23 de julio de 2012

Programa Historia en Debate, con la conducción de Eduardo Anguita, sobre Eva Perón. Invitados: Roberto Vacca, Marcela Castro, Esther Goris y Julio Fernández Baraibar

22 de julio de 2012

 Publicado en Miradas al Sur

Evita: entre la mujer y el símbolo

Año 5. Edición número 218. Domingo 22 de julio de 2012
Julio Fernández Baraibar./ Esther Goris.

El 26 de julio se cumplen 60 años de la muerte de María Eva Duarte de Perón. Aquí se anticipa lo que será el programa televisivo Historia en debate (CN23, hoy a las 22), un homenaje a “esa mujer” –como señalara Rodolfo Walsh en su cuento– que revolucionó la sociedad argentina con su manera de pensar la realidad y de actuar sobre ella. Las voces de la actriz Esther Goris, del escritor Julio Fernández Baraibar y de los investigadores Marcela Castro y Roberto Vacca. También se reproducen fragmentos de los nuevos libros de Felipe Pigna y Norberto Galasso. Y la opinión del historiador Alberto Lettieri. Por eso, por Ella.
Entrevista. Esther Goris y Julio Fernández Baraibar .
Esther Goris es, sin dudas, la imagen cinematográfica más reconocida de Eva Perón. Julio Fernández Baraibar (político, escritor, periodista y guionista cinematográfico) es miembro fundador del Frente de Izquierda Popular que liderara Jorge Abelardo Ramos. Los dos tienen mucho para decir de quien cambió los destinos de la Argentina. Los dos, a su vez, fueron modificados por la vida y el pensamiento de “esa mujer”.
–Esther, ¿cuánto te cambió protagonizar a Evita en el cine?
Esther Goris:
–Cambió la proyección de mi carrera como actriz y tuve la enorme suerte de encarnarla. Lo digo porque, en todo momento, las actrices de 15 a 70 años, y no sólo las argentinas, queríamos encarnarla. De modo que haber sido la elegida para ponerle el cuerpo a un personaje fundamental en el imaginario de todo un pueblo significó una gran responsabilidad. No tuve mucho tiempo para ensayar ser ella. Fue una película de escaso presupuesto que se rodó en cinco semanas. Y eso contribuyó a que me lanzara al abismo. Pero, claro, el personaje lo ameritaba.
–La figura de Evita, para vos Julio, que venís de la izquierda nacional, ¿es más fácil o compleja que otras del peronismo por toda la reconstrucción de su vida mitificada y más llevada a los sacramental que a lo político?
Julio Fernández Baraibar:
–En las conversaciones que tuve con Jorge Abelardo Ramos, que fue en ese sentido el principal maestro, él tenía una alta estima de Eva Perón y comprendía, como pocos en la época, el valiosísimo papel que había jugado para la integración de las mujeres en la política. Digamos el papel igualitarista e incorporado que Evita había jugado. Él tiene una página extraordinaria donde cuenta la vida de esas mujeres de negro, que llegaban de las provincias a trabajar de empleadas domésticas en las casas y cómo Evita y el peronismo las lanza a las fábricas. Convierte a esas chicas con destino de sirvientas en obreras de fábricas, les da sindicatos, buenos salarios, aguinaldo, vacaciones. Dice Ramos que nunca hubo tantas mujeres rubias en la Argentina como cuando apreció Evita: todas las chicas que tenían buen salario podían y querían ir a la peluquería a teñirse para ser como ella.
–¿Qué se mira a la hora encarar a Evita?
E. G.:
–En ese momento no había tanta documentación como ahora. Yo fui al Archivo General de la Nación y pedí que me pasaran todos los pedacitos de Sucesos Argentinos una y otra vez. Incluso hubo biógrafos de Evita que vinieron a conversar conmigo para saber datos de ella. Y también hablé mucho con algunas personas que estuvieron a su lado, como la enfermera que la cuidó en los últimos momentos. Pero el aspecto amoroso era una cuestión a decidir. Juan Carlos Desanzo, el director de la película, y José Pablo Feinmann, el guionista, lo habían dejado librado a nuestra voluntad. Había una cuestión importante a definir: ¿qué pasa con esta mujer y este hombre? ¿Evita lo amaba a Juan? Indefectiblemente sí, y eso era lo más importante para mí. Creo que fui lo bastante objetiva respecto de lo que siente una mujer con la que ya no tenemos oportunidad de hablar. Eva tenía un gran desamparo. Perón hace con Eva como hizo con su pueblo, se caracteriza por descubrir aquello que necesitan. Ése fue su gran talento. Y es esa sed de amparo de su pueblo que termina de convertirlos a ambos en quienes fueron. Hay un instante decisivo en toda pareja en la que el destino los define. Y Eva aparece en la vida de Perón en el momento exacto.
–Desanzo es un director que, en sus películas, se preocupa por las cosas del pueblo...
J. F. B.:
–Desanzo es un gran arquitecto de la industria del cine. Logró hacer esa película de las dos grandes figuras del siglo XX con poco dinero y muchísimo talento.
E. G.: –No sólo eso. Vamos a develarlo, ya que nadie nos puede hacer ningún problema: esa película fue filmada uno a uno. Es decir, como no había dinero para celuloide, cada toma que se filmaba quedaba y no había lugar a errores ni a repeticiones. Además, él dijo: “Yo elijo a quienes creo aptos para hacer los personajes. No los dirijo”. Era mentira, claro, porque si bien no nos dio indicaciones todo el tiempo, preparó todo el terreno para desarrollarnos.
–¿Tuviste trato con Feinmann?
E. G.:
–Ahora somos amigos, antes no. Recuerdo que él llegó con su mujer, María Julia Bertotto, a la filmación y yo estaba desesperada. Ya había rodado casi toda la película y lo vi y lo saludé con mucho respeto y admiración. Pero me puse tan nerviosa pensando que había estado mal que le dije: “Ay, Feinmann, me saludás porque no viste cómo te hice mierda esta película”.
–Julio, con el libro de Jorge Coscia y la película de Paula de Luque volvieron a escena las figuras de Perón y de Evita.
J. F. B.:
–Volvieron en momentos en que el pueblo argentino vive jornadas como las que vivieron Perón y Evita en la década del ’50. Es evidente que hay una gran pasión de las nuevas generaciones por conocer la figura de ambos personajes. Lo interesante de la novela de Jorge Coscia y la película de Paula de Luque es que toma la parte no histórica de Juan y Eva. Uno dice que la historia comienza el 17 de octubre de 1945, cuando se hacen públicos y dirigentes de un proceso transformador, pero esa parte secreta que narraron en la película es muy linda porque es una forma de encarar la intimidad no conocida.
E. G.: –Debo decir que Julieta Díaz encarnó muy bien el personaje. Es la Eva antes del poder, la que no estaba tan segura de sí misma. Sucede con la inteligencia más o menos lo mismo que con la belleza: una mujer que se cree bella termina siéndolo y una mujer o un hombre que se siente inteligente termina por tener algún acierto. Evita reconocía su belleza, pero no le sucedía lo mismo con la inteligencia. Tal vez por su origen, se sentía varios escalones más abajo quizá de lo que debía representar. Proviene de una clase social que estaba habituada a que vinieran los de arriba a decirle qué hay que pensar, cuál es el buen gusto.
–Pensemos cuántas figuras del siglo XX patrtieron desde abajo y llegaron a jugar en las grandes ligas de la política...
J. F. B.:
–Es interesante. Hay una novela de Manuel Puig, Boquitas pintadas, emblemática. Yo tengo la sensación de que Evita es una de esas chicas de las historias de Puig. Esas mujeres de mediados del siglo XX tenían un único objeivo, el matrimonio. Y si fracasaban porque el candidato no era todo lo exitoso que se pensaba, la vida se convertía en una derrota cotidiana. Del seno de esas mujeres simples, de pueblos pequeños como era Junín, salió esta Evita que, de alguna manera, se parece a nuestras madres.
E. G.: –Yo no coincido con esa visión, quizá demasiado masculina y muy argentina. Me parece que Eva Perón no se parecía a ninguna madre de aquel momento. Mi madre fue mucama y mi padre estibador. Mi madre tuvo un gran coraje pero Eva tuvo uno superior a todas las mujeres, excepción de una que ahora está presente, y fue el de construir su propio destino. Sobre todo cuando el destino le marca que tiene que hacerse cargo de un pueblo.
–Eso que decís me recuerda a las cartas del Che Guevara a su madre. Allí uno se encuentra a un pibe de barrio. Y años después, cuando lo vemos en Cuba o en África, es notorio el cambio del hombre que camina alzando pueblos...
E. G.:
–Seguro. Es el mismo paso de aquella niña de 14 años, que quería ser famosa, actriz, a la mujer que acepta el papel que Perón comienza a otorgarle y luego brinda ese salto gigante. En ese cabildo abierto del 22 de agosto, donde un pueblo entero le pide la vicepresidencia, aunque sabe que había grandes intereses para que no lo fuera, ella contribuye con su acto. Sabemos, hoy, que el juego en la pareja era un gran silencio. Perón elegía el silencio y Evita hacía lo que podía. O, mejor dicho, lo que ella pensaba que Perón otorgaba con ese silencio aunque no siempre lo hiciera.
–¿Qué tenía Evita para ser la gran comunicadora que fue? Perón dice que asumió con toda la prensa en contra, pero la prensa no eran todos los medios.
J. F. B.:
–La prensa escrita estaba en contra. El cine era la otra gran herramienta.
–Ellos era los dos grandes protagonistas de esos nuevos escenarios de los medios de comunicación.
J. F. B.: –Sobre todo Eva, que tenía un alto grado de representatividad. Las mujeres humildes se sentían representadas y expresadas por esa mujer. Ella sabía usar esa sensación de representatividad. Además era actriz. Creo que ella se ponía en un lugar expresando un personaje histórico.
E. G.: –Pero también en algún momento se alude a Perón como el macho de Eva Duarte, como el que la domina.
–Claro. No Evita como la mujer de Perón y Perón el primer actor, sino a la inversa. Se dio una situación muy particular con las figuras de Néstor y Cristina. Algo que va más allá del sexo.
J. F. B.:
–No tiene que ver con la relación personal de ellos dos sino con la política. Creo que Evita fue creada, en cierta manera, por Perón. Nada de lo que hacía, creaba o conducía Evita estaba hecho sin la anuencia de Perón.
E. G.: –Yo diría que Penélope teje porque Ulises tarda en volver. Esa trama del tejido de Penélope es porque Ulises está viajando. Creo que hay ahí una historia entre Eva y Perón y también entre Néstor y Cristina.
–Hoy estamos en un terreno más árido pero en democracia. ¿Estamos a la altura indicada para transmitirles a los jóvenes con rigor histórico y con pasión, con equilibrio, la figura de Evita o ellos tienen que reconstruirla y descubrirla?
J. F. B.:
–Creo que ese camino son las dos vías. Si tomamos la experiencia de mi generación, a los 17 años nos hacíamos preguntas y salíamos a buscar respuestas. Y encontramos respuestas en la generación que nos antecedió, en libros que nos permitieron comprender. Y eso es lo que está pasando en estos momentos. Aquí hay toda una generación que accede masivamente a la política con la desaparición física de Néstor Kirchner y que sale a la búsqueda de respuestas. Y elaborarán una nueva manera de pensar la Argentina.
E. G.: –La nueva incursión de los jóvenes en la política tiene que ver un poco con lo que prometió la Presidenta y cumplió: la revolución cultural y poner la política sobre la mesa. Todas las otras bondades son hijas de eso.

Este es el link

16 de julio de 2012

Acto por el Día de la 
Independencia de Venezuela
El 5 de julio de 2012, en el Parque Rivadavia, 
al pie de la estatua de Simón Bolívar.



12 de julio de 2012

Entrevista en Radio Nihuil de Mendoza, 
con el periodista Miguel García Urbani, el 11 de julio de 2012

10 de julio de 2012

El amigo paraguayo de Juan Bautista Alberdi
Gregorio Benites, el embajador del Mariscal López

Gregorio Benites y Juan Bautista Alberdi en una foto tomada en Paris, durante la Guerra del Paraguay
Hace unos meses tuve el honor de ser invitado por nuestra embajada en el Paraguay para dar una conferencia sobre los derechos argentinos sobre las islas Malvinas. A ello se sumó una invitación de la Cancillería paraguaya para exponer sobre el mismo tema en su escuela de diplomacia ante una treintena de embajadores y funcionarios. Esa era mi primera visita a la tierra paraguaya y una de las cosas que más gratamente me sorprendió -y así lo expresé en mis dos intervenciones- fue que una de las calles principales de Asunción, que nace en la misma Plaza del Congreso, llevase el nombre del ilustre tucumano Juan Bautista Alberdi. Me alegró que el esfuerzo político, intelectual y personal que Alberdi le dedicara a la causa del Paraguay en Europa, durante la abominable guerra de la Triple Alianza, tuviese este reconocimiento por parte del pueblo y el estado paraguayos.
Pero lo que ignoraba era que el impulsor de ese homenaje fue el doctor Gregorio Benites, un patriota, intelectual y hombre de estado de cuya existencia nada sabía, pese a haber leído hacía años “Alberdi y su tiempo” del santafesino Jorge Mayer, la mejor biografía sobre el autor de “El Crimen de la Guerra”.
Quien me hizo conocer a este insigne político fue el diplomático Ricardo Scavone Yegros acercándome un pequeño pero rico libro de su autoría sobre Gregorio Benites1. El doctor Scavone Yegros ha trabajado, integrando un equipo de investigadores argentinos y paraguayos, con el archivo de la correspondencia entre Benites y Alberdi, descubierta no hace mucho en la Biblioteca Nacional del Paraguay.
Gregorio Benites nació en Villarrica, un pequeño pueblo ubicado unos cientocincuenta kilómetros al sureste de Asunción, el 25 de mayo de 1834, en los últimos años del gobierno del doctor José Gaspar Rodríguez de Francia. Como todos los jóvenes de su época, a los 17 años se incorporó al ejército bajo el comando del general Francisco Solano López. Participó de las obras de defensa de Humaitá, fortaleza que tendría un esencial protagonismo en la guerra.
A los 23 años se incorporó como escribiente al Ministerio de Guerra y Marina, a cargo de Francisco Solano López. El futuro mártir de Cerro Cora facilitó el acceso del joven Benites a su biblioteca que era “bien surtida”, según él mismo cuenta. Conoció muy de cerca a Solano López quien le aconsejó sobre las “obras que debía leer y estudiar de preferencia”, para “adquirir los conocimientos necesarios al hombre en sociedad”, tal como escribiera posteriormente. Fue secretario de López en su actuación como mediador entre la Confederación Argentina y el gobierno secesionista de Buenos Aires, en 1859. Ya entonces sufrió la primera hostilidad de parte de los ingleses. Cuando el vapor Tacuarí, en el que se trasladaba la delegación, estaba a punto de zarpar rumbo a Asunción, fue interceptado por dos cañoneras británicas, ante la cómplice tolerancia de las autoridades porteñas. Pese a la protesta del general López al gobierno de la provincia separada, los paraguayos debieron realizar un sacrificado viaje por tierra hasta Paraná para poder volver a Asunción. El típico incidente con un súbdito británico, un tal Santiago Canstatt detenido por participar de una conspiración contra el presidente Carlos Antonio López, fue el motivo de la temprana hostilidad inglesa.
Pero este mismo hecho le dio oportunidad para iniciar su carrera diplomática en Europa. El presidente nombró como jefe de una misión a Londres y París, para dar a conocer el punto de vista paraguayo sobre este tema, a Carlos Calvo, entonces cónsul de la provincia argentina escindida en Montevideo. Carlos Calvo, nacido en esa ciudad de padres argentinos, era hermano de Nicolás Calvo, una de las figuras más importantes del partido federal porteño, enfrentado a Mitre, amigo de Francisco Solano López y director de La Reforma Pacífica, diario que defendía la posición paraguaya.
En 1860, Benites abandonó Asunción, adonde no volvería sino once años después. Dejaba un país próspero, pacífico y progresista. Volvió a un Paraguay desvastado por una guerra criminal, sin cultivos, sin industrias, sin hombres. Seguramente sintió en ese retorno los mismo sentimientos que expresó, con dolor solidario, Carlos Guido Spano: “Llora, llora urutaú, / en la rama del Yatay. / Ya no existe el Paraguay, / donde nací como tú”.
La Guerra del Paraguay en Europa
En sus “Anales Diplomático Militar sobre la Guerra del Paraguay” Benites escribió que en marzo de 1864 “amenazados los países del Río de la Plata de una conflagración armada, con motivo de la actitud militar del Imperio del Brasil, en los asuntos internos de la República Oriental, llegó a ser incompatible con los intereses primordiales del Paraguay la presencia de un ciudadano argentino al frente de la representación diplomática en Europa por lo que el gobierno del Mariscal López dispuso dar sucesión a mi jefe de legación, señor Calvo”. La sombra ominosa de la guerra llevada a cabo por el imperio brasileño con la complicidad de Bartolomé Mitre y Venancio Flores hizo necesaria la destitución de Carlos Calvo y un nuevo jefe de legación, Cándido Bareiro, se hizo cargo de la misma. Muy pronto, Bareiro comenzó a alejarse de su gobierno.
Escribe Juan E. O'Leary, el gran cronista de la historia paraguaya: “Se puede comprender la naturaleza de sus quejas y su odio contra los López; lo que no se comprende es que haya esperado su elevación por los mismos López a una posición despues después de haberle costeado su educación en Europa, para ejercer su venganza contra sus verdaderos benefactores, y en detrimento de los intereses fundamentales de su país, que le habían sido confiados”. Es interesante destacar que en sus apuntes Gregorio Benites, secretario de la legación, afirma: Jamás me ha parecido oportuno propender a ese fin (el derrocamiento de López) bajo la invasión de ejércitos enemigos al pueblo paraguayo (…) Ese proceder me parecía la felonía más abyecta e indigna de un hombre honrado”.
Y fue en este momento en que nació la firme amistad entre Benites y el gran exiliado de la dictadura mitrista, Juan Bautista Alberdi. Benites dio comienzo a una intensa campaña periodística, en París y en Londres, para demostrar los derechos paraguayos y la ignominia de la guerra. En esa actividad, el tucumano, mayor que él -había nacido el mismo año de la Revolución, 1810- fue su gran guía intelectual y la cantera inagotable de argumentos a favor del Paraguay y contra la Triple Alianza. Cuenta Benites que Alberdi le decía: “Personalmente no ambiciono nada en recompensa de mi alianza con el Paraguay. Lo que deseo, como argentino, es que si llega a triunfar el Paraguay, ayude con su influencia amistosa la organización de los poderes de la República Argentina, con un gobierno verdaderamente nacional, en que todas las provincias de la Confederación gocen del mismo derecho y de los mismos beneficios que les absorbe la de Buenos Aires”. El drama de la dictadura mitrista sobre el interior – del que la Guerra de la Triple Alianza era tan sólo una expresión- era la única preocupación de Alberdi. Sus trabajos, verdaderos bombardeos estratégicos sobre las pretensiones del Brasil y la política de Mitre, tuvieron una amplia acogida en la prensa europea y socavaron sistemáticamente las posiciones de estos. Benites se encargó de editar y distribuir todos estos trabajos, tanto en Europa como en América.
En 1867 el jefe de Gregorio Benites, Cándido Bareiro, recibió la orden de volver a su país. En lugar de ello, demoró el retorno hasta la caída de Asunción y recaló en Buenos Aires, como aliado de Mitre. Benites quedó por fin a cargo de la legación paraguaya en Europa. Su afán por poner fin, de manera digna, a la matanza del Paraguay lo llevó a entrevistarse con el presidente Ulises S. Grant, el general que había hecho triunfar militarmente, en su país, los mismo principios y derechos nacionales que López en el Paraguay.
De vuelta en París, mantuvo conversaciones con Napoleón III, quien también le manifestó su solidaridad con el gobierno de López. Las razones dinásticas no fueron las menos importantes en la visión del emperador francés. El conde d'Eu, Gastón de Orleans, hijo mayor del Duque de Nemours, estaba casado con la hija de Pedro II, Isabel de Braganza, e integraba el partido legitimista que disputaba a Luis Napoleón el trono de Francia. Este francés, sanguinario y despreciativo, furioso por la muerte en combate de su amante, el general de artillería Juan Manuel Mena Barreto, fue el responsable de la masacre de Piribebuy y del brutal asesinato del defensor paraguayo de la plaza, el general Pedro Pablo Caballero,.
Con la muerte del Mariscal en Cerro Cora, Gregorio Benites decidió cerrar la legación europea. Cuando las tropas alemanas asediaban Paris, antes del levantamiento de la Comuna de 1871, Benites abandonó el continente y después de una estadía en Inglaterra, llegó a Asunción al año siguiente.
Allí comenzó una nueva etapa en la vida de Gregorio Benites. El país en ruinas, ocupado por fuerzas extranjeras y hostiles, lo obligó a volver a vincularse con la vida política, lo que le traería entre otras consecuencias, quince meses de prisión, en las más dura de las condiciones. La acusación de estafas al gobierno y malversación de fondos públicos durante su estancia en Europa fue la calumnia que lo llevó a un injusto cautiverio, detrás del cual Benites siempre supuso las intrigas brasileñas. Un negocio de unas letras libradas por un prestamista inglés, cuyo intermediario era Máximo Terrero, el marido de Manuelita Rosas, fue la causa material de su procesamiento. Su amigo Alberdi lo defendió desde París, en todo momento. Al salir de prisión se exilió en Montevideo y en Buenos Aires. Aquí vivió pobremente, en la localidad de San Martín. En Asunción asumió la presidencia su tornadizo jefe de legación Cándido Bareiro. Sólo después de la muerte de éste, pudo el villarriqueño volver a su Patria.
Su participación en la reconstrucción del Paraguay y su dedicación al Estado lo llevaron a alcanzar los más altos cargos y responsabilidades. En julio 1889, cuando los restos de Juan Bautista Alberdi fueron repatriados, un grupo de paraguayos, entre los que se encontraba Gregorio Benites, se reunió para realizar un homenaje al viejo defensor de los derechos del país. Entre otras cosas, se resolvió que la vieja calle de Atajo, en la capital, llevase en lo sucesivo el nombre del tucumano, ahijado de bautismo del General Manuel Belgrano, el que convenciese a los paraguayos a ser independientes de España.
Cuando el Paraguay vive, nuevamente, momentos difíciles, vaya este recuerdo a uno de sus tenaces defensores contra el Imperio de entonces.
1 Gregorio Benites. Un diplomático del viejo Paraguay. Ricardo Scavone Yegros. Colección Protagonistas de la historia. N° 24. Diario ABC Color. Asunción del Paraguay, 2011.

6 de julio de 2012

Insólita actitud del director de la carrera de Historia de la UBA

Sonido y furia contra el Instituto Manuel Dorrego

Lo que pasó el jueves 28 de junio en la Facultad de Filosofía, en la calle Puan, es digno de este pequeño relato. Pacho O'Donnell había sido invitado por la agrupación Megafón, a dar una charla sobre el revisionismo del Instituto Nacional Manuel Dorrego. Víctor Ramos y quien esto escribe acompañamos a Pacho a la reunión.
Al llegar al aula, en la que había unos ochenta compañeros verdaderamente muy jóvenes, se acercó a Pacho un señor que le dijo que iba a polemizar con él, a lo que aquél le respondió sonriente que con mucho gusto. Víctor Ramos y yo estábamos sentados entre el público y no le vimos el rostro.
Pacho O'Donnell realizó una exposición sobre las razones por las cuales era necesaria esta “otra historia” que expresa el Instituto Dorrego. Realizó una fundada y respetuosa crítica, tanto a la vieja escuela mitrista como a sus actualizaciones contemporáneas expresadas en lo que se denomina “el romerismo”, reivindicando, por otra parte, los aportes de la escuela historiográfica conocida como Historia Social.
Al terminar Pacho su exposición se levantó un señor de enormes bigotes de un estilo que ha dejado de usarse hace más de cien años quien comenzó un discurso agresivo, deshilvanado, ofensivo y, sobre todo, gritón contra el orador.
Éste, entre sorprendido, preocupado y no sin una sonrisa, intentaba responder las agresiones y faltas de respeto, lo que era dificultado por el desorden argumental del señor, que no era otro que Mariano Eloy Rodríguez Otero, el director de la carrera de Historia.
Lucía desencajado y era imposible establecer algún tipo de diálogo o, por lo menos, de debate, ya que vociferaba inconexas agresiones verbales con menciones a su carácter de “anfitrión”. Mencionaba un misterioso regalo que dijo haber traído (y que tenía entre sus manos) pero que no se lo iba a entregar al destinatario, Pacho O'Donnell, por respeto (?). Declaró haber sido la persona que le había recibido la renuncia a Luis Alberto Romero a su cargo, nos acusó de haber llenado de romeristas las universidades del Gran Buenos Aires (?), hizo una confusa y desordenada defensa de su propia gestión, hasta que en una de sus variadas agresiones, Pacho se puso de pie en actitud de retirarse.
El resultado fue que el casi centenar de jóvenes presentes comenzaron a cantar la Marcha Peronista, mientras Pacho, Víctor y yo nos retirábamos sorprendidos. Al parecer, el señor Rodríguez Otero escuchó impertérrito la canción peronista para luego encerrarse en otra aula.
Durante todo el viaje de vuelta no dejamos de preguntarnos qué le había pasado y cuál había sido la razón de su insólita reacción. La duda que me quedó, a mí, personalmente, giraba alrededor de su verdadero estado mental. Pacho O'Donnell reflexionaba, a su vez, sobre el estado de la carrera de historia en estas manos.
La agrupación que había invitado a Pacho, por su parte, emitió un comunicado en el que dice, entre otras cosas: “Tal como lo marcó Cristina, el director del Instituto Nacional de Revisionismo Histórico Argentino e Iberoameridcano Manuel Dorrego dirige un organismo público que responde a la demanda nacional de una historia patriótica, popular y federalista, alternativa a la liberal, oligárquica, porteñista, antipopular y unitaria. Desde Peronismo Militante y, partidcularmente, desde Megafón, esperamos por la recapacitación y disculpas pertinentes por parte de Rodríguez Otero hacia O'Donnell”.

Aquí el vídeo que el propio Rodríguez Otero subio a la web: