13 de julio de 2018

Soplar la Ceniza 31. Las crisis políticas de Italia y España y el rumbo ...

Objetos de cristal y porcelana


El próximo 14 de julio se cumplirán 100 años del nacimiento del duende que, en la segunda mitad del siglo XX, convirtió el cine, su cine, en un buceo en las simas inmensurables del alma humana: el hijo del pastor luterano de Uppsala, Ingmar Bergman. Ya he escrito algo sobre lo que sus filmes han significado, tanto en la cultura universal, como en la región mucho más reducida de lo personal.
Pero hoy celebramos ese centenario en la Sala Lugones del Teatro General San Martín. Ahí estuvimos, en una función organizada por la Embajada de Suecia y la Cinemateca Argentina, para ver su primera película, su irrupción avasalladora en la historia universal: “Sommmaren med Monika”, Un verano con Mónica.
Era el año 1953. Bergman era un hombre joven de 35 años con una importante carrera en la dirección teatral, un célebre guión que no pudo dirigir, “Hets”, y un par de películas. Bergman era, como digo, un hombre joven y su preocupación estaba cerca de los hombres y mujeres jóvenes de una Suecia que no era, aún, el publicitado edén de la sociedad de bienestar con que se haría famosa años después. Era una sociedad rígidamente estamental, donde los humildes tenían la obligación de saber cuál era su lugar, con explotación patronal, con abuso contra las mujeres, sobre todo jóvenes y pobres, con hacinamiento urbano, con castigos corporales y represión sexual. Y “Un verano con Mónica” -la he vuelto a ver después de más de cuarenta años- es simplemente la historia de dos jóvenes con malos trabajos, como muy bien explica el propio Bergman en un reportaje, ya en su vejez, que la programación tuvo el buen gusto de presentar.
Hay en ese Bergman juvenil una llama de protesta, una identificación con los más jóvenes, los más pobres, los más vulnerables. Y hay, ya desarrollado, esa capacidad demiúrgica de ser implacable con la fragilidad, la escasa persistencia, la fugacidad y el abismo del sentimiento humano. No tiene compasión el hijo del pastor luterano. Ama tiernamente a sus criaturas, pero no las considera perfectas, ni mucho menos admirables. Son maravillosas cuando se dejan llevar por la dulce embriaguez de ese verano salvaje en el archipiélago -el desnudo de la muchacha obrera Harriet Andersson fue uno de los grandes escándalos conversados en voz baja por los adultos, durante mi niñez-. Son despreciables, miserables y egoístas cuando la pasión se acaba, el verano termina y comienza el largo y oscuro parentesis del invierno septentrional.

En esta oportunidad encontré algo que no había visto hace cuarenta años, quizás porque no conocía entonces el idioma que me dio el exilio: al final, cuando Harry Lund vuelve, con su hermosa hijita en brazos al viejo barrio obrero ,se refleja en un espejo que es del taller donde había trabajado antes de conocer a Mónica y de donde se arrancó para pasar ese verano apocalíptico. Alrededor del espejo puede leerse “Glass och porslin varu”, objetos de cristal y porcelana.
Eso hemos sido, para el centenario maestro, los seres humanos, objetos de cristal y porcelana, frágiles y quebradizos.
Buenos Aires, 13 de julio de 2018
https://archive.org/details/BergmanUnVeranoConMonica