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15 de diciembre de 2012


Un Fin de Año con nuevas victorias
La Corriente Causa Popular celebra junto con todos los argentinos bien nacidos las dos decisiones judiciales que le han puesto un broche de oro a un año de lucha y esperanza.

La sentencia del juez Alfonso que establece la constitucionalidad del artículo 161 de la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual pone fin a la chicana tribunalicia, propia de abogados alquilones, con que el monopólico grupo Clarín pretendió impedir la aplicación de una norma votada por una inmensa mayoría del Congreso Nacional. Acá se acaba la historia de tres años de recursos de amparo y medidas cautelares que expuso a la luz pública el profundo grado de corrupción y connivencia con los grupos económicos hegemónicos que afecta a una buena parte del Poder Judicial. La apelación con que el ya en retroceso grupo Clarín intente detener el tiempo será resuelta, vía per saltum, por la Suprema Corte de Justicia, donde su mefítica influencia no llega. La ley se ha impuesto sobre la impunidad y el privilegio.

A los pocos días, el 15 de diciembre, se hace público que el Tribunal Internacional del Mar declaró oficialmente nuestra Fragata Libertad como buque de guerra y, por lo tanto, inembargable. El fallo, que no hizo otra cosa que legitimar lo que era obvio, pone a nuestro buque escuela rumbo hacia el hogar, junto con la tripulación que durante todos estas semanas cuidó su soberanía e intangibilidad. En 1917, el gobierno popular de Hipólito Yrigoyen se enfrentó con una situación similar, con el hundimiento por un submarino alemán del velero Monte Protegido, durante la Primera Guerra Mundial. La firmeza argentina logró una reparación alemana y un acto de desagravio a su bandera, ratificando la neutralidad en la guerra europea. 

El 9 de enero estará en el puerto de Buenos Aires y deberá ser recibida por una gran fiesta popular. La bandera azul y blanca es respetada por el mundo entero, pese a las intrigas, deseos y miserias de una oposición política que ha perdido totalmente respeto, credibilidad y, sobre todo, representatividad.

Después de la gigantesca demostración popular del 9 de diciembre la Argentina cierra el año con dos triunfos políticos de un gobierno que expresa con dignidad y energía la potestad soberana de Argentina y su pueblo.

Buenos Aires, 15 de diciembre de 2012

Mesa Nacional de la Corriente Causa Popular
Luis Gargiulo (Necochea), Eduardo González (Córdoba), Julio Fernández Baraibar (Cap. Fed.), Eduardo Fossati (Cap. Fed.), Laura Rubio (Cap. Fed.), Juan Osorio (GBA), Cacho Lezcano (GBA), Marta Gorsky (Gral. Roca), Ismael Daona (Tucumán), Alberto Silvestri (Esquina), Magdalena García Hernando (Cap. Fed.), Marcelo Faure (La Paz ER), Tuti Pereira (Santiago del Estero), Ricardo Franchini (Córdoba), Liliana Chourrout (GBA), Oscar Alvarado (Azul); Ricardo Vallejos (Cap. Fed.), Alfredo Cafferata (Mendoza), Juan Luis Gardes (Cipoletti), Omar Staltari (Bahía Blanca), Gabriel Claverí (Cnel. Dorrego), Rodolfo Pioli (Jujuy) y Horacio Cesarini (GBA).
Centro Arturo Jauretche de Jujuy

25 de febrero de 2011

Néstor no vive

Esos son héroes; los que pelean para hacer a los pueblos libres. 
José Martí 


Recordar la fecha de nacimiento de un hombre público no puede ser otra cosa que repasar el significado que su vida tuvo en la de sus contemporáneos o la posteridad. Con esto queremos decir que no somos proclives, por formación filosófica y hasta por pudor, a celebrar el cumpleaños de quienes nos han dejado o a realizar afirmaciones como “Rosas vive”, “Perón vive” o “Evita vive”. Esos tres importantes seres humanos están muertos, ya no pueden incidir con sus acciones en el devenir histórico y lo importante que queda de ellos es y será la memoria y el respeto de sus paisanos, como gustaba decir Jauretche. 

Néstor Kirchner hubiera cumplido hoy 61 años. Pero falleció hace cuatro meses, dejando al pueblo argentino en un duelo que no tenía igual desde la muerte de Hipólito Yrigoyen, de Eva Perón o del General Juan Domingo Perón. Y lo único que, desde el papel en blanco, podemos hacer en su homenaje es recordar su fugaz, singular y decisivo paso por la política grande de la Argentina. 

Hace ocho años, Néstor Kirchner se convirtió en presidente sin partido de un país sin Estado, como en perfecta expresión lo definiera Alberto Guerberof. Treinta y cinco años de implacable dictadura -política, en parte, y económica siempre- liberal imperialista, habían llevado a la Argentina a una crisis sin parangón. Los monetaristas habían dejado al país sin dinero. Los aperturistas de nuestra economía habían cerrado los bancos y hasta los cajeros automáticos. El Estado era un miserable gendarme, de uniforme raído y gorra torcida, incapaz de imponer una multa por cruzar un semáforo en rojo. Sobre esa mínima base de poder y con la sola confianza en la voluntad popular y la capacidad de lucha que en ella se genera, Néstor Kirchner levantó, lentamente, con astucia y arte, la dignidad del Estado nacional y la autoridad de la presidencia. Dotó de contenido concreto a un cargo que había sido vaciado y mancillado. Se hizo verdaderamente cargo del timón de la nave republicana y ofreció una bitácora de viaje para quienes lo sucediesen. 

En Mar del Plata, en la Cumbre de 2005, hizo público lo que el conjunto de nuestro continente ya sabía por dolorosa experiencia: 

“Nuestro continente, en general, y nuestro país, en particular, es prueba trágica del fracaso de la teoría del derrame”. 

Y, junto con otros presidentes de la región, puso punto final a la amenaza del ALCA. 

Supo presentir la posibilidad de su muerte, -posiblemente la muerte de Perón le dejase una imborrable enseñanza en su mente- y decidió que fuese Cristina quien le sucediese en el cargo. Ello le permitió morir con la conciencia tranquila de saber que nadie usurparía ya no su herencia, sino su política. 

El poeta inglés del Renacimiento, John Donne, nos dejó un inquietante poema: 

Ningún hombre es una isla entera por sí mismo. 
Cada hombre es una pieza del continente, 
una parte del todo.
Ninguna persona es una isla; 
la muerte de cualquiera me afecta, 
porque me encuentro unido 
a toda la humanidad; 
por eso, nunca preguntes 
por quién doblan las campanas; 
doblan por ti. 

Esa fue la razón por la que millones salieron hace cuatro meses a llorarlo y a convalidar su mandato. Porque sabían que las campanas de duelo que sonaban sobre la Patria estaban sonando por todos nosotros. Por eso hoy no celebro un cumpleaños ni digo “Néstor vive”. 

Lamentablemente Néstor no vive. Afortunadamente nos dejó una política para que la Argentina y América Latina vivan más que nunca. 

Buenos Aires, 25 de febrero de 2011

13 de enero de 2011

La Nación, ejemplo de prensa militante contra el país


En la edición del 12 de enero de este año, La Nación publica un extenso artículo de un tal Silvio Waisbord, a quien presenta como profesor de Periodismo y Comunicación Política en la George Washington University, bajo el título de “El error de la prensa militante”.

El autor comienza afirmando: “Como en otras democracias polarizadas de América latina, las divisiones políticas atraviesan el periodismo argentino”. Ignoramos qué entiende el autor por “democracias polarizadas”, pero suponemos que el adjetivo debe designar algo diferente a lo que se menciona al hablar de “vidrios polarizados”. Tampoco entendemos por qué sólo el periodismo argentino estaría atravesado por las divisiones políticas. En todos los países en los que existe la más mínima libertad de expresión, los periodistas, y por ende el periodismo, está dividido según las opiniones y diferencias políticas que atraviesan esa sociedad. Recuerdo, de mis años de estancia en Suecia, “las diferencias, peleas públicas y acusaciones cruzadas entre periodistas y medios de prensa” que existían entre el Afton Bladet, el tradicional vespertino socialdemócrata, y el Svenska Dagbladet, un matutino tamaño sábana que expresa el punto de vista de la plutocracia sueca y del conservador Moderata Parti. Y no tengo recuerdo alguno de que se hablase, en aquellos años en que gobernaba la llamada “alianza burguesa”, de una democracia polarizada en el país de Strindberg.

De manera tal que muy poco es lo que significa la presentación que hace del problema el profesor Waisbord, a quien suponemos, como su apellido indica, luciendo una larga barba blanca tipo Papá Noel.

A continuación afirma: “A pesar de ser comúnmente utilizado en la política argentina, no es claro qué significa "militante" cuando se usa para adjetivar al periodismo”. No obstante, Martín García, presidente de la agencia TELAM, fue claro al diferenciar entre un periodismo militante y un periodismo mercenario (prostituído, llego a decir), este último formado por la legión de paniaguados de los grandes medios monopólicos que dan forma literaria a las indicaciones que les dictan los dueños de esos medios.

De inmediato, el profesor Waisbord emite un principio general, en el que se encierra la profunda falacia de toda su argumentación: “el periodismo debe ser escéptico frente al poder y no ser crítico según el color político o ideológico de quien detente el poder”. Waisbord, como casi todos los que pontifican sobre estos temas, está convencido que la palabra “poder” es sinónimo de “Estado”, no existiendo en su idealista visión de la realidad otro poder que el que emana de este último.

Ignoro o por lo menos sé muy poco sobre cómo funciona esto en EE.UU. –aunque puedo imaginármelo- pero sí sé y he experimentado que, en “las democracias polarizadas de América Latina” el verdadero poder no es el que emana del Estado Nacional, que el verdadero poder no es el del gobierno, sino el de las clases oligárquicas, las grandes corporaciones nacionales y extranjeras y los monopolios de los medios de comunicación social vinculados a aquellos, que en general detentan la administración del estado y, con menor frecuencia, lo ejercen desde el llano. Y, justamente, el “periodismo militante”, en contraposición al “periodismo mercenario”, se pone frente al poder –al verdadero poder, al poder de la constitución real que mencionaba Lasalle- no sólo en actitud escéptica, sino en rebelión o, como se dice ahora, proactiva.

Dice Waisbord: “Debe (el periodismo) mostrar los datos de la realidad porque los gobiernos y partidos tienden a producir y creer en sus realidades. Debe investigar los pliegues del gobierno porque el poder inevitablemente mantiene lugares oscuros. Debe poner la lupa sobre problemas que necesitan atención pública y no justificar la noticia según la razón partidaria. Debe estimular a los ciudadanos a conocer lo que ignoran en vez de confirmar sus preconcepciones militantes. Debe incrementar oportunidades para la expresión de la ciudadanía y organizaciones civiles y no ser ventrílocuo de quienes están rodeados de micrófonos. Debe marcar los errores y olvidos a cualquier oficialismo y no ayudar a cubrirlos cualquiera sea la justificación”.

Leáse de nuevo la admonitoria parrafada. Reemplace el lector “gobiernos y partidos”, “poder”, “pliegues del gobierno”, “razón partidaria”, “quienes están rodeados de micrófonos”, “oficialismo”, por corporaciones y asociaciones oligárquicas, medios monopólicos, despachos de embajadas, razón empresarial y piense por un instante sobre quienes están rodeados de micrófonos y entenderá con claridad y sin preconceptos lo que queremos decir.

La Nación usa las buenas intenciones del ignoto Silvio Waisbord para ocultar la realidad del poder y la propia historia de ese medio.

Desde su fundación, para combatir contra la candidatura presidencial de Sarmiento, La Nación no fue otra cosa que una prensa militante al servicio de los intereses porteños, entonces, y de la oligarquía agraria y el interés inglés, primero, y norteamericano, después, a lo largo del siglo XX. Su función ha sido servir de “organ house” de los sectores dominantes de la Argentina y sus periodistas, casi sin excepción, han militado de manera sistemática contra los intereses nacionales y populares de la Argentina. En su Manual de Zonceras Argentinas, Arturo Jauretche desarrolló una de ellas, habitual entre las décadas del 20 y el 40 del siglo pasado: “Dice La Nación, dice La Prensa”. Con este lugar común, la clase media de aquellos años se creía portadora de la ciencia infusa que las columnas de esos dos diarios y sus plumíferos militantes imponían al conjunto de la sociedad, siempre en defensa de los intereses minoritarios. La Nación siempre realizó una forma de periodismo militante, con periodistas que, en general, estaban convencidos de que su labor era recrear los valores y las convicciones del establishment argentino. Desde Eduardo Mallea, director durante años del suplemento cultural, hasta Juan Valmaggia, casi vitalicio secretario de redacción, todos ellos estimaban que el país del Centenario era el modelo del que la demagogia y la vulgaridad nos habían apartado.Con un ojo permanentemente alerta en la defensa del privilegio oligárquico, los soporíferos editoriales de La Nación, sus columnas políticas y hasta sus comentarios culturales fueron una clara expresión de un periodismo militante. No por nada Arturo Jauretche tituló un opúsculo escrito en la década del 60, con motivo del centenario de La Prensa –que en paz descanse-, y es aplicable a La Nación,“100 años contra el país”.

Volanta se llama una pequeña oración que precede al título de un artículo o nota. Normalmente se utiliza para ubicar al lector sobre el contexto del contenido que, muchas veces, el título no proporciona. Cuando la volanta del artículo que estamos comentando reza “Efectos de un país políticamente dividido”, afirmando algo que, por lo menos, debe demostrarse corroboramos que, pese a las admoniciones de Waisbord, La Nación sigue siendo un claro ejemplo de prensa militante. No hace otra cosa que, como el ladrón que huye al haber sido descubierto, gritar ¡al ladrón, al ladrón! para confundir a la gilada.

Valeria del Mar, 13 de enero de 2011

26 de noviembre de 2010

El despertar político de una nueva generación

El despertar político de una nueva generación

Hacia un nuevo movimiento estudiantil con las banderas de Néstor y Cristina

Una agrupación estudiantil llamada Arturo Jauretche acaba de ganar las elecciones del Centro de Estudiantes del Colegio Nacional Buenos Aires. La noticia, que pasó desapercibida para los monopolios informativos, tiene una importante trascendencia: es la primera manifestación política de la masiva presencia juvenil en las exequias de Néstor Kirchner.

La juventud es, como se sabe, un estadio pasajero, algo que pasa con los años. Pero su manifestación en las clases sociales es muy distinta. El acceso al trabajo asalariado y en blanco de parte de nuevas generaciones obreras provoca, a la larga o a la corta, una renovación de las dirigencias sindicales y la aparición de lo que en la Argentina se ha dado en llamar “juventud sindical”. Este fenómeno se ha hecho evidente en el movimiento obrero organizado. Gremios como la Unión Obrera Metalúrgica (UOM), que durante el período neoliberal desindustrializador vio disminuida la cantidad de afiliados, ha visto resurgir una nueva dirección como resultado del crecimiento producido en el sector a partir del 2003. La movilización popular del 24 de marzo pasado contó con la presencia masiva de una Juventud Sindical de la CGT.

En la clase media no asalariada la adhesión a políticas nacionales y populares no tiene un inmediato correlato, tal como ocurre con la clase trabajadora. En general, la caja de resonancia de los cambios político-culturales de la clase media ha sido el movimiento estudiantil, tanto en su versión universitaria como secundaria.

La lucha política por los centros de estudiantes y las Federaciones Universitarias regionales y la FUA ha sido el campo de batalla de las grandes luchas políticas de las juventudes de clase media. Homero Manzi, en su poema a la vieja Facultad de Derecho de la avenida Las Heras, escrito a los diecinueve años, menciona ese movimiento estudiantil que intenta conjugar cierta universalidad conceptual con la realidad americana y argentina de entonces.

Corazón que practica
la leyenda hipocrática de dormir a la izquierda,
hecho con las estrías de cien muchachos locos
que sueñan con la paz
y que hacen la simbiosis
—pampeanamente rara—
de Yrigoyen y Marx.

Por otra parte, fue en el campo estudiantil donde el movimiento nacional y popular argentino -tanto el radicalismo en vida de Yrigoyen, como el peronismo- más dificultades tuvo para influir política e ideológicamente. Distintas corrientes del socialismo y del comunismo cipayos se encargaron de convertir las banderas de la Reforma del 18 en instrumento contra los gobiernos que expresaban la voluntad popular.

Y en 1945 esas mismas corrientes, más un radicalismo ya alvearizado, lograron que los organismos de masas del movimiento estudiantil -los Centros de Estudiantes, las Federaciones Universitarias y la FUA- fuesen instrumento de la conspiración oligárquica antiperonista.

A partir de la década del '60 se produjo un proceso político cultural al que la Izquierda Nacional llamó de “nacionalización de las clases medias”. Los hijos o los hermanos menores de aquellos estudiantes gorilas de 1955 se acercaban al peronismo y, sobre todo, a la experiencia del movimiento sindical peronista. Ese notable fenómeno, que caracterizó las grandes victorias populares a partir del Cordobazo, puso punto final a la llamada Revolución Argentina y contribuyó, junto con la lucha de millones de trabajadores peronistas, al regreso de Perón y a los triunfos populares del año 1973.

En 1970, una alianza integrada por la Agrupación Universitaria Nacional (AUN) -expresión estudiantil de la Izquierda Nacional- y la llamada Franja Morada Nacional -un agrupamiento de sectores reformistas socialistas y anarquistas- triunfó en el Congreso de la FUA en Córdoba. La declaración política de ese Congreso reivindica, por primera vez en la FUA, la fecha del 17 de Octubre de 1945 como un jalón decisivo en la lucha por la liberación argentina.

El notable despertar político de amplios sectores juveniles de clase media que han visto en los gobiernos de Néstor Kirchner y de Cristina Fernández la representación de sus intereses, postergados por años de neoliberalismo, tiene que convertirse en triunfos políticos que ratifiquen esta voluntad de lucha explicitada en los últimos meses.

Esa explosión juvenil debe consolidarse en un gran movimiento estudiantil -secundario y universitario- que en todo el país despliegue el discurso democrático, popular, nacional, modernizador y latinoamericano de la presidenta Cristina. Ese movimiento debe tener como objetivo principal reconquistar para la causa nacional y popular los centros de estudios, las Federaciones Universitarias y, sobre todo, las Universidades nacionales, en especial la de Buenos Aires.

Si todos las agrupaciones de simpatía kirchnerista que militan en las universidades llegan a los necesarios e inevitables acuerdos políticos, el movimiento estudiantil debe ser un apoyo autónomo y amplio al programa presidencial. No es posible que la FUBA y la FUA estén en manos cipayas, de ultraizquierda o liberales. No es posible que la Universidad de Buenos Aires siga siendo un enclave aislado del proceso general que vive la Nación, sobre todo cuando estamos en presencia del gobierno que más presupuesto ha dado a las universidades y a la investigación científico-tecnológica en los últimos cincuenta años.

Esa juventud dolorida y esperanzada que llenó las calles de Buenos Aires despidiendo a Néstor Kirchner, debe convertirse en una fuerza política capaz de llevar adelante una nueva Reforma Universitaria, que vuelva a poner a la Universidad al servicio de los intereses nacionales y populares. En suma, llamamos a un movimiento estudiantil que con el programa de Cristina y Néstor, con el programa de los trabajadores argentinos, revierta la hegemonía cipaya en el movimiento estudiantil. Ni más ni menos que lo que han hecho las chicas y chicos del Nacional Buenos Aires.

Si ello se logra, dotaremos al nuevo proyecto nacional de la fuerza y el conocimiento capaz de proyectarlo y garantizarlo en el tiempo.

Buenos Aires, 26 de noviembre de 2010

3 de agosto de 2009

A propósito de la Patria

Leopoldo Marechal nos dejó un poema que, a quienes amamos esta Patria con nombre platino, nos ha marcado para toda la vida.

La Patria era una niña de voz y pie desnudos. 
Yo la vi talonear los caballos frisones 
en tiempos de labranza, 
o dirigir los carros graciosos del estío, 
con las piernas al sol y el idioma en el aire. 
(Los hombres de mi estirpe no la vieron: 
sus ojos de aritmética buscaban 
el tamaño y el peso de la fruta.) 

La Patria era un retozo de niñez 
en el Sur aventado, en la llanura 
tamborileante de ganaderías. 
Yo la vi junto al fuego de las yerras 
estampando su risa en los novillos; 
o junto al universo de los esquiladores, 
cosechando el vellón en las ovejas 
y la copla en las dulces guitarras de setiembre. 
(No la vieron los hombres de mi clan: 
sus ojos verticales se perdían 
en las cotizaciones del Mercado de Lanas) 

Con las cuartillas escritas por Felipe Noguera y Alberto Berro –según informa La Nación de este domingo- el presidente de la Sociedad Rural Argentina, Hugo Biocatti, afirmó: “La Patria es nuestra historia y también nuestra conciencia de esa historia”. Con ello, el estanciero pretendió, con sus palabras, desplegar la concepción del “Campo” sobre la Patria. 

De repente “los ojos de aritmética”, que sólo ven el tamaño y el peso, “los ojos verticales”, que sólo perciben la suba y la baja de los precios, se sintieron en la obligación de explicarnos a los argentinos qué es la Patria. 

Es bueno que, por fin, se acepte el desafío de discutir sobre nuestra historia y sobre la conciencia de nuestra historia, porque es, justamente la conciencia de esa historia, la huella que ha dejado en las generaciones vivas, lo que hace evidente que la Patria a la que se refiere Biolcatti es una Patria muy distinta a la que está dibujada en el corazón y la memoria colectiva de la inmensa mayoría de los argentinos. 

Dicen Noguera y Berro, a través de Biolcatti: “Cuando el campo dice Patria, piensa con nostalgia en aquel magnífico granero del mundo capaz de alimentar a la humanidad entera, hoy convertido en presa de la voracidad fiscal y la falta de políticas adecuadas”. 

En cambio, cuando el pueblo argentino dice Patria recuerda con dolor y con indignación histórica aquel Centenario del “granero del mundo”, regido con estado de sitio, con la Ley de Residencia y donde, un año antes, los “cosacos” de la policía de Ramón Falcón reprimieron un acto del 1º de Mayo dejando tendidos 8 muertos y 105 heridos. Aquel 25 de mayo de 1910 se celebró con la redacción de las publicaciones obreras La Protesta, La Batalla y La Acción Socialista presos, junto a un centenar de militantes populares. Mientras la Argentina de la Sociedad Rural saludaba embelesada a la obesa representante de la corona española, la “infanta” Isabel, patotas oligárquicas empastelaban imprentas anarquistas, apaleaban a trabajadores desarmados y generaban terror blanco en las barriadas humildes. 

Aquella Argentina no era “capaz de alimentar a la humanidad entera”, como sus escribas le hacen fantasear a Biolcatti, sino que apenas era capaz de alimentar a los argentinos viejos del interior postrado y a los nuevos argentinos que se hacinaban en los oprobiosos conventillos. Tan sólo alimentaba a los ingleses con su chilled beef, y a cambio de ello les entregaba el control de sus puertos, sus ferrocarriles, sus frigoríficos, su prensa y su gobierno. 

Esa Argentina, a cuya añoranza se suma, con aire de hijo bastardo, Eduardo Buzzi, es la que llevó dos años después al proceso de sindicalización agraria, enfrentado a la clase terrateniente tradicional, que se conoció como “Grito de Alcorta”. Ni siquiera para los fundadores de la Federación Agraria Argentina, chacareros criollos, italianos y españoles, la Argentina del Centenario tenía un lugar. La incorporación de la Argentina rural al mercado internacional y los recursos generados por la renta diferencial se convirtieron en fanfarronerías de nuevo rico, en dilapidación suntuaria, en viajes a Europa con la familia y la vaca, en tirar manteca al techo con cocottes franchutas de besos lentos y manos rápidas. 

Esa es la nostalgia que le dictan Noguera y Berro al parvenu Biolcatti. Es simplemente un adorno retórico a la exigencia perentoria de esa clase social, que, en sus pretensiones, no ha cambiado desde el Centenario: la renta agraria es nuestra y hacemos con ella lo que queremos. 

Vuelve Biolcatti a la historia, cuando dice: “Pienso en Manuel Belgrano, en José de San Martín, en Domingo Faustino Sarmiento, en Juan Bautista Alberdi. Hombres que le dieron a la Patria todo, sin pedirle nada. Hombres que fundaron y construyeron esta Nación sin necesitar superpoderes. Que murieron en la dignidad de su pobreza, sin tener que presentar declaraciones juradas. Pienso en ellos y me avergüenzo.” 

Vuelve a vigilar Mitre desde lo alto de la noche el examen de historia del estanciero lechero. ¡Pobre Manuel Belgrano! Quería desarrollar la industria textil para hacer velas y sogas para nuestros barcos, y estos tipos reniegan de una Argentina industrial, que sólo puede construirse con la apropiación por parte del Estado de sus excedentes rentísticos. 

¡Y que San Martín no necesitó superpoderes! Los tuvo y los usó discrecionalmente. Los tuvo en Mendoza, como gobernador militar, y los tuvo en Perú como Protector. Es muy linda la historia de las damas mendocinas entregando su tiempo y sus joyas a la causa de la Independencia. Y es útil para falsear la verdadera imagen del Libertador. En uso de las atribuciones que le exigió al gobierno de Buenos Aires para aceptar su nombramiento, San Martín expropió a las clases pudientes cuyanas para usar sus bienes sobrantes en beneficio de la causa independentista. 

Aquí se ve, en su manifestación práctica, la utilidad que la historia de Mitre tiene para el sistema de dominación argentino. ¡Qué bueno es ocultar que San Martín fue un gobernante dotado de plenos poderes, sin control parlamentario alguno! 

El sanjuanino está muy bien en boca de Biolcatti, que desde su cargo hace evidente la crítica observación sarmientina de que el poder en la Argentina de entonces tenía “olor a bosta de vaca”. Y, podemos agregar, la Sociedad Rural Argentina quiere que vuelva a tenerlo. 

En cuanto a lo de la pobreza de Alberdi no podemos sino aceptarlo. El gobierno de los ganaderos y los importadores de la ciudad de Buenos Aires le negaba el pago de sus sueldos como representante argentino en París. “La dignidad de su pobreza” tenía mucho más de castigo mitrista que de virtud republicana. Hace bien Biolcatti en avergonzarse de ello. 

Cuando el pueblo argentino dice Patria recuerda con orgullo y dolor la sangre gaucha derramada por los soldados criollos a lo largo y lo ancho de América del Sur, cuando Rivadavia –a quien los asesores de Biolcatti se olvidaron de nombrar o quizás su nombre ya no tiene el impacto publicitario de otras épocas- le quitaba su apoyo al ejército de San Martín, obligándolo a retirarse de Perú. Rememora la firmeza de Juan Manuel de Rosas defendiendo la soberanía de la Confederación, frente al asedio de ingleses y franceses, y saluda con devoción a los héroes de la Vuelta de Obligado. La palabra Patria para los argentinos pobres, para los asalariados –obreros y maestros- es el levantamiento gaucho contra la tiranía porteña, es el exilio, la tuberculosis y la muerte de Felipe Varela, es la cabeza del Chacho clavada en la plaza de Olta. 

Esa palabra nos recuerda con orgullo los levantamiento de Yrigoyen contra el “régimen falaz y descreído” de la oligarquía del campo y nos alegra con el desborde arrabalero de los votos radicales de 1916. Patria es para nosotros, los argentinos que estamos fuera del predio ferial, de la estancia y de la inversión en soja, la sangre obrera derramada en las calles de Barracas y Parque de los Patricios durante la Semana Trágica y el levantamiento de Paso de los Libres contra la dictadura justista. 

Nosotros no tenemos que avergonzarnos, como Biolcatti. Nos pone orgullosos el recuerdo de los obreros bien pagos del 17 de octubre y nos alegra la insolencia plebeya de Evita, nombrando a su madre al frente de la Sociedad de Beneficencia. 

La Patria, en suma, ha sido para nosotros una larga lucha por la Independencia, por construir una sociedad soberana, por reparar la injusticia, por dar voz a los desheredados. Desde el 2001, que son los años que Biolcatti mejor conoce, hemos tenido que dar una dura lucha para sacarnos de encima las políticas que nos impuso la Sociedad Rural Argentina desde su participación en el golpe de 1976 y dar trabajo a los desocupados, blanquear a los trabajadores informales y mejorar el salario de todos. La preocupación por la pobreza en boca del presidente de la SRA tiene el mismo valor que la preocupación del verdugo por la salud del condenado a muerte. 

En suma: 

La Patria no ha de ser para nosotros 
nada más que una hija y un miedo inevitable 
y un dolor que se lleva en el costado 
sin palabra ni grito. 

Por eso, que la Sociedad Rural mejor no hable de la Patria.

Buenos Aires, 2 de agosto de 2009

31 de julio de 2009

Alto en la noche, Mitre vigila

Alto en la noche, Mitre vigila

Cuentan que Homero Manzi se enojó un día con uno de estos nacionalistas empiringotados, de buena pluma y apellido eufónico, peleador y bueno para las diatribas, y le lanzó: “¡Vos que te metés con todos los próceres, menos con el que dejó un diario de guardaespaldas!”

Y esto no fue una metáfora más del gran poeta popular. Quien se mete con don Bartolomé Mitre, se encuentra cara a cara con la prosa soporífera de los editoriales de La Nación o con la pluma alquilada de alguno de sus escribas. Y a su vez el poderoso guardaespaldas se encargó de sepultar en el silencio o el olvido a todos aquellos que se metieron con el fundador.

Bastó que el flamante secretario de Cultura de la Nación, Jorge Coscia, nombrase en el salón Miguel Cané –el diputado impulsor de la siniestra Ley de Residencia que habilitó al gobierno a expulsar a inmigrantes sin juicio previo-, los nombres y la memoria de Arturo Jauretche, Raúl Scalabrini Ortiz, Homero Manzi y Abelardo Ramos, todos antimitristas militantes, para que el patovica del prócer, actuase de inmediato.

Primero fue una nota de alerta. Había llegado alguien que quería politizar la cultura y culturizar la política. Y que invitaba a los participantes del gran debate nacional a desenmascarar sus posiciones, a no ocultarlas detrás de falsas buenas intenciones.


Al día siguiente llamaron a uno de sus opinadores a perpetuidad. La venerable profesora Beatriz Sarlo, jubilada no sólo de su càtedra universitaria, sino también de sus empujes izquierdistas de otrora, pero en plena actividad antiperonista, se presentó para la pelea de fondo.

La excusa fue la Marcha Peronista.

A pedido de sus actuales patrones, los ojos de Sarlo se pusieron en blanco y mostró su virginidad republicana ultrajada. “Los cantores de la marcha seguramente pensaron que estas diferencias entre partido y gobierno son viejas manías del formalismo republicano”.


La señora Sarlo no entiende que hoy, después de más de sesenta años, la marcha peronista no es tan sólo una marcha partidaria, sino el himno que expresa al conjunto de los argentinos enfrentados al bloque oligárquico que intenta recuperar el manejo del Estado. Es mucho más que una canción partidaria. Es la marsellesa argentina, la conjunción, a nivel simbólico, de la Argentina de los héroes de la Independencia, de los caudillos federales, de los obreros del 17 de octubre y de los desocupados del 2001.

Y lo que sí sabe y oculta es que esa Argentina, la Argentina que Mitre mandó a matar con sus coroneles, cuya sangre no había que ahorrar, según Sarmiento, esa Argentina reflejada en el plano de la cultura por los hombres mencionados por Coscia y por muchos de los que allí estaban, muy pocas veces tuvo oportunidad de ocupar el sitio que el Estado nacional tiene asignado para la Cultura.


No lo estuvo con Menem, donde los valores y la política en nombre de los cuales escribe Sarlo, manejaron al país a su antojo y en beneficio de los suscriptores de La Nación.

Ni siquiera lo estuvo con el anterior secretario, más allá de su prudencia y corrección.

Lo que es evidente en el resentido artículo de Beatriz Sarlo es que actúa sin explicitar su mensaje político. Todo lo contrario de lo que propuso Coscia esa misma noche. Uno de los temas que ha hecho conocer, tanto en entrevistas mediáticas como en actos oficiales, es su propuesta de desenmascarar el debate: que cada uno diga en nombre de qué o de quién habla. Y él lo hizo.

Sarlo, que actúa en nombre de la tradición cultural del mitrismo porteño, del conservadurismo republicano, de la Argentina de pocos y para pocos, lo oculta detrás de una máscara presumida, de profesora izquierdista retirada.

Solamente por esta falsificación intrínseca a su argumentación puede la señora Sarlo dudar sobre la convocatoria democrática, no excluyente y respetuosa lanzada por el Secretario de Cultura.

Detrás de sus comentarios insidiosos se ve el espectro de Bartolomé Mitre y su falsificación histórica y política.


Buenos Aires, 30 de julio de 2009