22 de marzo de 2016

Una fantasía ante los sucesos argentinos y brasileños

El año 1954 empezó muy mal para el presidente Getulio Vargas. La presión parlamentaria de la oposición le obligó a pedirle la renuncia al joven ministro Joaõ Goulart. Su ex canciller João Neves da Fontoura -que ya lo había dejado en la estacada, uniéndose a la revolución “constitucionalista” de los cafetaleros paulistas, en 1932-, había comenzado una injuriosa campaña en la prensa, denunciando que el presidente estaba preparando un pacto secreto con Perón, contra los EE.UU. y con el propósito de imponer un estado “sindicalista”.
El antiguo militante comunista, convertido en un feroz anticomunista pronorteamericano, Carlos Lacerda desde su cloaca periodística Correio da Impressa, y con la protección de la Fuerza Aérea, abrumaba a sus lectores con permanentes denuncias de corrupción hacia el presidente y todo su entorno. En su diario se publicó la denuncia formulada por Neves de Fontoura acerca de que su renuncia fue para repeler” un emisario de Perón a Vargas, que había venido directamente a entenderse con Getulio, pasando por encima de su ministerio.
El millonario Francisco Assis de Chateaubriand, “Cható”, era dueño de "Diários Associados", entonces el mayor conglomerado de medios de comunicación en América Latina, que llegó a tener más de cien periódicos, revistas y agencias telegráficas, más emisoras de radio y de televisión. Con una fortuna hecha sobre la base del chantaje, Cható había sintetizado de esta manera la inserción internacional de su país: Delante de los EE.UU. Brasil se encuentra “en la condición de una mulata 'sestrosa' (sensual, cautivante y deseable) que debe aceptar la voluntad de su 'gigoló'”. Su cadena inundaba con calumnias sobre el gobierno que le había ayudado a forjar su fortuna y hasta secuestrar, con una ley a su medida, a una hija de manos de su madre. Mientras que desde su curil de senador denunciaba el “imperialismo argentino” y afirmaba:“El Uruguay es una provincia brasileña. Ya, por lo demás, aconseje a los uruguayos que retornaran a la comunidad brasileña, en una de las veces que estuve allí. Tengo con este país el complejo de Electra. Soy imperialista nato y creo que debemos cambiar el nombre de República de los Estados Unidos del Brasil por el de Imperio del Brasil y volver a ser impetuosos ‘imperiales’ del tiempo de la guerra de los Farrapos”.
Los rivales de Vargas eran, como lo habían sido siempre, los dueños de la "hacienda y la tienda" los hacendados del café, los importadores y exportadores y los productores nacionales de alimentos. Aunque el sector había ido perdiendo peso político, tenía una gran incidencia como grupo de presión. En términos económicos se habían favorecido por el alza de los precios del café en 1949 y al estallar la guerra de Corea. La presión se ejercía principalmente por medio de las Asociaciones Comerciales. Estas Asociaciones estaban organizadas en el país desde muy antigua data y eran adversarias decididas de la industrialización, porque ella, en último análisis, les quitaría el lugar de intermediarios de las fuentes externas de abastecimiento, a la vez que las medidas de proteccionismo volvían más difíciles y costosos los negocios de importación.
Los partidos opositores habían logrado encontrar apoyo en sectores de la alta oficialidad de las Fuerzas Armadas y, en medio de ese ambiente de creciente tensión y enfrentamiento, en el mes de agosto un pistolero disparó sobre el jefe político de la oposición golpista, Carlos Lacerda, en Copacabana. El periodista salió levemente herido pero fue muerto el mayor de Aeronáutica Rubens Florentino Vaz que integraba su grupo de guardaespaldas. El asesinato provocó una onda de repudio que fue asumida pasionalmente por la Fuerza Aérea, la que constituyó una comisión investigadora. Esta llegó a la conclusión que el pistolero había actuado a las ordenes de Gregorio, un gaúcho analfabeto que, desde hacía treinta años, servía a las órdenes de Getulio1.
La crisis política ya estaba en la calle. Aparec un llamamiento de un grupo de oficiales de las FF.AA. pidiendo la renuncia del presidente, mientras en las oficinas de los grandes exportadores e importadores, en los directorios de los bancos y en las redacciones de Chateaubriand y de Marinho se celebraba ya la caída del presidente Vargas.
En la madrugada del 24 de agosto, Getulio convocó a una reunión de gabinete. Allí comprobó que, a excepción de Tancredo Neves, todos sus ministros estaban a favor de la dimisión. El presidente insist en su firme postura de no renunciar y prouso un pedido de licencia, mientras agregaba: “Si vienen a deponerme, encontrarán mi cadáver”. La ofensiva y la traición no cedieron. El ministro de Guerra, en nombre de las FF.AA., le exig la renuncia.
Ante lo inevitable de la situación y al ver que todos los caminos de la negociación estaban cerrados, Getulio se retiró a su cuarto. Es un cuarto amplio, espacioso. El mobiliario es una gran cama, un escritorio y un sillón. Se desvistió lentamente. Se puso un pijamas a rayas, como solía usarse. Se acercó al escritorio y escribió de puño y letra una carta de solo cinco carillas. La firmó con letra segura y pulso estable.
Del escritorio sacó el revolver que allí guardaba. Se sentó en la cama. Llevó el caño del arma a la altura del corazón. Suspiró hondamente. Seguramente pasó por su cabeza la inmensidad de su país, los años transcurridos desde aquel levantamiento de 1930 y los prodigiosos cambios que habían ocurrido. Generaciones de brasileños, bandeirantes ambiciosos, esclavos hacinados en el sensala, indígenas de lo profundo de la prodigiosa foresta, la cópula brutal del fazendeiro y la bella africana, el amor libre e igualitario de negros, blancos e indios de los quilombos de Zumbí, la crueldad de los cangaceiros y el misticismo del Conselheiro, una infinita escola de zamba pasó por los ojos del gaúcho, taciturno y astuto. Volvió a suspirar y apretó el gatillo.
Su carta, que sería su testamento político, quedó como una acusación permanente a los mezquinos intereses que exigían su renuncia. Con su muerte, se anticipaba a la puñalada trapera del golpe, y exponía ante el pueblo brasileño la miseria de la conspiración. Su trágico sacrificio le dio a la democracia de su país diez años más de sobrevida y un mensaje perenme de responsabilidad política.
Al año siguiente, las mismas fuerzas sociales, los mismos intereses latifundistas, exportadores y bancarios, con el mismo despliegue de moralina hipócrita, con el mismo subterfugio republicano obligaban a Juan Domingo Perón a refugiarse en una embarcación paraguaya. Mas de 1000 muertos, ciudadanos desarmados e indefensos, e infinidad de heridos era el saldo que dejaba la infamia oligárquica. Vinieron para arrasar con los diez años peronistas, pero, sobre todo, con la intención de borrar de la memoria popular esa experiencia.
En el camarote de la humilde embarcación militar paraguaya, el general que se negó a derramar sangre entre hermanos, vio también, seguramente, pasar, en esas noches, el país que había encontrado y el país que dejaba. La fábrica de aviones, los astilleros, la marina mercante que nos beneficiaba en los fletes de la exportación, las miles de fábricas que a las seis de la mañana tragaban a millones de oscuros trabajadores, que una década atrás, cuidaban una majadita de ovejas en las provincias norteñas, esas multitudes eufóricas gritando a coro su nombre que tan bien se prestaba a las rimas, el agradecimiento de esos ancianos y ancianas que habían encontrado un poco de dignidad en el ocaso de sus vidas y el amor religioso que le profesaban a la pobre Eva en su joven agonía, debían aparecer proyectadas en las frías y metálicas paredes, en esas largas noches en vela. Y debió surgir en su memoria, con seguridad, el abrazo que nunca fue posible con el gaúcho de San Borja, esa entrevista que, aquí y allá, habían impedido los que, allá, lo llevaron al suicidio y acá, lo empujaban a un destierro que, sabía, sería largo.
Quizás, si hubiésemos podido abrazarnos, si hubiésemos podido sentarnos a conversar de esa alianza que yo me había imaginado, si nuestra incipiente industria pesada podía sumarse a esa Corporación do Vale do Rio Douce que le arrancó a los yanquis con astucia y firmeza, si sumábamos esfuerzos para fortalecer nuestra fábrica de aviones en Córdoba, si podíamos mandar a su país nuestras heladeras Siam, con alguna inversión que ellos pudieran hacer para permitir el esfuerzo, nada de esto hubiera pasado, quiero creer que le pasó por la cabeza al General solo, derrotado y en vela.
El triunfo electoral de Macri y la intentona destituyente contra Dilma y Lula, la complicidad del sistema judicial y de los monopolios mediáticos me hicieron reflexionar sobre estos hechos históricos. De aquellos días de 1954 y 1955 y de estas jornadas más cercanas en el tiempo queda un dato esencial e insoslayable: Argentina y Brasil son los dos países en cuyo destino se juega y se cifra el destino del continente. Quien no lo vea, será un ciego o un cómplice de nuestro sometimiento.

Buenos Aires, 22 de marzo de 2016


1 Ver Un solo impulso americano - El Mercosur de Perón, Julio Fernández Baraibar, Fondo Editorial Simón Rodríguez, Buenos Aires, 2004.

9 de marzo de 2016

La alternancia, según Aldo Ferrer

El 18 de diciembre, una semana después de asumido el nuevo gobierno liberal, publiqué en este blog:

“Como se ve, las diferencias no son tan solo entre un partido que favorece más a los ricos y otro que favorece más a los pobres. Imaginemos que hubiera un partido que sostiene el establecimiento de la esclavitud y la economía de plantación y otro que sostiene su abolición para poder desarrollar la mano de obra libre necesaria para un proceso industrial. Sería imposible pensar que esos partidos podrían alternar en el gobierno y que cada cuatro u ocho años se estableciese la esclavitud, para, en el siguiente recambio, abolirla.


Exactamente eso es lo que ocurre en la Argentina desde 1945. El período más largo en el que hemos podido gobernar ha sido este. Nunca pudimos, hasta ahora, superar los 12 años, si, un poco arbitrariamente, no incluimos el período que va de 1943 a 1945. Y como estamos viendo, no nos reemplaza un gobierno que intenta desde una perspectiva más conservadora, o más empresarial, o más dialoguista, o más, inclusive, pronorteamericana, corregir los errores, desvíos, incorrecciones y desajustes que se pudieron cometer. No. Nos reemplaza un gobierno que pretende restaurar la esclavitud, es decir, destruir toda la estructura defensiva, de carácter capitalista, autónoma y sobre la base del mercado interno y la integración latinoamericana, considerada como una potencial ampliación del mercado interno. Nos reemplaza un gobierno cuyo objetivo es no dejar rastro alguno de estos doce años en la estructura del estado y, de ser posible, en la memoria de nuestro pueblo”.


Aldo Ferrer publicó lo que creo ha sido su artículo póstumo en Le Monde Diplomatique de marzo de 2016 con el título “El regreso del neoliberalismo”.


En él podemos leer:


“En las economías industriales avanzadas también se registra la alternancia, que a veces incluye cambios de rumbo radicales. Por ejemplo, el que tuvo lugar, hacia 1980, entre los modelos keynesiano y neoliberal a partir de los triunfos electorales de Ronald Reagan en Estados Unidos y Margaret Thtcher en Gran Bretaña. En esas economías la alternancia afecta principalmente la distribución del ingreso y el nivel de actividad. La estructura productiva diversificada y compleja, el papel esencial de la ciencia y la tecnología y la posición en el mercado mundial no se ven esencialmente comprometidos. En Argentina, en cambio, se pone en juego la totalidad del modelo de desarrollo e inserción internacional, la distribución de la riqueza y el ingreso y los equilibrios macroeconómicos.


En nuestro país, la alternancia refleja la dificultad para construir un proyecto de desarrollo hegemónico viable y de largo plazo” (la negrita es nuestra).


Con distintas palabras, con un estilo más sosegado y académico el maestro que se acaba de ir coincidía en el análisis.



En 1963, Ferrer escribió “La Economía Argentina” -libro que en nuestras lecturas juveniles alternaba con “La Historia de la Revolución Rusa “ de León Trotsky y “La hora de los pueblos” de Perón, para intentar dar una síntesis espiritual de aquellos años-. Uno de los aportes centrales que allí formula, en curiosa coincidencia con la Izquierda Nacional, es que la clase propietaria del suelo en nuestro país no respondía a los incentivos económicos para el aumento de su productividad, es decir no actuaba como una burguesía, sino como una clase rentista. Desde aquellos lejanos días celebro estos acuerdos tácitos, que dividen el campo nacional del antinacional.

Buenos Aires, 9 de marzo de 2016


8 de marzo de 2016

Hoy nuestra densidad nacional es menos densa


Este pequeño gigante que nos acaba de dejar parecía gozar de la benéfica maldición de Gilgamesh, el héroe sumerio: la inmortalidad. Aldo Ferrer, de él nada menos se trata, atravesó varias generaciones de argentinos que lo conocieron por una sola cosa: su pasión por construir una Argentina industrial, justa, independiente y soberana. Crear un país con “densidad nacional”, como él llamaba a ese elemento indefinible, impreciso e imprescindible que otorga grandeza y voluntad de ser.

Aldo Ferrer nació en 1927 y perteneció, años más, años menos, a la generación de Antonio Cafiero, de Leonidas Lamborghini, del brasileño Helio Jaguaribe, su amigo dilecto y de Gabriel García Márquez. Este hombre de pequeña estatura y espíritu ciclópeo atravesó el siglo XX y tuvo el gusto de entrar en el XXI con esas banderas en alto que no arrió ni en los momentos más oscuros y siniestros.

Fue el arquetipo de un economista nacional, de un político que puso su conocimiento técnico y sus intuiciones políticas al servicio del fortalecimiento industrial de la Patria. El siglo XX lo encontró en sus años jóvenes enfrentado, desde su militancia radical, al peronismo de los años 40. La historia es arbitraria y muchas veces y por algunos momentos separa y enfrenta a hombres y mujeres por cuestiones secundarias. Pero su perseverancia y la claridad de sus objetivos acercaron a Ferrer, pasados los años de la exasperación, a sus viejos enemigos peronistas, en el descubrimiento de que los objetivos finales eran mucho más comunes que lo que la ofuscación juvenil había permitido entender.

Si hay una figura política argentina que logró crecer en su brillo, prestigio y admiración, a través de los años, esa figura fue don Aldo. Siempre lejos del sectarismo partisano, siempre abierto a las nuevas generaciones y sus inquietudes, fue el primer historiador sistemático de nuestra economía. Su texto “La Economía Argentina”, de 1963, fue y sigue siendo la puerta introductoria para el abordaje histórico de la economía argentina y su periodización, así como al análisis de las dificultades que plantea el despegue hacia una economía industrial.

Fue ministro de Obras Públicas, primero, y de Economía, después, en el gobierno militar de Levingston. Incluso en esas condiciones Ferrer dio la batalla por la industria nacional y su desarrollo. La Ley de Compre Nacional, por la cual el Estado debía favorecer a los productores argentinos en sus compras, fue uno de sus logros, que perduró en el tiempo, más allá del momento inconstitucional en que fue dictada. Fue en esa época en que Jorge Abelardo Ramos, que disponía de una gracia y puntería especiales para poner sobrenombres a las personas públicas, lo llamó “Stolypin”. A los no versados en la historia de la Revolución Rusa les cuento que Piotr Arkádievich Stolypin fue un primer ministro del Zar Nicolás II, entre 1906 y 1911, cuya política respondía, por un lado, al más profundo respeto a la corona de los Romanoff y, por el otro, a la modernización capitalista del extenso país. Lenin había escrito que de haber continuado la política de Stolypin la Revolución Rusa se hubiera postergado varios decenios. La presencia del industrialista nacionalista en el gobierno de la Revolución Argentina le recordaba a aquella figura. Muchos, muchos años después, ya fallecido el autor del chiste, le pude contar a don Aldo acerca de ese sobrenombre. Su carcajada me expresó que había entendido el matiz entre positivo e irónico que el mismo tenía, a la par de festejar la ocurrencia de Abelardo.

Su obra doctrinaria y académica lo convirtió en un referente de la economía latinoamericana y de todo proceso político de integración. Desde la CEPAL en Santiago de Chile, desde San Pablo o Caracas, Aldo Ferrer intentó machaconamente, tozudamente, explicar una y otra vez los mecanismos económicos de nuestra industrialización y, sobre todo, las trabas que nuestra herencia agro o minero exportadora ponían a la misma. Explicó como nadie y a miles y miles de economistas y políticos, civiles y militares, el papel que una política monetaria jugaba en ese proceso y los peligros de un dólar barato, para todo intento de sustitución de importaciones.

Enemigo declarado y militante del endeudamiento externo planteó una y otra vez, en cuanta oportunidad se le presentaba, la necesidad de vivir con lo nuestro, de extraer de nuestra capacidad productiva los recursos necesarios para el despegue, estabilidad y consolidación de una economía industrial. Enfrentado abiertamente con el liberalismo monetarista, no ahorraba epítetos y desprecio hacia los corifeos locales que llenan los estudios televisivos y la paciencia de sus compatriotas.
Pero además este hombre de corta estatura, de cuidada y no afectada elegancia, con un modo de hablar que recordaba ciertos giros y prosodias de la Argentina de los años '50, era un extraordinario, consuetudinario y leal tanguero, un bailarín de tango de asistencia perfecta, bienvenido por una concurrencia de hombres y mujeres que conocían su fama e importancia y que lo recibían como un milonguero más, entrador y debute. El salón Argentina lo veía llegar todos los martes a media tarde para dar unas vueltas por las pistas con señoras y señoritas que esperaban ser invitadas por un cabezazo de don Aldo.

En sus últimos años recibió y apoyó con entusiasmo el período iniciado con Néstor Kirchner en 2003. Dio consejos y recomendaciones, puso su esfuerzo y saber al servicio de la Patria, como lo había hecho toda su vida. Fue embajador de Cristina Fernández de Kirchner -por quien tenía un especial afecto, casi paternal- en París y se puso al hombro, pasados los 80 años, la dirección del periódico especializado BAE, Buenos Aires Económico, donde sus artículos iluminaban a ministros, funcionarios y políticos.

Aldo Ferrer, en esas picardías que pone Clío a su quehacer, muere el día en que el Congreso de la Nación inicia la discusión de la ley que prohibe abrir o mejorar la oferta en el proceso de canje de bonos en cesación de pagos, llamada Ley Cerrojo. Hasta el último aliento de una vida rica y ejemplar Aldo Ferrer luchó por el desendeudamiento nacional, contra los fondos buitres y contra toda atadura contractual a nuestro desarrollo autónomo y soberano. 

Un mes antes de cumplir los 89 años, don Aldo pegó el portazo. Nos dejó, entre una herencia que nuestros hijos y nietos sabrán aprovechar, las siguientes líneas, tomadas de La Economía Argentina en el Siglo XXI:

En estos primeros años del siglo XXI el país ha resurgido porque fortaleció su densidad nacional en todos los frentes: la inclusión social, la impronta nacional de los liderazgos, la fortaleza institucional y el pensamiento crítico. La posibilidad de navegar a buen puerto en las turbulentas aguas del siglo XXI depende de la consolidación definitiva de la densidad nacional. Si lo logramos, nuestras perspectivas son promisorias, porque el país cuenta con los recursos humanos y materiales necesarios para concretar un gran proyecto de desarrollo nacional”.

Dios dirá - “que está siempre callado”, dice Miguel Hernández- si somos capaces de recoger su optimismo histórico, su confianza en nuestras propias fuerzas y su alegría de combate, en estos días en que las oscuras alas del interés compuesto vuelven a amenazar a nuestra gente.

Don Aldo Ferrer dio de sí todo lo que tenía para darnos. Solo puede haber agradecimiento en su despedida.

Buenos Aires, 8 de marzo de 2016

29 de febrero de 2016

Julio Fernández Baraibar en el CUA, 26 de febrero de 2016

Tres días a la intemperie o veintidós minutos de helado tratamiento

Aquel enero del año 1077 fue particularmente frío en la zona de Parma. En la silla de Pedro se sentaba desde hacía cuatro años un monje benedictino formado en la célebre abadía de Cluny. Su nombre era Hildebrando Aldobrandeschi. Había nacido en la Toscana en un hogar muy humilde, pero gracias a su tío, abad de un convento en el Monte Aventino de Roma, había logrado una excelente educación y se había iniciado en los vericuetos de la corte papal.
La Santa Sede vivía entonces lo que los historiadores eclesiásticos han llamado “el Siglo Oscuro”, un período en el que el nombramiento o “investidura” de obispados y cardenalatos por parte de los reyes de la cristiandad habían convertido a la Santa Sede en un campo de disputa por parte de duques, condes, barones y príncipes y al papado en un poder oligárquico ejercido por unas pocas familias nobiliarias que se encargaban de poner en el trono de la Iglesia a personajes mediocres, insignificantes y maleables a los caprichos imperiales.
El emperador Enrique III se convirtió en el campeón de los nombramientos episcopales. Varias decenas de papas y antipapas se sucedieron a lo largo del siglo X y parte del XI. Muchos de ellos murieron envenados en conspiraciones palaciegas o asesinados por sicarios imperiales, sin que el nombre de ninguno de ellos haya ocupado un lugar importante en la historia. A la muerte de Enrique III existía un verdadero clamor en la cristiandad contra estos excesos del césaropapismo, y una creciente opinión eclesiástica pretendía poner fin a los mismos.
La elección de Hildebrando, por aclamación popular, al papado, con el nombre de Gregorio VII, el 22 de abril de 1073, pondría en marcha una profunda reforma, consistente en quitar a los reyes y al emperador del Sacro Imperio Romano Germánico la facultad de “investir” cargos episcopales o cardenalicios. La elección de Gregorio había transgredido lo establecido por la Iglesia en el sentido de que los Papas solo podrían ser elegidos por el Colegio Cardenalicio y no por el pueblo romano. Pero la presión popular fue tan grande que una semana después los cardenales confirmarían lo exigido por los romanos.
Esta Reforma Gregoriana, iniciada por Hildebrando ni bien asumió el Papado, dio origen a la Querella de las Investiduras. En un Sínodo convocado por el Papa en 1075 se estableció que la Iglesia prohibía y en lo futuro rechazaría toda investidura realizada por los poderes laicos. Esta decisión, que apartaba por completo al poder imperial y monárquico de la administración de la iglesia, produjo el inmediato rechazo del emperador Enrique IV quien nombró obispos en las diócesis que rodeaban a los Estados Pontificios, desafiando el poder papal. Gregorio respondió amenazando al Emperador con la excomunión, a lo que este convocó a un sínodo en Worms, donde depuso a Gregorio VII.
La inmediata respuesta papal fue excomulgar a Enrique IV lo que, en los hechos significaba, que los príncipes cristianos quedaban eximidos de obediencia a su autoridad.
Ante esto Enrique IV vio que su trono peligraba, ya que los príncipes alemanes, con los que tenía una díficil relación, se unían al Papa. Decidió por lo tanto buscar un levantamiento de la excomunión y un pedido de absolución por parte de jefe de la Iglesia. Y comenzó su marcha hacia Roma.
Gregorio VII, ignorando las intenciones del Emperador, abandonó Roma y se hospedó en un inexpugnable castillo en Parma, propiedad de la princesa Matilde de Canossa. Hacia allá marchó entonces el emperador, pero ya no vistiendo las púrpuras imperiales, sino los andrajos de un peregrino. Con la mediación de la princesa de la fortaleza y del abad de Cluny, Enrique solicitó perdón al Pontífice y llegó a Canossa el 25 de enero de aquel gélido año de 1077.
Desde la torre del castillo, el monje Hildebrando tardó tres días y tres noches en recibir al emperador. Tres días y tres noches permaneció Enrique arrodillado y vestido con el simple jergón del peregrino hasta que Gregorio se decidió a recibirlo, al considerar que la humillación a la que lo había sometido sería lección suficiente para dejar establecido sus prerrogativas en el gobierno de Roma y de la Iglesia.
La Humillación de Canossa me vino a la memoria cuando comenzaron a publicarse las fotos y el tenor de la reunión del presidente Macri con Francisco. Los tiempos han cambiado, aun para la Iglesia Católica, en estos últimos mil años. Ya no existen los Estados Pontificios. Cavour y Garibaldi se encargaron de ello y lograron unificar nacionalmente a Italia. El Papa carece ya de aquellas mesnadas, de aquellos tercios de Flandes cuyo caminar balanceado arrastrando la espada se convirtió en expresión de la altivez castrense. La Guardia Suiza apenas logra preservar los escándalos de todo tipo en los que se encuentra envuelta. La excomunión no es, hoy por hoy, una amenaza que haga temblar la pera de ningún jefe de Estado. No obstante la Humillación de Canossa sigue siendo el arma de destrucción selectiva de la que dispone el jefe de la Iglesia Católica.
Los fugaces 22 minutos de entrevista, el rostro huraño y cejijunto, la ausencia más completa de una sonrisa sobre una cara que suele iluminarse espontáneamente de alegría, la distancia protocolar y la preocupación por Milagro Sala fueron lo más parecido a aquella histórica mortificación a la que fue sometido el Emperador. Cierto es que la mortificación y las noches heladas a la intemperie le permitieron a Enrique pasar a la historia como un humilde cristiano, respetuoso de la autoridad papal y, sobre todo, mantener su corona sobre la Cristiandad. El trato dispensado al presidente argentino, lejos de tener el efecto de aquel lejano castigo, afectó profundamente su autoridad, dejó expuesta su supina ignorancia sobre el ancho mundo, su visión pueblerina y parroquial y la distancia que existe entre su programa de gobierno y la prédica social, política y económica que Francisco viene realizando desde su privilegiado sitial a favor de los intereses de los más desposeídos, los excluídos, los periféricos.
Este Papa de una extraordinaria percepción política, con esta recepción a un presidente que se vanagloria de desplegar un programa de apertura de la economía, de libre juego de los poderes financieros, de reendeudamiento, despidos, cierre de fábricas, aumento brutal de los productos de primera necesidad y represión y persecución judicial a los militantes sociales -y ahora a Cristina Fernández de Kirchner-, no ha pretendido ponerle un correctivo a su acción de gobierno, ni tampoco desconocer a la mitad de los argentinos que lo votaron.
Como además conoce perfectamente los intersticios más angostos de la política argentina, la actitud de Francisco está encaminada a ratificar su punto de vista doctrinario, los principios sociales, políticos y económicos de carácter universal expuestos en la carta apostólica Evangelii Gaudium y en la encíclica Laudato Si. Contrariamente al famoso chiste de Groucho Marx, el Papa ha expresado: “Esta es mi opinión. Si no le gusta, es su problema. A mi no me gusta su opinión”. Pero además, y esto creo que es lo más importante de su silencioso y elocuente mensaje, los destinatarios son los dirigentes del peronismo, que juran respetar y seguir su enseñanza, para que entiendan con claridad que la gobernabilidad, los 100 días, el tiempo que hay que darle a un gobierno nuevo, a él no le preocupa en lo más mínimo. Esa política enfrenta y confronta con sus enseñanzas y, así como él, desde la autoridad universal que le da la silla de Pedro, no mostró contemplación, la conducta de los peronistas no puede ser otra que, más allá de cualquier matiz táctico, despegarse y tomar distancia desde los lugares de poder que la oposición mantiene.
Porque, contrariamente, a la mirada de campanario de los analistas oficialistas, no es la situación interna argentina la mayor preocupación de Francisco. Es el destino de nuestro continente lo que desvela al Papa argentino, donde la renuncia a una política de autodeterminación y soberanía, puede hacer naufragar la posibilidad de convertirlo en el nuevo protagonista de una política global de justicia e igualdad internacionales, de una política de pacífica estabilidad mundial.
Todo lo demás es chiquitaje de pigmeos de la que no redime ni la Humillación de Canossa.

Buenos Aires, 29 de febrero de 2016

15 de febrero de 2016

El Rosario a Milagro

A ver. El Papa Francisco ha dicho ante centenares de dirigentes de los movimientos sociales en el Encuentro de Santa Cruz de la Sierra, el 9 de Julio del año pasado, cosas como estas:

-"Las famosas tres T”: tierra, techo y trabajo para todos nuestros hermanos y hermanas. Lo dije y lo repito: son derechos sagrados. Vale la pena, vale la pena luchar por ellos. Que el clamor de los excluidos se escuche en América Latina y en toda la tierra".

- "¿Reconocemos que las cosas no andan bien en un mundo donde hay tantos campesinos sin tierra, tantas familias sin techo, tantos trabajadores sin derechos, tantas personas heridas en su dignidad?"

- "¿Qué puedo hacer yo, cartonero, catadora, pepenador, recicladora frente a tantos problemas si apenas gano para comer? ¿Qué puedo hacer yo artesano, vendedor ambulante, transportista, trabajador excluido si ni siquiera tengo derechos laborales? ¿Qué puedo hacer yo, campesina, indígena, pescador que apenas puedo resistir el avasallamiento de las grandes corporaciones? ¿Qué puedo hacer yo desde mi villa, mi chabola, mi población, mi rancherío cuando soy diariamente discriminado y marginado? ¿Qué puede hacer ese estudiante, ese joven, ese militante, ese misionero que patea las barriadas y los parajes con el corazón lleno de sueños pero casi sin ninguna solución para sus problemas?”
Pueden hacer mucho. Pueden hacer mucho. Ustedes, los más humildes, los explotados, los pobres y excluidos, pueden y hacen mucho. Me atrevo a decirles que el futuro de la humanidad está, en gran medida, en sus manos, en su capacidad de organizarse y promover alternativas creativas, en la búsqueda cotidiana de «las tres T» ¿De acuerdo? (trabajo, techo, tierra) y también, en su participación protagónica en los grandes procesos de cambio, Cambios nacionales, cambios regionales y cambios mundiales. ¡No se achiquen!"

- "Los he visto trabajar incansablemente por la tierra y la agricultura campesina, por sus territorios y comunidades, por la dignificación de la economía popular, por la integración urbana de sus villas, por la autoconstrucción de viviendas y el desarrollo de infraestructura barrial, y en tantas actividades comunitarias que tienden a la reafirmación de algo tan elemental e innegablemente necesario como el derecho a «las tres T»: tierra, techo y trabajo".

- "He conocido de cerca distintas experiencias donde los trabajadores unidos en cooperativas y otras formas de organización comunitaria lograron crear trabajo donde sólo había sobras de la economía idolátrica y vi que algunos están aquí. Las empresas recuperadas, las ferias francas y las cooperativas de cartoneros son ejemplos de esa economía popular que surge de la exclusión y, de a poquito, con esfuerzo y paciencia, adopta formas solidarias que la dignifican. ¡Y qué distinto es eso a que los descartados por el mercado formal sean explotados como esclavos!"

- "En otras ocasiones, bajo el noble ropaje de la lucha contra la corrupción, el narcotráfico o el terrorismo –graves males de nuestros tiempos que requieren una acción internacional coordinada– vemos que se impone a los Estados medidas que poco tienen que ver con la resolución de esas problemáticas y muchas veces empeora las cosas".

- "Del mismo modo, la concentración monopólica de los medios de comunicación social que pretende imponer pautas alienantes de consumo y cierta uniformidad cultural es otra de las formas que adopta el nuevo colonialismo. Es el colonialismo ideológico".

- "Para finalizar, quisiera decirles nuevamente: el futuro de la humanidad no está únicamente en manos de los grandes dirigentes, las grandes potencias y las élites. Está fundamentalmente en manos de los Pueblos; en su capacidad de organizar y también en sus manos que riegan con humildad y convicción este proceso de cambio. Los acompaño. Y cada uno Digamos juntos desde el corazón: ninguna familia sin vivienda, ningún campesino sin tierra, ningún trabajador sin derechos, ningún pueblo sin soberanía, ninguna persona sin dignidad, ningún niño sin infancia, ningún joven sin posibilidades, ningún anciano sin una venerable vejez".

¿Cuál sería la razón para sorprenderse o argumentar que el Papa no conoce Jujuy cuando decide enviar a Milagro Sala, rehén de los encomenderos jujeños, un rosario con su bendición?

Solamente una brutal y escandalosa hipocresía podría generar una fingida sorpresa ante un punto de vista, un juicio y una toma de posición papal que ha sido anunciada y difundida en cuanta oportunidad ha tenido. Cierto es que no ha sido el episcopado argentino, salvo honrosas excepciones como la de monseñor Jorge Lozano, el organismo que más se ha dedicado a hacer conocer a los católicos argentinos el pensamiento de Bergoglio. Más bien han sido algunos fervientes y honestos creyentes, los curas vinculados a la actividad social y algunos muy poco creyentes, como el autor de estas líneas, quienes hemos formado las primeras líneas de defensa de la prédica de Francisco.

Que un sinvergüenza millonario sobre la base de la confusión y manipulación de su pueblo, como Jorge Lanata, cuestione el derecho papal de intervenir apostólicamente en la realidad argentina, regalándole un inocente rosario a una perseguida, da la exacta medida de la calaña moral de los enemigos, ya no del Papa, sino de los pobres, de los excluídos de la Argentina.

He leído en estos días muchas señoras y algunos señores que han dado testimonio de una fe más basada en el derecho a tener mucama con cama adentro que en el amor a los pobres, a los hambrientos, a los desposeídos, que Francisco intenta expresar en textos como los que he citado.

Su religión les dice que en algún momento tendrán que dar cuentas a su Creador de esta fe farisaica. Nosotros, los que sin mucha fe en "el Cielo que me tienes prometido", venimos peleando por Tierra, Techo y Trabajo para nuestros compatriotas y "los pobres del mundo, los esclavos sin pan" no tenemos más que alegría para celebrar el mensaje de Francisco y el rosario de Milagro.


Buenos Aires, 15 de febrero de 2016