26 de mayo de 2020

Una humilde mujer de Avellaneda y el discurso de hoy de Alberto Fernández


Mientras almorzaba un riquísimo mondongo a la española, hoy, a eso de la una de la tarde, veo por C5N -el canal que, pese a ser a veces un poco abrumador, es el único que se puede ver sin correr el riesgo de una úlcera en el duodeno-, a un movilero que entrevista a una joven señora con barbijo, en la cercanía del barrio Azul, en Avellaneda.
Se trata de una muchacha modesta, vestida de jeans, pullover y campera, el pelo teñido de rubio que extraña ya una visita a la peluquería -como le ocurre a todas las señoras que últimamente aparecen en la televisión- y un modo de hablar correcto y cuidadoso. Viene de pedir turno para que le hagan a ella y a su pequeña hija, que sufre una cardiopatía, un testeo de Covid 19 en el centro de emergencia armado en la salita de primeros auxilios.
Y esta mujer, humilde, que puede estar infectada del ubicuo coronavirus, puesto que concurrió al comedor popular que fue el centro del contagio en el barrio, con voz tranquila y firme, reconoce la necesidad de la cuarentena, le explica al movilero la importancia del aislamiento y las palabras del sábado del presidente Alberto Fernández.
La escena es conmovedora. En una barriada de casas bajas y humildes como fondo, con ambulancias y autos policiales, esta joven mujer, llena de responsabilidades por encima de sus propias fuerzas, no manifiesta angustia, ni siente coartada su libertad. Simplemente quiere que el Estado -el sindicato del pobre, parafraseando a Jauretche que llamó “sindicato del gaucho” a las montoneras federales- le asegure que ni ella ni su pequeño hijito enfermo estén contagiados, para poder seguir sosteniendo con su trabajo a la familia.
Una vaharada de indignación y emoción me sube de la boca del estómago. El solo recordar las escenas de anoche, en Tigre, donde privilegiados ociosos manifestaban su odio de clase, su inmisericorida, su miserable egoísmo de piojos resucitados, y, desde la casa de su country, con jardín al fondo, con espacio, con amplios ventanales y con un auto modelo 2019 en el garage, exigían, con altanería de dueños de esclavos, el derecho a romper la cuarentena, me encendían llameantes imágenes de despiadadas “jacqueries”, de cabezas rodando de una canasta sangrante al pie de una guillotina.
Y, de pronto, aparece el presidente de la República, Alberto Fernández, notoriamente cansado, el rostro demacrado, la mirada un tanto agotada, y con su voz suave -Alberto no tiene voz de orador de multitudes, tiene voz de seductor individual, vos de hablar casi al oído- comenzó a urdir un notable discurso. Ante los presentes -intendentes oficialistas y opositores de la provincia de Buenos Aires- Alberto desarrolló lo que es, de alguna manera, el valor más importante establecido por el peronismo en la conciencia política de los argentinos: la igualdad. O si se quiere, su más absoluta oposición a la vergonzosa, humillante y repudiable desigualdad que desde hace años se ha impuesto en nuestra patria.
Su metáfora de las dos realidades sociales separadas por una calle, su denuncia al capitalismo financierizado, su sincera indignación ante el escándalo de un sistema capaz de provocar semejante desigualdad y su argumentación de que la pandemia ha sacado a la luz esta oprobiosa situación se ubica en la mejor, más pura y prístina tradición política del peronismo y, me animo a decir, de los grandes jefes populares del Río de la Plata, empezando por el oriental José Artigas y su “naides es más que naides”. En ese discurso resuena Eva Perón y su tremendo e inconcluso: Con sangre o sin sangre la raza de los oligarcas explotadores del hombre morirá sin duda en este siglo…”. Y se hacen presentes los simples versos de nuestra marcha: “Para que reine en el pueblo el amor y la igualdad”.
Alberto Fernández logró superar el agotador y un tanto monótono informe sobre la lucha contra la pandemia y las distintas medidas que el gobierno toma al respecto y propuso de manera explícita un programa político estratégico: la lucha por la igualdad. Sus palabras se inspiraron en lo mejor del peronismo y se pusieron en la misma frecuencia de onda del Papa Francisco y su Laudato Si, de la que recordó su quinto aniversario. Este discurso ha sido, en cierto sentido, el más importante en lo que va de estos meses de encierro, porque propone un desafío al futuro que compromete a la sociedad argentina en su conjunto.
No más un capitalismo financierizado, volvamos al viejo capitalismo productor de mercancías y hagamoslo respetando nuestro inmenso hogar, el planeta que acogió y permitió el desarrollo y crecimiento de los hombres y mujeres. Para un país que acaba de salir de un período presidencial en manos de los apóstoles de la desigualdad y el sálvese quien pueda, que lleva adelante una durísima negociación por una gigantesca deuda externa por un dinero que se esfumó en cuentas off shore y enfrenta una lucha para evitar que mueran argentinos y argentinas, la propuesta presidencial es un vibrante llamado a la acción política. Sindicatos, cámaras empresariales, partidos políticos, fuerzas armadas y de seguridad, iglesias y ciudadanos y ciudadanas han sido convocados hoy para esta Argentina post pandemia.
Buenos Aires, 26 de mayo de 2020.

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