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12 de mayo de 2018

Una elección por la paz y la ratificación del rumbo de Hugo Chávez



El próximo domingo 20 de mayo se realizarán, en Venezuela, elecciones para elegir Presidente de la República, diputados en los Consejos Legislativos estaduales y miembros de los Concejos Municipales. Las elecciones han sido el resultado de un intenso proceso de negociación con distintos sectores de la oposición al oficialismo chavista, negociación de la que se autoexcluyeron los dirigentes y partidos que conformaban la MUD y que, en su gran mayoría, se han exilado en Colombia, desde donde lanzan pedidos de intervención militar contra el gobierno. Los argentinos memoriosos recordarán, sin duda, los llamados realizados, en 1951, por el abogado Walter Beveraggi Allende, un notorio y declarado antisemita, solicitando, desde Montevideo, la intervención militar norteamericana contra el gobierno de Juan Domingo Perón. La indignidad manifiesta de la proclama motivó que el Congreso de la Nación le quitara al provocador su ciudadanía argentina, lo que significó el primero y único caso de medida semejante contra una persona nacida en el país.
Venezuela enfrenta estas elecciones en una difícil y complicada situación económica. Más allá de ciertos errores que puedan haberse realizado en materia de política económica desde el gobierno nacional, el país está siendo atacado económicamente por agencias imperialistas, con la complicidad de sectores de su burguesía compradora. El congelamiento de sus depósitos en bancos extranjeros, la imposibilidad consiguiente de realizar las transferencias necesarias para el pago de sus importaciones -Venezuela ha tenido tradicionalmente una gran dependencia del sector externo para sus consumos más elementales-, una permanente y orquestada campaña financiera contra el bolívar, la moneda nacional, y a favor del dólar, ha depreciado la divisa venezolana y ha significado permanentes problemas en la entrega de dinero efectivo en los cajeros y ventanillas bancarias. Simultáneamente, las dificultades en la importación han generado escasez en los remedios, importados en su gran mayoría, con el consecuente desabastecimiento en farmacias y centros de salud.
El gobierno de Nicolás Maduro ha logrado, en ese marco, mantener, con un esfuerzo organizativo y económico muy grande, un continuo abastecimiento de alimentos indispensables a su población, a la vez que, con una intensa prédica, se ha logrado aumentar la propia producción agrícola, cosa que no se había logrado ni aún bajo la prosperidad de los gobiernos del comandante Hugo Chávez.
A su vez, con la ayuda técnica de Rusia, Maduro lanzó semanas atrás un dinero virtual, el Petro, destinado a solucionar en el plazo mediato, sus dificultades de pagos internacionales. Sobre la tecnología de Blockchain, han creado una moneda virtual o electrónica, cuyo respaldo son los recursos naturales de Venezuela. Para Rusia, por su parte, el experimento adquiere la función de una prueba piloto para una eventual implementación ulterior que desplazaría al dólar como medio internacional de pago.
La agencia Misión Verdad, desde Caracas, ha publicado recientemente:
Esta es la única elección de la historia de Venezuela en que una de las partes (el fascismo proempresarial) sabe que va a perder y no está dispuesto tan siquiera a intentar capturar unos votos, como lo hicieron cuando enfrentaron a Chávez y como lo hicieron cuando lograron la mayoría parlamentaria en 2015. La maquinaria electoral con sello adeco y financiamiento transnacional que suele activarse en este tipo de eventos está desmovilizada. Esos elementos, que renunciaron a capitalizar electoralmente las rabias e inconformidades de la población, y ni tan siquiera serán capaces de intentarlo, andan invirtiendo tiempo y energía en otras tareas; por ejemplo, en la búsqueda y negociación de otro tipo de fuerzas, distintas a la electoral, para intentar un derrocamiento violento del Gobierno de Venezuela”.
Henri Falcón, un antiguo colaborador de los tiempos iniciales del chavismo, es el principal candidato opositor, al que la oposición en el “exilio”, principalmente en Colombia, ha boicoteado sistemáticamente, sin ofrecer alternativa alguna.
La periodista argentina Stella Calloni ha denunciado en estos días un plan militar tendiente a derrocar al presidente Maduro con la intervención de una fuerza militar integrada por Colombia, Panamá y Brasil, conducida por los EE.UU. En mi opinión, más allá de lo que algunos sectores del aparato de defensa norteamericano piensen, el presidente Trump, cada vez que se ha tocado el tema, ha proferido sus consabidos improperios pero no ha tomado medida alguna en el sentido solicitado por la oposición belicista.
Las encuestas predicen un triunfo de Maduro en las elecciones presidenciales y una normal distribución de cargos en las Legislaturas estaduales y los concejos municipales. Pero el suspenso está puesto en la reacción de los grupos golpistas y prointervencionistas que han boicoteado la elección.
Todo ello lo podré observar personalmente, ya que el gobierno venezolano me ha invitado a presenciar los comicios en carácter de veedor internacional, por lo que, desde el sábado 19 estaré en tierra venezolana.
Es de destacar que Maduro sigue contando con el apoyo de dos sectores esenciales: por un lado, la unidad de las Fuerzas Armadas Bolivarianas alrededor del proyecto y programa enunciado por Hugo Chávez y de la legalidad institucional de Venezuela. Y por el otro, un sólido apoyo, pese a las enormes dificultades de una inmensa mayoría de la sociedad, tanto en sectores populares como en sectores medios, dotados de una singular conciencia política que les ha permitido entender la gravedad de la hora y lo que está en juego.
Hay que dejarlo claro: un triunfo de los partidos de la MUD en el exilio significará inevitablemente un espantoso baño de sangre y una salvaje revancha sobre los venezolanos de pata al suelo.

16 de diciembre de 2016

Que no haya retiro de embajadores en Caracas y Buenos Aires

Días atrás estuve en la Embajada de Venezuela, en un desayuno donde la canciller, Delcy Rodríguez, con su brazo en cabestrillo a consecuencia de la agresión sufrida el día anterior por parte de miembros de la Policía Federal y personal de seguridad del Ministerio de Relaciones Exteriores, conversó con distintos invitados sobre la situación del Mercosur, la posición del gobierno venezolano y otras cuestiones.
La canciller es una mujer joven, menuda y con rasgos típicamente latinoamericanos, de voz suave y expresión tranquila y armónica. Lucía serena, pese a la situación que acababa de vivir. Comentábamos en la mesa que si, en 1880 el canciller del Imperio Austro-Húngaro hubiera sido agredido por unos gendarmes franceses al intentar entrar en el Quai D'Orsay, la Primera Guerra Mundial se hubiera adelantado unos treinta y cuatro años, tal era la magnitud de la ofensa recibida. El hecho no tiene antecedentes en la diplomacia argentina y creo que tampoco en la mundial. Venezuela es un país soberano, miembro del Mercosur, amigo de la Argentina desde siempre.
El gobierno conservador de Julio Argentino Roca, a través de su ministro Luis María Drago, brindó, en 1908, un decisivo apoyo político a Venezuela, cuando las armadas de varios países europeos bloquearon sus puertos, como respuesta a la declaración de una moratoria de su deuda externa por parte del presidente Cipriano Castro. Venezuela nunca olvidó esa noble actitud argentina. Recibió generosamente a miles de exilados de la dictadura cívico militar de 1976, apoyó desde siempre y de manera efectiva el reclamo argentino sobre Malvinas y se solidarizó con nuestro país, contra la Task Force británica, cuando recuperamos las islas en 1982. Nos dio una mano abierta y pródiga en el 2003, cuando el default amenazaba la política de recuperación nacional iniciada por Néstor Kirchner, fue cliente de nuestra industria agromecánica, logrando que empresas familiares del interior del país se convirtieran en exportadoras de sus sembradoras, cosechadoras y otras máquinas agrícolas. Nuestro país y Venezuela lograron desbaratar, en el 2005, en la histórica Cumbre de las Américas, el intento colonizador del ALCA. Hay profesores argentinos, muchos de ellos ya retirados, en las mejores universidades venezolanas, y cientos de profesionales de aquel país se formaron y se siguen formando en nuestras universidades. He conocido profesionales que recuerdan con precisión y nostalgia algunas esquinas porteñas, gracias a sus años de estudio en nuestra Capital Federal.
Recuerdo los ojos llenos de lágrimas del diputado Carlos Escarrá Malaver -prematuramente fallecido- al entrar al espacio dedicado a Evita en la CGT. Su madre, una morena mujer de pueblo, le había hablado de niño de aquella mujer que velaba por los más pobres y no podía irse de la Argentina si evocar su obra y su vida.
Los hombres y las mujeres más longevas de aquel país todavía guardan en su memoria con emoción el final del célebre Gran Premio de América del Sur de 1948, donde las figuras de Juan Manuel Fangio y Oscar Gálvez se convirtieron en ídolos para la multitud de entusiastas del automovilismo. En aquella oportunidad, Oscar Gálvez detuvo su marcha para auxiliar a su eterno competidos Juan Manuel Fangio quien había sufrido un accidente que costó la vida de su acompañante, Daniel Urrutia. El auto de Oscar Gálvez, a muy poca distancia de la llegada en Caracas, sufrió un desperfecto que lo dejó fuera de la competencia y logró alcanzar la meta gracias a los espectadores que empujaron su auto hasta la línea final.
Quien ha vivido en Venezuela puede testimoniar que aquellas jornadas y aquellos hombres viven en el corazón de los venezolanos. Para no hablar de la popularidad que aún hoy tienen en aquel país las canciones de Leonardo Favio y de Leo Dan. O como está vivo el recuerdo del famoso productor radial Tito Martínez del Box, creador en Buenos Aires de La Craneoteca de los Genios, y exilado en Caracas por la dictadura de Aramburu y Rojas. Martínez del Box hizo historia en la radio venezolana a punto que muchos han olvidado el lugar de su nacimiento.
De modo que la alevosa agresión cometida por Macri y su ministra de Relaciones Exteriores, la súbdita española Susana Malcorra, fue, como la ejecución del Duque de Enghien, “algo peor que un crimen, fue un error”, según dijera Talleyrand.
La única pregunta que le formulé a la señora Rodriguez fue si Venezuela pensaba exigir un retiro del embajador argentino en Caracas y el consecuente retiro de su embajador en Buenos Aires. La respuesta que me dieron la canciller Delcy Rodríguez y el embajador General Carlos Martínez Mendoza fue rotunda. “Ese acto fue una provocación para que hagamos eso. El gobierno de la República Bolivariana de Venezuela no va a caer en esa provocación. De ninguna manera tenemos pensado ese tipo de respuestas. Para nosotros es muy importante seguir manteniendo nuestra representación en la Argentina, nuestro contacto y nuestro vínculo con el pueblo argentino, que lo sabemos respetuoso y solidario con Venezuela y su Revolución”. Cito de memoria pero con precisión.
Creo que la respuesta recibida a mi preocupación es la única que corresponde políticamente. Los argentinos queremos seguir teniendo representantes oficiales de Venezuela en nuestro país. Queremos que el embajador pueda seguir participando en las inauguraciones de escuelas que llevan el nombre del Libertador Simón Bolívar. Queremos que los estudiantes y residentes venezolanos sigan teniendo su embajada y su cónsul. Queremos seguir rindiendo homenaje al 19 de abril de 1810 y a la Batalla de Carabobo. Queremos seguir dialogando e intercambiando opiniones e información con los venezolanos a través de su embajada.
Han llegado noticias desde Caracas de declaraciones que piden el retiro del embajador argentino en aquel país. Creo que sería un error, más allá de la indignidad que ese embajador representa y del agravio sufrido por la honra y la dignidad venezolana. Confío en la serenidad revolucionaria de los compañeros venezolanos, del presidente Nicolás Maduro y la canciller Delcy Rodríguez.
Los momentos difíciles son para conservar la cabeza fría y el corazón ardiente. ¿Qué más querría el imperialismo norteamericano que aislar a Venezuela de Argentina, que separar a Bolívar de San Martín?
Los compañeros venezolanos, el gobierno de la Revolución Bolivariana, sabe que ni la imperdonable agresión sufrida por Delcy Rodríguez, ni la afrenta del Mercosur expresan los deseos profundos de nuestro pueblo, nuestra amistad y cariño por los venezolanos y su tierra, nuestra solidaridad con su indoblegable lucha antimperialista y por la unidad de América Latina.
Y estos sinceros sentimientos queremos poder expresarselos a los representantes en nuestro país de aquel gobierno al que acompañamos en sus esfuerzos por aplastar la reacción interna y externa.

Buenos Aires, 16 de diciembre de 2016.

20 de abril de 2015

Caracas, 19 de abril de 1810 - Buenos Aires, 25 de mayo de 1810

Discurso pronunciado en el 205 aniversario del 19 de abril de 1810, fecha que da inicio a la lucha por la independencia venezolana.

El 19 de abril del año 10, las clases decentes de Caracas destituyen al Gobernador y Capitán General de la provincia de Venezuela, Vicente Emparán, e instauran una Junta de Gobierno que desconoce al Consejo de Regencia establecido en Cádiz y asume la representación de la autoridad en nombre del rey Fernando VII, a la sazón, como se sabe, en manos de los franceses. Los protagonistas principales de ese histórico Jueves Santo son entre otros: Francisco Salia, quien obliga al gobernador y Capitán General, tomándolo fuertemente del brazo, a volver al Cabildo Abierto del cual se había retirado para ilegitimar su sesión; el ignoto jefe de la guardia del Capitán General, que ordena a su tropa a no repeler la agresión física sobre la máxima autoridad; José Felix Ribas, el agitador que se arrogaba la representación de todos los partidos; el cura chileno Cortés de Madariaga, cuyo discurso llevó al Capital General, Vicente Emparán, a la renuncia final.
La historia ha inmortalizado un momento que, como en una fotografía, se condensa la complejidad de los hechos. Rojo de ira, por el discurso del canónigo chileno, Emparán declaró que si no lo querían estaba dispuesto a abandonar inmediatamente el cargo. Y mientras hablaba, se dirigió al balcón del cabildo y no se sabe si por audacia o por desconcierto, preguntó a la gente que se había reunido a las puertas del edificio si estaban o no conformes con su gobierno. Al parecer, el pícaro y rebelde chileno, como un moderno productor de televisión, dudando sobre la lealtad de los presentes –muchos de ellos sirvientes y esclavos de los cabildantes- hizo, detrás de Emparán, con su dedo índice la seña de la negación dirigida a algunos de los que pertenecían a la conjura. Un tumultuoso “¡No!” respondió a la retórica pregunta del Capitán General, quien se retiró del recinto, exclamando: “¡Pues yo tampoco quiero seguir mandando” .
Los mantuanos –la clase social de propietarios criollos cuyas mujeres tenían derecho exclusivo al uso del manto- habían logrado ese día, y bajo la máscara de Fernando VI –artificio político que se expandió como un reguero de pólvora por todos los cabildos hispanoamericanos- lo que sus anteriores pronunciamientos y rebeliones no habían obtenido.

El ejemplo que Caracas dio”

En 1810, ese año crucial para Hispanoamérica, los criollos lograron imponer una autoridad de origen local por un tiempo más largo y convocando a hacerlo a todos los cabildos del país que, ya en el mismo mes de abril, comienzan a formar sus propias Juntas. Cumaná, Margarita, Barinas, Trujillo y Mérida serán los cabildos que responden afirmativamente a la convocatoria de Caracas.
Y un poco más de un mes después, en la lejana Buenos Aires, en el confín de la América española, una sociedad menos estamental y racista que la venezolana de entonces, siguió el ejemplo de Caracas.
La Junta porteña, la Primera Junta, tenía en su seno españoles europeos y españoles americanos, y su presidente era un gran hijo del Alto Perú.
Ni la de Caracas, ni la de Buenos Aires, se pensaban a sí mismas como embriones de pequeñas e indefensas naciones. Ambas, y todas las que surgieron en ese glorioso año de 1810, eran manifestaciones de la misma nación que asomaba, con brutales contradicciones y enormes dificultades, a la faz de la tierra.
Por eso es que, cuando la Asamblea del año 13 convierte la marcha de López y Planes en himno de guerra de las provincias del Sur, y cuando el dominio español había aplastado a sangre y a fuego la independencia venezolana, el fervor patriótico del autor pregunta indignado:
¿No los véis sobre el triste Caracas
luto , llantos y muerte esparcir?
¿No los veis devorando cual fieras
todo pueblo que logran rendir?
Es que el poema que Vicente Salia le hiciera a las jornadas del 19 de abril, al calor mismo de los hechos, dejaban a las claras que la lucha no era de parroquia, sino continental.
Decía el caraqueño:
Unida con lazos
que el cielo formó,
la América toda
existe en Nación;
y si el despotismo
levanta la voz,
seguid el ejemplo
que Caracas dio.
Y en eso andamos los suramericanos últimamente, junto a Caracas, a Quito, a La Paz, a la Habana, a Panamá.
Las nuevas amenazas que “devorando cual fieras / todo pueblo que logran rendir” nos vuelve a encontrar juntos como nunca lo habíamos estado desde aquel año glorioso.

15 de abril de 2013

Los liderazgos no se heredan, se ganan


Los liderazgos no se heredan, se ganan

Los movimientos populares latinoamericanos han sido y son fuertemente personalistas, justamente por su naturaleza anti-institucional. Que la desaparición de Chávez haya producido una baja en los votos no es, por ello, algo para horrorizarse. Los liderazgos no se heredan, se ganan. La voluntad de Chávez permitió mantener esa exigua mayoría, que constituye el núcleo de hierro de la revolución chavista. Ahora hay que construir un nuevo liderazgo desde el gobierno y, sobre todo, ampliar la base política y social del gobierno. Hay entre un cinco y un diez por ciento de votos de Capriles que corresponderían al chavismo y que hay que conquistar con política, con gestión y con patriotismo.
El personalismo de Chávez
Preguntarse si el chavismo no habrá sido demasiado personalista es, por lo tanto, un ejercicio inútil. El chavismo es como lo parió la historia de la sociedad venezolana y latinoamericana. No obstante la decisión de Chávez de dejar un heredero inmediato fue sabia y salvó a su movimiento y al país de una desgastante lucha interna por el poder. Ahora Nicolás Maduro deberá ratificar y acrecentar el apoyo que le han dado las masas desposeídas de Venezuela. Es hora de bajar la retórica electoral y asumirse como gobierno y gobernar.
Por otra parte, la inflación, la corrupción, la inseguridad, la ineficiencia administrativa juegan en el estado de ánimo de las masas. No solo por la resonancia que le da la prensa imperialista a estos problemas, sino porque esos problemas existen y pesan en las coyunturas electorales. Lo que de ninguna manera se puede admitir es sentirse deprimido o desilusionado por este resultado. Hubo algo de triunfalismo, de desprecio al enemigo en la actitud del oficialismo venezolano. Eso nunca es bueno porque empaña el pensamiento. El resultado demostró que HCR no era tan mal rival como lo pintaba con demasiada facilidad el chavismo y sus voceros y que una sola virtud no alcanza. En este caso, a la virtud de la decisión del viejo caudillo deberá agregar su capacidad de conducir un conjunto de fuerzas políticas y sociales diversas, ser reconocido y aceptado en el seno de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana, de la que Hugo Chávez había surgido y donde su jefatura e influencia era decisiva.
Todos estos chisporroteos que se están manifestando en algunas ciudades con francas manifestaciones de violencia fascista y las desaforadas expresiones del candidato perdedor desprestigian seguramente a Capriles en la cabeza de muchos de sus recientes votantes que creyeron en el discurso de la paz y la concordia. Mantener la cabeza fría y no responder a las provocaciones es, me parece, la consigna del momento para las fuerzas oficialistas de Venezuela. 
Fuerzas Armadas y Patria Grande
En este momento y por un largo período, la Fuerza Armada Nacional Bolivariana es la garantía de la democracia en el país. Su unidad y su identificación con el proceso chavista son la última barrera del imperialismo que intentará por todos los medios quebrar la primera y sobornar para traicionar la segunda.
A su vez, todos los gobiernos latinoamericanos han reconocido de inmediato el triunfo de Nicolás Maduro, dejando en claro su distancia con toda maniobra de desconocimiento de la voluntad popular. Como nunca antes, Latinoamérica es hoy un factor interno en cada uno de nuestros países. Poco importa la opinión del gobierno español, sumido en una profunda crisis política, económica, social y moral, o de los EE.UU. que no ha podido más que apoyar secreta y vergonzantemente a la oposición venezolana. Que México, Brasil y Argentina reconozcan la legitimidad de Maduro es señal suficiente para unos EE.UU. tironeados por acuciantes cuestiones en otros lugares del mundo. Hugo Chávez fue uno de los principales constructores de esta Patria Grande que hoy vivimos y es esta Patria Grande la que permitirá que su legado se realice en el continente y que la soberanía de su pueblo no pueda ser burlada.
Buenos Aires, 15 de abril de 2013

12 de julio de 2012

Entrevista en Radio Nihuil de Mendoza, 
con el periodista Miguel García Urbani, el 11 de julio de 2012

10 de diciembre de 2008

Un proyecto capitalista autónomo en la América colonial

Las misiones capuchinas en la Guayana venezolana

Un proyecto capitalista autónomo en la América colonial


Sabido es el papel que las misiones jesuíticas en la región guaraní de la Cuenca del Plata tuvieron en el desarrollo, tanto de la gesta artiguista en la Banda Oriental y las provincias llamadas mesopotámicas, como en el posterior desarrollo del Paraguay del doctor Francia y de los López, padre e hijo.

Los discípulos del guipuzcoano Ignacio de Loyola realizaron en tierra americana una extraordinaria utopía que sentó las bases, pese a su expulsión en 1767 –tan sólo cuarenta años antes de los primeros movimientos independentistas-, de un espacio socio cultural sobre el cual se asentó José Artigas y su influencia sobre las regiones de los dos grandes ríos platinos, el Paraná y el Uruguay. El Paraguay conducido por Gaspar Rodríguez de Francia, con las estancias estatales, el ascetismo de la vida pública y la ausencia de latifundismo, así como la armónica integración con el pueblo guaraní y hasta su aislacionismo encuentran su explicación histórica en ese vasto mundo de indígenas integrados a aquellos falansterios cristianos, armados para defenderse de las tropelías bandeirantes y espartanamente igualitarios.

José de San Martín nació en Yapeyú, pueblo misionero en el que su padre era funcionario real. Andresito Guaicurarú o Guaicurú, el joven guaraní, hijo adoptivo de José Artigas, y caudillo de la región misionera, es el vínculo humano más real y concreto de esa relación histórica entre el federalismo platino y aquella notable propuesta política, social, económica y cultural. Todos los caudillos vinculados al artiguismo –Estanislao López, Francisco Ramírez, José Javier Díaz- tuvieron puntos de contacto con la herencia dejada por aquellos curas científicos, poetas, músicos, arquitectos y extraordinarios organizadores sociales.

Ya Franz Mehring, el biógrafo de Carlos Marx, había advertido la naturaleza “moderna” de la orden fundada por Loyola. En su notable análisis sobre la Guerra de los Treinta Años y sobre el papel jugado por el monarca sueco Gustavo II Adolfo, este autor sostiene: “El jesuitismo era el catolicismo reformado sobre los cimientos capitalistas. En los países económicamente más desarrollados, como España y Francia, las necesidades del modo de producción capitalista establecieron grandes monarquías, para las cuales nada había más cerca que liberarse de la explotación romana, pero no había tampoco nada más lejos que romper con Roma. Después que los reyes españoles y franceses se liberaron de Roma, de modo que los Papas no pudieran, sin su autorización, recoger un solo chelín de sus países, se mantuvieron fieles hijos de la Iglesia porque, así, podían aprovechar el poder eclesiástico sobre sus propios súbditos. De ahí la interminable guerra de los reyes franceses y españoles sobre la tenencia de Italia. Pero si la iglesia romana podía permanecer competente en el dominio secular, debía transformarse de feudal en capitalista y esto se le delegó a la Compañía de Jesús. El jesuitismo adaptó la Iglesia Católica a las nuevas relaciones económicas y políticas. Reorganizó todo el sistema escolar a través de los estudios clásicos –la más alta educación de aquel tiempo-. Se convirtió en la principal compañía comercial del mundo y tenía sus oficinas a lo largo de toda la tierra que era descubierta. Se procuraron consejeros de los príncipes, a los que dominaban sirviéndolos. El jesuitismo, en una palabra, se convirtió en la principal fuerza impulsora de la iglesia romana, mientras el papado se reducía a un principado italiano –una pelota para que jueguen las potencias seculares- al que éstas buscaban usarlo todo lo posible para sus propios objetivos seculares, desde sus contradictorios intereses”[1].

El autor ecuatoriano y profesor en la Universidad Nacional Autónoma de Méjico, Bolívar Echeverría, proporciona un interesante análisis, muy rico en matices, sobre el papel jugado por la Compañía de Jesús, en la Europa de la Contrarreforma y de la Guerra de los Treinta Años. “Modernizar el mundo católico y al mismo tiempo re-fundar el catolicismo: ése fue el proyecto de la primera Compañía de Jesús. (…) Cristianizar la modernización: pero no de acuerdo con el cristianismo medieval, que había entrado en crisis y había provocado las revueltas de la Reforma protestante, sino avanzando hacia el cristianismo nuevo de una Iglesia católica transformada desde sus cimientos”. Esos rasgos de modernidad, según el autor, se manifiestan: "primero, su insistencia en el carácter autonómico del individuo singular, en la importancia que le confieren al libero arbitrio como carácter específico del ser humano; y, segundo, su actitud afirmativa ante la vida terrenal, su reivindicación de la importancia positiva que tiene el quehacer humano en este mundo”
[2]. (Se puede ver todo el artículo aquí)

Este intento de adaptar al catolicismo a las condiciones del nuevo modo de producción que comenzaba a desarrollarse encontró en América una de sus más altas expresiones.

Pero lo que en el sur de nuestro continente, en Buenos Aires, Córdoba, Salta, Montevideo o Mendoza, es mucho menos conocido es el papel que jugaron en el actual territorio de Venezuela, en la región de la Guayana, las misiones de los capuchinos catalanes.

Mario Sanoja Obediente y Iraida Vargas-Arenas, dos reputados antropólogos e historiadores venezolanos, antiguos profesores de la Universidad Central de Venezuela, publicaron en el año 2005 el libro “Las edades de Guayana: Arqueología de una quimera. Santo Tomé y las Misiones Capuchinas Catalanas”, en Monte Avila Editores Latinoamericana, y en la revista Question un artículo de divulgación basado en aquel estudio (aquí)[3].

A inicios del 1700, la Orden de los Hermanos Menores Capuchinos y la Compañía de Jesús celebran un acuerdo por el que se reparten la tarea misional en la Cuenca del Orinoco. Los capuchinos obtienen la región del Bajo Orinoco. Un catalán, Juan de Urpín, había fundado en 1637 la ciudad de Nueva Barcelona, al oriente de Caracas –hoy Barcelona y capital del estado de Anzoátegui- y en ella se instalan los capuchinos de origen catalán, creando las primeras misiones dedicadas a la producción de algodón y cueros. El algodón se cardaba e hilaba en Cumaná, más al oriente, y de ahí partía para las fábricas textiles de Cataluña.

Las misiones se extienden hacia el sur y a principios del siglo XVIII ya están establecidas en el territorio de la Guayana. La ciudad de Santo Tomé de Guayana se convierte en el centro político, económico y comercial tanto del sistema capuchino, formado por veintiocho misiones unidas por un avanzado sistema de calzadas, como de la burocracia estatal española en dicha provincia. Los capuchinos catalanes instauran un sólido gobierno misional, sustentado en el desarrollo económico obtenido a partir del establecimiento de hatos ganaderos –sistema similar a nuestra estancia-, el fomento de las artesanías, la instalación de hornos de alfarería refractaria, la agricultura y la introducción en esta tierra de la forja catalana, con la cual desarrollaron una rudimentaria pero eficiente industria del acero, convirtiéndose en la primera experiencia de este tipo en todo el territorio venezolano.

El sistema, basado en el trabajo pago de los nativos caribes, waikas y guaraos, bajo la dirección de un capataz o teniente, tuvo una singular pujanza económica. Según narran los autores antes citados, “Se explotaba el oro aluvional del Caroní, fundido y forjado en hornos de última tecnología; se practicaba la ganadería extensiva de ganado vacuno y caballar, la manufactura de cueros, la producción de cecinas, el curtido del cuero y la fábrica de zapatos, arreos, sillas de montar, etc; también el cultivo y procesamiento del algodón así como la manufactura de telas con diseño o calicós; el cultivo del maíz, del cacao, la yuca, etc; la manufactura industrial de alfarería, incluyendo ladrillos refractarios para la construcción o refacción de hornos para la metalurgia utilizando las arcillas caoliníticas del Caroní”[4].

La Misión de la Purísima Concepción del Caroní, consolidada en 1724, se convirtió en la Casa Rectora de las misiones capuchinas y el lugar de confluencia de las principales fuerzas productivas de la época.

Lo que resulta de particular interés en esta historia es el desarrollo y las consecuencias ulteriores de esta particular inclusión capitalista no esclavista en el seno de la sociedad colonial de la época.

Sanoja y Vargas-Arenas puntualizan, en una rica diferenciación, que, mientras los jesuitas desarrollaban un criterio misional en el que se mantenían ciertas estructuras sociales indígenas, se respetaba su singularidad cultural y se establecía un régimen comunitario militarizado (rasgos que ellos llaman “ideas rousseaunianas”) los capuchinos catalanes, a raíz de su origen –el Principado de Cataluña era el polo de desarrollo capitalista más avanzado de la España de los Habsburgos-, transforman las comunidades nativas en mano de obra asalariada, entrenada y organizada para la producción de mercaderías, es decir en un modo capitalista de producción.

La modernidad del sistema, enclavado en un régimen colonial basado en la mano de obra esclava, en la economía de plantación y en el latifundio, no pudo sino entrar en severas contradicciones con las clases sociales que lo usufructuaban: la burocracia española y los criollos mantuanos. “El sistema misional funcionaba como una empresa de propiedad corporativa, gestionada por un reducido número de misioneros que eran, a su vez, individuos versados en muchas áreas del conocimiento religioso, humanístico y sobre todo técnico, administrativo, financiero y en el comercio internacional. Gestionaban el negocio, según su expresión, como un fideicomiso en nombre de los indígenas quienes eran sus verdaderos propietarios”[5].

Mientras el propietario del sistema esclavista de plantación estaba sujeto a la intermediación de los importadores europeos, de su oro y sus mercancías, es decir se implantaba en el mercado mundial de modo subordinado, las misiones capuchinas se integraban plenamente al mismo, puesto que no dependían –por lo menos de manera absoluta- de las mercancías y el oro que recibieran de Europa. Es decir, “constituía una f
orma capitalista desarrollada complementaria del capitalismo industrial metropolitano”[6].

Sobre este sistema en pleno funcionamiento logró asentarse la república después de la derrota de 1812, cuando el ejército patriota carecía virtualmente de territorio. Desde la Guayana y el sur, la república logra a partir de 1817 un sistema de financiamiento para su sistema administrativo, los sueldos, la logística y la publicación del periódico El Correo del Orinoco, que escribía personalmente el Libertador. Fue sobre la base de esa inserción productiva moderna, en el medio del mundo esclavista de mantuanos y españoles, que Bolívar logró llegar hasta Carabobo para dar la primera victoria al proceso independentista.

Pero esta enorme capacidad que los métodos capitalistas habían dotado a estas misiones, convirtieron también a ellas y a los capuchinos en un potencial peligro. Como se ha dicho, y así afirman los autores, los mantuanos esclavistas constituían su principal enemigo, y junto con la burocracia colonial sostenían que las misiones capuchinas debían ser disueltas, sus indios entregados a encomiendas privadas, es decir volverlos esclavos y que los curas debían dedicarse a sus funciones de mera evangelización: bautizar indios y entregarlos a los dueños de las plantaciones, hacer desaparecer estos polos de desarrollo capitalista y de “modernidad” que con su eficiencia productiva y su más armónico sistema hacían evidente el arcaísmo del sistema tanto colonial como mantuano.

Según los autores que estamos siguiendo, al producirse la Independencia los curas capuchinos debieron buscar en el campo republicano a quien protegiera y conservase el capital acumulado, así como su autonomía territorial y financiera: “Desde el punto de vista económico, las misiones habían conformado un proceso de acumulación originaria que superaba muy ampliamente el logrado en otras provincias venezolanas, aparte de constituir un modelo de desarrollo capitalista endógeno de punta, incluso comparado con el resto de Suramérica, vinculado al parecer con el mercado mundial”[7].

Cuando en 1816, el Libertador vuelve al territorio venezolano desde su exilio en Haití, uno de los hombres que lo reciben para integrar su ejército es el general Manuel Piar, caudillo indiscutido de la Guayana. Leyenda viviente y prototipo del jefe de hombres caribeño, nacido en Curazao, de madre mulata, era un veterano, pese a su edad, de la guerra contra el español. Ambicioso y receloso de la oficialidad mantuana, tejió a su alrededor una leyenda sobre su origen, según cuenta Indalecio Liévano Aguirre en su biografía del Bolívar[8].
Hijo natural del príncipe Carlos de Braganza del Brasil, de Manuel Ribas, padre del general patriota José Félix Ribas, de un noble mantuano emparentado con el Libertador, eran algunas de las hipótesis que corrían entre sus contemporáneos. Había participado ya en la conspiración de Gual y España, considerada como el antecedente inmediato del grito de Caracas de 1810 y sus laureles de general los había ganado por ascenso otorgado en el campo de batalla por sus propios compañeros de armas y luego ratificado por Bolívar. Su condición de pardo no le había granjeado grandes simpatías en el estado mayor patriota, conformado mayoritariamente por antiguos mantuanos, hijos de dueños de esclavos y plantaciones. Este era el hombre que se había asegurado el control de la Guayana, y a cuya sombra se protegían los capuchinos catalanes de Santo Tomé y el Caroní. Y era el tesoro, la acumulación de capital de trescientos años de producción moderna, de las misiones capuchinas las que sostenían la plaza guayanesa.

Cuando Bolívar llega a Venezuela es informado por uno de sus lugartenientes que Piar, fortalecido en Guayana y sabiendo las enormes dificultades que aquél encontraría, se preparaba para tomar el mando supremo de los ejércitos. A partir de ahí se inicia un sordo enfrentamiento entre Bolívar y Piar, que culminará trágicamente un año después.

El Libertador se traslado a los llanos occidentales, donde Páez había formado un poderosísimo ejército de llaneros, de los cuales era el caudillo indiscutido, logrando eclipsar la figura del español Boves, que con esos mismos llaneros y lanzando una guerra social contra los mantuanos, había dado terribles golpes a la república independiente. El antiguo mantuano terrateniente se convierte, entonces, en el general en jefe de ese ejército de guerreros feroces e incansables. En ese momento, Manuel Piar desde la Guayana comienza a levantar a los indios de las misiones del Caroní y a los pardos y mulatos, contra la conducción de Bolívar.

La fortuna de los capuchinos catalanes daba base material al levantamiento de Piar y al intento de lanzar una república de color contra el predominio de los blancos. La Guayana estaba en condiciones de convertirse en un país independiente con una base productiva, agraria e industrial, de mayor poder que la caraqueña, proyecto que hubiera contado con el apoyo de las potencias enemigas de España, como el Reino Unido.

El 17 de mayo de 1817, soldados que respondían a Bolívar lancean a los dieciocho capuchinos recluidos en su misión y sus restos son arrojados al Caroní, el testigo del apogeo y la caída del proyecto de los monjes catalanes. Unos meses después, el 16 de octubre, el general Manuel Piar fue fusilado en Angostura.

Y las misiones capuchinas fueron absorbidas por el torrente revolucionario e independentista. Su sacrificio y el del gran guerrero Manuel Piar impidieron una temprana balcanización de la región del Orinoco y sofocaron un posible desarrollo en condiciones de autonomía.
Caracas, 10 de diciembre de 2008.

[1] Mehring, Franz, Gustav Adolf. Ein Fürstenspiegel zu Lehr und Nutzen der deutschen Arbeiter. Zweite verbesserte Auflage, mit einem neuen Vorwort. Vorwärts förlag, Berlin 1908. He traducido el libro al español de su versión en sueco y ha sido publicado en http://www.marxists.org/espanol/mehring/1894/gustavoadolfo.htm
[2] Echeverría, Bolívar, Vuelta de Siglo, Fundación Editorial El Perro y la Rana, Caracas, Venezuela, 2ª Edición, 2008, pág. 55 y ss.
[3] Sanoja Obediente, Mario y Vargas-Arenas, Iraida , “La revolución bolivariana. Historia, cultura y socialismo”, Monte Avila , Caracas, Venezuela, 2006. El libro recopila éste y otros artículos de los autores publicados en el período 2003-2006.
[4] Ibidem.
[5] Ibidem.
[6] Ibidem.
[7] Ibidem.
[8] Liévano Aguirre, Indalecio, Bolívar, Grijalbo, Caracas, 2006, pág. 244 y ss.