29 de septiembre de 2026

Del Nuevo ABC a los BRICS

Los BRICS, en la coyuntura de debilitamiento de Trump tras las elecciones de medio término de 2026, ofrecen el marco contemporáneo para reactualizar ese impulso.

Por un lado, permitirían consolidar un acuerdo estratégico con Brasil; por otro, posicionarían a Argentina como puente entre los BRICS y la integración suramericana. Esta reorientación, inspirada en la propuesta de Perón del “Nuevo ABC”1, recuperaría espacios de soberanía para América Latina, aunque su concreción depende de superar la volatilidad de la política exterior argentina y consolidar esta orientación como política de Estado.

En 1953, ante los altos jefes de la Escuela Superior de Guerra, el general Juan Domingo Perón pronunció una frase que condensa el corazón de su pensamiento estratégico y que, setenta años después, conserva una vigencia perturbadora: “Pienso yo que el año 2000 nos va a sorprender o unidos o dominados”2. No se trataba de una consigna retórica. Detrás de esa advertencia había un diagnóstico geopolítico preciso: la imposibilidad de que Argentina, Brasil, Chile o cualquiera de nuestros países, por separado, alcanzaran unidad económica y soberanía real en un mundo crecientemente concentrado. Y también había un proyecto concreto: la conformación de un núcleo argentino-brasileño-chileno capaz de irradiar hacia el resto de Sudamérica y, eventualmente, hacia toda Latinoamérica. A ese proyecto lo llamó, retomando y ampliando el viejo A.B.C. del Barón de Río Branco, el Nuevo A.B.C.

En el libro ya mencionado sostengo que aquel intento no fue una improvisación diplomática ni un capricho personal del líder argentino. Fue la culminación de una genealogía que se remonta a los proyectos anfictiónicos de Bolívar y San Martín, atraviesa la reflexión de los latinoamericanistas de principios del siglo XX —Manuel Ugarte, el general José María Sarobe, el propio Barón de Río Branco— y encuentra en la convergencia entre Perón y Getulio Vargas su momento de mayor madurez política. El libro reconstruye, a partir de fuentes diplomáticas, periodísticas y testimonios directos —singularmente los del embajador João Batista Lusardo, aquel riograndense que se hizo llamar "Juan Bautista" y que fue testigo y actor de excepción de aquellas jornadas—, la trama de un proyecto que buscaba convertir la complementariedad económica argentino-brasileña en un bloque de poder capaz de negociar en pie de igualdad con las grandes potencias. La historia de ese proyecto y de su frustración —el suicidio de Vargas en 1954, el derrocamiento de Perón un año después, la resistencia sistemática de Itamaraty y la presión permanente de Washington— es también la historia de una oportunidad perdida que la región no ha logrado recuperar del todo.

El momento más alto de ese proyecto integrador en el siglo XXI fue entre los años 2003 y 2015. A partir de la III Cumbre Presidencial Suramericana, celebrada en la ciudad de Cusco, Perú, los días 8 y 9 de diciembre de 2004, se inició un proceso, relativamente rápido, de estrechamiento de las relaciones entre los países suramericanos. Aunque la sede del encuentro fue la ciudad de Cusco, el acto central y la firma de la declaración tuvieron lugar en la ciudadela incaica de Machu Picchu, lo que le dio un fuerte simbolismo al evento. Esta cumbre se convirtió, como digo, en un hito fundamental en la historia de la integración regional, ya que fue el escenario donde se creó la Comunidad Sudamericana de Naciones (CSN), el antecedente directo de la UNASUR. Curiosamente, la Argentina no estuvo representada por su presidente Néstor Kirchner, quien alegó problemas de salud por la altura del lugar, sino por Eduardo Duhalde, entonces presidente de la Comisión de Representantes Permanentes del Mercosur.

Y, posiblemente el punto culminante de ese apasionante momento histórico haya sido la IV Cumbre de las Américas, celebrada en Mar del Plata los días 4 y 5 de noviembre de 2005. Esa reunión constituye uno de los hitos más importantes en la historia de la integración latinoamericana y un momento en el que, a inicios del siglo XXI nos encontramos unidos. Su significado trasciende lo protocolar: fue el escenario donde se sepultó el proyecto del ALCA y se abrió un nuevo ciclo de integración regional3

El momento decisivo fue el 5 de noviembre de 2005. Los presidentes de los países del Mercosur, Néstor Kirchner (Argentina), Luiz Inácio Lula da Silva (Brasil), Tabaré Vázquez (Uruguay) y Nicanor Duarte Frutos (Paraguay) junto con Hugo Chávez de Venezuela, se opusieron frontalmente a la firma del ALCA. Esta posición conjunta logró una histórica derrota diplomática para Washington y su intento de alinear a la región detrás de sus intereses.

La cumbre culminó sin acuerdo sobre libre comercio. La declaración final no pudo incluir una mención explícita al ALCA, lo que fue leído como un triunfo de los países que se oponían a él.

Esa Cumbre de Mar del Plata reactualizó la idea del “Nuevo ABC”: la alianza entre Argentina, Brasil y los países del Mercosur, junto a Venezuela, fue el eje que articuló la oposición al ALCA. Expresó la misma lógica de un núcleo sudamericano que Perón y Vargas intentaron construir, ahora en un n contextouevo y con un proyecto explícitamente antihegemónico.

El “No al ALCA” de Mar del Plata abrió el camino para la creación de la Unión de Naciones Suramericanas (UNASUR) y para la consolidación del Mercosur como actor político. Fue la base sobre la que se construyó un ciclo de gobiernos, en algunos casos claramente populares y hasta socializantes, en otros de naturaleza más conservadora, como Chile o Colombia, que coincidieron, con diferente compromiso, en la integración de nuestros países. Pese a ello, el impulso no logró establecer vinculaciones estructurales y orgánicas que dificultaran un retroceso.

La Cumbre de Mar del Plata fue la manifestación más clara de un momento político en el que la región —de la mano de gobiernos como el de Chávez en Venezuela, Lula en Brasil y Kirchner en Argentina— comenzó a desplegar una política exterior de autonomía y diversificación.

Y no por casualidad, en ese mismo momento comienza otro proceso, de gigantesca trascendencia y que aún está en desarrollo. Fue esa misma lógica sudamericana, aplicada a la escala global, la que llevó a Brasil a participar en la construcción del BRIC a partir de 2006. Ambos procesos —la integración sudamericana y la articulación con el Sur Global— fueron expresiones paralelas de un mismo impulso: la búsqueda de un orden multipolar en el que América Latina no fuera un apéndice de Washington.

Ese es el eslabón que conecta el viejo sueño del “Nuevo ABC” con la oportunidad contemporánea de los BRICS.

Es la actualización de aquel intento de Perón a las condiciones de un mundo radicalmente distinto: el del ya avanzado siglo XXI, el de la multipolaridad, el del ascenso de China, el de la crisis de la hegemonía estadounidense. Sostengo aquí que la incorporación de Argentina a los BRICS —bloque que, no casualmente, tiene en Brasil a uno de sus miembros fundadores y a un actor decisivo en su expansión— representa la oportunidad contemporánea de retomar aquel hilo histórico. Y que esa oportunidad se inscribe, además, en una coyuntura específica: la del debilitamiento político de Donald Trump y su política de “patio trasero” para América Latina, cuyo horizonte temporal está acotado por las elecciones de medio término de noviembre de 2026.

La tesis que aquí planteo puede formularse en cuatro proposiciones interconectadas.

Primera. La incorporación de Argentina a los BRICS permitiría institucionalizar y profundizar un acuerdo estratégico con Brasil que ya existe en germen. Brasil ha respaldado explícitamente el ingreso argentino al bloque; existen mecanismos de cooperación financiera y comercial en marcha —el Sistema de Pagos en Monedas Locales, la propuesta de usar yuanes para el comercio bilateral, el respaldo del Nuevo Banco de Desarrollo para financiar exportaciones— que encontrarían en la membresía plena un marco de estabilidad y permanencia. La historia del “Nuevo ABC” demuestra que la alianza argentino-brasileña ha sido, cada vez que se intentó, el eje articulador de cualquier proyecto de integración sudamericana. Como afirma lúcidamente Alberto Methol Ferré: “Fue dentro de una perspectiva del proceso histórico mundial, pensado y comprendido expresamente desde Argentina y América Latina, que Perón formuló su estrategia de desarrollo esencial para su propio país. Este desarrollo lo concebía íntimamente ligado a su contexto latinoamericano. Más aún, imposible sin su enlace con Brasil. Esta fue su audacia y originalidad mayor4.

Segunda. La política exterior del Imperio brasileño, tanto bajo Pedro I como bajo Pedro II, tuvo en la cuenca del Plata su eje neurálgico. El objetivo central era impedir la reconstitución del antiguo virreinato de Buenos Aires y mantener a Uruguay y Paraguay como Estados tapón que contuvieran la proyección argentina. Bajo Pedro I se consideró incluso la posibilidad de intervenir en las repúblicas vecinas para transformarlas en monarquías, aunque luego se optó por la contención. Durante el Segundo Reinado, la “política de prestigio” combinó la presión diplomática con la intervención directa, como lo demuestra la Guerra de la Triple Alianza. Esa política buscaba asegurar un equilibrio sudamericano favorable a Brasil, impidiendo que cualquier vecino —fundamentalmente Argentina— pudiera articular una fuerza capaz de disputarle la preeminencia regional.


Con la República, esa lógica no desaparece: se perfecciona. El Barón do Río Branco, arquitecto de la política exterior brasileña moderna, formuló lo que él mismo llamó una “hegemonía defensiva” en el Cono Sur. “Defensiva” porque no buscaba conquistas territoriales, aunque esto puede ser muy discutible; “hegemonía” porque, según su idea, cabía a Brasil, secundado por Argentina y Chile, el papel preponderante en la definición de las relaciones entre Sudamérica y las potencias centrales. Río Branco trasladó el eje de la diplomacia brasileña de Londres a Washington, incorporando a Estados Unidos como factor de equilibrio en la balanza sudamericana. La “alianza no escrita”5 con Washington le permitía neutralizar cualquier intento de Argentina por disputarle la primacía.

Hasta las décadas de 1950 y 1960, la reflexión geopolítica brasileña se centró explícitamente en superar a Argentina para alcanzar la hegemonía en Sudamérica. No se trataba de una preocupación defensiva, sino de una competencia por la primacía regional. A partir de los años sesenta, la mirada se amplió hacia un rol global, pero la lógica de fondo —Brasil como actor preponderante en su entorno regional— se mantuvo.

La historia muestra que cuando Argentina tuvo capacidad de articular una política exterior autónoma y de negociar con Brasil en pie de igualdad, la lógica imperial se atenuó. El “Nuevo ABC” de Perón y Vargas fue precisamente eso: un intento de subordinar la preeminencia brasileña a un proyecto conjunto. Cuando Brasil no encuentra ese contrapeso —por debilidad argentina, por alineamiento de Buenos Aires con Washington, o por ambas cosas—, su política exterior tiende a recuperar el viejo reflejo de fijar las reglas del juego en el subcontinente.

El rechazo argentino a los BRICS y el alineamiento con Washington bajo el gobierno de Milei son, desde esta perspectiva, una invitación a que Brasil opere sin contrapeso. Y los resultados no son neutrales: la política exterior brasileña, sin el freno argentino, tiende a comportarse como el hegemón regional que la geografía y la historia le han asignado. No se trata de un episodio aislado ni de una cuestión de personas: es la reproducción de un reflejo histórico en el que Brasil define quién entra y en qué condiciones a los espacios de articulación regional. La posición asumida en la discusión sobre la incorporación de Venezuela a los BRICS —cualquiera sea la opinión que merezca el gobierno venezolano— ilustra ese patrón: Brasil actuó como árbitro de los límites del bloque, fijando los términos de la inclusión y de la exclusión. Es la misma lógica que, en otros contextos y con otros actores, caracterizó a la diplomacia imperial primero y a la “hegemonía defensiva” de Río Branco después. No se trata de demonizar a Brasil, sino de reconocer que su política exterior, como toda política exterior, responde a una lógica de poder. La única manera de que esa lógica se atempere es que Argentina recupere la capacidad de negociar en pie de igualdad.

Tercera. Esa alianza, en el marco de los BRICS, posicionaría a Argentina como puente entre el bloque y los mecanismos de integración suramericana (Mercosur, UNASUR), fortaleciendo la proyección de un orden multipolar desde el Sur Global. No se trata de sustituir la integración regional por la adhesión a un bloque global, sino de articular ambas escalas. Los BRICS ofrecen financiamiento sin condicionalidades, mercados diversificados, respaldo político en foros internacionales —incluida la causa de Malvinas— y una plataforma para negociar colectivamente en un mundo donde la unipolaridad se agota. El Mercosur, a su vez, aporta el marco institucional y la proximidad geográfica que hacen posible la coordinación política. La sinergia entre ambos niveles es la clave de una inserción internacional soberana.

Cuarta. Esa reorientación encuentra una ventana de oportunidad en el debilitamiento político de Trump. La política de coerción hacia América Latina —aranceles, presión sobre Panamá, respaldo a aliados ideológicos, hostigamiento a Venezuela— tiene un límite interno: las elecciones de medio término de noviembre de 2026. Un debilitamiento del trumpismo reduciría el corset que su administración ha impuesto sobre nuestros países y abriría un espacio para recuperar márgenes de autonomía. No se trata de un automatismo: la ventana debe ser aprovechada por una voluntad política interna dispuesta a revertir el alineamiento actual. Pero la historia enseña que las oportunidades geopolíticas no esperan a quienes no están preparados para aprovecharlas. Como advertía Perón en 1953: “Si no estamos a la altura de nuestra misión, hombres y pueblos sufriremos el destino de los mediocres”.

Y algo de eso nos permitimos intuir que subyace en el mensaje que el gobernador de la provincia de Buenos Aires pusiera en la red X: “Argentina está desaprovechando la oportunidad histórica de insertarse en el nuevo orden mundial desde un lugar que ponga en valor su enorme capacidad productiva, sus recursos estratégicos y el desarrollo científico tecnológico. Necesitamos avanzar en una verdadera integración regional para conformar un bloque que nos permita insertarnos en esta nueva configuración geopolítica”6.



1Un solo impulso americano – El Mercosur de Perón, Julio Fernández Baraibar, Fondo Editorial Simón Rodríguez, Buenos Aires, 2005, página 90.

2Ibidem, página 109.

3Para una crónica de aquella reunión ver https://fernandezbaraibar.blogspot.com/2005/12/el-siglo-xxi-nos-encontr-por-fin.html

4Citado en El Mercosur de Perón – Un solo impulso americano, página 85.

5Burns, E. Bradford, The Unwritten Alliance, Columbia University Press. New York, 1966.

6 https://x.com/Kicillofok/status/2102471451492393268?s=20

28 de septiembre de 2026

Los caminos de la liberación son misteriosos

A poco de volver a la Argentina, en enero de 1984, en plena restauración del régimen constitucional y de derechos que habían sido negados durante siete sangrientos años, el amigo Miguel Barreiros me invitó a escribir en la publicación Voces, que había creado y dirigía. El proyecto duro algunos meses, en los pude colaborar con mis notas. La primera, publicada en el número 1 de la revista, en agosto de 1984, es la que pongo a continuación. Me reencontré con ella ayer, al revolver mi archivo en busca de otra cosa, como suele ocurrir. La publico aquí no sin orgullo. Han pasado 42 años, vivimos un nuevo siglo y aquellas reflexiones han sido refrendadas por la historia.

Los caminos de la liberación son misteriosos

Estábamos viviendo en un suburbio de Estocolmo. Mis dos hijas argentinas, mi mujer argentina y yo. Era una de esas noches heladas, cuando la luz fría de la luna estalla estéril en la nieve que cubre el paisaje aburrido de los monobloques. El café humeaba sobre la mesa de la cocina y el aguardiente nos había llevado a regiones más cálidas, de la mano de tres vecinos suecos, estupendamente solidarios con nuestro porteño esgunfio, fertilizado por el invierno boreal.

Era el año 1979 y el pueblo iraní había tomado por asalto el trono del Pavo Real –extraño símbolo del poder de los Palehvi– y un anciano sacerdote de inclaudicable voluntad sembraba el terror y la desilusión en las consternadas cabezas bienpensantes de Europa. El ayatollah Khomeini era, a los ojos de mis huéspedes, la imagen misma del horror y la crueldad fanática. El espectáculo apasionante y sobrecogedor que la revolución desplegaba, el estallido incontenible de fuerzas sociales ocultas hasta entonces para el mundo civilizado, la irrupción en la historia de los innumerables innombrados, el coro desalojando el lugar de los personajes, era para mis mansos y rubios amigos –cumplidores manifestantes en todas las demostraciones contra todas las dictaduras– un infierno de irracionalidad, que ahogaba en sangre sus buenas intenciones.

Mi discurso de hombre del Sur fue el que aquí relato. Los escandinavos no quedaron convencidos. Espero un mejor resultado con mis hermanos de Meridión.


El ayatollah Khomeini y su sistema de “mullah” representan la expresión más alta de la conciencia nacional persa. La dictadura “desarrollista” de Reza Pahlevi y la rapiña imperialista hicieron de Irán un país aparentemente moderno. Teherán, sus hoteles de cinco estrellas, sus edificios gubernamentales, sus gerentes educados en Harvard y sus hijos licenciados en la Ècole de Hautes Etudies eran una vana cáscara occidental que pretendía contener un vasto y profundo mar de atraso y postergación.

Es más, recuerdo que dije, esa misma modernización es el rostro odiado de las condiciones de dominación.

En el campo, en la fragante algarabía del “bazar”, bajo el “chadon” de sus mujeres de ojos desmesurados, en la promiscuidad de los campamentos petroleros, en el parloteo sensual de los baños públicos, en la sordidez viscosa de los fumadores de aceite de heroína, Mahoma y sus interpretadores shiítas eran el tejido conjuntivo de la resistencia nacional –y, por ende, popular– de los milenarios persas.

Y Khomeini ha logrado sintetizar, con la características poco “occidentales” que disgutaban a mis amigos, la independencia nacional iraní. El mullah, que conoce el Libro que conoce al pueblo para quien el Libro está escrito, puede ser un excelente “ombudsman”. No en Estocolmo, claro. Pero conozco pocos iraníes que se hayan preocupado por incorporar el mullah a la legislación sueca.

¿Pero, y el velo obligatorio para las mujeres?, preguntaron mis feministas amigas. Lo importante, trate de explicarles, es que las mujeres iraníes se han incorporado con la revolución a la vida política de su país. Y en sus propias condiciones. Ustedes, hace cien años, no podían mudarse de ciudad sin pedirle permiso al pastor y hace treinta metían presos a los anarquistas que, en el campo, trataban de divulgar entre las mujeres cargadas con decenas de hijos, modernas técnicas anticonceptivas. Permitanle a las mujeres iraníes ponerse en movimiento, convertirse en sujetos, ser independientes como iraníes y lo demás es cuestión de tiempo.

¿Entonces vos querés un Khomeini para tu país? me preguntaron, como corolario. Me quedé pensando. Veía tras la ventana mi entonces lejana patria y les dije crípticamente: cada país que nace crea su Khomeini.

Agosto 1984

15 de septiembre de 2026

Con el PAIIPA comienza el Modelo Formoseño

Hoy se cumplen 30 años de la puesta en marcha, en Formosa, del PAIPPA, el programa que le cambió la vida al pequeño campesinado y a la provincia.
Esto escribimos hace unos años.

“El crecimiento armónico y equilibrado de las partes es indudablemente el único camino para la realización del todo. Del mismo modo, podemos afirmar que la realización de las provincias es el único camino para realizarnos como Nación”.
Gildo Insfrán

En la Asamblea Nacional Constituyente, dos años antes, el ahora gobernador Gildo Insfrán había sostenido ese punto de vista doctrinario. Había llegado el momento de poner en práctica esas ideas. Carlos Menem había sido ratificado en su cargo y el país se deslizaba en la pendiente del uno a uno. En ese momento, en el año 1996, Formosa lanzó el PAIPPA, Programa de Acción Integral para el Pequeño Productor Agropecuario.

Se trataba de un programa de asistencia para agricultores minifundistas, todos ellos, en ese momento, por debajo de la línea de pobreza. La propiedad de la tierra en la que habían estado trabajando desde siempre fue la primera de las condiciones que se necesitó asegurar.

Manuel Rodríguez quien, desde la oficina de tierras, venía regularizando los títulos de todos esos pequeños productores, recuerda aquellos años:

“El PAIPPA se largó en General Belgrano. Eso fue una idea que Gildo la fue armando y que la hablamos mucho, con cada uno. Gildo viene de una colonia de pequeños productores, él conoce, él en su profesión de veterinario, trabajó con esa gente”.

“El PAIPPA, tal como Gildo, lo concibió, es un Programa de Gobierno. Yo quería que el PAIPPA dependa de un Ministerio. Y Gildo me dijo: 'No Manuel, el PAIPPA, tiene que ser autónomo'. Yo, que venía de luchar en las Ligas Agrarias en los años 60, le observé: 'pero, entonces, vos le estás dejando el Ministerio a los medianos y los grandes productores'. Y Gildo me respondió: 'Manuel, es que los pequeños tienen que trabajar coordinado y eso es lo que cuesta'. Fui jefe en el PAIPPA y Gildo decía: 'ustedes que saben distribuir, bueno ahí está'”.


El PAIPPA es un programa de producción para autoconsumo, primero, y con posibilidades de mercado, más adelante, planificado para agricultores minifundistas. La primera etapa abarcó a unas 8.000 familias, con asistencia crediticia, técnica, cobertura alimentaria, de salud y vivienda en la chacra.

En el discurso de lanzamiento de este Programa, el gobernador Gildo Insfrán explicó:

“Este sector posee los tres elementos centrales: su tierra, elementos de labranza y su fuerza de trabajo. El PAIPPA va a fortalecer estas tres estructuras (…) por lo cual los productores deben agruparse en familias, porque de esa manera podremos construir la lucha contra los efectos de la globalización. (…) La educación va a reconvertirse, acompañando este proyecto político, orientándose al sector de la producción. (…) se van a construir viviendas rurales, las viviendas del PAIPPA, para que todos puedan acceder a una vivienda digna. Complementariamente, se gestionará y otorgará el título definitivo de la tierra para poder acceder a esa vivienda dentro de la chacra. El centro de encuentro será la escuela de cada colonia”1.

Con el PAIPPA, los pequeños productores agrarios de la provincia y la provincia toda vivieron una verdadera revolución social. El programa debía superar la tradicional estructura de la dádiva estatal para reemplazarla por verdaderas estrategias de promoción y crecimiento rural, que permitiese pasar de una economía de mera subsistencia del campesino a una economía de explotación rentable. Se propusieron, entonces, diversas metas:

* La generación de formas asociativas destinadas, primeramente a la incorporación de tierras para la explotación agropecuaria.

* El crecimiento de la producción.

* La transformación del campesino de arrendatario a propietario de su tierra.

* La explotación sustentable de la tierra, con la utilización de los avances científicos y tecnológicos que preserven el medio ambiente.

* El mejoramiento sustancial de las condiciones de vida y seguridad social del sector de pequeños productores y sus familias.

* El uso individual y cooperativo de la maquinaria agrícola.

Y, como síntesis de todo ello, el trazado de un nivel de vida por debajo del cual no se encuentre ninguna familia campesina.

Dardo Williams Caraballo nos dio su testimonio:

“El paiipero es el minifundista que tiene 6 ó 7 hectáreas, que hacía algodón, que hacía banana. El PAIIPA contuvo el éxodo rural a la gran ciudad y evitó que tengamos grandes cordones de pobreza en la periferia. En la primera etapa del PAIIPA se les hizo una casa en el lugar a los pequeños productores, que es en gran medida la linea que llevaban las Ligas Agrarias en los años '60”2.

La docente y pedagoga Ana María del Riccio también participó en la experiencia del PAIIPA desde un principio y cuenta:

“Yo integre los equipos, operativos, ya siendo Subsecretaria de Educación, en mi última época. Salía acompañando a los grupos operativos que hicieron los relevamientos de las tierras y acompañaba a entregar las cajas de complementos nutricional y hacer los relevamientos de las familias paiiperas que eran 6138. Era un relevamiento social y educativo y salíamos en equipos, hacíamos las recorridas en equipos. Nosotros hacíamos todas las actividades, no estábamos dividido por funciones, éramos un equipo político militante, que salía con un cronograma y cada equipo tenía que realizar todas las funciones”.

Culturalmente, para mí, el PAIPPA fue 'la macro visión cultural' de la gran causa de Formosa. El PAIPPA significó darle visibilidad a esa ruralidad olvidada, postergada, a cientos y miles de familias, generaciones de jóvenes, mujeres y familias que fueron desconocidos. Pero no solamente materialmente, no de lo tangible, sino de lo intangible, de lo simbólico, del mensaje, de respetar la voz, la presencia”3.

Históricamente, para la visión liberal, puramente economicista, teñida de ignorancia y desprecio, el campesino, el pequeño productor agropecuario había sido considerado como inviable. Desde esta perspectiva, su producción, su actividad productiva, que era su forma de vida y la base de su cultura, era considerada insignificante, no rentable e incapaz de una acumulación que permitiera su ampliación. Durante años, el campesinado formoseño y el tipo de explotación agraria que desarrollaba fueron considerados como irracionales, como casos sociales que solo ameritaban un socorro estatal en las situaciones de mayor urgencia. La perspectiva desde el Estado era que la aparición de alguna empresa, en general de otra provincia, se hiciera cargo de su actividad, le comprara el pequeño lote de tierra y convirtiera al campesino en peón de una unidad económica mayor. Desde el Estado se fomentaba este tipo de empresas con créditos y facilidades financieras e impositivas, considerándolos grandes o medianos productores agropecuarios. Pero el campesino no se considera a sí mismo como un empresario. El campo no es solo lo que con su trabajo le proporciona su alimento, sino que el campo es su lugar en el mundo, donde vive, donde cría a sus hijos, donde desarrolla sus capacidades humanas, materiales y espirituales, donde alimenta y construye su propia cultura. Para el alma campesina, la actividad económica, con todo lo importante que es y con todo el tiempo que le ocupa, sólo es una parte de su existencia, de una existencia que tiene su experiencia vital en el medio rural.

El gobernador Gildo Insfrán sostenía un año después del lanzamiento del PAIPPA:

“La realidad nos demuestra de manera incontrastable la ineficacia de asistir al pequeño productor adoptando medidas desde una concepción proteccionista y unidimensional, por la vía de otorgar subvenciones, subsidios, condonaciones, insumos e incluso equipamiento de alto costo, atento a que con ello sólo se profundiza la ineficiencia que se pretende corregir y se perpetúa la dependencia del Estado”4.

El Programa apuntaba, además, a detener la permanente migración de los hijos de los campesinos hacia la ciudad capital y hacia otras capitales del país. Carentes de una perspectiva de futuro, con algunas escuelas primarias en los pueblos más numerosos, sin escuela secundaria y, obviamente, sin alternativas educativas terciarias, los hijos de esos pequeños productores emigraban vaciando al campo de sus sectores más jóvenes, dejando, en muchos casos, a sus pequeños hijos en manos de sus abuelos, hasta que la ubicación en los centros urbanos les permitieran unirse a los padres emigrados.



Con el PAIPPA por primera vez, esos miles de campesinos que, en cierto modo, habían sido transparentes para las gestiones anteriores y, sobre todo, para los planificadores estatales, tuvieron entidad y consistencia. A partir de su implementación comenzó una vigorosa transformación de la vida campesina, lo que implicó un acelerado proceso de integración y acercamiento entre los productores, rompiendo el aislamiento y el individualismo que, hasta entonces, caracterizaba su actividad.

Patricia Pastor es una joven geógrafa formoseña, egresada de la Universidad Nacional de Formosa y con una maestría en España, especializada en Desarrollo Local. De aquellos años previos a la puesta en marcha del PAIPPA, Patricia nos ha contado:

“Me acuerdo que había gente de la zona de Riacho que contaba que Gildo tenía un Rastrojero y que los chicos hacían dedo para venir a estudiar a Formosa. Y Gildo los levantaba y se lamentaba que no pudieran entrar más para traerlos a todos. Imaginate, no había micros, no había transporte interurbano. No teníamos caminos. En esa época, el asfalto llegaba hasta Pastoril, de ahí camino de tierra hasta Riacho y camino de tierra hasta Laguna Blanca, en el Rastrojero de Gildo. Imaginate los chicos que salían a esa ruta de tierra a las cinco de la mañana sin saber si te iban a levantar. Y si se hacía la tardecita o la noche, vos volvías a tu casa, a la colonia, y al otro día intentar nuevamente que pase algún vehículo y te levante. En realidad, mucha gente te levantaba. Pero Gildo, además, te levantaba y te “parlaba”. Una amiga, profesora de Ciencias Económicas, dice que Gildo ya entonces hablaba de una revolución del ámbito rural en Formosa. Hablaba de desarrollo local, de lo que yo estoy trabajando ahora, más de veinte años después”5.

Uno de los resultados más innovadores de la implementación del PAIPPA, además de los aspectos sociales que llevó adelante, fue el de la eliminación del monocultivo formoseño. Como ya hemos visto, el algodón constituía su principal producción, pero a la vez significaba una economía agraria sin diversificación, una explotación predadora de los suelos y una total dependencia del mercado de dicho producto, expuesto permanentemente a los vaivenes de las políticas que se tomaban muy lejos de Laguna Blanca o del Riacho. Las políticas de defensa de la producción nacional, de la industria textil y de la indumentaria, favorecían con el precio del algodón a los productores. Las políticas liberales, de apertura de las importaciones, de cierre de las industrias nacionales, determinaba inmediatamente la caída de los precios y el empobrecimiento del campesino que quedaba sumido en una economía de subsistencia, fuera del mercado.


Pero esto fue solo el comienzo. Bajo un gobierno nacional que llevaba adelante una política liquidadora, de importación indiscriminada, de privatización del capital argentino acumulado durante décadas en las grandes empresas públicas, en Formosa se comenzaba a gestar un proyecto diferente para el cual todavía no había llegado la plenitud de su hora, el Proyecto Formoseño.

Notas:

1 Gildo Insfrán, Discurso de lanzamiento del PAIPPA, 1996, General Belgrano, Formosa.

2 Dardo Williams Caraballo, ibídem

3 Ana María del Riccio, ibídem

4 Gildo Insfrán, Mensaje ante la Honorable Legislatura, 1° de Mayo de 1997.

5 Testimonio de Patricia Pastor, grabación realizada por el autor.

1 de agosto de 2026

A propósito de la polémica sobre la Guerra del Paraguay

El siguiente texto está tomado del Capítulo II de mi libro Un solo impulso americano – El Mercosur de Perón. Su publicación pretende aportar al debate suscitado por las histórica y políticamente erróneas palabras del presidente Lula sobre la Guerra del Paraguay y la respuesta del gobierno paraguayo. La izquierda brasileña, posiblemente con excepción de los restos del brizolismo, jamás ha discutido la Guerra del Paraguay y ha adoptado sumisamente la visión heredada del Imperio de Pedro II.


El caso del Brasil

El condado de Portugal, perteneciente al reino leonés–castellano, fue entregado por Alfonso VI, rey de Castilla, como dote a su hija Taraja, al casarse con el caballero francés Enrique de Borgoña. Éste, en permanente guerra con Raimundo, marido de Urraca, la otra hija de Alfonso VI, murió sin lograr establecer su dominio en las tierras dotales. Murió joven, en 1114, dejando un hijo menor de edad, Alfonso Enríquez, y una viuda, según los decires, bella y casquivana. La conducta de la casquivana Taraja despertó la rebeldía de los barones de la terra portucalis, capitaneados por el propio Alfonso. La batalla de Guimarães dio el triunfo a Alfonso Enríquez, quien no vaciló en encarcelar a su madre, haciéndose cargo del reino.
En este relato, entre histórico y mítico, se funda la creación de la corona de Portugal y, con ella, de la nacionalidad portuguesa.

1. El enfrentamiento entre Portugal y España

Más allá de ello, la cuña que dividió para siempre la península ibérica, permitiendo el afianzamiento del reino y su posterior transformación en una potencia marítima, ha tenido permanentemente una conspicua presencia, diplomática o militar, inglesa. Desde los tiempos de Juan I y su victoria sobre el rey de Castilla, en 1385, Inglaterra ha estado vinculada a la historia portuguesa, estableciendo un permanente antagonismo entre los dos estados ibéricos. Ese antagonismo y esa abstracta barrera que divide a España y Portugal se trasladó a las tierras de América, convirtiendo al Brasil en un cerrado enigma para los americanos hispanohablantes. El tratado de Tordesillas de 1494, tan sólo a dos años del Descubrimiento, trazó en nuestro continente esa muralla de incomprensión. Los argentinos ignoramos de nuestro principal vecino todo o casi todo. Nos es mucho más familiar la figura de Clemenceau o de Bismarck que la del Barón de Rio Branco. Marcel Proust o James Joyce gozan de mucho mayor prestigio que Euclides da Cunha. Nos ha despertado mucho mayor interés la República de Weimar que la República de los quilombos de Palmares.
1
En 1549 se instala el primer gobernador general de las posesiones portuguesas en Sudamérica. La ciudad de la Bahía de Todos los Santos se convierte en la capital y en el centro de una de las principales actividades económicas, el comercio de esclavos. Se establece sobre todo el país una explotación económica de plantación, en la que rápidamente a la mano de obra esclava de los indios se suma la de los africanos, traídos por portugueses, holandeses y franceses. Esta primera etapa de la colonia portuguesa se caracteriza, sobre todo, por un permanente enfrentamiento en el norte con los asentamientos de otras potencias coloniales, las Guayanas holandesa y francesa. El descubrimiento de oro en Minas Gerais en 1693 significó un impulso decisivo para el crecimiento de la colonia lusitana y la fundación de grandes poblaciones en el interior.
A excepción del período 1580–1640, cuando ambos reinos de Portugal y España están bajo la corona de los Felipes de Habsburgo, las peleas dinásticas, las querellas derivadas de las distintas interpretaciones que cada corona hacía sobre el Tratado de Tordesillas y la política europea profundizaron las diferencias entre ambos países.
A mediados del siglo XVIII, las reformas del marqués de Pombal, gobernador general del rey en Brasil, alteraron la vida social y administrativa de la inmensa colonia. El poder se concentró entonces en manos del representante real y se trasladó la capital a Río de Janeiro.

2. El Brasil durante la Independencia Sudamericana

La invasión napoleónica al Portugal, en 1807, tuvo para nuestro vecino un efecto completamente distinto al que el mismo hecho produjo en las colonias españolas. El entonces príncipe regente, después Juan VI, toda la familia real y la corte en pleno se trasladaron a Río de Janeiro, convirtiéndose la ciudad en la metrópoli del Imperio Lusitano. El espectáculo de esa imponente procesión de veleros, llevando en sus bodegas el Estado Imperial, su Tesoro, sus parásitos cortesanos y su servidumbre, debe haber dejado honda impresión en los ojos de los cariocas de entonces.
Pero la instalación de los Braganza en Río de Janeiro no impidió que en el Brasil se expresaran los mismos intentos independentistas que habían brotado como hongos en el resto de Hispanoamérica y, como dice un historiador brasileño, “las rebeliones seguían a las algaradas, la revolución a los motines”2. En 1817 se produce en Pernambuco un levantamiento popular impregnado de las mismas ideas de los que se producían en otras regiones hispanohablantes, que es brutalmente reprimido. En 1821, se extiende desde Pará una insurrección que se une al levantamiento de Bahía al grito de “Abajo el absolutismo”3.
El príncipe regente Juan, ya instalado en Río de Janeiro, ha traído consigo también la ayuda inglesa. “Ahora comienza el siglo británico en el estilo de vida de la ruda sociedad brasileña: la corte portuguesa y los importadores ingleses educarán a los dueños de plantación”4. El más absoluto librecambismo se instala en el Brasil y la corte de los Braganza se convierte en el principal centro de conspiración antiindependentista, además de nido de intrigas diplomáticas británicas.
En 1821, caído Napoleón y establecida la Santa Alianza, el ya rey Juan VI decide que es hora de volver a Lisboa. Queda como regente de Brasil su hijo, el príncipe Pedro. Al año siguiente, éste pronuncia su célebre “Eu fico”5, se proclama la independencia brasileña y el regente es coronado como Pedro I, Emperador de Brasil.

3. El Imperio y la creación del Uruguay


Es a pocos años de estos hechos, en 1825, cuando se produce la guerra entre las Provincias Unidas del Río de la Plata y el Brasil por la región llamada Banda Oriental por los porteños y Provincia Cisplatina por el Imperio. La repercusión que esta guerra tuvo en los oídos de Bolívar lo hemos visto más arriba. Como sabemos, las armas rioplatenses triunfaron en Ituzaingó, aplastando al desmoralizado ejército imperial. Como sabemos también, la diplomacia de Rivadavia y Manuel García perdieron para siempre a la Banda Oriental. Dice Jorge Abelardo Ramos: “Pero los intereses porteños buscaban desprenderse de la Banda Oriental y concentrarse en la explotación de su propia pradera y su propio puerto. Esto coincidía con la voluntad inglesa, que había proyectado la creación de una ‘ciudad hanseática’ en la margen oriental del río”6.
El papel jugado por el reciente Imperio Brasileño y por su monarca, Pedro I, en este capítulo de la balcanización sudamericana se ajustó exactamente a las necesidades británicas. Entre su intransigencia en el terreno diplomático para reconocer la derrota sufrida en el campo de batalla, negándose a devolver a Buenos Aires, la Provincia Cisplatina, y la inepcia dolosa de Manuel García, cambiando en la mesa de negociación el resultado logrado por las armas, Lord Ponsomby, el embajador del Foreign Office, logró su cometido: segregar la Banda Oriental y crear la República del Uruguay, “el algodón entre dos cristales”.
Resulta sorprendente que uno de los primeros debates en los que participa el joven diputado en la Asamblea Legislativa del estado de Rio Grande do Sul, el futuro presidente Getulio Vargas, sostenía en octubre de 1909: “Aunque haga justicia al talento y gran habilidad de los diplomáticos brasileros de tiempo del Imperio, no se debe ocultar que ellos quisieron erigirse en árbitros y solucionadores forzados de las cuestiones internas de las repúblicas del Plata”7. El reformador de la llamada República Vieja, nacido en el territorio fronterizo de las viejas Misiones Orientales, sospechaba ya entonces sobre el papel jugado por la diplomacia de Pedro I.

4. La guerra del Paraguay


El crimen de la Guerra del Paraguay bañó en sangre, durante cinco dolorosos años (1864–1865), el corazón de la Cuenca del Plata. Con ello culminaba de manera dramática el proceso de desmembramiento de la heredad hispánica. La bibliografía histórica divulgada en los últimos treinta años da cuenta de los saldos de esa guerra fratricida. El pueblo paraguayo no se reconstruiría jamás de su sacrificio.
El Brasil era gobernado por Pedro II, hijo y sucesor del primer Emperador. Como ha sostenido con claridad el gran historiador mexicano Carlos Pereyra “El Uruguay y Mitre aparecen, pues, como meros auxiliares del Brasil en la Guerra del Paraguay”8. Fue justamente uno de los más grandes pensadores políticos argentinos del siglo XIX, Juan Bautista Alberdi, quien, desde el primer momento, definió que esa guerra era una guerra del Brasil. Sostiene el gran tucumano: “La Guerra del Paraguay es guerra brasileña de conquista y de contrarrevolución; guerra dinástica; guerra antiamericana; guerra por lo mismo de amenaza para las otras repúblicas, y principalmente las del Plata, que el Brasil podía utilizar como aliadas únicamente porque eran débiles”9.
El Brasil imperial, con sus marqueses y marquesas, con su esclavitud, su economía de plantación y su burguesía comercial, era visto por el resto de los pueblos sudamericanos como el enemigo de su libertad. Desde Buenos Aires se levantan, junto con el gran exiliado que era Alberdi, las voces de Carlos Guido Spano, José y Rafael Hernández, Olegario V. Andrade, entre otros, que expresan todavía la vinculación con el país de las guerras de Independencia. En su proclama, Felipe Varela afirma: “El pabellón de Mayo que radiante flameó victorioso desde los Andes hasta Ayacucho ha sido cobardemente arrastrado por los fangales de Estero Bellaco, Tuyutí, Curuzú y Curupaity”10.
En este momento culmina la peor época de la relación con el Brasil. En palabras de Alberto Methol Ferré, posiblemente el ensayista que con más profundidad y devoción se ha dedicado al análisis político e histórico entre Brasil y Argentina: “En el momento de la Independencia todavía se hacían sentir las oposiciones de la ‘Era conflictiva’ que nos venía desde la separación de Portugal y España de 1640. Era conflictiva que se prolongaría hasta la Guerra de la Triple Alianza”11.
Al terminar la guerra, llega a Montevideo una misión diplomática brasileña a cuyo frente se encontraba el Vizconde de Rio Branco y su hijo, José María da Silva Paranhos Junior. Este último pasará a la historia de su país y de la diplomacia como el Barón de Rio Branco, futuro ministro de Relaciones Exteriores de la República Federativa de Brasil.
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Notas:


1 Esta fue una república de esclavos fugados de las plantaciones, ingenios y haciendas, que a principios del siglo XVII se estableció en el interior de la entonces capitanía de Pernambuco. V. Edison, Carneiro, O Quilombo dos Palmares, Civilização Brasileira, Río de Janeiro, 1966; Freitas, Décio, Palmares: a guerra dos escravos, Mercado Aberto, Porto Alegre, 1984; Gomes, F. dos Santos, Liberdade por un fio, Historia dos Quilombos no Brasil, Companhia dos Libros, São Paulo, 1996.

2 Ramos, Arthur, Las poblaciones del Brasil, Editorial Fondo de Cultura Económica, México, 1948.

3 Freyre, Gilberto, Interpretación del Brasil, Fondo de Cultura Económica. 1945.

4 Ramos, Jorge Abelardo, op. cit. Tomo 2, pág. 261.

5 El hoy muy difundido turismo a Brasil debería hacer inútil la traducción de la frase. Pero sabemos más inglés que portugués. “Me quedo” dijo Pedro de Braganza, dando a entender su voluntad de separar al Brasil de la corona de su padre.

6 Ramos, Jorge Abelardo, op. cit., Tomo 2, pág. 269.

7 Carrazzoni, André, Getulio Vargas, pág. 74, Librería Anaconda, Buenos Aires, 1953.

8 Pereyra, Carlos, El Pensamiento Político de Alberdi, pág. 253, Editorial América, Madrid, 1913.

9 Alberdi, Juan Bautista, El Imperio del Brasil ante la democracia de América, pág. XIII y XIV. Edición del autor, sin consignar año.

10 General Felipe Varela, “Manifiesto a los pueblos americanos sobre los acontecimientos políticos en la República Argentina en los años 1866 y 1867”, Editorial Sudestada, Buenos Aires, 1968.

11 Methol Ferré, Alberto, Perón y la novedad de la alianza argentino–brasileña, Cuadernos de Marcha, diciembre de 1995, Montevideo. Curiosamente este texto es una conferencia dada por el pensador oriental en Buenos Aires, a miembros del partido Justicialista con motivo del cincuentenario del 17 de Octubre. La curiosidad radica en que ninguna editorial argentina, ni los propios organizadores de la misma, la hayan hecho conocer en su forma impresa. 

23 de mayo de 2026

El levantamiento boliviano y las críticas a la CGT



El pueblo boliviano se ha levantado contra las políticas antipopulares y antinacionales del recientemente electo presidente Rodrigo Paz Pereira, perteneciente a una familia de políticos iniciada en el histórico Movimiento Nacional Revolucionario (MNR) y continuada en permanentes corrimientos hacia el sector más reaccionario y cipayo de la política boliviana. Los diversos sectores campesinos, mineros y de la pequeña burguesía comercial de origen coya -muchos de cuyos integrantes votaron a Paz- ha ocupado las calles, las rutas y las plazas pugnando por cambiar, si no el gobierno, su política.

No es la primera vez que algo así ocurre en Bolivia. El peso social y económico que esos sectores mencionados tiene corre en paralelo con su proverbial capacidad de organización.

Pero, lo que llama poderosamente la atención es que esas poderosas movilizaciones populares han generado, en nuestro país y, sobre todo, en las redes, una ola de indignados reproches a la CGT y al movimiento obrero organizado argentino. Una miríada de comentaristas en las redes, que, en su enorme mayoría, no están afiliados a ningún sindicato, acusa a la CGT y a sus dirigentes de una pasividad ante las nefastas políticas de saqueo y sobreexplotación impulsadas por el presidente Milei que casi las convierte en cómplices.

Creo que es necesario aclarar un poco el panorama.

Desde que asumió Milei a la presidencia de la República, la Confederación General del Trabajo (CGT) ha realizado cuatro paros generales y múltiples movilizaciones y actos contra el gobierno y, concretamente, contra sus políticas.

El 24 de enero de 2024, a tan solo 45 días de haber comenzado la gestión libertaria, la central obrera realizó una huelga de 24 horas acompañada de una masiva movilización hacia el Congreso de la Nación. Fue el Primer paro general. El reclamo se centró en el rechazo al DNU 70/2023 y al proyecto de la primera llamada “Ley Ómnibus.

El 9 de mayo del mismo año, tan solo cinco meses después, la CGT convoca y realiza un segundo paro general. Se trató de una huelga nacional de 24 horas que paralizó gran parte de la actividad en el país, convocada para protestar contra el ajuste económico y la reforma laboral impulsada en la "Ley Bases" que se debatía en el Senado.

Un año después, el 10 de abril de 2025 lleva adelante un tercer paro general. También aquí se trató de una huelga de 24 horas como respuesta al deterioro del poder adquisitivo, los despidos y las políticas de achicamiento del Estado llevadas a cabo por el Gobierno nacional.

Al año siguiente, el 19 de febrero de 2026 lleva adelante un cuarto paro general. En este caso se trató de una huelga nacional de 24 horas convocada en coincidencia con una sesión clave en la Cámara de Diputados para rechazar un nuevo proyecto de reforma laboral y el rumbo económico del Ejecutivo.

Además de esas medidas de fuerza convocadas, organizadas y llevadas adelante por la CGT, la entidad madre de los trabajadores argentinos organizó varias movilizaciones y actos.

El 27 de diciembre de 2023, pocos días después de Navidad se realizó una marcha a Tribunales. La CGT, junto a otras centrales sindicales, marchó hacia el Palacio de Tribunales en la Ciudad de Buenos Aires para presentar un recurso de amparo y exigir la inconstitucionalidad del megadecreto (DNU) de desregulación económica.

El 1º de mayo de 2024, con motivo del Día de los Trabajadores la CGT realizó un acto central, con una multitudinaria participación de el conjunto de las organizaciones gremiales del país. La consigna central del acto fue el rechazo a las medidas de desregulación económica que afectaban a las condiciones laborales.

Hace pocos días, el 30 de abril de 2026, la CGT convocó y llevó adelante una masiva marcha a Plaza de Mayo. La movilización, en la víspera del Día de los Trabajadores fue convocada para poner “un límite” al gobierno y en protesta contra el reciente fallo judicial que habilitó la reforma laboral.

Pero además de estas convocatorias de lucha, la CGT y sus gremios adheridos han participado en las multitudinarias movilizaciones en defensa de la universidad pública. Las columnas obreras en dichos actos eran tan numerosas y rotundas como las del movimiento estudiantil y profesores y personal no docente universitario.

No termino de entender qué es lo que se le reprocha a la CGT. No termino de entender qué pretenden que haga la CGT.

La comparación con lo ocurrido en Bolivia es arbitraria y meramente retórica. Nunca en su historia la Argentina tuvo movilizaciones similares a las del pueblo boliviano, por la sencilla razón que las realidades históricas, económicas y sociales de los hermanos del Altiplano son radicalmente distintas a las de la Argentina. Nunca en nuestro país fue destituido un gobierno a fuerza de cartuchos de dinamita explotados en el aire, como ha ocurrido varias veces en la historia boliviana. La revolución de 1943, que terminó con la Rosca del estaño y dio inicio al período del MNR, se hizo con la música de fondo de los cartuchos de Alfredo Nobel. El campesinado boliviano, que obtuvo su tierra en aquellas jornadas mantuvo siempre una gran organización y presencia política, a la par que el surgimiento de El Alto, como apéndice de la ciudad de La Paz, puso a la ciudad capital al acceso de esos sectores, vinculados por familia y origen al mundo agrario coya y sus mujeres de pollera.

Entre los comentarios que tuve oportunidad de leer en las redes estaba el que decía que ese era el pueblo del Che Guevara. La afirmación no puede ser más equivocada. Fue, justamente, ese pueblo de campesinos propietarios de su tierra, gracias al MNR, los que dieron la espalda al intento vanguardista del Che Guevara y su foco guerrillero. Era imposible una guerrilla campesina en un campesinado ya propietario de su tierra. Fueron estos mismos campesinos que hoy pretenden derribar a Paz Pereira los que avisaron a las autoridades de extraños movimientos de gente armada. Pese a que hubo intentos de explicación previos al error, el Che Guevara jamás entendió porque había fracasado.

La CGT y el movimiento obrero argentino, como he puntualizado, ha estado a la cabeza de la resistencia a las políticas antiobreras y entreguistas de la pandilla mileista. Ha actuado a la altura de su historia y de sus responsabilidades. Habría que afinar la punta del lápiz y descubrir por qué todos esos esfuerzos no han logrado convertirse en un levantamiento general de los argentinos contra el el régimen neoliberal. Posiblemente el problema no esté tanto por el lado del movimiento gremial, sino del movimiento político.

23 de mayo de 2026

22 de mayo de 2026

La Reforma Constitucional de hecho


La divulgación pública de lo que podrían ser íntimas conversaciones eróticas, de muy dudoso gusto, del presidente de la República Argentina con una barragana de precio accesible, más la desfachatada interna entre lo que parecerían ser dos pandillas alojadas en la Casa Rosada que se disputan el favor presidencial, han dejado en claro la reforma constitucional de hecho que está aplicando la clase social de financistas, exportadores y terratenientes que realmente gobierna.

La reforma consiste en desmontar el carácter presidencialista de nuestro sistema político, convertir el Congreso en la expresión de un primitivo provincianismo sin proyecto nacional -todo lo contrario de un sistema federal- y consolidar al poder judicial como la última garantía del saqueo de las riquezas nacionales y verdugo de todo intento de resistencia y despliegue de un programa independista, soberano y de justicia social.

Con la complicidad del depreciado y despreciado presidente, el pequeño grupo de grandes burgueses transnacionalizados ha logrado que, en medio de ese fárrago de papelones, acusaciones cruzadas y medias mentiras producidas por personajes de la talla de El Gordo Dan – un oscuro matasanos sin luces –, Martín Menem – un vendedor de suplementos dietarios, vitaminas y barras proteicas – y Santiago Caputo – un oscuro agente extranjero sin cargo estatal pero con control de la SIDE –, se aprueben leyes trascendentales que intentan asegurar para siempre la entrega del país. Ley de glaciares, ley de propiedad extranjera de la tierra, derogación de los subsidios a las zonas frías, desmantelamiento de los sistemas de la universidad pública y de investigación científica, la privatización de toda la estructura de energía nuclear, creada por el conjunto de los argentinos a lo largo de tres o cuatro generaciones, son algunas de las victorias estratégicas obtenidas por el bloque dominante.

Han logrado que el Poder Ejecutivo, establecido por la Constitución Nacional, se acerque peligrosamente a su similar peruano: una figura decorativa, fácilmente reemplazable, sin capacidad de decisión. Y por el otro, han convertido al Congreso Nacional en algo similar al poder legislativo brasileño: un batiburrillo de intereses puramente locales, dispuesto a negociar pequeñas ventajas y con un claro predominio defensor del statu quo.

El Poder Judicial ha sido el primer trofeo obtenido por la clase dominante en la Argentina. Ha sido este poder, desde hace más de 20 años, la principal barrera para una política de transformación que afecte esos intereses . Hemos llegado al extremo de tener, desde hace dos años, una Corte Suprema de tan solo tres miembros -es menester aclarar que, entre 2021 y 2024, tenía solo cuatro-.

La clase dominante argentina -los grandes productores agrarios, los exportadores, el sistema financiero, los intereses mineros y energéticos-, estrictamente exportadora y antiindustrialista, ha logrado reformar de hecho la Constitución Nacional.

Será tarea, nuevamente, del movimiento nacional reconstruir la respetabilidad del presidente de la República, reconvertir al Congreso en el ámbito de discusión de un gran programa nacional industrialista, y al Poder Judicial en un sistema de hombres y mujeres preocupados tan solo por la grandeza nacional, la justicia social y un sistema de derecho de las grandes mayorías.

22 de mayo de 2026.