8 de abril de 2022

Una carta desde Estocolmo enviada hace 40 años

En un par de meses esta carta cumplirá 40 años. Se la escribí, desde Estocolmo, a Jorge Enea Spilimbergo. Muchas de las cosas que ahí se dicen siguen teniendo plena vigencia. O quizás aún más.
Jakobsberg, 17 de junio de 1982.

Estimado Spilimbergo:
Pese a que ayer mismo tuvimos una larga charla telefónica, quiero aprovechar este día libre para borronear algunas reflexiones sobre la reacción europea y socialdemócrata ante el enfrentamiento bélico entre Argentina y el Reino Unido.
A fines de mayo se realizó en Helsinki, Finlandia, una reunión de la dirección de la Internacional Socialista, cuyo principal y casi único orden del día fue el conflicto de las Malvinas.
La posición argentina y latinoamericana fue clara y brillantemente expuesta por el ex presidente venezolano Carlos Andrés Pérez. Su exposición giró alrededor de los siguientes puntos: es cierto que Argentina ha usado la violencia para retomar las islas, pero no es menos cierto que la respuesta británica ha sido, por lo menos, exagerada. Esta respuesta bélica ha producido no sólo una grieta económica entre Europa y Latinoamérica, sino también política y militar. La flota inglesa es también la flota de la OTAN. Las sanciones del Mercado Común Europeo tienen un evidente carácter bélico y Latinoamérica está, quizás, obligada a adoptar medidas de represalia. Estamos al borde de un conflicto Norte-Sur, con mayor precisión Oeste-Sur, y si Argentina busca armamento en el Este, la Internacional Socialista está obligada a apoyarla
¿Cuál fue la unánime posición europea? Los partidos socialdemócratas y socialistas, muchos de ellos partidos de gobierno en sus respectivos países -Alemania Federal, Dinamarca, Francia, entre otros- se aferraron con dientes y uñas a argumentos puramente formales para desvalorizar la posición argentina y, de pasada, explicar – si no justificar- la respuesta inglesa.

En primer lugar, el carácter antidemocrático del gobierno argentino frente a la legitimidad constitucional de Margaret Thatcher. En segundo lugar, el no cumplimiento argentino de las resoluciones 502 y 505 del Consejo de Seguridad de la ONU. Y en tercer lugar, pero no por ello menos importante, el derecho de autodeterminación de los 1800 pobladores malvinenses. Caracterizaciones sobre la guerra, tales como “absurda”, “ridícula” o “ maniobra de distracción” fueron los juicios expuestos por los europeos, a la par que con pertinacia se negaban a analizar la base y el contenido mismo del conflicto, es decir, los derechos históricos y geográficos de Argentina sobre el archipiélago y el carácter colonial de la dominación británica. Todo esto en un discurso pacifista sobre los peligros que la “aventura” argentina significaba para la paz mundial y el balance de poder entre las superpotencias. El accionar de las Fuerzas Armadas argentinas fue caracterizado como “irresponsable agresión que inició el conflicto” y el representante sueco alertaba sobre el peligro que significaba “el ser indulgentes hacia el empleo de la violencia”.

Esta posición sueca puede ser punto de partida para un análisis más detallado, puesto que ha sido justamente el partido socialdemócrata sueco el que en su política internacional, con más indulgencia ha tratado el uso de la violencia terrorista en América Latina. Bastaría recordar al respecto, y sin ánimo de simplificar la cuestión, la recepción que Olof Palme le hizo en 1978 a uno de los “comandantes”montoneros, corresponsable de la caída de un gobierno constitucional y democrático y del más irresponsable, cruel y alucinante derramamiento de sangre que ha vivido la Argentina en lo que va del siglo. Pero no quiero, como digo, simplificar puesto que el problema es más complejo que esto.

Los partidos socialdemócratas y socialistas europeos han manifestado en otras oportunidades opiniones y actitudes de apoyo a los movimientos de liberación tercermundistas. Pienso, por ejemplo, en la posición del primer ministro austríaco Bruno Kreisky dando rango diplomático al representante de la OLP y denunciando el carácter genocida de la política israelí. O también, el plan de paz en El Salvador elaborado por Miterrand, el danés Ankerssen y el presidente mexicano Echeverría. O el apoyo a la revolución sandinista o al Movimiento de Izquierda Revolucionaria de Bolivia. No es que pretenda idealizar este tipo de apoyo de parte del mundo satisfecho para con sus víctimas, pero sin duda que los nicaragüenses estiman y valoran la solidaridad política y económica que reciben de Europa. Y el abrazo de Arafat y Kreisky en Viena testimonia la importancia que los palestinos dan a la opinión austríaca.

¿Por qué entonces esta enemistosa actitud hacia la causa argentina? ¿A qué se debe el formalismo de esta posición, que antepone el carácter militar y dictatorial del gobierno argentino al contenido material evidentemente legítimo de nuestra reivindicación?

Creo que hay dos causas fundamentales de orden tanto político como, por así decir, psicológico.

En primer lugar, el conflicto de las Malvinas no es ni un conflicto interno de la Argentina,ni un conflicto entre dos países pobres o semipobres, como hubiera sido una guerra con Chile o como lo es la guerra entre Irán e Irak. Nuestra guerra ha sido y es un enfrentamiento armado entre un país del Sur, del Tercer Mundo y uno de los países más importantes de Occidente, tal como ha escrito el economista y pacifista noruego Johan Galtung, en un artículo que pasó absolutamente desapercibido en los medios bienpensantes en Escandinavia: “Esta guerra es un conflicto entre Norte y Sur y, además, el primero en su tipo”.

La matanza de El Salvador puede despertar sentimientos de compasión y solidaridad culposa. La represión en Chile o en Argentina puede conmover las conciencias satisfechas de Europa, a la vez que cumplen el papel de demostrar, como se dice en sueco “vad bra vi har det hemma”, o sea, “que bien que estamos en casa”. Nuestros, vistos con los ojos del capitalismo avanzado, eternos golpes de estado, guerras civiles, inflación, estancamiento económico, hambre, miseria existen como espejo que devuelve la imagen de un hombre blanco eficiente, respetuoso de las opiniones ajenas, democrático, acostumbrado a pedir la palabra antes de hablar, civilizado y, sobre todo, pacífico y justo.

La guerra entre Irak e Irán permite constatar la falta absoluta de sentido común que domina a los fanáticos líderes musulmanes, más preocupados por cuidar la virtud de sus numerosas mujeres que por dar de comer a los hambrientos mendigos de Teherán o Bagdad. Un eventual enfrentamiento armado entre Chile y Argentina hubiera producido un coro de horror ante los desvaríos napoleónicos de dos dictadores de tierras calientes. Pero ni en el primer caso ha habido, ni en el hipotético segundo caso hubiera habido, el menor esfuerzo en analizar y desentrañar el origen y las causas del conflicto. La compasión reemplaza el argumento racional y la colecta por las víctimas, el pensamiento crítico.

Pero en el caso de las Malvinas el problema es totalmente distinto. Un país del Sur, medianamente desarrollado -y esto tendrá su importancia al analizar la segunda causa- se enfrenta a Inglaterra, para exigir reivindicaciones territoriales de antigua data, que a su vez tienen una evidente consecuencia geopolítica sobre la discusión de la Antártida. Y entonces no hay ningún tipo de compasión. La consigna es dar una lección al insolente, poner un límite al desborde de los pueblos del sur, imponer la ley de la superioridad técnica y militar para terminar, de una vez pro todas, con la arrogancia de los subordinados. Para citar una vez más el artículo de Galtung: “En algún lado tiene que haber un límite. Hasta aquí, pero no más, todavía somos un imperio”.

La segunda causa de la reacción europea es el hecho del relativo desarrollo económico, social y cultural de la Argentina, comparado con el resto de los países atrasados. La visión que Europa tiene del mundo subdesarrollado, la imagen que se muestra en los medios de comunicación, en libros, escuelas y universidades es la que corresponde a países carente totalmente de estructura industrial, atados a formas primitivas de agricultura y sujetos a atavismos culturales que dificultan la puesta en marcha de sus fuerzas productivas. A los ojos europeos el atraso está simbolizado por un niño, negro, amarillo o cobrizo, que con ojos enormes y el estómago hinchado mira azorado la cámara del hombre blanco mientras sostiene en las manos un cuenco vacío. O, para dar un ejemplo que nos es más cercano, un coya que desde sus alturas sopla eternamente una monótona quena mientras dos esmirriadas cabritas muerden los ralos y ásperos pastos del altiplano. Y atrás de él, la sombra cruel y omnímoda del capataz, malvado hasta lo incomprensible. Ese es el mundo ideal para enviar misiones de ayuda. Los pobres del Tercer Mundo son la mercadería que los televidentes, los estudiantes de antropología y las almas buenas compran para calmar su conciencia y que las multinacionales industrializan para demostrar que al fin y al cabo no somos tan malvados cuando les damos un puesto de trabajo a todos estos desgraciados a los ojos de Dios.

En los cinco años que llevo en Suecia, la televisión jamás ha dado un programa en el que se viera la riqueza y la potencialidad cultural de nuestros escritores y artistas, jamás un programa en donde nuestros intelectuales -cualquiera de ellos, los que entienden o los que no entienden- pudieran dar aunque más no sea un reflejo del verdadero desarrollo de América Latina. Somos pura naturaleza. Nuestros bailes son sensuales, nuestras mujeres ardientes, nuestros hombres viriles y pasionales. Pero nuestro pensamiento, nuestra historia, puro devaneo y pretensión.

Y ante este cuadro ¿dónde poner a Argentina o a México o a Brasil? ¿Qué hacer con países que cuentan con una numerosa clase media de profesionales y técnicos y con un importante movimiento obrero con arraigadas y, por así decir, “europeas” tradiciones sindicales? Este tipo de países, cuyas economías no corresponden exactamente a los cánones elaborados por la Organización Mundial de la Salud o el Banco Mundial para definir el subdesarrollo, constituyen de alguna manera una amenaza para el predominio político y económico del mundo industrializado. Nuestro patriotismo, mucho más si es latinoamericano, rompe la imagen de resignación y miseria, y los verdaderos sentimientos de superioridad salen a la luz: si son tan orgullosos como para enfrentar a Inglaterra por unas islas peladas, entonces que se arreglen solos: los mendigos tienen que sacarse la gorra y decir por favor.

Argentina, por primera vez en el siglo XX, se ha enfrentado, armas en mano, con las verdaderas causas de sus males. Y lo ha hecho a través de un frente nacional de hecho, anteponiendo el interés patriótico a los graves y profundos problemas internos. Ha despertado la solidaridad y el apoyo de la Patria Grande. Ha encendido la mecha de posibles y futuros enfrentamientos entre el Norte y el sur. Y esto ha sido mucho más que lo que la beneficencia europea, autosatisfecha de su confort y sus perfectas instituciones, podía soportar.

La solidaridad sólo es posible entre iguales. La autoconciencia sobre nuestra dignidad y la voluntad de hacerla valer cuando sea necesario es el paso previo y necesario para hallar un verdadero diálogo Norte y sur, si es que ello aún es posible.
Spili, acá la corto. Si quiere publique estas reflexiones en el periódico.

Lo despido con un abrazo.

JFB

1 de abril de 2022

Algunas reflexiones a los 40 años de Malvinas


Los sucesos del 2 de abril de 1982, es decir la recuperación militar para la soberanía nacional de nuestras islas irredentas, dieron origen a una verdadera gesta nacional y popular, como se pudo observar de inmediato con la alborozada, entusiasta y espontánea adhesión del pueblo argentino a dicha recuperación. Este entusiasmo pudo verse en todas las plazas del país y principalmente en la de Mayo, ocupada, entre otros, por muchos de los hombres y mujeres que dos días atrás habían sido salvajemente apaleados por la policía del régimen. Incluso entre los exilados y perseguidos por la dictadura cívico militar, la noticia generó una respuesta de solidaridad y las embajadas argentinas -hasta entonces vistas con justificado recelo- comenzaron a llenarse de compatriotas que se ofrecían como voluntarios.

Quien esto escribe encabezó, en Estocolmo, una manifestación hasta las verjas de la Embajada Británica, donde se quemó una Unión Jack, símbolo ominoso de la ocupación colonial. Al día siguiente, un grupo de argentinos y suecos concurrimos a nuestra embajada para exigir se pusiera a nuestra disposición, como ciudadanos argentinos, los elementos necesarios para redactar y enviar comunicados de prensa en apoyo, justamente, a la gesta que se había iniciado ese día. Comenzamos a recorrer las redacciones de los medios de prensa para exponer nuestro punto de vista que era de repudio a la dictadura cívico-militar y de ratificación de la reconquista de nuestro territorio usurpado. Vale la pena mencionar que la atención con que hasta ese momento habían sido recibidas nuestras declaraciones en la prensa sueca desapareció como por encanto. Unos argentinos exiliados denunciando las tropelías de la dictadura proimperialista eran motivo de conmiseración y pena. Pero esos mismos hombres y mujeres reivindicando un acto de voluntad nacional contra una potencia imperialista ya no despertaban solidaridad ni simpatía.

Como pueden recordar todos los que vivían en el país en aquellos días, las canchas de fútbol fueron testigos de la adhesión popular a la recuperación de las islas y de la solidaridad con los oficiales y soldados que estaban en el frente de guerra. Y bajo ningún concepto, ninguna de esas expresiones confundía el apoyo a la recuperación de Malvinas con un apoyo a la dictadura militar. Por el contrario, todavía se recuerdan los cantos de las tribunas adhiriendo a la acción militar austral y repudiando a Galtieri y la dictadura.

El 2 de abril de 1982 se inició, guste o no, una gesta nacional y popular.

Entiendo de sobra -y es algo que muchos de nosotros venimos repitiendo desde hace 40 años- la dificultad que representa asumir la contradicción en la que incurrió el propio régimen militar al reconquistar Malvinas. Los caprichos de Clío han desconcertado muchas veces a espectadores y protagonistas.

No fue otro que el virrey del Imperio Otomano Mehmed Ali Pasha quien, en 1805, encabezó la independencia de Egipto convirtiéndose en el sultán Muhammed Alí e iniciando la creación de un estado nacional moderno. O, más cercano a nuestros días, no fue sino el extravagante play boy Norodom Sihanouk, coronado monarca de Camboya a los 19 años y heredero de una corona cómplice con la dominación francesa, quien encabezó, en 1953, la independencia de ese país del democrático protectorado colonialista.

Lo que me resulta casi imposible de entender es el silencio, olvido o sordina, acerca de que nuestros heroicos muertos durante la guerra de Malvinas fueron matados por balas inglesas, por cañones ingleses, por torpedos ingleses y no por las balas de una dictadura que, es cierto, había asolado al país -y continuó haciéndolo después de la derrota en la batalla austral- a sangre y a fuego. No es posible pensar, sin caer en el más profundo desprecio a esos héroes, que los 323 muertos por el ataque aleve y criminal al Crucero General Belgrano haya que atribuírselos a la dictadura.

Todos estos extravíos que cada 2 de abril abruman en la televisión y la prensa, sobre todo en esa franja de borrosos límites llamada progresismo, derivan de la dificultad para entender que esa guerra, más allá del sentido y las razones que quisiera haberle dado la cúpula militar, fue, y sigue siendo, de naturaleza intrínsecamente liberadora. Y fue eso, la naturaleza justa, legítima y anticolonial de la guerra, lo que generó el inmediato apoyo de los países latinoamericanos.

Panamá votó a favor de la Argentina en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. El secretario general de la ONU, el peruano Javier Pérez de Cuéllar, hizo dudar sobre su imparcialidad, moviéndose a favor de la Argentina, mientras el gobierno de su país envió aviones y aviadores dispuestos a participar en la contienda aero-naval. Venezuela defendió a viva voz a la Argentina, mientras que su embajador en Buenos Aires se convertía en un vocero de la justicia de la causa y de la guerra.

Sólo la dictadura de Pinochet mantuvo su torva hostilidad hacia la Argentina, mientras sus FF.AA. daban información estratégica a la Task Force inglesa. Obviamente no era la admiración al sistema democrático y la soberanía popular o el horror ante las violaciones de los Derechos Humanos lo que guiaba la política del déspota trasandino. Era su lealtad a la OTAN y su sumisión a los EE.UU. y Gran Bretaña lo que dictaba su conducta.

Es muy probable que en el ánimo de la Junta Militar de entonces haya estado la ensoñación que se le atribuye. Pero es mucho más comprobable y demostrable que esa decisión abrió la caja de Pandora del espíritu patriótico de los argentinos y de Patria Grande de los suramericanos. Entre el 2 de abril de 1982 y el final de la Guerra de Malvinas, América Latina volvió a vivir el espíritu bolivariano y sanmartiniano de las luchas por la Independencia y comenzó la latinoamericanización de nuestro reclamo que hoy es ya política oficial de la UNASUR.

Una guerra legítima y un gobierno ilegítimo

Se ha afirmado, para negar la justicia de la Guerra de Malvinas que ella no fue no fue el resultado de las deliberaciones y necesidades de distintos sectores de una sociedad que deciden alzarse en armas contra el colonialismo del que son víctimas.

En primer lugar ninguna guerra de liberación es el resultado de ese manual de procedimientos. El hecho de que una guerra sea adoptada por un parlamento democráticamente elegido no incide sobre su naturaleza. La aprobación por parte del Congreso norteamericano del envío de tropas a Irak no modifica el carácter imperialista, injusto e ilegítimo de esa decisión. El hecho de que hayan sido los jefes del Frente Nacional de Liberación de Argelia, y no el pueblo argelino reunido en congreso, quien haya iniciado su guerra por la independencia no modifica en un ápice la naturaleza justa, legítima y popular de la misma. Lo contrario es formalismo democratista liberal, algo que contradice abiertamente el realismo de nuestro pensamiento nacional y popular.

Tampoco es cierto que la decisión del '82 haya sido una “aberración geopolítica absoluta”, como se ha llegado a decir. Los numerosos testimonios ingleses sobre lo cerca que Argentina estuvo de obtener un resultado favorable nos eximen de mayor explicación. Coincido también en esto con Jorge Abelardo Ramos cuando afirma: “Iniciar y consumar la recuperación de las Malvinas fue una victoria política y estratégica en sí misma (ya que rompió la inmovilidad de un siglo y medio) y la rendición de Puerto Argentino constituyó una derrota táctica, pero que no alteró el significado global de la guerra y su positivo valor histórico. Justamente la idea de que la guerra fue perdida es la que manipula el Servicio Secreto Británico y los 'partidos políticos de la rendición incondicional', que parasitan en la Argentina” (Prólogo al Informe de lord Franks, 1° de marzo de 1985).

La guerra y los derechos humanos

El otro punto que ha desvelado a los críticos de la breve recuperación de las islas y los combates que sobrevinieron es el relativo a la supuesta violación de los Derechos Humanos de la tropa por parte de nuestra oficialidad.

Argentina ha tenido el singular privilegio -común a muy pocos países del orbe- de no haber participado directamente en un conflicto bélico desde la infame Guerra de la Triple Alianza -de naturaleza simétricamente opuesta a la de Malvinas, por otra parte-. Esto le ha dado a nuestro pueblo una ingenua ignorancia sobre las condiciones en que se desarrolla una guerra. Pese a haberlo visto miles de veces en películas norteamericanas o europeas, la brutalidad, el desprecio por la vida propia o ajena, la crueldad disciplinaria, el inapelable verticalismo castrense, le resultan reconocibles y propios de esas películas, pero extraños y ajenos a nuestras tradiciones de convivencia. Pero la verdad es que así es la guerra. Un estado en el que, de alguna manera, se suspenden los derechos humanos y la obediencia y la disciplina son fundamentales para el cumplimiento del objetivo: matar más soldados enemigos que los que el enemigo mate en nuestras filas. No intento con esto negar el hecho de que, como en toda guerra y, más aún, en toda actividad humana, no se hayan cometido injusticias y arbitrariedades, pero plantear la Guerra de Malvinas -como lo hace la película “Iluminados por el Fuego” como una guerra entre oficiales y soldados … argentinos, es un notable y pernicioso dislate.

De los miles de veteranos de la guerra de Malvinas, son muy pocas la denuncias sobre este tipo de hechos a los que cierta retórica pretende llamarlos de lesa humanidad. ¿Hubo casos de injustos castigos? Seguramente sí, los hubo, como los ha habido y seguirá habiendo en cada oportunidad en que el furor de Marte gobierne la conducta de los humanos. El puñado de hombres que en 1964 se juntó en Orán, Salta, para iniciar una actividad guerrillera terminó fusilando a dos de sus miembros por supuestos actos de indisciplina y, por otra parte, fueron los únicos muertos que el grupo ocasionó. Bolívar no dudó en fusilar a quien posiblemente fuese su mejor hombre, el general Manuel Piar, y a todos sus compañeros. Las fuerzas militares destacadas en Malvinas no se dedicaron a estaquear soldaditos, como se ha llegado a afirmar, aunque lo hayan hecho. Prueba de ello son la cantidad de víctimas inglesas caídas en lucha cuerpo a cuerpo, el heroísmo de los oficiales de la aviación que salían a atacar a las naves inglesas sabiendo que las posibilidades de regreso eran mínimas y en donde caían tres pilotos de cada cinco que partían.

Esto fue lo que entendió Fidel Castro, y no los pocos casos de arbitrariedades, cuando sus ásperas barbas rozaron, en un abrazo, la delicada piel del canciller argentino Nicanor Costa Méndez. Me cuesta pensar que el viejo líder revolucionario estuviera confundido al respecto.

Estas reflexiones pretenden ser una contribución a evitar que, dentro de cien años, una nueva oleada de revisionismo histórico tenga que rescatar del olvido -como lo hemos hecho con la batalla de la Vuelta de Obligado- la valentía y astucia de los argentinos enfrentando con las armas, y en disparidad de condiciones, a los usurpadores de nuestro territorio patrio.

Buenos Aires, 1º de abril de 2022

29 de marzo de 2022

Una conversación entre Ramos y Perón de hace 55 años ilumina el presente.

Mi querida amiga Paula de Luque, que está filmando una película con el trasfondo de la década del '60 y el '70, me manda por Whatsapp una foto de una pàgina de un libro.

Me dice que está tomada de El Diario Secreto de Perón, de Enrique Pavón Pereyra. La foto indica página 219. Me cuenta que lo tomó de la biblioteca de Jorge Coscia – su compañero de muchos años, el padre de su hija – y que hoy a la mañana lo abrió al azar y esa página se le presentó con una claridad epifánica. Que Jorge Coscia, Jorge Abelardo Ramos y Perón le estaban proponiendo una especie de respuesta a la cuestión más aguda de estos días. Y me pedía que fuese el vocero de esa mística respuesta.

Este es el texto.


Se animó el palique, pleno de evocaciones y de presagios, cuando Ramos aventuró una pregunta; esta llevaba implícita una paradoja:

– ¿Se atrevería, General, a dar el nombre de un funcionario argentino que, en la práctica, haya superado tanto a los economistas como a los clásicos de la materia?

– ¿Superar a los Adam Smith, a los Lord Keynes?

– A todos ellos, separados o juntos.

El General respondió negativamente, sin disimular su perplejidad y buen humor.

– Pues ese nombre –aclaró Ramos – debería recordarse. Se trata del comisario Miguel Gamboa, quien en 1954 era jefe de Policía. Cuando usted ordenó, frente a la desenfrenada especulación reinante y a la estampida de los precios, que la policía asumiera la vigilancia de los costos de la canasta familiar, Gamboa – que sabía poco de leyes de mercado (salvo de los mercados y ferias porteñas)-- acumuló engrudo y fajas de clausura, y dispuso aplicar a todo empresario o comerciante mayorista o minorista que violase la lista de precios, penas de cárcel y cierre de locales, no redimibles por multa.

– ¿Y sabía usted – interrogó Perón a modo de comentario – que esa mafia de la intervención, aparte de multiplicar por ocho los precios de los artículos de primera necesidad, contabilizaba mil trescientos millones de dólares de ganancia anual, monto equivalente al presupuesto global de la comuna de Buenos Aires?

– ¡Si lo sabré! La fuerza extraeconómica del Estado – admitió Ramos – se manifestó así por primera vez. Y las tendencias especulativas y agiotistas de parte del sistema de comercialización, de la base a la cúpula, quedaron paralizadas durante el año y medio transcurrido entre la adopción de las medidas citadas y la caída del gobierno nacional, en septiembre del 55. ¿Quiere más, General? Las estadísticas y la memoria de quienes vivimos esa época indican que los precios no se movieron, las leyes de mercado se mandaron a guardar, etcétera, etcétera.

– Esto se pudo hacer – precisó Perón trasuntando satisfacción – porque existía la voluntad política de ejercer el poder del Estado.

En efecto, en el año 1967 Ramos visitó a Perón en Puerta de Hierro. En realidad, recién en ese momento se conocieron personalmente. Durante el gobierno del General, Ramos no había tenido la oportunidad de una entrevista personal con el presidente.

El relato de Pavón Pereyra pone en evidencia, a quienes conocimos personalmente a Ramos, toda su retórica, el uso del humor y de la hipérbole como recurso político, a la vez que su desprecio olímpico por los economistas liberales (y me atrevo a decir por los economistas académicos en general). Y en la última oración del fragmento, queda expuesta la claridad y el sentido político que Perón tenía sobre la política y sobre el Estado.

Cumplo con el mandato que Paula atribuye a nuestro querido amigo ausente. Èl también, Jorge, coincidiría con Ramos y con Perón.

Ah, y con el comisario Gamboa.


18 de marzo de 2022

¿Alcanza con Memoria, Verdad y Justicia?



El 24 de marzo de 1976 yo tenía 29 años. 46 años antes había ocurrido el primer golpe de estado cívico militar de nuestra historia, el del 6 de septiembre de 1930 que derrocó a Hipólito Yrigoyen.

Este año se cumple el mismo lapso de 46 años con el golpe cívico militar que derrocó a Isabel Perón.

Traigo esto a colación porque en mi memoria de aquella época el golpe contra Yrigoyen era algo muy alejado en el tiempo. Si esto era así en la memoria de un joven apasionado por la historia y la política, ¿qué se podía decir del común de la gente? Era algo que había ocurrido cuando los hombres usaban cuello palomita y bastón para ir a la Plaza de Mayo, cuando aún se usaban polainas para proteger los zapatos o, para ser precisos, los botines. No se conocían las zapatillas, los bermudas o las remeras. No existía el concepto de juventud y ningún hombre tuteaba a otro a partir de los veinte años. Los hijos imitaban el modo de vestir y la actitud de sus padres y no había ni guitarra eléctrica ni teclado electrónico. Ni siquiera había discos de 33 rpm.

La fecha del 6 de septiembre era recordada por un grupo de ancianos dirigentes radicales que se reunían en el cementerio de La Recoleta, daban unos soporíferos discursos de anticuada retórica y se iban a su casa.

La pregunta que me surge es si, para las nuevas generaciones, la fecha del 24 de marzo no tiene la misma distancia histórica, la misma antigüedad, el mismo tufillo de cosa arcaica, pasada de moda, de otro siglo. La masividad y presencia juvenil de las manifestaciones que se realizan en esa fecha dan la impresión de que no es así, de que la conmemoración de ese día nefasto y el repudio que esa conmemoración expresa siguen teniendo plena vigencia en las generaciones posteriores.

Pero temo que si a la idea de Memoria, Verdad y Justicia no se le agregan componentes políticos que actualicen el sentido de ese repudio, la fecha termine siendo un mero acto litúrgico. Quiero decir con esto que el programa del 24 de marzo de 1976 sigue teniendo poderosas expresiones políticas con base electoral, que la desindustrialización del país como proyecto puramente agroexportador sigue vigente y que el golpe de estado, los asesinatos y desapariciones no tuvieron otro objetivo que imponer ese proyecto devastador. Tan devastador fue que aún siguen vigentes muchas de las decisiones estructurales que impuso la dictadura: la ley de entidades financieras, la ley de inversiones extranjeras, el Código Aduanero, entre otras.

La oposición argentina, hoy, no expresa otra cosa que la actualización, en las condiciones del nuevo siglo, del programa del capital financiero y el sistema agroexportador que impuso el golpe de Estado del 24 de marzo de 1976 a sangre y a fuego.

Buenos Aires, 18 de marzo de 2022.

13 de marzo de 2022

La UCR es un caparazón vacío

La Unión Cívica Radical es nada más que una caparazón. Adentro hay tan solo moluscos cuya única identidad es el antiperonismo. Eso fue evidente en el debate parlamentario. Ni uno solo de los numerosos diputados “radicales” que hablaron en la extensa sesión, ni uno solo, fue capaz de mencionar al ideario histórico de su partido, a sus próceres, al papel que alguno de ellos puede haber asumido en momentos históricos similares. No hubo una sola referencia a cuál es o debería ser el papel que la UCR debe jugar en momentos decisivos para el destino del paìs, cuáles son los intereses sociales que representa o expresa, qué dicta el ideario de Leandro Alem, de Hipólito Yrigoyen, de Amadeo Sabattini, de Moisés Lebensohn o, por lo menos, de Raúl Alfonsín.

Y esto es así porque puedo asegurar que ninguno, ni uno solo de esos diputados tiene la menor idea de todo esto. El radicalismo es, en los pueblos del interior de la provincia de Buenos Aires y del país, la manera concreta como un joven abogado hijo de un chacarero o de un dentista, que ha estudiado en la universidad, medianamente rubio y blanquito, se puede dedicar a la política sin confundirse con esa plebecía de las orillas, de humilde color -uso aquí una expresión acuñada con sarcasmo por Ernesto Palacio-, pedigüeña y protestona que se junta en el peronismo.

La Unión Cívica Radical que conoció la historia política argentina se clausuró en las jornadas del 19 y 20 de diciembre del 2001. En las fogatas y las barricadas de aquellas jornadas desapareció ese partido y su pasado, sus revoluciones cívico militares para conquistar el voto secreto, universal y obligatorio, su democratización de la política y el poder en la Argentina, su incorporación de los millones de inmigrantes a la vida política nacional, su rechazo a la Sociedad de las Naciones, su nacionalismo defensivo, su pasión democrática se convirtieron en cenizas que el viento arrojó a las aguas del Río de la Plata.


Quienes quedaron con la caparazón ya no eran radicales. Eran unas pocas vestales liberales, impregnadas de cavallismo, privatizaciones, ajuste a jubilados, maestros y empleados públicos, cuyo único ideal era definirse tajantemente como antiperonistas orgánicos, es decir, lisa y llanamente gorilas.

De ahí el vacío conceptual de sus expresiones parlamentarias, su oquedad sustancial, su carencia de pasado como realización y de futuro como proyecto. Los radicales de Yrigoyen, de Sabattini, de Lebensohn, de Alfonsín y, si me apuran, hasta de Balbín e Illia, se quedaron sin partido. No son tan solo antiperonistas, hay muchos con un legado y una historia que quieren orgullosamente asumir y ofrecer a la construcción de una Argentina del siglo XXI.

En la UCR, como en esas grandes caracolas marinas que uno se lleva al oído, hay un murmullo, pero adentro no hay absolutamente nada más que gorilas bramando su odio de clase.

6 de marzo de 2022

¿Estamos ante un nuevo sistema internacional?

¿Cuándo se ha visto a una Superpotencia preparar sus límites, promoviendo y no reprimiendo el surgimiento de un Concierto de Potencias? Pero si no lo hace, su hegemonía, al no poder por sí inventar el “orden mundial”, puede sí generar un “largo interregno” sin orden internacional con desórdenes crecientes. Tal el dilema que abre el siglo XXI.
Alberto Methol Ferré, Los Estado Continentales y el Mercosur


A principio del siglo, cuando en la Argentina aún no habían ocurrido las jornadas del 19 y 20 de diciembre, y gobernaba abúlicamente Fernando de la Rúa, el profeta de la Banda Oriental nos alertaba sobre lo que vendría.

Lo que estamos viendo en estas semanas es, en mi opinión, la coronación de una nueva distribución del poder mundial.

Se está pariendo un nuevo orden internacional, un mundo con distintos y diversos polos. Un mundo donde la voluntad criminal del capital financiero y los EE.UU. no son ya el único y unívoco poder. Un mundo más sinfónico y polivocal. Un mundo que necesita nuestra unidad continental y en el que nosotros necesitaremos imperiosamente esa unidad continental.

Perón decía que la política es la política internacional. El fin del imperio americano, que comenzó a fines de la Segunda Guerra Mundial, y se consolidó en 1989, nos traerá a los pueblos periféricos -o semicoloniales, como les decíamos antes- un escenario mundial que dará mayor facilidad a nuestros intentos de generar una economía autónoma, de justicia social. Pero es imprescindible la unidad de América Latina o, por lo menos, de Suramérica. Individualmente, ninguno de nuestros países tiene destino. Ni siquiera Brasil, que es el más grande.

Básicamente mi opinión, y la de muchos analistas tanto argentinos como europeos, es que la crisis ucraniana, por un lado, y la exigua respuesta militar de la OTAN, por el otro, han generado un quiebre en el sistema hegemónico mundial, que no es otra cosa que la cristalización en hechos del poder alcanzado por varios países que cuestionan la unipolaridad yanqui: Rusia, China, India, Irán, Turquía, etc. Es decir, estamos convencidos de que existe desde hace ya varios años una multipolaridad de hecho, que ha sido resistida ferozmente por la Superpotencia, para usar las palabras de Methol Ferré, y ha producido este “largo interregno” iniciado, más o menos, con el siglo. Si bien los protagonistas concretos de la polìtica internacional han actuado en un espacio multipolar, la conducta de los EE.UU. ha sido de resistencia y hostilidad permanente a esa multipolaridad de hecho.

EE.UU. se ha quedado sin respuesta. Rusia, que, por supuesto, nadie piensa que es socialista o algo por el estilo, se ha acercado aún más a China, generando un gran poder continental ante el poder marítimo de EE.UU. y UK. El conflicto, en mi opinión, finaliza en algunos días. La morralla nazi de los grupos ucranianos no puede aguantar y el ejército ucraniano, me parece, no ha aparecido en toda su magnitud, porque no quiere enfrentar abiertamente a Rusia.

Europa ha quedado pegada a los EE.UU., y queda por ver qué va a hacer Alemania, que es el único país de Europa occidental con algún tipo de capacidad.

Es evidente que se enfrentan, además, dos concepciones del capitalismo. Por un lado, un capitalismo con hegemonía del capital financiero, improductivo y desindustrializador, y por el otro una forma mixta de capitalismo privado y capitalismo estatal planificado, en muchos casos con control obrero, pero que pone el centro en la producción de mercancías. Hoy ese modo de producción está en desarrollo y avance. Europa y EE.UU. agonizan en el desierto improductivo del capital financiero.

Este es el momento ideal para nuestros países y, en especial, para la Argentina. China, lo hemos dicho antes, puede ocupar el lugar que el Reino Unido ocupó durante la “belle epoque” oligárquica. Nuestras economías son complementarias, pero son muy disímiles nuestra dimensión geográfica, económica, poblacional y militar. Si bien, cuando hubo en aquellos años dorados, alguna cabeza con fervor patriótico, la relación de semicolonia privilegiada nos permitió lanzar la doctrina Drago, en defensa de la Venezuela sitiada, o el “América para la humanidad” de Roque Sáenz Peña, para detener a la doctrina Monroe, esa relación, y la particular estructura social argentina, trabaron la posibilidad de un desarrollo industrial basado en nuestras exportaciones, y toda esa riqueza se diluyó en gastos suntuarios.

La economía china, hasta ahora, no es una economía de naturaleza imperialista. Tampoco es una potencia colonialista. Pero esta no es ninguna garantía. Está y estará en las manos y la voluntad nacional de los argentinos convertir esa complementariedad en mayor soberanía, en mayor industrialización, en una diversificación de nuestras exportaciones, en más trabajo y mejores salarios.

El pesimismo que se ha enquistado en nuestra filas es absurdo y solo sirve al enemigo. El pesimismo es bombardeo estratégico enemigo.

Buenos Aires, 6 de marzo de 2022