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8 de julio de 2016

El Congreso, la Logia y la Unidad Continental

Este artículo forma parte de Crónica Histórica Argentina (1968). Es uno de los artículos que integran la sección Más Allá de la Crónica y su autor es Antonio J. Pérez Amuchástegui (1921-1983), director entonces del Departamento de Historia de la Facultad de Filosofía de la UBA y responsable histórico de la obra.



El aparato de los Halperín Donghi, Romero y secuaces de la llamada historia social borraron su nombre de la historiografía argentina y es difícil encontrar hoy muchas referencia biográficas, incluso en la biblioteca de Alejandría que es la Internet.

A continuación, el juicio que el profesor Blas Alberti, recordado compañero de la Izquierda Nacional, tenía sobre la labor de Pérez Amuchástegui, según consta en el interesante trabajo Antonio J. Pérez Amuchástegui, entre la cátedra y el kiosco, de Rodrigo Hugo Amuchástegui:

“O fue (el liberalismo, JFB) detrás del mito del antagonismo entre Bolívar y San Martín, para desvirtuar el carácter verdaderamente continental de la empresa revolucionaria y, además, para desvirtuar la profunda amistad que unía a San Martín con Bolívar, tema que aclaró tan luminosamente el profesor Pérez Amuchástegui, que fue director del Departamento de Historia de esta Facultad, quien curiosamente también goza del olvido intencional de las actuales autoridades del Departamento de Historia de la Facultad y esta actitud impide que los estudiantes lean obras historiográficas de Pérez Amuchástegui en donde se revelan, con una gran precisión de datos y con una aguda visión histórica, algunos episodios del pasado argentino que son puestos a la luz a partir de una documentación fidedigna y de un trabajo sistemático. Y Pérez Amuchástegui no puede ser ubicado dentro de la fogosa tendencia revisionista, como diría el Sr. Halperin Donghi; y, sin embargo, es desconocido y es denigrado cuando se lo menciona. En una universidad no deberían existir autores malditos y autores permitidos. Tendrían que estar todos en igualdad de condiciones. Sólo el juicio crítico de quien acomete una obra historiográfica, o cualquier obra científica, es capaz de establecer su valoración”.

El profesor Antonio Pérez Amuchástegui no pertenecía ni a la cofradía liberal masónica de la Academia de la Historia, ni al nacionalismo policíaco-clerical, ni formó parte del sistema de prestigio de la izquierda cipaya. Se enfrentó a la rosca profesoral de Halperín Donghi, Romero e Hilda Sábato, monopolizadores del saber histórico académico durante los últimos cuarenta años. Ello significó su expulsión del parnaso oficial.

En celebración de este segundo aniversario de la Declaración de la Independencia de las Provincias Unidas en Sudamérica quiero publicar este texto extraído del tomo 2 de Crónica Histórica Argentina. 

En 1968, en coincidencia con la publicación de Historia de la Nación Latinoamericana de Jorge Abelardo Ramos, este profesor de historia, ex cadete del Colegio Militar de la Nación, hijo de militares, casado con la hija de un militar, escribía en una publicación de amplia difusión comercial, la siguiente interpretación del 9 de Julio de 1816. Adentrarse en su lectura será explicación suficiente del silencio que hay alrededor de su autor. Y será también un homenaje a los que en la soledad y la indiferencia constituyeron una visión que hoy es conciencia política en millones de compatriotas de la Patria Grande, entre ellos el Papa Francisco.

Los congresales de Tucumán no eran argentinos. Eran americanos y el continente era la Patria cuya Independencia proclamaban al mundo entero.

El Congreso, la Logia y la Unidad Continental

Desde los días mismos de la Independencia ha existido una duplicidad de criterios respecto de los contenidos específicos de la solemne declaración de Tucumán. Para unos, el 9 de julio de 1816 se quiso proclamar la emancipación rioplatense; para otros, la intención fue continental.El mismo 9 de julio firmó Pueyrredón en Tucumán una circular a los pueblos por la que comunicaba la buena nueva, y de allí, seguramente, nace la confusión, pues dice:

“El soberano Congreso de estas Provincias Unidas del Río de la Plata ha declarado en esta fecha la independencia de esta parte de la América del Sur de la dominación de los Reyes de España y su Metrópoli, según la Augusta resolución que sigue:

El Tribunal Augusto de la Patria acaba de sancionar en Sesión de este día por aclamación plenísima de todos los Representantes de las Provincias y Pueblos Unidos de la América del Sud juntos en congreso, la independencia del País de la dominación de los Reyes de España y su Metrópoli. Se comunica a V.E.esta importante noticia para su conocimiento y satisfacción, y para que la circule y haga pública en todas las Provincias y Pueblos de la Unión. Congreso en Tucumán a nueve de julio de mil ochocientos del diez y seis años. Francisco Narciso de Laprida, Presidente. Mariano Boedo, Vicepresidente, José María Serrano, Diputado Secretario, Juan José Passo, Diputado Secretario.

Lo comunico a V.E. para que determine la solemne publicación y celebración de este dichoso acontecimiento, y circule sus órdenes al mismo efecto a todos los puelos y Autoridades de esa Provincia”.

A la vista de esta circular y del Acta, resulta que “el congreso de estas Provincias Unidas del Río de la Plata” declaró la Independencia de “las Provincias Unidas en Sudamérica”; y de allí algunos han inferido rápidamente que la expresión continental tuvo valor de mera referencia, sin otra implicación de tipo político. Es del caso analizar el problema a la luz de estos y otros testimonios. Toda acción humana es intencionada, y la historiografía aspira, precisamente, a mostrar la realidad ocurrida con las intencionalidades que le proveen su peculiar significación. En 1966 realizamos un trabajo en equipo con Irene Calvo, María Rosa Mateos y Aurora Ravina, que presentamos al Cuarto Congreso Internacional de Historia de América, sobre los Contenidos americanos de la Declaración de Tucumán, con el propósito de aclarar debidamente el sentido de esa declaración. Aquí expondremos sucintamente sus conclusiones.

La línea lautarina
El 26 de marzo de 1816 se iniciaron las sesiones del Congreso con la presencia de las dos terceras partes de los diputados electos. El litoral y la Banda Oriental no enviaron representantes y quedaron, así, marginados de las Provincias Unidas cuya soberanía asumió el Cuerpo.
Buen número de diputados presentes pertenecían a la Logia Lautaro, o simpatizaban con ella en los propósitos de auspiciar la unidad política continental, comforme a los ideales postulados por la Gran Reunión Americana. Por lo mismo, veían con honda desconfianza las pretensiones localistas que enarbolaban las banderas federales.

Este federalismo estaba muy lejos de la ortodoxia doctrinaria que a su hora fijaron Hamilton, Madison y Jay. Tal vez Artigas haya tenido una conciencia clara de los puntos de vista que correspondían al federalismo. Los demás, solo sabían por mentas que el régimen federal respetaba las autonomías locales, y entendían a su manera el significado de federación. Y nada tiene de raro que ello ocurriera en toda Hispanoamérica, cuyas instituciones tradicionales eran básicamente distintas de las norteamericanas. Allá las autonomías han tenido desde los comienzos de la colonización una significación concreta tanto en lo político como en lo económico, mientras que en el Río de la Plata esas autonomías representaban regímenes patriarcales que procuraban defender los intereses económicos internos de la voracidad hegemónica de Buenos Aires.

Ante la experiencia vivida, la Logia entendía que la unidad continental que auspiciaba solo podía lograrse a través de una centralización del poder político, y estimaba -conforme al criterio imperante en la época de la Restauración- que la solución más adecuada se lograría mediante una monarquía constitucional. La otra alternativa era una dictadura fuerte que impusiera el orden homologando intereses y obtuviera la paz interior necesaria para el desenvolvimiento nacional. La monocracia se consideraba indispensable para la unidad continental, pues entendían que la indiscriminada deliberación de los pueblos iba a engendrar secesión.
Conforme a ese criterio, es claro que la “monarquía temperada” resultaba inmejorable, ya que el afán parlamentario de los federalistas podía tener su salida en la representatividad de las Cámaras, mientras se aseguraba la concentración de la fuerza militar y el poder político e, incluso, se evitaba todo resquemor de los soberanos europeos por el establecimiento de repúblicas.

El Acta de Independencia
Pero de cualquier manera, y antes de establecer la forma de gobierno, entendían los lautarinos que era preciso denunciar la existencia de un país soberano, cuya estabilidad política estuviera avalada por suficientes recursos económicos, indudable cohesión nacional y firme fuerza militar. Así lo había señalado Miranda cuando proyectó la unidad sudamericana, entidad que, por sus condiciones potenciales, podía ser garantía de un régimen institucional sólido y duradero. Y así lo entendieron los lautarinos, que presionaron fuertemente para cristalizar los proyectos de Miranda.

Por esos motivos, el Congreso de las Provincias Unidas del Río de la Plata extendió sus atribuciones para asumir la representatividad de las Provincias Unidas en Sudamérica. Quien recorra las páginas de El Redactor observará que de pronto, desde comienzos de julio de 1816, se eliminan las referencias a lo rioplatense y se comienza a ponderar lo sudamericano. Y el Acta de la Independencia, por supuesto, no está referida sólo al Río de la Plata, sino a todas las Provincias Unidas en Sudamérica.

El cambio de denominación
No se trata, pues, de un accidente, ni de un error, ni de una simple referencia geográfica. El cambio de denominación -Sudamérica en vez de Río de la Plata- tiene su fundamentación en indudables propósitos de unidad continental. En el momento, esa aspiración política estaba respaldada por una concepción estratégica que apuntaba a asegurar la unidad continental mediante la fuerza militar. Ya el Director Supremo había aprobado, el 24 de junio, la célebre Memoria de Tomás Guido, en que mostraba las efectivas posibilidades de libertar a Chile y al Perú, y desde entonces la política directorial apuntó a consolidar la unidad sudamericana mediante la liberación de distritos oprimidos que pasarían a constituir con el Río de la Plata un solo cuerpo político. El Acta de la Independencia de las Provincias Unidas en Sudamérica hacía posible que cualquier distrito continental, con sólo adherir a la declaración y enviar sus diputados al Congreso soberano, quedara de hecho y de derecho comprendido entre las provincias independizadas. Y fuera acreedor al apoyo económico y militar de sus hermanas, pues todas constituían el mismo Estado. La campaña militar que se preparaba tenía la intención, ya enunciada por los jacobinos de la primera hora, de extirpar del cuerpo nacional todo enemigo de la causa, mediante una guerra de conquista que asegurara la tranquilidad exterior necesaria para el ordenamiento interno.

La proyectada guerra contra el Brasil se trocaba ahora en acuerdos dinásticos que tendían a la unidad y a la pacificación; y en cambio se llevaba la acción bélica contra el irreconciliable enemigo que había abortado la Revolución en todo el resto de Hispanoamérica. Porque es del caso tener en cuenta que, el único lugar no reconquistado para el imperio hispánico era el Río de la Plata. Y de allí, forzosamente, tendría que salir la fuerza capaz de iniciar la liberación del continente y de promover la unidad política sudamericana que, simultáneamente reclamaba Bolívar desde Kingston, en su famosa Carta de Jamaica del 6 de septiembre de 1815. En esa misma línea intencional se halla la designación de Santa Rosa de Lima como patrona de la América del Sur, la aprobación de la bandera celeste y blanca como símbolo de independencia y soberanía sudamericanas, y el cambio de designación del jefe del Ejecutivo que comenzó a firmar documentos públicos como Director Supremo de las Provincias Unidas de Sud América. Y por eso mismo San Martín, en cumplimiento de la circular que ordenaba hacerla conocer “en todas las Provincias y Pueblos de la Unión” envió a Chile el Acta de la Independencia que Marcó del Pont hizo incinerar en acto solemne.

Con estos antecedentes, que suelen omitirse no siempre por olvido, resulta muy coherente el proyecto de restablecer la dinastía incaica en el restaurado imperio sudamericano e, incluso, las peligrosas tramitaciones ante la Corte lusitana para coronar un emperador de la América del Sur que invulara la sangre de Braganza con la de los Incas. No es del caso analizar aquí si eso estaba bien o mal; si era un disparate o una sensata medida política. Basta comprender esas tramitaciones, y ellas sólo son comprensibles si se atiende a la intencionalidad americanista de quienes las auspiciaron, volviendo en ese aspecto a los lineamientos del Plan Revolucionario de Operaciones.

Mito y realidad
La anacrónica posición de algunos historiadores, que creen poco “patriótico” señalar la similitud de contenidos intencionales de la Declaración de julio y la Carta de Jamaica, ha pretendido minimizar la importancia de la corriente continentalista. Así hasta se ha expresado un “dictamen”, formado por doce miembros, que afirmaron en tono apodíctico.

“… Nadie ignora que el anhelo de todos los habitantes de este suelo era el de constituir una nación independiente con las provincias que integraban el antiguo virreinato del Plata y no con los demás Estados de Sudamérica. A lo sumo, un reducido número de visionarios coincidía con el pensamiento de Bolívar en cuanto a una Confederación de Estados”.

Y como remate de esa aseveración, lanzada sin otra prueba que la hipotética auctoritas de los ínclitos opinantes, se agrega con un dejo de ironía:

“… Habría que preguntar si nuestros congresales de Tucumán creyeron alguna vez que en ese momento estaban representando también a Chile, Perú, Paraguay, Colombia, etcétera”. 

Al margen de que en nuestros días ni los niños de pecho se conforman buenamente con el “criterio de autoridad”; al margen también de que no se es “autoridad” por el mero hecho de creerse tal; y pasando por alto, en fin, que en 1816 nadie podía creer nada de Colombia porque esa república fue proclamada por Bolívar en 1819, es bueno señalar en qué medida el chauvinismo incontrolado puede llevar a la formulación de aseveraciones gratuitas, incapaces de resistir el menor embate de una crítica objetiva.

No deja de ser curioso que quienes se dicen seguidores de Bartolomé Mitre se esfuercen por negar hasta las evidencias que surgen de la obra de dicho historiógrafo. Ni siquiera advierten que, entre multitud de otros documentos muy elocuentes, las Instrucciones reservadas impartidas a San Martín para su campaña sobre Chile, expedidas por el Director Supremo el 21 de diciembre de 1816, señalan de manera categórica e indudable la intencionalidad que sustenta la denominación Provincias Unidas en Sudamérica. El apartado 14° del “Ramo político y administrativo” de esas Instrucciones dice textualmente:

“Aunque, como va prevenido, el general no haya de entrometerse, por los medios de la coacción o del terror, en el establecimiento del gobierno supremo permanente del país, procurará hacer valer su influjo y persuasión, para que envíe Chile su diputado al Congreso General de las Provincias Unidas, a fin de que se constituya una forma de gobierno general, que de toda la América unida en identidad de causas, intereses y objeto, constituya una sola nación; pero sobre todo se esforzará para que se establezca un gobierno análogo al que entonces hubiese constituido nuestro congreso, procurando conseguir que, sea cual fuese la forma que aquel país adoptase, incluya una alianza constitucional con nuestras provincias”.

La directiva no tenía nada de asombrosa para San Martín; por el contrario, coincidía plenamente con su pensamiento, expresado de manera categórica al diputados mendocino Tomás Godoy Cruz en carta del 24 de mayo de 1816, donde a propósito de las advertencias que él haría al Congreso si fuera diputdo, decía: “1°) Los Americanos o Provincias Unidas no han tenido otro objeto en su Revolución que la emancipación del mando de fierro Español y pertenecer a una Nación”. La conjunción o denota allí indudablemente idea de equivalencia, e indica que para San Martín era indistinto decir Americanos que decir Provincias Unidas; y esos americanos querían pertenecer a una sola Nación. Lo mismo pensaba Manuel Belgrano cuando auspiciaba coronar al Inca en el imperio sudamericano que tendría por sede el Cuzco; lo mismo también Güemes, que recibió alborozado el proyecto; lo mismo Acevedo, Serrano, Sánchez de Bustamante y, en fin, la inmensa mayoría de los diputados que apoyaron las gestiones tendientes a establecer una monarquía continental.

A la luz de las transcriptas Instrucciones de muchísimos otros testimonios concomitantes, resulta pues, que ese “reducido número de visionarios” que “coincidía con el pensamiento de Bolívar en cuanto a una Confederación de Estados”, estaba integrado por los principales jefes militares, los diputados de los pueblos representados en el Congreso y, como si ello fuera poco, también por el Director Supremo, a quien el Congreso confió la dirección política de las Provincias Unidas para que ejecutara las disposiciones del Cuerpo Soberano. Y es claro que dicho funcionario, vocero natural del Congreso, tenía que entender -a pesar de la académica ironía- que los diputados reunidos en Tucumán querían representar a “toda la América unida en identidad de causas, intereses y objeto”, razón por la cual los pueblos sudamericanos debían constituir “una sola Nación” o, en su defecto, vincularse políticamente por una “alianza constitucional”, lo que equivale a formar una Confederación de Estados similar a la que auspiciaba Simón Bolívar en la Carta de Jamaica, sin que, al efecto, importe demasiado si esa unidad política se lograría con una monarquía o una república. Para quien sepa leer -y lo haga libre de prejuicios y sin segundas intenciones- queda incontrastablemente demostrado que la campaña sobre Chile llevaba implícito el proyecto de organización política continental de las Provincias Unidas en Sudamérica.

El transcripto apartado de las Instrucciones entregado a San Martín no tiene, ni mucho menos, carácter de inédito ni de poco conocido. Lo reprodujo in extenso Bartolomé Mitre en su Historia de San Martín y de la emancipación sudamericana, apareció íntegro en el Tomo III, páginas 402 a 416 de los Documentos del Archivo de San Martín, y ha sido agregado también en el Tomo IV, páginas 571 a 575 de los Documentos para la historia del Libertador General San Martín publicados conjuntamente por el Museo Histórico Nacional y el Instituto Nacional Sanmartiniano. Por poco dedicado y perspicaz que sea un investigador, parece que resulta demasiado gruesa la omisión heurística y no puede aducirse olvido por parte de quienes todavía niegan los contenidos americanos del movimiento emancipador.


Sin duda, tuvo razón Eulalio Astudillo Menéndez cuando, en la Revista Militar, afirmó hace 29 años que “el Congreso de Tucumán fijó el plan de operaciones de San Martín”. Y es también indudable que la Declaración de la Independencia, hecha al molde de la Logia Lautaro, retomó el plan jacobino (y mirandino) de constituir el Estado Americano del Sur, y fijó la magnitud continental de la Revolución.

31 de agosto de 2015

Palabras de la entrega del Premio Jorge Abelardo Ramos, post mortem, a Alberto Methol Ferré. 31 de agosto de 2015


Alberto Methol Ferré, el Tucho, fue un hombre singular. Nacido en Montevideo en un hogar de clase media, tuvo de compañero en la universidad al propio Jorge Batlle, lo que no impidió que sus convicciones políticas lo acercasen al partido Nacional, a los blancos y, dentro de ellos, al ala liderada por quien fuera el último caudillo de ese partido, don Luis Alberto de Herrera.
Al mismo tiempo, se convirtió al catolicismo y comenzó a desarrollar su admiración  por el entonces presidente de la Argentina, el general Juan Domingo Perón. Él mismo ha contado el impacto que le produjo la publicación en Montevideo del célebre discurso de Perón ante los oficiales del alto mando del Ejército, el 11 de noviembre de 1953, en el que exponía su concepción del Nuevo ABC. Por primera vez en la región, un presidente argentino, contra todas las teorías de los estados mayores, proponía una alianza estratégica con el Brasil y con Chile, como paso necesario para la integración del continente.
A partir de ello, el pensamiento político de Methol Ferré estuvo dedicado a consolidar, profundizar y extender en toda su arquitectura, la propuesta de Perón. Sus incursiones en la historia española y latinoamericana, sus análisis sobre el Uruguay y su historia, su abordaje a la Geopolítica, su frecuentación a Hegel y a Ratzel no tuvieron otra finalidad que abarcar en toda su extensión e implicancias la potencialidad que se encerraba en esta alianza estratégica.
En un país signado por un origen vinculado a las intrigas de Lord Ponsomby y a la irreductible estolidez rivadaviana, caracterizado por un laicismo raro en la región y en el que el imperio inglés permitió una suave democracia urbana y una fuerte miseria rural, Alberto Methol Ferré fue católico, federal, artiguista y blanco.
Encontró en la prédica de Herrera contra el establecimiento de bases norteamericanas, en la década del 50, una vinculación entre las viejas banderas de Manuel Oribe de los tiempos del sitio de Montevideo y las nuevas tareas patrióticas exigidas por el reemplazo definitivo de aquel Lord Ponsomby por el nuevo Mr. Ponsomby, como, con gracia, definía la aparición del nuevo imperialismo norteamericano en las playas de Pocitos.
Con el viejo caudillo blanco, participó Methol Ferré de la campaña electoral que permitió el triunfo de Herrera junto a quien fundara el movimiento ruralista, Benito Nardone, conocido por su seudónimo radial “Chicotazo”. De esos años es el libro que publicara en nuestro país don Arturo Peña Lillo en la memorable colección La Siringa, “La crisis del Uruguay y el imperio británico”, de lectura aún hoy reveladora del Uruguay profundo, más allá del Cerro de Montevideo.
Compartió con Washington Reyes Abadie y Roberto Ares Pons la creación de la revista Nexo, en 1958. Desde ella comenzó a desarrollar aquellas tesis aprendidas del general argentino derrocado en 1955 y a concebir la función de su pequeño país, alguna vez Banda Oriental y alguna otra Provincia Cisplatina, como el nexo y la clave capaz de articular la unidad de la Cuenca del Plata. Justamente con este concepto dará inicio a la más trascendente y luminosa reflexión que se haya escrito sobre el papel histórico y el destino del Uruguay, su admirable “Uruguay como problema”. Así comienza el libro: “El Uruguay es la llave de la Cuenca del Plata y el Atlántico Sur, y la incertidumbre de su destino afecta y contamina, de modo inexorable y radical, al sistema de relaciones establecido entre Argentina, Brasil, Paraguay y Bolivia”.
Alberto Methol Ferré estaba dotado de una prodigiosa capacidad para la reflexión filosófica e histórica. En su cabeza los países, las naciones y los continentes eran protagonistas de una marcha contradictoria y agónica hacia la realización de su ser.
Al modo de un Hegel contemporáneo, desde su mirador de la calle Brecha, oteaba el horizonte americano, a la vez que explicaba a su interlocutor que su misión en esa calle, llamada Brecha porque fue por donde entraron los invasores ingleses de 1806 abriendo una brecha en el muro del fuerte, era impedir que, ya no los ingleses, sino los angloamericanos volvieran a ocupar la ciudad platina. Su poderosa mirada atravesaba las décadas, los siglos y las distancias. Era capaz de descubrir en el papel jugado por la isla de Cuba durante la colonia española, la importancia y el peso que la misma lograra en términos de geopolítica a partir de la Revolución Cubana. Frente a sus ojos se extendía un gigantesco mapa de nuestro continente que le permitía reflexionar sobre la necesidad del Brasil de sostener la revolución bolivariana de Chávez a efectos de impedir que la frontera de los EE.UU. se acerque peligrosamente a la Amazonia.
Al modo de Demóstenes, el orador paradigmático de la antigüedad, Alberto Methol Ferré había logrado una admirable capacidad de comunicación verbal que superaba por lejos la contumaz tartamudez que lo aquejaba desde la infancia. A poco de comenzar y después de su habitual chiste de ser un orador que se interrumpe a sí mismo, sus interlocutores quedaban hipnotizados por el prodigioso despliegue conceptual, la abrumadora capacidad de asociaciones y una erudición que se ocultaba en un lenguaje popular y llano.
A partir de la instauración de la dictadura en su país, perdió su alto cargo en la administración del puerto de Montevideo y se convirtió en uno de los más importantes intelectuales laicos del Episcopado Latinoamericano. Esa tarea le permitió recorrer nuestro continente en toda su extensión, conocer de cerca las distintas realidades de nuestros pueblos e investigar en su historia política y económica.
Lentamente su pensamiento comenzó a abrirse paso en el Uruguay, en la otrora llamada “Suiza del Plata”. A medida que el bienestar de la semicolonia inglesa comenzaba a desaparecer y miles y miles de uruguayos emigraban a Europa y a Australia, cuando el país no podía ofrecerles un lugar bajo el sol, la prédica de Alberto Methol Ferré, su intransigente continentalismo, su desprecio a la “argentinidad”, a la “uruguayidad”, a la “chilenidad”, comenzaron a demostrar su valor y trascendencia.
Fundador del Frente Amplio uruguayo, se aleja del mismo, en los años 80, recluyéndose en su vieja identidad blanca. La aparición de Pepe Mujica como caudillo del Frente y su candidatura presidencial lo acercaron nuevamente a aquellas filas y son muchos los comentarios acerca de sus reuniones con Pepe, hablando de lo que más sabía: la unidad continental, el Mercosur, la Unasur y el futuro de la Patria Grande.
Tuvo con la Argentina una relación más que fraternal. En el fondo Tucho Methol Ferré se consideraba un argentino oriental, como aquellos a los que estaba dirigido el llamamiento del general Lavalleja: “Argentinos Orientales: las Provincias hermanas sólo esperan vuestro pronunciamiento para protegeros en la heroica empresa de reconquistar vuestros derechos. La gran nación argentina, de que sois parte, tiene gran interés de que seáis libres, y el Congreso que rige sus destinos no trepidará en asegurar los vuestros”.
Cultivó la amistad con grandes argentinos, como Arturo Jauretche, Jorge Abelardo Ramos, Alejandro Álvarez, Fermín Chávez y, en los últimos años, con un hombre que hoy tiene una responsabilidad universal, el padre Jorge Bergoglio, Francisco, Obispo de Roma y Papa de la Iglesia Católica.
Cuando sus viejos amigos se fueron retirando, mantuvo una activa y generosa relación con quienes formábamos parte de una generación más joven. Y hasta los últimos días mantuvo una enorme capacidad de trabajo y una incansable voluntad de transmitir sus conocimientos y sus reflexiones.
El 19 de diciembre de 1961, Alberto Methol Ferré le escribió a Jorge Abelardo Ramos una carta en la que, después de tocar una serie de aburridos tópicos jurídico financieros vinculados con los herederos de los derechos literarios de Luis Alberto de Herrera, en una postdata pone lo siguiente:
“Va para Buenos Aires un muchacho Hug que firma Galeano en “Marcha”. Es muy joven y muy inteligente según referencias. Va a tentar suerte en la urbe bonaerense y está en la revista “Che”. Sé por referencias que es socialista en evolución rápida. Anda muy embalado con la corriente “coyoacanesca” y sería bueno que lo conocieras. (Vivian) Trias tiene muy buen concepto del muchacho”.

En este mediodía, rodeados de amigos y discípulos, la historia ha querido que los tres vuelvan a juntarse, en un momento de nuestra Patria Grande de la que los tres estarían orgullosos.

20 de abril de 2015

Caracas, 19 de abril de 1810 - Buenos Aires, 25 de mayo de 1810

Discurso pronunciado en el 205 aniversario del 19 de abril de 1810, fecha que da inicio a la lucha por la independencia venezolana.

El 19 de abril del año 10, las clases decentes de Caracas destituyen al Gobernador y Capitán General de la provincia de Venezuela, Vicente Emparán, e instauran una Junta de Gobierno que desconoce al Consejo de Regencia establecido en Cádiz y asume la representación de la autoridad en nombre del rey Fernando VII, a la sazón, como se sabe, en manos de los franceses. Los protagonistas principales de ese histórico Jueves Santo son entre otros: Francisco Salia, quien obliga al gobernador y Capitán General, tomándolo fuertemente del brazo, a volver al Cabildo Abierto del cual se había retirado para ilegitimar su sesión; el ignoto jefe de la guardia del Capitán General, que ordena a su tropa a no repeler la agresión física sobre la máxima autoridad; José Felix Ribas, el agitador que se arrogaba la representación de todos los partidos; el cura chileno Cortés de Madariaga, cuyo discurso llevó al Capital General, Vicente Emparán, a la renuncia final.
La historia ha inmortalizado un momento que, como en una fotografía, se condensa la complejidad de los hechos. Rojo de ira, por el discurso del canónigo chileno, Emparán declaró que si no lo querían estaba dispuesto a abandonar inmediatamente el cargo. Y mientras hablaba, se dirigió al balcón del cabildo y no se sabe si por audacia o por desconcierto, preguntó a la gente que se había reunido a las puertas del edificio si estaban o no conformes con su gobierno. Al parecer, el pícaro y rebelde chileno, como un moderno productor de televisión, dudando sobre la lealtad de los presentes –muchos de ellos sirvientes y esclavos de los cabildantes- hizo, detrás de Emparán, con su dedo índice la seña de la negación dirigida a algunos de los que pertenecían a la conjura. Un tumultuoso “¡No!” respondió a la retórica pregunta del Capitán General, quien se retiró del recinto, exclamando: “¡Pues yo tampoco quiero seguir mandando” .
Los mantuanos –la clase social de propietarios criollos cuyas mujeres tenían derecho exclusivo al uso del manto- habían logrado ese día, y bajo la máscara de Fernando VI –artificio político que se expandió como un reguero de pólvora por todos los cabildos hispanoamericanos- lo que sus anteriores pronunciamientos y rebeliones no habían obtenido.

“El ejemplo que Caracas dio”

En 1810, ese año crucial para Hispanoamérica, los criollos lograron imponer una autoridad de origen local por un tiempo más largo y convocando a hacerlo a todos los cabildos del país que, ya en el mismo mes de abril, comienzan a formar sus propias Juntas. Cumaná, Margarita, Barinas, Trujillo y Mérida serán los cabildos que responden afirmativamente a la convocatoria de Caracas.
Y un poco más de un mes después, en la lejana Buenos Aires, en el confín de la América española, una sociedad menos estamental y racista que la venezolana de entonces, siguió el ejemplo de Caracas.
La Junta porteña, la Primera Junta, tenía en su seno españoles europeos y españoles americanos, y su presidente era un gran hijo del Alto Perú.
Ni la de Caracas, ni la de Buenos Aires, se pensaban a sí mismas como embriones de pequeñas e indefensas naciones. Ambas, y todas las que surgieron en ese glorioso año de 1810, eran manifestaciones de la misma nación que asomaba, con brutales contradicciones y enormes dificultades, a la faz de la tierra.
Por eso es que, cuando la Asamblea del año 13 convierte la marcha de López y Planes en himno de guerra de las provincias del Sur, y cuando el dominio español había aplastado a sangre y a fuego la independencia venezolana, el fervor patriótico del autor pregunta indignado:
¿No los véis sobre el triste Caracas
luto , llantos y muerte esparcir?
¿No los veis devorando cual fieras
todo pueblo que logran rendir?
Es que el poema que Vicente Salia le hiciera a las jornadas del 19 de abril, al calor mismo de los hechos, dejaban a las claras que la lucha no era de parroquia, sino continental.
Decía el caraqueño:
Unida con lazos
que el cielo formó,
la América toda
existe en Nación;
y si el despotismo
levanta la voz,
seguid el ejemplo
que Caracas dio.
Y en eso andamos los suramericanos últimamente, junto a Caracas, a Quito, a La Paz, a la Habana, a Panamá.
Las nuevas amenazas que “devorando cual fieras / todo pueblo que logran rendir” nos vuelve a encontrar juntos como nunca lo habíamos estado desde aquel año glorioso.

23 de septiembre de 2014

Todos los caminos llevan a Roma

El 14 de marzo del año pasado, al día siguiente de la elección del arzobispo de Buenos Aires, Jorge Bergoglio como jefe de la Iglesia Católica, los compañeros agrupados en la Corriente Causa Popular hicimos conocer una declaración que titulamos “Gozo y esperanza para el pueblo latinoamericano”. En ella decíamos: “No nos mueve a este júbilo otra cosa que compartir con millones de compatriotas del continente esta extraordinaria oportunidad que se presenta para que los graves problemas económicos y sociales de nuestra Patria Grande tengan expresión en uno de los sitiales más prestigiosos e influyentes del mundo. Más allá de toda cuestión religiosa, confesional o corporativa, es auspicioso que el primer Papa de la Iglesia Católica no europeo sea un latinoamericano, hijo de esta ciudad de Buenos Aires, conocedor de sus barrios humildes y comprometido con los intereses y expectativas de los más pobres de nuestra patria”.
También sosteníamos que “La elección del primer Papa no europeo, del primer Papa latinoamericano, del primer Papa jesuita y del primer Papa en elegir el nombre de Il Poveretto, Francisco de Asís, el enemigo declarado de la corrupción y el lujo de la curia romana, abre una enorme expectativa. La Iglesia, acosada por la corrupción y sumergida en una crisis carismática se enfrenta a cambios culturales y sociales que gran parte de la grey católica siente necesarios”.
Al pronunciarnos de esa manera no ignorábamos que una buena parte de la opinión caracterizada como “progresista” vinculada al gobierno repudiaba el nombramiento y llegaba a sostener que el mismo era una herramienta del imperialismo para destruir los avances logrados por nuestro continente a partir de la entrada en el nuevo siglo. Conocíamos la opinión de algún periodista considerado influyente en las decisiones de gobierno y tuvimos oportunidad de escuchar el sermón laicista con que un grupo de intelectuales y universitarios oficialistas recibió la noticia. Sabíamos también, como no podía ser de otra manera, que había habido rispideces en la relación entre el Arzobispo de Buenos Aires y el presidente argentino Néstor Kirchner. Pero también conocíamos, directa e indirectamente, sus convicciones latinoamericanistas, su dedicación a los más desposeidos y sus ideas políticas inspiradas en el pensamiento nacional y popular del peronismo.
Y estábamos convencidos que ni Monseñor Jorge Bergoglio, ni la doctora Cristina Fernández de Kirchner llevarían sus rencillas parroquiales al más alto y amplio plano de la política internacional y el nivel de universalidad que es jurisdicción del obispo de Roma. Las peleas y riñas entre don Peppone y don Camilo -de las populares películas italianas de posguerra, inspiradas en la novela de Giovanni Guareschi- no podían ser llevadas al Vaticano o a las Naciones Unidas. El castigo era el ridículo.
A un año y medio de esa declaración no podemos menos que celebrar el haber confiado en que el profundo sentido nacional de ambos argentinos y sus firmes principios de justicia social y de condena al régimen del imperialismo -militar, político, económico y financiero- los iba a sentar juntos para encarar, a nivel mundial, los problemas generados por éste.
La publicación de la carta apostólica Evangelii Gaudium confirmó el sentido que tendría el papado de Francisco. Sus planteos de justicia universal y sus denuncias al flagelo del capitalismo financiero sobre los pueblos del mundo, la convirtieron en el principal texto en contra del establishment mundial del siglo XXI. Jorge Bergoglio, como tampoco lo había hecho Néstor Kirchner, no dejó sus convicciones en las murallas del Vaticano.
Lo ocurrido en estos últimos días ha coronado estos puntos de vista. La digna política internacional de nuestro país respecto a los fondos buitres y la resolución adoptada por la Asamblea General de la ONU, la sanción de la ley destinada a cambiar el domicilio de pago de los deudores reestructurados culminó con la invitación papal a almorzar dirigida a la presidenta argentina aprovechando su viaje a Nueva York -como si fuese de paso-.
Mientras los sectores sedicentemente católicos de Recoleta y Pilar eran engañados por Clarín y La Nación – con la colaboración de expertos vaticanólogos como Felipe Solá y Lilita Carrió- con la mentira de que Francisco sólo estaba preocupado por la gobernabilidad y quería que Cristina pudiese llegar al fin de su mandato, una jovial, numerosa y afable delegación de 32 argentinos con distintas responsabilidades de gobierno entraba a Santa Marta y entregaba “souvenirs”, más que presentes, al Papa. Una remera de la Villa 21-24 (la Villa que frecuentaba el padre Jorge) firmada por La Cámpora, un cuadro de Evita Perón, un retrato del padre Carlos Mujica, el cura villero mártir por sus convicciones sociales, y hasta salamines de la provincia de Buenos Aires convirtieron el encuentro en una reunión que, mejor que nadie, definió el amargado columnista de La Nación, Mariano Obarrio, en un “twitter”: “El Gobierno logró la escena perfecta. La foto de Francisco, CFK, La Cámpora y dos cuadros de fondo: Eva Perón y el Papa. Todo muy partidario”.
El resultado ha sido que Francisco apoya y sostiene con todo el peso de su autoridad espiritual la campaña argentina contra los fondos buitres y nuestra presidente viajó a Nueva York con el texto del parágrafo 56 de la Evangelii Gaudium en su carpeta:
“Mientras las ganancias de unos pocos crecen exponencialmente, las de la mayoría se quedan cada vez más lejos del bienestar de esa minoría feliz. Este desequilibrio proviene de ideologías que defienden la autonomía absoluta de los mercados y la especulación financiera. De ahí que nieguen el derecho de control de los Estados, encargados de velar por el bien común. Se instaura una nueva tiranía invisible, a veces virtual, que impone, de forma unilateral e implacable, sus leyes y sus reglas. Además, la deuda y sus intereses alejan a los países de las posibilidades viables de su economía y a los ciudadanos de su poder adquisitivo real. A todo ello se añade una corrupción ramificada y una evasión fiscal egoísta, que han asumido dimensiones mundiales. El afán de poder y de tener no conoce límites. En este sistema, que tiende a fagocitarlo todo en orden a acrecentar beneficios, cualquier cosa que sea frágil, como el medio ambiente, queda indefensa ante los intereses del mercado divinizado, convertidos en regla absoluta. No a un dinero que gobierna en lugar de servir”.
Dijimos hace un año y medio: “Cuando Europa se desbarranca en una crisis espiritual, social, económica, cultural y política el continente de los tucanes y las orquídeas, el continente de Bolívar y San Martín ha proyectado a uno de sus hijos a un sitial de honor y tremenda responsabilidad”.
Hoy, con la misma alegría y esperanza que entonces, podemos ratificarlo e incluso precisarlo. Este Papa porteño que vive en Roma, contrariamente a la canción de Los Quilapayún, no le están degollando a su paloma. Se ha lanzado a luchar por los pobres del mundo, por la soberanía de los pueblos contra la predación del capital financiero. Y el gobierno de Cristina, así como los gobiernos populares del continente, han encontrado un aliado confiable y seguro.
La oposición mediática le seguirá dictando mentiras a sus seguidores y la oposición política se enredará aún más en su desconcierto y desasosiego. Es evidente que hay una nueva relación de fuerzas, que no está dicha la última palabra y que la agenda presidencial, que es la que continúa rigiendo en la vida política del país, nos va a dar muchas nuevas sorpresas.

Buenos Aires, 23 de septiembre de 2014

14 de noviembre de 2013

“Todas las batallas político-ideológicas que los cuadros de la Universidad deben dar son más necesarias que el agua y el pan”

RIN participó del primer Congreso iberoamericano de Revisionismo Histórico, organizado por el Instituto Nacional de Revisionismo Histórico Argentino e Iberoamericano Manuel Dorrego, en la ciudad de Buenos Aires.

En la misma accedimos a una entrevista personal con el periodista, escritor, guionista cinematográfico y miembro de dicha institución, Julio Fernández Baraibar, quien opinó acerca de los objetivos del reciente Congreso realizado por el Instituto, su visión acerca del estado actual de las organizaciones políticas del campo nacional, la reciente plena aplicación de la ley de SCA y de los objetivos de la Universidad y de las organizaciones políticas vinculadas a ello.

RIN-¿Cuál es el objetivo de la organización de este congreso y cuáles son las expectativas que se abren a partir del mismo?

JFB- Para mí, el Congreso ha sido una satisfacción, en lo personal, inmensa y, desde el punto de vista de las tareas y objetivos políticos institucionales, un éxito concreto. La verdad es que ha sido la primera vez que organizamos algo como esto en el Instituto. En el decreto con el cual se crea el mismo estaba planteado que se realizara un congreso latinoamericano y otro nacional y esto era todo un desafío.

Organizar un congreso nacional y latinoamericano es todo un desafío, los problemas de viaje y cambiarios que tenemos con algunos países de la región eran todo un tema y la verdad que el resultado ha sido excepcional. De todos los invitados no argentino participaron un 100 por ciento y con los invitados del interior del país también fue así. Desde el punto de vista de la organización ha sido un éxito y nos pone, como dijo Pacho O' Donnell, en la necesidad de plantearnos la idea de cómo hacer para realizar el segundo congreso.

RIN- Mas allá del tema especifico, se plantearon centralmente dos temas: por un lado la necesidad de terminar con la colonización de las mentes y las ideas y, la otra, que esto ayuda a la idea de una integración nacional que quedó trunca. No es casualidad que hoy tantos hombres y mujeres confluyan en esta idea de empezar a pensar desde nuestro lugar e integrarnos como una Nación ¿Cómo ves esto?

JFB- Se le atribuye a Víctor Hugo una frase que dice que no hay nada más potente que una idea a la que le ha llegado su tiempo y hoy estamos comprobando que a esa idea de integración latinoamericana le ha llegado su tiempo. Muchos de nosotros nos formamos, en la década del 70, con la idea de forjar una integración latinoamericana. Antes de nosotros otros hombres, como Juan Domingo Perón, pensaron esta idea y dejaron sentadas las bases conceptuales, lógicas y teóricas de esa integración y, hoy, esa hora nos ha llegado. El fin de siglo y todo el proceso de globalización que se produce después de la caída de la URSS, hizo evidente y puso en negro sobre blanco a los pueblos y políticos del continente que había llegado la hora de las grandes unidades continentales y se encontraron con que había todo un sistema de ideas y corrientes de pensamientos que habían planteado esto en su momento.
Había un pasado en común, a diferencia de Europa que tenía que saldar ríos de sangre para forjar una integración entre Alemania y Francia, por ejemplo. Nosotros tenemos las mismas bases culturales, tenemos una misma lengua y una misma religión, habíamos peleado juntos por la independencia. Entonces apareció la necesidad de constituir un gran bloque regional con la idea de no sucumbir en la política internacional. Un poco es eso lo que ha sucedido. Parece sencillo si se dice así tan fácil y si todo fuera como reír y cantar, pero no es así. Hay dificultades y este proceso de integración también tiene resistencias, hay bloques sociales que se resisten a ello.

Lo que ha aparecido en la conciencia general es que si no nos integramos, desaparecemos. Si no constituimos un bloque de poder, de Estados que tienen una enorme cantidad de habitantes, una gran extensión territorial y una inmensidad de recursos naturales y de modelos económicos, que, si no nos unimos, desaparecemos como posibilidad de ser sujetos en la política internacional y nos convertiremos en apéndices de otros bloques más fuertes que han podido lograr esa unificación.

RIN- El mecanismo para llevar adelante esto es a través de la participación política y de la discusión acerca de los temas de la agenda pública, a partir de sentar las bases del disenso y no a través del consenso que siempre viene impuesto desde arriba. Para ello es necesario generar organizaciones con un alto nivel de formación de sus cuadros políticos para poder dar esta batalla tan dura. En ese sentido, ¿cuál crees que es el estado actual de estas organizaciones?

JFB- Cuando nos propusimos hacer el Congreso, yo había pensado que debía tener una consigna: “Conocer la patria Grande”. Esto, creo, es una de deuda, porque. por ejemplo. los mendocinos no conocen la historia de Chile y eso que son pueblos que están a muy poca de distancia entre sí. Lo mismo con los jujeños y Bolivia. Yo creo que es fundamental generar mecanismos para que nuestras partes se conozcan.

Tengo el orgullo de decir que si hay un país en donde hemos avanzado y logrado generar un cuerpo de ideas y un sistema de pensamiento profundo y meditado sobre el tema de la integración somos nosotros los argentinos. Nuestros hermanos de otros países se han encontrado, con la mejor buena fe, la posibilidad de proveerse de este gran sistema de ideas que hemos generado los rioplatenses. Esto debe trasladarse a los militantes políticos, porque estos tienen que estar formados no sólo en la virtud de ganar elecciones sino también en el arte de la construcción estratégica de las grandes políticas que nos tenemos que dar. Si los militantes políticos y esta nueva juventud sólo se lucen en el arte de ganar elecciones y no generan cuadros políticos con dos, tres o cuatro puntos de vista sobre los cuales se puedan pronunciar, estamos errando en algo.

Esto se forma con debate, con discusión, pero también con cuadros políticos que tengan esta idea, de otra forma fracasaremos. Están dadas las condiciones. A esta idea de la integración nacional le ha llegado la hora y hay que estar decidido frente a ella.

RIN- El imperialismo, a partir de un sistema de colonización cultural, ha logrado durante décadas frenar este proceso de pensamiento autóctono, autocentrado, acerca de lo que nos ha pasado a los argentinos. Esto ha contado con la complicidad de ciertos actores internos y en nuestro caso particular en la Argentina tienen candidatos en listas como Julio Cobos en Mendoza y Massa en Buenos Aires. ¿Cuáles son hoy los mecanismos de dominación o de colonización cultural que permiten que suceda estas cosas y que por ejemplo permita que estas expresiones políticas saquen tantos votos?

JFB- Creo que hay un tema que ha sido planteado muchas veces por la Presidenta que es el tema de la colonización cultural y se ha instalado un gran debate político cultural -para no usar la palabra ideología que tiene cierto peso negativo- en el cual nosotros, como movimiento nacional y popular, tenemos que conquistar a las grandes masas para este nuevo paradigma.

Esto se refiere a que hay un debate que se tiene que dar desde las universidades, desde las escuelas, desde el ministerio de educación, tanto a nivel nacional como provincial, lo que implica, no sólo discutir acerca de las técnicas pedagógicas a implementar en el sistema educativo, sino también y sobre todo del contenido que se enseña en las mismas.
Estos resultados electorales adversos tienen, en gran parte, su origen en esta colonización cultural. Por eso debemos dar una gigantesca lucha cultural que desarraigue ese esquema neoliberal y eso se refleja en estas expresiones electorales que vos mencionas, pero que, además, cuentan con el apoyo de todo el sistema mediático, de todos los aparatos de comunicación, la embajada de EEUU y repercute en grandes sectores de las clases medias que, al lograr un ascenso económico, optan por viajar a lugares como Miami y Disney World que expresa un poco todo esto. Esto es un problema, porque cuando llegan a Disney World -siempre como metáfora- se genera una concepción del mundo y de la vida que atenta contra nuestros principios culturales.

RIN- Ese aparato cultural que tiene como mecanismos estratégicos de dominación a los medios de comunicación han sufrido una derrota a través de la plena aplicación de la Ley de SCA. Frente a esto ¿cuál es la estrategia por parte de la Universidad para contrarrestar esto que vos mencionabas, ya que es aquí donde se forman las principales usinas del pensamiento reaccionario contrarios a los intereses de la integración nacional?

JFB- En el caso de la Ley de SCA hemos logrado saldar una gran batalla. El monopolio ha debido aceptar la majestuosidad del Estado, es decir que no hay nada en la Nación superior a la Nación misma. Acá terminó la discusión y el Estado Nacional dictaminó, por los mecanismos establecidos en la Constitución. La Ley de Medios genera nuevos espacios de discusión y debate para seguir afrontando estas batallas y luchas políticas.

Respecto a la Universidad el análisis es un poco más complejo, ya que éste es un problema estructural, de la génesis misma del pensamiento universitario argentino. Aquí hay que dar una gran batalla. Todas las batallas político-ideológicas que los cuadros de la universidad deben dar son más necesarias que el agua y el pan. Creo que tenemos ciertos déficits. Estos puntos de vista que ustedes escucharon en el congreso y que contó con el apoyo de más de 450 inscriptos acreditados no se refleja en los cuerpos de profesores ni en el estudio del Estado , ni en muchos de los movimientos políticos. Ustedes saben mejor que yo la gran lucha que tenemos que dar. Frente a esto la única respuesta que debemos dar es seguir organizándonos; militando, discutiendo y convenciendo a los estudiantes, ganando centros estudiantiles, ganando federaciones estudiantiles. No es una tarea fácil, pero es la lucha política que hay que dar.

RIN- El problema principal siguen siendo los planes de estudio...

JFB- La estructura del Ministerio de Educación está impregnada de funcionarios medios, en lops niveles secundarios, liberales, gorilas y antiperonistas. Por eso digo que no es fácil. Hugo Chávez tuvo que crear una especie de Estado paralelo para dar las batallas políticas que necesitaba dar, para poder llevar adelante las políticas de salud pública, de educación, etc. Todos los gobiernos que llegan a través de las vías democráticas se encuentran con un Estado que está formado en el anti-Estado y muchas veces te encuentras con abogados dentro del Estado que dicen eso va contra la ley, eso otro también, etc, e inmovilizan la acción del estado democrático. Creo que esto es grave, porque, muchas veces, estas personas lo hacen consciente -e, inclusive, inconscientemente- porque están formados bajo unatradición de pensamiento reaccionario, antinacional, cipayo.

15 de abril de 2013

Los liderazgos no se heredan, se ganan


Los liderazgos no se heredan, se ganan

Los movimientos populares latinoamericanos han sido y son fuertemente personalistas, justamente por su naturaleza anti-institucional. Que la desaparición de Chávez haya producido una baja en los votos no es, por ello, algo para horrorizarse. Los liderazgos no se heredan, se ganan. La voluntad de Chávez permitió mantener esa exigua mayoría, que constituye el núcleo de hierro de la revolución chavista. Ahora hay que construir un nuevo liderazgo desde el gobierno y, sobre todo, ampliar la base política y social del gobierno. Hay entre un cinco y un diez por ciento de votos de Capriles que corresponderían al chavismo y que hay que conquistar con política, con gestión y con patriotismo.
El personalismo de Chávez
Preguntarse si el chavismo no habrá sido demasiado personalista es, por lo tanto, un ejercicio inútil. El chavismo es como lo parió la historia de la sociedad venezolana y latinoamericana. No obstante la decisión de Chávez de dejar un heredero inmediato fue sabia y salvó a su movimiento y al país de una desgastante lucha interna por el poder. Ahora Nicolás Maduro deberá ratificar y acrecentar el apoyo que le han dado las masas desposeídas de Venezuela. Es hora de bajar la retórica electoral y asumirse como gobierno y gobernar.
Por otra parte, la inflación, la corrupción, la inseguridad, la ineficiencia administrativa juegan en el estado de ánimo de las masas. No solo por la resonancia que le da la prensa imperialista a estos problemas, sino porque esos problemas existen y pesan en las coyunturas electorales. Lo que de ninguna manera se puede admitir es sentirse deprimido o desilusionado por este resultado. Hubo algo de triunfalismo, de desprecio al enemigo en la actitud del oficialismo venezolano. Eso nunca es bueno porque empaña el pensamiento. El resultado demostró que HCR no era tan mal rival como lo pintaba con demasiada facilidad el chavismo y sus voceros y que una sola virtud no alcanza. En este caso, a la virtud de la decisión del viejo caudillo deberá agregar su capacidad de conducir un conjunto de fuerzas políticas y sociales diversas, ser reconocido y aceptado en el seno de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana, de la que Hugo Chávez había surgido y donde su jefatura e influencia era decisiva.
Todos estos chisporroteos que se están manifestando en algunas ciudades con francas manifestaciones de violencia fascista y las desaforadas expresiones del candidato perdedor desprestigian seguramente a Capriles en la cabeza de muchos de sus recientes votantes que creyeron en el discurso de la paz y la concordia. Mantener la cabeza fría y no responder a las provocaciones es, me parece, la consigna del momento para las fuerzas oficialistas de Venezuela. 
Fuerzas Armadas y Patria Grande
En este momento y por un largo período, la Fuerza Armada Nacional Bolivariana es la garantía de la democracia en el país. Su unidad y su identificación con el proceso chavista son la última barrera del imperialismo que intentará por todos los medios quebrar la primera y sobornar para traicionar la segunda.
A su vez, todos los gobiernos latinoamericanos han reconocido de inmediato el triunfo de Nicolás Maduro, dejando en claro su distancia con toda maniobra de desconocimiento de la voluntad popular. Como nunca antes, Latinoamérica es hoy un factor interno en cada uno de nuestros países. Poco importa la opinión del gobierno español, sumido en una profunda crisis política, económica, social y moral, o de los EE.UU. que no ha podido más que apoyar secreta y vergonzantemente a la oposición venezolana. Que México, Brasil y Argentina reconozcan la legitimidad de Maduro es señal suficiente para unos EE.UU. tironeados por acuciantes cuestiones en otros lugares del mundo. Hugo Chávez fue uno de los principales constructores de esta Patria Grande que hoy vivimos y es esta Patria Grande la que permitirá que su legado se realice en el continente y que la soberanía de su pueblo no pueda ser burlada.
Buenos Aires, 15 de abril de 2013

11 de febrero de 2013

La elección de Joseph Ratzinger

El 25 de abril de 2005 escribí y publiqué el artículo que acompaña estas líneas introductorias. Lo vuelvo a publicar en la tarde en que los periódicos de todo el mundo anuncian la abdicación del Papa Benedicto. Como he leído muy pocas reflexiones políticas y estratégicas sobre este hecho de parte de los sectores que reivindican el proceso de liberación y unificación suramericana, creo que refrescar algunos conceptos vertidos hace ocho años pueden ayudar a iluminar el sentido político de esta abdicación, la primera en varios siglos, de un Papa.

En la nota hablaba de la importancia que tenía el hecho de la nacionalidad alemana de Ratizinger. Y estoy convencido que ello también tiene importancia en su abdicación. 

Europa -y quedó claro en el reinado de Benedicto que Europa y la primacía católica sobre Europa era el centro de sus preocupaciones político teologales- vive hoy la más importante crisis económica en más de doscientos años. La hegemonía del capital financiero, del cual también hablo en esta nota, ha arrastrado a países, hasta ayer de gran potencial económico y de alto nivel de vida, como Francia, a límites de deterioro impensables hace una década. Los países de desarrollo capitalista más tardío, como Italia, España, Irlanda y Grecia -para mencionar solo algunos- se encuentran en un callejón sin salida ni retroceso posible. Alemania, la potencia derrotada en la Primera y en la Segunda guerras mundiales, es hoy la única capaz de mantener unificada la Comunidad Europea. Y el arma de esta superioridad no son ni la Werhmacht ni la prodigiosa capacidad de producción de su capitalismo tecnologizado, sino la supremacía de su sistema bancario y financiero, el poder meramente monetarista del marco y la inexorable sumisión de todas las economías europeas a su hegemonía. Ignoro, como no podía ser de otra forma, el peso que estos hechos que aquí trato de describir han tenido en la decisión de Ratzinger. Pero estoy seguro que todo análisis que prescinda de estos elementos tiene más de moralista que de política. 

Mientras tanto la Iglesia Latinoamericana, en estos años de reinado bávaro, ha vivido una gran confusión táctica, alejándose aún más de los deseos y objetivos de las masas latinoamericanas que se sienten identificadas con su mensaje religioso.

11 de febrero de 2012

La asunción del cardenal bávaro Joseph Ratzinger a la silla episcopal romana, convirtiéndolo por ello en jefe espiritual de alrededor de unos mil cien millones de fieles católicos de todo el mundo, parece haber generado una conmoción en la prensa comercial de las grandes capitales occidentales. Esta conmoción a veces llega a confundir a amigos y compañeros, seguramente bien intencionados, que quedan presos de un falso dilema, de un erróneo planteo del tema.
Lejos de mí está el meterme en los abstrusos territorios de la teología y la exegética. Dejo la tarea a quienes se han especializado o interesado particularmente en el tema. No pretendo reflexionar ni sobre el cielo ni sobre el infierno. La distancia que media entre el Olimpo y el Hades es el objeto de estas líneas. Tan sólo, este, para los creyentes, valle de lágrimas.


La Reforma y el surgimiento de los estados nacionales

Lo primero que sorprende a un espectador de buena fe, preocupado por las grandes líneas históricas y no por los temas que impone el New York Times o el Clarín, es la nacionalidad del nuevo Pontífice. Joseph Ratzinger es alemán, de la zona sur de Alemania, de Bayern o Baviera, donde el catolicismo siguió siendo la religión prevaleciente, pese a la adopción del luteranismo por parte del resto de Alemania. Al observar esto descubrimos que el último Papa de esa nacionalidad rigió sobrela Iglesia Católica a principios del siglo XVI, contemporáneamente a la sublevación religiosa del agustino Martín Lutero, y de los príncipes alemanes que en la Dieta de Worms asumieron su desafío, que dividió para siempre la unidad religiosa de la llamada Cristiandad, es decir la península de Eurasia que iba del Atlántico hasta los dominios del Zar.
La ruptura de Lutero con Roma, la traducción de la Biblia al alto alemán –llevada a cabo por el agustino al amparo del Gran Elector de Sajonia- da origen a una interminable serie de rebeldías de príncipes germanos y de levantamientos campesinos, bajo banderas religiosas. Tomás Münzer, al frente de su ejército de desarrapados campesinos funda el anabaptismo, bajo las premisas de su utopía inspirada en el cristianismo primitivo, y el monje escandinavo Olaf Peterson, al amparo del fundador del estado sueco, el rey Gustavo I Vasa, traduce a su idioma la Vulgata y crea una iglesia nacional. Alberto de Brandenburgo, impulsado por los vientos que Lutero ha generado, ocupa los territorios de la Orden Teutónica y la disuelve, dando origen a Prusia, que al cabo de trescientos años se convertiría en motor de la unidad estatal alemana.
La aparición de estas rupturas con el obispo de Roma, a la que hay que agregar la de Enrique VIII y la fundación de la iglesia anglicana, no es otra cosa que la expresión de la aparición incipiente de los estados nacionales y el proceso embrionario del capitalismo primitivo. Eran las necesidades objetivas de ese protocapitalismo las que llevaban a la ruptura con el universalismo tanto de las antiguas formas imperiales -herederas del Sacro Imperio Romano Germánico, sedicente continuador del Imperio Romano-, como del carácter universal -católico quiere decir, justamente, universal- del cristianismo.
En efecto, hasta el concilio de Jerusalén, narrado en los Hechos de los Apóstoles (capítulo 15) los seguidores de Cristo no eran sino una secta judaica. El monoteísmo del Viejo Testamento se caracteriza por ser una religión propia y exclusiva de un pueblo, el pueblo judío a quien el Creador mismo eligió para la misión de mantener la fe y adorarle. Convertirse al monoteísmo veterotestamentario significaba, entonces, integrarse al pueblo elegido, diferenciarse de los otros pueblos de la tierra. El tema central que se discute en Jerusalén es si los seguidores del Cristo deben o no circuncidarse según el rito de Moisés –operación litúrgica que integraba al circunciso al pueblo judío-. Los Hechos recogen las palabras de Pedro, con las cuales argumenta que si Dios ha determinado que los gentiles (gentil es la traducción de goi, todos los que no son judíos) debían ser evangelizados y no hizo diferencia entre judíos y no judíos, qué razón habría para convertirlos previamente en judíos (Hechos, capítulo 15, 7-12). A partir de ese encuentro los seguidores del Crucificado dejan de ser judíos para convertirse en una religión de aspiración universal, para todos los pueblos humanos. Y fue, a decir verdad, esta decisión la que permitió la expansión del cristianismo en el ámbito del imperio romano, imperio también universal por definición.
La ruptura de este universalismo fue un momento necesario en el desarrollo de las fuerzas productivas gestado durante los largos años de la Edad Media y que comenzaron a hacer eclosión, justamente, con el Renacimiento y la Reforma. No era tan sólo la concuspicencia y los celos lúbricos de Enrique Tudor, ni el afán neuróticamente polémico de Lutero, la causa profunda de su rebelión religiosa y política. Detrás de ellos se expresaban las fuerzas que requerían la conformación de una unidad lingüística, de un sistema jurídico en función de un mercado nacional, de una autoridad religiosa propia, es decir, de un sistema material y espiritual que rompiese la ya arcaica unidad de un Imperio y de una Iglesia universales.
En la Europa del siglo XVI la unidad religiosa del Papado se presentaba como un obstáculo para el desarrollo de fuerzas económicas y políticas que pugnaban por quebrar el corsé de hierro de un mundo que ya se tornaba anacrónico.
En ese sentido, todas las confesiones surgidas del estallido de la Reforma se convirtieron en religiones capitalistas o cuyos postulados teológicos y morales propendían y alentaban los presupuestos superestructurales para ese desarrollo, mientras que la Iglesia de Roma, en términos generales, quedaba fijada a la visión arcádica de una supuesta armonía medieval, con su ordenamiento estamental, sus preceptos antiusurarios, su teoría del precio justo y la ordenación de la Ciudad Terrestre a la Ciudad Celeste.
El sistema exegético del protestantismo, su revalorización del Antiguo Testamento, y su moral fueron -como se ha encargado de demostrarlo el tantas veces citado Max Weber- el abono intelectual y espiritual sobre el cual se desplegaron las fuerzas del capital, del lucro privado, de la libertad de comercio y la libertad de venta de la mano de obra.


La Unión el fin de los estados nacionales

Quinientos años después el capitalismo, por lo menos el capitalismo de los países centrales a cuya historia nos estamos refiriendo, se ha convertido en un abominable monstruo imperialista cuyo desarrollo se ha vuelto el principal impedimento para el desarrollo del conjunto de la humanidad.
Los estados nacionales que permitieron aquel surgimiento han agotado su proceso histórico y comienzan a aparecer otras unidades y protagonistas. El establecimiento definitivo de la Unión Europea pone punto final no sólo a la milenaria disputa entre francos y germanos, sino que establece nuevos límites a la discrecionalidad de los estados miembros. La vieja universalidad católica -el Imperio romano- vuelve a encontrarse a sí mismo en el continente que lo vio nacer. Y a lo largo de esos quinientos años las religiones nacidas con la Reforma -el luteranismo, el calvinismo, el anglicanismo, el metodismo, para no hablar de los anabaptistas, menonitas y sectas campesinas similares- se han convertido en iglesias provincianas. Nacidas al calor de la lucha por la constitución de un estado nacional se agotan en la entropía del estado que las cobijó o que ayudaron a construir. No significan ya una amenaza para Roma.
Este análisis deja entrever, entonces, el sentido histórico y político que tiene la elección de Joseph Ratzinger. Pareciera que el Cónclave romano pretendiera poner punto final a la historia que comenzó aquel día en que Martín Lutero clavó sus 95 Tesis en la puerta de la iglesia de Wittenberg, reintroduciendo en la grey católica, con plenos derechos, a los rebeldes teutones. Si las condiciones histórico-sociales que dieron origen a aquella rebeldía han comenzado a desaparecer, parecería que la Iglesia intenta hacerse cargo de esa situación. Como ha dicho, semanas atrás, Alberto Methol Ferré en La Nación: “Pienso que para el pueblo y la Iglesia alemanas y para la Unión Europea es indispensable un papa católico alemán, que cerraría el ciclo de la gran herida de la Reforma en el corazón de Europa”.
Por otra parte, como me apuntaba días atrás el mismo Methol Ferré, el nombramiento del alemán reintroduce a la cultura alemana en el mundo civilizado de la cual había sido expulsada por el triunfo de los aliados. Desde la caída del Tercer Reich, hace ya sesenta años, Alemania, los alemanes y, sobre todo, la cultura alemana han llevado sobre sus espaldas el baldón infamante del nazismo -esa teogonía pagana occidental-, de los campos de concentración, de las cámaras de gas, deAuchswitz y Treblinka. Baldón infamante que no ha cedido ni ante el propio nombramiento de Ratzinger. La prensa occidental que ha callado la relación económica directa entre la familia Bush y el Tercer Reich, entre la IBM y la Alemania nazi, ha acusado de mala fe al actual Papa por su pertenencia a la Juventud Hitleriana y su participación como soldado de la Wermacht en la Segunda Guerra. Y muy pocos o ningún comentarista bien pensante ha salido al cruce de esta maliciosa y artera interpretación de los hechos.
Esta carga impuesta por los vencedores del 45 ha significado en los hechos que Alemania, factor decisivo, junto con Francia, de la Unión Europea, tenga que ceder ante los galos en el terreno de la influencia cultural y moral. Cuando se trata de cuestiones vinculadas a la economía y a los avances industriales y tecnológicos, Alemania aparece como la voz autorizada y exitosa. Pero cuando se trata de reflexionar sobre cuestiones vinculadas a los problemas más profundos y complejos de la condición humana, Alemania se siente obligada a cederle la palabra a Francia, la misma de la Guerra de Argelia, de la primera guerra de Vietnam, de las explosiones atómicas en el atolón de Muroroa, la inventora de las técnicas de la guerra contrarrevolucionaria, es decir de la tortura y la destrucción física y psicológica del enemigo prisionero.
La elección de un Papa alemán contribuiría así, por parte de la Iglesia, a disolver y superar este artificioso estigma, reintegrando, con plenos derechos, a un pueblo caracterizado por un pensamiento y un arte que constituyen un hito en la historia humana.


La rigidez doctrinaria

La prensa occidental y sus émulos locales, tipo Clarín y Página 12, han puesto el acento crítico en lo que sería una cierta rigidez del nuevo Papa en temas vinculados a la doctrina católica y a la moral. Explico, para los lectores que no me conocen, que no soy católico en el sentido personal del concepto, aunque no podría dejar de serlo en el sentido cultural del mismo. Pertenezco a una sociedad y a un continente donde el catolicismo constituye una especie de marca en el orillo, que va mucho más allá de las convicciones o de la fe personales.
Soy agnóstico, pese a, o a causa de, una larga formación católica. Hice la escuela primaria y secundaria en un colegio de los Hermanos de la Sagrada Familia, estudié Derecho en la Universidad Católica Argentina y mi primera militancia política fue en un grupo católico producto de la ebullición de ideas de fines de la década del 60. Desde hace años adscribo a un pensamiento agnóstico y laico y carezco de todo sentimiento religioso. De modo que no me une a la Iglesia ninguna convicción religiosa, por lo que mi punto de vista no tiene ninguna finalidad apologética.
Estoy convencido de que la firme adscripción a un sistema de ideas, a un corpus doctrinario, no es un defecto sino una virtud. La capacidad de defender firmemente este sistema, en el convencimiento de que su debilitamiento doctrinario sólo trae aparejados prejuicios a la causa que uno sostiene, no me parece algo reprochable sino un rasgo elogioso en un hombre o una mujer con verdadero sentido de la razón de ser de su paso por la tierra. Mi enemistad con Margaret Thatcher no radica en su rigidez doctrinaria, como rasgo psicológico de la verdugo del Belgrano, sino, justamente en el sistema de ideas e intereses que defendió con firmeza y ahínco.
Ignoro, dada mi antedicha condición de agnóstico, qué problemas puede acarrearle a los creyentes católicos la supuesta rigidez papal respecto a temas tales como la existencia o no del demonio como entidad personal o del cielo como un lugar físico concreto o un lugar ontológico espiritual. Pero estoy convencido que esa es una cuestión que deberán resolver los propios católicos en el ámbito de sus instituciones teológicas comunitarias.


La rigidez moral

El tema de la rigidez moral tiene, sí, otras connotaciones. Alejado como estoy de todo moralismo cerril y de todo juicio sobre la vida privada de mis semejantes, que no tengan consecuencia en lo público y social, creo estar en condiciones de aportar un punto de vista que se aleje, justamente, del aspecto privado, personal, e intente analizar las implicancias que esta discusión tiene en el ámbito público, el de la política y la lucha por un mundo mejor.
Al parecer el nuevo Papa, mantendría una continuidad con su antecesor con respecto a cuestiones vinculadas al sexo. El divorcio, la masturbación, la homosexualidad, el tema del género, el uso del preservativo y el control de la natalidad, el aborto y las relaciones sexuales extramatrimoniales serían el núcleo de un conflicto en el que Benedicto XVI expondría un punto de vista que la prensa comercial llama rígido y que, sin embargo, no es otro que el que ha caracterizado a la Iglesia Católica -y, por otra parte, a todas las confesiones religiosas- desde siempre. Con esto quiero decir que tengo la impresión de estar ante un problema inventado, creado por el sistema de prensa imperialista con un designio que trataré de explicar.
A partir de las derrotas sufridas por las revoluciones del mundo colonial y semicolonial y de la implosión del viejo bloque socialista de Europa Oriental, el Occidente imperialista –dueño absoluto del poder mundial- convirtió en pensamiento oficial, divulgado por el sistema de prensa gráfica y electrónica, un sistema ideológico basado en el más absoluto relativismo filosófico, en un inmanentismo materialista vulgar, hedonista y consumista, para el cual toda aspiración de trascendencia humana –material o espiritual- se presenta como un mero relato moralizador que coarta la absoluta y autocentrada libertad individual. Una especie de neolibertinismo para consumidores con poder adquisitivo se convierte en acompañante del neoliberalismo que se impone urbi et orbi. No hay límites para la ambición, en el plano de la economía, como no hay límites para el goce sensual en el plano íntimo del individuo. La desenfrenada carrera por el enriquecimiento personal, generado por un sistema económico mundial que ha vencido todas las barreras a ello, es acompañada por una incentivación desenfrenada de los deseos y las pulsiones, demoliendo, en el plano de la cultura, las barreras inhibitorias a su consumación.
En realidad, esto, en sí mismo, no es nuevo. El libertinismo aristocrático o burgués fue siempre un rasgo característico de la sociedad de clases que obligaba al más estricto puritanismo a sus sectores humildes y trabajadores, mientras toleraba los excesos de la juventud dorada y hasta se permitía teorizar al respecto. Desde el Marqués de Sade o Chaderlos de Laclos hasta los románticos ingleses como Lord Byron, Charles Swinburne u Oscar Wilde, la trasgresión más brutal o humillante se convertía en el núcleo irreductible de la libertad humana… de su clase dominante. Lo nuevo ha sido su elevación a doctrina universal y para todas las clases sociales.
Este sistema de pensamiento no es ingenuo. La nueva etapa del capitalismo metropolitano se ha caracterizado por una preeminencia hegemónica del capital financiero en detrimento de la producción. Trasladado al mundo semicolonial este esquema multiplicó por cientos las devastadoras consecuencias que había producido en los países centrales. Millones de seres humanos fueron arrojados al desempleo, a la desocialización, a la marginación y la exclusión sociales. Pero ahora esos lúmpenes desproletarizados, esos millones de jóvenes que jamás conocerán la disciplina de la fábrica o la oficina disponen de una ideología que hace superflua la integración laboral: son libres para realizar sus deseos. Y además cuentan con las posibilidades liberadoras que les proporcionan la cocaína, el crack o el éxtasis. Toda la actividad humana que, hasta ese momento, se caracterizaba por la lucha por la dignidad social y la independencia nacional, por la aspiración a una vida mejor, a la superación personal por el trabajo y el estudio, se ha convertido, de pronto, en una cuestión que se traslada de la cabeza al bajo vientre de la humanidad. Y la instancia ha logrado tal éxito, que aún quienes continúan luchando por los antiguos ideales, se sienten obligados a incorporar este programa neolibertino, ante el miedo de quedar como conservadores o reaccionarios.
Las consecuencias de esta política objetiva del imperialismo han sido nefastas. El “descontrol”, como situación permanente y provocada, ha generado millones de niñas pobres convertidas en madres abandonadas a los catorce años. Padres de la misma edad que ante la imposibilidad material y espiritual de hacerse cargo de lo hecho abandonan hijo y madre sin siquiera la posibilidad de elaborar la culpa. El SIDA se ha convertido en la principal causa de enfermedad y muerte en los jóvenes pobres y desocupados y las drogas pesadas, como mercancía de consumo masivo, constituyen un azote -y un miserable medio de subsistencia- para la juventud de las barriadas humildes.
Días atrás, el diario Clarín publicó una afirmación del, entonces, Cardenal Ratzinger según la cual consideraba a la homosexualidad como una desviación de la naturaleza sexual humana, pero que la absolvía como pecado y que recomendaba la castidad.
Ahora bien, ¿qué se pretende que diga la Iglesia, que ya bastantes problemas tiene con la homosexualidad de sus pastores? ¿Que convierta la liturgia del “Creced y Multiplicaos” adaptada a contrayentes del mismo sexo? La castidad es la recomendación que la Iglesia da, no solo a los homosexuales, sino a todos los amantes fuera del matrimonio. ¿Y sobre la base de esta argumentación se pretende diabolizar con el estigma de la rigidez al nuevo Papa?
Ser homosexual o heterosexual, practicante del amor libre o de la autosatisfacción sexual sigue permaneciendo en la esfera de las íntimas determinaciones humanas. Pretender que la Iglesia Católica, cuya jurisdicción solo vincula a quienes creen en sus artículos de fe, se adapte a estos gustos personales es de una superficialidad tal que hace sospechar sobre sus intencionalidades.
Es desde esta perspectiva política y revolucionaria que la rigidez moral del nuevo Papa tampoco se me presenta con la dramaticidad que la prensa comercial pretende darle.
América Latina es básicamente católica. Gran parte de la feligresía de Benedicto XVI vive en nuestra Patria continente. Solo deseamos que la tenga en cuenta y que su gestión apostólica contribuya, desde su particular esfera de actuación, a nuestra liberación nacional y al bienestar y dignidad de nuestros pueblos.
Todo lo demás son patrañas pergeñadas por quienes quieren confundirnos para perdernos.