1 de agosto de 2026

A propósito de la polémica sobre la Guerra del Paraguay

El siguiente texto está tomado del Capítulo II de mi libro Un solo impulso americano – El Mercosur de Perón. Su publicación pretende aportar al debate suscitado por las histórica y políticamente erróneas palabras del presidente Lula sobre la Guerra del Paraguay y la respuesta del gobierno paraguayo. La izquierda brasileña, posiblemente con excepción de los restos del brizolismo, jamás ha discutido la Guerra del Paraguay y ha adoptado sumisamente la visión heredada del Imperio de Pedro II.


El caso del Brasil

El condado de Portugal, perteneciente al reino leonés–castellano, fue entregado por Alfonso VI, rey de Castilla, como dote a su hija Taraja, al casarse con el caballero francés Enrique de Borgoña. Éste, en permanente guerra con Raimundo, marido de Urraca, la otra hija de Alfonso VI, murió sin lograr establecer su dominio en las tierras dotales. Murió joven, en 1114, dejando un hijo menor de edad, Alfonso Enríquez, y una viuda, según los decires, bella y casquivana. La conducta de la casquivana Taraja despertó la rebeldía de los barones de la terra portucalis, capitaneados por el propio Alfonso. La batalla de Guimarães dio el triunfo a Alfonso Enríquez, quien no vaciló en encarcelar a su madre, haciéndose cargo del reino.
En este relato, entre histórico y mítico, se funda la creación de la corona de Portugal y, con ella, de la nacionalidad portuguesa.

1. El enfrentamiento entre Portugal y España

Más allá de ello, la cuña que dividió para siempre la península ibérica, permitiendo el afianzamiento del reino y su posterior transformación en una potencia marítima, ha tenido permanentemente una conspicua presencia, diplomática o militar, inglesa. Desde los tiempos de Juan I y su victoria sobre el rey de Castilla, en 1385, Inglaterra ha estado vinculada a la historia portuguesa, estableciendo un permanente antagonismo entre los dos estados ibéricos. Ese antagonismo y esa abstracta barrera que divide a España y Portugal se trasladó a las tierras de América, convirtiendo al Brasil en un cerrado enigma para los americanos hispanohablantes. El tratado de Tordesillas de 1494, tan sólo a dos años del Descubrimiento, trazó en nuestro continente esa muralla de incomprensión. Los argentinos ignoramos de nuestro principal vecino todo o casi todo. Nos es mucho más familiar la figura de Clemenceau o de Bismarck que la del Barón de Rio Branco. Marcel Proust o James Joyce gozan de mucho mayor prestigio que Euclides da Cunha. Nos ha despertado mucho mayor interés la República de Weimar que la República de los quilombos de Palmares.
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En 1549 se instala el primer gobernador general de las posesiones portuguesas en Sudamérica. La ciudad de la Bahía de Todos los Santos se convierte en la capital y en el centro de una de las principales actividades económicas, el comercio de esclavos. Se establece sobre todo el país una explotación económica de plantación, en la que rápidamente a la mano de obra esclava de los indios se suma la de los africanos, traídos por portugueses, holandeses y franceses. Esta primera etapa de la colonia portuguesa se caracteriza, sobre todo, por un permanente enfrentamiento en el norte con los asentamientos de otras potencias coloniales, las Guayanas holandesa y francesa. El descubrimiento de oro en Minas Gerais en 1693 significó un impulso decisivo para el crecimiento de la colonia lusitana y la fundación de grandes poblaciones en el interior.
A excepción del período 1580–1640, cuando ambos reinos de Portugal y España están bajo la corona de los Felipes de Habsburgo, las peleas dinásticas, las querellas derivadas de las distintas interpretaciones que cada corona hacía sobre el Tratado de Tordesillas y la política europea profundizaron las diferencias entre ambos países.
A mediados del siglo XVIII, las reformas del marqués de Pombal, gobernador general del rey en Brasil, alteraron la vida social y administrativa de la inmensa colonia. El poder se concentró entonces en manos del representante real y se trasladó la capital a Río de Janeiro.

2. El Brasil durante la Independencia Sudamericana

La invasión napoleónica al Portugal, en 1807, tuvo para nuestro vecino un efecto completamente distinto al que el mismo hecho produjo en las colonias españolas. El entonces príncipe regente, después Juan VI, toda la familia real y la corte en pleno se trasladaron a Río de Janeiro, convirtiéndose la ciudad en la metrópoli del Imperio Lusitano. El espectáculo de esa imponente procesión de veleros, llevando en sus bodegas el Estado Imperial, su Tesoro, sus parásitos cortesanos y su servidumbre, debe haber dejado honda impresión en los ojos de los cariocas de entonces.
Pero la instalación de los Braganza en Río de Janeiro no impidió que en el Brasil se expresaran los mismos intentos independentistas que habían brotado como hongos en el resto de Hispanoamérica y, como dice un historiador brasileño, “las rebeliones seguían a las algaradas, la revolución a los motines”2. En 1817 se produce en Pernambuco un levantamiento popular impregnado de las mismas ideas de los que se producían en otras regiones hispanohablantes, que es brutalmente reprimido. En 1821, se extiende desde Pará una insurrección que se une al levantamiento de Bahía al grito de “Abajo el absolutismo”3.
El príncipe regente Juan, ya instalado en Río de Janeiro, ha traído consigo también la ayuda inglesa. “Ahora comienza el siglo británico en el estilo de vida de la ruda sociedad brasileña: la corte portuguesa y los importadores ingleses educarán a los dueños de plantación”4. El más absoluto librecambismo se instala en el Brasil y la corte de los Braganza se convierte en el principal centro de conspiración antiindependentista, además de nido de intrigas diplomáticas británicas.
En 1821, caído Napoleón y establecida la Santa Alianza, el ya rey Juan VI decide que es hora de volver a Lisboa. Queda como regente de Brasil su hijo, el príncipe Pedro. Al año siguiente, éste pronuncia su célebre “Eu fico”5, se proclama la independencia brasileña y el regente es coronado como Pedro I, Emperador de Brasil.

3. El Imperio y la creación del Uruguay


Es a pocos años de estos hechos, en 1825, cuando se produce la guerra entre las Provincias Unidas del Río de la Plata y el Brasil por la región llamada Banda Oriental por los porteños y Provincia Cisplatina por el Imperio. La repercusión que esta guerra tuvo en los oídos de Bolívar lo hemos visto más arriba. Como sabemos, las armas rioplatenses triunfaron en Ituzaingó, aplastando al desmoralizado ejército imperial. Como sabemos también, la diplomacia de Rivadavia y Manuel García perdieron para siempre a la Banda Oriental. Dice Jorge Abelardo Ramos: “Pero los intereses porteños buscaban desprenderse de la Banda Oriental y concentrarse en la explotación de su propia pradera y su propio puerto. Esto coincidía con la voluntad inglesa, que había proyectado la creación de una ‘ciudad hanseática’ en la margen oriental del río”6.
El papel jugado por el reciente Imperio Brasileño y por su monarca, Pedro I, en este capítulo de la balcanización sudamericana se ajustó exactamente a las necesidades británicas. Entre su intransigencia en el terreno diplomático para reconocer la derrota sufrida en el campo de batalla, negándose a devolver a Buenos Aires, la Provincia Cisplatina, y la inepcia dolosa de Manuel García, cambiando en la mesa de negociación el resultado logrado por las armas, Lord Ponsomby, el embajador del Foreign Office, logró su cometido: segregar la Banda Oriental y crear la República del Uruguay, “el algodón entre dos cristales”.
Resulta sorprendente que uno de los primeros debates en los que participa el joven diputado en la Asamblea Legislativa del estado de Rio Grande do Sul, el futuro presidente Getulio Vargas, sostenía en octubre de 1909: “Aunque haga justicia al talento y gran habilidad de los diplomáticos brasileros de tiempo del Imperio, no se debe ocultar que ellos quisieron erigirse en árbitros y solucionadores forzados de las cuestiones internas de las repúblicas del Plata”7. El reformador de la llamada República Vieja, nacido en el territorio fronterizo de las viejas Misiones Orientales, sospechaba ya entonces sobre el papel jugado por la diplomacia de Pedro I.

4. La guerra del Paraguay


El crimen de la Guerra del Paraguay bañó en sangre, durante cinco dolorosos años (1864–1865), el corazón de la Cuenca del Plata. Con ello culminaba de manera dramática el proceso de desmembramiento de la heredad hispánica. La bibliografía histórica divulgada en los últimos treinta años da cuenta de los saldos de esa guerra fratricida. El pueblo paraguayo no se reconstruiría jamás de su sacrificio.
El Brasil era gobernado por Pedro II, hijo y sucesor del primer Emperador. Como ha sostenido con claridad el gran historiador mexicano Carlos Pereyra “El Uruguay y Mitre aparecen, pues, como meros auxiliares del Brasil en la Guerra del Paraguay”8. Fue justamente uno de los más grandes pensadores políticos argentinos del siglo XIX, Juan Bautista Alberdi, quien, desde el primer momento, definió que esa guerra era una guerra del Brasil. Sostiene el gran tucumano: “La Guerra del Paraguay es guerra brasileña de conquista y de contrarrevolución; guerra dinástica; guerra antiamericana; guerra por lo mismo de amenaza para las otras repúblicas, y principalmente las del Plata, que el Brasil podía utilizar como aliadas únicamente porque eran débiles”9.
El Brasil imperial, con sus marqueses y marquesas, con su esclavitud, su economía de plantación y su burguesía comercial, era visto por el resto de los pueblos sudamericanos como el enemigo de su libertad. Desde Buenos Aires se levantan, junto con el gran exiliado que era Alberdi, las voces de Carlos Guido Spano, José y Rafael Hernández, Olegario V. Andrade, entre otros, que expresan todavía la vinculación con el país de las guerras de Independencia. En su proclama, Felipe Varela afirma: “El pabellón de Mayo que radiante flameó victorioso desde los Andes hasta Ayacucho ha sido cobardemente arrastrado por los fangales de Estero Bellaco, Tuyutí, Curuzú y Curupaity”10.
En este momento culmina la peor época de la relación con el Brasil. En palabras de Alberto Methol Ferré, posiblemente el ensayista que con más profundidad y devoción se ha dedicado al análisis político e histórico entre Brasil y Argentina: “En el momento de la Independencia todavía se hacían sentir las oposiciones de la ‘Era conflictiva’ que nos venía desde la separación de Portugal y España de 1640. Era conflictiva que se prolongaría hasta la Guerra de la Triple Alianza”11.
Al terminar la guerra, llega a Montevideo una misión diplomática brasileña a cuyo frente se encontraba el Vizconde de Rio Branco y su hijo, José María da Silva Paranhos Junior. Este último pasará a la historia de su país y de la diplomacia como el Barón de Rio Branco, futuro ministro de Relaciones Exteriores de la República Federativa de Brasil.
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Notas:


1 Esta fue una república de esclavos fugados de las plantaciones, ingenios y haciendas, que a principios del siglo XVII se estableció en el interior de la entonces capitanía de Pernambuco. V. Edison, Carneiro, O Quilombo dos Palmares, Civilização Brasileira, Río de Janeiro, 1966; Freitas, Décio, Palmares: a guerra dos escravos, Mercado Aberto, Porto Alegre, 1984; Gomes, F. dos Santos, Liberdade por un fio, Historia dos Quilombos no Brasil, Companhia dos Libros, São Paulo, 1996.

2 Ramos, Arthur, Las poblaciones del Brasil, Editorial Fondo de Cultura Económica, México, 1948.

3 Freyre, Gilberto, Interpretación del Brasil, Fondo de Cultura Económica. 1945.

4 Ramos, Jorge Abelardo, op. cit. Tomo 2, pág. 261.

5 El hoy muy difundido turismo a Brasil debería hacer inútil la traducción de la frase. Pero sabemos más inglés que portugués. “Me quedo” dijo Pedro de Braganza, dando a entender su voluntad de separar al Brasil de la corona de su padre.

6 Ramos, Jorge Abelardo, op. cit., Tomo 2, pág. 269.

7 Carrazzoni, André, Getulio Vargas, pág. 74, Librería Anaconda, Buenos Aires, 1953.

8 Pereyra, Carlos, El Pensamiento Político de Alberdi, pág. 253, Editorial América, Madrid, 1913.

9 Alberdi, Juan Bautista, El Imperio del Brasil ante la democracia de América, pág. XIII y XIV. Edición del autor, sin consignar año.

10 General Felipe Varela, “Manifiesto a los pueblos americanos sobre los acontecimientos políticos en la República Argentina en los años 1866 y 1867”, Editorial Sudestada, Buenos Aires, 1968.

11 Methol Ferré, Alberto, Perón y la novedad de la alianza argentino–brasileña, Cuadernos de Marcha, diciembre de 1995, Montevideo. Curiosamente este texto es una conferencia dada por el pensador oriental en Buenos Aires, a miembros del partido Justicialista con motivo del cincuentenario del 17 de Octubre. La curiosidad radica en que ninguna editorial argentina, ni los propios organizadores de la misma, la hayan hecho conocer en su forma impresa.