sostuvo con su voto y su presencia masiva en las calles en múltiples elecciones. Cuando la crápula oligárquica e imperialista pegó un zarpazo sobre su gobierno, fueron sus soldados -sus oficiales, sus suboficiales y su tropa- y el bravo pueblo del himno nacional venezolano quienes lo arrancaron de la cárcel y arrojaron a la cloaca de la historia a los criminales usurpadores.
En todos estos años Hugo Chávez marcó el rumbo de la unidad de la Patria Grande, de la justicia social continental. Fue bajo su voz y voluntad que toda América Latina comenzó a desandar el inglorioso sendero de la derrota y volvió a entonar marchas y canciones de triunfo y alegría.

La Argentina, los gobiernos populares de Néstor Kirchner y de Cristina Fernández de Kirchner y todo el pueblo argentino le debemos a este hijo de los llaneros de Páez habernos ayudado a salir del infierno en que, como había ocurrido en su país, la dictadura neoliberal imperialista y oligárquica nos había arrojado. Buena parte de nuestra actual fortaleza económica, de nuestra adquirida independencia financiera se la debemos a este nuevo prócer de la Independencia Suramericana que se acaba de morir. Si hubo avenidas que llevaron el nombre de un ministro inglés que dividió nuestra patria, Hugo Chávez debe ser el nombre de miles de calles, plazas y paseos de todo el país, para que la desmemoria no pueda borrar el decisivo aporte de este hombre y su pueblo a nuestro bienestar y progreso.

Hizo conocer continentalmente el libro clave de Jorge Abelardo Ramos, Historia de la Nación Latinoamericana, lo leyó y mostró en la reunión fundacional de la CELAC, porque entendía que su autor se hubiera sentido orgulloso de esa convocatoria, que surgía inevitable de nuestra propia historia. En la carta que se ha convertido en su testamento político, leído ante los presidentes de la CELAC, el 28 de enero pasado, Hugo Chávez, convirtió un texto de Ramos en un legado para quienes continuaran su ruta, que no es otra que la de San Martín, Bolívar, Artigas, O'Higgins y Sucre.

La muerte de Hugo Chávez es un rudo golpe en el corazón de los latinoamericanos. En las casas de esos hombres y mujeres humildes que en su país lo aman se ha instalado un llanto profundo y desconsolado. Pero queda su firmeza de acero, su optimismo revolucionario, su fortaleza transformadora y el amor gigantesco que le dispensa todo este pueblo de cuatrocientos millones de almas.

¡Viva nuestro compatriota suramericano, el Comandante Hugo Chávez!
¡El pueblo de América Latina completará su obra liberadora!
Buenos Aires, 5 de marzo de 2013


Patria Grande
Víctor Ramos

Mesa Nacional de la Corriente Causa Popular
Luis Gargiulo (Necochea), Eduardo González (Córdoba), Julio Fernández Baraibar (Cap. Fed.), Eduardo Fossati (Cap. Fed.), Laura Rubio (Cap. Fed.), Juan Osorio (GBA), Cacho Lezcano (GBA), Marta Gorsky (Gral. Roca), Ismael Daona (Tucumán), Alberto Silvestri (Esquina), Magdalena García Hernando (Cap. Fed.), Marcelo Faure (La Paz ER), Tuti Pereira (Santiago del Estero), Ricardo Franchini (Córdoba), Liliana Chourrout (GBA), Oscar Alvarado (Azul); Ricardo Vallejos (Cap. Fed.), Alfredo Cafferata (Mendoza), Juan Luis Gardes (Cipoletti), Omar Staltari (Bahía Blanca), Gabriel Claverí (Cnel. Dorrego), Rodolfo Pioli (Jujuy) y Horacio Cesarini (GBA).
Centro Arturo Jauretche de Jujuy
Entrevista del canal Russia Today, realizada ayer a las 19 horas de Buenos Aires