13 de marzo de 2014

A un año de la elección de Bergoglio



Vengo de la Universidad Católica Argentina. Me fui de ella, a las puteadas, hace 45 años. Hoy volví a invitación del amigo Humberto Podetti na un acto académico en homenaje al año del reinado del vecino de Flores, Jorge Bergoglio, quien figurará en la extensa Historia de los Papas con el nombre de Francisco y en la historia de nuestro país y del continente latinoamericano como el primer Papa nacido en las Indias. Hubo dos oradores, grandes oradores los dos, el padre Carlo Galli, teólogo y filósofo, y Guzmám Carriquiry, el laico de más alta jerarquía en El Vaticano, un uruguayo amigo personal de Methol Ferré y del propio Bergoglio. Repleta el aula magna del rectorado, unas mil personas. Muchos, muchos amigos peronistas, además de obispos gordos, monjitas, curas, y una buena cantidad de muchachos jóvenes.
Como saben quienes me conocen o siguen en estos espacios, desde el mismo momento de la elección papal, consideré que ello implicaba un extraordinario avance en el proceso de integración latinoamericana y un desplazamiento de la centralidad europea hacia nuestras tierras y nuestros pueblos. Siendo un declarado y reconocido agnóstico -palabra que, al parecer, resulta menos crispada que ateo- intenté comprender el hecho desde una perspectiva terrenal y política y me enfrenté con aspereza verbal a quienes no alcanzaban a comprender la vastedad geopolítica de este desplazamiento de un decisivo eje de poder mundial hacia la periferia latinoamericana. También intenté explicar el carácter, a mi modo de ver, revolucionario de la abdicación de Ratzinger. En una estructura monárquica y conservadora como la de la Iglesia, el gesto y la decisión del intelectual alemán jefe de la Iglesia, era una rotunda patada al tablero, poner en negro sobre blanco la gravedad de la situación institucional y un llamado a algo como una convocatoria a "los Estados Generales".
Bajé a mi computadora el documento Evangelii Gaudium, que desde el título me remitía a la convicción jauretchiana de que nada grande es posible sin alegría. La lectura de ese documento ratificó que mi intuición no me había fallado. El jefe universal de los católicos -que como se sabe son una bocha de gente- repudiaba de manera rotunda, explícita y bellamente escrita, la miseria de la civilización del capital financiero, desde una perspectiva religiosa, filosófica, humanista, fenomenológica, psicológica y ontologica. Bien. Vi pocos comentarios en la prensa argentina sobre este documento liminar del siglo XXI.
Bueno. Con todo esto en la cabeza le agradecí al compañero Humberto Podetti su invitación y le confirmé mi presencia. Quería ver qué se decía en la UCA, aquel antro liberal, proimperialista y oligárquico que gobernaba como un feudo el ínclito Monseñor Octavio Derisi, una de las personas más desagradables que conocí en mi vida, hace 45 años.
Llegué cuando el padre Carlos Galli, decano de la Facultad de Teología y a quien no conocí en aquellos juveniles y apasionados años, realizaba una extraordinaria exposición filosófica sobre el pensamiento y la acción de Francisco. Fue llegar, escuchar algunas de las primeras reflexiones del orador y que mi memoria retrocediera a aquellos luminosos años iniciales, a las discusiones postconciliares, a los apasionados debates que determinaron que, para siempre, me dedicara a estos menesteres y combates en los que, de modo delicioso, se me va ir, dentro de cincuenta años, la vida.
45 años después se volvían a mencionar las mismas cosas, los mismos tópicos, la misma voluntad de justicia, de unidad, de reivindicación de los "pueblos más pobres y de los más pobres de los pueblos".
Créanme que mi escepticismo era muy fuerte. Miraba alrededor e intentaba descubrir quiénes eran y qué pensaban todos esos desconocidos que, por católicos, habían concurrido a la convocatoria. Ahí fue cuando empece a descubrir a los amigos, algunos impensados, como Carlos Kunkel, otros menos impensados, como la cantidad de amigos cuyo paso por Guardia de Hierro los convirtió para siempre en guardianes en la jerga de sus amigos.
El Padre Galli cerró su disertación y le tocó el turno al invitado especial de la noche, el uruguayo Guzmán Carraquiry.
Su conferencia de unos cuarenta minutos fue extraordinaria. No dejó lugar a ninguna argucia hermenéutica. Dejó claro, en negro sobre blanco, el sentido y la profundidad del giro copernicano que Bergoglio intenta imponer sobre su organización y sobre sus feligreses. El uruguayo, con prosa clara y sin circunloquios, recorrió los párrafos más conmocionantes para el status quo mundial, latinoamericano y argentino de la extraordinaria Evangelii Gaudium, del sentido determinante que para y este Papa tiene la traslación del centro hacia Latinoamerícia, las posibilidades que esa traslación brinda a nuestro continente y a nuestra cultura y la coincidencia absoluta de este peculiar heredero del pescador Pedro con el proceso de integración, democratización, industrialización y poder popular que vive Suramérica.
Los aplausos, estruendosos, tabloneros, comenzaron cuando este uruguayo amigo de Methol mencionó una de las "circunstancias" orteguianas de Bergoglio: haber adherido a un movimiento nacional y popular latinoamericano. Confieso que fui uno de los que iniciaron el aplauso.
En resumen, ya que esto es un posteo y no un ensayo para la Gregoriana, este oriental, con pinta de hombre bueno pero más vivo que el hambre, expuso con una crudeza en la que cualquier hermenéutica es un subterfugio, que este hijo de Flores, como Manuel Ugarte, como Jorge Coscia -me acabo de recordar- está dispuesto a que los católicos, los caprichosos católicos de América Latina entiendan que está en contra de la fetichización del mercado, del enriquecimiento de los menos para el empobrecimiento de los más, del consumismo y el hedonismo impotente, y por la unidad continental, la reivindicación de los humildes y la democracia con participación popular que viven nuestros pueblos.
Los cendales de aquellas viejas discusiones de los 60-70 estaban siendo reintroducidos por un curita convertido en Papa.
Y como especial y personal gaudium la ratificación de que tenía razón. Lo de Ratzinger había sido un gesto extremo y convulsivo.
Amigos, no sé si la UCA va a cambiar. Tampoco sé si volveré a la UCA.
 Pero el Papado cambió.

Buenos Aires, 12 de marzo de 2014