17 de julio de 2008


El Yon Goicochea tuvo una idea y ya la quiere vender

En la edición de El Universal de Caracas del día de ayer aparece un esforzado producto intelectual del Premio Milton Friedman a la Libertad, un joven gordito venezolano llamado Yon Goicoechea. El título de la deposición es ya un anticipo de la abismal profundidad de sus elucubraciones. “Vendamos ideas” propone Yon, quien acaba de tener una y ya quiere hacerla plata
[1].

Así nos enteramos que “Las grandes naciones han vendido al mundo sus productos, pero se han hecho grandes por vender sus ideas”. Y de inmediato se lanza a dar ejemplos sobre tan peregrina idea de la grandeza histórica. “De Grecia trascendió su filosofía, de la Iglesia la fe, de Francia su libertad, igualdad y fraternidad” argumenta Yon, y agrega, para que nada le quede afuera de su erudición, un muy oportuno “etcétera”. Como se sabe etcétera, del latín et cetĕra, significa literalmente “y lo demás”. Se trata de una expresión usada para sustituir el resto de una enumeración que: (a) se sobreentiende gracias a una progresión lógica o al contexto, (b) que no interesa expresar o bien (c) que se ha olvidado. Como se verá, es lógico suponer que este último es el uso que en este caso tiene la locución latina.

Varias son las tonterías que aparecen en tan pocas líneas. La primera de ellas, la más simple, la más conspicua, es la idea de que Parménides y su rotunda afirmación acerca de que “el Ser es y el no-Ser no es”, el oscuro Heráclito y su metáfora del mutable río, la umbría caverna de nuestro psiquismo donde se proyectan las sombras del mundo real como explicaba Platón o el realismo democrático de Aristóteles, no fueron otra cosa que la ingeniosa ocurrencia de un grupo de creativos de una gran agencia publicitaria, gracias a los cuales Grecia -¿una gran nación?- ganó mucho dinero y se hizo grande.

La otra tontería que asalta al desprevenido lector es considerar a la Iglesia como una gran nación, y a la fe como un invento de ella. La tercera es creer que fueron esas ideas más que sus colonias en Asia, Africa y América, las que hicieron grande a Francia.

Y por sobre todo ello la idea de que estas tres entidades de diferente naturaleza se dedicaron a “vender” ideas.

Pero, no importa, Yon ha tenido una idea y quiere venderla. Encandilado por esta iluminación, el nuevo propietario de medio millón de dólares cree entender que los venezolanos “no venden ideas”. Y se pregunta, creyendo saber la respuesta: “¿Ha habido publicidad de logros científicos, artísticos, académicos o similares, de venezolanos en la última década?” Ops, aquí metí la pata, piensa, y agrega con un paréntesis: “salvo lo relativo a la música clásica, en eso somos de primer mundo”. Dejemos de lado la zoncera acerca de “ser del primer mundo” en lugar de decir lo hemos hecho bien o somos una gran nación. El ideal de Yon no es ni lo uno ni lo otro, sino parecerse a Miami, donde, no obstante, no deja de ser, con premio y todo, un oscurito latino de apellido impronunciable.

Y a partir de estas simples tonterías, que avergonzarían a un campesino de Guárico o a un criollo de Santiago del Estero, Yon desgrana un llamamiento a “hablar más de ciencia, de arte, de historia, de filosofía, etc”.

Si algo sorprende al visitante extranjero al llegar a estas hospitalarias tierras es el alto nivel de información sobre ciencia, arte, historia y filosofía que proporcionan los medios electrónicos públicos. La programación de Telesur abunda en maravillosos reportajes a artistas y pensadores de todo el continente. El CELARG de Caracas, la Biblioteca Nacional, el Ministerio Popular para la Cultura y las áreas culturales de todos los organismos públicos a nivel nacional, estadual y municipal, despliegan una incesante actividad en estas áreas. La impresión se hace más profunda a poco que se sintonice alguno de los canales privados que sistemáticamente protestan por la falta de libertad de expresión. Ahí reina el más crudo comercialismo, la programación más superficial, mediocre e ignara, la estolidez más profunda de conductores e invitados, la ausencia más completa de todos estos ítems –ciencia, cultura, arte, historia y filosofía- que hoy a Yon le salieron de su cabeza, como Minerva de la testa de Júpiter.

En una muestra de su infinito talento, el albacea intelectual de Milton Friedman da un ejemplo desopilante: “En algunos países lo están haciendo, por ejemplo, los jóvenes del Partido Nacionalista Vasco tienen un programa llamado ‘Think Gaur Euskadi 2020’”. Para la mayoría de los lectores de El Universal que poseemos una amplia ignorancia del éuzkaro nos informa que quiere decir “Piensa hoy la Euzkadi de 2020”. Que “pensar” en aquella misteriosa lengua se diga igual que en inglés es algo que lingüistas de todo el mundo todavía no habían descubierto.
Pero, tonterías aparte, Yon ignora, o simula ignorar, que hoy Venezuela es conocida en toda América Latina por sus ideas, por la producción incesante de libros, ensayos y artículos periodísticos donde lo que se hace es discutir el futuro, no solo de este país admirable, sino del continente americano. Que las ideas que esta Venezuela genera son discutidas no sólo en Europa, sino en el mundo árabe, en Asia, en África. Pero en algo tiene razón el farsante: no se ha dado un solo caso en el que Venezuela haya vendido estas grandes ideas liberadoras.

Quizás esté buscando un puestito en el Ministerio del Poder Popular para la Exportación de Ideas, a crearse en la próxima remodelación del gabinete.

Caracas, 16 de julio de 2008

[1] El Universal, martes 15 de julio de 2008, página 1-8.

4 de julio de 2008

Apuntes sobre la situación colombiana



El tema de las FARC, el rescate de Ingrid Betancourt y cómo ello influirá en la política de la región amerita un tratamiento cuidadoso porque están en juego muchos sacrificios, muchos años de lucha, mucho dolor y mucha sangre. De modo que trataré de expresar mi opinión del modo más prudente que me salga.




Creo que las FARC -más allá de la legitimidad de su origen, de la injusticia orgánica de la sociedad colombiana y de su estado- eran, en cierto modo, un elemento residual de otra época.

Las FARC fueron convirtiéndose a lo largo, sobre todo, de la década del setenta en un instrumento de la Guerra Fría en la región, política ésta de la que no fue ajena la propia dirección cubana. Ni el violento golpe de Estado contra Salvador Allende, ni el error de la destitución de Velazco Alvarado, ni la dictadura de Videla y Martínez de Hoz en la Argentina pueden ser analizados fuera del marco de la Guerra Fría.

Desde mi perspectiva -una perspectiva sureña, como digo, muy influida por la experiencia del peronismo- el papel jugado por los soviéticos en el proceso revolucionario latinoamericano fue deplorable. Sometieron el destino de nuestros pueblos a su política de gran potencia. Con muy pocas excepciones, los partidos comunistas latinoamericanos no fueron otra cosa que la correa de transmisión de la política soviética, ajena a la historia, los intereses y hasta las expresiones políticas concretas de nuestras aspiraciones. La lista de iniquidades cometidas por estas conducciones dóciles a Moscú sería larguísima. Para dar dos ejemplos tomados de la historia de mi país puedo citar el antiperonismo rampante del comunismo argentino y su apoyo declarado y documentado al golpe de estado de 1976 y a la dictadura de Videla.

La implosión de la Unión Soviética y la victoria de los EE.UU. en la llamada Guerra Fría cambiaron por completo las condiciones de lucha en nuestro continente. Si bien, la potencia vencedora desarrolló a partir de los años 90 una brutal hegemonía política, económica e ideológica fundada en los lineamientos del Consenso de Washington, con el dramático costo que ello tuvo para nuestros pueblos, la desaparición de la Unión Soviética y la crisis terminal de los partidos comunistas nacidos, crecidos y agotados bajo su dominio, abrió nuevas corrientes, nuevas perspectivas y posibilidades al desarrollo de un proceso popular revolucionario propio e independiente. La propia Revolución Bolivariana y la aparición de Hugo Chávez en el panorama continental son una prueba de ello. Pero también lo son todos y cada uno de los procesos que en nuestros países han modificado durante los últimos años la relación de fuerzas entre el imperialismo y nuestra Patria Grande.

Las FARC se congelaron en el frío siberiano de aquella época. Incapaces de tomar el poder en Colombia -país de una complejidad histórica y política descomunal-, con un creciente aislamiento político, con prácticas como la de los rehenes que las aislaban aún más de la población no sólo colombiana, sino latinoamericana, su sobrevivencia dependió cada vez más de la formidable tozudez de sus dirigentes que, conciente o inconcientemente, no lograban encontrar una salida política al laberinto en el que la historia colombiana y mundial las habían metido.

El propio Fidel y la dirección cubana en general fueron, poco a poco, largándoles la mano. Cada vez era más evidente su inviabilidad para tomar el poder en Colombia. Fuera del respeto que merecen su pertinacia y sus ideales, las FARC fueron debilitándose políticamente y la cuestión de los rehenes como única política para negociar su sobrevivencia terminó por hartar a la mayoría de la sociedad colombiana. Las relaciones con los narcos -que por otra parte atraviesa a toda la sociedad colombiana, por lo que se puede leer en las referencias periodísticas-, aún bajo la forma del llamado impuesto revolucionario, no contribuyó en lo más mínimo a sostener su popularidad. Su última actividad política de cierta magnitud fue aquella visita que hiciera uno de sus dirigentes a la Bolsa de Nueva York. La fiebre del capital financiero había llegado al corazón mismo de las selvas colombianas. Mientras tanto, un presidente que representaba a la tradicional política colombiana en su versión más conservadora, de una notable habilidad e inteligencia política, Alvaro Uribe, reunía tras de si a la mayoría del país que quiere poner fin al anacronismo de las FARC, de su chantaje y sus secuestros. Los EE.UU. ven en ello no la posibilidad de derrotar a una guerrilla que no significaba ninguna amenaza real a su política imperialista, sino la oportunidad de poner tropas en un país fronterizo a Venezuela y a Brasil. Mientras Fidel Castro y Cuba mantienen un buen nivel de relación con Uribe, Chávez intenta una salida negociada para los rehenes y para la propia guerrilla de las FARC. La entrega unilateral de rehenes, con la participación de importantes líderes continentales y europeos, fue la coronación de esta política de Chávez. Uribe, su ministro Santos y los yanquis vieron que esto daba nuevos aires a unas FARC bastante faltas de oxígeno y pusieron punto final a eso de un modo dramático: bombardearon un campamento de las FARC en territorio ecuatoriano. La reunión de Santo Domingo, entre los países hispanoamericanos sin la presencia destructiva de los EE.UU. salvó al Cono Sur de un enfrentamiento militar que hubiera sido nefasto para el proceso de integración.

Chávez, que es un extraordinario político de la talla de los grandes de nuestro continente, -Lázaro Cárdenas, Getulio Vargas, Perón y Fidel Castro- y cuya mirada se proyecta en el tiempo y escudriña el futuro, entendió que tenía una brasa en las manos. Continuar con una política de hostigamiento hacia Uribe, en defensa de una guerrilla agónica, cuya única fuerza de presión eran los secuestrados, le significaba abrir un frente que no tenía una solución a corto plazo y mantener una disputa abierta con el principal vecino, ni más ni menos que la Colombia de Santander que derrotó al Libertador en su última batalla. Su paso atrás, su distanciamiento explícito y reiterado de las tácticas armadas y de los secuestros, hicieron evidente que la pulseada entre el gobierno colombiano y las FARC ya estaba decidida. Y, como dicen los sindicalistas argentinos, a los compañeros se los acompaña hasta la puerta del cementerio. No se entra con ellos.

Importa muy poco cuales fueron las condiciones de la liberación de Ingrid Betancourt. No es muy creíble la historia oficial y, como se sabe, la primera víctima de una guerra es la verdad. Pero lo que sí es evidente es que el gobierno de Colombia ha ganado políticamente y que esa victoria no arrastra a Hugo Chávez y al proceso bolivariano, es decir continental.
Caracas, 3 de Julio de 2008

8 de junio de 2008

La muerte de un canalla

La muerte de un canalla 

Desde principios de la década del sesenta hasta hace tan sólo unos años, Bernardo Neustadt fue el periodista que, desde la televisión, la radio y la prensa escrita defendió el interés económico y político de las empresas imperialistas radicadas en la Argentina, el de la oligarquía de la Sociedad Rural Argentina y el de la embajada norteamericana. Cómplice con todos y cada uno de los gobiernos de facto que se sucedieron a partir de la contrarrevolución de 1955, Neustadt, Bernie para sus amigos y para sus enemigos, fue la cara que en su programa de televisión justificaba la entrega de los intereses nacionales, la represión de la voluntad popular mientras hacía sistemática apología del imperialismo yanqui. Su completa adhesión al llamado Proceso Militar iniciado en 1976 con la presidencia del chacal Videla, lo hizo el vocero y apólogo de la desaparición de personas, de apropiación de niños, de la tortura y el asesinato. Hijo de puta, con cara de hijo de puta, su tono melifluo, resbaloso, escurridizo y obsecuente con el poder oligárquico, lo hizo blanco del odio popular más intenso y objeto de sistemática burla y desprecio.

Ocurre que el muy hijo de puta fue, según se dice, hijo de una prostituta de las que traía la maffia judía a la Argentina durante la década del veinte y del treinta del siglo pasado, desde los empobrecidos campos de Polonia y Rumania. Al llegar, entregó su hijo a un colegio de hermanos educadores de Buenos Aires, donde fue considerado como el despreciado e inteligente rusito de padres ignotos. Posiblemente esto marcó su repugnante rastacuerismo, su obsecuencia hacia la clase social cuyos hijos, cuando niño, lo despreciaban y ridiculizaban su nariz azhkenazim o su miopía. En su juventud, y a las postrimerías del segundo gobierno del general Perón, integró el grupo de colaboradores del vicepresidente de entonces, el Almirante Alberto Teissaire, expresión de los sectores más corrompidos y claudicantes del gobierno, a punto que éste último se convirtió en dócil instrumento del régimen usurpador instaurado en 1955.

Fue así como la Revolución Libertadora lo contó entre los soplones que traicionaban a quienes habían sido sus recientes amos y de ahí se proyectó al periodismo. 

Acuñador de vulgaridades convertidas en tópicos, hizo popular al personaje de Doña Rosa, la encarnación simbólica de la buena señora, anciana, algo gorda, de origen inmigratorio, que con la bolsa de red hace cola en la verdulería. Toda la ignominiosa defensa que realizó a la entrega de los teléfonos, el petróleo, la línea aérea, la minería y hasta las jubilaciones al imperialismo y al capital financiero, durante el gobierno de alguien antropológicamente parecido a esta basura, el ex presidente Menem, la hizo en nombre de Doña Rosa, quien con el neoliberalismo más hambreador y desnacionalizador podría tener teléfono, podría viajar en avión como resultado del desborde de riqueza que sobrevendría al enriquecimiento de los ya ricos. 

Tuvo razón. 

Doña Rosa obtuvo su teléfono, pero al poco tiempo se lo cortaron por falta de pago. Con el dólar uno a uno pudo viajar a Paraguay, pero los aviones comenzaron a caerse, a demorarse, los vuelo a suspenderse y la aerolínea de bandera se convirtió en la porquería que es hoy, tal como lo puede atestiguar cualquiera que viaje con cierta frecuencia entre Buenos Aires y Caracas. Este rastrero trepador ganó mucho dinero con su infamia. Se convirtió en un hombre rico y llegó a casarse con una heredera -de blasones y apellido- de la vieja oligarquía argentina, lo que le dio entrada al hijo de la meretriz rumana en los salones del Jockey Club, sin por ello impedir la mirada de desprecio antisemita con que los viejos socios lo recibían y saludaban. 

Fue la síntesis de la peor Argentina: la de los fusilamientos, el bombardeo a Plaza de Mayo, los secuestros, las desapariciones, el asesinato y el robo de niños. Fue el lenguaraz pago, complaciente y agachado, de quienes convirtieron el gran país de la década del cincuenta en el monoproductor de soja y millones de excluidos que es hoy. 

Este Día del Periodista, esta jornada en homenaje y recuerdo al gran Mariano Moreno, ha traído a los periodistas honestos de la Argentina esta noticia que ha hecho mucho más respirable el aire de nuestra profesión.

Para quienes hemos vivido en la Argentina en los últimos sesenta años, la esta noticia nos obliga a destapar empolvadas botellas de Malbec, aguas de vida escocesas durmientes durante 24 años en su lecho de roble, adobar las carnes, marinar las aves y volcar sobre la mesa toda la alegría que tantas veces nos arrebataron. Ha muerto Bernardo Neustadt, permítaseme escribirlo una vez más, para prolongar el exquisito disfrute: ha muerto el grandísimo hijo de puta de Bernardo Neustadt. Que la tierra pese sobre el miserable cadáver de Bernardo Neustadt. 

Buenos Aires, 7 de junio de 2008.

11 de mayo de 2008


Groussac, Borges, Moyano, Clarín y un pequeño miserable

Este es el modo como los monopolios mediáticos -convertidos, también en Argentina, en el eje articulador de la oposición golpista, falsamente democrática y oligárquica, igual que en Venezuela- intentan defender el autoritario, despótico ejercicio de su libertad de empresa. Seguramente los lectores latinoamericanos requieran de una breve explicación.

Quién es Hugo Moyano

Hugo Moyano es el secretario general de la Confederación General del Trabajo (CGT), un poco gordo, negro -como se dice en mi país- de ascendencia indígena, fiero, para los parámetros de belleza de la revista Gente o Para Ti, como pisar mierda descalzo, habla como millones de argentinos, con errores de prosodia, desdibujando las "eses" finales -nosotros decimos comiéndose las eses, pero como la expresión es anfibológica la he evitado-.

Ha sido el más duro y consecuente opositor al menemismo, cuando muchos de sus compañeros eran cooptados por la corrupción neoliberal. Ha logrado que, no sólo los conductores de camiones, sino todo el personal que trabaja alrededor de un camión -esto es los recolectores de basura, los cargadores de camiones en las transportadoras de bebidas, los descargadores de los supermercados, es decir los sectores menos especializados y por lo tanto peor pagados de la clase trabajadora argentina- hayan obtenido convenios que han logrado elevar la dignidad de estos trabajadores y sus familias al nivel de un maestro o un empleado de banco.

Moyano y la CGT son dos soportes decisivos del gobierno de Cristina Fernández. Constituyen la base proletaria, asalariada, de un gobierno débil en muchos aspectos, pero que ha intentado en los últimos siete años -incluyendo la gestión de su marido- cambiar el rumbo neoliberal, proimperialista y prooligárquico de la Argentina.

Hugo Moyano en la Biblioteca Nacional

Este gobierno, lanzado a una lucha sin cuartel con el sistema mediático, lleva a Moyano a la Biblioteca Nacional -una especie de templo laico del iluminismo oligárquico, donde los espectros de Paul Groussac y de Jorge Luis Borges, con su mezcla de cinismo y desprecio por las razas de humilde color, aún asustan a los lectores trasnochadores- para discutir la sanción de una nueva Ley de Radiodifusión, que reemplace a la vigente, dictada por la dictadura de Videla.
Y he aquí, en toda su restallante infamia, clasista y reaccionaria, la crónica de uno de los paniaguados y alquilones con que Clarín pretende expresar a la clase media argentina, en su edición de hoy sábado 10 de mayo de 2008.

Lo primero que intenta resaltar es el carácter patibulario del público que siguió a Moyano. Para ello titula:
“Rodeado de una barra de camioneros, el jefe de la CGT habó en la Biblioteca Nacional”

Días atrás, en la Feria Nacional del Libro había dado una conferencia el periodista norteamericano Tom Wolfe, frente a un entusiasta público integrado en su mayoría por muchachas de mediana edad, que celebraban con los ojos en blanco las ocurrencias del ambiguo personaje. A nadie se le ocurrió titular "Barra de entusiastas solteronas dio marco a la conferencia de un escritor extranjero", por ejemplo.

¿Que pretende el jefe de redacción de Clarín, con ese título?

¿Que la primera visita del negro Moyano como expositor a la Biblioteca Nacional fuese acompañada de un coro de doncellas que, en blancas togas, le arrojase pétalos de rosa a su paso?

El hombre, siguiendo al Martín Fierro, debe haber pensado “yo soy toro en mi rodeo y torazo en rodeo ajeno” y, para sentirse más seguro, se hizo acompañar por sus iguales: fornidos recolectores de basura a razón de 3.500 kilos por noche, choferes de gigantescos camiones de 150.000 dólares, conocedores de todos los comedores que hay entre Buenos Aires y La Quiaca, o entre Río Gallegos y San Pablo, con su infaltable toalla en el cuello y su voluminoso abdomen asomando bajo los pliegues de la camisa desabrochada.

Y este hecho, democrático, plebeyo, popular, Clarín pretende convertirlo –en actitud de señora gorda lectora de Andrés Oppenheimer- en un baldón a la sacralidad del recinto. La Prensa y La Nación ya lo hicieron durante y después del peronismo. También lo había hecho el periódico Propósitos, del partido comunista en 1945.

Clarín ha logrado entrar en tan poco honroso Salón de la Fama.
El verdugo como víctima del decapitado

La segunda maniobra del monopolio es ponerse en el papel de víctima, actitud esta que los venezolanos conocen muy bien.

Este multimillonario monopolio, que factura diariamente millones de dólares, se siente amenazado por “una campaña de agresiones” consistente en que “militantes camioneros repartían ayer en la sala calcomanías con las leyendas ‘Clarín miente’ y ‘TN-Todo Negativo’”. Las tiernas y sensibles almas de doña Ernestina, sospechosa de cambiar la identidad de sus hijos adoptivos durante el videlato, y de Pagliaro, cuyo dedo índice debe tener el tamaño del obelisco como producto del ejercicio de contar los billetes de dólares ganados en los últimos treinta años, sienten que su dictadura es amenazada por unas leyendas distribuidas en la Biblioteca Nacional por un grupo de recolectores de basura.

Su mera enunciación revela la infamia del Clarín y la lacayuna obediencia del plumífero que firma el artículo.

Frente a este arrastrado Marcelo Helgfot se alza, ejemplar y admirable, la renuncia de Claudio Díaz a las mieles y seguridades de la esclavitud que ofrece Clarín a sus paniaguados.
Caracas, 10 de mayo de 2008

24 de abril de 2008



Entre la estolidez y el cinismo

(con perdón de Fabio Alberti)

La tontería, es cierto, no tiene signo político. Se puede ser un tonto oficialista o un tonto opositor. Pero la tontería política siempre sirve al poder establecido, siempre colabora a su mantenimiento, a su perdurabilidad. Vease sino la nota publicada por Rebanadas de Realidad y firmada por una tal Ana Moreno, presentada como vicepresidenta del ARI de Lomas de Zamora, bajo el título Quienes promueven la desestabilización de éste gobierno, que en realidad debería haber sido Quiénes promueven la desestabilización de este gobierno. No es que sobre un acento, sino que está mal puesto.

Pero todo el acento del artículo está puesto en un lugar equivocado, como se verá a continuación.

Dice la señorita Moreno: “Hace mas de 2 meses que se pronuncia la palabra 'golpe'. Durísimo, cruel, severo e inhumano término”. Y uno se imagina que a continuación descargará su ira contra los criminales cortes de rutas, contra el consecuente sitio por hambre a las grandes ciudades argentinas, contra las señoras que manifestaron el 25 de marzo con el retrato del chacal Videla, contra las perfumadas muchachas rubias que hacían con la mano el gesto de “Andáte”, contra la sistemática campaña de los grandes medios contra un gobierno llegado hace sólo cuatro meses. Y uno sigue esperando la denuncia de esas prácticas golpistas cuando después agrega: “El problema no es el término, el problema son las practicas (sic) y de donde provienen esas practicas (sic). La complicación es la expresión oral, corporal, gestual y la representación que ello implica". Tiene razón piensa uno, el problema no es una palabra, el problema es que los argentinos tenemos una larga experiencia en golpes de estado y sabemos perfectamente dónde y cómo se inician esos golpes: en el diario La Nación, en la Sociedad Rural, en CARBAP, en la embajada de los EE.UU., en los alrededores de la plaza Vicente López, en los countries de Pilar. Lo de la expresión corporal y gestual oscurece un poco lo que venía clarito y la última expresión “la representación que ello implica” termina por opacar la luminosidad del concepto, porque uno no entiende lo que quiere decir.

Pero el párrafo siguiente produce una llamada de alarma en la cabeza del lector: “Lo terrible, lo atroz, es la instalación en la opinión publica (por adopción o por oposición) de este termino y quien lo hace, encubriéndose detrás de una pseudo defensa de nuestra democracia”.

Y cuando agrega: “O alguien se puede adjudicar la democracia? O tiene un nombre y un apellido unidireccional y unilateral?”, la alarma se convierte en el penetrante ulular de sirenas de una decena de autobombas. ¿A quién se está refiriendo la señorita vicepresidenta del ARI de Lomas de Zamora? Por ventura ¿no estará intentando acusar a la presidenta Cristina Fernández de incitar al golpe contra ella? Pero, sin embargo, ¿qué quiere decir que “lo atroz, lo terrible” no es, contra lo que podría pensarse, generar las condiciones políticas para un golpe de estado, sino “la instalación en la opinión pública de este término”? ¿Por qué, continúa preguntándose uno, habla de “pseudo defensa de nuestra democracia”?

Con todos estos interrogantes uno continúa leyendo ya casi llevado por el suspenso de una novela policial. ¿Quién será el culpable de tantas atrocidades?

Y continúa la señorita Moreno: “Leo y releo, incansablemente las opiniones de los lectores de distintos periódicos nacionales. Con mucha preocupación, estos lectores también pregonan a través de la adscripción o el repudio el 'golpe'. En las calles, en los cafés, en la universidad, en el colectivo, con los amigos / as, con los compañeros / as de trabajo, en el almacén... " ¿Adónde irá a parar?, se pregunta uno, ya ansioso por llegar al final.

Y aquí aparece develado el “misterio profundo de la cosa”, como decía Julián Centeya: “Ergo, esta instaladísimo”. Y ¿quién se ha encargado de “instalarlo”? “Se ha encargado este gobierno”, dice la señorita Moreno.

Aunque parezca mentira, esta émula de la “Coti Nosiglia” de Boluda Total acusa al gobierno, objeto de una violenta ofensiva con claros contenidos golpistas evidenciados en todos los medios, de “instalar” –terrible, atroz- la idea del golpe, al denunciarlo, al denunciar la complicidad de la miserable e indigna oposición, de la señora Carrió y sus visajes hacia fuera de cámaras. Pretende, en su tonta construcción ideológica –se sabe que el papel en blanco acepta cualquier cosa- montar una teoría por la cual un criminal podrá excusarse de su homicidio con el argumento de que la víctima “instaló” la idea del crimen al gritar con desesperación “¡me quieren matar!”.

En efecto, la señorita Moreno-Nosiglia afirma sin rubor: “La dirigencia de este (nuestro) gobierno, a través de una planificación sistemática de hacernos creer que todo aquello a lo que no pueden dar respuestas, por incapacidad o por oportunismo decidioso (sic), es culpa y responsabilidad de otros".
“Esos otros somos nosotros / as. Todos y todas. Toda la sociedad ahora es de ‘derecha’”.

Así es, señorita Moreno. “Esos otros” son ustedes. No toda la sociedad, como, con chicana de picapleitos, afirma, sino ustedes, quienes, bajo la tutela de las clases más parasitarias y rentísticas de la sociedad, amparados por la impunidad que le dan los grandes diarios, los canales de televisión privados y el respeto irrestricto del gobierno a la convivencia democrática, son cómplices de un intento de golpe de estado. Un golpe de estado frío, más mediático que militar, con chicas rubias y uniforme escolar más que con gorras y bigotes, con más música de Sanz que marchas militares, con la finalidad de torcer la voluntad, expresada en las urnas de modificar la distribución del ingreso en la Argentina.

Todas sus apelaciones a la democracia, señorita Moreno, suenan como una carcajada en un velorio.

Caracas, 24 de abril de 2008

21 de abril de 2008

Caracas, 19 de abril de 1810 - Buenos Aires, 25 de mayo de 1810

En estos días se ha celebrado en toda Venezuela la fecha que motivó a Andrés Bello a una juvenil canción escrita unos años después, en la que cantaba: "Caraqueños, otra época empieza…".

El 19 de abril del año 10, las clases decentes de Caracas destituyen al Gobernador y Capitán General de la provincia de Venezuela, Vicente Emparán, e instauran una Junta de Gobierno que desconoce al Consejo de Regencia establecido en Cádiz y asume la representación de la autoridad en nombre del rey Fernando VII, a la sazón, como se sabe, en manos de los franceses. Los protagonistas principales de ese histórico Jueves Santo son entre otros: Francisco Salia, quien obliga al gobernador y Capitán General, tomándolo fuertemente del brazo, a volver al Cabildo Abierto del cual se había retirado para ilegitimar su sesión; el ignoto jefe de la guardia del Capitán General, que ordena a su tropa a no repeler la agresión física sobre la máxima autoridad; José Felix Ribas, el agitador que se arrogaba la representación de todos los partidos; el cura chileno Cortés de Madariaga, cuyo discurso llevó al Capital General, Vicente Emparán, a la renuncia final.

La historia ha inmortalizado un momento que, como en una fotografía, se condensa la complejidad de los hechos. Rojo de ira, por el discurso del canónigo chileno, Emparán, declaró que si no lo querían estaba dispuesto a abandonar inmediatamente el cargo. Y mientras hablaba, se dirigió al balcón del cabildo y no se sabe si por audacia o por desconcierto, preguntó a la gente que se había reunido a las puertas del edificio si estaban o no conformes con su gobierno. Al parecer, el pícaro y rebelde chileno, como un moderno productor de televisión, dudando sobre la lealtad de los presentes –muchos de ellos sirvientes y esclavos de los cabildantes- hizo, detrás de Emparán, con su dedo índice la seña de la negación dirigida a algunos de los que pertenecían a la conjura. Un tumultuoso "¡No!" respondió a la retórica pregunta del Capitán General, quien se retiró del recinto, exclamando: "¡Pues yo tampoco quiero seguir mandando!"[1]

Los mantuanos –la clase social de propietarios criollos cuyas mujeres tenían derecho exclusivo al uso del manto- habían logrado ese día, y bajo la "máscara de Fernando VII" –artificio político que se expandió como un reguero de pólvora por todos los cabildos hispanoamericanos- lo que sus anteriores pronunciamientos y rebeliones no habían obtenido.

1795 y el rechazo a la Real Cédula de Gracias al Sacar

El 10 de febrero de 1795 una Real Cédula dictada en Aranjuez y conocida como "de Gracias al Sacar", suspendía las infamantes consecuencias derivadas del carácter de "pardo, zambo o quinterón" y permitía a esas clases –determinadas por su composición racial- la posibilidad de obtener por compra el distintivo título de "Don" y hasta ciertos cargos administrativos, hasta ese momento un exclusivo privilegio de los blancos. La reacción de las clases propietarias criollas no pudo ser más enconada. El ayuntamiento de Caracas, en reunión del 14 de abril de 1796, resolvió enviar al rey una súplica para que se suspendieran los efectos de la mencionada Cédula. Su texto, publicado en la magistral biografía de Simón Bolívar, de Indalecio Liévano Aguirre, merece ser citado:

"Dispensados los pardos y quinterones de la calidad de tales, quedarían habilitados, entre otras cosas, para los oficios de la república, propios de personas blancas, y vendrían a ocuparlos sin impedimento, mezclándose e igualándose con los blancos y gentes principales de mejor distinción, en cuyo caso, por no sufrir este sonrojo, no habría quien quisiera servir los oficios públicos como son los de Regidores y el resto de todos los que se benefician y rematan por cuenta de la Real Hacienda, y podría originarse de esto discusiones de las respectivas clases, por la dispensa de calidad que se les concede a esas gentes bajas que componen la mayor parte de las poblaciones y son por su natural soberbias, ambiciosas de honores y de igualarse con los blancos, a pesar de aquella clase inferior en que los colocó el Autor de la Naturaleza"[2].

Poco caso hizo la Corona a este petitorio. En 1801 una nueva Cédula Real señala las tarifas para abandonar la calidad de pardos y quinterones, para obtener el preciado "Don", así como para la declaración de hidalguía y nobleza. La avidez fiscalista de los Borbones, que en su momento había permitido a los españoles americanos comprar sus recientes títulos de marqueses y condes, amenazaba con arrasar una estratificación social basada en el color de la piel y con el privilegio de los mantuanos. Estas clases propietarias de haciendas cafetaleras y de esclavos africanos entendía confusa, pero visceralmente, que la penetración de las ideas francesas en la corte de Madrid los convertía en depositarios de una misión: conservar en las colonias el viejo orden social. Como ha descrito con acierto el historiador, político y diplomático colombiano antes citado,"uno de los fenómenos más curiosos de anotar en el Nuevo Mundo por aquellos tiempos es el peculiar sentido revolucionario de los criollos: quieren la revolución contra España para conservar el orden tradicional heredado de la misma España"[3].

1808 y el rechazo a José Bonaparte

En julio de 1808, llegó a Caracas de un representante del Supremo Consejo de Indias con la finalidad de exigir el reconocimiento de José Bonaparte como rey de España y del príncipe Murat como teniente general del reino. La respuesta al recién llegado es un motín que se convirtió en una reacción de entusiasmado apoyo y fidelidad a Fernando VII. Mientras en las calles el pueblo de entonces aclamaba al rey y los sacerdotes godos lanzaban maldiciones divinas contra los franceses y sus diabólicas teorías políticas, los mantuanos, a la sombra de sus frescas mansiones, acordaban la constitución de una Junta Suprema de Caracas. Al día siguiente, logran que el capitán general, don Juan Carlos Casas, acepte la instauración de la nueva autoridad local.

Durante varios días logró Caracas reasumir la autoridad metropolitana en nombre de diversas clases sociales. La llegada de un comisionado de la Junta de Sevilla, don José Meléndez Bruna, logró que los españoles europeos –exclusivos administradores de la colonia- volviesen a levantar cabeza y se restableciese la autoridad española, mientras se iniciaba una investigación contra "los traidores a España y la Monarquía".

Los enviados españoles cumplían en las colonias el mismo papel que sus iguales en España. Como ha escrito Jorge Abelardo Ramos: "Mientras las tropas napoleónicas exterminaban a miles de españoles, Fernando VII, en cuyo nombre se combatía, adulaba rastreramente al sátrapa ensoberbecido. Tal era el patriotismo de la realeza y de la aristocracia de España que dominaba las Indias. (…) Todo el alto clero acató el nuevo orden extranjero. Lo mismo hizo el partido de los liberales 'afrancesados', que habiendo perdido toda fe en el despotismo ilustrado español para regenerar España, depositaban ahora sus esperanzas en el absolutismo bonapartista. De este modo se encontraron reunidas las clases más poderosas de España, la putrefacta aristocracia, la dinastía, la jerarquía eclesiástica y hasta el ala liberal"[4]

"El ejemplo que Caracas dio"

Pero en 1810, ese año crucial para Hispanoamérica, los criollos lograron imponer una autoridad de origen local por un tiempo más largo y convocando a hacerlo a todos los cabildos del país que, ya en el mismo mes de abril, comienzan a formar sus propias Juntas. Cumaná, Margarita, Barinas, Trujillo y Mérida serán los cabildos que responden afirmativamente a la convocatoria de Caracas.

Y un poco más de un mes después, en la lejana Buenos Aires, en el confín de la América española, una sociedad menos estamental y racista que la venezolana de entonces, siguió el ejemplo de Caracas.

A diferencia de la sociedad norteña, la esclavitud no constituía un modo de producción. Los "pardos y morenos" estaban en muchos casos manumitidos y formaban parte del sector artesanal de la pequeña aldea. No había plantaciones en el Río de la Plata y el contrabando era la principal actividad de los comerciantes porteños.

El espíritu rebelde, a diferencia de lo anotado por Liévano Aguirre, Picón Salas y la mayoría de los historiadores neogranadinos y venezolanos, no se había constituido en la defensa de privilegios sociales y raciales, sino sobre la defensa del virreinato ante los intentos portugueses e ingleses de ocuparla y sacarla de la heredad española para convertirla en colonia del nuevo imperialismo comercial marítimo.

La Junta porteña, la Primera Junta, tenía en su seno españoles europeos y españoles americanos, y su presidente era un gran hijo del Alto Perú.

Ni la de Caracas, ni la de Buenos Aires, se pensaban a sí mismas como embriones de pequeñas e indefensas naciones. Ambas, y todas las que surgieron en ese glorioso año de 1810, eran manifestaciones de la misma nación que asomaba, con brutales contradicciones y enormes dificultades, a la faz de la tierra.

Por eso es que, cuando la Asamblea del año 13 convierte la marcha de López y Planes en himno de guerra de las provincias del Sur, y cuando el dominio español había aplastado a sangre y a fuego la independencia venezolana, el fervor patriótico del autor pregunta indignado:

¿No los véis sobre el triste Caracas
luto , llantos y muerte esparcir?
¿No los veis devorando cual fieras
todo pueblo que logran rendir?

Es que el poema que Vicente Salia le hiciera a las jornadas del 19 de abril, al calor mismo de los hechos, dejaban a las claras que la lucha no era de parroquia, sino continental.

Decía el caraqueño:

Unida con lazos
que el cielo formó,
la América toda
existe en Nación;
y si el despotismo
levanta la voz,
seguid el ejemplo
que Caracas dio.

Y en eso andamos los suramericanos últimamente.

Caracas, 21 de abril de 2008.


[1] Indalecio Liévano Aguirre, Bolívar, 2ª. Edición, Editorial Grijalbo, Caracas, Venezuela, 2007, pág. 103. Raúl Díaz Legórburu, 5 Procesos Históricos, Academia Nacional de la Historia, Julio-Septiembre, Nro. 347, Caracas, Venezuela, 2004.
[2] Indalecio Liévano Aguirre, Bolívar, 2ª. Edición, Editorial Grijalbo, Caracas, Venezuela, 2007, pág. 95.
[3] Ibídem, pág. 96.
[4] Jorge Abelardo Ramos, Historia de la Nación Latinoamericana, 2ª Edición, Senado de la Naci{on, buenos Aires, Argentina, pág. 116.