26 de enero de 2026

Terminó la película que empezó en 1945

Mi generación, la generación que nació inmediatamente después de la Segunda Guerra Mundial, es decir a partir de 1944/45, nunca vivió una situación internacional como la que hoy se está desplegando ante nuestros ojos.

La Guerra Fría

Es cierto que el período conocido como Guerra Fría, entre las potencias occidentales capitalistas, encabezadas por el nuevo país hegemónico, los EE.UU., atravesó momentos de tensión, de exasperación y de riesgos de enfrentamiento nuclear. Pero, tanto los acuerdos de Yalta y Postdam, como el surgimiento del Movimiento de Países No Alineados, hicieron que esos enfrentamientos se canalizaran en guerras periféricas, que se entremezclaban con las luchas de liberación nacional de las antiguas colonias asiáticas y africanas y en la propia Latinoamérica. Veamos:

La Guerra de Corea (1950-1953), la Guerra de Vietnam (1955-1975), la Guerra Soviético-Afgana (1979-1989), en Asia; 

La Crisis del Congo (1960-1965) y la consecuente dictadura de Mobutu (1965-1997); la guerra colonial Portuguesa (1961-1974); la guerra civil en Angola; la Guerra del Ogadén, Etiopía (1977-1978); el conflicto del Sáhara Occidental (1975-presente), en África;

La Revolución Cubana (1953-1959) y Crisis de los Misiles (1962); Golpe de Estado en Guatemala (1954) y el estado de guerra civil virtual a consecuencia del mismo (1960-1996); la invasión de República Dominicana (1965); el golpe de estado contra Salvador Allende (1973), en Chile, y la consecuente dictadura; el golpe de estado en la Argentina (1976); la Revolución Sandinista (1979) y la guerra de los Contras; la guerra civil en El Salvador entre el gobierno de derecha, apoyado financiera y militarmente por EE.UU. y la guerrilla del FMLN, apoyada por Cuba y Nicaragua sandinista (1980-1992); la invasión de Granada (1983), todo ello en América Latina.

Las guerras entre Egipto e Israel (1967 y 1973); la guerra Irán-Irak (1980-1988), en Asia Occidental.

En el bloque de países del Pacto de Varsovia se produjeron, en ese mismo período, tres situaciones críticas, que no tuvieron carácter bélico, pero que eran consecuencia de la Guerra Fría: el alzamiento de Hungría, en 1956, el de Checoslovaquia, la llamada Primavera de Praga, en 1968 y la crisis protagonizada por el sindicato Solidaridad en Polonia, en 1980-1982)

Todos estos conflictos, más muchos otros de menor importancia, caracterizaron el largo período de la Guerra Fría, entre 1945 y 1989.

La disolución de la URSS


La caída de la Unión Soviética, en 1989, dio inicio a otro momento de la posguerra, caracterizado por la unipolaridad. Solo una potencia había quedado en pie, EE.UU. y sus socios europeos de la OTAN. El otro polo de poder (la URSS) sufrió una crisis que abatió al régimen instaurado en Octubre de 1917, con la consecuente disolución del Pacto de Varsovia y la paulatina desaparición de los gobiernos comunistas en Europa Oriental.

Se inicia ahí un breve momento -veinte años en la historia humana es un parpadeo- en el que el enfrentamiento de los dos grandes polos, que caracterizó a la Guerra Fría, dio lugar a la existencia de un solo poder mundial, los EE.UU. y la OTAN, unificados básicamente sobre la hegemonía del capital financiero en el capitalismo occidental. Ello significó, para los países del oeste de Europa, un paulatino deterioro del “welfare state”, del estado de bienestar que había caracterizado el período de la Guerra Fría. Ya no era necesario convencer a las clases trabajadoras europeas que, en países como Italia, Francia o España, votaban a sus partidos comunistas o alternativas socialdemócratas, que el capitalismo ofrecía mejores condiciones de vida que el comunismo realmente existente.
Pero, más determinante que eso, se inicia un lento proceso de caída de la producción industrial, de relativa desindustrialización y de dependencia del gas y el petróleo rusos. La unidad europea, que Adenauer y De Gaulle pensaban como un poder que equilibrase el desmesurado poder de los EE.UU., se fue convirtiendo, sobre todo a partir de la incorporación de Gran Bretaña en 1973 , en un ámbito hegemonizado por el capital financiero y dependiente política y militarmente de Washington. Bruselas se transformó en la capital burocrática de un capitalismo financierizado, correa de transmisión de la política internacional norteamericana.

Este momento tuvo también sus guerras, pero todas ellas periféricas. En general, todas las situaciones bélicas que se dieron en lo que fuera el espacio soviético tenían como causa fundamental, justamente, la disolución del antiguo bloque y el intento de la potencia unipolar de ampliar su influencia y dominio en esas regiones.

Tales fueron, por ejemplo, la Guerra de Nagorno-Karabaj (1988-1994), entre Armenia y Azerbaiyán; la guerra de Transnistria (1992) que condujo a la secesión de facto de la región de Transnistria, apoyada por Rusia; la guerra de Abjasia (1992-1993) y la guerra de Osetia del Sur (1991-1992), en Georgia que llevaron a la secesión de facto, con apoyo ruso, de ambas regiones y que culminó en la Guerra Ruso-Georgiana de 2008; la primera guerra de Chechenia (1994-1996) y la segunda guerra de Chechenia (1999-2009), en las que Rusia enfrentó los intentos separatistas de Chechenia, sostenidos desde la OTAN.

Un momento central de la etapa fueron las guerras en los Balcanes (derivadas de la desintegración de Yugoslavia): la guerra de Croacia (1991-1995) y la guerra de Bosnia (1992-1995). Esta última significó la primera intervención militar de la OTAN en su historia. Posteriormente, la OTAN intervendría, sin mandato de las ONU, en la Guerra de Kosovo (1998-1999), con la consecuente independencia de facto de Kosovo.
Pero posiblemente hayan sido la llamada Guerra del Golfo (1990-1991) y la guerra de Irak (2003-2011) los dos momentos bélicos más característicos de la breve unipolaridad. Con argumentos absolutamente mentirosos, EE.UU., en ejercicio de su, en ese momento, indiscutido poder mundial derrocó a Saddam Hussein, invadió Afganistán, participó en la destrucción de Siria y, junto con el Reino Unido y Francia, ocupó militarmente Libia y asesinó a su presidente Muamar el Gadafy. La secretaria de Estado, la demócrata Hillary Clinton, festejó risueñamente el asesinato, en una entrevista televisiva. Parafraseando a Julio César, sostuvo: “We came, we saw, he died” (“Vinimos, vencimos, él murió”).

El interregno unipolar

Entre los años 1990 y 2010, para poner una fecha un tanto arbitraria, el mundo fue conducido por una sola potencia.

Durante todos esos años, entre 1945 y hoy, el mundo se ha regido con instituciones universales, creadas por el acuerdo de las potencias vencedoras. La Organización de las Naciones Unidas (ONU), 1945; Conferencia Monetaria y Financiera de las Naciones Unidas de Bretton Woods, en 1944 –y sus instituciones: Fondo Monetario Internacional, en 1945; Banco Internacional de Reconstrucción y Fomento, luego Banco Mundial, en el mismo año; Acuerdo General sobre Aranceles Aduaneros y Comercio (GATT), en 1947– ; Consejo de Europa , en 1949 y la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), en 1949.

Todas estas instituciones, empezando por la ONU, estuvieron condicionadas por los intereses norteamericanos y, en menor medida, europeo occidentales. Obviamente, en el período de la unipolaridad yanqui eso se hizo explícito y el organismo no impidió ninguna de las tropelías norteamericanas y de la OTAN sobre el mundo semicolonial o periférico.

Desde la reunión en Bretton Woods el dólar norteamericano se convirtió en el medio de pago en el comercio internacional, reemplazando a la libra esterlina. La decisión del presidente norteamericano Richard Nixon, en 1971, de romper con el patrón oro como respaldo de valor del dólar, dio inicio a una etapa de inestabilidad cambiaria y financiera, pero la Reserva Federal yanqui pudo imprimir dólares sin límite físico y financiar así sus déficits fiscales. Los acuerdos con Arabia Saudita, en 1974, aseguraron que el comercio del petróleo se hiciera en dólares, creando un ciclo de demanda artificial que reforzó su hegemonía.

Los veinte años de unipolaridad generaron un proceso de globalización del capitalismo occidental, caracterizado por una hegemonía sobre el mismo del capital financiero. Ello significó, básicamente, un saqueo sobre los países de América Latina, Asia y África en condiciones de absoluta impunidad

El lento surgimiento de la Multipolaridad

La antigua URSS, convertida en Federación Rusa, se lamía las heridas y lentamente intentaba ponerse nuevamente de pie. En Asia, la China nacida en 1945, a partir del triunfo del Partido Comunista, dirigido por Mao Tse Tung, había ido construyendo las condiciones económicas para un gigantesco despliegue de sus fuerzas productivas.

A partir del segundo quinquenio del nuevo siglo, el escenario comenzó a cambiar. Como escribí en aquellos años:

“El ascenso a la presidencia del ex agente de los servicios de inteligencia soviéticos, Vladimir Putin, y las políticas por él generadas han dado un vuelco de 180 grados a la situación. Se ha restablecido una autoridad gubernamental. Se han comenzado a reconstruir las estructuras estatales capaces de resistir y enfrentar el saqueo a que la nueva burguesía auspiciada por el imperialismo –llamada oligarquía o mafia por los rusos- ha infligido al enorme país continental, se han lograda tasas de crecimiento económico y, nuevamente Rusia se eleva a la categoría de poder estratégico”1.


Pese al enorme deterioro sufrido durante el trágico decenio 1990-2000, la Federación Rusa logró preservar, en gran parte, la tecnología militar desarrollada durante la carrera armamentística de la Guerra Fría y mantuvo la disciplina del viejo Ejército Rojo, donde posiblemente estén más vivos los recuerdos de la Segunda Guerra Mundial, de la defensa de Stalingrado y del asedio imperialista. Esto último pudo verse en las pantallas de todo el mundo con la celebración de los 80 años de la caída de Berlín y el triunfo del ejército soviético sobre la Alemania Nazi. Por otra parte, el ataque defensivo de Rusia a Ucrania, agotadas todas las instancias diplomáticas para contener la expansión de la OTAN y su amenaza constante sobre Moscú, puso en evidencia que la Federación Rusa había vuelto a ser, política, económica y militarmente, el mismo país que derrotara a Napoleón y a la Wehrmacht de Hitler.


Mientras tanto, en China, la política iniciada por Deng Tsiao Ping a mediados de los '70, y que ha sido continuada hasta la actualidad, consistía en poner a la vieja China semicolonial y agraria –donde ya no existían las clases terratenientes, ni las burguesías “compradoras” costeras– en las condiciones productivas de un país capitalista industrial, capaz de generar las condiciones económicas para el ejercicio del socialismo y el control obrero sobre un país rico, pujante y en el que la clase trabajadora urbana, los técnicos, científicos y gerentes reemplazaron a los millones de campesinos pobres y analfabetos de 1949. En cincuenta años, China había logrado transformarse en principal potencia económica, en uno de los centros de desarrollo tecnológico más importante del mundo y en un interlocutor comercial de todos los países.

En el mismo período o quizás menos, a partir de 1989, EE.UU. había experimentado un proceso de desindustrialización y pérdida de pujanza económica, como producto, justamente, de la globalización conducida por el capital financiero, iniciada con la caída de la URSS. La deslocalización de sus grandes fábricas, la pérdida de perspectivas laborales en los estados mediterráneos, un horizonte signado como repositor de Wall Mart, fue convirtiendo a los EE.UU. en un gigante con pies de barro, con una poderosísima oligarquía financiera, cuyos intereses se centraban en Wall Street, Londres y Frankfurt, en la sede del Banco Central Europeo. Esto es lo que explica las dos presidencias de Donald Trump.

Mientras tanto, desde el año 2006 comienza un proceso de acercamiento y diversos acuerdos comerciales internacionales entre Brasil, Rusia, India y China, al que el economista Jim O’Neill, empleado de Goldman Sachs, había llamado con anterioridad “BRIC”, a los que consideraba motores del crecimiento global. Durante estos últimos veinte años, los BRICS, así llamados después de la incorporación de Sudáfrica, se han convertido en el eje de un nuevo reagrupamiento internacional basado, ya no en la bipolaridad o unipolaridad de las etapas anteriores, sino en lo que ha pasado a llamarse multipolaridad. Es decir, un mundo en el que existen múltiples polos de poder, con alianzas flexibles y dinámicas, basadas en el realismo político, donde conviven distintos estados nacionales y, principalmente, diversas civilizaciones.

En este nuevo escenario multipolar los estados nacionales siguen siendo los actores centrales, pero su actuación se construye desde un sustrato civilizacional. La política internacional es interpretada cada vez menos como una competencia entre ideologías universales – tal como caracterizó a la Guerra Fría – y es asumida como una negociación (no sin conflicto) entre proyectos civilizacionales con visiones distintas del orden, la sociedad y el poder. Por esta razón, todas aquellas instituciones, creadas por y para la civilización occidental en su momento de apogeo, hoy ven desafiada su autoridad universal por el surgimiento de otros polos civilizacionales con sus propias visiones de la soberanía y el desarrollo.

En Davos ha muerto el orden de posguerra

Lo que acaba de ocurrir en la reunión anual de Davos ha sido nada menos que la cristalización de las tendencias puestas en movimiento a partir del fin de la Guerra Fría. La globalización del capitalismo financierizado produjo una reacción en su contra en la principal potencia del mundo capitalista y conductora, hasta este momento, de Occidente: en EE.UU. Donald Trump hizo explícita no solo su decisión de abandonar a su suerte a Europa occidental, a Francia, Italia, Alemania, Dinamarca, los países bálticos, Noruega, Suecia y Finlandia, sino que le informa de su aspiración a quedarse con los recursos naturales de una vieja colonia europea. Como ha dicho con precisión Ezequiel Adamovsky:

“Lo que sí aparece como una novedad es la disposición de Trump de hincar el diente sobre los recursos y el territorio de sus aliados europeos. Los líderes del viejo continente contemplan azorados cómo su principal socio anuncia que se quedará con Groenlandia por las buenas o por las malas. Han quedado mudos, sin saber qué decir. Irónicamente, la integridad territorial de los miembros de la OTAN se ve comprometida por primera vez en la historia de la alianza. Y no es por alguna avanzada de esos horribles rusos contra los cuales se estableció, sino por la del principal socio estratégico, el que se suponía que los iba a defender de cualquier amenaza”2.



Ello significa, más allá del alarde de fuerza y la retórica de jugador “bluffero” de Trump, que el bloque hegemónico capitalista que condujo los destinos del mundo occidental e influyó, por las buenas o por las malas, en el resto del planeta, se ha roto, posiblemente, para siempre o por un largo período. El gobierno de los EE.UU. ha decidido enfrentarse a la globalización que impulsó después de 1989 y retornar a un nacionalismo económico imperialista de viejo estilo, más parecido al de los tiempos de Theodor Roosevelt que a los de Barack Obama, el presidente negro, nacido en Hawaii, hijo de un keniano y una antropóloga. Y ante los ojos azorados de las autoridades europeas y el resentimiento de Kaja Kallas, actual canciller de la Unión Europea, Trump se reúne con Putin y declara oficialmente que su política exterior prescinde de Europa y, sobre todo, de los países de Europa Occidental.

El discurso del primer ministro de Canadá –recuérdese que Canadá no tiene presidente, su jefe de estado es el monarca británico– Mark Carney, que despertó tanto interés en el progresismo liberal, se parece notablemente a las confesiones de un arrepentido que no quiere quedar pegado a las delitos del jefe que acaba de traicionarlos:

“Sabíamos que la historia del orden internacional basado en normas era parcialmente falsa. Que los más fuertes se eximirían cuando les conviniera. Que las reglas comerciales se aplicaban de manera asimétrica. Y que el derecho internacional se aplicaba con rigor variable según la identidad del acusado o de la víctima”.

Lo sabía, pero nunca lo denunció. Es más, cuando el hoy arrepentido Mark Carney era presidente del Banco de Londres, no vaciló en quedarse con el oro venezolano, sin importarle la asimetría o el derecho internacional.

Estamos, como decía al principio de esto que se ha hecho muy largo, en la única situación de quiebre del escenario mundial que ha visto mi generación ya bastante veterana. El mundo se encuentra como en la década del 40 del siglo pasado buscando un nuevo punto de equilibrio. Por primera vez se produce una ruptura significativa, desde la guerra de Secesión, entre los intereses británicos y los de EE.UU. Trump, apelando a su única superioridad, la militar, tiene un frente interno muy lábil. Sabe que las próximas elecciones no le serán favorables. Da la impresión que con la brutalidad de la policía migratoria estuviese buscando su propio incendio del Reichstag que le permita suspenderlas con el argumento de una situación insurreccional.

El agotamiento político de Europa, la mediocridad de sus dirigentes principales, su propio proceso de desindustrialización le impide encontrar una respuesta superadora al desafío planteado por Trump y la emergencia de la multipolaridad.

América Latina, por otra parte, cuenta con dos pilares fundamentales: la presidenta Claudia Sheinbaum, de México, y el presidente Lula, de Brasil. Venezuela ha logrado, con gran astucia política, generar su propio “acuerdo de Brest-Litovsk”, una dura tregua con la presión insostenible de EE.UU. y fortalecer, en el interín, su situación política interna, a la espera del dinamismo de la situación general. En Colombia, por primera vez en décadas, hay un gobierno que responde a intereses populares profundos y está alejado de la rosca narco y paramilitar que caracterizó a gobiernos anteriores.

Y Argentina, lamentablemente, presenta, por primera vez en ochenta años, un alto grado de irrepresentatividad nacional y popular. El peronismo, nacido justamente en el mundo de la posguerra, da la impresión de no tener claras respuestas a la nueva realidad que ha puesto punto final a los últimos ochenta años de historia. Pero esto habrá que desmenuzarlo día a día.

Buenos Aires, 26 de enero de 2026


1"https://fernandezbaraibar.blogspot.com/2006/01/el-despertar-del-oso-publicado-en-la.html

2 https://www.eldiarioar.com/opinion/capitalismo-implosivo-recargado_129_12925162.html

17 de enero de 2026

El acuerdo Mercosur-UE

 El acuerdo Mercosur-UE no tiene muchos beneficios para la economía argentina, según he podido leer y escuchar en muy agudas críticas al mismo.

Como sabemos, el mismo se basa en nuestra capacidad de producir commodities agrarias y en la capacidad europea de producir mercancías industriales. El acuerdo es resistido por algunos sectores campesinos europeos, los que, por otra parte, están hartos de las exigencias burocráticas de Bruselas a su producción agrícola-ganadera, que, además, ha encarecido enormemente los alimentos. Algunos países manifestaron objeciones y amenazan con no aprobarlo en sus respectivos parlamentos.

Y el acuerdo ha recibido críticas, pero es menos resistido que en Europa, por los sectores industriales argentinos y, en menor medida, mercosureños. Pero esos sectores no tienen una gran influencia en sus respectivas sociedades o, por lo menos, han sido incapaces de resistirse a las políticas desindustrializadoras del liberalismo. En todo caso, las dificultades para las industrias nacionales no están causadas por el acuerdo, sino por políticas previas, aceptadas mansamente por las organizaciones representativas de la industria, como, por ejemplo, la Unión Industrial Argentina.

Pero el acuerdo Unión Europea-Mercosur tiene una gran importancia desde el punto de vista de la política internacional, desde un punto de vista geopolítico, como se usa decir ahora.

Constituye un gigantesco mercado. Esto, obviamente, ayuda, tanto al Mercosur como a la Unión Europea, a hacer evidente su capacidad de generar políticas comerciales que ignoren los deseos de los EE.UU. Cuando EE.UU. amenaza con arancelar las importaciones europeas y de todos los países que se opongan a su pretensión de reemplazar a Dinamarca como potencia colonial ocupante de la isla de Groenlandia, un mercado de esta amplitud significa un recorte al poder acobardante de los aranceles.

Es decir, Suramérica, de la mano del presidente del Brasil, Lula da Silva, logra constituir un mercado de cerca de 800 millones de consumidores y aproximadamente el 25% del PIB global y, tanto la UE, como el presidente del Paraguay reconocen esa responsabilidad del pernambucano.

Ello, junto con su participación en los BRICS+, convierte a Lula en uno de los grandes estadistas contemporáneos, al nivel de Xi Ping, Putin, Macron o Van der Leyen y en el único latinoamericano a esa altura, a excepción y por otras razones de Nicolás Maduro.


En mi opinión esto es lo trascendente. Las críticas al acuerdo son minucias de contador, frente a su significado político. En adelante habrá que ver en qué medida se consolida y es aplicado y reconocido por cada uno de los estados europeos, de qué manera, como lo ha manifestado Lula, es para Brasil una posibilidad de reindustrialización. Pero las desventajas que pueda sufrir la Argentina no serán mayores que las que ya sufre con la política liquidacionista y financiera de Javier Milei.

El problema, como siempre, no sera el acuerdo, sino nuestra capacidad de derrotar al bloque financiero cipayo que se ha enquistado en el poder político del estado.

17 de enero de 2025.

14 de enero de 2026

" En menos de un año Maduro puede estar de nuevo en Caracas"

La propuesta del presidente Petro

Días atrás, el presidente de Colombia, Gustavo Petro, publicó el siguiente mensaje en la red X, antes conocida como Twitter, ilustrada con ese mismo mapa:

"Está es la Gran Colombia, era la idea de Bolívar y propongo por voto constituyente de la población, que la reconstruyamos como una confederación de Naciones autónomas. Tendríamos unas políticas comunes en las materias que proponga el pueblo. Indudablemente la política comercial hacia la industrialización y ser lo que es geográficamente un centro del mundo y de Latinoamérica. Un centro de energías limpias, del saber, de infraestructuras de alta tenología de movilidad y comunición. Sobre esas habría habría un parlamento grancolombiano, un tribunal de justicia y consejo de gobierno, como en la Unión Europea o en los EEUU federales. Una potencial del turismo y de la conectividad del mundo".

En otro lugar he sostenido que el presidente Gustavo Petro es una de las expresiones del grado de fortaleza que nuestro continente tiene y que, junto con Lula, en Brasil, Claudia Sheimbaum en México, y otros gobiernos de América Latina, refuta la derrotista visión de que un giro derechista ha aplastado en la región todo intento liberador. Petro ha interrumpido una serie de gobiernos colombianos directamente ligados al narcotráfico y a los EE.UU. y ha vuelto a vincular a su país con Venezuela. De ahí que adquiera especial importancia que desde Bogotá, desde la ciudad donde se intentó asesinar al Libertador Simón Bolívar, se vuelva a reivindicar el proyecto continental de los primeros 25 años de nuestra historia independiente. Que Colombia, a través de su presidente, sume su voz y su esfuerzo a la reconstrucción de la Patria Grande es, sin dudarlo, un enorme paso adelante en ese histórico mandato.

Dicho esto, permítanme sostener que esta propuesta de restauración de la Gran Colombia por parte del presidente colombiano deja más la impresión una nostalgia por un tiempo irrecuperable que un verdadero proyecto integrador de una nación continental.

En los primeros quince años del siglo XXI Suramérica avanzó, como no lo había hecho desde la batalla de Ayacucho, en el acercamiento y construcción de instituciones políticas, como el UNASUR, tendientes a esa integración. La decisión del comandante Hugo Chávez, presidente de la República Bolivariana de Venezuela, de abrir la política suramericana hacia el Atlántico, sumando al Brasil, fue uno de los ejes del éxito. Hasta se impuso la tarea de hacer conocer a Simón Bolívar al pueblo brasileño, cuya historia había transcurrido al margen y, muchas veces, enfrentada al movimiento independentista. La estatua gigante del Libertador, en el Carnaval de Río, llevada por la scola do samba Santa Isabel, con un motivo alegórico a la unidad de la Patria Grande, fue el extraordinario recurso al que acudió Chávez.

Ya a mediados del siglo XX, en 1951, el general Juan Domingo Perón, entonces presidente argentino, había planteado el más poderoso mecanismo de unidad suramericana hasta ese momento. Perón estaba convencido que la alianza estratégica entre Argentina y Brasil -en aquel momento los dos países de mayor desarrollo económico en la zona- atraería al conjunto de los países de la región, en un concierto en el que Argentina y los países hispanohablantes equilibrarían el peso del gigante lusoparlante.

Y, en los últimos 20 años del siglo XX, esos dos países habían logrado construir el Mercosur, embrión de esa gran política esbozada por Perón. El Mercosur, con todos sus altibajos, ha sido, en suma, el acuerdo de integración regional de mayor duración y efectividad política y económica.

En mi humilde opinión, la propuesta de Gustavo Petro hace retroceder todos estos avances efectivos, alcanzados en lo que va del siglo XXI. 

Si vemos en los mapas, dicha propuesta implica, entre otras cosas, la secesión de distintas regiones que hoy forman parte de un estado nacional, para sumarse a una hipotética Confederación de Naciones, de la que no forma parte Brasil, ni ningún país del sur del continente. Sería mucho más alentador que Colombia propusiera una alianza estratégica con Venezuela, en momentos en que ambos países están siendo objeto de diversas agresiones por parte de los EE.UU., o intentar, entre ambos países, un acuerdo similar al Mercosur -Merconorte se puede llamar- que pongan en movimiento fuerzas económicas, comerciales, políticas y culturales hacia nuevas instancias de unidad continental.

Insisto, más allá de esto, es muy bienvenida la voluntad de Colombia de sumarse a la aspiración de nuestros pueblos para construir la Patria Grande.

14 de enero de 2026

10 de enero de 2026

Carlos Pereyra y la Doctrina Monroe

El relanzamiento, por parte de Donald Trump, de la llamada Doctrina Monroe, ha vuelto a poner en circulación la vieja concepción imperial expansionista de los EE.UU. Por ello, se hace necesario reactualizar y poner en circulación los análisis y las críticas que el mensaje del quinto presidente de los EE.UU., James Monroe, el 2 de diciembre de 1823, hace doscientos dos años, generara a fines del siglo XIX.

Carlos Hilario Pereyra (1871-1942) fue uno de los grandes intelectuales mexicanos posteriores a la Revolución Mexicana, con la que tuvo una muy mala relación. Contemporáneo de Rufino Blanco Fombona y Manuel Ugarte, participó del poderoso movimiento intelectual que enfrentó la leyenda negra sobre la colonización española, lanzada básicamente por el historiador escocés William Robertson, con su Historia de América (1777), y el estadounidense William H. Prescott, con Historia de la Conquista de México (1843) e Historia de la Conquista de Perú (1847). Estos libros, y el sentido común generado por ellos, convirtió a la presencia española en el continente americano como una pura orgía de sangre y explotación. Contra la opinión de los escritores anglonorteamericanos, defendió la obra de Bernal Díaz del Castillo y prologó su monumental Historia verdadera de la conquista de la Nueva España. Fue, durante un breve tiempo, diputado, pero descolló en la diplomacia, tarea en la que ocupó importantes cargos como Secretario de la Embajada de México en Washington, encargado de negocios en Cuba, ministro plenipotenciario en Bélgica y Holanda y miembro del Tribunal Internacional de Arbitraje de La Haya en 1913. Como ha escrito Andrés Kozel:

“Pereyra ingresó en el servicio diplomático en las postrimerías del Porfiriato. Leal al régimen de Díaz hasta su disolución, en los albores del proceso revolucionario Pereyra escribió en contra de Francisco I. Madero. Debido a ello, apenas iniciada su presidencia, Madero lo cesó en su puesto en la legación mexicana en Washington. Pereyra no se quedó cruzado de brazos, sino que participó de la trama conspirativa contraria a Madero, secundando el golpe de Estado de Victoriano Huerta, el cual se fraguó –como es sabido– con la abierta participación del embajador estadounidense Henry Lane Wilson. Seguidamente, Pereyra pasó a integrar el gabinete de Huerta en calidad de subsecretario de Relaciones Exteriores. Duró poco en ese cargo: a mediados de 1913 partió a Europa, para desempeñarse como embajador ante Bélgica y los Países Bajos. Su salida de la escena mexicana parece haber estado relacionada a crecientes tensiones con Huerta, a quien había visto con buenos ojos al comienzo, pero no después. Pereyra no regresaría jamás a México. Caído el tirano, renunció a su cargo diplomático y, luego de pasar un tiempo en Suiza, se instaló en Madrid junto a su esposa, la poetisa María Enriqueta Camarillo. En la capital española daría a conocer la parte más importante de su obra”.

“La Revolución Mexicana fue para Pereyra una tragedia, que segó sus perspectivas diplomáticas y políticas, eventualmente inmejorables antes de noviembre de 1910. Haciendo un ejercicio contrafáctico, en «otros años diez» – esto es, los años diez de un México que hubiese podido resolver «de otro modo» la sucesión de Porfirio Díaz–, no es difícil imaginar a Pereyra como embajador en los Estados Unidos e, incluso, como canciller de México. Pero la Revolución lo trastocó todo, alejando en definitiva a Pereyra del país, y forzando de ese modo su consagración exclusiva a los estudios históricos. En rigor, y aun cuando Pereyra había publicado algunos estudios de calidad en los primeros años del siglo, su renombre como historiador proviene mayormente de los escritos dados a conocer en sus años españoles, es decir, desde 1916 en adelante”1.


Desde una perspectiva más conservadora y aristocratizante que nuestro Manuel Ugarte, Pereyra fue, a principios del siglo XX, una de las más claras voces en la denuncia del expansionismo norteamericano. Algunos de sus títulos dan cuenta de la pasión hispanoamericana del mexicano: La doctrina de Monroe: El destino manifiesto y el imperialismo (1908), El mito de Monroe (1914), Bolívar y Washington. Un paralelo imposible (1915), Tejas, la primera desmembración de Méjico (1917), Los dos polos de la diplomacia yanqui: la hipocresía y el miedo (1917), La constitución de Estados Unidos como instrumento de dominación plutocrática (1917).

El Mito de Monroe que tengo en mi biblioteca es un libro de 235 páginas, en cuerpo 8, publicado en Buenos Aires por una desconocida Ediciones El Búho en 1959. Esta fechado en Bruselas, julio-diciembre, 1914. El libro comienza con dos dedicatorias:

“A la memoria de Bolívar”

A la memoria de Sáenz Peña”


y una cita en inglés a un jurista inglés, Alfred Edward Randall:

Cuando Marx inventó la interpretación económica de la historia, forjó un arma que, hábilmente utilizada, puede destruir la mayoría de las reputaciones históricas y reducir a la mayoría de los héroes históricos al extremo del innoble Cassio, exclamando: «¡Oh, he perdido mi reputación! ¡He perdido la parte inmortal, señor! Lo que queda de mí es bestial»”.


Lo primero que hace Carlos Pereyra en su libro es desmontar el carácter o monolítico de la tal doctrina Monroe. Pereyra sostiene que, por lo menos, hay tres.

La primera es la que escribió John Quincy Adams, entonces secretario de Estado, para el discurso de Monroe, aquel 2 de diciembre de hace doscientos dos años. Según Pereyra, el párrafo del discurso de Monroe que da base al mito es el siguiente:

“En las discusiones a que ha dado lugar este interés y en los acuerdos con que pueden terminar, se ha juzgado la ocasión propicia para afirmar, como un principio que afecta a los derechos e intereses de los Estados Unidos, que los continentes americanos, por la condición de libres e independientes que han adquirido y mantienen, no deben en lo adelante ser considerados como objetos de una colonización futura por ninguna potencia europea...”

Y un poco más adelante:

“Con las colonias o dependencias existentes de potencias europeas no hemos interferido y no interferiremos. Pero con los Gobiernos que han declarado su independencia y la mantienen, y cuya independencia hemos reconocido, con gran consideración y sobre justos principios, no podríamos ver cualquier interposición para el propósito de oprimirlos o de controlar en cualquier otra manera sus destinos, por cualquier potencia europea, en ninguna otra luz que como una manifestación de una disposición no amistosa hacia los Estados Unidos”2.

Dice Pereyra, a propósito de esta eufónica declaración:

“Que el presidente Monroe haya dicho en 1823 ciertas palabras a guisa de comentario sobre acontecimientos que para nosotros ya no tienen significación ninguna, y que en los Estados Unidos haya habido cierta predisposición sentimental que hizo de aquellas palabras una fórmula de valor místico para conjurar peligros internacionales más o menos imaginarios: he ahí todo lo que se necesitaba para que naciese una fórmula mágica de la especie del tabú”3.

La segunda doctrina Monroe, según la propuesta de Pereyra, es, cito textualmente:

“la que ha pasado, como una transformación legendaria y popular, del texto de Monroe a una especie de dogma difuso de glorificación de los Estados Unidos, para tomas cuerpo finalmente en el informe rendido al presidente Grant por el secretario de Estado Fish, con fecha 14 de julio de 1870”4.


Este “dogma difuso” es el que comenzó a aplicarse

Y a continuación pone algo que, a la luz de los actuales acontecimientos, adquiere una luz reveladora:

“En 1895 se presenta una sencillísima y vulgar cuestión de fronteras entre Venezuela y la Guayan inglesa. Lo que es Venezuela paa los Estados Unidos, se ha visto antes de Castro, en tiempo de Castro y después de Castro5. ¿Qué humillaciones, para no emplear la palabra atropellos, no se encuentran excusables y justificables en la cancillería de Washington cuando se trata de la desventurada Venezuela? Bloqueo pacífico, bombardeos, batida en forma a Castro, como un jabalí de la especie de Zelaya, el de Nicaragua: todo se permite contra Venezuela cuya soberanía, atravesada de parte a parte, da compasión (…)6.

Fue justamente a raíz de un conflicto fronterizo entre Venezuela y la entonces Guayana Inglesa, hoy Guyana, que el Secretario de Estado William Olney, en la segunda presidencia de Grover Cleveland estableció lo que pasó a llamarse Corolario Olney a la Doctrina Monroe:

“En la actualidad, Estados Unidos es prácticamente soberano de este continente y sus órdenes son ley para los súbditos a los que limita su intervención. ¿Por qué? No es por la amistad pura o la buena voluntad que sientan por él. No es simplemente por causa de su alta reputación como nación civilizada, ni porque la prudencia, la justicia y la equidad son características invariables de los tratados de los Estados Unidos. Es porque, además de todas las otras razones, sus infinitos recursos unidos a su posición aislada hacen que domine la situación y qué sea prácticamente invulnerable contra las demás potencias”7.

Y Pereyra cita una expresión del gobernador y senador por Connectticut y descubridor de las ruinas de Machu Pichu, Hiram Bingham -quien es considerado como la inspiración del personaje Indiana Jones-:

“El pueblo americano ha querido creer y ha creído que la doctrina de Monroe pertenece a este código misterioso conocido pajo el nombre de ley internacional, y hay todavía muchas gentes, la mayoría, que creen tal cosa”8.

La tercera doctrina Monroe es, para nuestro autor,

“la que, tomando como fundamento las afirmaciones de estos hombres públicos y sus temerarias falsificaciones del documento original de Monroe, quiere presentar la política exterior de los Estados Unidos como una derivación ideal del monroísmo primitivo".9

Según el mexicano esto ya no sería una falsificación, sino una “superfetación”. Denomínase superfetación a una situación extremadamente rara en la cual una mujer queda embarazada de un segundo feto días o semanas después de ya estar embarazada, resultando en gemelos de diferente edad gestacional. Con la hipérbole quiere expresar Pereya la total distancia y separación entre el discurso de 1823 y la doctrina generada por los apóstoles del imperialismo norteamericano: William McKinley, Teodoro Roosevelt y Henry Cabot Lodge, el representante de la diplomacia del dólar, William Howard Taft, y el representante de la misión tutelar imperialista, financiera y bíblica, Woodrow Wilson.

Todo el libro de Carlos Pereyra es una exhaustiva y sistemática denuncia de la doctrina Monroe como una patraña, un invento que nada tiene que ver ni con Monroe, ni con el verdadero autor del texto, John Quincy Adams. Los EE.UU. comenzaron a diseñarla una vez que voltearon los escollos que impedían su desarrollo capitalista, con la guerra de Secesión. Al final de su libro Pereyra realiza algunas observaciones que tienen un asombroso parecido a nuestra experiencia contemporánea.

“Hay en la América del Sur tres corrientes de sentimiento:”

“1o) La vulgar, que por engreimiento con las adquisiciones de orden material realizadas en los últimos años, rechaza toda vinculación con los países débiles y desorganizados de la America española. Los megalómanos de esta fracción sudamericana, son los serviles que aplauden las bellaquerías de Roosevelt y se asocian a las infamias de Wilson. Son los mismo que hablan de «la Argentina y sus grandezas». Se dicen los yanquis del Sur, los australianos de América y alcanzan, en realidad, el nivel de insolencia que corresponde a todo advenedizo. Reniegan de la raza, se burlan de la tradición, Son espíritus fuertes. Su representante intelectual e inmoral es el doctor don Estanislao Zeballos, maestro del rastacuerismo diplomático”.

“2o) La corriente popular, pura, noble, generosa, que nace del instinto y se derrama dondequiera que la juventud y el pueblo dejan oir su voz vibrante. Tiene por apóstoles a los poetas, los que conocen la vida por obra de intuiciones geniales. Su representante es el héroe de una odisea continental sine ejemplo: don Manuel Ugarte”.

“3o) La corriente de los estadistas profundos, que tienen la prudencia de los hombres prácticos y la videncia de los poetas. Su numen es Bolívar; su hombre de estado Sáenz Peña. Ellos saben que los norteamericanos no llevan a la América del Sur sino el propósito de la absorción económica y de la dominación política, y que ayudarlos en esta obra es un suicidio, a menos que fracase el plan de los norteamericanos, y que, en tal caso, sus incautos secuaces sudamericanos se vean mezclados en las futuras contiendas de los Estados Unidos, cuando América oiga cañonazos europeos o japoneses”.10


Ciento doce años después, los hispanoamericanos, como hubiera dicho Pereyra, nos encontramos exactamente en esta misma disyuntiva, pero con un mundo que es totalmente distinto al de 1914.

Buenos Aires, 10 de enero de 2026.
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1 Carlos Pereyra en los laberintos del desprecio. Notas para una sociología de los intelectuales antiimperialistas. https://www.sciencedirect.com/science/article/pii/s0186602815000407#fn0030
2https://www.oas.org/sap/peacefund/VirtualLibrary/MonroeDoctrine/Treaty/MonroeDoctrineSpanish.pdf
3Carlos Pereyra, El Mito de Monroe, Ediciones El Búho, Buenos Aires, 1959, página 13.4Carlos Pereyra, ibídem, página 9.
5Pereyra se refiere aquí a Cipriano Castro, presidente de Venezuela entre 1899 y 1908. Durante su gobierno, en 1902 comienza el sitio naval a Venezuela, por parte de los países acreedores de la deuda cuya moratoria había declarado el presidente venezolano.
6Carlos Pereyra, ibídem, página 14.
7 Yoacham, Cristián Guerrero; Lira, Cristián Guerrero. Breve historia de los Estados Unidos de América, 1998, Editorial Universitaria, Santiago de Chile, página 175.
8 Carlos Pereyra, ibídem, página 15.
9 Carlos Pereyra, ibídem, página 9.
10Carlos Pereyra, ibídem, página 233 y 234.