5 de diciembre de 2010

Una Cumbre para la crisis de Europa

Estos, Fabio, ¡ay dolor!, que ves ahora

campos de soledad, mustio collado,

fueron un tiempo Itálica famosa.

Rodrigo Caro, sevillano (1573 – 1647)

Esta vigésima Cumbre Iberoamericana, que acaba de finalizar en Mar del Plata, fue, en muchos sentidos, totalmente distinta a las celebradas anteriormente. En esta oportunidad, los dos miembros europeos de la reunión (España y Portugal) llegaron con una brutal y casi incontrolable crisis económica, en el medio de un plan de drástico ajuste de su economía, con huelgas, represiones y resistencia social a las medidas económicas.

A su vez, los principales países americanos no sólo lograron sortear la crisis, sino que se encuentran en un período de expansión y diversificación de sus economías, de integración política y económica y de aumento de su prosperidad interna, con medidas anticrisis que están en las antípodas de las tomadas por los europeos.

Recordemos tan solo cómo era el mundo en 1990.

La implosión del sistema político soviético, que agrupaba a casi toda la Europa Oriental, había dejado a los EE.UU. y a su modelo de capitalismo liberal imperialista, como el único jugador en la liga de las grandes potencias. No sólo América Latina, sino también Europa debían someterse a sus dictados. Optimistas profetas de escaso horizonte predecían un mundo sin política, en donde el mercado y su mano invisible satisfarían las necesidades humanas.

Portugal, después del proceso revolucionario que termino con la dictadura corporativa de Zalazar y con sus colonias de ultramar, fue domeñando sus impulsos jacobino-militares y una pacífica socialdemocracia se impuso sobre el país de Camões. La vieja semicolonia inglesa comenzaba su integración a una Europa de la que siempre se había sentido excluída al perder, en el siglo XVII, su imperio marítimo. Del otro lado del océano había crecido un país lusoparlante después que el hijo del rey Juan II se negara a regresar a Lisboa. El “Eu fico” de Pedro I inició la creación de un país mucho más grande, mucho más rico y mucho más fuerte que el imperio que le había dado origen: el Brasil.

España, por su parte, había comenzado su proceso de incorporación a Europa en los últimos años del gobierno de Francisco Franco. La muerte del dictador permitió que los españoles pasasen a vivir bajo una cierta forma democrática, garantizada, paradójicamente, por un monarca. El famoso “destape” español, la libre primavera que siguió a la larga agonía de Franco, los pujos revolucionarios del eurocomunismo y la izquierda del partido de Felipe González fueron virando hacia una prudente integración a la Europa, dejando en el camino la vinculación con el nuevo mundo que hablaba español y que tantos españoles había recibido a lo largo de quinientos años. Los ingresos generados por lo que alguna vez llamé “las tres C” (calor, coñac y coño), es decir el turismo, se convirtieron gradual e inevitablemente en capital financiero y así pudo vivir España la creencia de que había entrado definitivamente en la modernidad capitalista. La dificultad secular de España por plegarse a la revolución industrial, la contumacia de una clase social parasitaria y de una clerecía latifundista y reaccionaria, parecían superados por este atajo. El capital financiero le permitía a España ingresar al mundo imperialista sin los dolores de la acumulación primitiva. Lejos había quedado el sueño de las Cortes de 1812 de reconstruir una inmensa república hispánica a ambos lados del Atlántico. “Un pueblo que oprime a otro no puede ser libre” les había dicho el inca Dionisio Yupanqui. Los liberales españoles no entendieron su desgarradora advertencia.

Los sucesos de 1990 le recordaron a estos dos países que algún papel tenían para jugar en el nuevo reparto que se cernía sobre el mundo al caer el imperio burocrático soviético. Ellos, los nuevos miembros del club de los ricos serían la cabeza de puente para que la Europa imperialista penetrase en el Nuevo Mundo. Y así nace la propuesta de la Cumbre Iberoamericana. El descendiente del felón Fernando VII podía volver a las antiguas posesiones ultramarinas rodeado de un halo de progreso y bienestar, ofreciendo la inagotable cornucopia de las empresas imperialistas de las que era gerente de Relaciones Públicas. El tratado de Madrid lo convirtió en garante del cumplimiento argentino a las condiciones impuestas por el Reino Unido y los americanos nos entretendríamos discutiendo si era mejor el candidato del PP o de los socialistas.

Portugal recordó también que en esta parte del mundo había un gigantesco país en el que muchísima más gente que en Portugal hablaba el portugués. Que Lisboa fuese nuevamente la capital de un mundo lusitano transoceánico fue una tentación muy fuerte para un país que se había quedado sin América, sin África y sin Asia y no había terminado de convertirse en europeo. Rápidamente se plegó a la propuesta.

Y así comenzaron estas Cumbres, cuando América Latina sufría el impacto del Consenso de Washington y la regimentación de nuestras economías a los designios del FMI y del Banco Mundial. En el medio de una crisis permanente que ellos mismos había causado, España y Portugal venían a estas reuniones como el tío rico de la ciudad llega a visitar a los pobres patanes de provincia. Nos miraban con conmiseración, nos daban consejos y hasta se atrevían a hacernos callar la boca.

En esta XXª Cumbre Iberoamericana, como decía, la situación es completamente distinta. La crisis generada por la adscripción a rajatablas a un sistema financiero no productivo se ha descargado sobre España y Portugal (así como sobre Irlanda y Grecia, todos ellos eslabones débiles de la cadena imperialista). La desocupación, la rebaja de salarios y beneficios sociales, el achicamiento del sistema de bienestar social, el empobrecimiento, en suma, de los más pobres es hoy el drama que aqueja a los países europeos de la Cumbre, mientras que Argentina, Brasil, Venezuela, Bolivia, y Ecuador, para nombrar solo algunos, han logrado salir de la crisis siguiendo políticas exactamente opuestas a las seguidas por aquellos. El jefe de gobierno español, Rodríguez Zapatero, no pudo concurrir por enfrentar una dura oposición al reaccionario paquete económico puesto en marcha. En el intento de salvarse del naufragio realiza el programa de su adversario, el conservador Partido Popular, cuyo resultado será que este gane por lejos las próximas elecciones ante el desastre generado por esas medidas.

Las ruinas de la ilusión europea que encontrarán al regresar a sus países serán tan dolorosas como las que viera el sevillano Rodrigo Caro en su visita a la antigua Itálica sevillana.

Todo desapareció, cambió la suerte

voces alegres en silencio mudo;

mas aun el tiempo da en estos despojos

espectáculos fieros a los ojos,

y miran tan confusos lo presente,

que voces de dolor el alma siente.

Buenos Aires, 5 de diciembre de 2010