10 de julio de 2012

El amigo paraguayo de Juan Bautista Alberdi
Gregorio Benites, el embajador del Mariscal López

Gregorio Benites y Juan Bautista Alberdi en una foto tomada en Paris, durante la Guerra del Paraguay
Hace unos meses tuve el honor de ser invitado por nuestra embajada en el Paraguay para dar una conferencia sobre los derechos argentinos sobre las islas Malvinas. A ello se sumó una invitación de la Cancillería paraguaya para exponer sobre el mismo tema en su escuela de diplomacia ante una treintena de embajadores y funcionarios. Esa era mi primera visita a la tierra paraguaya y una de las cosas que más gratamente me sorprendió -y así lo expresé en mis dos intervenciones- fue que una de las calles principales de Asunción, que nace en la misma Plaza del Congreso, llevase el nombre del ilustre tucumano Juan Bautista Alberdi. Me alegró que el esfuerzo político, intelectual y personal que Alberdi le dedicara a la causa del Paraguay en Europa, durante la abominable guerra de la Triple Alianza, tuviese este reconocimiento por parte del pueblo y el estado paraguayos.
Pero lo que ignoraba era que el impulsor de ese homenaje fue el doctor Gregorio Benites, un patriota, intelectual y hombre de estado de cuya existencia nada sabía, pese a haber leído hacía años “Alberdi y su tiempo” del santafesino Jorge Mayer, la mejor biografía sobre el autor de “El Crimen de la Guerra”.
Quien me hizo conocer a este insigne político fue el diplomático Ricardo Scavone Yegros acercándome un pequeño pero rico libro de su autoría sobre Gregorio Benites1. El doctor Scavone Yegros ha trabajado, integrando un equipo de investigadores argentinos y paraguayos, con el archivo de la correspondencia entre Benites y Alberdi, descubierta no hace mucho en la Biblioteca Nacional del Paraguay.
Gregorio Benites nació en Villarrica, un pequeño pueblo ubicado unos cientocincuenta kilómetros al sureste de Asunción, el 25 de mayo de 1834, en los últimos años del gobierno del doctor José Gaspar Rodríguez de Francia. Como todos los jóvenes de su época, a los 17 años se incorporó al ejército bajo el comando del general Francisco Solano López. Participó de las obras de defensa de Humaitá, fortaleza que tendría un esencial protagonismo en la guerra.
A los 23 años se incorporó como escribiente al Ministerio de Guerra y Marina, a cargo de Francisco Solano López. El futuro mártir de Cerro Cora facilitó el acceso del joven Benites a su biblioteca que era “bien surtida”, según él mismo cuenta. Conoció muy de cerca a Solano López quien le aconsejó sobre las “obras que debía leer y estudiar de preferencia”, para “adquirir los conocimientos necesarios al hombre en sociedad”, tal como escribiera posteriormente. Fue secretario de López en su actuación como mediador entre la Confederación Argentina y el gobierno secesionista de Buenos Aires, en 1859. Ya entonces sufrió la primera hostilidad de parte de los ingleses. Cuando el vapor Tacuarí, en el que se trasladaba la delegación, estaba a punto de zarpar rumbo a Asunción, fue interceptado por dos cañoneras británicas, ante la cómplice tolerancia de las autoridades porteñas. Pese a la protesta del general López al gobierno de la provincia separada, los paraguayos debieron realizar un sacrificado viaje por tierra hasta Paraná para poder volver a Asunción. El típico incidente con un súbdito británico, un tal Santiago Canstatt detenido por participar de una conspiración contra el presidente Carlos Antonio López, fue el motivo de la temprana hostilidad inglesa.
Pero este mismo hecho le dio oportunidad para iniciar su carrera diplomática en Europa. El presidente nombró como jefe de una misión a Londres y París, para dar a conocer el punto de vista paraguayo sobre este tema, a Carlos Calvo, entonces cónsul de la provincia argentina escindida en Montevideo. Carlos Calvo, nacido en esa ciudad de padres argentinos, era hermano de Nicolás Calvo, una de las figuras más importantes del partido federal porteño, enfrentado a Mitre, amigo de Francisco Solano López y director de La Reforma Pacífica, diario que defendía la posición paraguaya.
En 1860, Benites abandonó Asunción, adonde no volvería sino once años después. Dejaba un país próspero, pacífico y progresista. Volvió a un Paraguay desvastado por una guerra criminal, sin cultivos, sin industrias, sin hombres. Seguramente sintió en ese retorno los mismo sentimientos que expresó, con dolor solidario, Carlos Guido Spano: “Llora, llora urutaú, / en la rama del Yatay. / Ya no existe el Paraguay, / donde nací como tú”.
La Guerra del Paraguay en Europa
En sus “Anales Diplomático Militar sobre la Guerra del Paraguay” Benites escribió que en marzo de 1864 “amenazados los países del Río de la Plata de una conflagración armada, con motivo de la actitud militar del Imperio del Brasil, en los asuntos internos de la República Oriental, llegó a ser incompatible con los intereses primordiales del Paraguay la presencia de un ciudadano argentino al frente de la representación diplomática en Europa por lo que el gobierno del Mariscal López dispuso dar sucesión a mi jefe de legación, señor Calvo”. La sombra ominosa de la guerra llevada a cabo por el imperio brasileño con la complicidad de Bartolomé Mitre y Venancio Flores hizo necesaria la destitución de Carlos Calvo y un nuevo jefe de legación, Cándido Bareiro, se hizo cargo de la misma. Muy pronto, Bareiro comenzó a alejarse de su gobierno.
Escribe Juan E. O'Leary, el gran cronista de la historia paraguaya: “Se puede comprender la naturaleza de sus quejas y su odio contra los López; lo que no se comprende es que haya esperado su elevación por los mismos López a una posición despues después de haberle costeado su educación en Europa, para ejercer su venganza contra sus verdaderos benefactores, y en detrimento de los intereses fundamentales de su país, que le habían sido confiados”. Es interesante destacar que en sus apuntes Gregorio Benites, secretario de la legación, afirma: Jamás me ha parecido oportuno propender a ese fin (el derrocamiento de López) bajo la invasión de ejércitos enemigos al pueblo paraguayo (…) Ese proceder me parecía la felonía más abyecta e indigna de un hombre honrado”.
Y fue en este momento en que nació la firme amistad entre Benites y el gran exiliado de la dictadura mitrista, Juan Bautista Alberdi. Benites dio comienzo a una intensa campaña periodística, en París y en Londres, para demostrar los derechos paraguayos y la ignominia de la guerra. En esa actividad, el tucumano, mayor que él -había nacido el mismo año de la Revolución, 1810- fue su gran guía intelectual y la cantera inagotable de argumentos a favor del Paraguay y contra la Triple Alianza. Cuenta Benites que Alberdi le decía: “Personalmente no ambiciono nada en recompensa de mi alianza con el Paraguay. Lo que deseo, como argentino, es que si llega a triunfar el Paraguay, ayude con su influencia amistosa la organización de los poderes de la República Argentina, con un gobierno verdaderamente nacional, en que todas las provincias de la Confederación gocen del mismo derecho y de los mismos beneficios que les absorbe la de Buenos Aires”. El drama de la dictadura mitrista sobre el interior – del que la Guerra de la Triple Alianza era tan sólo una expresión- era la única preocupación de Alberdi. Sus trabajos, verdaderos bombardeos estratégicos sobre las pretensiones del Brasil y la política de Mitre, tuvieron una amplia acogida en la prensa europea y socavaron sistemáticamente las posiciones de estos. Benites se encargó de editar y distribuir todos estos trabajos, tanto en Europa como en América.
En 1867 el jefe de Gregorio Benites, Cándido Bareiro, recibió la orden de volver a su país. En lugar de ello, demoró el retorno hasta la caída de Asunción y recaló en Buenos Aires, como aliado de Mitre. Benites quedó por fin a cargo de la legación paraguaya en Europa. Su afán por poner fin, de manera digna, a la matanza del Paraguay lo llevó a entrevistarse con el presidente Ulises S. Grant, el general que había hecho triunfar militarmente, en su país, los mismo principios y derechos nacionales que López en el Paraguay.
De vuelta en París, mantuvo conversaciones con Napoleón III, quien también le manifestó su solidaridad con el gobierno de López. Las razones dinásticas no fueron las menos importantes en la visión del emperador francés. El conde d'Eu, Gastón de Orleans, hijo mayor del Duque de Nemours, estaba casado con la hija de Pedro II, Isabel de Braganza, e integraba el partido legitimista que disputaba a Luis Napoleón el trono de Francia. Este francés, sanguinario y despreciativo, furioso por la muerte en combate de su amante, el general de artillería Juan Manuel Mena Barreto, fue el responsable de la masacre de Piribebuy y del brutal asesinato del defensor paraguayo de la plaza, el general Pedro Pablo Caballero,.
Con la muerte del Mariscal en Cerro Cora, Gregorio Benites decidió cerrar la legación europea. Cuando las tropas alemanas asediaban Paris, antes del levantamiento de la Comuna de 1871, Benites abandonó el continente y después de una estadía en Inglaterra, llegó a Asunción al año siguiente.
Allí comenzó una nueva etapa en la vida de Gregorio Benites. El país en ruinas, ocupado por fuerzas extranjeras y hostiles, lo obligó a volver a vincularse con la vida política, lo que le traería entre otras consecuencias, quince meses de prisión, en las más dura de las condiciones. La acusación de estafas al gobierno y malversación de fondos públicos durante su estancia en Europa fue la calumnia que lo llevó a un injusto cautiverio, detrás del cual Benites siempre supuso las intrigas brasileñas. Un negocio de unas letras libradas por un prestamista inglés, cuyo intermediario era Máximo Terrero, el marido de Manuelita Rosas, fue la causa material de su procesamiento. Su amigo Alberdi lo defendió desde París, en todo momento. Al salir de prisión se exilió en Montevideo y en Buenos Aires. Aquí vivió pobremente, en la localidad de San Martín. En Asunción asumió la presidencia su tornadizo jefe de legación Cándido Bareiro. Sólo después de la muerte de éste, pudo el villarriqueño volver a su Patria.
Su participación en la reconstrucción del Paraguay y su dedicación al Estado lo llevaron a alcanzar los más altos cargos y responsabilidades. En julio 1889, cuando los restos de Juan Bautista Alberdi fueron repatriados, un grupo de paraguayos, entre los que se encontraba Gregorio Benites, se reunió para realizar un homenaje al viejo defensor de los derechos del país. Entre otras cosas, se resolvió que la vieja calle de Atajo, en la capital, llevase en lo sucesivo el nombre del tucumano, ahijado de bautismo del General Manuel Belgrano, el que convenciese a los paraguayos a ser independientes de España.
Cuando el Paraguay vive, nuevamente, momentos difíciles, vaya este recuerdo a uno de sus tenaces defensores contra el Imperio de entonces.
1 Gregorio Benites. Un diplomático del viejo Paraguay. Ricardo Scavone Yegros. Colección Protagonistas de la historia. N° 24. Diario ABC Color. Asunción del Paraguay, 2011.

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