29 de noviembre de 2013

“La decisión de la Presidenta confirma su gran visión política y su capacidad de conducción”

noviembre 27, 2013Categoria: EconomíaLegislativasNacional
baraibarJulio Fernández Baraibar, analista político, fue entrevistado enLa Señal. En diálogo con Gabriel Fernández. hizo mención a las acciones que llevó a cabo la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, tras su receso por enfermedad. También opinó sobre los cambios en el Gabinete y el rumbo económico.
En primer lugar, destacó que “la decisión de la Presidenta, en el primer día de su regreso a la actividad presidencial,  de cambiar figuras claves en el Gabinete, confirma su gran visión política y su capacidad de conducción de un país como el nuestro”.
En la misma línea, aseguró que  “es evidente que mas allá de las respuestas políticas que encuentre en los resultados electorales, hubo un llamado de atención” ya que se generó “la sensación de que una gran parte de la ciudadanía creía que las cosas no andaban bien”.
Con respecto a la designación de Jorge Capitanich como Jefe de Gabinete, Baraibar estimó que se trata de una resolución “importante” debido a que “responde al peronismo del interior del país, que ha sido clave en el armado político de la presidenta“.
Sobre el armado del mapa político hacia el futuro, aseguró que “la elección de Capitanich como jefe de gabinete pone el centro de la atención en las próximas elecciones presidenciales del 2015 y en un armado que tiene a los gobernadores del interior como eje central de esa política”.
Ante las preguntas sobre el  rumbo económico nacional opinó que “era necesario para la Presidenta de la República y para la marcha de los negocios del país la presencia de un verdadero Ministro de Economía, porque hay una orientación: poner en marcha el mercado interno, volver a mover la capacidad productiva ociosa, aumentar la productividad del país”. Asimismo, agregó que“puesta en marcha ésa capacidad ociosa, el mantenimiento de los índices de productividad requiere respuestas técnicas a lo que se ha dado en llamar ‘sintonía fina’”.  También explicó que  “llegado un momento en que la capacidad productiva está plena, se necesitan nuevas inversiones y requerimientos productivos que no son satisfechos en el mercado interno, que tienen una gran dependencia del sector externo y nos aparece el problema del dólar, el problema de las importaciones, etcétera”.
Posteriormente se le consultó sobre la renuncia del Secretario de Comercio Interior y afirmó que “las generaciones futuras y la presente le deben muchísimo a Guillermo Moreno, ya que la Argentina pudo pasar el cerco en que las finanzas internacionales la quisieron someter en la post crisis del 2001 gracias a la firmeza, al patriotismo, la honestidad, el desinterés y la fibra Argentina de éste hombre”.
Completó la idea al aseverar que “también este requerimiento de mayor fineza en la sintonía económica necesitaba que Moreno se alejara de ese lugar, para mantener la política de control que la Secretaria de Comercio ha tenido hasta el momento, pero con otros mecanismos de mayor fineza técnica, según las necesidades del nuevo ministro Axel Kicillof“.
NM / GF / RG

14 de noviembre de 2013

Todas las batallas político-ideológicas que los cuadros de la Universidad deben dar son más necesarias que el agua y el pan”

RIN participó del primer Congreso iberoamericano de Revisionismo Histórico, organizado por el Instituto Nacional de Revisionismo Histórico Argentino e Iberoamericano Manuel Dorrego, en la ciudad de Buenos Aires.

En la misma accedimos a una entrevista personal con el periodista, escritor, guionista cinematográfico y miembro de dicha institución, Julio Fernández Baraibar, quien opinó acerca de los objetivos del reciente Congreso realizado por el Instituto, su visión acerca del estado actual de las organizaciones políticas del campo nacional, la reciente plena aplicación de la ley de SCA y de los objetivos de la Universidad y de las organizaciones políticas vinculadas a ello.

RIN-¿Cuál es el objetivo de la organización de este congreso y cuáles son las expectativas que se abren a partir del mismo?

JFB- Para mí, el Congreso ha sido una satisfacción, en lo personal, inmensa y, desde el punto de vista de las tareas y objetivos políticos institucionales, un éxito concreto. La verdad es que ha sido la primera vez que organizamos algo como esto en el Instituto. En el decreto con el cual se crea el mismo estaba planteado que se realizara un congreso latinoamericano y otro nacional y esto era todo un desafío.

Organizar un congreso nacional y latinoamericano es todo un desafío, los problemas de viaje y cambiarios que tenemos con algunos países de la región eran todo un tema y la verdad que el resultado ha sido excepcional. De todos los invitados no argentino participaron un 100 por ciento y con los invitados del interior del país también fue así. Desde el punto de vista de la organización ha sido un éxito y nos pone, como dijo Pacho O' Donnell, en la necesidad de plantearnos la idea de cómo hacer para realizar el segundo congreso.

RIN- Mas allá del tema especifico, se plantearon centralmente dos temas: por un lado la necesidad de terminar con la colonización de las mentes y las ideas y, la otra, que esto ayuda a la idea de una integración nacional que quedó trunca. No es casualidad que hoy tantos hombres y mujeres confluyan en esta idea de empezar a pensar desde nuestro lugar e integrarnos como una Nación ¿Cómo ves esto?

JFB- Se le atribuye a Víctor Hugo una frase que dice que no hay nada más potente que una idea a la que le ha llegado su tiempo y hoy estamos comprobando que a esa idea de integración latinoamericana le ha llegado su tiempo. Muchos de nosotros nos formamos, en la década del 70, con la idea de forjar una integración latinoamericana. Antes de nosotros otros hombres, como Juan Domingo Perón, pensaron esta idea y dejaron sentadas las bases conceptuales, lógicas y teóricas de esa integración y, hoy, esa hora nos ha llegado. El fin de siglo y todo el proceso de globalización que se produce después de la caída de la URSS, hizo evidente y puso en negro sobre blanco a los pueblos y políticos del continente que había llegado la hora de las grandes unidades continentales y se encontraron con que había todo un sistema de ideas y corrientes de pensamientos que habían planteado esto en su momento.
Había un pasado en común, a diferencia de Europa que tenía que saldar ríos de sangre para forjar una integración entre Alemania y Francia, por ejemplo. Nosotros tenemos las mismas bases culturales, tenemos una misma lengua y una misma religión, habíamos peleado juntos por la independencia. Entonces apareció la necesidad de constituir un gran bloque regional con la idea de no sucumbir en la política internacional. Un poco es eso lo que ha sucedido. Parece sencillo si se dice así tan fácil y si todo fuera como reír y cantar, pero no es así. Hay dificultades y este proceso de integración también tiene resistencias, hay bloques sociales que se resisten a ello.

Lo que ha aparecido en la conciencia general es que si no nos integramos, desaparecemos. Si no constituimos un bloque de poder, de Estados que tienen una enorme cantidad de habitantes, una gran extensión territorial y una inmensidad de recursos naturales y de modelos económicos, que, si no nos unimos, desaparecemos como posibilidad de ser sujetos en la política internacional y nos convertiremos en apéndices de otros bloques más fuertes que han podido lograr esa unificación.

RIN- El mecanismo para llevar adelante esto es a través de la participación política y de la discusión acerca de los temas de la agenda pública, a partir de sentar las bases del disenso y no a través del consenso que siempre viene impuesto desde arriba. Para ello es necesario generar organizaciones con un alto nivel de formación de sus cuadros políticos para poder dar esta batalla tan dura. En ese sentido, ¿cuál crees que es el estado actual de estas organizaciones?

JFB- Cuando nos propusimos hacer el Congreso, yo había pensado que debía tener una consigna: “Conocer la patria Grande”. Esto, creo, es una de deuda, porque. por ejemplo. los mendocinos no conocen la historia de Chile y eso que son pueblos que están a muy poca de distancia entre sí. Lo mismo con los jujeños y Bolivia. Yo creo que es fundamental generar mecanismos para que nuestras partes se conozcan.

Tengo el orgullo de decir que si hay un país en donde hemos avanzado y logrado generar un cuerpo de ideas y un sistema de pensamiento profundo y meditado sobre el tema de la integración somos nosotros los argentinos. Nuestros hermanos de otros países se han encontrado, con la mejor buena fe, la posibilidad de proveerse de este gran sistema de ideas que hemos generado los rioplatenses. Esto debe trasladarse a los militantes políticos, porque estos tienen que estar formados no sólo en la virtud de ganar elecciones sino también en el arte de la construcción estratégica de las grandes políticas que nos tenemos que dar. Si los militantes políticos y esta nueva juventud sólo se lucen en el arte de ganar elecciones y no generan cuadros políticos con dos, tres o cuatro puntos de vista sobre los cuales se puedan pronunciar, estamos errando en algo.

Esto se forma con debate, con discusión, pero también con cuadros políticos que tengan esta idea, de otra forma fracasaremos. Están dadas las condiciones. A esta idea de la integración nacional le ha llegado la hora y hay que estar decidido frente a ella.

RIN- El imperialismo, a partir de un sistema de colonización cultural, ha logrado durante décadas frenar este proceso de pensamiento autóctono, autocentrado, acerca de lo que nos ha pasado a los argentinos. Esto ha contado con la complicidad de ciertos actores internos y en nuestro caso particular en la Argentina tienen candidatos en listas como Julio Cobos en Mendoza y Massa en Buenos Aires. ¿Cuáles son hoy los mecanismos de dominación o de colonización cultural que permiten que suceda estas cosas y que por ejemplo permita que estas expresiones políticas saquen tantos votos?

JFB- Creo que hay un tema que ha sido planteado muchas veces por la Presidenta que es el tema de la colonización cultural y se ha instalado un gran debate político cultural -para no usar la palabra ideología que tiene cierto peso negativo- en el cual nosotros, como movimiento nacional y popular, tenemos que conquistar a las grandes masas para este nuevo paradigma.

Esto se refiere a que hay un debate que se tiene que dar desde las universidades, desde las escuelas, desde el ministerio de educación, tanto a nivel nacional como provincial, lo que implica, no sólo discutir acerca de las técnicas pedagógicas a implementar en el sistema educativo, sino también y sobre todo del contenido que se enseña en las mismas.
Estos resultados electorales adversos tienen, en gran parte, su origen en esta colonización cultural. Por eso debemos dar una gigantesca lucha cultural que desarraigue ese esquema neoliberal y eso se refleja en estas expresiones electorales que vos mencionas, pero que, además, cuentan con el apoyo de todo el sistema mediático, de todos los aparatos de comunicación, la embajada de EEUU y repercute en grandes sectores de las clases medias que, al lograr un ascenso económico, optan por viajar a lugares como Miami y Disney World que expresa un poco todo esto. Esto es un problema, porque cuando llegan a Disney World -siempre como metáfora- se genera una concepción del mundo y de la vida que atenta contra nuestros principios culturales.

RIN- Ese aparato cultural que tiene como mecanismos estratégicos de dominación a los medios de comunicación han sufrido una derrota a través de la plena aplicación de la Ley de SCA. Frente a esto ¿cuál es la estrategia por parte de la Universidad para contrarrestar esto que vos mencionabas, ya que es aquí donde se forman las principales usinas del pensamiento reaccionario contrarios a los intereses de la integración nacional?

JFB- En el caso de la Ley de SCA hemos logrado saldar una gran batalla. El monopolio ha debido aceptar la majestuosidad del Estado, es decir que no hay nada en la Nación superior a la Nación misma. Acá terminó la discusión y el Estado Nacional dictaminó, por los mecanismos establecidos en la Constitución. La Ley de Medios genera nuevos espacios de discusión y debate para seguir afrontando estas batallas y luchas políticas.

Respecto a la Universidad el análisis es un poco más complejo, ya que éste es un problema estructural, de la génesis misma del pensamiento universitario argentino. Aquí hay que dar una gran batalla. Todas las batallas político-ideológicas que los cuadros de la universidad deben dar son más necesarias que el agua y el pan. Creo que tenemos ciertos déficits. Estos puntos de vista que ustedes escucharon en el congreso y que contó con el apoyo de más de 450 inscriptos acreditados no se refleja en los cuerpos de profesores ni en el estudio del Estado , ni en muchos de los movimientos políticos. Ustedes saben mejor que yo la gran lucha que tenemos que dar. Frente a esto la única respuesta que debemos dar es seguir organizándonos; militando, discutiendo y convenciendo a los estudiantes, ganando centros estudiantiles, ganando federaciones estudiantiles. No es una tarea fácil, pero es la lucha política que hay que dar.

RIN- El problema principal siguen siendo los planes de estudio...

JFB- La estructura del Ministerio de Educación está impregnada de funcionarios medios, en lops niveles secundarios, liberales, gorilas y antiperonistas. Por eso digo que no es fácil. Hugo Chávez tuvo que crear una especie de Estado paralelo para dar las batallas políticas que necesitaba dar, para poder llevar adelante las políticas de salud pública, de educación, etc. Todos los gobiernos que llegan a través de las vías democráticas se encuentran con un Estado que está formado en el anti-Estado y muchas veces te encuentras con abogados dentro del Estado que dicen eso va contra la ley, eso otro también, etc, e inmovilizan la acción del estado democrático. Creo que esto es grave, porque, muchas veces, estas personas lo hacen consciente -e, inclusive, inconscientemente- porque están formados bajo unatradición de pensamiento reaccionario, antinacional, cipayo.

8 de octubre de 2013

30 días para el sonido y la furia

El cierre de esta edición de Caminopropio fue sorprendido por la noticia del reposo por prescripción médica de la Presidenta Cristina Fernández de Kirchner, primero, y por la necesidad de una intervención quirúrgica, inmediatamente después.
El alejamiento momentáneo de la presidenta, en medio de una campaña electoral sumamente reñida, ha tensado el odio y la revancha de los sectores concentrados de la economía -el monopolio mediático, los agentes del capital financiero internacional, la nueva oligarquía sojera- que se atreven a las más crueles e inhumanas afirmaciones y deseos.
Una política internacional soberana
El 23 de septiembre la presidenta Cristina pronunció en la 68° Asamblea General de las Naciones Unidas un memorable discurso. En uno de sus párrafos sostuvo: Esta es una ONU entre los buitres de la deuda y los halcones de la guerra, es peor que la película Los Pájaros de Hitchcock, quien, por lo menos, era un buen director”. Los fondos buitres, en efecto, se han convertido, con la complicidad de la prensa monopolizada, en una amenaza a todo la arquitectura financiera con que Néstor Kirchner, primero, y Cristina, después, reiniciaron el camino de la industrialización, la inclusión social, el crecimiento del mercado interno, la inversión estratégica en educación, salud, investigación y conocimiento científicos, la reducción drástica de la desocupación, la vigencia de las convenciones colectivas de trabajo, en suma, la recuperación del programa nacional y popular que caracterizó los mejores años del peronismo, en las condiciones de un país desvastado por treinta años de hegemonía neoliberal, bajo forma dictatorial o seudodemocrática.
La presidenta argentina reiteró la posición tercerista que ha sido tradicional en la política internacional del movimiento popular argentino y bregó por la reforma del Consejo de Seguridad, al que calificó como “antifuncional y obsoleto no solamente frente a la cuestión Siria, sino también ante otros frentes contra la paz y contra la seguridad en el mundo”.Crítico el derecho a veto de las grandes potencias surgidas de la Segunda Guerra Mundial y reclamó un sistema de consenso como el “que tenemos en los organismos regionales de América, como el UNASUR, como la CELAC, como el Mercosur, donde las decisiones se toman por consenso”. Y agradeció al Papa Francisco “la intervención fundamental que tuvo en la cuestión siria”.
La Batalla Cultural
Unos días antes, la presidenta había inaugurado la Casa de la Cultura en la Villa 21-24 de Barracas como sede de la Secretaría de Cultura de la Nación. La emoción y la fiesta con que la presidenta fue recibida en el barrio expresaba el reconocimiento a un cambio de paradigma cultural que toma al pueblo, al más profundo y explotado, al más postergado, como sujeto creador y centro de la política cultural del gobierno. Se trata de una política inclusiva en alto grado, porque no sólo implica el reconocimiento igualitario que a todos los ciudadanos les debe el Estado, sino que además le asigna un papel protagónico a su creación comunitaria, a las profundas corrientes espirituales que cruzan el alma de las multitudes, a su identidad latinoamericana, a sus necesidades y deseos. El papel decisivo que han jugado el Secretario de Cultura de la Nación, Jorge Coscia, como nuestro compañero Víctor Ramos en el cumplimiento de esta voluntad presidencial obtuvo, también en aquella jornada, un cálido reconocimiento de parte de ese pueblo trabajador que vive en la Villa.
Argentina Satelital
Días después, a su regreso de Nueva York, la presidenta pudo celebrar el ingreso de la Argentina al grupo de siete países que desarrollan satélites. Los logros alcanzados por la empresa estatal INVAP, salvada casi por milagro del desmantelamiento neoliberal, y por la permanente inversión del estado en el desarrollo tecnológico, han puesto a nuestro país, a tan sólo doce años de la implosión del 2001, en el segundo lugar en el continente americano, después de los EE.UU., en condiciones de construir satélites.
Este es el país en el que hoy vivimos los argentinos, sin necesidad de escapar a otros rumbos, con una juventud que estudia y que está recuperando puestos de trabajo, salarios y mejores condiciones laborales.
Pero no son solo los fondos buitres las únicas aves de rapiña que sobrevuelan sobre el cuerpo sano y fuerte de la Argentina.
Los negros pájaros de la restauración oligárquica
Ni bien conocida la noticia de la afección presidencial, bandadas de aves carroñeras con espacios en los grandes diarios, en los canales de televisión, en las radios y hasta en las redes sociales salieron a alimentarse de lo único que les interesa: un país vencido, empobrecido, sin voluntad ni futuro.
Este mes en el que Cristina se recupere de su operación serán 30 días “de sonido y de furia, como el discurso de un idiota”, según la rotunda expresión de Shakespeare.
El pueblo acompañará, como lo ha hecho siempre, con sus oraciones y su voluntad , el reposo presidencial y estará atento a todas las maniobras destituyentes y golpistas que surgirán del seno de un establishment que no se resigna a perder sus privilegios.
El vicepresidente Amado Boudou, tan distinto en su lealtad, al miserable de Julio Cobos, sabrá cumplir con patriotismo la tarea que le ha impuesto la historia. Respaldar y sostener su breve interinato será el deber de quienes hemos confiado en Cristina Fernández de Kirchner para continuar la tarea iniciada en el 2003. No habrá calumnia e injuria que se ahorren para desprestigiarlo y socavar, no su poder, sino el de la voluntad popular expresada en las elecciones del 2009. El 54% de los argentinos los elegimos por cuatro años para cumplir el programa que hoy estamos desplegando.
Los oscuros deseos de una oposición antinacional y antipopular, la barbarie impía de los que escriben comentarios en Clarín o La Nación tendrán que masticar, nuevamente, su derrota.
Y todos nosotros acompañaremos durante esta singular campaña electoral a una presidenta que se ha ganado el corazón de su pueblo y a la que le quedan dos años para conducir a la República por el camino de la soberanía política, la independencia económica y la justicia social.
Todos sabemos lo que tenemos que hacer en las elecciones de octubre: tapar con votos nacionales y populares el sonido y la furia oligárquicas.
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7 de octubre de 2013

19 de julio de 2013


La Declaración de la Independencia y la Patria Grande 4/7



Lo que va de Lord Ponsomby a Mr. Ponsomby

Prólogo a una nueva edición del libro La Misión Ponsomby 
de Luis Alberto de Herrera

El libro que aquí presentamos fue publicado por última vez en la Argentina en 1974,  en la breve presidencia de Arturo Jauretche en Eudeba, la editorial de la Universidad de Buenos Aires. Con la restauración de la soberanía popular, las grandes ideas del revisionismo histórico y de la cuestión nacional latinoamericana volvieron a ocupar el centro del interés y del debate públicos.
Jorge Abelardo Ramos propuso a Jauretche la reedición de algunos textos fundamentales. Uno de ellos fue este libro de Luis Alberto de Herrera,  el último jefe del partido Blanco de Uruguay. Y le escribió un prólogo que forma parte, también, de la presente edición.

Ya no existen ni el Uruguay ni el Imperio Británico de 1928, año en que Herrera publicó su libro. El descubrimiento de que la “Suiza del Plata” era un producto de la diplomacia inglesa es, desde hace años, un lugar común en ambos lados del gran río. 

El dilema con el que se enfrenta hoy el país de Herrera no es ni siquiera el de 1974. Como, con gracia y acierto, ha dicho Alberto Methol Ferré, Lord Ponsomby ha sido reemplazado por Mr. Ponsomby, el oxfordiano inglés de de los representantes de los frigoríficos por el masticado inglés de los texanos proponiendo un tratado de libre comercio que arranque al Uruguay de su hermandad mercosuriana y lo convierta en proveedor exclusivo de un par de cadenas de supermercados en California o Chicago.

Desaparecido el mundo que permitió la extraordinaria renta diferencia y con ella su particular economía  fisiócrata, Uruguay ha quedado expuesto a convertirse en un socio atlántico del Acuerdo del Pacífico, subsumiendo sus decisiones políticas a la hegemonía norteamericana. Los viejos sectores oligárquicos, rurales y urbanos, que hoy se expresan en las direcciones del partido Blanco y del partido Colorado, así como en los sectores más liberales del Frente Amplio, vienen coqueteando desde hace años con la idea salvadora de un TLC con los EE.UU. El gobierno de Tabaré Vázquez estuvo a punto de firmarlo y la prensa tradicional bombardea permanentemente al Mercosur, agigantando sus dificultades y asordinando sus ventajas. Demás está decir que desde esta orilla del Plata se han cometido todo tipo de desaciertos y errores que, lejos de facilitar, han entorpecido la integración al Mercosur y, peor aún, han ignorado el papel que Uruguay debe jugar en la Cuenca del Plata y el enorme peligro que significa Mr. Ponsomby.

Pepe Mujica es, en cierta manera, heredero de este Luis Alberto de Herrera, quien, como cuenta Ramos en su prólogo, anticipó algunos criterios fundamentales para una política internacional en defensa de la soberanía uruguaya. Mujica es conciente de la maniobra colonialista que dio origen a su país y es, justamente, en cuestiones de política latinoamericana, que se diferencia de los otros sectores que componen el Frente Amplio. Mujica parece haber aprendido aquel criterio herrerista que menciona Methol Ferré en su Uruguay como problema: “Debemos mantener siempre el punto medio entre Itamaratí y el Palacio San Martín, pero para ello, siempre más cerca del Palacio San Martín”.

Los argentinos debemos conocer la génesis de este país “igual, pero un poco distinto” y el libro de Luis Alberto de Herrera es una clave para este conocimiento. Este punto medio que pedía el caudillo blanco implica para nosotros la ausencia de toda soberbia, la concesión a intereses y necesidades internas del país hermano, diálogo permanente con los sectores de la política uruguaya más conscientes de la imperiosa integración y una diplomacia convencida de que alguna vez fueron Banda Oriental, pero que desde hace 188 años marchan separados. Y a nuestras provincias mesopotámicas les toca también la responsabilidad de recrear en las condiciones del siglo XXI aquella Liga de los Pueblos que liderara José Gervasio Artigas. 

Porque si como dice Ramos Lord Ponsomby está muerto, Mr. Ponsomby quiere hacerle la posta y contra este míster separados no somos nada. Ni los uruguayos ni los argentinos. 

Aguas Dulces, Departamento de Rocha, 19 de julio de 2013

14 de julio de 2013

La Patria Grande y nuestras Fuerzas Armadas


La voluntad presidencial
de consolidar dos grandes desafíos

Durante las últimas semanas Cristina Fernández de Kirchner, por un lado ha ratificado su permanente compromiso con la causa de la integración latinoamericana, y, por el otro, ha enunciado medidas destinadas a reintegrar a las FF.AA. a las políticas de Estado dirigidas a la industrialización del país.
La reunión de la UNASUR, en Cochabamba, y la posterior reunión del Mercosur, en Montevideo, sirvieron para ratificar la profunda unidad y coincidencias estratégicas entre los gobiernos de la región, frente a la insólita  y descabellada provocación a la que fue sometido el continente, en la persona del presidente de Bolivia Evo Morales.
Hemos sostenido que el incidente respecto al vuelo del avión presidencial boliviano ha establecido un antes y un después en la historia de las relaciones entre América Latina y Europa. La violación flagrante de todos los códigos diplomáticos propios de los países civilizados, la amenaza a la integridad física del presidente Morales y la ruptura culpable del derecho al asilo político, un instituto que nuestro continente ha levantado como bandera, recibieron una condigna respuesta de nuestros presidentes e, incluso, de un organismo caracterizado por la permanente presión norteamericana como la OEA. Los gobiernos de Francia, España, Portugal y Austria se convirtieron en meros instrumentos de una llamada “operación de inteligencia” tendiente, supuestamente, a impedir el viaje de un ex agente que había denunciado el espionaje norteamericano sobre esos propios gobiernos europeos. La crisis del sistema capitalista impuesto a partir de los años '70, con la hegemonía del capital financiero y el neoliberalismo del Consenso de Washington, ha arrollado las viejas conquistas del “estado de bienestar” con el que Europa pretendía publicitar su superioridad ante el sistema soviético y ha puesto punto final a los pujos terceristas que la unidad europea intentó expresar en vida de Charles de Gaulle.
No sería de extrañar que, detrás de este insensato incidente, se escondan las intenciones agresivas del imperialismo norteamericano contra las conquistas alcanzadas por los latinoamericanos en los últimos lustros. La unidad y contundencia de la respuesta de la región es, por ahora, un freno importante a tales intrigas.
FF.AA y producción
El nombramiento de Agustín Rossi al frente del ministerio de Defensa hizo pensar en novedades respecto a la política presidencial para las FF.AA. Un ministro con un perfil políticamente tan marcado no podía implicar una designación circunstancial. Inmediatamente a ello, la propia presidenta expresó, en distintas ocasiones su voluntad de que este instrumento casi definitorio del estado nacional tuviera un papel en el proyecto de recuperación y reindustrialización del país.
El nefasto papel cumplido por los altos mandos militares, de todas las armas, durante la dictadura cívico militar de 1976 expuso a las FF.AA. a un merecido enjuiciamiento por parte del Estado y de la opinión pública. Los juicios por violación a los DD.HH restablecieron, y continúan haciéndolo, la justicia sobre los uniformados que violaron el principio sanmartiniano de no derramar sangre de hermanos y entregaron el país a la voracidad imperialista.
Pero era y es necesario tener unas FF.AA. al servicio de las grandes políticas nacionales. La unidad latinoamericana y la reindustrialización del país son los dos pilares de esas políticas y la decisión presidencial es incorporarlas a esos objetivos estratégicos.
Para ello será necesario modificar los programas de estudio de los colegios y escuelas militares. Desterrar de esa enseñanza el mitrismo que ha dado forma al pensamiento cipayo castrense en la Argentina. Incorporar a la misma la interpretación de nuestra historia que surge de los grandes movimientos populares del siglo XIX y XX, desempolvar al San Martín inodoro, incoloro e insípido forjado por Mitre para reemplazarlo por el firme y claro político del Acta de Rancagua, por el gobernador de Cuyo que no vaciló en expropiar las pertenencias de las familias pudientes para construir su ejército libertador, aunque la leyenda mitrista llame a ello “la donación de las damas mendocinas”.
Ha habido, es digno de destacar, una política dirigida a integrar a las carreras de oficiales a jóvenes -hombres y mujeres- provenientes del interior del país y de familias de menores recursos. Eso ha cambiado la composición de los cuadros. Se hace necesario que organismos creados por la presidenta, como el Instituto Nacional del Revisionismo Histórico Argentino e Iberamericano Manuel Dorrego, participen en la formulación de los programas de estudio y en la enseñanza de los futuros oficiales de  unas FF.AA. destinadas a la defensa, ya no del país, sino de Suramérica, cuyas riquezas naturales y las políticas independientes y soberanas del último decenio la han puesto en la mira de los intereses imperialistas, como lo ha demostrado el incidente con el presidente Evo Morales.

22 de mayo de 2013

Chile y la construcción de un país mirando al Pacífico

Primera parte de la clase impartida en la Casa de la Patria Grande el 22 de mayo de 2013.

La difícil colonia española
El primer español que llegó al actual territorio de lo que hoy es Chile fue Diego de Almagro, en 1536. Fue Almagro el primero en concebir al país como un todo orgánico. Fue Almagro quien le puso a la región el nombre de Chile y generó el gentilicio "chileno". Incluso, la etiqueta de "rotos", como se conoce a los pobres en ese país, deriva de la condición andrajosa de las tropas de Almagro.
Los quinientos hombres que salieron de Lima bajaron en búsqueda del oro del que hablaban los Incas del Perú. Esta información no era más que una trampa que los Incas preparaban a los españoles, ya que planeaban un levantamiento y buscaban de esa manera disminuir la cantidad de tropas españolas en el Perú.
Almagro cruzó el actual territorio de Salta y desde allí atravesó los Andes por el hoy llamado paso de San Francisco. Llegó por fin al Valle de Copiapó con una legión de 240 españoles, un millar de indios yanaconas y un centenar de esclavos negros. Después de varios enfrentamientos con los nativos, lograron llegar hasta la zona del Aconcagua, donde, según noticias, algunas tribus de indios querían negociar con los españoles.
Es en todo este territorio, al norte del río Itata, donde se produjo el originario mestizaje de españoles y aborígenes que caracterizó, en general, a la colonización española. Será recién el extremeño Don Pedro de Valdivia quien logra establecer, después de enormes vicisitudes, la Capitanía General de Nueva Extremadura o Chile.
La llamada guerra del Arauco, entre los conquistadores españoles, acompañados por los grupos indígenas del norte, y los mapuches y picunches se extendió durante varios siglos. El propio Pedro de Valdivia murió en una de sus batallas.
La colonización española en Surámerica se extendía a través del Pacífico. Solo mucho más tarde, con el puerto de Montevideo y el de Buenos Aires habría una vinculación por el Atlántico.
Hasta fines del siglo XVIII, las autoridades radicadas en Santiago de Chile dependieron del Virreinato del Perú, tanto en lo administrativo y militar, como en lo comercial. La particular ubicación de Chile, lejano de lo que entonces eran las principales rutas marítimas y con un gran aislamiento debido a las dificultades de comunicación terrestre, constituyó, desde el principio la principal dificultad de los colonizadores españoles. El permanente estado de guerra que vivía la región hicieron de Chile uno de los lugares más pobres de las posesiones españolas de ultramar. Si bien en un principio, como se ha dicho, el comercio se estableció exclusivamente con Lima, lentamente la Capitanía General establecería una vía comercial, si bien prohibida por la ley, regular e intensa con el puerto de Buenos Aires. Justamente esta vía relacionó a Chile con la región cuyana de este lado de la Cordillera, conformando una suerte de unidad económica y social.
La Junta Nacional de Gobierno
La ola de las juntas locales que se inicia en el continente en 1810 también toca Chile. En septiembre de 1810 se crea una Junta Nacional de Gobierno, presidida por quien hasta ese momento se había desempeñado como Gobernador, Mateo de Toro y Zambrano. Un estudiante porteño que participó activamente en el clima político que desembocó en la Junta tuvo posteriormente una intensa actividad en su país: Manuel Dorrego. Los diversos sectores sociales que conformaban los criollos, como en todo el continente, encontraron en la prisión del rey español en Bayona la excusa para sus pujos de autonomía, algunos, y de independencia, otros.
El historiador argentino-chileno Luis Vitale establece cuatro etapas para estos años iniciales de la independencia:
a) De septiembre de 1810 al golpe de estado que dio José Miguel Carrera en noviembre de 1811. La figura más destacada de ese período fue el mendocino Juan Martínez de Rozas. Su posición era la de acercar la Junta chilena a la que había surgido en Buenos Aires. La ayuda recíproca era vital para hacer frente a los ejércitos que el virrey enviaría desde el Perú y la región oriental de la actual Bolivia. La posición que triunfa en estas jornadas es la de los criollos moderados -y muchos españoles europeos- que sostenían a la Junta ante la prisión de los reyes españoles, pero que no aspiraban a la independencia. Eran llamados por sus enemigos como “los pelucones”, una forma irónica de aludir a la continuidad de la monarquía. Quienes militaban en el bando más independentista recibían el mote de “pipiolos”, despectiva forma de aludir a su juventud, su irreflexión y entusiasmo por las nuevas ideas. Eran en última instancia lo que luego se conocería como conservadores y liberales. Los primeros expresaban los intereses latifundistas del campo y los comerciantes de la ciudad. Unían a su hispanismo y conservatismo social, un profundo espíritu localista y provinciano. Los llamados “estanqueros”, el grupo de comerciantes que maneja el monopolio fiscal sobre licores, yerba y naipes es el núcleo de esa burguesía comercial, que veremos más adelante.
b) Desde el golpe de Carreras al desastre de Rancagua, el 1 y 2 de octubre de 1814. En ese período se destacan las personalidades enfrentadas de Carreras, caudillo militar de Santiago y de Bernardo de O'Higgins, el caudillo de Concepción. Dice sobre ello Jorge Abelardo Ramos “Los Carrera pertenecían a lo que Segall llama la "fracción burguesa más progresista" de la época, pues, curiosamente, en Chile existía una burguesía minera de importancia, interesada en el comercio con el Pacífico y cuyas relaciones con el pujante capitalismo norteamericano constituyen el telón de fondo de la política chilena en la primera década revolucionaria. La lucha entre Carrera y O'Higgins, vinculado este último a la Logia Lautaro de San Martín, respaldada a su vez por los intereses británicos, se explica a la luz de las íntimas relaciones mantenidas entre José Miguel Carrera y el agente diplomático norteamericano Joel Robert Poinsett. Este último contribuye a la redacción de la Constitución de la Patria Vieja y resulta un pilar del partido carrerista. O'Higgins, por su parte, que ante la amenaza española disputa el poder con Carrera, formaba parte del sistema terrateniente-liberal interesado en la relación con el Imperio Británico y en su apoyo al movimiento de la Independencia”. Con la derrota de Rancagua termina el período que se conoce como Patria Vieja.
c) De Rancagua a la victoria militar patriota de Chacabuco. Entre 1814 y 1819, llegaron a América más de 30.000 soldados. Hacia 1815 estaba restablecido el dominio español en casi toda Hispanoamérica. Las tropas de Mariano Ossorio restablecieron el poder monárquico en Chile y tanto su gobierno como el de su sucesor Marcó del Pont reprimieron con violencia y sin misericordia al movimiento criollo. Este período de reacción conocido como “La Reconquista” logró unificar las fracciones criollas con el objetivo de echar a los españoles. Carrerinos y o'higginistas aunaron fuerzas en el interior del país y, desde Mendoza, colaboraron en la formación del Ejército de los Andes.
Bernardo O'Higgins fue, en esta etapa, la expresión más decidida de las ideas independentistas. A su vez, el abuso cometido por los españoles engrosó las tropas patrióticas con sectores populares que hasta entonces habían permanecido indiferentes a los hechos. En la zona central de Chile fue, justamente, el respaldo campesino lo que explicar el exitoso desarrollo de la guerrilla de Manuel Rodríguez.
d) La consolidación de la Independencia durante el gobierno de O’Higgins. Hacia 1817 Bernardo de O'Higgins ya se había convertido en el jefe militar y líder político capaz de afianzar la independencia, tarea en la que fue decisiva la participación del Ejército de los Andes al mando del correntino José de San Martín. Los triunfos de Chacabuco y Maipú ponen punto final al dominio español en Chile y el 12 de febrero de 1812 fue declarada la Independencia.
Bajo el gobierno de Bernardo O'Higgins, “los que no pudieran acreditar su patriotismo quedarían inhabilitados para el desempeño de cualquier empleo. Igualmente decretó el secuestro de todos los bienes de los realistas prófugos”, según relata el historiador chileno Sergio Villalobos. La fuerza política de O'Higgins residía, no tanto en los sectores políticos civiles, sino en la de su ejército y en la Logia Lautaro. La fuerte oposición a su gobierno de características bonapartistas estuvo encabezada por los sectores terratenientes, quienes comenzaron a endilgarle el mote despectivo de “huacho”. Comenzaron a presionar a O'Higgins para apurar el alejamiento del Ejército de los Andes al Perú, por un lado, para disminuir la presión impositiva de su mantenimiento, pero por la otra con el deseo de que la caída de Perú les permitiera reconquistar el mercado peruano de trigo que había perdido con la suspensión de las importaciones chilenas decididas por el virrey Abascal.
Afirma Luis Vitale: “Durante este período, una vez más, los productos mineros salvaron al país de la crisis. La minería financió las guerras de la Independencia. El oro, la plata y el cobre fueron la base económica de los gobiernos surgidos de la revolución de 1810. José Miguel Carrera pudo comprar armas a los comerciantes norteamericanos en 1815 porque tenía como respaldo la producción minera. En el proyecto que Carrera presentó al gobierno argentino el 8 de mayo de 1815 para expulsar a los españoles de Chile, recomendaba invadir por Coquimbo porque la expedición podría costearse con la riqueza minera del Huasco. La mina de plata Agua Amarga financió parte de la expedición al Perú. El minero José Antonio de Zavala contribuyó a costear los gastos del Ejército Libertador de los Andes (...). El hecho de que las guerras de la independencia hayan sido financiadas por la minería nacional reafirma nuestra caracterización de Chile como país esencialmente minero”.
La Guerra a Muerte
Entre 1818 y 1827 se desarrolla un período de la historia chilena con características parecidas a otros ocurridos en el continente suramericano. Benjamín Vicuña Mackenna llamó al período “La Guerra a Muerte”, el mismo nombre como se conoció una dramática situación similar en Venezuela después del fracaso de la primera república. El intento de contraofensiva por parte de los españoles logró durar tantos años como consecuencia de la participación que tuvieron los grupos indígenas mapuches, en el sur del país, a favor de los realistas, sobre todo en Chillán, Concepción y La Frontera. Un chileno desertor, Vicente Benavídez, se convierte en caudillo de este proceso contrarrevolucionario, sumando a estas tribus indígenas para las que la independencia de los españoles no tenía significación alguna, en la medida que no respondieran a sus únicos objetivos: la recuperación de sus tierras y el reconocimiento de sus derechos a la autodeterminación. Tomás Guevara fue el primer chileno que se introdujo en el mundo mapuche, desde una perspectiva etnográfica, escribe que “los iniciadores de la revolución chilena cometieron un grave error descuidando desde el principio la propaganda entre los araucanos, el trato amistoso y cordial con ellos y, sobre todo, dejando armada a sus espaldas una poderosa máquina de guerra que pertenecía a los realistas (...) Todo este cuerpo de empleados (capitanes de amigos y lenguaraces) se manifestaba profundamente adicto al rey. Suspendidos los sueldos de muchos por las necesidades del nuevo orden de cosas y el descuido de los servicios de la frontera, creían y propalaban que el antiguo gobierno español disponía de mayores recursos y cumplía mejor sus compromisos (...) Entre los agentes realistas, ejercían un influjo directo y decisivo en la opinión del indio los capitanes de amigos y los lenguaraces”. Para entender mejor el párrafo, se llamaba capitán de amigos a un funcionario colonial chileno mediador entre las autoridades españolas y los mapuches durante la Guerra de Arauco.
En octubre de 1824 fue aplastado el ejército español, por las fuerzas del General José Joaquín Prieto, y se puso fin a esta primera etapa de la Guerra a Muerte. Sobrevendría por varios años más, la llamada “Guerra de los Pincheiras”, una constante acción de pillaje y predación por parte de la hermanos Pincheira, al frente de fuerzas integradas en su mayoría por indios pehuenches. Su acción alcanzó, no solo el sur de Chile, sino que se extendió hasta las provincias argentinas de San Luis, Córdoba y Santa Fe y llegaron a atacar Bahía Blanca y la Sierra de la Ventana. En 1829, Juan Manuel de Rosas firmó un acuerdo con un grupo de tribus mapuches conocidas como boroanos a través de su emisario Eugenio del Busto, sustrayéndolos del bando pincheirino. Las fuerzas de los hermanos Pincheira se refugiaron, entonces, en el norte de Neuquén. Los Pincheira se mantuvieron como el último bastión realista de Sudamérica. Recién en 1832, el general chileno Manuel Bulnes, logró desbaratar la banda de los Pincheira, fusilando al cabecilla Pablo Pincheira y a varios de sus subordinados. El último de ellos, José Antonio, murió como peón de la estancia del presidente José Joaquín Prieto, siendo ya un legendario anciano.
La Guerra Civil y el establecimiento de la República Oligárquica
En 1831, Inglaterra reconoció la independencia de Chile. Desde 1825, cuando ya era evidente que el continente no necesitaba de la ayuda británica para lograrla, el Reino Unido comenzó a reconocer a los nuevos países. Según el primer ministro Lord Castlereagh, ese reconocimiento tenía como objetivo evitar que fuesen los EE.UU. con su nueva república, quienes lograran quedarse con el mercado del mundo hispanoamericano. George Canning llevará esta política hasta su perfeccionamiento por medio del fraccionamiento que conocemos como balcanización.
El período caracterizado por la guerra civil transcurrió desde 1823 hasta 1830. El período se caracterizó por un enfrentamiento entre los “pelucones”, conservadores terratenientes y comerciantes, y los “pipiolos”, liberales democráticos que pugnaban por el establecimiento de una república constitucional. Mientras aquellos expresaban a los sectores más retardatarios y aislacionistas de la sociedad chilena, estos, pese a sus devaneos ideológicos, representaban, como dice el chileno Pedro Godoy, “un matiz de continentalidad”. Detrás de sus filas se expresaba, a veces, la burguesía minera y, otras, el artesanado y los campesinos, sacudidos todos por la crisis económica que sobrevino a las Guerras de la Independencia. Los intereses de las provincias, que en Argentina se conoció como federalismo, dieron lugar a un gobierno federalista en 1826. Basta decir que la Aduana de Chile tenía su asiento en Santiago, que no es una ciudad costera, para entender los reclamos que la región minera de Coquimbo y la región triguera de Concepción le formulaba al centralismo santiaguino. Según afirma Luis Vitale: “En cifras comparativas, Chile fue una de las naciones de América latina a la cual ingresaron mayor cantidad de mercaderías inglesas, francesas y norteamericanas durante la década 1820-30. Hacia 1827, Inglaterra vendía anualmente a Chile por un valor superior a los tres millones de pesos; le seguía Estados Unidos con un millón y luego Francia”.
La Constitución de 1828 fue el resultado de una negociación entre federales y unitarias tendiente a terminar con la guerra civil, pero que implicó, según Vitale, “la derrota definitiva de la rebelión de las provincias”. Es necesario mencionar que las tendencias federales, liberales y plebeyas continuaron la lucha iniciada por Carrera y O’Higgins contra los privilegios, sobre todo como latifundistas, de la Iglesia Católica.
Esta tensión, tan parecida a la ocurrida de este lado de los Andes, provocó el enfrentamiento entre Bernardo O'Higgins, un centralista, y Ramón Freire, un federal, ambos guerreros de la Independencia a las ordenes de José de San Martín. El resultado fue que de la guerra civil de 1829-30, promovida y financiada por los terratenientes y la burguesía comercial santiaguina aplastó todos los pujos liberales y continentalistas, imponiendo la hegemonía de Diego Portales, la expresión acabada del partido del “estanco”, la burguesía comercial, conservadora y aislacionista que conformó a la República de Chile, blanca, lejana y distante del resto del continente.
Esa guerra tuvo su punto final en la batalla de Lircay que es el momento inicial del Chile conservador, proinglés, aislacionista que la oligarquía chilena adoptó como propio y del que no ha logrado desprenderse en gran parte el sistema político del país trasandino.
Este período, que sucede a la derrota de los “pipiolos”, es conocido formalmente como “la República autocrática o autoritaria”, mientras otros historiadores menos formalista proponen denominarla “los decenios de la burguesía comercial y terrateniente”. Joaquín Prieto, Manuel Bulnes, y Manuel Montt gobernaron entre 1831 y 1861 y consolidaron el poder hegemónico del “portalismo” y su acérrimo aislamiento del continente suramericano.
La guerra de Chile contra la Confederación Perú-Boliviana
La guerra contra la Confederación Peruano Boliviana, del Mariscal Santa Cruz, fue el acontecimiento más importante del período, en relación al continente. Los viejos enemigos O'Higgins y Prieto se opusieron al conflicto y apoyaron el último intento bolivariano antes de la total balcanización. Diego Portales, el administrador detrás de las bambalinas -a quien apoyó Juan Manuel de Rosas en su lucha contra el Mariscal Santa Cruz- logró imponer a través de la guerra al Puerto de Valparaíso como el más importante para el comercio inglés en nuestras costas del Pacífico. Los tres gobiernos “portalinos” consiguieron establecer a Chile como un país exportador de materias primas agrarias y mineras, incorporándolo a la división internacional del trabajo determinada por el Reino Unido. El tradicional anglicismo de las clases dominantes chilenas tuvo su consolidación en este período, así como su también tradicional visión de país cercado. El “portalismo” es, de alguna manera, lo que el “rivadavismo” ha sido para el pensamiento oligárquico en nuestro país, la base ideológica de un país oligárquico, anglodependiente y antilatinoamericano.
Citamos aquí a Luis Vitale pues coincidimos en su juicio: “Esta guerra formó parte del proceso de división o "balcanización" de nuestro continente. Inglaterra, Francia y Estados Unidos, aprovecharon las contradicciones entre las burguesías criollas para ahondar la división de América Latina, alentando guerras entre los países limítrofes. La guerra entre Argentina y Brasil en 1826 y la segregación de la Banda Oriental -hoy Uruguay- de las Provincias Unidas del Río de la Plata, constituyeron los primeros triunfos de la diplomacia inglesa para quebrar el ideario bolivariano de unidad latinoamericana”.
Diego Portales, como se ha dicho, vio la posibilidad de convertir al puerto de Valparaíso en el principal para el comercio a través del Pacífico, desplazando al de El Callao que era, hasta ese momento, el más importante. Su pensamiento geopolítico, provinciano y portuario, veía con recelo la confederación de los dos países andinos bajo la conducción del mejor heredero de Simón Bolívar, el mestizo Andrés Santa Cruz. Como Rivadavia en Buenos Aires, Portales despreció con firmeza y convicción la naturaleza mestiza y criolla de su país. Su carta sobre la Confederación Peruano Boliviana deja en claro su pensamiento: “La posición de Chile frente a la Confederación Perú-boliviana es insostenible. No puede ser tolerada ni por el pueblo ni por el gobierno, porque ello equivaldría a su suicidio. No podemos mirar sin inquietud y la mayor alarma, la existencia de dos pueblos confederados y que, a la larga, por la comunidad de origen, lengua, hábitos, religión, ideas, costumbres, formarán, como es natural, un solo núcleo (...) La Confederación debe desaparecer para siempre jamás del escenario de América (...) Debemos dominar para siempre en el Pacífico: ésta debe ser su máxima ahora, y ojalá fuera la de Chile para siempre”.
Fue en esta “era portalina” cuando el ejército se transformó en uno de los principales factores de poder, sobre todo después del triunfo sobre la Confederación Peruano Boliviana. Tanto el general Joaquín Prieto como el triunfador en la guerra, Manuel Bulnes, fueron elegidos presidentes por los sectores terratenientes debido a que contaban con el apoyo del ejército, que daba respaldo al rígido control político y social del estado, garantizando los planes económicos de la oligarquía.
Fue en este país, consolidado bajo la dominación de una burguesía comercial en estrecha relación con el Reino Unido y con control sobre todo el país, que vivieron y discutieron dos talentosos argentinos: Domingo Faustino Sarmiento y Juan Bautista Alberdi.
Escribe Jorge Abelardo Ramos: “Era perfectamente natural que semejante clase social encontrase su gran hombre político en un comerciante de Valparaíso, el puerto extranjero por excelencia de Chile, el Buenos Aires del Pacífico. Ese hombre fue Diego Portales. Es el pequeño burócrata práctico que aparece en todos los Estados balcanizados y aborrece las quimeras. Organiza la administración pública, pone orden en las finanzas, somete el ejército al poder civil oligárquico, gobierna con mano de hierro y aspira a una República chiquita y centralizada, una especie de Estado comercial más próspero que sus propios negocios privados, siempre ruinosos”.
Las formas despóticas de los gobiernos portalinos pueden ser descriptos con las palabras de un testigo: “La obra de Portales consistió en quebrantar en el país todos los resortes de la máquina popular representativa y en sustituir a ellos, como único elemento de gobierno, lo que se ha llamado el principio de autoridad (...) Se desplegaba un verdadero lujo de crueldad y barbarie contra los reos de delitos políticos y hasta contra los jueces que procedían en esos casos con benignidad. La fuerza y el miedo eran los instrumentos favoritos” (Sergio Villalobos).
La guerra tuvo en los generales chilenos Bernardo O'Higgins y Ramón Freire sus grandes críticos, a punto tal que el primero vivía exiliado en el Perú durante su transcurso y manifestó claramente su opinión contra la misma. La burguesía comercial mapochina no estaba interesada en proyectos continentales. Le bastaba su supervivencia como clase dominante en su pequeña provincia.
El conflicto bélico tendría posteriormente su prolongación en la Guerra del Pacífico o Guerra del Guano en 1879.
La Guerra Civil de 1851
Las tendencias liberales de la sociedad chilena fueron, como se ha dicho, reprimidas durante los decenios oligárquicos. No obstante, la burguesía minera, enfrentada al conservadorismo terrateniente intentó durante esos años constituirse en una tendencia política orgánica. La Sociedad Literaria fue el centro inicial del liberalismo político chileno. Benjamín Vicuña Mackenna, Francisco y Manuel Bilbao y Manuel Guerrero -fundador de la Sociedad Caupoulicán, que agrupó a sectores plebeyos vinculados al artesanado- fueron las figuras más importantes hacia las décadas del 40 y el 50 del siglo XIX. Después de varias rebeliones y desórdenes provocados por el descontento social contra la dictadura conservadora, en 1850 se crea la Sociedad de la Igualdad. Su promotor fue Santiago Arcos, un afrancesado que pretendió desarrollar en Chile las ideas de la Revolución de 1848 en Francia, que al ser exiliado en la Argentina colaboró con Valentín Alsina, terminó sus días apoyando en Paris la posición mitrista sobre la Guerra del Paraguay. A Arcos se sumó la figura de Francisco Bilbao, un introductor del pensamiento social cristiano de Lamennais, que tuvo un fuerte impacto, a juzgar por la reacción de la jerarquía eclesiástica como por el apoyo logrado en algunas órdenes religiosas y muchos curas seglares.
En este ambiente intelectual y político se produjo el inicio de la Guerra Civil de 1851. El presidente Bulnes montó un gran fraude para garantizar el ascenso de Pedro Montt a la presidencia y hacer fracasar la tentativa electoral de los liberales. En septiembre de 1851, desde el interior del país y encabezados por la burguesía minera liberal, los opositores se levantaron en armas. El llamado Norte Chico, con las ciudades de La Serena y Copiapó, se convirtió en el centro del levantamiento. El nuevo intendente de La Serena no era otro que José Miguel Carrera, el hijo del caudillo revolucionario de la Patria Vieja. Al extenderse hacia el sur, el movimiento revolucionario sumó el apoyo de las tribus mapuches que nuevamente encontraban un cauce a sus ancestrales reclamos de tierras.
Es necesario incluir en este relato que, mientras Domingo Faustino Sarmiento apoyaba desde la prensa la candidatura de Montt, su contendiente Juan Bautista Alberdi inspiraba con su pensamiento a los grupos liberales de Concepción, donde había sido secretario de la Intendencia.
Después de intensos enfrentamientos y reiteradas intervenciones de la escuadra inglesa a favor del presidente Montt, la guerra terminó con la derrota completa de los liberales. Luis Vitale ha escrito sobre la intervención británica: “En Chile, la escuadra inglesa apoyó al gobierno de Montt porque su política de 'orden y progreso' daba garantías al desarrollo de los negocios mercantiles y financieros de la City, que podían ser trastornados por la 'anarquía' de los 'revoltosos' de 1851”
El 8 de diciembre, fue derrotado el general Cruz en Loncomilla, que con sus 2.000 muertos y unos 1.500 heridos se convirtió en una de las más sangrientas de la historia chilena.
La Guerra Civil de 1859
Ocho años después, las mismas razones que habían determinado el alzamiento de 1851 vuelven a producir un nuevo movimiento de rebeldía. La tensión entre la capital -y su puerto- y las provincias seguía siendo, como en el Plata, el principal motivo de conflicto. Los intereses de la burguesía minera del Norte Chico y de los productores agrarios trigueros y sus molinos en el sur confrontaban con los de la oligarquía comercial y latifundista de la zona santiaguina, que gobernó el país durante los decenios que se iniciaron con la presidencia de Joaquín Prieto.
La sociedad chilena se transformaba y el régimen conservador, aislacionista y despótico no lograba ya superar las profundas contradicciones postergadas durante treinta años. El sector liberal encabezado por José Miguel Carrera, hijo, y Benjamín Vicuña Mackenna, junto a la burguesía minera, expresada por los Matta y los Gallo; la mayoría de la intelectualidad orientada por Lastarria, Barros Arana e Isidoro Errázuriz; los terratenientes e industriales molineros del sur y el sector de conservadores ultramontanos -que había roto con el gobierno por sus medidas contra la Iglesia- formaban el poderoso núcleo social que enfrentaba el régimen portalino.
Entre enero y mayo de 1859, en el Norte Chico -las provincias mineras- y durante todo el año hacia el sur, en la frontera mapuche, la Guerra Civil volvió a teñir de sangre la política chilena.
La República Liberal o el ascenso de la burguesía minera
Las presidencias de José Joaquín Pérez, Federico Errázuriz, Aníbal Pinto, Domingo Santa María y José Manuel Balmaceda ocupan el período que va desde 1861 hasta 1891.
Fue un período de mayor auge económico que el anterior, ya que al aumento de las exportaciones de origen estrictamente agrario se sumaron el crecimiento de la extracción salitrera y el aumento de la producción de cobre.
Uno de los hechos más trascendentes, pues sus efectos alcanzan aún a nuestro siglo, fue la llamada Guerra del Pacífico o Guerra del Salitre que permitió a Chile incorporar las provincias de Tarapacá y Antofagasta, hecho que dejó a Bolivia sin salida al mar. El control definitivo de la Patagonia chilena, con la ocupación de Llanquihue y Magallanes, así como la jurisdicción estatal chilena sobre las tierras ocupadas por los mapuches, establecieron el mapa definitivo de Chile.
La presidencia de José Joaquín Pérez fue el resultado de la Guerra Civil de 1859, con el acuerdo entre la oligarquía terrateniente y la burguesía comercial exportadora con la burguesía minera que había impulsado el levantamiento. Vitale afirma, en este sentido: “Se continuó fomentando la economía de exportación y el librecambio, reforzándose los lazos de dependencia respecto de la metrópolis. Los gobiernos liberales no tomaron ninguna medida fundamental que afectara los intereses económicos de los terratenientes. Por el contrario, mantuvieron los privilegios de los latifundistas al ratificar la exención de derechos de exportación de trigo y otros productos agropecuarios”.
No obstante, como ocurrió en la Argentina en 1880, se afianzó el aparato del Estado con las leyes de sobre matrimonio civil, cementerios laicos y ampliación del derecho a sufragio. El período significó también el aumento y consolidación de una clase media urbana en ciudades, como Santiago, Valparaíso y Concepción, compuesta, entre otros sectores, por comerciantes minoristas y dueños de talleres artesanales. Hay también un crecimiento del artesanado que da origen a movimientos mutualistas, de raíz masónica que darán origen al Partido Radical. Sobre el final del período apareció también un fuerte aumento en la clase trabajadora minera del cobre y el salitre, portuaria y ferroviaria y la aparición de las primeras organizaciones políticas proletarias socialistas.
La candidatura presidencial, en 1875, de Benjamín Vicuña Mackenna, un intelectual y político liberal de los alzamientos de 1851 y 1859, además de defensor y propagandista de la unidad latinoamericana, atrajo, por su propaganda antioligárquica a muchos de estos sectores populares, robustecidos con la incorporación plena de Chile al mercado mundial.
La Unión Latinoamericana
En 1864, España llevó a cabo una brutal agresión a los países del Pacífico liberados de su coloniaje. Con su flota ocupó las islas Chinchas de Perú, muy ricas en guano. El argumento colonial e inicuo de la decadente potencia fue cobrarse la deuda por los gastos ocasionados por las Guerras de la Independencia. El presidente de ese momento Juan Antonio Pezet tuvo una actitud muy vacilante y se comprometió a pagar parte de la deuda. Ante ello, el coronel Mariano Prado se levanta en armas, depone a Pezet y se prepara para la defensa nacional. La agresión española generó un repudio popular masivo en Chile quien se comprometió a enviar ayuda material y a no vender carbón a los españoles. España reaccionó acusando a Chile de violar las normas del derecho internacional. Después de un entredicho diplomático, Chile terminó declarando la guerra a España. La flota española bombardeó el puerto de Valparaíso provocando importantes daños materiales y dos muertos por el ataque. Por fin, las escuadras chilena y peruana unieron sus fuerzas y finalmente el invasor debió abandonar las costas suramericanas del Pacífico.
Este fue un momento de gran resurgimiento de los sentimientos latinoamericanistas en todo el continente. En 1862 se había creado en Santiago “La Unión Americana”, una sociedad política que proponía la confederación de los países hispanoamericanos. A ella perteneció el caudillo Catamarqueño Felipe Varela, quien en su levantamiento contra Mitre y la Guerra del Paraguay, levantó la consigna de la Unión Americana. Fueron los miembros de esta sociedad quienes dieron refugió en Copiapó al derrotado Varela, quien falleció en aquella ciudad del norte de Chile.
En octubre de 1864 se reunió en Lima, Perú, el Congreso Americano, al que concurrieron delegaciones de Chile, Perú, Bolivia, Ecuador, Venezuela y Guatemala. Oficiosamente concurrió Domingo F. Sarmiento, quien fue desautorizado por el presidente Bartolomé Mitre, en un documento en el que sostenía que “Argentina no cometería la necedad de sacrificar las realidades nacionales a idealismos continentales”. Esta era la opinión de la estrecha burguesía comercial porteña sobre todo intento de unión americana.
La Guerra del Pacífico
Este es, como hemos dicho, el principal conflicto de la República Liberal. Según la opinión interesada y falaz del historiador oficial de la oligarquía chilena, Francisco Encina, “si entre las guerras que han estallado en la América Española hay alguna que haya surgido del subconsciente colectivo ajena a todo móvil económico, es precisamente la guerra del Pacífico por lo que respecta al pueblo chileno”. Nada más alejado de la verdad. La casi exclusiva causa de esta guerra fue el control de los yacimientos de salitre de Tarapacá y Antofagasta, razón por la que los historiadores la conocen como “la Guerra del Salitre”.
Hay que volver a citar a Encina, el Mitre de Chile: “La mayor cantidad de sangre goda que circulaba por las venas del pueblo chileno, en relación con sus hermanos, y la mayor suma de energía vital acumulada durante una dura y prolongada selección, lo impulsaron hacia las aventuras lejanas... ajenas a todo espíritu de conquista o de predominio político”. Esta mitología racista es todavía la causa del desprecio de las clases dominantes chilenas y sus políticos hacia “los cholos traicioneros” como llaman a bolivianos y peruanos. Pero tampoco fueron ajenos a esta guerra fratricida los intereses imperialistas ingleses y norteamericanos. Para esa época, el salitre se había generalizado en la agricultura como fertilizante. Su uso en la industria química y de explosivos amplió su importancia económica. La burguesía comercial de Valparaíso monopolizaba el comercio salitrero, lo que permitió una paulatina penetración de estos intereses en su producción, de la mano del capital inglés. Una serie de tratados muy desventajosos para Bolivia pusieron en manos de los chilenos la totalidad de los yacimientos en la costa de este país. Dice el chileno González Bulnes: “el privilegio era tan extremado, las concesiones tan vastas, que el pueblo boliviano protestó, con razón, enérgicamente contra ellas”.
El presidente peruano Manuel Pardo nacionalizó virtualmente en 1875 los yacimientos, obligando a las empresas a vender al estado las salitreras. El siguiente presidente del Perú, general Mariano Prado, terminó de nacionalizar todas las empresas vinculadas a la explotación del salitre. Para Vitale: “A nuestro juicio, las leyes de Pardo y Prado sobre el salitre han sido las medidas nacionalistas más importantes realizadas por un gobierno burgués de América Latina en el siglo pasado”.
El 14 de febrero, el ejército chileno invade y ocupa Antofagasta y al mes siguiente declara la guerra al Perú, que habían firmado un tratado secreta con Bolivia. Se inició entonces la guerra. En la confrontación Bolivia perdió Antofagasta, quedando privada de su salida al mar. El Perú, además de soportar cuatro años de ocupación militar, fue obligado a ceder Tarapacá, mientras que Arica y Tacna quedan bajo jurisdicción chilena, sujetas a un referendum posterior. Dice el chileno Pedro Godoy, a quien seguimos en muchas de sus opiniones: “La situación genera olas de 'revanchismo' en Perú y de 'triunfalismo' en Chile. Muros de rencor y altanería se edifican en ambos países. La Moneda juzga improbable ganar el plebiscito y opta por la chilenización compulsiva. Tacneños y ariqueños son objeto de asesinatos y vejámenes. No pocos son deportados vía marítima. La paliza y la pedrada atemorizan a los votantes peruanos. Se les clausura escuelas y boicotea tiendas. Hay prohibición para los chilenos de cultivar amistad con 'los enemigos de la patria'”.
A lo largo de todo el conflicto Estados Unidos respaldó abiertamente al gobierno peruano, mientras que Inglaterra se alineó con el de Chile, que pasó a ser uno de sus principales y más permanentes aliados en la región.
Ascenso y caída de José Manuel Balmaceda, “Varón de una sola agua”
En la década del 80 del siglo XIX Chile se convirtió en una semicolonia inglesa. La penetración del capital británico en la minería significó una paulatina declinación de la antigua burguesía local, mientras el conjunto de los recursos naturales pasaron a ser explotados por intereses extranjeros. Esta dependencia tuvo un correlato en el plano cultural y de la vida cotidiana. Las ideas, las costumbres, las corrientes literarias y artísticas, los planes educaciones eran calcos de los de Europa y parecían destinados a alumnos de aquel origen. Simón Rodríguez, el maestro de Bolívar, que vivió en Chile muchos años se quejaba de que se estudiaba más a los griegos que a los compatriotas indígenas que vivían en el país.
Todo esto provocó el nacimiento de un reverdecido nacionalismo, que será liderado a partir de 1890 por el presidente José Manuel Balmaceda.
Hijo de una familia de terratenientes que, según dicen sus biógrafos, administraban sus fundos con modernos criterios capitalistas, Balmaceda, nacido en 1838, fue embajador en Buenos Aires durante la Guerra del Pacífico, Ministro de Relaciones Exteriores, Ministro del Interior y en 1886 era el candidato a suceder al presidente Santa María. No obstante su adscripción al Partido Liberal y a la influencia que tenía entre sus filas, su presidencia se caracterizó por una reformulación del papel que el Estado nacional debía jugar en el desarrollo económico del país. En su discurso de campaña sostuvo: “Si hacemos concurrir al Estado con su capital y sus leyes económicas y concurrimos todos, individual o colectivamente, a producir más y mejor y a consumir lo que producimos, una savia más fecunda circulará por el organismo industrial de la República y un mayor grado de riqueza nos dará este bien supremo de un pueblo trabajador y honrado. Vivir y vestirnos por nosotros mismos”.
Por primera vez en la historia chilena un presidente formulaba estos elementales principios de nacionalismo económico, quebrando una tradición basada en el librecambio impuesto por los ingleses. Asume la presidencia, a los 48 años, con una alianza entre el partido Liberal, el Radical y el Nacional y forma un gabinete multicolor. Con las ingentes entradas del negocio salitrero, el gobierno se lanza a una vasta obra de infraestructura. Con ello tendía, a su vez, a la reactivación del país. Bajo su gobierno, la tradicional influencia francesa en las fuerzas armadas fue reemplazada por la más moderna en la época, la alemana.
En la segunda mitad de su gobierno, a partir de 1886, Balmaceda se lanza a una audaz política de intervención estatal en la industria del salitre, que lo llevará a enfrentarse con el imperialismo inglés y con las clases dominantes tradicionales de Chile. Esta nueva política encontró de inmediato fuertes críticas en la prensa probritánica. El “The Chilian Times”, editado en Valparaíso, atacó al gobierno por su posición “estrecha de espíritu” cuando el principal empresario salitrero John T. North viajaba de Inglaterra a Chile. Un periodista que acompañaba al magnate explicaba en la presa que el presidente Balmaceda “ha pronunciado discursos que pueden ser considerados como la enunciación de una nueva política: "Chile para los chilenos”.
El otro aspecto al que se abocó su política nacionalista fue el de los ferrocarriles, también en manos del capital inglés, sobre todo vinculado a la explotación de salitre. También enfrentó a los bancos privados, culpables en gran medida del proceso inflacionario que afectaba al país.
La oposición a Balmaceda reunió a todos los sectores oligárquicos del país, cuya sobrevivencia dependía de la dominación inglesa. Al salir en defensa de ella, salió a defender el tipo de país y de dominación que se había establecido a partir de 1830 con la conducción de Diego Portales. El nacionalismo de Balmaceda ponía patas para arriba la alianza con el Reino Unido.
“El señor José Manuel Balmaceda es un liberal rojo. Su voz es vibradora y dominante; su figura llena de distinción; la cabeza erguida, adornada por una poblada melena, el cuerpo delgado e imponente, su trato irreprochable, de hombre de corte y de salón, que indica a la vez al diplomático de tacto y al hombre culto. Es el hombre moderno”, escribió sobre este patriota chileno el gran Rubén Darío, quien lo visitó en plena crisis política.
La campaña de la oposición, con intensa participación inglesa, tuvo las características que luego tendrían todas las políticas de debilitamiento y derrocamiento de los gobiernos que defienden los intereses nacionales y populares. Tuvo su epicentro en el Parlamento, movilizó a los estudiantes, todos hijos de familias oligárquicas, que se convirtieron en violentos grupos de choque de la oposición, en nombre, como no podía ser de otra manera, de “la libertad”. Se comenzaron a organizar comités revolucionarios que daban instrucción militar a sus miembros, reclutados en las clases altas y en los sectores de clase media bajo su influencia. Parte del clero también formó parte de la campaña contra Balmaceda, tratando de influir sobre los sectores más populares, acusando a Balmaceda de “diabólico”. En 1890, el diario El Mercurio pedía la intervención de los militares, junto con toda la prensa de la época. Recién en ese año el gobierno logró tener un diario favorable, La Nación.
Casi la única base de sustentación de Balmaceda fue el ejército y algunos sectores del partido Liberal y el Democrático, un partido de clase media. La clase trabajadora minera y del salitre, como ha ocurrido otras veces en nuestra historia, con sus huelgas ayudó a debilitar el gobierno nacionalista burgués de Balmaceda.
La guerra civil de 1891
En enero de 1891, el capitán de navío Jorge Montt subleva a la marina y se de inició al movimiento tendiente a destituir al presidente. Balmaceda, ya planteada la guerra civil, comenzó a golpear a los sectores oligárquicos de la oposición en sus propiedades. Ordenó la intervención de bancos ‘y cerró las cuentas bancarias de los opositores. Clausuró la casa comercial Besa y expropió ganados y miles de toneladas de trigo a los latifundistas sediciosos. Debido a la actitud facciosa del alto tribunal del país, Balmaceda resolvió desconocer los acuerdos de la Corte Suprema y de Apelaciones y ordenó la clausura de los Tribunales de Justicia.
Finalmente el ejército logró ser dividido por los insurrectos y el 20 de agosto de ese mismo año, la oligarquía chilena y el imperialismo inglés lograron derrocar al presidente Balmaceda, el más nacionalista y patriota del siglo XIX. Balmaceda se refugió en la legación argentina, donde se suicidó el 19 de septiembre, día en que finalizaba su mandato presidencial. El derrocamiento de Balmaceda fue la más sangrienta guerra civil de los chilenos: más de 10.000 hombres quedaron en los campos de batalla.
Con esto terminaba el intento de liberar a Chile de la estructura agro-minero exportadora, dependiente del Imperio Británico, y generar las condiciones para una desarrollo burgués capitalista autónomo. Chile entró al siglo XX con el mismo paso y en la misma senda que los demás países de la región. Su particular inserción en el mercado mundial y la solidez de su clase social dominante le dieron una estabilidad singular en la región. A su vez, su apertura al Pacífico y su particular aislamiento la hicieron esa “isla” de la que hablaba Alberto Methol Ferré.