11 de mayo de 2008


Groussac, Borges, Moyano, Clarín y un pequeño miserable

Este es el modo como los monopolios mediáticos -convertidos, también en Argentina, en el eje articulador de la oposición golpista, falsamente democrática y oligárquica, igual que en Venezuela- intentan defender el autoritario, despótico ejercicio de su libertad de empresa. Seguramente los lectores latinoamericanos requieran de una breve explicación.

Quién es Hugo Moyano

Hugo Moyano es el secretario general de la Confederación General del Trabajo (CGT), un poco gordo, negro -como se dice en mi país- de ascendencia indígena, fiero, para los parámetros de belleza de la revista Gente o Para Ti, como pisar mierda descalzo, habla como millones de argentinos, con errores de prosodia, desdibujando las "eses" finales -nosotros decimos comiéndose las eses, pero como la expresión es anfibológica la he evitado-.

Ha sido el más duro y consecuente opositor al menemismo, cuando muchos de sus compañeros eran cooptados por la corrupción neoliberal. Ha logrado que, no sólo los conductores de camiones, sino todo el personal que trabaja alrededor de un camión -esto es los recolectores de basura, los cargadores de camiones en las transportadoras de bebidas, los descargadores de los supermercados, es decir los sectores menos especializados y por lo tanto peor pagados de la clase trabajadora argentina- hayan obtenido convenios que han logrado elevar la dignidad de estos trabajadores y sus familias al nivel de un maestro o un empleado de banco.

Moyano y la CGT son dos soportes decisivos del gobierno de Cristina Fernández. Constituyen la base proletaria, asalariada, de un gobierno débil en muchos aspectos, pero que ha intentado en los últimos siete años -incluyendo la gestión de su marido- cambiar el rumbo neoliberal, proimperialista y prooligárquico de la Argentina.

Hugo Moyano en la Biblioteca Nacional

Este gobierno, lanzado a una lucha sin cuartel con el sistema mediático, lleva a Moyano a la Biblioteca Nacional -una especie de templo laico del iluminismo oligárquico, donde los espectros de Paul Groussac y de Jorge Luis Borges, con su mezcla de cinismo y desprecio por las razas de humilde color, aún asustan a los lectores trasnochadores- para discutir la sanción de una nueva Ley de Radiodifusión, que reemplace a la vigente, dictada por la dictadura de Videla.
Y he aquí, en toda su restallante infamia, clasista y reaccionaria, la crónica de uno de los paniaguados y alquilones con que Clarín pretende expresar a la clase media argentina, en su edición de hoy sábado 10 de mayo de 2008.

Lo primero que intenta resaltar es el carácter patibulario del público que siguió a Moyano. Para ello titula:
“Rodeado de una barra de camioneros, el jefe de la CGT habó en la Biblioteca Nacional”

Días atrás, en la Feria Nacional del Libro había dado una conferencia el periodista norteamericano Tom Wolfe, frente a un entusiasta público integrado en su mayoría por muchachas de mediana edad, que celebraban con los ojos en blanco las ocurrencias del ambiguo personaje. A nadie se le ocurrió titular "Barra de entusiastas solteronas dio marco a la conferencia de un escritor extranjero", por ejemplo.

¿Que pretende el jefe de redacción de Clarín, con ese título?

¿Que la primera visita del negro Moyano como expositor a la Biblioteca Nacional fuese acompañada de un coro de doncellas que, en blancas togas, le arrojase pétalos de rosa a su paso?

El hombre, siguiendo al Martín Fierro, debe haber pensado “yo soy toro en mi rodeo y torazo en rodeo ajeno” y, para sentirse más seguro, se hizo acompañar por sus iguales: fornidos recolectores de basura a razón de 3.500 kilos por noche, choferes de gigantescos camiones de 150.000 dólares, conocedores de todos los comedores que hay entre Buenos Aires y La Quiaca, o entre Río Gallegos y San Pablo, con su infaltable toalla en el cuello y su voluminoso abdomen asomando bajo los pliegues de la camisa desabrochada.

Y este hecho, democrático, plebeyo, popular, Clarín pretende convertirlo –en actitud de señora gorda lectora de Andrés Oppenheimer- en un baldón a la sacralidad del recinto. La Prensa y La Nación ya lo hicieron durante y después del peronismo. También lo había hecho el periódico Propósitos, del partido comunista en 1945.

Clarín ha logrado entrar en tan poco honroso Salón de la Fama.
El verdugo como víctima del decapitado

La segunda maniobra del monopolio es ponerse en el papel de víctima, actitud esta que los venezolanos conocen muy bien.

Este multimillonario monopolio, que factura diariamente millones de dólares, se siente amenazado por “una campaña de agresiones” consistente en que “militantes camioneros repartían ayer en la sala calcomanías con las leyendas ‘Clarín miente’ y ‘TN-Todo Negativo’”. Las tiernas y sensibles almas de doña Ernestina, sospechosa de cambiar la identidad de sus hijos adoptivos durante el videlato, y de Pagliaro, cuyo dedo índice debe tener el tamaño del obelisco como producto del ejercicio de contar los billetes de dólares ganados en los últimos treinta años, sienten que su dictadura es amenazada por unas leyendas distribuidas en la Biblioteca Nacional por un grupo de recolectores de basura.

Su mera enunciación revela la infamia del Clarín y la lacayuna obediencia del plumífero que firma el artículo.

Frente a este arrastrado Marcelo Helgfot se alza, ejemplar y admirable, la renuncia de Claudio Díaz a las mieles y seguridades de la esclavitud que ofrece Clarín a sus paniaguados.
Caracas, 10 de mayo de 2008

24 de abril de 2008



Entre la estolidez y el cinismo

(con perdón de Fabio Alberti)

La tontería, es cierto, no tiene signo político. Se puede ser un tonto oficialista o un tonto opositor. Pero la tontería política siempre sirve al poder establecido, siempre colabora a su mantenimiento, a su perdurabilidad. Vease sino la nota publicada por Rebanadas de Realidad y firmada por una tal Ana Moreno, presentada como vicepresidenta del ARI de Lomas de Zamora, bajo el título Quienes promueven la desestabilización de éste gobierno, que en realidad debería haber sido Quiénes promueven la desestabilización de este gobierno. No es que sobre un acento, sino que está mal puesto.

Pero todo el acento del artículo está puesto en un lugar equivocado, como se verá a continuación.

Dice la señorita Moreno: “Hace mas de 2 meses que se pronuncia la palabra 'golpe'. Durísimo, cruel, severo e inhumano término”. Y uno se imagina que a continuación descargará su ira contra los criminales cortes de rutas, contra el consecuente sitio por hambre a las grandes ciudades argentinas, contra las señoras que manifestaron el 25 de marzo con el retrato del chacal Videla, contra las perfumadas muchachas rubias que hacían con la mano el gesto de “Andáte”, contra la sistemática campaña de los grandes medios contra un gobierno llegado hace sólo cuatro meses. Y uno sigue esperando la denuncia de esas prácticas golpistas cuando después agrega: “El problema no es el término, el problema son las practicas (sic) y de donde provienen esas practicas (sic). La complicación es la expresión oral, corporal, gestual y la representación que ello implica". Tiene razón piensa uno, el problema no es una palabra, el problema es que los argentinos tenemos una larga experiencia en golpes de estado y sabemos perfectamente dónde y cómo se inician esos golpes: en el diario La Nación, en la Sociedad Rural, en CARBAP, en la embajada de los EE.UU., en los alrededores de la plaza Vicente López, en los countries de Pilar. Lo de la expresión corporal y gestual oscurece un poco lo que venía clarito y la última expresión “la representación que ello implica” termina por opacar la luminosidad del concepto, porque uno no entiende lo que quiere decir.

Pero el párrafo siguiente produce una llamada de alarma en la cabeza del lector: “Lo terrible, lo atroz, es la instalación en la opinión publica (por adopción o por oposición) de este termino y quien lo hace, encubriéndose detrás de una pseudo defensa de nuestra democracia”.

Y cuando agrega: “O alguien se puede adjudicar la democracia? O tiene un nombre y un apellido unidireccional y unilateral?”, la alarma se convierte en el penetrante ulular de sirenas de una decena de autobombas. ¿A quién se está refiriendo la señorita vicepresidenta del ARI de Lomas de Zamora? Por ventura ¿no estará intentando acusar a la presidenta Cristina Fernández de incitar al golpe contra ella? Pero, sin embargo, ¿qué quiere decir que “lo atroz, lo terrible” no es, contra lo que podría pensarse, generar las condiciones políticas para un golpe de estado, sino “la instalación en la opinión pública de este término”? ¿Por qué, continúa preguntándose uno, habla de “pseudo defensa de nuestra democracia”?

Con todos estos interrogantes uno continúa leyendo ya casi llevado por el suspenso de una novela policial. ¿Quién será el culpable de tantas atrocidades?

Y continúa la señorita Moreno: “Leo y releo, incansablemente las opiniones de los lectores de distintos periódicos nacionales. Con mucha preocupación, estos lectores también pregonan a través de la adscripción o el repudio el 'golpe'. En las calles, en los cafés, en la universidad, en el colectivo, con los amigos / as, con los compañeros / as de trabajo, en el almacén... " ¿Adónde irá a parar?, se pregunta uno, ya ansioso por llegar al final.

Y aquí aparece develado el “misterio profundo de la cosa”, como decía Julián Centeya: “Ergo, esta instaladísimo”. Y ¿quién se ha encargado de “instalarlo”? “Se ha encargado este gobierno”, dice la señorita Moreno.

Aunque parezca mentira, esta émula de la “Coti Nosiglia” de Boluda Total acusa al gobierno, objeto de una violenta ofensiva con claros contenidos golpistas evidenciados en todos los medios, de “instalar” –terrible, atroz- la idea del golpe, al denunciarlo, al denunciar la complicidad de la miserable e indigna oposición, de la señora Carrió y sus visajes hacia fuera de cámaras. Pretende, en su tonta construcción ideológica –se sabe que el papel en blanco acepta cualquier cosa- montar una teoría por la cual un criminal podrá excusarse de su homicidio con el argumento de que la víctima “instaló” la idea del crimen al gritar con desesperación “¡me quieren matar!”.

En efecto, la señorita Moreno-Nosiglia afirma sin rubor: “La dirigencia de este (nuestro) gobierno, a través de una planificación sistemática de hacernos creer que todo aquello a lo que no pueden dar respuestas, por incapacidad o por oportunismo decidioso (sic), es culpa y responsabilidad de otros".
“Esos otros somos nosotros / as. Todos y todas. Toda la sociedad ahora es de ‘derecha’”.

Así es, señorita Moreno. “Esos otros” son ustedes. No toda la sociedad, como, con chicana de picapleitos, afirma, sino ustedes, quienes, bajo la tutela de las clases más parasitarias y rentísticas de la sociedad, amparados por la impunidad que le dan los grandes diarios, los canales de televisión privados y el respeto irrestricto del gobierno a la convivencia democrática, son cómplices de un intento de golpe de estado. Un golpe de estado frío, más mediático que militar, con chicas rubias y uniforme escolar más que con gorras y bigotes, con más música de Sanz que marchas militares, con la finalidad de torcer la voluntad, expresada en las urnas de modificar la distribución del ingreso en la Argentina.

Todas sus apelaciones a la democracia, señorita Moreno, suenan como una carcajada en un velorio.

Caracas, 24 de abril de 2008

21 de abril de 2008

Caracas, 19 de abril de 1810 - Buenos Aires, 25 de mayo de 1810

En estos días se ha celebrado en toda Venezuela la fecha que motivó a Andrés Bello a una juvenil canción escrita unos años después, en la que cantaba: "Caraqueños, otra época empieza…".

El 19 de abril del año 10, las clases decentes de Caracas destituyen al Gobernador y Capitán General de la provincia de Venezuela, Vicente Emparán, e instauran una Junta de Gobierno que desconoce al Consejo de Regencia establecido en Cádiz y asume la representación de la autoridad en nombre del rey Fernando VII, a la sazón, como se sabe, en manos de los franceses. Los protagonistas principales de ese histórico Jueves Santo son entre otros: Francisco Salia, quien obliga al gobernador y Capitán General, tomándolo fuertemente del brazo, a volver al Cabildo Abierto del cual se había retirado para ilegitimar su sesión; el ignoto jefe de la guardia del Capitán General, que ordena a su tropa a no repeler la agresión física sobre la máxima autoridad; José Felix Ribas, el agitador que se arrogaba la representación de todos los partidos; el cura chileno Cortés de Madariaga, cuyo discurso llevó al Capital General, Vicente Emparán, a la renuncia final.

La historia ha inmortalizado un momento que, como en una fotografía, se condensa la complejidad de los hechos. Rojo de ira, por el discurso del canónigo chileno, Emparán, declaró que si no lo querían estaba dispuesto a abandonar inmediatamente el cargo. Y mientras hablaba, se dirigió al balcón del cabildo y no se sabe si por audacia o por desconcierto, preguntó a la gente que se había reunido a las puertas del edificio si estaban o no conformes con su gobierno. Al parecer, el pícaro y rebelde chileno, como un moderno productor de televisión, dudando sobre la lealtad de los presentes –muchos de ellos sirvientes y esclavos de los cabildantes- hizo, detrás de Emparán, con su dedo índice la seña de la negación dirigida a algunos de los que pertenecían a la conjura. Un tumultuoso "¡No!" respondió a la retórica pregunta del Capitán General, quien se retiró del recinto, exclamando: "¡Pues yo tampoco quiero seguir mandando!"[1]

Los mantuanos –la clase social de propietarios criollos cuyas mujeres tenían derecho exclusivo al uso del manto- habían logrado ese día, y bajo la "máscara de Fernando VII" –artificio político que se expandió como un reguero de pólvora por todos los cabildos hispanoamericanos- lo que sus anteriores pronunciamientos y rebeliones no habían obtenido.

1795 y el rechazo a la Real Cédula de Gracias al Sacar

El 10 de febrero de 1795 una Real Cédula dictada en Aranjuez y conocida como "de Gracias al Sacar", suspendía las infamantes consecuencias derivadas del carácter de "pardo, zambo o quinterón" y permitía a esas clases –determinadas por su composición racial- la posibilidad de obtener por compra el distintivo título de "Don" y hasta ciertos cargos administrativos, hasta ese momento un exclusivo privilegio de los blancos. La reacción de las clases propietarias criollas no pudo ser más enconada. El ayuntamiento de Caracas, en reunión del 14 de abril de 1796, resolvió enviar al rey una súplica para que se suspendieran los efectos de la mencionada Cédula. Su texto, publicado en la magistral biografía de Simón Bolívar, de Indalecio Liévano Aguirre, merece ser citado:

"Dispensados los pardos y quinterones de la calidad de tales, quedarían habilitados, entre otras cosas, para los oficios de la república, propios de personas blancas, y vendrían a ocuparlos sin impedimento, mezclándose e igualándose con los blancos y gentes principales de mejor distinción, en cuyo caso, por no sufrir este sonrojo, no habría quien quisiera servir los oficios públicos como son los de Regidores y el resto de todos los que se benefician y rematan por cuenta de la Real Hacienda, y podría originarse de esto discusiones de las respectivas clases, por la dispensa de calidad que se les concede a esas gentes bajas que componen la mayor parte de las poblaciones y son por su natural soberbias, ambiciosas de honores y de igualarse con los blancos, a pesar de aquella clase inferior en que los colocó el Autor de la Naturaleza"[2].

Poco caso hizo la Corona a este petitorio. En 1801 una nueva Cédula Real señala las tarifas para abandonar la calidad de pardos y quinterones, para obtener el preciado "Don", así como para la declaración de hidalguía y nobleza. La avidez fiscalista de los Borbones, que en su momento había permitido a los españoles americanos comprar sus recientes títulos de marqueses y condes, amenazaba con arrasar una estratificación social basada en el color de la piel y con el privilegio de los mantuanos. Estas clases propietarias de haciendas cafetaleras y de esclavos africanos entendía confusa, pero visceralmente, que la penetración de las ideas francesas en la corte de Madrid los convertía en depositarios de una misión: conservar en las colonias el viejo orden social. Como ha descrito con acierto el historiador, político y diplomático colombiano antes citado,"uno de los fenómenos más curiosos de anotar en el Nuevo Mundo por aquellos tiempos es el peculiar sentido revolucionario de los criollos: quieren la revolución contra España para conservar el orden tradicional heredado de la misma España"[3].

1808 y el rechazo a José Bonaparte

En julio de 1808, llegó a Caracas de un representante del Supremo Consejo de Indias con la finalidad de exigir el reconocimiento de José Bonaparte como rey de España y del príncipe Murat como teniente general del reino. La respuesta al recién llegado es un motín que se convirtió en una reacción de entusiasmado apoyo y fidelidad a Fernando VII. Mientras en las calles el pueblo de entonces aclamaba al rey y los sacerdotes godos lanzaban maldiciones divinas contra los franceses y sus diabólicas teorías políticas, los mantuanos, a la sombra de sus frescas mansiones, acordaban la constitución de una Junta Suprema de Caracas. Al día siguiente, logran que el capitán general, don Juan Carlos Casas, acepte la instauración de la nueva autoridad local.

Durante varios días logró Caracas reasumir la autoridad metropolitana en nombre de diversas clases sociales. La llegada de un comisionado de la Junta de Sevilla, don José Meléndez Bruna, logró que los españoles europeos –exclusivos administradores de la colonia- volviesen a levantar cabeza y se restableciese la autoridad española, mientras se iniciaba una investigación contra "los traidores a España y la Monarquía".

Los enviados españoles cumplían en las colonias el mismo papel que sus iguales en España. Como ha escrito Jorge Abelardo Ramos: "Mientras las tropas napoleónicas exterminaban a miles de españoles, Fernando VII, en cuyo nombre se combatía, adulaba rastreramente al sátrapa ensoberbecido. Tal era el patriotismo de la realeza y de la aristocracia de España que dominaba las Indias. (…) Todo el alto clero acató el nuevo orden extranjero. Lo mismo hizo el partido de los liberales 'afrancesados', que habiendo perdido toda fe en el despotismo ilustrado español para regenerar España, depositaban ahora sus esperanzas en el absolutismo bonapartista. De este modo se encontraron reunidas las clases más poderosas de España, la putrefacta aristocracia, la dinastía, la jerarquía eclesiástica y hasta el ala liberal"[4]

"El ejemplo que Caracas dio"

Pero en 1810, ese año crucial para Hispanoamérica, los criollos lograron imponer una autoridad de origen local por un tiempo más largo y convocando a hacerlo a todos los cabildos del país que, ya en el mismo mes de abril, comienzan a formar sus propias Juntas. Cumaná, Margarita, Barinas, Trujillo y Mérida serán los cabildos que responden afirmativamente a la convocatoria de Caracas.

Y un poco más de un mes después, en la lejana Buenos Aires, en el confín de la América española, una sociedad menos estamental y racista que la venezolana de entonces, siguió el ejemplo de Caracas.

A diferencia de la sociedad norteña, la esclavitud no constituía un modo de producción. Los "pardos y morenos" estaban en muchos casos manumitidos y formaban parte del sector artesanal de la pequeña aldea. No había plantaciones en el Río de la Plata y el contrabando era la principal actividad de los comerciantes porteños.

El espíritu rebelde, a diferencia de lo anotado por Liévano Aguirre, Picón Salas y la mayoría de los historiadores neogranadinos y venezolanos, no se había constituido en la defensa de privilegios sociales y raciales, sino sobre la defensa del virreinato ante los intentos portugueses e ingleses de ocuparla y sacarla de la heredad española para convertirla en colonia del nuevo imperialismo comercial marítimo.

La Junta porteña, la Primera Junta, tenía en su seno españoles europeos y españoles americanos, y su presidente era un gran hijo del Alto Perú.

Ni la de Caracas, ni la de Buenos Aires, se pensaban a sí mismas como embriones de pequeñas e indefensas naciones. Ambas, y todas las que surgieron en ese glorioso año de 1810, eran manifestaciones de la misma nación que asomaba, con brutales contradicciones y enormes dificultades, a la faz de la tierra.

Por eso es que, cuando la Asamblea del año 13 convierte la marcha de López y Planes en himno de guerra de las provincias del Sur, y cuando el dominio español había aplastado a sangre y a fuego la independencia venezolana, el fervor patriótico del autor pregunta indignado:

¿No los véis sobre el triste Caracas
luto , llantos y muerte esparcir?
¿No los veis devorando cual fieras
todo pueblo que logran rendir?

Es que el poema que Vicente Salia le hiciera a las jornadas del 19 de abril, al calor mismo de los hechos, dejaban a las claras que la lucha no era de parroquia, sino continental.

Decía el caraqueño:

Unida con lazos
que el cielo formó,
la América toda
existe en Nación;
y si el despotismo
levanta la voz,
seguid el ejemplo
que Caracas dio.

Y en eso andamos los suramericanos últimamente.

Caracas, 21 de abril de 2008.


[1] Indalecio Liévano Aguirre, Bolívar, 2ª. Edición, Editorial Grijalbo, Caracas, Venezuela, 2007, pág. 103. Raúl Díaz Legórburu, 5 Procesos Históricos, Academia Nacional de la Historia, Julio-Septiembre, Nro. 347, Caracas, Venezuela, 2004.
[2] Indalecio Liévano Aguirre, Bolívar, 2ª. Edición, Editorial Grijalbo, Caracas, Venezuela, 2007, pág. 95.
[3] Ibídem, pág. 96.
[4] Jorge Abelardo Ramos, Historia de la Nación Latinoamericana, 2ª Edición, Senado de la Naci{on, buenos Aires, Argentina, pág. 116.

2 de marzo de 2008


Partido Socialista Unido de Venezuela

Partido único o

movimiento nacional latinoamericano

El presente artículo salió publicado en la edición argentina de la revista Question Latinoamerica, correspondiente al mes de marzo de 2008.

Si algo tiene de notable el presidente Hugo Chávez es su enorme capacidad para dialogar con su pueblo. Motivado, quizás, por la profesión de su padre –un maestro de provincia- su aparición televisiva, no sólo en Aló Presidente, sino en cualquiera de los programas de noticias y opinión de la televisión pública venezolana, traslucen el objetivo de educar políticamente a su gente, de integrarla a las grandes decisiones políticas, de sacarla de la exclusión política en que ha vivido durante el puntofijismo. Campesinos y citadinos que hasta la revolución bolivariana estaban al margen de la política, participan, se informan y hacen conocer su punto de vista gracias, entre otras cosas, a la enorme y sencilla capacidad de comunicación de su presidente, a su habilidad para hacer sencillo lo difícil.

Este artículo intentará con la misma franqueza con que se expresa Hugo Chávez presentar algunas reflexiones sobre la creación del Partido Socialista Unido de Venezuela. Es una discusión que ha sido lanzada por el presidente venezolano y que, por su alcance, no puede circunscribirse tan sólo a los venezolanos, ya que la naturaleza latinoamericana de la revolución bolivariana nos convierte de inmediato en protagonistas, en sujetos de esa revolución, con mayor o menor grado de incidencia, pero con el mismo grado de compromiso.

Jefatura personal unificadora
Este es un tema que, en todo lo que he leído alrededor del proceso bolivariano, no ha sido tratado con la dedicación que se merece.

La revolución bolivariana tiene una jefatura personal en la figura del comandante Hugo Chávez. Ha asumido el papel que es típico y propio de los grandes movimientos liberadores hispanoamericanos y, en general, tercermundistas, el del caudillo, el del jefe popular -generalmente, pero no necesariamente, militar o de origen militar- que se pone a la cabeza de las grandes mayorías. El caudillo (la palabra caudillo viene del latín vulgar “capitellus”) expresa en su persona el conjunto de las aspiraciones contradictorias de los distintos sectores y clases sociales, de grupos y tendencias, muchas veces en pugna, que se enfrentan al sistema de dominación oligárquico imperialista.

El enfrentamiento nacional con el imperialismo suma a diversas clases y sectores sociales que van desde los marginados urbanos y los campesinos sin tierra a pequeños y medianos productores agrarios ahogados por los monopolios exportadores, desde los trabajadores -allí donde el proceso industrial ha logrado modernizar la estructura productiva- a importantes sectores de la burguesía nacional que encuentran en la estructura importadora un freno al desarrollo de sus actividades. Diferentes estructuras e instituciones, como las Fuerzas Armadas, sectores de la Iglesia Católica, las cámaras empresariales, los sindicatos industriales o rurales, organizaciones religiosas y partidos y movimientos políticos de distintas tradiciones ideológicas concurren al gran torrente de la revolución nacional antiimperialista. Muchos de estas corrientes y tradiciones, de estos sectores y clases sociales sostienen entre sí una pugna, un enfrentamiento, como resultado de sus intereses contradictorios. Esta pugna necesita ser subsumida y unificada en el gran movimiento revolucionario. La jefatura personal juega, entonces, el papel unificador de este mosaico político y social, se pone por encima de esas contradicciones y expresa al conjunto. Se convierte, no sólo en la resultante, sino en el eje articulador de todo el sistema oprimido por el imperialismo.

Esta conducción personal es muy difícil de institucionalizar bajo las formas tradicionales de los partidos políticos, ya que su elemento constitutivo es, por así decir, el diálogo directo entre el caudillo y su base social. El propio Chávez lo ha expresado:

“Chávez es columna central de este proyecto.
Si Chávez se debilita y cae, se viene abajo todo esto. Ellos lo saben.
Chávez no soy yo en lo individual. Chávez aquí es mucho más que una persona.
Chávez es un pueblo, es una conciencia, es una fuerza colectiva a la que le pusieron el nombre mío”.
(Transcripción de Aló Presidente No. 301, 20 de enero de 2008.)

Revolución y partido
En la perspectiva demoliberal tradicional -que ha regido en Venezuela hasta la llegada al poder de Hugo Chávez y que rige en la mayor parte de América Latina- los partidos son organizaciones políticas que expresan distintas visiones de la vida social, distintos intereses sociales, distintas perspectivas y tradiciones, y cuya finalidad es luchar electoralmente por el poder político del estado, relegando al lugar parlamentario de la oposición a los que no lo alcancen.

En la visión marxista clásica, los partidos son expresiones de distintas clases y sectores sociales. Por esta razón, sostienen, es necesario crear un partido que exprese los intereses de la clase obrera, cuyo objetivo es el socialismo y cuyo dominio será el fin de la sociedad de clases.

Desde la interpretación de Lenin del marxismo, –que abarca a stalinistas y trotskistas- el partido es una organización de revolucionarios profesionales, que actúan en nombre de la clase trabajadora, en la medida en que sostienen lo que se considera la mejor expresión de sus intereses, en el plano político e ideológico, el materialismo dialéctico.

En el caso cubano, a su vez, el partido fue un producto específico nacido de las contingencias propias de la revolución cubana. Como resultado del aislamiento de Cuba y la presión imperialista sobre el resto de los gobiernos latinoamericanos, se estructuró por la integración de la guerrilla y el movimiento político que la expresaba en un partido preexistente, completamente alineado a las necesidades políticas de la Unión Soviética. En el momento dramático en que Fidel Castro lanza su famoso, “soy, he sido y seré marxista leninista” la revolución cubana se aleja cada vez más de la experiencia popular latinoamericana, queda prisionera de la estolidez, el burocratismo y el primitivismo político soviético. El partido Comunista cubano es un partido construido después de la toma del poder por parte de la revolución y es inevitablemente tributario, política e ideológicamente, al tipo de socialismo que cayó en 1990. Sobre esto vuelvo un poco más adelante.
Antes de determinar el carácter del partido político que intentará representar los intereses y objetivos de la revolución bolivariana es fundamental contestar a la pregunta ¿en que etapa se encuentra el proceso revolucionario? ¿Se está al principio o al final de la revolución?

Si la respuesta es, como entiendo, que nos encontramos al comienzo de ese proceso, la organización que la exprese deberá ser flexible, abierta, inclusiva para los nuevos sectores que se integren y con la agilidad necesaria para los avances y retrocesos del curso revolucionario. Deberá ser, además, una organización que reconozca la conducción personal unificadora, el papel de caudillo, al que nos referimos más arriba.

¿Qué es el PSUV?
Ni bien apareció la propuesta, el propio presidente Chávez tuvo que salir a explicar que cosa no era, sin que quedase establecido o claro qué cosa era ese partido.

La unificación en una sola fuerza de todos los sectores que aportan a la revolución bolivariana no puede ser resuelta por decreto. Un partido suele ser el producto de un largo proceso de definiciones políticas, de prédica y de reclutamiento, por un lado, y de lucha por su construcción enfrentando a sus enemigos. El modelo de partido político argentino ha sido sin duda la Unión Cívica Radical, aún cuando su estado actual parezca discutir esta afirmación. Producto de una larga lucha desde el llano por la democratización del sistema político argentino en manos del grupo conservador gobernante, a quien don Hipólito Yrigoyen llamó “el Régimen falaz y descreído” y a la lucha contra el mismo, “la Causa”, el radicalismo se construyó a lo largo de varios levantamientos armados cívico-militares y la incansable intransigencia de su líder para imponer el voto secreto. Esta ha sido la razón fundamental para que, más allá de la modificación a sus banderas originales, haya podido superar los cien años de vida.

El partido Justicialista, por su parte, nunca fue un partido en ese sentido, sino un mero instrumento electoral. La vida interna del peronismo transcurría en lo que se ha llamado “el Movimiento”, es decir el sistema de dirigentes políticos, organizaciones de base, centros de estudios, organizaciones sindicales, agrupaciones estudiantiles y hasta instituciones paraestatales, que reconocían la jefatura del general Perón y de las que Perón recogía las aspiraciones populares. El propio Perón estuvo tentado, según lo ha dicho alguna vez, en denominar socialista o laborista a su partido. Renunció a ello por las implicancias que el socialismo tenía y tiene en la vida política argentina, su larga tradición antinacional, su gorilismo, su liberalismo económico y, por último, su desprecio hacia el pueblo argentino concreto. Ponerle laborista hubiera sonado, por otra parte, con una inflexión inglesa, que el nacionalizador de los ferrocarriles no estaba dispuesto a asumir.

Lo que vemos acerca del PSUV es, más bien, una especie de unificación forzada, que, no obstante, ha permitido que queden afuera otros agrupamientos para los que se piensa la creación de un Polo Patriótico, de un frente.

En lugar de lanzar la propuesta de creación de una gran Movimiento Bolivariano que interpretase cabalmente las tareas y objetivos de la revolución venezolana y que generase la posibilidad de una amplia corriente latinoamericana en ese sentido, se prefiere la creación de un partido del poder -con los riesgos que ello implica, según varias experiencias, entre ellas la cubana y la sandinista-, se le pone el adjetivo polisémico de socialista - que cubre un espectro que va desde Segolene Royal y Tony Blair hasta los grupos trotskistas, es decir no significa nada- y encima se le da un carácter exclusivamente venezolano. Todavía es válida la vieja propuesta del APRA de Víctor Raúl Haya de la Torre que fundó algo que se llamó Acción Popular Revolucionaria Americana, de la cual el partido peruano no era sino una filial local, lo cual, aunque sea en el plano simbólico, dejaba bien en las claras la magnitud de la tarea.

El presidente Chávez se sintió obligado a explicar que no se refería al socialismo del siglo XX, al que criticaba, sino al del nuevo siglo.

El problema de las palabras es que ya tienen un significado y es un trabajo estéril pretender darles otro. La utilización del nombre “socialismo” es profundamente equívoca porque remite a una experiencia histórica ajena a Latinoamérica. Los partidos socialistas europeos nunca entendieron a América Latina y la mayoría de ellos descalificaron a nuestros procesos históricos, desde Bolívar hasta los diversos movimientos populares del siglo XX. Los partidos socialistas de hoy están contra Chávez, adhieren a las tesis neoliberales y apoyan a sus transnacionales. La cuestión de nuestra liberación nacional les es profundamente extraña.

Por otra parte, poner el eje en la construcción del socialismo en un país donde la clase obrera es minoritaria, hay tan sólo 6.000 empresas y la principal actividad es la exportación de petróleo, es, por lo menos un exceso de retórica.

En el cauce de la revolución bolivariana hay un gran componente burgués, al modo de Bismarck, de Lincoln, de Perón, de Sukarno y hasta de Mao y Ho Chi Minh. En el seno de esas revoluciones, en las guerras civiles y lucha contra el extranjero que atravesaron algunas de ellas, sobrevivía, como una necesidad histórica, la revolución burguesa no realizada, las aspiraciones de los campesinos por tierra y propiedad. No se puede pretender hacer una revolución nacional sin elementos burgueses. No se puede pretender que el Ejército venezolano sea el fundamento político más importante del chavismo, sin que se manifiesten y presionen los intereses y objetivos de la burguesía, cualquiera sea la forma que adopten. Como decía el poeta peruano Leoncio Bueno: “Hay muchos buscadores de oro que pretenden encontrarlo amonedado. Pero no es así, el oro, en la naturaleza, viene mezclado con barro, con escoria, con minerales de ínfimo valor. Y es ahí donde el verdadero buscador encuentra su tesoro”.

Ahora bien, sabemos que esto es difícil de resolver porque la propuesta está muy encaminada. Pero temo que todo ello lleve a la revolución a un atolladero. La forma de salir del mismo sería, en mi opinión, el lanzamiento de un gran Polo Patriótico, integrado no sólo por partidos políticos, sino por todo tipo de organizaciones sociales y sindicales, que se convierta en el gran movimiento bolivariano al cual, al final, se subordina el PSUV.

Ello le daría a la revolución nacional, democrática y de proyección latinoamericana, que es la revolución bolivariana, el marco y el instrumento político acorde a sus necesidades y objetivos.

Buenos Aires, 7 de febrero de 2008.


3 de febrero de 2008

El Chad


El Chad

Esta nota fue escrita en el año 1983. Los acontecimientos que hoy se viven en el Chad le han dado una nueva vigencia. Algo de lo allí expresado puede iluminar el análisis sobre la confusa información periodística.






La Herencia colonial de Miterrand

En 1955, hace menos de treinta años, Francia era junto con Gran Bretaña, la potencia colonialista más importante en África. Lo que hoy es Marruecos, Tunez, Argelia, Mauritania, Mali, Senegal, Alto Volta, Guinea, Costa de Marfil, Dahomey, Níger, Chad, la República Central Africana, Congo Brazzville, Gabón, Madagascar, Dyibut, Togo y Camerún eran –hace menos de treinta años- colonias francesas.
Heredadas gracias a la ambición e inescrupulosidad de tenaces buscadores de oro y marfil, traficantes de esclavos y aventureros sedientos de emociones fuertes y consolidadas merced a la participación decisiva del estado forjado por Luis Napoleón, el imperio colonial francés mantenía bajo su égida a millones de almas. Constituía un mosaico racial, religioso y lingüístico para el cual la Declaración Universal de los Derechos del Hombre, aprobada por los revolucionarios parisinos en 1789, sólo era una carta de indemnidad para el ejercicio de los naturales derechos del hombre blanco civilizado sobre los inocentes salvajes de color.
Al terminar la Segunda Guerra Mundial, el África musulmana y el África negra se levantan, no pocas veces en armas, contra el poder colonial. Se dan a la tarea vasta e ímproba de formar naciones y estados nacionales sobre las arbitrarias fronteras dejadas por el hombre blanco, con poblaciones caprichosamente divididas y sobre estructuras sociales y económicas que combinan –con artes dignas del doctor Frankestein- puertos y ciudades costeras de un relativo desarrollo comercial con tribus nómades y métodos agrícolas casi prehistóricos.
Francia, al igual que Inglaterra, no acepta resignada la pérdida de sus territorios ultramarinos. En 1953, Guy Mollet, el presidente socialista del Consejo de Ministros, decide el envío de legionarios y paracaidistas franceses a Argelia para sofocar militarmente el movimiento independentista. Un año después, la “derrota” de Dien Bien Fu -como se conoce en Francia al triunfo de las fuerzas vietnamitas patriotas- da fin a las posesiones francesas en el Lejano Oriente. En 1956, nuevamente el ejército francés es enviado a luchar en el extranjero: la nacionalización del Canal de Suez por parte del presidente Nasser crea en el gobierno del Eliseo un sentimiento de obligación a participar, junto a americanos e ingleses, contra el amenazador nacionalismo árabe..
Es posible que Francois Mitrerrand haya reflexionado en estos antecedentes al envolverse en el enmarañado conflicto del Chad. Alrededor de 2.500 legionarios, aviones de combate Jaguar y Mirages F1, misiles Crótalo y aviones de reaprovisionamiento KC135 se encuentran estacionados en la capital del país centroafricano para apoyar el gobierno de Hissene Habré contra los rebeldes dirigidos por Gucuni Uedey. La importancia de la presencia francesa ha convertido la guerra civil en otro punto álgido del ya crítico continente africano.

El Chad: un país que no existe
“Le Nouvel Observateur” sostenía hace unas semanas que Francois Miterrand habría afirmado en privado que el Chad no existe. Su superficie de 1.300.000 kilómetros cuadrados es en un 70% una dilatada prolongación del desierto del Sahara y en el 30% restante una tórrida sabana con una temperatura media de entre 25 y 30 grados. La población de tan sólo 2.700.000 (1) habitantes está constituida por grupos islámicos e islamizados en el norte –dar al Islam, la tierra del Islam- y en el sur, por diferentes grupos lingüísticos negros, cristianos y animistas –dar al-Abid, la tierra de los esclavos-.
La casta de los hadades, formada por antiguos esclavos, sufre todavía hoy una fuerte discriminación. Existen cuatro o cinco idiomas y muy escasos –si alguno- sentimientos de pertenencia nacional.
Su historia (ver Recuadro, más abajo) es un ejemplo típico de desarrollo colonial. En 1956, el protectorado del Chad se convierte en estado miembro de la Comunidad Francesa, con el nombre de República del Chad. Cuatro años después obtiene la independencia y ocupa un escaño en las Naciones Unidas. El territorio que había sido una simple unidad administrativa colonial, se convertía en un país. Ni siquiera la reconocida eficiencia burocrática gala era capaz de semejante milagro.
El país es uno de los más pobres del África y en la actualidad carece de recursos, incluso para sostener a su delegación en la ONU. Por reales razones económicas o por imprevistos financieros, los representantes chadianos en Nueva York se han visto obligados en los últimos días a acudir a organizaciones de beneficencia para obtener su ración gratuita de alimentos y el desalojo por falta de pago amenaza a la oficina diplomática. Producto de la demencia colonialista que caracterizó la presencia europea en el resto del mundo, el Chad es a duras penas un estado, escasamente un país y de ninguna manera una nación en el sentido social y político del término. Y Francois Miterrand ha mandado sus paracaidistas para, según sus palabras, "mantener la autodeterminación del Chad y evitar la ingerencia extranjera".

Quienes son los extranjeros
En 1975, un golpe militar derroca al presidente Tombalabaye y asume la primera magistratura el general Félix Malloum. Su primer ministro fue el actual jefe de estado Hissene Habré. Junto a él actuaba su enemigo de hoy, Gucuni Uedey, ambos musulmanes y provenientes de las provincias norteñas. Los enfrentamientos tribales, las diferencias religiosas y la escasez de recursos naturales hacían difícil la tarea del gobierno radicado en la capital N’Djamena.
Habré quitó del medio, poco después, al general Malloum y comenzó a practicar una suerte de nacionalismo tribal, similar al que hiciera tristemente célebre al ex emperador Bokasa –en África Central- y al también depuesto Idi Amin de Uganda. Contaba con el apoyo de los gobiernos occidentalistas de Zaire y África Central. Su opositor Uedey loga destituirlo en 1980, con ayuda del coronel libio Kadafi, y establece el llamado Gobierno de Unidad Nacional del Chad. Así comienza la guerra civil. La presión francesa sobre el gobierno de N’Djamena logra el retiro de las fuerzas libias. Poco tiempo después –ya en 1982-, y con el apoyo de tropas del Zaire, Hissene Habré vuelve a ocupar la presidencia.
El ahora rebelde Uedey vuelve a pedir ayuda a su amigo libio y desde el norte inicia una contraofensiva que logra reocupar la principal ciudad de la zona, el oasis Faya-Largeau. Entonces, muy discretamente, comienza Francia a enviar material y ayuda sanitaria al régimen de Habré. La Central de Inteligencia Americana hace lo mismo sin ocultarlo y considera a Habré como “el legítimos representante del pueblo chadiano”. Por otro lado, los franceses estimulan a Mobutu, el presidente del Zaire, a enfrentar al peligro libio y éste envía unos 2.500 soldados formados y entrenados por Israel. Para alcanzar el Chad deben atravesar la República Central Africana, donde hay estacionados fuertes contingentes de la Legión Extranjera francesa, operación que se hace con el asentimiento del Quai d’Orsay.
Gracias a la ayuda franco-americana Habré logra retomar la ciudad norteña. Mientras tanto, aviones americanos de espionaje Awac controlan los movimientos de las fuerzas libias y se apresuran a transmitir sus informaciones la gobierno socialista francés. En agosto de este año, Francois Miterrand dio el visto bueno a la operación Manta, “el operativo militar más importante después de la guerra de Argelia” –según la prensa francesa-.
¿Cuáles son entonces las fuerzas extranjeras a las que el gobierno francés enfrentará en el desierto del Chad? La pregunta no deja de ser retórica, puesto que la única intromisión que Francia –así como EE.UU.- consideran amenazantes para sus intereses geopolíticos en la región son las tropas del ejército libio. Los titulares de los diarios occidentales compiten en los juicios severos sobre Mohamed Kadafi: el Time lo considera “el hombre más peligroso del mundo”, mientras que el izquierdista Le Nouvel Observateur se pregunta “cómo parar a Kadafi”. Y esto último es sin duda el objetivo final del compromiso francés. Todo el gabinete de Miterrand, desde el ministro de Defensa Charles Hernu y Guy Penne, consejero de Asuntos Africanos, hasta el ministro de Relaciones Exteriores, Claude Cheysson y Regis Debray, consejero de Asuntos Latinoamericanos, coinciden en la necesidad de detener el llamado expansionismo libio y aprueban el envío de tropas y pertrechos.

El Chad del Norte y el Chad del Sur
Los observadores concuerdan en apountar que las tropas francesas no piensan pasar más al norte del paralelo 14, límite imaginario entre la región norte y la sur. Pero están dispuestas a no permitir el avance de las tropas del rebelde Uedey más allá de esa “línea roja”, como la llaman los estrategas franceses. El presidente Habré ha denunciado, poco antes de su visita a la ciudad francesa de Vittel, con motivo de la reunión cumbre afro-francesa, que Miterrand quiere partir el Chad. En realidad, no le faltan antecedentes a la diplomacia francesa. Para una solución de ese tipo. La antigua Indochina quedó durante varios años dividida en Vietnam del Norte y del Sur y empantanada en una guerra que ocupó los titulares durante más de una década.
Pero ¿cuál es a esta altura el objetivo del dirigente libio? Desde la revollución del 1º de setiembre de 1969, que llevó al poder al ejército libio influido por la prédica nacionalista de Gammal Abdel Nasser, Kadafi no ha ocultado sus deseos de unificar los distintos países árabes. En varias oportunidades y con variada suerte ha intentado federar su país, ora con Egipto y Sudán, ora con Siria, ora con Túnez. La existencia, al sur de sus fronteras, de un territorio casi deshabitado y con dificultades casi insalvables para constituir un estado nacional, no puede sino interesar al coronel del desierto. Por otro lado, le permite poner en tela de juicio la validez de las fronteras legadas por la descolonización, objetivo que siempre ha estado presente en su nacionalismo. En realidad, el Chad podría sobrevivir como estado nacional sólo al amparo y con la ayuda de algún amigo más rico y poderoso. Francia estima que su carácter de antiguo amo colonial le otorga prioridades en ese sentido. Kadafi ha decidido cuestionar las prerrogativas galas. Prefiere que sean sus soldados y no la Legión Extranjera, quienes establezcan las bases políticas para la existencia del Chad.
Miterrand, quien en la ya mencionada reunión de Vittel celebrada en la primera semana de octubre esperaba lograr un apoyo de las ex colonias francesas a su política, se encuentra en un grave dilema. Por razones que hacen a su imagen de hombre de izquierda no quiere aparecer como un gendarme en África y desea diferenciar su política exterior de la de los EE.UU. Y por razones que hacen a los intereses, por así decir, permanentes de la política exterior francesa, sostiene más de 10.000 soldados en las antiguas posesiones. Un diplomático africano explicaba de esta manera la situación: “un esclavo no se convierte en ciudadano libre por la simple abolición de la esclavitud. Se requieren años de integración y ejercicio de sus derechos. De la misma manera, un ex amo no puede, durante largos años, evitar un gesto peyorativa ante el antiguo siervo”.
Por estas razones psicológicas o por otras, la herencia colonial de Francia pesa sobre los hombres del presidente socialista. Reduciendo su importancia en la hora de la toma de decisiones disminuiría su respetabilidad en el exclusivo club de “los grandes”. Siguiendo sus dictados se esfuman los ideales de ofrecer al Tercer Mundo una alternativa intermedia entre Washington y Moscú. El balance exacto entre estos dos valores, la respetabilidad y el idealismo, ha sabido convertirse muchas veces en la negación de ambos, el cinismo.
Estocolmo, octubre de 1983.

Recuadro

Negreros y Franceses
La historia conocida del Chad se remonta a los orígenes de la expansión musulmana como posta de paso para las caravanas transsaharianas. En el siglo XVI se consolida en el norte el reino islámico de Baguirmi, que ocupa e islamiza la región del sur, la cual es frecuentemente sometida a levas de esclavos. En el siglo XIX comienza la penetración europea, simultáneamente con la ocupación por parte de negreros egipcios. El asesinato del explorador Crampel da motivo a la intervención francesa, la que dirigida por el general Gentil, conquista la región y establece el protectorado galo en 1897. El acuerdo franco británico de 1898 permite a Francia unir esta región con las colonias de Senegal, Argelia y Congo. En 1901, el coronel Largeau ocupa la parte norte y somete a las tribus de la región Uaday, en el límite con Níger, fundando el fuerte que hoy lleva su nombre –Faya-Largeau-. El protectorado francés lentamente va anexando territorios vecinos, por medio de la ocupación militar o a través de tratados con ls otras potencias coloniales. Así, por ejemplo, el acuerdo franco-alemán de 1911 entrega Camerún al Kaiser, mientras que la República Francesa se hace cargo de la región oeste, conocida como Bec-de-Canard. En 1940 el gobernador de color Eboué considera que el protectorado del Chad ha consolidado sus fronteras y tiene el honor de ser la primera colonia que reconoce al gobierno de la Francia Libre, asentado provisoriamente en Londres.
Durante la Segunda Guerra Mundial se convierte en base de operaciones de las fuerzas francesas aliadas, para atacar los asentamientos italianos en Libia. Al finalizar la contienda se organizan distintas formaciones políticas destinadas a elegir representantes a la Asamblea Territorial –una especie de parlamente para las posesiones ultramarinas-. El partido Progresista Chadiano obtiene la mayoría de la representación. Será ese partido quien ocupará el gobierno cuando, en 1958, la colonia es declarada independiente. En la actualidad no existen partidos políticos tal como se los conoce en América Latina o Europa (2) . No obstante ello, la constitución del país es similar a la de la República Francesa.

(1) Según Wikipedia, al año 2007, Chad tiene una población de 9.885.000 habitantes. La mitad se concentra en el sur.

(2) Los partidos políticos se legalizaron en 1992.

1 de febrero de 2008

Gustavo II Adolfo de Suecia, según Franz Mehring

Gustavo II Adolfo de Suecia, según Franz Mehring

Cuando estudiaba Historia en la Stockholms Universitet tuve oportunidad de leer un pequeño librito de Franz Mehring sobre el rey sueco Gustavo II Adolfo, jefe de los ejércitos protestantes e invasor de Alemania, durante un período de la Guerra de los Treinta Años. Lo había encontrado en una biblioteca, en una edición no muy reciente y al devolverlo perdí todo contacto con el libro. Tuve oportunidad de reencontrarlo, en su versión sueca, en Internet, en la excelente Biblioteca Marxista www.marxists.org .

Por las razones que apunto más abajo decidí traducirlo al español e intentar que alguna editorial considere su publicación. Mientras logro esto último presentó acá la Introducción.

Franz Mehring

Introducción a la traducción al español 

Franz Mehring no necesita mucha presentación para un público acostumbrado a la lectura de los clásicos del pensamiento marxista. Nacido en Pomerania, en el norte de Alemania, en el año 1846, murió en Berlín en 1919, pocos días después que sus camaradas y amigos Rosa Luxemburgo y Kart Liebknecht fueran asesinados por los guardias blancos de la reacción imperial, al fracasar la revolución alemana de 1918. Ingresó a la política apoyando el proceso de unificación alemana liderado por Bismarck, desde una perspectiva liberal, para coincidir, poco después, con las posiciones expresadas por los socialdemócratas encabezados por Fernando Lasalle. Ingresó al Partido Obrero Socialdemócrata Alemán, donde se convirtió en uno de sus principales periodistas y publicistas. Entre 1902 y 1907 fue el editor jefe del periódico socialdemócrata Leipziger Volkszeitung. Entre 1906 y 1911 enseñó en la escuela del partido.

Fue miembro del parlamento prusiano entre 1917 y 1918. Comienza a distanciarse de la socialdemocracia con motivo de la votación a favor del presupuesto de guerra por parte del bloque de su partido en el parlamento alemán, hecho que tuvo enormes consecuencias en la historia de la socialdemocracia europea. El hecho puso fin a la existencia de la II Internacional y los partidos socialistas europeos apoyarán a partir de allí a sus respectivas burguesías en la matanza interimperialista de 1914, la Primera Guerra Mundial. 

En 1916 es fundador, junto con Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht, de la Liga Espartaquista que expresaba los puntos de vista de la fracción socialdemócrata opuesta a la colaboración de los trabajadores con la guerra imperialista. En 1918, un año antes de su muerte, dio a conocer su libro “Carlos Marx” (Editorial Grijalbo, México, 1957), producto de sus clases en la escuela de la Liga Espartaquista, y que constituye la mejor biografía política del fundador del materialismo histórico escrita hasta el presente. La unidad nacional alemana, la destrucción de los impotentes principados que retrasaron más de trescientos años la creación de un estado alemán centralizado y, por lo tanto, el pleno desarrollo de sus fuerzas de producción fueron los objetivos por los que se lanzó a la política y el principal impulso a su incorporación a la socialdemocracia. En su pensamiento, sólo el proletariado alemán podría llevar adelante esas formidables tareas, ante lo que consideraba la debilidad de la burguesía germana y su miedo a encarar las necesarias transformaciones que implicaban, entre otras, la abolición de la monarquía y de los residuos feudales.

En 1894 publicó este folleto sobre el rey sueco Gustavo II Adolfo, quien en el transcurso de la Guerra de los Treinta Años, invadió y saqueó el suelo alemán, y al que la burguesía sueca y la alemana, lo que despertó en Mehring una profunda indignación, erigieron en un guerrero por la libertad de conciencia contra la servidumbre del catolicismo y los jesuitas. Para desmentir esta falacia, Mehring hace en este folleto un ejercicio de revisionismo histórico sobre la figura del monarca sueco, sobre la Guerra de los Treinta Años y sobre la reforma luterana. 

Dos cosas, entre otras, deja en claro el folleto: 

1. La profunda transformación económica que, con el ropaje de turbulencias, enfrentamientos y guerras religiosas, conmovieron a la sociedad Europea a partir de fines del siglo XV. 

2. Y dentro de ello, Mehring establece un punto de vista, a mi entender, novedoso al apartarse de la condena adocenada del progresismo de izquierda al absolutismo de los Austria y a la contrarreforma jesuítica. Con una luz impiadosa ilumina las pequeñeces del luteranismo y de su fundador y algunos seguidores, así como la infamia de los príncipes alemanes, luteranos y católicos, mientras que eleva al Mariscal de las fuerzas del Sacro Imperio Romano Germánico y de la Liga Católica, el bohemio católico Alberto de Wallenstein a la altura de un fallido, pero hábil y esforzado, protounificador del reino alemán.

Su afirmación de que, siendo Alemania uno de los países más atrasados de Europa occidental de entonces, la religión alemana (el luteranismo) no podía ser sino una religión atrasada, y su descripción del jesuitismo como, junto con el luteranismo y el calvinismo, la expresión de las nuevos formas de producción capitalista en la esfera religiosa, aportan un novedoso, pese a lo centenario del texto, e iluminador punto de vista. 

La otra razón que me motivó a la traducción del texto, además de su ausencia en la literatura en castellano, es que la lucha secular por la unificación de Alemania, más allá de las obvias y enormes diferencias de tiempo, lugar y cultura, y de la existencia arrasadora en nuestros días de un imperialismo económico inexistente en el siglo XVII, tiene ricos y aleccionadores puntos de contacto con nuestra lucha por la unidad de América Latina. También aquí encontramos figuras similares a los “déspotas enanos” que menciona Mehring, al referirse a la miríada de duques, condes, margraves, marqueses, príncipes, príncipes electores, obispos, arzobispos y emperador que usufructuaban el trabajo de los campesinos y las ciudades alemanas. Nuestras impotentes repúblicas, sus muecas de soberanía frente a los vecinos y su lacayuna obediencia al imperialismo, juegan el mismo papel que aquellas, son el impedimento para nuestra existencia como nación continental soberana. 

Si Francia, por un lado, y la rapiña sueca, por el otro, más la traición de los príncipes, católicos y protestantes, fueron la razón principal para que Alemania entrara trescientos años tarde al concierto europeo, como nación moderna, así hoy el sistema imperialista que rige sobre EE.UU. y Europa, y se descarga sobre el mundo semicolonial, y la traición de las oligarquías latinoamericanas constituyen el principal impedimento de nuestra unificación nacional. Para no hablar de los historiadores de nuestra balcanización que, así como el partido de la reacción alemana erigió en héroe al causante del atraso alemán, han erigido en el papel de prohombres a quienes abrieron las puertas al imperialismo inglés, dividieron la heredad hispanoamericana para facilitar la penetración del mismo. Mitre, Portales, Tagle, Rivera y Rivadavia cumplieron el mismo papel que en este folleto Mehring atribuye a los miserables señores alemanes. Y nuestros Wallensteins, nuestros campeones de la independencia nacional y la unidad continental han sido relegados a la categoría, o bien de déspotas, o bien de bandidos, actitud esta de la que no se salvó ni siquiera el maestro del profesor Franz Mehring, Carlos Marx. 

Hay un detalle, apenas unas palabras, en el texto de Mehring que no puedo pasar por alto y han merecido una pequeña nota al pie de página de mi parte. Al final de su breve ensayo y describiendo la decadencia moral de aquella banda de príncipes y marqueses, escribe: “Los príncipes protestantes, que habían vivido desde el final de la guerra campesina hasta la paz de Westfalia, eran una pandilla horripilante, a la que un mar de agua calina apenas alcanzaría para ocultar el color natural de la piel de esos moros bajo una fina capa de color cieno”. Que en 1908, fecha de la segunda edición del folleto, Franz Mehring continuase considerando que esas palabras no ofendían a un vastísimo sector de la humanidad oprimida indica bien a las claras el carácter eurocéntrico que el pensamiento socialista marxista, aún el más avanzado y decidido, tenía en el Imperio Alemán de Guillermo II poco antes de la Primera Guerra Mundial. Llamar moros, en recuerdo de los cultos príncipes del califato de Granada, con el brutal sentido descalificatorio y racial que encierra el párrafo, es para los latinoamericanos de principios del siglo XXI un indicio más del derecho de inventario con que tenemos que aprehender los instrumentos del pensamiento crítico generados por Europa. 

Establecido el necesario y sano inventario, entremos entonces al texto de Franz Mehring sobre Gustavo Adolfo Wasa. 

Julio Fernández Baraibar Pântano do Sul, Isla de Florianópolis, Santa Catarina, Brasil 23 de diciembre de 2007.