14 de septiembre de 2006

Chile y Argentina se abrazan en la Patria Grande

Para la columna de opinión de Crónica

Contra toda la maquinaria de prensa y desprestigio que movilizan los intereses políticos imperialistas, opuestos al proceso de unificación e integración que hoy vive nuestro continente, la política latinoamericana del presidente Néstor Kirchner obtuvo hoy un resonante triunfo en Mendoza.

El encuentro entre la presidente de Chile, Michele Bachelet, y su par argentino, logró el restablecimiento de un gran proyecto integrador inaugurado en 1910 y que, desde el año 1984, había dejado de funcionar definitivamente, el Tren Trasandino.

Las relaciones con Chile, en el marco de la actual política suramericana, tienen, para la Argentina –y para el Mercosur, por otra parte- una importancia trascendental. No sólo por compartir ambos países la más extensa de las fronteras, que ha significado permanentes conflictos a lo largo de ciento cincuenta años, sino porque la política exterior chilena y su clase dirigente han mantenido, desde los tiempos del ministro Diego Portales, en la tercera década del siglo XIX, una gran resistencia a toda política integracionista, así como una insular desconfianza hacia sus vecinos.

La nacionalización de los hidrocarburos llevada a cabo por el gobierno de Evo Morales en Bolivia y el consecuente aumento del precio del gas que la Argentina importa de aquel país trajo aparejada una complicación en las relaciones de nuestro país con Chile. Como se sabe, la intención de los actuales gobernantes bolivianos ha sido utilizar la necesidad que de sus recursos energéticos tiene el país trasandino como instrumento de presión diplomática para arrancar de Santiago su ansiada salida al mar, perdida como consecuencia de la Guerra del Pacífico a fines del siglo XIX. La decisión del presidente Néstor Kirchner de reconocer el necesario aumento del precio del gas boliviano –como expresión de la soberanía de Bolivia sobre sus recursos- y de trasladar ese aumento exclusivamente a las exportaciones de gas a Chile, crearon una situación de tensión entre ambas cancillerías, que fue aprovechada periodísticamente por los sectores que pretenden hacer naufragar el actual proceso de integración regional y volver a la política de las grandes multinacionales que caracterizó a los años ’80.

La firma del acuerdo que pone en marcha el relanzamiento del Tren Trasandino, con una licitación internacional para obras del orden de los 200 millones de dólares, ha puesto fin a estas maniobras. La presidente Bachelet manifestó la voluntad integracionista de su gobierno y recordó la acción común de San Martín y O’Higgins en esa misma provincia de Mendoza. Y el presidente Kirchner, en un cuidado discurso, recordó el sentido que había tenido en 1910 la inauguración de esta vía férrea, presentó su cierre como una derrota de la integración y destacó la importancia que su reapertura tiene en esta nueva etapa de la Unión Suramericana.
Mal que le pese a los interesados críticos, Chile y Argentina se abrazan también en la Patria Grande.

Buenos Aires, 12 de septiembre de 2006.



6 de septiembre de 2006

El Legado de Jorge Abelardo Ramos

Conferencia realizada el 21 de julio de 2006, en el marco del Taller para el Pensamiento Nacional, organizado por el sitio www.pensamientonacional.com.ar, en el Sindicato de Encargados de Edificios de Renta y Propiedad Horizontal (SUTERH).

Este 21 de julio, por obra del azar –por obra de ese hilo misterioso con el que teje Clío- nos encontramos haciendo una reflexión sobre el legado de Jorge Abelardo Ramos, justo en el atardecer de lo que puede haber sido el día más importante de los últimos diez años para los latinoamericanos.

De alguna manera podríamos decir, sin falsear la verdad, que en la Cumbre de Presidentes del Mercosur, celebrada hoy en Córdoba, con la presencia del Comandante Hugo Chávez, de Evo Morales, la presencia fundamental del presidente Kirchner, sosteniendo contra los ataques más calumniosos y viles la alianza estratégica con Venezuela, con el discurso magistral de Lula, al hacerse cargo de la nueva presidencia pro tempore del Mercosur donde plantea una nueva estrategia brasileña en la política de la integración latinoamericana, con la presencia, por fin, de Fidel Castro, y la firma de los acuerdos que ponen en jaque el bloqueo económico a Cuba, todo esto parecería ser el legado vivo y concreto del pensamiento y la acción política de Ramos.
Jorge Abelardo Ramos, la persona que posiblemente más haya influido en mi vida después de mi padre y de mi madre –habida cuenta que lo que influyeron mi padre y mi madre no contaba de mi parte con la racionalidad con la que contaba la influencia de Abelardo Ramos- era un individuo, como recordarán los que lo conocieron, de una extraordinaria y singular personalidad.

Pese a su aspecto poco criollo –ese pelo ígneo que le hizo ganar el inevitable sobrenombre de "El Colorado", ese aspecto de Groucho Marx a quien a veces gustaba imitar, sus pecas- era, curiosamente, descendiente de criollos por el lado paterno: su abuelo había sido un hombre de a caballo, un payador ácrata de fines del siglo XIX que, en esos caminos del canto y de la militancia libertaria conoce y se enamora de una institutriz alemana en una estancia de la provincia de Buenos Aires. Y de ese matrimonio entre un payador gaucho anarquista y una institutriz alemana nace Nicolás, el padre –también anarquista- de Jorge Abelardo Ramos quien se casa con doña Rosa, una muchacha de la clase media, judía, porteña, hija de socialistas y adscripta ella misma a las ideas del socialismo.

Recuerdo un reportaje que le hiciera al “Colorado” Ramos –posiblemente en el año ’70- la revista “Panorama”, y quien era en ese entonces periodista de esa revista, el cura Ferreiros.

Ferreiros era un cura que ejercía su sacerdocio –quiero decir que no estaba reducido al estado laical, ni mucho menos- y que escribió un libro llamado “La Cuba de Castro vista por un católico”, luego de un viaje que hizo en la década del ’60 a Cuba. Era un hombre vinculado a la Democracia Cristiana; un hombre que siempre permaneció vinculado oficialmente a la Iglesia; compañero y amigo de Norberto Habbeger, quien luego termina en Montoneros y fue muerto en aquel suicida intento al que llamaron “la contraofensiva”. Y para que se recuerde quién fue Ferreiros: en una ocasión –siendo Juan Carlos Onganía presidente- Juan García Elorrio -fundador de la revista “Cristianismo y Revolución”- increpó a viva voz a Monseñor Caggiano, a la salida de la Catedral. Quien enfrenta a García Elorrio, interponiéndose entre él y el cardenal primado, fue el cura Ferreiros.

Tuve oportunidad de presenciar ese reportaje a Ramos, en el que Ramos recordó una situación que me ha acompañado siempre en la memoria: cómo eran los 1º de Mayo en su casa, cómo celebraba el 1º de Mayo una familia integrada por un padre anarquista y una madre socialista.
Contaba Ramos que la celebración del primero de mayo –que en esa familia tenía una importancia muy grande, casi similar a la que en nuestros hogares puede tener la Navidad o el Año Nuevo- comenzaba la noche anterior –que es la noche de Valpurgis, por otra parte- en una reunión en el Centro Libertario. Contaba Ramos que estaban todos esos hombres y mujeres sentados en círculo en una mesa, con sus trajes negros y sus sombreros orión. Y había discursos sobre la redención del proletariado, sobre la destrucción del Estado y la desaparición de las cadenas de opresión sobre la humanidad. Se turnaban los oradores hasta que, de pronto, otro -que tomaba la palabra-, en lugar de dar un discurso, recitaba un poema también libertario, quizás de Alberto Ghiraldo, hablando de los mártires y de los héroes de la lucha obrera. Eso terminaba cerca de la medianoche, cuando todos se volvían a la casa. Al día siguiente –el 1º de mayo propiamente dicho- iba al Parque Japonés con su madre, dado que el parque había sido alquilado, justamente para celebrar el Día de los Trabajadores, por el Partido Socialista para el uso de sus afiliados.

Con esto quiero decir que Ramos era un hombre criado en éste ambiente peculiar, del cual él tenía una gran memoria. Pesaba sobre su pensamiento todo este pasado de un abuelo y un padre anarquistas y su madre socialista.

Jorge Abelardo Ramos tenía, además, un don admirable que era el de la narración. Contó una vez del miedo que le dio, siendo un niño de 4 o 5 años, cuando vivían en Flores. En ese entonces su padre iba y venía. No era una presencia muy permanente en la casa, incluso tenía residencia también en Montevideo. Tocan a la puerta, contaba Jorge, y va él –de niñito- y se encuentra con un gigantón –para él- totalmente vestido de negro, con una luenga barba y con un cuchillo de plata en la mano que le dice algo incomprensible en iddish, y él sale corriendo. Era un carnicero cosher que venía a ofrecer sus servicios a la casa de doña Rosa. Ese don para contar sus historias las volvían inolvidables, porque él las convertía casi en un hecho artístico.

En este marco, la figura literaria que más influye en ése muchacho de 16 o 17 años –anarquista- es una persona también muy extraña y poco conocida que es Rafael Barret.

Rafael Barret es un hombre que tuvo una vida corta y fugaz: vivió 34 años. También producto de un connubio extraño entre una aristócrata Álvarez de Toledo, española, y un inglés, un tal Barret Clark. Nace Rafael en la provincia de Santander, en España. No se sabe bien, pero parece que realizó sus primeros estudios en Inglaterra y luego vuelve a Madrid. En 1902, cuando él tiene 25 años, agarra a trompadas –literalmente, en la vía pública, en el centro de Madrid y a la vista de todo el mundo- al Duque de Arión, lo que le provoca un ostracismo social inmenso. Pero ¿cuál había sido la razón de este ataque? que luego fuera comentado por Ramiro de Maeztu en uno de sus artículos periodísticos, ya que este Rafael Barret era uno de los integrantes de la jeunesse dorée madrileña. Y el motivo fue que Barret había retado a duelo a un abogado por un cierto asunto. Y un tribunal de honor presidido por el Duque de Arión –a pedido del abogado, que le daba miedo batirse a duelo- declaró que Barret era un notorio pederasta y que, por lo tanto, no estaba en condiciones de defender su honor. Y lo salva al abogado de una muerte segura. Esto le provoca a Barret tal indignación que –como se acostumbraba a hacer en aquélla época, cosa que hoy suena ridículo- va a un médico a hacerse los análisis oficiales para que quede asentado que él no es ningún pederasta –cuando uno sabe que lo más difícil de probar es un hecho negativo- y así lo agarra a trompadas al Duque de Arión, que era el presidente del tribunal de honor que había decretado su pederastia.

Todo este incidente provoca su aislamiento social que recién termina con la aparición de un artículo en la prensa madrileña –en uno de los diarios de mayor circulación de la época- en donde se publica “ayer falleció el señor Rafael Barret”. Lo declaran muerto. El tipo ve que toda la situación en España está cerrada para él, y se viene para Buenos Aires. Un joven de veinticinco o veintiséis años, solo, que hasta ese momento sólo había escrito sobre matemática, porque era un destacado matemático. Funda –según dicen- la Sociedad Matemática Argentina junto a Julio Rey Pastor y escribe en algunos diarios y revistas españolas y en el Caras y Caretas. Pero a los pocos meses de estar en Buenos Aires decide irse como corresponsal a cubrir una revolución liberal que se había lanzado en el Paraguay y decide afincarse en ese país. Queda atrapado por el Paraguay. Se adscribe a estos revolucionarios liberales y comienza su evolución hacia el anarquismo militante. Pero, curiosamente, no a partir de los mártires de Chicago ni de Sacco y Vanzetti sino de la situación de los trabajadores yerbateros, de la situación en que se encontraban los indígenas en el Paraguay. Era un hombre de una formación nieztcheana -muy de moda en ésa época- y se transforma en un anarquista libertario, militante. Funda un diario, el “Germinal”, donde empieza a escribir con una enorme ironía y sarcasmo, rasgos que veremos luego en Jorge Abelardo Ramos. Sus artículos le provocan la persecución política en el Paraguay, tiene que entrar y salir, se va a Montevideo. En Montevideo influye notoriamente en Rodó, en Vaz, en Zum Felde, en los intelectuales más destacados del Montevideo finisecular o de principio de siglo. Barret se vincula a la generación del ’98, y su presencia funciona como una especie de fermento o de levadura en la que germina esta renovación ideológica que se produce en ambas márgenes del Río de la Plata. Enferma de tuberculosis muy gravemente, viaja a Francia tratando de encontrar una cura para su mal, pero muere a los 34 años de edad.

Éste es el tipo que más influye en el joven Ramos y que le hace ver el conflicto social, junto con la lectura de los clásicos, del príncipe Kropotkin, de Gorki y de la literatura realista y naturalista rusa. Pero Barret también lo introduce en el tema del Paraguay, de la guerra del Paraguay y de sus consecuencias. Es a través de Rafael Barret donde la preocupación por la infame guerra de la Triple Alianza entra en el espíritu de Jorge Abelardo Ramos.

En ese anarquismo inicial tuvo como compañero de militancia, de luchas y de alguna huelga estudiantil a otro gran amigo nuestro: Luis Alberto Murray, de quien Ramos era compañero de escuela. De alguna manera, Luis Alberto nunca abandonó sus ideas anárquicas y logró congeniarlas con su catolicismo, su peronismo, su admiración por León Trotsky y el whisky.
Pero Ramos comienza lentamente a alejarse del anarquismo de su hogar –si uno cometiera ejercicio ilegal de la psicología, diría que significa un alejamiento del padre- y comienza a acercarse –siendo muy joven- a los grupúsculos trotskistas que, en Buenos Aires, comenzaban a surgir merced a la acción y la billetera de Liborio Justo, hijo del presidente de la República, Agustín P. Justo.

Liborio Justo fue una especie de proto punk, de hippie, de rebelde, hasta el último día de su vida, un peleador, enemigo de todo el mundo, que a los dieciocho años increpa con gritos destemplados al presidente Franklin Delano Roosevelt en la Cámara de Diputados, en una visita oficial que hiciera el presidente norteamericano a la Argentina y a su padre, nada menos que el General Agustín P. Justo. Liborio hace una denuncia a los gritos desde los palcos del Congreso –adonde había llegado justamente en su carácter de hijo del presidente de la República-.

El indoblegable hijo del presidente fraudulento adscribe a los escritos de León Trotsky, quien ya ha sido expulsado de la Unión Soviética y se había convertido en el solitario denunciador de la dictadura burocrática que se ha instalado en el Kremlin sobre los restos exánimes de la Revolución de Octubre. Realiza un viaje a Nueva York, del cual hay una interesante colección de fotografías, tomadas por Liborio, sobre las consecuencias que la crisis del treinta impuso a los trabajadores norteamericanos. Y vuelve a Buenos Aires con el objetivo de impulsar y dar forma política a las ideas del trotskismo en la Argentina. Alrededor de él y de su dinero –y de la capacidad que tenía de hacer publicaciones, de pagar pequeños periódicos- se empiezan a armar grupos vinculados al ideario trotskista, que tienen una prodigiosa capacidad cariocinética, logrando aumentar el número de grupos sin aumentar el número de personas involucradas en la totalidad del movimiento.

¿Qué significa –para ser breve- el trotskismo en esas condiciones?

El prestigio que tenía en los años ’30 la Revolución Rusa tuvo –en la generación de hombres como Abelardo Ramos- una importancia iniciática, fundacional.

Yo pertenezco a una generación que se inicia a la vida política –y esto es algo que el Comandante Hugo Chávez lo recordó ayer- con dos hechos: el Cordobazo, por un lado, y, por el otro, la guerra de Vietnam, una guerra de liberación victoriosa.

La generación de Jorge Abelardo Ramos se inicia con los resplandores del Octubre ruso. En 1930 este movimiento prodigioso había sido absolutamente dominado, copado y cerrado por el sistema burocrático encabezado por Stalin y en el cual toda la generación de revolucionarios que había participado de manera directa en los Diez Días que Conmovieron al Mundo –como dice John Reed- habían sido eliminados por la policía secreta de Stalin, o estaban sepultados en mazmorras de las que nadie sabía el paradero. El partido de Lenin se había convertido en una organización burocrática piramidal, en la que ya no se discutía, sino que se escuchaban las revelaciones prodigiosas del gran timonel que era José Djugashvilli –Stalin-, donde todo debate había desaparecido por completo. Esto -que tenía por lo menos un principio de justificación en las condiciones de asedio, de sitio imperialista en que se encontraba la reciente Revolución Rusa- es imitado meticulosamente por todos los partidos comunistas del mundo, que no estaban sitiados por ningún cerco imperialista. Y entonces se aplicaron exactamente los mismos criterios policíacos que se aplicaban en la Unión Soviética. El pensamiento crítico del marxismo que había iluminado a las generaciones de Lenin y de Trotsky había sido convertido en un catecismo del Padre Astete, sin discusión alguna, de una estolidez intelectual repugnante para cualquier persona de veinte años que quisiera cambiar el mundo y que tuviera respeto por la inteligencia humana.

A eso se le sumaba, en la Argentina, la adscripción más rígida y absoluta a los lineamientos heredados del Partido Socialista y del liberalismo local. A lo que hay que agregarle el altísimo componente extranjero –inmigrante- que tenían las primeras organizaciones de trabajadores y de militantes, tanto socialistas como comunistas. El Secretario General del Partido Comunista, en ese entonces y por largos años, era un individuo que hablaba cocoliche, el ínclito Vittorio Codovilla.

En ese momento, el trotskismo aparece como una posibilidad intelectual de reflexionar –sobre todo a partir de los escritos de Trotsky posteriores a su exilio de Rusia, las reflexiones que él hace sobre la revolución traicionada, sobre los grandes mariscales de la derrota, sobre los procesos de burocratización, etcétera- que había –más allá de la estolidez staliniana- un mundo de ideas que todavía podía florecer. Todo esto en medio de una presión enorme, porque –repito- el mismo método de represión policíaca que usaban en la Unión Soviética, lo usaba el Partido Comunista contra aquellos que disintieran con la línea oficial establecida por Moscú, apelando, directamente, a la delación policial, a la calumnia, a la descalificación y a considerar a los trotskistas, no militantes políticos con los que se tiene disidencia, sino lunáticos, dementes, orates o provocadores policiales. Este era el ambiente del momento, un ambiente cerrado, enrarecido, de una gran presión psicológica, de delirio.

Pero un mundo que se derrumba es un taller de forja –decía don Hipólito Yrigoyen- y en este magma -con tantos elementos de locura, de neurosis- surgen algunos elementos que habrán de ser decisivos. En primer lugar, una correcta, aunque genérica y abstracta percepción de los movimientos nacionales. Los artículos de Trotsky desde México, el reportaje que le hace el dirigente sindical argentino Mateo Fossa, algunas reflexiones de Trotsky sobre Getulio Vargas, empiezan a darles a estos jóvenes posibilidades de formular un análisis distinto, un juicio distinto, donde lo que prevalece es la idea central -planteada por Lenin en su momento- según la cual el mundo se divide en países imperialistas y países dominados por el imperialismo. Y que no se pueden usar los parámetros de los países imperialistas para analizar y dar la lucha política en los países sometidos por el imperialismo.

Esto, que parece una obviedad, era una revolución copernicana. Y lo que dice Trotsky, en algún artículo, es que entre una democracia que invade a un país feudal dirigido por un jefe despótico, el deber del revolucionario es defender al país del jefe despótico feudal contra los demócratas que lo invaden. Y después veremos qué hacemos con el jefe despótico, antidemocrático y feudal. Pero es el deber del revolucionario porque la razón de la humanidad está con el país oprimido y no con la democracia imperialista. Esto los impacta, y de este magma surge –al aparecer Perón en 1945- el pequeño –pequeñísimo- grupo que interpreta de una manera radicalmente distinta el nuevo fenómeno nacido el 17 de octubre y que confronta con la totalidad de las explicaciones que se daban en la Argentina sobre el peronismo.

Grupo que ve, principalmente, tres cosas: Primero, que éste es un país semicolonial, o sea un país dependiente, oprimido por el imperialismo. Tenemos que pensar de una manera distinta a como se piensa allá.

Segundo, que ésos que salieron a la calle, eran los obreros. No eran murgas de lúmpenes desclasados, sino que eran “los” obreros.

Y tercero, que van detrás de un jefe que no es un dirigente obrero socialista formado en la Tercera Internacional.

Entonces ese grupo se dice “bueno, vamos a tratar de explicar esto. Vamos a tratar de darle una racionalidad, porque todo lo que es real es racional, todo lo que existe puede ser explicado”. Estos grupos contaron con un hombre que jugó un papel fundamental en la articulación, el trabajo político y en la reflexión, como fue Aurelio Narvaja.

Aurelio Narvaja –a quien no conocí personalmente, pero que pude haberlo hecho, dado que fuimos contemporáneos- era un joven abogado santafecino -vinculado originariamente al Movimiento Reformista, de la reforma del ’18- que comienza a reflexionar sobre la naturaleza históricamente progresista del peronismo y sobre el carácter de clase del 17 de octubre. Este grupo se llamó “Frente Obrero”. Pero, paralelamente a “Frente Obrero”, el joven Jorge Abelardo Ramos –que se había peleado a puñetazos con Liborio Justo y con Raurich a propósito del 17 de Octubre- empieza a editar la revista “Octubre”. Y ésta es la publicación en la que Ramos comienza a elaborar su reflexión política y su pensamiento político. Ya independiente –aunque coincidente- con los trabajos del grupo de Aurelio Narvaja.

Creo que la primera cuestión a la que hay que referirse, si se habla del legado de Jorge Abelard Ramos, es el aporte ineludible que éste hace a la comprensión del gran movimiento nacional argentino. Este aporte a la explicación de cómo y por qué los trabajadores se encolumnan detrás de un coronel y desarrollan juntos un gran movimiento cuyas tareas no son el socialismo, ni la socialización de los medios de producción, sino la creación de medios de producción: la creación de un capitalismo autárquico e independiente. O sea, de trabajadores que ayudan y colaboran a que hayan patrones que les expropien plusvalía para que ellos puedan ser trabajadores. Esta explicación es un aporte que él ha dado, no a lo largo de un libro –como “Revolución y Contrarrevolución en la Argentina”- sino a lo largo de miles de artículos, de notas periodísticas, de reportajes, de conferencias. Jorge Abelardo Ramos es, en este punto, inestimable.

A los veintisiete, veintiocho años –en 1949, ya en pleno gobierno peronista- publica un libro: “América Latina: un país”. Un libro que, en realidad, tiene un título y su contenido es otro.
Es muy extraño lo de este libro. Porque en realidad el libro habla muy poco de América Latina. Habla mucho de Argentina y de la historia argentina. Pero es un libro que tiene una particularidad extraordinaria. Con la capacidad de síntesis casi publicitaria que caracterizaba la pluma y el ingenio de Jorge Abelardo Ramos, plantear, en 1949, que América Latina es “un país”, era como intentar convencer al Instituto Nacional de Meteorología que llueve de abajo para arriba, que nos parece que llueve de arriba para abajo, pero que, en realidad, llueve de abajo para arriba.

Era una tarea imposible porque la propuesta era absoluta, radical y totalmente novedosa. Acá nadie podía pensar que eso se podía decir o siquiera pensar, que se podría llegar a entrever que América Latina se podía llegar a constituir en un solo país. Y mucho menos imaginarse que lo había sido. Esto es lo más subyugante y lleno de posibilidades que tiene el libro “América Latina: Un país”, que es un libro inicial. Es el libro de un joven que tiene 28 años, que tiene muchos errores, muchos desaciertos, muchas imperfecciones pero que establece dos cosas. Como dice Methol Ferré, en una excelente nota introductoria que hizo para la edición de algunos libros de Abelardo Ramos en Uruguay, “América Latina: Un país” era, en realidad, dos libros. Uno, “Revolución y contrarrevolución en la Argentina” y, otro, “Historia de la Nación Latinoamericana”. En este pequeño librito de 250 páginas estaban comprimidos estos otros dos libros fundamentales. La madurez política le permitió irlos reescribiendo. Pero, en 1949, “América Latina: Un país” plantea el eje central de su legado intelectual y político.

Poco después publica –siempre durante el gobierno peronista- otra cosa que tuvo el efecto de una enema de vidrio molido –si se me permite la escatológica comparación- que es “Crisis y resurrección de la literatura argentina”, un libro del ’54. Y digo que tuvo estos efectos porque se la agarra descarnada, brutal y provocativamente con dos vestales de la cultura oficial argentina: Jorge Luis Borges y Ezequiel Martínez Estrada.

Es obvio que “Crisis y resurrección de la literatura argentina” no es una obra de crítica literaria. Es una obra política. De crítica a la cultura política oficial del país. No está destinada a discutir las cualidades literarias de Borges y de Martínez Estrada, sino que está destinada a discutir y criticar el peso que las concepciones de Borges y de Martínez Estrada tienen sobre el conjunto de la sociedad. Y establece otro ángulo de su crítica a la realidad argentina: el plano de la lucha cultural. Establece un principio básico para un país semicolonial que es que la lucha por la liberación se da en la cabeza de los oprimidos de ese país. Y que para alcanzar el nivel político capaz de cambiar las condiciones es necesario realizar una profunda crítica intelectual y política a las bases espirituales del pensamiento de esa sociedad. Este es el aporte de esta obra –que es un folleto, un opúsculo, no es una obra de envergadura, por lo menos en cuanto a su extensión- pero que asesta un golpe en el nudo gordiano de la dominación política de la oligarquía y del imperialismo en la Argentina, que es el modo de pensar.

Caído el gobierno peronista, Ramos publica –en 1957- “Revolución y contrarrevolución en la Argentina” que es una versión ampliada y corregida de esa historia argentina que había presentado en “América Latina: Un país”.

Esta historia es corregida en dos puntos esenciales que Ramos descubre posteriormente a la publicación de su libro inicial.

Uno de ellos lo cuenta Methol Ferré en ese artículo del que les hablaba y es el papel de Jose Gervasio Artigas, el papel articulador que Artigas jugó en la nación rioplatense. Descubrimiento que Ramos obtiene en sus viajes a Montevideo y en su amistad, justamente, con Methol Ferré. Fue Methol Ferré, fue Vivian Frías, fueron ese gran historiador y extraordinario expositor que fue Washington Reyes Abadíe y el periodista Roberto Ares Pons quienes lo introducen en la justa apreciación del papel jugado por Artigas hasta su eclipse en fronda paraguaya. Y estos intelectuales eran los editores responsables, en aquella época, de esa revista “Nexo”, que jugó un papel trascendente en el proceso de autoconciencia histórica de los rioplatenses. Su nombre, “Nexo”, apelaba al papel que el “estado tapón” creado por el Reino Unido, debería jugar en el proceso de integración suramericano: de vínculo geopolítico entre la Argentina y Brasil. Los primeros capítulos del primer tomo de “Revolución y Contrarrevolución en la Argentina”, que lleva el título de “Las Masas y las Lanzas”, es una magistral interpretación de los momentos iniciales de las Provincias Unidas del Río de la Plata y del papel jugado por el mejor exponente del federalismo, el oriental José Artigas. La exposición del Protector de los Pueblos como un caudillo rioplatense cuyo programa político consistía en mantener la unidad del antiguo Virreinato y no como el creador del minúsculo estado del Uruguay tuvo también un efecto devastador en la concepción histórica vigente, tanto de cuño liberal mitrista, como de origen nacionalista oligárquico. En la visión de Ramos, Artigas es el primero y más grande de los federales y su política se entronca con el proceso de modernización iniciado por los Borbones y los grandes políticos y pensadores fisiócratas españoles, que tuvo en las Cortes de Cadiz su más alta expresión transformadora.

El otro aspecto esencial que actualiza Ramos en este libro es el de la significación del papel jugado por Julio Argentino Roca, su representación social y el sentido de la federalización de la ciudad y el puerto de Buenos Aires. Contra el izquierdismo abstracto, el antiliberalismo de cuño clerical y la mistificación mitrista, Jorge Abelardo Ramos funda una interpretación, basada en el paradigma marxista, que emparenta a Roca y al roquismo con los movimientos populares que lograron la Independencia Americana, que resistieron la hegemonía de la burguesía del puerto de Buenos Aires y que, con los soldados de un incipiente Ejército nacional, aplastaron el secesionismo porteño. Con el brillo característico de su pluma, emparentada con lo mejor de la literatura política argentina –Moreno, Castelli, Monteagudo, De Angelis y hasta Sarmiento y Alberdi- “Revolución y Contrarrevolución en la Argentina” describe de manera singular el período que se inicia bajo la hegemonía personal del General Julio Argentino Roca en 1870, después de la guerra del Paraguay, y que culmina en 1910 con su segunda presidencia.

“Revolución y Contrarrevolución en la Argentina” es un libro magistral al que dos o tres veces al año vuelvo para leer algo, a buscar alguna cosa; porque es una especie de sistema, de “clave” para poder comprender políticamente diferentes momentos históricos que son muy complejos y que están mal explicados. Es un libro al que se le pueden agregar capítulos sobre temas que ocurrieron después de la época en que el libro termina; pero es muy difícil que se le puedan agregar capítulos a los períodos sobre los que el libro trata. Con este libro, decía, Ramos establece de manera definitiva la genealogía política del pueblo argentino y de su clase trabajadora. Y, por lo tanto, vislumbra, tira pautas, imagina cuál puede ser el desarrollo posible de ese pueblo argentino y de esa clase trabajadora. Éste, creo, es el aporte central de “Revolución y Contrarrevolución en la Argentina”, libro que –en su momento- fue un libro de consumo masivo, un libro que fue devorado por, por lo menos, una generación de argentinos.

Ramos desarrolla, además, una relación muy íntima y comprometida con dos países, además de la Argentina: con el Uruguay, con el que lo unían casi lazos de sangre, ya que su padre terminó viviendo en el Uruguay, y él mismo se casó con una uruguaya, Fabriciana Carvallo, una joven intelectual, izquierdista y montevideana, madre de sus dos hijos mayores.

Fue tan rica la relación que Ramos establece con el Uruguay que Methol Ferré sostiene –en ese mismo artículo- que Ramos fue a Vivian Trías lo que Juan B. Justo fue a Emilio Frugoni. Juan B. Justo fue el precursor de la constitución del pensamiento central del socialismo uruguayo a través de Emilio Frugoni -su principal dirigente- y, según Ferré, Ramos fue el que consolidó y dio forma al pensamiento político de Vivian Trías, que llegó a constituir una corriente de la Izquierda Nacional dentro del Partido Socialista uruguayo.

Y con el otro país con el que desarrolla un compromiso de preocupación intelectual y política es con Bolivia. Es cierto que, para el trotskismo, Bolivia siempre fue un tema. La característica de la historia boliviana del siglo XX, el desarrollo de la industria minera entre otros factores, hicieron que –curiosamente- el trotskismo tuviera en Bolivia un desarrollo obrero muy importante. Fue el trotskismo el que organizó los sindicatos mineros, y tuvo un gran éxito político no sólo entre los trabajadores mineros, sino también en el campesinado. Para los jóvenes trotskistas de aquella época –estoy hablando de los años 40- el viaje a Bolivia era un viaje iniciático. La mina “Siglo XX”, la mina Catavi, bajar al socavón, todo eso era un viaje iniciático para esa generación.
El establecimiento de una serie de conexiones políticas entre Ramos y varios intelectuales y políticos bolivianos dio origen a su relación con Sergio Almaraz Paz y posteriormente con quien, posiblemente, sea el discípulo más afamado y exitoso de Jorge Abelardo Ramos –por lo menos por ahora- que es el actual Ministro de Hidrocarburos del gobierno de Evo Morales, Andrés Solís Rada. Un hombre formado personalmente por Sergio Almaraz Paz, por Jorge Abelardo Ramos y por otro trotskista que se refugió en Bolivia -país al cual le prestó importantísimos y patrióticos servicios- que fue Adolfo Perelman.

Adolfo, y su hermano Ángel, eran dos jóvenes trotskistas que participaron directamente en la fundación de la Unión Obrera Metalúrgica, a punto tal que Ángel terminó sus días como funcionario de la UOM, especialista en paritarias. Según decían, era el hombre que mejor conocía la lista de actividades fabriles que tenían que ser cubiertas por las discusiones paritarias. Adolfo se va a vivir a La Paz y es uno de los hombres que participa activamente en la creación del primer horno de estaño que se hace en Bolivia –la COMIBOL-, fundado a principios de la década del ’70 bajo el gobierno del presidente Ovando Candia, caído ya René Barrientos.

Sobre estos dos países Jorge Abelardo Ramos tenía un punto de vista muy claro, conocía en profundidad esas dos sociedades e influyó en el debate político interno de estos dos países. La polémica que mantuvo en los años ’70 con Guillermo Lora, el secretario general del POR -el Partido Obrero Revolucionario boliviano- trotskista, una especie de Altamira avant la lettre- es histórica, y ha tenido una trascendencia política en el debate interno boliviano muy grande.
Hasta 1968 no publica nada de magnitud. En ese año logra publicar la otra parte de “América Latina: Un país”, esa parte que solamente estaba encerrada, criptografiada en el título. Y nos da otro libro que ha sido y sigue siendo iluminador que es “Historia de la Nación Latinoamericana”.

Esta obra es –desde su sistema interpretativo- una obra única en el continente y con una trascendencia sobre el sistema de ideas latinoamericano que es fundamental. En esta obra Ramos desarrolla eso que "se cifra en el nombre" –como decía uno-, eso que estaba en aquél titulo de “América Latina: Un país”, y muestra de qué manera el futuro de nuestra unidad latinoamericana está signado por el inicio de nuestra vida independiente. Y más aún. Aún antes de nuestra vida independiente, las condiciones impuestas por la corona española sobre el nuevo mundo determinaban que esto debía ser una sola y gran Nación.

A partir de esto analiza de qué manera ese proyecto originario que expresaban Artigas, Bolívar y San Martín fue agonizando, fue deteriorándose; qué intereses concurrieron para que el proyecto se fragmentase, para que esas grandes visiones continentales que caracterizan la prosa de Bolívar terminaran en pequeñas e impotentes repúblicas dotadas de todos los elementos formales que constituyen el estado burgués, pero ninguno de sus elementos constitutivos materiales. Que actúan como estados burgueses, pero que no tienen la base material para ser verdaderos Estados burgueses y, por lo tanto, se convierten en correa de transmisión de las políticas imperiales.

Este libro desglosa, en sus grandes líneas, la fragmentación y la balcanización sudamericana y aporta otro elemento que es fundamental: da una lucha implacable contra dos terribles plagas que azotaron nuestro continente, con efectos tan perniciosos como las que azotaron Egipto: el cubanismo y la lucha armada.

La revolución cubana, su novedad, su inesperada resolución fue –para la generación anterior a la mía- el gran elemento nutriente. Y se convirtió, de una revolución viva, concreta, hecha por hombres y mujeres con enormes sacrificios, en un país que está a un tiro de piedra de los Estados Unidos, en una abstracción metafísica, en una especie de libro de Jorge Bucay, en la que se encontraban las respuestas a todos los males del género humano.

Yesta respuesta estaba dada por la aparición de un nuevo protagonista, el campesinado, y un nuevo demiurgo, el guerrillero. El guerrillero que introduce en los campesinos la idea del levantamiento socialista y que, a través de su sacrificio, –heroico y desinteresado- logra redimir al conjunto del género humano. Ésta es la ideología latente en este cubanismo que caracterizó a los años ’60 y que terminó en el terrible proceso de las luchas armadas, en el movimiento guerrillero en los distintos países de América Latina, inclusive en el nuestro.

Jorge Abelardo Ramos, en la “Historia de la Nación Latinoamericana”, da un debate profundo, ideológico, político, argumental, usando todo tipo de instrumentos intelectuales, para intentar explicar y aclarar a las nuevas generaciones que, por ese lado, iban a un matadero sangriento.
Uno podría decir que, lamentablemente, tuvo razón. Methol Ferré –a quien cito en esto porque posiblemente sea la persona que más cerca estuvo de ese lejano y a veces frío corazón de Jorge Abelardo Ramos; fue su mejor amigo y, posiblemente, después de la muerte de Alfredo Terzaga, su único amigo- nunca se cansa de decir -cada vez que uno hace esos viajes a la Meca de Montevideo para charlar con él- que el Colorado cumplió una tarea que la posteridad le va a reconocer: que salvó a miles y miles de jóvenes de ese inicuo martirio. Y creo que esa lucha, los elementos intelectuales de esa lucha y de esa discusión están dados en la “Historia de la Nación Latinoamericana”.

Y por último, la última gran batalla que dio Jorge Abelardo Ramos quizás haya sido la que libró durante la guerra de Malvinas. También ahí cumplió su papel –ése para el que tenía tanta capacidad- en el análisis y difusión propagandística de las características nacionales y legítimas de la guerra.

Posiblemente, uno de sus más destacados méritos como político haya sido su gran capacidad propagandística. Hay historiadores que intentan minimizar la importancia de Jorge Abelardo Ramos en la elaboración y creación de estas ideas que he estado enumerando. Estos críticos, para, disminuir la importancia de Ramos en su propio pensamiento y, hasta, en su propia vida, sostienen que, en realidad, esas ideas son de Aurelio Narvaja, y que lo único que hizo Ramos fue repetir lo que había escuchado del pensador y político santafesino.

Este punto de vista es de una mezquindad ilimitada, de la cual Aurelio Narvaja fue y es absolutamente inocente.

Más allá de las reflexiones de Aurelio Narvaja, y del aporte que estas reflexiones hayan tenido en la elaboración del pensamiento básico de Jorge Abelardo Ramos, es evidente que estas ideas son conocidas urbi et orbi por la prodigiosa capacidad literaria, propagandística y agitativa del Colorado Ramos para hacerlas conocer y trascender el pequeño cenáculo de iluminados trotsquistas en cuyo seno contribuyó a forjarlas.

Fue la lucha pública y personal que llevó adelante Ramos, contra todas las fuerzas de la reacción, de derecha a izquierda, la razón por la cual esas ideas salieron de la catacumba a la luz: por su lucha, y por la capacidad que tuvo de nuclear a cientos, a miles de compatriotas, provenientes de distintas extracciones políticas, alrededor de él, vinculados a él, y que tenían, como base general de pensamiento todas estas ideas, estas ideas por las que algunos críticos pretenden restarle mérito.

En esto Ramos era un político extraordinario, era un tipo que tenía una enorme capacidad mediática -por lo menos en los términos en que los medios se manejaban en la época en que él vivió, por supuesto que hoy todo es distinto-. Pero digamos que su capacidad mediática solamente es comparable a la de Arturo Jauretche. Disponía de una admirable capacidad para penetrar el muro de aislamiento e indiferencia con que el régimen lo proscribía, una enorme creatividad para elaborar síntesis extraordinarias –especie de epigramas- que cerraban toda discusión posible. Como cuando le dice a Galtieri: “Muy bien, General. Hemos echado al inglés. Sería bueno que ahora echemos al Alemán”. Esta capacidad para encontrar el chiste, la réplica, el retruécano, la síntesis, esta capacidad de decir la última palabra y de dar a la vez la sensación de que no cabe otra más, era uno de sus grandes atributos como político.

Y, a la vez, su prodigiosa oratoria.

Ramos fue uno de los oradores más extraordinarios que he escuchado. La presentación que hacía de la historia y de la política daba la sensación, a sus oyentes, de estar viendo una superproducción de cine: uno veía pasar esos ejércitos de desharrapados criollos que iban a combatir a atildados oficiales españoles, veía cabalgar a las montoneras federales, flameando el rojo pabellón empolvado por mil batallas, veía a los inmigrantes, con el miserable atadito de sus pertenencias, llegando al puerto de Buenos Aires. Veía desfilar ante sus ojos todo lo que su enorme capacidad retórica explicaba, dejando impregnado para siempre en el cerebro de sus escuchas estas imágenes que él dibujaba verbalmente, para que, justamente, se convirtieran en el dato constitutivo de esta nueva manera de ver la Argentina y América Latina.

¿Qué ha quedado de todo esto? Bueno, modestamente, hemos quedado quien les habla y una legión de compañeros y amigos en todo el país. Pero sospecho que algo más debería haber quedado.

Sintetizaría el legado de Jorge Abelardo Ramos en éste 2006, a doce años de su desaparición física, en los siguientes puntos:

La interpretación de los movimientos nacionales y su relación con el desarrollo de las sociedades semicoloniales. No me refiero únicamente al peronismo, sino a los movimientos nacionales en general. Su crítica, por lo tanto, al sistema de los partidos tradicionales. Su interpretación de la naturaleza de los movimientos nacionales, latinoamericanos y del Tercer Mundo. Su análisis sobre el papel del caudillo como sintetizador de los distintos elementos que componen al movimiento nacional. Estos recursos, estas herramientas intelectuales que él ha aportado, siguen teniendo la misma vigencia que tenían el día en que uno –hace cuarenta y cinco años- abrió por primera vez las páginas no refiladas de “Revolución y contrarrevolución en la Argentina”.

Otro elemento que Ramos aporta, y cuya vigencia es tan actual como la del que acabo de describir, es su interpretación del papel de los ejércitos en el mundo semicolonial. El papel bifronte de las clases medias, de las cuales los ejércitos no son sino una parte, tanto en la revolución, como en las contrarrevoluciones; esas clases medias, colonizadas ideológica y mentalmente por el imperialismo y las oligarquías, a su vez, constituyen una de las fuerzas sociales fundamentales para la convergencia en el gran movimiento nacional liberador. La crítica que Ramos hace al progresismo abstracto y a su falso democratismo tiene su eje en el papel desorientador de las aspiraciones de estas clases medias, como artilugio intelectual que los lleva a un camino sin salida, y con el que evitan enfrentar la verdadera solución.

Y, por último –pero no con menos vigencia, ya que tal vez hoy brilla con su máximo esplendor-, su concepción admirable de la unidad latinoamericana tal y como hoy se está estructurando.

Hoy al mediodía miraba la transmisión televisiva de la Cumbre de Presidentes del Mercosur en Córdoba mientras hablaba por teléfono con un amigo. Cuando estaba hablando Hugo Chávez, le hice un chiste a mi amigo. Le digo: “Esto no existe. Esto es un producto de la cabeza del Colorado, este hombre no existe. No puede ser verdad tanta belleza: que haya, como clamaba Ramos en cada uno de sus textos, un militar, hijo de las clases medias pobres, de un país semicolonial, que plantea la unidad latinoamericana sobre la base de la unificación de los pueblos. Esto es un producto de los libros del Colorado, y lo que ocurre es como en la película ‘Matrix’, donde pasan cosas que no pasan”.

Verdaderamente, ahora más que nunca, el proceso de unidad latinoamericana ha avanzado por los carriles que la interpretación que sobre ella hiciera Jorge Abelardo Ramos ofrecía a nuestra lectura. La vigencia de los movimientos nacionales, es decir, de esos grandes frentes nacionales antiimperialistas, integrados por vastos sectores sociales de las sociedades semicoloniales, conducidos generalmente por un caudillo, con las características que tenía en el siglo XIX Bonaparte, en el siglo XX Perón y en el XXI Chávez; la vigencia del proyecto de la unidad latinoamericana, creando un arco de países hispanoparlantes capaces de establecer un equilibrio con el gigante lusitano, son los elementos que el pensamiento, la obra, la acción política de Jorge Abelardo Ramos nos han legado hasta nuestros días, y que tienen una vigencia y una utilidad política incomparable.

Muchas gracias.

6 de julio de 2006


4 de julio de 2006

Una nueva escalada continental contra Hugo Chávez

Se lanzó la lucha contra la integración suramericana

Por Julio Fernández Baraibar

Por primera vez desde que asumiese como presidente de su país, la política continental de Hugo Chávez y el decidido papel que ha comenzado a jugar en la integración suramericana ha sido usado como argumento electoral en contra de un candidato que mejor expresaba esa política, el peruano Ollanta Humala. Alan García, putativo heredero de aquella Alianza Popular Revolucionaria Americana fundada por Víctor Haya de la Torre, ha tenido el honor de inaugurar esta nueva escalada imperialista contra la unidad de nuestro continente.


Durante la campaña electoral y, lo que es aún peor, después de ella, García desempolvó los viejos argumentos usados contra Perón, en la década del 50
[1], dirigidos ahora contra quien mejor interpreta aquella concepción del caudillo argentino, el venezolano Hugo Chávez. En un discurso pronunciado al día siguiente de su elección, el nuevo presidente peruano se refirió al resultado del comicio comparándolo con “un nuevo Ayacucho” librado no contra el TLC, el saqueo minero, la dictadura mediática del gran capital imperialista, ni la miseria de las grandes masas campesinas indígenas, sino contra las pretensiones imperialistas de… Hugo Chávez.

Contra el eje Argentina-Brasil-Venezuela

La resistencia de los EE.UU. a la unidad suramericana ha encontrado, entonces, un nuevo vocero y una nueva expresión. En efecto, ha quedado demostrado que la constitución de una gran Unión Democrática de todas las fuerzas proimperialistas en el continente ya no puede estructurarse declaradamente alrededor de los EE.UU. ni en contra de la integración. El desprestigio de Washington en nuestra región y el desarrollo alcanzado por el proceso integrador objetivo han enviado todo argumento a favor del primero o en contra del segundo al apolillado baúl ideológico del neoliberalismo hoy en retroceso.


Ese frente de fuerzas contra la liberación y unidad continentales ha debido buscar nuevas argumentaciones y las ha encontrado: quebrar el eje establecido entre Brasil, Argentina y Venezuela, limitar la influencia política de éste último país a tan sólo su capacidad petrolera y volver al Mercosur del fin del siglo, al que el escritor y embajador argentino Abel Posse definió como “un Mercosur de mercachifles”, caracterizado por la preeminencia de las empresas multinacionales en su constitución. Para ello debe proponerse reunir en un solo haz a todos los sectores de derecha y de izquierda que se oponen a este eje articulado por la propuesta venezolana de construir el gasoducto continental y ofrecer falsas alternativas integradoras. Una de ellas es, entonces, volver a un eje Argentina-Brasil, similar al de la época de Menem-Cardoso, quitando de la actual constitución la desafiante y plebeya presencia de la revolución bolivariana.

Otra de esas alternativas, que también se están desarrollando ante nuestros ojos, es el elogio al modelo chileno, a la Concertación y, sobre todo, al ex presidente Ricardo Lagos, extensivo a su sucesora la presidente Bachelet. Poniendo el acento en aspectos de democracia puramente formal, en la supuesta estabilidad económica alcanzada por Chile y en su aparente firmeza institucional, los elogios ocultan sistemáticamente la naturaleza de la política exterior mapochina, profundamente opuesta al Mercosur y a la unidad continental, su alianza estratégica con los EE.UU. y su simpatía por el Reino Unido.

La otra forma de acercamiento indirecto al enfrentamiento con la política bolivariana es la campaña de desprestigio al estilo con que Chávez la plantea. Desde los insultos de Alan García a los comentarios maliciosos que se pueden leer diariamente en la gran prensa del continente se intenta convencer a los sectores medios de las grandes ciudades que las propuestas bolivarianas son poco serias e impropias de países democráticos, blancos y civilizados.

Y después del resultado peruano se agrega el argumento de que el apoyo de Chávez es, por su supuesta incontinencia verbal, su populismo y su afán hegemónico, perjudicial desde el punto de vista electoral, tema éste que significa la mayor preocupación intelectual de la mayoría de los políticos del continente.

Operativo “anti Mar del Plata”

En la Argentina esta maniobra ha comenzado a manifestarse con claridad. La aparición del doctor Roberto Lavagna como posible cabeza de un frente opositor al presidente Kirchner con cierto apoyo en los sectores medios ha tenido como ingrediente inevitable las críticas al presidente venezolano, a su política integradora, ocultando y tergiversando el papel que ha tenido Venezuela en la superación de la crisis económica y financiera de nuestro país.

Se trata, en realidad, de retrotraer la posición continental de nuestro país a antes de la reunión cumbre de Mar del Plata. En efecto, la firme crítica formulada por el presidente Néstor Kirchner a la propuesta del ALCA y la articulación manifestada con el presidente Hugo Chávez en cuanto a una actitud de resistencia a la hegemonía yanqui significó un punto crucial en la política de integración. Comenzó a hacerse evidente que Venezuela había comenzado a jugar un papel decisivo en un juego que hasta ese momento sólo tenía a Argentina y Brasil como protagonistas principales. Escribimos en un artículo anterior:

“Es cierto que Brasil, hasta la aparición de Chávez en la escena continental, ha sido el principal impulsor y promotor del Mercosur y la integración. La desindustrialización de Menem en la Argentina y su política monetaria que favorecía la importación dejaron a nuestro país –que, en 1950, había creado, por obra del general Juan Domingo Perón, la tesis de la integración con el Brasil–, fuera de toda posibilidad de liderazgo. Durante largos diez años el Brasil tuvo a su lado un socio bobo que prefería la paridad uno a uno con el dólar y las relaciones carnales con los EE.UU. Esto hizo ver al país lusoparlante como el campeón de la integración, con una cancillería y con intelectuales orgánicos que actuaban y pensaban en función de la misma”
[2].

Esta situación cambió con la aparición marplatense de Chávez y con el giro impuesto por el presidente Kirchner. El presidente venezolano había comenzado a unificar tras de sí, con su estrategia bolivariana y los recursos generados por su petróleo, a la Suramérica hispanohablante, y, con este conjunto, sentarse a la mesa con el Brasil, dotando así al proyecto unificador de una estrategia y una visión histórica.

Disolver lo alcanzado en Mar del Plata significa cambiar de blanco a negro la política exterior argentina fijada en el discurso del presidente Kirchner y obligar a la Argentina a diferenciarse radicalmente del discurso de Chávez en el Estadio Mundialista, en aquella oportunidad.

“Alineamiento con Caracas”

La prensa y los periodistas regiminosos, acuñadores de los lugares comunes con que se manipula a la opinión pública, han comenzado a hablar críticamente del “alineamiento con Caracas”, como si nuestra política exterior repitiera el mismo tipo de alineamiento automático que Menem y Di Tella asumieran con respecto a los EE.UU. La palabra “alineamiento” supone un seguidismo perruno, una especie de obediencia ciega que sólo favorece al país detrás del cual el otro se alinea. Con esa implícita condena se refieren, entonces, a la nueva situación continental que se caracteriza, como decimos, por la presencia de Venezuela en este nuevo Mercosur
El objetivo de mínima de este operativo es, en la perspectiva más probable de la continuidad electoral de Néstor Kirchner, presionar sobre éste para que modifique esa política, haciéndole creer que ése es su punto débil y que desmerece su gobierno. En el orden de la política suramericana el objetivo central de la maniobra es Chávez, no Kirchner. Si el presidente argentino cediese o retrocediese del punto alcanzado en su discurso de Mar del Plata, el que se debilitaría es Chávez y la revolución bolivariana de manera directa, aunque cualquier manifestación de debilidad en este punto terminará afectando al presidente argentino y su intento de mantener una política de independencia nacional.

El “alineamiento con Caracas” presupone también presentar la generosa y solidaria actitud venezolana en ocasión de la compra de nuestros bonos como un simple buen negocio que nos obliga a enfrentarnos “innecesariamente” con los EE.UU. y el mundo desarrollado. A la vez se insinúa que con la presencia de Chávez se intenta imponer el “modelo cubano”, metiendo una cuña entre sectores sociales y políticos que se beneficiarían con los negocios con Venezuela.
En suma, es evidente que después de la sorpresa y el desconcierto iniciales, las fuerzas políticas del imperialismo y las oligarquías regionales, han comenzado una nueva ofensiva contra el proceso de integración suramericano. El mantenimiento, contra viento y marea, de una unidad entre Argentina, Brasil y Venezuela y la ampliación de la alianza al mundo andino es el principal escollo al nuevo despliegue imperial. Los lobos disfrazados de ovejas no pueden volver a engañarnos.


[1] Ver Un Solo impulso americano – El Mercosur de Perón, pág. 90 y ss. Fondo Editorial Simón Rodríguez, Buenos Aires, 2005.

[2] El Libertador ha entrado en tierra brasileña, por Julio Fernández Baraibar, Question Latinoamerica, junio 2006.

8 de junio de 2006

Los enojos de Itamaraty

El Libertador ha entrado en tierra brasileña

Por Julio Fernández Baraibar

Question Latinoamerica, junio 2006

La nacionalización de los recursos energéticos bolivianos por parte del gobierno de Evo Morales y el particular modo en que fue llevada adelante sacudieron al principal agente en la construcción del Mercosur, la cancillería brasileña conocida con el nombre del viejo palacio Itamaraty, donde funcionaba, en Río de Janeiro, hasta su traslado a Brasilia.

Hemos escrito anteriormente: “Los beneficios del Mercosur deben ser evidentes, en primer lugar, para sus socios menores. Es obligación de los socios de mayor magnitud correr con ese esfuerzo. De lo contrario, estas diferencias serán el mecanismo para que Uruguay o Paraguay se conviertan, contra el deseo histórico de sus pueblos, en un enclave político o militar de EE.UU., en una nueva Gibraltar yanqui”[1].

Y los hechos mencionados no han hecho sino actualizar este punto de vista.
La desmedida reacción de autorizados voceros de Itamaraty, como el canciller Celso Amorim o el asesor presidencial Marco Aurelio Garcia, ante lo que se consideró una afrenta por parte de Bolivia –y parcialmente de Venezuela- ha hecho evidente que la enorme potencialidad integradora del Brasil –determinada por su extenso territorio, su gran población y su enorme economía industrial- sufre de una peligrosa debilidad. Decíamos en la nota citada anteriormente: “Es muy posible, también, que Petrobras tenga que adecuar su política empresarial a las condiciones que le impone el contexto suramericano y ser agente, no del mero interés empresarial, sino de la dinámica de la integración política del continente”. Y lo que la decisión boliviana puso a la luz del día fue la peligrosa capacidad de la petrolera estatal brasileña a actuar con completa independencia del poder político de su país y al servicio de sus propios objetivos empresariales y de los de la expansiva burguesía paulista. Ha quedado claro que Petrobras ha actuado en Bolivia con el mismo criterio de la Standard Oil o la Shell y que su función se ha limitado a garantizar la provisión de energía a bajo costo a la megalópolis de Sao Paulo, el principal centro industrial del continente suramericano.

Es cierto que Brasil, hasta la aparición de Chávez en la escena continental, ha sido el principal impulsor y promotor del Mercosur y la integración. La desindustrialización de Menem en la Argentina y su política monetaria que favorecía la importación dejaron a nuestro país -que, en 1950, había creado, por obra del general Juan Domingo Perón, la tesis de la integración con el Brasil-, fuera de toda posibilidad de liderazgo. Durante largos diez años el Brasil tuvo a su lado un socio bobo que prefería la paridad uno a uno con el dólar y las relaciones carnales con los EE.UU. Esto hizo ver al país lusoparlante como el campeón de la integración, con una cancillería y con intelectuales orgánicos que actuaban y pensaban en función de la misma.

La irrupción de Chávez, con la capacidad económica generada por el alto precio del petróleo y la ocupación de PDeVeSA por parte de su gobierno, expulsando de su seno a la administración proimperialista que la había convertido en un instrumento estéril para la soberanía nacional, modificó el equilibrio que se mantenía desde la década del 80. Su propuesta sobre la construcción de un megagasoducto que atraviese el continente se convierte en el eje central de la integración, a la vez que propone a sus pares suramericanos la creación de una gran empresa petrolera continental. Desde hace dos o tres años el protagonismo del Mercosur ha estado, en realidad, en manos de estos dos países, con la particularidad que uno de ellos, Venezuela, recién ahora se ha incorporado al acuerdo.

Lo que se ve detrás del juego del presidente Hugo Chávez en la región es la vieja concepción de Perón de los años 50. Básicamente sostenía Perón que la unidad de Suramérica sólo podía ser el producto de la integración de Brasil y Argentina, pero que el tamaño territorial y la escala de la economía brasileña hacían necesario que nuestro país encabezase un sistema de unificación de los países hispanohablantes a efectos de equilibrarse con el gigante lusitano. Así fue como logró formalizar acuerdos con Paraguay, Bolivia y Chile, mientras las intrigas de la conducción de Itamaraty de entonces demoraban el buscado entendimiento con el presidente Getulio Vargas. Esta visión del caudillo argentino es la política que está llevando adelante el presidente Chávez de Venezuela. Su enorme prestigio político y su amplia capacidad financiera lo han convertido en el necesario interlocutor de todos los países hispánicos de la región. Busca de esa manera que la integración del Brasil no se realice con cada uno de los demás países de modo independiente, sino, en lo posible, estructurando un bloque que equilibre la desproporción. No otra cosa hay detrás de la ayuda financiera de Venezuela a la Argentina, su intención de mediar en el conflicto con Uruguay, la búsqueda de difícil entendimiento con Colombia, su apoyo técnico a Bolivia y su declarada simpatía por Ollanta Humala en Perú. No hay en ello la menor huella de intervencionismo. Se trata, por el contrario, al modo como lo hacía Perón, de encontrar gobiernos amigos con los que establecer acuerdos favorables a estos y sentarse juntos a la mesa con el gigante. Todo esto, es cierto, tiene un riesgo, que es la vuelta de Brasil a un aislamiento en la región. El Brasil ha tenido que hacerse cargo de la fragilidad que implica su dependencia del gas boliviano y del petróleo venezolano y del embate sufrido por las inversiones de Petrobras en Bolivia. A la vez, reaparecen viejos reclamos fronterizos irredentos en el Acre. Venezuela ha decidido jugar fuerte en la integración suramericana y con un papel que pone en tela de juicio lo que hasta hoy se veía como el incuestionable liderazgo brasileño. No sería ajeno a esta preocupación el éxito logrado por Hugo Chávez en introducir en Brasil el pensamiento de la revolución bolivariana y la simpatía que la misma despierta en las grandes masas postergadas de este país. La enorme estatua de pappier maché del Libertador, en el Carnaval de Rio, y su fulminante aceptación popular logró lo que toneladas de libros de historia no podrían haber conseguido, introducir en el Brasil –país ajeno a la tradición independentista suramericana- la conciencia de un Bolívar libertario e igualitarista. El espíritu bandeirante que anida en la burguesía paulista entendió, seguramente, las pasiones y la fuerza que esa estatua y esos símbolos despertaban. El apartamiento brasileño del camino de la unidad sería un golpe mortal a la región –y al propio régimen del presidente Chávez-, pero también lo sería al propio Brasil que hoy conocemos. La unidad para beneficio de todos, para la industrialización de todos, para el fortalecimiento de todos es el único camino posible tanto para Brasil como para el conjunto hispanohablante de América del Sur.

Bolivia apeló una vez más a la consigna y maldición lanzada por el Inca Yupanqui en las Cortes de Cadiz. “Un pueblo que oprime a otro no puede ser libre”, dijo indignado a los peninsulares que se negaban a reconocer a las colonias como integrantes de aquellas Cortes. Evo Morales, silenciosamente y ocupando las plantas petroleras con el ejército, se lo dijo a quien quisiera oírlo.


[1] Respetar las asimetrías, evitar la prepotencia, Buenos Aires, 4 de febrero de 2006. Se puede leer en mi blog http://fernandezbaraibar.blogspot.com
El conflicto con el Uruguay
Los riesgos del nacionalismo de campanario

Por Julio Fernández Baraibar

Patria y Pueblo, mayo de 2006

El conflicto surgido sorpresivamente entre el Uruguay y nuestro país a raíz de la radicación de dos plantas de celulosa en las cercanías de la localidad de Fray Bentos y frente a la ciudad argentina de Gualeguaychú, parecería haber terminado con la decisión del presidente Kirchner de elevarlo a consideración de la Corte Internacional de La Haya, según lo prescripto por el Tratado del Río Uruguay, suscripto entre ambos países en 1974. Pero todo su desarrollo y el manejo que del mismo hizo la dirigencia argentina han dejado huellas muy profundas en la hermandad rioplatense y en el Mercosur.

Más allá de la violación al Tratado del Río Uruguay formalizado por el presidente Jorge Batlle, que la conducción política argentina dejó pasar en su momento, aceptando la radicación de las plantas, el gobierno del doctor Kirchner, después de una indiferencia inicial, se dejó llevar por la agitación de los grupos ambientalistas y de un sector de la ciudadanía entrerriana que veía en las plantas la amenaza a sus negocios turísticos. Esto hizo que los cortes del puente internacional durante todo el verano –época crucial para la frágil economía uruguaya, muy dependiente del turismo de nuestro país-, se convirtieran de hecho en un gesto bélico apoyado o tolerado por la Gendarmería Nacional, que muchas veces actuó como colaboradora de los mismos.

El Uruguay es un país pequeño y de una economía completamente dependiente de su sector externo. En la década del ‘50 del siglo pasado se retiraron los grandes frigoríficos ingleses que constituían, junto con la exportación cárnica al Reino Unido, el principal salario del país. En ese momento hizo eclosión la crisis económica del Uruguay creado por Lord Ponsomby con las consecuencias políticas y sociales que se desarrollaron a lo largo de las décadas del 60 y el 70: la radicalización de las clases medias, el fenómeno Tupamaro, la ruptura del tradicional sistema constitucional uruguayo y la dictadura militar con sus secuelas de terrorismo de Estado y exilio político y económico. Cincuenta años después los EE.UU. han reemplazado a Inglaterra como principal cliente de la carne del Uruguay y compran la totalidad de su producción. Esto, que para los EE.UU. puede significar la provisión de algunas carnicerías en un par de supermercados de Nueva York, Chicago y Los Ángeles, para el Uruguay significa el 22% de sus exportaciones. En este marco de enorme fragilidad, desde hace ya diez o quince años, el Uruguay gestó y llevó adelante una política de forestación, cuya producción hoy se exporta bajo la forma de troncos a las plantas de celulosa de Europa. El ofrecimiento por parte de la empresa finlandesa Botnia de invertir un capital equivalente al 10 % del PBI del país y generar valor agregado a su exportación forestal fue algo que el Uruguay no estaba en condiciones de rechazar. Posteriormente la empresa española ENCE se suma al proyecto celulósico con una inversión levemente menor. Es obvio que, no obstante la posición asumida por el presidente Tabaré Vázquez durante la campaña electoral, de crítica a las llamadas “papeleras”, el gobierno del Frente Amplio debió asumir como hecho consumado estas inversiones, teniendo en cuenta, además, el trabajo y el valor agregado que generarían en el país.

Mucho es lo que se puede decir y escribir acerca de las condiciones en que las empresas imperialistas realizan sus inversiones en el mundo semicolonial y sobre las posibles consecuencias ambientales que este tipo de fábricas pueden causar en el río Uruguay y en la región. Las obsoletas papeleras argentinas, ubicadas sobre todo, en las márgenes del río Paraná son una prueba de ello. Pero la Argentina no debería haber llegado a los actos de hostilidad que se practicaron durante meses en los puentes de Colón y Gualeguaychú, que además de unir al Uruguay con el continente son ruta del Mercosur. La escalada argentina fue respondida por parte del gobierno frenteamplista por hostiles declaraciones tanto contra la Argentina como contra el Mercosur, que, por otra parte, no ha dado grandes oportunidades al pequeño país platino.

La situación llegó a un punto que nunca debería haber alcanzado. Agresivas declaraciones de ministros argentinos y uruguayos, un viaje del presidente Vázquez a los EE.UU. con un notorio dejo de protesta antimercosuriana, un acto del presidente argentino que intentó convertir el tema en una causa nacional con la presencia de gobernadores e intendentes y una prometida reunión de gabinete uruguayo en la ciudad de Fray Bentos para el 25 de mayo, que la prudencia aconsejó anticipar en un día para no coincidir con la fecha patria argentina, y uruguaya, por otra parte.

Hemos sostenido que el principal punto de la agenda política de nuestros países es el tema de la unidad continental. A él deben subsumirse todas las otras candentes y trascendentales cuestiones. El errático y agresivo camino planteado por el gobierno argentino en este caso no siguió este principio fundamental. El papel de Argentina debió ser el de ofrecer propuestas y soluciones al Uruguay, contribuir a su desarrollo e industrialización y plantear sus diferencias en un estilo más recoleto y diplomático, para que los posibles réditos electorales de un conflicto como éste no se convirtieran en el aparentemente único criterio. Ese tipo de nacionalismo de parroquia somete a cada uno de nuestros países a la hegemonía yanqui, mientras que la integración la enfrenta y resiste. Si no somos suramericanos seremos inevitablemente norteamericanos.

19 de marzo de 2006

Este artículo fue escrito hace dos años. Al cumplirse treinta años del despidadado golpe de Estado de 1976, que se propuso y logró en gran parte, destruir la Argentina forjada por los diez años de gobierno peronista, estimo que conserva su actualidad e intento polémico. Cuando en la infame prensa comercial argentina -gráfica, radial y televisiva-, se multiplican los artículos y programas sobre aquel golpe de Estado, y en ninguna parte se denuncia la complicidad que esos mismos medios y los políticos del régimen oligárquico tuvieron con el golpe y con la dictadura que sobrevino, estas líneas pretenden develar este ocultamiento.
JFB
18 de marzo de 2006.


24 de marzo de 1976

El golpe contra Isabel Perón y el pueblo argentino

Por Julio Fernández Baraibar
Aunque el hecho no tenga una gran consideración oficial, hoy, 24 de marzo, la Argentina recuerda el derrocamiento del gobierno popular y democrático, de signo peronista, de Isabel Martínez de Perón, llevado a cabo por la cúpula antinacional y entreguista de las Fuerzas Armadas, con el apoyo y la complicidad – activa o pasiva – del conjunto de los partidos políticos argentinos de izquierda y derecha, incluido amplios sectores del justicialismo.


Una vez más la crápula militar, política e intelectual vinculada a la oligarquía terrateniente y al capital extranjero derrocaba un gobierno popular. Los mismos sectores sociales, los mismos partidos políticos, las mismas tradiciones intelectuales y, en muchos casos, los mismos personajes que habían bombardeado al pueblo indefenso en Plaza de Mayo, que habían derrocado al gobierno del general Juan Domingo Perón en 1955, que habían fusilado a los militares y civiles patriotas que al año siguiente se alzaron para restaurar el orden constitucional y echar a los usurpadores, volteaban otro gobierno peronista, elegido popularmente por el 67 % de los votos, y que, en medio de enormes provocaciones, trataba de desarrollar el programa por el que había sido electo.

El gobierno de Isabel – debilitado e infiltrado por sectores que intentaban cambiar su rumbo – tuvo la enorme tarea de tratar de llenar el hueco que la muerte del general Perón dejara en la política argentina y en el seno de su propio movimiento. Desde el momento mismo de su fallecimiento, la cúpula liberal de las FF.AA. comienza a conspirar contra su sucesora constitucional. Todo tipo de aprietes y traiciones empiezan a desarrollarse, desde fuera y desde dentro de su partido, para sacarla del poder. El pueblo peronista y, fundamentalmente, los grandes sindicatos industriales, habían logrado expulsar del seno del gobierno a la pústula antipopular, reaccionaria y liberal del lopezrreguismo – que con el plan Rodrigo intentó adelantarse a los designios de Martínez de Hoz – y la presidente de la República acababa de nacionalizar las bocas de expendio de combustibles, quitando a las empresas imperialistas la parte del león del negocio petrolero. El movimiento nacional y popular de la Argentina atravesaba, es cierto, horas de dificultad y zozobra. El lugar central y articulador ejercido por el general Perón en los últimos treinta años no era fácil de reemplazar. Pero en pocos meses habría elecciones generales y el pueblo argentino tendría la oportunidad de reconstituir y fortalecer con su voto estas debilidades.

La Unión Cívica Radical, con la retórica evanescente y las citas de Almafuerte de Ricardo Balbín, había dado, unos días atrás, un ultimátum a la presidente. También el prosopopéyico y engolado Oscar Alende, el mismo que había sostenido con el énfasis habitual en él a Roberto Levingston – aquel oscuro generalote de “inteligencia” que sucedió a Onganía –, había tenido su turno para apostrofar al gobierno. Ellos, más Horacio Sueldo de la democracia cristiana, Francisco Manrique, el ex bombardeador de Plaza de Mayo, Fernando Nadra y Rubens Iscaro del partido comunista, los estólidos hombres de negocios del frondizismo, los socialistas de Américo Ghioldi y Luis Pan, aquel olvidado Héctor Sandler, heredero de Aramburu y hoy “utilísimo y satelital” empresario televisivo, Raúl Alfonsín y el siempre atribulado Ernesto Sábato, el diario La Nación y Clarín, Jacobo Timerman desde La Opinión y Juan Carlos Coral y Nahuel Moreno desde la secta trotkista llamada Partido Socialista de los Trabajadores – traducción directa del Socialist Workers Party norteamericano – las conducciones de Montoneros y del ERP, todos, con la excepción del Frente de Izquierda Popular (FIP), el Partido Comunista Revolucionario (PCR) y el callado y no consultado pueblo argentino, bregaban por voltear a la presidente.

Y el 24 de marzo de 1976 lo lograron. Y lo festejaron.

Así declaró al día siguiente el partido comunista:

“Ayer, 24 de Marzo, las F.F.A.A. depusieron a la presidenta María E. Martínez, reemplazándola por una Junta Militar integrada por los comandantes de las tres armas. No fue un suceso inesperado. La situación había llegado a un límite extremo ‘que agravia a la Nación y compromete su futuro’, como dice en uno de los comunicados de las F.F.A.A.”.
No es necesario abrumar al lector con el texto completo de esta bienvenida al general democrático Jorge Rafael Videla por parte del comunismo argentino. Baste para terminar esta perfecta síntesis de su complicidad con el golpe:
“El P.C. considera auspicioso que la Junta Militar haya desechado una solución ‘Pinochetista’. (…) Los imperialistas y fascistas sueñan con el pinochetazo, con un baño de sangre”.


El 24 de marzo de 1976 no fue tan sólo el resultado de una conspiración militar liberal y entreguista. Fue un golpe cívico militar oligárquico e imperialista, fomentado, apoyado y celebrado por toda la cipayería de izquierda y derecha, que arrojó del poder, una vez más a un gobierno nacional y popular.

Fueron esas fuerzas políticas y sociales que dieron origen al monstruo que no vaciló en devorarse a sus propios socios y amigos.

Ocultarlo, deformarlo o negarlo sólo servirá a futuras contrarrevoluciones.

Buenos Aires, 24 de marzo de 2004


7 de febrero de 2006

Las fricciones en el Mercosur
Respetar las asimetrías, evitar la prepotencia


Por Julio Fernández Baraibar*
Buenos Aires, 4 de febrero de 2006

“No puedo ni debo analizar las causas de esta guerra entre hermanos; lo más sensible es que siendo todos de iguales opiniones en sus principios, es decir, a la emancipación e independencia absoluta de España... debemos cortar toda diferencia”. Así escribía el general José de San Martín a su tocayo Artigas, desde Mendoza el 13 de marzo de 1819. La carta, lamentablemente y por obra de una intriga, nunca llegó a su destinatario. Y no se vea en ella una solidaridad ideológica del Libertador con el Protector de los Pueblos Libres. Por el contrario, San Martín desconfiaba del alboroto gaucho y temía –no sin razón- al fantasma de la anarquía. Pero la unidad, la hermandad y la comunidad de intereses primaban sobre cualquier otro concepto.

Hace exactamente un año, en febrero de 2005, se produjo una grave crisis entre Venezuela y Colombia. Un dirigente de las FARC colombianas fue secuestrado por fuerzas de seguridad de ese país a plena luz del día en territorio venezolano y llevado detenido a Bogotá.

Simultáneamente, la sospecha boliviana de que Brasil y Argentina triangularían la venta de su gas a Chile, tensó las relaciones entre estos países, mientras recrudecía el entredicho chileno-boliviano por la salida al mar del país altiplánico. En ese momento publicamos un artículo[1] en el que sosteníamos por un lado, el papel que jugaba el viejo nacionalismo de campanario de los diversos fragmentos en que se dividió Hispanoamérica en el siglo XIX y, por el otro, el modo en que el imperialismo británico, primero y angloyanqui, hoy, ha hecho jugar esos nacionalismos para introducir cuñas en el proceso de integración.

Hoy estamos viviendo tensiones similares y de singular magnitud entre gobiernos que se supone tienen coincidencias político-ideológicas que deberían impedir, o por lo menos dificultar, este tipo de situaciones.

Militamos entre quienes consideran que el proceso de unificación suramericana no está determinado por razones ideológicas. La construcción de la Patria Grande surge de nuestra historia, de la realidad geográfica y de la necesidad de constituir un bloque continental para asegurar el desarrollo económico de nuestros países, la dignidad de nuestros pueblos y la independencia de la región, frente al avasallante expansionismo de los EE.UU., en lo que el profesor Heinz Dieterich denomina “el nuevo monroísmo”. Por ello este proceso es, y debe ser, independiente de la filiación política de los gobernantes e inscribirse en las políticas de estado de los países suramericanos. Por lo tanto el afianzamiento y profundización del Mercosur no radica en las aparentes similitudes ideológicas que puedan existir entre los presidentes Lula da Silva, Néstor Kirchner y Tabaré Vázquez, sino en la capacidad del conjunto de los países y gobiernos que lo integran para establecer y hacer cada vez más complejos e íntimos los lazos económicos, políticos y estratégicos entre ellos, en avanzar en un proceso integrador que haga evidente a los pueblos y gobiernos sus ventajas y los inconvenientes que aparejaría un retroceso al mosaico balcanizado.


De la objetividad de este proceso unificador -más allá de los refuerzos que adquiera gracias a los impulsos subjetivos de políticos y diplomáticos concientes de la gigantesca e imperiosa tarea- surge el celo y la atención con que las diferencias de tamaño territorial y poblacional, desarrollo económico y tradiciones políticas entre los distintos países del Mercosur deben ser atendidas. A esto se refiere el tema que en el, a veces, críptico lenguaje tecnocrático se denomina “desarrollos asimétricos”.

Socios mayores y socios menores

Uruguay y Paraguay no son sólo los países de menor extensión territorial y menor población de la región, sino que su participación en el PBI del Mercosur es también reducido. Y ha sido quizás ésta la razón por la cual ambos países se han sentido marginados en la construcción de los acuerdos y en la distribución de los beneficios que el Mercosur debe representar para sus países miembros.

Si bien los “desarrollos asimétricos” han constituido materia permanente de discusión entre el Brasil y la Argentina, y muchas veces motivo de fricciones diplomáticas y comerciales, estas asimetrías con los países más pequeños no han sido consideradas con la dedicación y esfuerzo que se merecen[2]. Los países pequeños en territorio, población y economía han basado, paradójicamente, en este hecho su presencia internacional. Es el caso de los estados surgidos como producto del estallido de la Unión Soviética y el antiguo bloque socialista. Llegados tarde al proceso de unificación europea compensan su debilidad con una alianza extracontinental con los EE.UU. que, en muchos casos, es vista por la Unión Europea como una cuña de la potencia hegemónica.

Si bien Brasil se ha presentado como el país de la región con una mayor comprensión estratégica sobre la construcción del Mercosur, la incorporación de Venezuela, en una acción consultada y coordinada tan sólo con Argentina, dejó en Uruguay y Paraguay la sensación de ser firmantes de un contrato de adhesión más que de un acuerdo entre entidades soberanas.

De la misma manera, el trato prepotente sufrido por el Uruguay en el tema de las papeleras, con una sospechosa participación de una ong internacional con públicas relaciones institucionales y empresariales con el Reino Unido, como Green Peace, así como las trabas que sufre a la exportación de algunos productos industriales a la Argentina, lo que dificulta la radicación de inversiones productivas destinadas al Mercosur, ha llevado en este principio de año a notorias manifestaciones críticas por parte de altos funcionarios del gobierno uruguayo, con la consiguiente amenaza de un Tratado de Libre Comercio (TLC) con los EE.UU.

Asimismo el Brasil, y pese a que, insistimos, es quien mayor cintura política y diplomática ha evidenciado en este proceso, continúa reivindicando, frente al socio paraguayo, una ahistórica y, entendemos, errónea visión de la dramática Guerra de la Triple Alianza[3] que significó para el país guaranítico un golpe fatal del que no ha terminado de restablecerse. Una correcta interpretación política de aquella aciaga guerra debería llevar al Brasil, por el contrario, a restañar las viejas heridas, devolver los trofeos de guerra –como hicieran Yrigoyen y Perón- y restablecer la confianza de los paraguayos sobre quien fuera la potencia militar que los derrotara casi hasta el exterminio. No se trata, obviamente, de renunciar a la propia historia, sino de interpretarla desde el presente y a partir de las líneas de fuga hacia el presente que encerraban aquellos hechos.

Esto incluye, aún cuando no sea miembro pleno del Mercosur, el particular cuidado que merecen las relaciones políticas y económicas con Bolivia. Es muy posible que los argentinos tengamos que renunciar al precio preferencial del gas que estableciera un gobierno boliviano profundamente cuestionado y que ha significado proficuas ganancias para la empresa española Repsol. Es muy posible, también, que Petrobras tenga que adecuar su política empresarial a las condiciones que le impone el contexto suramericano y ser agente, no del mero interés empresarial, sino de la dinámica de la integración política del continente. El actual ministro de Hidrocarburos de Bolivia, el doctor Andrés Soliz Rada, lo ha manifestado en reiteradas oportunidades en sus artículos periodísticos y ha sido ratificado en los primeros días de su gestión.

Los beneficios del Mercosur deben ser evidentes, en primer lugar, para sus socios menores. Es obligación de los socios de mayor magnitud correr con ese esfuerzo. De lo contrario, estas diferencias serán el mecanismo para que Uruguay o Paraguay se conviertan, contra el deseo histórico de sus pueblos, en un enclave político o militar de EE.UU., en una nueva Gibraltar yanqui. El consejo del Libertador, “debemos cortar toda diferencia”, debería ser el lema inscripto en el mármol de nuestra unidad.

Notas
* El presente artículo fue publicado en la revista "Integración", de la Universidad Nacional de Mendoza, Argentina.

[1] Las disputas fronterizas como expresión del nacionalismo balcanizador. Se puede leer en mi blog http://fernandezbaraibar.blogspot.com

[2] Ver Carlos Piñeiro Iñiguez, La Nación Sudamericana, Del imperativo histórico-cultural a la realización económico-política, Nuevohacer, Grupo Editor Latinoamericano, Buenos Aires, 2004, pág. 170 y ss.

[3] Julio Fernández Baraibar, Un solo Impulso Americano – El Mercosur de Perón, ver Comentario Crítico Preliminar de Helio Jaguaribe y Una digresión polémica. El profesor Jaguaribe, en el primer texto, y el profesor Luis Alberto Moniz Bandeira, en “Argentina , Brasil y Estados Unidos. De la Triple Alianza al Mercosur”, Grupo Editorial Norma, Buenos Aires, 2004, –ambos fervientes defensores de la consolidación y profundización del Mercosur y con gran influencia intelectual en Itamaraty- reivindican a ultranza el siniestro papel jugado por el Imperio del Brasil –e Inglaterra-, el mitrismo y el partido Colorado del Uruguay, contra el intento de desarrollo autocentrado impulsado por los López.

25 de enero de 2006

El Uruguay y la crisis del Mercosur

Algodón entre dos cristales o jamón del sándwich

Buenos Aires, 24 de enero de 2006.

El Uruguay es la llave de la Cuenca del Plata y el Atlántico Sur, y la incertidumbre de su destino afecta y contamina, de modo inexorable y radical, al sistema de relaciones establecido entre Argentina, Brasil, Paraguay y Bolivia. Seguramente, sus repercusiones son aún más lejanas”. Con estas palabras inicia el uruguayo Alberto Methol Ferré su iluminador estudio sobre las características históricas y geopolíticas de su país, “El Uruguay como problema”[1]. El haber soslayado este principio fundamental por parte de la Argentina y, parcialmente, por Brasil generó, a lo largo de los meses de diciembre de 2005 y enero de 2006, una de las más graves crisis en el seno del Mercosur, crisis cuyos efectos directos e indirectos todavía no han terminado de desarrollarse.

Entendemos que el Mercosur es el núcleo más importante del proceso de unificación continental suramericana, en la medida en que ha logrado estructurar, como eje aglutinante, a los dos países de mayor peso específico en la región, Brasil y Argentina, en la perspectiva que planteara el histórico discurso del General Juan Domingo Perón en la Escuela Nacional de Guerra, el 11 de noviembre de 1953[2]. La idea fundacional de que sólo una alianza estratégica entre Argentina y Brasil podía establecer un núcleo geopolítico, económico y poblacional capaz de atraer como un inmenso planeta al conjunto de los estados del continente a un proceso de integración, comenzó a tomar forma histórica e institucional. La reciente incorporación plena de Venezuela, que pone en el Mercosur, además, la presencia de un gran productor petrolero, el pago simultáneo de su deuda a los organismos internacionales por parte de Brasil y Argentina y la asistencia financiera prometida y comenzada a ejecutar por parte del gobierno de Hugo Chávez han sido las manifestaciones más evidentes de la existencia real de este nuevo eje de reagrupamiento continental. El acuerdo para la construcción de un megagasoducto que una el lago de Maracaibo con la Bahía Lapataia, atravesando longitudinalmente nuestro continente, obra a la cual el presidente Evo Morales de Bolivia, en su discurso ante la Asamblea Legislativa de su país, ha pedido expresamente ser incluído, da una idea de la magnitud y la potencialidad sinérgica del bloque continental nacido en el Tratado de Asunción.

Pero desde sus inicios el Mercosur ha sufrido periódicas crisis determinadas por la distorsiva influencia que han jugado los núcleos empresariales y mercantiles de los dos países económicamente más importantes del bloque. En efecto, la poderosa burguesía paulista, por su lado, y el sector importador-exportador, en tiempos de Menem, y el manufacturero en la actualidad, han tratado de hacer jugar los acuerdos mercosurianos a sus inmediatos, muchas veces coyunturales y poco estratégicos intereses. Y en ese juego siempre se ha perdido de vista una política que incluya y estructure la participación y presencia de los dos países más pequeños del Mercosur: Uruguay y Paraguay.

Los destinos posibles del Uruguay

La diplomacia inglesa, el ministro Canning y su agente, Lord Ponsomby, lograron arrancar a la Banda Oriental –Provincia Cisplatina del Imperio de Brasil, en ese momento- de la comunidad platina. Como dice Methol Ferré: “Por tanto, la condición de existencia del país era no intervenir, no comprometerse jamás con sus vecinos. Diríamos que el Uruguay es fruto de una intervención para la no intervención. Fuimos intervenidos, para no intervenir. Es el otro rostro del destierro de Artigas. Más que exilio de Artigas, hubo exilio americano del Uruguay. Tal el sentido de la Paz de 1828, origen del país. De ahí el mote de todos conocido: Estado tapón, ‘algodón entre dos cristales’”[3]. Los cristales éramos los argentinos y los brasileños a quienes había que impedir que se hiciesen dueños de la Cuenca del Plata. En el medio estaba el pequeño país con su gran ciudad y su burguesía comercial que arrancaba al conjunto de su campaña de las históricas y naturales relaciones con Santa Fe, Entre Ríos y las Misiones. La muelle función del algodón estaría asegurada por una orgánica integración económica del nuevo estado al esquema agroexportador al Reino Unido en las condiciones de semicolonia privilegiada.

Como es bien sabido, ese sistema comenzó a entrar en una crisis irreversible ya en la década del 30 del siglo pasado. El eclipse del Imperio Británico y su reemplazo por el imperialismo yanqui no permitieron el restablecimiento de las ventajas que generaba en el país suramericano la complementariedad de su economía con la inglesa. El retorno del Uruguay a su ámbito suramericano y a su condición platina fue, a partir de entonces, tan sólo cuestión de tiempo. Y es, justamente, el papel que el Uruguay cumpliría en ese retorno al hogar, lo que ha sido materia de análisis y discusión, pero también objeto de la política en el Río de la Plata y de la estrategia norteamericana en la región. Y sobre esta perspectiva Methol Ferré exponía, ya en 1967, cuatro, y sólo cuatro, hipótesis:

· Un Uruguay recuperado puede reinsertarse fundamentalmente en la Cuenca del Plata o restablecer su relación con Europa, según el modelo tradicional.

· Un Uruguay sin capacidad de recuperación se convertiría en un protectorado de Argentina y Brasil, incluyendo la posibilidad de una división de su territorio entre ellos, o en un protectorado norteamericano, con un EE.UU. no interesado en la producción uruguaya al modo como lo fue el Reino Unido, sino como un Shylock que convierte sus acreencias en una cuña entre Brasil y Argentina, o sea impide la constitución del Mercosur[4].

La segunda hipótesis ha quedado descartada, ya que la política agraria proteccionista de Europa impide ese camino, aún cuando el Uruguay haya buscado exportaciones alternativas, como la de madera para la industria papelera, pero que no alcanzan para reemplazar los beneficios obtenidos durante décadas gracias a la renta diferencial. De la misma manera puede descartarse la tercera hipótesis, ya que no están en la política exterior ni de Brasil ni de Argentina tales objetivos, sin mencionar que semejantes propósitos serían inconcebibles e inaceptables para la potencia hegemónica, como lo dejó demostrado la primera Guerra del Golfo.

De modo que sólo quedan la hipótesis primera que implica la reintegración uruguaya al sistema suramericano o su transformación en una base de operaciones imperialista en la llave de nuestros grandes ríos.

El Tratado del Río de la Plata

Algo de esto tuvo en miras el general Perón, cuando en su tercer gobierno, logró, con la más completa aquiescencia y participación uruguaya, que ambos países resolvieran sus centenarios litigios fronterizos sobre el río Uruguay, el río de la Plata y sus respectivos mares territoriales. Como me ha confirmado en correo electrónico el doctor Ramiro Podetti, “lo hicieron de un modo ejemplar, creando antecedentes valiosos para el derecho internacional, al establecer un sistema modelo de administración conjunta de recursos compartidos”. Y agrega nuestro corresponsal argentino, residente en Montevideo: “Simplemente te recuerdo que hasta el Tratado del Río de la Plata, impulsado por Perón y firmado en 1973 (Perón vino a Uruguay para la firma, y se llevó su revancha histórica, porque fue aclamado por el pueblo uruguayo en las calles[5]) el Río de la Plata era considerado como aguas internacionales por la mayoría de los países del mundo, a partir del criterio inglés de que los estuarios son extralimitables y por tanto no pertenecen a los ribereños. El caso argentino-uruguayo y sus conflictos centenarios sobre el Río de la Plata eran una prueba más de tal doctrina. Si hoy el Río de la Plata es propiedad de Argentina y Uruguay, reconocida por todas las naciones del mundo, es por el Tratado de 1973”.

A raíz de este tratado surgieron las Comisiones Administradoras (del Río de la Plata, CARP, y del río Uruguay, CARU), y la Comisión Mixta que organizó la licitación, adjudicación, construcción y explotación de Salto Grande, la primera generadora de energía eléctrica binacional en América Latina, entre otros resultados favorables a aquella hipótesis de la reinserción platina del Uruguay. Pero sobre este tema queremos volver más adelante.

El Mercosur debe seducir, no imponer

Como se ve la integración plena y satisfactoria de la República Oriental del Uruguay al Mercosur es un tema que adquiere una enorme trascendencia, que supera, obviamente, la estrecha mirada mercantilista que se obstina en considerar nuestro acuerdo regional con el miserable cálculo del debe y el haber.

El Brasil, a través de su canciller Celso Amorim, ha reconocido enfáticamente el superficial tratamiento que han tenido los numerosos reclamos uruguayos relacionados con las diversas asimetrías que caracterizan las relaciones de los países integrantes del Mercosur. Pero para alcanzar este reconocimiento el Uruguay se vio obligado a tensar la soga hasta el borde mismo de la ruptura, haciendo público, a través de su ministro de Economía, su interés en firmar un TLC con los EE.UU., instancia expresamente vedada por los acuerdos que rigen al bloque. Lo que se oculta detrás de esta amenaza, así como de las expresiones del actual ministro de Agricultura y Ganadería, Pepe Mujica, -más allá de las maquinaciones de la embajada norteamericana- es el tratamiento desconsiderado y prepotente que muchas veces aplican tanto Brasil, como la Argentina, al Uruguay y a sus posibilidades de obtener inversiones productivas y de exportación a los dos países mayores.

En este marco adquirieron una importancia más allá de toda mesura las protestas de los vecinos de Gualeguaychú contra la construcción de dos plantas productoras de pasta celulósica en Fray Bentos, del otro lado de la ribera del río Uruguay, impulsadas por los parroquiales intereses electorales del gobernador Jorge Busti y por los designios británicos de la organización Green Peace. Pero esto no hubiera significado una amenaza de relevancia para el Uruguay, si detrás de las manifestaciones y cortes de puentes no hubiera estado la Cancillería y el Poder Ejecutivo Nacional con una muy escasa visión estratégica sobre el problema que está en juego. El gobierno uruguayo, a poco de comenzadas las protestas, vio con preocupación que su par argentino, lejos de ponerlas en su contexto y canalizarlas diplomáticamente, se hacía cargo de las mismas y hasta el canciller en ese momento, el doctor Rafael Bielza, en plena campaña electoral, visitó la localidad entrerriana, conversó con los vecinos y alentó las movilizaciones.

La construcción de las plantas de celulosa ha sido la consecuencia lógica de la política de grandes inversiones públicas en forestación hechas por los gobiernos uruguayos durante los últimos diez años, a las cuales han destinado, incluso, los fondos de pensión. El paso siguiente a la exportación de madera es, naturalmente, la de pasta de celulosa y, mejor aún, de bobinas de papel. Un país como Uruguay, con una enorme dependencia de su sector agrario y con imperiosa necesidad de nuevas fuentes de trabajo no puede sino recibir con beneplácito estas propuestas, que, por otra parte, también fueron ambicionadas hace unos diez años por el mismo gobernador Busti, para que se instalasen en su provincia.

Cierto es, también, que el gobierno de Jorge Batlle, que fue quien realizó el contrato con las empresas Botnia y ENCE, soslayó un trámite que hubiera ahorrado gran parte de toda esta escalada. La Comisión Administradora del Río Uruguay, establecida por el Tratado del Río de la Plata de 1973, tiene como tarea la supervisión de todo lo que los estados ribereños hagan sobre el lecho, la superficie y las costas del río y tanto la Argentina como el Uruguay tienen la obligación de informar sobre cualquier actividad que influya en el mismo. Al no hacerlo, el Uruguay violentó el principio de administración conjunta de los recursos compartidos, el cual constituye un importante antecedente de integración, principio que la negociación diplomática deberá restablecer.

La desmedida reacción argentina, la sensación, muchas veces justificada, del gobierno uruguayo de sentir que su vecino y socio le impone criterios, o como en el caso de las plantas de celulosa, actúa con una absoluta falta de respeto a su soberanía nacional, han generado este conflicto que llevó al Mercosur a una de sus más graves crisis. Al parecer, Itamaraty habría tenido una más rápida y precisa percepción acerca de la naturaleza del problema y las declaraciones tanto de Celso Amorim como del presidente Lula reflejan esta reacción.

Las últimas declaraciones del presidente Néstor Kirchner posteriores a su entrevista con Lula, en las que define las movilizaciones de Gualeguaychú como una cuestión “ambiental” y reconoce el derecho uruguayo a buscar los acuerdos que mejor satisfagan su interés nacional, indican un cambio en el tratamiento de esta delicada cuestión en la que están en juego la viabilidad del Mercosur y de la integración suramericana.

El impacto ambiental

Otro tema es el referido al impacto ambiental que tendrían las plantas de celulosa y que, por ahora, es el único que ha trascendido la barrera de los medios. Los vecinos de Gualeguaychú y algunos grupos ambientalistas, alentados por una onerosa y no ingenua prédica de organizaciones ecológicas estrechamente vinculadas a intereses imperialistas, como Green Peace, han reaccionado con furor de cruzados contra este posible efecto. Dotados de informaciones a medias, prejuicios antiindustrialistas, soberbia xenófoba y una visión de campanario han logrado el apoyo de los medios gráficos y electrónicos para sus cortes de puentes y sus retenes a transportes que se dirigen a las plantas en construcción, oscureciendo por completo el complejo problema.

Es obvio que toda actividad humana produce un cierto impacto ambiental. Y también es cierto que la experiencia de las empresas papeleras en las márgenes del Río Paraná ha significado un importante deterioro del medio ambiente. Pero también es rigurosamente cierto que la Comunidad Europea, EE.UU. y Canadá han logrado desarrollar, en los últimos años, procesos que minimizan a niveles de inocuidad este impacto. Se trataría, en suma, de adoptar para toda la región y desde una normativa del Mercosur –consensuada entre el conjunto de sus miembros-, los mismos criterios que rigen para la instalación de estas industrias en aquellos países y, en lugar, de condenar al atraso agrario y a la desocupación crónica al Uruguay, establecer los necesarios controles e inspecciones que reduzcan el impacto a niveles aceptables.


El proceso de integración que termine con casi doscientos años de balcanización es, sin duda, arduo. No sólo por los escollos y dificultades que el imperialismo norteamericano ha puesto y pondrá a su marcha, sino también porque debe vencer resistencias, prejuicios y cancillerías esclerosadas en el nacionalismo parroquial. La responsabilidad de Argentina y de su política exterior es facilitar y promover la integración de los miembros de menor extensión geográfica y de Producto Bruto Interno más reducido. Descartada la integración por la fuerza, el único camino para que del otro lado del Plata no haya un Gibraltar yanqui, la última y desoladora hipótesis de Methol Ferré, es la capacidad de Brasil y Argentina de compartir con sus vecinos ciertas ventajas que derivan más de su cantidad –población, extensión, desarrollo económico- que de su calidad.

En suma, es tarea impostergable del Palacio San Martín y de Itamaraty impedir que el antiguo “algodón entre dos cristales” sea, tan solo, el “jamón del sándwich” de dos mezquinas burguesías.


Notas
[1] Alberto Methol Ferré, El Uruguay como Problema, Editorial Diálogo, Montevideo, ROU, 1967, pág. 7.
[2] Ver Julio Fernández Baraibar, Un solo Impulso Americano, el Mercosur de Perón, Fondo Editorial Simón Rodríguez, Buenos Aires, Argentina, 2005. También, El Mercosur ha llegado al Caribe, publicado inicialmente en Patria y Pueblo, Año 3, N° 11, Diciembre 2005 y reproducido en diversos newsletters.
[3] Op. cit., pág. 36 y 37.
[4] Op. cit., pág. 90 y 91.
[5] El doctor Podetti se refiere a la manifiesta y fervorosa hostilidad que el gobierno uruguayo de entonces, presidido por Luis Batlle Berrez –padre de Jorge Batlle- tuvo hacia los primeros gobiernos del general Perón, a punto de convertir a Montevideo en un centro de la conspiración golpista antiperonista.