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11 de marzo de 2026

Religiones universales vs. religiones tribales

El ataque yanqui israelí contra Irán

Religiones universales vs. religiones tribales

El traicionero y criminal ataque de EE.UU. e Israel contra la República Islámica de Irán ha adquirido, voluntaria e involuntariamente, un matiz o representación religiosa que, en mi opinión, no ha sido suficientemente puntualizada. En lugar del muy comentado “choque de civilizaciones” que popularizó el norteamericano Samuel P. Huntington, lo que se puede ver es un choque entre religiones universalistas y religiones tribales.

Trataré de desarrollar la idea.

Religiones universales

La Iglesia Católica, Apostólica y Romana


El catolicismo, incluso desde su mismo nombre, se presenta como una religión universalista, es decir que dirige sus enseñanzas y creencias al conjunto del género humano, independientemente de su origen. La palabra católico proviene de la expresión «καθόλου» (kathólu), formada por kata- (que significa “sobre” o “de acuerdo con”) y holos (“todo” o “entero”). Por lo tanto, etimológicamente significa “referente al todo” o “según el todo”. Esto es lo que, en el seno del cristianismo primitivo, se produjo en lo que la Iglesia llama el Concilio de Jerusalén, cuando la opinión de Pablo (un judío romanizado) se impone sobre la de Pedro. San Pablo, efectivamente, dedicó gran parte de su obra (como se refleja en Gálatas, Romanos y Colosenses) a establecer una distinción radical entre la Nueva Alianza en Cristo y la Antigua Alianza (la “religión tribal” judía). Sus puntos clave eran:

El Fin de la Ley Ritual: Pablo argumentó que la circuncisión, las leyes dietéticas (kosher) y los sacrificios del Templo eran “sombra de lo que ha de venir; pero el cuerpo es de Cristo” (Colosenses 2:17). Ya no eran necesarios para la salvación.


Universalismo vs. Tribalismo: La salvación ya no era solo para los hijos de Abraham según la carne, sino para todos los que tuvieran la fe de Abraham (Romanos 4:16). Se rompía la barrera entre judío y gentil. De ahí el apelativo con que lo reconocen los católicos: “el apóstol de los gentiles”, de los no judíos.


Centralidad de la Fe y la Gracia: La relación con Dios ya no se mediaba a través de un Templo físico y sacerdotes levíticos, sino a través de la fe en Jesucristo, el único mediador.

Esto convirtió a la disidencia cristiana hebraica en una religión capaz de extenderse a lo largo del Imperio Romano, hasta que Constantino la estableció como religión oficial.




El Islam

El Islam, por su parte, se define a sí mismo como una religión universal. En su último sermón, Mahoma decía: "¡Oh humanos! Vuestro Señor es Uno y vuestro antepasado es uno. Un árabe no posee superioridad sobre un no-árabe, ni un no-árabe sobre un árabe. El blanco no es en ningún modo superior al cobrizo, ni el cobrizo al blanco por el hecho de serlo, sino en la medida en la que cumple sus obligaciones hacia Dios y el hombre. El más honesto de entre vosotros ante la vista de Dios es el más justo". Sus enseñanzas se consideran enraizadas en la naturaleza humana inmutable, lo que las hace aptas para todas las personas, sin importar su raza, cultura o época. No es la religión de un pueblo en particular (como el judaísmo), sino un llamado abierto a toda la humanidad.

Esta vocación universal se basa en principios fundamentales presentes en el Corán:

No hay coacción en la fe: El Corán establece explícitamente que no debe haber imposición en asuntos de religión (Corán 2:256), lo que implica que su mensaje se ofrece libremente a toda la humanidad.


Mensaje para todos: El Corán se dirige a la humanidad en su conjunto, no solo a los árabes o a una comunidad específica, instando a la reflexión sobre sus significados.


Aceptación y respeto por otras tradiciones: El islam se presenta como la culminación de una larga cadena de revelaciones divinas. Reconoce a profetas y figuras de tradiciones anteriores (como Moisés o Jesús) y sus escrituras (Torá, Evangelios), y afirma que el Corán es la revelación final y preservada que las restaura y perfecciona.


Igualdad y hermandad humana: Un pilar de la universalidad islámica es su énfasis en la igualdad de todos los seres humanos ante Dios, tal como hemos visto en la cita del último sermón de Mahoma.

En resumen, el Islam, a través de sus fuentes principales, se proclama como un mensaje universal para guiar a toda la humanidad, basado en principios como la razón, la igualdad y el respeto a la libertad de creencia, y se organiza como una comunidad global de fieles (Umma) en lugar de una iglesia institucionalizada. Dentro del Islamismo, el shiísmo es una de las expresiones religiosas más complejas y fascinantes del mundo multipolar emergente. Constituye un universalismo alternativo, con una fuerte base metafísica y una estructura jerárquica que le permite operar tanto en el plano espiritual como en el político. El shiísmo tiene una fuerte dimensión filosófica, que le ha permitido adaptarse y dialogar con modernas corrientes de pensamiento. Constituye una especie de universalismo estructurado y jerarquizado, lo que lo acerca formalmente al catolicismo con su Papa y su infalibilidad en temas de dogma. Por otra parte, ha hecho de su historia de persecución y martirio una poderosa herramienta de movilización política y resistencia, lo que lo ha convertido en un polo de poder y en una influencia fundamental en la configuración multipolar actual.

Judaísmo y Neopentecostalismo


La religión judía es casi el ejemplo paradigmático de una religión tribal, es decir propia y exclusiva de quien forma parte de la tribu. El propio término “judaísmo” se refiere a la religión, tradición y cultura del pueblo judío. Es decir, posee una triple dimensión, religiosa, cultural y nacional es clave para entender su carácter particularista. Abraham León, en su magistral “La concepción materialista de la cuestión judía” explica cómo y por qué este espíritu particularista se afirmó en las postrimerías del Imperio Romano y en la baja Edad Media. La actual conducción del estado sionista expresa los aspectos más extremos del particularismo tribal judaico. Su relación con el mundo árabe e islámico es el de la aldea amenazada, llegando a manifestar expresiones claramente racistas sobre los que no son miembros de la tribu, los goyim. Sus interpretaciones bélicas de la Torah y del Viejo Testamento fundamentan y consolidan este aspecto etnorreligioso.

El pueblo elegido de la Nueva Sión

Los verdaderos "Padres Fundadores" de los EE.UU. fueron los integrantes de pequeñas comunidades protestantes que huían, en principio, de la consolidación del estado nacional británico y su religión oficial. La derrota de la Revolución Inglesa (que expresaba los intereses de esos sectores protoburgueses enfrentados con la corona) y la restauración monárquica nutrió de nuevas corrientes de inmigrantes que huían del despotismo anglicano reinstaurado por Carlos II.




A eso se sumaron posteriormente inmigrantes alemanes de variadas confesiones derivadas de la ruptura de Lutero con el Papado. Como muy bien lo explica Franz Mehring en su “Gustavo Adolf II de Suecia” 
(https://www.marxists.org/espanol/mehring/1894/gustavoadolfo.htm) , la rebelión de Lutero expresaba el descarnado interés de los príncipes guerreros germanos y los júnkers prusianos, así como el fracaso de establecer un estado nacional alemán. Eran miembros de sectas campesinas, enfrentadas a los príncipes y a Roma, con una reinterpretación bíblica en la que el Antiguo Testamento y el cruce del desierto de Moisés hasta el monte Sión expresaban su aislamiento aldeano y su búsqueda de su propio lugar en el mundo, lejos de los estragos de la Guerra de los 30 años.

Sobre ese basamento ideológico se construyó la idea de los Estados Unidos de Norteamérica y su Destino Manifiesto. La novela “Elmer Gantry” de Sinclair Lewis describió con crudeza e ironía esa particular religiosidad yanqui.

El periodo 1991-2008 fue el de la unipolaridad neoliberal. EE.UU. como centro único del capital global, con el Consenso de Washington como ideología económica y la “globalización feliz” generó su propia expresión religiosa: la mega-iglesia pentecostal como franquicia global, la teología de la prosperidad como ética del broker de Wall Street y el Destino Manifiesto como justificación divina de la hegemonía.

Ese refugio tribal, en su versión yanqui, es funcional al capital, y, en particular, al capital financiero: no cuestiona el sistema, legitima la competencia, santifica la riqueza y ofrece consuelo sin alterar las relaciones de producción.

Las nuevas sectas neopentecostales heredaron y agigantaron los rasgos aldeanos o tribales de aquellos inmigrantes originarios. La declinación de EE.UU como potencia mundial y su repliegue, ha hallado su justificación y sostén ideólogicos en nuevas formas tribales de religiosidad: el nacionalismo cristiano, el pentecostalismo como religión de la excepción americana, el apoyo incondicional al tribalismo judío (Israel) como parte de una lectura “dispensacionalista” de la historia. Se llama así a una interpretación bíblica que que sostiene que la nación Israel y la Iglesia (como cuerpo de Cristo), no forman un único pueblo de Dios, sino dos pueblos con profecías, promesas y destinos diferentes. Se caracterizan por interpretar la Biblia literalmente, que incluye la gramática, la literalidad y la historicidad del pasaje a estudiar.

Este tribalismo pentecostal yanqui es la ideología de una hegemonía en declive. A medida que el mundo se multipolariza, esa ideología pierde capacidad de convocatoria global y se repliega sobre su núcleo duro (el “cinturón bíblico”, la derecha radical, el trumpismo).

El repliegue de EE.UU., su aislamiento, su nacionalismo cristiano es la versión política del inevitable abandono de los EE.UU. de liderar el “mundo libre” (aspiración universal) para refugiarse en la “América profunda” (tribal). Eso es lo que las iglesias pentecostales hacen en el plano superestructural de la religión: abandonan el diálogo con la cultura y la ciencia (universal) para refugiarse en la experiencia directa del Dios tribal.



El pentecostalismo es hijo de los perdedores de la modernidad europea (campesinos alemanes, radicales ingleses derrotados, esclavos afroamericanos) que emigraron a EE.UU. y desarrollaron una religión a su medida. Los peregrinos que llegaron al Mayflower se veían a sí mismos como el “nuevo Israel”, una tribu elegida por Dios para construir una “ciudad sobre una colina” que iluminara al mundo. No vinieron a fundar una nación universal, sino una comunidad de elegidos que viviría según la ley de Dios.

La expansión hacia el Oeste (la conquista de territorios habitados por nativos y mexicanos) se justificó teológicamente: Dios había dado esta tierra a su pueblo elegido para que la hiciera fructificar. El éxito en la conquista era la señal de la bendición divina.

Hoy, muchas iglesias pentecostales (y neopentecostales) en EE.UU. fusionan esta narrativa con la política. EE.UU. no es un país más entre otros (eso sería universalismo), sino una nación con un pacto especial con Dios. Defender sus fronteras, su economía y su cultura es defender el plan divino.

Lo tribal (la nación elegida) se convierte en el marco para lo universal (EE.UU. como faro del mundo). Pero es un universalismo imperial: todos pueden ser bendecidos, siempre que se sometan al liderazgo de la tribu elegida.

Mientras tanto, las fuerzas que emergen (los nuevos polos) necesitan ideologías más universalistas para articular su proyecto: China habla de “comunidad de destino compartido”, Rusia de “mundo multipolar” y “tradición”, el catolicismo de Francisco de “fraternidad universal”. El tribalismo pentecostal es la ideología del capital financiero en su fase de repliegue imperial. El universalismo (islámico, católico, o incluso el confucianismo de Estado) es la ideología que buscan las potencias emergentes para legitimar un orden multipolar.

El ascenso de China, la recuperación de Rusia, el protagonismo de India, Brasil, Sudáfrica, Indonesia, Malasia, Vietnam, la puesta en movimiento del África responden, como ya se sabe, a desplazamientos reales en la producción, el comercio y la acumulación del capital. Las potencias emergentes (China, Rusia, el mundo islámico organizado) tienden a articularse en torno a formas más universalistas o estatales de organización: el islam como umma, el catolicismo como diálogo global (Francisco y su apertura a China, a Rusia, al mundo árabe), el diálogo entre Carlos Marx y el maestro Kung Fu Tse, como ética estatal.


La multipolaridad y la globalización tienden hacia una homogenización racional del mundo (una especie de “catolicidad” secular), que no ignora las diferencias civilizatorias, mientras que el pentecostalismo, con su énfasis en lo tribal y lo emocional, parece un movimiento contra-corriente, pero que paradójicamente emerge de la misma cuna del capitalismo global: Estados Unidos.

Sintetizando: lo que aquí se intenta iluminar es el ropaje ideológico-religioso que adquiere un conflicto en el que se pone en juego una nueva etapa histórica de la humanidad, una nueva relación de fuerzas políticas, económicas y militares hacia una universalización que no niega, sino integra las particularidades nacionales y civilizatorias.

Buenos Aires, 11 de marzo de 2026

1 de marzo de 2026

El criminal ataque a Irán

Lo que está en juego es el petróleo
y la hegemonía sionista en la región

El brutal ataque de EE.UU. e Israel sobre Irán me llevó a pensar sobre la historia más cercana del país de Asia Occidental. Recordé y actualicé fechas sobre la política nacionalista de Mohammad Mosaddeq y su nacionalización del petróleo. Pasó por mi memoria el golpe pergeñado e impulsado por la CIA y el MI6 que encarceló a Mosaddeq y la historia de la dinastía fundada por Reza Khan, un militar de origen humilde nacido en 1878 en Alasht, Mazandaran.

La dinastía Pahleví

Ascendió tras un golpe de estado, en 1921, y, en 1925, una asamblea constituyente lo declaró nuevo sha de Persia. El programa político del nuevo sha era la modernización del país. El padre de Reza Khan era un oficial del Ejército y su madre era una inmigrante georgiana. Adoptó el nombre de Pahlaví y cambió el nombre del país de Persia a Irán. Durante toda la Segunda Guerra, fue un declarado simpatizante del régimen nazi de Alemania. En agosto de 1941, ingleses y soviéticos ocuparon Irán y obligaron a a Reza Khan a abdicar en favor de su hijo Mohammad Reza Pahleví. Las tropas inglesas y soviéticas permanecieron en Irán hasta el fin de la guerra lo que garantizó la colaboración del nuevo sha con los aliados.



Al finalizar la guerra, Irán era un semicolonia inglesa y sus grandes recursos petroleros estaban en manos de la British Petroleum.

El breve período de Mosaddeq

En 1951, las elecciones conviertieron en primer ministro a Mohammad Mosaddeq y a su programa de nacionalizaciones. El 20 de marzo de 1951 se decretó la nacionalización de la Anglo-Persian Oil Company, que fue aprobada por las dos cámaras del parlamento. Gran Bretaña respondió con un bloqueo comercial y amenazas de enviar su flota. En paralelo impugnó la nacionalización ante la Corte Internacional de La Haya y el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas.


Mosaddeq realizó dos históricas defensas de su política ante ambos organismos, a punto tal que la Corte Internacional desestimó la denuncia. Inmediatamente comenzaron las tensiones entre el primer ministro nacionalista y el autócrata semicolonial.

En julio del año siguiente, Mosaddeq presentó su renuncia lo que produjo grandes manifestaciones de apoyo que obligaron al sha a restituirlo en su cargo. En diciembre de 1952 nacionalizó el servicio telefónico y la actividad pesquera. Gran Bretaña y EE.UU. comenzaron la tarea de destituirlo. El MI6, la agencia británica, se acercó a la CIA y comenzó el plan de reapoderarse del petróleo iraní, volteando a Mosaddeq a como diese lugar. El 18 de agosto de 1953 descargaron la Operación Ajax en connivencia con Reza Pahleví. Mosaddeq fue encarcelado y el sha se convirtió en el agente anglo-americano en la región. Las nacionalizaciones fueron canceladas y la figura de Reza Pahleví y sus andanzas se convirtieron en tema permanente en la prensa occidental.

El Sha de Persia en Occidente

Su figura alcanzó una enorme popularidad, sumada a un profundo rechazo, cuando, en 1958, se divorció de su segunda esposa, Soraya, debido a su infertilidad. Las revistas del corazón de todas las capitales occidentales la convirtieron en una triste princesa -ya que conservó el título- infecunda y bella. Dos años antes de su fallecimiento, Soraya publicó en sus memorias que su infertilidad no había sido tal, sino un falso diagnóstico de los médicos cortesanos para, justamente, alejarla del sha.

Su régimen, a partir de ese momento, se convirtió en una autocracia sangrienta, donde la SAVAK, la temida policía secreta, perseguía y ejecutaba a los opositores, sobre todo a los comunistas que durante los años 50 habían tenido un gran desarrollo. Alrededor de los negocios petroleros se enriquecía un pequeño sector social vinculado por distintos lazos al déspota. Desaparecieron por decreto los partidos políticos y su política regional fue la de hostilizar sistemáticamente a los gobiernos nacionalistas árabes, respondiendo al interés estratégico de EE.UU.

En octubre de 1971, en la cúspide de su poder y despliegue millonario, Reza Pahleví organizó, en Persépolis, la antigua capital del imperio persa, una multimillonaria fiesta en conmemoración de los 2500 años del Imperio Persa. Al desatinado banquete fueron invitados reyes, presidentes, ministros, congresistas, políticos y empresarios de todo el mundo. Incluso llegó a invitar, como si fuera un récord Guiness, a todos los partidos políticos del mundo. En otro momento contaré las declaraciones del doctor Oscar Alende a César Mascetti, en Canal 13, a su regreso del fastuoso convite.

Pero esa dispendiosa dilapidación de fondos públicos fue el principio del fin del denominado sha.

El inicio de la reacción popular iraní

En el seno del pueblo iraní, en los pueblos más lejanos, en los populosos barrios de Teherán, en lo que allá llaman el bazar, el gigantesco mercado que reúne a comerciantes, artesanos y los distintos gremios de orfebres, tejedores de alfombras, textiles y ferreteros, se gestaba una revolución republicana, con la interpretación shiíta del Islam como estandarte. Su jefe era un anciano clérigo, desconocido para el gran público, quien desde hacía años residía exilado en París, el ayatolá Ruhollah Jomeini. La presencia de la religión islámica y de sus clérigos islámicos en la política iraní no era nueva. Ya en tiempos de Mossadeq, en la década del 50, el ayatolá Seyyed Abolqasem Kashaní fue, como presidente de la Asamblea Consultiva Nacional iraní, uno de los principales defensores de la nacionalización del petróleo. En la misma época, Navvab Safaví, un joven “ulema” o sabio coránico, había creado la organización Fedayines del Islam, cercana al ayatolá Kashani. En realidad, el pueblo de Irán no se sentía heredero de Ciro, el Grande o de Zaratustra. Eran las enseñanzas de Mahoma y de sus herederos Alí y Fátima el instrumento ideológico que unificaba al pueblo iraní contra el sangriento y extranjerizante régimen de Palehví y el jefe político y espiritual de su resistencia era el anciano clérigo residente en París.

En su intento de aparentar una modernización del país, Reza Pahleví realizó una módica reforma agraria de muy corto alcance, que no modificó el carácter casi de siervos del campesinado. Los ingresos petroleros habían enriquecido infinitamente a un pequeño grupo de millonarios, mientras la inmensa mayoría del pueblo iraní sufría de una desesperante pobreza. Casi la mitad (42 %) de los habitantes de Teherán carecían de vivienda , mientras se construían faraónicos palacios en los barrios de acomodados con el régimen. En la década del '70, Irán tenía los más bajos indicadores en educación y mortalidad infantil, entre los países de Asia Occidental. La alardeada modernización solo produjo el empobrecimiento de las grandes masas de campesinos, pequeños comerciantes, artesanos y trabajadores, mientras la implacable SAVAK secuestraba, torturaba y asesinaba a los resistentes.

El Viernes Negro de 1978

En 1978 se inició un irreversible proceso de agitación y movilización popular que tenía su expresión política en el clérigo residente en Europa y, últimamente, en París, Ruhollah Jomeini, quien a su vez proporcionaba combustible al levantamiento. Todo ese turbulento período tuvo lo que se conoció como el Viernes Negro. En su intento por aplacar la crisis política, el shá liberó presos político y nombró a Jaafar Sharif Imami como primer ministro. Este era un viejo político iraní, amigo personal de Reza Pahleví, gran maestre masónico, considerado más liberal que el monarca. Desde París, Jomeini desafíó el intento reformista y convocó a voltear al sha y desterrarlo. Más de 500.000 personas se reunirían en Teherán bajo la novedosa consigna de “Independencia, Libertad y República Islámica”. La reacción gubernamental fue declarar la ley marcial y prohibir la manifestación. Desafiando la prohibición, fue convocada otra manifestación el viernes 8 de septiembre de 1978. Tanques y helicópteros acribillaron a la multitud. Más de 15.000 iraníes fueron muertos y heridos durante ese Viernes Negro.

A partir de ese momento la insurreción liderada por Jomeini desde su exilio en París no cesó un solo momento. Huelgas, movilizaciones masivas – llegaron a reunirse dos millones de personas a fines de 1978 – no dieron tregua al autócrata. Pero además soldados y oficiales comenzaron a unirse en las distintas ciudades a la insurrección, mientras cada vez eran más los seguidores de Jomeini.

El sha intentó paliar la crisis nombrando como primer ministro a Shapur Bajtiar, un módico y afrancesado opositor socialdemócrata. La oposición liderada por Jomeini no cesó un instante, hasta que Reza Pahlevi presentó su abdicación y el 16 de enero de 1979 salía del trono y del país conduciendo su propio avión. Giscard d'Estaing, presidente conservador de Francia, le negó el ingreso a su país. Reza Pahleví y su esposa, Farah Diba, circularon por diversos países: Marruecos, Bahamas, Ecuador, México, los Estados Unidos, Panamá y, por fin, Egipto, acogidos por el presidente Anwar el-Sadat. Reza Pahleví murió de cáncer el 27 de julio de 1980 en El Cairo.

El triunfo de la República Islámica

El 1 de febrero de 1979 el ayatola Ruhollah Jomeini regresaba a Teherán, después de 15 años de exilio. Más de tres millones de personas salieron a las calles a recibirlo. Los días de Bajtiar estaban contados. El 11 de febrero de ese mismo año, el primer ministro fue expulsado. La revolución republicana islámica de Irán había triunfado.

El pueblo iraní había encontrado en sus propias tradiciones culturales y en la firme negativa a imitar simiescamente a Occidente el camino de su independencia.

Esta revolución victoriosa, esta expresión de soberanía nacional y popular es lo que, EE.UU. e Israel pretenden aplastar con sus bombas. En ninguno de ellos hay la menor preocupación sobre las características particulares del régimen islámico, sus convicciones morales y religiosas. A EE.UU. solo le preocupa, como en el caso de Venezuela, el control de su petróleo. A Israel le interesa aplastar a Irán como fuerza regional que le impida convertirse en potencia hegemónica, racista y supremacista, del Asia Occidental.

Buenos Aires, 10 de marzo de 2026.