Francisco
vino a ratificar la paz del continente,
exigir
la verdad, bregar por la justicia y llamar al encuentro
“Entendemos
que el viaje de Francisco, el apóstol de la paz entre los pueblos,
tiene como objetivo consolidar esa paz alcanzada por los colombianos,
con la ayuda de otros países de la región. Pero también advertir
al mundo que este continente quiere la paz para siempre y que la
misma no podrá ser violada por la presencia de ejércitos
extranjeros, de provocadores mercenarios o agentes de la disolución
nacional”.
Cuando
ya han pasado algunos días, y pese al poco eco que despertó en el
cada vez más degradado periodismo comercial argentino, el viaje
papal cumplió ampliamente con esas expectativas y se amplió hacia
otros frentes, donde reiteró su mensaje de justicia, de fraternidad
y de respeto a “la
casa común”,
nuestro planeta.
Posiblemente
los dos lugares más significativos hayan sido Villavicencio, la
capital del departamento de Meta, en los llanos orientales y casi en
el centro mismo del país, y en Cartagena de Indias, el puerto sobre
el Caribe que fuera centro del comercio esclavista bajo la dominación
española, una ciudad en la que la presencia africana, fuerte en toda
Colombia, se acentúa e impregna su cultura.
Después
de escuchar, en Villavicencio, el dramático testimonio de dos
mujeres cuyas vidas fueron atravesadas y modificadas para siempre por
la violencia y de una muchacha que a los 16 años es obligada a
ingresar a un grupo paramilitar de los llamados Grupos de
Autodefensa y de un hombre ex integrante de las FARC, Francisco tuvo
uno de sus discursos centrales: “Es
la hora para desactivar los odios y renunciar a las venganzas y
abrirse a la convivencia basada en la justicia, en la verdad y en la
creación de una verdadera cultura del encuentro fraterno”.
La justicia, la verdad y el encuentro fraterno fueron las claves de
su mensaje a lo largo de toda su visita.
En
la misma Villavicencio, 2.000 colombianos, miembros de las 102 etnias
originarias que hay en el país, viajaron más de 15 horas para
entregarle a Francisco -en una calle de honor formada por la Guardia
Indígena- un acta en la que denuncian el despojo histórico de sus
territorios ancestrales, la violación sistemática de los derechos
de sus pueblos y el detrimento que sufre la madre tierra por la
descontrolada explotación a la que es sometida. El documento
contenía también un pedido de audiencia para continuar en Roma la
discusión de medidas concretas en favor de estos reclamos..
Dos
artistas colombianos figuraron en los discursos y mensajes de
Francisco. El viejo profesor de letras no pudo soslayar al premio
Nóbel colombiano, Gabriel García Márquez, y citó precisamente un
párrafo de su discurso de recepción del galardón sueco: “es
posible una nueva y arrasadora utopía de la vida, donde nadie pueda
decidir por otros hasta la forma de morir, donde de veras sea cierto
el amor y sea posible la felicidad, y donde las estirpes condenadas a
cien años de soledad tengan por fin y para siempre una segunda
oportunidad sobre la tierra”.
En otra reunión con los obispos locales, el Papa volvió a recordar
a Gabo: “No
imaginaba que era más fácil empezar una guerra que terminarla”.
Francisco
citó también al cantante pop Juanes, un artista colombiano
internacionalmente conocido. Durante la homilía de una misa, el
Papa dijo: “Un
compatriota de ustedes lo canta con belleza: 'los árboles están
llorando, son testigos de tantos años de violencia. El mar está
marrón, mezcla de sangre con la tierra'".
La estrofa pertenece a Minas
Tierras,
una canción compuesta por Juanse luego de conocer a 35
sobrevivientes de minas antipersonales.
Sus
discursos en Cartagena fueron los que posiblemente encerraron el
carácter más amplio y continental de su visita colombiana.
“Desde
este lugar, quiero asegurar mi oración por cada uno de los países
de Latinoamérica, y de manera especial por la vecina Venezuela.
Expreso mi cercanía a cada uno de los hijos e hijas de esa amada
nación, como también a los que han encontrado en esta tierra
colombiana un lugar de acogida. Desde esta ciudad, sede de los
Derechos Dumanos, hago un llamamiento para que se rechace todo tipo
de violencia en la vida política y se encuentre una solución a la
grave crisis que se está viviendo y afecta a todos, especialmente a
los más pobres y desfavorecidos de la sociedad”.
Asimismo,
aprovechó la estancia en el viejo puerto esclavista para redondear
su concepto sobre la paz. Dijo allí :
“Además, siempre es rico incorporar en nuestros procesos de paz la
experiencia de sectores que, en muchas ocasiones, han sido
invisibilizados, para que sean precisamente las comunidades quienes
coloreen los procesos de memoria colectiva. El autor principal, el
sujeto histórico de este proceso, es la gente y su cultura, no es
una clase, una fracción, un grupo, una élite. Toda la gente y su
cultura. No necesitamos un proyecto de unos pocos para unos pocos, o
una minoría ilustrada o testimonial que se apropie de un sentimiento
colectivo. Se trata de un acuerdo para vivir juntos, de un pacto
social y cultural. A nosotros, cristianos, se nos exige
generar «desde abajo» generar un cambio cultural: a la cultura de
la muerte, de la violencia, responder con la cultura de la vida y del
encuentro. Nos lo decía ya ese escritor tan de ustedes y tan de
todos: «Este desastre cultural no se remedia ni con plomo ni con
plata, sino con una educación para la paz, construida con amor sobre
los escombros de un país enardecido donde nos levantamos temprano
para seguirnos matándonos los unos a los otros, una legítima
revolución de paz que canalice hacia la vida la inmensa energía
creadora que durante casi dos siglos hemos usado para destruirnos y
que reivindique y enaltezca el predominio de la imaginación»”.
Terminaba nuevamente con
palabras del autor de Cien Años de Soledad.
“Hago
un llamado para que se busquen los modos para terminar con el
narcotráfico que lo único que hace es sembrar muerte por doquier,
truncando tantas esperanzas y destruyendo tantas familias. Pienso
también en otros dramas como en la devastación de los recursos
naturales y en la contaminación, en la tragedia de la explotación
laboral, pienso en el blanqueo ilícito del dinero así como la
especulación financiera, que a menudo asume rasgos perjudiciales y
demoledores para enteros sistemas económicos y sociales, exponiendo
a la pobreza a millones de hombres y mujeres; pienso en la
prostitución que cada día cosecha víctimas inocentes, sobre todo
entre los más jóvenes, robándoles el futuro; pienso en la
abominable trata de seres humanos, en los delitos y abusos contra los
menores, en la esclavitud que todavía difunde su horror en muchas
partes del mundo, en la tragedia frecuentemente desatendida de los
emigrantes con los que se especula indignamente en la ilegalidad», e
incluso también se especula en una «aséptica legalidad» pacifista
que no tiene en cuenta la carne del hermano, la carne de Cristo”.
El
editorialista de La Nación, prosopéyico y engolado como ha sido
diariamente durante 147 años, intentó traducir el viaje papal en la
menguada clave de su interés local, comparando una guerra civil de
más de 50 años de duración, con los conatos guerrilleros de
nuestro país entre los años 1969-1976 y, curiosamente, la
actualidad.
Francisco,
por el contrario, ratificó, con su presencia y su palabra, el
mensaje que ha caracterizado todo su pontificado: justicia,
solidaridad con los más débiles, denuncia de un sistema que produce
descarte de los hombres y destrucción de la gran nave común. Y en
este caso en especial, ratificar la paz en la que quiere vivir
nuestro continente de orquídeas y tucanes.
Buenos
Aires, 13 de septiembre de 2017
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