31 de agosto de 2020

Comenzar hoy con un proyecto de país para después de la pandemia


El discurso de hoy, 31 de agosto de 2020, del presidente de la República, Alberto Fernández, ha dado inicio una nueva etapa de su gobierno, al salir exitosamente del peligroso desfiladero de la difícil negociación con los acreedores privados, a los que inconsultamente se entregó el nefasto gobierno de Mauricio Macri.  

Lo veníamos diciendo desde hace ya unas semanas e intentábamos traer tranquilidad y esperanza a muchos compañeros y compañeras, intranquilos y, en algunos casos, hasta decepcionados de la prudencia y modestia que, aparentemente, predominaba en la acción presidencial. Toda la preocupación gubernamental estaba cifrada en esa negociación que llevaba adelante un hasta ese momento desconocido ministro de Economía, al que los ladridos de la prensa opositora había comparado con un pequeño equipo de fútbol de Villa Soldatti, nacido, por otra parte, a la luz de los históricos Campeonatos Evita del primer gobierno peronista. Lo único que sabíamos de ese ministro, Martín Guzmán, quien pese a su juventud exhibía un hablar pausado, meditado, de tonos medios, sin inflexiones altisonantes, un tanto monótono y aburrido, era su brillante carrera en EE.UU y la difusa idea de que había sido recomendado del Papa Francisco.

Dijimos a lo largo de estos meses que Alberto necesitaba un sólido frente interno para sentarse a negociar con el más aquilatado conjunto de truhanes y filibusteros del capital financiero. Necesitaba presentarse como un presidente que representa al conjunto del país, de sus instituciones y estados federales que lo conforman. El país ya estaba en default -como hoy se encargó de repetir el presidente- y no podía, en esas condiciones, revolear el poncho como un remedo de Soledad Pastorutti y confrontar abiertamente con los tentáculos del capital financiero instalados en el establishmente económico argentino. Para seguir con las comparaciones, se necesitaba paciencia y saliva, como en el procaz dicho popular.

El poder económico y mediático del país comprendió de inmediato la situación y desde un primer momento intentó boicotear todo tipo de acuerdo que favoreciese a la Argentina, con la miserable idea que, si así ocurría, consolidaría el poder político del Frente de Todos. Sobre ese país en crisis económica y en default de hecho, con todo el sector pyme industrial desmantelado, con una concentración económica cuyo objetivo es fugar dinero del país, se agregó, a los pocos meses de gobierno, la más profunda y destructiva crisis generada por la universalización sin fronteras de una pavorosa pandemia que encontraba al país con sus estructuras sanitarias debilitadas y, en muchos casos, destruidas.

Se trataba, por un lado, de negociar con las aves carroñeras del capital financiero, por un lado, y de instalar camas, respiradores y estructuras sanitarias de todo tipo para enfrentar el huracán letal del Covid 19. La cuarentena inicial sirvió para cubrir esas necesidades, pero obligó al gobierno a sostener, con subsidios estatales, a los millones de compatriotas que, repentinamente, había quedado sin ingresos. Nueve millones de argentinos y argentinas recibieron durante estos meses un subsidio, modesto, pero suficiente para no dejarlos desprotegidos en medio del vendaval. Pero además, ayudó, también por la vía del subsidio, a miles de empresas -grandes, medianas y pequeñas- a pagar los salarios que la caída de la actividad económica les dificultaría hacerlo. Vale la pena mencionar en este punto que incluso las empresas pertenecientes al cartel mediático que, desde la prensa escrita, radiofónica y televisiva, continuaba hostilizando y provocando al gobierno, llegando incluso a hablar de golpe de estado.

En esa tormenta, la situación política, económica y social más compleja que gobierno alguno haya tenido desde 1880, Alberto Fernández avanzó, muchas veces un paso y debió retroceder dos. También frente a la pandemia tenía que presentar un frente interno unido. A su vez, la política de trabar clinch -para usar una imagen del mundo del boxeo- con los gobernantes de la oposición debilitaba a la misma y la dividía entre los opositores con responsabilidades de gestión y los voceros de la desobediencia civil, del republicanismo trucho y de la libertad de contagiar, sin responsabilidad política alguna. Y obtuvo nuevos éxitos políticos cuando, incluso, el gobierno central acudió en apoyo de la provincia de Jujuy gobernada por el radical Gerardo Morales, quien resultó ser mejor carcelero que enfermero, para mencionar dos servidores públicos.

Hoy Alberto Fernández y su equipo de gobierno informó que esa tarea estaba concluída. Que el 93,7% de los acreedores privados habían entrado en el acuerdo, lo que, por mecanismos del mismo acuerdo, comprometía al 99% de los mismos. ¿Qué quiere decir esto? Que no habrá espacio para que fondos buitres, compradores de bonos deuda defaulteada a bajo precio, puedan acudir a los tribunales norteamericanos para exigir el pago de la totalidad de lo adeudado en esos bonos. La pesadilla del siniestro juez Griesa que vivimos durante el gobierno de Cristina ya no desvelará al ministro de Economía. Y no me extiendo en las condiciones del acuerdo, que ya fue descripto por el ministro Guzmán, con su habitual serenidad.

A su vez, el gobierno ha iniciado las conversaciones con el FMI para un acuerdo sobre los 45 mill millones de dólares que la banda de forajidos que ocupó el estado durante cuatro años pidió prestados en jornadas memorables donde la mendacidad se abrazó canallescamente con la avaricia. Y, más allá de la recomendación que le hizo el Papa Francisco sobre la titular del Fondo, la búlgara Kristalina Georgieva y su conocimiento y experiencia de la pobreza -tal como lo contó el propio presidente en una entrevista televisiva-, sonaron fuertes las palabras presidenciales de que no habría, de ninguna manera, un acuerdo que significase un empeoramiento de las condiciones de los más pobres y castigados de la sociedad argentina. Sino que, por el contrario, el acuerdo debería servir para facilitar el trabajo, el desarrollo de las fuerzas productivas y la generación de las condiciones que permitan que nunca más -otro nunca más en nuestra política- caigamos en el laberinto del Minotauro que devora a quienes en él se extravían.

Y, por fin, después de cerrar esta etapa, el presidente mostró a los argentinos y argentinas un programa estratégico, un proyecto de reconstruir una Argentina más justa, con menos desigualdades que permitan el despliegue a pleno de sus potencialidades económicas y humanas. Dio dos datos que permiten entrever ese horizonte.

Por un lado, la puesta en órbita del nuevo satélite SAOCOM 1B, construído totalmente en nuestro país con la participación central de la Comisión Nacional Espacial (CONAE) junto con la empresa INVAP, contratista principal del proyecto, la firma pública VENG, la Comisión Nacional de Energía Atómica (CNEA) y el Laboratorio GEMA de la Universidad Nacional de La Plata (UNLP), entre otras 80 empresas de tecnología e instituciones del sistema científico tecnológico del país. Ratificó con ello la política científico-tecnológica iniciada ya en los 90, continuada por los gobiernos de Néstor y Cristina y que, miserablemente, el gobierno del PRO había desfinanciado. Pero además, puso en valor y recordó a los argentinos las posibilidades que nuestro país posee, frente a la desmoralizante campaña de la prensa monopólica y de sus lenguaraces que pretenden convertir la falta de cloacas -es decir la injusta distribución de la infraestructura estatal, motivada, entre otras cosas, en la evasión impositiva y en la fuga de capitales- en impedimento ontológico para nuestro despliegue científico. Vale la pena mencionar que EE.UU. -el país que más satélites tiene en el espacio y, posiblemente, la economía más rica del planeta, tiene un 20 % de gente sin cloacas y una incontable cantidad de “homeless” y familias que viven en casas rodantes, para no mencionar los barrios “slump” de las grandes ciudades.

Vale la pena repetirlo: la Argentina no es el país de mierda que Clarín, La Nación, TN y sus voceros a sueldo pretenden que creamos. Hay 194 países reconocidos en las Naciones Unidas. Argentina está en el 12° lugar, en cantidad de satélites puestos en el espacio, con sus 14 unidades.


Y el otro punto que tocó Alberto Fernández en su discurso de hoy fue también un proyecto estratégico: la Hidrovía, la creación de una empresa estatal, entre la nación y los estados provinciales costeros al río Paraguay y al río Paraná. Desde Formosa, y ahí estaba Gildo Insfrán, seguramente disfrutando el momento, hasta el Río de la Plata, se extenderá una vía fluvial que será el transporte natural, eficiente y barato para toda la producción del NEA y parte del NOA. Y el Estado nacional y las provincias serán las que manejarán esa gigantesca cuenca, sus puertos y el tránsito de naves.

El presidente Alberto Fernández presentó un proyecto estratégico. “Federalizar la industrialización” dijo con exactitud. Romper el histórico desequilibrio económico entre el interior y sus regiones y el país portuario, crear un país distinto al que hemos heredado con más de 100 años de desbalance, injusta radicación de inversiones, injusta distribución del trabajo y de las posibilidades de desarrollo, fueron las propuestas lanzadas por el presidente, mientras en el Congreso se discute una reforma al pútrido sistema judicial penal y una contribución especial y por única vez a la Riqueza, mientras se prepara una reforma impositiva.

Hoy Alberto Fernández, superada la cuestión de la deuda, propuso un proyecto de país para después de la pandemia y a comenzar hoy.

Buenos Aires, 31 de agosto de 2020

1 de agosto de 2020

Gardel, Rubén Juárez y un taxista



Después de cuatro meses de encierro, solo matizado por alguna visita al chino a nutrir la bodega, hoy salí. Barbijo, guantes de goma, alcohol, bufanda, gorra -mi hija me regaló un barbijo que hace juego con mi gorra-, todas las precauciones, para ir al genio de mi peluquero, el gran Miguel Ale Granado, que me había dado hora a las 11. Estaba inquieto como quien se prepara a bajar a una cámara séptica.
Tomé un taxi y llegué puntualmente, no sin antes discutir livianamente con el taxista que protestaba por los senegaleses que exhiben sus mantas con mercadería en la zona del Once. “Peor es Macri”, le dije para ponerle punto final a la conversación.
Alejandro llevó adelante todo el protocolo correspondiente: alcohol en las manos (guantes), en los zapatos, su barbijo, el salón -que forma parte de su propio departamento en un piso alto en Corrientes y Callao- con un grato olor a desinfectante. Me atendió con la gentileza de siempre, me contó lo feliz que se sentía en la cuarentena. De los torneos de truco y generala con su bella mujer y su hijo. Su descubrimiento de Netflix.
- Yo todas las noches tenía que salir a algún espectáculo teatral -Alejandro es también un fino productor de teatro-, si no no podía irme a la cama. Con Netflix encontré la solución. Netflix ha ocupado el lugar de Dios, me dijo, muerto de risa.
Cambiamos chimentos políticos y otros más picantes y salí convertido en otra persona, no sin antes brindar por la Pachamama con caña y ruda. Así es Alejandro.
En el viaje de vuelta, el taxista era un criollo en los cuarenta años, simpático y de muy buena onda. Distraído en mirar la ciudad a la que, como digo, no veía desde hace cuatro meses, me puse a cantar, con voz apagada por el barbijo, “Tirao por la vida de errante bohemio, / estoy, Buenos Aires, anclao en París”.
El morocho me mira y pregunta qué tango estaba cantando. Le cuento. Anclao en París se llama, es un tango de Cadícamo, le digo.
- ¿Quiere escucharlo?, me pregunta y comienza a manipular el teléfono celular que tenía sobre el tablero del coche. Encuentra una versión y me pregunta:
- ¿Por Gardel le gusta?
Inmediatamente me vienen a la memoria las imágenes de ese desgarrador Gardel cantando el mismo tango en la película Sur de Solanas, y le digo que sí, con todo gusto.
Lo escuchamos y lo disfruté mientras recorríamos el Once por Rivadavia. Gardel grabó ese tema en el año 1931, es decir hace exactamente 89 años, y el dato tiene que ver con el diálogo que tuvimos a continuación.
- Habla de Corrientes y de Suipacha y Esmeralda, me dice el taxista.
Es decir, me dio la impresión de que era la primera vez que lo oía. La impresión se confirmó con lo que me dijo a continuación:
- No le entendí muy bien. Habla muy rápido. Hay partes que no sé qué dijo.
Me puse a pensar y a comparar mentalmente si los porteños de hoy hablan más lento que hace 90 años o pronuncian de otra manera. Por la memoria me pasaron los viejos noticieros cinematográficos, donde la voz del relator difiere en tonalidades y prosodia con la que hoy escuchamos por la radio o la televisión.
- Vamos a buscar otra versión, me propone y comienza a escribir nuevamente el nombre del tango y aparece una versión de Rubén Juárez.
- Esa, le digo, dejá esa.
Y el Negro Juárez comienza a cantar esta versión maravillosa de la queja porteña por excelencia. Mientras, le cuento que Rubén Juárez cantaba y tocaba el bandoneón, un bandoneón blanco.
- Ah, me dice, esto es otra cosa. Ahora entendí bien la letra. Y le pone dramatismo, agrega muy complacido.
Efectivamente, la distancia que hay entre la versión clásica de El Mudo y la de Rubén Juárez no es lingüistica, no es de prosodia. Es una diferencia de percepción, de orquestación, del modo de concebir la música porteña. La versión de Juárez podría haberse grabado ayer, pese a que tiene ya 49 años (es de 1971). Pero en esos cuarenta años entre una y otra el país, la ciudad, sus hombres y mujeres y su sensibilidad, cambiaron totalmente. Todo, incluso el tango, se hizo más complejo, la realidad tiene mayor orquestación que las guitarras de Barbieri y Julio Vivas. Todo tiene un más profundo dramatismo, para usar la metáfora de mi desconocido taxista al que le hice descubrir dos momentos paradigmáticos del tango.
Después me he pasado la tarde escuchando a Rubén Juárez y admirando su extraordinario talento.
Buenos Aires, 1° de Agosto de 2020

13 de julio de 2020

Las fijaciones infantiles de un mediocre y su triste resentimiento

Las fijaciones infantiles de un mediocre y su triste resentimiento

Soy un admirador y un seguidor de nuestra presidenta Cristina Fernández de Kirchner. Y en tal carácter estimo necesario declarar al sedicente filósofo Alejandro Rozitchner una basura intelectual y moral producto del odio oligárquico, de su mediocridad personal y de su profundo desprecio por la Argentina en la que nació y no merece vivir.

En la víspera del 17 de octubre y en en la servicial agencia El Tábano, del no menos servicial Carlos Acuña, el hijo entenado de un gran pensador publica el detritus que emana de su cerebro quemado por el odio, el resentimiento y una sospechosa misoginia.

Leer su visión pesadillesca sobre nuestra gran presidenta es mirar, involuntariamente, en el oscuro laberinto del alma tortuosa de este homúnculo. A riesgo de contaminarnos con su virulenta prosa, citaré algunos de sus más inmundos párrafos:

Es una presidenta sin amor, sin ganas de ayudar, sin humildad, que no cree que tenga ya nada que aprender, encerrada en su mundo de modas y cremas, de delineadores y maquillajes, más dispuesta al enojo que a cualquier otra cosa, que siente siempre que la quieren joder y termina jodiendo ella”.

Si se hace caso omiso a lo tabernario del léxico del autodefinido filósofo, lo que leemos es la radiografía de un miserable misógino, con verdadero temor a la vagina dentada -cosa que su padre le puede explicar con mayor precisión que este lego-, quien con esto cree describir a una de las políticas más inteligentes, cultas y formadas del mundo.

Casi se entrevé, en sus resentidas palabras, al niño malquerido, ciego de celos por una madre que se pinta y arregla para seducir a ese hombre al que él debe llamar papá. Se siente la rabia que le producen sus retos cuando le ordena que duerma en su propia cama, que “siente que siempre la quieren joder y termina jodiendo ella” (joder: 1. intr. malson. Practicar el coito. U. t. c. tr. RAE). El despecho del niño por la madre jodedora con otro se hace transparente en el brulote-confesión de Rozitchner.

Pero no es el psicoanálisis el ámbito para discutir con el miserable escriba. El ámbito es el de la política. Sus oscuras obsesiones, su complejo de parvenu, su extranjería frente al pueblo argentino ha determinado este engendro pustulento, que la oposición debe festejar en privado. Y es en el ámbito de la política que estas deyecciones recibirán su merecido. El desprecio y el olvido enterrarán la prosa y la figura de Rozitchner como lo hicieron con “el aluvión zoológico” y con Ernesto Sanmartino, con el “se acabó la leche de la clemencia” y con Américo Ghioldi.