Religiones universales vs. religiones tribales
El traicionero y criminal ataque de EE.UU. e Israel contra la República Islámica de Irán ha adquirido, voluntaria e involuntariamente, un matiz o representación religiosa que, en mi opinión, no ha sido suficientemente puntualizada. En lugar del muy comentado “choque de civilizaciones” que popularizó el norteamericano Samuel P. Huntington, lo que se puede ver es un choque entre religiones universalistas y religiones tribales.
Trataré de desarrollar la idea.
Religiones universales
La Iglesia Católica, Apostólica y Romana
El catolicismo, incluso desde su mismo nombre, se presenta como una religión universalista, es decir que dirige sus enseñanzas y creencias al conjunto del género humano, independientemente de su origen. La palabra católico proviene de la expresión «καθόλου» (kathólu), formada por kata- (que significa “sobre” o “de acuerdo con”) y holos (“todo” o “entero”). Por lo tanto, etimológicamente significa “referente al todo” o “según el todo”. Esto es lo que, en el seno del cristianismo primitivo, se produjo en lo que la Iglesia llama el Concilio de Jerusalén, cuando la opinión de Pablo (un judío romanizado) se impone sobre la de Pedro. San Pablo, efectivamente, dedicó gran parte de su obra (como se refleja en Gálatas, Romanos y Colosenses) a establecer una distinción radical entre la Nueva Alianza en Cristo y la Antigua Alianza (la “religión tribal” judía). Sus puntos clave eran:
El Fin de la Ley Ritual: Pablo argumentó que la circuncisión, las leyes dietéticas (kosher) y los sacrificios del Templo eran “sombra de lo que ha de venir; pero el cuerpo es de Cristo” (Colosenses 2:17). Ya no eran necesarios para la salvación.
Universalismo vs. Tribalismo: La salvación ya no era solo para los hijos de Abraham según la carne, sino para todos los que tuvieran la fe de Abraham (Romanos 4:16). Se rompía la barrera entre judío y gentil. De ahí el apelativo con que lo reconocen los católicos: “el apóstol de los gentiles”, de los no judíos.
Centralidad de la Fe y la Gracia: La relación con Dios ya no se mediaba a través de un Templo físico y sacerdotes levíticos, sino a través de la fe en Jesucristo, el único mediador.
Esto convirtió a la disidencia cristiana hebraica en una religión capaz de extenderse a lo largo del Imperio Romano, hasta que Constantino la estableció como religión oficial.
El Islam
El Islam, por su parte, se define a sí mismo como una religión universal. En su último sermón, Mahoma decía: "¡Oh humanos! Vuestro Señor es Uno y vuestro antepasado es uno. Un árabe no posee superioridad sobre un no-árabe, ni un no-árabe sobre un árabe. El blanco no es en ningún modo superior al cobrizo, ni el cobrizo al blanco por el hecho de serlo, sino en la medida en la que cumple sus obligaciones hacia Dios y el hombre. El más honesto de entre vosotros ante la vista de Dios es el más justo". Sus enseñanzas se consideran enraizadas en la naturaleza humana inmutable, lo que las hace aptas para todas las personas, sin importar su raza, cultura o época. No es la religión de un pueblo en particular (como el judaísmo), sino un llamado abierto a toda la humanidad.
Esta vocación universal se basa en principios fundamentales presentes en el Corán:
No hay coacción en la fe: El Corán establece explícitamente que no debe haber imposición en asuntos de religión (Corán 2:256), lo que implica que su mensaje se ofrece libremente a toda la humanidad.
Mensaje para todos: El Corán se dirige a la humanidad en su conjunto, no solo a los árabes o a una comunidad específica, instando a la reflexión sobre sus significados.
Aceptación y respeto por otras tradiciones: El islam se presenta como la culminación de una larga cadena de revelaciones divinas. Reconoce a profetas y figuras de tradiciones anteriores (como Moisés o Jesús) y sus escrituras (Torá, Evangelios), y afirma que el Corán es la revelación final y preservada que las restaura y perfecciona.
Igualdad y hermandad humana: Un pilar de la universalidad islámica es su énfasis en la igualdad de todos los seres humanos ante Dios, tal como hemos visto en la cita del último sermón de Mahoma.
En resumen, el Islam, a través de sus fuentes principales, se proclama como un mensaje universal para guiar a toda la humanidad, basado en principios como la razón, la igualdad y el respeto a la libertad de creencia, y se organiza como una comunidad global de fieles (Umma) en lugar de una iglesia institucionalizada. Dentro del Islamismo, el shiísmo es una de las expresiones religiosas más complejas y fascinantes del mundo multipolar emergente. Constituye un universalismo alternativo, con una fuerte base metafísica y una estructura jerárquica que le permite operar tanto en el plano espiritual como en el político. El shiísmo tiene una fuerte dimensión filosófica, que le ha permitido adaptarse y dialogar con modernas corrientes de pensamiento. Constituye una especie de universalismo estructurado y jerarquizado, lo que lo acerca formalmente al catolicismo con su Papa y su infalibilidad en temas de dogma. Por otra parte, ha hecho de su historia de persecución y martirio una poderosa herramienta de movilización política y resistencia, lo que lo ha convertido en un polo de poder y en una influencia fundamental en la configuración multipolar actual.
Judaísmo y Neopentecostalismo
La religión judía es casi el ejemplo paradigmático de una religión tribal, es decir propia y exclusiva de quien forma parte de la tribu. El propio término “judaísmo” se refiere a la religión, tradición y cultura del pueblo judío. Es decir, posee una triple dimensión, religiosa, cultural y nacional es clave para entender su carácter particularista. Abraham León, en su magistral “La concepción materialista de la cuestión judía” explica cómo y por qué este espíritu particularista se afirmó en las postrimerías del Imperio Romano y en la baja Edad Media. La actual conducción del estado sionista expresa los aspectos más extremos del particularismo tribal judaico. Su relación con el mundo árabe e islámico es el de la aldea amenazada, llegando a manifestar expresiones claramente racistas sobre los que no son miembros de la tribu, los goyim. Sus interpretaciones bélicas de la Torah y del Viejo Testamento fundamentan y consolidan este aspecto etnorreligioso.
El pueblo elegido de la Nueva Sión
Los verdaderos "Padres Fundadores" de los EE.UU. fueron los integrantes de pequeñas comunidades protestantes que huían, en principio, de la consolidación del estado nacional británico y su religión oficial. La derrota de la Revolución Inglesa (que expresaba los intereses de esos sectores protoburgueses enfrentados con la corona) y la restauración monárquica nutrió de nuevas corrientes de inmigrantes que huían del despotismo anglicano reinstaurado por Carlos II.
A eso se sumaron posteriormente inmigrantes alemanes de variadas confesiones derivadas de la ruptura de Lutero con el Papado. Como muy bien lo explica Franz Mehring en su “Gustavo Adolf II de Suecia” (https://www.marxists.org/espanol/mehring/1894/gustavoadolfo.htm) , la rebelión de Lutero expresaba el descarnado interés de los príncipes guerreros germanos y los júnkers prusianos, así como el fracaso de establecer un estado nacional alemán. Eran miembros de sectas campesinas, enfrentadas a los príncipes y a Roma, con una reinterpretación bíblica en la que el Antiguo Testamento y el cruce del desierto de Moisés hasta el monte Sión expresaban su aislamiento aldeano y su búsqueda de su propio lugar en el mundo, lejos de los estragos de la Guerra de los 30 años.
Sobre ese basamento ideológico se construyó la idea de los Estados Unidos de Norteamérica y su Destino Manifiesto. La novela “Elmer Gantry” de Sinclair Lewis describió con crudeza e ironía esa particular religiosidad yanqui.
El periodo 1991-2008 fue el de la unipolaridad neoliberal. EE.UU. como centro único del capital global, con el Consenso de Washington como ideología económica y la “globalización feliz” generó su propia expresión religiosa: la mega-iglesia pentecostal como franquicia global, la teología de la prosperidad como ética del broker de Wall Street y el Destino Manifiesto como justificación divina de la hegemonía.
Ese refugio tribal, en su versión yanqui, es funcional al capital, y, en particular, al capital financiero: no cuestiona el sistema, legitima la competencia, santifica la riqueza y ofrece consuelo sin alterar las relaciones de producción.
Las nuevas sectas neopentecostales heredaron y agigantaron los rasgos aldeanos o tribales de aquellos inmigrantes originarios. La declinación de EE.UU como potencia mundial y su repliegue, ha hallado su justificación y sostén ideólogicos en nuevas formas tribales de religiosidad: el nacionalismo cristiano, el pentecostalismo como religión de la excepción americana, el apoyo incondicional al tribalismo judío (Israel) como parte de una lectura “dispensacionalista” de la historia. Se llama así a una interpretación bíblica que que sostiene que la nación Israel y la Iglesia (como cuerpo de Cristo), no forman un único pueblo de Dios, sino dos pueblos con profecías, promesas y destinos diferentes. Se caracterizan por interpretar la Biblia literalmente, que incluye la gramática, la literalidad y la historicidad del pasaje a estudiar.
Este tribalismo pentecostal yanqui es la ideología de una hegemonía en declive. A medida que el mundo se multipolariza, esa ideología pierde capacidad de convocatoria global y se repliega sobre su núcleo duro (el “cinturón bíblico”, la derecha radical, el trumpismo).
El repliegue de EE.UU., su aislamiento, su nacionalismo cristiano es la versión política del inevitable abandono de los EE.UU. de liderar el “mundo libre” (aspiración universal) para refugiarse en la “América profunda” (tribal). Eso es lo que las iglesias pentecostales hacen en el plano superestructural de la religión: abandonan el diálogo con la cultura y la ciencia (universal) para refugiarse en la experiencia directa del Dios tribal.
El pentecostalismo es hijo de los perdedores de la modernidad europea (campesinos alemanes, radicales ingleses derrotados, esclavos afroamericanos) que emigraron a EE.UU. y desarrollaron una religión a su medida. Los peregrinos que llegaron al Mayflower se veían a sí mismos como el “nuevo Israel”, una tribu elegida por Dios para construir una “ciudad sobre una colina” que iluminara al mundo. No vinieron a fundar una nación universal, sino una comunidad de elegidos que viviría según la ley de Dios.
La expansión hacia el Oeste (la conquista de territorios habitados por nativos y mexicanos) se justificó teológicamente: Dios había dado esta tierra a su pueblo elegido para que la hiciera fructificar. El éxito en la conquista era la señal de la bendición divina.
Hoy, muchas iglesias pentecostales (y neopentecostales) en EE.UU. fusionan esta narrativa con la política. EE.UU. no es un país más entre otros (eso sería universalismo), sino una nación con un pacto especial con Dios. Defender sus fronteras, su economía y su cultura es defender el plan divino.
Lo tribal (la nación elegida) se convierte en el marco para lo universal (EE.UU. como faro del mundo). Pero es un universalismo imperial: todos pueden ser bendecidos, siempre que se sometan al liderazgo de la tribu elegida.
Mientras tanto, las fuerzas que emergen (los nuevos polos) necesitan ideologías más universalistas para articular su proyecto: China habla de “comunidad de destino compartido”, Rusia de “mundo multipolar” y “tradición”, el catolicismo de Francisco de “fraternidad universal”. El tribalismo pentecostal es la ideología del capital financiero en su fase de repliegue imperial. El universalismo (islámico, católico, o incluso el confucianismo de Estado) es la ideología que buscan las potencias emergentes para legitimar un orden multipolar.
El ascenso de China, la recuperación de Rusia, el protagonismo de India, Brasil, Sudáfrica, Indonesia, Malasia, Vietnam, la puesta en movimiento del África responden, como ya se sabe, a desplazamientos reales en la producción, el comercio y la acumulación del capital. Las potencias emergentes (China, Rusia, el mundo islámico organizado) tienden a articularse en torno a formas más universalistas o estatales de organización: el islam como umma, el catolicismo como diálogo global (Francisco y su apertura a China, a Rusia, al mundo árabe), el diálogo entre Carlos Marx y el maestro Kung Fu Tse, como ética estatal.
La multipolaridad y la globalización tienden hacia una homogenización racional del mundo (una especie de “catolicidad” secular), que no ignora las diferencias civilizatorias, mientras que el pentecostalismo, con su énfasis en lo tribal y lo emocional, parece un movimiento contra-corriente, pero que paradójicamente emerge de la misma cuna del capitalismo global: Estados Unidos.
Sintetizando: lo que aquí se intenta iluminar es el ropaje ideológico-religioso que adquiere un conflicto en el que se pone en juego una nueva etapa histórica de la humanidad, una nueva relación de fuerzas políticas, económicas y militares hacia una universalización que no niega, sino integra las particularidades nacionales y civilizatorias.
Buenos Aires, 11 de marzo de 2026





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