31 de marzo de 2015

Malvinas, el 2 de abril de 1982 y la Patria Grande

Hace 33 años, mi mujer, mis hijas y yo estábamos en Estocolmo. Suecia nos había dado su hospitalidad generosa, junto con su frío boreal, su noche casi eterna y su fugaz estío.

En la Patria lejana reinaba el terror y el saqueo. Las últimas noticias hablaban de una violenta represión en Plaza de Mayo, en Tribunales y en el Puerto. Saúl Ubaldini había llamado a la primera gran marcha contra la dictadura que convocaba la CGT. Miles y miles de hombres y mujeres, jóvenes y adultos, fueron apaleados y corridos salvajemente, gente apiñándose en el patio de la Curia, al lado de la Catedral y cientos de detenidos fue el resultado de la protesta popular.



Horas después, los diarios de la tarde -Expressen y Afton Bladet- anunciaban en Estocolmo, con títulos catástrofe, la ocupación militar de las Islas Malvinas. Fue una conmoción. Unos días después envié a Jorge Enea Spilimbergo, en Buenos Aires, la siguiente carta:

“Les escribo estas líneas embargado de fervor patriótico y de odio divino contra la recua de cipayos redomados e indoblegables que andan desparramados por el mundo. Estoy en tierra de enemigos. La prensa sueca ha bombardeado la opinión pública con información exclusivamente proveniente de Londres e ignoran culpablemente el punto de vista argentino. Todo se resuelve en explicar la reconquista del territorio nacional como una maniobra diversionista de la dictadura para distraer la obviamente estúpida opinión pública argentina que, como aborregada plebe, sale a agitar banderas por un pedazo de roca en el fin del mundo”.

Estos fueron los sentimientos que despertó en la mayoría de los argentinos, perseguidos por la dictadura oligárquica cívico militar, la reconquista del territorio usurpado por los ingleses.

La Guerra de Malvinas fue un rayo en una noche serena: inesperadamente un militar del Sur, hasta ese momento aliado estratégico de los EE.UU. en la lucha “contra el comunismo”, enfrentaba bélicamente a una de las grandes potencias militares y navales del mundo. La idea de que ese gobierno, comprometido hasta ese momento en la guerra contra la Revolución Sandinista en Nicaragua, enfrentase al principal socio militar y económico de los Estados Unidos por, lo que algunos consideraban, unos peñascos pelados en el Atlántico Sur, no entraba dentro de ningún pronóstico.

La reconquista militar de Malvinas recorrió América Latina. Acabábamos de evitar, en el límite mismo de la conflagración, una guerra con Chile, que, como dijo el general Jorge Leal, nuestro héroe antártico, hubiéramos perdido, simultáneamente, los argentinos y los chilenos, ganase quien ganara. En esa guerra entre Argentina y Chile solo hubieran ganado los intereses imperiales que iban a profundizar la balcanización del Cono Sur. Repentinamente, los argentinos y los latinoamericanos encontramos que un nuevo fervor de Patria Grande había comenzado a recorrer el continente. Desde todas las capitales de América Latina surgieron voces políticas, intelectuales, religiosas y hasta militares apoyando, sosteniendo y defendiendo la causa de Malvinas.

El entonces presidente peruano Fernando Belaúnde Terry trató de servir como mediador entre Buenos Aires y Londres con el fin de terminar el conflicto. Y mientras tanto, ofreció y puso en territorio argentino aviones de combate Mirage y pilotos de guerra. Los primeros fueron utilizados por la Fuerza Aérea Argentina, mientras que los pilotos fueron, contra su voluntad, obligados a permanecer en tierra para no involucrarlos como combatientes, lo que comprometería al Perú en el conflicto bélico. El Secretario General de las Naciones Unidas, el peruano Javier Pérez de Cuéllar trabajó incansablemente para ofrecer un plan de paz que respetase los derechos argentinos. Panamá, que integraba el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, votó en contra la resolución 502, que exigía el retiro de las tropas argentinas de su propio territorio en Malvinas. El embajador de Venezuela en Argentina, Jorge Dager, manifestó de inmediato el apoyo de su país a la causa argentina y ofreció ayuda militar. Dicho sea esto en su recuerdo y homenaje, el dr. Jorge Dager se convirtió, en esos apasionados días, en la mejor expresión del espíritu bolivariano.

La guerra de Malvinas nos ofreció también el espectáculo inolvidable del abrazo de Nicanor Costa Méndez, el ultraconservador canciller argentino, con Fidel Castro. Ver a Nicanor Costa Méndez, sus modales diplomáticos, su prosapia conservadora, su corbata de seda natural, posando su bien rasurada mejilla sobre las barbas de Fidel Castro es una imagen que una generación de argentinos no podrá sacar de su memoria.

El 2 de abril de 1982 se reinició una nueva visión integradora. De golpe, de la noche a la mañana, los argentinos, esos europeos implantados, como nos ven muchos amigos latinoamericanos, esos blanquitos de allá abajo que creen vivir en París, nos dimos cuenta que lo único que teníamos para sostener nuestra causa patriótica eran los oscuros morenos de todo el continente que, con una sola voz, salieron a defender nuestra causa. Y los argentinos nos volvimos latinoamericanos, abandonamos nuestros aires de europeos exiliados, dejamos de pensar que solamente veníamos de los barcos y descubrimos que también veníamos de la cruza de indios, africanos y españoles y de esa forja de miles de razas que constituye nuestra entidad latinoamericana.

Esos mismos argentinos apaleados concurrieron, el 10 de abril de 1982, a la Plaza de Mayo a sostener la causa que se libraba en Malvinas -las “Hermanitas Perdidas”, como las llamó el gran Atahualpa Yupanqui-, con la convicción de que era una causa justa y que el deber de ciudadanos era cerrar filas para lograr el triunfo de nuestras armas. En esas jornadas comenzó también la crisis de la OEA que terminará, treinta años después, con la pérdida de influencia de ese organismo en la política internacional y el Tratado Internacional de Asistencia Recíproca (TIAR), la alianza que EE.UU.impuso a América Latina después de la Segunda Guerra, volaba por los aires.

De modo tal que Malvinas es una causa que, iniciada unilateral e inconsultamente, se convirtió en causa nacional latinoamericana, quizás la primera causa nacional latinoamericana después de las Guerras de la Independencia.

Como escribió en esas jornadas Jorge Abelardo Ramos:

“La victoria consistió en poner de pie al pueblo de América Latina, en una admirable resurrección del espíritu revolucionario, desvanecido desde los tiempos de San Martín. Que la Argentina haya combatido con fuego y acero a la formidable flota coaligada de las potencias anglo-sajonas, en un combate que estuvimos a punto de ganar; que el bondadoso rostro de la democracia británica haya sido desnudado por la lógica de la guerra y se descubriera a los ojos del mundo la perversa y corrompida fisonomía de Dorian Gray; en fin, que la Doctrina Monroe y el presidente Reagan, el TIAR y la presunta "solidaridad hemisférica" ante una agresión extra-americana hayan quedado reducidas al valor de un papel mojado y los héroes argentinos exhibiesen al Occidente en su intrínseca falsedad, eso se llamaría ganar una guerra por sí, por lo demás, la Argentina no la hubiese ganado en la propia alma de sus Fuerzas Armadas”1.

La derrota militar, determinada centralmente por el carácter proimperialista de los Estados Mayores de nuestras FF.AA., dio lugar a una democracia semicolonial que intentó mantener bajo la alfombra la Guerra de Malvinas, nuestra soberanía sobre las islas y el inmenso heroísmo de los oficiales, suboficiales, soldados y civiles que perdieron su vida en ella.

Malvinas y su heroica gesta guerrera en una bandera continental. El gobierno popular de Néstor Kirchner y de Cristina Fernández de Kirchner ha vuelto a poner nuestros derechos soberanos sobre ese territorio ocupado por una potencia imperialista en el centro de nuestra política internacional. Solo el veto de las grandes potencias occidentales en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas y el voto de un pequeño grupo de países sometidos a estas ha impedido traer al Reino Unido a la mesa de negociaciones.

Las últimas decisiones del primer ministro británico acerca de fortalecer la presencia militar en la región dejan a las claras la preocupación que invade al gobierno usurpador de nuestro territorio cualquier intento de independencia argentina respecto al alineamiento automático con EE.UU y el Reino Unido.

Argentina ha decidido llevar adelante su reclamo por los canales, siempre incruentos, de la diplomacia. Pero ha convertido también la Causa de Malvinas en una interpelación al conjunto de un continente que se ha puesto de pie como en los tiempos heroico de la Guerra de la Independencia.
No estuvimos solos los argentinos en nuestra heroica gesta de 1982. El espíritu bolivariano se despertó de su prolongado letargo. Hoy, menos solos que nunca, seguimos bregando, desde la paz, por el deseo expresado por Atahualpa Yupanqui:

"Malvinas, tierra cautiva
de un rubio tiempo pirata.
Patagonia te suspira.
Toda la Pampa te llama.
Seguirán las mil banderas
del mar, azules y blancas,
pero, queremos ver una
sobre tus piedras clavada.
Para llenarte de criollos.
Para curtirte la cara
hasta que logres el gesto
tradicional de la Patria".


1 “El Servicio Secreto Británico y la guerra de las Malvinas”, Ediciones del Mar Dulce, Buenos Aires, 1985

Buenos Aires, 31 de marzo de 2015

15 de marzo de 2015

Francisco en el Foro del Teatro Cervantes

El foro Emancipación e Igualdad convocado por el Ministerio de Cultura ha sido un notable éxito de participantes y de público.
Quienes militamos desde hace décadas en la tradición que se ha dado en llamar nacional y popular, en oposición a la tradición que también se ha dado en llamar progresismo, ambas con sus izquierdas y derechas, nos sentimos en principio un tanto marginados, en la medida en qué ninguno de los panelistas participantes nos representó. No incluyo, obviamente, como panelista, aun cuando su filiación a esta corriente es notoria, al dr. Aníbal Fernández, en la medida en que su participación tuvo un carácter protocolar en cuanto Jefe de Gabinete del gobierno nacional y no como intelectual expositor.
Pero este sentimiento de marginalidad, por lo menos en mi caso, cedió a una extraordinaria satisfacción cuando, junto a Leonardo Boff, Gianni Vattimo, Jorge Alemán y Horacio González se sentó el actual Canciller de la Pontificia Academia de Ciencias y de la Pontificia Academia de Ciencias Sociales, monseñor Marcelo Sánchez Sorondo. Posiblemente en pocas oportunidades el capricho de Clío ha sido más justo y equitativo.
Yo también considero pertenecer a una tradición caracterizada por el agnosticismo religioso. No soy creyente y mis convicciones están empapadas de un escepticismo religioso impregnado de ateísmo, si bien este no tiene una impronta militante de intolerancia religiosa. Pero la presencia de Marcelo Sánchez Sorondo en ese foro me equilibró los tantos. El hombre es argentino e hijo del pensador y político del nacionalismo argentino de igual nombre y hermano del escritor Fernando Sánchez Sorondo, poeta y novelista, autor de una de las más vibrantes novelas sobre las experiencias de un drogadito, “Ampolla”. Su padre, fallecido en el año 2012 a los 99 años de edad era hijo de un político conservador y Ministro de Interior de José Felix Uriburu, Matías Sánchez Sorondo. Fue uno de los más destacados voceros del nacionalismo posterior a la Revolución Libertadora. Por su periódico Azul y Blanco pasaron todas las plumas de esta corriente de pensamiento y a fines de la década del 60 fue secretario de redacción delmismo Juan Manuel Abal Medina, padre, quien en 1973 fuera Secretario General del Movimiento Nacional Justicialista y, en tal carácter, encargado de recibir, junto con José Ignacio Rucci, a Juan Domingo Perón en su regreso a la Patria.
Marcelo Sánchez Sorondo, padre, fue, en las elecciones de aquel año, candidato a senador nacional por el FREJULI, el frente que encabezaba el justicialismo, y debió enfrentar en un ballotage al candidato al mismo cargo por la UCR, el balbinista Fernando de la Rúa, quien finalmente resultó electo.
Un hombre perteneciente a esta tradición política y familiar fue, entonces, el encargado de traer al encuentro la representación y el mensaje de Francisco. El autor de la iniciativa no fue otro que el embajador argentino ante la Santa Sede, Eduardo Valdez, un hombre clave en la política tanto de Francisco, como de Cristina Fernández de Kirchner.
La presencia de monseñor Sánchez Sorondo y su discurso puso en la exitosa reunión -exitosa tanto políticamente como de público y de impacto en los sectores vinculados a la elaboración simbólico-intelectual- una perspectiva político-religiosa institucional, que expresaba la visión que el Papado hoy pretende desarrollar, tanto hacia adentro como hacia afuera de la Iglesia Católica, Apostólica y Romana. La presencia y la exposición del brasileño Leonardo Boff, notorio teólogo de la Liberación, trajo al foro la expresión de los movimiento de base eclesiales del Brasil y de América Latina. La del pensador, también católico, de inspiración marxista, Gianni Vattimo, aportó las preocupaciones más libertarias y antiinstitucionales de un sector del pensamiento europeo. Pero Sánchez Sorondo estaba ahí en nombre de la más antigua institución política de Occidente, que desde su propia definición -como con acierto lo observó Horacio González en su participación- disputa y se anticipó a la idea misma de globalización, de universalización. “Católica” es en griego, como se sabe, “Universal”, dirigida a todos los hombres, cualquiera sea su pertenencia étnica, lingüística o cultural. Lo de “Romana” es algo que también el propio Francisco ha puesto, de alguna manera en cuestión, al lanzar su “teología de las periferias”, que Sánchez Sorondo mencionó en su exposición.
En su breve exposición, improvisada, Sánchez Sorondo -quien, dicho sea de paso, vive en el Vaticano desde 1971- mencionó su relación con Juan Domingo Perón en el 73, cuando como consecuencia del triunfo electoral de Cámpora, y dispuesto a volver a la Argentina pidió una entrevista con Paulo VI, que no le fue acordada. Al pasar, el orador mencionó que Paulo VI no era muy simpatizante de los militares, dejando entrever una falta de interés en la reunión. Lo que sí mencionó Sánchez Sorondo fue su conversación con Perón, quien le manifestó con pasión y energía el maravilloso porvenir que veía para su patria y le profetizó el futuro de grandeza que avizoraba. “Lo que no pudo profetizar, dijo el prelado, es que habría un Papa que sería argentino” .
¿Por qué considero de tanta importancia la participación de este hombre en este foro? ¿Un hombre que ha vivido los últimos 43 años en la diplomacia vaticana? ¿Cuyos modales y estilo están tan alejados del espíritu jacobino de la tradición progresista académica argentina? ¿Un hombre que se preguntó, al empezar su discurso qué hacía acá? Porque su presencia, con su prosa cuidada, con su estilo carente de adjetivos y su elegancia clerical, es el testimonio más claro de una política, la de CFK y la de Francisco, que asume al pueblo de nuestro continente, sin ideologismos a priori, sin abstracciones deshumanizantes, con su larga tradición religoso-cultural como el protagonista de esa preocupación por “las periferias” que ha permitido un compromiso latinoamericanista con vocación universal que no tiene precedentes en nuestra historia.

Nos hubiera gustado escuchar a Norberto Galasso en ese ámbito, nos hubiéramos sentido contenidos con la presencia de Osvaldo Guglielmino. Pero este singular, extraordinario debate, que integra las dos grandes vertientes ideológicas de nuestra emancipación, me ha dejado la convicción de que estamos en una marcha grande que nos incluye a todos. Y que no nos equivocamos cuando salimos a sostener, incluso contra algunos amigos, a Jorge Bergoglio.

24 de febrero de 2015

El escaso encanto de la burguesía


Es fácil, y no quiero entusiasmarme, llegar a la conclusión de que el kirchnerismo en la Ciudad de Buenos Aires está expresado por gente buena, pero incapaz de comprender las condiciones de vida en una sociedad burguesa, que es el tipo de sociedad que, desde el gobierno central, se intenta generar. El resultado es que esos valores quedan en manos de un partido que repudia esa sociedad y sólo pretende restablecer los propios de la vieja sociedad oligárquica.
Néstor y Cristina lo dijeron varias veces. El objetivo de este proyecto es establecer definitivamente en la Argentina una sociedad capitalista autónoma, es decir, burguesa. Todo lo que se ha hecho desde el gobierno es en ese sentido: la AUH, la jubilación universal, las paritarias, el desarrollo científico tecnológico, etc. han apuntado a ese objetivo. Pero resulta que la moral media de muchos de nuestros compañeros es un repudio a la sociedad burguesa y una reivindicación de cierta anarquía de naturaleza pequeño burguesa, de clase media, que reivindica o manifiesta tolerancia hacia la ocupación del espacio público por sectores marginales o la venta callejera sin control del estado ni inscripciones en la AFIP.
Esa moral no es revolucionaria, generadora de una nueva sociedad, sino la incrustación de la vieja sociedad oligárquica, refinada y parásita, pero en la cabeza de quienes deberían impulsar esos nuevos valores, los propios de la burguesía en ascenso. Hay una moralina aristocrática, individualista y esteticista en muchos de quienes apoyan a este gobierno, por entender erróneamente que su lucha es contra la ramplonería burguesa.Y ahí tenemos nuestro propio límite.
Hoy hablaba de eso con Gabirel Fernández en su programa radial.
Franco Macri es, posiblemente, nuestro mejor burgués, de la misma manera que, en otro sector, lo es Alberto Samid. A muchos de nuestros compañeros no les gusta ni uno ni otro, porque ven en ellos un oportunismo y una tendencia a convertir sus opiniones políticas en éxitos empresariales. Pero resulta que eso, y no otra cosa, ha sido la burguesía, una clase social que se ha aprovechado del estado, y muy pocas veces ha ejercido directamente su poder, para hacer negocios, para ganar plata.
Nuestro problema no es que don Franco Macri quiera ganar plata. Nuestro problema es que no haya más “tycoons” como Franco Macri o Alberto Samid, dispuestos a ganar plata invirtiendo, produciendo y no parasitando al modo como lo hacía la vieja oligarquía.
Nuestro problema es que Méndez, el presidente de la UIA, sólo esté preocupado por la parte que le toca en el negocio con China, que armó el gobierno por su cuenta, y no en sostener el mercado interno y darle más plata a la gente para que compre las chafalonías que produce. Ahí es donde me saco el sombrero ante Franco Macri y Alberto Samid.
Resulta, por lo menos paradójico, que un tipo que en toda su vida adulta ha luchado por el socialismo, aparezca haciendo un elogio de la burguesía. Pero resulta que esa clase y, sobre todo, la autoconciencia de esa clase es un bien más escaso que el agua en el desierto. Cuando Franco Macri, desde su piso en Shangai, dice que le gustaría que el próximo presidente sea de la Cámpora, lo que hace es pegarle una bofetada pública a la moralidad del establishment. Les dice “ustedes son unos pacatos, apretados por la moral de sus esposas, a las que tienen que soportar y pagar fortunas en pavadas, en lugar de lanzarse a la aventura de multiplicar los bienes que hemos recibido bajo la forma de invertir, pagar salarios, producir y vender. La Cámpora les hará entender cómo son las cosas”, agrega sin estar convencido.

Sabe que su hijo es una consecuencia del precio que tuvo que pagar ante el establishment para ser reconocido: casarse con una mujer de la oligarquía y mandar a su hijo al Cardenal Newman, donde toda la vida lo llamaron “el hijo del tanito con plata”. Tampoco va a decir que no lo voten. Simplemente dice que no tiene "corazón de presidente". Ese viejo, a su modo, es un genio.
Claro que, “digo es un decir si España cae”, si ganase contra su propio pronóstico, su hijo, trataría de hacer negocios con su gobierno. Pero eso es como en el cuento del alacrán, está en el carácter. Carácter que, por diversas razones, en nuestros países, suele ser muy poco frecuente. 
Buenos Aires, 24 de febrero de 2015.

20 de febrero de 2015

La marcha espectral

La vieja Argentina, la que sigue pensando que en el país sobran 30 millones de habitantes, la que aún vive en el mundo de la Guerra Fría y la lucha contra el comunismo, la que afirma en voz baja que “con los militares había más respeto hacia la gente decente”, ha tenido su manifestación.

La lluvia permitió ver el desfile de señores y señoras mayoritariamente grandes, con sus espléndidos impermeables Burberrys y sus admirables paraguas Brigg, hechos a mano, llevados de las narices por un grupo de fiscales cuyos prontuarios rivalizan con el de “la Garza” Sosa. 

Se los vio caminar, airados y adustos, acompañados por algunos dirigentes gremiales, a los que desprecian, y por la comparsa de pordioseros dirigentes de la oposición que, como en las procesiones medievales, mendigaba, si no monedas, sus preciados votos.

Llegaron al altar de una justicia que consideran mancillada, sin entender que los autores del ultraje se encontraban a la cabeza de la peregrinación, elevaron un minuto de silencio por el suicida y se volvieron a las Cinco Esquinas, a Quintana y Callao, a la plaza Vicente López y al llegar descubrieron, empapados y eufóricos, que nada había cambiado, que su sacrifico republicano había sido tan estéril como ellos mismos.

La promocionada marcha del 18F no fue más que eso, los últimos fuegos fatuos de una Argentina del privilegio que no quiere morir, o por lo menos no quiere hacerlo sin su privilegio.

Como ha dicho la presidenta Cristina Fernández de Kirchner el mundo -el mundo de la posguerra y la Guerra Fría- ha cambiado, no existe más. Y nuestro país está intentando con dignidad y soberanía insertarse en ese nuevo mundo, para la grandeza de la Argentina y el bienestar de nuestro pueblo.

Y eso ha sido todo.


Dentro de ocho meses volveremos a elegir presidente y en esas elecciones sepultaremos, con la voluntad popular, la vieja Argentina que hoy, agónicamente y bajo una lluvia agorera, mostró su vetusto rostro.

7 de febrero de 2015

La Ley y el Orden

¿Se puede saber por qué demonios es secreto el día y la hora de la citación del canalla Stiusso? Si la citación fuera a Boudou o -“digo, es un decir, si España cae”- a la presidenta ¿sería también entre gallos y medianoches? ¿O los citarían a Comodoro Py justo a la hora en que puedan entrar en los noticieros de la tarde y la noche? Esa fiscal, después de esta decisión, ¿representa al Estado Nacional o a la corporación judicial?
Todo mi conocimiento del mundo criminalístico son profusas lecturas de novelas policiales e igualmente profusas asistencias a series policíacas. Sobre la base de ese conocimiento ¿alguien me puede aclarar por qué el tipo que le dio el arma al ¿suicida?, el hacker, contratado por la fiscalía con un sueldo de $40.000 y amigo íntimo del óbito, no está procesado, aunque sea bajo la figura de no imputado?
Otra sensación que tengo -hoy es una noche sensacional- es que la fiscal y todos sus colaboradores ven Friends, la divertida serie americana sobre un grupo de amigos de clase media y de distintas predilecciones sexuales, pero jamás ha puesto un ojo en ninguna de las tres o cuatro alternativas que ofrece la excelente CSI. Ni hablar La Ley y el Orden, porque ahí los fiscales son unos verdaderos leones.
Yo quiero fiscales como los del Estado de New York. Que se meten con los ricos, que defienden a los inmigrantes, que hacen caer a los jueces coimeros. Yo quiero vivir en La Ley y el Orden que esos fiscales y su policía investigativa hacen valer y defienden.
Lorena García, que lee estas cosas que escribo, me aviva de que en mi utópico lugar “La Ley y el Orden”, a los fiscales los eligen por voto popular. Bueno, insisto, a mi me gustaría vivir ahí, sin tener que pagar los espantosos alquileres de New York.
¿Uds. no se emocionan cuando los fiscales de “La Ley y el Orden” meten en cana a ricos wasps que traen niños de Haití para abusar de ellos? ¿No se siente identificados cuando se meten con personajes influyentes que tienen una red de prostitución de lujo? ¿Cuando acusan a un tipo de la CIA por coacción, amenaza o violación de los derechos humanos? A mi esos fiscales me encantan.
Yo estaría chocho con fiscales como los de “La Ley y el Orden”.
Entonces, ¿por qué tengo que vivir en un país donde los fiscales y los jueces defienden los monopolios de prensa, apañan a proxenetas de lujo, defienden a espías descontrolados y hacen marchas por más justicia como si su función por la que reciben un sueldo importante no fuese, justamente, obtener justicia?
¿No deja todo esto la sensación -insisto, es una noche sensacional- que el sistema judicial, los fiscales y los jueces, en estas procelosas playas, no forman parte de “La Ley y el Orden”, sino de otra serie que se llamaría “El Delito y la Anomia”?
En los '80, Federico Luppi, Norberto Díaz, Rubén Stella y Emilia Mazer interpretaron una maravillosa serie argentina, Hombres de Ley, con guión de Gerardo Taratuto, un abogado, militante político y gran guionista. Oponera estos hombres de ley, abogados bien plantados, respetuosos del derecho y de la Ley, a la runfla maffiosa que pretende manifestar a fin de mes, acompañada por un obeso y decadente dirigente sindical de cada vez menos empleados judiciales, es un buen ejercicio de la pasión política.
Es interesante, entonces, puntualizar la ausencia de una mirada crítica de la literatura y el arte en general sobre la putrefacción del sistema judicial, no solo en relación a sus funciones específicas, sino también en su enfrentamiento corporativo con el poder político -democrático- del estado. En aquellos años de un reciente ejercicio de los derechos ciudadanos, los “hombres de ley” se presentaban como la alternativa a la abrumadora ilegalidad de la dictadura oligárquico imperialista. Expresaban, sin duda, la ambición de una gran parte de la ciudadanía de que el estado de Derecho, la Ley y el orden democrático estableciesen sus reales y terminasen con los años de horror, de crimen e ilegitimidad. Por supuesto, no era suficiente con la honradez de esos abogados de distinta generación. Pero el deseo ciudadano estaba ahí expresado y su éxito tuvo directa relación con esto.
Pero hoy, cuando se hace evidente que la continuidad de la soberanía popular y de la democracia basada en el voto popular es abierta, desembozada y cínicamente enfrentada por una banda de funcionarios estatales, bien pagos, exentos de impuestos y con prerrogativas casi nobiliarias, como es la casta judicial, el arte no ha encontrado aún la pluma, el ojo o la inteligencia que convierta en valores universales el drama, la tensión que estamos viviendo: la soberanía popular acosada por un cerrado, exclusivista y clasista privilegio de casta burocrática.
Pero la gravedad del problema no puede esperar la inspiración de los artistas. Nuestro sistema judicial está en grave, profunda e irreversible crisis. La misma puede arrastrar - “digo, es un decir, si España cae”- a nuestro sistema basado en la voluntad popular. “La Ley y el Orden”, basados en la soberanía del pueblo expresada en las urnas, es, finalmente, el único sistema capaz de mantener la paz social y la unidad de la nación.



29 de octubre de 2014

La vida de un niño bien muy particular

“El Bolchevique de Salón”, el último libro del doctor Mario Rapoport, posiblemente el mejor historiador económico de la Argentina, debería ser considerado un verdadero acontecimiento en las librerías de todo el país. El grueso volumen, escrito con prosa diáfana y hasta con la tensión dramática de una novela, reúne varios géneros: es una biografía de un personaje desconocido en general, pero que Rapoport rescata hasta convertirlo casi en paradigmático. Es una historia de la Argentina agroexportadora y una historia política y económica de Alemania entre 1910 y 1935, con disgresiones sobre la historia de la Revolución Rusa y, sobre todo, de la Internacional Comunista antes de la muerte de Lenin. Es una historia de las corrientes del pensamiento económico que aparecieron en nuestro país a partir de 1930 y una historia del antiperonismo de izquierda, así como una magnífica cronología de la celebrada Escuela de Frankfurt, su transformación ideológica, sus peleas intestinas y, por último, una reflexión sobre el impacto que el antisemitismo hitleriano y el triunfo yanqui en la Segunda Guerra Mundial impusieron sobre el pensamiento de las élites académicas.

Todo eso.

Como se ha sabido por los diversas entrevistas periodísticas hechas al autor, el mote del título se refiere a Felix Weil, un argentino de origen judío alemán, hijo de uno de los grandes comerciantes de granos de nuestro Centenario, educado en Alemania quien desde la adolescencia adscribió a las ideas más radicales del marxismo alemán, en tiempos en que Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht confrontaban con el reformismo de Augusto Bebel y Karl Kautsky. Este apasionante escenario le permitió a Rapoport adentrarse en una fascinante investigación que necesariamente le permite describir los vericuetos íntimos del comercio de granos desde 1890 hasta la Primera Guerra, el relativamente desconocido papel jugado por la burguesía alemana de tiempos del Kaiser en este negocio y la complejidad de una economía que no se reducía tan sólo a la vinculación entre la oligarquía agrícolo-ganadera y el Reino Unido.

Europa en Guerra y en Revolución

La investigación de Rapoport se adentra también en el rumbo de la frustrada Revolución Alemana de 1919 y los años de la República de Weimar, así como en el análisis de las consecuencias que el Tratado de Versalles tuvo sobre la economía alemana, en especial, y sobre la norteamericana y europea, en general. Del relato de estos años surge con luz especial el impacto que la Revolución de Octubre tuvo en el pensamiento europeo occidental y el papel de la Internacional Comunista en tiempos en que Grigori Zinóviev -asesinado en las purgas stalinistas- era su Secretario General. Y la vida de Felix Weil es el hilo conductor de cada uno de estos momentos que han sido cruciales para el desarrollo histórico del mundo antes del estallido de 1939. Joven agitador marxista en las universidades alemanas, delegado de la Internacional Comunista en la Argentina, a la vez que alto empleado de Hermann Weil y Cía., la exitosa empresa exportadora de su padre, y un precursor informe sobre el estado político y social de la clase obrera argentina con aciertos, precisiones e -inevitablemente- confusión eurocéntrica.

De ese paso por Argentina y, fugazmente, por Chile, Weil vuelve a Alemania y logra convencer a su padre que financie con su inmensa fortuna -salvada de la inflación por ser en marcos oro- la creación de la Escuela de Investigación Social, un instituto de estudios marxistas independientes, y que se hizo famosa con el nombre de Escuela de Frankfurt, a cuya Universidad se encontraba asociada. Y junto al porteño Weil aparecen los nombres de  Georg Lukács, Karl Korsch,  Friedrich Pollock y el gran pintor expresionista George Grosz. Aparecen, como en una película histórica, las relaciones entre Weil y el creador del Instituto Marx-Engels, de la URSS, David Riázanov, también víctima del temible georgiano. Fue el Instituto de Investigaciones Sociales, con el dinero de Weil, el que logró que Riázanov publique los famosos Grundrisse de Carlos Marx, así como los Manuscritos Económico-Filosóficos, considerada la más importante obra de su etapa juvenil.

El primer descubrimiento que deslumbra en esta compleja investigación de Rapoport es el hecho de que la prodigiosa renta diferencial generada por la fertilidad milagrosa de la pampa húmeda era de tal magnitud que fue la base material sobre la que se fundó, ni más ni menos, que la más famosa escuela del pensamiento crítico europeo y que constituyó hasta el fallecimiento de Weil, en 1975, una de sus principales fuentes de financiamiento. La renta agraria argentina y la renta diferencial pampeana, ambas usufructuadas exclusivamente por la oligarquía terrateniente y las empresas exportadoras, no permitieron tan sólo, el despilfarro “rastacuere” en París, la construcción de los exquisitos palacios del Barrio Norte o los trasplantados castillos de la provincia de Buenos Aires, sino también el mecenazgo burgués en el centro mismo de la sociedad capitalista europea. Tal fue el tamaño del histórico saqueo llevado a cabo por el parasitismo oligárquico, mientras el país profundo sufría las condiciones descriptas por Bialét Massé en su famoso informe.

A EE.UU.

Seguir las huellas de Felix Weil a lo largo del siglo XX lo lleva a Rapoport a trasladarse a EE.UU., adonde se encaminó junto con la Escuela de Frankfurt. Sus relaciones sociales, ese discreto encanto de la oligarquía pampeana, pudieron más que sus juicios sobre el capitalismo y el incipiente socialismo soviético. Este niño bien, millonario desde muy joven, gracias a la herencia de su madre, fue también uno de los asesores del gobierno fraudulento de Agustín P. Justo y de su ministro Federico Pinedo -otro entusiasta juvenil de las obras de Carlos Marx- en la redacción de la ley de Impuesto a los Réditos, el primer antecedente del Impuesto a las Ganancias, y primer impuesto directo aplicado en la Argentina.

El libro de Rapoport se mete también con los trabajos de un Weil más maduro donde expresa un furibundo antiperonismo, si bien en todos sus trabajos considera que la clase terrateniente ganadera es el mayor impedimento que la Argentina tiene para lo que él considera un necesario proceso de industrialización. La experiencia bajo el nazismo, sus amistades argentinas -como Raúl Prebisch- y el deslumbramiento que en la posguerra produce el “rooseveltismo” y la sociedad norteamericana, convierten a Weil en un predecesor del pensamiento que luego se conocerá como “desarrollismo”: la idea que el imperialismo norteamericano es la clave para industrializar a nuestro país.

De pasada, Rapoport se la toma con Milcíades Peña, quien encuentra en el libro El Enigma Argentino, de Weil, escrito en 1944, datos y antecedentes para fundamentar también su antiperonismo acérrimo y la peregrina tesis de que Perón era un agente inglés. Tanto en Weil como en Peña, su admiración por EE.UU. y su mirada conmiserativa sobre nuestras propias posibilidades de desarrollo autónomo los llevaron a una profunda incomprensión sobre nuestro más trascendente fenómeno político: el peronismo.

Estos últimos capítulos del libro de Rapoport son muy interesantes y abren ricas posibilidades de reflexión, en la medida en que en los artículos y conferencias de los últimos años de Weil, cercano al partido Demócrata, se ven y presuponen algunas tendencias que hoy, a casi 40 años del fallecimiento del biografiado, conforman gran parte de las propuestas de los sectores conservadores.

Como nota final


La vida de Felix Weil, su periplo por todo el mundo occidental, sus relaciones juveniles, su fortuna, su vida amorosa, sus aciertos y sus errores, contados por Mario Rapoport, dejan en el lector la idea de que en ese libro está el material para una gran película sobre el siglo XX desde una perspectiva argentina. El Bolchevique de Salón es el mejor libro del año en un terreno tan árido como la historia de la economía.