21 de abril de 2008

Caracas, 19 de abril de 1810 - Buenos Aires, 25 de mayo de 1810

En estos días se ha celebrado en toda Venezuela la fecha que motivó a Andrés Bello a una juvenil canción escrita unos años después, en la que cantaba: "Caraqueños, otra época empieza…".

El 19 de abril del año 10, las clases decentes de Caracas destituyen al Gobernador y Capitán General de la provincia de Venezuela, Vicente Emparán, e instauran una Junta de Gobierno que desconoce al Consejo de Regencia establecido en Cádiz y asume la representación de la autoridad en nombre del rey Fernando VII, a la sazón, como se sabe, en manos de los franceses. Los protagonistas principales de ese histórico Jueves Santo son entre otros: Francisco Salia, quien obliga al gobernador y Capitán General, tomándolo fuertemente del brazo, a volver al Cabildo Abierto del cual se había retirado para ilegitimar su sesión; el ignoto jefe de la guardia del Capitán General, que ordena a su tropa a no repeler la agresión física sobre la máxima autoridad; José Felix Ribas, el agitador que se arrogaba la representación de todos los partidos; el cura chileno Cortés de Madariaga, cuyo discurso llevó al Capital General, Vicente Emparán, a la renuncia final.

La historia ha inmortalizado un momento que, como en una fotografía, se condensa la complejidad de los hechos. Rojo de ira, por el discurso del canónigo chileno, Emparán, declaró que si no lo querían estaba dispuesto a abandonar inmediatamente el cargo. Y mientras hablaba, se dirigió al balcón del cabildo y no se sabe si por audacia o por desconcierto, preguntó a la gente que se había reunido a las puertas del edificio si estaban o no conformes con su gobierno. Al parecer, el pícaro y rebelde chileno, como un moderno productor de televisión, dudando sobre la lealtad de los presentes –muchos de ellos sirvientes y esclavos de los cabildantes- hizo, detrás de Emparán, con su dedo índice la seña de la negación dirigida a algunos de los que pertenecían a la conjura. Un tumultuoso "¡No!" respondió a la retórica pregunta del Capitán General, quien se retiró del recinto, exclamando: "¡Pues yo tampoco quiero seguir mandando!"[1]

Los mantuanos –la clase social de propietarios criollos cuyas mujeres tenían derecho exclusivo al uso del manto- habían logrado ese día, y bajo la "máscara de Fernando VII" –artificio político que se expandió como un reguero de pólvora por todos los cabildos hispanoamericanos- lo que sus anteriores pronunciamientos y rebeliones no habían obtenido.

1795 y el rechazo a la Real Cédula de Gracias al Sacar

El 10 de febrero de 1795 una Real Cédula dictada en Aranjuez y conocida como "de Gracias al Sacar", suspendía las infamantes consecuencias derivadas del carácter de "pardo, zambo o quinterón" y permitía a esas clases –determinadas por su composición racial- la posibilidad de obtener por compra el distintivo título de "Don" y hasta ciertos cargos administrativos, hasta ese momento un exclusivo privilegio de los blancos. La reacción de las clases propietarias criollas no pudo ser más enconada. El ayuntamiento de Caracas, en reunión del 14 de abril de 1796, resolvió enviar al rey una súplica para que se suspendieran los efectos de la mencionada Cédula. Su texto, publicado en la magistral biografía de Simón Bolívar, de Indalecio Liévano Aguirre, merece ser citado:

"Dispensados los pardos y quinterones de la calidad de tales, quedarían habilitados, entre otras cosas, para los oficios de la república, propios de personas blancas, y vendrían a ocuparlos sin impedimento, mezclándose e igualándose con los blancos y gentes principales de mejor distinción, en cuyo caso, por no sufrir este sonrojo, no habría quien quisiera servir los oficios públicos como son los de Regidores y el resto de todos los que se benefician y rematan por cuenta de la Real Hacienda, y podría originarse de esto discusiones de las respectivas clases, por la dispensa de calidad que se les concede a esas gentes bajas que componen la mayor parte de las poblaciones y son por su natural soberbias, ambiciosas de honores y de igualarse con los blancos, a pesar de aquella clase inferior en que los colocó el Autor de la Naturaleza"[2].

Poco caso hizo la Corona a este petitorio. En 1801 una nueva Cédula Real señala las tarifas para abandonar la calidad de pardos y quinterones, para obtener el preciado "Don", así como para la declaración de hidalguía y nobleza. La avidez fiscalista de los Borbones, que en su momento había permitido a los españoles americanos comprar sus recientes títulos de marqueses y condes, amenazaba con arrasar una estratificación social basada en el color de la piel y con el privilegio de los mantuanos. Estas clases propietarias de haciendas cafetaleras y de esclavos africanos entendía confusa, pero visceralmente, que la penetración de las ideas francesas en la corte de Madrid los convertía en depositarios de una misión: conservar en las colonias el viejo orden social. Como ha descrito con acierto el historiador, político y diplomático colombiano antes citado,"uno de los fenómenos más curiosos de anotar en el Nuevo Mundo por aquellos tiempos es el peculiar sentido revolucionario de los criollos: quieren la revolución contra España para conservar el orden tradicional heredado de la misma España"[3].

1808 y el rechazo a José Bonaparte

En julio de 1808, llegó a Caracas de un representante del Supremo Consejo de Indias con la finalidad de exigir el reconocimiento de José Bonaparte como rey de España y del príncipe Murat como teniente general del reino. La respuesta al recién llegado es un motín que se convirtió en una reacción de entusiasmado apoyo y fidelidad a Fernando VII. Mientras en las calles el pueblo de entonces aclamaba al rey y los sacerdotes godos lanzaban maldiciones divinas contra los franceses y sus diabólicas teorías políticas, los mantuanos, a la sombra de sus frescas mansiones, acordaban la constitución de una Junta Suprema de Caracas. Al día siguiente, logran que el capitán general, don Juan Carlos Casas, acepte la instauración de la nueva autoridad local.

Durante varios días logró Caracas reasumir la autoridad metropolitana en nombre de diversas clases sociales. La llegada de un comisionado de la Junta de Sevilla, don José Meléndez Bruna, logró que los españoles europeos –exclusivos administradores de la colonia- volviesen a levantar cabeza y se restableciese la autoridad española, mientras se iniciaba una investigación contra "los traidores a España y la Monarquía".

Los enviados españoles cumplían en las colonias el mismo papel que sus iguales en España. Como ha escrito Jorge Abelardo Ramos: "Mientras las tropas napoleónicas exterminaban a miles de españoles, Fernando VII, en cuyo nombre se combatía, adulaba rastreramente al sátrapa ensoberbecido. Tal era el patriotismo de la realeza y de la aristocracia de España que dominaba las Indias. (…) Todo el alto clero acató el nuevo orden extranjero. Lo mismo hizo el partido de los liberales 'afrancesados', que habiendo perdido toda fe en el despotismo ilustrado español para regenerar España, depositaban ahora sus esperanzas en el absolutismo bonapartista. De este modo se encontraron reunidas las clases más poderosas de España, la putrefacta aristocracia, la dinastía, la jerarquía eclesiástica y hasta el ala liberal"[4]

"El ejemplo que Caracas dio"

Pero en 1810, ese año crucial para Hispanoamérica, los criollos lograron imponer una autoridad de origen local por un tiempo más largo y convocando a hacerlo a todos los cabildos del país que, ya en el mismo mes de abril, comienzan a formar sus propias Juntas. Cumaná, Margarita, Barinas, Trujillo y Mérida serán los cabildos que responden afirmativamente a la convocatoria de Caracas.

Y un poco más de un mes después, en la lejana Buenos Aires, en el confín de la América española, una sociedad menos estamental y racista que la venezolana de entonces, siguió el ejemplo de Caracas.

A diferencia de la sociedad norteña, la esclavitud no constituía un modo de producción. Los "pardos y morenos" estaban en muchos casos manumitidos y formaban parte del sector artesanal de la pequeña aldea. No había plantaciones en el Río de la Plata y el contrabando era la principal actividad de los comerciantes porteños.

El espíritu rebelde, a diferencia de lo anotado por Liévano Aguirre, Picón Salas y la mayoría de los historiadores neogranadinos y venezolanos, no se había constituido en la defensa de privilegios sociales y raciales, sino sobre la defensa del virreinato ante los intentos portugueses e ingleses de ocuparla y sacarla de la heredad española para convertirla en colonia del nuevo imperialismo comercial marítimo.

La Junta porteña, la Primera Junta, tenía en su seno españoles europeos y españoles americanos, y su presidente era un gran hijo del Alto Perú.

Ni la de Caracas, ni la de Buenos Aires, se pensaban a sí mismas como embriones de pequeñas e indefensas naciones. Ambas, y todas las que surgieron en ese glorioso año de 1810, eran manifestaciones de la misma nación que asomaba, con brutales contradicciones y enormes dificultades, a la faz de la tierra.

Por eso es que, cuando la Asamblea del año 13 convierte la marcha de López y Planes en himno de guerra de las provincias del Sur, y cuando el dominio español había aplastado a sangre y a fuego la independencia venezolana, el fervor patriótico del autor pregunta indignado:

¿No los véis sobre el triste Caracas
luto , llantos y muerte esparcir?
¿No los veis devorando cual fieras
todo pueblo que logran rendir?

Es que el poema que Vicente Salia le hiciera a las jornadas del 19 de abril, al calor mismo de los hechos, dejaban a las claras que la lucha no era de parroquia, sino continental.

Decía el caraqueño:

Unida con lazos
que el cielo formó,
la América toda
existe en Nación;
y si el despotismo
levanta la voz,
seguid el ejemplo
que Caracas dio.

Y en eso andamos los suramericanos últimamente.

Caracas, 21 de abril de 2008.


[1] Indalecio Liévano Aguirre, Bolívar, 2ª. Edición, Editorial Grijalbo, Caracas, Venezuela, 2007, pág. 103. Raúl Díaz Legórburu, 5 Procesos Históricos, Academia Nacional de la Historia, Julio-Septiembre, Nro. 347, Caracas, Venezuela, 2004.
[2] Indalecio Liévano Aguirre, Bolívar, 2ª. Edición, Editorial Grijalbo, Caracas, Venezuela, 2007, pág. 95.
[3] Ibídem, pág. 96.
[4] Jorge Abelardo Ramos, Historia de la Nación Latinoamericana, 2ª Edición, Senado de la Naci{on, buenos Aires, Argentina, pág. 116.

2 de marzo de 2008


Partido Socialista Unido de Venezuela

Partido único o

movimiento nacional latinoamericano

El presente artículo salió publicado en la edición argentina de la revista Question Latinoamerica, correspondiente al mes de marzo de 2008.

Si algo tiene de notable el presidente Hugo Chávez es su enorme capacidad para dialogar con su pueblo. Motivado, quizás, por la profesión de su padre –un maestro de provincia- su aparición televisiva, no sólo en Aló Presidente, sino en cualquiera de los programas de noticias y opinión de la televisión pública venezolana, traslucen el objetivo de educar políticamente a su gente, de integrarla a las grandes decisiones políticas, de sacarla de la exclusión política en que ha vivido durante el puntofijismo. Campesinos y citadinos que hasta la revolución bolivariana estaban al margen de la política, participan, se informan y hacen conocer su punto de vista gracias, entre otras cosas, a la enorme y sencilla capacidad de comunicación de su presidente, a su habilidad para hacer sencillo lo difícil.

Este artículo intentará con la misma franqueza con que se expresa Hugo Chávez presentar algunas reflexiones sobre la creación del Partido Socialista Unido de Venezuela. Es una discusión que ha sido lanzada por el presidente venezolano y que, por su alcance, no puede circunscribirse tan sólo a los venezolanos, ya que la naturaleza latinoamericana de la revolución bolivariana nos convierte de inmediato en protagonistas, en sujetos de esa revolución, con mayor o menor grado de incidencia, pero con el mismo grado de compromiso.

Jefatura personal unificadora
Este es un tema que, en todo lo que he leído alrededor del proceso bolivariano, no ha sido tratado con la dedicación que se merece.

La revolución bolivariana tiene una jefatura personal en la figura del comandante Hugo Chávez. Ha asumido el papel que es típico y propio de los grandes movimientos liberadores hispanoamericanos y, en general, tercermundistas, el del caudillo, el del jefe popular -generalmente, pero no necesariamente, militar o de origen militar- que se pone a la cabeza de las grandes mayorías. El caudillo (la palabra caudillo viene del latín vulgar “capitellus”) expresa en su persona el conjunto de las aspiraciones contradictorias de los distintos sectores y clases sociales, de grupos y tendencias, muchas veces en pugna, que se enfrentan al sistema de dominación oligárquico imperialista.

El enfrentamiento nacional con el imperialismo suma a diversas clases y sectores sociales que van desde los marginados urbanos y los campesinos sin tierra a pequeños y medianos productores agrarios ahogados por los monopolios exportadores, desde los trabajadores -allí donde el proceso industrial ha logrado modernizar la estructura productiva- a importantes sectores de la burguesía nacional que encuentran en la estructura importadora un freno al desarrollo de sus actividades. Diferentes estructuras e instituciones, como las Fuerzas Armadas, sectores de la Iglesia Católica, las cámaras empresariales, los sindicatos industriales o rurales, organizaciones religiosas y partidos y movimientos políticos de distintas tradiciones ideológicas concurren al gran torrente de la revolución nacional antiimperialista. Muchos de estas corrientes y tradiciones, de estos sectores y clases sociales sostienen entre sí una pugna, un enfrentamiento, como resultado de sus intereses contradictorios. Esta pugna necesita ser subsumida y unificada en el gran movimiento revolucionario. La jefatura personal juega, entonces, el papel unificador de este mosaico político y social, se pone por encima de esas contradicciones y expresa al conjunto. Se convierte, no sólo en la resultante, sino en el eje articulador de todo el sistema oprimido por el imperialismo.

Esta conducción personal es muy difícil de institucionalizar bajo las formas tradicionales de los partidos políticos, ya que su elemento constitutivo es, por así decir, el diálogo directo entre el caudillo y su base social. El propio Chávez lo ha expresado:

“Chávez es columna central de este proyecto.
Si Chávez se debilita y cae, se viene abajo todo esto. Ellos lo saben.
Chávez no soy yo en lo individual. Chávez aquí es mucho más que una persona.
Chávez es un pueblo, es una conciencia, es una fuerza colectiva a la que le pusieron el nombre mío”.
(Transcripción de Aló Presidente No. 301, 20 de enero de 2008.)

Revolución y partido
En la perspectiva demoliberal tradicional -que ha regido en Venezuela hasta la llegada al poder de Hugo Chávez y que rige en la mayor parte de América Latina- los partidos son organizaciones políticas que expresan distintas visiones de la vida social, distintos intereses sociales, distintas perspectivas y tradiciones, y cuya finalidad es luchar electoralmente por el poder político del estado, relegando al lugar parlamentario de la oposición a los que no lo alcancen.

En la visión marxista clásica, los partidos son expresiones de distintas clases y sectores sociales. Por esta razón, sostienen, es necesario crear un partido que exprese los intereses de la clase obrera, cuyo objetivo es el socialismo y cuyo dominio será el fin de la sociedad de clases.

Desde la interpretación de Lenin del marxismo, –que abarca a stalinistas y trotskistas- el partido es una organización de revolucionarios profesionales, que actúan en nombre de la clase trabajadora, en la medida en que sostienen lo que se considera la mejor expresión de sus intereses, en el plano político e ideológico, el materialismo dialéctico.

En el caso cubano, a su vez, el partido fue un producto específico nacido de las contingencias propias de la revolución cubana. Como resultado del aislamiento de Cuba y la presión imperialista sobre el resto de los gobiernos latinoamericanos, se estructuró por la integración de la guerrilla y el movimiento político que la expresaba en un partido preexistente, completamente alineado a las necesidades políticas de la Unión Soviética. En el momento dramático en que Fidel Castro lanza su famoso, “soy, he sido y seré marxista leninista” la revolución cubana se aleja cada vez más de la experiencia popular latinoamericana, queda prisionera de la estolidez, el burocratismo y el primitivismo político soviético. El partido Comunista cubano es un partido construido después de la toma del poder por parte de la revolución y es inevitablemente tributario, política e ideológicamente, al tipo de socialismo que cayó en 1990. Sobre esto vuelvo un poco más adelante.
Antes de determinar el carácter del partido político que intentará representar los intereses y objetivos de la revolución bolivariana es fundamental contestar a la pregunta ¿en que etapa se encuentra el proceso revolucionario? ¿Se está al principio o al final de la revolución?

Si la respuesta es, como entiendo, que nos encontramos al comienzo de ese proceso, la organización que la exprese deberá ser flexible, abierta, inclusiva para los nuevos sectores que se integren y con la agilidad necesaria para los avances y retrocesos del curso revolucionario. Deberá ser, además, una organización que reconozca la conducción personal unificadora, el papel de caudillo, al que nos referimos más arriba.

¿Qué es el PSUV?
Ni bien apareció la propuesta, el propio presidente Chávez tuvo que salir a explicar que cosa no era, sin que quedase establecido o claro qué cosa era ese partido.

La unificación en una sola fuerza de todos los sectores que aportan a la revolución bolivariana no puede ser resuelta por decreto. Un partido suele ser el producto de un largo proceso de definiciones políticas, de prédica y de reclutamiento, por un lado, y de lucha por su construcción enfrentando a sus enemigos. El modelo de partido político argentino ha sido sin duda la Unión Cívica Radical, aún cuando su estado actual parezca discutir esta afirmación. Producto de una larga lucha desde el llano por la democratización del sistema político argentino en manos del grupo conservador gobernante, a quien don Hipólito Yrigoyen llamó “el Régimen falaz y descreído” y a la lucha contra el mismo, “la Causa”, el radicalismo se construyó a lo largo de varios levantamientos armados cívico-militares y la incansable intransigencia de su líder para imponer el voto secreto. Esta ha sido la razón fundamental para que, más allá de la modificación a sus banderas originales, haya podido superar los cien años de vida.

El partido Justicialista, por su parte, nunca fue un partido en ese sentido, sino un mero instrumento electoral. La vida interna del peronismo transcurría en lo que se ha llamado “el Movimiento”, es decir el sistema de dirigentes políticos, organizaciones de base, centros de estudios, organizaciones sindicales, agrupaciones estudiantiles y hasta instituciones paraestatales, que reconocían la jefatura del general Perón y de las que Perón recogía las aspiraciones populares. El propio Perón estuvo tentado, según lo ha dicho alguna vez, en denominar socialista o laborista a su partido. Renunció a ello por las implicancias que el socialismo tenía y tiene en la vida política argentina, su larga tradición antinacional, su gorilismo, su liberalismo económico y, por último, su desprecio hacia el pueblo argentino concreto. Ponerle laborista hubiera sonado, por otra parte, con una inflexión inglesa, que el nacionalizador de los ferrocarriles no estaba dispuesto a asumir.

Lo que vemos acerca del PSUV es, más bien, una especie de unificación forzada, que, no obstante, ha permitido que queden afuera otros agrupamientos para los que se piensa la creación de un Polo Patriótico, de un frente.

En lugar de lanzar la propuesta de creación de una gran Movimiento Bolivariano que interpretase cabalmente las tareas y objetivos de la revolución venezolana y que generase la posibilidad de una amplia corriente latinoamericana en ese sentido, se prefiere la creación de un partido del poder -con los riesgos que ello implica, según varias experiencias, entre ellas la cubana y la sandinista-, se le pone el adjetivo polisémico de socialista - que cubre un espectro que va desde Segolene Royal y Tony Blair hasta los grupos trotskistas, es decir no significa nada- y encima se le da un carácter exclusivamente venezolano. Todavía es válida la vieja propuesta del APRA de Víctor Raúl Haya de la Torre que fundó algo que se llamó Acción Popular Revolucionaria Americana, de la cual el partido peruano no era sino una filial local, lo cual, aunque sea en el plano simbólico, dejaba bien en las claras la magnitud de la tarea.

El presidente Chávez se sintió obligado a explicar que no se refería al socialismo del siglo XX, al que criticaba, sino al del nuevo siglo.

El problema de las palabras es que ya tienen un significado y es un trabajo estéril pretender darles otro. La utilización del nombre “socialismo” es profundamente equívoca porque remite a una experiencia histórica ajena a Latinoamérica. Los partidos socialistas europeos nunca entendieron a América Latina y la mayoría de ellos descalificaron a nuestros procesos históricos, desde Bolívar hasta los diversos movimientos populares del siglo XX. Los partidos socialistas de hoy están contra Chávez, adhieren a las tesis neoliberales y apoyan a sus transnacionales. La cuestión de nuestra liberación nacional les es profundamente extraña.

Por otra parte, poner el eje en la construcción del socialismo en un país donde la clase obrera es minoritaria, hay tan sólo 6.000 empresas y la principal actividad es la exportación de petróleo, es, por lo menos un exceso de retórica.

En el cauce de la revolución bolivariana hay un gran componente burgués, al modo de Bismarck, de Lincoln, de Perón, de Sukarno y hasta de Mao y Ho Chi Minh. En el seno de esas revoluciones, en las guerras civiles y lucha contra el extranjero que atravesaron algunas de ellas, sobrevivía, como una necesidad histórica, la revolución burguesa no realizada, las aspiraciones de los campesinos por tierra y propiedad. No se puede pretender hacer una revolución nacional sin elementos burgueses. No se puede pretender que el Ejército venezolano sea el fundamento político más importante del chavismo, sin que se manifiesten y presionen los intereses y objetivos de la burguesía, cualquiera sea la forma que adopten. Como decía el poeta peruano Leoncio Bueno: “Hay muchos buscadores de oro que pretenden encontrarlo amonedado. Pero no es así, el oro, en la naturaleza, viene mezclado con barro, con escoria, con minerales de ínfimo valor. Y es ahí donde el verdadero buscador encuentra su tesoro”.

Ahora bien, sabemos que esto es difícil de resolver porque la propuesta está muy encaminada. Pero temo que todo ello lleve a la revolución a un atolladero. La forma de salir del mismo sería, en mi opinión, el lanzamiento de un gran Polo Patriótico, integrado no sólo por partidos políticos, sino por todo tipo de organizaciones sociales y sindicales, que se convierta en el gran movimiento bolivariano al cual, al final, se subordina el PSUV.

Ello le daría a la revolución nacional, democrática y de proyección latinoamericana, que es la revolución bolivariana, el marco y el instrumento político acorde a sus necesidades y objetivos.

Buenos Aires, 7 de febrero de 2008.


3 de febrero de 2008

El Chad


El Chad

Esta nota fue escrita en el año 1983. Los acontecimientos que hoy se viven en el Chad le han dado una nueva vigencia. Algo de lo allí expresado puede iluminar el análisis sobre la confusa información periodística.






La Herencia colonial de Miterrand

En 1955, hace menos de treinta años, Francia era junto con Gran Bretaña, la potencia colonialista más importante en África. Lo que hoy es Marruecos, Tunez, Argelia, Mauritania, Mali, Senegal, Alto Volta, Guinea, Costa de Marfil, Dahomey, Níger, Chad, la República Central Africana, Congo Brazzville, Gabón, Madagascar, Dyibut, Togo y Camerún eran –hace menos de treinta años- colonias francesas.
Heredadas gracias a la ambición e inescrupulosidad de tenaces buscadores de oro y marfil, traficantes de esclavos y aventureros sedientos de emociones fuertes y consolidadas merced a la participación decisiva del estado forjado por Luis Napoleón, el imperio colonial francés mantenía bajo su égida a millones de almas. Constituía un mosaico racial, religioso y lingüístico para el cual la Declaración Universal de los Derechos del Hombre, aprobada por los revolucionarios parisinos en 1789, sólo era una carta de indemnidad para el ejercicio de los naturales derechos del hombre blanco civilizado sobre los inocentes salvajes de color.
Al terminar la Segunda Guerra Mundial, el África musulmana y el África negra se levantan, no pocas veces en armas, contra el poder colonial. Se dan a la tarea vasta e ímproba de formar naciones y estados nacionales sobre las arbitrarias fronteras dejadas por el hombre blanco, con poblaciones caprichosamente divididas y sobre estructuras sociales y económicas que combinan –con artes dignas del doctor Frankestein- puertos y ciudades costeras de un relativo desarrollo comercial con tribus nómades y métodos agrícolas casi prehistóricos.
Francia, al igual que Inglaterra, no acepta resignada la pérdida de sus territorios ultramarinos. En 1953, Guy Mollet, el presidente socialista del Consejo de Ministros, decide el envío de legionarios y paracaidistas franceses a Argelia para sofocar militarmente el movimiento independentista. Un año después, la “derrota” de Dien Bien Fu -como se conoce en Francia al triunfo de las fuerzas vietnamitas patriotas- da fin a las posesiones francesas en el Lejano Oriente. En 1956, nuevamente el ejército francés es enviado a luchar en el extranjero: la nacionalización del Canal de Suez por parte del presidente Nasser crea en el gobierno del Eliseo un sentimiento de obligación a participar, junto a americanos e ingleses, contra el amenazador nacionalismo árabe..
Es posible que Francois Mitrerrand haya reflexionado en estos antecedentes al envolverse en el enmarañado conflicto del Chad. Alrededor de 2.500 legionarios, aviones de combate Jaguar y Mirages F1, misiles Crótalo y aviones de reaprovisionamiento KC135 se encuentran estacionados en la capital del país centroafricano para apoyar el gobierno de Hissene Habré contra los rebeldes dirigidos por Gucuni Uedey. La importancia de la presencia francesa ha convertido la guerra civil en otro punto álgido del ya crítico continente africano.

El Chad: un país que no existe
“Le Nouvel Observateur” sostenía hace unas semanas que Francois Miterrand habría afirmado en privado que el Chad no existe. Su superficie de 1.300.000 kilómetros cuadrados es en un 70% una dilatada prolongación del desierto del Sahara y en el 30% restante una tórrida sabana con una temperatura media de entre 25 y 30 grados. La población de tan sólo 2.700.000 (1) habitantes está constituida por grupos islámicos e islamizados en el norte –dar al Islam, la tierra del Islam- y en el sur, por diferentes grupos lingüísticos negros, cristianos y animistas –dar al-Abid, la tierra de los esclavos-.
La casta de los hadades, formada por antiguos esclavos, sufre todavía hoy una fuerte discriminación. Existen cuatro o cinco idiomas y muy escasos –si alguno- sentimientos de pertenencia nacional.
Su historia (ver Recuadro, más abajo) es un ejemplo típico de desarrollo colonial. En 1956, el protectorado del Chad se convierte en estado miembro de la Comunidad Francesa, con el nombre de República del Chad. Cuatro años después obtiene la independencia y ocupa un escaño en las Naciones Unidas. El territorio que había sido una simple unidad administrativa colonial, se convertía en un país. Ni siquiera la reconocida eficiencia burocrática gala era capaz de semejante milagro.
El país es uno de los más pobres del África y en la actualidad carece de recursos, incluso para sostener a su delegación en la ONU. Por reales razones económicas o por imprevistos financieros, los representantes chadianos en Nueva York se han visto obligados en los últimos días a acudir a organizaciones de beneficencia para obtener su ración gratuita de alimentos y el desalojo por falta de pago amenaza a la oficina diplomática. Producto de la demencia colonialista que caracterizó la presencia europea en el resto del mundo, el Chad es a duras penas un estado, escasamente un país y de ninguna manera una nación en el sentido social y político del término. Y Francois Miterrand ha mandado sus paracaidistas para, según sus palabras, "mantener la autodeterminación del Chad y evitar la ingerencia extranjera".

Quienes son los extranjeros
En 1975, un golpe militar derroca al presidente Tombalabaye y asume la primera magistratura el general Félix Malloum. Su primer ministro fue el actual jefe de estado Hissene Habré. Junto a él actuaba su enemigo de hoy, Gucuni Uedey, ambos musulmanes y provenientes de las provincias norteñas. Los enfrentamientos tribales, las diferencias religiosas y la escasez de recursos naturales hacían difícil la tarea del gobierno radicado en la capital N’Djamena.
Habré quitó del medio, poco después, al general Malloum y comenzó a practicar una suerte de nacionalismo tribal, similar al que hiciera tristemente célebre al ex emperador Bokasa –en África Central- y al también depuesto Idi Amin de Uganda. Contaba con el apoyo de los gobiernos occidentalistas de Zaire y África Central. Su opositor Uedey loga destituirlo en 1980, con ayuda del coronel libio Kadafi, y establece el llamado Gobierno de Unidad Nacional del Chad. Así comienza la guerra civil. La presión francesa sobre el gobierno de N’Djamena logra el retiro de las fuerzas libias. Poco tiempo después –ya en 1982-, y con el apoyo de tropas del Zaire, Hissene Habré vuelve a ocupar la presidencia.
El ahora rebelde Uedey vuelve a pedir ayuda a su amigo libio y desde el norte inicia una contraofensiva que logra reocupar la principal ciudad de la zona, el oasis Faya-Largeau. Entonces, muy discretamente, comienza Francia a enviar material y ayuda sanitaria al régimen de Habré. La Central de Inteligencia Americana hace lo mismo sin ocultarlo y considera a Habré como “el legítimos representante del pueblo chadiano”. Por otro lado, los franceses estimulan a Mobutu, el presidente del Zaire, a enfrentar al peligro libio y éste envía unos 2.500 soldados formados y entrenados por Israel. Para alcanzar el Chad deben atravesar la República Central Africana, donde hay estacionados fuertes contingentes de la Legión Extranjera francesa, operación que se hace con el asentimiento del Quai d’Orsay.
Gracias a la ayuda franco-americana Habré logra retomar la ciudad norteña. Mientras tanto, aviones americanos de espionaje Awac controlan los movimientos de las fuerzas libias y se apresuran a transmitir sus informaciones la gobierno socialista francés. En agosto de este año, Francois Miterrand dio el visto bueno a la operación Manta, “el operativo militar más importante después de la guerra de Argelia” –según la prensa francesa-.
¿Cuáles son entonces las fuerzas extranjeras a las que el gobierno francés enfrentará en el desierto del Chad? La pregunta no deja de ser retórica, puesto que la única intromisión que Francia –así como EE.UU.- consideran amenazantes para sus intereses geopolíticos en la región son las tropas del ejército libio. Los titulares de los diarios occidentales compiten en los juicios severos sobre Mohamed Kadafi: el Time lo considera “el hombre más peligroso del mundo”, mientras que el izquierdista Le Nouvel Observateur se pregunta “cómo parar a Kadafi”. Y esto último es sin duda el objetivo final del compromiso francés. Todo el gabinete de Miterrand, desde el ministro de Defensa Charles Hernu y Guy Penne, consejero de Asuntos Africanos, hasta el ministro de Relaciones Exteriores, Claude Cheysson y Regis Debray, consejero de Asuntos Latinoamericanos, coinciden en la necesidad de detener el llamado expansionismo libio y aprueban el envío de tropas y pertrechos.

El Chad del Norte y el Chad del Sur
Los observadores concuerdan en apountar que las tropas francesas no piensan pasar más al norte del paralelo 14, límite imaginario entre la región norte y la sur. Pero están dispuestas a no permitir el avance de las tropas del rebelde Uedey más allá de esa “línea roja”, como la llaman los estrategas franceses. El presidente Habré ha denunciado, poco antes de su visita a la ciudad francesa de Vittel, con motivo de la reunión cumbre afro-francesa, que Miterrand quiere partir el Chad. En realidad, no le faltan antecedentes a la diplomacia francesa. Para una solución de ese tipo. La antigua Indochina quedó durante varios años dividida en Vietnam del Norte y del Sur y empantanada en una guerra que ocupó los titulares durante más de una década.
Pero ¿cuál es a esta altura el objetivo del dirigente libio? Desde la revollución del 1º de setiembre de 1969, que llevó al poder al ejército libio influido por la prédica nacionalista de Gammal Abdel Nasser, Kadafi no ha ocultado sus deseos de unificar los distintos países árabes. En varias oportunidades y con variada suerte ha intentado federar su país, ora con Egipto y Sudán, ora con Siria, ora con Túnez. La existencia, al sur de sus fronteras, de un territorio casi deshabitado y con dificultades casi insalvables para constituir un estado nacional, no puede sino interesar al coronel del desierto. Por otro lado, le permite poner en tela de juicio la validez de las fronteras legadas por la descolonización, objetivo que siempre ha estado presente en su nacionalismo. En realidad, el Chad podría sobrevivir como estado nacional sólo al amparo y con la ayuda de algún amigo más rico y poderoso. Francia estima que su carácter de antiguo amo colonial le otorga prioridades en ese sentido. Kadafi ha decidido cuestionar las prerrogativas galas. Prefiere que sean sus soldados y no la Legión Extranjera, quienes establezcan las bases políticas para la existencia del Chad.
Miterrand, quien en la ya mencionada reunión de Vittel celebrada en la primera semana de octubre esperaba lograr un apoyo de las ex colonias francesas a su política, se encuentra en un grave dilema. Por razones que hacen a su imagen de hombre de izquierda no quiere aparecer como un gendarme en África y desea diferenciar su política exterior de la de los EE.UU. Y por razones que hacen a los intereses, por así decir, permanentes de la política exterior francesa, sostiene más de 10.000 soldados en las antiguas posesiones. Un diplomático africano explicaba de esta manera la situación: “un esclavo no se convierte en ciudadano libre por la simple abolición de la esclavitud. Se requieren años de integración y ejercicio de sus derechos. De la misma manera, un ex amo no puede, durante largos años, evitar un gesto peyorativa ante el antiguo siervo”.
Por estas razones psicológicas o por otras, la herencia colonial de Francia pesa sobre los hombres del presidente socialista. Reduciendo su importancia en la hora de la toma de decisiones disminuiría su respetabilidad en el exclusivo club de “los grandes”. Siguiendo sus dictados se esfuman los ideales de ofrecer al Tercer Mundo una alternativa intermedia entre Washington y Moscú. El balance exacto entre estos dos valores, la respetabilidad y el idealismo, ha sabido convertirse muchas veces en la negación de ambos, el cinismo.
Estocolmo, octubre de 1983.

Recuadro

Negreros y Franceses
La historia conocida del Chad se remonta a los orígenes de la expansión musulmana como posta de paso para las caravanas transsaharianas. En el siglo XVI se consolida en el norte el reino islámico de Baguirmi, que ocupa e islamiza la región del sur, la cual es frecuentemente sometida a levas de esclavos. En el siglo XIX comienza la penetración europea, simultáneamente con la ocupación por parte de negreros egipcios. El asesinato del explorador Crampel da motivo a la intervención francesa, la que dirigida por el general Gentil, conquista la región y establece el protectorado galo en 1897. El acuerdo franco británico de 1898 permite a Francia unir esta región con las colonias de Senegal, Argelia y Congo. En 1901, el coronel Largeau ocupa la parte norte y somete a las tribus de la región Uaday, en el límite con Níger, fundando el fuerte que hoy lleva su nombre –Faya-Largeau-. El protectorado francés lentamente va anexando territorios vecinos, por medio de la ocupación militar o a través de tratados con ls otras potencias coloniales. Así, por ejemplo, el acuerdo franco-alemán de 1911 entrega Camerún al Kaiser, mientras que la República Francesa se hace cargo de la región oeste, conocida como Bec-de-Canard. En 1940 el gobernador de color Eboué considera que el protectorado del Chad ha consolidado sus fronteras y tiene el honor de ser la primera colonia que reconoce al gobierno de la Francia Libre, asentado provisoriamente en Londres.
Durante la Segunda Guerra Mundial se convierte en base de operaciones de las fuerzas francesas aliadas, para atacar los asentamientos italianos en Libia. Al finalizar la contienda se organizan distintas formaciones políticas destinadas a elegir representantes a la Asamblea Territorial –una especie de parlamente para las posesiones ultramarinas-. El partido Progresista Chadiano obtiene la mayoría de la representación. Será ese partido quien ocupará el gobierno cuando, en 1958, la colonia es declarada independiente. En la actualidad no existen partidos políticos tal como se los conoce en América Latina o Europa (2) . No obstante ello, la constitución del país es similar a la de la República Francesa.

(1) Según Wikipedia, al año 2007, Chad tiene una población de 9.885.000 habitantes. La mitad se concentra en el sur.

(2) Los partidos políticos se legalizaron en 1992.

1 de febrero de 2008

Gustavo II Adolfo de Suecia, según Franz Mehring

Gustavo II Adolfo de Suecia, según Franz Mehring

Cuando estudiaba Historia en la Stockholms Universitet tuve oportunidad de leer un pequeño librito de Franz Mehring sobre el rey sueco Gustavo II Adolfo, jefe de los ejércitos protestantes e invasor de Alemania, durante un período de la Guerra de los Treinta Años. Lo había encontrado en una biblioteca, en una edición no muy reciente y al devolverlo perdí todo contacto con el libro. Tuve oportunidad de reencontrarlo, en su versión sueca, en Internet, en la excelente Biblioteca Marxista www.marxists.org .

Por las razones que apunto más abajo decidí traducirlo al español e intentar que alguna editorial considere su publicación. Mientras logro esto último presentó acá la Introducción.

Franz Mehring

Introducción a la traducción al español 

Franz Mehring no necesita mucha presentación para un público acostumbrado a la lectura de los clásicos del pensamiento marxista. Nacido en Pomerania, en el norte de Alemania, en el año 1846, murió en Berlín en 1919, pocos días después que sus camaradas y amigos Rosa Luxemburgo y Kart Liebknecht fueran asesinados por los guardias blancos de la reacción imperial, al fracasar la revolución alemana de 1918. Ingresó a la política apoyando el proceso de unificación alemana liderado por Bismarck, desde una perspectiva liberal, para coincidir, poco después, con las posiciones expresadas por los socialdemócratas encabezados por Fernando Lasalle. Ingresó al Partido Obrero Socialdemócrata Alemán, donde se convirtió en uno de sus principales periodistas y publicistas. Entre 1902 y 1907 fue el editor jefe del periódico socialdemócrata Leipziger Volkszeitung. Entre 1906 y 1911 enseñó en la escuela del partido.

Fue miembro del parlamento prusiano entre 1917 y 1918. Comienza a distanciarse de la socialdemocracia con motivo de la votación a favor del presupuesto de guerra por parte del bloque de su partido en el parlamento alemán, hecho que tuvo enormes consecuencias en la historia de la socialdemocracia europea. El hecho puso fin a la existencia de la II Internacional y los partidos socialistas europeos apoyarán a partir de allí a sus respectivas burguesías en la matanza interimperialista de 1914, la Primera Guerra Mundial. 

En 1916 es fundador, junto con Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht, de la Liga Espartaquista que expresaba los puntos de vista de la fracción socialdemócrata opuesta a la colaboración de los trabajadores con la guerra imperialista. En 1918, un año antes de su muerte, dio a conocer su libro “Carlos Marx” (Editorial Grijalbo, México, 1957), producto de sus clases en la escuela de la Liga Espartaquista, y que constituye la mejor biografía política del fundador del materialismo histórico escrita hasta el presente. La unidad nacional alemana, la destrucción de los impotentes principados que retrasaron más de trescientos años la creación de un estado alemán centralizado y, por lo tanto, el pleno desarrollo de sus fuerzas de producción fueron los objetivos por los que se lanzó a la política y el principal impulso a su incorporación a la socialdemocracia. En su pensamiento, sólo el proletariado alemán podría llevar adelante esas formidables tareas, ante lo que consideraba la debilidad de la burguesía germana y su miedo a encarar las necesarias transformaciones que implicaban, entre otras, la abolición de la monarquía y de los residuos feudales.

En 1894 publicó este folleto sobre el rey sueco Gustavo II Adolfo, quien en el transcurso de la Guerra de los Treinta Años, invadió y saqueó el suelo alemán, y al que la burguesía sueca y la alemana, lo que despertó en Mehring una profunda indignación, erigieron en un guerrero por la libertad de conciencia contra la servidumbre del catolicismo y los jesuitas. Para desmentir esta falacia, Mehring hace en este folleto un ejercicio de revisionismo histórico sobre la figura del monarca sueco, sobre la Guerra de los Treinta Años y sobre la reforma luterana. 

Dos cosas, entre otras, deja en claro el folleto: 

1. La profunda transformación económica que, con el ropaje de turbulencias, enfrentamientos y guerras religiosas, conmovieron a la sociedad Europea a partir de fines del siglo XV. 

2. Y dentro de ello, Mehring establece un punto de vista, a mi entender, novedoso al apartarse de la condena adocenada del progresismo de izquierda al absolutismo de los Austria y a la contrarreforma jesuítica. Con una luz impiadosa ilumina las pequeñeces del luteranismo y de su fundador y algunos seguidores, así como la infamia de los príncipes alemanes, luteranos y católicos, mientras que eleva al Mariscal de las fuerzas del Sacro Imperio Romano Germánico y de la Liga Católica, el bohemio católico Alberto de Wallenstein a la altura de un fallido, pero hábil y esforzado, protounificador del reino alemán.

Su afirmación de que, siendo Alemania uno de los países más atrasados de Europa occidental de entonces, la religión alemana (el luteranismo) no podía ser sino una religión atrasada, y su descripción del jesuitismo como, junto con el luteranismo y el calvinismo, la expresión de las nuevos formas de producción capitalista en la esfera religiosa, aportan un novedoso, pese a lo centenario del texto, e iluminador punto de vista. 

La otra razón que me motivó a la traducción del texto, además de su ausencia en la literatura en castellano, es que la lucha secular por la unificación de Alemania, más allá de las obvias y enormes diferencias de tiempo, lugar y cultura, y de la existencia arrasadora en nuestros días de un imperialismo económico inexistente en el siglo XVII, tiene ricos y aleccionadores puntos de contacto con nuestra lucha por la unidad de América Latina. También aquí encontramos figuras similares a los “déspotas enanos” que menciona Mehring, al referirse a la miríada de duques, condes, margraves, marqueses, príncipes, príncipes electores, obispos, arzobispos y emperador que usufructuaban el trabajo de los campesinos y las ciudades alemanas. Nuestras impotentes repúblicas, sus muecas de soberanía frente a los vecinos y su lacayuna obediencia al imperialismo, juegan el mismo papel que aquellas, son el impedimento para nuestra existencia como nación continental soberana. 

Si Francia, por un lado, y la rapiña sueca, por el otro, más la traición de los príncipes, católicos y protestantes, fueron la razón principal para que Alemania entrara trescientos años tarde al concierto europeo, como nación moderna, así hoy el sistema imperialista que rige sobre EE.UU. y Europa, y se descarga sobre el mundo semicolonial, y la traición de las oligarquías latinoamericanas constituyen el principal impedimento de nuestra unificación nacional. Para no hablar de los historiadores de nuestra balcanización que, así como el partido de la reacción alemana erigió en héroe al causante del atraso alemán, han erigido en el papel de prohombres a quienes abrieron las puertas al imperialismo inglés, dividieron la heredad hispanoamericana para facilitar la penetración del mismo. Mitre, Portales, Tagle, Rivera y Rivadavia cumplieron el mismo papel que en este folleto Mehring atribuye a los miserables señores alemanes. Y nuestros Wallensteins, nuestros campeones de la independencia nacional y la unidad continental han sido relegados a la categoría, o bien de déspotas, o bien de bandidos, actitud esta de la que no se salvó ni siquiera el maestro del profesor Franz Mehring, Carlos Marx. 

Hay un detalle, apenas unas palabras, en el texto de Mehring que no puedo pasar por alto y han merecido una pequeña nota al pie de página de mi parte. Al final de su breve ensayo y describiendo la decadencia moral de aquella banda de príncipes y marqueses, escribe: “Los príncipes protestantes, que habían vivido desde el final de la guerra campesina hasta la paz de Westfalia, eran una pandilla horripilante, a la que un mar de agua calina apenas alcanzaría para ocultar el color natural de la piel de esos moros bajo una fina capa de color cieno”. Que en 1908, fecha de la segunda edición del folleto, Franz Mehring continuase considerando que esas palabras no ofendían a un vastísimo sector de la humanidad oprimida indica bien a las claras el carácter eurocéntrico que el pensamiento socialista marxista, aún el más avanzado y decidido, tenía en el Imperio Alemán de Guillermo II poco antes de la Primera Guerra Mundial. Llamar moros, en recuerdo de los cultos príncipes del califato de Granada, con el brutal sentido descalificatorio y racial que encierra el párrafo, es para los latinoamericanos de principios del siglo XXI un indicio más del derecho de inventario con que tenemos que aprehender los instrumentos del pensamiento crítico generados por Europa. 

Establecido el necesario y sano inventario, entremos entonces al texto de Franz Mehring sobre Gustavo Adolfo Wasa. 

Julio Fernández Baraibar Pântano do Sul, Isla de Florianópolis, Santa Catarina, Brasil 23 de diciembre de 2007.

27 de diciembre de 2007

A todos los amigos

A todos los amigos

Este es un mensaje personal que envío a todas mis relaciones políticas. Sepan disculpar la extensión del mismo. Se refiere a circunstancias ocurridas a lo largo de tres riquísimos años, durante los cuales el pueblo argentino reinició el camino de su liberación y el de la unidad latinoamericana.

En octubre de 2004 un grupo de compañeros, encabezado por mí, decidió sumarse al pequeño grupo partidario Patria y Pueblo con las siguientes consideraciones:

Por qué y para qué nos integramos a Patria y Pueblo

Han pasado diez años del fallecimiento de Jorge Abelardo Ramos y, hace tan sólo un par de meses acaba de irse Jorge Enea Spilimbergo. Los dos fundadores, militantes y cons­tructores políticos de la Izquierda Nacional ya no están con nosotros, pero han dejado tras de sí un importante y trascendental legado. Hay una generación de militantes de nuestra corriente que accedieron a la vida política con los fuegos insurreccionales de 1969 y tiene hoy la edad y la madurez necesarias para tomar la posta dejada por los fundadores. Pero también existe una nueva camada de jóvenes militantes, del campo social, del movimiento estudiantil y del movimiento sindical, que se ha sumado a nuestras filas como resultado de las grandes movilizaciones del nuevo siglo, que ha recogido las bande­ras de la Izquierda Nacional y las despliega a los nuevos vientos que hoy soplan en nuestra América Latina.

Muchas de las tareas que hemos intentado desarrollar a lo largo de estos últimos cuarenta años han comenzado a hacerse fuerza social y política.

La Patria Grande

La Unidad de la Patria Grande ha dejado de ser una consigna para desplegar agitativamente y se ha convertido en bandera estratégica para un decisivo número de estados de nuestra balcanizada tierra. Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay están consolidando un Mercosur que ha dejado de estar en manos de economistas y empresarios, para pasar a ser iluminado con proyectos culturales, políticos, científicos, territoriales y militares. A este grupo inicial de países se le ha sumado la Venezuela Bolivariana, que bajo la conducción del Comandante Hugo Chávez despliega para el conjunto de nuestros pueblos las antiguas aspiraciones del Libertador.
El mapa político de Suramérica ha comenzado a dibujarse con el mismo lápiz con que Pe­rón, como presidente y estratega del movimiento nacional argentino, y Jorge Abelardo Ra­mos, en la lucha ideológica y política desde el llano, esbozaron, hace ya cincuenta años, nuestro inevitable destino continental.

Nunca, desde los tiempos de las guerras por la Independencia ha sido tan fuerte, tan só­lido y tan operativo el sentimiento de pertenencia a una misma Patria. Desde todos los puntos de nuestro inmenso continente llegan expresiones de gobierno y de pueblos que anhelan sumarse a este Mercosur, que ha logrado poner coto al ALCA, la política nortea­mericana de dominación en el área. Lejos de afirmarse, el ALCA ha debido posponer sus planes, gracias a la presión mancomunada del Mercosur, que ha encontrado en las cancille­rías de Brasil y Argentina la coincidencia de objetivos que faltaban durante estos últimos diez años. Cada semana se amplía y profundiza, en reuniones presidenciales, ministeriales y diplomáticas, la institucionalización de nuestro gran espacio. Si bien, existen dificultades en países del Pacífico, como Chile o Perú, que se resisten, por razones históricas y sociales, al impulso de unidad, es cada día más evidente la confraternidad y comunidad de intereses y objetivos que existen entre los países de la Cuenca del Plata y entre sus respectivos gobier­nos.

La Argentina y la crisis del modelo imperialista

En nuestro país, el partido justicialista, que sigue conteniendo a las grandes mayorías na­cionales, se encuentra en la confusa encrucijada de un laberinto. Limitado y agobiado por los años de sumiso silencio y callada obediencia a la política oficial menemista, a los mitos monetaristas del liberalismo y a la voluntad de la potencia imperialista hegemónica, EE.UU., tiene dificultades insalvables para reencontrarse con sus ideales y programa histó­ricos. Ha dejado de ser ese mero instrumento electoral al que el General Perón acudía para ratificar en las urnas la legitimidad que previamente residía y era ejercida en el seno del pueblo, para convertirse en un partido del régimen.

Es por eso que el partido justicialista ha dejado inevitablemente afuera a los mejores ele­mentos del peronismo, a los sectores más profundamente vinculados a su experiencia histó­rica y a las nuevas generaciones de hombres y mujeres del pueblo que saben de ésta tradi­ción, pero no encuentran el cauce político que la exprese.

El 19 y 20 de diciembre de 2001, los sectores populares argentinos, los trabajadores, las grandes masas de desocupados y amplios sectores de la clase media empobrecida, hicieron temblar hasta sus cimientos el modelo político y económico de dominación imperialista, haciendo renunciar al ideólogo del mismo, el ministro de Economía Domingo Cavallo y al impávido, conservador y reaccionario presidente radical Fernando de la Rúa. Durante unos días nuestro pueblo fue dueño de las calles y factor determinante y exclusivo para la constitución de una nueva relación de fuerzas en la Argentina. Pero el alzamiento popular no se convirtió en una revolución. La debilidad de los trabajadores, la liquidación del apa­rato productivo, el retroceso gigantesco de las conquistas alcanzadas habían sido de tal magnitud que imposibilitaron que esa nueva relación de fuerzas se convirtiese en acción política revolucionaria. Y las elecciones no hicieron sino reflejar estas limitaciones.

Por un lado, Carlos Menem, el autor y responsable del desmantelamiento del aparato del Estado y de la entrega de nuestras empresas y riquezas nacionales a la voracidad imperia­lista, intentaba continuar y profundizar su vasallaje, con un programa que, de cumplirse, impediría para siempre nuestro desarrollo soberano y pondría en riesgo la marcha y profun­dización del proceso de unidad continental expresado en el Mercosur.

Por otro lado, Adolfo Rodríguez Sáa, quien en unos días como presidente, puso al país nuevamente de pie y lleno de entusiasmo y fe en el futuro, al declarar la moratoria de la deuda externa, lanzar un amplio plan de lucha contra la pobreza y la desocupación y volver a las fuentes tradicionales del movimiento nacional, expresó en su programa y en su cam­paña el proyecto más osado y radical: un retorno a la política histórica del peronismo en el marco de la necesaria reconstrucción del Estado nacional desguazado.

Y por fin, la candidatura de Néstor Kirchner aparece como resultado exclusivo de tres ne­gativas: la de Eduardo Duhalde a presentarse como candidato en los días en que el miedo producido por el asesinato de Santillán y Kostecki le hacían decir cualquier cosa; la de las encuestas electorales a la candidatura de José Manuel de la Sota; y la de Carlos Reuteman a aceptar la invitación del PJ. Ungido a último momento, logró acumular el peso del apa­rato partidario bonaerense, formado sobre la base del más crudo clientelismo político en manos de los intendentes del gran Buenos Aires. Fue este candidato el que asumió la presidencia, cuando el candidato que había ob­tenido más votos, Menem, se negó cobardemente a presentarse al balotaje.

El gobierno de Kirchner

Asume entonces el gobierno un sector del peronismo con una base predominantemente pequeño burguesa, cuyos dirigentes habían sido ejecutores complacientes de las políticas desnacionalizadoras del menemismo, sin muchos vínculos con el movimiento sindical, con una visión bastante provinciana de la realidad política nacional y que es tributario de su triunfo al poderoso aparato que maneja con mano firme Eduardo Duhalde. El gobierno del presidente Kirchner llegaba, entonces, al gobierno como resultado de una profunda división en el seno del peronismo.

A casi dos años de estos hechos, este gobierno ha dado muestras de sus luces y sus sombras.
Nos encontramos con un gobierno débil, con muy escasos cuadros administrativos pro­pios y con una alta concentración del poder en la figura del presidente, que intenta recons­truir el aparato del Estado en sus aspectos esenciales, que, con una paciencia a veces exas­perante, pretende resistir las presiones sin límites de las empresas privatizadas y que ha asumido una negociación de la deuda externa con dignidad y firmeza. Se trata de un go­bierno que ha planteado como estratégica la continuación del Mercosur y ha sabido aislar a estas negociaciones de los altibajos del comercio regional y de los reclamos sectoriales, pero que no se atreve a revisar en profundidad los postulados económicos liberales y ha sido incapaz, pese a algunos esfuerzos, de dar solución rápida y profunda al hambre que sufre un inmenso sector de nuestro pueblo. Estamos frente a un gobierno que ha reivindi­cado la soberanía argentina sobre las Islas Malvinas y a los combatientes que en ella lucha­ron como no había ocurrido durante los veinte años de democracia formal, pero cuyo mi­nistro de Economía se resiste a reactivar el mercado interno por la vía del aumento salarial y mantiene un conservador superávit fiscal, en momentos en que la creación de nuevas fuentes de trabajo y la reactivación económica deberían constituir el único objetivo de la conducción del área.

Este gobierno ha intentado a lo largo de dos años de independizarse del poder generado por el sistema de caciques del partido Justicialista y ha buscado ampliar su base de sustento hacia sectores de la clase media progresista, fundamentalmente de la ciudad de Buenos Aires, y con cierta inserción en sectores desocupados de la ciudad y del Gran Buenos Aires. Estos intentos han tenido un escaso éxito, razón por la cual, y ante la inminencia de elec­ciones legislativas en el 2005, el presidente Kirchner y sus amigos han debido reparar los puentes con la maquinaria electoral del justicialismo y su sistema de aprietes y favores. El gobierno se encuentra así sostenido por un minoritario sistema de dirigentes vinculados a cierto progresismo izquierdista, con escaso poder electoral, y por la estructura del PJ, sus gobernadores, intendentes y punteros, educados políticamente en el menemismo, que des­confían orgánicamente del santacruceño y sus intentos reformistas. El concepto elaborado y sostenido por Alberto Guerberof de “un gobierno sin partido en un país sin estado” sinte­tiza con claridad la debilidad orgánica tanto del gobierno como de la sociedad en su con­junto, después del vendaval que liquidó la herencia del peronismo, del yrigoyenismo, como YPF y hasta del roquismo, como el correo, el agua y el ejército nacional fundado en el ser­vicio militar obligatorio.

La oposición

Del otro lado, lo enfrenta el conjunto del sistema imperialista, los acreedores externos, las privatizadas, el sector agrario enriquecido por la devaluación y enemigo declarado de las retenciones a las exportaciones, los viejos y nuevos representantes de los sectores enrique­cidos durante los noventa a costa del empobrecimiento de la mayoría de los argentinos, con sus López Murphy, Macri y Sobisch. Estas clases sociales han gobernado el país desde el golpe de estado de 1976 y, por primera vez, se encuentra sin una dirección unificada y con un enorme descrédito social y político. Hasta ahora no han podido confrontar con el go­bierno sino a través de la figura mediática del señor Blumberg en el tema de la seguridad pública, fundamentalmente alrededor de los secuestros extorsivos.

El cuadro opositor se completa con la sistemática campaña de descrédito desplegada por la señora Lilita Carrió con gran repercusión en la prensa comercial y en las usinas políticas del neoliberalismo. La ex diputada alfonsinista encabeza un amplio frente opositor que abarca desde un tibio progresismo hasta sectores ultraizquierdistas que creen vivir en una situación preinsurreccional y llevan adelante una política de confrontación que, si bien no puede alcanzar el poder, socava al gobierno facilitando y hasta dando excusas a la acción de la derecha imperialista.

El reagrupamiento de la Izquierda Nacional, hacia un nuevo movimiento nacional
En los últimos casi treinta años la Izquierda Nacional sufrió los embates y las derrotas que experimentó el conjunto del pueblo argentino. Se produjo entonces un largo proceso de escisiones y rupturas que llevaron a una completa dispersión de sus cuadros y organizaciones. Algunos compañeros pasaron por el justicialismo y, decepcionados, volvieron a su casa. Otros compañeros desarrollaron distintas experiencias políticas a lo largo de estos años, organizando alguna forma de nucleamiento político en su provincia o en su ciudad o comprometiendo su acción militante en organizaciones gremiales. Hay compañeros que con sus organizaciones lograron establecer vínculos de estrecha colaboración y respeto con sectores del nacionalismo, tanto de origen militar como peronista. Hay compañeros y organizaciones que han desarrollado un intenso trabajo de organización social, agrupando a obreros desocupados y sus familias y llevando adelante emprendimiento productivos solidarios. En todos ellos ha permanecido vivo el pensamiento estratégico de la Izquierda Nacional y los acontecimientos históricos de los últimos años no han hecho sino reafirmar esta convicción. Entendemos que es necesario, sin plazos y sin condiciones, iniciar un movimiento unificador de toda esta fuerza en un diálogo y cooperación sinceros y fraternales, en donde nos reconozcamos en nuestras experiencias sin anteojeras ideológicas y sin prejuicios derivados de enfrentamientos que ya tienen un cuarto de siglo. Este proceso de reencuentro y unificación deberá plantearse sin ideas preconcebidas acerca de la organización que nos daremos y dando cara a la magnitud de las tareas que los nuevos tiempos y la juventud argentina nos exigen.

Pero este objetivo sólo adquiere sentido en la realización de la otra tarea estratégica: la de la recreación del gran movimiento nacional revolucionario que exprese al conjunto de las clases y sectores esquilmados por el imperialismo, a los trabajadores sindicalizados y a la vasta multitud de obreros desocupados, campesinos sin tierra, empleados con sueldos miserables, profesionales sin destino en la producción y estudiantes sin futuro, a las nuevas generaciones de militares que anhelan unas Fuerzas Armadas al servicio de la integridad territorial y del desarrollo económico soberano de la Patria. Con el aporte de miles de dirigentes y militantes peronistas que no fueron corrompidos por el menemismo, de miles de dirigentes gremiales que han resistido durante todos estos duros años, de miles de esforzados dirigentes sociales que hicieron frente al hambre de sus compatriotas y los ayudaron a organizarse y enfrentar al poder, de miles de hombres y mujeres, jóvenes y viejos las banderas históricas del pueblo argentino volverán a flamear victoriosas como lo hicieron el 17 de octubre de 1945.

Entendemos que la mejor manera de poner en acción estos puntos de vista y alcanzar estos objetivos es dando un paso concreto hacia esa unidad, no para cristalizar particularidades, sino para respetarlas y asumirlas en el movimiento general. Vemos a la Izquierda Nacional como un gran torrente político e ideológico necesario para enfrentar los combates que vienen.
El movimiento Patria y Pueblo, con quien hemos mantenido permanente contacto, con quien hemos participado en la campaña del Movimiento Nacional y Popular en las últimas elecciones, ha logrado constituir en la región metropolitana una importante organización militante con presencia en el movimiento de desocupados, en el movimiento barrial y en el movimiento estudiantil. A su vez, ha desarrollado una tarea de reagrupamiento de los cuadros de la IN con una visión amplia y fraterna que compartimos.

En esta perspectiva y con las convicciones aquí expresadas, los abajo firmantes hemos decidido integrarnos al movimiento Patria y Pueblo, desde donde continuaremos luchando por la liberación nacional y la unidad latinoamericana.

Intentamos integrarnos, entonces, a una organización política preexistente, con estas consideraciones y objetivos. Fui elegido en un plenario como miembro de la Mesa Nacional del partido y, a partir de ese momento actué persiguiendo la realización de los objetivos planteados en la declaración precedente, realizando una intensa labor tendiente a la unificación de distintos sectores con origen común en la Izquierda Nacional, así como en la elaboración de la política nacional y latinoamericana del movimiento.

Desde el principio mismo de la incorporación surgieron algunas diferencias con respecto a dos puntos:

En primer lugar, al tipo de organización que debíamos crear. Mi opinión, junto con la de algunos otros compañeros, era la construcción de una amplia organización que nuclease a afiliados y militantes que coincidieran con los grandes lineamientos de la Izquierda Nacional expresados por Patria y Pueblo en la coyuntura política que nos tocaba vivir, mientras que otros compañeros, mayoritarios en la conducción del partido, insistían en la formación de una cerrada estructura de cuadros descripta con abundancia de metáforas militares, del tipo “ejército en marcha”. Se insistía en un criterio formalista según el cual cierto modo de organización partidaria, con cuadros regimentados bajo un cercano control de la dirección, fundado en deformados conceptos de origen leninista, aseguraría la incorruptibilidad de los cuadros y la intransigencia de la política. Pese a que el partido fundado por el propio Lenin, según sus estrictos criterios, fue el que entregó la propiedad estatal rusa a una mafia formada por los propios cuadros partidarios, los demás integrantes de la mesa de PyP se aferraban a estas viejas concepciones. En lugar de plantearse el problema de dotar de nuevas representaciones a las grandes masas a las que los grandes partidos tradicionales ya no pueden representar - como se expresaba en nuestro documento- se optaba por el pequeño cenáculo, con sus reuniones de núcleo presididas por un miembro de la dirección, con la obligatoriedad de concurrir a ellas y demás preceptos de la liturgia de los grupos de izquierda. La discusión quedó abierta y postergada. Mi opinión era que el desarrollo de la política generase las condiciones necesarias para resolverla, habida cuenta de que, era mi punto de vista, esta diferencia no podía interferir en nuestra voluntad de construir una formación política numerosa, influyente y capaz de generar y hacer política.

La segunda diferencia importante era un punto de vista crítico de mi parte a subrayar las diferencias surgidas en la Izquierda Nacional hace treinta años, cuando se inició el alejamiento entre Ramos y Spilimbergo. Si bien tanto los compañeros más veteranos como yo habíamos permanecido junto al último en aquellas jornadas y lo habíamos acompañado durante todas o algunas etapas del camino, consideraba que reabrir la discusión sobre aquellos lejanos tiempos sólo serviría para ahondar el distanciamiento entre los diversos grupos de IN, cuando la tarea central era la convergencia, tal como lo expresaba nuestra declaración.

Actuamos y actué en consonancia con ella. Fui uno de los impulsores de la publicación de la revista Política y, hasta último momento, busqué el acuerdo con otros grupos de IN para que fuese una edición conjunta y no sólo el producto de PyP. Tuve que luchar contra la inoportunidad y el sectarismo de algún compañero que, en medio de las negociaciones con el movimiento Causa Popular, conducido por Alberto Guerberof y que acompañó a Ramos en las querellas de 1975, saliera públicamente con un intempestivo brulote contra Jorge Abelardo Ramos, en evidente actitud rupturista.

Di charlas y conferencias en todas partes del país expresando el punto de vista sostenido por PyP y, pese a la cautelosa y desconfiada actitud de varios miembros de la mesa, mis intervenciones públicas, personales, por escrito, por radio, televisión e internet, jamás entraron en colusión con la línea política de PyP, sino que, por el contrario, abrían perspectivas para la acción política de nuestro movimiento.

No obstante ello, a lo largo del tiempo, se fue desarrollando una desconfianza y una falta de confraternidad, cuyo origen, según pude enterarme hace unos días, radicaba en lo que dieron en llamar mi “concepción sobre la construcción partidaria”, es decir en mi negativa a conformar una secta salvacionista, y mi insistencia en construir un partido en el que los argentinos de carne y hueso, sin mayores dones que su mera preocupación por su patria y su futuro pudieran encontrar un lugar de lucha.

No voy a poner a quienes hayan llegado hasta aquí en la penosa tarea de conocer las pequeñas maniobras, las zancadillas arteras o la hipocresía que tuve que sufrir por mi resistencia a convertirme, a mi edad, en un boy scout, para quien debería ser más importante ser orgánico que ser político. Todo tipo de personajes, incluso ajenos al partido –lo que no deja de ser paradójico en un grupo autorreferenciado a su sacramental organicidad- desfilaron en la campaña de desprestigio previa a la ejecución. El teléfono dejó de sonar para comunicarme la suspensión de reuniones o las novedades del movimiento. Había comenzado la acción de enfriamiento.

El hecho es que la mayoría de la mesa nacional de PyP decidió expulsarme, el sábado último, por el hecho de que mi “inorganicidad ha generado un mal ambiente en la mesa”, aún cuando “soy la persona que más coincide políticamente con PyP” y dándole a la expulsión la forma cínica de una licencia no solicitada. Como no se animaron a votar una expulsión –cosa que propuse-, concientes de la naturaleza sectaria que tal actitud comportaba, encontraron este cínico recurso, inútil para ocultar la naturaleza sectaria y excluyente de la actitud.

De manera, estimados amigos, que por decisión de la dirección de PyP y de su rampante celotismo he dejado de pertenecer al agrupamiento, y que, por lo expuesto, han resultado incorrectas nuestras presunciones sobre que, desde allí, podríamos llevar adelante un proyecto de unificación de la Izquierda Nacional. Si han sido incapaces de convivir con quien ha marcado un punto de vista diferencial en un par de cuestiones, es imposible que de ese agrupamiento surja política unificadora alguna, la que tendría que absorber diferencias más complicadas y con un desarrollo identitario de años de militancia. Quienes hoy dirigen PyP, he llegado a la conclusión, quieren construir, tan sólo, una pequeña secta sin voluntad integradora, autocomplaciente con su estrechez y doctrinarismo, orgullosa de su pequeña talla y su dogmatismo.

Libre de los compromisos que traté de preservar y respetar, continúo como siempre en la lucha por la liberación nacional y la unidad latinoamericana a la que me sumé a los veinte años. Las ideas de la Izquierda Nacional siguen siendo un instrumento irremplazable en esa tarea. Sigo considerando, como lo expresamos en aquella declaración de hace tres años que “es necesario, sin plazos y sin condiciones, iniciar un movimiento unificador de toda esta fuerza en un diálogo y cooperación sinceros y fraternales, en donde nos reconozcamos en nuestras experiencias sin anteojeras ideológicas y sin prejuicios derivados de enfrentamientos que ya tienen un cuarto de siglo. Este proceso de reencuentro y unificación deberá plantearse sin ideas preconcebidas acerca de la organización que nos daremos y dando cara a la magnitud de las tareas que los nuevos tiempos y la juventud argentina nos exigen”.

Cuando el pueblo argentino, después de la última elección, ha ratificado la política del presidente Kirchner de reasumir el rumbo de nuestra revolución nacional latinoamericana, cuando las declaraciones de la nueva presidente Cristina Fernández de Kirchner ratifican y profundizan esa voluntad popular, al responder con patriótica firmeza y dignidad la alevosa provocación del imperialismo yanqui, a través del mismísimo FBI, se hace, también, más necesaria que nunca “la recreación del gran movimiento nacional revolucionario que exprese al conjunto de las clases y sectores esquilmados por el imperialismo, a los trabajadores sindicalizados y a la vasta multitud de obreros desocupados, campesinos sin tierra, empleados con sueldos miserables, profesionales sin destino en la producción y estudiantes sin futuro, a las nuevas generaciones de militares que anhelan unas Fuerzas Armadas al servicio de la integridad territorial y del desarrollo económico soberano de la Patria”, como sosteníamos hace tres años.

Esta seguirá siendo mi lucha y será ésta la última vez que hable sobre estos lamentables incidentes.

Pântano do Sul, Isla de Florianópolis, Santa Catarina, Brasil
13 de diciembre de 2007


16 de octubre de 2007

El 17 de Octubre de 1945

A 62 años de la jornada fundacional de la Argentina moderna
El 17 de Octubre de 1945
Publicado en la revista Raíces,Octubre 2007, Año 1, N0. 1
Ese año y ese mes se presagiaban cosas en la Argentina.
En mayo de ese año Alemania había capitulado y en septiembre firmaba la rendición el Mikado, pocos días después que dos bombas atómicas, la nueva y pavorosa arma, cayeran sobre dos ciudades japonesas.
El gobierno militar que había puesto fin a la Década Infame se encontraba aislado. Sus aciertos políticos –el régimen conservador fraudulento era intolerable- se habían diluido en una oscura y reaccionaria política cultural y educativa. El tradicional laicismo de los sectores medios había sido inútilmente agredido por un catolicismo tridentino, que intervenía las universidades en nombre de neblinosas metafísicas de sacristía. La declaración de guerra a Alemania no había hecho sino profundizar las diferencias en el seno de las Fuerzas Armadas, entre aliadófilos y germanófilos, pues la medida no satisfacía a ninguna de ellas. Las clases medias democráticas y los círculos intelectuales del establishment vivían la política nacional como un mero capítulo de la lucha mundial entre la “democracia” y el “fascismo”. Sólo algunos pocos hombres, como el socialista Manuel Ugarte o quienes se nucleaban en FORJA, alrededor de Arturo Jauretche, veían el conflicto bélico mundial y nuestra neutralidad como el momento oportuno para ampliar nuestra autonomía nacional, ante el debilitamiento de los eslabones que nos sometían política y económicamente al Reino Unido.
El frente “democrático” era sólido y organizado.
Ahí estaba la vieja oligarquía ganadera, encabezada por la Sociedad Rural Argentina, junto a los monopolios exportadores -como Bunge y Born y Dreyfus- y la vieja Unión Industrial de los importadores y las empresas imperialistas. Todos ellos habían convertido al país, en la Década Infame, en “una parte virtual del Imperio Británico”, como con ufano desparpajo había sostenido Julito Roca, el vicepresidente de Agustín P. Justo. Ahí estaban los grandes diarios, con La Prensa y La Nación a la cabeza, cuyos soporíferos editoriales eran tomados como palabra revelada por la clase media porteña. Para los sectores más populares la Crítica de Botana, con su cocktail de chantaje, crónica roja y admiración a los aliados, proveía las denuncias y las calumnias. La revista Sur, de la estanciera Victoria Ocampo, el periódico Propósitos, del izquierdista Leonidas Barletta, las braguetudas Academias –inútiles instituciones oligárquicas que afortunadamente han perdido la provecta influencia de entonces-, las Universidades y el grueso de los partidos políticos militaban en este bando. El partido Socialista y el partido Comunista les insuflaban una desteñida retórica jacobina. Aparentemente, la conducción de la CGT, dominada por representantes de estos dos partidos, dotaba de base proletaria al reclamo democrático y rupturista. En suma estaban todos los elementos sociales que para algún visitante extranjero o para las embajadas de las grandes potencias podía ser considerada como “toda la Argentina”.

La Marcha de la Constitución y la Libertad
Esta aparente consistencia tuvo su expresión multitudinaria en la célebre Marcha de la Constitución y la Libertad, en el mes de septiembre. Allí, Antonio Santamarina, el estanciero conservador de la provincia de Buenos Aires, se manifestó codo a codo con Rodolfo Ghioldi, máximo dirigente del partido Comunista después de Vittorio Codovila –a la sazón detenido en el cuartel de policía-. Y al frente de ella se destacaba la voluminosa figura de Spruille Braden, el embajador norteamericano
Del otro lado no había, aparentemente, nada: un gobierno militar que había perdido apoyo social y que ya no contaba con la totalidad de los uniformados; profesores perdidos en sueños hispanistas y en nubes de metafísica escolástica; un sector de la Iglesia Católica que veía en la política del gobierno la realización de algunos principios de su doctrina social; y un coronel que parecía estar en todos lados, que se reunía con desconocidos dirigentes sindicales y con nacionalistas de origen radical y sobre el que caía el grueso de las críticas del frente “democrático”.
Y por debajo de estas apariencias, según el principio establecido por El Principito de que “lo esencial es invisible a los ojos”, se estaba creando una nueva sociedad, un nuevo país.
La guerra, por un lado, y la política de nacionalismo económico puesta en práctica por el gobierno, había favorecido un intenso proceso de industrialización que transformaba el paisaje económico del país. Los pequeños talleres del dilatado Gran Buenos Aires se multiplicaban y ampliaban. El gobierno había creado una Secretaría de Industria y Comercio y hasta una Dirección de Política Económica. Una nueva clase social comenzaba a producir, a dar empleo y a enriquecerse. La Argentina se industrializaba. Con ello comenzaba a conocerse un nuevo problema: la escasez energética.
Estos talleres daban nuevas oportunidades a los argentinos pobres que sobrevivían en las orillas de las ciudades del interior. Cada vez más morochos santiagueños, tucumanos o puntanos encontraban puestos de trabajo en la floreciente industria. En diez años la cantidad de trabajadores del sector manufacturero pasa de unos 440.000 a casi 1.100.000. La composición de la clase trabajadora argentina se había transformado. No eran ya aquellos obreros inmigrantes de Italia, de España o del Imperio Ruso. Por el contrario, muchos de ellos se habían convertido en talleristas y en incipientes empresarios industriales y sus asalariados eran, ahora, argentinos del interior, cuyas tonadas comenzaban a hacerse oír en el paisaje porteño.
El mundo que cotidianamente se ponía en movimiento a las cuatro o cinco de la mañana en ese universo desconocido del Gran Buenos Aires, el de los hombres y mujeres que somnolientos entraban en la fábrica o el de los empresarios que pugnaban con el banco para pagar la quincena o el cheque de los insumos, era invisible para la Argentina oficial, la de los grandes diarios, los salones de las embajadas y la biblioteca del Jockey Club.

La caída del Coronel
La enorme presión de la vieja Argentina semicolonial, la de los grandes salones y los peones de pata al suelo, se impuso, por unos días, en los cuarteles. El general Ávalos, y detrás de él la astucia de comité del radical Amadeo Sabattini, se puso al frente de la conspiración, encarceló al vicepresidente de la República y Secretario de Trabajo, coronel Juan Domingo Perón, y convocó a un anciano jurista a formar un nuevo gabinete que expresase a esa vieja Argentina.
Parecía, y el país visible así quería creerlo, que la breve pesadilla había terminado. Nuevamente el país se vincularía al resto del mundo, que el totalitarismo y el capricho del coronel Perón había alejado, “aislando” a la Argentina. Nuevamente nos encolumnaríamos detrás de los vencedores, sin pretensiones levantiscas. Nuevamente, y por sobre todo, se volvería a disciplinar a los “cabecitas negras” a los que la demagogia peroniana había soliviantado.
Y fue entonces que apareció, como un rayo en una noche serena, el país real, sus hombres y mujeres invisibles. Centenares de miles de trabajadores de todo el país, desde los cañaverales tucumanos, los obrajes misioneros y el puesto más remoto de las estancias pampeanas hasta los oscuros talleres suburbanos, los frigorífico platenses y los arrabales rosarinos, sintieron que con la prisión de Perón, en Martín García, nuevamente la despreciable oligarquía volvería a imponer su férula de hierro: la del mucho sudor y poco sueldo, la de la libreta del obraje, la de las balas de la Semana Trágica.
Escribe Jorge Abelardo Ramos: “La noche había caído sobre la ciudad y seguían llegando grupos exaltados a la Plaza de Mayo. Jamás se había visto cosa igual, excepto cuando los montoneros de López y Ramírez, de bombacha y cuchillo, ataron sus redomones en la Pirámide de Mayo, aquel día memorable del año. Ni en el entierro de Yrigoyen una manifestación cívica había logrado congregar masas de tal magnitud. ¿Cómo? –se preguntaban los figurones de la oligarquía, azorados y ensombrecidos- ¿pero es que los obreros no eran esos gremialistas juiciosos que Juan B. Justo había adoctrinado sobre las ventajas de comprar porotos en las cooperativas? ¿De qué abismo surgía esa bestia rugiente, sudorosa, bruta, realista y unánime que hacía temblar la ciudad?"
La presencia decidida del pueblo y los trabajadores, la unanimidad de su respuesta al golpe palaciego y a la nueva dictadura oligárquica que se cernía sobre ellos, logró penetrar en el seno mismo de los cuarteles. Modificó la relación de fuerzas entre los distintos sectores y los hombres más afines al nacionalismo popular del coronel Perón se impusieron sobre sus jefes influidos por la embajada inglesa, se deshicieron de los elementos más cavernícolas del golpe del 43 y respaldaron la exigencia de la multitud: “¡Sin galera y sin bastón, lo queremos a Perón!”
Esa noche se iniciaba otro país, la Argentina justa, libre y soberana.

Vigencia de aquella jornada
Sesenta y dos años después de aquella jornada fundadora, el pueblo argentino ha sufrido dolorosas derrotas y ha intentado otras tantas veces recuperarse de ellas.
Las grandes banderas que se desplegaron en la Plaza de Mayo aquella tarde soleada, las que el general Perón llevó adelante en sus tres presidencias y para las que contó, a lo largo de treinta años con el apoyo inclaudicable de su pueblo, tienen plena vigencia en la Argentina de hoy.
La justicia social, la independencia económica, la soberanía del pueblo y la unidad de la Patria Grande, las grandes propuestas implícitas aquella tarde, hoy son no sólo bandera de los argentinos, sino del conjunto de nuestros hermanos latinoamericanos. En momentos en que los grandes poderes imperiales consideran clausurado el ciclo de las revoluciones populares y cuando las grandes utopías sociales parecieran haber agotado su capacidad transformadora, el 17 de octubre convoca hoy a todo un continente. Aquella tarde soleada ilumina nuestro presente.
Hay momentos en la historia de los pueblos que sólo los poetas pueden convocar con todo el esplendor epifánico que tuvieron en el momento mismo de su realización. El esfuerzo del historiador se vuelve vano, el intento de objetividad del cronista opaca su trascendencia, el recuerdo personal del protagonista reduce su grandeza colectiva. Sólo los poetas logran transformar los datos del investigador o la interpretación del político en la evidencia connotativa del símbolo y en la verdad movilizadora del mito.
El 17 de Octubre de 1945 es uno de esos momentos que el poeta porteño Alfredo Carlino define con estas palabras, más iluminadoras que ninguna otra:

Vastedad del abismo.
Arrancaron de Berisso, Ensenada,
Avellaneda y Valentín Alsina.
en el resplandeciente fulgor
de la muchedumbre esperanzada
violaron la fuente de la plaza,
se lavaron los pies del cansancio
y del mundo que se iba, irremediablemente.
Hoy nazco lleno de esta música tamboril,
imperecedera, que seguirá en la descendencia
y en el mito de la popular.
Porque el 17 de octubre fue el nacimiento
y la eternidad nos esperaba.