En esta página publico los artículos escritos por mí en los últimos años, sobre política argentina, política latinoamericana y política internacional, que considero más interesantes y de actualidad. Visite mi blog con temas periodísticos y literarios http://jfernandezbaraibar.blogspot.com
15 de diciembre de 2012
25 de febrero de 2011
Néstor no vive
Esos son héroes; los que pelean para hacer a los pueblos libres. 13 de enero de 2011
En la edición del 12 de enero de este año,
El autor comienza afirmando: “Como en otras democracias polarizadas de América latina, las divisiones políticas atraviesan el periodismo argentino”. Ignoramos qué entiende el autor por “democracias polarizadas”, pero suponemos que el adjetivo debe designar algo diferente a lo que se menciona al hablar de “vidrios polarizados”. Tampoco entendemos por qué sólo el periodismo argentino estaría atravesado por las divisiones políticas. En todos los países en los que existe la más mínima libertad de expresión, los periodistas, y por ende el periodismo, está dividido según las opiniones y diferencias políticas que atraviesan esa sociedad. Recuerdo, de mis años de estancia en Suecia, “las diferencias, peleas públicas y acusaciones cruzadas entre periodistas y medios de prensa” que existían entre el Afton Bladet, el tradicional vespertino socialdemócrata, y el Svenska Dagbladet, un matutino tamaño sábana que expresa el punto de vista de la plutocracia sueca y del conservador Moderata Parti. Y no tengo recuerdo alguno de que se hablase, en aquellos años en que gobernaba la llamada “alianza burguesa”, de una democracia polarizada en el país de Strindberg.
De manera tal que muy poco es lo que significa la presentación que hace del problema el profesor Waisbord, a quien suponemos, como su apellido indica, luciendo una larga barba blanca tipo Papá Noel.
A continuación afirma: “A pesar de ser comúnmente utilizado en la política argentina, no es claro qué significa "militante" cuando se usa para adjetivar al periodismo”. No obstante, Martín García, presidente de la agencia TELAM, fue claro al diferenciar entre un periodismo militante y un periodismo mercenario (prostituído, llego a decir), este último formado por la legión de paniaguados de los grandes medios monopólicos que dan forma literaria a las indicaciones que les dictan los dueños de esos medios.
De inmediato, el profesor Waisbord emite un principio general, en el que se encierra la profunda falacia de toda su argumentación: “el periodismo debe ser escéptico frente al poder y no ser crítico según el color político o ideológico de quien detente el poder”. Waisbord, como casi todos los que pontifican sobre estos temas, está convencido que la palabra “poder” es sinónimo de “Estado”, no existiendo en su idealista visión de la realidad otro poder que el que emana de este último.
Ignoro o por lo menos sé muy poco sobre cómo funciona esto en EE.UU. –aunque puedo imaginármelo- pero sí sé y he experimentado que, en “las democracias polarizadas de América Latina” el verdadero poder no es el que emana del Estado Nacional, que el verdadero poder no es el del gobierno, sino el de las clases oligárquicas, las grandes corporaciones nacionales y extranjeras y los monopolios de los medios de comunicación social vinculados a aquellos, que en general detentan la administración del estado y, con menor frecuencia, lo ejercen desde el llano. Y, justamente, el “periodismo militante”, en contraposición al “periodismo mercenario”, se pone frente al poder –al verdadero poder, al poder de la constitución real que mencionaba Lasalle- no sólo en actitud escéptica, sino en rebelión o, como se dice ahora, proactiva.
Dice Waisbord: “Debe (el periodismo) mostrar los datos de la realidad porque los gobiernos y partidos tienden a producir y creer en sus realidades. Debe investigar los pliegues del gobierno porque el poder inevitablemente mantiene lugares oscuros. Debe poner la lupa sobre problemas que necesitan atención pública y no justificar la noticia según la razón partidaria. Debe estimular a los ciudadanos a conocer lo que ignoran en vez de confirmar sus preconcepciones militantes. Debe incrementar oportunidades para la expresión de la ciudadanía y organizaciones civiles y no ser ventrílocuo de quienes están rodeados de micrófonos. Debe marcar los errores y olvidos a cualquier oficialismo y no ayudar a cubrirlos cualquiera sea la justificación”.
Leáse de nuevo la admonitoria parrafada. Reemplace el lector “gobiernos y partidos”, “poder”, “pliegues del gobierno”, “razón partidaria”, “quienes están rodeados de micrófonos”, “oficialismo”, por corporaciones y asociaciones oligárquicas, medios monopólicos, despachos de embajadas, razón empresarial y piense por un instante sobre quienes están rodeados de micrófonos y entenderá con claridad y sin preconceptos lo que queremos decir.
Desde su fundación, para combatir contra la candidatura presidencial de Sarmiento,
Volanta se llama una pequeña oración que precede al título de un artículo o nota. Normalmente se utiliza para ubicar al lector sobre el contexto del contenido que, muchas veces, el título no proporciona. Cuando la volanta del artículo que estamos comentando reza “Efectos de un país políticamente dividido”, afirmando algo que, por lo menos, debe demostrarse corroboramos que, pese a las admoniciones de Waisbord,
Valeria del Mar, 13 de enero de 2011
26 de noviembre de 2010
El despertar político de una nueva generación
Hacia un nuevo movimiento estudiantil con las banderas de Néstor y Cristina
La juventud es, como se sabe, un estadio pasajero, algo que pasa con los años. Pero su manifestación en las clases sociales es muy distinta. El acceso al trabajo asalariado y en blanco de parte de nuevas generaciones obreras provoca, a la larga o a la corta, una renovación de las dirigencias sindicales y la aparición de lo que en la Argentina se ha dado en llamar “juventud sindical”. Este fenómeno se ha hecho evidente en el movimiento obrero organizado. Gremios como la Unión Obrera Metalúrgica (UOM), que durante el período neoliberal desindustrializador vio disminuida la cantidad de afiliados, ha visto resurgir una nueva dirección como resultado del crecimiento producido en el sector a partir del 2003. La movilización popular del 24 de marzo pasado contó con la presencia masiva de una Juventud Sindical de la CGT.
En la clase media no asalariada la adhesión a políticas nacionales y populares no tiene un inmediato correlato, tal como ocurre con la clase trabajadora. En general, la caja de resonancia de los cambios político-culturales de la clase media ha sido el movimiento estudiantil, tanto en su versión universitaria como secundaria.
La lucha política por los centros de estudiantes y las Federaciones Universitarias regionales y la FUA ha sido el campo de batalla de las grandes luchas políticas de las juventudes de clase media. Homero Manzi, en su poema a la vieja Facultad de Derecho de la avenida Las Heras, escrito a los diecinueve años, menciona ese movimiento estudiantil que intenta conjugar cierta universalidad conceptual con la realidad americana y argentina de entonces.
Corazón que practica
la leyenda hipocrática de dormir a la izquierda,
hecho con las estrías de cien muchachos locos
que sueñan con la paz
y que hacen la simbiosis
—pampeanamente rara—
de Yrigoyen y Marx.
Por otra parte, fue en el campo estudiantil donde el movimiento nacional y popular argentino -tanto el radicalismo en vida de Yrigoyen, como el peronismo- más dificultades tuvo para influir política e ideológicamente. Distintas corrientes del socialismo y del comunismo cipayos se encargaron de convertir las banderas de la Reforma del 18 en instrumento contra los gobiernos que expresaban la voluntad popular.
Y en 1945 esas mismas corrientes, más un radicalismo ya alvearizado, lograron que los organismos de masas del movimiento estudiantil -los Centros de Estudiantes, las Federaciones Universitarias y la FUA- fuesen instrumento de la conspiración oligárquica antiperonista.
A partir de la década del '60 se produjo un proceso político cultural al que la Izquierda Nacional llamó de “nacionalización de las clases medias”. Los hijos o los hermanos menores de aquellos estudiantes gorilas de 1955 se acercaban al peronismo y, sobre todo, a la experiencia del movimiento sindical peronista. Ese notable fenómeno, que caracterizó las grandes victorias populares a partir del Cordobazo, puso punto final a la llamada Revolución Argentina y contribuyó, junto con la lucha de millones de trabajadores peronistas, al regreso de Perón y a los triunfos populares del año 1973.
En 1970, una alianza integrada por la Agrupación Universitaria Nacional (AUN) -expresión estudiantil de la Izquierda Nacional- y la llamada Franja Morada Nacional -un agrupamiento de sectores reformistas socialistas y anarquistas- triunfó en el Congreso de la FUA en Córdoba. La declaración política de ese Congreso reivindica, por primera vez en la FUA, la fecha del 17 de Octubre de 1945 como un jalón decisivo en la lucha por la liberación argentina.
El notable despertar político de amplios sectores juveniles de clase media que han visto en los gobiernos de Néstor Kirchner y de Cristina Fernández la representación de sus intereses, postergados por años de neoliberalismo, tiene que convertirse en triunfos políticos que ratifiquen esta voluntad de lucha explicitada en los últimos meses.
Esa explosión juvenil debe consolidarse en un gran movimiento estudiantil -secundario y universitario- que en todo el país despliegue el discurso democrático, popular, nacional, modernizador y latinoamericano de la presidenta Cristina. Ese movimiento debe tener como objetivo principal reconquistar para la causa nacional y popular los centros de estudios, las Federaciones Universitarias y, sobre todo, las Universidades nacionales, en especial la de Buenos Aires.
Si todos las agrupaciones de simpatía kirchnerista que militan en las universidades llegan a los necesarios e inevitables acuerdos políticos, el movimiento estudiantil debe ser un apoyo autónomo y amplio al programa presidencial. No es posible que la FUBA y la FUA estén en manos cipayas, de ultraizquierda o liberales. No es posible que la Universidad de Buenos Aires siga siendo un enclave aislado del proceso general que vive la Nación, sobre todo cuando estamos en presencia del gobierno que más presupuesto ha dado a las universidades y a la investigación científico-tecnológica en los últimos cincuenta años.
Esa juventud dolorida y esperanzada que llenó las calles de Buenos Aires despidiendo a Néstor Kirchner, debe convertirse en una fuerza política capaz de llevar adelante una nueva Reforma Universitaria, que vuelva a poner a la Universidad al servicio de los intereses nacionales y populares. En suma, llamamos a un movimiento estudiantil que con el programa de Cristina y Néstor, con el programa de los trabajadores argentinos, revierta la hegemonía cipaya en el movimiento estudiantil. Ni más ni menos que lo que han hecho las chicas y chicos del Nacional Buenos Aires.
Si ello se logra, dotaremos al nuevo proyecto nacional de la fuerza y el conocimiento capaz de proyectarlo y garantizarlo en el tiempo.
Buenos Aires, 26 de noviembre de 2010
3 de agosto de 2009
A propósito de la Patria
31 de julio de 2009
Alto en la noche, Mitre vigila
Y esto no fue una metáfora más del gran poeta popular. Quien se mete con don Bartolomé Mitre, se encuentra cara a cara con la prosa soporífera de los editoriales de La Nación o con la pluma alquilada de alguno de sus escribas. Y a su vez el poderoso guardaespaldas se encargó de sepultar en el silencio o el olvido a todos aquellos que se metieron con el fundador.
Bastó que el flamante secretario de Cultura de la Nación, Jorge Coscia, nombrase en el salón Miguel Cané –el diputado impulsor de la siniestra Ley de Residencia que habilitó al gobierno a expulsar a inmigrantes sin juicio previo-, los nombres y la memoria de Arturo Jauretche, Raúl Scalabrini Ortiz, Homero Manzi y Abelardo Ramos, todos antimitristas militantes, para que el patovica del prócer, actuase de inmediato.
Primero fue una nota de alerta. Había llegado alguien que quería politizar la cultura y culturizar la política. Y que invitaba a los participantes del gran debate nacional a desenmascarar sus posiciones, a no ocultarlas detrás de falsas buenas intenciones.
Al día siguiente llamaron a uno de sus opinadores a perpetuidad. La venerable profesora Beatriz Sarlo, jubilada no sólo de su càtedra universitaria, sino también de sus empujes izquierdistas de otrora, pero en plena actividad antiperonista, se presentó para la pelea de fondo.
La excusa fue la Marcha Peronista.
A pedido de sus actuales patrones, los ojos de Sarlo se pusieron en blanco y mostró su virginidad republicana ultrajada. “Los cantores de la marcha seguramente pensaron que estas diferencias entre partido y gobierno son viejas manías del formalismo republicano”.
La señora Sarlo no entiende que hoy, después de más de sesenta años, la marcha peronista no es tan sólo una marcha partidaria, sino el himno que expresa al conjunto de los argentinos enfrentados al bloque oligárquico que intenta recuperar el manejo del Estado. Es mucho más que una canción partidaria. Es la marsellesa argentina, la conjunción, a nivel simbólico, de la Argentina de los héroes de la Independencia, de los caudillos federales, de los obreros del 17 de octubre y de los desocupados del 2001.
Y lo que sí sabe y oculta es que esa Argentina, la Argentina que Mitre mandó a matar con sus coroneles, cuya sangre no había que ahorrar, según Sarmiento, esa Argentina reflejada en el plano de la cultura por los hombres mencionados por Coscia y por muchos de los que allí estaban, muy pocas veces tuvo oportunidad de ocupar el sitio que el Estado nacional tiene asignado para la Cultura.
No lo estuvo con Menem, donde los valores y la política en nombre de los cuales escribe Sarlo, manejaron al país a su antojo y en beneficio de los suscriptores de La Nación.
Ni siquiera lo estuvo con el anterior secretario, más allá de su prudencia y corrección.
Lo que es evidente en el resentido artículo de Beatriz Sarlo es que actúa sin explicitar su mensaje político. Todo lo contrario de lo que propuso Coscia esa misma noche. Uno de los temas que ha hecho conocer, tanto en entrevistas mediáticas como en actos oficiales, es su propuesta de desenmascarar el debate: que cada uno diga en nombre de qué o de quién habla. Y él lo hizo.
Sarlo, que actúa en nombre de la tradición cultural del mitrismo porteño, del conservadurismo republicano, de la Argentina de pocos y para pocos, lo oculta detrás de una máscara presumida, de profesora izquierdista retirada.
Solamente por esta falsificación intrínseca a su argumentación puede la señora Sarlo dudar sobre la convocatoria democrática, no excluyente y respetuosa lanzada por el Secretario de Cultura.
Detrás de sus comentarios insidiosos se ve el espectro de Bartolomé Mitre y su falsificación histórica y política.
Buenos Aires, 30 de julio de 2009
