4 de julio de 2008

Apuntes sobre la situación colombiana


El tema de las FARC, el rescate de Ingrid Betancourt y cómo ello influirá en la política de la región amerita un tratamiento cuidadoso porque están en juego muchos sacrificios, muchos años de lucha, mucho dolor y mucha sangre. De modo que trataré de expresar mi opinión del modo más prudente que me salga.

Creo que las FARC -más allá de la legitimidad de su origen, de la injusticia orgánica de la sociedad colombiana y de su estado- eran, en cierto modo, un elemento residual de otra época.

Las FARC fueron convirtiéndose a lo largo, sobre todo, de la década del setenta en un instrumento de la Guerra Fría en la región, política ésta de la que no fue ajena la propia dirección cubana. Ni el violento golpe de Estado contra Salvador Allende, ni el error de la destitución de Velazco Alvarado, ni la dictadura de Videla y Martínez de Hoz en la Argentina pueden ser analizados fuera del marco de la Guerra Fría.

Desde mi perspectiva -una perspectiva sureña, como digo, muy influida por la experiencia del peronismo- el papel jugado por los soviéticos en el proceso revolucionario latinoamericano fue deplorable. Sometieron el destino de nuestros pueblos a su política de gran potencia. Con muy pocas excepciones, los partidos comunistas latinoamericanos no fueron otra cosa que la correa de transmisión de la política soviética, ajena a la historia, los intereses y hasta las expresiones políticas concretas de nuestras aspiraciones. La lista de iniquidades cometidas por estas conducciones dóciles a Moscú sería larguísima. Para dar dos ejemplos tomados de la historia de mi país puedo citar el antiperonismo rampante del comunismo argentino y su apoyo declarado y documentado al golpe de estado de 1976 y a la dictadura de Videla.

La implosión de la Unión Soviética y la victoria de los EE.UU. en la llamada Guerra Fría cambiaron por completo las condiciones de lucha en nuestro continente. Si bien, la potencia vencedora desarrolló a partir de los años 90 una brutal hegemonía política, económica e ideológica fundada en los lineamientos del Consenso de Washington, con el dramático costo que ello tuvo para nuestros pueblos, la desaparición de la Unión Soviética y la crisis terminal de los partidos comunistas nacidos, crecidos y agotados bajo su dominio, abrió nuevas corrientes, nuevas perspectivas y posibilidades al desarrollo de un proceso popular revolucionario propio e independiente. La propia Revolución Bolivariana y la aparición de Hugo Chávez en el panorama continental son una prueba de ello. Pero también lo son todos y cada uno de los procesos que en nuestros países han modificado durante los últimos años la relación de fuerzas entre el imperialismo y nuestra Patria Grande.

Las FARC se congelaron en el frío siberiano de aquella época. Incapaces de tomar el poder en Colombia -país de una complejidad histórica y política descomunal-, con un creciente aislamiento político, con prácticas como la de los rehenes que las aislaban aún más de la población no sólo colombiana, sino latinoamericana, su sobrevivencia dependió cada vez más de la formidable tozudez de sus dirigentes que, conciente o inconcientemente, no lograban encontrar una salida política al laberinto en el que la historia colombiana y mundial las habían metido.

El propio Fidel y la dirección cubana en general fueron, poco a poco, largándoles la mano. Cada vez era más evidente su inviabilidad para tomar el poder en Colombia. Fuera del respeto que merecen su pertinacia y sus ideales, las FARC fueron debilitándose políticamente y la cuestión de los rehenes como única política para negociar su sobrevivencia terminó por hartar a la mayoría de la sociedad colombiana. Las relaciones con los narcos -que por otra parte atraviesa a toda la sociedad colombiana, por lo que se puede leer en las referencias periodísticas-, aún bajo la forma del llamado impuesto revolucionario, no contribuyó en lo más mínimo a sostener su popularidad. Su última actividad política de cierta magnitud fue aquella visita que hiciera uno de sus dirigentes a la Bolsa de Nueva York. La fiebre del capital financiero había llegado al corazón mismo de las selvas colombianas. Mientras tanto, un presidente que representaba a la tradicional política colombiana en su versión más conservadora, de una notable habilidad e inteligencia política, Alvaro Uribe, reunía tras de si a la mayoría del país que quiere poner fin al anacronismo de las FARC, de su chantaje y sus secuestros. Los EE.UU. ven en ello no la posibilidad de derrotar a una guerrilla que no significaba ninguna amenaza real a su política imperialista, sino la oportunidad de poner tropas en un país fronterizo a Venezuela y a Brasil. Mientras Fidel Castro y Cuba mantienen un buen nivel de relación con Uribe, Chávez intenta una salida negociada para los rehenes y para la propia guerrilla de las FARC. La entrega unilateral de rehenes, con la participación de importantes líderes continentales y europeos, fue la coronación de esta política de Chávez. Uribe, su ministro Santos y los yanquis vieron que esto daba nuevos aires a unas FARC bastante faltas de oxígeno y pusieron punto final a eso de un modo dramático: bombardearon un campamento de las FARC en territorio ecuatoriano. La reunión de Santo Domingo, entre los países hispanoamericanos sin la presencia destructiva de los EE.UU. salvó al Cono Sur de un enfrentamiento militar que hubiera sido nefasto para el proceso de integración.

Chávez, que es un extraordinario político de la talla de los grandes de nuestro continente, -Lázaro Cárdenas, Getulio Vargas, Perón y Fidel Castro- y cuya mirada se proyecta en el tiempo y escudriña el futuro, entendió que tenía una brasa en las manos. Continuar con una política de hostigamiento hacia Uribe, en defensa de una guerrilla agónica, cuya única fuerza de presión eran los secuestrados, le significaba abrir un frente que no tenía una solución a corto plazo y mantener una disputa abierta con el principal vecino, ni más ni menos que la Colombia de Santander que derrotó al Libertador en su última batalla. Su paso atrás, su distanciamiento explícito y reiterado de las tácticas armadas y de los secuestros, hicieron evidente que la pulseada entre el gobierno colombiano y las FARC ya estaba decidida. Y, como dicen los sindicalistas argentinos, a los compañeros se los acompaña hasta la puerta del cementerio. No se entra con ellos.

Importa muy poco cuales fueron las condiciones de la liberación de Ingrid Betancourt. No es muy creíble la historia oficial y, como se sabe, la primera víctima de una guerra es la verdad. Pero lo que sí es evidente es que el gobierno de Colombia ha ganado políticamente y que esa victoria no arrastra a Hugo Chávez y al proceso bolivariano, es decir continental.
Caracas, 3 de Julio de 2008

1 comentario:

Candidatos Congreso dijo...

Qué buen artículo, considero que la FARC, nos ha quitado tanto a los colombianos y nos ha dejado tan poco, pienso que ya es hora de terminar con esta guerra absurda que consume al país, pero debemos hacerlo de una forma democráticca para evitar mas derramamiento de sangre de compatriotas que no tienen nada que ver con el conflicto, creo que con la cercania de las elecciones 2010 en nuestro país, los candidatos a la presidencia, tendran muchas propuestas sobre este tema, dentro de su portafoliio de gobierno, y pienso que para tomar una buena decisión al momento de votar, tenemos que estar muy bien informados, para no dejarnos llevar por ideas populistas, recientemente encontré un portal colombiano dedicado a brindar información clara y objetiva sobre las elecciones 2010.