22 de marzo de 2011

Dos años después del 2008

Como nunca el destino de las provincias se juega en la Nación

En algún otro lugar hemos sostenido que la sorpresa ha sido una de las características del período iniciado con la asunción de Néstor Kirchner a la presidencia de la República. Y las últimas semanas no han hecho más que confirmar ese punto de vista.

En junio de 2008, el gobierno de Cristina Fernández de Kirchner y el proyecto político llevado adelante desde el 2003 sufrieron un rudo embate electoral. Eran las elecciones legislativas inmediatamente anteriores a las presidenciales. La oposición, recuerdan, obtuvo una miserable mayoría, lograda sobre la base de un rejunte mistongo de gorilas de todo pelaje. Tocaban el cielo con las manos. El rostro demacrado de una democracia mancillada recuperaría sus rubicundos colores gracias a esta chalupa de náufragos, que impondría su voluntad desde la Cámara de Diputados.

Y no les faltaba antecedentes a estos zombies opositores. Todos los gobiernos, desde 1983, que obtenían un resultado adverso en sus últimas elecciones legislativas se limitaban, en los dos años de gobierno que les quedaba, a vaciar los cajones, a romper los documentos comprometedores y prepararse para volver a la tranquilidad y rebeldía del llano. Estos pasajeros de la barca de Carontes -el remero del infierno que transportaba los cadáveres sobre el Aqueronte para alcanzar el reino de Hades- pensaron que con un par de votaciones paralizarían al gobierno nacional. Llegaron a suponer que podrían determinar la política jubilatoria y votaron un 82 % móvil que ni siquiera contó con el apoyo de los interesados. Con eso suponían -y los medios monopólicos les ayudaban a creerlo- que, extenuada por su resistencia y sus presiones, Cristina abandonaría la pelea, replegaría su política y terminaría como Don Segundo Sombra: yéndose “como quien se desangra”. Esa había sido la constante en la política argentina.

Lejos de ello, Cristina y Néstor redoblaron sorprendentemente su apuesta y comenzaron una ofensiva política que arrasó con los intentos de la rejuntada oposición. Cristina modificó el gabinete, elevó al Congreso la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual, movilizó a miles y miles de ciudadanos en todo el país para discutir esa ley y, con el gran superávit fiscal más los fondos recuperados de las AFJP, sancionó la Asignación Universal por hijo. Néstor, desde su lugar político, convocaba y unía las fuerzas capaces de sostener ese proyecto.

Conjuntamente, Cristina comenzó con los preparativos de una notable batalla cultural, tendiente a restablecer los ejes nacionales y populares en el gran debate público, buscando el convencimiento de miles y miles de argentinos y argentinas que, por primera vez, se acercaban a la actividad política. El punto culminante, más no el único, fueron las celebraciones del Bicentenario de la Revolución de Mayo. Los homenajes a la Batalla de la Vuelta de Obligado fueron el otro momento central de esa campaña por reconquistar para el sentido común nacional y popular el espíritu de nuestros compatriotas.

Mientras tanto, la economía de nuestro país, caracterizada por su permanente sucesión de crisis recurrentes -de origen externo e interno-, atravesaba el proceloso remolino de la bancarrota financiera mundial sin sacudones, ni vueltas de campana. Creció a ritmos que antes se consideraban asiáticos y los argentinos tuvieron un verano que recordó, por la intensa movilización turística, a aquellos años de la década del cincuenta, cuando millones de argentinos pudieron conocer el mar.

A su vez, esa legión perdida de políticos regiminosos se fue apagando en vitalidad, lozanía y vigor. Los maquillajes se fueron escurriendo y apareció el abominable rostro de la vieja partidocracia gorila. La Mesa de Enlace, otrora rampante, comenzó a arrastrar penosamente los pies, mientras la inteligente política del Ministerio de Agricultura y Ganadería quebraba la innoble unidad de la Federación Agraria con la Sociedad Rural Argentina.

El llamado Peronismo Federal, ante el agotamiento y descrédito de su agónico campeón, Eduardo Duhalde, salió a buscar la candidatura de un gorila unitario como el actual jefe de gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, un tirifilo inepto y basto, al borde del juicio político. Pino Solanas ofreció sus servicios a Luis Juez, en Córdoba, y a Binner, por un lado, y Giustiniani, por el otro, en Santa Fe. Como en las obras de rellenado, lucía en su remera un cartel anunciando: “Se recibe tierra”. La señora Carrió, entre charla y charla con Dios, se pasó dos años anunciando catástrofes que nunca ocurrieron, tal vez porque Dios no la toma muy en serio y, en sus conversaciones, simplemente se limita a cargarla. La UCR, tironeada por la creciente insignificancia de Cobos y el esfuerzo emulativo de Alfonsín hijo, intenta asumir el papel de oposición sensata exigiendo todo lo que fueron incapaces de llevar adelante en las oportunidades en que fueron gobierno.

El duelo público por el fallecimiento de Néstor Kirchner hizo evidente que todo ese esfuerzo no se había realizado en vano. Apareció a la luz del día un fuerte sentimiento de convencida y militante admiración hacia el ex presidente y de decidido apoyo político a la presidenta Cristina Fernández de Kirchner. La participación popular y festiva del bicentenario se convirtió en compromiso político.

Se sentía que Cristina había recuperado, desde el primer momento, la iniciativa política. Se presentía que los resultados de una política económica exitosa a la larga repercutiría en el apoyo popular.

Cristina, con la ausencia definitiva de Kirchner, decidió mantener las elecciones escalonadas en algunas provincias. Aunque en un principio algunas habían estado dirigidas a marcar independencia frente a la conducción de Néstor Kirchner, el cambio de situación permitió que fuesen usadas para apreciar el estado general de la opinión pública.

Y Catamarca dio el primero y sorprendente -una vez más- resultado. Con una aparición de Cristina durante la campaña, la senadora Lucía Corpacci derrotó el aparato electoral del radical cobista que mantuvo a su provincia alejada de los progresos generados por la administración central. El gobierno ganaba la primera prueba.

En Chubut las fuerzas kirchneristas habían sido de una gran debilidad. El manejo de Das Neves de la maquinaria electoral justicialista, su ambición presidencialista y su alianza con las empresas petroleras habían imposibilitado la aparición de una formación política que expresase al gobierno nacional. En las últimas elecciones el kirchnerismo había sido débilmente representado por el partido Socialista Auténtico, cuya dirección provincial no comparte los lineamientos del partido a nivel nacional, alineado con la política opositora de Solanas. La aparición del intendente de la segunda ciudad de la provincia, Puerto Madryn, dio lugar a la constitución de un Frente para la Victoria, claramente kirchnerista o, si se quiere, cristinista. La paridad de los resultados y la flagrante manipulación fraudulenta de votos cometida por el aparato dasnevista hizo evidente que la carrera presidencial del gobernador había muerto antes de nacer. El escrutinio aún no ha terminado y es muy posible, si la justicia electoral chubutense no es un mero títere del oficialismo, que Eliceche sea el próximo gobernador de Chubut.

Con este espíritu y con estos resultados se inicia la decisiva campaña electoral de este año. Hay un frente nacional y popular en formación y crecimiento. El principal y casi único objetivo es asegurar el triunfo de Cristina, que oportunamente anunciará su candidatura. Han aparecido nuevos electores, nuevos votantes, ante los cuales será sumamente peligroso acudir a los viejos mecanismos partidocráticos. Es muy probable que muchas conducciones provinciales, de larga data en el ejercicio del poder, sean también puestas a juicio en la militancia por Cristina Fernández de Kirchner. Es muy grande la responsabilidad de los dirigentes provinciales. Sus prestigios locales deberán ponerse al servicio del triunfo nacional. Una duda en este punto puede ser muy peligrosa, tanto para esas conducciones, lo que sería secundario, como para la victoria de la Presidenta.

También en estas elecciones se librará una amplia y profunda batalla cultural en la que, como nunca, el progreso y el bienestar de las provincias está sujeto al progreso y bienestar del conjunto del país.

Buenos Aires, 21 de marzo de 2011

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