22 de mayo de 2013


Chile y la construcción de un país mirando al Pacífico

Primera parte de la clase impartida en la Casa de la Patria Grande el 22 de mayo de 2013.

La difícil colonia española
El primer español que llegó al actual territorio de lo que hoy es Chile fue Diego de Almagro, en 1536. Fue Almagro el primero en concebir al país como un todo orgánico. Fue Almagro quien le puso a la región el nombre de Chile y generó el gentilicio "chileno". Incluso, la etiqueta de "rotos", como se conoce a los pobres en ese país, deriva de la condición andrajosa de las tropas de Almagro.
Los quinientos hombres que salieron de Lima bajaron en búsqueda del oro del que hablaban los Incas del Perú. Esta información no era más que una trampa que los Incas preparaban a los españoles, ya que planeaban un levantamiento y buscaban de esa manera disminuir la cantidad de tropas españolas en el Perú.
Almagro cruzó el actual territorio de Salta y desde allí atravesó los Andes por el hoy llamado paso de San Francisco. Llegó por fin al Valle de Copiapó con una legión de 240 españoles, un millar de indios yanaconas y un centenar de esclavos negros. Después de varios enfrentamientos con los nativos, lograron llegar hasta la zona del Aconcagua, donde, según noticias, algunas tribus de indios querían negociar con los españoles.
Es en todo este territorio, al norte del río Itata, donde se produjo el originario mestizaje de españoles y aborígenes que caracterizó, en general, a la colonización española. Será recién el extremeño Don Pedro de Valdivia quien logra establecer, después de enormes vicisitudes, la Capitanía General de Nueva Extremadura o Chile.
La llamada guerra del Arauco, entre los conquistadores españoles, acompañados por los grupos indígenas del norte, y los mapuches y picunches se extendió durante varios siglos. El propio Pedro de Valdivia murió en una de sus batallas.
La colonización española en Surámerica se extendía a través del Pacífico. Solo mucho más tarde, con el puerto de Montevideo y el de Buenos Aires habría una vinculación por el Atlántico.
Hasta fines del siglo XVIII, las autoridades radicadas en Santiago de Chile dependieron del Virreinato del Perú, tanto en lo administrativo y militar, como en lo comercial. La particular ubicación de Chile, lejano de lo que entonces eran las principales rutas marítimas y con un gran aislamiento debido a las dificultades de comunicación terrestre, constituyó, desde el principio la principal dificultad de los colonizadores españoles. El permanente estado de guerra que vivía la región hicieron de Chile uno de los lugares más pobres de las posesiones españolas de ultramar. Si bien en un principio, como se ha dicho, el comercio se estableció exclusivamente con Lima, lentamente la Capitanía General establecería una vía comercial, si bien prohibida por la ley, regular e intensa con el puerto de Buenos Aires. Justamente esta vía relacionó a Chile con la región cuyana de este lado de la Cordillera, conformando una suerte de unidad económica y social.
La Junta Nacional de Gobierno
La ola de las juntas locales que se inicia en el continente en 1810 también toca Chile. En septiembre de 1810 se crea una Junta Nacional de Gobierno, presidida por quien hasta ese momento se había desempeñado como Gobernador, Mateo de Toro y Zambrano. Un estudiante porteño que participó activamente en el clima político que desembocó en la Junta tuvo posteriormente una intensa actividad en su país: Manuel Dorrego. Los diversos sectores sociales que conformaban los criollos, como en todo el continente, encontraron en la prisión del rey español en Bayona la excusa para sus pujos de autonomía, algunos, y de independencia, otros.
El historiador argentino-chileno Luis Vitale establece cuatro etapas para estos años iniciales de la independencia:
a) De septiembre de 1810 al golpe de estado que dio José Miguel Carrera en noviembre de 1811. La figura más destacada de ese período fue el mendocino Juan Martínez de Rozas. Su posición era la de acercar la Junta chilena a la que había surgido en Buenos Aires. La ayuda recíproca era vital para hacer frente a los ejércitos que el virrey enviaría desde el Perú y la región oriental de la actual Bolivia. La posición que triunfa en estas jornadas es la de los criollos moderados -y muchos españoles europeos- que sostenían a la Junta ante la prisión de los reyes españoles, pero que no aspiraban a la independencia. Eran llamados por sus enemigos como “los pelucones”, una forma irónica de aludir a la continuidad de la monarquía. Quienes militaban en el bando más independentista recibían el mote de “pipiolos”, despectiva forma de aludir a su juventud, su irreflexión y entusiasmo por las nuevas ideas. Eran en última instancia lo que luego se conocería como conservadores y liberales. Los primeros expresaban los intereses latifundistas del campo y los comerciantes de la ciudad. Unían a su hispanismo y conservatismo social, un profundo espíritu localista y provinciano. Los llamados “estanqueros”, el grupo de comerciantes que maneja el monopolio fiscal sobre licores, yerba y naipes es el núcleo de esa burguesía comercial, que veremos más adelante.
b) Desde el golpe de Carreras al desastre de Rancagua, el 1 y 2 de octubre de 1814. En ese período se destacan las personalidades enfrentadas de Carreras, caudillo militar de Santiago y de Bernardo de O'Higgins, el caudillo de Concepción. Dice sobre ello Jorge Abelardo Ramos “Los Carrera pertenecían a lo que Segall llama la "fracción burguesa más progresista" de la época, pues, curiosamente, en Chile existía una burguesía minera de importancia, interesada en el comercio con el Pacífico y cuyas relaciones con el pujante capitalismo norteamericano constituyen el telón de fondo de la política chilena en la primera década revolucionaria. La lucha entre Carrera y O'Higgins, vinculado este último a la Logia Lautaro de San Martín, respaldada a su vez por los intereses británicos, se explica a la luz de las íntimas relaciones mantenidas entre José Miguel Carrera y el agente diplomático norteamericano Joel Robert Poinsett. Este último contribuye a la redacción de la Constitución de la Patria Vieja y resulta un pilar del partido carrerista. O'Higgins, por su parte, que ante la amenaza española disputa el poder con Carrera, formaba parte del sistema terrateniente-liberal interesado en la relación con el Imperio Británico y en su apoyo al movimiento de la Independencia”. Con la derrota de Rancagua termina el período que se conoce como Patria Vieja.
c) De Rancagua a la victoria militar patriota de Chacabuco. Entre 1814 y 1819, llegaron a América más de 30.000 soldados. Hacia 1815 estaba restablecido el dominio español en casi toda Hispanoamérica. Las tropas de Mariano Ossorio restablecieron el poder monárquico en Chile y tanto su gobierno como el de su sucesor Marcó del Pont reprimieron con violencia y sin misericordia al movimiento criollo. Este período de reacción conocido como “La Reconquista” logró unificar las fracciones criollas con el objetivo de echar a los españoles. Carrerinos y o'higginistas aunaron fuerzas en el interior del país y, desde Mendoza, colaboraron en la formación del Ejército de los Andes.
Bernardo O'Higgins fue, en esta etapa, la expresión más decidida de las ideas independentistas. A su vez, el abuso cometido por los españoles engrosó las tropas patrióticas con sectores populares que hasta entonces habían permanecido indiferentes a los hechos. En la zona central de Chile fue, justamente, el respaldo campesino lo que explicar el exitoso desarrollo de la guerrilla de Manuel Rodríguez.
d) La consolidación de la Independencia durante el gobierno de O’Higgins. Hacia 1817 Bernardo de O'Higgins ya se había convertido en el jefe militar y líder político capaz de afianzar la independencia, tarea en la que fue decisiva la participación del Ejército de los Andes al mando del correntino José de San Martín. Los triunfos de Chacabuco y Maipú ponen punto final al dominio español en Chile y el 12 de febrero de 1812 fue declarada la Independencia.
Bajo el gobierno de Bernardo O'Higgins, “los que no pudieran acreditar su patriotismo quedarían inhabilitados para el desempeño de cualquier empleo. Igualmente decretó el secuestro de todos los bienes de los realistas prófugos”, según relata el historiador chileno Sergio Villalobos. La fuerza política de O'Higgins residía, no tanto en los sectores políticos civiles, sino en la de su ejército y en la Logia Lautaro. La fuerte oposición a su gobierno de características bonapartistas estuvo encabezada por los sectores terratenientes, quienes comenzaron a endilgarle el mote despectivo de “huacho”. Comenzaron a presionar a O'Higgins para apurar el alejamiento del Ejército de los Andes al Perú, por un lado, para disminuir la presión impositiva de su mantenimiento, pero por la otra con el deseo de que la caída de Perú les permitiera reconquistar el mercado peruano de trigo que había perdido con la suspensión de las importaciones chilenas decididas por el virrey Abascal.
Afirma Luis Vitale: “Durante este período, una vez más, los productos mineros salvaron al país de la crisis. La minería financió las guerras de la Independencia. El oro, la plata y el cobre fueron la base económica de los gobiernos surgidos de la revolución de 1810. José Miguel Carrera pudo comprar armas a los comerciantes norteamericanos en 1815 porque tenía como respaldo la producción minera. En el proyecto que Carrera presentó al gobierno argentino el 8 de mayo de 1815 para expulsar a los españoles de Chile, recomendaba invadir por Coquimbo porque la expedición podría costearse con la riqueza minera del Huasco. La mina de plata Agua Amarga financió parte de la expedición al Perú. El minero José Antonio de Zavala contribuyó a costear los gastos del Ejército Libertador de los Andes (...). El hecho de que las guerras de la independencia hayan sido financiadas por la minería nacional reafirma nuestra caracterización de Chile como país esencialmente minero”.
La Guerra a Muerte
Entre 1818 y 1827 se desarrolla un período de la historia chilena con características parecidas a otros ocurridos en el continente suramericano. Benjamín Vicuña Mackenna llamó al período “La Guerra a Muerte”, el mismo nombre como se conoció una dramática situación similar en Venezuela después del fracaso de la primera república. El intento de contraofensiva por parte de los españoles logró durar tantos años como consecuencia de la participación que tuvieron los grupos indígenas mapuches, en el sur del país, a favor de los realistas, sobre todo en Chillán, Concepción y La Frontera. Un chileno desertor, Vicente Benavídez, se convierte en caudillo de este proceso contrarrevolucionario, sumando a estas tribus indígenas para las que la independencia de los españoles no tenía significación alguna, en la medida que no respondieran a sus únicos objetivos: la recuperación de sus tierras y el reconocimiento de sus derechos a la autodeterminación. Tomás Guevara fue el primer chileno que se introdujo en el mundo mapuche, desde una perspectiva etnográfica, escribe que “los iniciadores de la revolución chilena cometieron un grave error descuidando desde el principio la propaganda entre los araucanos, el trato amistoso y cordial con ellos y, sobre todo, dejando armada a sus espaldas una poderosa máquina de guerra que pertenecía a los realistas (...) Todo este cuerpo de empleados (capitanes de amigos y lenguaraces) se manifestaba profundamente adicto al rey. Suspendidos los sueldos de muchos por las necesidades del nuevo orden de cosas y el descuido de los servicios de la frontera, creían y propalaban que el antiguo gobierno español disponía de mayores recursos y cumplía mejor sus compromisos (...) Entre los agentes realistas, ejercían un influjo directo y decisivo en la opinión del indio los capitanes de amigos y los lenguaraces”. Para entender mejor el párrafo, se llamaba capitán de amigos a un funcionario colonial chileno mediador entre las autoridades españolas y los mapuches durante la Guerra de Arauco.
En octubre de 1824 fue aplastado el ejército español, por las fuerzas del General José Joaquín Prieto, y se puso fin a esta primera etapa de la Guerra a Muerte. Sobrevendría por varios años más, la llamada “Guerra de los Pincheiras”, una constante acción de pillaje y predación por parte de la hermanos Pincheira, al frente de fuerzas integradas en su mayoría por indios pehuenches. Su acción alcanzó, no solo el sur de Chile, sino que se extendió hasta las provincias argentinas de San Luis, Córdoba y Santa Fe y llegaron a atacar Bahía Blanca y la Sierra de la Ventana. En 1829, Juan Manuel de Rosas firmó un acuerdo con un grupo de tribus mapuches conocidas como boroanos a través de su emisario Eugenio del Busto, sustrayéndolos del bando pincheirino. Las fuerzas de los hermanos Pincheira se refugiaron, entonces, en el norte de Neuquén. Los Pincheira se mantuvieron como el último bastión realista de Sudamérica. Recién en 1832, el general chileno Manuel Bulnes, logró desbaratar la banda de los Pincheira, fusilando al cabecilla Pablo Pincheira y a varios de sus subordinados. El último de ellos, José Antonio, murió como peón de la estancia del presidente José Joaquín Prieto, siendo ya un legendario anciano.
La Guerra Civil y el establecimiento de la República Oligárquica
En 1831, Inglaterra reconoció la independencia de Chile. Desde 1825, cuando ya era evidente que el continente no necesitaba de la ayuda británica para lograrla, el Reino Unido comenzó a reconocer a los nuevos países. Según el primer ministro Lord Castlereagh, ese reconocimiento tenía como objetivo evitar que fuesen los EE.UU. con su nueva república, quienes lograran quedarse con el mercado del mundo hispanoamericano. George Canning llevará esta política hasta su perfeccionamiento por medio del fraccionamiento que conocemos como balcanización.
El período caracterizado por la guerra civil transcurrió desde 1823 hasta 1830. El período se caracterizó por un enfrentamiento entre los “pelucones”, conservadores terratenientes y comerciantes, y los “pipiolos”, liberales democráticos que pugnaban por el establecimiento de una república constitucional. Mientras aquellos expresaban a los sectores más retardatarios y aislacionistas de la sociedad chilena, estos, pese a sus devaneos ideológicos, representaban, como dice el chileno Pedro Godoy, “un matiz de continentalidad”. Detrás de sus filas se expresaba, a veces, la burguesía minera y, otras, el artesanado y los campesinos, sacudidos todos por la crisis económica que sobrevino a las Guerras de la Independencia. Los intereses de las provincias, que en Argentina se conoció como federalismo, dieron lugar a un gobierno federalista en 1826. Basta decir que la Aduana de Chile tenía su asiento en Santiago, que no es una ciudad costera, para entender los reclamos que la región minera de Coquimbo y la región triguera de Concepción le formulaba al centralismo santiaguino. Según afirma Luis Vitale: “En cifras comparativas, Chile fue una de las naciones de América latina a la cual ingresaron mayor cantidad de mercaderías inglesas, francesas y norteamericanas durante la década 1820-30. Hacia 1827, Inglaterra vendía anualmente a Chile por un valor superior a los tres millones de pesos; le seguía Estados Unidos con un millón y luego Francia”.
La Constitución de 1828 fue el resultado de una negociación entre federales y unitarias tendiente a terminar con la guerra civil, pero que implicó, según Vitale, “la derrota definitiva de la rebelión de las provincias”. Es necesario mencionar que las tendencias federales, liberales y plebeyas continuaron la lucha iniciada por Carrera y O’Higgins contra los privilegios, sobre todo como latifundistas, de la Iglesia Católica.
Esta tensión, tan parecida a la ocurrida de este lado de los Andes, provocó el enfrentamiento entre Bernardo O'Higgins, un centralista, y Ramón Freire, un federal, ambos guerreros de la Independencia a las ordenes de José de San Martín. El resultado fue que de la guerra civil de 1829-30, promovida y financiada por los terratenientes y la burguesía comercial santiaguina aplastó todos los pujos liberales y continentalistas, imponiendo la hegemonía de Diego Portales, la expresión acabada del partido del “estanco”, la burguesía comercial, conservadora y aislacionista que conformó a la República de Chile, blanca, lejana y distante del resto del continente.
Esa guerra tuvo su punto final en la batalla de Lircay que es el momento inicial del Chile conservador, proinglés, aislacionista que la oligarquía chilena adoptó como propio y del que no ha logrado desprenderse en gran parte el sistema político del país trasandino.
Este período, que sucede a la derrota de los “pipiolos”, es conocido formalmente como “la República autocrática o autoritaria”, mientras otros historiadores menos formalista proponen denominarla “los decenios de la burguesía comercial y terrateniente”. Joaquín Prieto, Manuel Bulnes, y Manuel Montt gobernaron entre 1831 y 1861 y consolidaron el poder hegemónico del “portalismo” y su acérrimo aislamiento del continente suramericano.
La guerra de Chile contra la Confederación Perú-Boliviana
La guerra contra la Confederación Peruano Boliviana, del Mariscal Santa Cruz, fue el acontecimiento más importante del período, en relación al continente. Los viejos enemigos O'Higgins y Prieto se opusieron al conflicto y apoyaron el último intento bolivariano antes de la total balcanización. Diego Portales, el administrador detrás de las bambalinas -a quien apoyó Juan Manuel de Rosas en su lucha contra el Mariscal Santa Cruz- logró imponer a través de la guerra al Puerto de Valparaíso como el más importante para el comercio inglés en nuestras costas del Pacífico. Los tres gobiernos “portalinos” consiguieron establecer a Chile como un país exportador de materias primas agrarias y mineras, incorporándolo a la división internacional del trabajo determinada por el Reino Unido. El tradicional anglicismo de las clases dominantes chilenas tuvo su consolidación en este período, así como su también tradicional visión de país cercado. El “portalismo” es, de alguna manera, lo que el “rivadavismo” ha sido para el pensamiento oligárquico en nuestro país, la base ideológica de un país oligárquico, anglodependiente y antilatinoamericano.
Citamos aquí a Luis Vitale pues coincidimos en su juicio: “Esta guerra formó parte del proceso de división o "balcanización" de nuestro continente. Inglaterra, Francia y Estados Unidos, aprovecharon las contradicciones entre las burguesías criollas para ahondar la división de América Latina, alentando guerras entre los países limítrofes. La guerra entre Argentina y Brasil en 1826 y la segregación de la Banda Oriental -hoy Uruguay- de las Provincias Unidas del Río de la Plata, constituyeron los primeros triunfos de la diplomacia inglesa para quebrar el ideario bolivariano de unidad latinoamericana”.
Diego Portales, como se ha dicho, vio la posibilidad de convertir al puerto de Valparaíso en el principal para el comercio a través del Pacífico, desplazando al de El Callao que era, hasta ese momento, el más importante. Su pensamiento geopolítico, provinciano y portuario, veía con recelo la confederación de los dos países andinos bajo la conducción del mejor heredero de Simón Bolívar, el mestizo Andrés Santa Cruz. Como Rivadavia en Buenos Aires, Portales despreció con firmeza y convicción la naturaleza mestiza y criolla de su país. Su carta sobre la Confederación Peruano Boliviana deja en claro su pensamiento: “La posición de Chile frente a la Confederación Perú-boliviana es insostenible. No puede ser tolerada ni por el pueblo ni por el gobierno, porque ello equivaldría a su suicidio. No podemos mirar sin inquietud y la mayor alarma, la existencia de dos pueblos confederados y que, a la larga, por la comunidad de origen, lengua, hábitos, religión, ideas, costumbres, formarán, como es natural, un solo núcleo (...) La Confederación debe desaparecer para siempre jamás del escenario de América (...) Debemos dominar para siempre en el Pacífico: ésta debe ser su máxima ahora, y ojalá fuera la de Chile para siempre”.
Fue en esta “era portalina” cuando el ejército se transformó en uno de los principales factores de poder, sobre todo después del triunfo sobre la Confederación Peruano Boliviana. Tanto el general Joaquín Prieto como el triunfador en la guerra, Manuel Bulnes, fueron elegidos presidentes por los sectores terratenientes debido a que contaban con el apoyo del ejército, que daba respaldo al rígido control político y social del estado, garantizando los planes económicos de la oligarquía.
Fue en este país, consolidado bajo la dominación de una burguesía comercial en estrecha relación con el Reino Unido y con control sobre todo el país, que vivieron y discutieron dos talentosos argentinos: Domingo Faustino Sarmiento y Juan Bautista Alberdi.
Escribe Jorge Abelardo Ramos: “Era perfectamente natural que semejante clase social encontrase su gran hombre político en un comerciante de Valparaíso, el puerto extranjero por excelencia de Chile, el Buenos Aires del Pacífico. Ese hombre fue Diego Portales. Es el pequeño burócrata práctico que aparece en todos los Estados balcanizados y aborrece las quimeras. Organiza la administración pública, pone orden en las finanzas, somete el ejército al poder civil oligárquico, gobierna con mano de hierro y aspira a una República chiquita y centralizada, una especie de Estado comercial más próspero que sus propios negocios privados, siempre ruinosos”.
Las formas despóticas de los gobiernos portalinos pueden ser descriptos con las palabras de un testigo: “La obra de Portales consistió en quebrantar en el país todos los resortes de la máquina popular representativa y en sustituir a ellos, como único elemento de gobierno, lo que se ha llamado el principio de autoridad (...) Se desplegaba un verdadero lujo de crueldad y barbarie contra los reos de delitos políticos y hasta contra los jueces que procedían en esos casos con benignidad. La fuerza y el miedo eran los instrumentos favoritos” (Sergio Villalobos).
La guerra tuvo en los generales chilenos Bernardo O'Higgins y Ramón Freire sus grandes críticos, a punto tal que el primero vivía exiliado en el Perú durante su transcurso y manifestó claramente su opinión contra la misma. La burguesía comercial mapochina no estaba interesada en proyectos continentales. Le bastaba su supervivencia como clase dominante en su pequeña provincia.
El conflicto bélico tendría posteriormente su prolongación en la Guerra del Pacífico o Guerra del Guano en 1879.
La Guerra Civil de 1851
Las tendencias liberales de la sociedad chilena fueron, como se ha dicho, reprimidas durante los decenios oligárquicos. No obstante, la burguesía minera, enfrentada al conservadorismo terrateniente intentó durante esos años constituirse en una tendencia política orgánica. La Sociedad Literaria fue el centro inicial del liberalismo político chileno. Benjamín Vicuña Mackenna, Francisco y Manuel Bilbao y Manuel Guerrero -fundador de la Sociedad Caupoulicán, que agrupó a sectores plebeyos vinculados al artesanado- fueron las figuras más importantes hacia las décadas del 40 y el 50 del siglo XIX. Después de varias rebeliones y desórdenes provocados por el descontento social contra la dictadura conservadora, en 1850 se crea la Sociedad de la Igualdad. Su promotor fue Santiago Arcos, un afrancesado que pretendió desarrollar en Chile las ideas de la Revolución de 1848 en Francia, que al ser exiliado en la Argentina colaboró con Valentín Alsina, terminó sus días apoyando en Paris la posición mitrista sobre la Guerra del Paraguay. A Arcos se sumó la figura de Francisco Bilbao, un introductor del pensamiento social cristiano de Lamennais, que tuvo un fuerte impacto, a juzgar por la reacción de la jerarquía eclesiástica como por el apoyo logrado en algunas órdenes religiosas y muchos curas seglares.
En este ambiente intelectual y político se produjo el inicio de la Guerra Civil de 1851. El presidente Bulnes montó un gran fraude para garantizar el ascenso de Pedro Montt a la presidencia y hacer fracasar la tentativa electoral de los liberales. En septiembre de 1851, desde el interior del país y encabezados por la burguesía minera liberal, los opositores se levantaron en armas. El llamado Norte Chico, con las ciudades de La Serena y Copiapó, se convirtió en el centro del levantamiento. El nuevo intendente de La Serena no era otro que José Miguel Carrera, el hijo del caudillo revolucionario de la Patria Vieja. Al extenderse hacia el sur, el movimiento revolucionario sumó el apoyo de las tribus mapuches que nuevamente encontraban un cauce a sus ancestrales reclamos de tierras.
Es necesario incluir en este relato que, mientras Domingo Faustino Sarmiento apoyaba desde la prensa la candidatura de Montt, su contendiente Juan Bautista Alberdi inspiraba con su pensamiento a los grupos liberales de Concepción, donde había sido secretario de la Intendencia.
Después de intensos enfrentamientos y reiteradas intervenciones de la escuadra inglesa a favor del presidente Montt, la guerra terminó con la derrota completa de los liberales. Luis Vitale ha escrito sobre la intervención británica: “En Chile, la escuadra inglesa apoyó al gobierno de Montt porque su política de 'orden y progreso' daba garantías al desarrollo de los negocios mercantiles y financieros de la City, que podían ser trastornados por la 'anarquía' de los 'revoltosos' de 1851”
El 8 de diciembre, fue derrotado el general Cruz en Loncomilla, que con sus 2.000 muertos y unos 1.500 heridos se convirtió en una de las más sangrientas de la historia chilena.
La Guerra Civil de 1859
Ocho años después, las mismas razones que habían determinado el alzamiento de 1851 vuelven a producir un nuevo movimiento de rebeldía. La tensión entre la capital -y su puerto- y las provincias seguía siendo, como en el Plata, el principal motivo de conflicto. Los intereses de la burguesía minera del Norte Chico y de los productores agrarios trigueros y sus molinos en el sur confrontaban con los de la oligarquía comercial y latifundista de la zona santiaguina, que gobernó el país durante los decenios que se iniciaron con la presidencia de Joaquín Prieto.
La sociedad chilena se transformaba y el régimen conservador, aislacionista y despótico no lograba ya superar las profundas contradicciones postergadas durante treinta años. El sector liberal encabezado por José Miguel Carrera, hijo, y Benjamín Vicuña Mackenna, junto a la burguesía minera, expresada por los Matta y los Gallo; la mayoría de la intelectualidad orientada por Lastarria, Barros Arana e Isidoro Errázuriz; los terratenientes e industriales molineros del sur y el sector de conservadores ultramontanos -que había roto con el gobierno por sus medidas contra la Iglesia- formaban el poderoso núcleo social que enfrentaba el régimen portalino.
Entre enero y mayo de 1859, en el Norte Chico -las provincias mineras- y durante todo el año hacia el sur, en la frontera mapuche, la Guerra Civil volvió a teñir de sangre la política chilena.
La República Liberal o el ascenso de la burguesía minera
Las presidencias de José Joaquín Pérez, Federico Errázuriz, Aníbal Pinto, Domingo Santa María y José Manuel Balmaceda ocupan el período que va desde 1861 hasta 1891.
Fue un período de mayor auge económico que el anterior, ya que al aumento de las exportaciones de origen estrictamente agrario se sumaron el crecimiento de la extracción salitrera y el aumento de la producción de cobre.
Uno de los hechos más trascendentes, pues sus efectos alcanzan aún a nuestro siglo, fue la llamada Guerra del Pacífico o Guerra del Salitre que permitió a Chile incorporar las provincias de Tarapacá y Antofagasta, hecho que dejó a Bolivia sin salida al mar. El control definitivo de la Patagonia chilena, con la ocupación de Llanquihue y Magallanes, así como la jurisdicción estatal chilena sobre las tierras ocupadas por los mapuches, establecieron el mapa definitivo de Chile.
La presidencia de José Joaquín Pérez fue el resultado de la Guerra Civil de 1859, con el acuerdo entre la oligarquía terrateniente y la burguesía comercial exportadora con la burguesía minera que había impulsado el levantamiento. Vitale afirma, en este sentido: “Se continuó fomentando la economía de exportación y el librecambio, reforzándose los lazos de dependencia respecto de la metrópolis. Los gobiernos liberales no tomaron ninguna medida fundamental que afectara los intereses económicos de los terratenientes. Por el contrario, mantuvieron los privilegios de los latifundistas al ratificar la exención de derechos de exportación de trigo y otros productos agropecuarios”.
No obstante, como ocurrió en la Argentina en 1880, se afianzó el aparato del Estado con las leyes de sobre matrimonio civil, cementerios laicos y ampliación del derecho a sufragio. El período significó también el aumento y consolidación de una clase media urbana en ciudades, como Santiago, Valparaíso y Concepción, compuesta, entre otros sectores, por comerciantes minoristas y dueños de talleres artesanales. Hay también un crecimiento del artesanado que da origen a movimientos mutualistas, de raíz masónica que darán origen al Partido Radical. Sobre el final del período apareció también un fuerte aumento en la clase trabajadora minera del cobre y el salitre, portuaria y ferroviaria y la aparición de las primeras organizaciones políticas proletarias socialistas.
La candidatura presidencial, en 1875, de Benjamín Vicuña Mackenna, un intelectual y político liberal de los alzamientos de 1851 y 1859, además de defensor y propagandista de la unidad latinoamericana, atrajo, por su propaganda antioligárquica a muchos de estos sectores populares, robustecidos con la incorporación plena de Chile al mercado mundial.
La Unión Latinoamericana
En 1864, España llevó a cabo una brutal agresión a los países del Pacífico liberados de su coloniaje. Con su flota ocupó las islas Chinchas de Perú, muy ricas en guano. El argumento colonial e inicuo de la decadente potencia fue cobrarse la deuda por los gastos ocasionados por las Guerras de la Independencia. El presidente de ese momento Juan Antonio Pezet tuvo una actitud muy vacilante y se comprometió a pagar parte de la deuda. Ante ello, el coronel Mariano Prado se levanta en armas, depone a Pezet y se prepara para la defensa nacional. La agresión española generó un repudio popular masivo en Chile quien se comprometió a enviar ayuda material y a no vender carbón a los españoles. España reaccionó acusando a Chile de violar las normas del derecho internacional. Después de un entredicho diplomático, Chile terminó declarando la guerra a España. La flota española bombardeó el puerto de Valparaíso provocando importantes daños materiales y dos muertos por el ataque. Por fin, las escuadras chilena y peruana unieron sus fuerzas y finalmente el invasor debió abandonar las costas suramericanas del Pacífico.
Este fue un momento de gran resurgimiento de los sentimientos latinoamericanistas en todo el continente. En 1862 se había creado en Santiago “La Unión Americana”, una sociedad política que proponía la confederación de los países hispanoamericanos. A ella perteneció el caudillo Catamarqueño Felipe Varela, quien en su levantamiento contra Mitre y la Guerra del Paraguay, levantó la consigna de la Unión Americana. Fueron los miembros de esta sociedad quienes dieron refugió en Copiapó al derrotado Varela, quien falleció en aquella ciudad del norte de Chile.
En octubre de 1864 se reunió en Lima, Perú, el Congreso Americano, al que concurrieron delegaciones de Chile, Perú, Bolivia, Ecuador, Venezuela y Guatemala. Oficiosamente concurrió Domingo F. Sarmiento, quien fue desautorizado por el presidente Bartolomé Mitre, en un documento en el que sostenía que “Argentina no cometería la necedad de sacrificar las realidades nacionales a idealismos continentales”. Esta era la opinión de la estrecha burguesía comercial porteña sobre todo intento de unión americana.
La Guerra del Pacífico
Este es, como hemos dicho, el principal conflicto de la República Liberal. Según la opinión interesada y falaz del historiador oficial de la oligarquía chilena, Francisco Encina, “si entre las guerras que han estallado en la América Española hay alguna que haya surgido del subconsciente colectivo ajena a todo móvil económico, es precisamente la guerra del Pacífico por lo que respecta al pueblo chileno”. Nada más alejado de la verdad. La casi exclusiva causa de esta guerra fue el control de los yacimientos de salitre de Tarapacá y Antofagasta, razón por la que los historiadores la conocen como “la Guerra del Salitre”.
Hay que volver a citar a Encina, el Mitre de Chile: “La mayor cantidad de sangre goda que circulaba por las venas del pueblo chileno, en relación con sus hermanos, y la mayor suma de energía vital acumulada durante una dura y prolongada selección, lo impulsaron hacia las aventuras lejanas... ajenas a todo espíritu de conquista o de predominio político”. Esta mitología racista es todavía la causa del desprecio de las clases dominantes chilenas y sus políticos hacia “los cholos traicioneros” como llaman a bolivianos y peruanos. Pero tampoco fueron ajenos a esta guerra fratricida los intereses imperialistas ingleses y norteamericanos. Para esa época, el salitre se había generalizado en la agricultura como fertilizante. Su uso en la industria química y de explosivos amplió su importancia económica. La burguesía comercial de Valparaíso monopolizaba el comercio salitrero, lo que permitió una paulatina penetración de estos intereses en su producción, de la mano del capital inglés. Una serie de tratados muy desventajosos para Bolivia pusieron en manos de los chilenos la totalidad de los yacimientos en la costa de este país. Dice el chileno González Bulnes: “el privilegio era tan extremado, las concesiones tan vastas, que el pueblo boliviano protestó, con razón, enérgicamente contra ellas”.
El presidente peruano Manuel Pardo nacionalizó virtualmente en 1875 los yacimientos, obligando a las empresas a vender al estado las salitreras. El siguiente presidente del Perú, general Mariano Prado, terminó de nacionalizar todas las empresas vinculadas a la explotación del salitre. Para Vitale: “A nuestro juicio, las leyes de Pardo y Prado sobre el salitre han sido las medidas nacionalistas más importantes realizadas por un gobierno burgués de América Latina en el siglo pasado”.
El 14 de febrero, el ejército chileno invade y ocupa Antofagasta y al mes siguiente declara la guerra al Perú, que habían firmado un tratado secreta con Bolivia. Se inició entonces la guerra. En la confrontación Bolivia perdió Antofagasta, quedando privada de su salida al mar. El Perú, además de soportar cuatro años de ocupación militar, fue obligado a ceder Tarapacá, mientras que Arica y Tacna quedan bajo jurisdicción chilena, sujetas a un referendum posterior. Dice el chileno Pedro Godoy, a quien seguimos en muchas de sus opiniones: “La situación genera olas de 'revanchismo' en Perú y de 'triunfalismo' en Chile. Muros de rencor y altanería se edifican en ambos países. La Moneda juzga improbable ganar el plebiscito y opta por la chilenización compulsiva. Tacneños y ariqueños son objeto de asesinatos y vejámenes. No pocos son deportados vía marítima. La paliza y la pedrada atemorizan a los votantes peruanos. Se les clausura escuelas y boicotea tiendas. Hay prohibición para los chilenos de cultivar amistad con 'los enemigos de la patria'”.
A lo largo de todo el conflicto Estados Unidos respaldó abiertamente al gobierno peruano, mientras que Inglaterra se alineó con el de Chile, que pasó a ser uno de sus principales y más permanentes aliados en la región.
Ascenso y caída de José Manuel Balmaceda, “Varón de una sola agua”
En la década del 80 del siglo XIX Chile se convirtió en una semicolonia inglesa. La penetración del capital británico en la minería significó una paulatina declinación de la antigua burguesía local, mientras el conjunto de los recursos naturales pasaron a ser explotados por intereses extranjeros. Esta dependencia tuvo un correlato en el plano cultural y de la vida cotidiana. Las ideas, las costumbres, las corrientes literarias y artísticas, los planes educaciones eran calcos de los de Europa y parecían destinados a alumnos de aquel origen. Simón Rodríguez, el maestro de Bolívar, que vivió en Chile muchos años se quejaba de que se estudiaba más a los griegos que a los compatriotas indígenas que vivían en el país.
Todo esto provocó el nacimiento de un reverdecido nacionalismo, que será liderado a partir de 1890 por el presidente José Manuel Balmaceda.
Hijo de una familia de terratenientes que, según dicen sus biógrafos, administraban sus fundos con modernos criterios capitalistas, Balmaceda, nacido en 1838, fue embajador en Buenos Aires durante la Guerra del Pacífico, Ministro de Relaciones Exteriores, Ministro del Interior y en 1886 era el candidato a suceder al presidente Santa María. No obstante su adscripción al Partido Liberal y a la influencia que tenía entre sus filas, su presidencia se caracterizó por una reformulación del papel que el Estado nacional debía jugar en el desarrollo económico del país. En su discurso de campaña sostuvo: “Si hacemos concurrir al Estado con su capital y sus leyes económicas y concurrimos todos, individual o colectivamente, a producir más y mejor y a consumir lo que producimos, una savia más fecunda circulará por el organismo industrial de la República y un mayor grado de riqueza nos dará este bien supremo de un pueblo trabajador y honrado. Vivir y vestirnos por nosotros mismos”.
Por primera vez en la historia chilena un presidente formulaba estos elementales principios de nacionalismo económico, quebrando una tradición basada en el librecambio impuesto por los ingleses. Asume la presidencia, a los 48 años, con una alianza entre el partido Liberal, el Radical y el Nacional y forma un gabinete multicolor. Con las ingentes entradas del negocio salitrero, el gobierno se lanza a una vasta obra de infraestructura. Con ello tendía, a su vez, a la reactivación del país. Bajo su gobierno, la tradicional influencia francesa en las fuerzas armadas fue reemplazada por la más moderna en la época, la alemana.
En la segunda mitad de su gobierno, a partir de 1886, Balmaceda se lanza a una audaz política de intervención estatal en la industria del salitre, que lo llevará a enfrentarse con el imperialismo inglés y con las clases dominantes tradicionales de Chile. Esta nueva política encontró de inmediato fuertes críticas en la prensa probritánica. El “The Chilian Times”, editado en Valparaíso, atacó al gobierno por su posición “estrecha de espíritu” cuando el principal empresario salitrero John T. North viajaba de Inglaterra a Chile. Un periodista que acompañaba al magnate explicaba en la presa que el presidente Balmaceda “ha pronunciado discursos que pueden ser considerados como la enunciación de una nueva política: "Chile para los chilenos”.
El otro aspecto al que se abocó su política nacionalista fue el de los ferrocarriles, también en manos del capital inglés, sobre todo vinculado a la explotación de salitre. También enfrentó a los bancos privados, culpables en gran medida del proceso inflacionario que afectaba al país.
La oposición a Balmaceda reunió a todos los sectores oligárquicos del país, cuya sobrevivencia dependía de la dominación inglesa. Al salir en defensa de ella, salió a defender el tipo de país y de dominación que se había establecido a partir de 1830 con la conducción de Diego Portales. El nacionalismo de Balmaceda ponía patas para arriba la alianza con el Reino Unido.
“El señor José Manuel Balmaceda es un liberal rojo. Su voz es vibradora y dominante; su figura llena de distinción; la cabeza erguida, adornada por una poblada melena, el cuerpo delgado e imponente, su trato irreprochable, de hombre de corte y de salón, que indica a la vez al diplomático de tacto y al hombre culto. Es el hombre moderno”, escribió sobre este patriota chileno el gran Rubén Darío, quien lo visitó en plena crisis política.
La campaña de la oposición, con intensa participación inglesa, tuvo las características que luego tendrían todas las políticas de debilitamiento y derrocamiento de los gobiernos que defienden los intereses nacionales y populares. Tuvo su epicentro en el Parlamento, movilizó a los estudiantes, todos hijos de familias oligárquicas, que se convirtieron en violentos grupos de choque de la oposición, en nombre, como no podía ser de otra manera, de “la libertad”. Se comenzaron a organizar comités revolucionarios que daban instrucción militar a sus miembros, reclutados en las clases altas y en los sectores de clase media bajo su influencia. Parte del clero también formó parte de la campaña contra Balmaceda, tratando de influir sobre los sectores más populares, acusando a Balmaceda de “diabólico”. En 1890, el diario El Mercurio pedía la intervención de los militares, junto con toda la prensa de la época. Recién en ese año el gobierno logró tener un diario favorable, La Nación.
Casi la única base de sustentación de Balmaceda fue el ejército y algunos sectores del partido Liberal y el Democrático, un partido de clase media. La clase trabajadora minera y del salitre, como ha ocurrido otras veces en nuestra historia, con sus huelgas ayudó a debilitar el gobierno nacionalista burgués de Balmaceda.
La guerra civil de 1891
En enero de 1891, el capitán de navío Jorge Montt subleva a la marina y se de inició al movimiento tendiente a destituir al presidente. Balmaceda, ya planteada la guerra civil, comenzó a golpear a los sectores oligárquicos de la oposición en sus propiedades. Ordenó la intervención de bancos ‘y cerró las cuentas bancarias de los opositores. Clausuró la casa comercial Besa y expropió ganados y miles de toneladas de trigo a los latifundistas sediciosos. Debido a la actitud facciosa del alto tribunal del país, Balmaceda resolvió desconocer los acuerdos de la Corte Suprema y de Apelaciones y ordenó la clausura de los Tribunales de Justicia.
Finalmente el ejército logró ser dividido por los insurrectos y el 20 de agosto de ese mismo año, la oligarquía chilena y el imperialismo inglés lograron derrocar al presidente Balmaceda, el más nacionalista y patriota del siglo XIX. Balmaceda se refugió en la legación argentina, donde se suicidó el 19 de septiembre, día en que finalizaba su mandato presidencial. El derrocamiento de Balmaceda fue la más sangrienta guerra civil de los chilenos: más de 10.000 hombres quedaron en los campos de batalla.
Con esto terminaba el intento de liberar a Chile de la estructura agro-minero exportadora, dependiente del Imperio Británico, y generar las condiciones para una desarrollo burgués capitalista autónomo. Chile entró al siglo XX con el mismo paso y en la misma senda que los demás países de la región. Su particular inserción en el mercado mundial y la solidez de su clase social dominante le dieron una estabilidad singular en la región. A su vez, su apertura al Pacífico y su particular aislamiento la hicieron esa “isla” de la que hablaba Alberto Methol Ferré.


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