26 de abril de 2014

Contra la ofensiva antinacional
Más Soberanía, 
más Justicia Social, 
más Patria Grande

Editorial de Caminopropio N° 13 que ya está en la calle

A la oposición no le salen bien las cosas. Pese al enorme dispositivo mediático con que cuenta, pese a la pertinaz acción psicológica de los noticieros monopólicos, pese a la complacencia con que la prensa antigubernamental tiene con sus aspirantes a candidatos, a la oposición política, y a los sectores del privilegio que ésta encarna, las cosas no le salen bien.
El primer chisporroteo ocurrió cuando la presidenta de la República, Cristina Fernández de Kirchner, nombró como jefe del Ejército a César Milani y el Senado, posteriormente, lo ascendió a teniente general. Una insidiosa y artera campaña de desprestigio se descargó sobre el alto oficial, perteneciente a una familia de larga militancia peronista en su ciudad natal, Cosquín. Tanto de algunos sectores progresistas cercanos al gobierno como de la totalidad de la oposición, con el diario La Nación a la cabeza intentaron ensuciar al nuevo jefe del Ejército con la represión en tiempos de la dictadura. La foja de servicios del militar había pasado varias veces por la instancia del Senado, en cada uno de sus ascensos, sin que hubiera surgido ningún antecedente que se opusiera a su promoción. Sin embargo, su ascenso a Teniente General revolvió las aguas de la oposición. Resonaba en los sensibles oídos de la oposición y de algunos sectores cercanos al oficialismo pero de marcada vocación antiperonista, como la del periodista Horacio Verbitsky, las palabras de Milani al hacerse cargo de su jefatura: “Pretendo aquí un Ejército maduro, (…) para acompañar el Proyecto Nacional que hoy se encuentra vivo e instalado en el corazón y la mente de los argentinos (…) Un Ejército Sanmartiniano, profundamente comprometido con los valores de la argentinidad, la democracia y los derechos humanos. (…)
Queremos un Ejército unido, integrado con las otras Fuerzas Armadas y comprometido con la sociedad a la que se debe, con el único fin de contribuir con el bien común de los argentinos y profundizar nuestra hermandad con los países de la Gran Patria Sudamericana. (…) Señora Presidenta, sepa de mi compromiso y el de todo el Ejército con
las políticas de transformación emprendidas por usted” (la negrita es nuestra).
Después de años de ausencia de una política militar de contenido nacional y popular, en el sentido que ella tuvo en tiempos de Perón o, para dar un ejemplo más actual, en la Venezuela del presidente Chávez, las palabras de un Jefe del Estado Mayor del Ejército retomaban el proyecto de unas fuerzas armadas al servicio de un proyecto nacional. Una foto de Hebe de Bonafini con el teniente general y un elogioso título en el periódico de las Madres contrarrestaron fuertemente la ofensiva y dejaron en evidencia la naturaleza política de los cuestionamientos a Milani. La voluntad de Cristina, expresada en su designación, y la correcta disciplina de los senadores del oficialismo dieron por terminada la cuestión.
La sorpresa Francisco
Fuimos pocos los que desde el apoyo al gobierno de Cristina y una tradición de Izquierda Nacional aplaudimos la elección de Jorge Bergoglio al trono del Vaticano. En aquella oportunidad dijimos: Más allá de toda cuestión religiosa, confesional o corporativa, es auspicioso que el primer Papa de la Iglesia Católica no europeo sea un latinoamericano, hijo de esta ciudad de Buenos Aires, conocedor de sus barrios humildes y comprometido con los intereses y expectativas de los más pobres de nuestra patria”. La oposición celebró hipócritamente el nombramiento, en el convencimiento que las rispideces parroquiales entre el Arzobispo Jorge Bergoglio y el presidente Néstor Kirchner se iban a trasladar mecánicamente a Roma. Ahora iba a ser el mismo Papa el que pusiera coto a la prepotencia, al autoritarismo y a la corrupción que La Nación, Clarín y la oposición por ellos conducida atribuyen al gobierno. Por su mente pasó aquella procesión de Corpus Christi el 10 junio de 1955, cuando liberales, masones y anticlericales se pusieron en fila detrás del arzobispo de Buenos Aires para iniciar el derrocamiento de Juan Domingo Perón.
Por su parte, muchos analistas y comentaristas periodísticos del kirchnerismo vieron en el nombramiento la misma imagen, la entronización de un poder mundial, de amplio reconocimiento en la opinión pública del país, que haría lo posible por desestabilizar y derrotar al gobierno de Cristina. Nuevamente los artículos de Horacio Verbitzky llevaban la impronta de una abierta y declarada confrontación con el nuevo Papa, mientras los sectores kirchneristas más vinculados al progresismo porteño extraían de su biblioteca los viejos argumentos anticlericales del siglo XIX.
Afortunadamente la visión presidencial fue más sagaz que la de sus opositores y muchos de sus seguidores. Cristina celebró de inmediato el nombramiento papal y viajó a la ceremonia de asunción, junto con otro gran presidente de la región, Rafael Correa de Ecuador.
Y a poco de andar, Francisco dejó en claro que nuestras expectativas -fundadas no tanto en el conocimiento personal de Bergoglio, sino en la contradicción principal del mundo contemporáneo entre el centro y la periferia- no estaban desencaminadas. Más allá de los innumerables gestos, casi cotidianos, con los que el Papa envía señales al mundo entero, a los hombres de estado y a los simples ciudadanos, más allá de iniciar la limpieza de los establos de Augias en que se ha convertido el Vaticano, Francisco dio a conocer un documento “Gaudium Evangelii” que posiblemente sea el texto social más importante que se ha producido en lo que va del siglo XXI.
Así como el mandamiento de «no matar» pone un límite claro para asegurar el valor de la vida humana, hoy tenemos que decir «no a una economía de la exclusión y la inequidad». Esa economía mata. (…) Hoy todo entra dentro del juego de la competitividad y de la ley del más fuerte, donde el poderoso se come al más débil. Como consecuencia de esta situación, grandes masas de la población se ven excluidas y marginadas: sin trabajo, sin horizontes, sin salida”.
Estas definiciones retoman una tradición del pensamiento católico, que tuvo su explicitación conceptual en el Concilio Vaticano II y que, durante los años 60 y 70 del siglo pasado, se convirtieron en nuestro continente en bandera de lucha de miles de hombres y mujeres. “Ya no se trata simplemente del fenómeno de la explotación y de la opresión, sino de algo nuevo: con la exclusión queda afectada en su misma raíz la pertenencia a la sociedad en la que se vive, pues ya no se está en ella abajo, en la periferia, o sin poder, sino que se está fuera. Los excluidos no son «explotados» sino desechos, «sobrantes»”, dice Francisco en su documento. Desde los tiempos del Papa Montini, Paulo VI, estas palabras no se habían escuchado y si, entonces, los documentos sociales de la Iglesia se referían al fenómeno de la explotación de la sociedad capitalista, en este se avanza en la caracterización de un modo de producción que ya no incorpora explotados sino que descarta humanidad sobrante. Eso, que es la característica de la rapacidad capitalista imperialista en el mundo periférico, ha sido la experiencia latinoamericana de Bergoglio y su contribución a un desplazamiento geopolítico, religioso y político de consecuencias incalculables.
Y aquí también las cosas le salieron patas para arriba a la oposición. Poco a poco empezó a reflejarse en la prensa, que hasta entonces lo sostenía como un nuevo restaurador de sus privilegios, la desilusión y, en muchos casos, hasta el sarcasmo que producía la sorpresa de Francisco. Llegaron a inventar operaciones de prensa involucrando a Bergoglio en mezquinas trenzas locales. Viajaron a Roma para sacarse fotos con el nuevo ícono y volvieron sin foto y amargados. La respuesta desde Roma fue llamar al vicegobernador de la provincia de Buenos Aires para que, después de entrevistar a Francisco, anunciase a la opinión pública, pero sobre todo a la Suprema Corte de Justicia, que el Papa apoyaba la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual. A todo esto, Cristina, ratificando el rumbo fijado el primer día, estrechaba y afianzaba su personal relación con el Papa, quien, aprovechando su visita a Francia, no dudó en invitarla a una comida en sus dependencias.
El mentiroso es el primer engañado
En pleno mes de enero, con un récord en el desplazamiento turístico de buena parte de la población, los sectores más concentrados de la economía y, en especial, su sector financiero lanzan una miserable embestida contra el valor del peso argentino en relación con el dólar. Con el convencimiento generado por una interpretación falaz del real estado de la economía de que la misma estaba al borde de una quiebra similar a la del 2001, la presión sobre el peso tenía como finalidad, no solo generar una masiva devaluación, sino voltear a un gobierno al que suponían desvalido, inerme y en pleno zafarrancho. Este error de apreciación deriva de la lectura de los diarios y comentaristas que, cotidianamente, abruman a la ciudadanía con sus apocalípticas previsiones y dan el efecto de sentido de que nunca el país estuvo en peor situación económica. Lo curioso y desconcertante de la situación es que esas falsas informaciones, análisis y presunciones están destinadas, se supone, a engañar al incauto público que cree religiosamente lo que se escribe o dice en la prensa. Pero que no tienen como objetivo engañar tontamente a los propios emisores de la falacia. Pero eso, y no otra cosa, es lo que ocurre. Como en los más agudos casos de mitomanía, el establishment económico de la Argentina es el primero en convencerse de sus propias mentiras y, a partir de ello, todas sus previsiones terminan en un estrepitoso fracaso. En este caso, una devaluación, que muchos economistas nacionales estimaban como necesaria desde hacía ya unos meses, puso el dólar en un nuevo nivel, muy por debajo de la falsa expectativa que habían generado los devaluacionistas del sistema financiero. El ajuste cambiario es un reconocimiento de que había un atraso producto de la apreciación que agravaba la escasez de divisas como el problema más urgente; lo veo como un ordenamiento de una economía que complicaba la gestión”, sostuvo el economista industrialista Aldo Ferrer, quitándole dramatismo a la cuestión. Simultáneamente, en un hecho absolutamente novedoso en materia de devaluaciones, el gobierno lanzó una serie de medidas, como los Precios Cuidados, destinadas a que el nuevo precio del dólar no recaiga en los bolsillos de los más pobres de la sociedad.
El paro de la Sociedad Rural, el PO, Barrionuevo y Moyano
El desesperado intento de “poner fin al ciclo Kirchner” en las próximas elecciones hizo que Héctor Magnetto convenciese al ahora blanqueado Hugo Moyano a llamar a un paro de 24 horas, en medio de las negociaciones de paritarias y con difusos objetivos y consignas. Para ello debió sumar al justamente desprestigiado Luis Barrionuevo y a la mitad más vociferante e irrepresentativa de la CTA. A eso se sumaron, como moscas en la miel, los grupos trotsquistas con fuerte base en las facultades de Filosofía y Ciencias Sociales, que en un verdadero prodigio retórico pretendieron enfrentar al “gobierno patronal”, aliándose a las “burocracias patronales” y a la Sociedad Rural Argentina, que también apoyó entusiasta el absurdo paro. Una nueva Unión Democrática volvía a cristalizar , fogoneada por las pantallas de TN que transmitían directamente de los diversos piquetes con que se trató de impedir que los trabajadores concurriesen a sus lugares de trabajo.
Acá también todo salió mal. Por un lado, la intemperancia de los piquetes de la estudiantil izquierda cipaya le quitó argumentos a los convocantes, respecto a la adhesión al paro. Rápidamente, los que hasta el día anterior habían abrazado al dirigente ferroviario teñido de amarillo, señor Pollo Sobrero, intentaban deslindarse de los piquetes, sabedores del impacto negativo que tiene en gran parte de la población esos actos de violencia. Por el otro, quien quedó como principal convocante del paro fue el gastronómico Luis Barrionuevo, pese a que el sector fue uno de los que menos sintió el cese de actividades. Los bares y restaurantes de Buenos Aires funcionaron casi como un día normal. Pero, además, la intemperancia verbal de Barrionuevo, que en todo momento manifestó su adhesión al Frente Renovador de Sergio Massa, y que prometió que este candidato “los iba a matar en las elecciones”, hizo sonar la alarma de los asesores de imagen del diputado bonaerense, en la conciencia de que la infinita capacidad de “piantar votos” del gastronómico los perjudicaría en las encuestas de opinión.
Y para terminar, fuera del ámbito metropolitano el paro casi no tuvo repercusión alguna. Lo que se buscaba era impactar sobre los medios para, una vez más, intentar debilitar al poder político del Estado en miras al 2015. Para colmo, pocos días después, un tiroteo en una asamblea de Camioneros en Rosario, con el resultado de un muerto y varios heridos de bala, aclaró un poco más las características internas del poderoso sindicato de Hugo Moyano.
Hacia el 2015 con las banderas desplegadas
Cristina Fernández de Kirchner, en particular, y el gobierno, en general, son los protagonistas mejor dotados para incidir decisivamente en los resultados de la próxima elección presidencial. En ella se pondrá en juego el destino final de estos diez años de retorno a las políticas fundacionales del peronismo: la soberanía popular, la independencia económica y la justicia social. Cuanto más fortalecido y con capacidad de juego logremos llegar a esos comicios, mayor será la posibilidad de mantener y aún profundizar los logros alcanzados en estos años.
Lejos de entrar en un compás de espera, de imprudente inactividad, el gobierno de Cristina Fernández de Kirchner está dando y va a dar claros indicios de su fortaleza y su capacidad de sortear y superar las arteras jugadas de una oposición que, aunque poderosa, no encuentra el rumbo político.
Más Soberanía, más Justicia Social, más Patria Grande son las tareas que nos permitirán afrontar el nuevo desafía con firmeza y vocación de futuro.
Buenos Aires, 15 de abril de 2014

17 de abril de 2014

Ernesto Laclau

La naturaleza histórica y social del peronismo 
fue el centro de todas sus reflexiones

Ernesto Laclau nació en 1935. Pertenecía, por lo tanto, a la misma generación de Elvis Presley, Woody Allen o el ex agente de la CIA, Philip Agee. Tenía la misma edad de la actriz de Bergman, Bibi Andersson, del carilindo Alain Delon, de nuestra Mónica Cahen D'Anvers, de la locutora Pinky o de la querida Isabel Sarli.
Entre los hombres y mujeres de la política y el pensamiento, Laclau nació el mismo año que el cineasta e investigador Octavio Getino, el ex intendente de Buenos Aires, el radical Julio César Saguier, el también radical Raúl Rabanal, el actual presidente del Uruguay, Pepe Mujica, el semiólogo Eliseo Verón, fallecido dos días después, el gran pensador y ensayista brasileño Luiz Alberto Moniz Bandeira o el boliviano René Zavaleta Mercado.
Esta fatigosa enunciación viene a cuento para ubicar cuál fue el mundo en el que nació y la época en la que creció e inició su actividad universitaria y política el amigo que acaba de fallecer.
Nacido antes del comienzo de la 2° Guerra Mundial, su adolescencia se desarrolló a lo largo de la década peronista, en la época de oro de las grandes orquestas de tango y su legendarios cantores. Su hogar era fervientemente radical y sólo cinco años habían pasado desde que don Hipólito había sido desalojado de la Casa Rosada por un golpe militar, dirigido por un torpe espadón, detrás del cual se movía el poder tradicional e histórico que Yrigoyen había desplazado en 1916. No fueron ajenas a la casa las conspiraciones radicales contra el régimen fraudulento y en varias oportunidades ha recordado Laclau la amistad, nacida de las coincidencias políticas, de su padre con Arturo Jauretche.
Como en tantos hogares radicales de clase media, muerto el caudillo en 1933 e integrada la UCR al sistema de la Década Infame, la guerra fue vivida como un enfrentamiento entre la “democracia” y el “despotismo” y la liberación de París fue festejada con sirenas por los grandes diarios porteños. El golpe militar de 1943 produjo rechazo en los sectores que se consideraban democráticos. Pese al carácter fraudulento de los gobiernos civiles, el lenguaje nacionalista de los militares golpistas y la influencia del catolicismo fascistoide en el aparato ideológico del golpe -ministerio de Educación, intervención en las Universidades- puso a lo que quedaba de la vieja Unión Cívica Radical en la vereda de enfrente del golpe. De ahí al antiperonismo, inmediatamente posterior, hubo un sólo paso. La definición del peronismo como la manifestación del fascismo que había sido derrotado en los campos de Francia prendió como una plaga en los círculos académicos, universitarios y bien pensantes. El padre de Ernesto Laclau fue uno de esos radicales que votaron por Tamborini y Mosca y militaron en la oposición durante los diez años de gobierno peronista. Alguna participación debe haber tenido en la Revolución Libertadora para que fuese nombrado, durante un breve tiempo, funcionario de la Secretaría de Agricultura y Ganadería.
Pero esa cuestión irresuelta acerca de la naturaleza del peronismo, su carácter histórico, político y social, definió -podría decirse- toda la actividad intelectual de adultez hasta el último hálito de su rica vida. Ninguna se sus profundas investigaciones sobre la hegemonía, el papel de la articulación y la superación de la estrecha visión clasista del marxismo puede entenderse sin referirla al gran movimiento nacional argentino y a las dificultades interpretativas que su aparición y desarrollo ofrecieron a la intelectualidad académica, local e internacional. Y aquí creo que aparece su vitalicia relación con la Izquierda Nacional y con su principal expresión teórica y política, que fue Jorge Abelardo Ramos.
Desde 1945, Jorge Abelardo Ramos había venido desplegando una intensa actividad política e intelectual que, en 1963 cristaliza con la creación del Partido Socialista de la Izquierda Nacional, de declarada filiación marxista en lo conceptual, leninista en lo político y organizativo y trotskista en su oposición a la burocracia soviética, considerando a León Trotsky el legítimo heredero de la tradición surgida de la Revolución de Octubre en Rusia. Esto, que hoy puede sonar altisonante, pretencioso y, hasta, rebuscado, formaba parte de la discusión normal de la izquierda en aquellos años. La Revolución Rusa seguía siendo la referencia obligada, el paradigma de la toma del poder por parte de la clase obrera y el pensamiento de Trotsky, un viento de aire fresco en medio del escolasticismo catequístico en que los partidos comunistas habían convertido el pensamiento marxista.
A ese grupo de militantes, dirigidos férreamente por Ramos, se incorporó Ernesto Laclau en 1965, junto con quien fuera su gran amigo y compañero, incluso cuando la política los alejó momentáneamente, el antropólogo y profesor universitario Blas Alberti. La diputada Adriana Puiggrós, el ex decano de la facultad de Filosofía y Letras, Gustavo Schuster y la socióloga Gloria Bonder, quienes junto a una veintena de estudiantes habían constituido el Frente de Acción Universitaria (FAU) y controlaban el Centro de Estudiantes, acompañaron a Laclau.
Dirá Laclau, muchos años después: “Yo trabajé con Ramos políticamente durante cinco años, y durante ese período trabajamos estrechamente y hubo una gran compenetración para mi formación intelectual. La relación con él fue y es todavía uno de los puntos de referencia. Le decía a Laura Ramos, hace algunos meses, que todavía tengo algunas conversaciones imaginarias con él, en las cuales trato de pensar cómo me hubiera respondido Ramos a cierto tipo de argumentos que yo estaba haciendo”.
Y el eje central a partir del cual Ernesto Laclau replanteó lo que el llama “el determinismo económico y el subjetivismo voluntarista” del marxismo fueron las contradicciones que el reconocimiento del “desarrollo desigual y combinado” generan en el esquema clasista del marxismo tradicional. Gramsci vino en su ayuda y así lo explicaba Laclau: “Si las banderas democráticas pueden ser adoptadas por sectores sociales muy distintos, lo que vamos a tener como agentes colectivos son individualidades colectivas, sectores populares más amplios y no vamos a tener clases en el sentido tradicional de la palabra. Lo que vamos a tener es lo que el llamaba 'voluntades colectivas'. (…) El pensamiento de Jorge Abelardo Ramos en la Argentina creo que fue la primera realización, el primer reconocimiento, dentro del pensamiento marxista, de que éstas identidades populares más amplias eran los verdaderos actores en la escena política”.
Ya fuera de la Argentina, Laclau desarrolló estos conceptos, latentes y potenciales, cruzándolos con las nuevas manifestaciones de las ciencias sociales y lingüísticas, hasta lograr acuñar una categoría que constituye su aporte esencial al pensamiento político latinoamericano, el populismo, sacando del charco del desprecio de los saberes dominantes un concepto al que le agregó para siempre un brillo transformador. Las grandes movilizaciones peronistas, la transformación de la Argentina agroexportadora, la fiesta del pleno empleo y los altos salarios fueron el fondo de una reflexión que convirtió al porteño Ernesto Laclau en una figura obligada en las ciencias sociales contemporáneas.
Queda un recuerdo, traído por el propio Ernesto, que ilumina la naturaleza y el epos de aquellas discusiones en la Argentina de los '60. La ruptura con Ramos fue traumática para ambos. No sólo cuestiones teóricas se dirimían en la misma. Cuestionar la autoridad de Abelardo era una amenaza de disolución y fragmentación dado el incipiente crecimiento de la organización. De modo que en algún momento Ramos y Laclau se encontraron para conversar en el Café Tortoni. Así lo recuerda Ernesto: “Y después de tres horas de conversación salimos de allí y fuimos caminando por una calle de Buenos Aires y nos despedimos en una esquina. Él cruzó y en un momento dado, desde la esquina que hacía diagonal con la que yo estaba me grita:
-Ernesto...
Me doy vuelta y le digo: -¿Qué..?
Teníamos que gritarnos un poco porque había mucho tráfico y era difícil escucharse. Desde allá Ramos me pregunta:
-¿Usted hubiera perdonado a los insurrectos de Kronstadt?
No sé si hoy se sabe lo que es Kronstadt. Pero de todos modos para alguien como él y como yo, que veníamos de la tradición leninista significaba algo muy preciso: era el levantamiento de izquierda de los marinos del puerto de Kronstadt, que los bolcheviques, con Lenin y Trotsky a la cabeza, reprimieron de una manera brutal. Siempre fue una espina clavada en el torso de la izquierda. Y entonces me gritó eso, y entonces yo le grité:
-Bueno, en ciertas circunstancias sí, pero tienen que ser circunstancias muy especiales.
Desde la esquina en diagonal, Ramos me gritó:
-Yo pienso lo mismo, y se fue.
Fue la última vez que hablamos.
El drama de la Revolución de Octubre todavía iluminaba la conciencia de aquellos hombres. Ernesto Laclau continuó hasta el siglo XXI esa tradición libertaria.
Escribió en uno de sus libros: “Retomar la iniciativa política, lo que, desde el punto de vista teórico, significa hacer la política nuevamente pensable. A esta tarea ha estado destinado todo mi esfuerzo intelectual. Es para mí un motivo profundo de optimismo que después de tantos años de frustración política nuestros pueblos latinoamericanos estén en proceso de afirmar con éxito su lucha emancipatoria”.
Y además, después de decir estas cosas, recitaba alguno de los poemas lunfardos de Carlos de la Púa o cantaba “Marionetas”, como solía hacer su amigo Blas Alberti.
Buenos Aires, 17 de abril de 2014