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14 de septiembre de 2017

La entrevista de Cristina con Novaresio

Es imposible saber, media hora después de finalizado, la importancia que la entrevista de Cristina con Novaresio puede tener en la opinión pública que no nos ha votado y que podría hacerlo. Lo que si creo que se puede afirmar es que fue una entrevista necesaria para todo los que pertenecemos al campo nacional, simpaticemos o no con Cristina, su gestión, su estilo, su carácter y su personalidad. Dejo de lado cualquier comentario sobre el papel jugado por el periodista, porque no viene al caso y porque forma parte de las condiciones objetivas de la entrevista.
La foto de la jornada. CFK y Haddad






Fue necesaria y fue positiva porque se pudo ver a una CFK más descontracturada y cercana que de costumbre, con una voz y un modo de expresión más reposado y menos apodíctico. Tuvo algunas expresiones de una gran importancia política.
En primer lugar, como lo suponíamos, el aclarar que la candidatura la asumió como una iniciativa colectiva y no como una iniciativa personal, que su deseo no era presentarse.
En segundo lugar, su manifestación clara y fuerte de que su candidatura no será motivo de división del peronismo en el 2019, que se así fuera se apartaría de toda aspiración presidencial.
En tercer lugar, su definición, también fuerte y clara, de que es peronista, que pertenece al peronismo y su negativa a discutir sobre derechas e izquierdas en el seno del movimiento nacional.
También ha sido importante el reconocimiento del error de algunas cadenas presidenciales, en las que confesó primaba una situación de ánimo que no correspondía y que podía ser mal entendida aún por los propios.
Creo que su llamado a un gran diálogo público para expresar claramente el proyecto de país que cada sector pretende es una propuesta que deberá ser desarrollada y ampliada. Más allá de la naturaleza histórica de la famosa grieta, el país, la opinión pública y la sociedad hoy manifiestan un cierto hartazgo de las políticas confrontativas. El discurso de la cultura del encuentro que propone Francisco desde Roma, y que tuvo su manifestación masiva en la visita a Colombia, es, me parece, un gran marco de referencia para esa propuesta.
Por otro lado, quedó en evidencia la pobreza de la crítica a su gobierno. El tema de la corrupción fue magníficamente contestado y terminó en el único momento de quiebre emocional de la nota. Ni hablar con lo referido a la carta de intenciones con Irán. La mera enunciación de ese tema dejó constancia de la inconsistencia dolosa de la acusación.
Creo que una opinión pública que ha sufrido la constante demonización de Cristina ha tenido y tiene oportunidad de relativizar sus convicciones, fundadas básicamente en una pertinaz, perversa y mezquina campaña mediática, y ha mostrado una mujer muy inteligente -la más inteligente de la escena política argentina, por lejos-, la sinceridad de sus convicciones y su entrega a ellas.
Los que la apreciamos lo seguimos haciendo, incluso con mayor énfasis, ante la necesidad del triunfo en noviembre. Los que la odian la seguirán odiando también con mayor énfasis, ante la dificultad que encuentra el destruirla.
Pero hay, estoy convencido, una amplia franja de hombres y mujeres honestas y sinceras que han sido arrastrados por el odio impartido desde el poder económico y mediático. Muchos de esos compatriotas hoy se han sentido interrogados por la entereza de esta mujer que desde hace dos años se enfrenta diariamente sola, armada con su inteligencia, con la profundidad de sus convicciones y la seguridad de ser amada por millones de compatriotas de Argentina y Suramérica, a la más poderosa coalición de intereses económicos locales e internacionales, un monopolio mediático sin frenos ni vacilaciones, un miserable sistema de partidos políticos a su servicio y todo el aparato de un estado que la quiere meter presa, sin haber cometido un solo delito, para sacarla de la escena política y, con ello, intentar derrotar el proyecto de país soberano, industrial, justo e integrado al continente. Esa amplia franja de compatriotas honestos es la destinataria de este mensaje.

Buenos Aires. 14 de septiembre de 2017

8 de marzo de 2017

Las dos grandes movilizaciones de los asalariados


Han pasado 24 horas de la masiva convocatoria de la CGT y las CTA, en repudio de las políticas económicas y sociales del gobierno. 500.000 compatriotas ocuparon los alrededores de la Plaza de Mayo y las fotos, las filmaciones y hasta los informes de los medios oficialistas son testimonio de la contundencia de la demostración. 

La huelga y la marcha docente

El alto acatamiento al paro docente y la presencia en las calles de los gremios del magisterio, el día 6 de marzo, produjo una primera e importante derrota a la táctica del gobierno. Sus asesores publicitarios pensaron que una huelga y una demostración podía ser contrarrestada con las triquiñuelas y manipulaciones de una campaña electoral, donde las motivaciones del voto son diversas hasta la infinitud y donde el votante es un individuo aislado en el cuarto oscuro. Pusieron, entonces, en el centro de su dispositivo la imagen -la imagen en su sentido más estricto, una fotografía- de uno de los dirigentes docentes, el compañero Roberto Baradel, y contra él lanzaron su artillería de injurias, calumnias, sospechas y prejuicios. Y actuaron en el error de considerar que el sistema de representatividad de los sectores sindicalizados docentes era similar al de los sectores sindicalizados de los trabajadores industriales donde el conjunto de los afiliados y representados otorga un amplio margen de delegación a los dirigentes sindicales, concentrando en la figura del secretario general la representación del conjunto.

Pero ocurre, por un lado, que la adhesión a una huelga y a una convocatoria a una manifestación pública no tiene los mismos mecanismos que una elección. La decisión no es tomada individualmente en la soledad del cuarto oscuro, sino en asambleas, en reuniones colectivas, en compromisos frente a frente con sus pares, en un sistema de lealtades ante reclamos muy específicos y concretos. No están en juego valores abstractos como la democracia, el tipo de gobierno, el programa partidario o la capacidad de convicción de un determinado candidato, sino el monto del salario que cada uno de los trabajadores recibirá a fin de mes. En eso influye, poco o nada, la “imagen” de un dirigente individualmente considerado. No está en juego si ese dirigente será capaz de llevar a cabo la reivindicación, sino la reivindicación misma. 

El penoso espectáculo de comunicadores televisivos y radiales intentando desprestigiar, con actitudes rayanas en la delación y en la amenaza al dirigente Baradel la noche antes de la huelga docente solo sirvió para comprobar la miserable catadura moral de dichos cagatintas. Los docentes no habían decidido ir a la huelga y a la marcha seducidos por el dirigente ya aludido, ni era de su interés que el mismo tuviese o no una excelente performance en sus estudios como maestro. Baradel podía muy bien no haber pisado una escuela en su vida. El reclamo de una paritaria nacional, fijada obligatoriamente por la ley, era la condición necesaria para comprometer al gobierno nacional en cualquier decisión que se tomase en las paritarias por provincia y el monto final del aumento era la única y exclusiva finalidad de la medida.

Pero, por otro lado, los gremios del sector docente son muchos, tienen distintos dirigentes y orientaciones políticas y todos ellos están caracterizados por una conducción muy cercana a los afiliados, con asambleas y reuniones distritales y por escuela, en una tradición gremial que es distinta -ni mejor ni peor, distinta- a la de los gremios industriales y de servicios. Incluso, la vieja y liberal tradición sarmientina y el papel de apostolado con que ha recubierto de prestigio moral al magisterio subyace en su modo de representación gremial.
El resultado fue, entonces, una derrota estrepitosa del gobierno y de su táctica de cuño canero. Y allá quedó el presidente Macri inaugurando el ciclo lectivo en un pueblito de la provincia de Jujuy, donde las clases no comenzaron por el alto grado de adhesión a la huelga. La jitanjáfora con la que cerro su discurso sintetiza, mejor que nada, el naufragio intelectual y político del presidente. Vale la pena su transcripción completa, porque posiblemente no se encuentre antecedente alguno de semejante oquedad en ningún presidente, constitucional o no, de la historia argentina:

Como decía Gandhi profesor, ya que usted citó otro, que para mí hay la persona, un líder que influyó mucho en mi vida: tenemos que ser la reforma, tenemos que ser la sociedad que queremos que exista en el mundo, tenemos que hacerla nosotros, cada uno de nosotros y expresarla la verdad y eso, justamente, parte de decirnos la verdad”.

La gran concentración de trabajadores y pueblo del 7 de Marzo

Coincidimos con Gabriel Fernández en su nota CGT / Masivo rechazo al gobierno, demasiados interrogantes internos (http://www.xn—lasealmedios-dhb.com.ar/2017/03/08/cgt-masivo-rechazo-al-gobierno-demasiados-interrogantes-internos/):

“El movimiento obrero argentino brindó este martes una extraordinaria demostración de fuerza en oposición a la política económica del gobierno macrista. Más de medio millón de personas se movilizaron hacia el Ministerio de Industria, cerca de la Plaza de Mayo, para rechazar la apertura económica, el techo a las negociaciones paritarias, la caída del poder adquisitivo y la desindustrialización en general.

La convocatoria surgió de los sindicatos industriales de la Confederación General del Trabajo, con un fuerte impulso de los nucleados en la Corriente Federal de Trabajadores. Esta demanda fue adoptada como propia por la totalidad de la central y mereció la adhesión de las dos vertientes de la CTA. Junto a organizaciones sociales y políticas populares, llevaron adelante una de las jornadas de protesta más importantes de la historia”.

El triunvirato provisional que conduce la CGT convocó a esta gran asamblea y su llamamiento superó ampliamente los objetivos iniciales. A las inmensas columnas de trabajadores alineados en sus organizaciones, se sumaron, por un lado, amplios sectores populares, de clase media y media baja, columnas del conurbano, sobre todo de la zona sur, agrupaciones políticas y miles y miles de hombres y mujeres que por su cuenta se acercaron a la cita.

El lugar elegido por los organizadores dejó claro desde el principio que se intentaba bajar el contenido de la protesta. En un espacio lateral a la Plaza de Mayo y su gran vía de acceso, formada por las avenidas de Mayo y las dos Diagonales, rodeada de calles estrechas y trasnversales, muchas de ellas bloqueadas por obras, la inmensa multitud corrió riesgos de que un pequeño incidente o desmadre se convirtiese en un desastre. Un eventual desbande, por cualquier causa, provocada o accidental, hubiera dejado un saldo de cientos de víctimas aplastadas en las estrechas calles del centro histórico, repletas de vallados, baños portátiles e improvisados puestos de venta. A ello debió sumarse el adelantamiento sin motivos de la hora de inicio de los oradores, la brevedad e insustancialidad de los discursos y la repulsa que los mismos generaron en la multitud que rodeaba el escenario, integrada casi exclusivamente por delegaciones de diversos sindicatos, incluidos los de quienes estaban en el palco.

Como ha contado Gabriel Fernández: “Esto originó desacuerdos a viva voz en los manifestantes: a decir verdad, la mayor parte de los mismos entonó “Paro General” durante todo el acto”.

Diversos testimonios dan cuenta de que en el propio escenario se produjeron encontronazos, pechazos y conatos de discordia, lo que dejó evidenciado que el triunvirato tiene los días contados. Como, con inteligencia, ha escrito en Facebook un compañero con el seudónimo de Gauchito Gil:

El problema es que hoy por hoy, las tensiones crecen. Tenés sectores como el de Barrionuevo que apoyan al gobierno a muerte, y también sectores como el metalúrgico que están sufriendo despidos y otros como bancarios que por su poder de fuego y ambición dentro de la CGT tensan la cuerda. La crisis tensiona al movimiento obrero y está cúpula no sabe administrar esa tensión. No tiene el carisma de un Moyano o un Ubaldini, ni el poder de fuego de Moyano, no te ordena la disputa. A eso se le suma que la marcha obviamente suma sectores politicos, también sin una clara conducción, que ven en el paro general la posibilidad de la unidad popular toda”.

Lo que se ha logrado, en suma, es una poderosa demostración de fuerza de los sectores populares ante un gobierno minoritario, cipayo y saqueador del trabajo nacional. Los sectores del movimiento obrero con una clara voluntad de defensa de las conquistas laborales, del trabajo y el bienestar de sus afiliados, entre los que se encuentran seguramente sectores tan estratégicos como la Unión Obrera Metalúrgica, la Asociación Obrera Textil y la Asociación Bancaria, además de la combativa Corriente Sindical Federal, saben que cuentan para la obtención de sus reclamos con un altísimo grado de aceptación social del conjunto de los sectores populares, sindicalizados o no. 500.000 argentinos y argentinas en las calles son una base de operaciones que permiten asegurar que la relación de fuerzas sociales se ha volcado a favor de los sectores populares.

Se equivocan, no obstante, aquellos que pretendan del movimiento obrero algo más que reivindicaciones gremiales vinculadas al mundo del trabajo. Es cierto, desde una perspectiva metodológica, que es imposible una clase obrera bien paga, con altos niveles de ocupación y con poder adquisitivo, sin cuestionar la naturaleza misma de las políticas que el gobierno lleva adelante, con impunidad y firmeza. Pero es responsabilidad de la política, de la cual el sindicalismo forma parte, generar una conducción, candidatos y puntos programáticos que sean capaces de revertir la derrota electoral del año 2015.

Y en ese sentido, la unidad, tanto del movimiento obrero en su conjunto, como del peronismo y las fuerzas nacionales y populares sigue siendo el eje de cualquier política que pretenda recuperar la iniciativa popular y generar las condiciones para sacar del poder a la pandilla de empresarios transnacionales que ha ocupado la Casa Rosada.

El movimiento obrero argentino, el más organizado de toda América Latina, logró, entre otras cosas, gracias a su poderosa estructura y a su capacidad organizativa, una concentración popular histórica, frente a un gobierno hostil y amenazante. En el seno mismo de ese movimiento obrero y de su unidad, está la respuesta a los interrogantes abiertos.

Los argentinos, una vez más, hemos demostrado que no somos empanadas que sólo se comen con abrir la boca”, como expresara nuestro Libertador. El nuevo año se ha iniciado con un gran triunfo popular en la calle, que consolidaremos en las urnas en las próximas elecciones. No es momento de triunfalismos ni de recriminaciones. Tampoco es momento de arrebatos ni de cobardías. Las jornadas que se avecinan serán una poderosa escuela política para las nuevas generaciones que no han conocido los momentos difíciles que hemos atravesada en el pasado y en los que los sindicatos, sus dirigentes y militantes, fueron el lugar donde pudimos reconstruir nuestra fuerza y seguir siendo el clavo en el zapato de la Argentina oligárquica.

Buenos Aires, 8 de marzo de 2017.


18 de mayo de 2015

Marcelo Sánchez Sorondo y nuestro laberinto

Marcelo Sánchez Sorondo, don Marcelo, fue un dirigente histórico del nacionalismo argentino, director de Azul y Blanco, un periódico doctrinario con el que intentaba influir en las FF.AA. Allí fue secretario de redacción Juan Manuel Abal Medina (padre), hasta que se convirtió, en 1972, en Secretario General del Movimiento Peronista, por decisión de Perón. En su regreso al país, el general Perón reconoció a esta corriente intelectual y política e invitó a Sánchez Sorondo a ser candidato a senador nacional por la Capital Federal en las elecciones de 1973. Integró, entonces, la lista del FreJuLi y compitió, en ballotage, con el candidato a senador por la UCR, el joven profesor de Derecho Procesal, el cordobés Fernando de la Rúa. La ciudad de Buenos Aires prefirió votar a un cordobés liberal, que a un verdadero porteño nacionalista. Así se inició la carrera política del procesalista que terminó en el helicóptero del 2001.
Don Marcelo, fallecido en 2012, pocos días antes de cumplir sus cien años, era un brillante escritor y un cultísimo historiador político. Obviamente alejado del marxismo y de toda concepción materialista, sus interpretaciones sobre nuestra historia contienen siempre el agregado de un conocimiento de los personajes y del ambiente social al que pertenecieron, con una mirada proustiana, como si se tratara de viejos recuerdos o historias familiares contadas en la mesa. Miembro de la clase dominante que surge con Julio Argentino Roca, Sánchez Sorondo ve el proceso histórico argentino, sobre todo a partir de 1853, con el sentimiento de formar parte de esa casta de hombres que intentaron forjar lo que el llama “la República posible”, pero tiene la inteligencia y largueza en la mirada que le permite, además, percibir los límites sociales, políticos, ideológicos y económicos de ese intento.
Estoy llegando a las últimas páginas de lo que, creo, ha sido su último libro, “La Argentina por dentro”, editado por Sudamericana en 1987, que tenía desde hace tiempo en mi biblioteca y cuya lectura había postergado injustificadamente.
Quiero transcribir un largo párrafo de ese libro, para ofrecer al lector una muestra del estilo preciso, de relojería de don Marcelo, y la pulcritud de las reflexiones psico-sociales de un hombre cuya experiencia vital está en las antípodas de las innúmeras masas que se expresaron tras estos dos caudillos, Yrigoyen y Perón:
Nada más distinto, más opuesto incuso por sus temperamentos respectivos y sus formas de actuación, que las dos personalidades de Yrigoyen y Perón. Son dos mundos individuales, dos cosmovisiones que no guardan entre sí semejanza alguna. Desde luego, Yrigoyen pertenece en cuerpo entero al siglo XIX, cuya vigencia se extiende aquí hasta la primera posguerra, al paso que Perón es decididamente un hombre del siglo XX. Mientras aquel se escuda en su reserva, ceñida por su introversión, éste, en apariencia llano y accesible, ostenta una prodigalidad verbal desbordante que se fue derramando, estrepitosamente, en la vida pública argentina. En Yrigoyen, pues, la nota original y más llamativa era el misterioso ascendiente que a pesar, o mejor dicho, a causa de su retraimiento ejercía sobre las masas a las cuales jamás se dirigió directamente. Perón, en cambio, para tomar posesión de la mayoría y convertirse a su vez, en el ídolo del pueblo se valdría del instrumento de la palabra que se concertaba con una sonrisa gardeliana y un matiz sentimental, a su modo inédito en el escenario de nuestra política. Contribuía a ello la presencia en verdad insólita de Evita, cuya incorporación a esas faenas viriles, que hubiera sido inconcebible para el estilo de Yrigoyen, marca la inmensa distancia psicológica que media entre el relativo anacronismo del uno y la imperiosa modernidad del otro”.
Yrigoyen transmitía sus consignas como si fueran secretos en el trato directo con los correligionarios a los cuales seducía por contagio, por trasmisión traslativa de su imagen efectuada, paso a paso, y de individuo a individuo. Con otro ritmo, Perón desde el balcón y la voz estentorea del megáfono o através de la radio, que penetraba hasta en los hogares más cautivos por la distancia y la soledad, difundía sus mensajes con la potencia vertiginosa de un huracán. Yrigoyen desde el llano con sortilegios milagreros conquistó al pueblo y luego, en andas del sufragio, al Estado. Perón, a la inversa, fue aupado primero por el proceso militarque se inicia en 1943 y le entrega algunos resortes decisivos del gobierno -la Secretaría de Trabajo, el Ministerio de Guerra, la Vicepresidencia- y merced a su utilización oportuna y copiosa desde el poder alcanza su enorme proyección popular. Ambos eran “populistas”, pero Yrigoyen si no en doctrina, en la práctica era tolerante frente a sus contestarios, mientras Perón se deslizó por una pendiente autoritaria que lo indujo a la represión de los opositores. A pesar de su mesianismo mayoritario, Yrigoyen no deprimió las libertades ni extendió las dimensiones del Estado porque no fue, por cierto, un dictador, y aunque en su decadencia tuvo favoritos no consintió exprofeso la adulación. A la inversa, Perón se propuso montar un enérgico y pragmático sistema de poder, acrecentó con nuevos cometidos y controles el volumen de la administración y permitió sin repugnancia que a su alrededor fermentara un tufo de adulonería insoportable. Yrigoyen no transgredió los fueros del Poder Judicial y al menos durante su primer período no manejó a su antojo a los parlamentarios del radicalismo ni pretendió nunca acallar la oposición de los grandes diarios. Perón, que al través del jucio político renovó la composición de la Suprema Corte, dispuso discrecionalmente de la mayoría parlamentaria y controló los medios de información, contralor que el manejo discrecional y burocrático de las cuotas de papel hizo aun más exigente respecto de la prensa escrita, algunos de cuyos órganos no vaciló en clausurar o “expropiar”.
Mas adelante, en el mismo capítulo, Sánchez Sorondo se refiere al supuesto fascismo de Perón:
Ahora bien, afirmar que Perón y el fenómeno político que engendró son una especie criolla dentro del género contemporáneamente alumbrado por los totalismos es una interpretación que a fuer de simplista añade poco o nada al análisis del tema y, por lo tanto, no ayuda a ofrecer evidencias acerca de las significaciones del nuevo movimiento de masas y de esa seducción con que lo atrajo y lo formó a su vera el joven coronel del 43. Toda jefatura personal de tipo aglutinante tiene características similares expresadas en la relación carismática. Pero ese denominador común, considerado en abstracto, no permite auscultar las diferencias proporcionadas por la riquísima diversidad de los procesos políticos; no suministra el conocimiento de los contenidos existenciales. Incluso el desencuentro cronológico que separa al peronismo de las dictaduras europeas, es es, el sincronismo entre los comienzos peronistas y el descalabro inminente de aquellas, muestra a las claras cómo la reminiscencia fascista en aquella etapa de nuestra política nacional fue una vibración póstuma, un eco tardío y falto de resuello. Tales reflejos de un estilo asequible al temperamento de Perón no trascendieron a la masa de los y corifeos, al espíritu festival del pueblo”.
Así, aunque contagiosa, resulta a la postre estéril la asociación de ideas que forzando rezagadas conexiones de época pretende inducirnos a creer que la experiencia peronista es tan sólo un calco de las precedentes autocracias occidentales y que, en consecuencia, no hubiera siquiera existido sin ellas. Por el contrario, en la medida en que las derivaciones de la posguerra acentuarán la soledad y el ensimismamiento de nuestro país, el peronismo fue mostrando su perfil nativo, sus elementos de actualidad nacional. En este sentido, la autonomía del proceso peronista respecto delas influencias foráneas ofrece pruebas incontrastables: no hay como hechura del pueblo argentino nada más nuestro y, por ende, más intransferible. De ahí que por ser la revelación de una circunstancia argentina Peón no tuvo émulos en nuestra América. La indudable disonancia de Perón respecto de los valores del Estado de Derecho responde, pues, a connotaciones exclusivamente nacionales”.
Hasta aquí, y a modo de muestra gratis, la prosa de don Marcelo Sánchez Sorondo. Como se ve hay aquí más conocimiento del país, más solidez argumentativa y consistencia analítica que en las tonterías acumuladas en millones de “papers” por Halperín Donghi, Romero y sus epígonos. Y no faltan en la descripción que hemos leído, y en la totalidad del capítulo en cuestión, juicios críticos al modo con que Perón ejerció ese poder que había creado. Ni el enfrentamiento con la Iglesia, ni la quema de algunos templos, fueron episodios gratos a la memoria de este inteligente y pródigo hijo del “ancien régime”, ni la prisión de los dirigentes opositores, como Ricardo Balbín o Federico Pinedo fueron celebrados por él y sus conmilitones. Pero hay en estos párrafos, y en todo este libro, un profundo hálito argentino y una, hoy escasa, visión del “continuum” histórico que significa una sociedad, un delgado pero firme cabello de Ariadna que guía al Teseo contemporáneo a adentrarse en nuestro propio laberinto.
Cuando el presidente de los EE.UU. reprocha a nuestros presidentes latinoamericanos por su machacón historicismo, releer a Marcelo Sánchez Sorondo, como releer a Jorge Abelardo Ramos, a José María Rosa o a Fermín Chávez, es un necesario ejercicio de autonomía intelectual. Porque eso somos, el producto de ese laberinto, y del conjunto de tradiciones de pensamiento que se metieron en él para enfrentar al Minotauro mitrista.
Buenos Aires, 18 de mayo de 2015.

29 de octubre de 2014

La vida de un niño bien muy particular

“El Bolchevique de Salón”, el último libro del doctor Mario Rapoport, posiblemente el mejor historiador económico de la Argentina, debería ser considerado un verdadero acontecimiento en las librerías de todo el país. El grueso volumen, escrito con prosa diáfana y hasta con la tensión dramática de una novela, reúne varios géneros: es una biografía de un personaje desconocido en general, pero que Rapoport rescata hasta convertirlo casi en paradigmático. Es una historia de la Argentina agroexportadora y una historia política y económica de Alemania entre 1910 y 1935, con disgresiones sobre la historia de la Revolución Rusa y, sobre todo, de la Internacional Comunista antes de la muerte de Lenin. Es una historia de las corrientes del pensamiento económico que aparecieron en nuestro país a partir de 1930 y una historia del antiperonismo de izquierda, así como una magnífica cronología de la celebrada Escuela de Frankfurt, su transformación ideológica, sus peleas intestinas y, por último, una reflexión sobre el impacto que el antisemitismo hitleriano y el triunfo yanqui en la Segunda Guerra Mundial impusieron sobre el pensamiento de las élites académicas.

Todo eso.

Como se ha sabido por los diversas entrevistas periodísticas hechas al autor, el mote del título se refiere a Felix Weil, un argentino de origen judío alemán, hijo de uno de los grandes comerciantes de granos de nuestro Centenario, educado en Alemania quien desde la adolescencia adscribió a las ideas más radicales del marxismo alemán, en tiempos en que Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht confrontaban con el reformismo de Augusto Bebel y Karl Kautsky. Este apasionante escenario le permitió a Rapoport adentrarse en una fascinante investigación que necesariamente le permite describir los vericuetos íntimos del comercio de granos desde 1890 hasta la Primera Guerra, el relativamente desconocido papel jugado por la burguesía alemana de tiempos del Kaiser en este negocio y la complejidad de una economía que no se reducía tan sólo a la vinculación entre la oligarquía agrícolo-ganadera y el Reino Unido.

Europa en Guerra y en Revolución

La investigación de Rapoport se adentra también en el rumbo de la frustrada Revolución Alemana de 1919 y los años de la República de Weimar, así como en el análisis de las consecuencias que el Tratado de Versalles tuvo sobre la economía alemana, en especial, y sobre la norteamericana y europea, en general. Del relato de estos años surge con luz especial el impacto que la Revolución de Octubre tuvo en el pensamiento europeo occidental y el papel de la Internacional Comunista en tiempos en que Grigori Zinóviev -asesinado en las purgas stalinistas- era su Secretario General. Y la vida de Felix Weil es el hilo conductor de cada uno de estos momentos que han sido cruciales para el desarrollo histórico del mundo antes del estallido de 1939. Joven agitador marxista en las universidades alemanas, delegado de la Internacional Comunista en la Argentina, a la vez que alto empleado de Hermann Weil y Cía., la exitosa empresa exportadora de su padre, y un precursor informe sobre el estado político y social de la clase obrera argentina con aciertos, precisiones e -inevitablemente- confusión eurocéntrica.

De ese paso por Argentina y, fugazmente, por Chile, Weil vuelve a Alemania y logra convencer a su padre que financie con su inmensa fortuna -salvada de la inflación por ser en marcos oro- la creación de la Escuela de Investigación Social, un instituto de estudios marxistas independientes, y que se hizo famosa con el nombre de Escuela de Frankfurt, a cuya Universidad se encontraba asociada. Y junto al porteño Weil aparecen los nombres de  Georg Lukács, Karl Korsch,  Friedrich Pollock y el gran pintor expresionista George Grosz. Aparecen, como en una película histórica, las relaciones entre Weil y el creador del Instituto Marx-Engels, de la URSS, David Riázanov, también víctima del temible georgiano. Fue el Instituto de Investigaciones Sociales, con el dinero de Weil, el que logró que Riázanov publique los famosos Grundrisse de Carlos Marx, así como los Manuscritos Económico-Filosóficos, considerada la más importante obra de su etapa juvenil.

El primer descubrimiento que deslumbra en esta compleja investigación de Rapoport es el hecho de que la prodigiosa renta diferencial generada por la fertilidad milagrosa de la pampa húmeda era de tal magnitud que fue la base material sobre la que se fundó, ni más ni menos, que la más famosa escuela del pensamiento crítico europeo y que constituyó hasta el fallecimiento de Weil, en 1975, una de sus principales fuentes de financiamiento. La renta agraria argentina y la renta diferencial pampeana, ambas usufructuadas exclusivamente por la oligarquía terrateniente y las empresas exportadoras, no permitieron tan sólo, el despilfarro “rastacuere” en París, la construcción de los exquisitos palacios del Barrio Norte o los trasplantados castillos de la provincia de Buenos Aires, sino también el mecenazgo burgués en el centro mismo de la sociedad capitalista europea. Tal fue el tamaño del histórico saqueo llevado a cabo por el parasitismo oligárquico, mientras el país profundo sufría las condiciones descriptas por Bialét Massé en su famoso informe.

A EE.UU.

Seguir las huellas de Felix Weil a lo largo del siglo XX lo lleva a Rapoport a trasladarse a EE.UU., adonde se encaminó junto con la Escuela de Frankfurt. Sus relaciones sociales, ese discreto encanto de la oligarquía pampeana, pudieron más que sus juicios sobre el capitalismo y el incipiente socialismo soviético. Este niño bien, millonario desde muy joven, gracias a la herencia de su madre, fue también uno de los asesores del gobierno fraudulento de Agustín P. Justo y de su ministro Federico Pinedo -otro entusiasta juvenil de las obras de Carlos Marx- en la redacción de la ley de Impuesto a los Réditos, el primer antecedente del Impuesto a las Ganancias, y primer impuesto directo aplicado en la Argentina.

El libro de Rapoport se mete también con los trabajos de un Weil más maduro donde expresa un furibundo antiperonismo, si bien en todos sus trabajos considera que la clase terrateniente ganadera es el mayor impedimento que la Argentina tiene para lo que él considera un necesario proceso de industrialización. La experiencia bajo el nazismo, sus amistades argentinas -como Raúl Prebisch- y el deslumbramiento que en la posguerra produce el “rooseveltismo” y la sociedad norteamericana, convierten a Weil en un predecesor del pensamiento que luego se conocerá como “desarrollismo”: la idea que el imperialismo norteamericano es la clave para industrializar a nuestro país.

De pasada, Rapoport se la toma con Milcíades Peña, quien encuentra en el libro El Enigma Argentino, de Weil, escrito en 1944, datos y antecedentes para fundamentar también su antiperonismo acérrimo y la peregrina tesis de que Perón era un agente inglés. Tanto en Weil como en Peña, su admiración por EE.UU. y su mirada conmiserativa sobre nuestras propias posibilidades de desarrollo autónomo los llevaron a una profunda incomprensión sobre nuestro más trascendente fenómeno político: el peronismo.

Estos últimos capítulos del libro de Rapoport son muy interesantes y abren ricas posibilidades de reflexión, en la medida en que en los artículos y conferencias de los últimos años de Weil, cercano al partido Demócrata, se ven y presuponen algunas tendencias que hoy, a casi 40 años del fallecimiento del biografiado, conforman gran parte de las propuestas de los sectores conservadores.

Como nota final


La vida de Felix Weil, su periplo por todo el mundo occidental, sus relaciones juveniles, su fortuna, su vida amorosa, sus aciertos y sus errores, contados por Mario Rapoport, dejan en el lector la idea de que en ese libro está el material para una gran película sobre el siglo XX desde una perspectiva argentina. El Bolchevique de Salón es el mejor libro del año en un terreno tan árido como la historia de la economía. 

5 de febrero de 2013


Una presidenta tenaz y talentosa y una oposición mediocre y vulgar

La oposición al gobierno de Cristina Fernández de Kirchner se encuentra en un peligroso estado de desesperación. Todos los intentos realizados durante el mes de diciembre para enturbiar la situación política del país, en vistas a las vacaciones, no duraron más de 24 horas.

Y el verano se convirtió en una exitosa marcha de la política gubernamental. La triunfante recepción a nuestra Fragata Libertad, el viaje de Cristina al Medio y Lejano Oriente, el aumento del mínimo no imponible y de las jubilaciones, la cerrada defensa diplomática de nuestros derechos en Malvinas, la reunión del CELAC en Santiago de Chile y la entrevista con Dilma Roussef, la celebración en Plaza de Mayo de los 200 años de la Asamblea de 1813, entre tantas iniciativas del gobierno dejaron a la oposición política sin capacidad de respuesta. O mejor dicho, con respuestas que ponen en negro sobre blanco la incapacidad orgánica que sufre para gobernar nuestro país.

El intendente de la ciudad de Buenos Aires, con aspiraciones a candidato presidencial -un notorio e inepto holgazán de desteñida pronunciación-, le pide a la presidenta que lo deje gobernar tranquilo, mientras apalea a inermes vecinos reunidos en asamblea en defensa de un espacio público, arrasa con los árboles de la 9 de Julio, para hacer un discutible andarivel para omnibuses, al que exageradamente llama Metrobús y cierra por tiempo indeterminado la línea A del subterráneo porteño.

El gobernador cordobés, José Manuel de la Sota, representante de algo que su imaginación ha llamado “cordobesismo” -concepto inaceptable en un estado nacional federal-, clausura, caprichosamente y con desplante de dueño de estancia, las torres de la Televisión Digital Abierta y deja sin el servicio a millones de cordobeses, pero satisfecho al monopolio de la televisión por cable, el grupo Clarín.

Por último, un comicastro vulgar y misógino insulta soezmente a la presidenta de la República, a las mujeres y, especialmente, a las ancianas. Subproducto cultural de la hegemonía neoliberal, con un horizonte que termina en Miami, el ex candidato a gobernador de Santa Fe por el PRO intentó disculparse, “por si resultó ofensivo”, mientras sus reclutadores salieron a defenderlo bajo el escudo de su supuesto humorismo.
Esta es la plana mayor de la oposición política a la presidenta Cristina Fernández de Kirchner. Carentes de propuestas o, mejor dicho, con propuestas que no pueden decir su nombre, ven naufragar su intento de debilitar al gobierno en las elecciones de octubre de este año.

Su sueño era reeditar las elecciones del 2009, resultado de la ofensiva del privilegio sojero y el contubernio cipayo. La realidad va mostrando una presidenta que se ha afirmado en su gestión, que maneja la agenda política del país e impone los temas a discutir, mientras la Argentina ha capeado la crisis que hoy corroe a Europa y su estado de bienestar, sin perjudicar a los sectores más desposeídos.

El año político de la oposición ha comenzado de manera lamentable. A su vez, la violencia fascista contra el viceministro Kicillof, responsable de la estatización de YPF, en su viaje en clase turista de regreso de sus vacaciones, dio una muestra gratis del tipo de gobierno que llevaría adelante ese grupo social al que la oposición quiere representar.

En ese contexto, Cristina Fernández de Kirchner camina hacia un nuevo triunfo electoral en octubre de este año.

5 de enero de 2012

La verdadera lección de Jauretche

 El escritor Alvaro Abós, ex redactor de la revista Unidos, ex peronista desde de 1985 y ex impulsor de una izquierda no peronista encabezada por el político demócrata cristiano Carlos Auyero y ahora un desconfiado de “la política como práctica”, según afirma en su blog, como si hubiera política fuera de la práctica, pretende en La Nación del 5/01/12 usar a Arturo Jauretche para defender a Papel Prensa.
En un intento sólo comparable a citar al cardenal Bergoglio para defender el amor libre, Abós se mete con las conocidas críticas al burocratismo y servilismo que Jauretche escribió tan sólo después de la caída de Perón en 1955.
El artículo evidencia, en primer lugar, muchos errores a designio. El primero es que Jauretche renunció en 1950 a formar parte del gobierno. La verdad histórica es que Jauretche y todo el grupo forjista que había rodeado al gobernador Coronel Domingo Mercante, quedaron fuera del gobierno en 1952. Un año antes había renunciado a la presidencia del Banco de la Provincia de Buenos Aires, como resultado de intrigas contra la gestión Mercante. El segundo error es considerar que Jauretche era íntimo amigo de Perón. En realidad, Jauretche y Perón no se llevaban bien en lo personal. Su relación era estrictamente política. La tradición de comité radical de Jauretche y la formación militar de Perón no facilitaban el acercamiento. Por otro lado, para don Arturo, Perón había interrumpido en cierta manera su aspiración a los más altos cargos republicanos o a la presidencia misma. Por eso es una imprecisión, que sirve a la finalidad argumentativa de Abós -defender al monopolio de Papel Prensa- afirmar que “el principal motivo del alejamiento fue que Jauretche 'se molesta una y otra vez ante delatores y adulones, choca a menudo con la burocracia que bloquea iniciativas y se inquieta ante el curso del proceso'”. Jauretche, como todo militante político con independencia de juicio y dignidad, consideraba, obviamente, que la adulación y la alcahuetería, lejos de reforzar, debilitaban a la revolución nacional en marcha.
Pero la verdadera lección que don Arturo Jauretche nos dio a los militantes nacionales y populares es, justamente, la conducta que tuvo una vez alejado del gobierno. Lejos de salir corriendo a las redacciones de La Nación o La Prensa, como hemos visto hacer a tanto pensador independiente desconfiado de la política práctica en estos últimos años, Jauretche se recluyó, tal como dice Abós, en su casa, pero ni de su boca ni de su pluma salió un sólo comentario o juicio que pudiese ser utilizado por los enemigos históricos de la revolución nacional. Y, con la misma vitalidad que en sus años mozos, en 1955 salió a la palestra pública para defender al gobierno derrocado por los “libertadores” y a la política económica desarrollada durante esos años, a la vez que a condenar con energía la restauración oligárquica, el Plan Prebisch y el ingreso al Fondo Monetario Internacional.
Y fue a partir de esta nueva situación, la de la contrarrevolución triunfante, cuando Arturo Jauretche comenzó a hacer conocer sus juicios críticos a algunos abusos y excesos del gobierno peronista. Pero, insisto en esto porque esa es la verdadera lección de Jauretche que Abós intencionadamente soslaya, jamás lo hizo en las páginas de la prensa enemiga. Lo hizo abiertamente en los periódicos y publicaciones que defendían a “la segunda tiranía”. Algunos años después, en una nota al pie, Jauretche explicó su conducta. Explicaba ahí que cualquiera de las, a su juicio, justas críticas que formulase al proceso revolucionario no iba a ser usada por los enemigos del mismo para corregirlo, sino para derrotarlo. Y que un revolucionario -que no desconfía de “la política como práctica”- no podía, por justas que fuesen sus críticas, colaborar en la restauración del régimen oligárquico.
Perón en el poder tenía, es cierto, la mano pesada. No la tenían menos sus enemigos que no vacilaron en bombardear una Plaza de Mayo llena de argentinos, fusilar a presos sin juicio previo, asesinar a militantes políticos y gremiales, torturar y hacer desaparecer a quienes se le resistían. Intentar comparar, como hace Abós, -para defender el monopolio de Papel Prensa obtenido en una mesa de tortura, en un negocio con el gobierno más criminal del siglo XX argentino- las condiciones políticas de la Argentina de 1950 con las de hoy es una indignidad intelectual y ética. Y usar nada menos que a don Arturo Jauretche para ello es, por lo menos, producto de la mala intención.
*Miembro de número del Instituto de Revisionismo Histórico Argentino e Iberoamericano Manuel Dorrego. Miembro de la Mesa Nacional de la Corriente Causa Popular.
Buenos Aires, 5 de enero de 2012

22 de marzo de 2011

Como nunca el destino de las provincias se juega en la Nación

Dos años después del 2008

Como nunca el destino de las provincias se juega en la Nación

En algún otro lugar hemos sostenido que la sorpresa ha sido una de las características del período iniciado con la asunción de Néstor Kirchner a la presidencia de la República. Y las últimas semanas no han hecho más que confirmar ese punto de vista.

En junio de 2008, el gobierno de Cristina Fernández de Kirchner y el proyecto político llevado adelante desde el 2003 sufrieron un rudo embate electoral. Eran las elecciones legislativas inmediatamente anteriores a las presidenciales. La oposición, recuerdan, obtuvo una miserable mayoría, lograda sobre la base de un rejunte mistongo de gorilas de todo pelaje. Tocaban el cielo con las manos. El rostro demacrado de una democracia mancillada recuperaría sus rubicundos colores gracias a esta chalupa de náufragos, que impondría su voluntad desde la Cámara de Diputados.

Y no les faltaba antecedentes a estos zombies opositores. Todos los gobiernos, desde 1983, que obtenían un resultado adverso en sus últimas elecciones legislativas se limitaban, en los dos años de gobierno que les quedaba, a vaciar los cajones, a romper los documentos comprometedores y prepararse para volver a la tranquilidad y rebeldía del llano. Estos pasajeros de la barca de Carontes -el remero del infierno que transportaba los cadáveres sobre el Aqueronte para alcanzar el reino de Hades- pensaron que con un par de votaciones paralizarían al gobierno nacional. Llegaron a suponer que podrían determinar la política jubilatoria y votaron un 82 % móvil que ni siquiera contó con el apoyo de los interesados. Con eso suponían -y los medios monopólicos les ayudaban a creerlo- que, extenuada por su resistencia y sus presiones, Cristina abandonaría la pelea, replegaría su política y terminaría como Don Segundo Sombra: yéndose “como quien se desangra”. Esa había sido la constante en la política argentina.

Lejos de ello, Cristina y Néstor redoblaron sorprendentemente su apuesta y comenzaron una ofensiva política que arrasó con los intentos de la rejuntada oposición. Cristina modificó el gabinete, elevó al Congreso la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual, movilizó a miles y miles de ciudadanos en todo el país para discutir esa ley y, con el gran superávit fiscal más los fondos recuperados de las AFJP, sancionó la Asignación Universal por hijo. Néstor, desde su lugar político, convocaba y unía las fuerzas capaces de sostener ese proyecto.

Conjuntamente, Cristina comenzó con los preparativos de una notable batalla cultural, tendiente a restablecer los ejes nacionales y populares en el gran debate público, buscando el convencimiento de miles y miles de argentinos y argentinas que, por primera vez, se acercaban a la actividad política. El punto culminante, más no el único, fueron las celebraciones del Bicentenario de la Revolución de Mayo. Los homenajes a la Batalla de la Vuelta de Obligado fueron el otro momento central de esa campaña por reconquistar para el sentido común nacional y popular el espíritu de nuestros compatriotas.

Mientras tanto, la economía de nuestro país, caracterizada por su permanente sucesión de crisis recurrentes -de origen externo e interno-, atravesaba el proceloso remolino de la bancarrota financiera mundial sin sacudones, ni vueltas de campana. Creció a ritmos que antes se consideraban asiáticos y los argentinos tuvieron un verano que recordó, por la intensa movilización turística, a aquellos años de la década del cincuenta, cuando millones de argentinos pudieron conocer el mar.

A su vez, esa legión perdida de políticos regiminosos se fue apagando en vitalidad, lozanía y vigor. Los maquillajes se fueron escurriendo y apareció el abominable rostro de la vieja partidocracia gorila. La Mesa de Enlace, otrora rampante, comenzó a arrastrar penosamente los pies, mientras la inteligente política del Ministerio de Agricultura y Ganadería quebraba la innoble unidad de la Federación Agraria con la Sociedad Rural Argentina.

El llamado Peronismo Federal, ante el agotamiento y descrédito de su agónico campeón, Eduardo Duhalde, salió a buscar la candidatura de un gorila unitario como el actual jefe de gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, un tirifilo inepto y basto, al borde del juicio político. Pino Solanas ofreció sus servicios a Luis Juez, en Córdoba, y a Binner, por un lado, y Giustiniani, por el otro, en Santa Fe. Como en las obras de rellenado, lucía en su remera un cartel anunciando: “Se recibe tierra”. La señora Carrió, entre charla y charla con Dios, se pasó dos años anunciando catástrofes que nunca ocurrieron, tal vez porque Dios no la toma muy en serio y, en sus conversaciones, simplemente se limita a cargarla. La UCR, tironeada por la creciente insignificancia de Cobos y el esfuerzo emulativo de Alfonsín hijo, intenta asumir el papel de oposición sensata exigiendo todo lo que fueron incapaces de llevar adelante en las oportunidades en que fueron gobierno.

El duelo público por el fallecimiento de Néstor Kirchner hizo evidente que todo ese esfuerzo no se había realizado en vano. Apareció a la luz del día un fuerte sentimiento de convencida y militante admiración hacia el ex presidente y de decidido apoyo político a la presidenta Cristina Fernández de Kirchner. La participación popular y festiva del bicentenario se convirtió en compromiso político.

Se sentía que Cristina había recuperado, desde el primer momento, la iniciativa política. Se presentía que los resultados de una política económica exitosa a la larga repercutiría en el apoyo popular.

Cristina, con la ausencia definitiva de Kirchner, decidió mantener las elecciones escalonadas en algunas provincias. Aunque en un principio algunas habían estado dirigidas a marcar independencia frente a la conducción de Néstor Kirchner, el cambio de situación permitió que fuesen usadas para apreciar el estado general de la opinión pública.

Y Catamarca dio el primero y sorprendente -una vez más- resultado. Con una aparición de Cristina durante la campaña, la senadora Lucía Corpacci derrotó el aparato electoral del radical cobista que mantuvo a su provincia alejada de los progresos generados por la administración central. El gobierno ganaba la primera prueba.

En Chubut las fuerzas kirchneristas habían sido de una gran debilidad. El manejo de Das Neves de la maquinaria electoral justicialista, su ambición presidencialista y su alianza con las empresas petroleras habían imposibilitado la aparición de una formación política que expresase al gobierno nacional. En las últimas elecciones el kirchnerismo había sido débilmente representado por el partido Socialista Auténtico, cuya dirección provincial no comparte los lineamientos del partido a nivel nacional, alineado con la política opositora de Solanas. La aparición del intendente de la segunda ciudad de la provincia, Puerto Madryn, dio lugar a la constitución de un Frente para la Victoria, claramente kirchnerista o, si se quiere, cristinista. La paridad de los resultados y la flagrante manipulación fraudulenta de votos cometida por el aparato dasnevista hizo evidente que la carrera presidencial del gobernador había muerto antes de nacer. El escrutinio aún no ha terminado y es muy posible, si la justicia electoral chubutense no es un mero títere del oficialismo, que Eliceche sea el próximo gobernador de Chubut.

Con este espíritu y con estos resultados se inicia la decisiva campaña electoral de este año. Hay un frente nacional y popular en formación y crecimiento. El principal y casi único objetivo es asegurar el triunfo de Cristina, que oportunamente anunciará su candidatura. Han aparecido nuevos electores, nuevos votantes, ante los cuales será sumamente peligroso acudir a los viejos mecanismos partidocráticos. Es muy probable que muchas conducciones provinciales, de larga data en el ejercicio del poder, sean también puestas a juicio en la militancia por Cristina Fernández de Kirchner. Es muy grande la responsabilidad de los dirigentes provinciales. Sus prestigios locales deberán ponerse al servicio del triunfo nacional. Una duda en este punto puede ser muy peligrosa, tanto para esas conducciones, lo que sería secundario, como para la victoria de la Presidenta.

También en estas elecciones se librará una amplia y profunda batalla cultural en la que, como nunca, el progreso y el bienestar de las provincias está sujeto al progreso y bienestar del conjunto del país.

Buenos Aires, 21 de marzo de 2011

8 de septiembre de 2009


Preocupaciones de una ex-izquierdista de La Nación

La señora Beatriz Sarlo ha vuelto a cumplimentar desde las páginas de La Nación, en su suplemento Enfoques, la obligación que tan honroso lugar le genera: enfrentar -y denunciar- desde la izquierda, con erudición académica y pujos gramscianos, el intento del gobierno de retomar la iniciativa en el campo de la cultura y el debate intelectual.

Bajo el título En el país de los fiscales ideológicos, la profesora retirada toma como centro de su ataque las claras referencias políticas del Secretario de Cultura de la Nación, Jorge Coscia, y los enunciados y definiciones de Carta Abierta.

En su crítica a este último movimiento político intelectual, originado en los ámbitos universitarios, prima un aburrido formalismo idealista y un desprecio reconcentrado a todo intento del gobierno, de la presidenta o de sus defensores de expresar un sistema de ideas de antigua tradición, al que el liberalismo, al cual hoy adscribe Beatriz Sarlo, ha denigrado sistemáticamente. Que la presidenta declare no ser “sarmientina” o que reivindique a Manuel Dorrego contra su asesino Juan Lavalle, significa, para la ex maoísta del partido comunista revolucionario de los sesenta y setenta, una ingenua expresión de adolescencia radicalizada.

La crítica a Jorge Coscia adquiere, a su vez, un servicial matiz de denuncia, donde abundan las referencias al trotskismo y al comunismo. Acostumbrada al silenciamiento que los medios de la reacción liberal impusieron sobre la Izquierda Nacional y sus intelectuales más destacados, Beatriz Sarlo recupera la memoria de las discusiones de su juventud y la ferocidad con que estos puntos de vista eran enfrentados por la izquierda universitaria. En efecto, la Izquierda Nacional se caracterizó por la intransigente crítica al socialismo de Juan B. Justo y sus avinagrados seguidores, al comunismo de Victorio Codovilla y, en general, a toda la izquierda que coincidió con la Sociedad Rural en su condena al peronismo y las masas trabajadoras del 17 de octubre, y en su participación en la Revolución Libertadora y en el golpe cívico militar del 24 de marzo de 1976. En ese sentido, los autores de la Izquierda Nacional que menciona Sarlo -Ramos, Spilimbergo, Alberti, Galasso-, así como Puiggrós y Hernández Arregui, cumplieron un importantísimo papel en la conformación de un pensamiento crítico y revolucionario en el momento en que se produjo la confluencia de amplios sectores de la clase media urbana con los trabajadores y el peronismo. Junto con peronistas como Arturo Jauretche, Fermín Chávez, Muñoz Azpiri y otros, los autores antes citados facilitaron en aquellos años la comprensión del fenómeno peronista a las generaciones posteriores a la Revolución Libertadora.

En esa tarea, la explicación de cómo los partidos de la izquierda tradicional –el stalinismo ruso, el socialismo de Repetto y Juan B. Justo y el trotsquismo pronorteamericano- habían enfrentado a los trabajadores y a Perón, habían rechazado el aguinaldo y habían constituido la Unión Democrática con Ramón Santamarina y Victoria Ocampo, fue un capítulo insoslayable. Beatriz Sarlo deja ver las cicatrices que ese debate dejaron en su delicada piel al decir que Jorge Abelardo Ramos “no puede ser más cruel con los socialistas a quienes acusa de todas las mezquindades: pequeña gente ilustrada pero irremediablemente tonta, extranjerizante y, como los comunistas y los gorilas, despreciativa de las masas populares”. Sin embargo, no da un solo argumento que desmienta esta acusación ratificada por la experiencia histórica.

Sarlo intenta soslayar, con evasivas retóricas, que, efectivamente, existía y existe “una izquierda que no entendía la Nación y una derecha que decía entenderla pero despreciaba la Nación popular concreta”.

Que Jorge Coscia, desde el lugar del Estado dedicado a las políticas culturales, hoy reivindique la validez de esta disyuntiva, no puede sino inquietar a los dueños de La Nación y sus sucriptores. Beatriz Sarlo sale, entonces, a dar la batalla tras la máscara de su impoluto academicismo. Pero la máscara no puede ocultar su pelambre gorila.

¿Dije pelambre?

Quise decir raigambre.

Buenos Aires, 7 de setiembre de 2009

31 de julio de 2009

Alto en la noche, Mitre vigila

Alto en la noche, Mitre vigila

Cuentan que Homero Manzi se enojó un día con uno de estos nacionalistas empiringotados, de buena pluma y apellido eufónico, peleador y bueno para las diatribas, y le lanzó: “¡Vos que te metés con todos los próceres, menos con el que dejó un diario de guardaespaldas!”

Y esto no fue una metáfora más del gran poeta popular. Quien se mete con don Bartolomé Mitre, se encuentra cara a cara con la prosa soporífera de los editoriales de La Nación o con la pluma alquilada de alguno de sus escribas. Y a su vez el poderoso guardaespaldas se encargó de sepultar en el silencio o el olvido a todos aquellos que se metieron con el fundador.

Bastó que el flamante secretario de Cultura de la Nación, Jorge Coscia, nombrase en el salón Miguel Cané –el diputado impulsor de la siniestra Ley de Residencia que habilitó al gobierno a expulsar a inmigrantes sin juicio previo-, los nombres y la memoria de Arturo Jauretche, Raúl Scalabrini Ortiz, Homero Manzi y Abelardo Ramos, todos antimitristas militantes, para que el patovica del prócer, actuase de inmediato.

Primero fue una nota de alerta. Había llegado alguien que quería politizar la cultura y culturizar la política. Y que invitaba a los participantes del gran debate nacional a desenmascarar sus posiciones, a no ocultarlas detrás de falsas buenas intenciones.


Al día siguiente llamaron a uno de sus opinadores a perpetuidad. La venerable profesora Beatriz Sarlo, jubilada no sólo de su càtedra universitaria, sino también de sus empujes izquierdistas de otrora, pero en plena actividad antiperonista, se presentó para la pelea de fondo.

La excusa fue la Marcha Peronista.

A pedido de sus actuales patrones, los ojos de Sarlo se pusieron en blanco y mostró su virginidad republicana ultrajada. “Los cantores de la marcha seguramente pensaron que estas diferencias entre partido y gobierno son viejas manías del formalismo republicano”.


La señora Sarlo no entiende que hoy, después de más de sesenta años, la marcha peronista no es tan sólo una marcha partidaria, sino el himno que expresa al conjunto de los argentinos enfrentados al bloque oligárquico que intenta recuperar el manejo del Estado. Es mucho más que una canción partidaria. Es la marsellesa argentina, la conjunción, a nivel simbólico, de la Argentina de los héroes de la Independencia, de los caudillos federales, de los obreros del 17 de octubre y de los desocupados del 2001.

Y lo que sí sabe y oculta es que esa Argentina, la Argentina que Mitre mandó a matar con sus coroneles, cuya sangre no había que ahorrar, según Sarmiento, esa Argentina reflejada en el plano de la cultura por los hombres mencionados por Coscia y por muchos de los que allí estaban, muy pocas veces tuvo oportunidad de ocupar el sitio que el Estado nacional tiene asignado para la Cultura.


No lo estuvo con Menem, donde los valores y la política en nombre de los cuales escribe Sarlo, manejaron al país a su antojo y en beneficio de los suscriptores de La Nación.

Ni siquiera lo estuvo con el anterior secretario, más allá de su prudencia y corrección.

Lo que es evidente en el resentido artículo de Beatriz Sarlo es que actúa sin explicitar su mensaje político. Todo lo contrario de lo que propuso Coscia esa misma noche. Uno de los temas que ha hecho conocer, tanto en entrevistas mediáticas como en actos oficiales, es su propuesta de desenmascarar el debate: que cada uno diga en nombre de qué o de quién habla. Y él lo hizo.

Sarlo, que actúa en nombre de la tradición cultural del mitrismo porteño, del conservadurismo republicano, de la Argentina de pocos y para pocos, lo oculta detrás de una máscara presumida, de profesora izquierdista retirada.

Solamente por esta falsificación intrínseca a su argumentación puede la señora Sarlo dudar sobre la convocatoria democrática, no excluyente y respetuosa lanzada por el Secretario de Cultura.

Detrás de sus comentarios insidiosos se ve el espectro de Bartolomé Mitre y su falsificación histórica y política.


Buenos Aires, 30 de julio de 2009