1 de marzo de 2026

El criminal ataque a Irán

Lo que está en juego es el petróleo
y la hegemonía sionista en la región

El brutal ataque de EE.UU. e Israel sobre Irán me llevó a pensar sobre la historia más cercana del país de Asia Occidental. Recordé y actualicé fechas sobre la política nacionalista de Mohammad Mosaddeq y su nacionalización del petróleo. Pasó por mi memoria el golpe pergeñado e impulsado por la CIA y el MI6 que encarceló a Mosaddeq y la historia de la dinastía fundada por Reza Khan, un militar de origen humilde nacido en 1878 en Alasht, Mazandaran.

La dinastía Pahleví

Ascendió tras un golpe de estado, en 1921, y, en 1925, una asamblea constituyente lo declaró nuevo sha de Persia. El programa político del nuevo sha era la modernización del país. El padre de Reza Khan era un oficial del Ejército y su madre era una inmigrante georgiana. Adoptó el nombre de Pahlaví y cambió el nombre del país de Persia a Irán. Durante toda la Segunda Guerra, fue un declarado simpatizante del régimen nazi de Alemania. En agosto de 1941, ingleses y soviéticos ocuparon Irán y obligaron a a Reza Khan a abdicar en favor de su hijo Mohammad Reza Pahleví. Las tropas inglesas y soviéticas permanecieron en Irán hasta el fin de la guerra lo que garantizó la colaboración del nuevo sha con los aliados.



Al finalizar la guerra, Irán era un semicolonia inglesa y sus grandes recursos petroleros estaban en manos de la British Petroleum.

El breve período de Mosaddeq

En 1951, las elecciones conviertieron en primer ministro a Mohammad Mosaddeq y a su programa de nacionalizaciones. El 20 de marzo de 1951 se decretó la nacionalización de la Anglo-Persian Oil Company, que fue aprobada por las dos cámaras del parlamento. Gran Bretaña respondió con un bloqueo comercial y amenazas de enviar su flota. En paralelo impugnó la nacionalización ante la Corte Internacional de La Haya y el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas.


Mosaddeq realizó dos históricas defensas de su política ante ambos organismos, a punto tal que la Corte Internacional desestimó la denuncia. Inmediatamente comenzaron las tensiones entre el primer ministro nacionalista y el autócrata semicolonial.

En julio del año siguiente, Mosaddeq presentó su renuncia lo que produjo grandes manifestaciones de apoyo que obligaron al sha a restituirlo en su cargo. En diciembre de 1952 nacionalizó el servicio telefónico y la actividad pesquera. Gran Bretaña y EE.UU. comenzaron la tarea de destituirlo. El MI6, la agencia británica, se acercó a la CIA y comenzó el plan de reapoderarse del petróleo iraní, volteando a Mosaddeq a como diese lugar. El 18 de agosto de 1953 descargaron la Operación Ajax en connivencia con Reza Pahleví. Mosaddeq fue encarcelado y el sha se convirtió en el agente anglo-americano en la región. Las nacionalizaciones fueron canceladas y la figura de Reza Pahleví y sus andanzas se convirtieron en tema permanente en la prensa occidental.

El Sha de Persia en Occidente

Su figura alcanzó una enorme popularidad, sumada a un profundo rechazo, cuando, en 1958, se divorció de su segunda esposa, Soraya, debido a su infertilidad. Las revistas del corazón de todas las capitales occidentales la convirtieron en una triste princesa -ya que conservó el título- infecunda y bella. Dos años antes de su fallecimiento, Soraya publicó en sus memorias que su infertilidad no había sido tal, sino un falso diagnóstico de los médicos cortesanos para, justamente, alejarla del sha.

Su régimen, a partir de ese momento, se convirtió en una autocracia sangrienta, donde la SAVAK, la temida policía secreta, perseguía y ejecutaba a los opositores, sobre todo a los comunistas que durante los años 50 habían tenido un gran desarrollo. Alrededor de los negocios petroleros se enriquecía un pequeño sector social vinculado por distintos lazos al déspota. Desaparecieron por decreto los partidos políticos y su política regional fue la de hostilizar sistemáticamente a los gobiernos nacionalistas árabes, respondiendo al interés estratégico de EE.UU.

En octubre de 1971, en la cúspide de su poder y despliegue millonario, Reza Pahleví organizó, en Persépolis, la antigua capital del imperio persa, una multimillonaria fiesta en conmemoración de los 2500 años del Imperio Persa. Al desatinado banquete fueron invitados reyes, presidentes, ministros, congresistas, políticos y empresarios de todo el mundo. Incluso llegó a invitar, como si fuera un récord Guiness, a todos los partidos políticos del mundo. En otro momento contaré las declaraciones del doctor Oscar Alende a César Mascetti, en Canal 13, a su regreso del fastuoso convite.

Pero esa dispendiosa dilapidación de fondos públicos fue el principio del fin del denominado sha.

El inicio de la reacción popular iraní

En el seno del pueblo iraní, en los pueblos más lejanos, en los populosos barrios de Teherán, en lo que allá llaman el bazar, el gigantesco mercado que reúne a comerciantes, artesanos y los distintos gremios de orfebres, tejedores de alfombras, textiles y ferreteros, se gestaba una revolución republicana, con la interpretación shiíta del Islam como estandarte. Su jefe era un anciano clérigo, desconocido para el gran público, quien desde hacía años residía exilado en París, el ayatolá Ruhollah Jomeini. La presencia de la religión islámica y de sus clérigos islámicos en la política iraní no era nueva. Ya en tiempos de Mossadeq, en la década del 50, el ayatolá Seyyed Abolqasem Kashaní fue, como presidente de la Asamblea Consultiva Nacional iraní, uno de los principales defensores de la nacionalización del petróleo. En la misma época, Navvab Safaví, un joven “ulema” o sabio coránico, había creado la organización Fedayines del Islam, cercana al ayatolá Kashani. En realidad, el pueblo de Irán no se sentía heredero de Ciro, el Grande o de Zaratustra. Eran las enseñanzas de Mahoma y de sus herederos Alí y Fátima el instrumento ideológico que unificaba al pueblo iraní contra el sangriento y extranjerizante régimen de Palehví y el jefe político y espiritual de su resistencia era el anciano clérigo residente en París.

En su intento de aparentar una modernización del país, Reza Pahleví realizó una módica reforma agraria de muy corto alcance, que no modificó el carácter casi de siervos del campesinado. Los ingresos petroleros habían enriquecido infinitamente a un pequeño grupo de millonarios, mientras la inmensa mayoría del pueblo iraní sufría de una desesperante pobreza. Casi la mitad (42 %) de los habitantes de Teherán carecían de vivienda , mientras se construían faraónicos palacios en los barrios de acomodados con el régimen. En la década del '70, Irán tenía los más bajos indicadores en educación y mortalidad infantil, entre los países de Asia Occidental. La alardeada modernización solo produjo el empobrecimiento de las grandes masas de campesinos, pequeños comerciantes, artesanos y trabajadores, mientras la implacable SAVAK secuestraba, torturaba y asesinaba a los resistentes.

El Viernes Negro de 1978

En 1978 se inició un irreversible proceso de agitación y movilización popular que tenía su expresión política en el clérigo residente en Europa y, últimamente, en París, Ruhollah Jomeini, quien a su vez proporcionaba combustible al levantamiento. Todo ese turbulento período tuvo lo que se conoció como el Viernes Negro. En su intento por aplacar la crisis política, el shá liberó presos político y nombró a Jaafar Sharif Imami como primer ministro. Este era un viejo político iraní, amigo personal de Reza Pahleví, gran maestre masónico, considerado más liberal que el monarca. Desde París, Jomeini desafíó el intento reformista y convocó a voltear al sha y desterrarlo. Más de 500.000 personas se reunirían en Teherán bajo la novedosa consigna de “Independencia, Libertad y República Islámica”. La reacción gubernamental fue declarar la ley marcial y prohibir la manifestación. Desafiando la prohibición, fue convocada otra manifestación el viernes 8 de septiembre de 1978. Tanques y helicópteros acribillaron a la multitud. Más de 15.000 iraníes fueron muertos y heridos durante ese Viernes Negro.

A partir de ese momento la insurreción liderada por Jomeini desde su exilio en París no cesó un solo momento. Huelgas, movilizaciones masivas – llegaron a reunirse dos millones de personas a fines de 1978 – no dieron tregua al autócrata. Pero además soldados y oficiales comenzaron a unirse en las distintas ciudades a la insurrección, mientras cada vez eran más los seguidores de Jomeini.

El sha intentó paliar la crisis nombrando como primer ministro a Shapur Bajtiar, un módico y afrancesado opositor socialdemócrata. La oposición liderada por Jomeini no cesó un instante, hasta que Reza Pahlevi presentó su abdicación y el 16 de enero de 1979 salía del trono y del país conduciendo su propio avión. Giscard d'Estaing, presidente conservador de Francia, le negó el ingreso a su país. Reza Pahleví y su esposa, Farah Diba, circularon por diversos países: Marruecos, Bahamas, Ecuador, México, los Estados Unidos, Panamá y, por fin, Egipto, acogidos por el presidente Anwar el-Sadat. Reza Pahleví murió de cáncer el 27 de julio de 1980 en El Cairo.

El triunfo de la República Islámica

El 1 de febrero de 1979 el ayatola Ruhollah Jomeini regresaba a Teherán, después de 15 años de exilio. Más de tres millones de personas salieron a las calles a recibirlo. Los días de Bajtiar estaban contados. El 11 de febrero de ese mismo año, el primer ministro fue expulsado. La revolución republicana islámica de Irán había triunfado.

El pueblo iraní había encontrado en sus propias tradiciones culturales y en la firme negativa a imitar simiescamente a Occidente el camino de su independencia.

Esta revolución victoriosa, esta expresión de soberanía nacional y popular es lo que, EE.UU. e Israel pretenden aplastar con sus bombas. En ninguno de ellos hay la menor preocupación sobre las características particulares del régimen islámico, sus convicciones morales y religiosas. A EE.UU. solo le preocupa, como en el caso de Venezuela, el control de su petróleo. A Israel le interesa aplastar a Irán como fuerza regional que le impida convertirse en potencia hegemónica, racista y supremacista, del Asia Occidental.

Buenos Aires, 10 de marzo de 2026.






26 de enero de 2026

Terminó la película que empezó en 1945

Mi generación, la generación que nació inmediatamente después de la Segunda Guerra Mundial, es decir a partir de 1944/45, nunca vivió una situación internacional como la que hoy se está desplegando ante nuestros ojos.

La Guerra Fría

Es cierto que el período conocido como Guerra Fría, entre las potencias occidentales capitalistas, encabezadas por el nuevo país hegemónico, los EE.UU., atravesó momentos de tensión, de exasperación y de riesgos de enfrentamiento nuclear. Pero, tanto los acuerdos de Yalta y Postdam, como el surgimiento del Movimiento de Países No Alineados, hicieron que esos enfrentamientos se canalizaran en guerras periféricas, que se entremezclaban con las luchas de liberación nacional de las antiguas colonias asiáticas y africanas y en la propia Latinoamérica. Veamos:

La Guerra de Corea (1950-1953), la Guerra de Vietnam (1955-1975), la Guerra Soviético-Afgana (1979-1989), en Asia; 

La Crisis del Congo (1960-1965) y la consecuente dictadura de Mobutu (1965-1997); la guerra colonial Portuguesa (1961-1974); la guerra civil en Angola; la Guerra del Ogadén, Etiopía (1977-1978); el conflicto del Sáhara Occidental (1975-presente), en África;

La Revolución Cubana (1953-1959) y Crisis de los Misiles (1962); Golpe de Estado en Guatemala (1954) y el estado de guerra civil virtual a consecuencia del mismo (1960-1996); la invasión de República Dominicana (1965); el golpe de estado contra Salvador Allende (1973), en Chile, y la consecuente dictadura; el golpe de estado en la Argentina (1976); la Revolución Sandinista (1979) y la guerra de los Contras; la guerra civil en El Salvador entre el gobierno de derecha, apoyado financiera y militarmente por EE.UU. y la guerrilla del FMLN, apoyada por Cuba y Nicaragua sandinista (1980-1992); la invasión de Granada (1983), todo ello en América Latina.

Las guerras entre Egipto e Israel (1967 y 1973); la guerra Irán-Irak (1980-1988), en Asia Occidental.

En el bloque de países del Pacto de Varsovia se produjeron, en ese mismo período, tres situaciones críticas, que no tuvieron carácter bélico, pero que eran consecuencia de la Guerra Fría: el alzamiento de Hungría, en 1956, el de Checoslovaquia, la llamada Primavera de Praga, en 1968 y la crisis protagonizada por el sindicato Solidaridad en Polonia, en 1980-1982)

Todos estos conflictos, más muchos otros de menor importancia, caracterizaron el largo período de la Guerra Fría, entre 1945 y 1989.

La disolución de la URSS


La caída de la Unión Soviética, en 1989, dio inicio a otro momento de la posguerra, caracterizado por la unipolaridad. Solo una potencia había quedado en pie, EE.UU. y sus socios europeos de la OTAN. El otro polo de poder (la URSS) sufrió una crisis que abatió al régimen instaurado en Octubre de 1917, con la consecuente disolución del Pacto de Varsovia y la paulatina desaparición de los gobiernos comunistas en Europa Oriental.

Se inicia ahí un breve momento -veinte años en la historia humana es un parpadeo- en el que el enfrentamiento de los dos grandes polos, que caracterizó a la Guerra Fría, dio lugar a la existencia de un solo poder mundial, los EE.UU. y la OTAN, unificados básicamente sobre la hegemonía del capital financiero en el capitalismo occidental. Ello significó, para los países del oeste de Europa, un paulatino deterioro del “welfare state”, del estado de bienestar que había caracterizado el período de la Guerra Fría. Ya no era necesario convencer a las clases trabajadoras europeas que, en países como Italia, Francia o España, votaban a sus partidos comunistas o alternativas socialdemócratas, que el capitalismo ofrecía mejores condiciones de vida que el comunismo realmente existente.
Pero, más determinante que eso, se inicia un lento proceso de caída de la producción industrial, de relativa desindustrialización y de dependencia del gas y el petróleo rusos. La unidad europea, que Adenauer y De Gaulle pensaban como un poder que equilibrase el desmesurado poder de los EE.UU., se fue convirtiendo, sobre todo a partir de la incorporación de Gran Bretaña en 1973 , en un ámbito hegemonizado por el capital financiero y dependiente política y militarmente de Washington. Bruselas se transformó en la capital burocrática de un capitalismo financierizado, correa de transmisión de la política internacional norteamericana.

Este momento tuvo también sus guerras, pero todas ellas periféricas. En general, todas las situaciones bélicas que se dieron en lo que fuera el espacio soviético tenían como causa fundamental, justamente, la disolución del antiguo bloque y el intento de la potencia unipolar de ampliar su influencia y dominio en esas regiones.

Tales fueron, por ejemplo, la Guerra de Nagorno-Karabaj (1988-1994), entre Armenia y Azerbaiyán; la guerra de Transnistria (1992) que condujo a la secesión de facto de la región de Transnistria, apoyada por Rusia; la guerra de Abjasia (1992-1993) y la guerra de Osetia del Sur (1991-1992), en Georgia que llevaron a la secesión de facto, con apoyo ruso, de ambas regiones y que culminó en la Guerra Ruso-Georgiana de 2008; la primera guerra de Chechenia (1994-1996) y la segunda guerra de Chechenia (1999-2009), en las que Rusia enfrentó los intentos separatistas de Chechenia, sostenidos desde la OTAN.

Un momento central de la etapa fueron las guerras en los Balcanes (derivadas de la desintegración de Yugoslavia): la guerra de Croacia (1991-1995) y la guerra de Bosnia (1992-1995). Esta última significó la primera intervención militar de la OTAN en su historia. Posteriormente, la OTAN intervendría, sin mandato de las ONU, en la Guerra de Kosovo (1998-1999), con la consecuente independencia de facto de Kosovo.
Pero posiblemente hayan sido la llamada Guerra del Golfo (1990-1991) y la guerra de Irak (2003-2011) los dos momentos bélicos más característicos de la breve unipolaridad. Con argumentos absolutamente mentirosos, EE.UU., en ejercicio de su, en ese momento, indiscutido poder mundial derrocó a Saddam Hussein, invadió Afganistán, participó en la destrucción de Siria y, junto con el Reino Unido y Francia, ocupó militarmente Libia y asesinó a su presidente Muamar el Gadafy. La secretaria de Estado, la demócrata Hillary Clinton, festejó risueñamente el asesinato, en una entrevista televisiva. Parafraseando a Julio César, sostuvo: “We came, we saw, he died” (“Vinimos, vencimos, él murió”).

El interregno unipolar

Entre los años 1990 y 2010, para poner una fecha un tanto arbitraria, el mundo fue conducido por una sola potencia.

Durante todos esos años, entre 1945 y hoy, el mundo se ha regido con instituciones universales, creadas por el acuerdo de las potencias vencedoras. La Organización de las Naciones Unidas (ONU), 1945; Conferencia Monetaria y Financiera de las Naciones Unidas de Bretton Woods, en 1944 –y sus instituciones: Fondo Monetario Internacional, en 1945; Banco Internacional de Reconstrucción y Fomento, luego Banco Mundial, en el mismo año; Acuerdo General sobre Aranceles Aduaneros y Comercio (GATT), en 1947– ; Consejo de Europa , en 1949 y la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), en 1949.

Todas estas instituciones, empezando por la ONU, estuvieron condicionadas por los intereses norteamericanos y, en menor medida, europeo occidentales. Obviamente, en el período de la unipolaridad yanqui eso se hizo explícito y el organismo no impidió ninguna de las tropelías norteamericanas y de la OTAN sobre el mundo semicolonial o periférico.

Desde la reunión en Bretton Woods el dólar norteamericano se convirtió en el medio de pago en el comercio internacional, reemplazando a la libra esterlina. La decisión del presidente norteamericano Richard Nixon, en 1971, de romper con el patrón oro como respaldo de valor del dólar, dio inicio a una etapa de inestabilidad cambiaria y financiera, pero la Reserva Federal yanqui pudo imprimir dólares sin límite físico y financiar así sus déficits fiscales. Los acuerdos con Arabia Saudita, en 1974, aseguraron que el comercio del petróleo se hiciera en dólares, creando un ciclo de demanda artificial que reforzó su hegemonía.

Los veinte años de unipolaridad generaron un proceso de globalización del capitalismo occidental, caracterizado por una hegemonía sobre el mismo del capital financiero. Ello significó, básicamente, un saqueo sobre los países de América Latina, Asia y África en condiciones de absoluta impunidad

El lento surgimiento de la Multipolaridad

La antigua URSS, convertida en Federación Rusa, se lamía las heridas y lentamente intentaba ponerse nuevamente de pie. En Asia, la China nacida en 1945, a partir del triunfo del Partido Comunista, dirigido por Mao Tse Tung, había ido construyendo las condiciones económicas para un gigantesco despliegue de sus fuerzas productivas.

A partir del segundo quinquenio del nuevo siglo, el escenario comenzó a cambiar. Como escribí en aquellos años:

“El ascenso a la presidencia del ex agente de los servicios de inteligencia soviéticos, Vladimir Putin, y las políticas por él generadas han dado un vuelco de 180 grados a la situación. Se ha restablecido una autoridad gubernamental. Se han comenzado a reconstruir las estructuras estatales capaces de resistir y enfrentar el saqueo a que la nueva burguesía auspiciada por el imperialismo –llamada oligarquía o mafia por los rusos- ha infligido al enorme país continental, se han lograda tasas de crecimiento económico y, nuevamente Rusia se eleva a la categoría de poder estratégico”1.


Pese al enorme deterioro sufrido durante el trágico decenio 1990-2000, la Federación Rusa logró preservar, en gran parte, la tecnología militar desarrollada durante la carrera armamentística de la Guerra Fría y mantuvo la disciplina del viejo Ejército Rojo, donde posiblemente estén más vivos los recuerdos de la Segunda Guerra Mundial, de la defensa de Stalingrado y del asedio imperialista. Esto último pudo verse en las pantallas de todo el mundo con la celebración de los 80 años de la caída de Berlín y el triunfo del ejército soviético sobre la Alemania Nazi. Por otra parte, el ataque defensivo de Rusia a Ucrania, agotadas todas las instancias diplomáticas para contener la expansión de la OTAN y su amenaza constante sobre Moscú, puso en evidencia que la Federación Rusa había vuelto a ser, política, económica y militarmente, el mismo país que derrotara a Napoleón y a la Wehrmacht de Hitler.


Mientras tanto, en China, la política iniciada por Deng Tsiao Ping a mediados de los '70, y que ha sido continuada hasta la actualidad, consistía en poner a la vieja China semicolonial y agraria –donde ya no existían las clases terratenientes, ni las burguesías “compradoras” costeras– en las condiciones productivas de un país capitalista industrial, capaz de generar las condiciones económicas para el ejercicio del socialismo y el control obrero sobre un país rico, pujante y en el que la clase trabajadora urbana, los técnicos, científicos y gerentes reemplazaron a los millones de campesinos pobres y analfabetos de 1949. En cincuenta años, China había logrado transformarse en principal potencia económica, en uno de los centros de desarrollo tecnológico más importante del mundo y en un interlocutor comercial de todos los países.

En el mismo período o quizás menos, a partir de 1989, EE.UU. había experimentado un proceso de desindustrialización y pérdida de pujanza económica, como producto, justamente, de la globalización conducida por el capital financiero, iniciada con la caída de la URSS. La deslocalización de sus grandes fábricas, la pérdida de perspectivas laborales en los estados mediterráneos, un horizonte signado como repositor de Wall Mart, fue convirtiendo a los EE.UU. en un gigante con pies de barro, con una poderosísima oligarquía financiera, cuyos intereses se centraban en Wall Street, Londres y Frankfurt, en la sede del Banco Central Europeo. Esto es lo que explica las dos presidencias de Donald Trump.

Mientras tanto, desde el año 2006 comienza un proceso de acercamiento y diversos acuerdos comerciales internacionales entre Brasil, Rusia, India y China, al que el economista Jim O’Neill, empleado de Goldman Sachs, había llamado con anterioridad “BRIC”, a los que consideraba motores del crecimiento global. Durante estos últimos veinte años, los BRICS, así llamados después de la incorporación de Sudáfrica, se han convertido en el eje de un nuevo reagrupamiento internacional basado, ya no en la bipolaridad o unipolaridad de las etapas anteriores, sino en lo que ha pasado a llamarse multipolaridad. Es decir, un mundo en el que existen múltiples polos de poder, con alianzas flexibles y dinámicas, basadas en el realismo político, donde conviven distintos estados nacionales y, principalmente, diversas civilizaciones.

En este nuevo escenario multipolar los estados nacionales siguen siendo los actores centrales, pero su actuación se construye desde un sustrato civilizacional. La política internacional es interpretada cada vez menos como una competencia entre ideologías universales – tal como caracterizó a la Guerra Fría – y es asumida como una negociación (no sin conflicto) entre proyectos civilizacionales con visiones distintas del orden, la sociedad y el poder. Por esta razón, todas aquellas instituciones, creadas por y para la civilización occidental en su momento de apogeo, hoy ven desafiada su autoridad universal por el surgimiento de otros polos civilizacionales con sus propias visiones de la soberanía y el desarrollo.

En Davos ha muerto el orden de posguerra

Lo que acaba de ocurrir en la reunión anual de Davos ha sido nada menos que la cristalización de las tendencias puestas en movimiento a partir del fin de la Guerra Fría. La globalización del capitalismo financierizado produjo una reacción en su contra en la principal potencia del mundo capitalista y conductora, hasta este momento, de Occidente: en EE.UU. Donald Trump hizo explícita no solo su decisión de abandonar a su suerte a Europa occidental, a Francia, Italia, Alemania, Dinamarca, los países bálticos, Noruega, Suecia y Finlandia, sino que le informa de su aspiración a quedarse con los recursos naturales de una vieja colonia europea. Como ha dicho con precisión Ezequiel Adamovsky:

“Lo que sí aparece como una novedad es la disposición de Trump de hincar el diente sobre los recursos y el territorio de sus aliados europeos. Los líderes del viejo continente contemplan azorados cómo su principal socio anuncia que se quedará con Groenlandia por las buenas o por las malas. Han quedado mudos, sin saber qué decir. Irónicamente, la integridad territorial de los miembros de la OTAN se ve comprometida por primera vez en la historia de la alianza. Y no es por alguna avanzada de esos horribles rusos contra los cuales se estableció, sino por la del principal socio estratégico, el que se suponía que los iba a defender de cualquier amenaza”2.



Ello significa, más allá del alarde de fuerza y la retórica de jugador “bluffero” de Trump, que el bloque hegemónico capitalista que condujo los destinos del mundo occidental e influyó, por las buenas o por las malas, en el resto del planeta, se ha roto, posiblemente, para siempre o por un largo período. El gobierno de los EE.UU. ha decidido enfrentarse a la globalización que impulsó después de 1989 y retornar a un nacionalismo económico imperialista de viejo estilo, más parecido al de los tiempos de Theodor Roosevelt que a los de Barack Obama, el presidente negro, nacido en Hawaii, hijo de un keniano y una antropóloga. Y ante los ojos azorados de las autoridades europeas y el resentimiento de Kaja Kallas, actual canciller de la Unión Europea, Trump se reúne con Putin y declara oficialmente que su política exterior prescinde de Europa y, sobre todo, de los países de Europa Occidental.

El discurso del primer ministro de Canadá –recuérdese que Canadá no tiene presidente, su jefe de estado es el monarca británico– Mark Carney, que despertó tanto interés en el progresismo liberal, se parece notablemente a las confesiones de un arrepentido que no quiere quedar pegado a las delitos del jefe que acaba de traicionarlos:

“Sabíamos que la historia del orden internacional basado en normas era parcialmente falsa. Que los más fuertes se eximirían cuando les conviniera. Que las reglas comerciales se aplicaban de manera asimétrica. Y que el derecho internacional se aplicaba con rigor variable según la identidad del acusado o de la víctima”.

Lo sabía, pero nunca lo denunció. Es más, cuando el hoy arrepentido Mark Carney era presidente del Banco de Londres, no vaciló en quedarse con el oro venezolano, sin importarle la asimetría o el derecho internacional.

Estamos, como decía al principio de esto que se ha hecho muy largo, en la única situación de quiebre del escenario mundial que ha visto mi generación ya bastante veterana. El mundo se encuentra como en la década del 40 del siglo pasado buscando un nuevo punto de equilibrio. Por primera vez se produce una ruptura significativa, desde la guerra de Secesión, entre los intereses británicos y los de EE.UU. Trump, apelando a su única superioridad, la militar, tiene un frente interno muy lábil. Sabe que las próximas elecciones no le serán favorables. Da la impresión que con la brutalidad de la policía migratoria estuviese buscando su propio incendio del Reichstag que le permita suspenderlas con el argumento de una situación insurreccional.

El agotamiento político de Europa, la mediocridad de sus dirigentes principales, su propio proceso de desindustrialización le impide encontrar una respuesta superadora al desafío planteado por Trump y la emergencia de la multipolaridad.

América Latina, por otra parte, cuenta con dos pilares fundamentales: la presidenta Claudia Sheinbaum, de México, y el presidente Lula, de Brasil. Venezuela ha logrado, con gran astucia política, generar su propio “acuerdo de Brest-Litovsk”, una dura tregua con la presión insostenible de EE.UU. y fortalecer, en el interín, su situación política interna, a la espera del dinamismo de la situación general. En Colombia, por primera vez en décadas, hay un gobierno que responde a intereses populares profundos y está alejado de la rosca narco y paramilitar que caracterizó a gobiernos anteriores.

Y Argentina, lamentablemente, presenta, por primera vez en ochenta años, un alto grado de irrepresentatividad nacional y popular. El peronismo, nacido justamente en el mundo de la posguerra, da la impresión de no tener claras respuestas a la nueva realidad que ha puesto punto final a los últimos ochenta años de historia. Pero esto habrá que desmenuzarlo día a día.

Buenos Aires, 26 de enero de 2026


1"https://fernandezbaraibar.blogspot.com/2006/01/el-despertar-del-oso-publicado-en-la.html

2 https://www.eldiarioar.com/opinion/capitalismo-implosivo-recargado_129_12925162.html

17 de enero de 2026

El acuerdo Mercosur-UE

 El acuerdo Mercosur-UE no tiene muchos beneficios para la economía argentina, según he podido leer y escuchar en muy agudas críticas al mismo.

Como sabemos, el mismo se basa en nuestra capacidad de producir commodities agrarias y en la capacidad europea de producir mercancías industriales. El acuerdo es resistido por algunos sectores campesinos europeos, los que, por otra parte, están hartos de las exigencias burocráticas de Bruselas a su producción agrícola-ganadera, que, además, ha encarecido enormemente los alimentos. Algunos países manifestaron objeciones y amenazan con no aprobarlo en sus respectivos parlamentos.

Y el acuerdo ha recibido críticas, pero es menos resistido que en Europa, por los sectores industriales argentinos y, en menor medida, mercosureños. Pero esos sectores no tienen una gran influencia en sus respectivas sociedades o, por lo menos, han sido incapaces de resistirse a las políticas desindustrializadoras del liberalismo. En todo caso, las dificultades para las industrias nacionales no están causadas por el acuerdo, sino por políticas previas, aceptadas mansamente por las organizaciones representativas de la industria, como, por ejemplo, la Unión Industrial Argentina.

Pero el acuerdo Unión Europea-Mercosur tiene una gran importancia desde el punto de vista de la política internacional, desde un punto de vista geopolítico, como se usa decir ahora.

Constituye un gigantesco mercado. Esto, obviamente, ayuda, tanto al Mercosur como a la Unión Europea, a hacer evidente su capacidad de generar políticas comerciales que ignoren los deseos de los EE.UU. Cuando EE.UU. amenaza con arancelar las importaciones europeas y de todos los países que se opongan a su pretensión de reemplazar a Dinamarca como potencia colonial ocupante de la isla de Groenlandia, un mercado de esta amplitud significa un recorte al poder acobardante de los aranceles.

Es decir, Suramérica, de la mano del presidente del Brasil, Lula da Silva, logra constituir un mercado de cerca de 800 millones de consumidores y aproximadamente el 25% del PIB global y, tanto la UE, como el presidente del Paraguay reconocen esa responsabilidad del pernambucano.

Ello, junto con su participación en los BRICS+, convierte a Lula en uno de los grandes estadistas contemporáneos, al nivel de Xi Ping, Putin, Macron o Van der Leyen y en el único latinoamericano a esa altura, a excepción y por otras razones de Nicolás Maduro.


En mi opinión esto es lo trascendente. Las críticas al acuerdo son minucias de contador, frente a su significado político. En adelante habrá que ver en qué medida se consolida y es aplicado y reconocido por cada uno de los estados europeos, de qué manera, como lo ha manifestado Lula, es para Brasil una posibilidad de reindustrialización. Pero las desventajas que pueda sufrir la Argentina no serán mayores que las que ya sufre con la política liquidacionista y financiera de Javier Milei.

El problema, como siempre, no sera el acuerdo, sino nuestra capacidad de derrotar al bloque financiero cipayo que se ha enquistado en el poder político del estado.

17 de enero de 2025.

14 de enero de 2026

" En menos de un año Maduro puede estar de nuevo en Caracas"

La propuesta del presidente Petro

Días atrás, el presidente de Colombia, Gustavo Petro, publicó el siguiente mensaje en la red X, antes conocida como Twitter, ilustrada con ese mismo mapa:

"Está es la Gran Colombia, era la idea de Bolívar y propongo por voto constituyente de la población, que la reconstruyamos como una confederación de Naciones autónomas. Tendríamos unas políticas comunes en las materias que proponga el pueblo. Indudablemente la política comercial hacia la industrialización y ser lo que es geográficamente un centro del mundo y de Latinoamérica. Un centro de energías limpias, del saber, de infraestructuras de alta tenología de movilidad y comunición. Sobre esas habría habría un parlamento grancolombiano, un tribunal de justicia y consejo de gobierno, como en la Unión Europea o en los EEUU federales. Una potencial del turismo y de la conectividad del mundo".

En otro lugar he sostenido que el presidente Gustavo Petro es una de las expresiones del grado de fortaleza que nuestro continente tiene y que, junto con Lula, en Brasil, Claudia Sheimbaum en México, y otros gobiernos de América Latina, refuta la derrotista visión de que un giro derechista ha aplastado en la región todo intento liberador. Petro ha interrumpido una serie de gobiernos colombianos directamente ligados al narcotráfico y a los EE.UU. y ha vuelto a vincular a su país con Venezuela. De ahí que adquiera especial importancia que desde Bogotá, desde la ciudad donde se intentó asesinar al Libertador Simón Bolívar, se vuelva a reivindicar el proyecto continental de los primeros 25 años de nuestra historia independiente. Que Colombia, a través de su presidente, sume su voz y su esfuerzo a la reconstrucción de la Patria Grande es, sin dudarlo, un enorme paso adelante en ese histórico mandato.

Dicho esto, permítanme sostener que esta propuesta de restauración de la Gran Colombia por parte del presidente colombiano deja más la impresión una nostalgia por un tiempo irrecuperable que un verdadero proyecto integrador de una nación continental.

En los primeros quince años del siglo XXI Suramérica avanzó, como no lo había hecho desde la batalla de Ayacucho, en el acercamiento y construcción de instituciones políticas, como el UNASUR, tendientes a esa integración. La decisión del comandante Hugo Chávez, presidente de la República Bolivariana de Venezuela, de abrir la política suramericana hacia el Atlántico, sumando al Brasil, fue uno de los ejes del éxito. Hasta se impuso la tarea de hacer conocer a Simón Bolívar al pueblo brasileño, cuya historia había transcurrido al margen y, muchas veces, enfrentada al movimiento independentista. La estatua gigante del Libertador, en el Carnaval de Río, llevada por la scola do samba Santa Isabel, con un motivo alegórico a la unidad de la Patria Grande, fue el extraordinario recurso al que acudió Chávez.

Ya a mediados del siglo XX, en 1951, el general Juan Domingo Perón, entonces presidente argentino, había planteado el más poderoso mecanismo de unidad suramericana hasta ese momento. Perón estaba convencido que la alianza estratégica entre Argentina y Brasil -en aquel momento los dos países de mayor desarrollo económico en la zona- atraería al conjunto de los países de la región, en un concierto en el que Argentina y los países hispanohablantes equilibrarían el peso del gigante lusoparlante.

Y, en los últimos 20 años del siglo XX, esos dos países habían logrado construir el Mercosur, embrión de esa gran política esbozada por Perón. El Mercosur, con todos sus altibajos, ha sido, en suma, el acuerdo de integración regional de mayor duración y efectividad política y económica.

En mi humilde opinión, la propuesta de Gustavo Petro hace retroceder todos estos avances efectivos, alcanzados en lo que va del siglo XXI. 

Si vemos en los mapas, dicha propuesta implica, entre otras cosas, la secesión de distintas regiones que hoy forman parte de un estado nacional, para sumarse a una hipotética Confederación de Naciones, de la que no forma parte Brasil, ni ningún país del sur del continente. Sería mucho más alentador que Colombia propusiera una alianza estratégica con Venezuela, en momentos en que ambos países están siendo objeto de diversas agresiones por parte de los EE.UU., o intentar, entre ambos países, un acuerdo similar al Mercosur -Merconorte se puede llamar- que pongan en movimiento fuerzas económicas, comerciales, políticas y culturales hacia nuevas instancias de unidad continental.

Insisto, más allá de esto, es muy bienvenida la voluntad de Colombia de sumarse a la aspiración de nuestros pueblos para construir la Patria Grande.

14 de enero de 2026