8 de septiembre de 2016

A propósito de la “renovación”


Alma, a quien todo un dios prissión ha sido,
venas, que humor a tanto fuego han dado,
medulas, que han gloriosamente ardido;
su cuerpo dejarán, no su cuidado;
serán ceniza, mas tendrá sentido;
polvo serán, mas polvo enamorado.
Francisco de Quevedo
Como ocurriera a partir de 1983, cuando el peronismo perdió por primera vez una elección presidencial, la derrota electoral del año pasado ha generado en las filas de los perdedores la invocación a una palabra que tiene un poder casi cabalístico en la política: la renovación.
La palabra despierta significaciones múltiples y polisémicas en los distintos niveles de la dirigencia peronista que van desde la incorporación en primer plano de rostros más jóvenes y menos traqueteados en los medios de comunicación, apelando a lo que Perón llamara “el trasvasamiento generacional”, hasta el replanteo de concepciones estratégicas que, por su supuesta rigidez frente al liberalismo económico y los sectores concentrados del poder económico, habrían sido causales del revés en los comicios.
Esto se hizo evidente en el acto de homenaje al triunfo electoral del doctor Antonio Cafiero como candidato a gobernador de la provincia de Buenos Aires, en 1987. La idea de aquella Renovación, que tuvo en Cafiero su expresión más nítida, surgió como antecedente al cual apelar en la actual coyuntura.
En otra parte he publicado mi opinión sobre la personalidad de Antonio Cafiero 1, de donde extraigo la siguiente cita:
El ‘reformismo’ justicialista que Cafiero expresó y por el que recibió fuertes críticas de sectores autodenominados ortodoxos, nunca tuvo, ni en las palabras, ni en los hechos, el carácter de cínica aceptación del status quo vigente y de resignación a la hegemonía imperialista que adquirió la política de gobierno de quien lo derrotase en las internas de 1988. Y cualquier intento ucrónico de suponer su eventual gobierno no es más que un ejercicio de la imaginación.
Su papel, en defensa del gobierno constitucional, durante los sucesos del levantamiento carapintada, siendo presidente del Partido Justicialista, enfrentado políticamente con el gobierno de Ricardo Alfonsín, muestran la diferencia que siempre existió entre el peronismo y los partidos liberales, de izquierda o derecha. No vaciló en concurrir a la Casa Rosada y manifestar con su presencia la solidaridad peronista con un gobierno constitucional amenazado. No fue, en esa oportunidad, un dirigente “de la democracia”, como si fuera una excepción a una regla. Fue un peronista experimentado en sufrir la cárcel y la persecución en cada momento en que la voluntad popular fue pisoteada por el despotismo oligárquico”.
Dicho esto, creo necesario traer a la memoria la suma de elementos que jugaban en aquellas jornadas, hoy tan lejanas. Para ubicarnos de alguna manera en el significado del tiempo transcurrido es necesario puntualizar que los años que hoy nos separan de aquellas jornadas (30 años) son más o menos los mismos que separaban a quienes votamos la fórmula Cámpora-Solano Lima o Perón-Perón en 1973 de la jornada del 17 de octubre de 1945. El país, América Latina y el mundo de la década del 80 eran distintos al de 2016. Y el gobierno con el cual tenía que enfrentarse el peronismo en aquellos años, pese a la presencia del radicalismo en el actual gobierno, era también de naturaleza muy distinta. Y ello obliga a pasar revista a las diversas fuerzas en juego en los años ‘80.
La Renovación Cafierista
El Partido Justicialista resultante de la derrota de 1983 había perdido la amplia representatividad social y política que caracterizara al peronismo. Una dirigencia cerrada sobre sí misma, heredada en gran parte de los oscuros años de la dictadura cívico militar, no había comprendido, a mi entender, el profundo hastío de los amplios sectores populares -clase obrera, empleados, desocupados, pequeños y medianos empresarios- que el despotismo le había producido. Aún cuando en su seno pugnaban fuerzas y tradiciones leales al mandato histórico, tanto en el movimiento obrero como en las estructuras políticas, Herminio Iglesias había logrado convertir su nombre y su estilo en síntesis de los peores excesos burocráticos y autoritarios, lo que era sentido por los sectores populares como una manifestación de tendencias no democráticas.
La “democracia” y el discurso formalmente democratizador habían ganado a amplísimas mayorías populares, en un operativo mediático que centraba toda la crítica al Proceso en sus brutales crímenes contra los Derechos Humanos, incluyendo arteramente en ello la gesta de Malvinas, e ignoraba la política económica liberal de saqueo, endeudamiento, desnacionalización y empobrecimiento conducida por Alfredo Martínez de Hoz y los hermanos Roberto y Juan Aleman. A ello debe sumarse el permanente intento del presidente Raúl Alfonsín de destruir el movimiento obrero y sus organizaciones sindicales, que tuvieron en la llamada Ley Mucci su expresión más corrosiva. El espíritu de la época -es decir, los grandes medios, el imperialismo y las universidades- ofrecía como panacea a las llagas de la dictadura oligárquica el bálsamo de una suerte de socialdemocracia -con base en la clase media urbana y agraria, a diferencia de su original europeo- que pusiese fin al militarismo, al sindicalismo peronista y, llegado el caso, al régimen presidencialista, supuestas taras de nuestro desarrollo político. El régimen español post franquista, con su pacto de la Moncloa y sus héroes Adolfo Suárez y Felipe González, se presentaba como el mecanismo capaz de terminar no sólo con los resabios de la dictadura, sino con esa excrecencia fascistoide periférica, llamada peronismo, que impedía la vigencia de una sana democracia y de la Constitución Nacional de 1853. El ministro de Relaciones Exteriores de Alfonsín, el hasta ese momento ignoto licenciado Dante Caputo, sostenía ante los socios de la UIA:
El peronismo (provocó una) enorme confusión… sobre el sistema económico argentino. El estilo político que impuso el peronismo, su estilo demagógico, su estilo autoritario, creó un límite muy claro al desarrollo económico de este país”.
EE.UU. había decidido reemplazar los gobiernos militares, con los que había impuesto su talón de hierro sobre la región, por una democracia condicionada -”democracia colonial” fue la caracterización que le dio la Izquierda Nacional-, sin censura cinematográfica, con divorcio -reivindicaciones obviamente legítimas-, pero sin soberanía nacional ni independencia económica. En 1985, el pueblo del Brasil elige por primera vez a un presidente, desde 1961, Tancredo Neves, a quien su repentino fallecimiento le impidiría asumir. Unos años antes, en 1980, el Perú ya había salido del régimen militar, mientras que, recién en 1989, el Paraguay lograría derrocar al dictador Alfredo Stroessner.
En ese marco local e internacional, en esa atmósfera política, se planteó la Renovación Peronista.
La misma consistió en generar una estructura política peronista al margen de la dirección enquistada en el Partido Justicialista. Cafiero convocó a reorganizar el peronismo con figuras de todo el país a las que el PJ había congelado en sus aspiraciones. Se trataba en general de hombres y mujeres dirigentes surgidos durante los últimos años de la dictadura cívico militar, muchos de ellos de una o dos generaciones posteriores y que asumían el juego democrático como el único posible en las nuevas condiciones del país y del estado de conciencia de las grandes mayorías. La convocatoria no dejaba de tener sus riesgos, puesto que existía una cantidad de dirigentes, en general más jóvenes que el propio Cafiero, que planteaban una revisión general de los elementos doctrinarios del peronismo, asumiendo una posición en la que los pujos democratistas diluían el contenido transformador de sus tres banderas históricas. Para muchos de estos nuevos dirigentes, ahora llamados “renovadores”, el papel que el peronismo histórico había asignado al movimiento obrero sindical era severamente cuestionado, así como el papel asignado a las FF.AA. durante el decenio peronista y la función decisiva del Estado en la actividad económica. Estas opiniones no eran, necesario es decirlo, las de Antonio Cafiero, un hombre que estuvo en la Plaza el 17 de Octubre de 1945, y cuya formación y convicciones en materia económica eran las de un peronista “histórico”, ni las de miles de dirigentes y militantes territoriales, sobre todo de la Provincia de Buenos Aires, que encontraron en esta convocatoria la posibilidad de recuperar el voto peronista. Pero la invectiva de “socialdemócrata” sobrevoló permanentemente a la Renovación debido, sobre todo, a dirigentes que acompañaban a Cafiero. Carlos Grosso, Jose Manuel de la Sota, Eduardo Vaca, Julio Bárbaro, Eduardo Amadeo, entre otros, expresaban una crítica a la “ortodoxia” peronista y una declarativa modernidad -muy influída por los textos de Alvin Toffler, un gurú yanqui de la época- que los acercaba peligrosamente a la visión alfonsinista. El caso de Carlos Menem fue casi singular, ya que, si bien formó parte de la Renovación y logró derrotar a la UCR en su provincia, en las elecciones a diputados de 1985, siempre expresó un matiz diferenciado del de los dirigentes bonaerenses o porteños, influído, quizás, por el caudillo catamarqueño don Vicente Saadi.
Aquella Renovación, de la que estuve muy cerca ya que colaboré en la campaña a diputado del FREJUDEPA de Antonio Cafiero en la provincia de Buenos Aires, produjo un debate político muy rico, con muchos matices, e involucró a figuras del peronismo de larga experiencia política, junto a representantes de nuevas generaciones a las que el Proceso había impedido salir a la luz pública. Antonio Cafiero tenía, en 1985, 63 años, y muchos de quienes lo acompañaban andaban por los 50.
Y mientras el proyecto renovador del justicialismo adquiría fuerza y volumen para enfrentar al alfonsinismo, del cual se delimitó claramente, la CGT, conducida por Saúl Ubaldini, se hacía cargo de la dura lucha por el trabajo, el salario, el nivel de vida de la clase obrera y las reinvindicaciones de los sectores excluídos. Las movilizaciones callejeras convocadas por Ubaldini fueron el núcleo de la resistencia social a los distintos experimentos alfonsinistas en materia económica.
¿Es aquella renovación lo que necesita hoy el peronismo?
Hoy la situación del peronismo, del país y del mundo es muy diferente a entonces.
El frente nacional -y el peronismo, por ende- ha perdido una elección después de 12 años de exitosos gobiernos que lograron sacar al país del marasmo y la desintegración que vivía en el 2001, que desplegaron -con todas las limitaciones que se quiera, pero de manera harto evidente- las banderas históricas de Soberanía Política, Independencia Económica, Justicia Social e Integración Continental, que reconstruyeron el tejido social argentino y elevaron el nivel de vida del conjunto de la sociedad, sobre todo de los sectores más humildes y de las provincias más castigadas por el neoliberalismo.
Los errores que, sin duda, se cometieron desde el poder no fueron muy distintos a los que cometió el peronismo en los años previos a su derrocamiento en 1955, con la diferencia de que no hubo el enfrentamiento con la Iglesia que, en aquellos años, debilitó al movimiento nacional. Por el contrario, Cristina Fernández de Kirchner supo ver con mirada estratégica la extraordinaria significación de la elección del Papa Francisco y suavizó todas las rispideces que la política local hubiera generado, acertada o erróneamente, con el entonces Cardenal Bergoglio.
Durante todos esos años, convivieron en el peronismo y en el Frente para la Victoria distintos puntos de vista, en algunos casos muy disímiles, que, sin embargo, concurrían al sostenimiento de un gobierno definidamente peronista, en sus valores y programa.
Se sabe que el peronismo nació desde el poder político del Estado y se reconstruye y ordena desde ese mismo poder político. Y se sabe también que encierra en su historia y doctrina políticas los instrumentos conceptuales y operativos que lo condenan a ser una alternativa “asistémica” a los partidos tradicionales. Es el único movimiento político con arraigo en las grandes masas que tiene una concepción del país enfrentada al sistema agroexportador, financiero y de sometimiento internacional que expresan el PRO, la UCR y sus socios menores, es decir la Unión Democrática que ha logrado ganar una elección presidencial.
La presente invocación a la Renovación de la década del 80 tiene, en mi humilde opinión, más de márketing que de contenido político concreto. Refleja, por lo menos en las apelaciones públicas que a ella se han hecho, una lucha por posicionarse ante las próximas elecciones parlamentarias y una pugna en la que la edad de los dirigentes adquiere más importancia que sus puntos de vista sobre el país, su economía y su política.
Como sostiene Renato Meari, en un artículo aparecido días atrás en Página 12: Antonio jamás imaginó escenarios de descarte, etapas en las que tal o cual dirigente, o referente político, no podía concurrir o integrar un colectivo de renovación política. Era un hombre que, por el contrario, precisaba de los disensos incluso dentro de su propio gobierno provincial, porque los imaginaba como espacios para escuchar nuevos aportes, impresiones y reflexiones que conformaran un escenario de diferencias donde instalar un pensamiento para la transformación” 2.
Los diversos agrupamientos, que la prensa regiminosa amplía  y distorsiona, no terminan de expresar, porque sus contenidos políticos no son claros y explícitos, la necesidad del pueblo argentino de reencontrarse con el instrumento político que le “pare la mano” a la desvergonzada y fracasada política económica que los torpes CEOs le dictan al más torpe presidente Macri. Faltan precisiones políticas, del tipo a las que enunció la Declaración de Formosa, para dar un ejemplo, faltan definiciones claras, que no tienen porque ser rupturistas o provocativas, frente a la política oficial en curso y sobran resquemores, silencios y enconos hacia los dos últimos presidentes peronistas.
La cita al clásico soneto de Quevedo, al iniciar estas líneas que ya se han extendido demasiado, pretenden reflejar el espíritu con el que, creo, debemos lanzarnos a los nuevos combates cuya formación ya estamos viendo.
Esas venas que tanto fuego han dado y esas médulas que con gloria han ardido forman parte esencial e inescindible de estas cenizas que hoy estamos atizando para reavivar el fogón. El peronismo, asumiendo lo mejor de su historia, la fuerza de su doctrina y este reciente pasado le encontrará nuevamente sentido a ese polvo enamorado capaz de reconquistar el fervor y los intereses de las grandes mayorías argentinas.
Buenos Aires, 8 de septiembre de 2016.
1http://fernandezbaraibar.blogspot.com.ar/2014/10/desde-el-el-17-de-octubre-al-siglo-xxi.html

2Renovar en la Unidad, http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-308680-2016-09-06.html

2 de septiembre de 2016

El Guardián de los Recursos Naturales de Bolivia ha muerto

Andrés Soliz Rada



Ha fallecido, en La Paz, Andrés Soliz Rada. Heredero de las mejores tradiciones revolucionarios del viejo Alto Perú y del país fundado por Simón Bolívar, Andrés fue la expresión política e intelectual de la Izquierda Nacional en Bolivia. Heredero del gran Sergio Almaraz Paz y de Jorge Abelardo Ramos, Andrés dedicó su vida, desde los 18 años, a la independencia, soberanía y dignidad de su país y a la unidad de la Patria Grande.

A poco de iniciarse en la vida política, Soliz Rada se vinculó al círculo político e intelectual de Sergio Almaraz Paz. Este había sido un destacado dirigente juvenil del Partido de Izquierda Revolucionaria (PIR), de orientación stalinista, de Bolivia. Al surgimiento de la Revolución Boliviana del MNR, Almaraz renuncia al comunismo y se convierte en uno de los más sólidos defensores del proceso encabezado por el MNR, desde una perspectiva marxista y socialista.

En una de las frecuentes visitas que Jorge Abelardo Ramos realizara a Bolivia, Soliz Rada tomó contacto con él y asumió las ideas de la Izquierda Nacional Latinoamericana y, a la muerte de Almaraz Paz, funda el centro político que llevó su nombre y que se convirtió en fuente de irradiación de este pensamiento socialista en Bolivia.

En 1970, apoyó al gobierno de los generales Ovando y Torres, y desde el sindicato de los periodistas de La Paz llevó adelante una intensa campaña política e ideológica en defensa de las medidas de nacionalismo económico de ambos gobiernos.

Tuve el honor de conocer personalmente a Soliz Rada en el I Congreso del Frente de Izquierda Popular (FIP) que se llevó a cabo en el Hotel Rama, de la ciudad de Río Ceballos en Córdoba, donde participó como invitado junto al uruguayo Alberto Methol Ferré.
Al caer el General Juan José Torres, por un golpe militar encabezado por Hugo Banzer, Andrés Solíz Rada estuvo exiliado en nuestro país en 1972, perseguido por la dictadura cívico-militar que derrocó aquel intento nacionalista. Fuimos muchos los compañeros que disfrutamos de sus charlas en el departamento, a medio terminar, que ocupaba en la calle Chile al 1800.

Cuando regresó a Bolivia fundó, con “El Compadre” Carlos Palenque, el movimiento nacionalista CONDEPA (Conciencia de Patria) siendo su gestor ideológico, llegando a ser diputado nacional en dos ocasiones (1989 y 1997), senador de la República y presidente de la Comisión de Política Internacional de la Cámara de Diputados (1997-1998).


Varias veces visitó la Argentina. En 2005 presentó el libro de su autoría “Jorge Abelardo Ramos y la Unión Sudamericana – Del Mercosur a la Patria Grande” en un acto que desbordó de público el Salón Ignacio Rucci de la sede de la CGT de la calle Azopardo.
Fue, como se ha dicho, un tenaz defensor de los gobiernos patrióticos de Ovando Candia y Juan José Torres y un militante opositor a los gobiernos cipayos que los sucedieron.
Realizó una prolífica tarea de investigación y reflexión sobre Bolivia y el destino de su pueblo, así como una constante prédica en defensa de la soberanía de sus recursos naturales, tarea que llevó adelante desde el libro y la prensa.

Al asumir como presidente Evo Morales, nombra a Soliz Rada como ministro de Hidrocarburos y le encarga la tercera nacionalización del petróleo boliviano.

Por algunos desacuerdos con el presidente Evo, renunció a su cargo, después de la nacionalización y se convirtió en figura relevante en las luchas sociales y políticas de Bolivia, en la defensa del campesinado cocalero, batallador por la salida a mar y un predicador incansable de la unidad de la Patria Grande, a punto que así se llamó el último proyecto periodístico en el que estaba embarcado junto a su hijo y sus compañeros de ideario.

Fue un gran amigo de la Argentina y un admirador del peronismo, en donde encontró amigos y compañeros que recibían con admiración y entusiasmo sus permanentes reflexiones desde su atalaya altoperuano.

Andrés Soliz Rada forma parte ya de esa galería de patriotas que dio la tierra del mariscal Santa Cruz, junto con Belzú, Carlos Montenegro, Almaraz Paz, René Zavaleta Mercado y Marcelo Quiroga Santa Cruz.

Quienes lo conocimos honramos a su memoria, intentamos seguir su ejemplo y su prédica.

Sus familiares dilectos y sus amigos y compañeros bolivianos saben que su país y la Patria Grande tienen hoy un prócer más a quien tributar honores.

Buenos Aires, 2 de septiembre de 2016.

2 de agosto de 2016

Raimundo Ongaro, el proletario de la Patria Liberada

Fui a despedir a uno de los hijos más preclaros del proletariado argentino. Fui a despedir a Raimundo Ongaro.

En el año 1968, hace casi cinco décadas, me acerqué como estudiante de derecho de la Universidad Católica Argentina a la Federación Gráfica Bonaerense, a ese primer piso, donde hoy fue velado, para formar parte de los miles de estudiantes que la convocatoria de Raimundo Ongaro y de la CGT de los Argentinos había formulado para acercarnos al mundo desconocido de la clase obrera y el movimiento sindical.

En ese mismo salón lo conocí a él, a Atilio Santillán, a Benito Romano (dirigentes legendarios de la FOTIA), a Pancho Gaitán -al que hoy volví a abrazar emocionado-, a Ricardo de Luca, a Alfredo Ferraresi y a toda esa generación de dirigentes obreros, de gremios pequeños y medianos, que nos habían llamado para luchar contra la dictadura de Onganía y Krieger Vassena.

En ese mismo salón que hoy atronó de aplausos de adiós y de gracias al longevo gigante que partía, conocí a Rodolfo Walsh y a Pajarito García Lupo, los redactores del mítico periódico de la CGT de los Argentinos. Ahí tomé contacto, por primera vez, con unos compañeros que repartían el periódico Lucha Obrera, del Partido Socialista de la Izquierda Nacional. Sus nombres aún me acompañan: Horacio Cesarini, Roberto Vera, Rodolfo Balmaceda. Y ese encuentro con ellos determinó toda mi vida adulta. Ahí me asumí como un hombre de la Izquierda Nacional, definición que aún me acompaña.

La presencia de Cristina Fernández de Kirchner, esta mañana, en ese mismo salón, puso un lazo entre aquellos años juveniles, aquellas luchas en las que fuimos tantas veces derrotados, y los últimos doce años, en los que muchos de esos ideales que llenaban esa casa de sueños y aspiraciones, se vieron realizados como políticas de Estado.

Ese mismo salón estaba hoy tan repleto de gente como lo estaba entonces, y muchos, pero muchos de ellos éramos los mismos, como yo, más grandes, con más golpes y cicatrices, más experimentados y, quizás, más sabios, pero con la misma confianza en la la victoria final de las banderas de la Patria y los trabajadores. Despedíamos a uno de los mejores, a un obrero de viejo cuño, de aquellos obreros que leían a Dostoyevsky en la linotipo mientras componían las galeras, de cuyas manos y de su artesanal capacidad salían libros, periódicos de combate, volantes insurreccionales y llamamientos a aplastar al monstruo burgués. Despedíamos a un hombre con una vida cruzada por la lucha, por el enfrentamiento último y decisivo entre explotadores y explotados, lucha en la que había perdido todo o casi todo, menos el diamante resplandeciente de su voluntad y su compromiso con sus hermanos de destino.

Con Raimundo Ongaro se ha ido una parte riquísima de la historia de la clase obrera argentina, de la columna vertebral del peronismo, de la que saldrá a la calle con los dirigentes a la cabeza o con la cabeza de los dirigentes, como rezaba su consigna convertida en banderola, en cuadros de Carpani, en cánticos callejeros, en piedras contra la opresión del país de la oligarquía y el imperialismo.
Hoy volvimos a encontrarnos, como digo, muchos de los que llenábamos ese salón donde despedimos al gigante. Pero también encontramos a muchos, muchos más que habían nacido veinte, treinta años después de esos días y que, sin embargo, volvían a dar sus votos por la misma lucha que encabezó de modo ejemplar el inolvidable Raimundo Ongaro. Solo la muerte inevitable pudo vencerlo. Pero el milagro de la vida se extendía en los miles de jóvenes, hombres y mujeres, que hoy también le dieron el adiós al dirigente sin par.


Buenos Aires, 2 de agosto de 2016

1 de agosto de 2016

La entrevista de Cristina Fernández de Kirchner con Roberto Navarro



Finalmente, Cristina Fernández de Kirchner fue entrevistada frente a frente por el periodista Roberto Navarro. El encuentro fue largo, amplio y bastante exhaustivo. Es decir, tocó buena parte de los temas que preocupan a los ciudadanos y algunos que preocupan a sus seguidores más fervorosos. Y dejó de tocar otros, por prudencia política en algunos casos, y por astucia, en otros.
Es necesario reiterar aquí lo que dijimos con respecto a Cristina en la entrevista con algunos corresponsales extranjeros: es muy difícil sustraerse a la admiración intelectual que produce esta mujer. Lo primero que impacta a un espectador es eso, su prodigiosa memoria en cuestiones de detalle, su permanente manejo de lo que está diciendo -no habla para llenar el silencio-, su visión del conjunto político, nacional, latinoamericano e internacional, y su capacidad para transmitirlo. Una sola de esas virtudes ya bastaría para convertirla en una figura destacada. La suma de ellas, más su gestión presidencial, la han convertido en la principal figura política del país, con una presencia -positiva o negativa, no importa- en la opinión pública solo comparable a la del presidente.
De modo que estas reflexiones surgen sobreponiéndose al, insisto, magnetismo que provoca su personalidad.
La entrevista con los corresponsales extranjeros -casi podríamos decir latinoamericanos, ya que la representante de Al Jazeera, la única agencia extracontinental presente, es argentina-, en mi opinión, intentó dirigirse al público extranjero y, casi diría, a los políticos extranjeros, a quienes fueron sus interlocutores durante ocho años de gobierno, defendiéndose de los mendaces ataques de la prensa monopólica y del sistema judicial corporativo.
Por el contrario, esta entrevista estuvo claramente destinada al público argentino. Intentó, en mi entender, hacer conocer qué piensa, cómo ve el presente, el futuro inmediato y qué papel cree que le compete en estos tiempos.
Respecto al gobierno y a sus políticas, Cristina hizo hincapié en los efectos económicos desastrosos que las medidas oficiales tenían en la vida de los argentinos. Defendió, obviamente, su administración y el núcleo central de sus políticas de gobierno, reivindicando una política que caracterizó como capitalista, de desendeudamiento, de reindustrialización y crecimiento del consumo interno. Ratificó sus políticas de subsidios sobre los servicios esenciales -electricidad y gas- y rechazó las críticas acerca tanto de la inflación como de la corrupción durante sus gobiernos.
A una pregunta de Navarro sobre algún tipo de autocrítica a los aspectos económicos de su gestión, Cristina eludió la respuesta y se refirió a cierta mala relación con el mundo empresarial.
En el plano político, los puntos más destacados, en mi opinión, fueron:
Primero que todo, su afirmación de que no tiene planes. Más allá del carácter personal que le dio a esta reflexión, creo que la expresión, de boca de una política avezada y astuta, tiene el sentido de un “iremos viendo”. La realidad le irá aconsejando que papel cumplir, dónde y cómo jugar.
Su rechazo a ser oposición y su deseo de construir poder de masas. Con esto, creo, aleja toda idea de convertirla en conductora, ya sea del peronismo, como de la oposición en general. Como hemos dicho en otra oportunidad, Cristina es la dirigente con mayor perspectiva de votos, cuya opinión, gestos y movimientos generan hechos políticos y con el activo de seguidores más importante. Pero no se ha propuesto ni quiere conducir otra cosa que no sea su espacio.
Su idea acerca de que los límites para esa construcción es el mapa y los genocidas. Esto abre un interesante espacio para la reorganización política y las alianzas en vistas a las elecciones de 2017 y vuela por los aires el esquematismo que impregnó la política entre los militantes del kirchnerismo en los últimos meses.
Su escasa consideración acerca de las estructuras políticas vigentes, tantos sea políticas como sindicales. Con respecto al movimiento sindical, la comparación con el accionar de los estudiantes secundarios y su idea acerca de que los dirigentes gremiales dejan mucho que desear, aunque hay excepciones, ratificaron la poca importancia que la ex presidenta otorga al movimiento obrero. En este punto, el mensaje que quedó de sus palabras es una mayor confianza en la aparición de movimientos de base de tipo asambleístico que en las organizaciones gremiales.
Este último es, sin duda, uno de los puntos de mayor conflictividad en el seno del movimiento nacional y popular, en general, y del peronismo en particular. Cuando es evidente que se está haciendo un verdadero esfuerzo por encontrar puntos de coincidencia que permitan unificar la organización de los trabajadores, cuando se habla de una convocatoria a una huelga general -que el propio Roberto Navarro mencionó en el reportaje- esta pertinacia en el juicio crítico a los sindicatos y sus direcciones -elegidas, como se sabe, por sus propias bases- aleja a un actor principalísimo en la construcción de esa mayoría y descoloca a los dirigentes amigos o con simpatías con su persona en la discusión interna del sindicalismo.
En suma, en mi opinión, la entrevista aclara y consolida nuestra apreciación anterior acerca de su intención de no incidir en el movimiento peronista, en su voluntad de construir un nuevo espacio y en su apelación a formas no organizativas de luchas de tipo asambleístico y de base.
Consolida también la impresión de que la ex presidenta sigue estando muy por encima del promedio de los políticos argentinos.
Buenos Aires, 1° de agosto de 2016

8 de julio de 2016

El Congreso, la Logia y la Unidad Continental

Este artículo forma parte de Crónica Histórica Argentina (1968). Es uno de los artículos que integran la sección Más Allá de la Crónica y su autor es Antonio J. Pérez Amuchástegui (1921-1983), director entonces del Departamento de Historia de la Facultad de Filosofía de la UBA y responsable histórico de la obra.



El aparato de los Halperín Donghi, Romero y secuaces de la llamada historia social borraron su nombre de la historiografía argentina y es difícil encontrar hoy muchas referencia biográficas, incluso en la biblioteca de Alejandría que es la Internet.

A continuación, el juicio que el profesor Blas Alberti, recordado compañero de la Izquierda Nacional, tenía sobre la labor de Pérez Amuchástegui, según consta en el interesante trabajo Antonio J. Pérez Amuchástegui, entre la cátedra y el kiosco, de Rodrigo Hugo Amuchástegui:

“O fue (el liberalismo, JFB) detrás del mito del antagonismo entre Bolívar y San Martín, para desvirtuar el carácter verdaderamente continental de la empresa revolucionaria y, además, para desvirtuar la profunda amistad que unía a San Martín con Bolívar, tema que aclaró tan luminosamente el profesor Pérez Amuchástegui, que fue director del Departamento de Historia de esta Facultad, quien curiosamente también goza del olvido intencional de las actuales autoridades del Departamento de Historia de la Facultad y esta actitud impide que los estudiantes lean obras historiográficas de Pérez Amuchástegui en donde se revelan, con una gran precisión de datos y con una aguda visión histórica, algunos episodios del pasado argentino que son puestos a la luz a partir de una documentación fidedigna y de un trabajo sistemático. Y Pérez Amuchástegui no puede ser ubicado dentro de la fogosa tendencia revisionista, como diría el Sr. Halperin Donghi; y, sin embargo, es desconocido y es denigrado cuando se lo menciona. En una universidad no deberían existir autores malditos y autores permitidos. Tendrían que estar todos en igualdad de condiciones. Sólo el juicio crítico de quien acomete una obra historiográfica, o cualquier obra científica, es capaz de establecer su valoración”.

El profesor Antonio Pérez Amuchástegui no pertenecía ni a la cofradía liberal masónica de la Academia de la Historia, ni al nacionalismo policíaco-clerical, ni formó parte del sistema de prestigio de la izquierda cipaya. Se enfrentó a la rosca profesoral de Halperín Donghi, Romero e Hilda Sábato, monopolizadores del saber histórico académico durante los últimos cuarenta años. Ello significó su expulsión del parnaso oficial.

En celebración de este segundo aniversario de la Declaración de la Independencia de las Provincias Unidas en Sudamérica quiero publicar este texto extraído del tomo 2 de Crónica Histórica Argentina

En 1968, en coincidencia con la publicación de Historia de la Nación Latinoamericana de Jorge Abelardo Ramos, este profesor de historia, ex cadete del Colegio Militar de la Nación, hijo de militares, casado con la hija de un militar, escribía en una publicación de amplia difusión comercial, la siguiente interpretación del 9 de Julio de 1816. Adentrarse en su lectura será explicación suficiente del silencio que hay alrededor de su autor. Y será también un homenaje a los que en la soledad y la indiferencia constituyeron una visión que hoy es conciencia política en millones de compatriotas de la Patria Grande, entre ellos el Papa Francisco.

Los congresales de Tucumán no eran argentinos. Eran americanos y el continente era la Patria cuya Independencia proclamaban al mundo entero.

El Congreso, la Logia y la Unidad Continental

Desde los días mismos de la Independencia ha existido una duplicidad de criterios respecto de los contenidos específicos de la solemne declaración de Tucumán. Para unos, el 9 de julio de 1816 se quiso proclamar la emancipación rioplatense; para otros, la intención fue continental.El mismo 9 de julio firmó Pueyrredón en Tucumán una circular a los pueblos por la que comunicaba la buena nueva, y de allí, seguramente, nace la confusión, pues dice:

“El soberano Congreso de estas Provincias Unidas del Río de la Plata ha declarado en esta fecha la independencia de esta parte de la América del Sur de la dominación de los Reyes de España y su Metrópoli, según la Augusta resolución que sigue:

El Tribunal Augusto de la Patria acaba de sancionar en Sesión de este día por aclamación plenísima de todos los Representantes de las Provincias y Pueblos Unidos de la América del Sud juntos en congreso, la independencia del País de la dominación de los Reyes de España y su Metrópoli. Se comunica a V.E.esta importante noticia para su conocimiento y satisfacción, y para que la circule y haga pública en todas las Provincias y Pueblos de la Unión. Congreso en Tucumán a nueve de julio de mil ochocientos del diez y seis años. Francisco Narciso de Laprida, Presidente. Mariano Boedo, Vicepresidente, José María Serrano, Diputado Secretario, Juan José Passo, Diputado Secretario.

Lo comunico a V.E. para que determine la solemne publicación y celebración de este dichoso acontecimiento, y circule sus órdenes al mismo efecto a todos los puelos y Autoridades de esa Provincia”.

A la vista de esta circular y del Acta, resulta que “el congreso de estas Provincias Unidas del Río de la Plata” declaró la Independencia de “las Provincias Unidas en Sudamérica”; y de allí algunos han inferido rápidamente que la expresión continental tuvo valor de mera referencia, sin otra implicación de tipo político. Es del caso analizar el problema a la luz de estos y otros testimonios. Toda acción humana es intencionada, y la historiografía aspira, precisamente, a mostrar la realidad ocurrida con las intencionalidades que le proveen su peculiar significación. En 1966 realizamos un trabajo en equipo con Irene Calvo, María Rosa Mateos y Aurora Ravina, que presentamos al Cuarto Congreso Internacional de Historia de América, sobre los Contenidos americanos de la Declaración de Tucumán, con el propósito de aclarar debidamente el sentido de esa declaración. Aquí expondremos sucintamente sus conclusiones.

La línea lautarina
El 26 de marzo de 1816 se iniciaron las sesiones del Congreso con la presencia de las dos terceras partes de los diputados electos. El litoral y la Banda Oriental no enviaron representantes y quedaron, así, marginados de las Provincias Unidas cuya soberanía asumió el Cuerpo.
Buen número de diputados presentes pertenecían a la Logia Lautaro, o simpatizaban con ella en los propósitos de auspiciar la unidad política continental, comforme a los ideales postulados por la Gran Reunión Americana. Por lo mismo, veían con honda desconfianza las pretensiones localistas que enarbolaban las banderas federales.

Este federalismo estaba muy lejos de la ortodoxia doctrinaria que a su hora fijaron Hamilton, Madison y Jay. Tal vez Artigas haya tenido una conciencia clara de los puntos de vista que correspondían al federalismo. Los demás, solo sabían por mentas que el régimen federal respetaba las autonomías locales, y entendían a su manera el significado de federación. Y nada tiene de raro que ello ocurriera en toda Hispanoamérica, cuyas instituciones tradicionales eran básicamente distintas de las norteamericanas. Allá las autonomías han tenido desde los comienzos de la colonización una significación concreta tanto en lo político como en lo económico, mientras que en el Río de la Plata esas autonomías representaban regímenes patriarcales que procuraban defender los intereses económicos internos de la voracidad hegemónica de Buenos Aires.

Ante la experiencia vivida, la Logia entendía que la unidad continental que auspiciaba solo podía lograrse a través de una centralización del poder político, y estimaba -conforme al criterio imperante en la época de la Restauración- que la solución más adecuada se lograría mediante una monarquía constitucional. La otra alternativa era una dictadura fuerte que impusiera el orden homologando intereses y obtuviera la paz interior necesaria para el desenvolvimiento nacional. La monocracia se consideraba indispensable para la unidad continental, pues entendían que la indiscriminada deliberación de los pueblos iba a engendrar secesión.
Conforme a ese criterio, es claro que la “monarquía temperada” resultaba inmejorable, ya que el afán parlamentario de los federalistas podía tener su salida en la representatividad de las Cámaras, mientras se aseguraba la concentración de la fuerza militar y el poder político e, incluso, se evitaba todo resquemor de los soberanos europeos por el establecimiento de repúblicas.

El Acta de Independencia
Pero de cualquier manera, y antes de establecer la forma de gobierno, entendían los lautarinos que era preciso denunciar la existencia de un país soberano, cuya estabilidad política estuviera avalada por suficientes recursos económicos, indudable cohesión nacional y firme fuerza militar. Así lo había señalado Miranda cuando proyectó la unidad sudamericana, entidad que, por sus condiciones potenciales, podía ser garantía de un régimen institucional sólido y duradero. Y así lo entendieron los lautarinos, que presionaron fuertemente para cristalizar los proyectos de Miranda.

Por esos motivos, el Congreso de las Provincias Unidas del Río de la Plata extendió sus atribuciones para asumir la representatividad de las Provincias Unidas en Sudamérica. Quien recorra las páginas de El Redactor observará que de pronto, desde comienzos de julio de 1816, se eliminan las referencias a lo rioplatense y se comienza a ponderar lo sudamericano. Y el Acta de la Independencia, por supuesto, no está referida sólo al Río de la Plata, sino a todas las Provincias Unidas en Sudamérica.

El cambio de denominación
No se trata, pues, de un accidente, ni de un error, ni de una simple referencia geográfica. El cambio de denominación -Sudamérica en vez de Río de la Plata- tiene su fundamentación en indudables propósitos de unidad continental. En el momento, esa aspiración política estaba respaldada por una concepción estratégica que apuntaba a asegurar la unidad continental mediante la fuerza militar. Ya el Director Supremo había aprobado, el 24 de junio, la célebre Memoria de Tomás Guido, en que mostraba las efectivas posibilidades de libertar a Chile y al Perú, y desde entonces la política directorial apuntó a consolidar la unidad sudamericana mediante la liberación de distritos oprimidos que pasarían a constituir con el Río de la Plata un solo cuerpo político. El Acta de la Independencia de las Provincias Unidas en Sudamérica hacía posible que cualquier distrito continental, con sólo adherir a la declaración y enviar sus diputados al Congreso soberano, quedara de hecho y de derecho comprendido entre las provincias independizadas. Y fuera acreedor al apoyo económico y militar de sus hermanas, pues todas constituían el mismo Estado. La campaña militar que se preparaba tenía la intención, ya enunciada por los jacobinos de la primera hora, de extirpar del cuerpo nacional todo enemigo de la causa, mediante una guerra de conquista que asegurara la tranquilidad exterior necesaria para el ordenamiento interno.

La proyectada guerra contra el Brasil se trocaba ahora en acuerdos dinásticos que tendían a la unidad y a la pacificación; y en cambio se llevaba la acción bélica contra el irreconciliable enemigo que había abortado la Revolución en todo el resto de Hispanoamérica. Porque es del caso tener en cuenta que, el único lugar no reconquistado para el imperio hispánico era el Río de la Plata. Y de allí, forzosamente, tendría que salir la fuerza capaz de iniciar la liberación del continente y de promover la unidad política sudamericana que, simultáneamente reclamaba Bolívar desde Kingston, en su famosa Carta de Jamaica del 6 de septiembre de 1815. En esa misma línea intencional se halla la designación de Santa Rosa de Lima como patrona de la América del Sur, la aprobación de la bandera celeste y blanca como símbolo de independencia y soberanía sudamericanas, y el cambio de designación del jefe del Ejecutivo que comenzó a firmar documentos públicos como Director Supremo de las Provincias Unidas de Sud América. Y por eso mismo San Martín, en cumplimiento de la circular que ordenaba hacerla conocer “en todas las Provincias y Pueblos de la Unión” envió a Chile el Acta de la Independencia que Marcó del Pont hizo incinerar en acto solemne.

Con estos antecedentes, que suelen omitirse no siempre por olvido, resulta muy coherente el proyecto de restablecer la dinastía incaica en el restaurado imperio sudamericano e, incluso, las peligrosas tramitaciones ante la Corte lusitana para coronar un emperador de la América del Sur que invulara la sangre de Braganza con la de los Incas. No es del caso analizar aquí si eso estaba bien o mal; si era un disparate o una sensata medida política. Basta comprender esas tramitaciones, y ellas sólo son comprensibles si se atiende a la intencionalidad americanista de quienes las auspiciaron, volviendo en ese aspecto a los lineamientos del Plan Revolucionario de Operaciones.

Mito y realidad
La anacrónica posición de algunos historiadores, que creen poco “patriótico” señalar la similitud de contenidos intencionales de la Declaración de julio y la Carta de Jamaica, ha pretendido minimizar la importancia de la corriente continentalista. Así hasta se ha expresado un “dictamen”, formado por doce miembros, que afirmaron en tono apodíctico.

“… Nadie ignora que el anhelo de todos los habitantes de este suelo era el de constituir una nación independiente con las provincias que integraban el antiguo virreinato del Plata y no con los demás Estados de Sudamérica. A lo sumo, un reducido número de visionarios coincidía con el pensamiento de Bolívar en cuanto a una Confederación de Estados”.

Y como remate de esa aseveración, lanzada sin otra prueba que la hipotética auctoritas de los ínclitos opinantes, se agrega con un dejo de ironía:

“… Habría que preguntar si nuestros congresales de Tucumán creyeron alguna vez que en ese momento estaban representando también a Chile, Perú, Paraguay, Colombia, etcétera”. 

Al margen de que en nuestros días ni los niños de pecho se conforman buenamente con el “criterio de autoridad”; al margen también de que no se es “autoridad” por el mero hecho de creerse tal; y pasando por alto, en fin, que en 1816 nadie podía creer nada de Colombia porque esa república fue proclamada por Bolívar en 1819, es bueno señalar en qué medida el chauvinismo incontrolado puede llevar a la formulación de aseveraciones gratuitas, incapaces de resistir el menor embate de una crítica objetiva.

No deja de ser curioso que quienes se dicen seguidores de Bartolomé Mitre se esfuercen por negar hasta las evidencias que surgen de la obra de dicho historiógrafo. Ni siquiera advierten que, entre multitud de otros documentos muy elocuentes, las Instrucciones reservadas impartidas a San Martín para su campaña sobre Chile, expedidas por el Director Supremo el 21 de diciembre de 1816, señalan de manera categórica e indudable la intencionalidad que sustenta la denominación Provincias Unidas en Sudamérica. El apartado 14° del “Ramo político y administrativo” de esas Instrucciones dice textualmente:

“Aunque, como va prevenido, el general no haya de entrometerse, por los medios de la coacción o del terror, en el establecimiento del gobierno supremo permanente del país, procurará hacer valer su influjo y persuasión, para que envíe Chile su diputado al Congreso General de las Provincias Unidas, a fin de que se constituya una forma de gobierno general, que de toda la América unida en identidad de causas, intereses y objeto, constituya una sola nación; pero sobre todo se esforzará para que se establezca un gobierno análogo al que entonces hubiese constituido nuestro congreso, procurando conseguir que, sea cual fuese la forma que aquel país adoptase, incluya una alianza constitucional con nuestras provincias”.

La directiva no tenía nada de asombrosa para San Martín; por el contrario, coincidía plenamente con su pensamiento, expresado de manera categórica al diputados mendocino Tomás Godoy Cruz en carta del 24 de mayo de 1816, donde a propósito de las advertencias que él haría al Congreso si fuera diputdo, decía: “1°) Los Americanos o Provincias Unidas no han tenido otro objeto en su Revolución que la emancipación del mando de fierro Español y pertenecer a una Nación”. La conjunción o denota allí indudablemente idea de equivalencia, e indica que para San Martín era indistinto decir Americanos que decir Provincias Unidas; y esos americanos querían pertenecer a una sola Nación. Lo mismo pensaba Manuel Belgrano cuando auspiciaba coronar al Inca en el imperio sudamericano que tendría por sede el Cuzco; lo mismo también Güemes, que recibió alborozado el proyecto; lo mismo Acevedo, Serrano, Sánchez de Bustamante y, en fin, la inmensa mayoría de los diputados que apoyaron las gestiones tendientes a establecer una monarquía continental.

A la luz de las transcriptas Instrucciones de muchísimos otros testimonios concomitantes, resulta pues, que ese “reducido número de visionarios” que “coincidía con el pensamiento de Bolívar en cuanto a una Confederación de Estados”, estaba integrado por los principales jefes militares, los diputados de los pueblos representados en el Congreso y, como si ello fuera poco, también por el Director Supremo, a quien el Congreso confió la dirección política de las Provincias Unidas para que ejecutara las disposiciones del Cuerpo Soberano. Y es claro que dicho funcionario, vocero natural del Congreso, tenía que entender -a pesar de la académica ironía- que los diputados reunidos en Tucumán querían representar a “toda la América unida en identidad de causas, intereses y objeto”, razón por la cual los pueblos sudamericanos debían constituir “una sola Nación” o, en su defecto, vincularse políticamente por una “alianza constitucional”, lo que equivale a formar una Confederación de Estados similar a la que auspiciaba Simón Bolívar en la Carta de Jamaica, sin que, al efecto, importe demasiado si esa unidad política se lograría con una monarquía o una república. Para quien sepa leer -y lo haga libre de prejuicios y sin segundas intenciones- queda incontrastablemente demostrado que la campaña sobre Chile llevaba implícito el proyecto de organización política continental de las Provincias Unidas en Sudamérica.

El transcripto apartado de las Instrucciones entregado a San Martín no tiene, ni mucho menos, carácter de inédito ni de poco conocido. Lo reprodujo in extenso Bartolomé Mitre en su Historia de San Martín y de la emancipación sudamericana, apareció íntegro en el Tomo III, páginas 402 a 416 de los Documentos del Archivo de San Martín, y ha sido agregado también en el Tomo IV, páginas 571 a 575 de los Documentos para la historia del Libertador General San Martín publicados conjuntamente por el Museo Histórico Nacional y el Instituto Nacional Sanmartiniano. Por poco dedicado y perspicaz que sea un investigador, parece que resulta demasiado gruesa la omisión heurística y no puede aducirse olvido por parte de quienes todavía niegan los contenidos americanos del movimiento emancipador.


Sin duda, tuvo razón Eulalio Astudillo Menéndez cuando, en la Revista Militar, afirmó hace 29 años que “el Congreso de Tucumán fijó el plan de operaciones de San Martín”. Y es también indudable que la Declaración de la Independencia, hecha al molde de la Logia Lautaro, retomó el plan jacobino (y mirandino) de constituir el Estado Americano del Sur, y fijó la magnitud continental de la Revolución.

5 de julio de 2016

La entrevista telefónica a Cristina Fernández de Kircher

La verdadera colaboración no es alabar siempre, sino señalar los errores, hablando un lenguaje claro de realidad, de verdad y de amistad. El verdadero amigo es el que aconseja, y si es el enemigo el que habla, es mejor que esté cerca.
Conducción Política, Juan Domingo Perón


El reportaje telefónico a Cristina Fernández de Kirchner en el principal programa televisivo opositor, conducido por el periodista Roberto Navarro, obviamente generó una gran expectativa, ya que por primera vez, desde el 10 de diciembre del año pasado, la ex presidenta era entrevistada por un medio.

Por las mismas horas se daban a conocer algunas cifras sobre el crecimiento de la pobreza en el país que hielan la sangre, habida cuenta del ambicioso objetivo de Pobreza Cero con que el candidato Mauricio Macri se pavoneó en su campaña electoral.
En el informe brindado por el Centro de Economía Política Argentina (CEPA) junto al Instituto de Economía Popular (INDEP) se vio que la pobreza para el Gran Buenos Aires subió, a partir de fines del año pasado, del 24,4% al 31,42% en marzo (un 7%) y, luego, al 33,25% (casi un 10%). Esto, según los investigadores Hernán Letcher y Eva Sacco, significa, sólo en el área metropolitana, una crecimiento de 1,7 millones de pobres.

Para el instituto Gino Germani, de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires, la pobreza en el Gran Buenos Aires subió del 22% al 35,5% (la indigencia pasó de 5,9% al 7,7%). El porcentaje de pobres pasó de 23,8% al 38,2% en el conurbano (indigencia del 6,8% al 9%), mientras que subió del 12,6% al 21,8% en la Capital Federal, con un incremento de la indigencia del 1,1% al 1,4 por ciento.

Estos guarismos, de medirse en todo el país, significarían que desde que asumió Mauricio Macri en la Rosada habrían entre 4,5 y 5 millones nuevos de pobres, según estimó el investigador del Instituto Gino Germani, Eduardo Chavez Molina.

También la Universidad Católica Argentina (UCA) estimó que la misma está cercana al 35%, en estos días. Según esta investigación, entre noviembre y marzo se habían creado 1,4 millones de pobres. El investigador Agustín Salvia, responsable de esa encuesta, explicó que el tarifazo tuvo un impacto importante en los deciles de la población con menores ingresos (1).

De manera que las declaraciones de Cristina Fernández de Kirchner se han dado en un momento de agudización extrema de las demandas sociales, en el inicio de un duro invierno anticipado por un frío otoño y en el marco de un desabastecimiento general de gas, cuyo precio para los usuarios domiciliarios se ha convertido en cifras que implican hasta la mitad del salario. El grueso de la clase media asalariada o con ingresos fijos, la clase trabajadora y los sectores más vulnerables de la sociedad -desocupados, semiempleados, trabajadores en negro- están sufriendo día a día una brutal disminución de su capacidad de compra y una exacción de sus ingresos a favor de los sectores concentrados de la economía y, sobre todo, del sector financiero. Como lo denuncia la Declaración de Formosa:

La derecha pretende imponer un modelo de Estado mínimo, un gobierno de ricos y gerentes de grandes multinacionales. Su objetivo es desmantelar el conjunto de progresos laborales y sociales y los derechos conquistados durante los últimos años”.

A su vez, los bloques parlamentarios del otrora Frente para Victoria se han ido desgajando al vaivén de distintos intereses, legítimos e ilegítimos, justos e injustos, mientras que la presión del gobierno nacional sobre los requerimientos presupuestarios de los gobiernos provinciales ha tenido su efecto en las votaciones del Congreso. Hemos sostenido en otra parte:

“'Exiliado en la tierra, sufriendo el griterío, / Sus alas de gigante le impiden caminar'.
El peronismo, en el poder, se asemeja, en su autonomía, en su agilidad de movimientos, en su grandeza, a ese albatros que cruza los mares del Sur. Pero alejado del poder, “sus alas de gigante le impiden caminar”. Le cuesta recomponer sus amplias alas, trastabilla con la inmensidad de su cuerpo y se le hace difícil volver a remontar el vuelo” (2).

A excepción de esa Declaración de Formosa, llevada a cabo a instancias del presidente del Congreso del Partido Justicialista, Gildo Insfrán, no ha habido otras manifestaciones orgánicas del movimiento que, a través de Néstor y Cristina, ejerció el poder desde el 2003 hasta el año pasado. El establecimiento de una clara y definida política opositora dispuesta a reconquistar el poder del Estado para la realización de sus grandes banderas no alcanza a manifestarse, mientras desde el movimiento obrero se realizan permanentes esfuerzos en aras de una unificación de la CGT bajo un programa y una conducción capaz de resistir el embate del neoliberalismo financiero. En este último sentido son alentadoras las palabras del dirigente Horacio Ghillini, del SADOP, quien en un sustancioso reportaje acaba de manifestar (3):

“Queremos que el programa de la CGT sea en un con presencia federal, movilizado. Que no tenga ambigüedades con respecto a este proyecto político. Una cosa es tener respeto democrático por el gobierno y otra es estar de su lado. Este es un gobierno contrario a los trabajadores. Queremos confrontar su modelo económico”.

Los dichos de la ex presidenta dieron lugar a una gran producción de interpretaciones, elogios y críticas. No podía ser para menos. Un importante sector de la sociedad ha depositado sus expectativas y esperanzas en las palabras o los gestos que puedan venir de la ex presidenta para dar respuestas políticas al gran desafío que la derrota del año pasado ha impuesto sobre el peronismo y, en general, sobre todo el movimiento nacional y popular. Estas líneas no intentan más que sumarse a ese necesario debate.

La entrevista
La primera sorpresa fue que la entrevista se hiciera por teléfono. Alguien dijo alguna vez, en tono humorístico y paradojal, que, de haberse inventado la radio después de la televisión, los oyentes la hubieran elogiado diciendo que era como la televisión pero mejor, ya que no había necesidad de mirar la imagen. No soy un especialista en comunicación, pero fue evidente para el más desprevenido que el recurso típicamente radial de una comunicación telefónica enfrió la expectativa de la entrevista. En una época en que, con un teléfono y una aplicación podemos conversar, con imagen y sonido, con un amigo en Estocolmo, la decisión de no poner su imagen en vivo no pudo ser sino producto de una decisión de política comunicacional. Y el resultado fue una sensación de distancia y lejanía. Si a eso se le agrega el comentario de la ex presidenta acerca de que recién entraba en su casa, el efecto de sentido fue el de un encuentro casual, casi inesperado.

Cristina, a lo largo de la conversación, dejó en claro, fundamentalmente, que no pretende conducir a la oposición y, mucho menos, al peronismo. Dejó en manos de la representación parlamentaria esa función que queda así sin una dirección política que la vertebre. Reivindicó con justo derecho las políticas de su gobierno y dejó en clara su opinión sobre la naturaleza liquidacionista, clasista y antinacional del gobierno del presidente Macri, aún cuando señaló que deseaba su éxito. Este quizás haya sido una de sus afirmaciones más desconcertantes dado que el éxito del gobierno macrista consiste en la implementación, desarrollo y profundización de esas políticas.

Puso énfasis en dos o tres cosas: por un lado, una correcta visión alejada de cualquier tipo de vanguardia iluminada, que es algo muy distinto a una conducción política de un amplio espacio; puntualizó que son necesarias ideas, más que hombres, para enfrentar al gobierno; y, por último, su confianza en lo que llama “empoderamiento” de la gente.

Este concepto, de frecuente aparición en el discurso de Cristina, ha tenido su origen en la sociología norteamericana (enpowerment) y encierra un sentido más psicologista que político y social. Un proceso de empoderamiento reemplazaría así “un sistema piramidal tradicional por otro más horizontal en donde la participación de todos y cada uno de los individuos formen parte activa del control del mismo con el fin de fomentar la riqueza y el potencial del capital humano lo que se reflejará no sólo en el individuo sino también en la propia organización” (4). En los discursos de Cristina el concepto parecería más bien a apuntar a una cesión de poder, por parte del Estado, en los ciudadanos y ciudadanas para que tengan la capacidad, la decisión y el coraje de enfrentar las decisiones injustas o contrarias a sus intereses. La ausencia de una mediación organizativa, capaz de luchar por la conquista del poder político del Estado, corre el riesgo de convertir el empoderamiento en una apelación a los derechos y garantías de los ciudadanos, propio de todas las constituciones liberales.

Uno de los momentos en los que más ruido me hizo el mensaje de la ex presidenta fue su negativa a responder a la pregunta del periodista acerca del estado de desamparo -creo que usó esa palabra- en que se encuentra parte de la opinión pública que ha confiado en su liderazgo. Fue evidente que no quiso contestar a ello y en su lugar se extendió en un minucioso relato sobre las cañerías de la calefacción en Santa Cruz, que en el crudo invierno patagónico quedan congeladas y revientan de no tener el calor necesario. Fue también, ahí, donde la expresidenta mencionó por única vez un acuerdo previo y repitió varias veces la expresión inglesa “no more”.

En suma, Cristina Fernández de Kirchner ha vuelto a Buenos Aires. La pertinaz persecución judicial a la que la somete la dictadura judicial y mediática requiere de su paciencia y capacidad de respuesta. Es evidente y obvio que esta es su primera preocupación. Pero también quedó evidenciado que no está en sus objetivos inmediatos encabezar una oposición política amplia y mayoritaria al gobierno de los CEOs y el imperialismo.

Es obvio que no se esperaba de la expresidenta un discurso incendiario o un llamado a la rebelión. No hay antecedentes en la conducta pública de Cristina para pensar algo así. Lo que quizás se esperaba eran ciertas señales hacia el movimiento peronista que fue la base de apoyo del presidente Néstor Kirchner y la llevó al poder en dos oportunidades con el voto mayoritario. Una gira por provincias, insinuado en las redes y en portales noticiosos, podría satisfacer esas expectativas. Una reunión con el ex gobernador de San Juan, José Luis Gioja, y actual presidente del PJ nacional, una serie de entrevistas que cubra el espinel político del peronismo en su amplia expresión -gobernadores, intendentes, senadores y diputados- así como con dirigentes gremiales y de los sectores que apoyaron a sus gobiernos harían manifiesta la voluntad de Cristina de acaudillar, en las nuevas condiciones, el gran frente opositor.

Poseedora hasta hoy de un gran caudal electoral en cualquiera de los escenarios en que intente presentarse, su aparición del domingo no dejó traslucir más que la idea de que con sus dos gobiernos cumplió más que ampliamente con la voluntad popular y las grandes tareas de la Patria. Algo que la Historia y sus contemporáneos no dejaremos de agradecer y recordar con emoción.

Algunos amigos me preguntaban si valía la pena plantear estas cuestiones, habida cuenta que tampoco el peronismo ha resuelto o está en vías de resolver su problema de conducción. Otros me decían si no era preferible que la realidad hiciera evidente estas tendencias aquí señaladas, ya que estas reflexiones solo generarían respuestas iracundas y apasionadas de fervor. No tengo resuelto el dilema. Pero mi formación y tradición políticas me indican que, para citar a Joan Manuel Serrat, “nunca es triste la verdad, lo que no tiene es remedio”. Hacer frente a una situación, ayudar a que con el conjunto reflexionemos sobre la real situación estoy convencido que ayuda a encontrar, entre todos, respuesta a los desafíos a los que estamos enfrentados.

A todo esto, una patota fascista empastelaba la redacción del periódico Tiempo Argentino, golpeando a sus trabajadores, y otra atacó la Parroquia de Nuestra Señora de Fátima, donde Cristina se había reunido con los curas de la opción por los pobres.
Y al día siguiente, 4 de julio, el presidente Macri se fotografiaba con una escarapela de los EE.UU.

Hacemos propias, para enfrentar este desafío, las palabras que cierran la Declaración de Formosa:

En definitiva, los argentinos nos encontramos hoy ante la misma encrucijada histórica que enfrentaron los patriotas de 1816: Patria o colonia. Ante este dilema, no dudamos que las banderas históricas del peronismo, enriquecidas con los aportes expresados en este documento y los que realicen todos los sectores del campo nacional y popular, constituyen el faro que nos ha de guiar hacia la efectiva emancipación nuestro pueblo en el Bicentenario de la Independencia”. 

4 Blanchard, K., CarlosJ& Randolph, A. (1997). Empowerment: 3 Claves para lograr que el proceso de facultar a los empleados funcione en su empresa. Bogotá: Norma S.A.