26 de noviembre de 2016

No murió ni en Elba, ni en Santa Elena, murió en su largo lagarto verde


El titular que desearon leer once presidentes norteamericanos, a punto de intentar cientos de veces hacerlo realidad, ha aparecido hoy en los diarios, las pantallas y los celulares de todo el mundo:

Ha muerto Fidel Castro.

La mañana se torna un torrente incontrolable de pensamientos, recuerdos, reflexiones que se remontan a una noticia, leída de niño, a los once años, en un kiosco de Necochea. Era verano y, por primera vez, mis padres habían cambiado el cercano Mar del Plata por el más sureño balneario de la suave pendiente. En esa noticia supe que un grupo de jóvenes de barba negra y vestidos con traje militar de fajina -como se decía entonces- habían volteado a un “tirano”, gobernaban la isla de Cuba y fusilaban a cómplices del presidente derrocado. Fue ese día que escuché de boca de mi padre una sentencia terrible que me ha acompañado toda la vida: “Eso es lo que tendrían que haber hecho aquí con los peronistas”. La gran confusión había comenzado. Llevo casi sesenta años indagando el mecanismo político y psicológico de aquella tremenda expresión paterna.

Aquellos barbudos y, sobre todo, su jefe Fidel Castro han sido protagonistas permanentes de toda la historia transcurrida entre aquel verano -bajo el gobierno de Arturo Frondizi y los constantes planteamientos militares y un presidente norteamericano al que llamaban “Aic” (Ike)- y este fin de primavera, en un mundo mucho más desesperanzado, donde el futuro parece no ser más lo que solía ser.

Este latinoamericano hijo de gallegos y educado por los jesuítas, gozó en vida del tesón y la constancia que caracteriza a los cantábricos y la lucidez y cultura que han tenido los hermanos de Ignacio de Loyola. Y con esa firmeza y esa sabiduría, Fidel Castro se convirtió en uno de los más grandes patriotas de nuestro continente en el espacio de dos siglos. El siglo XX conoció su irreductible nacionalismo capaz de sobrevivir a puro coraje la desaparición de la gran potencia que le había permitido navegar las procelosas aguas de la Guerra Fría. Y el siglo XXI se nutrió de las enseñanzas, reflexiones y advertencias producto de su experiencia y su notable y permanente actualización sobre los grandes temas del género humano y, en especial, de nuestro continente.

Lo conocí personalmente en pleno inicio del “período especial”. Estaba en el Festival de Cine Latinoamericano de La Habana, en la recepción oficial en el Palacio de la Revolución. De pronto se abrió una de las puertas del enorme salón y apareció Fidel, acompañado por Gabriel García Márquez, Eduardo Galeano, Mario Benedetti, nuestra Susú Pecoraro y otras figuras que participaban del Festival.
Más alto que casi todos los concurrentes, erguido, con una suave sonrisa en medio de la barba entrecana, con su legendario uniforme de fajina verde oliva, pasó por el medio de una doble fila de invitados y le dio la mano a todos y cada uno. Estreché la suya con mis dos manos. Atiné a decirle “Comandante, los argentinos estamos con Ud.”. Eran los tiempos de las “relaciones carnales”. Me miró con fijeza a los ojos. Sentí, lo recuerdo con precisión emocional, que estrechaba la mano de Alejandro Magno, de Jorge Washington, de Napoleón Bonaparte y de José de San Martín, que la historia de siglos de lucha por la liberación de los pueblos y sus hombres y mujeres, por la dignidad de la raza humana se condensaba en esos ojos que me miraban.

Después, durante la recepción pude ser testigo de una discusión, a viva voz aunque en un tono mutuamente respetuoso, entre Fidel y un desconocido periodista californiano. Fidel se había encontrado con él en la fiesta y no tuvo mejor ocurrencia que ponerse a discutir sobre una caracterización que el rubio norteamericano había hecho sobre el liberalismo. El tipo a quien el imperialismo norteamericano había intentado matar año tras año discutía con un ignoto periodista con la misma pasión y vehemencia con que lo hacía en sus años mozos en la Facultad de Derecho de la Universidad de La Habana. El retórico jesuita y el empecinado gallego se habían confabulado esa noche para rebatir la opinión de alguien con quien no estaba de acuerdo.

Fidel Castro fue un gigante. Nuestra generación y las siguientes tuvieron la gloria de ver su titáncia lucha y sus posteriores reflexiones sobre el mundo que nos dejaba.

Cuando las grandes utopías y sueños de las multitudes del siglo XX eran sepultadas por la sobrevivencia de un régimen social que amenaza la existencia del ser humano sobre la tierra, Fidel pudo entregar la posta de su poder soberano, mantener el rumbo calmo y sereno de la más equitativa sociedad de América, la más justa, libre y soberana, gozar de la compañía de hombres y mujeres que, en representación de sus pueblos, tomaban la antorcha de la unidad latinoamericana y, por fin, disfrutar de las mieles de ver que el gigante contra el cual había mantenido un desigual combate le proponía sentarse a conversar.

Posiblemente, también haya tenido el gusto de reencontrarse con el espíritu de aquellos maestros jesuítas de los años adolescentes que, en la figura del Papa de Roma, lo visitaron en su retiro.

No hubo Santa Elena ni Elba para este unificador de pueblos. Lo conocimos triunfante y lo despedimos con los laureles de la victoria rodeando su majestuosa cabeza.

Ha comenzado la era de un mundo sin Fidel, pero en el que sus hijos, nietos y bisnietos ya están continuando su obra prodigiosa.


Buenos Aires, 26 de noviembre de 2016

22 de noviembre de 2016

En el nuevo programa de La Hora de los Pueblos, los periodistas Gabriel Fernández, junto con Julio Fernández Baraibar y Sebastián Salgado, analizan lo que dejaron las elecciones en Estados Unidos. Cuarta Parte

En el nuevo programa de La Hora de los Pueblos, los periodistas Gabriel Fernández, junto con Julio Fernández Baraibar y Sebastián Salgado, analizan lo que dejaron las elecciones en Estados Unidos. Tercera Parte

En el nuevo programa de La Hora de los Pueblos, los periodistas Gabriel Fernández, junto con Julio Fernández Baraibar y Sebastián Salgado, analizan lo que dejaron las elecciones en Estados Unidos. Segunda Parte

En el nuevo programa de La Hora de los Pueblos, los periodistas Gabriel Fernández, junto con Julio Fernández Baraibar y Sebastián Salgado, analizan lo que dejaron las elecciones en Estados Unidos. Primera Parte

El futuro de la multilateralidad y el fin del capitalismo financiero. Julio Fernández Baraibar y Gabriel Fernández / La Señal Medios y el Instituto Independencia. Realizada el martes 15 de noviembre de 2016.

21 de noviembre de 2016

Trump o el discreto encanto de una criminal serial

Los norteamericanos, antes que especialistas y estadistas, son entusiastas y deportistas, y sería contrario a la tradición norteamericana realizar un cambio fundamental sin que se tome partido y se rompan cabezas.
León Trotsky, carta al pueblo norteamericano. 23 de marzo de 1936.

En los Estados Unidos hay una gran cantidad de médicos, ingenieros, abogados, dentistas, etc., unos prósperos y otros camino de la prosperidad, que comparten sus horas de ocio entre los conciertos de celebridades europeas y los asuntos del partido socialista.
León Trotsky, Mi Vida, 1928.


Las elecciones presidenciales de los EE.UU. me trajeron a la memoria estas citas del revolucionario ruso enterrado en suelo latinoamericano. Recordé otra, que no pude hallar en mi biblioteca, por lo que la cito de memoria. En algún lado, Trotsky sostenía que los norteamericanos eran el único pueblo sobre la tierra que había llegado al capitalismo sin haber pasado por el Renacimiento. Quería decir con ello que la burguesía norteamericana no se había forjado a lo largo de un prolongado período que implicó no solo el desarrollo de las fuerzas productivas sino una secular acumulación cultural, una sedimentación de tradiciones humanísticas que se remontaban a los griegos, como lo hizo la burguesía europea, sino que pasó, en el curso de menos de un siglo, de una economía agraria a la más desarrollada economía industrial y a un prodigioso desarrollo técnico.
Carecía esa burguesía del refinamiento espiritual de la burguesía inglesa, esos gentilhombres rurales convertidos en fabricantes industriales que describe John Galsworthy en La Saga de los Forsyte. Ni tampoco poseía el “spleen” de esos “flaneurs” a los que Baudelaire representa y Walter Benjamin describe y analiza. La burguesía norteamericana, la que protagoniza los libros de Henry James, es simple, vital, arrolladora, mal educada, guaranga, para usar un adjetivo caro a Don Arturo Jauretche.
O para decirlo con palabras de Rubén Darío: “Sois ricos. / Juntáis al culto de Hércules el culto de Mammón; / y alumbrando el camino de la fácil conquista, /la Libertad levanta su antorcha en Nueva York”.
El New Deal
En 1930, esa burguesía que no había cesado de crecer y enriquecerse desde el final de la Guerra de Secesión y que ya había abandonado ese proteccionismo que Ulyses Grant soñaba para doscientos años1, se encuentra con que las nociones del libre mercado y la espontánea armonía que genera la ley de la oferta y la demanda han dejado de servir. El desplome del mercado bursátil, producto de una crisis cíclica del capitalismo, ha dejado a EE.UU frente a millones de desocupados, familias empobrecidas lanzadas a la calle por los bancos que ejecutan, por incumplimiento, las hipotecas sobre sus viviendas, compañías electricas privadas más preocupadas por la cotización de sus acciones en Wall Street que por aumentar la producción y distribución del fluído.
Una grieta gigantesca dividió a la sociedad norteamericana, pero sobre todo a su clase dominante. La preeminencia del sector financiero había destruído las fuerzas vitales del país y amenazaba al sector industrial. Una crisis de hegemonía entre las clases dominantes dió como resultado la presidencia de Franklin Delano Roosevelt y la aparición de las políticas económicas que se conocieron como el “New Deal”, traducido generalmente como el Nuevo Trato, pero que debería ser el Nuevo Acuerdo, ya que expresa la propuesta que Roosevelt le hace a los norteamericanos en su discurso de asunción.
Por primera vez, desde los tiempos del viejo Grant, el Estado se convertía en motor esencial del desarrollo económico y no solo eso, sino también, con la creación de la Autoridad del Valle de Tennessee, en el principal productor de energía eléctrica. Con esta empresa estatal federal, EE.UU. proporcionaron energía electrica a los estados, municipios y cooperativas locales. Permitió la navegación de las ríadas del río Tennesse y el aprovechamiento de sus saltos de agua, a la vez que acercó energía electrica con precios subsidiados a las áreas rurales y a las empresas creadas a partir del impulso estatal. El estado se convirtió en el principal productor de energía, pero también en el más importante distribuidor de la misma, sirviendo, además, como regulador de su precio.
También se puso en marcha un gigantesco plan de infraestructura, así como beneficios directos a las empresas y un proceso de sindicalización de los trabajadores que, a partir de ese momento, se sentirían tradicionalmente representados por el Partido Demócrata.
Este histórico partido norteamericano pasó de representar a los sectores esclavistas durante la Guerra de Secesión, a una expresión de los sectores medios norteamericanos, a principios del siglo XX, defensor del aislacionismo en su política internacional. Lo paradójico fue que, justamente, el apóstol del aislacionismo en las cuestiones europeas, Woodrow Wilson, fue quien hizo entrar a EE.UU. en la primera guerra mundial. Wilson también fue el creador y protagonista del llamado “imperialismo moral”, una visión que autorizaba a los EE.UU. a intervenir, sobre todo en América Latina, en todos aquellos países donde no se respetasen, según su opinión, los intereses norteamericanos. Wilson fue tambien quien inició las obras del canal de Panamá.
Será recién con Franklin D. Roosevelt que el Partido Demócrata comenzará a ser visto como el más cercano a los intereses del pueblo norteamericano y, sobre todo, de su clase obrera. Hay que puntualizar que la crisis del 30 y los años posteriores vieron una creciente combatividad de la clase trabajadora industrial norteamericana, un gran crecimiento del partido comunista y otras organizaciones socialistas, que ayudaron sin duda al triunfo electoral de Roosevelt. La literatura americana expresó, en escritores como John Steinbeck, John Dos Passos o Edmund Wilson, la dureza, la miseria y la desesperanza de esos años conocidos en la historia norteamericana como “la Gran Depresión”. El argentino Liborio Justo viajó como becario a Nueva York y registró en notables fotografías de un descarnado realismo social los rostros de esos trabajadores deshauciados.

En 1930, sobre la base de esta nueva concepción del papel del estado en la economía, la burguesía norteamericana adquirió un nuevo aliento, controló al sector financiero y bancario, impuso objetivos y metas en la actividad económica y refrescó en el pueblo norteamericano su adhesión a los ideales nacionales que la crisis había puesto en juego.
La guerra consolidaría la economía que el New Deal había puesto de pie y la posguerra, con su demanda postergada, ofrecería ante el mundo a unos EE.UU. triunfantes, arrolladores e imperialistas, reemplazando al viejo Imperio Británico en retirada.
Pero los criterios elaborados durante el New Deal que dieron lugar al llamado Estado de Bienestar continuaron vigentes en los EE.UU., a lo que se sumó una creciente incorporación social y política de la población afroamericana, después de una dura lucha política, que incluyó desde Martin Luther King hasta Stokely Carmichael, los Panteras Negras y Malcolm X.
El Neoliberalismo
En 1981, el triunfo de Ronald Reagan puso en marcha un proceso que pondría fin al Estado de Bienestar que caracterizara a las sociedades imperialistas posteriores a la Segunda Guerra Mundial. Paulatinamente el sector financiero pasó a hegemonizar una nueva etapa de un capitalismo que, con la caída de la Unión Soviética, se convirtió en global, en planetario.
A partir de ese momento, se descarga sobre el mundo un proceso de financierización del viejo capitalismo rescatado por Keynes de la crisis del '29. Una actualización de las viejas teorías liberales smithianas, reinterpretadas por Fridrich Hayek y la Escuela deEconomía de Chicago, con Milton Friedman y George Stigler, quienes habían obtenido el Premio Nobel de Economía en 1976 y 1982 respectivamente. Fue en esos años que aparecieron dos conceptos nuevos en la política mundial, neoliberalismo y neoconservadurismo (o neocons, en su abreviación periodística). El primero, como se sabe, se refiere a esa reinterpretación brutal, darwinista y, sobre todo, imperialista y monopólica del autor de La Riqueza de las Naciones. El segundo se refiere a una actualización del viejo conservadurismo norteamericano, con la incorporación, en buena medida, del viejo “imperialismo moral” de los tiempos de Wilson. EE.UU., según esto, tiene el derecho y la obligación de intervenir militar y políticamente en todos los lugares donde, en su opinión, se estén violando la democracia, el libre mercado y los intereses norteamericanos.
La desaparición del bloque soviético, en el plano de la política, y el desarrollo de la computación y robotización en los procesos productivos ofreció la ilusión de que el capitalismo había triunfado en su guerra fría con el desafío colectivista. La fantasía de la desaparición del trabajo humano y la posibilidad de convertir a D en D', sin pasar por M, es decir salteando el necesario proceso de producción, llenó miles de páginas de libros, revistas y periódicos. En la Argentina aparecieron, como un reflejo simiesco de estas elucubraciones, los admiradores de la pareja formada por Alvin y Heidi Toffler, una especie de Bonnie & Clyde de la industria editorial2.
Con el gobierno de George Bush, padre, se desplegó la política neocons, con la intervención en Panamá, para derrocar a Noriega, y la primera Guerra del Golfo como expresión del neoimperialismo moral. Mientras tanto, el economista del Banco Mundial, John Williamson, acuñaba el concepto Consenso de Washington: las normas que los organismos de créditos internacionales imponían como las políticas económicas a seguir por los países periféricos: liberalización de los mercados comerciales y financieros, la estabilidad macroeconómica, la reducción drástica del Estado y la confianza en las fuerzas del mercado como regulador de la economía. Esto, que tendría dramáticas consecuencias en las economías latinoamericanas, comenzó a minar en el mediano plazo a las economías centrales. La firma del NAFTA, en 1990, fue entonces la culminación de un proceso de globalización regional dictado por las grandes empresas y el capital financiero. Con ello comenzará también una paulatina desindustrialización de los EE.UU. con empresas que se trasladan a México buscando mano de obra barata y produciendo, simultáneamente, una descomunal descomposición social tanto en este país, como en los propios EE.UU.
Los ocho años del presidente William Clinton consolidaron la tendencia. EE.UU. destruyó la antigua Yugoslavia y fortaleció, dentro de la OTAN, una política de hostilidad sobre Rusia. Con Clinton se estabilizó plenamente el control del sector financiero sobre la economía norteamericana y mundial. La Unión Europea lanzó el euro como moneda regional y toda la economía de la región comienza a sentir el rigor del Banco Europeo controlado por Alemania. Los países del Este europeo que se iban incorporando a la Unión vieron sus economías regidas por el neoliberalismo y vivieron, transitoriamente, las mieles de una moneda fuerte que genera la ilusión de fortaleza económica. Los efectos embriagadores del “uno a uno” del menemismo fueron comunes a toda la Europa regida por el Euro. La crisis financiera mexicana de 1994 puso en cuestión todo el andamiaje conceptual, pero el capital financiero pudo imponer su corsé de hierro. La región se endeudó a niveles casi incontrolables, mientras se producía un gigantesco proceso de desocupación, marginación y desindustrialización fomentado por importaciones baratas y un dólar que paulatinamente se había devaluado, por la improductividad de nuestras economías financierizadas.
Los gobiernos de Bush hijo no hicieron más que profundizar estos rasgos en la economía y en la sociedad norteamericanas. A la vez se destruía Irak, con la Segunda Guerra del Golfo, y los EE.UU. privatizaban sus fuerzas armadas, con la aparición de las empresas militares como la ex Blackwater, hoy Academi, especie de ejército condotiero del poder financiero de Wall Street y Londres.
Lentamente, los trabajadores norteamericanos comenzaron a sufrir un proceso de empobrecimiento, pero, además, de desclasamiento. Pasaron de ser trabajadores industriales, con altos salarios y poderosos sindicatos, a desocupados subsidiados, en condiciones de enorme precariedad, en barriadas en decadencia, sin porvenir, sin salud pública y sin educación ni cultura. Los hijos de aquellos obreros de Illinois, que en la década del 50 y del 60 habían protagonizado históricas huelgas, que alcanzaron ocupaciones de fábricas reprimidas por la Guardia Nacional, vegetan en empleos de repositores de Wall Mart o vendedores de McDonald's.
Los gobiernos de Barack Obama, un hombre de color -no descendiente de esclavos, es necesario aclarar, ya que su padre era nacido en Kenya-, escogido y formado por el influyente Zbigniew Brzezinski -el ideólogo del acoso a la URSS, en su momento, y a Rusia, en la actualidad, y el gestor de la terrible guerra de Irán e Irak- no hicieron otra cosa que ratificar y afianzar el poder financiero. Después de su fallido intento de imponer un sistema de salud que contemplase las ingentes necesidades del pueblo norteamericano, Obama no hizo sino ceder espacio al capital financiero, entregar dinero público a los bancos, después del estallido de las burbujas especulativas, abandonando, hacia adentro del país, toda preocupación vinculada al empobrecimiento de la clase media, blanca, negra y latina.
En el plano internacional, el inexplicable Premio Nóbel de la Paz lanzó guerras criminales contra Libia, en primer lugar, uno de los países de mayor estabilidad política de la región, y, posteriormente, contra Siria, otro país que a lo largo de los últimos cincuenta años había mantenido una singular estabilidad. Es inolvidable, por lo tenebrosa, la escena de su Secretaria de Estado, Hillary Clinton, celebrando impúdicamente el vil asesinato de Mohamed Ghadaffy, que convirtió su país en un espantoso lodazal, despedazado por enfrentamientos tribales que sus agentes han fomentado.
Mientras en Europa, el mismo virus del neoliberalismo globalizador financiero fue imponiendo exactamente los mismos resultados. El conjunto de los países que conforman la UE han achicado sus estructuras industriales productivas y la especulación y los negocios financieros han reemplazado a las fábricas y los talleres. Los terribles bombardeos y la constante guerra contra los países del Medio Oriente han generado la más explosiva situación de migraciones de poblaciones enteras sobre el presunto y presumido bienestar europeo. Los países de su periferia -Irlanda, Portugal, Grecia, España- comenzaron hace ya un tiempo a sentir el cinturón de acero del Banco de Europa y las dificultades que cada uno de estos países encuentra para solucionar sus problemas. Los remedios que han dado sus organismos financieros no han hecho más que echar nafta al fuego, imponiendo el cerrojo de una deuda creciente con la consiguiente pérdida de soberanía.
Es en esta situación, y después de este desarrollo, que el pueblo de los EE.UU. decidió elegir a Donald Trump y su discurso productivista, aislacionista y proteccionista contra la hipocresía de Hillary Clinton que le aseguraba continuar con el empobrecimiento, la desocupación y los empleos basura. Repatriar las empresas fabriles que se fueron del país buscando mano de obra barata, alejarse de los conflictos mundiales, abandonar a Europa y acercarse a Rusia, replantear la relación con China fueron los temas centrales de su campaña. Una impronta racista contra la inmigración mexicana y la insistencia en terminar un muro en la frontera sur del país -que el gobierno de Obama ya construyó en sus dos terceras partes- permitieron al conglomerado monopólico mediático presentar al rubio millonario como una amenaza contra la armonía de las naciones y la paz mundial. Esta campaña, en defensa de una verdadera criminal de guerra, una cínica desalmada como la candidata demócrata, movió a una parte de los sectores de clase media de las grandes ciudades, pero no logró la simpatía de los EE.UU. profundos, de sus estados “flyover”, como recordó el historiador Daniel James, en una nota iluminadora por lo singular de sus opiniones, en el diario Página 123.
El pensador y politólogo brasileño Roberto Mangabeira Unger decía en un reportaje publicado por la BBC4: “En resumen, la elección de Trump es la rebeldía de la mayoría trabajadora blanca del país contra su abandono. Ahí la crítica debe ser: Trump no es una respuesta adecuada. Pero en política todo tiene que ver con las alternativas. Entonces, ¿qué es mejor? ¿Continuar con esa ortodoxia conservadora del Partido Demócrata o dar vuelta la mesa? Esas son las alternativas reales de la política real. A partir de esa revuelta en Washington, los americanos deben buscar una respuesta más adecuada y seria para el problema que la elección de Trump revela”.
Y a otra pregunta, contesta Mangabeira Unger: “La base esencial de la elección de Trump fue el gran vacío creado en la política americana, hace medio siglo, por el abandono de los intereses de la mayoría trabajadora blanca del país. El Partido Demócrata substituyó el proyecto del New Deal por concesiones a los intereses de las minorías y por la representación de una visión del mundo de la clase que vive en los suburbios ricos”.
Conclusión
La campaña electoral y el resultado de las elecciones han hecho evidente una crisis de hegemonía dentro de las clases dominantes globales. Eso es un acontecimiento de importancia transcendental, tan poco frecuente como el paso del cometa Halley. Ha sido a través de estas grietas aparecidas en el sistema hegemónico como nuestros países y nuestros pueblos han encontrado un camino para su independencia y soberanía.
Para nuestros países de América Latina implica un replanteamiento de las políticas llevadas adelante por los sectores oligárquicos, agroexportadores y financieros. Y para los sectores populares implica una ratificación de la búsqueda de caminos basados en la autarquía del capital imperialista, de autonomía de nuestras economías y, una vez más, de recreación de un gran espacio continental para el desarrollo de nuestras fuerzas productivas.
Todo indica que tanto el NAFTA como el TISA y otros tratados globalizadores serán revisados, si no simplemente desarticulados. Ya, pocos días después del martes del triunfo de Trump, caía el Tratado Transpacífico (TTP), un engendro supraestatal que ponía a nuestros estados nacionales bajo la jurisdicción de los grandes monopolios norteamericanos.
El desconcierto se ha impuesto sobre el gobierno argentino que, como el mexicano, hizo campaña por Hillary Clinton. La canciller argentina de nacionalidad extranjera, Susana Malcorra, tuvo que tocar el portero eléctrico de la Trump Tower para intentar hablar con uno de los cinco hijos del presidente electo. Toda política de fortalecimiento industrial de EE.UU. significará un aumento de las tasas de interés a la vez que un fortalecimiento del dólar frente al peso. El cacareado blanqueo de capitales encontrará escollos para su implementación, mientras que la irresponsable política de endeudamiento se enfrentará a un aumento del interés, poniendo al gobierno, y a nuestra economía, en situación crítica. La lluvia de capitales, postergada semestre tras semestre, seguramente deberá sufrir nuevas postergaciones, mientras en el mundo se construyen nuevas alianzas que pueden cambiar el escenario mundial.
Sin duda, el triunfo de Trump y, sobre todo, la puesta en marcha de las políticas prometidas en campaña ofrecen un nuevo punto de lanzamiento para las políticas nacionalistas, de industrialización autónoma y justicia social del peronismo. Así lo entendió rápidamente Cristina Fernández de Kirchner, con gran incomprensión por parte de buena parte de sus colaboradores más cercanos, preocupados por los toscos gestos, el desenfado machista y el histrionismo del nuevo presidente norteamericano. Es momento de reflexionar en términos estratégicos con el convencimiento de que el mundo ha cambiado.
Buenos Aires, 21 de noviembre de 2016.

1“Durante dos siglos Inglaterra ha usado el proteccionismo, lo ha llevado hasta sus extremos, y le ha dado resultados satisfactorios. Después de esos dos siglos, Inglaterra ha considerado conveniente adoptar el librecambio, por asumir que el proteccionismo ya no le puede dar nada. Pues bien, señores, mi conocimiento de mi patria me hace creer que, dentro de doscientos años, cuando Norteamérica haya obtenido del régimen protector todo lo que este puede darle, adoptará firmemente el librecambio”. Arturo Jauretche, Política Nacional y Revisionismo Histórico, página 32, Corregidor, 2011, Buenos Aires.
2 En 1985 publiqué un artículo en el periódico Izquierda Nacional donde decía: “Rodolfo Terragno, un periodista radicado en Londres -y que alguna vez supo entender la naturaleza dependiente de nuestro país y el carácter parasitario de su clase dominante- es el apóstol vernáculo y sus seguidores se reclutan, fundamentalmente, entre los innumerables licenciados y doctores salidos de nuestras universidades. Y su público lo forman diputados, senadores -oficialistas y opositores-, ministros y hasta el propio presidente. Como poco dotados Habsburgos, pierden horas invalorables escuchando a los modernos curanderos”.
3 Desde 1980, el único grupo demográfico de la población estadounidense cuya tasa de mortalidad aumentó es el de la clase trabajadora blanca de más de cuarenta años, concentrado en lo que despectivamente se llama “flyover country”, el país sobre el que se pasa en avión. Cada vez más estadounidenses de clase trabajadora coinciden con el gran comediante George Carlin cuando dijo, sobre el sueño americano del que Ariel habla con tanta nostalgia: “Se llama sueño americano porque para creer en él tenés que estar dormido”. https://www.pagina12.com.ar/3944-america-se-rebela

18 de noviembre de 2016

El día que se reanudó el reposo por yerros alterado

Era un día horrible. Llovía sin parar. Soplaba un viento frío y el presidente usurpador había movilizado más tropas que la campaña del Desierto de Julio Argentino Roca. El aeropuerto General Pistarini de Ezeiza estaba rodeado por miles de soldados, oficiales, tanques de guerra y armamento pesado. El objetivo de ese impresionante despliegue militar de un ejército que hacía más de cien años que no luchaba contra el extranjero -si consideramos como tal a los hermanos paraguayos en la devastadora Guerra de la Triple Alianza- tenía como finalidad impedir que el pueblo de la República pudiera llegar hasta las instalaciones del aeropuerto para recibir al general Juan Domingo Perón quien, después de 17 años de exilio y proscripción, volvía a su patria. Lo ocurrido esa jornada con las columnas de peronistas cruzando el río Matanzas, con millones de argentinos esperando ver por televisión la llegada de Perón, forma parte ya de la historia. Vale la pena, creo, reflexionar sobre el significado que tuvo ese día, habida cuenta de que las generaciones posteriores a esa fecha no pudieron vivir su trascendente impacto en la conciencia popular argentina.

Juan Domingo Perón fue el proscripto y el desterrado de la Argentina. Las dictaduras militares golpistas y los gobiernos civiles surgidos de la proscripción eran, en muchos casos, permisivos y tolerantes. Establecieron, por ejemplo, la plena autonomía universitaria -hasta 1966-, donde estudiantes y profesores podían votar democráticamente a quien quisieran. El Instituto Di Tella y Marta Minujin podían escandalizar a los transeúntes de Florida y Charcas y, aún escandalosamente, Monseñor Podestá podía reclamar su derecho a amar legítimamente a una mujer. Lo único que verdaderamente no se podía hacer en la Argentina era votar a Perón, que era el único candidato a quien nuestras multitudes querían votar. Durante 17 años, los peronistas -es decir, la mayoría del país-, hizo huelgas, tomó fábricas, saboteó maquinarias, repartió panfletos, llenó las asambleas sindicales, ocupó plazas de todo el país tras el mítico símbolo de la P puesta sobre una V, Perón Vuelve. El presidente radical Arturo Illia, ungido como el paladín de la democracia, no vaciló, en diciembre de 1964, en solicitar a la dictadura brasileña que detuviese al general Perón en el Aeropuesto del Galeão, para impedir que abordase el avión que lo traería a la Argentina.

La información que con mayor avidez leían los estados mayores de las tres Fuerzas Armadas eran los diagnósticos médicos sobre la salud del general radicado en Madrid. Los espías que enviaban a España se convertían en especialistas médicos, que debían interpretar análisis de sangre, de orina y, hasta, de materia fecal de un hombre ya anciano cuyo fallecimiento era esperado día tras día. En su ceguera gorila, solo la muerte del exilado podría permitir la plena vigencia de los derechos constitucionales de los argentinos.

Esa jornada, la del 17 de noviembre de 1972, era la culminación de años de enconada lucha, era el primer paso hacia la plena vigencia de la soberanía política de los argentinos. El presidente militar Alejandro Agustín Lanusse había desafiado al proscripto a presentarse a la Argentina antes del 25 de agosto, con el solo objeto de imponerle su voluntad. “A Perón no le da el cuero” para venir, había desafiado en el Colegio Militar. La mayoría del país había recogido el guante del desafío y el regreso de Perón, en el momento en que él lo determinara, se había convertido en bandera y estaba decidida a garantizarlo.

Esa tarde lluviosa, inclemente como la historia, millones de argentinos lloraron de emoción, de orgullo. Perón había vuelto, estaba pisando tierra argentina y se lo podía ver, en blanco y negro, por los canales de televisión. La historia había recomenzado y el pueblo argentino podía decir, por fin, con Miguel Hernández:

Lo que haya de venir, aquí lo espero
cultivando el romero y la pobreza.
Aquí de nuevo empieza
el orden, se reanuda
el reposo, por yerros alterado,
mi vida humilde, y por humilde, muda.

Y Dios dirá, que está siempre callado.