20 de diciembre de 2016

Turquía, nuevamente en el Gran Juego

Cuando abrió el segundo sello, oí al segundo ser viviente que decía: “Ven”. Entonces salió otro caballo, rojo; al que lo montaba se le concedió quitar de la tierra la paz para que se degollaran unos a otros; se le dio una espada grande.
Ap. 6,3-43



Turquía fue, hace poco más de cien años, una gran potencia. Junto con el Imperio Austro Húngaro, el Imperio Zarista y el Imperio Alemán, el Imperio Otomano formaba parte de lo que Lenín denominó “cárceles de pueblos”, grandes estados que encerraban bajo una monarquía autocrática multitud de naciones sojuzgadas. Herederos del imperio musulmán de los Selúycidas, terminaron por derrotar definitivamente al agónico Imperio Romano de Oriente y convirtieron a Bizancio o Constantinopla en su capital, a la que rebautizaron como Estambul. Durante su momento de mayor expansión se extendía desde el sureste europeo hasta el mar Caspio. Todo el Medio Oriente estaba bajo su dominio y Moldavia, en Hungría, Transilvania y Valaquia en Rumania y Crimea en Rusia eran estados vasallos al poder del monarca, un sultán criado en el blando ambiente de las mujeres del harem y cuyo trono era conocido como el Diván.
Esta reliquia no logró sobrevivir a la Primera Guerra Mundial. El ejército otomano estaba en poder del movimiento conocido como “los Jóvenes Turcos”, una generación de oficiales que pretendían la modernización del viejo y decadente sistema, imbuídos de una nacionalismo panturco, es decir que buscaba la unificación de todos los pueblos caucásicos de habla túrquica. La conducción de los Jóvenes Turcos fue responsable del genocidio del pueblo armenio (1915), durante la Primera Guerra Mundial, cuando, en un inesperado giro político militar, el ejército se enfrentó con sus aliados rusos en la Batalla del Caúcaso, donde sufrió una fuerte derrota.
Al finalizar la guerra, con el vasto territorio ocupado por las fuerzas inglesas y francesas, surge la figura de Mustafá Kemal Ataturk, héroe de guerra por su desempeño en la batalla de Galípoli, donde las fuerzas inglesas debieron retirarse derrotadas de los Dardanelos. Kemal se enfrentó con la conducción del ejército y asumió la posición de que el Imperio Otomano debía entregar todos los territorios no turcos y mantener su jurisdicción sobre los territorios turcos. La victoria final de la Entente aplastó estas aspiraciones y el gigantesco imperio fue ocupado por ingleses, franceses, italianos e, incluso, Grecia ocupó Esmirna, el corazon de Turquía. En 1919, bajo la jefatura de Mustafá Kemal comenzó la Guerra de Liberación con el propósito de expulsar a los extranjeros, apareciendo, entonces, la existencia de dos conducciones del Estado. La del sultán Mehmet VI, con sede en Estambul, y la republicana de Kemal, con sede en Ankara, en territorio asiático. La ocupación inglesa de Estambul puso fin a la antiquísima dinastía y Kemal es designado por la Asamblea Nacional de Ankara como Presidente de la misma, convirtiéndose en el primer mandatario republicano de Turquía. La política de Mustafá Kemal Ataturk fue la de erradicar todo rastro del viejo imperio, incorporar el alfabeto latino a la escritura del turco y crear un estado republicano laico y, antes que nada, expulsar a los griegos de su territorio, detrás de los cuales actuaba, obviamente Gran Bretaña. El temor de Kemal y sus hombres era la creación de distintos protectorados extranjeros sobre su suelo y la disolución de la nación turca. El principio de unidad nacional y la férrea conducción del Ataturk de un ejército concebido como “pueblo en armas”, según la definición de Carl von Clausewitz, con la participación del conjunto de la población, lograron la expulsión de los griegos. El propio Kemal fue herido en una de las batallas definitivas y se convirtió en el esencial factor de poder. En 1921, ya lanzado a la política exterior, logra el reconocimiento de las recientemente creadas repúblicas soviéticas de Armenia, Georgia y Azerbaijan, vecinas a Turquía. En 1923 se crea definitivamente la República de Turquía y Mustafá Kemal fue elegido presidente, cargo que ocupó hasta su muerte en 1938. Es en esa época que se inicia el conflicto con los Kurdos, a los que Kemal negaba su carácter nacional, considerándolos parte de la nación turca, persiguiendo su lengua y sus movimientos políticos. El temor permanente del Ataturk fue que, basados en estos particularismos locales, las grandes potencias, especialmente Gran Bretaña, fragmentasen hasta debilitarla a la república turca.
Su acción como presidente estuvo dirigida a imponer un estado laico y moderno. Prohibió las madrassas -escuelas musulmanas-, reemplazó la sharia -ley islámica- por un código civil que hizo redactar y aprobar por el parlamento, abolió el uso de vestimentas musulmanas, como el fez, que consideraba resabios del viejo régimen imperial. En 1934 dio el voto a las mujeres y el derecho a ser elegidas en el parlamento. Bregó por la plena participación política y social de las mismas y prohibió el uso del velo, haciendo campañas por la occidentalización de las vestimentas, cosa que él mismo practicó siempre. El libro del embajador argentino Jorge Gastón Blanco Villalta -un embajador peronista a que los “libertadores” echaron de la Cancillería-, quien trató personalmente a Mustafá Kemal, y que aún se consigue por Internet, es una recomendable lectura para el conocimiento del creador de la moderna Turquía1.
Consideré necesaria esta extensa introducción, para intentar iluminar en algo la bruma que hoy envuelve los acontecimientos ocurridos en Turquía, con el asesinato del embajador ruso Andrei Karlov en Ankara.
El legado político de Mustafá Kemal Ataturk ha sobrevivido, casi con devoción religiosa, en el seno de las fuerzas armadas turcas, las que a lo largo de todo el siglo XX se convirtieron -más allá de su anticomunismo producto de la Guerra Fría- en custodios de la independencia nacional, el laicismo y el nacionalismo turco. El triunfo, por primera vez desde 1921, de un partido religioso, en el marco de un recrudecimiento de los diversos fundamentalismos musulmanes auspiciados por el imperialismo norteamericano, puso en tensión ese equilibrio. Es muy difícil juzgar a Turquía con los parámetros que hacia el interior de sus países, rige en el occidente europeo. Y subrayo hacia el interior de sus países, ya que su conducta hacia los países periféricos, sobre todo del Medio Oriente y Africa, se asemeja en brutalidad, crueldad e inescrupulosidad a la que le han atribuido a la política turca, cuando ella se ha alejado de su esfera de interés. Enclavado en una de las regiones más explosivas del planeta, portero del acceso a los países del Cáucaso y de Asia, de religión predominantemente musulmana sunita y aproximadamente un 20% perteneciente a una rama denominada alevi, variante local del shiísmo,con su parte asiática que limita con Siria, Irak y Irán, Turquía se ha convertido nuevamente en un importante trebejo en el nuevo Gran Juego iniciado a partir de la recuperación de Rusia como integrante de la multilateralidad. Como ha escrito hoy mismo Atilio Borón: La alianza de Rusia con China y la posterior incorporación de Irán y la India, más el astuto acercamiento con Turquía representa el “peor escenario posible” para la declinante hegemonía global de Estados Unidos, según Zbigniew Brzezinski, el principal estratego de Washington”2.
El papel de Turquía hay que analizarlo a partir de la crisis del intento de golpe de Estado del 15 de julio pasado, que tiene, al parecer, su origen en el enfrentamiento entre el presidente Recep Tayyip Erdogan y el misterioso Fethullah Gülen, un millonario religioso, vinculado a la rama mística del islamismo, el sufismo -el mismo de los derviches danzantes que hoy ofrecen su espectáculo a los turistas en Estambul-, y creador de una poderosa secta llamada Hizmet (El Servicio)3. Formado en una escuela religiosa cuyo imán confrontó con Kemal Ataturk, pretendiendo que la nueva república se basara en principios islámicos, Gülen logró una gran influencia sobre sectores de la nueva burguesía musulmana del interior asiático del país, para quienes la organización significó, sobre todo, una compleja red de negocios e influencias políticas. Lo más parecido que se me ocurre a esta Hizmet es, en los países católicos, la secta Opus Dei. Según describe Kendikián -quien no puede prescindir en el análisis de su visión armenia y el drama sufrido por su pueblo- la organización expresa un neootomanismo, cuyo objetivo sería lograr un copamiento del estado por infiltración e influencia y replantear un imperio religioso sobre el Medio Oriente, conducido por los turcos. Gülen formó parte de la alianza con el presidente Erdogan, hasta que este lo expulsó del gobierno en 2013, bajo acusaciones de provocar la desestabilización y organizar golpes de Estado. Desde ese año reside en Penssilvania, EE.UU. Después de tener dificultades para obtener su residencia, curiosamente y con la ayuda de altos funcionarios del gobierno norteamericano, Gülen logra su residencia definitiva y desde allí maneja su vasta red religiosa y educativa. El Hizmet está proscripto en Turquía y considerado un movimiento terrorista. Toda la información indica que fue Gülen quien inspiró el golpe de julio de 2016, haciendo evidente que el laicismo en el seno de las Fuerzas Armadas turcas, la herencia de Kemal, había sido roto.
Erdogan dio un giro completo a su política después del golpe de julio. De expresar las posiciones más cercanas al Departamente de Estado norteamericano, viró hacia una alianza con Rusia. Posiblemente la amenaza del golpe, cuyo objetivo era asesinarlo, le hizo ver que EE.UU. había dejado de confiar en él, en sus turbios negocios petroleros y en su sinuosa posición en el conflicto sirio. Y, como ha dicho el periodista Gabriel Fernández, “se manejó con el criterio de un intendente del conurbano”. Buscó el poder más cercano y probable para evitar ser arrastrado. El triunfo de Trump y su acercamiento con Putin le dieron la razón
El asesinato en Ankara del embajador ruso, un día antes que los cancilleres de Siria, Rusia, Turquía e Irán se reuniesen para analizar la situación en Aleppo y el aniquilamiento militar de las bandas mercenarias sostenidas por EE.UU, Arabia Saudita e Israel que pretenden derrocar al presidente sirio Bashar al Ásad, fue evidentemente una reacción al triunfo sirio en Aleppo y al descubrimiento de oficiales norteamericanos y europeo occidentales formando parte de las filas de los mercenarios.
Pero no ha quedado todavía muy claro quien ha sido la fuerza política atrás del asesinato. El asesino es un policía oriundo del pequeño pueblo de Soke en la costa del Mar Egeo, y el grito de “Allahu akbar” (Dios es el más grande) es una profesión de fe islámica y el comienzo de toda oración en esta religión. Hay datos para pensar que podría ser parte de las milicias que operan en Siria, ya que reivindicó la lucha en Aleppo. No obstante, Mevlüt Mert Altintas, el asesino, podría estar vinculado al predicador Fethullah Gülen. El diario Star de Ankara tituló Bala disparada por FETÖ contra las relaciones turco-rusas”, utilizando las siglas en turco del nombre con que el gobierno llama a la red de Gülen (Organización de Terror Gulenista “Fetullahçı Terör Örgütü”, FETÖ) . La misma hipótesis fue mencionada por el alcalde de Ankara Melih Gökçe.
El senador Frantz Klintsevich, vicepresidente del comité de defensa y seguridad del Senado ruso, dijo: “Fue una acción planeada. Todo el mundo sabía que iba a asistir a esta exposición fotográfica. Puede ser ISIS, o el ejército kurdo que intentan herir a Erdogan. Pero puede ser – y es muy probable – que los representantes de los servicios extranjeros secretos de la OTAN están detrás del atentado”4.
Pasados ya unos días, las declaraciones del presidente Putin y las manifestaciones expresadas por el presidente Erdogan dan a entender que la pesquisa se orienta hacia los grupos terroristas islámicos, caracterizandola como “una provocación destinada a minar las relaciones ruso-turcas”. Pero, como bien lo recuerda Atilio Borón, en Incirlik, muy cerca de Aleppo, hay una base norteamericana, con una dotación permanente de unos cinco mil hombres de la Fuerza Aérea de Estados Unidos y del Reino Unido.
Como en los tiempos del Big Game de las potencias europeas, Turquía ha vuelto a estar en el centro de la tormenta y de las conspiraciones. Es muy difícil que EE.UU. y sus cómplices europeos, que lloran ahora con lágrimas de cocodrilos por los niños de Aleppo que ayudaron a bombardear, se resignen a una derrota que cambia el mapa de poder mundial. Y no es seguro que el sistema militar y de espionaje de los EE.UU. respondan como boy scouts al nuevo presidente, aunque su ministro de Defensa sea considerado un tigre.
El año ha terminado con  la espada grande del Jinete del Apocalipsis y un rojo caballo caracoleando en un costado de Europa. 
Buenos Aires, 20 de diciembre de 2012
1 Ataturk Mustafá Kemal, Jorge Gastón Blanco Villalta, Ediciones Agón, Buenos Aires, 1993.
2 http://www.atilioboron.com.ar/2016/12/sobre-el-asesinato-del-embajador-de.html
3 Fethullah Gülen, la enigmática red política turca llega a la Argentina, Pablo Kendikian, Ediciones Ciccus, Buenos Aires, 2014.

16 de diciembre de 2016

Que no haya retiro de embajadores en Caracas y Buenos Aires

Días atrás estuve en la Embajada de Venezuela, en un desayuno donde la canciller, Delcy Rodríguez, con su brazo en cabestrillo a consecuencia de la agresión sufrida el día anterior por parte de miembros de la Policía Federal y personal de seguridad del Ministerio de Relaciones Exteriores, conversó con distintos invitados sobre la situación del Mercosur, la posición del gobierno venezolano y otras cuestiones.
La canciller es una mujer joven, menuda y con rasgos típicamente latinoamericanos, de voz suave y expresión tranquila y armónica. Lucía serena, pese a la situación que acababa de vivir. Comentábamos en la mesa que si, en 1880 el canciller del Imperio Austro-Húngaro hubiera sido agredido por unos gendarmes franceses al intentar entrar en el Quai D'Orsay, la Primera Guerra Mundial se hubiera adelantado unos treinta y cuatro años, tal era la magnitud de la ofensa recibida. El hecho no tiene antecedentes en la diplomacia argentina y creo que tampoco en la mundial. Venezuela es un país soberano, miembro del Mercosur, amigo de la Argentina desde siempre.
El gobierno conservador de Julio Argentino Roca, a través de su ministro Luis María Drago, brindó, en 1908, un decisivo apoyo político a Venezuela, cuando las armadas de varios países europeos bloquearon sus puertos, como respuesta a la declaración de una moratoria de su deuda externa por parte del presidente Cipriano Castro. Venezuela nunca olvidó esa noble actitud argentina. Recibió generosamente a miles de exilados de la dictadura cívico militar de 1976, apoyó desde siempre y de manera efectiva el reclamo argentino sobre Malvinas y se solidarizó con nuestro país, contra la Task Force británica, cuando recuperamos las islas en 1982. Nos dio una mano abierta y pródiga en el 2003, cuando el default amenazaba la política de recuperación nacional iniciada por Néstor Kirchner, fue cliente de nuestra industria agromecánica, logrando que empresas familiares del interior del país se convirtieran en exportadoras de sus sembradoras, cosechadoras y otras máquinas agrícolas. Nuestro país y Venezuela lograron desbaratar, en el 2005, en la histórica Cumbre de las Américas, el intento colonizador del ALCA. Hay profesores argentinos, muchos de ellos ya retirados, en las mejores universidades venezolanas, y cientos de profesionales de aquel país se formaron y se siguen formando en nuestras universidades. He conocido profesionales que recuerdan con precisión y nostalgia algunas esquinas porteñas, gracias a sus años de estudio en nuestra Capital Federal.
Recuerdo los ojos llenos de lágrimas del diputado Carlos Escarrá Malaver -prematuramente fallecido- al entrar al espacio dedicado a Evita en la CGT. Su madre, una morena mujer de pueblo, le había hablado de niño de aquella mujer que velaba por los más pobres y no podía irse de la Argentina si evocar su obra y su vida.
Los hombres y las mujeres más longevas de aquel país todavía guardan en su memoria con emoción el final del célebre Gran Premio de América del Sur de 1948, donde las figuras de Juan Manuel Fangio y Oscar Gálvez se convirtieron en ídolos para la multitud de entusiastas del automovilismo. En aquella oportunidad, Oscar Gálvez detuvo su marcha para auxiliar a su eterno competidos Juan Manuel Fangio quien había sufrido un accidente que costó la vida de su acompañante, Daniel Urrutia. El auto de Oscar Gálvez, a muy poca distancia de la llegada en Caracas, sufrió un desperfecto que lo dejó fuera de la competencia y logró alcanzar la meta gracias a los espectadores que empujaron su auto hasta la línea final.
Quien ha vivido en Venezuela puede testimoniar que aquellas jornadas y aquellos hombres viven en el corazón de los venezolanos. Para no hablar de la popularidad que aún hoy tienen en aquel país las canciones de Leonardo Favio y de Leo Dan. O como está vivo el recuerdo del famoso productor radial Tito Martínez del Box, creador en Buenos Aires de La Craneoteca de los Genios, y exilado en Caracas por la dictadura de Aramburu y Rojas. Martínez del Box hizo historia en la radio venezolana a punto que muchos han olvidado el lugar de su nacimiento.
De modo que la alevosa agresión cometida por Macri y su ministra de Relaciones Exteriores, la súbdita española Susana Malcorra, fue, como la ejecución del Duque de Enghien, “algo peor que un crimen, fue un error”, según dijera Talleyrand.
La única pregunta que le formulé a la señora Rodriguez fue si Venezuela pensaba exigir un retiro del embajador argentino en Caracas y el consecuente retiro de su embajador en Buenos Aires. La respuesta que me dieron la canciller Delcy Rodríguez y el embajador General Carlos Martínez Mendoza fue rotunda. “Ese acto fue una provocación para que hagamos eso. El gobierno de la República Bolivariana de Venezuela no va a caer en esa provocación. De ninguna manera tenemos pensado ese tipo de respuestas. Para nosotros es muy importante seguir manteniendo nuestra representación en la Argentina, nuestro contacto y nuestro vínculo con el pueblo argentino, que lo sabemos respetuoso y solidario con Venezuela y su Revolución”. Cito de memoria pero con precisión.
Creo que la respuesta recibida a mi preocupación es la única que corresponde políticamente. Los argentinos queremos seguir teniendo representantes oficiales de Venezuela en nuestro país. Queremos que el embajador pueda seguir participando en las inauguraciones de escuelas que llevan el nombre del Libertador Simón Bolívar. Queremos que los estudiantes y residentes venezolanos sigan teniendo su embajada y su cónsul. Queremos seguir rindiendo homenaje al 19 de abril de 1810 y a la Batalla de Carabobo. Queremos seguir dialogando e intercambiando opiniones e información con los venezolanos a través de su embajada.
Han llegado noticias desde Caracas de declaraciones que piden el retiro del embajador argentino en aquel país. Creo que sería un error, más allá de la indignidad que ese embajador representa y del agravio sufrido por la honra y la dignidad venezolana. Confío en la serenidad revolucionaria de los compañeros venezolanos, del presidente Nicolás Maduro y la canciller Delcy Rodríguez.
Los momentos difíciles son para conservar la cabeza fría y el corazón ardiente. ¿Qué más querría el imperialismo norteamericano que aislar a Venezuela de Argentina, que separar a Bolívar de San Martín?
Los compañeros venezolanos, el gobierno de la Revolución Bolivariana, sabe que ni la imperdonable agresión sufrida por Delcy Rodríguez, ni la afrenta del Mercosur expresan los deseos profundos de nuestro pueblo, nuestra amistad y cariño por los venezolanos y su tierra, nuestra solidaridad con su indoblegable lucha antimperialista y por la unidad de América Latina.
Y estos sinceros sentimientos queremos poder expresarselos a los representantes en nuestro país de aquel gobierno al que acompañamos en sus esfuerzos por aplastar la reacción interna y externa.

Buenos Aires, 16 de diciembre de 2016.

13 de diciembre de 2016

Una puñalada trapera al Mercosur


Con una declaración que oscurece más que lo que aclara los cancilleres de Argentina, Brasil, Uruguay y Paraguay han suspendido la membresía de la República Bolivariana de Venezuela al Mercosur.
El Mercosur nació, como dijo Madeleine Allbright, cuando los EE.UU. estaban distraídos por la crisis del derrumbe soviético y el nuevo mapa de Europa Oriental. Si bien campeaban, entonces, los dictados del Consenso de Washington que impregnaron, en parte, su creación, el Mercosur materializó el más importante proyecto geopolítico suramericano, planteado ya por Juan Domingo Perón en los años '50 del siglo pasado: la alianza estratégica de Brasil y Argentina, más los países de la Cuenca del Plata.
Con la llegada del nuevo siglo y la aparición de gobiernos populares, nacionalistas e integracionistas, el Mercosur, con obvias dificultades, se convirtió en el gran pivote geopolítico de construcción de un gran espacio continental. La prédica bolivariana del presidente Hugo Chávez Frías y su firme decisión de integrar el bloque dotaron al Mercosur de la presencia de la principal potencia petrolera de la región y una de las más importantes del mundo, a la vez que generaron un creciente intercambio de bienes y personas, políticas sociales y culturales que alentaron la construcción de una ciudadanía suramericana, de un acercamiento entre nuestros países como no había ocurrido desde los tiempos de las Guerras de la Independencia.
La presencia de Venezuela estableció un lazo entre las tres grandes cuencas suramericanas: la del Plata, la del Amazonas y la del Orinoco, a la vez que proyectó los ideales del Libertador Simón Bolívar, que se desplegaron sobre el mundo andino, hacia los países de la costa Atlántica. Como se vio en la IV Cumbre de las Américas, realizada en Mar del Plata en el año 2005, esa alianza tuvo la fortaleza suficiente como para echar por tierra el proyecto imperialista del ALCA, en el que los EE.UU. venían trabajando desde los tiempos de Bill Clinton.
La decisión de estos cuatro gobiernos, uno de ellos de muy dudosa legitimidad democrática, significa una herida mortal a este proyecto, a la vez que un verdadero suicidio para los cuatro países. En momentos en que la política de los EE.UU. se reorienta hacia un neoaislacionismo económico, que ha convertido en historia el Tratado Trans Pacífico (TTP) y amenaza con congelar el Tratado del Pacífico, los gobiernos de Argentina, Brasil, Uruguay y Paraguay intentan hacer los deberes que supone -hoy la futura política internacional y regional yanqui es un verdadero misterio- le exigen los EE.UU.
Para Argentina, el enfriamiento de la relación con Venezuela, más allá de los aspectos políticos o ideológicos, es un pésimo negocio. Nuestro país se encuentra atribulado por problemas energéticos, económicos y financieros que el inepto e ideologizado gobierno de Mauricio Macri no ha hecho sino empeorar día a día. Por otra parte, hace gala de un cinismo e hipocresía sin límites al acusar a Venezuela de incumplimiento de las exigencias relativas a los Derechos Humanos que rigen en el bloque. Las Naciones Unidas, la OEA, en la voz de su Secretario General, Human Right Watch y hasta el primer ministro de Canadá, Justin Trudeau, han exigido la libertad de la dirigente social jujeña, Milagro Sala, arbitrariamente detenida por el gobernador de su provincia con la aquiescencia del gobierno central.
El gobierno de la República Bolivariana de Venezuela ha decidido resistir la caprichosa decisión que, según afirma, ni siquiera le ha sido formalmente comunicada. Es obvio que es lo que le corresponde y está en su pleno derecho, máxime cuando el presidente Maduro ejerce como presidente pro témpore del bloque. Pero es también evidente que todo este tironeo que han provocado los cuatro países del sur y las declaraciones en uno y otro sentido que sobrevendrán, van a limar la construcción del proyecto más trascendente de integración de todos los tiempos.
Para los argentinos, para los intereses argentinos, la participación de Venezuela es de extrema importancia, así como la consolidación y profundización del bloque regional. Mientras la Unasur pone en marcha el anhelado y necesario Banco del Sur, estos gobiernos ignorantes del giro que ha tomado el mundo y sin armas para enfrentarlo, están dinamitando nuestro futuro.
Desde Argentina, los sectores políticos comprometidos con la independencia nacional, la soberanía popular, la justicia social y la construcción de la Patria Grande daremos las batallas que sean necesarias para mantener este proyecto esencial para una digna inserción de nuestros pueblos en el mundo que se avecina.

Buenos Aires, 2 de diciembre de 2016
Publicada en Misión Verdad http://misionverdad.com/trama-global/una-punalada-trapera-al-mercosur