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31 de agosto de 2015

Palabras de la entrega del Premio Jorge Abelardo Ramos, post mortem, a Alberto Methol Ferré. 31 de agosto de 2015


Alberto Methol Ferré, el Tucho, fue un hombre singular. Nacido en Montevideo en un hogar de clase media, tuvo de compañero en la universidad al propio Jorge Batlle, lo que no impidió que sus convicciones políticas lo acercasen al partido Nacional, a los blancos y, dentro de ellos, al ala liderada por quien fuera el último caudillo de ese partido, don Luis Alberto de Herrera.
Al mismo tiempo, se convirtió al catolicismo y comenzó a desarrollar su admiración  por el entonces presidente de la Argentina, el general Juan Domingo Perón. Él mismo ha contado el impacto que le produjo la publicación en Montevideo del célebre discurso de Perón ante los oficiales del alto mando del Ejército, el 11 de noviembre de 1953, en el que exponía su concepción del Nuevo ABC. Por primera vez en la región, un presidente argentino, contra todas las teorías de los estados mayores, proponía una alianza estratégica con el Brasil y con Chile, como paso necesario para la integración del continente.
A partir de ello, el pensamiento político de Methol Ferré estuvo dedicado a consolidar, profundizar y extender en toda su arquitectura, la propuesta de Perón. Sus incursiones en la historia española y latinoamericana, sus análisis sobre el Uruguay y su historia, su abordaje a la Geopolítica, su frecuentación a Hegel y a Ratzel no tuvieron otra finalidad que abarcar en toda su extensión e implicancias la potencialidad que se encerraba en esta alianza estratégica.
En un país signado por un origen vinculado a las intrigas de Lord Ponsomby y a la irreductible estolidez rivadaviana, caracterizado por un laicismo raro en la región y en el que el imperio inglés permitió una suave democracia urbana y una fuerte miseria rural, Alberto Methol Ferré fue católico, federal, artiguista y blanco.
Encontró en la prédica de Herrera contra el establecimiento de bases norteamericanas, en la década del 50, una vinculación entre las viejas banderas de Manuel Oribe de los tiempos del sitio de Montevideo y las nuevas tareas patrióticas exigidas por el reemplazo definitivo de aquel Lord Ponsomby por el nuevo Mr. Ponsomby, como, con gracia, definía la aparición del nuevo imperialismo norteamericano en las playas de Pocitos.
Con el viejo caudillo blanco, participó Methol Ferré de la campaña electoral que permitió el triunfo de Herrera junto a quien fundara el movimiento ruralista, Benito Nardone, conocido por su seudónimo radial “Chicotazo”. De esos años es el libro que publicara en nuestro país don Arturo Peña Lillo en la memorable colección La Siringa, “La crisis del Uruguay y el imperio británico”, de lectura aún hoy reveladora del Uruguay profundo, más allá del Cerro de Montevideo.
Compartió con Washington Reyes Abadie y Roberto Ares Pons la creación de la revista Nexo, en 1958. Desde ella comenzó a desarrollar aquellas tesis aprendidas del general argentino derrocado en 1955 y a concebir la función de su pequeño país, alguna vez Banda Oriental y alguna otra Provincia Cisplatina, como el nexo y la clave capaz de articular la unidad de la Cuenca del Plata. Justamente con este concepto dará inicio a la más trascendente y luminosa reflexión que se haya escrito sobre el papel histórico y el destino del Uruguay, su admirable “Uruguay como problema”. Así comienza el libro: “El Uruguay es la llave de la Cuenca del Plata y el Atlántico Sur, y la incertidumbre de su destino afecta y contamina, de modo inexorable y radical, al sistema de relaciones establecido entre Argentina, Brasil, Paraguay y Bolivia”.
Alberto Methol Ferré estaba dotado de una prodigiosa capacidad para la reflexión filosófica e histórica. En su cabeza los países, las naciones y los continentes eran protagonistas de una marcha contradictoria y agónica hacia la realización de su ser.
Al modo de un Hegel contemporáneo, desde su mirador de la calle Brecha, oteaba el horizonte americano, a la vez que explicaba a su interlocutor que su misión en esa calle, llamada Brecha porque fue por donde entraron los invasores ingleses de 1806 abriendo una brecha en el muro del fuerte, era impedir que, ya no los ingleses, sino los angloamericanos volvieran a ocupar la ciudad platina. Su poderosa mirada atravesaba las décadas, los siglos y las distancias. Era capaz de descubrir en el papel jugado por la isla de Cuba durante la colonia española, la importancia y el peso que la misma lograra en términos de geopolítica a partir de la Revolución Cubana. Frente a sus ojos se extendía un gigantesco mapa de nuestro continente que le permitía reflexionar sobre la necesidad del Brasil de sostener la revolución bolivariana de Chávez a efectos de impedir que la frontera de los EE.UU. se acerque peligrosamente a la Amazonia.
Al modo de Demóstenes, el orador paradigmático de la antigüedad, Alberto Methol Ferré había logrado una admirable capacidad de comunicación verbal que superaba por lejos la contumaz tartamudez que lo aquejaba desde la infancia. A poco de comenzar y después de su habitual chiste de ser un orador que se interrumpe a sí mismo, sus interlocutores quedaban hipnotizados por el prodigioso despliegue conceptual, la abrumadora capacidad de asociaciones y una erudición que se ocultaba en un lenguaje popular y llano.
A partir de la instauración de la dictadura en su país, perdió su alto cargo en la administración del puerto de Montevideo y se convirtió en uno de los más importantes intelectuales laicos del Episcopado Latinoamericano. Esa tarea le permitió recorrer nuestro continente en toda su extensión, conocer de cerca las distintas realidades de nuestros pueblos e investigar en su historia política y económica.
Lentamente su pensamiento comenzó a abrirse paso en el Uruguay, en la otrora llamada “Suiza del Plata”. A medida que el bienestar de la semicolonia inglesa comenzaba a desaparecer y miles y miles de uruguayos emigraban a Europa y a Australia, cuando el país no podía ofrecerles un lugar bajo el sol, la prédica de Alberto Methol Ferré, su intransigente continentalismo, su desprecio a la “argentinidad”, a la “uruguayidad”, a la “chilenidad”, comenzaron a demostrar su valor y trascendencia.
Fundador del Frente Amplio uruguayo, se aleja del mismo, en los años 80, recluyéndose en su vieja identidad blanca. La aparición de Pepe Mujica como caudillo del Frente y su candidatura presidencial lo acercaron nuevamente a aquellas filas y son muchos los comentarios acerca de sus reuniones con Pepe, hablando de lo que más sabía: la unidad continental, el Mercosur, la Unasur y el futuro de la Patria Grande.
Tuvo con la Argentina una relación más que fraternal. En el fondo Tucho Methol Ferré se consideraba un argentino oriental, como aquellos a los que estaba dirigido el llamamiento del general Lavalleja: “Argentinos Orientales: las Provincias hermanas sólo esperan vuestro pronunciamiento para protegeros en la heroica empresa de reconquistar vuestros derechos. La gran nación argentina, de que sois parte, tiene gran interés de que seáis libres, y el Congreso que rige sus destinos no trepidará en asegurar los vuestros”.
Cultivó la amistad con grandes argentinos, como Arturo Jauretche, Jorge Abelardo Ramos, Alejandro Álvarez, Fermín Chávez y, en los últimos años, con un hombre que hoy tiene una responsabilidad universal, el padre Jorge Bergoglio, Francisco, Obispo de Roma y Papa de la Iglesia Católica.
Cuando sus viejos amigos se fueron retirando, mantuvo una activa y generosa relación con quienes formábamos parte de una generación más joven. Y hasta los últimos días mantuvo una enorme capacidad de trabajo y una incansable voluntad de transmitir sus conocimientos y sus reflexiones.
El 19 de diciembre de 1961, Alberto Methol Ferré le escribió a Jorge Abelardo Ramos una carta en la que, después de tocar una serie de aburridos tópicos jurídico financieros vinculados con los herederos de los derechos literarios de Luis Alberto de Herrera, en una postdata pone lo siguiente:
“Va para Buenos Aires un muchacho Hug que firma Galeano en “Marcha”. Es muy joven y muy inteligente según referencias. Va a tentar suerte en la urbe bonaerense y está en la revista “Che”. Sé por referencias que es socialista en evolución rápida. Anda muy embalado con la corriente “coyoacanesca” y sería bueno que lo conocieras. (Vivian) Trias tiene muy buen concepto del muchacho”.

En este mediodía, rodeados de amigos y discípulos, la historia ha querido que los tres vuelvan a juntarse, en un momento de nuestra Patria Grande de la que los tres estarían orgullosos.

13 de marzo de 2014

A un año de la elección de Bergoglio

A un año de la elección de Bergoglio



Vengo de la Universidad Católica Argentina. Me fui de ella, a las puteadas, hace 45 años. Hoy volví a invitación del amigo Humberto Podetti na un acto académico en homenaje al año del reinado del vecino de Flores, Jorge Bergoglio, quien figurará en la extensa Historia de los Papas con el nombre de Francisco y en la historia de nuestro país y del continente latinoamericano como el primer Papa nacido en las Indias. Hubo dos oradores, grandes oradores los dos, el padre Carlo Galli, teólogo y filósofo, y Guzmám Carriquiry, el laico de más alta jerarquía en El Vaticano, un uruguayo amigo personal de Methol Ferré y del propio Bergoglio. Repleta el aula magna del rectorado, unas mil personas. Muchos, muchos amigos peronistas, además de obispos gordos, monjitas, curas, y una buena cantidad de muchachos jóvenes.
Como saben quienes me conocen o siguen en estos espacios, desde el mismo momento de la elección papal, consideré que ello implicaba un extraordinario avance en el proceso de integración latinoamericana y un desplazamiento de la centralidad europea hacia nuestras tierras y nuestros pueblos. Siendo un declarado y reconocido agnóstico -palabra que, al parecer, resulta menos crispada que ateo- intenté comprender el hecho desde una perspectiva terrenal y política y me enfrenté con aspereza verbal a quienes no alcanzaban a comprender la vastedad geopolítica de este desplazamiento de un decisivo eje de poder mundial hacia la periferia latinoamericana. También intenté explicar el carácter, a mi modo de ver, revolucionario de la abdicación de Ratzinger. En una estructura monárquica y conservadora como la de la Iglesia, el gesto y la decisión del intelectual alemán jefe de la Iglesia, era una rotunda patada al tablero, poner en negro sobre blanco la gravedad de la situación institucional y un llamado a algo como una convocatoria a "los Estados Generales".
Bajé a mi computadora el documento Evangelii Gaudium, que desde el título me remitía a la convicción jauretchiana de que nada grande es posible sin alegría. La lectura de ese documento ratificó que mi intuición no me había fallado. El jefe universal de los católicos -que como se sabe son una bocha de gente- repudiaba de manera rotunda, explícita y bellamente escrita, la miseria de la civilización del capital financiero, desde una perspectiva religiosa, filosófica, humanista, fenomenológica, psicológica y ontologica. Bien. Vi pocos comentarios en la prensa argentina sobre este documento liminar del siglo XXI.
Bueno. Con todo esto en la cabeza le agradecí al compañero Humberto Podetti su invitación y le confirmé mi presencia. Quería ver qué se decía en la UCA, aquel antro liberal, proimperialista y oligárquico que gobernaba como un feudo el ínclito Monseñor Octavio Derisi, una de las personas más desagradables que conocí en mi vida, hace 45 años.
Llegué cuando el padre Carlos Galli, decano de la Facultad de Teología y a quien no conocí en aquellos juveniles y apasionados años, realizaba una extraordinaria exposición filosófica sobre el pensamiento y la acción de Francisco. Fue llegar, escuchar algunas de las primeras reflexiones del orador y que mi memoria retrocediera a aquellos luminosos años iniciales, a las discusiones postconciliares, a los apasionados debates que determinaron que, para siempre, me dedicara a estos menesteres y combates en los que, de modo delicioso, se me va ir, dentro de cincuenta años, la vida.
45 años después se volvían a mencionar las mismas cosas, los mismos tópicos, la misma voluntad de justicia, de unidad, de reivindicación de los "pueblos más pobres y de los más pobres de los pueblos".
Créanme que mi escepticismo era muy fuerte. Miraba alrededor e intentaba descubrir quiénes eran y qué pensaban todos esos desconocidos que, por católicos, habían concurrido a la convocatoria. Ahí fue cuando empece a descubrir a los amigos, algunos impensados, como Carlos Kunkel, otros menos impensados, como la cantidad de amigos cuyo paso por Guardia de Hierro los convirtió para siempre en guardianes en la jerga de sus amigos.
El Padre Galli cerró su disertación y le tocó el turno al invitado especial de la noche, el uruguayo Guzmán Carraquiry.
Su conferencia de unos cuarenta minutos fue extraordinaria. No dejó lugar a ninguna argucia hermenéutica. Dejó claro, en negro sobre blanco, el sentido y la profundidad del giro copernicano que Bergoglio intenta imponer sobre su organización y sobre sus feligreses. El uruguayo, con prosa clara y sin circunloquios, recorrió los párrafos más conmocionantes para el status quo mundial, latinoamericano y argentino de la extraordinaria Evangelii Gaudium, del sentido determinante que para y este Papa tiene la traslación del centro hacia Latinoamerícia, las posibilidades que esa traslación brinda a nuestro continente y a nuestra cultura y la coincidencia absoluta de este peculiar heredero del pescador Pedro con el proceso de integración, democratización, industrialización y poder popular que vive Suramérica.
Los aplausos, estruendosos, tabloneros, comenzaron cuando este uruguayo amigo de Methol mencionó una de las "circunstancias" orteguianas de Bergoglio: haber adherido a un movimiento nacional y popular latinoamericano. Confieso que fui uno de los que iniciaron el aplauso.
En resumen, ya que esto es un posteo y no un ensayo para la Gregoriana, este oriental, con pinta de hombre bueno pero más vivo que el hambre, expuso con una crudeza en la que cualquier hermenéutica es un subterfugio, que este hijo de Flores, como Manuel Ugarte, como Jorge Coscia -me acabo de recordar- está dispuesto a que los católicos, los caprichosos católicos de América Latina entiendan que está en contra de la fetichización del mercado, del enriquecimiento de los menos para el empobrecimiento de los más, del consumismo y el hedonismo impotente, y por la unidad continental, la reivindicación de los humildes y la democracia con participación popular que viven nuestros pueblos.
Los cendales de aquellas viejas discusiones de los 60-70 estaban siendo reintroducidos por un curita convertido en Papa.
Y como especial y personal gaudium la ratificación de que tenía razón. Lo de Ratzinger había sido un gesto extremo y convulsivo.
Amigos, no sé si la UCA va a cambiar. Tampoco sé si volveré a la UCA.
 Pero el Papado cambió.

Buenos Aires, 12 de marzo de 2014

1 de diciembre de 2011

Manuel Ugarte: el gran intelectual de la semicolonia


Manuel Ugarte: el gran intelectual de la semicolonia

La prodigiosa pluma de Jorge Abelardo Ramos escribió en 1985: “Tengo en mis manos un retrato amarillento y algo borroso, de ambigua retícula. Una muchacha francesa, con una chispa maliciosa en los ojos, observa arrobada a un criollo sereno, bien plantado. Es su marido. Joven todavía, en su pelo rizado se advierten canas. El criollo, de traje, corbata y ancho cuello de camisa a la moda, luce bigotes recortados a la 1914 y un aire formal. Ella se llama Therese. El marido es Manuel Ugarte, un argentino en el destierro. La escena se fija en un solemne estudio de Niza. Son años felices. Las catástrofes del siglo XX aún se incuban en el inescrutable provenir. Pero Ugarte vive su estadía europea con melancolía”.

Ese hombre, mucho después de esa foto, moriría en el mismo lugar, en el balneario francés de Niza, el 2 de diciembre de 1951.

Detrás quedaba una vida dedicada a una pasión irrenunciable: unir la heredad hispanoamericana que había estallado en mil pedazos inermes después de la Independencia.

Nació en Buenos Aires el 27 de febrero de 1875, en San José de Flores, cuando ésta era aún una villa cercana a Buenos Aires. Sus padres pertenecían a la alta clase media de la época lo que le permitió estudiar en el Colegio Nacional de Buenos Aires. De muy joven se despertó su interés por la literatura y los temas sociales. Como todos los jóvenes acomodados de entonces, realizó su viaje de iniciación a París en 1897. Allí debutó en las letras y el Modernismo será su primer militancia literaria. Y allí conoció a América Latina por boca de los cientos de jóvenes de ese origen que vivían la bohemia de un, para muchos, dorado exilio.

Curiosamente fue la residencia en París la que le permitió a Ugarte descubrir a nuestro continente. El aislamiento y el desinterés de la semicolonia próspera del Río de la Plata eran tales que resultaba imposible descubrir el mundo que se abría más allá de la llanura rebozante de ganados y mieses.

De vuelta en Buenos Aires se acercó al partido Socialista ya que este pensamiento había ganado su conciencia en la Francia del caso Dreyfus y de Jean Jaurés. El joven Manuel Ugarte, de gran sensibilidad literaria, hispanoamericanista y católico entraría rápidamente en conflicto con el avinagrado y anglófilo positivismo de Juan B. Justo. Expulsado del partido, volvió a Francia y se estableció en Niza, donde comenzó su gigantesca labor política y literaria por la reconstrucción de la gran unidad continental perdida. En 1909 publicó El Porvenir de la América Española.

Dos años después, en 1911 comenzó su legendaria gira latinoamericana que lo llevó a recorrer el Nuevo Mundo, desde México hasta retornar a la Argentina dos años después. Habló para cientos de miles de estudiantes y obreros del continente. Desafíó al poder de los EE.UU. que ya consideraban a Centroamérica como su patio trasero y al Caribe como su mediterráneo propio. Despertó en los pueblos que visitaba el viejo deseo de unidad, el antiguo sentimiento fraterno y el odio a la amenaza imperialista que ya había mostrado sus garras en Cuba, en Puerto Rico y poco después lo haría en Colombia, segregando al Panamá. Su carta abierta al presidente norteamericano William Taft es hoy una pavorosa denuncia de las tropelías y agresiones del imperialismo yanqui sobre Nuestra América, como la llamó Martí.

En 1922, publicó Mi Campaña Hispanoamericana, recopilando muchos de los discursos con los que electrizara a la juventud del continente. La Patria Grande y El Destino de un Continente fueron sus dos libros siguientes. Había abandonado para entonces su carrera literaria, para volcar todos sus esfuerzos a esa tarea ciclópea: reunificar la América Latina. A él y a su prédica le debemos la expresión misma de Patria Grande para referirnos al continente, en oposición a las pequeñas patrias parroquiales en que nos encerró la mediocridad de nuestras oligarquías y el poder imperialista angloyanqui.

Al final de esa enorme labor, Manuel Ugarte descubrió que la pequeña fortuna heredada de sus padres se había terminado. Había logrado despertar prodigiosas fuerzas en otras latitudes americanas pero la medianía orgullosa de la Reina del Plata lo había sometido al aislamiento. Dice Jorge Abelardo Ramos: “No era para menos, pues en la irresistible Argentina del Centenario, orgullosa y rica, el emporio triguero del mundo, no había lugar para él”.

La vida de Manuel Ugarte resumió la ética de un intelectual nacional en la semicolonia. Industrialista y proteccionista, neutralista en las dos guerras imperialistas, defensor de los trabajadores y latinoamericanista, en medio de una intelligentzia que hacia culto del librecambio, el alineamiento con las grandes potencias y el desprecio por la América criolla.

Manuel Ugarte fue embajador de Juan Domingo Perón en México.

Poco antes de morir, había votado para reelegir a Perón en las elecciones de 1951.

Sus restos fueron repatriados en 1954 por una comisión integrada, entre otros, por Jorge Abelardo Ramos, John William Cooke, Ernesto Palacio, Carlos María Bravo y Rodolfo Puiggrós. Recuerda Ramos aquel acto: “Salvo el Presidente Perón, que envió un telegrama de adhesión, ni el gobierno ni el peronismo oficial se hicieron presentes. Y, va de suyo, nadie de la “inteligentzia” llamada argentina. Soplaba un viento gélido y en el espíritu colectivo palpitaban sórdidos presagios. La contrarrevolución democrática estaba en marcha. El año 1955, año clave para explicar la profundidad de la crisis orgánica que se abatió sobre la sociedad argentina, ya estaba a la vista”.

Por fortuna, la Patria Grande de don Manuel Ugarte ha recorrido ya un largo camino y su prédica ha sido asumida por las nuevas generaciones latinoamericanas. Su vida no fue en vano. Sus frutos, el Mercosur, la Unasur, la CELAC, han comenzado a modificar el mapa político de un continente que Manuel Ugarte soñó fuerte y unido.

Buenos Aires, 1 de diciembre de 2011.

6 de marzo de 2011

Una biografía esencial para el siglo XXI

Una biografía esencial para el siglo XXI

Abelardo Ramos

De los astrónomos salvajes a la Nación Latinoamericana

La Izquierda Nacional en la Argentina

Enzo Alberto Regali

Ediciones del Corredor Austral y Ferreyra Editor

2010, Córdoba

En los últimos años, a partir del inicio del siglo XXI, el nombre y las ideas de Jorge Abelardo Ramos han vuelto a circular, cada vez más profusamente, en la política argentina. La labor de un político e intelectual que escribió en la segunda mitad del siglo XX, bajo condiciones nacionales e internacionales completamente distintas a las de este siglo, ha vuelto a recorrer las páginas de opinión de los diarios, los discursos de los funcionarios y las discusiones de la militancia política. Hasta el diario La Nación, especialista en el fino arte de detectar amigos y enemigos, se hizo eco de este renacimiento llegando a atribuir a Ramos y sus ideas una influencia sobre el gobierno de Cristina que, aún como hipérbole, nos llena de satisfacción.

Posiblemente como reflejo de esa reaparición de Ramos acaba de salir el libro que estamos comentando. Se trata de un volumen de más de quinientas páginas, con un extenso e interesante aparato crítico, con una amplia bibliografía, en el que se presenta, por primera vez de manera sistemática, la vida de Ramos, la génesis de su pensamiento y, sobre todo, el desarrollo y la evolución de la Izquierda Nacional.

Su autor es un profesor nacido en Santa Fe, residente desde hace años en Córdoba y antiguo militante de las formaciones partidarias creadas por Ramos a lo largo de su activa vida política. Enzo Alberto Regali expone, después de una importante investigación y con gran profusión de fuentes bibliográficas y testimoniales, un tema que conoce por experiencia propia, del que ha sido parte activa y al que aborda con objetividad y pasión.

El libro “Abelardo Ramos” se estaba haciendo necesario en la política argentina. Fallecido en 1994, este hombre notable sufrió, como tantos otros patriotas, el olvido y hasta el juicio despectivo de los grandes medios, a los que, por otra parte, despreció olímpicamente. Los avatares de la política argentina posterior a la dictadura cívico-militar de Videla y Martínez de Hoz oscurecieron su influencia, confundieron su memoria, dejando la impresión de que su sistema de pensamiento y su legado político habían perdido actualidad. El siglo XXI cambió ese cuadro injusto. La crisis generalizada del sistema neoliberal y del Consenso de Washington, así como el acelerado proceso de integración del continente suramericano que comienza, justamente, a partir del nuevo siglo generaron nuevas condiciones en toda Latinoamérica y las originales ideas de Ramos volvieron por los fueros que le habían sido negados durante años.

Hay interesantes hallazgos en la investigación de Regali. La prehistoria de Jorge Abelardo Ramos y la difícil gestación de ese pensamiento en el seno de los minúsculos y cerrados grupos trotskistas de fines de la Década Infame encuentra aquí nuevos datos y una mayor luz. La relación política y personal con Aurelio Narvaja, el abogado santafesino dirigente del grupo Frente Obrero, con Alfredo Terzaga, el pensador cordobés o con Mauricio Prelooker, el economista porteño -a quien pudimos conocer al final de su vida en las cenas de la Oesterheld- está contada en la obra de Regali con nuevos matices y más rica información, así como las coincidencias y enfrentamientos con otros intelectuales de la época, como Liborio Justo y Héctor Raurich.

Regali pone también un justo equilibrio en la influencia que algunos de ellos tuvieron en la gestación del sistema de pensamiento que fue la Izquierda Nacional, balanceando algunas opiniones en boga que pretenden, sin basamento documental, menoscabar la participación de Jorge Abelardo Ramos en ese proceso.

Resulta también muy interesante la permanente referencia que el autor hace acerca de los hechos políticos tanto nacionales como internacionales que determinaron las condiciones concretas de estas reflexiones y decisiones políticas. Explica también, con datos novedosos, la cercana relación que existió entre Ramos y Jauretche en los años cincuenta, así como la inicial cercanía e influencia de ambos en el pensamiento de Juan José Hernández Arregui. Lo que las páginas de Regali traslucen no es sólo la biografía intelectual de un hombre, sino un fresco de toda una época: desde el inicio de la Segunda Guerra Mundial hasta la caída del muro de Berlín y la implosión de la URSS.

Desarrolla, para los lectores que no conocen su obra, los libros principales de Jorge Abelardo Ramos. Así, “América Latina, un país”, Crisis y Resurrección de la Literatura Argentina”, Revolución y Contrarrevolución en la Argentina” e “Historia de la Nación Latinoamericana” son analizados y presentados en cada uno de sus rasgos esenciales, destacando los aportes que los mismos significaron para la creación de un pensamiento nacional liberador latinoamericano.

Pero no se queda en los libros. Regali hace una muy interesante historia, con documentos de la época, sobre la creación de los distintos partidos y movimientos que a los largo de cuarenta años encabezó Ramos. Se mete en los a veces crípticos vericuetos de las discusiones, peleas y rupturas que vivieron esos partidos y realiza una sana crítica -que el tiempo transcurrido hace cada vez más necesaria- de muchos de los argumentos usados por tirios y troyanos en su momento.

Compartimos con Regali que lo principal del legado ramista lo constituye su luminosa concepción de la Nación Latinoamericana, quizás la propuesta más radical de todas las que elaboró a lo largo de su rica vida. También rescata con eficacia el planteo histórico de Ramos que toma al artiguismo y al posterior federalismo del interior como el eje de una interpretación que confronta con la del tradicional revisionismo histórico, destacando en esto la coincidencia con el historiador académico, y también víctima del olvido a sabiendas, Antonio J. Pérez Amuchástegui.

Sobre el final, Enzo Regali arriesga una interpretación – que seguramente abre una discusión imposible de zanjar- sobre las razones y motivos que llevaron a Ramos a persistir en su apoyo al presidente Carlos Menem. Regali opina que el conjunto del peronismo y, sobre todo, su electorado avalaba la decisión menemista y que el compromiso vital e intransigente de Ramos con el movimiento nacional nacido en el '45 lo conminaba a esa actitud.

Sobre esto se seguirá, con seguridad, escribiendo y proponiendo interpretaciones, condenas y elogios. Hay algo innegable, por cierto, en la interpretación de Regali. El mundo que Ramos y los que nos acercamos a él, a partir de los años '60, conocimos había llegado a su fin. El fracaso estructural de la URSS, su conversión casi incruenta al capitalismo, la desaparición del mundo originado en Octubre de 1917 terminó con un período de la humanidad. La victoria final del socialismo, un hecho que era indiscutible en los años '70, se había convertido en una profecía incumplida. El capitalismo, a través de una prodigiosa transformación científico-tecnológica, adquirió un nuevo impulso que, en los países semicoloniales, se convirtió en una nueva forma de dominación imperialista a través de los organismos internacionales de crédito y el capital financiero.

Si ello autoriza a echar por la borda la totalidad del sistema de pensamiento revolucionario heredado de los siglos XIX y XX y declarar muerta para siempre la posibilidad de una sociedad postcapitalista con control social sobre la producción y autogestión obrera son temas que han quedado abiertos para la discusión del nuevo siglo.

Pero la idea -y la necesidad- de construir una gran nación continental, con desarrollo económico y signada por formas avanzadas de justicia social, a la que Ramos dedicó la mayor parte de su vida, es en la actualidad la principal tarea para las nuevas generaciones. Jorge Abelardo Ramos supo preverlo con lustros de anticipación.

Regali expone con interés esta cuestión decisiva. Su libro es de lectura obligada para la nueva juventud que accede a la política, en condiciones muy distintas a las que se vivían en 1994, cuando Jorge Abelardo Ramos nos dejó para siempre.

6 de marzo de 2011.


5 de diciembre de 2010

Una Cumbre para la crisis de Europa

Estos, Fabio, ¡ay dolor!, que ves ahora

campos de soledad, mustio collado,

fueron un tiempo Itálica famosa.

Rodrigo Caro, sevillano (1573 – 1647)

Esta vigésima Cumbre Iberoamericana, que acaba de finalizar en Mar del Plata, fue, en muchos sentidos, totalmente distinta a las celebradas anteriormente. En esta oportunidad, los dos miembros europeos de la reunión (España y Portugal) llegaron con una brutal y casi incontrolable crisis económica, en el medio de un plan de drástico ajuste de su economía, con huelgas, represiones y resistencia social a las medidas económicas.

A su vez, los principales países americanos no sólo lograron sortear la crisis, sino que se encuentran en un período de expansión y diversificación de sus economías, de integración política y económica y de aumento de su prosperidad interna, con medidas anticrisis que están en las antípodas de las tomadas por los europeos.

Recordemos tan solo cómo era el mundo en 1990.

La implosión del sistema político soviético, que agrupaba a casi toda la Europa Oriental, había dejado a los EE.UU. y a su modelo de capitalismo liberal imperialista, como el único jugador en la liga de las grandes potencias. No sólo América Latina, sino también Europa debían someterse a sus dictados. Optimistas profetas de escaso horizonte predecían un mundo sin política, en donde el mercado y su mano invisible satisfarían las necesidades humanas.

Portugal, después del proceso revolucionario que termino con la dictadura corporativa de Zalazar y con sus colonias de ultramar, fue domeñando sus impulsos jacobino-militares y una pacífica socialdemocracia se impuso sobre el país de Camões. La vieja semicolonia inglesa comenzaba su integración a una Europa de la que siempre se había sentido excluída al perder, en el siglo XVII, su imperio marítimo. Del otro lado del océano había crecido un país lusoparlante después que el hijo del rey Juan II se negara a regresar a Lisboa. El “Eu fico” de Pedro I inició la creación de un país mucho más grande, mucho más rico y mucho más fuerte que el imperio que le había dado origen: el Brasil.

España, por su parte, había comenzado su proceso de incorporación a Europa en los últimos años del gobierno de Francisco Franco. La muerte del dictador permitió que los españoles pasasen a vivir bajo una cierta forma democrática, garantizada, paradójicamente, por un monarca. El famoso “destape” español, la libre primavera que siguió a la larga agonía de Franco, los pujos revolucionarios del eurocomunismo y la izquierda del partido de Felipe González fueron virando hacia una prudente integración a la Europa, dejando en el camino la vinculación con el nuevo mundo que hablaba español y que tantos españoles había recibido a lo largo de quinientos años. Los ingresos generados por lo que alguna vez llamé “las tres C” (calor, coñac y coño), es decir el turismo, se convirtieron gradual e inevitablemente en capital financiero y así pudo vivir España la creencia de que había entrado definitivamente en la modernidad capitalista. La dificultad secular de España por plegarse a la revolución industrial, la contumacia de una clase social parasitaria y de una clerecía latifundista y reaccionaria, parecían superados por este atajo. El capital financiero le permitía a España ingresar al mundo imperialista sin los dolores de la acumulación primitiva. Lejos había quedado el sueño de las Cortes de 1812 de reconstruir una inmensa república hispánica a ambos lados del Atlántico. “Un pueblo que oprime a otro no puede ser libre” les había dicho el inca Dionisio Yupanqui. Los liberales españoles no entendieron su desgarradora advertencia.

Los sucesos de 1990 le recordaron a estos dos países que algún papel tenían para jugar en el nuevo reparto que se cernía sobre el mundo al caer el imperio burocrático soviético. Ellos, los nuevos miembros del club de los ricos serían la cabeza de puente para que la Europa imperialista penetrase en el Nuevo Mundo. Y así nace la propuesta de la Cumbre Iberoamericana. El descendiente del felón Fernando VII podía volver a las antiguas posesiones ultramarinas rodeado de un halo de progreso y bienestar, ofreciendo la inagotable cornucopia de las empresas imperialistas de las que era gerente de Relaciones Públicas. El tratado de Madrid lo convirtió en garante del cumplimiento argentino a las condiciones impuestas por el Reino Unido y los americanos nos entretendríamos discutiendo si era mejor el candidato del PP o de los socialistas.

Portugal recordó también que en esta parte del mundo había un gigantesco país en el que muchísima más gente que en Portugal hablaba el portugués. Que Lisboa fuese nuevamente la capital de un mundo lusitano transoceánico fue una tentación muy fuerte para un país que se había quedado sin América, sin África y sin Asia y no había terminado de convertirse en europeo. Rápidamente se plegó a la propuesta.

Y así comenzaron estas Cumbres, cuando América Latina sufría el impacto del Consenso de Washington y la regimentación de nuestras economías a los designios del FMI y del Banco Mundial. En el medio de una crisis permanente que ellos mismos había causado, España y Portugal venían a estas reuniones como el tío rico de la ciudad llega a visitar a los pobres patanes de provincia. Nos miraban con conmiseración, nos daban consejos y hasta se atrevían a hacernos callar la boca.

En esta XXª Cumbre Iberoamericana, como decía, la situación es completamente distinta. La crisis generada por la adscripción a rajatablas a un sistema financiero no productivo se ha descargado sobre España y Portugal (así como sobre Irlanda y Grecia, todos ellos eslabones débiles de la cadena imperialista). La desocupación, la rebaja de salarios y beneficios sociales, el achicamiento del sistema de bienestar social, el empobrecimiento, en suma, de los más pobres es hoy el drama que aqueja a los países europeos de la Cumbre, mientras que Argentina, Brasil, Venezuela, Bolivia, y Ecuador, para nombrar solo algunos, han logrado salir de la crisis siguiendo políticas exactamente opuestas a las seguidas por aquellos. El jefe de gobierno español, Rodríguez Zapatero, no pudo concurrir por enfrentar una dura oposición al reaccionario paquete económico puesto en marcha. En el intento de salvarse del naufragio realiza el programa de su adversario, el conservador Partido Popular, cuyo resultado será que este gane por lejos las próximas elecciones ante el desastre generado por esas medidas.

Las ruinas de la ilusión europea que encontrarán al regresar a sus países serán tan dolorosas como las que viera el sevillano Rodrigo Caro en su visita a la antigua Itálica sevillana.

Todo desapareció, cambió la suerte

voces alegres en silencio mudo;

mas aun el tiempo da en estos despojos

espectáculos fieros a los ojos,

y miran tan confusos lo presente,

que voces de dolor el alma siente.

Buenos Aires, 5 de diciembre de 2010

4 de abril de 2010







Cristina en Perú y en Bolivia
En la senda del Nuevo ABC de Perón

En la década del 50, el general Juan Domingo Perón estableció las bases de la primera política de integración latinoamericana, realista y posible. Afirmaba el presidente argentino, en su memorable discurso del 11 de noviembre de 1953, ante los oficiales del Estado Mayor del Ejército:

“La República Argentina sola, no tiene unidad económica; Brasil solo, no tiene tampoco unidad económica; Chile solo, tampoco tiene unidad económica; pero estos tres países unidos conforman quizá en el momento actual la unidad económica más extraordinaria del mundo entero, sobre todo para el futuro, porque toda esa inmensa disponibilidad constituye su reserva. (…) Esto es lo que ordena, imprescriptiblemente, la necesidad de la unión de Chile, Brasil y Argentina”.

“Es indudable que, realizada esta unión, caerán a su órbita los demás países sudamericanos, que no serán favorecidos ni por la formación de un nuevo agrupamiento y probablemente no lo podrán realizar en manera alguna, separado, o juntos, sino en pequeñas unidades”
(América Latina en el año 2000: unidos o dominados, pág. 71, Ediciones de la Patria Grande, Casa Argentina de Cultura, México, 1990).

Este proyecto que se llamó el Nuevo ABC –aludiendo al que fuera el primer ABC pensado por el canciller brasileño Barón do Rio Branco- tenía dos componentes inescindibles.

Por un lado, el Nuevo ABC significó el planteamiento crudo y descarnado de una alianza estratégica con el Brasil, lo que constituía una revolución copernicana en el paradigma tradicional no sólo de nuestra cancillería y nuestras Fuerzas Armadas, sino también en la concepción tradicional del radicalismo de cuño yrigoyenista y del nacionalismo popular argentino. Sí para aquellos, la idea de establecer una unión con el Brasil era visto como una ofensa a las pequeñas soberanías parroquiales de nuestros fragmentados países, para estos Brasil era todavía el verdugo del pueblo paraguayo, el aliado del mitrismo antifederal, el predador de la heroica Paysandú, a la que cantara Gabino Ezeiza. Para la visión continentalista de Juan Domingo Perón, por el contrario, era la conclusión necesaria y evidente del peso geográfico, político, económico, demográfico y cultural de los dos países. Brasil y Argentina eran las dos columnas sobre las que se levantaría firme la arquitectura integradora.

Por el otro lado, la alianza con Chile, Paraguay y Bolivia significaba, en esta arquitectura, el contrapeso necesario para evitar la tentación hegemónica que podía brotar en Brasil, por obra de su tamaño y su potencialidad productiva. Así, Argentina encabezaba la voluntad integradora de los países hispanohablantes, convocando a sus vecinos más cercanos. Si el Uruguay no estuvo en la invitación fue tan sólo por la abierta orientación antiperonista del gobierno colorado de entonces –Luis Batlle-. No obstante y para hacer evidente la coyuntural ausencia del Uruguay en aquella propuesta, es necesario mencionar la invitación que el recientemente electo presidente Perón le formulara al doctor Luis Alberto de Herrera, respondiendo a su saludo: “Hay que realizar el sueño de Bolívar. Debemos formar los Estados Unidos de Sudamérica”. Conocedor de los mecanismos objetivos del poder y de los Estados, Perón se adelantaba a cualquier posibilidad hegemónica, tanto de un Brasil que volviese a sus orígenes imperiales, como a una Argentina porteña que intentase –como en el siglo XIX- reemplazar al virrey español.

El recientemente fallecido pensador uruguayo Alberto Methol Ferré expresaba en las últimas conversaciones con amigos y discípulos su preocupación porque la Argentina no parecía haber entendido esa expresa indicación de Perón. Desde su atalaya montevideana, no veía Methol Ferré, en la cancillería argentina una clara decisión y una firme voluntad de convocar a todos los países hispanohablantes, sobre todo a los del Pacífico. “Una integración entre desiguales termina en hegemonía”, advierte desde su último libro. Y agrega a continuación: “Se trata de llevar una delicada política que evite una hegemonía brasileña, porque una hegemonía traería la destrucción de América del Sur y de América Latina como posibilidad” (Los Estados Continentales y el Mercosur, Ediciones Instituto Superior Arturo Jauretche, Buenos Aires, 2009).

Perú y Bolivia, el arco del Pacífico

Los recientes viajes de la presidente Cristina Fernández de Kirchner a Lima y a La Paz y lo expresado en sus discursos y declaraciones, se inscriben en lo mejor de aquella política propuesta por el general Perón y cierran el círculo iniciado con el Mercosur y el acercamiento a la República Bolivariana de Venezuela.
Los argentinos debíamos al Perú un desagravio. Alguna vez, la miserable aldea, barrosa y maloliente, del Plata, había sido parte del extenso virreinato con sede en Lima. El Perú fue liberado del yugo español por el hijo de las Misiones Occidentales, José de San Martín. Por el Perú había peleado el joven argentino Roque Sáenz Peña, antes de ser presidente de nuestro país. Había sido el Perú el primero en alistarse en nuestra guerra anticolonial contra el ocupante de Las Malvinas. Emocionados recibimos los argentinos las demostraciones de lealtad continental y de afecto fraternal cuando salieron pilotos y aviones de los hangares peruanos para sumarse a la lucha en los cielos australes. Y mil veces agradecidos estuvimos ante los esfuerzos del peruano Pérez de Cuellar, secretario general de las Naciones Unidas, para evitar el choque de las armas colonialistas con los defensores argentinos.

Solamente la depravada inmoralidad de un gobernante venal y sin patria pudo ensuciar estos siglos de hermandad, al venderle armas al Ecuador, enfrentado ocasionalmente en una guerra insensata con el Perú. Solamente un espíritu corrompido por la avaricia pudo en un sólo acto traicionar a dos pueblos hermanos y enturbiar un afecto sin mancha entre tres pueblos suramericanos. Esa ignominia, ese delito –cuyo encubrimiento hizo volar, en nuestro propio país, una ciudad por los aires- interrumpió de hecho, durante todos estos años, nuestra relación con el Perú. Poco podíamos conversar sobre política suramericana con el Perú, si no tomábamos el toro por las astas y pedíamos humildemente perdón. ¿Por qué iban a confiar los peruanos en un país que prometiendo garantizar la paz entre Perú y Ecuador le vendió armas a uno de los beligerantes? Hasta ese lugar de abyección llevó Menem la herencia política de Perón.

Cristina hizo lo único que podía hacer para que la voz de la Argentina volviera a tener valor en el Perú. Fue y pidió disculpas. Y con ello no sólo reparó la afrenta cometida por el miserable, sino que cumplimentó el aspecto que le faltaba a su gran política latinoamericana, restablecer el diálogo con hispanohablantes, abrirse a uno de los principales países del Pacífico y cerrar el círculo de la bioceanidad continental. No es de poca significación que el viaje y la reparación se hayan realizado en el año del bicentenario de los primeros gritos independentistas del continente.

Pero no se limitó a ello. Al homenajear, en su discurso, a Víctor Raúl Haya de la Torre y recordar el parentesco de su ideario con el del General Perón, Cristina expuso la génesis de su propio pensamiento y visión acerca del proceso de integración latinoamericano. Haya de la Torre y Perón conforman los más importantes antecedentes en el siglo XX de la política integradora que hoy viven nuestros pueblos. Mencionarlo, por otra parte, frente al presidente Alan García, era ponerlo frente al espejo de la historia de su propio partido.

El viaje inmediato a Bolivia completa el movimiento que planteara Perón y que nos reclamaba Methol Ferré en imborrables conversaciones. Bolivia ha iniciado un nuevo proceso institucional, intentando que la república cobije y sea expresión de todas las vertientes que conforman su ciudadanía. Es, por otra parte, un país que requiere del apoyo sincero y fraterno de sus vecinos para consolidar su sistema democrático y su nueva constitución. El homenaje brindado a la nueva Generala del Ejército Argentino, Juana Azurduy de Padilla, evoca necesariamente nuestro pasado común, del que debemos recordar, en este año en que se cumplen doscientos años de nuestro primer gobierno patrio, que su presidente, Don Cornelio Saavedra, era hijo de aquellas tierras altas.

Ya no es tan sólo Venezuela nuestra amiga suramericana, con todo lo importante que ha sido y es. Estas visitas de Cristina a Perú y Bolivia deben ser interpretadas en el sentido integrador que le ajudicaba Perón. Estamos dispuestos a una gran y estrecha alianza con el Brasil. Sin ella, ni Brasil ni Argentina tendrán cabida en el mundo que se está conformando. Pero para que ello no se frustre en un intento hegemónico, Argentina invita a todos los hispanohablantes del continente para realizar el sueño de Bolívar junto al gigante que habla portugués.

Buenos Aires, 4 de abril de 2010

13 de noviembre de 2009


Alberto Methol Ferré nos está dejando

El gran maestro oriental y notable geopolítico del Plata está agonizando.

Todos los que aprendimos con sus textos y su extraña elocuencia estamos acongojados aunque sabemos que vivió una vida libre y a su propia elección, en toda la medida que ello es posible.


Nos quedan sus libros, sus conferencias, los recuerdos de sus conversaciones hipnóticas.

Y la gran tarea de unificar nuestro continente a la que le dedicó su vida.