1 de agosto de 2026

A propósito de la polémica sobre la Guerra del Paraguay

El siguiente texto está tomado del Capítulo II de mi libro Un solo impulso americano – El Mercosur de Perón. Su publicación pretende aportar al debate suscitado por las histórica y políticamente erróneas palabras del presidente Lula sobre la Guerra del Paraguay y la respuesta del gobierno paraguayo. La izquierda brasileña, posiblemente con excepción de los restos del brizolismo, jamás ha discutido la Guerra del Paraguay y ha adoptado sumisamente la visión heredada del Imperio de Pedro II.


El caso del Brasil

El condado de Portugal, perteneciente al reino leonés–castellano, fue entregado por Alfonso VI, rey de Castilla, como dote a su hija Taraja, al casarse con el caballero francés Enrique de Borgoña. Éste, en permanente guerra con Raimundo, marido de Urraca, la otra hija de Alfonso VI, murió sin lograr establecer su dominio en las tierras dotales. Murió joven, en 1114, dejando un hijo menor de edad, Alfonso Enríquez, y una viuda, según los decires, bella y casquivana. La conducta de la casquivana Taraja despertó la rebeldía de los barones de la terra portucalis, capitaneados por el propio Alfonso. La batalla de Guimarães dio el triunfo a Alfonso Enríquez, quien no vaciló en encarcelar a su madre, haciéndose cargo del reino.
En este relato, entre histórico y mítico, se funda la creación de la corona de Portugal y, con ella, de la nacionalidad portuguesa.

1. El enfrentamiento entre Portugal y España

Más allá de ello, la cuña que dividió para siempre la península ibérica, permitiendo el afianzamiento del reino y su posterior transformación en una potencia marítima, ha tenido permanentemente una conspicua presencia, diplomática o militar, inglesa. Desde los tiempos de Juan I y su victoria sobre el rey de Castilla, en 1385, Inglaterra ha estado vinculada a la historia portuguesa, estableciendo un permanente antagonismo entre los dos estados ibéricos. Ese antagonismo y esa abstracta barrera que divide a España y Portugal se trasladó a las tierras de América, convirtiendo al Brasil en un cerrado enigma para los americanos hispanohablantes. El tratado de Tordesillas de 1494, tan sólo a dos años del Descubrimiento, trazó en nuestro continente esa muralla de incomprensión. Los argentinos ignoramos de nuestro principal vecino todo o casi todo. Nos es mucho más familiar la figura de Clemenceau o de Bismarck que la del Barón de Rio Branco. Marcel Proust o James Joyce gozan de mucho mayor prestigio que Euclides da Cunha. Nos ha despertado mucho mayor interés la República de Weimar que la República de los quilombos de Palmares.
1
En 1549 se instala el primer gobernador general de las posesiones portuguesas en Sudamérica. La ciudad de la Bahía de Todos los Santos se convierte en la capital y en el centro de una de las principales actividades económicas, el comercio de esclavos. Se establece sobre todo el país una explotación económica de plantación, en la que rápidamente a la mano de obra esclava de los indios se suma la de los africanos, traídos por portugueses, holandeses y franceses. Esta primera etapa de la colonia portuguesa se caracteriza, sobre todo, por un permanente enfrentamiento en el norte con los asentamientos de otras potencias coloniales, las Guayanas holandesa y francesa. El descubrimiento de oro en Minas Gerais en 1693 significó un impulso decisivo para el crecimiento de la colonia lusitana y la fundación de grandes poblaciones en el interior.
A excepción del período 1580–1640, cuando ambos reinos de Portugal y España están bajo la corona de los Felipes de Habsburgo, las peleas dinásticas, las querellas derivadas de las distintas interpretaciones que cada corona hacía sobre el Tratado de Tordesillas y la política europea profundizaron las diferencias entre ambos países.
A mediados del siglo XVIII, las reformas del marqués de Pombal, gobernador general del rey en Brasil, alteraron la vida social y administrativa de la inmensa colonia. El poder se concentró entonces en manos del representante real y se trasladó la capital a Río de Janeiro.

2. El Brasil durante la Independencia Sudamericana

La invasión napoleónica al Portugal, en 1807, tuvo para nuestro vecino un efecto completamente distinto al que el mismo hecho produjo en las colonias españolas. El entonces príncipe regente, después Juan VI, toda la familia real y la corte en pleno se trasladaron a Río de Janeiro, convirtiéndose la ciudad en la metrópoli del Imperio Lusitano. El espectáculo de esa imponente procesión de veleros, llevando en sus bodegas el Estado Imperial, su Tesoro, sus parásitos cortesanos y su servidumbre, debe haber dejado honda impresión en los ojos de los cariocas de entonces.
Pero la instalación de los Braganza en Río de Janeiro no impidió que en el Brasil se expresaran los mismos intentos independentistas que habían brotado como hongos en el resto de Hispanoamérica y, como dice un historiador brasileño, “las rebeliones seguían a las algaradas, la revolución a los motines”2. En 1817 se produce en Pernambuco un levantamiento popular impregnado de las mismas ideas de los que se producían en otras regiones hispanohablantes, que es brutalmente reprimido. En 1821, se extiende desde Pará una insurrección que se une al levantamiento de Bahía al grito de “Abajo el absolutismo”3.
El príncipe regente Juan, ya instalado en Río de Janeiro, ha traído consigo también la ayuda inglesa. “Ahora comienza el siglo británico en el estilo de vida de la ruda sociedad brasileña: la corte portuguesa y los importadores ingleses educarán a los dueños de plantación”4. El más absoluto librecambismo se instala en el Brasil y la corte de los Braganza se convierte en el principal centro de conspiración antiindependentista, además de nido de intrigas diplomáticas británicas.
En 1821, caído Napoleón y establecida la Santa Alianza, el ya rey Juan VI decide que es hora de volver a Lisboa. Queda como regente de Brasil su hijo, el príncipe Pedro. Al año siguiente, éste pronuncia su célebre “Eu fico”5, se proclama la independencia brasileña y el regente es coronado como Pedro I, Emperador de Brasil.

3. El Imperio y la creación del Uruguay


Es a pocos años de estos hechos, en 1825, cuando se produce la guerra entre las Provincias Unidas del Río de la Plata y el Brasil por la región llamada Banda Oriental por los porteños y Provincia Cisplatina por el Imperio. La repercusión que esta guerra tuvo en los oídos de Bolívar lo hemos visto más arriba. Como sabemos, las armas rioplatenses triunfaron en Ituzaingó, aplastando al desmoralizado ejército imperial. Como sabemos también, la diplomacia de Rivadavia y Manuel García perdieron para siempre a la Banda Oriental. Dice Jorge Abelardo Ramos: “Pero los intereses porteños buscaban desprenderse de la Banda Oriental y concentrarse en la explotación de su propia pradera y su propio puerto. Esto coincidía con la voluntad inglesa, que había proyectado la creación de una ‘ciudad hanseática’ en la margen oriental del río”6.
El papel jugado por el reciente Imperio Brasileño y por su monarca, Pedro I, en este capítulo de la balcanización sudamericana se ajustó exactamente a las necesidades británicas. Entre su intransigencia en el terreno diplomático para reconocer la derrota sufrida en el campo de batalla, negándose a devolver a Buenos Aires, la Provincia Cisplatina, y la inepcia dolosa de Manuel García, cambiando en la mesa de negociación el resultado logrado por las armas, Lord Ponsomby, el embajador del Foreign Office, logró su cometido: segregar la Banda Oriental y crear la República del Uruguay, “el algodón entre dos cristales”.
Resulta sorprendente que uno de los primeros debates en los que participa el joven diputado en la Asamblea Legislativa del estado de Rio Grande do Sul, el futuro presidente Getulio Vargas, sostenía en octubre de 1909: “Aunque haga justicia al talento y gran habilidad de los diplomáticos brasileros de tiempo del Imperio, no se debe ocultar que ellos quisieron erigirse en árbitros y solucionadores forzados de las cuestiones internas de las repúblicas del Plata”7. El reformador de la llamada República Vieja, nacido en el territorio fronterizo de las viejas Misiones Orientales, sospechaba ya entonces sobre el papel jugado por la diplomacia de Pedro I.

4. La guerra del Paraguay


El crimen de la Guerra del Paraguay bañó en sangre, durante cinco dolorosos años (1864–1865), el corazón de la Cuenca del Plata. Con ello culminaba de manera dramática el proceso de desmembramiento de la heredad hispánica. La bibliografía histórica divulgada en los últimos treinta años da cuenta de los saldos de esa guerra fratricida. El pueblo paraguayo no se reconstruiría jamás de su sacrificio.
El Brasil era gobernado por Pedro II, hijo y sucesor del primer Emperador. Como ha sostenido con claridad el gran historiador mexicano Carlos Pereyra “El Uruguay y Mitre aparecen, pues, como meros auxiliares del Brasil en la Guerra del Paraguay”8. Fue justamente uno de los más grandes pensadores políticos argentinos del siglo XIX, Juan Bautista Alberdi, quien, desde el primer momento, definió que esa guerra era una guerra del Brasil. Sostiene el gran tucumano: “La Guerra del Paraguay es guerra brasileña de conquista y de contrarrevolución; guerra dinástica; guerra antiamericana; guerra por lo mismo de amenaza para las otras repúblicas, y principalmente las del Plata, que el Brasil podía utilizar como aliadas únicamente porque eran débiles”9.
El Brasil imperial, con sus marqueses y marquesas, con su esclavitud, su economía de plantación y su burguesía comercial, era visto por el resto de los pueblos sudamericanos como el enemigo de su libertad. Desde Buenos Aires se levantan, junto con el gran exiliado que era Alberdi, las voces de Carlos Guido Spano, José y Rafael Hernández, Olegario V. Andrade, entre otros, que expresan todavía la vinculación con el país de las guerras de Independencia. En su proclama, Felipe Varela afirma: “El pabellón de Mayo que radiante flameó victorioso desde los Andes hasta Ayacucho ha sido cobardemente arrastrado por los fangales de Estero Bellaco, Tuyutí, Curuzú y Curupaity”10.
En este momento culmina la peor época de la relación con el Brasil. En palabras de Alberto Methol Ferré, posiblemente el ensayista que con más profundidad y devoción se ha dedicado al análisis político e histórico entre Brasil y Argentina: “En el momento de la Independencia todavía se hacían sentir las oposiciones de la ‘Era conflictiva’ que nos venía desde la separación de Portugal y España de 1640. Era conflictiva que se prolongaría hasta la Guerra de la Triple Alianza”11.
Al terminar la guerra, llega a Montevideo una misión diplomática brasileña a cuyo frente se encontraba el Vizconde de Rio Branco y su hijo, José María da Silva Paranhos Junior. Este último pasará a la historia de su país y de la diplomacia como el Barón de Rio Branco, futuro ministro de Relaciones Exteriores de la República Federativa de Brasil.
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Notas:


1 Esta fue una república de esclavos fugados de las plantaciones, ingenios y haciendas, que a principios del siglo XVII se estableció en el interior de la entonces capitanía de Pernambuco. V. Edison, Carneiro, O Quilombo dos Palmares, Civilização Brasileira, Río de Janeiro, 1966; Freitas, Décio, Palmares: a guerra dos escravos, Mercado Aberto, Porto Alegre, 1984; Gomes, F. dos Santos, Liberdade por un fio, Historia dos Quilombos no Brasil, Companhia dos Libros, São Paulo, 1996.

2 Ramos, Arthur, Las poblaciones del Brasil, Editorial Fondo de Cultura Económica, México, 1948.

3 Freyre, Gilberto, Interpretación del Brasil, Fondo de Cultura Económica. 1945.

4 Ramos, Jorge Abelardo, op. cit. Tomo 2, pág. 261.

5 El hoy muy difundido turismo a Brasil debería hacer inútil la traducción de la frase. Pero sabemos más inglés que portugués. “Me quedo” dijo Pedro de Braganza, dando a entender su voluntad de separar al Brasil de la corona de su padre.

6 Ramos, Jorge Abelardo, op. cit., Tomo 2, pág. 269.

7 Carrazzoni, André, Getulio Vargas, pág. 74, Librería Anaconda, Buenos Aires, 1953.

8 Pereyra, Carlos, El Pensamiento Político de Alberdi, pág. 253, Editorial América, Madrid, 1913.

9 Alberdi, Juan Bautista, El Imperio del Brasil ante la democracia de América, pág. XIII y XIV. Edición del autor, sin consignar año.

10 General Felipe Varela, “Manifiesto a los pueblos americanos sobre los acontecimientos políticos en la República Argentina en los años 1866 y 1867”, Editorial Sudestada, Buenos Aires, 1968.

11 Methol Ferré, Alberto, Perón y la novedad de la alianza argentino–brasileña, Cuadernos de Marcha, diciembre de 1995, Montevideo. Curiosamente este texto es una conferencia dada por el pensador oriental en Buenos Aires, a miembros del partido Justicialista con motivo del cincuentenario del 17 de Octubre. La curiosidad radica en que ninguna editorial argentina, ni los propios organizadores de la misma, la hayan hecho conocer en su forma impresa. 

23 de mayo de 2026

El levantamiento boliviano y las críticas a la CGT



El pueblo boliviano se ha levantado contra las políticas antipopulares y antinacionales del recientemente electo presidente Rodrigo Paz Pereira, perteneciente a una familia de políticos iniciada en el histórico Movimiento Nacional Revolucionario (MNR) y continuada en permanentes corrimientos hacia el sector más reaccionario y cipayo de la política boliviana. Los diversos sectores campesinos, mineros y de la pequeña burguesía comercial de origen coya -muchos de cuyos integrantes votaron a Paz- ha ocupado las calles, las rutas y las plazas pugnando por cambiar, si no el gobierno, su política.

No es la primera vez que algo así ocurre en Bolivia. El peso social y económico que esos sectores mencionados tiene corre en paralelo con su proverbial capacidad de organización.

Pero, lo que llama poderosamente la atención es que esas poderosas movilizaciones populares han generado, en nuestro país y, sobre todo, en las redes, una ola de indignados reproches a la CGT y al movimiento obrero organizado argentino. Una miríada de comentaristas en las redes, que, en su enorme mayoría, no están afiliados a ningún sindicato, acusa a la CGT y a sus dirigentes de una pasividad ante las nefastas políticas de saqueo y sobreexplotación impulsadas por el presidente Milei que casi las convierte en cómplices.

Creo que es necesario aclarar un poco el panorama.

Desde que asumió Milei a la presidencia de la República, la Confederación General del Trabajo (CGT) ha realizado cuatro paros generales y múltiples movilizaciones y actos contra el gobierno y, concretamente, contra sus políticas.

El 24 de enero de 2024, a tan solo 45 días de haber comenzado la gestión libertaria, la central obrera realizó una huelga de 24 horas acompañada de una masiva movilización hacia el Congreso de la Nación. Fue el Primer paro general. El reclamo se centró en el rechazo al DNU 70/2023 y al proyecto de la primera llamada “Ley Ómnibus.

El 9 de mayo del mismo año, tan solo cinco meses después, la CGT convoca y realiza un segundo paro general. Se trató de una huelga nacional de 24 horas que paralizó gran parte de la actividad en el país, convocada para protestar contra el ajuste económico y la reforma laboral impulsada en la "Ley Bases" que se debatía en el Senado.

Un año después, el 10 de abril de 2025 lleva adelante un tercer paro general. También aquí se trató de una huelga de 24 horas como respuesta al deterioro del poder adquisitivo, los despidos y las políticas de achicamiento del Estado llevadas a cabo por el Gobierno nacional.

Al año siguiente, el 19 de febrero de 2026 lleva adelante un cuarto paro general. En este caso se trató de una huelga nacional de 24 horas convocada en coincidencia con una sesión clave en la Cámara de Diputados para rechazar un nuevo proyecto de reforma laboral y el rumbo económico del Ejecutivo.

Además de esas medidas de fuerza convocadas, organizadas y llevadas adelante por la CGT, la entidad madre de los trabajadores argentinos organizó varias movilizaciones y actos.

El 27 de diciembre de 2023, pocos días después de Navidad se realizó una marcha a Tribunales. La CGT, junto a otras centrales sindicales, marchó hacia el Palacio de Tribunales en la Ciudad de Buenos Aires para presentar un recurso de amparo y exigir la inconstitucionalidad del megadecreto (DNU) de desregulación económica.

El 1º de mayo de 2024, con motivo del Día de los Trabajadores la CGT realizó un acto central, con una multitudinaria participación de el conjunto de las organizaciones gremiales del país. La consigna central del acto fue el rechazo a las medidas de desregulación económica que afectaban a las condiciones laborales.

Hace pocos días, el 30 de abril de 2026, la CGT convocó y llevó adelante una masiva marcha a Plaza de Mayo. La movilización, en la víspera del Día de los Trabajadores fue convocada para poner “un límite” al gobierno y en protesta contra el reciente fallo judicial que habilitó la reforma laboral.

Pero además de estas convocatorias de lucha, la CGT y sus gremios adheridos han participado en las multitudinarias movilizaciones en defensa de la universidad pública. Las columnas obreras en dichos actos eran tan numerosas y rotundas como las del movimiento estudiantil y profesores y personal no docente universitario.

No termino de entender qué es lo que se le reprocha a la CGT. No termino de entender qué pretenden que haga la CGT.

La comparación con lo ocurrido en Bolivia es arbitraria y meramente retórica. Nunca en su historia la Argentina tuvo movilizaciones similares a las del pueblo boliviano, por la sencilla razón que las realidades históricas, económicas y sociales de los hermanos del Altiplano son radicalmente distintas a las de la Argentina. Nunca en nuestro país fue destituido un gobierno a fuerza de cartuchos de dinamita explotados en el aire, como ha ocurrido varias veces en la historia boliviana. La revolución de 1943, que terminó con la Rosca del estaño y dio inicio al período del MNR, se hizo con la música de fondo de los cartuchos de Alfredo Nobel. El campesinado boliviano, que obtuvo su tierra en aquellas jornadas mantuvo siempre una gran organización y presencia política, a la par que el surgimiento de El Alto, como apéndice de la ciudad de La Paz, puso a la ciudad capital al acceso de esos sectores, vinculados por familia y origen al mundo agrario coya y sus mujeres de pollera.

Entre los comentarios que tuve oportunidad de leer en las redes estaba el que decía que ese era el pueblo del Che Guevara. La afirmación no puede ser más equivocada. Fue, justamente, ese pueblo de campesinos propietarios de su tierra, gracias al MNR, los que dieron la espalda al intento vanguardista del Che Guevara y su foco guerrillero. Era imposible una guerrilla campesina en un campesinado ya propietario de su tierra. Fueron estos mismos campesinos que hoy pretenden derribar a Paz Pereira los que avisaron a las autoridades de extraños movimientos de gente armada. Pese a que hubo intentos de explicación previos al error, el Che Guevara jamás entendió porque había fracasado.

La CGT y el movimiento obrero argentino, como he puntualizado, ha estado a la cabeza de la resistencia a las políticas antiobreras y entreguistas de la pandilla mileista. Ha actuado a la altura de su historia y de sus responsabilidades. Habría que afinar la punta del lápiz y descubrir por qué todos esos esfuerzos no han logrado convertirse en un levantamiento general de los argentinos contra el el régimen neoliberal. Posiblemente el problema no esté tanto por el lado del movimiento gremial, sino del movimiento político.

23 de mayo de 2026

22 de mayo de 2026

La Reforma Constitucional de hecho


La divulgación pública de lo que podrían ser íntimas conversaciones eróticas, de muy dudoso gusto, del presidente de la República Argentina con una barragana de precio accesible, más la desfachatada interna entre lo que parecerían ser dos pandillas alojadas en la Casa Rosada que se disputan el favor presidencial, han dejado en claro la reforma constitucional de hecho que está aplicando la clase social de financistas, exportadores y terratenientes que realmente gobierna.

La reforma consiste en desmontar el carácter presidencialista de nuestro sistema político, convertir el Congreso en la expresión de un primitivo provincianismo sin proyecto nacional -todo lo contrario de un sistema federal- y consolidar al poder judicial como la última garantía del saqueo de las riquezas nacionales y verdugo de todo intento de resistencia y despliegue de un programa independista, soberano y de justicia social.

Con la complicidad del depreciado y despreciado presidente, el pequeño grupo de grandes burgueses transnacionalizados ha logrado que, en medio de ese fárrago de papelones, acusaciones cruzadas y medias mentiras producidas por personajes de la talla de El Gordo Dan – un oscuro matasanos sin luces –, Martín Menem – un vendedor de suplementos dietarios, vitaminas y barras proteicas – y Santiago Caputo – un oscuro agente extranjero sin cargo estatal pero con control de la SIDE –, se aprueben leyes trascendentales que intentan asegurar para siempre la entrega del país. Ley de glaciares, ley de propiedad extranjera de la tierra, derogación de los subsidios a las zonas frías, desmantelamiento de los sistemas de la universidad pública y de investigación científica, la privatización de toda la estructura de energía nuclear, creada por el conjunto de los argentinos a lo largo de tres o cuatro generaciones, son algunas de las victorias estratégicas obtenidas por el bloque dominante.

Han logrado que el Poder Ejecutivo, establecido por la Constitución Nacional, se acerque peligrosamente a su similar peruano: una figura decorativa, fácilmente reemplazable, sin capacidad de decisión. Y por el otro, han convertido al Congreso Nacional en algo similar al poder legislativo brasileño: un batiburrillo de intereses puramente locales, dispuesto a negociar pequeñas ventajas y con un claro predominio defensor del statu quo.

El Poder Judicial ha sido el primer trofeo obtenido por la clase dominante en la Argentina. Ha sido este poder, desde hace más de 20 años, la principal barrera para una política de transformación que afecte esos intereses . Hemos llegado al extremo de tener, desde hace dos años, una Corte Suprema de tan solo tres miembros -es menester aclarar que, entre 2021 y 2024, tenía solo cuatro-.

La clase dominante argentina -los grandes productores agrarios, los exportadores, el sistema financiero, los intereses mineros y energéticos-, estrictamente exportadora y antiindustrialista, ha logrado reformar de hecho la Constitución Nacional.

Será tarea, nuevamente, del movimiento nacional reconstruir la respetabilidad del presidente de la República, reconvertir al Congreso en el ámbito de discusión de un gran programa nacional industrialista, y al Poder Judicial en un sistema de hombres y mujeres preocupados tan solo por la grandeza nacional, la justicia social y un sistema de derecho de las grandes mayorías.

22 de mayo de 2026.

11 de mayo de 2026

“Cualquiera al gobierno, Cristina al poder”

Quiero recordar, porque tenemos una memoria frágil, que la consigna, en 1973, “Cámpora al gobierno, Perón al poder” tal como fue planteada no significaba que Cámpora renunciaría para llamar a nuevas elecciones, como en realidad ocurrió. La verdad que el único partido que planteó un llamamiento a elecciones a 60 días en caso de ganar fue el Frente de Izquierda Popular, liderado por Jorge Abelardo Ramos.



La consigna significaba literariamente que Cámpora sería presidente y que Perón tendría el poder político, sin detentar ningún cargo público. Eso en un sistema presidencialista como el argentino era una tontería mayúscula, una zonza expresión de deseos, planteada por el sector más ligado a la conducción de Montoneros.

Obviamente, Perón nunca creyó en la operatividad de esa zoncera y cuando Cámpora fue elegido presidente, y después de un breve período, planteó su obvia exigencia: Camporita, renuncie y que el presidente de la Cámara de Diputados, que es de mi más plena confianza, asuma como presidente provisional y llame a elecciones.

Cuando Cámpora, ya presidente, visita a Perón en Puerta de Hierro, éste último lo tiene esperando, vestido de presidente, con la banda presidencial puesta y el bastón en la mano (sic) varias horas y lo recibe con un trato frío y distante. Los días del “Cámpora al gobierno, Perón al poder” terminaron en ese preciso momento.

Cuando Cristina Fernández de Kirchner, en 2019, comunica que ha decidido postular a la presidencia de la República a Alberto Fernández se puede suponer que intentó aplicar, 46 años después, la vieja consigna: “Alberto al gobierno, Cristina al poder”.

Ello implicó múltiples errores:

1) No entender que ya la fórmula originaria había fallado. No había servido para nada.

2) Considerar que el reemplazo de ella por Alberto era simplemente táctico. Cámpora, a lo largo de toda su vida, había expresado hacia Perón la más profunda y total subordinación. Era, además, su Delegado Personal -la figura que, ante la obligada ausencia del general, lo representaba, hablaba por él, en la Argentina, en el terreno de las operaciones, digamos-. Alberto, por el contrario, había manifestado en reiteradas oportunidades desacuerdos con Cristina y se encontraba alejado del núcleo kirchnerista.

3) Entender que el reemplazo de ella misma por Alberto era un mero cambio táctico, cuando objetivamente significó un cambio estratégico, un modo distinto de dar la pelea, una modificación profunda para adaptarse a nuevas condiciones, con el fin de asegurar el fortalecimiento propio. Poner a Alberto implicaba, objetivamente, a renunciar o postergar el enfrentamiento directo con el establishment económico, es decir, con la clase social dominante y sus aliados, iniciar un camino de mayor diálogo y negociación, una mejor relación con los sectores de la oposición menos intransigente.

Cristina entendió que simplemente se trataba de poner a alguien que atrajera los votos que a ella le faltaban para obtener una mayoría, debido a la importante opinión negativa que poseía y posee, y que, una vez ganada la presidencia, ella sería la que tendría el poder, es decir la opinión última y definitiva sobre la política a seguir.

Como ya había ocurrido en 1973, la tensión entre las dos figuras comenzó a crecer. Pero a diferencia de entonces, ella no era, ni es, la líder indiscutida del movimiento peronista, carecía y carece de lazos políticos fuertes con el movimiento obrero organizado -los sindicatos y la CGT- y no estaba proscripta. A Alberto no lo habían votado porque no se podía votar a Cristina y el presidente no le debía a Cristina subordinación alguna.

Todo este disparate terminó con la oposición, sorda o explícita, del sector subordinado a Cristina a la política del presidente Alberto Fernández y el final que todos conocemos. Massa, el antiguo desertor, de la mano de Máximo se convierte en ministro de Economía y candidato a presidente.

Que desde las filas del cristinismo se insista con la zoncera “Cámpora al gobierno, Perón al Poder” -hoy convertida en “Cualquiera presidente, Cristina al poder” -, revela la enorme debilidad política, táctica y estratégica del sector encabezado por la expresidenta. Es obvio que su prisión y todo lo que ello implica es de una absoluta injusticia y arbitrariedad que el próximo gobierno deberá corregir de inmediato. Pero hoy Cristina no es la líder indiscutida del peronismo, no tiene la cantidad de votos necesarios para ganar una elección, tiene una fuerte imagen negativa incluso en el seno del peronismo y no cuenta, por errores anteriores, con el apoyo del movimiento obrero.

El próximo presidente que exprese los intereses del movimiento nacional deberá ser un gobierno altamente representativo, fuerte, con una amplia base de adhesión y el apoyo del movimiento obrero, de amplios sectores de la producción, del interior del país y de los movimientos sociales.

“Cualquiera al gobierno, Cristina al poder” nos hunde en una derrota que, lamentablemente, puede ser estratégica, es decir dejar el país, por un largo período, en manos de la pandilla depredadora del capital financiero, la burguesía exportadora y la primarización de la economía.

10 de mayo de 2026

11 de marzo de 2026

Religiones universales vs. religiones tribales

El ataque yanqui israelí contra Irán

Religiones universales vs. religiones tribales

El traicionero y criminal ataque de EE.UU. e Israel contra la República Islámica de Irán ha adquirido, voluntaria e involuntariamente, un matiz o representación religiosa que, en mi opinión, no ha sido suficientemente puntualizada. En lugar del muy comentado “choque de civilizaciones” que popularizó el norteamericano Samuel P. Huntington, lo que se puede ver es un choque entre religiones universalistas y religiones tribales.

Trataré de desarrollar la idea.

Religiones universales

La Iglesia Católica, Apostólica y Romana


El catolicismo, incluso desde su mismo nombre, se presenta como una religión universalista, es decir que dirige sus enseñanzas y creencias al conjunto del género humano, independientemente de su origen. La palabra católico proviene de la expresión «καθόλου» (kathólu), formada por kata- (que significa “sobre” o “de acuerdo con”) y holos (“todo” o “entero”). Por lo tanto, etimológicamente significa “referente al todo” o “según el todo”. Esto es lo que, en el seno del cristianismo primitivo, se produjo en lo que la Iglesia llama el Concilio de Jerusalén, cuando la opinión de Pablo (un judío romanizado) se impone sobre la de Pedro. San Pablo, efectivamente, dedicó gran parte de su obra (como se refleja en Gálatas, Romanos y Colosenses) a establecer una distinción radical entre la Nueva Alianza en Cristo y la Antigua Alianza (la “religión tribal” judía). Sus puntos clave eran:

El Fin de la Ley Ritual: Pablo argumentó que la circuncisión, las leyes dietéticas (kosher) y los sacrificios del Templo eran “sombra de lo que ha de venir; pero el cuerpo es de Cristo” (Colosenses 2:17). Ya no eran necesarios para la salvación.


Universalismo vs. Tribalismo: La salvación ya no era solo para los hijos de Abraham según la carne, sino para todos los que tuvieran la fe de Abraham (Romanos 4:16). Se rompía la barrera entre judío y gentil. De ahí el apelativo con que lo reconocen los católicos: “el apóstol de los gentiles”, de los no judíos.


Centralidad de la Fe y la Gracia: La relación con Dios ya no se mediaba a través de un Templo físico y sacerdotes levíticos, sino a través de la fe en Jesucristo, el único mediador.

Esto convirtió a la disidencia cristiana hebraica en una religión capaz de extenderse a lo largo del Imperio Romano, hasta que Constantino la estableció como religión oficial.




El Islam

El Islam, por su parte, se define a sí mismo como una religión universal. En su último sermón, Mahoma decía: "¡Oh humanos! Vuestro Señor es Uno y vuestro antepasado es uno. Un árabe no posee superioridad sobre un no-árabe, ni un no-árabe sobre un árabe. El blanco no es en ningún modo superior al cobrizo, ni el cobrizo al blanco por el hecho de serlo, sino en la medida en la que cumple sus obligaciones hacia Dios y el hombre. El más honesto de entre vosotros ante la vista de Dios es el más justo". Sus enseñanzas se consideran enraizadas en la naturaleza humana inmutable, lo que las hace aptas para todas las personas, sin importar su raza, cultura o época. No es la religión de un pueblo en particular (como el judaísmo), sino un llamado abierto a toda la humanidad.

Esta vocación universal se basa en principios fundamentales presentes en el Corán:

No hay coacción en la fe: El Corán establece explícitamente que no debe haber imposición en asuntos de religión (Corán 2:256), lo que implica que su mensaje se ofrece libremente a toda la humanidad.


Mensaje para todos: El Corán se dirige a la humanidad en su conjunto, no solo a los árabes o a una comunidad específica, instando a la reflexión sobre sus significados.


Aceptación y respeto por otras tradiciones: El islam se presenta como la culminación de una larga cadena de revelaciones divinas. Reconoce a profetas y figuras de tradiciones anteriores (como Moisés o Jesús) y sus escrituras (Torá, Evangelios), y afirma que el Corán es la revelación final y preservada que las restaura y perfecciona.


Igualdad y hermandad humana: Un pilar de la universalidad islámica es su énfasis en la igualdad de todos los seres humanos ante Dios, tal como hemos visto en la cita del último sermón de Mahoma.

En resumen, el Islam, a través de sus fuentes principales, se proclama como un mensaje universal para guiar a toda la humanidad, basado en principios como la razón, la igualdad y el respeto a la libertad de creencia, y se organiza como una comunidad global de fieles (Umma) en lugar de una iglesia institucionalizada. Dentro del Islamismo, el shiísmo es una de las expresiones religiosas más complejas y fascinantes del mundo multipolar emergente. Constituye un universalismo alternativo, con una fuerte base metafísica y una estructura jerárquica que le permite operar tanto en el plano espiritual como en el político. El shiísmo tiene una fuerte dimensión filosófica, que le ha permitido adaptarse y dialogar con modernas corrientes de pensamiento. Constituye una especie de universalismo estructurado y jerarquizado, lo que lo acerca formalmente al catolicismo con su Papa y su infalibilidad en temas de dogma. Por otra parte, ha hecho de su historia de persecución y martirio una poderosa herramienta de movilización política y resistencia, lo que lo ha convertido en un polo de poder y en una influencia fundamental en la configuración multipolar actual.

Judaísmo y Neopentecostalismo


La religión judía es casi el ejemplo paradigmático de una religión tribal, es decir propia y exclusiva de quien forma parte de la tribu. El propio término “judaísmo” se refiere a la religión, tradición y cultura del pueblo judío. Es decir, posee una triple dimensión, religiosa, cultural y nacional es clave para entender su carácter particularista. Abraham León, en su magistral “La concepción materialista de la cuestión judía” explica cómo y por qué este espíritu particularista se afirmó en las postrimerías del Imperio Romano y en la baja Edad Media. La actual conducción del estado sionista expresa los aspectos más extremos del particularismo tribal judaico. Su relación con el mundo árabe e islámico es el de la aldea amenazada, llegando a manifestar expresiones claramente racistas sobre los que no son miembros de la tribu, los goyim. Sus interpretaciones bélicas de la Torah y del Viejo Testamento fundamentan y consolidan este aspecto etnorreligioso.

El pueblo elegido de la Nueva Sión

Los verdaderos "Padres Fundadores" de los EE.UU. fueron los integrantes de pequeñas comunidades protestantes que huían, en principio, de la consolidación del estado nacional británico y su religión oficial. La derrota de la Revolución Inglesa (que expresaba los intereses de esos sectores protoburgueses enfrentados con la corona) y la restauración monárquica nutrió de nuevas corrientes de inmigrantes que huían del despotismo anglicano reinstaurado por Carlos II.




A eso se sumaron posteriormente inmigrantes alemanes de variadas confesiones derivadas de la ruptura de Lutero con el Papado. Como muy bien lo explica Franz Mehring en su “Gustavo Adolf II de Suecia” 
(https://www.marxists.org/espanol/mehring/1894/gustavoadolfo.htm) , la rebelión de Lutero expresaba el descarnado interés de los príncipes guerreros germanos y los júnkers prusianos, así como el fracaso de establecer un estado nacional alemán. Eran miembros de sectas campesinas, enfrentadas a los príncipes y a Roma, con una reinterpretación bíblica en la que el Antiguo Testamento y el cruce del desierto de Moisés hasta el monte Sión expresaban su aislamiento aldeano y su búsqueda de su propio lugar en el mundo, lejos de los estragos de la Guerra de los 30 años.

Sobre ese basamento ideológico se construyó la idea de los Estados Unidos de Norteamérica y su Destino Manifiesto. La novela “Elmer Gantry” de Sinclair Lewis describió con crudeza e ironía esa particular religiosidad yanqui.

El periodo 1991-2008 fue el de la unipolaridad neoliberal. EE.UU. como centro único del capital global, con el Consenso de Washington como ideología económica y la “globalización feliz” generó su propia expresión religiosa: la mega-iglesia pentecostal como franquicia global, la teología de la prosperidad como ética del broker de Wall Street y el Destino Manifiesto como justificación divina de la hegemonía.

Ese refugio tribal, en su versión yanqui, es funcional al capital, y, en particular, al capital financiero: no cuestiona el sistema, legitima la competencia, santifica la riqueza y ofrece consuelo sin alterar las relaciones de producción.

Las nuevas sectas neopentecostales heredaron y agigantaron los rasgos aldeanos o tribales de aquellos inmigrantes originarios. La declinación de EE.UU como potencia mundial y su repliegue, ha hallado su justificación y sostén ideólogicos en nuevas formas tribales de religiosidad: el nacionalismo cristiano, el pentecostalismo como religión de la excepción americana, el apoyo incondicional al tribalismo judío (Israel) como parte de una lectura “dispensacionalista” de la historia. Se llama así a una interpretación bíblica que que sostiene que la nación Israel y la Iglesia (como cuerpo de Cristo), no forman un único pueblo de Dios, sino dos pueblos con profecías, promesas y destinos diferentes. Se caracterizan por interpretar la Biblia literalmente, que incluye la gramática, la literalidad y la historicidad del pasaje a estudiar.

Este tribalismo pentecostal yanqui es la ideología de una hegemonía en declive. A medida que el mundo se multipolariza, esa ideología pierde capacidad de convocatoria global y se repliega sobre su núcleo duro (el “cinturón bíblico”, la derecha radical, el trumpismo).

El repliegue de EE.UU., su aislamiento, su nacionalismo cristiano es la versión política del inevitable abandono de los EE.UU. de liderar el “mundo libre” (aspiración universal) para refugiarse en la “América profunda” (tribal). Eso es lo que las iglesias pentecostales hacen en el plano superestructural de la religión: abandonan el diálogo con la cultura y la ciencia (universal) para refugiarse en la experiencia directa del Dios tribal.



El pentecostalismo es hijo de los perdedores de la modernidad europea (campesinos alemanes, radicales ingleses derrotados, esclavos afroamericanos) que emigraron a EE.UU. y desarrollaron una religión a su medida. Los peregrinos que llegaron con el Mayflower se veían a sí mismos como el “nuevo Israel”, una tribu elegida por Dios para construir una “ciudad sobre una colina” que iluminara al mundo. No vinieron a fundar una nación universal, sino una comunidad de elegidos que viviría según la ley de Dios.

La expansión hacia el Oeste (la conquista de territorios habitados por nativos y mexicanos) se justificó teológicamente: Dios había dado esta tierra a su pueblo elegido para que la hiciera fructificar. El éxito en la conquista era la señal de la bendición divina.

Hoy, muchas iglesias pentecostales (y neopentecostales) en EE.UU. fusionan esta narrativa con la política. EE.UU. no es un país más entre otros (eso sería universalismo), sino una nación con un pacto especial con Dios. Defender sus fronteras, su economía y su cultura es defender el plan divino.

Lo tribal (la nación elegida) se convierte en el marco para lo universal (EE.UU. como faro del mundo). Pero es un universalismo imperial: todos pueden ser bendecidos, siempre que se sometan al liderazgo de la tribu elegida.

Mientras tanto, las fuerzas que emergen (los nuevos polos) necesitan ideologías más universalistas para articular su proyecto: China habla de “comunidad de destino compartido”, Rusia de “mundo multipolar” y “tradición”, el catolicismo de Francisco de “fraternidad universal”. El tribalismo pentecostal es la ideología del capital financiero en su fase de repliegue imperial. El universalismo (islámico, católico, o incluso el confucianismo de Estado) es la ideología que buscan las potencias emergentes para legitimar un orden multipolar.

El ascenso de China, la recuperación de Rusia, el protagonismo de India, Brasil, Sudáfrica, Indonesia, Malasia, Vietnam, la puesta en movimiento del África responden, como ya se sabe, a desplazamientos reales en la producción, el comercio y la acumulación del capital. Las potencias emergentes (China, Rusia, el mundo islámico organizado) tienden a articularse en torno a formas más universalistas o estatales de organización: el islam como umma, el catolicismo como diálogo global (Francisco y su apertura a China, a Rusia, al mundo árabe), el diálogo entre Carlos Marx y el maestro Kung Fu Tse, como ética estatal.


La multipolaridad y la globalización tienden hacia una homogenización racional del mundo (una especie de “catolicidad” secular), que no ignora las diferencias civilizatorias, mientras que el pentecostalismo, con su énfasis en lo tribal y lo emocional, parece un movimiento contra-corriente, pero que paradójicamente emerge de la misma cuna del capitalismo global: Estados Unidos.

Sintetizando: lo que aquí se intenta iluminar es el ropaje ideológico-religioso que adquiere un conflicto en el que se pone en juego una nueva etapa histórica de la humanidad, una nueva relación de fuerzas políticas, económicas y militares hacia una universalización que no niega, sino integra las particularidades nacionales y civilizatorias.

Buenos Aires, 11 de marzo de 2026

1 de marzo de 2026

El criminal ataque a Irán

Lo que está en juego es el petróleo
y la hegemonía sionista en la región

El brutal ataque de EE.UU. e Israel sobre Irán me llevó a pensar sobre la historia más cercana del país de Asia Occidental. Recordé y actualicé fechas sobre la política nacionalista de Mohammad Mosaddeq y su nacionalización del petróleo. Pasó por mi memoria el golpe pergeñado e impulsado por la CIA y el MI6 que encarceló a Mosaddeq y la historia de la dinastía fundada por Reza Khan, un militar de origen humilde nacido en 1878 en Alasht, Mazandaran.

La dinastía Pahleví

Ascendió tras un golpe de estado, en 1921, y, en 1925, una asamblea constituyente lo declaró nuevo sha de Persia. El programa político del nuevo sha era la modernización del país. El padre de Reza Khan era un oficial del Ejército y su madre era una inmigrante georgiana. Adoptó el nombre de Pahlaví y cambió el nombre del país de Persia a Irán. Durante toda la Segunda Guerra, fue un declarado simpatizante del régimen nazi de Alemania. En agosto de 1941, ingleses y soviéticos ocuparon Irán y obligaron a a Reza Khan a abdicar en favor de su hijo Mohammad Reza Pahleví. Las tropas inglesas y soviéticas permanecieron en Irán hasta el fin de la guerra lo que garantizó la colaboración del nuevo sha con los aliados.



Al finalizar la guerra, Irán era un semicolonia inglesa y sus grandes recursos petroleros estaban en manos de la British Petroleum.

El breve período de Mosaddeq

En 1951, las elecciones conviertieron en primer ministro a Mohammad Mosaddeq y a su programa de nacionalizaciones. El 20 de marzo de 1951 se decretó la nacionalización de la Anglo-Persian Oil Company, que fue aprobada por las dos cámaras del parlamento. Gran Bretaña respondió con un bloqueo comercial y amenazas de enviar su flota. En paralelo impugnó la nacionalización ante la Corte Internacional de La Haya y el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas.


Mosaddeq realizó dos históricas defensas de su política ante ambos organismos, a punto tal que la Corte Internacional desestimó la denuncia. Inmediatamente comenzaron las tensiones entre el primer ministro nacionalista y el autócrata semicolonial.

En julio del año siguiente, Mosaddeq presentó su renuncia lo que produjo grandes manifestaciones de apoyo que obligaron al sha a restituirlo en su cargo. En diciembre de 1952 nacionalizó el servicio telefónico y la actividad pesquera. Gran Bretaña y EE.UU. comenzaron la tarea de destituirlo. El MI6, la agencia británica, se acercó a la CIA y comenzó el plan de reapoderarse del petróleo iraní, volteando a Mosaddeq a como diese lugar. El 18 de agosto de 1953 descargaron la Operación Ajax en connivencia con Reza Pahleví. Mosaddeq fue encarcelado y el sha se convirtió en el agente anglo-americano en la región. Las nacionalizaciones fueron canceladas y la figura de Reza Pahleví y sus andanzas se convirtieron en tema permanente en la prensa occidental.

El Sha de Persia en Occidente

Su figura alcanzó una enorme popularidad, sumada a un profundo rechazo, cuando, en 1958, se divorció de su segunda esposa, Soraya, debido a su infertilidad. Las revistas del corazón de todas las capitales occidentales la convirtieron en una triste princesa -ya que conservó el título- infecunda y bella. Dos años antes de su fallecimiento, Soraya publicó en sus memorias que su infertilidad no había sido tal, sino un falso diagnóstico de los médicos cortesanos para, justamente, alejarla del sha.

Su régimen, a partir de ese momento, se convirtió en una autocracia sangrienta, donde la SAVAK, la temida policía secreta, perseguía y ejecutaba a los opositores, sobre todo a los comunistas que durante los años 50 habían tenido un gran desarrollo. Alrededor de los negocios petroleros se enriquecía un pequeño sector social vinculado por distintos lazos al déspota. Desaparecieron por decreto los partidos políticos y su política regional fue la de hostilizar sistemáticamente a los gobiernos nacionalistas árabes, respondiendo al interés estratégico de EE.UU.

En octubre de 1971, en la cúspide de su poder y despliegue millonario, Reza Pahleví organizó, en Persépolis, la antigua capital del imperio persa, una multimillonaria fiesta en conmemoración de los 2500 años del Imperio Persa. Al desatinado banquete fueron invitados reyes, presidentes, ministros, congresistas, políticos y empresarios de todo el mundo. Incluso llegó a invitar, como si fuera un récord Guiness, a todos los partidos políticos del mundo. En otro momento contaré las declaraciones del doctor Oscar Alende a César Mascetti, en Canal 13, a su regreso del fastuoso convite.

Pero esa dispendiosa dilapidación de fondos públicos fue el principio del fin del denominado sha.

El inicio de la reacción popular iraní

En el seno del pueblo iraní, en los pueblos más lejanos, en los populosos barrios de Teherán, en lo que allá llaman el bazar, el gigantesco mercado que reúne a comerciantes, artesanos y los distintos gremios de orfebres, tejedores de alfombras, textiles y ferreteros, se gestaba una revolución republicana, con la interpretación shiíta del Islam como estandarte. Su jefe era un anciano clérigo, desconocido para el gran público, quien desde hacía años residía exilado en París, el ayatolá Ruhollah Jomeini. La presencia de la religión islámica y de sus clérigos islámicos en la política iraní no era nueva. Ya en tiempos de Mossadeq, en la década del 50, el ayatolá Seyyed Abolqasem Kashaní fue, como presidente de la Asamblea Consultiva Nacional iraní, uno de los principales defensores de la nacionalización del petróleo. En la misma época, Navvab Safaví, un joven “ulema” o sabio coránico, había creado la organización Fedayines del Islam, cercana al ayatolá Kashani. En realidad, el pueblo de Irán no se sentía heredero de Ciro, el Grande o de Zaratustra. Eran las enseñanzas de Mahoma y de sus herederos Alí y Fátima el instrumento ideológico que unificaba al pueblo iraní contra el sangriento y extranjerizante régimen de Palehví y el jefe político y espiritual de su resistencia era el anciano clérigo residente en París.

En su intento de aparentar una modernización del país, Reza Pahleví realizó una módica reforma agraria de muy corto alcance, que no modificó el carácter casi de siervos del campesinado. Los ingresos petroleros habían enriquecido infinitamente a un pequeño grupo de millonarios, mientras la inmensa mayoría del pueblo iraní sufría de una desesperante pobreza. Casi la mitad (42 %) de los habitantes de Teherán carecían de vivienda , mientras se construían faraónicos palacios en los barrios de acomodados con el régimen. En la década del '70, Irán tenía los más bajos indicadores en educación y mortalidad infantil, entre los países de Asia Occidental. La alardeada modernización solo produjo el empobrecimiento de las grandes masas de campesinos, pequeños comerciantes, artesanos y trabajadores, mientras la implacable SAVAK secuestraba, torturaba y asesinaba a los resistentes.

El Viernes Negro de 1978

En 1978 se inició un irreversible proceso de agitación y movilización popular que tenía su expresión política en el clérigo residente en Europa y, últimamente, en París, Ruhollah Jomeini, quien a su vez proporcionaba combustible al levantamiento. Todo ese turbulento período tuvo lo que se conoció como el Viernes Negro. En su intento por aplacar la crisis política, el shá liberó presos político y nombró a Jaafar Sharif Imami como primer ministro. Este era un viejo político iraní, amigo personal de Reza Pahleví, gran maestre masónico, considerado más liberal que el monarca. Desde París, Jomeini desafíó el intento reformista y convocó a voltear al sha y desterrarlo. Más de 500.000 personas se reunirían en Teherán bajo la novedosa consigna de “Independencia, Libertad y República Islámica”. La reacción gubernamental fue declarar la ley marcial y prohibir la manifestación. Desafiando la prohibición, fue convocada otra manifestación el viernes 8 de septiembre de 1978. Tanques y helicópteros acribillaron a la multitud. Más de 15.000 iraníes fueron muertos y heridos durante ese Viernes Negro.

A partir de ese momento la insurreción liderada por Jomeini desde su exilio en París no cesó un solo momento. Huelgas, movilizaciones masivas – llegaron a reunirse dos millones de personas a fines de 1978 – no dieron tregua al autócrata. Pero además soldados y oficiales comenzaron a unirse en las distintas ciudades a la insurrección, mientras cada vez eran más los seguidores de Jomeini.

El sha intentó paliar la crisis nombrando como primer ministro a Shapur Bajtiar, un módico y afrancesado opositor socialdemócrata. La oposición liderada por Jomeini no cesó un instante, hasta que Reza Pahlevi presentó su abdicación y el 16 de enero de 1979 salía del trono y del país conduciendo su propio avión. Giscard d'Estaing, presidente conservador de Francia, le negó el ingreso a su país. Reza Pahleví y su esposa, Farah Diba, circularon por diversos países: Marruecos, Bahamas, Ecuador, México, los Estados Unidos, Panamá y, por fin, Egipto, acogidos por el presidente Anwar el-Sadat. Reza Pahleví murió de cáncer el 27 de julio de 1980 en El Cairo.

El triunfo de la República Islámica

El 1 de febrero de 1979 el ayatola Ruhollah Jomeini regresaba a Teherán, después de 15 años de exilio. Más de tres millones de personas salieron a las calles a recibirlo. Los días de Bajtiar estaban contados. El 11 de febrero de ese mismo año, el primer ministro fue expulsado. La revolución republicana islámica de Irán había triunfado.

El pueblo iraní había encontrado en sus propias tradiciones culturales y en la firme negativa a imitar simiescamente a Occidente el camino de su independencia.

Esta revolución victoriosa, esta expresión de soberanía nacional y popular es lo que, EE.UU. e Israel pretenden aplastar con sus bombas. En ninguno de ellos hay la menor preocupación sobre las características particulares del régimen islámico, sus convicciones morales y religiosas. A EE.UU. solo le preocupa, como en el caso de Venezuela, el control de su petróleo. A Israel le interesa aplastar a Irán como fuerza regional que le impida convertirse en potencia hegemónica, racista y supremacista, del Asia Occidental.

Buenos Aires, 10 de marzo de 2026.