6 de mayo de 2007

Carta al Ministro de Relaciones Exteriores de la Argentina
sobre la papelera uruguaya y el papelón argentino

Esta carta tiene ya casi dos años de antigüedad. Fue escrita a poco que el conflicto tuviera estado público. Todo lo que en ella se dice mantiene la más completa actualidad, aunque ya no pueda ser dirigida al doctor Rafael Bielsa, sino a su sucesor, el doctor Jorge Taiana. El tiempo transcurrido no ha hecho sino entorpecer aún más las relaciones con el Uruguay, dificultando la profundización del Mercosur y dando argumentos al acercamiento de Montevideo a Washington. La creación de Lord Ponsonby, por artificiosa que haya sido, es hoy uno de los integrantes plenos del Mercosur y el único camino para incorporarlo plenamente a la comunidad suramericana es por la vía del reconocimiento a sus necesidades y la búsqueda común de soluciones.

Buenos Aires, 29 de julio de 2005


Señor
Ministro de Relaciones Exteriores de
la República Argentina
Dr. Rafael Bielsa
Presente


Estimado ministro:

Como Ud. bien sabe, la política exterior de un país no puede estar sujeta a los avatares de una opinión pública perversamente manipulada por el monopolio privado de los medios de comunicación ni a las cambiantes encuestas de opinión en épocas electorales.
Dentro de los grandes lineamientos estratégicos de nuestra política exterior, el Mercosur y los países que lo integran constituyen, y deben constituir, su principal preocupación. Todo lo que afecte la más estrecha, fraterna y solidaria relación con los estados que integran este embrión de unidad suramericana debe ser motivo de intensa preocupación, estricta atención y urgente solución, con la prudencia y la confidencialidad que, en general, ameritan las relaciones internacionales.

El Uruguay, el paisito como lo llaman sus hijos con cariño, no es un país industrial. Diversas razones históricas, que orientales como Alberto Methol Ferré, Washington Reyes Abadie y Carlos Machado nos han hecho ver a los argentinos, lo condenaron a la evanescente riqueza de la renta diferencial, a un empobrecido presente pastoril, sin fábricas que den trabajo a sus laboriosos compatriotas, con inmensas colonias de emigrados económicos que buscan en Australia y Nueva Zelanda el porvenir que no encuentran en su patria.

Resulta verdaderamente doloroso y carente de toda racionalidad que la intención uruguaya de instalar en Fray Bentos una fábrica de papel, como las que ya hay en nuestro país, se haya convertido, para un reducido grupo de ciudadanos argentinos, en una amenaza de la misma magnitud genocida que el bombardeo atómico de Hiroshima. La acción de sedicentes organizaciones ambientalistas, el sensacionalismo ignorante de la prensa comercial, el oportunismo electoralista de algunos políticos argentinos, más la sospecha de intereses que intentarían traer el emprendimiento a la Argentina, han convertido esta cuestión perfectamente secundaria en un problema que amenaza la armonía entre los dos países y, lo que es aún peor, la posibilidad de acordar con el Uruguay políticas comunes en el ámbito del Mercosur. No fue la causa directa del resultado en la elección del presidente del Banco Interamericano de Desarrollo, pero el Uruguay no aceptó la propuesta argentino-brasileña en el medio de este patético enfrentamiento.

Pero resulta aún más preocupante que el ministerio de Relaciones Exteriores no haya sabido ponerse por encima de este cuestionamiento local, apareciendo ante la opinión pública uruguaya como haciéndose eco o apoyando el mismo, dando explicaciones a los vecinos y sometiendo decisiones de política internacional a una asamblea barrial.

Esta situación sólo beneficia a quienes, desde la Argentina, el Uruguay o Washington atentan contra todo intento de romper nuestra balcanización y erigir en el sur del continente un sólido bloque de poder que aúne nuestros estados y nuestros pueblos.

Estimado señor Ministro:

Es imprescindible que se restablezca un sano criterio de interés superior por sobre estos reclamos que, por ingenuidad, ignorancia o perfidia, atentan contra lo que debe ser el más alto objetivo de nuestra Cancillería: la unidad suramericana.

Es necesario dar amplia información y debate sobre estos grandes temas, para contrarrestar, en parte, el poderoso sistema de comunicación que monopolizan los sectores vinculados al gran capital imperialista, que son quienes, en definitiva, imponen la agenda a discutir.

Es preciso restablecer la confianza y la amistad con el gobierno y el pueblo uruguayos en la idea de que nuestra compañía jamás será un obstáculo para su bienestar y desarrollo sino un instrumento esencial a esos objetivos.

La más importante tarea que generación alguna se impuso en este continente es lo que está en juego: convertir nuestras aisladas y débiles naciones en una integrada y fuerte confederación de repúblicas.

Quedo a su disposición

Julio Fernández Baraibar

Secretario de Acción Política del partido Patria y Pueblo

19 de abril de 2007

Epitafios y ovillejos

Entre fines de 1973 y fines de 1974, Jorge Raventos y yo comenzamos a publicar en Izquierda Popular, una pequeña sección, en la última página, en la que ironizábamos sobre alguna figura política con el género del epitafio, en algunos casos, o del ovillejo, en otros. El tiempo ya no me permite recordar -en realidad, no es el tiempo sino este alemán que no me acuerdo cómo se llama- quien ha sido el autor de cada uno de ellos. De una manera u otra eran una creación colectiva.
Hojeando viejos papeles me los encontré y los subo al blog, para recuerdo de quienes los leyeron en su momento, y descubrimiento para quienes los lean por primera vez. De su lectura se puede percibir la dureza y el encarnizamiento de la lucha política de entonces y la irrespetuosidad que nos daba tener veinte años.


EPITAFIO AL CORONEL NAVARRO
(El coronel Navarro era un jefe de policía del gobernador Lacabanne de Córdoba, brutalmente reaccionario y de clara filiación fascista)

Bajo dos metros de tierra,
en un redondo ataúd,
yace el Coronel Navarro
tocando triste el laúd.

Cuando lo iban a enterrar
se eligió tamaña funda
para poderlo patear
desde su casa a la tumba.

OVILLEJO DEL REINO UNIDO

Sin pelo pero con más maña
Gran Bretaña,

agonizas con-fundido,
Reino Unido,

y nadie tus ojos cierra,
Inglaterra.

Fue tu más heroica hazaña
haber desaparecido.
El Medio Oriente te entierra,
Gran Bretaña, Reino Unido o Inglaterra.

EPITAFIO A RICHARD MILHOUS NIXON

Richar Nixon yace aquí
abrazado a Tío Sam.
Juntos quedaron así
al echarlos de Vietnam.

Por último a rematarlos
saltó el caso Watergate.
Sólo nos queda expulsarlos
del barroso River Plate.

OVILLEJO A EMILIO ABRAS
(Emilio Abras era el secretario de Prensa de Perón, un peronista un poco franquista y reaccionario para nuestros revolucionarios gustos de entonces. Lo he subido al blog más por razones de fidelidad histórica que por mantener el mismo punto de vista.)

Jactando de puro ario
Secretario,

Con Franco en un dulce idilio,
Emilio,

Negro porvenir te labras,
Abras.

En Prensa eres vicario,
del pueblo, un utensilio.

Si amordazas las palabras
en rapto totalitario

cambiarás de domicilio,
Secretario Emilio Abras.

OVILLEJO DE ALBERTO J. ARMANDO
(Ex presidente de Boca, vendedor de autos, creador de la ciudad Deportiva y candidato de Ezequiel Martínez –el candidato oficialista en las elecciones de 1973-.)

Aunque es un vivo está muerto,
Alberto,

Lo asusta la bancarrota,
Jota,

Y en Boca lo andan buscando,
Armando.

Para él la fama fue cuento,
la Deportiva, derrota,

Lo de Ezequiel, contrabando.
Por eso, aunque no sea cierto,

dicen que no yace, flota,
Don Alberto Jota Armando.

EPITAFIO A LA PRENSA

Una farola apagada,
un cadaver insepulto,
La Prensa agoniza aquí
sin lectores ni tumulto.

¡Quisiera ser expropiada!

Que Gainza descanse en Paz.
Que el demonio en su impiedad
no le prescriba otros males
que leer sus editoriales
por toda la eternidad.

OVILLEJO A FRANCISCO GUILLERMO MANRIQUE
(el bombardeador de Plaza de Mayo en 1955 e inventor del ministerio de Bienestar Social y del Prode)

Posando, ya de amable, ya de arisco,
Francisco,

ordeñando a la viuda y al enfermo,
Guillermo,

Te viste popular, te diste dique,
Manrique.

Hoy ya no hay paco ni para el mordisco.
Hoy tu partido es territorio yermo.
Hoy tu barco pirata se va a pique,
don Francisco Guillermo de Manrique.

EPITAFIO A RAUL ALFONSIN

Del pago de la Laguna,
sereno, triste y cansado,
llegó a la ciudad, ¡ahijuna,
con diploma de abogado.

Mostró, senil y jovial,
su pasta de Gran Delfín.
Lo mató un síncope "Urnal"
al doctor Raúl Alfonsín.

Radicalización de los sectores medios en los años 60 y 70

Radicalización de los sectores medios en los años 60 y 70
Entrevista de Karina Malizzia

Hace unos meses, Karina Malizzia me realizó una entrevista para conversar sobre aquellos años en los que aún éramos jóvenes y el asalto a los cielos parecía al alcance de la mano. Esto es lo que Karina sintetizó de aquella charla de varias horas.


Lo que ocurrió en los años 60 y 70, en la juventud de la clase media, es la consecuencia de dos procesos, si se quiere, coincidentes, y que de alguna manera no se han vuelto a repetir de esa forma: la radicalización y la nacionalización de las clases medias.
¿Qué quiere decir esto?
Hagamos un poquito de historia.
En general, los sectores juveniles universitarios de las clases medias en la Argentina fueron, tradicionalmente, de izquierda. Las juventudes universitarias y estudiantiles se definían, en general, por partidos de izquierda, por el Partido Socialista o por el Partido Comunista, y, en algunos casos, por otras fracciones menores, de menor significación numérica como el trotsquismo, etc.
En ese momento –la década del 60- se radicalizan estos puntos de vista hacia posiciones de izquierda más extremas, motivado esto, fundamentalmente, por la influencia que tiene, sobre este sector social, la revolución cubana. Se cuestiona todo el sistema político representativo parlamentario y su sistema de elecciones periódicas, y se eleva a nivel casi de mito la idea de la lucha armada como solución universal a todos los problemas. Esto último fue producto de la influencia, casi inevitable, y bastante nociva, de la revolución cubana. El esquema de acceso al poder que tuvieron los revolucionarios cubanos estaba determinado por condiciones muy específicas, tanto cubanas como internacionales, del momento histórico en que eso ocurre, año 1958 y 59. Esas circunstancias, tan acotadas en el tiempo y en el espacio, son elevadas a nivel de principio teórico general aplicable urbi et orbi. Y así se impone el mito de la guerrilla campesina, la teoría del foco, la idea de que un pequeño grupo de personas sacrificadas y políticamente iluminadas podía poner en marcha todo un proceso revolucionario que involucrase al conjunto del pueblo, bajo la forma de organizarse en guerrillas. Esto es lo que, de alguna manera, caracteriza esa radicalización de las clases medias, que en realidad fue el modo como se expresó el agotamiento que los partidos políticos tradicionales, ya en ese entonces, en la década del ’60, estaban experimentando.
Pero paralelamente a ese proceso se produce otro, que a mi modo de ver es tanto o más importante que el anterior, que es el proceso de nacionalización de las clases medias. La clase media argentina fue con muy breves excepciones un sector social que no comprendió nunca el país real en que vivía. Esta es la razón por la cual la clase media y especialmente sus sectores universitarios se enfrentan a Yrigoyen en el ’30 y después se enfrentan abierta y francamente con el peronismo entre el ’45 y el ‘55 y llegan a participar, como base plebeya, como sostén de masas del golpe oligárquico imperialista del 16 de septiembre del ’55, en la revolución libertadora. Es decir, estos sectores medios, expresados de modo militante en sus sectores universitarios, son la base de operaciones que le dan cobertura y apoyatura de masas al golpe minoritario oligárquico y antipopular.
De modo tal que la historia ideológica de la clase media argentina, y su historia en general, es de desencuentro con el país real, con el país que era, influida esta clase media por un sistema ideológico perverso que pretendía adaptar la realidad a ese sistema ideológico, y no generar de la realidad un sistema de ideas que permitiese una interpretación de la misma. Era una especie de platonismo que exigía que la realidad se pareciese a lo que esa ideología consideraba que tenía que ser, en lugar de adaptar el sistema de conocimiento y de análisis a la realidad concreta que se pretendía interpretar. Esto estaba determinado, básicamente, porque la clase media todavía vivía con la ilusión del país agrario, cuyas exportaciones y su inserción privilegiada en el Imperio Británico permitían el establecimiento de una clase media bien paga y con buenos niveles de vida. Ese país agrario, que ya en 1930 no podía satisfacer las expectativas de este sector, todavía queda en la conciencia de esa clase media como el país ideal al que hay que volver después de la experiencia, vivida por la clase media como artificial, del peronismo. Según esta interpretación, sostenida por todo el sistema oficial de pensamiento oligárquico, desde la derecha a la izquierda, se había intentado generar lo que entonces llamaban “industrias artificiales” –metalurgia, siderurgia, industria liviana- en lugar de llevar adelante el proceso, concebido como “natural” y propio de la Argentina que era el de exportar bienes agrícolo-ganaderos y, eventualmente desarrollar una industrialización de algunos de estos productos.
Este sistema, que ya en la realidad había llegado a sus límites, todavía funcionaba en la estructura mental de los sectores medios, que tenían su centro en la tradición de la Reforma Universitaria con su eje institucional en la autonomía universitaria. La universidad, entre 1955, cuando cae el peronismo, y 1966, es una especie de isla democrática en donde rigen los más completos derechos constitucionales en un país en donde la inmensa mayoría de la sociedad está proscripta, no puede votar y cuando lo hace no puede hacerlo por el candidato que quiere, que es Perón. Entonces, esa autonomía universitaria convierte a la Universidad en una isla democrática en un país no democrático y es, sobre la base de esta paradoja, que lentamente estos sectores medios comienzan un proceso casi imperceptible de revisión de lo que fue verdaderamente el peronismo y a cuestionarse los clichés ideológicos heredados del período de la revolución libertadora. El país que había generado esa clase media satisfecha, bien pensante y bien alimentada, había terminado, había explotado, no existía más, y lentamente esa clase media empieza a buscar en el otro país real, en el país del peronismo, de las fábricas, de la clase obrera, un nuevo camino de interpretación y de desarrollo del país.
Hay una fecha casi simbólica que pone punto final a esa isla democrática: es la intervención de las universidades por parte del presidente militar Juan Carlos Onganía, llamada La noche de los bastones largos. Este episodio lo único que hace es imponer en la universidad las mismas condiciones que existían en el resto del país. Al intervenir la universidad y al quitar la autonomía lo que ocurre en la universidad es exactamente lo mismo que ocurre en el resto del país: esto genera las condiciones de esa nacionalización. De pronto las clases medias universitarias descubren que viven en un país que no es democrático como ellos creían, y que lo que prima es la proscripción del peronismo, la prohibición a Perón de venir a la Argentina y la proscripción, por ende, de la inmensa mayoría de los argentinos que querían votar a Perón y no podían. Esto provoca un paulatino y cada vez más acelerado acercamiento de las clases medias al peronismo, a los sindicatos, a la CGT, a la tradición peronista. Y en esto hay momentos muy importantes.
El momento culminante de este periodo de radicalización y nacionalización de la clase media es, sin duda, el 29 de mayo del ‘69, cuando se produce El Cordobazo, el levantamiento obrero-estudiantil en Córdoba que derrota y al año produce la renuncia del autócrata Onganía, que pensaba quedarse durante 10 o 15 años. En el Cordobazo se produjo una convergencia política en las calles del proletariado peronista tradicional con las clases medias universitarias, que se acercan, por un lado al peronismo y a su vez radicalizan sus puntos de vista políticos. Este fue un proceso muy acelerado, casi de 2 o 3 años. Yo ingresé a la universidad en el ’65. En el ‘66 se produce el golpe de estado de Onganía, la llamada Revolución Argentina. Yo estudiaba en la Universidad Católica Argentina y estaba vinculado a sectores católicos juveniles, con preocupaciones políticas, pero católico. Es increíble como entre el ‘66 y el ‘68 hay una aceleración de este proceso en el que rápidamente todos estos sectores se van definiendo políticamente de modo cada vez más marcado y tajante. Incluso uno mismo se ve llevado por una vorágine histórica en donde toma responsabilidades y definiciones políticas cada vez más tajantes y radicales.
En el ‘68 se produce otro momento culminante en esto que es la aparición de la CGT de los Argentinos, de Raimundo Ongaro, que produce una convergencia de todos estos sectores juveniles de clase media estudiantil con el Movimiento Obrero, con los sindicatos, al abrir las puertas de la CGT al Movimiento Estudiantil y a todos los sectores políticamente inquietos. Esto produce una rápida galvanización de los sectores enfrentados a la dictadura militar y a su política económica antinacional. La CGTA se establece como una especie de lugar de contacto de unos con otros, a punto tal que la mayoría de la gente de aquella época que conozco la conocí en la CGTA. Desde Firmenich o Abal Medina, hasta dirigentes sindicales, como Julio Guillán, Cayo Ayala o Pepe Azcurra, los conocí en 1968 en la CGTA. Entonces, tanto la CGTA como el Cordobazo son dos momentos claves en este proceso.
¿En qué se manifiesta esto o cómo se articula esto en la conciencia política de la clase media? En un cambio de los paradigmas político-literarios. Si hasta entonces los grandes maestros de la juventud habían sido José Ingenieros, Alfredo Palacios, Ezequiel Martínez Estrada, la generación de la Reforma del ‘18, en ese momento aparece una nueva literatura política constituida por autores como Jorge Abelardo Ramos, Rodolfo Puiggrós, Hernández Arregui, Eduardo Astesano y algunos otros que no tuvieron la misma repercusión posterior, como Julio Mafud. Y la figura central de esto es Arturo Jauretche, que entre el ‘60 y el ‘70 se convierte en una figura, hoy diríamos, mediática. No había programa de TV en donde no estuviera Arturo Jauretche diciendo sus cosas. Era casi un invitado obligado de Mirtha Legrand, de todos los programas periodísticos de ese momento, porque tenía un impacto sobre la opinión pública enorme, llevarlo a Arturo Jauretche daba “rating”. Sus libros se venden como pan caliente, miles y miles de ejemplares. Su mensaje era básicamente el del nacionalismo, el del patriotismo y el de mirar la realidad con ojos propios y no con anteojeras prestadas. El de mirar la realidad argentina desde la propia experiencia argentina y rechazar todo ideologismo que pusiera anteojeras entre la realidad y el pensamiento, y por lo tanto se sumaba a la corriente del revisionismo de la historia. Se ponen de moda los libros de historia argentina. Todos nosotros leíamos apasionadamente historia argentina, sobre todo el revisionismo histórico, y todos nosotros éramos especialistas en Rosas, en Moreno, éramos enemigos de Rivadavia, de Mitre, reivindicábamos al Chacho Peñaloza y a Felipe Varela, consumíamos infinidad de literatura histórica argentina. El libro de Ramos “Revolución y contrarrevolución en la Argentina” fue un libro leído por millones de jóvenes de aquella época. Diría que hoy no debe haber funcionario peronista de ‘50 y pico de años que no haya leído a Ramos en la década del ‘60 y ‘70. No se podía hacer política sin esa lectura, sin ese pensamiento. Este proceso de nacionalización es, a mis ojos, más importante que la radicalización porque le da un contenido distinto al proceso de radicalización. El proceso de nacionalización de las clases medias hace que todo ese proceso de radicalización, en gran parte, se canalice más cerca del peronismo que del antiperonismo.
Se produce entonces, más que una reinterpretación del peronismo, una interpretación del mismo. La clase media había interpretado al peronismo con los parámetros de una sociedad desarrollada, y por lo tanto veía en el peronismo nacionalismo y condenaba este nacionalismo por fascista. Esto era el pensamiento oficial de la revolución libertadora, de la Universidad (el fundador de la carrera de Sociología en la UBA, el italiano Gino Germani caracterizó al peronismo como el fascismo de la clase obrera, lo que en sí mismo encerraba una verdadera paradoja metodológica). Lo que esta clase media hace con respecto al peronismo es no seguir obedeciendo al paradigma que sobre el peronismo tenían los sectores tradicionales de la Argentina. Lo que pone en cuestión es el paradigma ideológico de la oligarquía demo-liberal. Y por lo tanto reabsorbe todo el pensamiento nacionalista popular democrático del peronismo. Después se producen cuestiones más estrictamente políticas vinculadas a montoneros, pero eso ya es una cuestión de orden político, y estamos hablando de procesos sociales.
El proceso de nacionalización implica el reconocimiento de que en la Argentina había habido una sola revolución (si se llama revolución a una transformación de las condiciones políticas y económicas de un país) y esa había sido la que había llevado adelante el peronismo. Esto es lo que esa generación descubre e interpreta: “acá hubo una revolución y la hizo el peronismo”. Es cierto que un sector de la juventud pensó que el peronismo era una herramienta para hacer una revolución socialista, pero esto también es del orden político y no del social.
Los jóvenes católicos, honestos e idealistas que querían realizar en la sociedad los valores evangélicos, la hermandad que el cristianismo profesaba, deciden que para hacerlo tienen que hacerse peronistas y tomar las armas. Los jóvenes izquierdistas que intentaban también desarrollar una sociedad mas justa, más equitativa sin explotadores ni explotados, deciden hacerse peronistas y tomar las armas para hacerlo. Esto es lo característico de aquellos años, en una historia en donde la clase media había estado totalmente separada de la vivencia y la experiencia histórica de la clase obrera. Mientras la clase obrera argentina se encontraba a sí misma como tal, con altos salarios, con sindicatos, con colonias de vacaciones, con vacaciones, con hoteles en la costa, con mejores niveles de vida, la clase media decía “estos negros hijos de puta se quieren quedar con el país, son unos negros antidemocráticos, fascistas, llevados por la zanahoria de un demagogo criminal que es Perón”. Eran dos historias paralelas, no se tocaban jamás y, mientras, el pensamiento de izquierda decía “lo que hay que hacer es salvar a la clase obrera del peronismo, sacarla de ese mito peronista para que encuentre su verdadero pensamiento y su verdadera ideología y sus verdaderos objetivos”. En ese momento esta historia que marchaba en paralelo se cruza por las condiciones objetivas del país, porque ese viejo país que permitía esto ya no da más al punto que ya no sólo los trabajadores y el peronismo estaban sujetos a una total falta de democracia por la vía de proscripción y la prohibición al peronismo de presentarse a elecciones, sino que también la clase media era sometida a las mismas condiciones interviniéndole la Universidad, e imponiéndose en el país una dictadura en la que estaba prohibido votar. Eso hace que converjan esas dos experiencias y que sobre todo la clase media reanalice, revise todo ese paradigma heredado sobre el peronismo.
Aquellos años parecen como si se hubiera puesto de moda hacerse peronista y usar poncho, y si bien había algo de moda, ésta era la expresión superficial de una cosa mucho más profunda. Siempre hay elementos de moda y de snobismo, pero esto era la expresión superficial de toda una fuerza subterránea mucho mas profunda: nadie se hace matar por moda.
Había un sustento moral muy fuerte que en realidad estaba dado, tanto en el caso de los Montoneros como del ERP, como un elemento casi del orden religioso, católico místico, del sacrificio y del martirio, como inmolación, cosa que es ajena al pensamiento marxista, que nunca planteó las cosas en esos términos, y sí es propio de los procesos políticos en los que la clase media tiene un papal principal. Este elemento es el que le puso mayor dramatismo, y ahí tiene mucho que ver la Revolución Cubana y la personalidad del Che Guevara, que también elevó el auto sacrificio a nivel de concepto teórico-político, y esto generó en América Latina más daño que beneficio.
El intento de generalización de las condiciones cubanas al resto de América Latina hecho por los cubanos, es responsable de errores espantosos y muertes que si bien fueron voluntarias, fueron llevadas a cabo por un concepto equivocado en lo táctico, en lo concreto, en el modo de llevarlo adelante, basado también en ciertas incomprensiones de la realidad latinoamericana.
Que el Che hubiese pensado que se podía hacer una guerrilla campesina en Bolivia era ignorar que los campesinos desde la revolución del MNR del ‘52 tenían tierra, y lo ignoraba porque el Che era un joven fubista antiperonista (la FUBA, Federación Universitaria de Buenos Aires era uno de los puntales de la lucha estudiantil en contra del peronismo).
Esto fue lo que determinó el carácter tan dramático de esa radicalización, esta especie de reivindicación moral de la lucha armada. La cosa no era hacer la revolución, sino que era hacer la revolución a través de la lucha armada, sino no tenía valor. El concepto de la política, que es la lucha por todos los medios por el poder político del estado y, sobre todo para un revolucionario, la lucha con las grandes masas por ese poder, esa idea de la política fue remplazada por la lucha del pequeño grupo armado que al dar testimonio, genera admiración y adhesión. Esto fue una locura que terminó como terminó, no podía terminar de otra manera. Cuando Fidel Castro comienza la guerrilla en Cuba, Cuba no tiene un ejército, sino una especie de Guarda Nacional de policía. En segundo lugar, a medida que van ocupando territorios van realizando la Reforma Agraria, con lo cual, los campesinos que quedan del lado de la guerrilla, inmediatamente se convierten en sostenedores de esa guerrilla que les ha dado la tierra. En tercer lugar, contaron con el apoyo moral y económico de todo el sistema democrático liberal latinoamericano que ya repudiaba la dictadura de Batista. Eran vistos como una especie de alfonsines armados. La marina del Almirante Rojas le envió un equipo de radio a la guerrilla de Fidel Castro, porque consideraba que así como la revolución libertadora había derrotado al tirano Perón en la Argentina, la guerrilla pequeño burguesa liberal de Cuba derrotaría al tirano Batista. Mi papá, que era muy antiperonista, celebraba la Revolución Cubana, celebraba los fusilamientos que la Revolución Cubana llevaba adelante, diciendo “acá tendrían que haber hecho lo mismo con los peronistas”. Toda esta confusión generó las confusiones que sobrevinieron. Los cubanos se confiesan marxistas leninistas cuando se dan cuenta que si bien habían hecho la revolución con apoyo de los norteamericanos, en la medida en que esto afecta a los intereses norteamericanos ya estos no los apoyan mas y entonces declaran “somos marxistas leninistas”. Eso era algo determinado por la especificidad de Cuba. Al elevar eso a nivel de conceptos generales se convierte en un verdadero desastre pero, más allá de eso, en lo que insisto mucho porque de esto se habla poco en esta universidad es en el tema de los contenidos de esa radicalización. Los contenidos de esa radicalización se caracterizaron por su nacionalización, acercamiento al peronismo y a la clase trabajadora peronista. Esto fue lo más característico de esa época.
Días de peligro
Acá no hubo peligro hasta el ’74. Hasta ese momento el peligro era que a uno lo metieran preso, pero si ocurría lo sacaban en seguida, no era una situación de vida o muerte. A lo sumo unas trompadas, pero no más que eso. Recién en el ‘74, en el ‘75 se pone más pesado, al morir Perón, y ahí empezamos a andar armados. Son cosas a las que uno se acostumbra, como a todo. En el partido había una orden de que consiguiéramos un arma, armas cortas, revólveres, y que fuéramos armados. Cumplíamos esa orden no sin una cierta irresponsabilidad juvenil y una cierta emoción de andar con un chumbo en la cintura. Es más, se solicitaron autorizaciones para llevar armas. Al final nunca las obtuvimos pero andábamos calzados. Recuerdo situaciones graciosas. Por ejemplo, en pleno invierno, pantalón de franela, saco de tweed, pulóver, sobretodo y chumbo, e ir a la peluquería Basile que estaba al lado del teatro Maipo a que me cortaran el pelo. Adentro había un aire acondicionado que parecía el trópico. Entro y se me acerca una señorita que me pide los abrigos. Me saco el sobretodo y cuando me estoy por sacar el saco me acuerdo que tengo un chumbo en la cintura, entonces le digo “el saco me lo dejo” y me morí de calor todo lo que duró el corte de pelo, no sabía que hacer con el revólver.
Pero a uno le daba miedo ya en esa época, ya en el ‘75, cuando veías pasar los autos sin patente, a la noche, había siempre un momento de miedo, de inseguridad, el miedo de que te vinieran a patear la puerta, eso estaba. Sin embargo la posibilidad de abrirse y largar todo no se le cruzaba a nadie. Nuestra generación decidió dedicarse a la política para toda la vida. Es decir, yo no he vivido un minuto de mi vida desde los 18 años que no haya estado atravesado por la política. No he vivido un solo día en que yo no haya hablado, pensado, reflexionado, discutido de política y así toda la gente que yo conozco.
El sustento era muy verdadero y la política, contrariamente a ahora, por lo menos en nosotros, en los que nos hicimos marxistas, de izquierda nacional, la política era una actividad orientada por lo intelectual, es decir, signada por el pensamiento, de modo tal que el dedicarnos a la política implicaba una enorme parte de tiempo dedicada a estudiar, a leer y a formarnos políticamente. Lo que se llamaba la formación política tenía para nosotros una importancia decisiva. Decir de alguien “no le des bola que está poco formado” era una descalificación absoluta. Mi generación leyó muchísimo y escribió mucho en la política.
Cuando cae Isabel se empieza a poner embromado porque evidentemente la reacción se ha reconstituido ya. El gobierno de Isabel es un gobierno muy débil, y se reconstituye el bloque liberal. Los viejos partidos demo-liberales, como la UCR, conspiran con el ejército para derrocar a Isabel y lo logran. Y el fracaso de la Revolución Nacional, la muerte de Perón y lo que ello implica en un movimiento como el peronista produjo a su vez una rápida desperonización o antiperonización de ciertos sectores dirigentes de Montoneros, como Firmenich que, en su lucha contra Isabel, terminaron coincidiendo con el golpe. El Partido Comunista también celebra la llegada de Videla, y ya se reconstituye, después de esos 15 años que van del ‘60 al ‘75, el viejo frente gorila con el radicalismo y el PC a la cabeza. Es decir, el viejo esquema anterior a los años 60 queda reconstituido.
La brutalidad de la dictadura establecida en el ‘76 fue tan grande que no pudo convertirse en un esquema de poder a largo plazo. Lo que determina la caída de los militares es la pérdida de confianza de parte de los EEUU gracias a la guerra de Malvinas. Cuando los EEUU descubren que estos militares también son inconfiables porque les agarran veleidades nacionalistas, dejan caer a la dictadura y ponen en su reemplazo esta democracia semicolonial, o colonial que hemos tenido, una democracia donde todo está permitido menos lo esencial: liberar al país, pero esa es otra historia.
Lo que ocurrió en aquellos años fue más o menos así, pero además lo puedo ver en mi vida. Esto fue una cosa de dos o tres años de intensa discusión y actividad. Perón gobernó siete meses. El recuerdo que yo tengo de los años que van del ‘70 al ‘75 es como si hubieran sido 20 años, por la intensidad que tuvieron. Cada día era una batalla final. Era algo extraordinario.
Lo que ocurre, y se dice poco, es que en ese período se vivió una revolución que fracasó. Toda otra cosa que se diga tiene mala intención. No es que éramos jóvenes locos: acá se vivió una revolución y las revoluciones son así, o por lo menos son lo más parecido a eso que yo puedo imaginar. Fue una revolución que se perdió y entonces las consecuencias de una contrarrevolución siempre son terribles, son un baño de sangre, esto se sabe. En ese momento se sabía que iba a venir una mano muy pesada, porque se había llegado a un nivel de rebelión muy grande. Lo que el país llegó a representar entre el ‘73 y el ‘75, hasta que muere Perón como posibilidad política, el papel que empezó a jugar en América Latina fue muy grande. Entonces acá había que limpiar todo esto. Había que eliminar toda posibilidad de que esto volviera a ocurrir en los próximos, por lo menos, 10 o 15 años. Creo que si no se dice que lo que hubo acá fue una revolución y que lo que vino después fue una contrarrevolución todo se reduce a una pelea entre militares malos y chicos buenos, y eso le quita toda politicidad a lo que ocurrió, le quita toda sustancia histórica, queda como una especie de cuento de hadas que no sirve para nada, no sirve para que mis hijos y mis nietos entiendan lo que pasó. Si no se deja claro esto, a los que murieron los matamos de nuevo, porque pareciera que los mataron por boludos, o porque los llevaron de las narices, cuando lo que hubo acá fue una revolución que se perdió, seguida por una contrarrevolución muy sangrienta como lo son todas. Está bien hablar de los derechos humanos, pero no hay que dejar de decir esto. Las contrarrevoluciones han sido terribles en todas partes del mundo. Lo que sucedió es que por primera vez en la Argentina la contrarrevolución afectó a la clase media.
‘68 a ‘71, vida cotidiana
La actividad política era casi todos los días. Casi todos los días yo tenía reuniones en distintos lugares. Primero, yo me integro a una pequeña organización en la Facultad de Derecho de la UCA, una organización no estrictamente política, pero donde intentábamos generar un pequeño ámbito de discusión política y después hacíamos tarea de promoción social: íbamos a un barrio en González Catán a hacer promoción social, los sábados a partir de la 1 de la tarde y volvíamos como a las 10 de la noche, y allá hacíamos distintas tareas sociales, ahí conocí a la madre de mis hijos, y de esa época tengo amigos de toda la vida. Ahí lo conocí, por ejemplo, a Pepe Albistur, el actual Secretario de Medios de la Presidencia de la República. En esas reuniones, en el ámbito de la facultad discutíamos, leíamos, nos recomendábamos libros, comentábamos los libros que leíamos, tomábamos contacto con gente para conocer sus opiniones. Después tomo contacto con lo que se llamaba Acción Sindical Argentina (que no existe más) que era una organización sindical católica, que dio origen a la Confederación Latinoamericana de Trabajadores, que es la organización sindical Social Cristiana, con sede en Caracas. Allí tomé por primera vez contacto directo y personal con sindicalistas, con obreros portuarios, que estaban peleando porque les habían intervenido el sindicato y el puerto, y había una lucha de los portuarios muy dura, en la que yo participé indirectamente, a través de estos dirigentes obreros. Ahí ya me comprometí más, me hice cargo de la biblioteca, empecé a organizar conferencias y reuniones. Para entonces ya había leído a Jauretche, pero sobre todo a Ramos, y ahí había comenzado ya mi acercamiento a la gente de Ramos y a él. Después viene el período de la CGTA y allí me vinculo a dirigentes de mayor envergadura sindical, y a un gran dirigente tucumano de la FOTIA, de los trabajadores cañeros, que se llamó Benito Romano. Formo parte de la CGTA, integro y soy un poco el coordinador, el responsable de una comisión de ayuda a Tucumán que estaba pasando por una crisis. Organizo una serie de conferencias en ese lugar, y ya en el año ‘69 me integro al grupo de Ramos (el Partido Socialista de la Izquierda Nacional).
Después estaba todo el tema de los cristianos, el Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo, todo el ambiente cristiano que estaba muy movilizado. Hubo encuentros cristianos muy importantes en los que participé. Cuando entro en contacto con la gente de Ramos, ahí inmediatamente lo que hacemos es constituir la primera y única agrupación estudiantil marxista que hubo en la UCA. Yo organizo esa agrupación en la Facultad de Derecho que se llamó Asociación Estudiantil Nacional y Social, y ahí logro juntar como a 40 o 50 chicos y chicas, que son integrados al partido, que era mucho decir para una facultad de 500 alumnos. Era casi el 10 %, era como si vos metieras en la Facultad de Económicas 2500 tipos, lo cual significó un quilombo muy grande en la Universidad, donde yo era prácticamente un convicto.
Entorno familiar
Mi papá era muy antiperonista, muy gorila, y yo discutía mucho con él. Por supuesto suponían que yo estaba en algún tipo de actividad pero nunca supieron en realidad mucho y eso fue motivo de un permanente malestar con mis padres. Nunca terminaron de reconocer esa actividad mía. No lo querían ver. Era distinto con otros amigos, que venían de hogares peronistas, en donde todo era como más natural, con un lógico miedo de los padres de “no te vayas a meter en líos” pero sin una tensión ideológica tan grande. Mi familia, como una familia bien tradicional y representativa de la clase media –mi padre se inició como empleado de comercio y llegó a ser gerente de una cadena de tiendas- era una familia que logró con el peronismo un buen status social y era profunda y visceralmente antiperonista. Yo me acuerdo a mis padres celebrando alborozados los bombardeos del 16 de junio del 55, en donde mataron a 300 personas. Pero esto era muy representativo de la clase media. Entonces en mi caso ese fenómeno era casi de laboratorio, yo vengo de una familia antiperonista que en ese proceso me nacionalizo y me radicalizo.
Primero nos movíamos con el dinero de cada uno y cuando nos habíamos organizado políticamente en organizaciones político-partidarias se generaba unas finanzas de la organización que tenía su origen en las cuotas y aportes de los militantes más otro tipo de actividades. La actividad de la Izquierda Nacional se financió durante muchos años con una escuela de periodismo. Ramos y sus amigos fueron los creadores de una escuela de periodismo que estuvo abierta muchos años, donde se cobraba una cuota. Gran parte de la financiación política venía de la escuela de periodismo. Siempre terminaba mal porque se gastaba más de lo que entraba.
Entorno académico
En la UCA el profesorado era muy reaccionario, eran más bien enemigos, de modo tal que mi relación con mis profesores no fue una relación cordial, no tuve en la Universidad ningún profesor que me haya dejado una señal.
En la UBA había un poco de todo, era distinto. Lo que había menos eran profesores nacionales, aunque también ahí aparece un proceso muy interesante que refleja exactamente esto que estuvimos hablando. Me refiero a la aparición de las Cátedras Nacionales. Las Cátedras Nacionales, que aparecen en el ’66 –como ves casi como un resultado inmediato de la intervención militar a la que nos referimos antes- son un conjunto de profesores universitarios que generan una especie de polo ideológico nacional peronista, constituyéndose en una especie de grupo político que tomó ese nombre, Cátedras Nacionales.
Eso tuvo una enorme importancia en el debate ideológico de aquella época: Gonzalo Cárdenas, Alcira Argumedo, Justino Farrell, eran profesores peronistas que se definen como peronistas y que establecen una política ideológico-universitaria desde el peronismo. Tuvieron una gran influencia sobre esa generación.
Mi universidad era un antro reaccionario en donde La noche de los bastones largos no causó cambios. Pero era tan fuerte todo el movimiento de la sociedad que no pudo evitar que también ahí se produjera el mismo fenómeno, porque todo esto era una fuerza de la naturaleza, no se podía contener, no había lugar en donde te pudieras aislar de todo esto. Donde había jóvenes, preocupados, honestos y buenos, esto era un hervidero.
Actividades juveniles
Hacíamos todo lo mismo que hacen todos los jóvenes (bailes, música, levantes, reuniones de amigos) pero absolutamente todo estaba cruzado por la política. Vos te casabas con una chica que era una compañera, con la que sabías que lo que le proponías era una vida de militante.
A partir del 76
En la dictadura del ‘76 los que estaban en la línea de fuego eran los tipos que estaban en la clandestinidad armada, en ese sentido nosotros no estábamos en la línea de fuego. Los que estaban en la línea de fuego lo sabían y vivían clandestinamente, vivían con documentos falsos, etc. Acá nadie ignoraba a qué estaba jugando.
Yo tenía amigos que estaban en la línea de fuego y andaban volados. Yo a Ricardo Grassi, que era uno de los directores de Descamisados, me lo encontraba en la calle de vez en cuando con la sensación de que era una boleta que caminaba. Afortunadamente para él, y para mi posible complejo de culpa, ello no ocurrió. Ricardo reside hoy en Italia. Tampoco tenías muchas ganas de quedarte ahí charlando porque te iban a comer a vos por algo que no tenías nada que ver. Estaban muy como alma en pena. Se les había desarticulado todo. Se nos había desarticulado a todos, en realidad, pero los tipos que estaban en la clandestinidad armada estaban más expuestos.

14 de marzo de 2007

Unidos seremos inconquistables; separados, indefendibles.

Este es el texto de mi participación en la mesa redonda organizada por el Centro Cultural Paco Urondo, en la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA, el 25 de octubre de 2006. También participaron de la mesa el decano de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA, dr. Hugo Trinchero, el embajador de la República de Bolivia en Argentina, Roger Ortiz Mercado, y el embajador de la República Bolivariana de Venezuela en nuestro país, Roger Capella Mateo.

Julio Fernández Baraibar: Buenas noches amigas y amigos, señoras, señores.

Verdaderamente es un placer y, de alguna manera, una profunda satisfacción política estar esta noche en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires participando de una mesa que está integrada, entre otros, por dos embajadores de dos grandes provincias de nuestra Patria Grande: Bolivia y Venezuela. Y es una satisfacción política percibir que la Facultad de Filosofía y Letras, de alguna manera, se plantea debatir, discutir y sumarse a la discusión de lo que quizás sea el tema político más importante de nuestro continente y de cada uno de sus países, el de la Unidad Latinoamericana. Es mi más profunda convicción, inspirado en las enseñanzas de dos grandes argentinos que de alguna manera determinaron mi visión política de la realidad -me refiero a los conceptos y la acción política de Jorge Abelardo Ramos y a las reflexiones y a la ciclópea tarea realizada por el Gral. Juan Domingo Perón- que no hay nada para nuestra generación más importante que el tema de la Unidad Latinoamericana. Todas nuestra políticas, todas nuestras discusiones, todos nuestros enfrentamientos, todas nuestras diferencias deben quedar subsumidas, a mi entender, en este proyecto. No hay nada más importante para nuestra generación que el proyecto, la tarea y la labor política por la unidad de la Patria Grande.

Los que militamos en el movimiento nacional argentino, los que hemos formado parte de ese gran movimiento liberador que las masas argentinas iniciaron el 17 de octubre de 1945, sabemos que el proyecto de la Unidad Latinoamericana es una necesidad que se plantea a nuestros países y a nuestros pueblos, frente al impresionante desarrollo hegemónico del imperialismo norteamericano, como una manera de equilibrar defensivamente la descomunal diferencia de fuerzas que existe entre ese gran poder saqueador mundial y nuestros pequeños fragmentados y debilitados estados nacionales.

Pero sabemos también que este proyecto hacia el futuro tiene una viabilidad y una posibilidad de desarrollo que está fundamentado en el profundo pasado de nuestros pueblos y de nuestras naciones. Si la Europa, ensangrentada durante siglos por guerras que sacrificaron millones de vidas humanas, en la que francos y germanos, franceses y alemanes regaron con sus vidas los campos de batalla de todo el continente, ha logrado establecer una forma de unidad política continental haciendo desaparecer la enorme dificultad que significan las decenas de lenguas distintas que se hablan en el continente, la dificultad que significa viajar 150 kilómetros y tener que cambiar de lengua porque ya la que uno hablaba 150 kilómetros atrás no sirve más; si se ha logrado remontar esas enormes dificultades históricas, lingüísticas, de desarrollo económico, ¿cómo no va a ser posible la unidad de nuestros países, la unidad en la Patria Grande de la vieja heredad hispanoamericana, cuando nos une un pasado que, lejos de estar fragmentado y ensangrentado por la vida de miles de compatriotas enfrentados con guerras fraticidas, está cimentado en una unidad de lucha común durante todos los primeros veinte años del siglo XIX. América Latina, como proyecto de unidad nacional, es, a mi modo de ver, posible fundamentalmente porque estuvimos unidos en el pasado, porque San Martín, porque Bolívar, porque O’Higgins, porque Sucre, porque Abreu de Lima, todos ellos luchaban hermanados en una misma causa que tenía un enemigo común: el colonialismo español y el despotismo europeo. Es en esta unidad de principio, en esta unidad de inicio, donde se encuentra la fuerza más trascendente del proyecto de Unidad Latinoamericana que, desde hace unos quince años, hemos comenzado a caminar los sudamericanos de una manera casi irreversible. El Mercosur es, en ese sentido, y desde la incorporación de Venezuela al mismo en jornadas históricas que tuvieron sede en nuestra patria, en el corazón de nuestra Argentina, en la Córdoba mediterránea, el proyecto más sólido, más importante y de mayor capacidad de realización que se ha enfrentado generación alguna de sudamericanos.

El establecimiento de un Mercosur que supera el mero acuerdo comercial, que se plantea formas novedosas de unión política, de unión estratégica, de desarrollo científico tecnológico común y que hasta es capaz de sentarse a discutir la posibilidad de la organización de una sola fuerza armada de todo el continente, estableciendo un eje estratégico político-militar y contribuye a que el continente se convierta en una unidad política definitiva, ese Mercosur es el paso más ambicioso que generación alguna de sudamericanos haya realizado desde las jornadas fundadoras de la lucha por la Independencia. Es sobre este tema que nos sentimos enormemente orgullosos de poder debatir y aportar en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, con el peso que para nosotros, los argentinos, tiene la Facultad de Filosofía y Letras y la Universidad de Buenos Aires, sabiendo además la repercusión que esta institución tiene en todo el espacio académico continental. Sobre esto es que hemos invitado a nuestros oradores de hoy y quiero terminar con un pequeño texto del Gral. Juan Domingo Perón que tiene, a mi modo de ver, tintes y luces proféticas, habida cuenta que fue escrito alrededor de 1951. Decía el General Perón en un artículo publicado en el diario "Democracia" bajo el seudónimo de Descartes, que era su seudónimo periodístico:

"El signo de la Cruz del Sur puede ser la insignia de triunfo de los penates de la América del hemisferio austral. Ni Argentina ni Brasil ni Chile aisladas pueden soñar con la unidad económica indispensable para enfrentar un destino de grandeza. Unidos forman, sin embargo, la más formidable unidad a caballo sobre los dos océanos de la civilización moderna. Así podrán intentar desde aquí la unidad latinoamericana con una base operativa polifacética, con inicial impulso indetenible. Desde esa base podría construirse hacia el norte la confederación sudamericana, unificando en esa unión a todos los pueblos de raíz latina. ¿Cómo? –se pregunta el General- Sería lo de menos si realmente estamos decididos a hacerlo. Unidos seremos inconquistables; separados, indefendibles. Si no estamos a la altura de nuestra misión, hombres y pueblos sufriremos el destino de los mediocres".

Creo que estas palabras del General Perón de hace más de cincuenta años tienen una actualidad como si hubieran sido publicadas en el Clarín de esta mañana. A estas palabras apelo y en el sentido de esta propuesta de Perón es que los argentinos tenemos un papel irrenunciable que cumplir en este proyecto de Unidad Sudamericana que el Mercosur ha iniciado, creo, de manera irreversible.

Muchas gracias.

14 de septiembre de 2006

Chile y Argentina se abrazan en la Patria Grande

Para la columna de opinión de Crónica

Contra toda la maquinaria de prensa y desprestigio que movilizan los intereses políticos imperialistas, opuestos al proceso de unificación e integración que hoy vive nuestro continente, la política latinoamericana del presidente Néstor Kirchner obtuvo hoy un resonante triunfo en Mendoza.

El encuentro entre la presidente de Chile, Michele Bachelet, y su par argentino, logró el restablecimiento de un gran proyecto integrador inaugurado en 1910 y que, desde el año 1984, había dejado de funcionar definitivamente, el Tren Trasandino.

Las relaciones con Chile, en el marco de la actual política suramericana, tienen, para la Argentina –y para el Mercosur, por otra parte- una importancia trascendental. No sólo por compartir ambos países la más extensa de las fronteras, que ha significado permanentes conflictos a lo largo de ciento cincuenta años, sino porque la política exterior chilena y su clase dirigente han mantenido, desde los tiempos del ministro Diego Portales, en la tercera década del siglo XIX, una gran resistencia a toda política integracionista, así como una insular desconfianza hacia sus vecinos.

La nacionalización de los hidrocarburos llevada a cabo por el gobierno de Evo Morales en Bolivia y el consecuente aumento del precio del gas que la Argentina importa de aquel país trajo aparejada una complicación en las relaciones de nuestro país con Chile. Como se sabe, la intención de los actuales gobernantes bolivianos ha sido utilizar la necesidad que de sus recursos energéticos tiene el país trasandino como instrumento de presión diplomática para arrancar de Santiago su ansiada salida al mar, perdida como consecuencia de la Guerra del Pacífico a fines del siglo XIX. La decisión del presidente Néstor Kirchner de reconocer el necesario aumento del precio del gas boliviano –como expresión de la soberanía de Bolivia sobre sus recursos- y de trasladar ese aumento exclusivamente a las exportaciones de gas a Chile, crearon una situación de tensión entre ambas cancillerías, que fue aprovechada periodísticamente por los sectores que pretenden hacer naufragar el actual proceso de integración regional y volver a la política de las grandes multinacionales que caracterizó a los años ’80.

La firma del acuerdo que pone en marcha el relanzamiento del Tren Trasandino, con una licitación internacional para obras del orden de los 200 millones de dólares, ha puesto fin a estas maniobras. La presidente Bachelet manifestó la voluntad integracionista de su gobierno y recordó la acción común de San Martín y O’Higgins en esa misma provincia de Mendoza. Y el presidente Kirchner, en un cuidado discurso, recordó el sentido que había tenido en 1910 la inauguración de esta vía férrea, presentó su cierre como una derrota de la integración y destacó la importancia que su reapertura tiene en esta nueva etapa de la Unión Suramericana.
Mal que le pese a los interesados críticos, Chile y Argentina se abrazan también en la Patria Grande.

Buenos Aires, 12 de septiembre de 2006.



6 de septiembre de 2006

El Legado de Jorge Abelardo Ramos

El Legado de Jorge Abelardo Ramos 
Conferencia realizada el 21 de julio de 2006, en el marco del Taller para el Pensamiento Nacional, organizado por el sitio www.pensamientonacional.com.ar, en el Sindicato de Encargados de Edificios de Renta y Propiedad Horizontal (SUTERH).
Este 21 de julio, por obra del azar –por obra de ese hilo misterioso con el que teje Clío- nos encontramos haciendo una reflexión sobre el legado de Jorge Abelardo Ramos, justo en el atardecer de lo que puede haber sido el día más importante de los últimos diez años para los latinoamericanos. De alguna manera podríamos decir, sin falsear la verdad, que en la Cumbre de Presidentes del Mercosur, celebrada hoy en Córdoba, con la presencia del Comandante Hugo Chávez, de Evo Morales, la presencia fundamental del presidente Kirchner, sosteniendo contra los ataques más calumniosos y viles la alianza estratégica con Venezuela, con el discurso magistral de Lula, al hacerse cargo de la nueva presidencia pro tempore del Mercosur donde plantea una nueva estrategia brasileña en la política de la integración latinoamericana, con la presencia, por fin, de Fidel Castro, y la firma de los acuerdos que ponen en jaque el bloqueo económico a Cuba, todo esto parecería ser el legado vivo y concreto del pensamiento y la acción política de Ramos. 
Jorge Abelardo Ramos, la persona que posiblemente más haya influido en mi vida después de mi padre y de mi madre –habida cuenta que lo que influyeron mi padre y mi madre no contaba de mi parte con la racionalidad con la que contaba la influencia de Abelardo Ramos- era un individuo, como recordarán los que lo conocieron, de una extraordinaria y singular personalidad. Pese a su aspecto poco criollo –ese pelo ígneo que le hizo ganar el inevitable sobrenombre de "El Colorado", ese aspecto de Groucho Marx a quien a veces gustaba imitar, sus pecas- era, curiosamente, descendiente de criollos por el lado paterno: su abuelo había sido un hombre de a caballo, un payador ácrata de fines del siglo XIX que, en esos caminos del canto y de la militancia libertaria conoce y se enamora de una institutriz alemana en una estancia de la provincia de Buenos Aires. 
Y de ese matrimonio entre un payador gaucho anarquista y una institutriz alemana nace Nicolás, el padre –también anarquista- de Jorge Abelardo Ramos quien se casa con doña Rosa, una muchacha de la clase media, judía, porteña, hija de socialistas y adscripta ella misma a las ideas del socialismo. 
 Recuerdo un reportaje que le hiciera al “Colorado” Ramos –posiblemente en el año ’70- la revista “Panorama”, y quien era en ese entonces periodista de esa revista, el cura Ferreiros. Ferreiros era un cura que ejercía su sacerdocio –quiero decir que no estaba reducido al estado laical, ni mucho menos- y que escribió un libro llamado “La Cuba de Castro vista por un católico”, luego de un viaje que hizo en la década del ’60 a Cuba. Era un hombre vinculado a la Democracia Cristiana; un hombre que siempre permaneció vinculado oficialmente a la Iglesia; compañero y amigo de Norberto Habbeger, quien luego termina en Montoneros y fue muerto en aquel suicida intento al que llamaron “la contraofensiva”. Y para que se recuerde quién fue Ferreiros: en una ocasión –siendo Juan Carlos Onganía presidente- Juan García Elorrio -fundador de la revista “Cristianismo y Revolución”- increpó a viva voz a Monseñor Caggiano, a la salida de la Catedral. Quien enfrenta a García Elorrio, interponiéndose entre él y el cardenal primado, fue el cura Ferreiros. 
 Tuve oportunidad de presenciar ese reportaje a Ramos, en el que Ramos recordó una situación que me ha acompañado siempre en la memoria: cómo eran los 1º de Mayo en su casa, cómo celebraba el 1º de Mayo una familia integrada por un padre anarquista y una madre socialista. Contaba Ramos que la celebración del Primero de Mayo –que en esa familia tenía una importancia muy grande, casi similar a la que en nuestros hogares puede tener la Navidad o el Año Nuevo- comenzaba la noche anterior –que es la noche de Valpurgis, por otra parte- en una reunión en el Centro Libertario. Contaba Ramos que estaban todos esos hombres y mujeres sentados en círculo en una mesa, con sus trajes negros y sus sombreros orión. Y había discursos sobre la redención del proletariado, sobre la destrucción del Estado y la desaparición de las cadenas de opresión sobre la humanidad. Se turnaban los oradores hasta que, de pronto, otro -que tomaba la palabra-, en lugar de dar un discurso, recitaba un poema también libertario, quizás de Alberto Ghiraldo, hablando de los mártires y de los héroes de la lucha obrera. Eso terminaba cerca de la medianoche, cuando todos se volvían a la casa. Al día siguiente –el 1º de mayo propiamente dicho- iba al Parque Japonés con su madre, dado que el parque había sido alquilado, justamente para celebrar el Día de los Trabajadores, por el Partido Socialista para el uso de sus afiliados. 
 Con esto quiero decir que Ramos era un hombre criado en éste ambiente peculiar, del cual él tenía una gran memoria. Pesaba sobre su pensamiento todo este pasado de un abuelo y un padre anarquistas y su madre socialista. Jorge Abelardo Ramos tenía, además, un don admirable que era el de la narración. Contó una vez del miedo que le dio, siendo un niño de 4 o 5 años, cuando vivían en Flores. En ese entonces su padre iba y venía. No era una presencia muy permanente en la casa, incluso tenía residencia también en Montevideo. Tocan a la puerta, contaba Jorge, y va él –de niñito- y se encuentra con un gigantón –para él- totalmente vestido de negro, con una luenga barba y con un cuchillo de plata en la mano que le dice algo incomprensible en iddish, y él sale corriendo. Era un carnicero kosher que venía a ofrecer sus servicios a la casa de doña Rosa. 
Ese don para contar sus historias las volvían inolvidables, porque él las convertía casi en un hecho artístico. En este marco, la figura literaria que más influye en ése muchacho de 16 o 17 años –anarquista- es una persona también muy extraña y poco conocida que es Rafael Barret. 
 Rafael Barret es un hombre que tuvo una vida corta y fugaz: vivió 34 años. También producto de un connubio extraño entre una aristócrata Álvarez de Toledo, española, y un inglés, un tal Barret Clark. Nace Rafael en la provincia de Santander, en España. No se sabe bien, pero parece que realizó sus primeros estudios en Inglaterra y luego vuelve a Madrid. En 1902, cuando él tiene 25 años, agarra a trompadas –literalmente, en la vía pública, en el centro de Madrid y a la vista de todo el mundo- al Duque de Arión, lo que le provoca un ostracismo social inmenso. Pero ¿cuál había sido la razón de este ataque? que luego fuera comentado por Ramiro de Maeztu en uno de sus artículos periodísticos, ya que este Rafael Barret era uno de los integrantes de la jeunesse dorée madrileña. 
El motivo fue que Barret había retado a duelo a un abogado por un cierto asunto. Y un tribunal de honor presidido por el Duque de Arión –a pedido del abogado, que le daba miedo batirse a duelo- declaró que Barret era un notorio pederasta y que, por lo tanto, no estaba en condiciones de defender su honor. Y lo salva al abogado de una muerte segura. Esto le provoca a Barret tal indignación que –como se acostumbraba a hacer en aquélla época, cosa que hoy suena ridículo- va a un médico a hacerse los análisis oficiales para que quede asentado que él no es ningún pederasta –cuando uno sabe que lo más difícil de probar es un hecho negativo- y así lo agarra a trompadas al Duque de Arión, que era el presidente del tribunal de honor que había decretado su pederastia. 
Todo este incidente provoca su aislamiento social que recién termina con la aparición de un artículo en la prensa madrileña –en uno de los diarios de mayor circulación de la época- en donde se publica “ayer falleció el señor Rafael Barret”. Lo declaran muerto. El tipo ve que toda la situación en España está cerrada para él, y se viene para Buenos Aires. Un joven de veinticinco o veintiséis años, solo, que hasta ese momento sólo había escrito sobre matemática, porque era un destacado matemático. Funda –según dicen- la Sociedad Matemática Argentina junto a Julio Rey Pastor y escribe en algunos diarios y revistas españolas y en el Caras y Caretas. 
Pero a los pocos meses de estar en Buenos Aires decide irse como corresponsal a cubrir una revolución liberal que se había lanzado en el Paraguay y decide afincarse en ese país. Queda atrapado por el Paraguay. Se adscribe a estos revolucionarios liberales y comienza su evolución hacia el anarquismo militante. Pero, curiosamente, no a partir de los mártires de Chicago ni de Sacco y Vanzetti sino de la situación de los trabajadores yerbateros, de la situación en que se encontraban los indígenas en el Paraguay. Era un hombre de una formación nieztcheana -muy de moda en ésa época- y se transforma en un anarquista libertario, militante. Funda un diario, el “Germinal”, donde empieza a escribir con una enorme ironía y sarcasmo, rasgos que veremos luego en Jorge Abelardo Ramos. Sus artículos le provocan la persecución política en el Paraguay, tiene que entrar y salir, se va a Montevideo. En Montevideo influye notoriamente en Rodó, en Vaz, en Zum Felde, en los intelectuales más destacados del Montevideo finisecular o de principio de siglo. 
Barret se vincula a la generación del ’98, y su presencia funciona como una especie de fermento o de levadura en la que germina esta renovación ideológica que se produce en ambas márgenes del Río de la Plata. 
Enferma de tuberculosis muy gravemente, viaja a Francia tratando de encontrar una cura para su mal, pero muere a los 34 años de edad. Éste es el tipo que más influye en el joven Ramos y que le hace ver el conflicto social, junto con la lectura de los clásicos, del príncipe Kropotkin, de Gorki y de la literatura realista y naturalista rusa. Pero Barret también lo introduce en el tema del Paraguay, de la guerra del Paraguay y de sus consecuencias. Es a través de Rafael Barret donde la preocupación por la infame guerra de la Triple Alianza entra en el espíritu de Jorge Abelardo Ramos. 
En ese anarquismo inicial tuvo como compañero de militancia, de luchas y de alguna huelga estudiantil a otro gran amigo nuestro: Luis Alberto Murray, de quien Ramos era compañero de escuela. De alguna manera, Luis Alberto nunca abandonó sus ideas anárquicas y logró congeniarlas con su catolicismo, su peronismo, su admiración por León Trotsky y el whisky. 
Pero Ramos comienza lentamente a alejarse del anarquismo de su hogar –si uno cometiera ejercicio ilegal de la psicología, diría que significa un alejamiento del padre- y comienza a acercarse –siendo muy joven- a los grupúsculos trotskistas que, en Buenos Aires, comenzaban a surgir merced a la acción y la billetera de Liborio Justo, hijo del presidente de la República, Agustín P. Justo. 
Liborio Justo fue una especie de proto punk, de hippie, de rebelde, hasta el último día de su vida, un peleador, enemigo de todo el mundo, que a los dieciocho años increpa con gritos destemplados al presidente Franklin Delano Roosevelt en la Cámara de Diputados, en una visita oficial que hiciera el presidente norteamericano a la Argentina y a su padre, nada menos que el General Agustín P. Justo. Liborio hace una denuncia a los gritos desde los palcos del Congreso –adonde había llegado justamente en su carácter de hijo del presidente de la República-. 
El indoblegable hijo del presidente fraudulento adscribe a los escritos de León Trotsky, quien ya ha sido expulsado de la Unión Soviética y se había convertido en el solitario denunciador de la dictadura burocrática que se ha instalado en el Kremlin sobre los restos exánimes de la Revolución de Octubre. Realiza un viaje a Nueva York, del cual hay una interesante colección de fotografías, tomadas por Liborio, sobre las consecuencias que la crisis del treinta impuso a los trabajadores norteamericanos. Y vuelve a Buenos Aires con el objetivo de impulsar y dar forma política a las ideas del trotskismo en la Argentina. 
Alrededor de él y de su dinero –y de la capacidad que tenía de hacer publicaciones, de pagar pequeños periódicos- se empiezan a armar grupos vinculados al ideario trotskista, que tienen una prodigiosa capacidad cariocinética, logrando aumentar el número de grupos sin aumentar el número de personas involucradas en la totalidad del movimiento. 
¿Qué significa –para ser breve- el trotskismo en esas condiciones? El prestigio que tenía en los años ’30 la Revolución Rusa tuvo –en la generación de hombres como Abelardo Ramos- una importancia iniciática, fundacional. Yo pertenezco a una generación que se inicia a la vida política –y esto es algo que el Comandante Hugo Chávez lo recordó ayer- con dos hechos: el Cordobazo, por un lado, y, por el otro, la guerra de Vietnam, una guerra de liberación victoriosa. La generación de Jorge Abelardo Ramos se inicia con los resplandores del Octubre ruso. En 1930 este movimiento prodigioso había sido absolutamente dominado, copado y cerrado por el sistema burocrático encabezado por Stalin y en el cual toda la generación de revolucionarios que había participado de manera directa en los Diez Días que Conmovieron al Mundo –como dice John Reed- habían sido eliminados por la policía secreta de Stalin, o estaban sepultados en mazmorras de las que nadie sabía el paradero. El partido de Lenin se había convertido en una organización burocrática piramidal, en la que ya no se discutía, sino que se escuchaban las revelaciones prodigiosas del gran timonel que era José Djugashvilli –Stalin-, donde todo debate había desaparecido por completo. Esto -que tenía por lo menos un principio de justificación en las condiciones de asedio, de sitio imperialista en que se encontraba la reciente Revolución Rusa- es imitado meticulosamente por todos los partidos comunistas del mundo, que no estaban sitiados por ningún cerco imperialista. Y entonces se aplicaron exactamente los mismos criterios policíacos que se aplicaban en la Unión Soviética. 
El pensamiento crítico del marxismo que había iluminado a las generaciones de Lenin y de Trotsky había sido convertido en un catecismo del Padre Astete, sin discusión alguna, de una estolidez intelectual repugnante para cualquier persona de veinte años que quisiera cambiar el mundo y que tuviera respeto por la inteligencia humana. A eso se le sumaba, en la Argentina, la adscripción más rígida y absoluta a los lineamientos heredados del Partido Socialista y del liberalismo local. A lo que hay que agregarle el altísimo componente extranjero –inmigrante- que tenían las primeras organizaciones de trabajadores y de militantes, tanto socialistas como comunistas. 
El Secretario General del Partido Comunista, en ese entonces y por largos años, era un individuo que hablaba cocoliche, el ínclito Vittorio Codovilla. 
En ese momento, el trotskismo aparece como una posibilidad intelectual de reflexionar –sobre todo a partir de los escritos de Trotsky posteriores a su exilio de Rusia, las reflexiones que él hace sobre la revolución traicionada, sobre los grandes mariscales de la derrota, sobre los procesos de burocratización, etcétera- que había –más allá de la estolidez staliniana- un mundo de ideas que todavía podía florecer. Todo esto en medio de una presión enorme, porque –repito- el mismo método de represión policíaca que usaban en la Unión Soviética, lo usaba el Partido Comunista contra aquellos que disintieran con la línea oficial establecida por Moscú, apelando, directamente, a la delación policial, a la calumnia, a la descalificación y a considerar a los trotskistas, no militantes políticos con los que se tiene disidencia, sino lunáticos, dementes, orates o provocadores policiales. 
Este era el ambiente del momento, un ambiente cerrado, enrarecido, de una gran presión psicológica, de delirio. Pero un mundo que se derrumba es un taller de forja –decía don Hipólito Yrigoyen- y en este magma -con tantos elementos de locura, de neurosis- surgen algunos elementos que habrán de ser decisivos. En primer lugar, una correcta, aunque genérica y abstracta percepción de los movimientos nacionales. Los artículos de Trotsky desde México, el reportaje que le hace el dirigente sindical argentino Mateo Fossa, algunas reflexiones de Trotsky sobre Getulio Vargas, empiezan a darles a estos jóvenes posibilidades de formular un análisis distinto, un juicio distinto, donde lo que prevalece es la idea central -planteada por Lenin en su momento- según la cual el mundo se divide en países imperialistas y países dominados por el imperialismo. Y que no se pueden usar los parámetros de los países imperialistas para analizar y dar la lucha política en los países sometidos por el imperialismo. 
Esto, que parece una obviedad, era una revolución copernicana. Y lo que dice Trotsky, en algún artículo, es que entre una democracia que invade a un país feudal dirigido por un jefe despótico, el deber del revolucionario es defender al país del jefe despótico feudal contra los demócratas que lo invaden. Y después veremos qué hacemos con el jefe despótico, antidemocrático y feudal. Pero es el deber del revolucionario porque la razón de la humanidad está con el país oprimido y no con la democracia imperialista. 
Esto los impacta, y de este magma surge –al aparecer Perón en 1945- el pequeño –pequeñísimo- grupo que interpreta de una manera radicalmente distinta el nuevo fenómeno nacido el 17 de octubre y que confronta con la totalidad de las explicaciones que se daban en la Argentina sobre el peronismo. Grupo que ve, principalmente, tres cosas: Primero, que éste es un país semicolonial, o sea un país dependiente, oprimido por el imperialismo. Tenemos que pensar de una manera distinta a como se piensa allá. Segundo, que ésos que salieron a la calle, eran los obreros. No eran murgas de lúmpenes desclasados, sino que eran “los” obreros. Y tercero, que van detrás de un jefe que no es un dirigente obrero socialista formado en la Tercera Internacional. Entonces ese grupo se dice “bueno, vamos a tratar de explicar esto. Vamos a tratar de darle una racionalidad, porque todo lo que es real es racional, todo lo que existe puede ser explicado”
Estos grupos contaron con un hombre que jugó un papel fundamental en la articulación, el trabajo político y en la reflexión, como fue Aurelio Narvaja. Aurelio Narvaja –a quien no conocí personalmente, pero que pude haberlo hecho, dado que fuimos contemporáneos- era un joven abogado santafesino -vinculado originariamente al Movimiento Reformista, de la reforma del ’18- que comienza a reflexionar sobre la naturaleza históricamente progresista del peronismo y sobre el carácter de clase del 17 de octubre. Este grupo se llamó “Frente Obrero”. 
Pero, paralelamente a “Frente Obrero”, el joven Jorge Abelardo Ramos –que se había peleado a puñetazos con Liborio Justo y con Raurich a propósito del 17 de Octubre- empieza a editar la revista “Octubre”. Y ésta es la publicación en la que Ramos comienza a elaborar su reflexión política y su pensamiento político. Ya independiente –aunque coincidente- con los trabajos del grupo de Aurelio Narvaja. 
Creo que la primera cuestión a la que hay que referirse, si se habla del legado de Jorge Abelardo Ramos, es el aporte ineludible que éste hace a la comprensión del gran movimiento nacional argentino. Este aporte a la explicación de cómo y por qué los trabajadores se encolumnan detrás de un coronel y desarrollan juntos un gran movimiento cuyas tareas no son el socialismo, ni la socialización de los medios de producción, sino la creación de medios de producción: la creación de un capitalismo autárquico e independiente. O sea, de trabajadores que ayudan y colaboran a que hayan patrones que les expropien plusvalía para que ellos puedan ser trabajadores. 
Esta explicación es un aporte que él ha dado, no a lo largo de un libro –como “Revolución y Contrarrevolución en la Argentina”- sino a lo largo de miles de artículos, de notas periodísticas, de reportajes, de conferencias. Jorge Abelardo Ramos es, en este punto, inestimable. 
A los veintisiete, veintiocho años –en 1949, ya en pleno gobierno peronista- publica un libro: “América Latina: un país”. Un libro que, en realidad, tiene un título y su contenido es otro. Es muy extraño lo de este libro. Porque en realidad el libro habla muy poco de América Latina. Habla mucho de Argentina y de la historia argentina. Pero es un libro que tiene una particularidad extraordinaria. Con la capacidad de síntesis casi publicitaria que caracterizaba la pluma y el ingenio de Jorge Abelardo Ramos, plantear, en 1949, que América Latina es “un país”, era como intentar convencer al Instituto Nacional de Meteorología que llueve de abajo para arriba, que nos parece que llueve de arriba para abajo, pero que, en realidad, llueve de abajo para arriba. Era una tarea imposible porque la propuesta era absoluta, radical y totalmente novedosa. Acá nadie podía pensar que eso se podía decir o siquiera pensar, que se podría llegar a entrever que América Latina se podía llegar a constituir en un solo país. Y mucho menos imaginarse que lo había sido. Esto es lo más subyugante y lleno de posibilidades que tiene el libro “América Latina: Un país”, que es un libro inicial. Es el libro de un joven que tiene 28 años, que tiene muchos errores, muchos desaciertos, muchas imperfecciones pero que establece dos cosas. Como dice Methol Ferré, en una excelente nota introductoria que hizo para la edición de algunos libros de Abelardo Ramos en Uruguay, “América Latina: Un país” era, en realidad, dos libros. Uno, “Revolución y contrarrevolución en la Argentina” y, otro, “Historia de la Nación Latinoamericana”. En este pequeño librito de 250 páginas estaban comprimidos estos otros dos libros fundamentales. La madurez política le permitió irlos reescribiendo. 
Pero, en 1949, “América Latina: Un país” plantea el eje central de su legado intelectual y político. Poco después publica –siempre durante el gobierno peronista- otra cosa que tuvo el efecto de una enema de vidrio molido –si se me permite la escatológica comparación- que es “Crisis y resurrección de la literatura argentina”, un libro del ’54. Y digo que tuvo estos efectos porque se la agarra descarnada, brutal y provocativamente con dos vestales de la cultura oficial argentina: Jorge Luis Borges y Ezequiel Martínez Estrada. 
Es obvio que “Crisis y resurrección de la literatura argentina” no es una obra de crítica literaria. Es una obra política. De crítica a la cultura política oficial del país. No está destinada a discutir las cualidades literarias de Borges y de Martínez Estrada, sino que está destinada a discutir y criticar el peso que las concepciones de Borges y de Martínez Estrada tienen sobre el conjunto de la sociedad. Y establece otro ángulo de su crítica a la realidad argentina: el plano de la lucha cultural. Establece un principio básico para un país semicolonial que es que la lucha por la liberación se da en la cabeza de los oprimidos de ese país. Y que para alcanzar el nivel político capaz de cambiar las condiciones es necesario realizar una profunda crítica intelectual y política a las bases espirituales del pensamiento de esa sociedad. Este es el aporte de esta obra –que es un folleto, un opúsculo, no es una obra de envergadura, por lo menos en cuanto a su extensión- pero que asesta un golpe en el nudo gordiano de la dominación política de la oligarquía y del imperialismo en la Argentina, que es el modo de pensar. 
Caído el gobierno peronista, Ramos publica –en 1957- “Revolución y contrarrevolución en la Argentina” que es una versión ampliada y corregida de esa historia argentina que había presentado en “América Latina: Un país”. Esta historia es corregida en dos puntos esenciales que Ramos descubre posteriormente a la publicación de su libro inicial. Uno de ellos lo cuenta Methol Ferré en ese artículo del que les hablaba y es el papel de José Gervasio Artigas, el papel articulador que Artigas jugó en la nación rioplatense. Descubrimiento que Ramos obtiene en sus viajes a Montevideo y en su amistad, justamente, con Methol Ferré. Fue Methol Ferré, fue Vivian Frías, fueron ese gran historiador y extraordinario expositor que fue Washington Reyes Abadíe y el periodista Roberto Ares Pons quienes lo introducen en la justa apreciación del papel jugado por Artigas hasta su eclipse en la fronda paraguaya. Y estos intelectuales eran los editores responsables, en aquella época, de esa revista “Nexo”, que jugó un papel trascendente en el proceso de autoconciencia histórica de los rioplatenses. Su nombre, “Nexo”, apelaba al papel que el “estado tapón” creado por el Reino Unido, debería jugar en el proceso de integración suramericano: de vínculo geopolítico entre la Argentina y Brasil. 
Los primeros capítulos del primer tomo de “Revolución y Contrarrevolución en la Argentina”, que lleva el título de “Las Masas y las Lanzas”, es una magistral interpretación de los momentos iniciales de las Provincias Unidas del Río de la Plata y del papel jugado por el mejor exponente del federalismo, el oriental José Artigas. La exposición del Protector de los Pueblos como un caudillo rioplatense cuyo programa político consistía en mantener la unidad del antiguo Virreinato y no como el creador del minúsculo estado del Uruguay tuvo también un efecto devastador en la concepción histórica vigente, tanto de cuño liberal mitrista, como de origen nacionalista oligárquico. 
En la visión de Ramos, Artigas es el primero y más grande de los federales y su política se entronca con el proceso de modernización iniciado por los Borbones y los grandes políticos y pensadores fisiócratas españoles, que tuvo en las Cortes de Cádiz su más alta expresión transformadora. 
El otro aspecto esencial que actualiza Ramos en este libro es el de la significación del papel jugado por Julio Argentino Roca, su representación social y el sentido de la federalización de la ciudad y el puerto de Buenos Aires. 
Contra el izquierdismo abstracto, el antiliberalismo de cuño clerical y la mistificación mitrista, Jorge Abelardo Ramos funda una interpretación, basada en el paradigma marxista, que emparenta a Roca y al roquismo con los movimientos populares que lograron la Independencia Americana, que resistieron la hegemonía de la burguesía del puerto de Buenos Aires y que, con los soldados de un incipiente Ejército nacional, aplastaron el secesionismo porteño. Con el brillo característico de su pluma, emparentada con lo mejor de la literatura política argentina –Moreno, Castelli, Monteagudo, De Angelis y hasta Sarmiento y Alberdi- “Revolución y Contrarrevolución en la Argentina” describe de manera singular el período que se inicia bajo la hegemonía personal del General Julio Argentino Roca en 1870, después de la guerra del Paraguay, y que culminó en 1910 con su segunda presidencia. “Revolución y Contrarrevolución en la Argentina” es un libro magistral al que dos o tres veces al año vuelvo para leer algo, a buscar alguna cosa; porque es una especie de sistema, de “clave” para poder comprender políticamente diferentes momentos históricos que son muy complejos y que están mal explicados. 
Es un libro al que se le pueden agregar capítulos sobre temas que ocurrieron después de la época en que el libro termina; pero es muy difícil que se le puedan agregar capítulos a los períodos sobre los que el libro trata. Con este libro, decía, Ramos establece de manera definitiva la genealogía política del pueblo argentino y de su clase trabajadora. Y, por lo tanto, vislumbra, tira pautas, imagina cuál puede ser el desarrollo posible de ese pueblo argentino y de esa clase trabajadora. Éste, creo, es el aporte central de “Revolución y Contrarrevolución en la Argentina”, libro que –en su momento- fue un libro de consumo masivo, un libro que fue devorado por, por lo menos, una generación de argentinos. 
Ramos desarrolla, además, una relación muy íntima y comprometida con dos países, además de la Argentina: con el Uruguay, con el que lo unían casi lazos de sangre, ya que su padre terminó viviendo en el Uruguay, y él mismo se casó con una uruguaya, Fabriciana Carvallo, una joven intelectual, izquierdista y montevideana, madre de sus dos hijos mayores. Fue tan rica la relación que Ramos establece con el Uruguay que Methol Ferré sostiene –en ese mismo artículo- que Ramos fue a Vivian Trías lo que Juan B. Justo fue a Emilio Frugoni. Juan B. Justo fue el precursor de la constitución del pensamiento central del socialismo uruguayo a través de Emilio Frugoni -su principal dirigente- y, según Ferré, Ramos fue el que consolidó y dio forma al pensamiento político de Vivian Trías, que llegó a constituir una corriente de la Izquierda Nacional dentro del Partido Socialista uruguayo. 
Y con el otro país con el que desarrolla un compromiso de preocupación intelectual y política es con Bolivia. Es cierto que, para el trotskismo, Bolivia siempre fue un tema. La característica de la historia boliviana del siglo XX, el desarrollo de la industria minera entre otros factores, hicieron que –curiosamente- el trotskismo tuviera en Bolivia un desarrollo obrero muy importante. Fue el trotskismo el que organizó los sindicatos mineros, y tuvo un gran éxito político no sólo entre los trabajadores mineros, sino también en el campesinado. Para los jóvenes trotskistas de aquella época –estoy hablando de los años 40- el viaje a Bolivia era un viaje iniciático. La mina “Siglo XX”, la mina Catavi, bajar al socavón, todo eso era un viaje iniciático para esa generación. El establecimiento de una serie de conexiones políticas entre Ramos y varios intelectuales y políticos bolivianos dio origen a su relación con Sergio Almaraz Paz y posteriormente con quien, posiblemente, sea el discípulo más afamado y exitoso de Jorge Abelardo Ramos –por lo menos por ahora- que es el actual Ministro de Hidrocarburos del gobierno de Evo Morales, Andrés Solís Rada. Un hombre formado personalmente por Sergio Almaraz Paz, por Jorge Abelardo Ramos y por otro trotskista que se refugió en Bolivia -país al cual le prestó importantísimos y patrióticos servicios- que fue Adolfo Perelman. 
Adolfo, y su hermano Ángel, eran dos jóvenes trotskistas que participaron directamente en la fundación de la Unión Obrera Metalúrgica, a punto tal que Ángel terminó sus días como funcionario de la UOM, especialista en paritarias. Según decían, era el hombre que mejor conocía la lista de actividades fabriles que tenían que ser cubiertas por las discusiones paritarias. 
Adolfo se va a vivir a La Paz y es uno de los hombres que participa activamente en la creación del primer horno de estaño que se hace en Bolivia –la COMIBOL-, fundado a principios de la década del ’70 bajo el gobierno del presidente Ovando Candia, caído ya René Barrientos. Sobre estos dos países Jorge Abelardo Ramos tenía un punto de vista muy claro, conocía en profundidad esas dos sociedades e influyó en el debate político interno de estos dos países. La polémica que mantuvo en los años ’70 con Guillermo Lora, el secretario general del POR -el Partido Obrero Revolucionario boliviano- trotskista, una especie de Altamira avant la lettre- es histórica, y ha tenido una trascendencia política en el debate interno boliviano muy grande. 
Hasta 1968 no publica nada de magnitud. En ese año logra publicar la otra parte de “América Latina: Un país”, esa parte que solamente estaba encerrada, criptografiada en el título. Y nos da otro libro que ha sido y sigue siendo iluminador que es “Historia de la Nación Latinoamericana”. Esta obra es –desde su sistema interpretativo- una obra única en el continente y con una trascendencia sobre el sistema de ideas latinoamericano que es fundamental. En esta obra Ramos desarrolla eso que "se cifra en el nombre" –como decía uno-, eso que estaba en aquél título de “América Latina: Un país”, y muestra de qué manera el futuro de nuestra unidad latinoamericana está signado por el inicio de nuestra vida independiente. 
Y más aún. Aún antes de nuestra vida independiente, las condiciones impuestas por la corona española sobre el nuevo mundo determinaban que esto debía ser una sola y gran Nación. A partir de esto analiza de qué manera ese proyecto originario que expresaban Artigas, Bolívar y San Martín fue agonizando, fue deteriorándose; qué intereses concurrieron para que el proyecto se fragmentase, para que esas grandes visiones continentales que caracterizan la prosa de Bolívar terminaran en pequeñas e impotentes repúblicas dotadas de todos los elementos formales que constituyen el estado burgués, pero ninguno de sus elementos constitutivos materiales. Que actúan como estados burgueses, pero que no tienen la base material para ser verdaderos Estados burgueses y, por lo tanto, se convierten en correa de transmisión de las políticas imperiales. 
Este libro desglosa, en sus grandes líneas, la fragmentación y la balcanización sudamericana y aporta otro elemento que es fundamental: da una lucha implacable contra dos terribles plagas que azotaron nuestro continente, con efectos tan perniciosos como las que azotaron Egipto: el cubanismo y la lucha armada. 
La revolución cubana, su novedad, su inesperada resolución fue –para la generación anterior a la mía- el gran elemento nutriente. Y se convirtió, de una revolución viva, concreta, hecha por hombres y mujeres con enormes sacrificios, en un país que está a un tiro de piedra de los Estados Unidos, en una abstracción metafísica, en una especie de libro de Jorge Bucay, en la que se encontraban las respuestas a todos los males del género humano. Y esta respuesta estaba dada por la aparición de un nuevo protagonista, el campesinado, y un nuevo demiurgo, el guerrillero. El guerrillero que introduce en los campesinos la idea del levantamiento socialista y que, a través de su sacrificio, –heroico y desinteresado- logra redimir al conjunto del género humano. Ésta es la ideología latente en este cubanismo que caracterizó a los años ’60 y que terminó en el terrible proceso de las luchas armadas, en el movimiento guerrillero en los distintos países de América Latina, inclusive en el nuestro. 
Jorge Abelardo Ramos, en la “Historia de la Nación Latinoamericana”, da un debate profundo, ideológico, político, argumental, usando todo tipo de instrumentos intelectuales, para intentar explicar y aclarar a las nuevas generaciones que, por ese lado, iban a un matadero sangriento. Uno podría decir que, lamentablemente, tuvo razón. Methol Ferré –a quien cito en esto porque posiblemente sea la persona que más cerca estuvo de ese lejano y a veces frío corazón de Jorge Abelardo Ramos; fue su mejor amigo y, posiblemente, después de la muerte de Alfredo Terzaga, su único amigo- nunca se cansa de decir -cada vez que uno hace esos viajes a la Meca de Montevideo para charlar con él- que el Colorado cumplió una tarea que la posteridad le va a reconocer: que salvó a miles y miles de jóvenes de ese inicuo martirio. Y creo que esa lucha, los elementos intelectuales de esa lucha y de esa discusión están dados en la “Historia de la Nación Latinoamericana”. 
Y por último, la última gran batalla que dio Jorge Abelardo Ramos quizás haya sido la que libró durante la guerra de Malvinas. También ahí cumplió su papel –ése para el que tenía tanta capacidad- en el análisis y difusión propagandística de las características nacionales y legítimas de la guerra. Posiblemente, uno de sus más destacados méritos como político haya sido su gran capacidad propagandística. 
Hay historiadores que intentan minimizar la importancia de Jorge Abelardo Ramos en la elaboración y creación de estas ideas que he estado enumerando. Estos críticos, para, disminuir la importancia de Ramos en su propio pensamiento y, hasta, en su propia vida, sostienen que, en realidad, esas ideas son de Aurelio Narvaja, y que lo único que hizo Ramos fue repetir lo que había escuchado del pensador y político santafesino. 
Este punto de vista es de una mezquindad ilimitada, de la cual Aurelio Narvaja fue y es absolutamente inocente. Más allá de las reflexiones de Aurelio Narvaja, y del aporte que estas reflexiones hayan tenido en la elaboración del pensamiento básico de Jorge Abelardo Ramos, es evidente que estas ideas son conocidas urbi et orbi por la prodigiosa capacidad literaria, propagandística y agitativa del Colorado Ramos para hacerlas conocer y trascender el pequeño cenáculo de iluminados trotsquistas en cuyo seno contribuyó a forjarlas. Fue la lucha pública y personal que llevó adelante Ramos, contra todas las fuerzas de la reacción, de derecha a izquierda, la razón por la cual esas ideas salieron de la catacumba a la luz: por su lucha, y por la capacidad que tuvo de nuclear a cientos, a miles de compatriotas, provenientes de distintas extracciones políticas, alrededor de él, vinculados a él, y que tenían, como base general de pensamiento todas estas ideas, estas ideas por las que algunos críticos pretenden restarle mérito. 
En esto Ramos era un político extraordinario, era un tipo que tenía una enorme capacidad mediática -por lo menos en los términos en que los medios se manejaban en la época en que él vivió, por supuesto que hoy todo es distinto-. Pero digamos que su capacidad mediática solamente es comparable a la de Arturo Jauretche. Disponía de una admirable capacidad para penetrar el muro de aislamiento e indiferencia con que el régimen lo proscribía, una enorme creatividad para elaborar síntesis extraordinarias –especie de epigramas- que cerraban toda discusión posible. Como cuando le dice a Galtieri: “Muy bien, General. Hemos echado al inglés. Sería bueno que ahora echemos al Alemán”
Esta capacidad para encontrar el chiste, la réplica, el retruécano, la síntesis, esta capacidad de decir la última palabra y de dar a la vez la sensación de que no cabe otra más, era uno de sus grandes atributos como político. 
Y, a la vez, su prodigiosa oratoria. Ramos fue uno de los oradores más extraordinarios que he escuchado. La presentación que hacía de la historia y de la política daba la sensación, a sus oyentes, de estar viendo una superproducción de cine: uno veía pasar esos ejércitos de desarrapados criollos que iban a combatir a atildados oficiales españoles, veía cabalgar a las montoneras federales, flameando el rojo pabellón empolvado por mil batallas, veía a los inmigrantes, con el miserable atadito de sus pertenencias, llegando al puerto de Buenos Aires. Veía desfilar ante sus ojos todo lo que su enorme capacidad retórica explicaba, dejando impregnado para siempre en el cerebro de sus escuchas estas imágenes que él dibujaba verbalmente, para que, justamente, se convirtieran en el dato constitutivo de esta nueva manera de ver la Argentina y América Latina. 
¿Qué ha quedado de todo esto? 
Bueno, modestamente, hemos quedado quien les habla y una legión de compañeros y amigos en todo el país. Pero sospecho que algo más debería haber quedado. Sintetizaría el legado de Jorge Abelardo Ramos en éste 2006, a doce años de su desaparición física, en los siguientes puntos: 
La interpretación de los movimientos nacionales y su relación con el desarrollo de las sociedades semicoloniales. No me refiero únicamente al peronismo, sino a los movimientos nacionales en general. Su crítica, por lo tanto, al sistema de los partidos tradicionales. Su interpretación de la naturaleza de los movimientos nacionales, latinoamericanos y del Tercer Mundo. Su análisis sobre el papel del caudillo como sintetizador de los distintos elementos que componen al movimiento nacional. Estos recursos, estas herramientas intelectuales que él ha aportado, siguen teniendo la misma vigencia que tenían el día en que uno –hace cuarenta y cinco años- abrió por primera vez las páginas no refiladas de “Revolución y contrarrevolución en la Argentina”. 
Otro elemento que Ramos aporta, y cuya vigencia es tan actual como la del que acabo de describir, es su interpretación del papel de los ejércitos en el mundo semicolonial. El papel bifronte de las clases medias, de las cuales los ejércitos no son sino una parte, tanto en la revolución, como en las contrarrevoluciones; esas clases medias, colonizadas ideológica y mentalmente por el imperialismo y las oligarquías, a su vez, constituyen una de las fuerzas sociales fundamentales para la convergencia en el gran movimiento nacional liberador. La crítica que Ramos hace al progresismo abstracto y a su falso democratismo tiene su eje en el papel desorientador de las aspiraciones de estas clases medias, como artilugio intelectual que los lleva a un camino sin salida, y con el que evitan enfrentar la verdadera solución. 
Y, por último –pero no con menos vigencia, ya que tal vez hoy brilla con su máximo esplendor-, su concepción admirable de la unidad latinoamericana tal y como hoy se está estructurando. Hoy al mediodía miraba la transmisión televisiva de la Cumbre de Presidentes del Mercosur en Córdoba mientras hablaba por teléfono con un amigo. Cuando estaba hablando Hugo Chávez, le hice un chiste a mi amigo. Le digo: 
“Esto no existe. Esto es un producto de la cabeza del Colorado, este hombre no existe. No puede ser verdad tanta belleza: que haya, como clamaba Ramos en cada uno de sus textos, un militar, hijo de las clases medias pobres, de un país semicolonial, que plantea la unidad latinoamericana sobre la base de la unificación de los pueblos. Esto es un producto de los libros del Colorado, y lo que ocurre es como en la película ‘Matrix’, donde pasan cosas que no pasan”. 
Verdaderamente, ahora más que nunca, el proceso de unidad latinoamericana ha avanzado por los carriles que la interpretación que sobre ella hiciera Jorge Abelardo Ramos ofrecía a nuestra lectura. 
La vigencia de los movimientos nacionales, es decir, de esos grandes frentes nacionales antiimperialistas, integrados por vastos sectores sociales de las sociedades semicoloniales, conducidos generalmente por un caudillo, con las características que tenía en el siglo XIX Bonaparte, en el siglo XX Perón y en el XXI Chávez; la vigencia del proyecto de la unidad latinoamericana, creando un arco de países hispanoparlantes capaces de establecer un equilibrio con el gigante lusitano, son los elementos que el pensamiento, la obra, la acción política de Jorge Abelardo Ramos nos han legado hasta nuestros días, y que tienen una vigencia y una utilidad política incomparable.
Muchas gracias.