2 de junio de 2009


Varguitas apareció en la escena literaria latinoamericana hacia principios de los '60. La Casa Verde, La Ciudad y los Perros y Conversaciones en la Catedral lo convirtieron en una de las caras más representativas de lo que se llamó, con evidente anglicismo, el "boom" de la novela latinoamericana.

Aquellas novelas era verdaderamente buenas.

Su personaje central era siempre un joven pequeño burgués -así decíamos entonces, ahora diría de clase media urbana- que en sus conflictos expresaba la tensión entre el atraso y la modernidad, entre la sociedad de castas y la igualdad, entre el despotismo terrateniente y la democracia.

Gracias a esas novelas conocimos entonces la Lima anterior a la revolución de 1968, el oscuro mundo campesino que palpitaba en sus entresijos y más allá de las puertas de la ciudad de los Reyes. Varguitas describió como pocos a esa clase media, de puños gastados, cultura europea y sueños de gloria.

No obstante, no fue gracias a Varguitas que supimos de la existencia del pongo y la mita, no fue por sus novelas que nos enteramos de que esas familias de apellidos virreinales tenían esclavos en sus haciendas, disponían de trabajo humano gratuito que les permitía vivir como los nobles que describe Chaderlos de Laclos en Relaciones Peligrosas: holgazaneando y haciendo travesuras galantes. De eso nos enteramos, en 1968, cuando apareció un general, Velazco Alvarado, y decretó la abolición de la mita y el pongo. Ahí, recién ahí nos enteramos que esas simpáticas instituciones que leíamos en los libros de historia de la escuela primaria y que habían regido durante la época colonial, estaban en plena vigencia en el Perú.
A Varguitas le dieron el premio Rómulo Gallegos, que sigue siendo el más importante premio literario de América Latina, en 1967. Del discurso de aceptación del premio están tomados esos párrafos que, en estos días, memoriosos venezolanos han hecho circular.

La revolución cubana, lejana, lo había tocado con su hálito, como a tantos jóvenes de su época. Y posiblemente ese año fuera el año en que Varguitas comenzó a volver al Miraflores limeño. Poco después se agarró a las trompadas con García Márquez, en pelea que dio que hablar durante años, y en nombre de los ideales de socialismo y libertad, que enuncia su discurso, atacó al gobierno del cholo Velazco Alvarado, el que había convertido en ciudadanos a los esclavos del pongaje.

Y ahí comenzó una indigna decadencia que nos lleva a este Varguitas de hoy, viejo y reseco, infatuado y vano. Algo ha permanecido, sin embargo. Sigue siendo expresión de una parte de esa clase media en ascenso que añora que ya no haya mitayos, que ahora "que somos ricos", no pueden disfrutar el privilegio de ser un amo sobre seres humanos.


Eso es Varguitas.


Buenos Aires, 2 de junio de 2009.

1 comentario:

Miguel dijo...

Sí, Julio. Indudablemente coincido con tu punto de vista sobre este gran escritor que un día dejó de serlo. Gracias por escrbir así (que es decir gracias por pensar así).