6 de julio de 2006


4 de julio de 2006

Una nueva escalada continental contra Hugo Chávez

Se lanzó la lucha contra la integración suramericana

Por Julio Fernández Baraibar

Por primera vez desde que asumiese como presidente de su país, la política continental de Hugo Chávez y el decidido papel que ha comenzado a jugar en la integración suramericana ha sido usado como argumento electoral en contra de un candidato que mejor expresaba esa política, el peruano Ollanta Humala. Alan García, putativo heredero de aquella Alianza Popular Revolucionaria Americana fundada por Víctor Haya de la Torre, ha tenido el honor de inaugurar esta nueva escalada imperialista contra la unidad de nuestro continente.


Durante la campaña electoral y, lo que es aún peor, después de ella, García desempolvó los viejos argumentos usados contra Perón, en la década del 50
[1], dirigidos ahora contra quien mejor interpreta aquella concepción del caudillo argentino, el venezolano Hugo Chávez. En un discurso pronunciado al día siguiente de su elección, el nuevo presidente peruano se refirió al resultado del comicio comparándolo con “un nuevo Ayacucho” librado no contra el TLC, el saqueo minero, la dictadura mediática del gran capital imperialista, ni la miseria de las grandes masas campesinas indígenas, sino contra las pretensiones imperialistas de… Hugo Chávez.

Contra el eje Argentina-Brasil-Venezuela

La resistencia de los EE.UU. a la unidad suramericana ha encontrado, entonces, un nuevo vocero y una nueva expresión. En efecto, ha quedado demostrado que la constitución de una gran Unión Democrática de todas las fuerzas proimperialistas en el continente ya no puede estructurarse declaradamente alrededor de los EE.UU. ni en contra de la integración. El desprestigio de Washington en nuestra región y el desarrollo alcanzado por el proceso integrador objetivo han enviado todo argumento a favor del primero o en contra del segundo al apolillado baúl ideológico del neoliberalismo hoy en retroceso.


Ese frente de fuerzas contra la liberación y unidad continentales ha debido buscar nuevas argumentaciones y las ha encontrado: quebrar el eje establecido entre Brasil, Argentina y Venezuela, limitar la influencia política de éste último país a tan sólo su capacidad petrolera y volver al Mercosur del fin del siglo, al que el escritor y embajador argentino Abel Posse definió como “un Mercosur de mercachifles”, caracterizado por la preeminencia de las empresas multinacionales en su constitución. Para ello debe proponerse reunir en un solo haz a todos los sectores de derecha y de izquierda que se oponen a este eje articulado por la propuesta venezolana de construir el gasoducto continental y ofrecer falsas alternativas integradoras. Una de ellas es, entonces, volver a un eje Argentina-Brasil, similar al de la época de Menem-Cardoso, quitando de la actual constitución la desafiante y plebeya presencia de la revolución bolivariana.

Otra de esas alternativas, que también se están desarrollando ante nuestros ojos, es el elogio al modelo chileno, a la Concertación y, sobre todo, al ex presidente Ricardo Lagos, extensivo a su sucesora la presidente Bachelet. Poniendo el acento en aspectos de democracia puramente formal, en la supuesta estabilidad económica alcanzada por Chile y en su aparente firmeza institucional, los elogios ocultan sistemáticamente la naturaleza de la política exterior mapochina, profundamente opuesta al Mercosur y a la unidad continental, su alianza estratégica con los EE.UU. y su simpatía por el Reino Unido.

La otra forma de acercamiento indirecto al enfrentamiento con la política bolivariana es la campaña de desprestigio al estilo con que Chávez la plantea. Desde los insultos de Alan García a los comentarios maliciosos que se pueden leer diariamente en la gran prensa del continente se intenta convencer a los sectores medios de las grandes ciudades que las propuestas bolivarianas son poco serias e impropias de países democráticos, blancos y civilizados.

Y después del resultado peruano se agrega el argumento de que el apoyo de Chávez es, por su supuesta incontinencia verbal, su populismo y su afán hegemónico, perjudicial desde el punto de vista electoral, tema éste que significa la mayor preocupación intelectual de la mayoría de los políticos del continente.

Operativo “anti Mar del Plata”

En la Argentina esta maniobra ha comenzado a manifestarse con claridad. La aparición del doctor Roberto Lavagna como posible cabeza de un frente opositor al presidente Kirchner con cierto apoyo en los sectores medios ha tenido como ingrediente inevitable las críticas al presidente venezolano, a su política integradora, ocultando y tergiversando el papel que ha tenido Venezuela en la superación de la crisis económica y financiera de nuestro país.

Se trata, en realidad, de retrotraer la posición continental de nuestro país a antes de la reunión cumbre de Mar del Plata. En efecto, la firme crítica formulada por el presidente Néstor Kirchner a la propuesta del ALCA y la articulación manifestada con el presidente Hugo Chávez en cuanto a una actitud de resistencia a la hegemonía yanqui significó un punto crucial en la política de integración. Comenzó a hacerse evidente que Venezuela había comenzado a jugar un papel decisivo en un juego que hasta ese momento sólo tenía a Argentina y Brasil como protagonistas principales. Escribimos en un artículo anterior:

“Es cierto que Brasil, hasta la aparición de Chávez en la escena continental, ha sido el principal impulsor y promotor del Mercosur y la integración. La desindustrialización de Menem en la Argentina y su política monetaria que favorecía la importación dejaron a nuestro país –que, en 1950, había creado, por obra del general Juan Domingo Perón, la tesis de la integración con el Brasil–, fuera de toda posibilidad de liderazgo. Durante largos diez años el Brasil tuvo a su lado un socio bobo que prefería la paridad uno a uno con el dólar y las relaciones carnales con los EE.UU. Esto hizo ver al país lusoparlante como el campeón de la integración, con una cancillería y con intelectuales orgánicos que actuaban y pensaban en función de la misma”
[2].

Esta situación cambió con la aparición marplatense de Chávez y con el giro impuesto por el presidente Kirchner. El presidente venezolano había comenzado a unificar tras de sí, con su estrategia bolivariana y los recursos generados por su petróleo, a la Suramérica hispanohablante, y, con este conjunto, sentarse a la mesa con el Brasil, dotando así al proyecto unificador de una estrategia y una visión histórica.

Disolver lo alcanzado en Mar del Plata significa cambiar de blanco a negro la política exterior argentina fijada en el discurso del presidente Kirchner y obligar a la Argentina a diferenciarse radicalmente del discurso de Chávez en el Estadio Mundialista, en aquella oportunidad.

“Alineamiento con Caracas”

La prensa y los periodistas regiminosos, acuñadores de los lugares comunes con que se manipula a la opinión pública, han comenzado a hablar críticamente del “alineamiento con Caracas”, como si nuestra política exterior repitiera el mismo tipo de alineamiento automático que Menem y Di Tella asumieran con respecto a los EE.UU. La palabra “alineamiento” supone un seguidismo perruno, una especie de obediencia ciega que sólo favorece al país detrás del cual el otro se alinea. Con esa implícita condena se refieren, entonces, a la nueva situación continental que se caracteriza, como decimos, por la presencia de Venezuela en este nuevo Mercosur
El objetivo de mínima de este operativo es, en la perspectiva más probable de la continuidad electoral de Néstor Kirchner, presionar sobre éste para que modifique esa política, haciéndole creer que ése es su punto débil y que desmerece su gobierno. En el orden de la política suramericana el objetivo central de la maniobra es Chávez, no Kirchner. Si el presidente argentino cediese o retrocediese del punto alcanzado en su discurso de Mar del Plata, el que se debilitaría es Chávez y la revolución bolivariana de manera directa, aunque cualquier manifestación de debilidad en este punto terminará afectando al presidente argentino y su intento de mantener una política de independencia nacional.

El “alineamiento con Caracas” presupone también presentar la generosa y solidaria actitud venezolana en ocasión de la compra de nuestros bonos como un simple buen negocio que nos obliga a enfrentarnos “innecesariamente” con los EE.UU. y el mundo desarrollado. A la vez se insinúa que con la presencia de Chávez se intenta imponer el “modelo cubano”, metiendo una cuña entre sectores sociales y políticos que se beneficiarían con los negocios con Venezuela.
En suma, es evidente que después de la sorpresa y el desconcierto iniciales, las fuerzas políticas del imperialismo y las oligarquías regionales, han comenzado una nueva ofensiva contra el proceso de integración suramericano. El mantenimiento, contra viento y marea, de una unidad entre Argentina, Brasil y Venezuela y la ampliación de la alianza al mundo andino es el principal escollo al nuevo despliegue imperial. Los lobos disfrazados de ovejas no pueden volver a engañarnos.


[1] Ver Un Solo impulso americano – El Mercosur de Perón, pág. 90 y ss. Fondo Editorial Simón Rodríguez, Buenos Aires, 2005.

[2] El Libertador ha entrado en tierra brasileña, por Julio Fernández Baraibar, Question Latinoamerica, junio 2006.