En esta página publico los artículos escritos por mí en los últimos años, sobre política argentina, política latinoamericana y política internacional, que considero más interesantes y de actualidad. Visite mi blog con temas periodísticos y literarios http://jfernandezbaraibar.blogspot.com
3 de abril de 2015
31 de marzo de 2015
Malvinas, el 2 de abril de 1982 y la Patria Grande
Hace 33 años, mi mujer, mis hijas y
yo estábamos en Estocolmo. Suecia nos había dado su hospitalidad
generosa, junto con su frío boreal, su noche casi eterna y su fugaz
estío.
En la Patria lejana reinaba el terror
y el saqueo. Las últimas noticias hablaban de una violenta represión
en Plaza de Mayo, en Tribunales y en el Puerto. Saúl Ubaldini había
llamado a la primera gran marcha contra la dictadura que convocaba la
CGT. Miles y miles de hombres y mujeres, jóvenes y adultos, fueron
apaleados y corridos salvajemente, gente apiñándose en el patio de
la Curia, al lado de la Catedral y cientos de detenidos fue el
resultado de la protesta popular.
Horas después, los diarios de la
tarde -Expressen y Afton Bladet- anunciaban en Estocolmo, con títulos
catástrofe, la ocupación militar de las Islas Malvinas. Fue una
conmoción. Unos días después envié a Jorge Enea Spilimbergo, en
Buenos Aires, la siguiente carta:
“Les escribo estas líneas
embargado de fervor patriótico y de odio divino contra la recua de
cipayos redomados e indoblegables que andan desparramados por el
mundo. Estoy en tierra de enemigos. La prensa sueca ha bombardeado la
opinión pública con información exclusivamente proveniente de
Londres e ignoran culpablemente el punto de vista argentino. Todo se
resuelve en explicar la reconquista del territorio nacional como una
maniobra diversionista de la dictadura para distraer la obviamente
estúpida opinión pública argentina que, como aborregada plebe,
sale a agitar banderas por un pedazo de roca en el fin del mundo”.
Estos fueron los sentimientos que
despertó en la mayoría de los argentinos, perseguidos por la
dictadura oligárquica cívico militar, la reconquista del territorio
usurpado por los ingleses.
La Guerra de Malvinas fue un rayo en
una noche serena: inesperadamente un militar del Sur, hasta ese
momento aliado estratégico de los EE.UU. en la lucha “contra el
comunismo”, enfrentaba bélicamente a una de las grandes potencias
militares y navales del mundo. La idea de que ese gobierno,
comprometido hasta ese momento en la guerra contra la Revolución
Sandinista en Nicaragua, enfrentase al principal socio militar y
económico de los Estados Unidos por, lo que algunos consideraban,
unos peñascos pelados en el Atlántico Sur, no entraba dentro de
ningún pronóstico.
La reconquista militar de Malvinas
recorrió América Latina. Acabábamos de evitar, en el límite
mismo de la conflagración, una guerra con Chile, que, como dijo el
general Jorge Leal, nuestro héroe antártico, hubiéramos perdido,
simultáneamente, los argentinos y los chilenos, ganase quien ganara.
En esa guerra entre Argentina y Chile solo hubieran ganado los
intereses imperiales que iban a profundizar la balcanización del
Cono Sur. Repentinamente, los argentinos y los latinoamericanos
encontramos que un nuevo fervor de Patria Grande había comenzado a
recorrer el continente. Desde todas las capitales de América Latina
surgieron voces políticas, intelectuales, religiosas y hasta
militares apoyando, sosteniendo y defendiendo la causa de Malvinas.
El entonces
presidente peruano Fernando Belaúnde Terry trató de servir como
mediador entre Buenos Aires y Londres con el fin de terminar el
conflicto. Y mientras tanto, ofreció y puso en territorio argentino
aviones de combate Mirage y pilotos de guerra. Los primeros fueron
utilizados por la Fuerza Aérea Argentina, mientras que los pilotos
fueron, contra su voluntad, obligados a permanecer en tierra para no
involucrarlos como combatientes, lo que comprometería al Perú en el
conflicto bélico. El Secretario General de las Naciones Unidas, el
peruano Javier Pérez de Cuéllar trabajó incansablemente para
ofrecer un plan de paz que respetase los derechos argentinos. Panamá,
que integraba el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, votó
en contra la resolución 502, que exigía el retiro de las tropas
argentinas de su propio territorio en Malvinas. El embajador de
Venezuela en Argentina, Jorge Dager, manifestó de inmediato el apoyo
de su país a la causa argentina y ofreció ayuda militar. Dicho sea
esto en su recuerdo y homenaje, el dr. Jorge Dager se convirtió, en
esos apasionados días, en la mejor expresión del espíritu
bolivariano.
La guerra de Malvinas nos ofreció
también el espectáculo inolvidable del abrazo de Nicanor Costa
Méndez, el ultraconservador canciller argentino, con Fidel Castro.
Ver a Nicanor Costa Méndez, sus modales diplomáticos, su prosapia
conservadora, su corbata de seda natural, posando su bien rasurada
mejilla sobre las barbas de Fidel Castro es una imagen que una
generación de argentinos no podrá sacar de su memoria.
El 2 de abril de 1982 se reinició
una nueva visión integradora. De golpe, de la noche a la mañana,
los argentinos, esos europeos implantados, como nos ven muchos amigos
latinoamericanos, esos blanquitos de allá abajo que creen vivir en
París, nos dimos cuenta que lo único que teníamos para sostener
nuestra causa patriótica eran los oscuros morenos de todo el
continente que, con una sola voz, salieron a defender nuestra causa.
Y los argentinos nos volvimos latinoamericanos, abandonamos nuestros
aires de europeos exiliados, dejamos de pensar que solamente veníamos
de los barcos y descubrimos que también veníamos de la cruza de
indios, africanos y españoles y de esa forja de miles de razas que
constituye nuestra entidad latinoamericana.
Esos mismos argentinos apaleados
concurrieron, el 10 de abril de 1982, a la Plaza de Mayo a sostener
la causa que se libraba en Malvinas -las “Hermanitas Perdidas”,
como las llamó el gran Atahualpa Yupanqui-, con la convicción de
que era una causa justa y que el deber de ciudadanos era cerrar filas
para lograr el triunfo de nuestras armas. En esas jornadas comenzó
también la crisis de la OEA que terminará, treinta años después,
con la pérdida de influencia de ese organismo en la política
internacional y el Tratado Internacional de Asistencia Recíproca
(TIAR), la alianza que EE.UU.impuso a América Latina después de la
Segunda Guerra, volaba por los aires.
De modo tal que Malvinas es una causa
que, iniciada unilateral e inconsultamente, se convirtió en causa
nacional latinoamericana, quizás la primera causa nacional
latinoamericana después de las Guerras de la Independencia.
Como escribió en esas jornadas Jorge
Abelardo Ramos:
“La victoria consistió en poner de
pie al pueblo de América Latina, en una admirable resurrección del
espíritu revolucionario, desvanecido desde los tiempos de San
Martín. Que la Argentina haya combatido con fuego y acero a la
formidable flota coaligada de las potencias anglo-sajonas, en un
combate que estuvimos a punto de ganar; que el bondadoso rostro de la
democracia británica haya sido desnudado por la lógica de la guerra
y se descubriera a los ojos del mundo la perversa y corrompida
fisonomía de Dorian Gray; en fin, que la Doctrina Monroe y el
presidente Reagan, el TIAR y la presunta "solidaridad
hemisférica" ante una agresión extra-americana hayan quedado
reducidas al valor de un papel mojado y los héroes argentinos
exhibiesen al Occidente en su intrínseca falsedad, eso se llamaría
ganar una guerra por sí, por lo demás, la Argentina no la hubiese
ganado en la propia alma de sus Fuerzas Armadas”1.
La derrota militar, determinada
centralmente por el carácter proimperialista de los Estados Mayores
de nuestras FF.AA., dio lugar a una democracia semicolonial que
intentó mantener bajo la alfombra la Guerra de Malvinas, nuestra
soberanía sobre las islas y el inmenso heroísmo de los oficiales,
suboficiales, soldados y civiles que perdieron su vida en ella.
Malvinas y su heroica gesta guerrera en una bandera continental.
El gobierno popular de Néstor Kirchner y de Cristina Fernández de
Kirchner ha vuelto a poner nuestros derechos soberanos sobre ese
territorio ocupado por una potencia imperialista en el centro de
nuestra política internacional. Solo el veto de las grandes
potencias occidentales en el Consejo de Seguridad de las Naciones
Unidas y el voto de un pequeño grupo de países sometidos a estas ha
impedido traer al Reino Unido a la mesa de negociaciones.
Las últimas decisiones del primer
ministro británico acerca de fortalecer la presencia militar en la
región dejan a las claras la preocupación que invade al gobierno
usurpador de nuestro territorio cualquier intento de independencia
argentina respecto al alineamiento automático con EE.UU y el Reino
Unido.
Argentina ha decidido llevar adelante
su reclamo por los canales, siempre incruentos, de la diplomacia.
Pero ha convertido también la Causa de Malvinas en una interpelación
al conjunto de un continente que se ha puesto de pie como en los
tiempos heroico de la Guerra de la Independencia.
No estuvimos solos los argentinos en
nuestra heroica gesta de 1982. El espíritu bolivariano se despertó
de su prolongado letargo. Hoy, menos solos que nunca, seguimos
bregando, desde la paz, por el deseo expresado por Atahualpa
Yupanqui:
"Malvinas, tierra cautiva
de un rubio tiempo pirata.
Patagonia te suspira.
Toda la Pampa te llama.
Seguirán las mil banderas
del mar, azules y blancas,
pero, queremos ver una
sobre tus piedras clavada.
Para llenarte de criollos.
Para curtirte la cara
hasta que logres el gesto
tradicional de la Patria".
1
“El
Servicio Secreto Británico y la guerra de las Malvinas”,
Ediciones del Mar Dulce, Buenos Aires, 1985
Buenos Aires, 31 de marzo de 2015
15 de marzo de 2015
Francisco en el Foro del Teatro Cervantes
El foro Emancipación e Igualdad convocado por el Ministerio de
Cultura ha sido un notable éxito de participantes y de público.
Quienes militamos desde hace décadas en la tradición que se ha dado en llamar nacional y popular, en oposición a la tradición que también se ha dado en llamar progresismo, ambas con sus izquierdas y derechas, nos sentimos en principio un tanto marginados, en la medida en qué ninguno de los panelistas participantes nos representó. No incluyo, obviamente, como panelista, aun cuando su filiación a esta corriente es notoria, al dr. Aníbal Fernández, en la medida en que su participación tuvo un carácter protocolar en cuanto Jefe de Gabinete del gobierno nacional y no como intelectual expositor.
Pero este sentimiento de marginalidad, por lo menos en mi caso, cedió a una extraordinaria satisfacción cuando, junto a Leonardo Boff, Gianni Vattimo, Jorge Alemán y Horacio González se sentó el actual Canciller de la Pontificia Academia de Ciencias y de la Pontificia Academia de Ciencias Sociales, monseñor Marcelo Sánchez Sorondo. Posiblemente en pocas oportunidades el capricho de Clío ha sido más justo y equitativo.
Yo también considero pertenecer a una tradición caracterizada por el agnosticismo religioso. No soy creyente y mis convicciones están empapadas de un escepticismo religioso impregnado de ateísmo, si bien este no tiene una impronta militante de intolerancia religiosa. Pero la presencia de Marcelo Sánchez Sorondo en ese foro me equilibró los tantos. El hombre es argentino e hijo del pensador y político del nacionalismo argentino de igual nombre y hermano del escritor Fernando Sánchez Sorondo, poeta y novelista, autor de una de las más vibrantes novelas sobre las experiencias de un drogadito, “Ampolla”. Su padre, fallecido en el año 2012 a los 99 años de edad era hijo de un político conservador y Ministro de Interior de José Felix Uriburu, Matías Sánchez Sorondo. Fue uno de los más destacados voceros del nacionalismo posterior a la Revolución Libertadora. Por su periódico Azul y Blanco pasaron todas las plumas de esta corriente de pensamiento y a fines de la década del 60 fue secretario de redacción delmismo Juan Manuel Abal Medina, padre, quien en 1973 fuera Secretario General del Movimiento Nacional Justicialista y, en tal carácter, encargado de recibir, junto con José Ignacio Rucci, a Juan Domingo Perón en su regreso a la Patria.
Marcelo Sánchez Sorondo, padre, fue, en las elecciones de aquel año, candidato a senador nacional por el FREJULI, el frente que encabezaba el justicialismo, y debió enfrentar en un ballotage al candidato al mismo cargo por la UCR, el balbinista Fernando de la Rúa, quien finalmente resultó electo.
Un hombre perteneciente a esta tradición política y familiar fue, entonces, el encargado de traer al encuentro la representación y el mensaje de Francisco. El autor de la iniciativa no fue otro que el embajador argentino ante la Santa Sede, Eduardo Valdez, un hombre clave en la política tanto de Francisco, como de Cristina Fernández de Kirchner.
La presencia de monseñor Sánchez Sorondo y su discurso puso en la exitosa reunión -exitosa tanto políticamente como de público y de impacto en los sectores vinculados a la elaboración simbólico-intelectual- una perspectiva político-religiosa institucional, que expresaba la visión que el Papado hoy pretende desarrollar, tanto hacia adentro como hacia afuera de la Iglesia Católica, Apostólica y Romana. La presencia y la exposición del brasileño Leonardo Boff, notorio teólogo de la Liberación, trajo al foro la expresión de los movimiento de base eclesiales del Brasil y de América Latina. La del pensador, también católico, de inspiración marxista, Gianni Vattimo, aportó las preocupaciones más libertarias y antiinstitucionales de un sector del pensamiento europeo. Pero Sánchez Sorondo estaba ahí en nombre de la más antigua institución política de Occidente, que desde su propia definición -como con acierto lo observó Horacio González en su participación- disputa y se anticipó a la idea misma de globalización, de universalización. “Católica” es en griego, como se sabe, “Universal”, dirigida a todos los hombres, cualquiera sea su pertenencia étnica, lingüística o cultural. Lo de “Romana” es algo que también el propio Francisco ha puesto, de alguna manera en cuestión, al lanzar su “teología de las periferias”, que Sánchez Sorondo mencionó en su exposición.
En su breve exposición, improvisada, Sánchez Sorondo -quien, dicho sea de paso, vive en el Vaticano desde 1971- mencionó su relación con Juan Domingo Perón en el 73, cuando como consecuencia del triunfo electoral de Cámpora, y dispuesto a volver a la Argentina pidió una entrevista con Paulo VI, que no le fue acordada. Al pasar, el orador mencionó que Paulo VI no era muy simpatizante de los militares, dejando entrever una falta de interés en la reunión. Lo que sí mencionó Sánchez Sorondo fue su conversación con Perón, quien le manifestó con pasión y energía el maravilloso porvenir que veía para su patria y le profetizó el futuro de grandeza que avizoraba. “Lo que no pudo profetizar, dijo el prelado, es que habría un Papa que sería argentino” .
¿Por qué considero de tanta importancia la participación de este hombre en este foro? ¿Un hombre que ha vivido los últimos 43 años en la diplomacia vaticana? ¿Cuyos modales y estilo están tan alejados del espíritu jacobino de la tradición progresista académica argentina? ¿Un hombre que se preguntó, al empezar su discurso qué hacía acá? Porque su presencia, con su prosa cuidada, con su estilo carente de adjetivos y su elegancia clerical, es el testimonio más claro de una política, la de CFK y la de Francisco, que asume al pueblo de nuestro continente, sin ideologismos a priori, sin abstracciones deshumanizantes, con su larga tradición religoso-cultural como el protagonista de esa preocupación por “las periferias” que ha permitido un compromiso latinoamericanista con vocación universal que no tiene precedentes en nuestra historia.
Nos hubiera gustado escuchar a Norberto Galasso en ese ámbito, nos hubiéramos sentido contenidos con la presencia de Osvaldo Guglielmino. Pero este singular, extraordinario debate, que integra las dos grandes vertientes ideológicas de nuestra emancipación, me ha dejado la convicción de que estamos en una marcha grande que nos incluye a todos. Y que no nos equivocamos cuando salimos a sostener, incluso contra algunos amigos, a Jorge Bergoglio.
Quienes militamos desde hace décadas en la tradición que se ha dado en llamar nacional y popular, en oposición a la tradición que también se ha dado en llamar progresismo, ambas con sus izquierdas y derechas, nos sentimos en principio un tanto marginados, en la medida en qué ninguno de los panelistas participantes nos representó. No incluyo, obviamente, como panelista, aun cuando su filiación a esta corriente es notoria, al dr. Aníbal Fernández, en la medida en que su participación tuvo un carácter protocolar en cuanto Jefe de Gabinete del gobierno nacional y no como intelectual expositor.
Pero este sentimiento de marginalidad, por lo menos en mi caso, cedió a una extraordinaria satisfacción cuando, junto a Leonardo Boff, Gianni Vattimo, Jorge Alemán y Horacio González se sentó el actual Canciller de la Pontificia Academia de Ciencias y de la Pontificia Academia de Ciencias Sociales, monseñor Marcelo Sánchez Sorondo. Posiblemente en pocas oportunidades el capricho de Clío ha sido más justo y equitativo.
Yo también considero pertenecer a una tradición caracterizada por el agnosticismo religioso. No soy creyente y mis convicciones están empapadas de un escepticismo religioso impregnado de ateísmo, si bien este no tiene una impronta militante de intolerancia religiosa. Pero la presencia de Marcelo Sánchez Sorondo en ese foro me equilibró los tantos. El hombre es argentino e hijo del pensador y político del nacionalismo argentino de igual nombre y hermano del escritor Fernando Sánchez Sorondo, poeta y novelista, autor de una de las más vibrantes novelas sobre las experiencias de un drogadito, “Ampolla”. Su padre, fallecido en el año 2012 a los 99 años de edad era hijo de un político conservador y Ministro de Interior de José Felix Uriburu, Matías Sánchez Sorondo. Fue uno de los más destacados voceros del nacionalismo posterior a la Revolución Libertadora. Por su periódico Azul y Blanco pasaron todas las plumas de esta corriente de pensamiento y a fines de la década del 60 fue secretario de redacción delmismo Juan Manuel Abal Medina, padre, quien en 1973 fuera Secretario General del Movimiento Nacional Justicialista y, en tal carácter, encargado de recibir, junto con José Ignacio Rucci, a Juan Domingo Perón en su regreso a la Patria.
Marcelo Sánchez Sorondo, padre, fue, en las elecciones de aquel año, candidato a senador nacional por el FREJULI, el frente que encabezaba el justicialismo, y debió enfrentar en un ballotage al candidato al mismo cargo por la UCR, el balbinista Fernando de la Rúa, quien finalmente resultó electo.
Un hombre perteneciente a esta tradición política y familiar fue, entonces, el encargado de traer al encuentro la representación y el mensaje de Francisco. El autor de la iniciativa no fue otro que el embajador argentino ante la Santa Sede, Eduardo Valdez, un hombre clave en la política tanto de Francisco, como de Cristina Fernández de Kirchner.
La presencia de monseñor Sánchez Sorondo y su discurso puso en la exitosa reunión -exitosa tanto políticamente como de público y de impacto en los sectores vinculados a la elaboración simbólico-intelectual- una perspectiva político-religiosa institucional, que expresaba la visión que el Papado hoy pretende desarrollar, tanto hacia adentro como hacia afuera de la Iglesia Católica, Apostólica y Romana. La presencia y la exposición del brasileño Leonardo Boff, notorio teólogo de la Liberación, trajo al foro la expresión de los movimiento de base eclesiales del Brasil y de América Latina. La del pensador, también católico, de inspiración marxista, Gianni Vattimo, aportó las preocupaciones más libertarias y antiinstitucionales de un sector del pensamiento europeo. Pero Sánchez Sorondo estaba ahí en nombre de la más antigua institución política de Occidente, que desde su propia definición -como con acierto lo observó Horacio González en su participación- disputa y se anticipó a la idea misma de globalización, de universalización. “Católica” es en griego, como se sabe, “Universal”, dirigida a todos los hombres, cualquiera sea su pertenencia étnica, lingüística o cultural. Lo de “Romana” es algo que también el propio Francisco ha puesto, de alguna manera en cuestión, al lanzar su “teología de las periferias”, que Sánchez Sorondo mencionó en su exposición.
En su breve exposición, improvisada, Sánchez Sorondo -quien, dicho sea de paso, vive en el Vaticano desde 1971- mencionó su relación con Juan Domingo Perón en el 73, cuando como consecuencia del triunfo electoral de Cámpora, y dispuesto a volver a la Argentina pidió una entrevista con Paulo VI, que no le fue acordada. Al pasar, el orador mencionó que Paulo VI no era muy simpatizante de los militares, dejando entrever una falta de interés en la reunión. Lo que sí mencionó Sánchez Sorondo fue su conversación con Perón, quien le manifestó con pasión y energía el maravilloso porvenir que veía para su patria y le profetizó el futuro de grandeza que avizoraba. “Lo que no pudo profetizar, dijo el prelado, es que habría un Papa que sería argentino” .
¿Por qué considero de tanta importancia la participación de este hombre en este foro? ¿Un hombre que ha vivido los últimos 43 años en la diplomacia vaticana? ¿Cuyos modales y estilo están tan alejados del espíritu jacobino de la tradición progresista académica argentina? ¿Un hombre que se preguntó, al empezar su discurso qué hacía acá? Porque su presencia, con su prosa cuidada, con su estilo carente de adjetivos y su elegancia clerical, es el testimonio más claro de una política, la de CFK y la de Francisco, que asume al pueblo de nuestro continente, sin ideologismos a priori, sin abstracciones deshumanizantes, con su larga tradición religoso-cultural como el protagonista de esa preocupación por “las periferias” que ha permitido un compromiso latinoamericanista con vocación universal que no tiene precedentes en nuestra historia.
Nos hubiera gustado escuchar a Norberto Galasso en ese ámbito, nos hubiéramos sentido contenidos con la presencia de Osvaldo Guglielmino. Pero este singular, extraordinario debate, que integra las dos grandes vertientes ideológicas de nuestra emancipación, me ha dejado la convicción de que estamos en una marcha grande que nos incluye a todos. Y que no nos equivocamos cuando salimos a sostener, incluso contra algunos amigos, a Jorge Bergoglio.
24 de febrero de 2015
El escaso encanto de la burguesía
Es fácil, y no quiero entusiasmarme, llegar a la conclusión de que el kirchnerismo en la Ciudad de Buenos Aires está expresado por gente buena, pero incapaz de comprender las condiciones de vida en una sociedad burguesa, que es el tipo de sociedad que, desde el gobierno central, se intenta generar. El resultado es que esos valores quedan en manos de un partido que repudia esa sociedad y sólo pretende restablecer los propios de la vieja sociedad oligárquica.
Néstor
y Cristina lo dijeron varias veces. El objetivo de este proyecto es
establecer definitivamente en la Argentina una sociedad capitalista
autónoma, es decir, burguesa. Todo lo que se ha hecho desde el
gobierno es en ese sentido: la AUH, la jubilación universal, las
paritarias, el desarrollo científico tecnológico, etc. han apuntado
a ese objetivo. Pero resulta que la moral media de muchos de nuestros
compañeros es un repudio a la sociedad burguesa y una reivindicación
de cierta anarquía de naturaleza pequeño burguesa, de clase media,
que reivindica o manifiesta tolerancia hacia la ocupación del
espacio público por sectores marginales o la venta callejera sin
control del estado ni inscripciones en la AFIP.
Esa
moral no es revolucionaria, generadora de una nueva sociedad, sino la
incrustación de la vieja sociedad oligárquica, refinada y parásita,
pero en la cabeza de quienes deberían impulsar esos nuevos valores,
los propios de la burguesía en ascenso. Hay una moralina
aristocrática, individualista y esteticista en muchos de quienes
apoyan a este gobierno, por entender erróneamente que su lucha es
contra la ramplonería burguesa.Y ahí tenemos nuestro propio límite.
Hoy
hablaba de eso con Gabirel Fernández en su programa radial.
Franco
Macri es, posiblemente, nuestro mejor burgués, de la misma manera
que, en otro sector, lo es Alberto Samid. A muchos de nuestros
compañeros no les gusta ni uno ni otro, porque ven en ellos un
oportunismo y una tendencia a convertir sus opiniones políticas en
éxitos empresariales. Pero resulta que eso, y no otra cosa, ha sido
la burguesía, una clase social que se ha aprovechado del estado, y
muy pocas veces ha ejercido directamente su poder, para hacer
negocios, para ganar plata.
Nuestro
problema no es que don Franco Macri quiera ganar plata. Nuestro
problema es que no haya más “tycoons” como Franco Macri o
Alberto Samid, dispuestos a ganar plata invirtiendo, produciendo y no
parasitando al modo como lo hacía la vieja oligarquía.
Nuestro
problema es que Méndez, el presidente de la UIA, sólo esté
preocupado por la parte que le toca en el negocio con China, que armó
el gobierno por su cuenta, y no en sostener el mercado interno y
darle más plata a la gente para que compre las chafalonías que
produce. Ahí es donde me saco el sombrero ante Franco Macri y
Alberto Samid.
Resulta,
por lo menos paradójico, que un tipo que en toda su vida adulta ha
luchado por el socialismo, aparezca haciendo un elogio de la
burguesía. Pero resulta que esa clase y, sobre todo, la
autoconciencia de esa clase es un bien más escaso que el agua en el
desierto. Cuando Franco Macri, desde su piso en Shangai, dice que le
gustaría que el próximo presidente sea de la Cámpora, lo que hace
es pegarle una bofetada pública a la moralidad del establishment.
Les dice “ustedes son unos pacatos, apretados por la moral de sus
esposas, a las que tienen que soportar y pagar fortunas en pavadas,
en lugar de lanzarse a la aventura de multiplicar los bienes que
hemos recibido bajo la forma de invertir, pagar salarios, producir y
vender. La Cámpora les hará entender cómo son las cosas”, agrega
sin estar convencido.
Sabe
que su hijo es una consecuencia del precio que tuvo que pagar ante el
establishment para ser reconocido: casarse con una mujer de la
oligarquía y mandar a su hijo al Cardenal Newman, donde toda la vida
lo llamaron “el hijo del tanito con plata”. Tampoco va a decir
que no lo voten. Simplemente dice que no tiene "corazón de
presidente". Ese viejo, a su modo, es un genio.
Claro que, “digo es un decir si España cae”, si ganase contra su propio pronóstico, su hijo, trataría de hacer negocios con su gobierno. Pero eso es como en el cuento del alacrán, está en el carácter. Carácter que, por diversas razones, en nuestros países, suele ser muy poco frecuente.
Claro que, “digo es un decir si España cae”, si ganase contra su propio pronóstico, su hijo, trataría de hacer negocios con su gobierno. Pero eso es como en el cuento del alacrán, está en el carácter. Carácter que, por diversas razones, en nuestros países, suele ser muy poco frecuente.
Buenos Aires, 24 de febrero de 2015.
20 de febrero de 2015
La marcha espectral
La
vieja Argentina, la que sigue pensando que en el país sobran 30
millones de habitantes, la que aún vive en el mundo de la Guerra
Fría y la lucha contra el comunismo, la que afirma en voz baja que
“con los militares había más respeto hacia la gente decente”,
ha tenido su manifestación.
La
lluvia permitió ver el desfile de señores y señoras
mayoritariamente grandes, con sus espléndidos impermeables Burberrys
y sus admirables paraguas Brigg, hechos a mano, llevados de las
narices por un grupo de fiscales cuyos prontuarios rivalizan con el
de “la Garza” Sosa.
Se los vio caminar, airados y adustos,
acompañados por algunos dirigentes gremiales, a los que desprecian,
y por la comparsa de pordioseros dirigentes de la oposición que,
como en las procesiones medievales, mendigaba, si no monedas, sus
preciados votos.
Llegaron
al altar de una justicia que consideran mancillada, sin entender que
los autores del ultraje se encontraban a la cabeza de la
peregrinación, elevaron un minuto de silencio por el suicida y se
volvieron a las Cinco Esquinas, a Quintana y Callao, a la plaza
Vicente López y al llegar descubrieron, empapados y eufóricos, que
nada había cambiado, que su sacrifico republicano había sido tan
estéril como ellos mismos.
La
promocionada marcha del 18F no fue más que eso, los últimos fuegos
fatuos de una Argentina del privilegio que no quiere morir, o por lo
menos no quiere hacerlo sin su privilegio.
Como
ha dicho la presidenta Cristina Fernández de Kirchner el mundo -el
mundo de la posguerra y la Guerra Fría- ha cambiado, no existe más.
Y nuestro país está intentando con dignidad y soberanía insertarse
en ese nuevo mundo, para la grandeza de la Argentina y el bienestar
de nuestro pueblo.
Y
eso ha sido todo.
Dentro
de ocho meses volveremos a elegir presidente y en esas elecciones
sepultaremos, con la voluntad popular, la vieja Argentina que hoy,
agónicamente y bajo una lluvia agorera, mostró su vetusto rostro.
7 de febrero de 2015
La Ley y el Orden
¿Se
puede saber por qué demonios
es secreto el día y la hora de la citación del canalla Stiusso? Si
la citación fuera a Boudou o -“digo,
es un decir, si España cae”-
a la presidenta ¿sería también entre gallos y medianoches? ¿O los
citarían a Comodoro Py justo a la hora en que puedan entrar en los
noticieros de la tarde y la noche? Esa fiscal, después
de esta decisión, ¿representa
al Estado Nacional o a la corporación judicial?
Todo
mi conocimiento del mundo criminalístico son
profusas lecturas de novelas policiales e igualmente profusas
asistencias a series policíacas. Sobre la base de ese conocimiento
¿alguien me puede aclarar por qué el tipo que le dio el arma al
¿suicida?, el
hacker, contratado por la fiscalía con un sueldo de $40.000 y amigo
íntimo del óbito,
no está procesado, aunque sea bajo la figura de no imputado?
Otra
sensación que tengo -hoy
es
una noche sensacional- es que la fiscal y todos sus colaboradores ven
Friends, la
divertida serie americana sobre un grupo de amigos de clase media y
de distintas predilecciones sexuales, pero
jamás
ha puesto un ojo
en ninguna de las tres o cuatro alternativas que ofrece
la
excelente CSI.
Ni
hablar La Ley y el Orden, porque ahí los fiscales son unos
verdaderos leones.
Yo
quiero fiscales como los del Estado de New York. Que se meten con los
ricos, que defienden a los inmigrantes, que hacen caer a los jueces
coimeros. Yo quiero vivir en La Ley y el Orden que
esos fiscales y su policía investigativa hacen valer y defienden.
Lorena
García, que
lee estas cosas que escribo, me
aviva
de que en mi utópico lugar “La Ley y el Orden”, a
los fiscales los eligen por voto
popular.
Bueno, insisto, a mi me gustaría vivir ahí, sin tener que pagar los
espantosos alquileres de New York.
¿Uds.
no se emocionan cuando los fiscales de “La Ley y el Orden” meten
en cana a ricos wasps
que traen niños de Haití para abusar de ellos? ¿No se siente
identificados cuando se meten con personajes influyentes que tienen
una red de prostitución de lujo? ¿Cuando acusan a un tipo de la CIA
por coacción, amenaza o violación de los derechos humanos? A mi
esos fiscales me encantan.
Yo
estaría chocho con fiscales como los de “La Ley y el Orden”.
Entonces,
¿por qué tengo que vivir en un país donde los fiscales y los
jueces defienden los monopolios de prensa, apañan a proxenetas de
lujo, defienden a espías descontrolados y hacen marchas por más
justicia como si su función por la que reciben un sueldo importante
no fuese, justamente, obtener
justicia?
¿No
deja todo esto la sensación -insisto, es una noche sensacional- que
el sistema judicial, los fiscales y los jueces, en
estas procelosas playas,
no forman parte de “La Ley y el Orden”, sino de otra serie que se
llamaría “El Delito y la Anomia”?
En
los '80, Federico Luppi, Norberto Díaz, Rubén Stella y Emilia Mazer
interpretaron una maravillosa serie argentina, Hombres de Ley, con
guión de Gerardo Taratuto, un abogado, militante político y gran
guionista. Oponera
estos hombres de ley, abogados bien plantados, respetuosos del
derecho y de la Ley,
a la runfla maffiosa que pretende manifestar a fin de mes, acompañada
por un obeso y decadente dirigente sindical de
cada vez menos empleados judiciales,
es un buen ejercicio de la pasión política.
Es
interesante, entonces, puntualizar la ausencia de una mirada crítica
de la literatura y el arte en general sobre la putrefacción del
sistema judicial, no solo en relación a sus funciones específicas,
sino también en su enfrentamiento corporativo con el poder político
-democrático- del estado. En
aquellos años de un reciente ejercicio de los derechos ciudadanos,
los “hombres de ley” se presentaban como la alternativa a la
abrumadora ilegalidad de la dictadura oligárquico imperialista.
Expresaban, sin duda, la ambición de una gran parte de la ciudadanía
de que el estado de Derecho, la Ley y el orden democrático
estableciesen sus reales y terminasen con los años de horror, de
crimen e ilegitimidad. Por supuesto, no era suficiente con la
honradez de esos abogados de distinta generación. Pero el deseo
ciudadano estaba ahí expresado y su éxito tuvo directa relación
con esto.
Pero
hoy, cuando se hace evidente que la continuidad de la soberanía
popular y de la democracia basada en el voto popular es abierta,
desembozada y cínicamente enfrentada por una banda de funcionarios
estatales, bien pagos, exentos de impuestos y con prerrogativas casi
nobiliarias, como es la casta judicial, el arte no ha encontrado aún
la pluma, el ojo o la inteligencia que convierta en valores
universales el drama, la tensión que estamos viviendo: la soberanía
popular acosada por un cerrado, exclusivista y clasista privilegio de
casta burocrática.
Pero
la gravedad del problema no puede esperar la inspiración de los
artistas. Nuestro sistema judicial está en grave, profunda e
irreversible crisis. La misma puede arrastrar - “digo, es un decir,
si España cae”- a nuestro sistema basado en la voluntad popular.
“La Ley y el Orden”, basados en la soberanía del pueblo
expresada en las urnas, es, finalmente, el único sistema capaz de
mantener la paz social y la unidad de la nación.
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