29 de agosto de 2025

Tercera Crónica de Hopean Maa

A consecuencia de sus palimpsestos, Yago Hispánico perdió las llaves del Cofre de los Baldados y se le prohibió la entrada en el palacio. Nada de esto impidió que apareciesen nuevos palimpsestos cada vez más comprometedores, no solo para Arinak y, por ende, para Yelim, sino también para la, hasta ese momento, intocable Pechos Bellos. Quienes habían logrado descifrar esos complicados textos afirmaban que la maga avarienta había oído esas habladurías en los infinitos pasillos del palacio e intentó quitar de su responsabilidad el cuestionado Cofre y pasarlo a la égida del Doctor Jirones, el Oscuro, aquel que había preparado y repartido el mortal elixir que mataba a quienes, ignorantes de sus efectos, lo consumían creyendo que aliviaba sus dolores, tal como relatamos en la Primera Crónica.

Pero los palimpsestos, impregnados de oscuros conocimientos cabalísticos y propios de la gematría, habían hecho conocer un número que el populacho, enojado con los desmanes del maldito gnomo Yelim, había convertido en símbolo: el 3. En todos lados, en los muros del palacio, en las paredes de la taberna, aparecía el fatídico número. Incluso, en los barrios más humildes de la ciudad del Palacio, los villanos se saludaban levantando los dedos índice, medio y anular.

El que no cesaba en su tenaz lucha por defender al Gnomo Real y a su hermana, la bruja Arinak, era el hechicero Wilhelm Franks. En todas las instancias posibles, en la plaza pública, en las reuniones de la Corte, el eterno hechicero del poder repetía sin cesar sus escasos argumentos, que solo buscaban cambiar de conversación. Incluso se presentó ante la Asamblea del Reino, una antigua institución, bastante desprestigiada, donde se reunían delegados de todos los confines del reino. Allí intento el experimentado hechicero convencerlos de que todas esas revelaciones de los misteriosos palimpsestos no eran más que patrañas y mentiras de los seguidores de la Cautiva de la Torre o de los sicarios del conde Achse.

Pero los acontecimientos se precipitaron en un empinado tobogán.

El gnomo Yemil, su hermana Arinak acompañados por el ogro noruego Skallet Ekspert –que ambicionaba desplazar a Achse y arrebatarle su condado– intentaron visitar a los campesinos de la vecina aldea en las Colinas de Aromas. Contrariamente a lo que se imaginaban los vecinos del villorrio, indignados con las revelaciones de Yago Hispánico y con el desmantelamiento del Cofre de los Baldados, comenzaron a abuchear a la pareja real y su corte, mientras desfilaban en una blanca calesa abierta. La indignación de los campesinos llegó al grado de arrojar sobre los ocupantes de la calesa piezas de la brasica olearacea var itálica, una hortaliza abundante en selenio y por lo tanto apreciada por sus poderes rejuvenecedores.

Yelim y Arinak, temiendo quizás por sus vidas, huyeron del lugar, no sin antes desalojar de la calesa al enorme ogro Skallet, quien debió huir del lugar montado en un pequeño borrico, conducido por un campesino, apenado por la bochornosa situación de tan altos dignatarios.

Los hechos de Colinas de Aromas, rápidamente, fueron hechos conocer por trovadores que repetían en plazas y esquinas las mofas y los versos bufonescos que la multitud había lanzado a los visitantes. Quizás por ello, la escena se repitió en otro de los condados más lejanos del palacio, en la Ribera de las Siete Bocas. Hasta allá quiso llegar la bruja Arinak acompañada, en este caso, por uno de los Hermanos Palíndromo, el joven Mårten. La reacción de los villanos fue aún peor. Siendo un condado conocido por la agresiva virilidad de sus hombres, muchos de ellos siempre con un cuchillo preparado para que salga cortando, el repudio a los visitantes se manifestó con amenazas personales y un estrecho contacto cuerpo a cuerpo.
También de allí, de la Ribera de las Siete Bocas, debió huir Arinak y su circunstancial acompañante, también tiznado con el escándalo de los precios de las hierbas mágicas.

A todo esto, el gigante Strujanegros, un esperpento flaco y alto como un obelisco y casi con su misma agilidad, seguía desde uno de los infinitos salones del palacio con sus prácticas letales. Así como un día expulsaba a los sirvientes del palacio, otro día dejaba de proveer del oro necesario para el funcionamiento de las caballerizas reales y de las Casas de Salud donde los súbditos eran revisados por los brujos benignos, muchos de ellos nacidos en reinos fronterizos.

En el medio de este aquelarre, Yago Hispánico se presentó ante las Altas Togas del reino para defenderse de las acusaciones de Yelim, Wilhelm Franks y del enano Lujam Al Saghira. La noticia generó una enorme preocupación en la Corte. El monje Hispánico guardaba bajo su hábito talar turbios secretos sobre las maquinaciones, no solo del gnomo y la bruja, sino de chambelanes, visires, ministros y aspirantes a brujos consagrados.

A todo esto, se preparaba, como ya dijimos, el único día en el año en el que la opinión de los súbditos adquiría cierto valor y eso era aprovechado tanto por los cortesanos, como por los seguidores de Kerstin, la Cautiva de la Torre, y del conde Achse, para hablar con los habitantes del reino. En una de esas reuniones, en una pequeña villa conocida por la excelente fermentación del mosto de malta de cebada, agua, lúpulo y levadura, Maksimaalne, el hijo de Kerstin, profirió un grueso y desventurado epíteto contra Achse, en presencia del alcalde, la doncella Moira de los Andes. La reacción de los seguidores del Conde, que eran muchos, ya que los labriegos y campesinos de la región se sentían beneficiados por sus acciones en el palacio, fue inmediata. Un coro de repudio brotó desde las chozas mas pobres y oscuras del condado de Sanos Oreos, tal como se llamaba.

Todo en el reino era tensión y suspenso. Pero eso continuará en la siguiente crónica.

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