10 de diciembre de 2008

Las misiones capuchinas en la Guayana venezolana

Un proyecto capitalista autónomo en la América colonial


Sabido es el papel que las misiones jesuíticas en la región guaraní de la Cuenca del Plata tuvieron en el desarrollo, tanto de la gesta artiguista en la Banda Oriental y las provincias llamadas mesopotámicas, como en el posterior desarrollo del Paraguay del doctor Francia y de los López, padre e hijo.

Los discípulos del guipuzcoano Ignacio de Loyola realizaron en tierra americana una extraordinaria utopía que sentó las bases, pese a su expulsión en 1767 –tan sólo cuarenta años antes de los primeros movimientos independentistas-, de un espacio socio cultural sobre el cual se asentó José Artigas y su influencia sobre las regiones de los dos grandes ríos platinos, el Paraná y el Uruguay. El Paraguay conducido por Gaspar Rodríguez de Francia, con las estancias estatales, el ascetismo de la vida pública y la ausencia de latifundismo, así como la armónica integración con el pueblo guaraní y hasta su aislacionismo encuentran su explicación histórica en ese vasto mundo de indígenas integrados a aquellos falansterios cristianos, armados para defenderse de las tropelías bandeirantes y espartanamente igualitarios.

José de San Martín nació en Yapeyú, pueblo misionero en el que su padre era funcionario real. Andresito Guaicurarú o Guaicurú, el joven guaraní, hijo adoptivo de José Artigas, y caudillo de la región misionera, es el vínculo humano más real y concreto de esa relación histórica entre el federalismo platino y aquella notable propuesta política, social, económica y cultural. Todos los caudillos vinculados al artiguismo –Estanislao López, Francisco Ramírez, José Javier Díaz- tuvieron puntos de contacto con la herencia dejada por aquellos curas científicos, poetas, músicos, arquitectos y extraordinarios organizadores sociales.

Ya Franz Mehring, el biógrafo de Carlos Marx, había advertido la naturaleza “moderna” de la orden fundada por Loyola. En su notable análisis sobre la Guerra de los Treinta Años y sobre el papel jugado por el monarca sueco Gustavo II Adolfo, este autor sostiene: “El jesuitismo era el catolicismo reformado sobre los cimientos capitalistas. En los países económicamente más desarrollados, como España y Francia, las necesidades del modo de producción capitalista establecieron grandes monarquías, para las cuales nada había más cerca que liberarse de la explotación romana, pero no había tampoco nada más lejos que romper con Roma. Después que los reyes españoles y franceses se liberaron de Roma, de modo que los Papas no pudieran, sin su autorización, recoger un solo chelín de sus países, se mantuvieron fieles hijos de la Iglesia porque, así, podían aprovechar el poder eclesiástico sobre sus propios súbditos. De ahí la interminable guerra de los reyes franceses y españoles sobre la tenencia de Italia. Pero si la iglesia romana podía permanecer competente en el dominio secular, debía transformarse de feudal en capitalista y esto se le delegó a la Compañía de Jesús. El jesuitismo adaptó la Iglesia Católica a las nuevas relaciones económicas y políticas. Reorganizó todo el sistema escolar a través de los estudios clásicos –la más alta educación de aquel tiempo-. Se convirtió en la principal compañía comercial del mundo y tenía sus oficinas a lo largo de toda la tierra que era descubierta. Se procuraron consejeros de los príncipes, a los que dominaban sirviéndolos. El jesuitismo, en una palabra, se convirtió en la principal fuerza impulsora de la iglesia romana, mientras el papado se reducía a un principado italiano –una pelota para que jueguen las potencias seculares- al que éstas buscaban usarlo todo lo posible para sus propios objetivos seculares, desde sus contradictorios intereses”[1].

El autor ecuatoriano y profesor en la Universidad Nacional Autónoma de Méjico, Bolívar Echeverría, proporciona un interesante análisis, muy rico en matices, sobre el papel jugado por la Compañía de Jesús, en la Europa de la Contrarreforma y de la Guerra de los Treinta Años. “Modernizar el mundo católico y al mismo tiempo re-fundar el catolicismo: ése fue el proyecto de la primera Compañía de Jesús. (…) Cristianizar la modernización: pero no de acuerdo con el cristianismo medieval, que había entrado en crisis y había provocado las revueltas de la Reforma protestante, sino avanzando hacia el cristianismo nuevo de una Iglesia católica transformada desde sus cimientos”. Esos rasgos de modernidad, según el autor, se manifiestan: "primero, su insistencia en el carácter autonómico del individuo singular, en la importancia que le confieren al libero arbitrio como carácter específico del ser humano; y, segundo, su actitud afirmativa ante la vida terrenal, su reivindicación de la importancia positiva que tiene el quehacer humano en este mundo”
[2]. (Se puede ver todo el artículo aquí)

Este intento de adaptar al catolicismo a las condiciones del nuevo modo de producción que comenzaba a desarrollarse encontró en América una de sus más altas expresiones.

Pero lo que en el sur de nuestro continente, en Buenos Aires, Córdoba, Salta, Montevideo o Mendoza, es mucho menos conocido es el papel que jugaron en el actual territorio de Venezuela, en la región de la Guayana, las misiones de los capuchinos catalanes.

Mario Sanoja Obediente y Iraida Vargas-Arenas, dos reputados antropólogos e historiadores venezolanos, antiguos profesores de la Universidad Central de Venezuela, publicaron en el año 2005 el libro “Las edades de Guayana: Arqueología de una quimera. Santo Tomé y las Misiones Capuchinas Catalanas”, en Monte Avila Editores Latinoamericana, y en la revista Question un artículo de divulgación basado en aquel estudio (aquí)[3].

A inicios del 1700, la Orden de los Hermanos Menores Capuchinos y la Compañía de Jesús celebran un acuerdo por el que se reparten la tarea misional en la Cuenca del Orinoco. Los capuchinos obtienen la región del Bajo Orinoco. Un catalán, Juan de Urpín, había fundado en 1637 la ciudad de Nueva Barcelona, al oriente de Caracas –hoy Barcelona y capital del estado de Anzoátegui- y en ella se instalan los capuchinos de origen catalán, creando las primeras misiones dedicadas a la producción de algodón y cueros. El algodón se cardaba e hilaba en Cumaná, más al oriente, y de ahí partía para las fábricas textiles de Cataluña.

Las misiones se extienden hacia el sur y a principios del siglo XVIII ya están establecidas en el territorio de la Guayana. La ciudad de Santo Tomé de Guayana se convierte en el centro político, económico y comercial tanto del sistema capuchino, formado por veintiocho misiones unidas por un avanzado sistema de calzadas, como de la burocracia estatal española en dicha provincia. Los capuchinos catalanes instauran un sólido gobierno misional, sustentado en el desarrollo económico obtenido a partir del establecimiento de hatos ganaderos –sistema similar a nuestra estancia-, el fomento de las artesanías, la instalación de hornos de alfarería refractaria, la agricultura y la introducción en esta tierra de la forja catalana, con la cual desarrollaron una rudimentaria pero eficiente industria del acero, convirtiéndose en la primera experiencia de este tipo en todo el territorio venezolano.

El sistema, basado en el trabajo pago de los nativos caribes, waikas y guaraos, bajo la dirección de un capataz o teniente, tuvo una singular pujanza económica. Según narran los autores antes citados, “Se explotaba el oro aluvional del Caroní, fundido y forjado en hornos de última tecnología; se practicaba la ganadería extensiva de ganado vacuno y caballar, la manufactura de cueros, la producción de cecinas, el curtido del cuero y la fábrica de zapatos, arreos, sillas de montar, etc; también el cultivo y procesamiento del algodón así como la manufactura de telas con diseño o calicós; el cultivo del maíz, del cacao, la yuca, etc; la manufactura industrial de alfarería, incluyendo ladrillos refractarios para la construcción o refacción de hornos para la metalurgia utilizando las arcillas caoliníticas del Caroní”[4].

La Misión de la Purísima Concepción del Caroní, consolidada en 1724, se convirtió en la Casa Rectora de las misiones capuchinas y el lugar de confluencia de las principales fuerzas productivas de la época.

Lo que resulta de particular interés en esta historia es el desarrollo y las consecuencias ulteriores de esta particular inclusión capitalista no esclavista en el seno de la sociedad colonial de la época.

Sanoja y Vargas-Arenas puntualizan, en una rica diferenciación, que, mientras los jesuitas desarrollaban un criterio misional en el que se mantenían ciertas estructuras sociales indígenas, se respetaba su singularidad cultural y se establecía un régimen comunitario militarizado (rasgos que ellos llaman “ideas rousseaunianas”) los capuchinos catalanes, a raíz de su origen –el Principado de Cataluña era el polo de desarrollo capitalista más avanzado de la España de los Habsburgos-, transforman las comunidades nativas en mano de obra asalariada, entrenada y organizada para la producción de mercaderías, es decir en un modo capitalista de producción.

La modernidad del sistema, enclavado en un régimen colonial basado en la mano de obra esclava, en la economía de plantación y en el latifundio, no pudo sino entrar en severas contradicciones con las clases sociales que lo usufructuaban: la burocracia española y los criollos mantuanos. “El sistema misional funcionaba como una empresa de propiedad corporativa, gestionada por un reducido número de misioneros que eran, a su vez, individuos versados en muchas áreas del conocimiento religioso, humanístico y sobre todo técnico, administrativo, financiero y en el comercio internacional. Gestionaban el negocio, según su expresión, como un fideicomiso en nombre de los indígenas quienes eran sus verdaderos propietarios”[5].

Mientras el propietario del sistema esclavista de plantación estaba sujeto a la intermediación de los importadores europeos, de su oro y sus mercancías, es decir se implantaba en el mercado mundial de modo subordinado, las misiones capuchinas se integraban plenamente al mismo, puesto que no dependían –por lo menos de manera absoluta- de las mercancías y el oro que recibieran de Europa. Es decir, “constituía una f
orma capitalista desarrollada complementaria del capitalismo industrial metropolitano”[6].

Sobre este sistema en pleno funcionamiento logró asentarse la república después de la derrota de 1812, cuando el ejército patriota carecía virtualmente de territorio. Desde la Guayana y el sur, la república logra a partir de 1817 un sistema de financiamiento para su sistema administrativo, los sueldos, la logística y la publicación del periódico El Correo del Orinoco, que escribía personalmente el Libertador. Fue sobre la base de esa inserción productiva moderna, en el medio del mundo esclavista de mantuanos y españoles, que Bolívar logró llegar hasta Carabobo para dar la primera victoria al proceso independentista.

Pero esta enorme capacidad que los métodos capitalistas habían dotado a estas misiones, convirtieron también a ellas y a los capuchinos en un potencial peligro. Como se ha dicho, y así afirman los autores, los mantuanos esclavistas constituían su principal enemigo, y junto con la burocracia colonial sostenían que las misiones capuchinas debían ser disueltas, sus indios entregados a encomiendas privadas, es decir volverlos esclavos y que los curas debían dedicarse a sus funciones de mera evangelización: bautizar indios y entregarlos a los dueños de las plantaciones, hacer desaparecer estos polos de desarrollo capitalista y de “modernidad” que con su eficiencia productiva y su más armónico sistema hacían evidente el arcaísmo del sistema tanto colonial como mantuano.

Según los autores que estamos siguiendo, al producirse la Independencia los curas capuchinos debieron buscar en el campo republicano a quien protegiera y conservase el capital acumulado, así como su autonomía territorial y financiera: “Desde el punto de vista económico, las misiones habían conformado un proceso de acumulación originaria que superaba muy ampliamente el logrado en otras provincias venezolanas, aparte de constituir un modelo de desarrollo capitalista endógeno de punta, incluso comparado con el resto de Suramérica, vinculado al parecer con el mercado mundial”[7].

Cuando en 1816, el Libertador vuelve al territorio venezolano desde su exilio en Haití, uno de los hombres que lo reciben para integrar su ejército es el general Manuel Piar, caudillo indiscutido de la Guayana. Leyenda viviente y prototipo del jefe de hombres caribeño, nacido en Curazao, de madre mulata, era un veterano, pese a su edad, de la guerra contra el español. Ambicioso y receloso de la oficialidad mantuana, tejió a su alrededor una leyenda sobre su origen, según cuenta Indalecio Liévano Aguirre en su biografía del Bolívar[8].
Hijo natural del príncipe Carlos de Braganza del Brasil, de Manuel Ribas, padre del general patriota José Félix Ribas, de un noble mantuano emparentado con el Libertador, eran algunas de las hipótesis que corrían entre sus contemporáneos. Había participado ya en la conspiración de Gual y España, considerada como el antecedente inmediato del grito de Caracas de 1810 y sus laureles de general los había ganado por ascenso otorgado en el campo de batalla por sus propios compañeros de armas y luego ratificado por Bolívar. Su condición de pardo no le había granjeado grandes simpatías en el estado mayor patriota, conformado mayoritariamente por antiguos mantuanos, hijos de dueños de esclavos y plantaciones. Este era el hombre que se había asegurado el control de la Guayana, y a cuya sombra se protegían los capuchinos catalanes de Santo Tomé y el Caroní. Y era el tesoro, la acumulación de capital de trescientos años de producción moderna, de las misiones capuchinas las que sostenían la plaza guayanesa.

Cuando Bolívar llega a Venezuela es informado por uno de sus lugartenientes que Piar, fortalecido en Guayana y sabiendo las enormes dificultades que aquél encontraría, se preparaba para tomar el mando supremo de los ejércitos. A partir de ahí se inicia un sordo enfrentamiento entre Bolívar y Piar, que culminará trágicamente un año después.

El Libertador se traslado a los llanos occidentales, donde Páez había formado un poderosísimo ejército de llaneros, de los cuales era el caudillo indiscutido, logrando eclipsar la figura del español Boves, que con esos mismos llaneros y lanzando una guerra social contra los mantuanos, había dado terribles golpes a la república independiente. El antiguo mantuano terrateniente se convierte, entonces, en el general en jefe de ese ejército de guerreros feroces e incansables. En ese momento, Manuel Piar desde la Guayana comienza a levantar a los indios de las misiones del Caroní y a los pardos y mulatos, contra la conducción de Bolívar.

La fortuna de los capuchinos catalanes daba base material al levantamiento de Piar y al intento de lanzar una república de color contra el predominio de los blancos. La Guayana estaba en condiciones de convertirse en un país independiente con una base productiva, agraria e industrial, de mayor poder que la caraqueña, proyecto que hubiera contado con el apoyo de las potencias enemigas de España, como el Reino Unido.

El 17 de mayo de 1817, soldados que respondían a Bolívar lancean a los dieciocho capuchinos recluídos en su misión y sus restos son arrojados al Caroní, el testigo del apogeo y la caída del proyecto de los monjes catalanes. Unos meses después, el 16 de octubre, el general Manuel Piar fue fusilado en Angostura.

Y las misiones capuchinas fueron absorbidas por el torrente revolucionario e independentista. Su sacrificio y el del gran guerrero Manuel Piar impidieron una temprana balcanización de la región del Orinoco y sofocaron un posible desarrollo en condiciones de autonomía.
Caracas, 10 de diciembre de 2008.

[1] Mehring, Franz, Gustav Adolf. Ein Fürstenspiegel zu Lehr und Nutzen der deutschen Arbeiter. Zweite verbesserte Auflage, mit einem neuen Vorwort. Vorwärts förlag, Berlin 1908. He traducido el libro al español de su versión en sueco y ha sido publicado en http://www.marxists.org/espanol/mehring/1894/gustavoadolfo.htm
[2] Echeverría, Bolívar, Vuelta de Siglo, Fundación Editorial El Perro y la Rana, Caracas, Venezuela, 2ª Edición, 2008, pág. 55 y ss.
[3] Sanoja Obediente, Mario y Vargas-Arenas, Iraida , “La revolución bolivariana. Historia, cultura y socialismo”, Monte Avila , Caracas, Venezuela, 2006. El libro recopila éste y otros artículos de los autores publicados en el período 2003-2006.
[4] Ibidem.
[5] Ibidem.
[6] Ibidem.
[7] Ibidem.
[8] Liévano Aguirre, Indalecio, Bolívar, Grijalbo, Caracas, 2006, pág. 244 y ss.

2 comentarios:

jorgeguerreirosantos dijo...

No parece superfluo hacer conocer a los lectores los conflictos generados en los inicios de nuestra independencia. Es más, en realidad es imprescindible conocerlos,ya que los actores sociales y políticos,las tareas a realizar y los enemigos a combatir, práticamente siguen siendo los mismos.

Fernando Del Corro dijo...

Es muy interesante.Catalunya y Eusadi habían sufrido el colonialismo castellano de los Habsburgo pero aún así eran las regiones con un desarrollo capitalista importante basado en diferentes sectores como la industria naval euskara.Eso fue transferido a América, en buena medida, como señalas. Cuando aparezca "La otra historia" podrá verse la importancia del pensamiento económico eukaro en los primeros hombres de la independencia como Moreno, Belgrano, Castelli, Veytes y, hasta más tardiamente, en Aberdi, seguidores del ignorado economista Valentín de Foronda. Si llego a encontrar mi vieja monografía sobre "Mil años de industria española: 722-1788)", te la haré llegar.