30 de septiembre de 2026

La Nación, Pagni, Halperín Donghi y Martín Fierro

Hace mucho que sufrimos
la suerte reculativa:
trabaja el gaucho y no arriba,
pues á lo mejor del caso,
lo levantan de un sogaso
sin dejarle ni saliva.

Martín Fierro, José Hernández



Ayer, 29 de septiembre, el aguzado periodista de La Nación, Carlos Pagni, publicó su habitual columna de análisis político con el título Para Milei, el infierno son los otros. Su juicio es abrumador. El presidente Milei se encuentra, según el periodista estrella del diario, en la misma situación final a la que llegaron Menem, De la Rúa y Macri: “Al igual que estos expresidentes, debe justificar la falta de dinamismo en la economía, un aspecto que había prometido, y que es esperable para que la gente esté satisfecha”.

Después de enumerar los desopilantes recursos retóricos a los que acudieron cada uno de esos gobiernos para intentar poner la causa de los males fuera de ellos mismos –Menem con el efecto tequila, de la Rúa con la cantidad de feriados, Macri y Dujovne aceptando que se estaba frente a una recesión pero no a una crisis–, Pagni afirma: “Milei se encuentra en la misma situación que sus predecesores: no reconoce que su modelo económico enfríe a la economía como consecuencia de la estrategia elegida para enfrentar a la inflación”. Y a partir de ahí se encarga de ridiculizar la catarata de argumentos, patéticos y falaces, con que Milei intentó explicar su fracaso, tanto en Nueva York, con el periodista de Bloomberg, como en Argentina, con su lacayo Luis Majul.

Las críticas de Pagni son certeras y filosas. Siempre es grato leer que “el rey está desnudo” cuando su Majestad anda por la calle mostrando sus partes pudendas. No obstante, en ningún momento su análisis se detiene a puntualizar qué es lo que se hizo mal y, mucho menos, qué es lo que debería haberse hecho o debería hacerse para salir del marasmo. Pese a su probada capacidad analítica, Carlos Pagni, en La Nación, no pone en tela de juicio el programa general del gobierno de Milei, que no es otro que el del liberalismo mitrista que, en cada uno de los momentos en que fue aplicado puso al país al borde del abismo, empobreciendo a las enormes mayorías, enriqueciendo a un pequeño sector, en parte extranjero, y sometiendo al país a los designios de potencias imperialistas, Inglaterra, entonces, y Estados Unidos, hoy. Pero lo que me llamó la atención fue el final de su, repito, acertada reflexión.

Escribió Pagni:

“En 1998, dos grandes historiadores, José Carlos Chiaramonte y Oscar Terán, le hicieron una entrevista muy interesante a Tulio Halperín Donghi que fue publicada en Todo es Historia. Allí, Halperín Donghi dijo: 'El drama de la Argentina es que tuvimos una gran oportunidad entre 1870 y 1930 y, desde entonces, no hacemos nada más que esperar que el mundo nos ofrezca otra oportunidad. Y en esa espera, vamos decayendo'. 30 años después de esa entrevista, seguimos esperando lo mismo”.

Y ahí fue donde recordé los versos de José Hernández, que dan inicio a estas líneas. El libro fue publicado en 1872, en el inició del período que menciona Halperín Donghi. El país ya ha pasado la dictadura brutal de Bartolomé Mitre y la carnicería de la Guerra del Paraguay. Un miembro del grupo liberal unitario, pero provinciano, el loco Sarmiento, gobierna el país. Lentamente los intereses del conjunto nacional van imponiéndose sobre el privilegio porteño y el soldado federal José Hernández escribe:

"De los males que sufrimos
hablan mucho los puebleros,
pero hacen como los teros
para esconder sus niditos:
en un lao pegan los gritos
y en otro tienen los güevos".


“Los puebleros”, los hombres de la City, los hombres de La Nación, hablan mucho de nuestros males, es cierto, pero engañan, no dicen lo principal, ocultan, como los teros, sus “güevos” y escriben largas parrafadas que solo ocutan “sus niditos”. Pero sigue ese militante implacable que fue Hernández:

“Y se hacen los que no aciertan
a dar con la coyuntura;
mientras al gaucho lo apura
con rigor la autoridá”.


Nuevamente la impostura, la preocupación actuada y falsa de La Nación, en este caso a través de Pagni, mientras Jorge Macri, como el ministro Gainza del poema nacional, se mete en las villas que se ha negado urbanizar para aporrear a los pobres o golpear a compatriotas jubilados y con discapacidades por reclamar por sus derechos.

Y aquí es donde Hernández se conecta directamente con la tontería presuntamente académica de Halperín Dongui:

“Ellos a la enfermedá
le estan errando la cura”.


Ignorar, como lo hacen Halperín Donghi y Pagni, el riquísimo proceso que se inició exactamente después de ese período que menciona (1870-1930) es realizar un interesado diagnóstico erróneo, un “errarle a la cura”, consciente y deliberado. Porque si algo ocurrió a partir del 17 de octubre de 1945 fue que que dejamos de “esperar que el mundo nos ofrezca otra oportunidad” y nosotros mismos, por nuestra propia cuenta construimos una oportunidad para industrializarnos, consolidar un proletariado, moderno, sindicalizado y bien pago, alcanzar enormes cotas de independencia y soberanía nacional.

Nada de eso ve Pagni, por las mismas razones que no lo vio Halperín Donghi: su disciplinamiento ideológico al liberalismo económico y su sumisión al bloque social dominante hizo que, como los actuales beneficiarios del delirio semipsicótico de Milei, “a la enfermedad / le están errando la cura”.

30 de septiembre de 2026.

29 de septiembre de 2026

Del Nuevo ABC a los BRICS

Los BRICS, en la coyuntura de debilitamiento de Trump tras las elecciones de medio término de 2026, ofrecen el marco contemporáneo para reactualizar ese impulso.

Por un lado, permitirían consolidar un acuerdo estratégico con Brasil; por otro, posicionarían a Argentina como puente entre los BRICS y la integración suramericana. Esta reorientación, inspirada en la propuesta de Perón del “Nuevo ABC”1, recuperaría espacios de soberanía para América Latina, aunque su concreción depende de superar la volatilidad de la política exterior argentina y consolidar esta orientación como política de Estado.

En 1953, ante los altos jefes de la Escuela Superior de Guerra, el general Juan Domingo Perón pronunció una frase que condensa el corazón de su pensamiento estratégico y que, setenta años después, conserva una vigencia perturbadora: “Pienso yo que el año 2000 nos va a sorprender o unidos o dominados”2. No se trataba de una consigna retórica. Detrás de esa advertencia había un diagnóstico geopolítico preciso: la imposibilidad de que Argentina, Brasil, Chile o cualquiera de nuestros países, por separado, alcanzaran unidad económica y soberanía real en un mundo crecientemente concentrado. Y también había un proyecto concreto: la conformación de un núcleo argentino-brasileño-chileno capaz de irradiar hacia el resto de Sudamérica y, eventualmente, hacia toda Latinoamérica. A ese proyecto lo llamó, retomando y ampliando el viejo A.B.C. del Barón de Río Branco, el Nuevo A.B.C.

En el libro ya mencionado sostengo que aquel intento no fue una improvisación diplomática ni un capricho personal del líder argentino. Fue la culminación de una genealogía que se remonta a los proyectos anfictiónicos de Bolívar y San Martín, atraviesa la reflexión de los latinoamericanistas de principios del siglo XX —Manuel Ugarte, el general José María Sarobe, el propio Barón de Río Branco— y encuentra en la convergencia entre Perón y Getulio Vargas su momento de mayor madurez política. El libro reconstruye, a partir de fuentes diplomáticas, periodísticas y testimonios directos —singularmente los del embajador João Batista Lusardo, aquel riograndense que se hizo llamar "Juan Bautista" y que fue testigo y actor de excepción de aquellas jornadas—, la trama de un proyecto que buscaba convertir la complementariedad económica argentino-brasileña en un bloque de poder capaz de negociar en pie de igualdad con las grandes potencias. La historia de ese proyecto y de su frustración —el suicidio de Vargas en 1954, el derrocamiento de Perón un año después, la resistencia sistemática de Itamaraty y la presión permanente de Washington— es también la historia de una oportunidad perdida que la región no ha logrado recuperar del todo.

El momento más alto de ese proyecto integrador en el siglo XXI fue entre los años 2003 y 2015. A partir de la III Cumbre Presidencial Suramericana, celebrada en la ciudad de Cusco, Perú, los días 8 y 9 de diciembre de 2004, se inició un proceso, relativamente rápido, de estrechamiento de las relaciones entre los países suramericanos. Aunque la sede del encuentro fue la ciudad de Cusco, el acto central y la firma de la declaración tuvieron lugar en la ciudadela incaica de Machu Picchu, lo que le dio un fuerte simbolismo al evento. Esta cumbre se convirtió, como digo, en un hito fundamental en la historia de la integración regional, ya que fue el escenario donde se creó la Comunidad Sudamericana de Naciones (CSN), el antecedente directo de la UNASUR. Curiosamente, la Argentina no estuvo representada por su presidente Néstor Kirchner, quien alegó problemas de salud por la altura del lugar, sino por Eduardo Duhalde, entonces presidente de la Comisión de Representantes Permanentes del Mercosur.

Y, posiblemente el punto culminante de ese apasionante momento histórico haya sido la IV Cumbre de las Américas, celebrada en Mar del Plata los días 4 y 5 de noviembre de 2005. Esa reunión constituye uno de los hitos más importantes en la historia de la integración latinoamericana y un momento en el que, a inicios del siglo XXI nos encontramos unidos. Su significado trasciende lo protocolar: fue el escenario donde se sepultó el proyecto del ALCA y se abrió un nuevo ciclo de integración regional3

El momento decisivo fue el 5 de noviembre de 2005. Los presidentes de los países del Mercosur, Néstor Kirchner (Argentina), Luiz Inácio Lula da Silva (Brasil), Tabaré Vázquez (Uruguay) y Nicanor Duarte Frutos (Paraguay) junto con Hugo Chávez de Venezuela, se opusieron frontalmente a la firma del ALCA. Esta posición conjunta logró una histórica derrota diplomática para Washington y su intento de alinear a la región detrás de sus intereses.

La cumbre culminó sin acuerdo sobre libre comercio. La declaración final no pudo incluir una mención explícita al ALCA, lo que fue leído como un triunfo de los países que se oponían a él.

Esa Cumbre de Mar del Plata reactualizó la idea del “Nuevo ABC”: la alianza entre Argentina, Brasil y los países del Mercosur, junto a Venezuela, fue el eje que articuló la oposición al ALCA. Expresó la misma lógica de un núcleo sudamericano que Perón y Vargas intentaron construir, ahora en un n contextouevo y con un proyecto explícitamente antihegemónico.

El “No al ALCA” de Mar del Plata abrió el camino para la creación de la Unión de Naciones Suramericanas (UNASUR) y para la consolidación del Mercosur como actor político. Fue la base sobre la que se construyó un ciclo de gobiernos, en algunos casos claramente populares y hasta socializantes, en otros de naturaleza más conservadora, como Chile o Colombia, que coincidieron, con diferente compromiso, en la integración de nuestros países. Pese a ello, el impulso no logró establecer vinculaciones estructurales y orgánicas que dificultaran un retroceso.

La Cumbre de Mar del Plata fue la manifestación más clara de un momento político en el que la región —de la mano de gobiernos como el de Chávez en Venezuela, Lula en Brasil y Kirchner en Argentina— comenzó a desplegar una política exterior de autonomía y diversificación.

Y no por casualidad, en ese mismo momento comienza otro proceso, de gigantesca trascendencia y que aún está en desarrollo. Fue esa misma lógica sudamericana, aplicada a la escala global, la que llevó a Brasil a participar en la construcción del BRIC a partir de 2006. Ambos procesos —la integración sudamericana y la articulación con el Sur Global— fueron expresiones paralelas de un mismo impulso: la búsqueda de un orden multipolar en el que América Latina no fuera un apéndice de Washington.

Ese es el eslabón que conecta el viejo sueño del “Nuevo ABC” con la oportunidad contemporánea de los BRICS.

Es la actualización de aquel intento de Perón a las condiciones de un mundo radicalmente distinto: el del ya avanzado siglo XXI, el de la multipolaridad, el del ascenso de China, el de la crisis de la hegemonía estadounidense. Sostengo aquí que la incorporación de Argentina a los BRICS —bloque que, no casualmente, tiene en Brasil a uno de sus miembros fundadores y a un actor decisivo en su expansión— representa la oportunidad contemporánea de retomar aquel hilo histórico. Y que esa oportunidad se inscribe, además, en una coyuntura específica: la del debilitamiento político de Donald Trump y su política de “patio trasero” para América Latina, cuyo horizonte temporal está acotado por las elecciones de medio término de noviembre de 2026.

La tesis que aquí planteo puede formularse en cuatro proposiciones interconectadas.

Primera. La incorporación de Argentina a los BRICS permitiría institucionalizar y profundizar un acuerdo estratégico con Brasil que ya existe en germen. Brasil ha respaldado explícitamente el ingreso argentino al bloque; existen mecanismos de cooperación financiera y comercial en marcha —el Sistema de Pagos en Monedas Locales, la propuesta de usar yuanes para el comercio bilateral, el respaldo del Nuevo Banco de Desarrollo para financiar exportaciones— que encontrarían en la membresía plena un marco de estabilidad y permanencia. La historia del “Nuevo ABC” demuestra que la alianza argentino-brasileña ha sido, cada vez que se intentó, el eje articulador de cualquier proyecto de integración sudamericana. Como afirma lúcidamente Alberto Methol Ferré: “Fue dentro de una perspectiva del proceso histórico mundial, pensado y comprendido expresamente desde Argentina y América Latina, que Perón formuló su estrategia de desarrollo esencial para su propio país. Este desarrollo lo concebía íntimamente ligado a su contexto latinoamericano. Más aún, imposible sin su enlace con Brasil. Esta fue su audacia y originalidad mayor4.

Segunda. La política exterior del Imperio brasileño, tanto bajo Pedro I como bajo Pedro II, tuvo en la cuenca del Plata su eje neurálgico. El objetivo central era impedir la reconstitución del antiguo virreinato de Buenos Aires y mantener a Uruguay y Paraguay como Estados tapón que contuvieran la proyección argentina. Bajo Pedro I se consideró incluso la posibilidad de intervenir en las repúblicas vecinas para transformarlas en monarquías, aunque luego se optó por la contención. Durante el Segundo Reinado, la “política de prestigio” combinó la presión diplomática con la intervención directa, como lo demuestra la Guerra de la Triple Alianza. Esa política buscaba asegurar un equilibrio sudamericano favorable a Brasil, impidiendo que cualquier vecino —fundamentalmente Argentina— pudiera articular una fuerza capaz de disputarle la preeminencia regional.


Con la República, esa lógica no desaparece: se perfecciona. El Barón do Río Branco, arquitecto de la política exterior brasileña moderna, formuló lo que él mismo llamó una “hegemonía defensiva” en el Cono Sur. “Defensiva” porque no buscaba conquistas territoriales, aunque esto puede ser muy discutible; “hegemonía” porque, según su idea, cabía a Brasil, secundado por Argentina y Chile, el papel preponderante en la definición de las relaciones entre Sudamérica y las potencias centrales. Río Branco trasladó el eje de la diplomacia brasileña de Londres a Washington, incorporando a Estados Unidos como factor de equilibrio en la balanza sudamericana. La “alianza no escrita”5 con Washington le permitía neutralizar cualquier intento de Argentina por disputarle la primacía.

Hasta las décadas de 1950 y 1960, la reflexión geopolítica brasileña se centró explícitamente en superar a Argentina para alcanzar la hegemonía en Sudamérica. No se trataba de una preocupación defensiva, sino de una competencia por la primacía regional. A partir de los años sesenta, la mirada se amplió hacia un rol global, pero la lógica de fondo —Brasil como actor preponderante en su entorno regional— se mantuvo.

La historia muestra que cuando Argentina tuvo capacidad de articular una política exterior autónoma y de negociar con Brasil en pie de igualdad, la lógica imperial se atenuó. El “Nuevo ABC” de Perón y Vargas fue precisamente eso: un intento de subordinar la preeminencia brasileña a un proyecto conjunto. Cuando Brasil no encuentra ese contrapeso —por debilidad argentina, por alineamiento de Buenos Aires con Washington, o por ambas cosas—, su política exterior tiende a recuperar el viejo reflejo de fijar las reglas del juego en el subcontinente.

El rechazo argentino a los BRICS y el alineamiento con Washington bajo el gobierno de Milei son, desde esta perspectiva, una invitación a que Brasil opere sin contrapeso. Y los resultados no son neutrales: la política exterior brasileña, sin el freno argentino, tiende a comportarse como el hegemón regional que la geografía y la historia le han asignado. No se trata de un episodio aislado ni de una cuestión de personas: es la reproducción de un reflejo histórico en el que Brasil define quién entra y en qué condiciones a los espacios de articulación regional. La posición asumida en la discusión sobre la incorporación de Venezuela a los BRICS —cualquiera sea la opinión que merezca el gobierno venezolano— ilustra ese patrón: Brasil actuó como árbitro de los límites del bloque, fijando los términos de la inclusión y de la exclusión. Es la misma lógica que, en otros contextos y con otros actores, caracterizó a la diplomacia imperial primero y a la “hegemonía defensiva” de Río Branco después. No se trata de demonizar a Brasil, sino de reconocer que su política exterior, como toda política exterior, responde a una lógica de poder. La única manera de que esa lógica se atempere es que Argentina recupere la capacidad de negociar en pie de igualdad.

Tercera. Esa alianza, en el marco de los BRICS, posicionaría a Argentina como puente entre el bloque y los mecanismos de integración suramericana (Mercosur, UNASUR), fortaleciendo la proyección de un orden multipolar desde el Sur Global. No se trata de sustituir la integración regional por la adhesión a un bloque global, sino de articular ambas escalas. Los BRICS ofrecen financiamiento sin condicionalidades, mercados diversificados, respaldo político en foros internacionales —incluida la causa de Malvinas— y una plataforma para negociar colectivamente en un mundo donde la unipolaridad se agota. El Mercosur, a su vez, aporta el marco institucional y la proximidad geográfica que hacen posible la coordinación política. La sinergia entre ambos niveles es la clave de una inserción internacional soberana.

Cuarta. Esa reorientación encuentra una ventana de oportunidad en el debilitamiento político de Trump. La política de coerción hacia América Latina —aranceles, presión sobre Panamá, respaldo a aliados ideológicos, hostigamiento a Venezuela— tiene un límite interno: las elecciones de medio término de noviembre de 2026. Un debilitamiento del trumpismo reduciría el corset que su administración ha impuesto sobre nuestros países y abriría un espacio para recuperar márgenes de autonomía. No se trata de un automatismo: la ventana debe ser aprovechada por una voluntad política interna dispuesta a revertir el alineamiento actual. Pero la historia enseña que las oportunidades geopolíticas no esperan a quienes no están preparados para aprovecharlas. Como advertía Perón en 1953: “Si no estamos a la altura de nuestra misión, hombres y pueblos sufriremos el destino de los mediocres”.

Y algo de eso nos permitimos intuir que subyace en el mensaje que el gobernador de la provincia de Buenos Aires pusiera en la red X: “Argentina está desaprovechando la oportunidad histórica de insertarse en el nuevo orden mundial desde un lugar que ponga en valor su enorme capacidad productiva, sus recursos estratégicos y el desarrollo científico tecnológico. Necesitamos avanzar en una verdadera integración regional para conformar un bloque que nos permita insertarnos en esta nueva configuración geopolítica”6.



1Un solo impulso americano – El Mercosur de Perón, Julio Fernández Baraibar, Fondo Editorial Simón Rodríguez, Buenos Aires, 2005, página 90.

2Ibidem, página 109.

3Para una crónica de aquella reunión ver https://fernandezbaraibar.blogspot.com/2005/12/el-siglo-xxi-nos-encontr-por-fin.html

4Citado en El Mercosur de Perón – Un solo impulso americano, página 85.

5Burns, E. Bradford, The Unwritten Alliance, Columbia University Press. New York, 1966.

6 https://x.com/Kicillofok/status/2102471451492393268?s=20

28 de septiembre de 2026

Los caminos de la liberación son misteriosos

A poco de volver a la Argentina, en enero de 1984, en plena restauración del régimen constitucional y de derechos que habían sido negados durante siete sangrientos años, el amigo Miguel Barreiros me invitó a escribir en la publicación Voces, que había creado y dirigía. El proyecto duro algunos meses, en los pude colaborar con mis notas. La primera, publicada en el número 1 de la revista, en agosto de 1984, es la que pongo a continuación. Me reencontré con ella ayer, al revolver mi archivo en busca de otra cosa, como suele ocurrir. La publico aquí no sin orgullo. Han pasado 42 años, vivimos un nuevo siglo y aquellas reflexiones han sido refrendadas por la historia.

Los caminos de la liberación son misteriosos

Estábamos viviendo en un suburbio de Estocolmo. Mis dos hijas argentinas, mi mujer argentina y yo. Era una de esas noches heladas, cuando la luz fría de la luna estalla estéril en la nieve que cubre el paisaje aburrido de los monobloques. El café humeaba sobre la mesa de la cocina y el aguardiente nos había llevado a regiones más cálidas, de la mano de tres vecinos suecos, estupendamente solidarios con nuestro porteño esgunfio, fertilizado por el invierno boreal.

Era el año 1979 y el pueblo iraní había tomado por asalto el trono del Pavo Real –extraño símbolo del poder de los Palehvi– y un anciano sacerdote de inclaudicable voluntad sembraba el terror y la desilusión en las consternadas cabezas bienpensantes de Europa. El ayatollah Khomeini era, a los ojos de mis huéspedes, la imagen misma del horror y la crueldad fanática. El espectáculo apasionante y sobrecogedor que la revolución desplegaba, el estallido incontenible de fuerzas sociales ocultas hasta entonces para el mundo civilizado, la irrupción en la historia de los innumerables innombrados, el coro desalojando el lugar de los personajes, era para mis mansos y rubios amigos –cumplidores manifestantes en todas las demostraciones contra todas las dictaduras– un infierno de irracionalidad, que ahogaba en sangre sus buenas intenciones.

Mi discurso de hombre del Sur fue el que aquí relato. Los escandinavos no quedaron convencidos. Espero un mejor resultado con mis hermanos de Meridión.


El ayatollah Khomeini y su sistema de “mullah” representan la expresión más alta de la conciencia nacional persa. La dictadura “desarrollista” de Reza Pahlevi y la rapiña imperialista hicieron de Irán un país aparentemente moderno. Teherán, sus hoteles de cinco estrellas, sus edificios gubernamentales, sus gerentes educados en Harvard y sus hijos licenciados en la Ècole de Hautes Etudies eran una vana cáscara occidental que pretendía contener un vasto y profundo mar de atraso y postergación.

Es más, recuerdo que dije, esa misma modernización es el rostro odiado de las condiciones de dominación.

En el campo, en la fragante algarabía del “bazar”, bajo el “chadon” de sus mujeres de ojos desmesurados, en la promiscuidad de los campamentos petroleros, en el parloteo sensual de los baños públicos, en la sordidez viscosa de los fumadores de aceite de heroína, Mahoma y sus interpretadores shiítas eran el tejido conjuntivo de la resistencia nacional –y, por ende, popular– de los milenarios persas.

Y Khomeini ha logrado sintetizar, con la características poco “occidentales” que disgutaban a mis amigos, la independencia nacional iraní. El mullah, que conoce el Libro que conoce al pueblo para quien el Libro está escrito, puede ser un excelente “ombudsman”. No en Estocolmo, claro. Pero conozco pocos iraníes que se hayan preocupado por incorporar el mullah a la legislación sueca.

¿Pero, y el velo obligatorio para las mujeres?, preguntaron mis feministas amigas. Lo importante, trate de explicarles, es que las mujeres iraníes se han incorporado con la revolución a la vida política de su país. Y en sus propias condiciones. Ustedes, hace cien años, no podían mudarse de ciudad sin pedirle permiso al pastor y hace treinta metían presos a los anarquistas que, en el campo, trataban de divulgar entre las mujeres cargadas con decenas de hijos, modernas técnicas anticonceptivas. Permitanle a las mujeres iraníes ponerse en movimiento, convertirse en sujetos, ser independientes como iraníes y lo demás es cuestión de tiempo.

¿Entonces vos querés un Khomeini para tu país? me preguntaron, como corolario. Me quedé pensando. Veía tras la ventana mi entonces lejana patria y les dije crípticamente: cada país que nace crea su Khomeini.

Agosto 1984

15 de septiembre de 2026

Con el PAIIPA comienza el Modelo Formoseño

Hoy se cumplen 30 años de la puesta en marcha, en Formosa, del PAIPPA, el programa que le cambió la vida al pequeño campesinado y a la provincia.
Esto escribimos hace unos años.

“El crecimiento armónico y equilibrado de las partes es indudablemente el único camino para la realización del todo. Del mismo modo, podemos afirmar que la realización de las provincias es el único camino para realizarnos como Nación”.
Gildo Insfrán

En la Asamblea Nacional Constituyente, dos años antes, el ahora gobernador Gildo Insfrán había sostenido ese punto de vista doctrinario. Había llegado el momento de poner en práctica esas ideas. Carlos Menem había sido ratificado en su cargo y el país se deslizaba en la pendiente del uno a uno. En ese momento, en el año 1996, Formosa lanzó el PAIPPA, Programa de Acción Integral para el Pequeño Productor Agropecuario.

Se trataba de un programa de asistencia para agricultores minifundistas, todos ellos, en ese momento, por debajo de la línea de pobreza. La propiedad de la tierra en la que habían estado trabajando desde siempre fue la primera de las condiciones que se necesitó asegurar.

Manuel Rodríguez quien, desde la oficina de tierras, venía regularizando los títulos de todos esos pequeños productores, recuerda aquellos años:

“El PAIPPA se largó en General Belgrano. Eso fue una idea que Gildo la fue armando y que la hablamos mucho, con cada uno. Gildo viene de una colonia de pequeños productores, él conoce, él en su profesión de veterinario, trabajó con esa gente”.

“El PAIPPA, tal como Gildo, lo concibió, es un Programa de Gobierno. Yo quería que el PAIPPA dependa de un Ministerio. Y Gildo me dijo: 'No Manuel, el PAIPPA, tiene que ser autónomo'. Yo, que venía de luchar en las Ligas Agrarias en los años 60, le observé: 'pero, entonces, vos le estás dejando el Ministerio a los medianos y los grandes productores'. Y Gildo me respondió: 'Manuel, es que los pequeños tienen que trabajar coordinado y eso es lo que cuesta'. Fui jefe en el PAIPPA y Gildo decía: 'ustedes que saben distribuir, bueno ahí está'”.


El PAIPPA es un programa de producción para autoconsumo, primero, y con posibilidades de mercado, más adelante, planificado para agricultores minifundistas. La primera etapa abarcó a unas 8.000 familias, con asistencia crediticia, técnica, cobertura alimentaria, de salud y vivienda en la chacra.

En el discurso de lanzamiento de este Programa, el gobernador Gildo Insfrán explicó:

“Este sector posee los tres elementos centrales: su tierra, elementos de labranza y su fuerza de trabajo. El PAIPPA va a fortalecer estas tres estructuras (…) por lo cual los productores deben agruparse en familias, porque de esa manera podremos construir la lucha contra los efectos de la globalización. (…) La educación va a reconvertirse, acompañando este proyecto político, orientándose al sector de la producción. (…) se van a construir viviendas rurales, las viviendas del PAIPPA, para que todos puedan acceder a una vivienda digna. Complementariamente, se gestionará y otorgará el título definitivo de la tierra para poder acceder a esa vivienda dentro de la chacra. El centro de encuentro será la escuela de cada colonia”1.

Con el PAIPPA, los pequeños productores agrarios de la provincia y la provincia toda vivieron una verdadera revolución social. El programa debía superar la tradicional estructura de la dádiva estatal para reemplazarla por verdaderas estrategias de promoción y crecimiento rural, que permitiese pasar de una economía de mera subsistencia del campesino a una economía de explotación rentable. Se propusieron, entonces, diversas metas:

* La generación de formas asociativas destinadas, primeramente a la incorporación de tierras para la explotación agropecuaria.

* El crecimiento de la producción.

* La transformación del campesino de arrendatario a propietario de su tierra.

* La explotación sustentable de la tierra, con la utilización de los avances científicos y tecnológicos que preserven el medio ambiente.

* El mejoramiento sustancial de las condiciones de vida y seguridad social del sector de pequeños productores y sus familias.

* El uso individual y cooperativo de la maquinaria agrícola.

Y, como síntesis de todo ello, el trazado de un nivel de vida por debajo del cual no se encuentre ninguna familia campesina.

Dardo Williams Caraballo nos dio su testimonio:

“El paiipero es el minifundista que tiene 6 ó 7 hectáreas, que hacía algodón, que hacía banana. El PAIIPA contuvo el éxodo rural a la gran ciudad y evitó que tengamos grandes cordones de pobreza en la periferia. En la primera etapa del PAIIPA se les hizo una casa en el lugar a los pequeños productores, que es en gran medida la linea que llevaban las Ligas Agrarias en los años '60”2.

La docente y pedagoga Ana María del Riccio también participó en la experiencia del PAIIPA desde un principio y cuenta:

“Yo integre los equipos, operativos, ya siendo Subsecretaria de Educación, en mi última época. Salía acompañando a los grupos operativos que hicieron los relevamientos de las tierras y acompañaba a entregar las cajas de complementos nutricional y hacer los relevamientos de las familias paiiperas que eran 6138. Era un relevamiento social y educativo y salíamos en equipos, hacíamos las recorridas en equipos. Nosotros hacíamos todas las actividades, no estábamos dividido por funciones, éramos un equipo político militante, que salía con un cronograma y cada equipo tenía que realizar todas las funciones”.

Culturalmente, para mí, el PAIPPA fue 'la macro visión cultural' de la gran causa de Formosa. El PAIPPA significó darle visibilidad a esa ruralidad olvidada, postergada, a cientos y miles de familias, generaciones de jóvenes, mujeres y familias que fueron desconocidos. Pero no solamente materialmente, no de lo tangible, sino de lo intangible, de lo simbólico, del mensaje, de respetar la voz, la presencia”3.

Históricamente, para la visión liberal, puramente economicista, teñida de ignorancia y desprecio, el campesino, el pequeño productor agropecuario había sido considerado como inviable. Desde esta perspectiva, su producción, su actividad productiva, que era su forma de vida y la base de su cultura, era considerada insignificante, no rentable e incapaz de una acumulación que permitiera su ampliación. Durante años, el campesinado formoseño y el tipo de explotación agraria que desarrollaba fueron considerados como irracionales, como casos sociales que solo ameritaban un socorro estatal en las situaciones de mayor urgencia. La perspectiva desde el Estado era que la aparición de alguna empresa, en general de otra provincia, se hiciera cargo de su actividad, le comprara el pequeño lote de tierra y convirtiera al campesino en peón de una unidad económica mayor. Desde el Estado se fomentaba este tipo de empresas con créditos y facilidades financieras e impositivas, considerándolos grandes o medianos productores agropecuarios. Pero el campesino no se considera a sí mismo como un empresario. El campo no es solo lo que con su trabajo le proporciona su alimento, sino que el campo es su lugar en el mundo, donde vive, donde cría a sus hijos, donde desarrolla sus capacidades humanas, materiales y espirituales, donde alimenta y construye su propia cultura. Para el alma campesina, la actividad económica, con todo lo importante que es y con todo el tiempo que le ocupa, sólo es una parte de su existencia, de una existencia que tiene su experiencia vital en el medio rural.

El gobernador Gildo Insfrán sostenía un año después del lanzamiento del PAIPPA:

“La realidad nos demuestra de manera incontrastable la ineficacia de asistir al pequeño productor adoptando medidas desde una concepción proteccionista y unidimensional, por la vía de otorgar subvenciones, subsidios, condonaciones, insumos e incluso equipamiento de alto costo, atento a que con ello sólo se profundiza la ineficiencia que se pretende corregir y se perpetúa la dependencia del Estado”4.

El Programa apuntaba, además, a detener la permanente migración de los hijos de los campesinos hacia la ciudad capital y hacia otras capitales del país. Carentes de una perspectiva de futuro, con algunas escuelas primarias en los pueblos más numerosos, sin escuela secundaria y, obviamente, sin alternativas educativas terciarias, los hijos de esos pequeños productores emigraban vaciando al campo de sus sectores más jóvenes, dejando, en muchos casos, a sus pequeños hijos en manos de sus abuelos, hasta que la ubicación en los centros urbanos les permitieran unirse a los padres emigrados.



Con el PAIPPA por primera vez, esos miles de campesinos que, en cierto modo, habían sido transparentes para las gestiones anteriores y, sobre todo, para los planificadores estatales, tuvieron entidad y consistencia. A partir de su implementación comenzó una vigorosa transformación de la vida campesina, lo que implicó un acelerado proceso de integración y acercamiento entre los productores, rompiendo el aislamiento y el individualismo que, hasta entonces, caracterizaba su actividad.

Patricia Pastor es una joven geógrafa formoseña, egresada de la Universidad Nacional de Formosa y con una maestría en España, especializada en Desarrollo Local. De aquellos años previos a la puesta en marcha del PAIPPA, Patricia nos ha contado:

“Me acuerdo que había gente de la zona de Riacho que contaba que Gildo tenía un Rastrojero y que los chicos hacían dedo para venir a estudiar a Formosa. Y Gildo los levantaba y se lamentaba que no pudieran entrar más para traerlos a todos. Imaginate, no había micros, no había transporte interurbano. No teníamos caminos. En esa época, el asfalto llegaba hasta Pastoril, de ahí camino de tierra hasta Riacho y camino de tierra hasta Laguna Blanca, en el Rastrojero de Gildo. Imaginate los chicos que salían a esa ruta de tierra a las cinco de la mañana sin saber si te iban a levantar. Y si se hacía la tardecita o la noche, vos volvías a tu casa, a la colonia, y al otro día intentar nuevamente que pase algún vehículo y te levante. En realidad, mucha gente te levantaba. Pero Gildo, además, te levantaba y te “parlaba”. Una amiga, profesora de Ciencias Económicas, dice que Gildo ya entonces hablaba de una revolución del ámbito rural en Formosa. Hablaba de desarrollo local, de lo que yo estoy trabajando ahora, más de veinte años después”5.

Uno de los resultados más innovadores de la implementación del PAIPPA, además de los aspectos sociales que llevó adelante, fue el de la eliminación del monocultivo formoseño. Como ya hemos visto, el algodón constituía su principal producción, pero a la vez significaba una economía agraria sin diversificación, una explotación predadora de los suelos y una total dependencia del mercado de dicho producto, expuesto permanentemente a los vaivenes de las políticas que se tomaban muy lejos de Laguna Blanca o del Riacho. Las políticas de defensa de la producción nacional, de la industria textil y de la indumentaria, favorecían con el precio del algodón a los productores. Las políticas liberales, de apertura de las importaciones, de cierre de las industrias nacionales, determinaba inmediatamente la caída de los precios y el empobrecimiento del campesino que quedaba sumido en una economía de subsistencia, fuera del mercado.


Pero esto fue solo el comienzo. Bajo un gobierno nacional que llevaba adelante una política liquidadora, de importación indiscriminada, de privatización del capital argentino acumulado durante décadas en las grandes empresas públicas, en Formosa se comenzaba a gestar un proyecto diferente para el cual todavía no había llegado la plenitud de su hora, el Proyecto Formoseño.

Notas:

1 Gildo Insfrán, Discurso de lanzamiento del PAIPPA, 1996, General Belgrano, Formosa.

2 Dardo Williams Caraballo, ibídem

3 Ana María del Riccio, ibídem

4 Gildo Insfrán, Mensaje ante la Honorable Legislatura, 1° de Mayo de 1997.

5 Testimonio de Patricia Pastor, grabación realizada por el autor.