23 de mayo de 2026

El levantamiento boliviano y las críticas a la CGT



El pueblo boliviano se ha levantado contra las políticas antipopulares y antinacionales del recientemente electo presidente Rodrigo Paz Pereira, perteneciente a una familia de políticos iniciada en el histórico Movimiento Nacional Revolucionario (MNR) y continuada en permanentes corrimientos hacia el sector más reaccionario y cipayo de la política boliviana. Los diversos sectores campesinos, mineros y de la pequeña burguesía comercial de origen coya -muchos de cuyos integrantes votaron a Paz- ha ocupado las calles, las rutas y las plazas pugnando por cambiar, si no el gobierno, su política.

No es la primera vez que algo así ocurre en Bolivia. El peso social y económico que esos sectores mencionados tiene corre en paralelo con su proverbial capacidad de organización.

Pero, lo que llama poderosamente la atención es que esas poderosas movilizaciones populares han generado, en nuestro país y, sobre todo, en las redes, una ola de indignados reproches a la CGT y al movimiento obrero organizado argentino. Una miríada de comentaristas en las redes, que, en su enorme mayoría, no están afiliados a ningún sindicato, acusa a la CGT y a sus dirigentes de una pasividad ante las nefastas políticas de saqueo y sobreexplotación impulsadas por el presidente Milei que casi las convierte en cómplices.

Creo que es necesario aclarar un poco el panorama.

Desde que asumió Milei a la presidencia de la República, la Confederación General del Trabajo (CGT) ha realizado cuatro paros generales y múltiples movilizaciones y actos contra el gobierno y, concretamente, contra sus políticas.

El 24 de enero de 2024, a tan solo 45 días de haber comenzado la gestión libertaria, la central obrera realizó una huelga de 24 horas acompañada de una masiva movilización hacia el Congreso de la Nación. Fue el Primer paro general. El reclamo se centró en el rechazo al DNU 70/2023 y al proyecto de la primera llamada “Ley Ómnibus.

El 9 de mayo del mismo año, tan solo cinco meses después, la CGT convoca y realiza un segundo paro general. Se trató de una huelga nacional de 24 horas que paralizó gran parte de la actividad en el país, convocada para protestar contra el ajuste económico y la reforma laboral impulsada en la "Ley Bases" que se debatía en el Senado.

Un año después, el 10 de abril de 2025 lleva adelante un tercer paro general. También aquí se trató de una huelga de 24 horas como respuesta al deterioro del poder adquisitivo, los despidos y las políticas de achicamiento del Estado llevadas a cabo por el Gobierno nacional.

Al año siguiente, el 19 de febrero de 2026 lleva adelante un cuarto paro general. En este caso se trató de una huelga nacional de 24 horas convocada en coincidencia con una sesión clave en la Cámara de Diputados para rechazar un nuevo proyecto de reforma laboral y el rumbo económico del Ejecutivo.

Además de esas medidas de fuerza convocadas, organizadas y llevadas adelante por la CGT, la entidad madre de los trabajadores argentinos organizó varias movilizaciones y actos.

El 27 de diciembre de 2023, pocos días después de Navidad se realizó una marcha a Tribunales. La CGT, junto a otras centrales sindicales, marchó hacia el Palacio de Tribunales en la Ciudad de Buenos Aires para presentar un recurso de amparo y exigir la inconstitucionalidad del megadecreto (DNU) de desregulación económica.

El 1º de mayo de 2024, con motivo del Día de los Trabajadores la CGT realizó un acto central, con una multitudinaria participación de el conjunto de las organizaciones gremiales del país. La consigna central del acto fue el rechazo a las medidas de desregulación económica que afectaban a las condiciones laborales.

Hace pocos días, el 30 de abril de 2026, la CGT convocó y llevó adelante una masiva marcha a Plaza de Mayo. La movilización, en la víspera del Día de los Trabajadores fue convocada para poner “un límite” al gobierno y en protesta contra el reciente fallo judicial que habilitó la reforma laboral.

Pero además de estas convocatorias de lucha, la CGT y sus gremios adheridos han participado en las multitudinarias movilizaciones en defensa de la universidad pública. Las columnas obreras en dichos actos eran tan numerosas y rotundas como las del movimiento estudiantil y profesores y personal no docente universitario.

No termino de entender qué es lo que se le reprocha a la CGT. No termino de entender qué pretenden que haga la CGT.

La comparación con lo ocurrido en Bolivia es arbitraria y meramente retórica. Nunca en su historia la Argentina tuvo movilizaciones similares a las del pueblo boliviano, por la sencilla razón que las realidades históricas, económicas y sociales de los hermanos del Altiplano son radicalmente distintas a las de la Argentina. Nunca en nuestro país fue destituido un gobierno a fuerza de cartuchos de dinamita explotados en el aire, como ha ocurrido varias veces en la historia boliviana. La revolución de 1943, que terminó con la Rosca del estaño y dio inicio al período del MNR, se hizo con la música de fondo de los cartuchos de Alfredo Nobel. El campesinado boliviano, que obtuvo su tierra en aquellas jornadas mantuvo siempre una gran organización y presencia política, a la par que el surgimiento de El Alto, como apéndice de la ciudad de La Paz, puso a la ciudad capital al acceso de esos sectores, vinculados por familia y origen al mundo agrario coya y sus mujeres de pollera.

Entre los comentarios que tuve oportunidad de leer en las redes estaba el que decía que ese era el pueblo del Che Guevara. La afirmación no puede ser más equivocada. Fue, justamente, ese pueblo de campesinos propietarios de su tierra, gracias al MNR, los que dieron la espalda al intento vanguardista del Che Guevara y su foco guerrillero. Era imposible una guerrilla campesina en un campesinado ya propietario de su tierra. Fueron estos mismos campesinos que hoy pretenden derribar a Paz Pereira los que avisaron a las autoridades de extraños movimientos de gente armada. Pese a que hubo intentos de explicación previos al error, el Che Guevara jamás entendió porque había fracasado.

La CGT y el movimiento obrero argentino, como he puntualizado, ha estado a la cabeza de la resistencia a las políticas antiobreras y entreguistas de la pandilla mileista. Ha actuado a la altura de su historia y de sus responsabilidades. Habría que afinar la punta del lápiz y descubrir por qué todos esos esfuerzos no han logrado convertirse en un levantamiento general de los argentinos contra el el régimen neoliberal. Posiblemente el problema no esté tanto por el lado del movimiento gremial, sino del movimiento político.

23 de mayo de 2026

22 de mayo de 2026

La Reforma Constitucional de hecho


La divulgación pública de lo que podrían ser íntimas conversaciones eróticas, de muy dudoso gusto, del presidente de la República Argentina con una barragana de precio accesible, más la desfachatada interna entre lo que parecerían ser dos pandillas alojadas en la Casa Rosada que se disputan el favor presidencial, han dejado en claro la reforma constitucional de hecho que está aplicando la clase social de financistas, exportadores y terratenientes que realmente gobierna.

La reforma consiste en desmontar el carácter presidencialista de nuestro sistema político, convertir el Congreso en la expresión de un primitivo provincianismo sin proyecto nacional -todo lo contrario de un sistema federal- y consolidar al poder judicial como la última garantía del saqueo de las riquezas nacionales y verdugo de todo intento de resistencia y despliegue de un programa independista, soberano y de justicia social.

Con la complicidad del depreciado y despreciado presidente, el pequeño grupo de grandes burgueses transnacionalizados ha logrado que, en medio de ese fárrago de papelones, acusaciones cruzadas y medias mentiras producidas por personajes de la talla de El Gordo Dan – un oscuro matasanos sin luces –, Martín Menem – un vendedor de suplementos dietarios, vitaminas y barras proteicas – y Santiago Caputo – un oscuro agente extranjero sin cargo estatal pero con control de la SIDE –, se aprueben leyes trascendentales que intentan asegurar para siempre la entrega del país. Ley de glaciares, ley de propiedad extranjera de la tierra, derogación de los subsidios a las zonas frías, desmantelamiento de los sistemas de la universidad pública y de investigación científica, la privatización de toda la estructura de energía nuclear, creada por el conjunto de los argentinos a lo largo de tres o cuatro generaciones, son algunas de las victorias estratégicas obtenidas por el bloque dominante.

Han logrado que el Poder Ejecutivo, establecido por la Constitución Nacional, se acerque peligrosamente a su similar peruano: una figura decorativa, fácilmente reemplazable, sin capacidad de decisión. Y por el otro, han convertido al Congreso Nacional en algo similar al poder legislativo brasileño: un batiburrillo de intereses puramente locales, dispuesto a negociar pequeñas ventajas y con un claro predominio defensor del statu quo.

El Poder Judicial ha sido el primer trofeo obtenido por la clase dominante en la Argentina. Ha sido este poder, desde hace más de 20 años, la principal barrera para una política de transformación que afecte esos intereses . Hemos llegado al extremo de tener, desde hace dos años, una Corte Suprema de tan solo tres miembros -es menester aclarar que, entre 2021 y 2024, tenía solo cuatro-.

La clase dominante argentina -los grandes productores agrarios, los exportadores, el sistema financiero, los intereses mineros y energéticos-, estrictamente exportadora y antiindustrialista, ha logrado reformar de hecho la Constitución Nacional.

Será tarea, nuevamente, del movimiento nacional reconstruir la respetabilidad del presidente de la República, reconvertir al Congreso en el ámbito de discusión de un gran programa nacional industrialista, y al Poder Judicial en un sistema de hombres y mujeres preocupados tan solo por la grandeza nacional, la justicia social y un sistema de derecho de las grandes mayorías.

22 de mayo de 2026.

11 de mayo de 2026

“Cualquiera al gobierno, Cristina al poder”

Quiero recordar, porque tenemos una memoria frágil, que la consigna, en 1973, “Cámpora al gobierno, Perón al poder” tal como fue planteada no significaba que Cámpora renunciaría para llamar a nuevas elecciones, como en realidad ocurrió. La verdad que el único partido que planteó un llamamiento a elecciones a 60 días en caso de ganar fue el Frente de Izquierda Popular, liderado por Jorge Abelardo Ramos.



La consigna significaba literariamente que Cámpora sería presidente y que Perón tendría el poder político, sin detentar ningún cargo público. Eso en un sistema presidencialista como el argentino era una tontería mayúscula, una zonza expresión de deseos, planteada por el sector más ligado a la conducción de Montoneros.

Obviamente, Perón nunca creyó en la operatividad de esa zoncera y cuando Cámpora fue elegido presidente, y después de un breve período, planteó su obvia exigencia: Camporita, renuncie y que el presidente de la Cámara de Diputados, que es de mi más plena confianza, asuma como presidente provisional y llame a elecciones.

Cuando Cámpora, ya presidente, visita a Perón en Puerta de Hierro, éste último lo tiene esperando, vestido de presidente, con la banda presidencial puesta y el bastón en la mano (sic) varias horas y lo recibe con un trato frío y distante. Los días del “Cámpora al gobierno, Perón al poder” terminaron en ese preciso momento.

Cuando Cristina Fernández de Kirchner, en 2019, comunica que ha decidido postular a la presidencia de la República a Alberto Fernández se puede suponer que intentó aplicar, 46 años después, la vieja consigna: “Alberto al gobierno, Cristina al poder”.

Ello implicó múltiples errores:

1) No entender que ya la fórmula originaria había fallado. No había servido para nada.

2) Considerar que el reemplazo de ella por Alberto era simplemente táctico. Cámpora, a lo largo de toda su vida, había expresado hacia Perón la más profunda y total subordinación. Era, además, su Delegado Personal -la figura que, ante la obligada ausencia del general, lo representaba, hablaba por él, en la Argentina, en el terreno de las operaciones, digamos-. Alberto, por el contrario, había manifestado en reiteradas oportunidades desacuerdos con Cristina y se encontraba alejado del núcleo kirchnerista.

3) Entender que el reemplazo de ella misma por Alberto era un mero cambio táctico, cuando objetivamente significó un cambio estratégico, un modo distinto de dar la pelea, una modificación profunda para adaptarse a nuevas condiciones, con el fin de asegurar el fortalecimiento propio. Poner a Alberto implicaba, objetivamente, a renunciar o postergar el enfrentamiento directo con el establishment económico, es decir, con la clase social dominante y sus aliados, iniciar un camino de mayor diálogo y negociación, una mejor relación con los sectores de la oposición menos intransigente.

Cristina entendió que simplemente se trataba de poner a alguien que atrajera los votos que a ella le faltaban para obtener una mayoría, debido a la importante opinión negativa que poseía y posee, y que, una vez ganada la presidencia, ella sería la que tendría el poder, es decir la opinión última y definitiva sobre la política a seguir.

Como ya había ocurrido en 1973, la tensión entre las dos figuras comenzó a crecer. Pero a diferencia de entonces, ella no era, ni es, la líder indiscutida del movimiento peronista, carecía y carece de lazos políticos fuertes con el movimiento obrero organizado -los sindicatos y la CGT- y no estaba proscripta. A Alberto no lo habían votado porque no se podía votar a Cristina y el presidente no le debía a Cristina subordinación alguna.

Todo este disparate terminó con la oposición, sorda o explícita, del sector subordinado a Cristina a la política del presidente Alberto Fernández y el final que todos conocemos. Massa, el antiguo desertor, de la mano de Máximo se convierte en ministro de Economía y candidato a presidente.

Que desde las filas del cristinismo se insista con la zoncera “Cámpora al gobierno, Perón al Poder” -hoy convertida en “Cualquiera presidente, Cristina al poder” -, revela la enorme debilidad política, táctica y estratégica del sector encabezado por la expresidenta. Es obvio que su prisión y todo lo que ello implica es de una absoluta injusticia y arbitrariedad que el próximo gobierno deberá corregir de inmediato. Pero hoy Cristina no es la líder indiscutida del peronismo, no tiene la cantidad de votos necesarios para ganar una elección, tiene una fuerte imagen negativa incluso en el seno del peronismo y no cuenta, por errores anteriores, con el apoyo del movimiento obrero.

El próximo presidente que exprese los intereses del movimiento nacional deberá ser un gobierno altamente representativo, fuerte, con una amplia base de adhesión y el apoyo del movimiento obrero, de amplios sectores de la producción, del interior del país y de los movimientos sociales.

“Cualquiera al gobierno, Cristina al poder” nos hunde en una derrota que, lamentablemente, puede ser estratégica, es decir dejar el país, por un largo período, en manos de la pandilla depredadora del capital financiero, la burguesía exportadora y la primarización de la economía.

10 de mayo de 2026