11 de mayo de 2026

“Cualquiera al gobierno, Cristina al poder”

Quiero recordar, porque tenemos una memoria frágil, que la consigna, en 1973, “Cámpora al gobierno, Perón al poder” tal como fue planteada no significaba que Cámpora renunciaría para llamar a nuevas elecciones, como en realidad ocurrió. La verdad que el único partido que planteó un llamamiento a elecciones a 60 días en caso de ganar fue el Frente de Izquierda Popular, liderado por Jorge Abelardo Ramos.



La consigna significaba literariamente que Cámpora sería presidente y que Perón tendría el poder político, sin detentar ningún cargo público. Eso en un sistema presidencialista como el argentino era una tontería mayúscula, una zonza expresión de deseos, planteada por el sector más ligado a la conducción de Montoneros.

Obviamente, Perón nunca creyó en la operatividad de esa zoncera y cuando Cámpora fue elegido presidente, y después de un breve período, planteó su obvia exigencia: Camporita, renuncie y que el presidente de la Cámara de Diputados, que es de mi más plena confianza, asuma como presidente provisional y llame a elecciones.

Cuando Cámpora, ya presidente, visita a Perón en Puerta de Hierro, éste último lo tiene esperando, vestido de presidente, con la banda presidencial puesta y el bastón en la mano (sic) varias horas y lo recibe con un trato frío y distante. Los días del “Cámpora al gobierno, Perón al poder” terminaron en ese preciso momento.

Cuando Cristina Fernández de Kirchner, en 2019, comunica que ha decidido postular a la presidencia de la República a Alberto Fernández se puede suponer que intentó aplicar, 46 años después, la vieja consigna: “Alberto al gobierno, Cristina al poder”.

Ello implicó múltiples errores:

1) No entender que ya la fórmula originaria había fallado. No había servido para nada.

2) Considerar que el reemplazo de ella por Alberto era simplemente táctico. Cámpora, a lo largo de toda su vida, había expresado hacia Perón la más profunda y total subordinación. Era, además, su Delegado Personal -la figura que, ante la obligada ausencia del general, lo representaba, hablaba por él, en la Argentina, en el terreno de las operaciones, digamos-. Alberto, por el contrario, había manifestado en reiteradas oportunidades desacuerdos con Cristina y se encontraba alejado del núcleo kirchnerista.

3) Entender que el reemplazo de ella misma por Alberto era un mero cambio táctico, cuando objetivamente significó un cambio estratégico, un modo distinto de dar la pelea, una modificación profunda para adaptarse a nuevas condiciones, con el fin de asegurar el fortalecimiento propio. Poner a Alberto implicaba, objetivamente, a renunciar o postergar el enfrentamiento directo con el establishment económico, es decir, con la clase social dominante y sus aliados, iniciar un camino de mayor diálogo y negociación, una mejor relación con los sectores de la oposición menos intransigente.

Cristina entendió que simplemente se trataba de poner a alguien que atrajera los votos que a ella le faltaban para obtener una mayoría, debido a la importante opinión negativa que poseía y posee, y que, una vez ganada la presidencia, ella sería la que tendría el poder, es decir la opinión última y definitiva sobre la política a seguir.

Como ya había ocurrido en 1973, la tensión entre las dos figuras comenzó a crecer. Pero a diferencia de entonces, ella no era, ni es, la líder indiscutida del movimiento peronista, carecía y carece de lazos políticos fuertes con el movimiento obrero organizado -los sindicatos y la CGT- y no estaba proscripta. A Alberto no lo habían votado porque no se podía votar a Cristina y el presidente no le debía a Cristina subordinación alguna.

Todo este disparate terminó con la oposición, sorda o explícita, del sector subordinado a Cristina a la política del presidente Alberto Fernández y el final que todos conocemos. Massa, el antiguo desertor, de la mano de Máximo se convierte en ministro de Economía y candidato a presidente.

Que desde las filas del cristinismo se insista con la zoncera “Cámpora al gobierno, Perón al Poder” -hoy convertida en “Cualquiera presidente, Cristina al poder” -, revela la enorme debilidad política, táctica y estratégica del sector encabezado por la expresidenta. Es obvio que su prisión y todo lo que ello implica es de una absoluta injusticia y arbitrariedad que el próximo gobierno deberá corregir de inmediato. Pero hoy Cristina no es la líder indiscutida del peronismo, no tiene la cantidad de votos necesarios para ganar una elección, tiene una fuerte imagen negativa incluso en el seno del peronismo y no cuenta, por errores anteriores, con el apoyo del movimiento obrero.

El próximo presidente que exprese los intereses del movimiento nacional deberá ser un gobierno altamente representativo, fuerte, con una amplia base de adhesión y el apoyo del movimiento obrero, de amplios sectores de la producción, del interior del país y de los movimientos sociales.

“Cualquiera al gobierno, Cristina al poder” nos hunde en una derrota que, lamentablemente, puede ser estratégica, es decir dejar el país, por un largo período, en manos de la pandilla depredadora del capital financiero, la burguesía exportadora y la primarización de la economía.

10 de mayo de 2026

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