21 de marzo de 2013

Un Papa nacido en el fin del mundo
(Primera parte)
La eleción del cardenal argentino Jorge Bergoglio como cabeza universal de la Iglesia Católica es un hecho de una fenomenal trascendencia histórica, por diversas razones que aquí trataremos de explicar desde la perspectiva de la política, desde el poder y la geopolítica.
Hace ya varios años, en un artículo dedicado a analizar la elección del Papa alemán Joseph Ratzinger1 intentamos explicar el sentido geopolítico que esa elección tenía.
Los últimos años de Juan Pablo II
El nuevo Papa desplazaba por su procedencia la hegemonía histórica que la curia vaticana, formada en gran parte por cardenales de origen italiano, tenía en Roma. Los últimos años del Papa Juan Pablo II se habían caracterizado por la decadencia física del mismo y su relativa incapacidad de hacerse cargo del timón de la nave de Pedro. Después de haber sido testigo de la implosión del socialismo real2, en Europa Oriental, y la creación de un nuevo mapa geopolítico europeo y mundial, el Papa Woytila estuvo al borde de la renuncia. La burocracia vaticana, la curia, que lo rodeaba lo convenció de “continuar llevando la cruz” de su cargo, cuyo peso era notoriamente mayor a sus fuerzas. Los oscuros sectores curialescos, con sus más oscuras y misteriosas relaciones con el gran capital financiero y el poder plutocrático de Europa cubrieron durante siete u ocho años la creciente dificultad de un Papa, cuya salud se deterioraba día tras día. A su fallecimiento es esta Curia Romana el verdadero poder en el Vaticano. El nuevo Papa, fuera quien fuese, debería enfrentarse frontalmente con este poder si pretendía ser algo más que un títere del sistema curialesco.
Era la época del despliegue hegemónico en el mundo entero del capital financiero, de la utopía neoliberal, del más crudo individualismo y el hundimiento de los países periféricos en el infierno de la desindustrialización y el desempleo crónico. Mientras Rusia -la antigua URSS- se recomponía a las nuevas condiciones de la implosión del petrificado sistema soviético, EE.UU. asumía una tenebrosa ideología del Fin de la Historia en la que toda inesperada intervención humana se presentaba como imposible y hasta perniciosa.
América Latina se debilitaba año tras año, sus países caían uno tras otro bajo la férula del capital financiero, en lo económico, y de EE.UU., en lo político, mientras sólo Cuba, la última colonia española, sobrevivía con dignidad y pobreza su absoluta independencia nacional.
El viaje de Juan Pablo II a Cuba significó un enorme espaldarazo al esfuerzo realizado por los cubanos a lo largo de los años posteriores a la década del 90. Bajo la retórica algo antagónica de los discursos de Fidel y del Papa, uno y otro sabían el papel que cada uno estaba jugando. Si bien el Papa romano había visto con entusiasmo la caída del decadente imperio soviético, no estaba dispuesto a que la única superpotencia se quedase sin más con un continente cuya población era predominantemente católica. Fidel Castro, el antiguo alumno de los jesuitas, sabía, por su parte, que ese hombre que había contribuido con su presencia en el Vaticano a la desaparición de la protección que la URSS imponía sobre la isla caribeña era también un puente que quebraba el peligroso y pesado aislamiento al que Cuba era sometida por el imperialismo norteamericano a causa de su altiva actitud de independencia.
La lenta decadencia física de Juan Pablo II insufló de poder a la curia romana que, al fallecer el Papa, gobernaba incontroladamente las finanzas, las relaciones plutocráticas y el poder disciplinario en el interior de la Iglesia.
El papa alemán
Como hemos explicado largamente en el artículo antecitado, la elección de Joseph Ratzinger en la silla petrina tuvo diversas implicancias. Por un lado hizo evidente que la principal preocupación del conjunto de cardenales del mundo entero era la situación del catolicismo en Europa. La elección del bávaro Ratzinger implicaba, además, un cierre de cuentas con el mundo germano, después del terrible enfrentamiento de la Guerra de los Treinta Años, que llenó de sangre campesina los campos alemanes, que convirtió su suelo en tierra de saqueo de príncipes suecos y cuyos resultados atrasaron en cuatrocientos años la unificación de ese gran país. Es muy interesante, en este sentido, la versión que de esa guerra ha dado el historiador marxista Franz Mehring, en un libro de principios de fines del siglo XIX que he traducido del sueco3. Lejos de la condena adocenada propia del laicismo de cuño juanbejustista de nuestro país, Mehring repudia el primitivismo luterano, el provincialismo de sus parásitos coronados, a la vez que reivindica la acción científica e intelectual de la compañía de Jesús, así como el papel jugado por el bohemio Alberto von Wallenstein como un protounificador, fracasado, de la nación alemana.
La elección de Ratzinger expresaba, entonces, la unificación que Europa venía formalizando bajo la hegemonía del gran desarrollo económico, industrial y financiero de Alemania. Las preocupaciones predominantes de Ratzinger, entonces, tenían que ver con la secularización progresiva de los europeos, su alejamiento de toda idea religiosa, por un lado, y la permanente y creciente influencia de la inmigración del norte de África, que convertía al musulmanismo en la segunda religión del continente y, en muchos sentidos, la más viva y pujante.
La otra misión que su pontificado implicaba era la de restaurar el poder del Papa en la burocracia vaticana, disolver las infinitas camarillas de poder que anidaban en sus interminables pasillos y recámaras, que muchas veces hacian sentir al jefe de la Iglesia Católica como un huésped de sus palacios. La iglesia católica enfrentaba ya entonces una brutal decadencia moral y carismática. Los escándalos por pederastia y pedofilia sumaban sentencias por millones y millones de dólares, a punto tal que la iglesia norteamericana, una de los principales pilares económicos de El Vaticano, se había visto obligada a disminuir drásticamente sus aportes por causa de las multimillonarias sentencias de indemnización por los abusos sexuales sobre jóvenes y niños de curas, educadores religiosos e, incluso, obispos.
A su vez, el tejido de intereses económicos financieros entre la curia administradora y la plutocracia europea constituía un escándalo moral de igual o mayor gravedad. Si bien, el papado había tenido una relación permanente con la democracia cristiana italiana, sus negociados, desfalcos y relaciones maffiosas, la globalización había entrelazado la economía vaticana con el pútrido sistema del capitalismo financiero, sus lavados de dinero, su estrangulamiento sobre las economías periféricas y sus vaciamientos de bancos, empresas y falsas bancarrotas.
Joseph Ratzinger había sido un importante intelectual de la renovación de la Iglesia, en tiempos del Concilio Vaticano II, y sus posturas, junto con algunos otros alemanes como Hans Küng o Karl Rahner, Urs von Balthazar o el francés Henri de Lubac, habían abierto nuevos rumbos a la filosofía y la teología católicas. Si bien su pensamiento afirmaba, como no podía ser de otra forma4, la tradicional moral sexual de la Iglesia, la visión paulista del matrimonio heredada del derecho romano, su visión política no correspondía a la que imperaba e impera en la corte vaticana.
La principal preocupación de Benedicto XVI, como lo hizo evidente la polémica que generó su famosa homilía de Ratisbona, era intentar impulsar una nueva ola religiosa en la Europa del neoliberalismo y un freno a la religión más militante y exitosa de los últimos cincuenta años, el musulmanismo.
Joseph Ratizinger es un típico intelectual europeo, de sólida formación teológica y filosófica. Sus preferencias por la música mozartiana y su disgusto por expresiones musicales más contemporáneas, como el rock, dejaban ver una personalidad conservadora, más racional que emotiva, más cómoda en la construcción dialéctica que en la acción social.
Este hombre conservador, como digo, a la cabeza de una institución altamente conservadora como es la Iglesia Católica, terminó su pontificado con un gesto de gran osadía política. Conciente de que sus años de papado no habían logrado minar el poder plutocrático en el seno del Vaticano, ni el arrepentimiento y el propósito de enmienda en la conducta de curas, obispos y cardenales que terminaban amparando a convictos delincuentes sexuales, y que su propio organismo comenzaba a sentir las limitaciones de la edad, renunció. Es decir, tomó la decisión más parecida en la Iglesia a patear el tablero, a denunciar, ante quien supiera entender su mensaje, la gravedad institucional por la que se atravesaba, así como su impotencia para resolverla. Desde hacía 600 años no se había vivido una situación semejante. El primer Papa elegido en el siglo XXI terminaba su mandato exponiendo la seriedad de una situación que él mismo no estaba en condiciones de enfrentar y solucionar.
Por otra parte, el alemán Ratzinger estaba pagando tributo también a la crisis brutal que sacude a Europa y al papel desliscuecente que su país natal juega en esta crisis. Si se acepta, como dijimos, que su elección buscaba expresar la nueva realidad de la integración europea que sucedió a la caída de la URSS y Europa Oriental, la renuncia tiene también que ver con esa realidad.
La hegemonía política y económica del neoliberalismo como ideología oficial y excluyente de la Europa comunitaria terminó por imponer en los países europeos la misma crisis económica, social y cultural que impuso en los países latinoamericanos. El estallido de la falsa prosperidad basada en la financierización del capitalismo productivo terminó con la sociedad de bienestar y el ajuste, como ya había ocurrido en nuestros países suramericanos, se descargó sobre los asalariados, los hombres y mujeres de trabajo, los más débiles e indefensos. Y, al contrario de lo ocurrido en América Latina, los pueblos europeos no encuentran salida a sus reclamos, demandas y sufrimientos. La crisis parece no tener fondo y el espectáculo de disolución social, de protesta espontánea e inorgánica, que habíamos vivido los argentinos entre 1990 y 2001, se instaló en la milenaria Europa. La integración bajo la hegemonía del gran capital financiero hizo evidente sus limitaciones y su inviabilidad.
Por otra parte, Alemanaia se transformó lentamente en un país que, con el Banco Central Europeo, lleva adelante el mismo objetivo que la Werhmacht fracasó en llevar a cabo en 1939: la expansión imperialista alemana sobre la periferia -e incluso el centro- de los países de Europa. Angela Merkel, convertida en fuhrer de un tercer reich bancario, es quien fija las normas económicas, los ajustes, la desprotección de los ancianos y los niños, el recorte de salarios y jubilaciones, al conjunto de los ciudadanos europeo.
Un Papa alemán en el trono de Pedro y una canciller alemana en el trono de Europa se asemejaba demasiado a las condiciones de un Imperio Romano Germánico con chips, pantallas táctiles y drones, manejado por los banqueros ingleses y flamencos.
Un cónclave en la Roma del ajuste económico
El colegio de cardenales tuvo para su reunión un escenario muy distinto al que había tenido durante los últimos cincuenta años. Terminada la guerra y pasado el marasmo de una Italia ocupada por el ejército norteamericano -momento del cual las primeras películas del neorrealismo italiano han dado cuenta de manera magistral (Roma Ciudad Abierta, Ladrón de Bicicletas, Milagro en Milán, entre otras), la Italia del norte fue incorporándose al desarrollo europeo. De la mano de una democracia cristiana que expresaba a la gran burguesía fascista a la que el propio Vaticano había ayudado a reciclar bajo formas democráticas, Italia se incorporó al welfare state del capitalismo continental europeo. El Partido Comunista italiano, el más poderoso de Europa Occidental, expresaba a su vez a los sectores obreros y populares de la ciudad y el campo. Discutiendo y peleando -como lo hacen Alfredo y Olmo, el anciano terrateniente y el anciano dirigente sindical agrario en el final del filme Novecento de Bernardo Bertolucci5- la DC y el PCI pusieron a Italia y su tardía unificación nacional a la altura de Francia y Alemania, los países que condujeron, a partir del final de la guerra, el proceso de integración europea. Los duros tiempos del mercado negro, de los soldados americanos haciendo una larga cola para ver y tocar la virginidad de una muchacha italiana, que describe de manera lacerante Curzio Malaparte en su novela La Piel, fueron quedando en el olvido. Juan XXIII, Pablo VI, Juan Pablo I y Juan Pablo II fueron elegidos en una Roma cada vez más próspera y, por ende, más distante de los pueblos semicoloniales, que conforman la mayoría de la humanidad.
Lejos de ese optimismo de entonces, este Cónclave se reunió en una Italia envuelta en una crisis económica sin precedentes, casi sin gobierno, en un proceso de ajuste de salarios y pensiones, de achicamiento del gasto público y de ayuda financiera a los bancos, impuestos por los burócratas del Banco Europeo con el sólo objeto de salvar la dictadura de las finanzas y el inevitable deterioro del euro. Berlusconi, el viejo aliado de la Curia Vaticana, con escándalos y desplantes propios de un príncipe del Renacimiento, dueño monopólico de los medios de comunicación de masas, ha perdido apoyo electoral y plutocrático. Sus pujos de rebeldía, contra la participación italiana en las guerras coloniales de África y Medio Oriente, le hicieron perder la simpatía que su histriónica personalidad había despertado en el centro imperialista, EE.UU., el Reino Unido y Alemania. España, Francia y, como hemos visto, Italia, los principales países católicos de Europa, están atravesados por una crisis que se descarga sobre los sectores más vulnerables de una sociedad que no encuentra fórmulas ni liderazgos que le permitan enfrentarla y darle respuesta.
Los problemas que la Iglesia evidenciaba ya en los fines del reinado de Juan Pablo II, lejos de disiparse, se habían agravado. Grupos religiosos, estrechamente vinculados al poder financiero, como el Opus Dei, disponían de una influencia casi ilimitada en la política y los negocios vaticanos, mientras sus miembros aparecían como responsables en sus países de la catastrófica situación económica.
Por otra parte, los cardenales del otro gran continente católico, América Latina, venían de países que, pese a sus graves problemas de miseria, pobreza e injusticia social, había sorteado en términos relativamente favorables la crisis mundial. Si bien, en muchos de ellos, algunos obispos mantenían duros enfrentamientos con sus gobiernos, como en el caso de Venezuela, o relaciones tensas y un tanto ríspidas, como en el caso argentino, esos países habían mejorado notablemente sus índices económicos, mantenían una sólida estabilidad y mejoraban el nivel y la calidad de vida de sus pueblos.
En esas condiciones, el Cónclave debía elegir quien gobernaría la Iglesia: un continuador de la misma Curia Romana, que había determinado la renuncia de Benedicto, o un renovador que, de alguna manera, no podía venir sino de la periferia.
El cónclave logró darle un gobierno a la Iglesia, antes y más rápido que la clase política italiana a su propio país, que al escribir estas líneas carece aún de una administración.
Buenos Aires, 21 de marzo de 2012
Continúa
1 La elección de Joseph Ratzinger, 25 de abril de 2005, fernandezbaraibar.blogspot.comhttp://fernandezbaraibar.blogspot.com.ar/2013/02/laeleccion-de-joseph-ratzinger-el-25de.html
2 La idea de que el Papa Juan Pablo II fue responsable del estallido de la Unión Soviética y el Pacto de Varsovia constituye una notoria exageración. La URSS y el llamado bloque soviético estaba en plena e irrefrenable entropía, tanto econonomia como política. Los principales agentes de esta disolución del “socialismo real” anidaban en el seno mismo de la burocracia despótica y corrupta que gobernaba esos países.
3Gustavo Adolfo II de Suecia, http://issuu.com/juliofernandezbaraibar/docs/gustavo_adolfo_ii__por_franz_mehring
4Pretender de la Iglesia Católica -o cualquier otra- una moral sexual adaptada a la vida secularizada de la modernidad es, antes que otra cosa, una tontería, porque justamente ésa es, por así decir, la especialidad de la casa. Con el atenuante, frente a ciertos rigores del puritanismo protestante, de que el recurso de la confesión alivia las culpas que esos mandatos pueden imponer en el alma de los fieles. En rigor de verdad, sus prohibiciones y tabúes alcanzan solamente a aquellos que deciden voluntariamente formar parte de ella en su edad adulta y son comunes a la mayoría, sino a todas, las religiones más importantes e influyentes del mundo contemporáneo.
5 El final de esa película es una maravillosa síntesis de todo un período histórico. Los dos ancianos, después de un enfrentamiento prolongado y cruento, durante todo el siglo XX, caminan discutiendo, empujándose, riñendo como niños, mientras un topo (¿el de la historia?) se mete en su agujero.

1 comentario:

Enzo Alberto Regali dijo...

Aunque podríamos intercambiar opiniones sobre algunos aspectos. Muy buena tu reflexión. Somos, me incluyo, peces en cautiverio.