22 de abril de 2016

El peronismo, el albatros del poder


El albatros

Por distraerse, a veces, suelen los marineros
Dar caza a los albatros, grandes aves del mar,
Que siguen, indolentes compañeros de viaje,
Al navío surcando los amargos abismos.

Apenas los arrojan sobre las tablas húmedas,
Estos reyes celestes, torpes y avergonzados,
Dejan penosamente arrastrando las alas,
Sus grandes alas blancas semejantes a remos.

Este alado viajero, ¡qué inútil y qué débil!
Él, otrora tan bello, ¡qué feo y qué grotesco!
¡Éste quema su pico, sádico, con la pipa,
Aquél, mima cojeando al planeador inválido!

El Poeta es igual a este señor de las nubes,
Que habita la tormenta y ríe del ballestero.
Exiliado en la tierra, sufriendo el griterío,
Sus alas de gigante le impiden caminar.


Charles Baudelaire

Desde hace unos años intento utilizar las redes sociales (Facebook y Twitter) para, con ironía y humor o con acritud y sarcasmo, generar el debate político, movilizar la reflexión, entre los miles de hombres y mujeres de todo el país y de todas las edades que se vinculan por sus simpatías y convicciones políticas ligadas al peronismo, al Frente para la Victoria y a los gobiernos de Néstor y Cristina. Muchas veces estos comentarios han sido críticos a equivocaciones y errores que hemos cometido desde el gobierno, a aspectos de la comunicación de nuestras políticas, a excesos de ideologismo en las argumentaciones. Muchas veces he logrado generar un interesante diálogo reflexivo. Muchas otras la discusión se ha convertido en airadas respuestas, insultos o enfrentamientos que han terminado en el bloqueo de quienes, lejos de querer pensar, prefieren encerrarse en la tranquilidad del autoconvencimiento, que reemplaza la necesaria discusión intelectual y política por el bombardeo hormonal y la retórica combativa.
En estos días publiqué estos dos posteos que generaron una enorme discusión y muchas respuestas airadas pero vacías de política:
*¿Sabattella y Cerrutti son los ángeles anunciadores del regreso de Cristina? Parece una parodia marechaliana de un Apocalipsis suburbano.
* Bueno, me voy a dormir. Pero antes permitanme decirles que si la solución radica en Sabattella, Cherruti, Tristán Bauer y Teresa Parodi, será mejor que aprendamos inglés.
Voy a intentar aquí explicar con amplitud el sentido de estos dos envíos, partiendo del hecho de que, como comprenderán, tienen un alto contenido irónico y provocativo, sin que ello implique un juicio personal sobre los nombrados, sino estrictamente una opinión política. Para que quede definitivamente claro: un gobierno de Cristina Fernández de Kirchner en el que sólo los nombrados fuesen sus ministros sería infinitamente mejor que el gobierno de Macri. Contaría con mi más decidido apoyo y no vacilaría en defenderlo si ello fuese necesario. Pero también estoy convencido de que el sistema político y social que los mencionados dirigentes y ex funcionarios expresan es insuficiente para reconquistar la voluntad popular mayoritaria.
Mi razonamiento parte de dos ejes principales.
La contundencia de una derrota
Por un lado, el convencimiento de que la derrota sufrida en las elecciones del año pasado ha sido profunda, seria, inesperada y rotunda. Hemos perdido en la Capital Federal -donde ni siquiera intentamos orgánicamente debilitar al sector del PRO en el balotaje-. Perdimos de manera sorprendente, en la provincia de Buenos Aires -que es la base de maniobras decisiva del peronismo para cualquier política de poder-. En Córdoba, un 70% de votos en contra hizo evidente la debilidad orgánica de cualquier estructura vinculada al gobierno nacional del FpV. En Santa Fe, donde en doce años no pudimos reconstruir nuestra hegemonía y casi triunfa un cómico prostibulario sin programa ni partido. En Mendoza, la UCR ocupó el lugar de los viejos “gansos” conservadores e impuso un programa liberal y antiestatista. Y, por último, en Jujuy, triunfó un candidato radical conservador cuyo único programa era meter presa a Milagro Sala y poner fuera de la ley la organización Túpac Amaru.
La derrota en el balotaje coronó este panorama en el que el peronismo y el Frente para la Victoria tan sólo logró mantenerse en las provincias más pobres y menos pobladas del NOA y el NEA y en Santa Cruz, el territorio propio de los Kirchner. Después de doce años de un gobierno que sacó al país de su crisis política, económica e institucional más seria desde el año 1890, que inició un proceso de reindustrialización, con crecimiento del mercado interno, que desendeudó nuestras finanzas liberando al país del monitoreo del FMI, con una política social que permitió un drástico mejoramiento de las condiciones de vida de los sectores medios y bajos de la sociedad -postergados del consumo durante 35 años-, que puso en marcha la capacidad científica y tecnológica del país, alcanzando cotas extraordinarias con el ARSAT, el INVAP y la energía nuclear, en suma, de un gobierno exitoso en lo general y con dificultades coyunturales propias producidas por la caída internacional de las commodities, el electorado le dio la espalda a todo esto y llevó a la presidencia a un hombre y un partido que explicitamente se encargaron de anunciar que todo eso sería barrido de la escena pública. Si esto no es una derrota profunda y seria, ignoro qué quieren decir esas palabras.
Soy un convencido, en el mismo sentido que lo han publicado Gerardo Adrogué y Alejandro Grimson en Página 121, que el gobierno macrista no será efímero, tiene un programa claro y está dispuesto a implementarlo a macha martillo. Cuenta con el apoyo del sistema imperialista mundial y es punta de lanza para un proceso contrarrevolucionario en toda Suramérica, que barra por tiempo indeterminado los avances logrados en nuestro duro camino integrador. Pensar que se trata de un grupo de pitucos improvisados, una barra de amigos del colegio festejando San Patricio, es un peligrosísimo error, ya que nos impide reflexionar y elaborar políticas de largo alcance que permitan la recuperación del poder del estado, e ilusionarnos con la breve espera a la pueblada que se lo lleve en un helicóptero. Las revoluciones son excepcionales y, por ello, imprevisibles. El sano juicio político aconseja estar preparado para lo peor -cuatro años, ocho años-, pues de esa manera, cualquier salida inesperada nos encontrará pertrechados política, organizativa y programáticamente.
Las alas del albatros
El otro eje de mi razonamiento es el siguiente. El peronismo es un movimiento creado desde el poder. Respondió a una crisis completa de representatividad del sistema de partidos en 1940 y a la aparición de nuevos actores sociales -la clase obrera y el empresariado industrial nacional resultado de la sustitución espontánea de importaciones, a consecuencia de la guerra-. Se organizó desde arriba y su triunfo electoral en 1946 -inesperado para el establishment- fue un voto a favor de las políticas económicas y sociales que había comenzado a desarrollar la revolución militar de junio de 1943. El pueblo argentino votó por la continuidad de esas políticas y dio legitimidad a un poder cuyo origen era una breve sucesión de golpes de estado militares.
Desde el poder, Juan Domingo Perón organizó ese amplio frente nacional que comenzó a llamarse peronismo, y que se nutría de figuras políticas provenientes del conservadorismo -Héctor J. Cámpora, el general Filomeno Velazco, Héctor Sustaita Seever, para dar algunos ejemplos- del socialismo -Ángel Borlenghi, Juan Atilio Bramuglia, Juan Unamuno, entre otros-, del radicalismo -todo el forjismo encabezado por Arturo Jauretche, más el propio vicepresidente Hortensio Quijano-, nacionalistas católicos -el ejemplo arquetípico es el escritor y poeta Leopoldo Marechal, pero también el padre Hernán Benítez, los hermanos Muñoz Azpiri, Juan Cooke, José María Rosa, etc-, stalinistas y trostquistas. Todos ellos fueron disolviendo sus antiguas pertenencias partidarias para integrar lo que finalmente fue el Partido Peronista.
Lo característico y novedoso fue el amplio espectro político, económico e ideológico de ese nuevo movimiento. Desde el movimiento obrero hasta los nuevos empresarios, desde sectores vinculados a la producción agropecuaria hasta industriales navieros, desde notorios masones a católicos declarados y militantes, desde resonantes apellidos de las desvaídas aristocracias provinciales hasta los hijos de árabes y judíos que en las provincias, sobre todo del NOA, iban conformando una nueva burguesía, todos los sectores enfrentados al viejo país agroexportador, al privilegio oligárquico tuvieron su lugar en el Arca de Noé que fue siempre el peronismo.
Sólo desde el poder del Estado y con mano firme se podía mantener la unidad de ese frente nacional.
Baudelaire ha escrito un famoso poema llamado El Albatros, en el que compara al majestuoso pájaro con el poeta. Describe en sus versos la belleza aérea de “este señor de las nubes / que habita la tormenta y ríe del ballestero”. Los marineros, dice Baudelaire suelen voltearlo a la cubierta y allí se convierte en inútil y débil, en feo y grotesco. Y termina con estos versos que, a mi entender, metaforizan la situación del peronismo:
“Exiliado en la tierra, sufriendo el griterío, / Sus alas de gigante le impiden caminar”.
El peronismo, en el poder, se asemeja, en su autonomía, en su agilidad de movimientos, en su grandeza, a ese albatros que cruza los mares del Sur. Pero alejado del poder, “sus alas de gigante le impiden caminar”. Le cuesta recomponer sus amplias alas, trastabilla con la inmensidad de su cuerpo y se le hace difícil volver a remontar el vuelo.
Sobre estas características, que son la fortaleza y la debilidad del peronismo, se han montado las fuerzas de la reacción oligárquica e imperialista para intentar, desde hace más de 70 años, destruirlo, dividirlo y, si fuera posible, borrar toda memoria de su existencia. No sería la primera vez en nuestra historia. La Argentina agroexportadora intentó borrar todas las resistencias nacionales del siglo XIX a la dominación colonial, desde Rosas y la Vuelta de Obligado hasta el Chacho, Felipe Varela y López Jordán.
Esta operación tiene la forma de un movimiento de pinzas que, por derecha e izquierda, intenta y va a intentar neutralizar la extraordinaria capacidad movilizadora y transformadora que el peronismo ha tenido en la política argentina y con proyección continental.
Es evidente que la alianza liberal en el gobierno intenta generar las condiciones que permitan la aparición de un peronismo integrado al sistema agroexportador, financiero y de alineación automática con los EE.UU. Este peronismo -que de alguna manera fue configurado durante el menemismo, aún cuando las condiciones del país eran otras-, que constituíría una de las patas de un sistema bipartidista, se caracterizaría por un acuerdo cupular con las dirigencias más claudicantes y empresariales del movimiento obrero y los sectores políticos más conservadores de las provincias y una relativamente mayor preocupación por los sectores más humildes de la población. Frente a una coalición liberal-desarrollista, vinculada a los sectores agroexportadores, las empresas extranjeras y el capital financiero internacional, este peronismo intentaría paliar las brutales consecuencias de un proceso de desindustrialización, desocupación y retroceso general de las condiciones generadas desde el 2003 en adelante, sobre los sectores más vulnerables de nuestra sociedad. El punto central es no cuestionar el modo de inserción de la Argentina en la globalización dictada por el capital financiero, mantener el esquema agroexportador y aplastar a las “industrias artificiales”, estableciendo desde el estado una política social que atenúe los efectos predadores de esa concepción. Es lo que ocurrió, más o menos, durante los dos gobiernos de Carlos Menem.
Esta alternativa es la que se expresa atrás de los reclamos por el bipartidismo y la alternancia en el poder y tiene como ejemplo el régimen postpinochetista de Chile. Dos grandes alianzas, caracterizadas como de centro derecha y centro izquierda, alternan en el ejercicio de la presidencia sin que ninguna de ellas cuestione o intente modificar el modelo minero-exportador-financiero, cerrilmente privatizador, chileno.
Simultáneamente se ejerce, desde la izquierda, una presión para que los elementos más dinámicos y los aspectos programáticos más cuestionadores del status quo semicolonial se aislen del conjunto de los sectores nacionales y populares, tendiendo a generar un movimiento de gran pureza ideológica y principista, sin capacidad de acumular fuerza electoral. Si esa maniobra prosperara, la fuerza transformadora que fue capaz de modificar durante 12 años el rumbo de la Argentina, podría convertirse en una organización política testimonial, de una intensa capacidad militante y de movilización -que tendería a decaer-, pero conformada a elegir algunos diputados en los centros urbanos y carente de toda capacidad de asumir el poder del Estado.
El Partido Justicialista
El partido creado por Perón tuvo varias denominaciones a lo largo de su ya larga historia. Es sabido que las elecciones de 1946 son ganadas por el Partido Laborista, que es acompañado por la Unión Civica Radical Junta Renovadora y el Partido Independiente, ya mencionado. El partido Laborista había sido fundado por Luis Gay, fundador e histórico dirigente del gremio telefónico y adscripto a una corriente de sindicalismo revolucionario, enfrentado al sindicalismo de origen socialista y comunista. La idea original de Gay y del dirigente de la carne, Cipriano Reyes, era la constitución de un partido obrero, al modo de los laboristas británicos -del cual toma el nombre- o de la socialdemocracia escandinava -partidos estos que se estructuran alrededor de los sindicatos obreros-. El partido Laborista proporcionó más del 80 % de los votos a Perón, constituyéndose, por consiguiente en la principal fuerza política. La campaña electoral había estado teñida de enfrentamientos y desinteligencias entre los laboristas y los radicales de la Junta Renovadora, que pusieron en peligro la continuidad de la alianza. “En Buenos Aires, Tucumán, Catamarca, Jujuy, Santiago del Estero y San Luís las dos mayores formaciones políticas concurrieron por separado a la contienda electoral”2.
Inmediatamente asumido al poder, el 23 de mayo de 1946, el presidente da un discurso en el que declara disueltos todos los partidos que lo habían llevado a la presidencia y anuncia la creación del Partido Único de la Revolución Nacional. La naturaleza bonapartista de la conducción de Perón3 y el hecho incontrastable de que esos votos no le pertenecían a los partidos de la alianza fue el sustrato político de esa medida. Las autoridades del nuevo partido serán los diputados y senadores electos que se desempeñaban al momento como presidentes de los bloques parlamentarios. No es este el espacio para recapitular los intensos debates y fricciones que esta decisión trajo aparejada4 y que entre otras consecuencias fue una de las causas de la prisión, hasta 1955, de Cipriano Reyes.
La vida del Partido Único de la Revolución sería breve. En enero de 1947, Perón cambia el nombre del partido por el de Partido Peronista y reemplaza su Consejo Superior, terminando así -desde arriba-con los enfrentamientos entre los dirigentes de diversa procedencia que amenazaban ya la unidad del bloque parlamentario. El nuevo partido tendrá una mayor presencia de dirigentes que actúan directamente como representantes del presidente Perón, frente a aquellos dirigentes de procedencia radical o laborista. La incidencia de los dirigentes provenientes de los sindicatos quedará reducida, hecho al que se le suma la renuncia de Luis Gay al frente de la CGT.
Este Partido Peronista se irá convirtiendo, poco a poco, en un mecanismo puramente electoral, sin elecciones internas y donde las candidaturas eran resueltas a puertas cerradas en reunión con el presidente Perón.
Es de destacar que, en 1955, cuando el golpe militar derroca al presidente, el Partido Peronista se encontraba intervenido en todas sus secciones. El liderazgo de Perón se ejerció, durante todos esos años, de manera directa y sin intermediaciones, que es lo que caracteriza a los movimientos bonapartistas o, si se quiere usar una categoría más cercana en el tiempo, populistas.
El Partido Justicialista nace como consecuencia de la proscripción de Perón y del peronismo entre 1955 y 1973 y, primero del Decreto-Ley 4161 del 5 de marzo de 1956, que prohibía la mención del nombre de Perón y Eva y cualquiera de sus derivados, y, posteriormente, de la ley de partidos políticos dictada por el general Lanusse, que, como un eco de aquel decreto, prohibió los nombres que se derivaran de un nombre propio o que tuvieran el adjetivo “argentino” o “nacional”. Excepción fue el partido demócrata “cristiano”, a pesar de que Cristo fue, como lo dice la fe católica, el nombre propio del fundador de la doctrina.
Mientras vivió Perón, el Partido Justicialista no fue otra cosa que el instrumento electoral de lo que se llamaba el Movimiento Nacional Justicialista, estructura de hecho que comprendía al conjunto de fuerzas políticas, sindicales, empresarias, estudiantiles, femeninas y organizaciones libres del pueblo conducidas por Perón o por sus delegados personales. Los años 60 y 70 fueron testigos de los ríspidos debates alrededor de estos conceptos y de las relaciones entre el Movimiento y el Partido, entre los movimientistas y los partidocráticos, entre los “nacionales” y los “liberales” (las comillas para marcar la naturaleza relativa de esas caracterizaciones).
El golpe militar de 1976 pone fin a ese y a muchos otros debates y, al ser desalojado del poder, el peronismo se encuentra con una encrucijada que, de alguna manera, ha caracterizado su historia: la dificultad en construir una fuerza política desde el llano que le permitiese reconquistar el poder. En gran parte, esa dificultad fue una de las causas de la derrota electoral de 1983.
El hecho es que la única vez que este Partido Justicialista tuvo elecciones internas para definir las candidaturas presidenciales fue en 1988. En ellas, un candidato que carecía de la estructura partidaria, Carlos Menem, le ganó a quien era gobernador de la provincia de Buenos Aires y, en cierta manera, responsable de la adecuación del partido a las condiciones impuestas por el democratismo alfonsinista, que fue Antonio Cafiero. El triunfador de aquellas únicas internas fue el presidente peronista que más hizo, en democracia, por arrasar con la Argentina industrial, de alto niveles de empleo y bienestar popular y de política internacional soberana y que desembocó en la crisis del año 2001, después de haber hecho todo lo posible para que triunfase Fernando de la Rúa, y no el candidato del justicialismo, en 1999.
Este breve repaso histórico no tiene otra intención que desdramatizar o poner en su verdadero contexto la importancia y el verdadero papel que ha jugado el Partido Justicialista a lo largo de estas siete décadas. Ha sido un mecanismo de acceso a cargos electorales, a nivel nacional, provincial y comunal, pero no mucho más que eso. En muchos casos ha sido capaz de generar conducciones altamente representativas, tanto de su electorado como de las tareas históricas que el peronismo tiene en la política argentina. En muchos otros, ha generado conducciones que han sido capaces de expresar a su electorado, en el plano territorial, pero que no han representado o no representan los objetivos de Independencia Económica, Soberanía Política y Justicia Social que son la razón de ser del movimiento. Ha tenido enormes dificultades en resolver el juego interno y, desde el poder, se acudió al recurso de la ley de lemas, ante la imposibilidad de unificarse en una sola candidatura.
Llegó así a las elecciones del año 2003 donde se presentaron tres candidatos peronistas, por afuera de la sigla PJ, y donde salió elegido presidente el candidato segundo en cantidad de votos, ante la huída de Carlos Menem del balotaje.
El ciclo Kirchner
El triunfo electoral de Néstor Kirchner y el retorno del justicialismo a su programa histórico fue, como el nacimiento mismo del peronismo, una política llevada adelante desde el poder y de manera sorpresiva. El PJ no jugó un papel protagónico en todos esos años, aunque un grupo de gobernadores apoyó desde el principio y amplió la base de representación con que Néstor Kirchner llegó a la presidencia. Desde ese lugar, Néstor Kirchner, primero, y Cristina Fernández de Kirchner, después, ejercieron el mismo tipo de poder que caracterizara a los gobiernos de Juan Domingo Perón. Disciplinaron a los gobernadores reacios, se apoyaron en jefes comunales, pasando por encima del gobierno provincial, encolumnaron a los díscolos e impusieron sus puntos de vista. El Partido Justicialista se amoldó a estos criterios y fue, durante los doce años de gobierno, muy parecido a lo que había sido aquel Partido Peronista de los años cincuenta, un aparato electoral eficaz y necesario para consolidar el poder y el programa que desde el poder se llevaba adelante.
Obviamente, este mecanismo -insisto, propio y característico de los movimientos populistas5- tiene un precio político. El bonapartismo tiende a una conducción vertical, a prescindir de la discusión y a imponer decisiones de manera burocrática. Quien cumple el papel articulador del sistema de demandas tiende a encerrarse en el poder, a rodearse no siempre de los más capaces, sino los más obedientes, a desplazar, muchas veces arbitrariamente a quienes intentan exponer alguna crítica, a perseverar, a menudo, en el error, como manera de ejercer la autoridad6.
Durante estos doce años la vida interna del Partido Justicialista, sus autoridades y congresos no tuvieron ninguna existencia real. En la Capital Federal, la sede del PJ Nacional tuvo sus puertas cerradas a toda actividad interna y el padrón de afiliados es un misterio parecido al de los manuscritos del Mar Muerto. La situación se repitió en casi todas las provincias en las que cada uno de los gobernadores ha ejercido más o menos la misma mecánica.
No hay en estas líneas un intento moralizador. La ruptura con el modelo agroexportador financiero, la consolidación de la independencia nacional y la transferencia de ingresos de los sectores tradicionales al conjunto del pueblo, en la creación de un mercado interno que ponga en movimiento el sistema productivo industrial, no es una tarea que tenga un manual de instrucciones o un protocolo de buenas maneras. EE.UU. lo logró a través de una guerra civil, con unos 800.000 muertos, la consecuente desvastación económica y las secuelas de bandolerismo y anomia social que continuaron durante años. La abolición de la esclavitud, como puede verse en la notable película “Lincoln”, dirigida por Steve Spielberg, y en el libro de Doris Kearns Goodwin, en el que se basa el filme, fue lograda a través de enrevesadas y non sanctas maniobras de Abraham Lincoln que iban desde la compra de representantes, ofreciéndoles cargos de recaudadores de impuestos, hasta engaños, presiones y chantajes. La historia no ha sido nunca un baile de señoritas, ni, como afirmaba el poeta peruano Leoncio Bueno, “el oro viene amonedado”.
Después del 22 de noviembre
Como hemos dicho, el peronismo sufrió un duro golpe con la derrota electoral del año pasado y se hicieron evidentes las diferencias tácticas y estratégicas, en sordina mientras estuvo en el gobierno. Esas diferencias perdieron el freno inhibitorio que el ejercicio de la presidencia imponía y las críticas a la campaña electoral, al ejercicio del poder en los últimos años, al rigor interno y a la imposición de criterios por encima de la capacidad de convencimiento se hicieron públicas. La derrota, casi incomprensible, en la provincia de Buenos Aires, permanente bastión de la recuperación peronista, dejó abierta una interna originada ya en la campaña de las PASO y el enfrentamiento electoral entre Aníbal Fernández y Julián Domínguez. Es indudable, pasados unos meses, que una buena parte de la conducción territorial peronista en el conurbano bonaerense sintió al binomio Fernández-Sabattella como una imposición y el hecho es que ninguno de los dos miembros de la fórmula ganó en su propio territorio.
Se abrió entonces un período de intensa discusión interna, apremiada además por la necesidad de poner al Partido Justicialista en orden con la Ley de Partidos Políticos y la justicia electoral, que imponen plazos perentorios para la realización de su Congreso y la elección de sus autoridades en todo el país.
Las dos grandes corrientes internas son: por un lado, quienes consideran que Cristina Fernández de Kirchner es la conductora natural del espacio Frente para la Victoria -incluido en el mismo al peronismo-, más allá incluso de detentar o no la presidencia del partido justicialista. Por el otro, quienes consideran que la conducción kirchnerista-cristinista es un período superado por el resultado electoral y que el peronismo debe seguir un camino similar al trazado por el ex gobernador cordobés, José Manuel de la Sota. El gobernador salteño Juan Manuel Urtubey se ha convertido en la expresión más explícita de esta propuesta y sus coqueteos con el presidente de la República llegan al borde mismo del contubernio. La propuesta incorpora al ex intendente de Tigre y candidato presidencial por el Frente Renovador, Sergio Massa, alejado del justicialismo desde hace más de dos años, aunque con distintas simpatías e influencias en el mismo.
Entre esos dos puntos existe una variedad de matices, tendientes en todos los casos a mantener una imprescindible unidad, lo más amplia posible y que permita llegar al 2017 como una fuerza política en condiciones de enfrentar exitosamente al oficialismo liberal-conservador en las elecciones legislativas de medio mandato. En esa franja, rica en matices, juegan dirigentes de amplio apoyo popular y larga experiencia como Daniel Scioli -el hombre que remontó, a fuerza de voluntad, amplio apoyo popular y con gran resistencia interna, una elección presidencial enormemente complicada por la derrota bonaerense-, José Luis Gioja -el veterano ex gobernador de San Juan, muy cercano a la presidencia de la república durante los doce años de gobierno de Néstor y Cristina- y Jorge Capitanich -el ex gobernador del Chaco, ex jefe de gabinete durante el período de mayor enfrentamiento con el monopolio mediático y actual intendente victorioso de la ciudad de Resistencia. A este cuadro debe sumarse al movimiento sindical, dividido en varias centrales, con importantes matices en su seno, y que, a partir de febrero, es protagonista del primero y más importante enfrentamiento con el gobierno y los sectores patronales: la apertura de la discusión paritaria después de un brutal ajuste sobre los salarios y una descomunal suba de precios y tarifas.
Cuando nuestra Corriente Causa Popular decidió, semanas atrás, afiliarse al peronismo dijimos:
“Los viejos sectores y clases de terratenientes, agentes financieros, bancos y compañías extranjeras han vuelto al poder, arrasando con la independencia económica y la justicia social. Su principal objetivo político es convertir al Partido Justicialista, creado por Juan Domingo Perón como herramienta electoral del movimiento nacional y popular, en una alternativa “popular” de la partidocracia liberal. Estamos convencidos que la única forma de evitar esa domesticación, que alejaría por décadas la posibilidad de retomar el rumbo del 17 de octubre de 1945, es consolidar al peronismo como el gran movimiento nacional y no como la alternativa dentro del régimen de la dependencia. A ello nos comprometemos al afiliarnos. Fuera del peronismo y en oposición al movimiento obrero, se corre el peligro de quedar reducido a un partido sin posibilidades de poder, debilitando y hasta dividiendo el gran frente nacional en provecho de los intereses que se proclama combatir”.
Todo lo que ha ocurrido y ocurrirá en el seno del peronismo y del Frente para la Victoria en los próximos meses está directamente vinculado a este juego de pinzas, que, con distinta intencionalidad, se ejerce sobre la unidad del frente nacional.
Esta compleja situación se agudizó en la votación parlamentaria del proyecto reendeudador del Poder Ejecutivo y el pago a los fondos buitres, que fue seguido por la derogación de la Ley de Servicios Audiovisuales. La ruptura de la unidad del bloque del Frente para la Victoria fue, por cierto, un nuevo triunfo del oficialismo, pero que no hizo más que ratificar el triunfo logrado en el balotaje. Las presiones sobre las provincias, sumado a las deserciones políticas de un número importante de diputados y senadores, aumentaron la sensación de derrota y pusieron en boca de una parte del peronismo y el Frente para la Victoria la palabra “traición” para caracterizar esas decisiones.
Mientras todo esto ocurría, Cristina Fernández de Kirchner se mantenía en silencio en su terruño patagónico.
La conducción del PJ y el FpV
Los distintos sectores del justicialismo lograron conformar una conducción nacional cuyo objetivo es el cumplimiento de los mecanismos legales y estatutarios para mantener la personería política del partido. Los nombres que lo integran expresan esos distintos sectores y su importancia no es otra que establecer los mecanismos formales dentro de los cuales deberá darse la discusión política, es decir, establecer el rumbo del movimiento. Esta conducción refleja las distintas situaciones provinciales y municipales y es expresión de la presencia territorial del partido.
A su vez, los sectores no peronistas que forman el Frente para la Victoria, con la participación de agrupaciones como La Cámpora y Kolina, sin base territorial, pero con un importante activo militante, desafían estas gestiones y, sintiéndose expresión de los puntos de vista de Cristina Kirchner, han organizado importantes reuniones callejeras en las principales ciudades del país. El encuentro realizado en Avellaneda el 20 de marzo reunió a todos esos sectores, que expresan lo que la prensa comercial define como centro izquierda del espectro político y que está integrado por grupos tales como Nuevo Encuentro de Sabbatella, el Partido Comunista Congreso Extraordinario, Carta Abierta y los radicales alfonsinistas de Leopoldo Moreau. Pero además estuvieron dirigentes nacionales como Jorge Capitanich, Agustín Rossi, algunos intendentes de Buenos Aires, como Ferraresi, Mussi y Durañona. Todos estos distintos sectores se caracterizan, en general, por fuerte definiciones político-ideológicas, pero sin el poder y la representatividad de ninguna provincia.
La vuelta de Cristina
La impasse generada por la ruptura del bloque de diputados y senadores del FpV, los pases de factura por los resultados electorales y la campaña abiertamente oficialista de algunos dirigentes, como el gobernador de Salta Juan Manuel Urtubey, tuvo un cimbronazo con la aparición en Buenos Aires de la ex presidenta Cristina Fernández de Kirchner.
El empecinamiento resentido de un juez pistolero, montado sobre un caso absolutamente carente de toda consistencia jurídica, hizo que Cristina tuviera la obligación de presentarse ante el juzgado, so pena de ser llevada por la fuerza pública. La bravuconada del juez Bonadío, que hasta último momento trató de ser frenada por el gobierno e, incluso, por sectores del poder judicial, significó la realización de un multitudinario acto de masas, en las puertas mismas de los Tribunales, en la calle Comodoro Luis Py.
Vale la pena recordar a este marino nacido en Barcelona, que atravesó todo el tumultuoso siglo XIX rioplatense y participó en todos los principales entreveros civiles, desde el sitio de Montevideo, en manos de los colorados de Fructuoso Rivera, hasta la represión al levantamiento mitrista de 1874, pasando por la Guerra del Paraguay. Si bien es cierto que toda su vida fue leal a la provincia de Buenos Aires, su última actuación, significó, ni más ni menos, que la afirmación de la jurisdicción argentina sobre la actual provincia de Santa Cruz, disputada por el gobierno chileno. De manera que la ex presidenta, por esos caprichos de Clío, retomó la actividad política justo en la calle que recuerda al marino por el cual el Calafate es argentino y la propia Cristina pudo ser senadora de esa provincia.
El acto y el discurso de Cristina conmocionaron un escenario político que se debatía en medio de una agónica desorientación. Cristina, con su capacidad de convocatoria, ya fuera del poder del Estado, se convirtió en la dirigente política capaz de desequilibrar los tantos.
A partir de ahí, comenzó una intensa actividad política, que contrasta vivamente con el astuto silencio mantenido durante los primeros cuatro meses de gobierno de Macri, y se ha entrevistado con los diputados del FpV, visitó la isla Maciel y se reunió con el movimiento de curas villeros, convocó a los artistas y personalidades de la cultura, a los movimientos sociales y a los senadores del FpV. A lo largo de todos esos encuentros, Cristina ha intentado hacer explícito el sentido de su llamado a un Frente Ciudadano, entendido como un gran movimiento, que no solo convoca a los sectores políticos afines, sino que busca asumir la representación de todos los requerimientos y necesidades que la sociedad argentina ha comenzado a enfrentar a partir del modelo de ajuste neoliberal y financiero impuesto por el gobierno.
Pero sobre todo, ha puesto en tensión a la conducción justicialista al plantear de manera abierta y clara la cuestión de la unidad y del sentido y objetivo de la misma.
Al regresar a la Argentina, en 1973, Juan Domingo Perón expuso, con la síntesis epigramática que lo caracterizaba, el tema de la unidad: “Yo vine al país para unir y no para fomentar la desunión entre los argentinos. Yo vine al país para lanzar un proceso de liberación nacional y no para consolidar la dependencia”. O sea, la unidad de los argentinos -y por ende del movimiento nacional y popular- esta determinada y condicionada por el objetivo de la misma: “lanzar un proceso de liberación nacional y no para consolidar la dependencia”.
El escenario político no está, ni mucho menos, cerrado y cristalizado. La capacidad de movilización, el contacto directo con amplios sectores urbano y juveniles y la confianza que estos depositan en Cristina Fernández de Kirchner no se traducen mecánicamente en un resultado electoral. Las representaciones territoriales, el poder de los gobernadores y la capacidad electoral de la maquinaria justicialista por sí mismos, tampoco garantizan el necesario rumbo de independencia nacional, desarrollo industrial con justicia social, autonomía científico-tecnológica y consolidación y ampliación del mercado interno.
Entre la tensión de las dos alas de este albatros derribado se jugará la política en el futuro inmediato. Esas alas, en el albatros, necesitan un poderoso esternón; en el movimiento nacional y popular esa función la cumple una conducción representativa que sea capaz de liderar el conjunto para volver a surcar el espacio del poder.
A esa necesidad del conjunto, a esa imprescindible participación del peronismo, que sigue siendo la más alta representatividad política del pueblo argentino -de las grandes masas oprimidas de las ciudades y del campo, de la ciudad de Buenos Aires y de las provincias- se referían aquellos posteos que dieron origen a esta demasiado extensa disquisición, a la que, todos los días, se le han sumado nuevos elementos y datos.
Tenemos por delante una gigantesca tarea: derrotar al gobierno liberal conservador basado en las empresas imperialistas y sus gerentes. Solo la política, tan reivindicada todos estos años de reencuentro con nuestras mejores tradiciones, podrá mantener la unidad de criterio y de acción del movimiento nacional. En ese sentido, tengo para mí que es tan contraproducente entregar de antemano fuerzas al enemigo, como intentar manejar algo tan rico, complejo y representativo como el peronismo, con criterios dignos de un grupo de boyscouts o de desangelados calculadores.
Buenos Aires, 21 de abril de 2016

Notas:

1 Tres estrategias para la oposición, 29 de marzo de 2016, http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-295656-2016-03-29.html
2 María Moira Mackinnon, “Sobre los Orígenes del Partido Peronista. Notas Introductorias" en Representaciones Inconclusas, las Clases, los Actores y los Discursos de la Memoria, 1912-1946", Waldo Ansaldi, Alfredro Pucciarelli, José Villarruel, Editores. Editorial Biblos, Buenos Aires, (1995).
3 “El bonapartismo (expresión derivada del papel desempeñado por Napoleón I y su sobrino Luis Napoleón en la historia de Francia) es el poder personal que se ejerce 'por encima' de las clases en pugna, hace el papel de árbitro entre ellas”. Jorge Abelardo Ramos, Revolución y Contrarrevolución en la Argentina, tomo 5. La era del peronismo (1943-1976), Ediciones Continente, Buenos Aires, (2013).
4Ver María Moira Mackinnon, op.cit.
5 Laclau sostiene, justamente, que el populismo aparece cuando el sistema institucional es incapaz de dar respuesta a los múltiples, variados y contrapuestos reclamos y exigencias de la sociedad. De alguna manera, populismo e institucionalidad son antónimos. La institucionalización de las jefaturas populistas solo puede aparecer cuando el núcleo central de las apelaciones populares se ha resuelto. Desaparece entonces el populismo para dar paso a una nuevo momento institucional.
6 Pasó con Perón en los años previos a 1955. Muchos de los mejores elementos que lo rodeaban en 19 45 se habian alejado silenciosamente, para no debilitar, con sus críticas públicas el proceso transformador. Su amigo de confianza, el coronel Domingo Mercante, Arturo Jauretche y sus amigos forjistas, Scalabrini Ortiz, Ramón Carrillo, entre otros, sufrieron el ostracismo político impuesto desde la presidencia. Cuando el gobierno es derrocado por los gorilas del 55, ninguno de los nombrados ejercía ningún cargo público y sus nombres hacía tiempo que no aparecían en los medios que manejaba la Secretaría de Prensa e Difusión, dirigida por Raúl Apold.