Los caminos de la liberación son misteriosos
Estábamos viviendo en un suburbio de Estocolmo. Mis dos hijas argentinas, mi mujer argentina y yo. Era una de esas noches heladas, cuando la luz fría de la luna estalla estéril en la nieve que cubre el paisaje aburrido de los monobloques. El café humeaba sobre la mesa de la cocina y el aguardiente nos había llevado a regiones más cálidas, de la mano de tres vecinos suecos, estupendamente solidarios con nuestro porteño esgunfio, fertilizado por el invierno boreal.
Era el año 1979 y el pueblo iraní había tomado por asalto el trono del Pavo Real –extraño símbolo del poder de los Palehvi– y un anciano sacerdote de inclaudicable voluntad sembraba el terror y la desilusión en las consternadas cabezas bienpensantes de Europa. El ayatollah Khomeini era, a los ojos de mis huéspedes, la imagen misma del horror y la crueldad fanática. El espectáculo apasionante y sobrecogedor que la revolución desplegaba, el estallido incontenible de fuerzas sociales ocultas hasta entonces para el mundo civilizado, la irrupción en la historia de los innumerables innombrados, el coro desalojando el lugar de los personajes, era para mis mansos y rubios amigos –cumplidores manifestantes en todas las demostraciones contra todas las dictaduras– un infierno de irracionalidad, que ahogaba en sangre sus buenas intenciones.
Mi discurso de hombre del Sur fue el que aquí relato. Los escandinavos no quedaron convencidos. Espero un mejor resultado con mis hermanos de Meridión.
El ayatollah Khomeini y su sistema de “mullah” representan la expresión más alta de la conciencia nacional persa. La dictadura “desarrollista” de Reza Pahlevi y la rapiña imperialista hicieron de Irán un país aparentemente moderno. Teherán, sus hoteles de cinco estrellas, sus edificios gubernamentales, sus gerentes educados en Harvard y sus hijos licenciados en la Ècole de Hautes Etudies eran una vana cáscara occidental que pretendía contener un vasto y profundo mar de atraso y postergación.
Es más, recuerdo que dije, esa misma modernización es el rostro odiado de las condiciones de dominación.
En el campo, en la fragante algarabía del “bazar”, bajo el “chadon” de sus mujeres de ojos desmesurados, en la promiscuidad de los campamentos petroleros, en el parloteo sensual de los baños públicos, en la sordidez viscosa de los fumadores de aceite de heroína, Mahoma y sus interpretadores shiítas eran el tejido conjuntivo de la resistencia nacional –y, por ende, popular– de los milenarios persas.
Y Khomeini ha logrado sintetizar, con la características poco “occidentales” que disgutaban a mis amigos, la independencia nacional iraní. El mullah, que conoce el Libro que conoce al pueblo para quien el Libro está escrito, puede ser un excelente “ombudsman”. No en Estocolmo, claro. Pero conozco pocos iraníes que se hayan preocupado por incorporar el mullah a la legislación sueca.
¿Pero, y el velo obligatorio para las mujeres?, preguntaron mis feministas amigas. Lo importante, trate de explicarles, es que las mujeres iraníes se han incorporado con la revolución a la vida política de su país. Y en sus propias condiciones. Ustedes, hace cien años, no podían mudarse de ciudad sin pedirle permiso al pastor y hace treinta metían presos a los anarquistas que, en el campo, trataban de divulgar entre las mujeres cargadas con decenas de hijos, modernas técnicas anticonceptivas. Permitanle a las mujeres iraníes ponerse en movimiento, convertirse en sujetos, ser independientes como iraníes y lo demás es cuestión de tiempo.
¿Entonces vos querés un Khomeini para tu país? me preguntaron, como corolario. Me quedé pensando. Veía tras la ventana mi entonces lejana patria y les dije crípticamente: cada país que nace crea su Khomeini.
Agosto 1984





