3 de febrero de 2008


El Chad

Esta nota fue escrita en el año 1983. Los acontecimientos que hoy se viven en el Chad le han dado una nueva vigencia. Algo de lo allí expresado puede iluminar el análisis sobre la confusa información periodística.






La Herencia colonial de Miterrand

En 1955, hace menos de treinta años, Francia era junto con Gran Bretaña, la potencia colonialista más importante en África. Lo que hoy es Marruecos, Tunez, Argelia, Mauritania, Mali, Senegal, Alto Volta, Guinea, Costa de Marfil, Dahomey, Níger, Chad, la República Central Africana, Congo Brazzville, Gabón, Madagascar, Dyibut, Togo y Camerún eran –hace menos de treinta años- colonias francesas.
Heredadas gracias a la ambición e inescrupulosidad de tenaces buscadores de oro y marfil, traficantes de esclavos y aventureros sedientos de emociones fuertes y consolidadas merced a la participación decisiva del estado forjado por Luis Napoleón, el imperio colonial francés mantenía bajo su égida a millones de almas. Constituía un mosaico racial, religioso y lingüístico para el cual la Declaración Universal de los Derechos del Hombre, aprobada por los revolucionarios parisinos en 1789, sólo era una carta de indemnidad para el ejercicio de los naturales derechos del hombre blanco civilizado sobre los inocentes salvajes de color.
Al terminar la Segunda Guerra Mundial, el África musulmana y el África negra se levantan, no pocas veces en armas, contra el poder colonial. Se dan a la tarea vasta e ímproba de formar naciones y estados nacionales sobre las arbitrarias fronteras dejadas por el hombre blanco, con poblaciones caprichosamente divididas y sobre estructuras sociales y económicas que combinan –con artes dignas del doctor Frankestein- puertos y ciudades costeras de un relativo desarrollo comercial con tribus nómades y métodos agrícolas casi prehistóricos.
Francia, al igual que Inglaterra, no acepta resignada la pérdida de sus territorios ultramarinos. En 1953, Guy Mollet, el presidente socialista del Consejo de Ministros, decide el envío de legionarios y paracaidistas franceses a Argelia para sofocar militarmente el movimiento independentista. Un año después, la “derrota” de Dien Bien Fu -como se conoce en Francia al triunfo de las fuerzas vietnamitas patriotas- da fin a las posesiones francesas en el Lejano Oriente. En 1956, nuevamente el ejército francés es enviado a luchar en el extranjero: la nacionalización del Canal de Suez por parte del presidente Nasser crea en el gobierno del Eliseo un sentimiento de obligación a participar, junto a americanos e ingleses, contra el amenazador nacionalismo árabe..
Es posible que Francois Mitrerrand haya reflexionado en estos antecedentes al envolverse en el enmarañado conflicto del Chad. Alrededor de 2.500 legionarios, aviones de combate Jaguar y Mirages F1, misiles Crótalo y aviones de reaprovisionamiento KC135 se encuentran estacionados en la capital del país centroafricano para apoyar el gobierno de Hissene Habré contra los rebeldes dirigidos por Gucuni Uedey. La importancia de la presencia francesa ha convertido la guerra civil en otro punto álgido del ya crítico continente africano.

El Chad: un país que no existe
“Le Nouvel Observateur” sostenía hace unas semanas que Francois Miterrand habría afirmado en privado que el Chad no existe. Su superficie de 1.300.000 kilómetros cuadrados es en un 70% una dilatada prolongación del desierto del Sahara y en el 30% restante una tórrida sabana con una temperatura media de entre 25 y 30 grados. La población de tan sólo 2.700.000 (1) habitantes está constituida por grupos islámicos e islamizados en el norte –dar al Islam, la tierra del Islam- y en el sur, por diferentes grupos lingüísticos negros, cristianos y animistas –dar al-Abid, la tierra de los esclavos-.
La casta de los hadades, formada por antiguos esclavos, sufre todavía hoy una fuerte discriminación. Existen cuatro o cinco idiomas y muy escasos –si alguno- sentimientos de pertenencia nacional.
Su historia (ver Recuadro, más abajo) es un ejemplo típico de desarrollo colonial. En 1956, el protectorado del Chad se convierte en estado miembro de la Comunidad Francesa, con el nombre de República del Chad. Cuatro años después obtiene la independencia y ocupa un escaño en las Naciones Unidas. El territorio que había sido una simple unidad administrativa colonial, se convertía en un país. Ni siquiera la reconocida eficiencia burocrática gala era capaz de semejante milagro.
El país es uno de los más pobres del África y en la actualidad carece de recursos, incluso para sostener a su delegación en la ONU. Por reales razones económicas o por imprevistos financieros, los representantes chadianos en Nueva York se han visto obligados en los últimos días a acudir a organizaciones de beneficencia para obtener su ración gratuita de alimentos y el desalojo por falta de pago amenaza a la oficina diplomática. Producto de la demencia colonialista que caracterizó la presencia europea en el resto del mundo, el Chad es a duras penas un estado, escasamente un país y de ninguna manera una nación en el sentido social y político del término. Y Francois Miterrand ha mandado sus paracaidistas para, según sus palabras, "mantener la autodeterminación del Chad y evitar la ingerencia extranjera".

Quienes son los extranjeros
En 1975, un golpe militar derroca al presidente Tombalabaye y asume la primera magistratura el general Félix Malloum. Su primer ministro fue el actual jefe de estado Hissene Habré. Junto a él actuaba su enemigo de hoy, Gucuni Uedey, ambos musulmanes y provenientes de las provincias norteñas. Los enfrentamientos tribales, las diferencias religiosas y la escasez de recursos naturales hacían difícil la tarea del gobierno radicado en la capital N’Djamena.
Habré quitó del medio, poco después, al general Malloum y comenzó a practicar una suerte de nacionalismo tribal, similar al que hiciera tristemente célebre al ex emperador Bokasa –en África Central- y al también depuesto Idi Amin de Uganda. Contaba con el apoyo de los gobiernos occidentalistas de Zaire y África Central. Su opositor Uedey loga destituirlo en 1980, con ayuda del coronel libio Kadafi, y establece el llamado Goibierno de Unidad Nacional del Chad. Así comienza la guerra civil. La presión francesa sobre el gobierno de N’Djamena logra el retiro de las fuerzas libias. Poco tiempo después –ya en 1982-, y con el apoyo de tropas del Zaire, Hissene Habré vuelve a ocupar la presidencia.
El ahora rebelde Uedey vuelve a pedir ayuda a su amigo libio y desde el norte inicia una contraofensiva que logra reocupar la principal ciudad de la zona, el oasis Faya-Largeau. Entonces, muy discretamente, comienza Francia a enviar material y ayuda sanitaria al régimen de Habré. La Central de Inteligencia Americana hace lo mismo sin ocultarlo y considera a Habré como “el legítimos representante del pueblo chadiano”. Por otro lado, los franceses estimulan a Mobutu, el presidente del Zaire, a enfrentar al peligro libio y éste envía unos 2.500 soldados formados y entrenados por Israel. Para alcanzar el Chad deben atravesar la República Central Africana, donde hay estacionados fuertes contingentes de la Legión Extranjera francesa, operación que se hace con el asentimiento del Quai d’Orsay.
Gracias a la ayuda franco-americana Habré logra retomar la ciudad norteña. Mientras tanto, aviones americanos de espionaje Awac controlan los movimientos de las fuerzas libias y se apresuran a transmitir sus informaciones la gobierno socialista francés. En agosto de este año, Francois Miterrand dio el visto bueno a la operación Manta, “el operativo militar más importante después de la guerra de Argelia” –según la prensa francesa-.
¿Cuáles son entonces las fuerzas extranjeras a las que el gobierno francés enfrentará en el desierto del Chad? La pregunta no deja de ser retórica, puesto que la única intromisión que Francia –así como EE.UU.- consideran amenazantes para sus intereses geopolíticos en la región son las tropas del ejército libio. Los titulares de los diarios occidentales compiten en los juicios severos sobre Mohamed Kadafi: el Time lo considera “el hombre más peligroso del mundo”, mientras que el izquierdista Le Nouvel Observateur se pregunta “cómo parar a Kadafi”. Y esto último es sin duda el objetivo final del compromiso francés. Todo el gabinete de Miterrand, desde el ministro de Defensa Charles Hernu y Guy Penne, consejero de Asuntos Africanos, hasta el ministro de Relaciones Exteriores, Claude Cheysson y Regis Debray, consejero de Asuntos Latinoamericanos, coinciden en la necesidad de detener el llamado expansionismo libio y aprueban el envío de tropas y pertrechos.

El Chad del Norte y el Chad del Sur
Los observadores concuerdan en apountar que las tropas francesas no piensan pasar más al norte del paralelo 14, límite imaginario entre la región norte y la sur. Pero están dispuestas a no permitir el avance de las tropas del rebelde Uedey más allá de esa “línea roja”, como la llaman los estrategas franceses. El presidente Habré ha denunciado, poco antes de su visita a la ciudad francesa de Vittel, con motivo de la reunión cumbre afro-francesa, que Miterrand quiere partir el Chad. En realidad, no le faltan antecedentes a la diplomacia francesa. Para una solución de ese tipo. La antigua Indochina quedó durante varios años dividida en Vietnam del Norte y del Sur y empantanada en una guerra que ocupó los titulares durante más de una década.
Pero ¿cuál es a esta altura el objetivo del dirigente libio? Desde la revollución del 1º de setiembre de 1969, que llevó al poder al ejército libio influido por la prédica nacionalista de Gammal Abdel Nasser, Kadafi no ha ocultado sus deseos de unificar los distintos países árabes. En varias oportunidades y con variada suerte ha intentado federar su país, ora con Egipto y Sudán, ora con Siria, ora con Túnez. La existencia, al sur de sus fronteras, de un territorio casi deshabitado y con dificultades casi insalvables para constituir un estado nacional, no puede sino interesar al coronel del desierto. Por otro lado, le permite poner en tela de juicio la validez de las fronteras legadas por la descolonización, objetivo que siempre ha estado presente en su nacionalismo. En realidad, el Chad podría sobrevivir como estado nacional sólo al amparo y con la ayuda de algún amigo más rico y poderoso. Francia estima que su carácter de antiguo amo colonial le otorga prioridades en ese sentido. Kadafi ha decidido cuestionar las prerrogativas galas. Prefiere que sean sus soldados y no la Legión Extranjera, quienes establezcan las bases políticas para la existencia del Chad.
Miterrand, quien en la ya mencionada reunión de Vittel celebrada en la primera semana de octubre esperaba lograr un apoyo de las ex colonias francesas a su política, se encuentra en un grave dilema. Por razones que hacen a su imagen de hombre de izquierda no quiere aparecer como un gendarme en África y desea diferenciar su política exterior de la de los EE.UU. Y por razones que hacen a los intereses, por así decir, permanentes de la política exterior francesa, sostiene más de 10.000 soldados en las antiguas posesiones. Un diplomático africano explicaba de esta manera la situación: “un esclavo no se convierte en ciudadano libre por la simple abolición de la esclavitud. Se requieren años de integración y ejercicio de sus derechos. De la misma manera, un ex amo no puede, durante largos años, evitar un gesto peyorativa ante el antiguo siervo”.
Por estas razones psicológicas o por otras, la herencia colonial de Francia pesa sobre los hombres del presidente socialista. Reduciendo su importancia en la hora de la toma de decisiones disminuiría su respetabilidad en el exclusivo club de “los grandes”. Siguiendo sus dictados se esfuman los ideales de ofrecer al Tercer Mundo una alternativa intermedia entre Washington y Moscú. El balance exacto entre estos dos valores, la respetabilidad y el idealismo, ha sabido convertirse muchas veces en la negación de ambos, el cinismo.
Estocolmo, octubre de 1983.

Recuadro

Negreros y Franceses
La historia conocida del Chad se remonta a los orígenes de la expansión musulmana como posta de paso para las caravanas transsaharianas. En el siglo XVI se consolida en el norte el reino islámico de Baguirmi, que ocupa e islamiza la región del sur, la cual es frecuentemente sometida a levas de esclavos. En el siglo XIX comienza la penetración europea, simultáneamente con la ocupación por parte de negreros egipcios. El asesinato del explorador Crampel da motivo a la intervención francesa, la que dirigida por el general Gentil, conquista la región y establece el protectorado galo en 1897. El acuerdo franco británico de 1898 permite a Francia unir esta región con las colonias de Senegal, Argelia y Congo. En 1901, el coronel Largeau ocupa la parte norte y somete a las tribus de la región Uaday, en el límite con Níger, fundando el fuerte que hoy lleva su nombre –Faya-Largeau-. El protectorado francés lentamente va anexando territorios vecinos, por medio de la ocupación militar o a través de tratados con ls otras potencias coloniales. Así, por ejemplo, el acuerdo franco-alemán de 1911 entrega Camerún al Kaiser, mientras que la República Francesa se hace cargo de la región oeste, conocida como Bec-de-Canard. En 1940 el gobernador de color Eboué considera que el protectorado del Chad ha consolidado sus fronteras y tiene el honor de ser la primera colonia que reconoce al gobierno de la Francia Libre, asentado provisoriamente en Londres.
Durante la Segunda Guerra Mundial se convierte en base de operaciones de las fuerzas francesas aliadas, para atacar los asentamientos italianos en Libia. Al finalizar la contienda se organizan distintas formaciones políticas destinadas a elegir representantes a la Asamblea Territorial –una especie de parlamente para las posesiones ultramarinas-. El partido Progresista Chadiano obtiene la mayoría de la representación. Será ese partido quien ocupará el gobierno cuando, en 1958, la colonia es declarada independiente. En la actualidad no existen partidos políticos tal como se los conoce en América Latina o Europa (2) . No obstante ello, la constitución del país es similar a la de la República Francesa.

(1) Según Wikipedia, al año 2007, Chad tiene una población de 9.885.000 habitantes. La mitad se concentra en el sur.

(2) Los partidos políticos se legalizaron en 1992.

1 de febrero de 2008

Gustavo II Adolfo de Suecia, según Franz Mehring



Cuando estudiaba Historia en la Stockholms Universitet tuve oportunidad de leer un pequeño librito de Franz Mehring sobre el rey sueco Gustavo II Adolfo, jefe de los ejércitos protestantes e invasor de Alemania, durante un período de la Guerra de los Treinta Años. Lo había encontrado en una biblioteca, en una edición no muy reciente y al devolverlo perdí todo contacto con el libro. Tuve oportunidad de reencontrarlo, en su versión sueca, en Internet, en la excelente Biblioteca Marxista www.marxists.org .
Por las razones que apunto más abajo decidí traducirlo al español e intentar que alguna editorial considere su publicación. Mientras logro esto último presentó acá la Introducción.

Franz Mehring


Introducción a la traducción al español

Franz Mehring no necesita mucha presentación para un público acostumbrado a la lectura de los clásicos del pensamiento marxista. Nacido en Pomerania, en el norte de Alemania, en el año 1846, murió en Berlín en 1919, pocos días después que sus camaradas y amigos Rosa Luxemburgo y Kart Liebknecht fueran asesinados por los guardias blancos de la reacción imperial, al fracasar la revolución alemana de 1918.

Ingresó a la política apoyando el proceso de unificación alemana liderado por Bismarck, desde una perspectiva liberal, para coincidir, poco después, con las posiciones expresadas por los socialdemócratas encabezados por Fernando Lasalle. Ingresó al Partido Obrero Socialdemócrata Alemán, donde se convirtió en uno de sus principales periodistas y publicistas. Entre 1902 y 1907 fue el editor jefe del periódico socialdemócrata Leipziger Volkszeitung. Entre 1906 y 1911 enseñó en la escuela del partido. Fue miembro del parlamento prusiano entre 1917 y 1918. Comienza a distanciarse de la socialdemocracia con motivo de la votación a favor del presupuesto de guerra por parte del bloque de su partido en el parlamento alemán, hecho que tuvo enormes consecuencias en la historia de la socialdemocracia europea. El hecho puso fin a la existencia de la II Internacional y los partidos socialistas europeos apoyarán a partir de allí a sus respectivas burguesías en la matanza interimperialista de 1914, la Primera Guerra Mundial. En 1916 es fundador, junto con Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht, de la Liga Espartaquista que expresaba los puntos de vista de la fracción socialdemócrata opuesta a la colaboración de los trabajadores con la guerra imperialista.
En 1918, un año antes de su muerte, dio a conocer su libro “Carlos Marx” (Editorial Grijalbo, México, 1957), producto de sus clases en la escuela de la Liga Espartaquista, y que constituye la mejor biografía política del fundador del materialismo histórico escrita hasta el presente.
La unidad nacional alemana, la destrucción de los impotentes principados que retrasaron más de trescientos años la creación de un estado alemán centralizado y, por lo tanto, el pleno desarrollo de sus fuerzas de producción fueron los objetivos por los que se lanzó a la política y el principal impulso a su incorporación a la socialdemocracia. En su pensamiento, sólo el proletariado alemán podría llevar adelante esas formidables tareas, ante lo que consideraba la debilidad de la burguesía germana y su miedo a encarar las necesarias transformaciones que implicaban, entre otras, la abolición de la monarquía y de los residuos feudales.
En 1894 publicó este folleto sobre el rey sueco Gustavo II Adolfo, quien en el transcurso de la Guerra de los Treinta Años, invadió y saqueó el suelo alemán, y al que la burguesía sueca y la alemana, lo que despertó en Mehring una profunda indignación, erigieron en un guerrero por la libertad de conciencia contra la servidumbre del catolicismo y los jesuitas. Para desmentir esta falacia, Mehring hace en este folleto un ejercicio de revisionismo histórico sobre la figura del monarca sueco, sobre la Guerra de los Treinta Años y sobre la reforma luterana.
Dos cosas, entre otras, deja en claro el folleto:
1. La profunda transformación económica que, con el ropaje de turbulencias, enfrentamientos y guerras religiosas, conmovieron a la sociedad Europea a partir de fines del siglo XV.
2. Y dentro de ello, Mehring establece un punto de vista, a mi entender, novedoso al apartarse de la condena adocenada del progresismo de izquierda al absolutismo de los Austria y a la contrarreforma jesuítica. Con una luz impiadosa ilumina las pequeñeces del luteranismo y de su fundador y algunos seguidores, así como la infamia de los príncipes alemanes, luteranos y católicos, mientras que eleva al Mariscal de las fuerzas del Sacro Imperio Romano Germánico y de la Liga Católica, el bohemio católico Alberto de Wallenstein a la altura de un fallido, pero hábil y esforzado, protounificador del reino alemán.
Su afirmación de que, siendo Alemania uno de los países más atrasados de Europa occidental de entonces, la religión alemana (el luteranismo) no podía ser sino una religión atrasada, y su descripción del jesuitismo como, junto con el luteranismo y el calvinismo, la expresión de las nuevos formas de producción capitalista en la esfera religiosa, aportan un novedoso, pese a lo centenario del texto, e iluminador punto de vista.
La otra razón que me motivó a la traducción del texto, además de su ausencia en la literatura en castellano, es que la lucha secular por la unificación de Alemania, más allá de las obvias y enormes diferencias de tiempo, lugar y cultura, y de la existencia arrasadora en nuestros días de un imperialismo económico inexistente en el siglo XVII, tiene ricos y aleccionadores puntos de contacto con nuestra lucha por la unidad de América Latina. También aquí encontramos figuras similares a los “déspotas enanos” que menciona Mehring, al referirse a la miríada de duques, condes, margraves, marqueses, príncipes, príncipes electores, obispos, arzobispos y emperador que usufructuaban el trabajo de los campesinos y las ciudades alemanas. Nuestras impotentes repúblicas, sus muecas de soberanía frente a los vecinos y su lacayuna obediencia al imperialismo, juegan el mismo papel que aquellas, son el impedimento para nuestra existencia como nación continental soberana.
Si Francia, por un lado, y la rapiña sueca, por el otro, más la traición de los príncipes, católicos y protestantes, fueron la razón principal para que Alemania entrara trescientos años tarde al concierto europeo, como nación moderna, así hoy el sistema imperialista que rige sobre EE.UU. y Europa, y se descarga sobre el mundo semicolonial, y la traición de las oligarquías latinoamericanas constituyen el principal impedimento de nuestra unificación nacional.
Para no hablar de los historiadores de nuestra balcanización que, así como el partido de la reacción alemana erigió en héroe al causante del atraso alemán, han erigido en el papel de prohombres a quienes abrieron las puertas al imperialismo inglés, dividieron la heredad hispanoamericana para facilitar la penetración del mismo. Mitre, Portales, Tagle, Rivera y Rivadavia cumplieron el mismo papel que en este folleto Mehring atribuye a los miserables señores alemanes. Y nuestros Wallensteins, nuestros campeones de la independencia nacional y la unidad continental han sido relegados a la categoría, o bien de déspotas, o bien de bandidos, actitud esta de la que no se salvó ni siquiera el maestro del profesor Franz Mehring, Carlos Marx.
Hay un detalle, apenas unas palabras, en el texto de Mehring que no puedo pasar por alto y han merecido una pequeña nota al pie de página de mi parte. Al final de su breve ensayo y describiendo la decadencia moral de aquella banda de príncipes y marqueses, escribe:
“Los príncipes protestantes, que habían vivido desde el final de la guerra campesina hasta la paz de Westfalia, eran una pandilla horripilante, a la que un mar de agua calina apenas alcanzaría para ocultar el color natural de la piel de esos moros bajo una fina capa de color cieno”.
Que en 1908, fecha de la segunda edición del folleto, Franz Mehring continuase considerando que esas palabras no ofendían a un vastísimo sector de la humanidad oprimida indica bien a las claras el carácter eurocéntrico que el pensamiento socialista marxista, aún el más avanzado y decidido, tenía en el Imperio Alemán de Guillermo II poco antes de la Primera Guerra Mundial. Llamar moros, en recuerdo de los cultos príncipes del califato de Granada, con el brutal sentido descalificatorio y racial que encierra el párrafo, es para los latinoamericanos de principios del siglo XXI un indicio más del derecho de inventario con que tenemos que aprehender los instrumentos del pensamiento crítico generados por Europa.
Establecido el necesario y sano inventario, entremos entonces al texto de Franz Mehring sobre Gustavo Adolfo Wasa.
Julio Fernández Baraibar
Pântano do Sul, Isla de Florianópolis, Santa Catarina, Brasil
23 de diciembre de 2007.