Los BRICS, en la coyuntura de debilitamiento de Trump tras las elecciones de medio término de 2026, ofrecen el marco contemporáneo para reactualizar ese impulso.
Por un lado, permitirían consolidar un acuerdo estratégico con Brasil; por otro, posicionarían a Argentina como puente entre los BRICS y la integración suramericana. Esta reorientación, inspirada en la propuesta de Perón del “Nuevo ABC”1, recuperaría espacios de soberanía para América Latina, aunque su concreción depende de superar la volatilidad de la política exterior argentina y consolidar esta orientación como política de Estado.
En 1953, ante los altos jefes de la Escuela Superior de Guerra, el general Juan Domingo Perón pronunció una frase que condensa el corazón de su pensamiento estratégico y que, setenta años después, conserva una vigencia perturbadora: “Pienso yo que el año 2000 nos va a sorprender o unidos o dominados”2. No se trataba de una consigna retórica. Detrás de esa advertencia había un diagnóstico geopolítico preciso: la imposibilidad de que Argentina, Brasil, Chile o cualquiera de nuestros países, por separado, alcanzaran unidad económica y soberanía real en un mundo crecientemente concentrado. Y también había un proyecto concreto: la conformación de un núcleo argentino-brasileño-chileno capaz de irradiar hacia el resto de Sudamérica y, eventualmente, hacia toda Latinoamérica. A ese proyecto lo llamó, retomando y ampliando el viejo A.B.C. del Barón de Río Branco, el Nuevo A.B.C.
En el libro ya mencionado sostengo que aquel intento no fue una improvisación diplomática ni un capricho personal del líder argentino. Fue la culminación de una genealogía que se remonta a los proyectos anfictiónicos de Bolívar y San Martín, atraviesa la reflexión de los latinoamericanistas de principios del siglo XX —Manuel Ugarte, el general José María Sarobe, el propio Barón de Río Branco— y encuentra en la convergencia entre Perón y Getulio Vargas su momento de mayor madurez política. El libro reconstruye, a partir de fuentes diplomáticas, periodísticas y testimonios directos —singularmente los del embajador João Batista Lusardo, aquel riograndense que se hizo llamar "Juan Bautista" y que fue testigo y actor de excepción de aquellas jornadas—, la trama de un proyecto que buscaba convertir la complementariedad económica argentino-brasileña en un bloque de poder capaz de negociar en pie de igualdad con las grandes potencias. La historia de ese proyecto y de su frustración —el suicidio de Vargas en 1954, el derrocamiento de Perón un año después, la resistencia sistemática de Itamaraty y la presión permanente de Washington— es también la historia de una oportunidad perdida que la región no ha logrado recuperar del todo.
El momento más alto de ese proyecto integrador en el siglo XXI fue entre los años 2003 y 2015. A partir de la III Cumbre Presidencial Suramericana, celebrada en la ciudad de Cusco, Perú, los días 8 y 9 de diciembre de 2004, se inició un proceso, relativamente rápido, de estrechamiento de las relaciones entre los países suramericanos. Aunque la sede del encuentro fue la ciudad de Cusco, el acto central y la firma de la declaración tuvieron lugar en la ciudadela incaica de Machu Picchu, lo que le dio un fuerte simbolismo al evento. Esta cumbre se convirtió, como digo, en un hito fundamental en la historia de la integración regional, ya que fue el escenario donde se creó la Comunidad Sudamericana de Naciones (CSN), el antecedente directo de la UNASUR. Curiosamente, la Argentina no estuvo representada por su presidente Néstor Kirchner, quien alegó problemas de salud por la altura del lugar, sino por Eduardo Duhalde, entonces presidente de la Comisión de Representantes Permanentes del Mercosur.
Y, posiblemente el punto culminante de ese apasionante momento histórico haya sido la IV Cumbre de las Américas, celebrada en Mar del Plata los días 4 y 5 de noviembre de 2005. Esa reunión constituye uno de los hitos más importantes en la historia de la integración latinoamericana y un momento en el que, a inicios del siglo XXI nos encontramos unidos. Su significado trasciende lo protocolar: fue el escenario donde se sepultó el proyecto del ALCA y se abrió un nuevo ciclo de integración regional3
El momento decisivo fue el 5 de noviembre de 2005. Los presidentes de los países del Mercosur, Néstor Kirchner (Argentina), Luiz Inácio Lula da Silva (Brasil), Tabaré Vázquez (Uruguay) y Nicanor Duarte Frutos (Paraguay) junto con Hugo Chávez de Venezuela, se opusieron frontalmente a la firma del ALCA. Esta posición conjunta logró una histórica derrota diplomática para Washington y su intento de alinear a la región detrás de sus intereses.
La cumbre culminó sin acuerdo sobre libre comercio. La declaración final no pudo incluir una mención explícita al ALCA, lo que fue leído como un triunfo de los países que se oponían a él.
Esa Cumbre de Mar del Plata reactualizó la idea del “Nuevo ABC”: la alianza entre Argentina, Brasil y los países del Mercosur, junto a Venezuela, fue el eje que articuló la oposición al ALCA. Expresó la misma lógica de un núcleo sudamericano que Perón y Vargas intentaron construir, ahora en un n contextouevo y con un proyecto explícitamente antihegemónico.
El “No al ALCA” de Mar del Plata abrió el camino para la creación de la Unión de Naciones Suramericanas (UNASUR) y para la consolidación del Mercosur como actor político. Fue la base sobre la que se construyó un ciclo de gobiernos, en algunos casos claramente populares y hasta socializantes, en otros de naturaleza más conservadora, como Chile o Colombia, que coincidieron, con diferente compromiso, en la integración de nuestros países. Pese a ello, el impulso no logró establecer vinculaciones estructurales y orgánicas que dificultaran un retroceso.
La Cumbre de Mar del Plata fue la manifestación más clara de un momento político en el que la región —de la mano de gobiernos como el de Chávez en Venezuela, Lula en Brasil y Kirchner en Argentina— comenzó a desplegar una política exterior de autonomía y diversificación.
Y no por casualidad, en ese mismo momento comienza otro proceso, de gigantesca trascendencia y que aún está en desarrollo. Fue esa misma lógica sudamericana, aplicada a la escala global, la que llevó a Brasil a participar en la construcción del BRIC a partir de 2006. Ambos procesos —la integración sudamericana y la articulación con el Sur Global— fueron expresiones paralelas de un mismo impulso: la búsqueda de un orden multipolar en el que América Latina no fuera un apéndice de Washington.
Ese es el eslabón que conecta el viejo sueño del “Nuevo ABC” con la oportunidad contemporánea de los BRICS.
Es la actualización de aquel intento de Perón a las condiciones de un mundo radicalmente distinto: el del ya avanzado siglo XXI, el de la multipolaridad, el del ascenso de China, el de la crisis de la hegemonía estadounidense. Sostengo aquí que la incorporación de Argentina a los BRICS —bloque que, no casualmente, tiene en Brasil a uno de sus miembros fundadores y a un actor decisivo en su expansión— representa la oportunidad contemporánea de retomar aquel hilo histórico. Y que esa oportunidad se inscribe, además, en una coyuntura específica: la del debilitamiento político de Donald Trump y su política de “patio trasero” para América Latina, cuyo horizonte temporal está acotado por las elecciones de medio término de noviembre de 2026.
La tesis que aquí planteo puede formularse en cuatro proposiciones interconectadas.
Primera. La incorporación de Argentina a los BRICS permitiría institucionalizar y profundizar un acuerdo estratégico con Brasil que ya existe en germen. Brasil ha respaldado explícitamente el ingreso argentino al bloque; existen mecanismos de cooperación financiera y comercial en marcha —el Sistema de Pagos en Monedas Locales, la propuesta de usar yuanes para el comercio bilateral, el respaldo del Nuevo Banco de Desarrollo para financiar exportaciones— que encontrarían en la membresía plena un marco de estabilidad y permanencia. La historia del “Nuevo ABC” demuestra que la alianza argentino-brasileña ha sido, cada vez que se intentó, el eje articulador de cualquier proyecto de integración sudamericana. Como afirma lúcidamente Alberto Methol Ferré: “Fue dentro de una perspectiva del proceso histórico mundial, pensado y comprendido expresamente desde Argentina y América Latina, que Perón formuló su estrategia de desarrollo esencial para su propio país. Este desarrollo lo concebía íntimamente ligado a su contexto latinoamericano. Más aún, imposible sin su enlace con Brasil. Esta fue su audacia y originalidad mayor4.
Segunda. La política exterior del Imperio brasileño, tanto bajo Pedro I como bajo Pedro II, tuvo en la cuenca del Plata su eje neurálgico. El objetivo central era impedir la reconstitución del antiguo virreinato de Buenos Aires y mantener a Uruguay y Paraguay como Estados tapón que contuvieran la proyección argentina. Bajo Pedro I se consideró incluso la posibilidad de intervenir en las repúblicas vecinas para transformarlas en monarquías, aunque luego se optó por la contención. Durante el Segundo Reinado, la “política de prestigio” combinó la presión diplomática con la intervención directa, como lo demuestra la Guerra de la Triple Alianza. Esa política buscaba asegurar un equilibrio sudamericano favorable a Brasil, impidiendo que cualquier vecino —fundamentalmente Argentina— pudiera articular una fuerza capaz de disputarle la preeminencia regional.
Con la República, esa lógica no desaparece: se perfecciona. El Barón do Río Branco, arquitecto de la política exterior brasileña moderna, formuló lo que él mismo llamó una “hegemonía defensiva” en el Cono Sur. “Defensiva” porque no buscaba conquistas territoriales, aunque esto puede ser muy discutible; “hegemonía” porque, según su idea, cabía a Brasil, secundado por Argentina y Chile, el papel preponderante en la definición de las relaciones entre Sudamérica y las potencias centrales. Río Branco trasladó el eje de la diplomacia brasileña de Londres a Washington, incorporando a Estados Unidos como factor de equilibrio en la balanza sudamericana. La “alianza no escrita”5 con Washington le permitía neutralizar cualquier intento de Argentina por disputarle la primacía.
Hasta las décadas de 1950 y 1960, la reflexión geopolítica brasileña se centró explícitamente en superar a Argentina para alcanzar la hegemonía en Sudamérica. No se trataba de una preocupación defensiva, sino de una competencia por la primacía regional. A partir de los años sesenta, la mirada se amplió hacia un rol global, pero la lógica de fondo —Brasil como actor preponderante en su entorno regional— se mantuvo.
La historia muestra que cuando Argentina tuvo capacidad de articular una política exterior autónoma y de negociar con Brasil en pie de igualdad, la lógica imperial se atenuó. El “Nuevo ABC” de Perón y Vargas fue precisamente eso: un intento de subordinar la preeminencia brasileña a un proyecto conjunto. Cuando Brasil no encuentra ese contrapeso —por debilidad argentina, por alineamiento de Buenos Aires con Washington, o por ambas cosas—, su política exterior tiende a recuperar el viejo reflejo de fijar las reglas del juego en el subcontinente.
El rechazo argentino a los BRICS y el alineamiento con Washington bajo el gobierno de Milei son, desde esta perspectiva, una invitación a que Brasil opere sin contrapeso. Y los resultados no son neutrales: la política exterior brasileña, sin el freno argentino, tiende a comportarse como el hegemón regional que la geografía y la historia le han asignado. No se trata de un episodio aislado ni de una cuestión de personas: es la reproducción de un reflejo histórico en el que Brasil define quién entra y en qué condiciones a los espacios de articulación regional. La posición asumida en la discusión sobre la incorporación de Venezuela a los BRICS —cualquiera sea la opinión que merezca el gobierno venezolano— ilustra ese patrón: Brasil actuó como árbitro de los límites del bloque, fijando los términos de la inclusión y de la exclusión. Es la misma lógica que, en otros contextos y con otros actores, caracterizó a la diplomacia imperial primero y a la “hegemonía defensiva” de Río Branco después. No se trata de demonizar a Brasil, sino de reconocer que su política exterior, como toda política exterior, responde a una lógica de poder. La única manera de que esa lógica se atempere es que Argentina recupere la capacidad de negociar en pie de igualdad.
Tercera. Esa alianza, en el marco de los BRICS, posicionaría a Argentina como puente entre el bloque y los mecanismos de integración suramericana (Mercosur, UNASUR), fortaleciendo la proyección de un orden multipolar desde el Sur Global. No se trata de sustituir la integración regional por la adhesión a un bloque global, sino de articular ambas escalas. Los BRICS ofrecen financiamiento sin condicionalidades, mercados diversificados, respaldo político en foros internacionales —incluida la causa de Malvinas— y una plataforma para negociar colectivamente en un mundo donde la unipolaridad se agota. El Mercosur, a su vez, aporta el marco institucional y la proximidad geográfica que hacen posible la coordinación política. La sinergia entre ambos niveles es la clave de una inserción internacional soberana.
Cuarta. Esa reorientación encuentra una ventana de oportunidad en el debilitamiento político de Trump. La política de coerción hacia América Latina —aranceles, presión sobre Panamá, respaldo a aliados ideológicos, hostigamiento a Venezuela— tiene un límite interno: las elecciones de medio término de noviembre de 2026. Un debilitamiento del trumpismo reduciría el corset que su administración ha impuesto sobre nuestros países y abriría un espacio para recuperar márgenes de autonomía. No se trata de un automatismo: la ventana debe ser aprovechada por una voluntad política interna dispuesta a revertir el alineamiento actual. Pero la historia enseña que las oportunidades geopolíticas no esperan a quienes no están preparados para aprovecharlas. Como advertía Perón en 1953: “Si no estamos a la altura de nuestra misión, hombres y pueblos sufriremos el destino de los mediocres”.
Y algo de eso nos permitimos intuir que subyace en el mensaje que el gobernador de la provincia de Buenos Aires pusiera en la red X: “Argentina está desaprovechando la oportunidad histórica de insertarse en el nuevo orden mundial desde un lugar que ponga en valor su enorme capacidad productiva, sus recursos estratégicos y el desarrollo científico tecnológico. Necesitamos avanzar en una verdadera integración regional para conformar un bloque que nos permita insertarnos en esta nueva configuración geopolítica”6.
1Un solo impulso americano – El Mercosur de Perón, Julio Fernández Baraibar, Fondo Editorial Simón Rodríguez, Buenos Aires, 2005, página 90.
2Ibidem, página 109.
3Para una crónica de aquella reunión ver https://fernandezbaraibar.blogspot.com/2005/12/el-siglo-xxi-nos-encontr-por-fin.html
4Citado en El Mercosur de Perón – Un solo impulso americano, página 85.
5Burns, E. Bradford, The Unwritten Alliance, Columbia University Press. New York, 1966.
6 https://x.com/Kicillofok/status/2102471451492393268?s=20
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