8 de marzo de 2016

Hoy nuestra densidad nacional es menos densa


Este pequeño gigante que nos acaba de dejar parecía gozar de la benéfica maldición de Gilgamesh, el héroe sumerio: la inmortalidad. Aldo Ferrer, de él nada menos se trata, atravesó varias generaciones de argentinos que lo conocieron por una sola cosa: su pasión por construir una Argentina industrial, justa, independiente y soberana. Crear un país con “densidad nacional”, como él llamaba a ese elemento indefinible, impreciso e imprescindible que otorga grandeza y voluntad de ser.
Aldo Ferrer nació en 1927 y perteneció, años más, años menos, a la generación de Antonio Cafiero, de Leonidas Lamborghini, del brasileño Helio Jaguaribe, su amigo dilecto y de Gabriel García Márquez. Este hombre de pequeña estatura y espíritu ciclópeo atravesó el siglo XX y tuvo el gusto de entrar en el XXI con esas banderas en alto que no arrió ni en los momentos más oscuros y siniestros.
Fue el arquetipo de un economista nacional, de un político que puso su conocimiento técnico y sus intuiciones políticas al servicio del fortalecimiento industrial de la Patria. El siglo XX lo encontró en sus años jóvenes enfrentado, desde su militancia radical, al peronismo de los años 40. La historia es arbitraria y muchas veces y por algunos momentos separa y enfrenta a hombres y mujeres por cuestiones secundarias. Pero su perseverancia y la claridad de sus objetivos acercaron a Ferrer, pasados los años de la exasperación, a sus viejos enemigos peronistas, en el descubrimiento de que los objetivos finales eran mucho más comunes que lo que la ofuscación juvenil había permitido entender.
Si hay una figura política argentina que logró crecer en su brillo, prestigio y admiración, a través de los años, esa figura fue don Aldo. Siempre lejos del sectarismo partisano, siempre abierto a las nuevas generaciones y sus inquietudes, fue el primer historiador sistemático de nuestra economía. Su texto “La Economía Argentina”, de 1963, fue y sigue siendo la puerta introductoria para el abordaje histórico de la economía argentina y su periodización, así como al análisis de las dificultades que plantea el despegue hacia una economía industrial.
Fue ministro de Obras Públicas, primero, y de Economía, después, en el gobierno militar de Levingston. Incluso en esas condiciones Ferrer dio la batalla por la industria nacional y su desarrollo. La Ley de Compre Nacional, por la cual el Estado debía favorecer a los productores argentinos en sus compras, fue uno de sus logros, que perduró en el tiempo, más allá del momento inconstitucional en que fue dictada. Fue en esa época en que Jorge Abelardo Ramos, que disponía de una gracia y puntería especiales para poner sobrenombres a las personas públicas, lo llamó “Stolypin”. A los no versados en la historia de la Revolución Rusa les cuento que Piotr Arkádievich Stolypin fue un primer ministro del Zar Nicolás II, entre 1906 y 1911, cuya política respondía, por un lado, al más profundo respeto a la corona de los Romanoff y, por el otro, a la modernización capitalista del extenso país. Lenin había escrito que de haber continuado la política de Stolypin la Revolución Rusa se hubiera postergado varios decenios. La presencia del industrialista nacionalista en el gobierno de la Revolución Argentina le recordaba a aquella figura. Muchos, muchos años después, ya fallecido el autor del chiste, le pude contar a don Aldo acerca de ese sobrenombre. Su carcajada me expresó que había entendido el matiz entre positivo e irónico que el mismo tenía, a la par de festejar la ocurrencia de Abelardo.
Su obra doctrinaria y académica lo convirtió en un referente de la economía latinoamericana y de todo proceso político de integración. Desde la CEPAL en Santiago de Chile, desde San Pablo o Caracas, Aldo Ferrer intentó machaconamente, tozudamente, explicar una y otra vez los mecanismos económicos de nuestra industrialización y, sobre todo, las trabas que nuestra herencia agro o minero exportadora ponían a la misma. Explicó como nadie y a miles y miles de economistas y políticos, civiles y militares, el papel que una política monetaria jugaba en ese proceso y los peligros de un dólar barato, para todo intento de sustitución de importaciones.
Enemigo declarado y militante del endeudamiento externo planteó una y otra vez, en cuanta oportunidad se le presentaba, la necesidad de vivir con lo nuestro, de extraer de nuestra capacidad productiva los recursos necesarios para el despegue, estabilidad y consolidación de una economía industrial. Enfrentado abiertamente con el liberalismo monetarista, no ahorraba epítetos y desprecio hacia los corifeos locales que llenan los estudios televisivos y la paciencia de sus compatriotas.
Pero además este hombre de corta estatura, de cuidada y no afectada elegancia, con un modo de hablar que recordaba ciertos giros y prosodias de la Argentina de los años '50, era un extraordinario, consuetudinario y leal tanguero, un bailarín de tango de asistencia perfecta, bienvenido por una concurrencia de hombres y mujeres que conocían su fama e importancia y que lo recibían como un milonguero más, entrador y debute. El salón Argentina lo veía llegar todos los martes a media tarde para dar unas vueltas por las pistas con señoras y señoritas que esperaban ser invitadas por un cabezazo de don Aldo.
En sus últimos años recibió y apoyó con entusiasmo el período iniciado con Néstor Kirchner en 2003. Dio consejos y recomendaciones, puso su esfuerzo y saber al servicio de la Patria, como lo había hecho toda su vida. Fue embajador de Cristina Fernández de Kirchner -por quien tenía un especial afecto, casi paternal- en Paris y se puso al hombro, pasados los 80 años, la dirección del periódico especializado BAE, Buenos Aires Económico, donde sus artículos iluminaban a ministros, funcionarios y políticos.
Aldo Ferrer, en esas picardías que pone Clío a su quehacer, muere el día en que el Congreso de la Nación inicia la discusión de la ley que prohibe abrir o mejorar la oferta en el proceso de canje de bonos en cesación de pagos, llamada Ley Cerrojo. Hasta el último aliento de una vida rica y ejemplar Aldo Ferrer luchó por el desendeudamiento nacional, contra los fondos buitres y contra toda atadura contractual a nuestro desarrollo autónomo y soberano. 
Un mes antes de cumplir los 89 años, don Aldo pegó el portazo. Nos dejó, entre una herencia que nuestros hijos y nietos sabrán aprovechar, las siguientes líneas, tomadas de La Economía Argentina en el Siglo XXI:
En estos primeros años del siglo XXI el país ha resurgido porque fortaleció su densidad nacional en todos los frentes: la inclusión social, la impronta nacional de los liderezgos, la fortaleza institucional o y el pensamiento crítico. La posibilidad de navegar a buen puerto en las turbulentas aguas del siglo XXI depende de la consolidación definitiva de la densidad nacional. Si lo logramos, nuestras perspectivas son promisorias, porque el país cuenta con los recursos humanos y materiales necesarios para concretar un gran proyecto de desarrollo nacional”.
Dios dirá - “que está siempre callado”, dice Miguel Hernández- si somos capaces de recoger su optimismo histórico, su confianza en nuestras propias fuerzas y su alegría de combate, en estos días en que las oscuras alas del interés compuesto vuelven a amenazar a nuestra gente.
Don Aldo Ferrer dio de sí todo lo que tenía para darnos. Solo puede haber agradecimiento en su despedida.
Buenos Aires, 8 de marzo de 2016

1 comentario:

Unknown dijo...

Don Aldo te agradecerìa esta nota, Julio.