19 de marzo de 2006

Este artículo fue escrito hace dos años. Al cumplirse treinta años del despidadado golpe de Estado de 1976, que se propuso y logró en gran parte, destruir la Argentina forjada por los diez años de gobierno peronista, estimo que conserva su actualidad e intento polémico. Cuando en la infame prensa comercial argentina -gráfica, radial y televisiva-, se multiplican los artículos y programas sobre aquel golpe de Estado, y en ninguna parte se denuncia la complicidad que esos mismos medios y los políticos del régimen oligárquico tuvieron con el golpe y con la dictadura que sobrevino, estas líneas pretenden develar este ocultamiento.
JFB
18 de marzo de 2006.


24 de marzo de 1976

El golpe contra Isabel Perón y el pueblo argentino

Por Julio Fernández Baraibar
Aunque el hecho no tenga una gran consideración oficial, hoy, 24 de marzo, la Argentina recuerda el derrocamiento del gobierno popular y democrático, de signo peronista, de Isabel Martínez de Perón, llevado a cabo por la cúpula antinacional y entreguista de las Fuerzas Armadas, con el apoyo y la complicidad – activa o pasiva – del conjunto de los partidos políticos argentinos de izquierda y derecha, incluido amplios sectores del justicialismo.


Una vez más la crápula militar, política e intelectual vinculada a la oligarquía terrateniente y al capital extranjero derrocaba un gobierno popular. Los mismos sectores sociales, los mismos partidos políticos, las mismas tradiciones intelectuales y, en muchos casos, los mismos personajes que habían bombardeado al pueblo indefenso en Plaza de Mayo, que habían derrocado al gobierno del general Juan Domingo Perón en 1955, que habían fusilado a los militares y civiles patriotas que al año siguiente se alzaron para restaurar el orden constitucional y echar a los usurpadores, volteaban otro gobierno peronista, elegido popularmente por el 67 % de los votos, y que, en medio de enormes provocaciones, trataba de desarrollar el programa por el que había sido electo.

El gobierno de Isabel – debilitado e infiltrado por sectores que intentaban cambiar su rumbo – tuvo la enorme tarea de tratar de llenar el hueco que la muerte del general Perón dejara en la política argentina y en el seno de su propio movimiento. Desde el momento mismo de su fallecimiento, la cúpula liberal de las FF.AA. comienza a conspirar contra su sucesora constitucional. Todo tipo de aprietes y traiciones empiezan a desarrollarse, desde fuera y desde dentro de su partido, para sacarla del poder. El pueblo peronista y, fundamentalmente, los grandes sindicatos industriales, habían logrado expulsar del seno del gobierno a la pústula antipopular, reaccionaria y liberal del lopezrreguismo – que con el plan Rodrigo intentó adelantarse a los designios de Martínez de Hoz – y la presidente de la República acababa de nacionalizar las bocas de expendio de combustibles, quitando a las empresas imperialistas la parte del león del negocio petrolero. El movimiento nacional y popular de la Argentina atravesaba, es cierto, horas de dificultad y zozobra. El lugar central y articulador ejercido por el general Perón en los últimos treinta años no era fácil de reemplazar. Pero en pocos meses habría elecciones generales y el pueblo argentino tendría la oportunidad de reconstituir y fortalecer con su voto estas debilidades.

La Unión Cívica Radical, con la retórica evanescente y las citas de Almafuerte de Ricardo Balbín, había dado, unos días atrás, un ultimátum a la presidente. También el prosopopéyico y engolado Oscar Alende, el mismo que había sostenido con el énfasis habitual en él a Roberto Levingston – aquel oscuro generalote de “inteligencia” que sucedió a Onganía –, había tenido su turno para apostrofar al gobierno. Ellos, más Horacio Sueldo de la democracia cristiana, Francisco Manrique, el ex bombardeador de Plaza de Mayo, Fernando Nadra y Rubens Iscaro del partido comunista, los estólidos hombres de negocios del frondizismo, los socialistas de Américo Ghioldi y Luis Pan, aquel olvidado Héctor Sandler, heredero de Aramburu y hoy “utilísimo y satelital” empresario televisivo, Raúl Alfonsín y el siempre atribulado Ernesto Sábato, el diario La Nación y Clarín, Jacobo Timerman desde La Opinión y Juan Carlos Coral y Nahuel Moreno desde la secta trotkista llamada Partido Socialista de los Trabajadores – traducción directa del Socialist Workers Party norteamericano – las conducciones de Montoneros y del ERP, todos, con la excepción del Frente de Izquierda Popular (FIP), el Partido Comunista Revolucionario (PCR) y el callado y no consultado pueblo argentino, bregaban por voltear a la presidente.

Y el 24 de marzo de 1976 lo lograron. Y lo festejaron.

Así declaró al día siguiente el partido comunista:

“Ayer, 24 de Marzo, las F.F.A.A. depusieron a la presidenta María E. Martínez, reemplazándola por una Junta Militar integrada por los comandantes de las tres armas. No fue un suceso inesperado. La situación había llegado a un límite extremo ‘que agravia a la Nación y compromete su futuro’, como dice en uno de los comunicados de las F.F.A.A.”.
No es necesario abrumar al lector con el texto completo de esta bienvenida al general democrático Jorge Rafael Videla por parte del comunismo argentino. Baste para terminar esta perfecta síntesis de su complicidad con el golpe:
“El P.C. considera auspicioso que la Junta Militar haya desechado una solución ‘Pinochetista’. (…) Los imperialistas y fascistas sueñan con el pinochetazo, con un baño de sangre”.


El 24 de marzo de 1976 no fue tan sólo el resultado de una conspiración militar liberal y entreguista. Fue un golpe cívico militar oligárquico e imperialista, fomentado, apoyado y celebrado por toda la cipayería de izquierda y derecha, que arrojó del poder, una vez más a un gobierno nacional y popular.

Fueron esas fuerzas políticas y sociales que dieron origen al monstruo que no vaciló en devorarse a sus propios socios y amigos.

Ocultarlo, deformarlo o negarlo sólo servirá a futuras contrarrevoluciones.

Buenos Aires, 24 de marzo de 2004